• El largo partido de las mujeres: más de un siglo disputando su derecho a jugar

    El largo partido de las mujeres: más de un siglo disputando su derecho a jugar

    Por Nicole Fuentealba Romero

    El 23 de marzo de 1895, en una fría tarde londinense, se disputó el que la historia reconoce como el primer partido oficial de futbol femenino. Según relatos de la FIFA, los equipos North South disputaron en el campo del Crouch End Athletic de la capital inglesa un enfrentamiento que terminó a favor de North por 7 a 1, destacando entre sus deportivas a Nettie Honeyball –fundadora del British Ladies Football Club, primer club de futbol femenino de la historia– y Daysi Allen, una niña de tan sólo 11 años. Se dice que más de diez mil personas asistieron para presenciar el acontecimiento que, sin saberlo, marcaría el inicio de una lucha mucho más grande que un encuentro deportivo. Aquel día no solo comenzó a rodar un balón, también empezó el largo y pedregoso camino de millones de mujeres que, durante más de un siglo, tendrían que disputar algo más que victorias en la cancha. Tendrían que conquistar su derecho a jugar y competir.

    Se suele afirmar que el estallido de la Primera Guerra Mundial impulsó la expansión del futbol femenino en Europa. Con millones de hombres movilizados hacia los frentes de batalla, las mujeres comenzaron a ocupar espacios y desempeñar oficios que hasta entonces les habían sido vedados, entre ellos la práctica organizada del futbol. No obstante, existen registros previos –como partidos disputados por mujeres en Chile, en 1910– que dan cuenta que el balón había cruzado el Atlántico antes de que el conflicto bélico transformara la vida europea. Pero viajar no significó ser aceptado. En uno y otro lado del océano, el futbol femenino chocó con una sociedad que entendía que correr, competir y disputar un balón eran conductas incompatibles con el ideal de feminidad de la época. A los prejuicios de género se sumaban las rígidas normas de clase y etiqueta que dictaban cómo debía comportarse una mujer “respetable”. Así comenzó un recorrido marcado por prohibiciones, burlas y discriminación, una lucha que nunca se limitó al terreno de juego, sino que cuestionó los límites impuestos a las mujeres en la sociedad.

    Con todo, el impulso inicial no bastó para derribar las barreras. Durante buena parte de la primera mitad del siglo XX, los prejuicios parecieron imponerse, relegando al futbol femenino a una esquina oscura de la historia, allí donde el silencio y el olvido pretendían borrar todo rastro de su existencia. Resulta paradójico que un deporte nacido en Inglaterra en 1863, y al que las mujeres se incorporaron apenas unas décadas más tarde, terminara consolidando una división tan profunda entre quienes podían jugar y quienes debían limitarse a observar. Mientras las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX presenciaban la proliferación de clubes, asociaciones y campeonatos en distintos rincones del mundo –con un marcado sello masculino– las mujeres fueron deliberadamente excluidas de aquel proceso, obligadas a disputar su lugar al margen de las instituciones y del reconocimiento oficial. 

    Su ausencia no fue casual ni consecuencia exclusiva de los prejuicios sociales: también respondió a decisiones institucionales que buscaron apartarlas del futbol organizado. La prohibición de la Federación Inglesa de Futbol, en 1921, para el uso de estadios e instalaciones afiliadas por los clubes femeninos, argumentando que el futbol era “inadecuado para las mujeres”, fue el puntapié inicial a una seguidilla de prohibiciones. Varias federaciones europeas siguieron el mismo camino, condenando al futbol femenino a más de medio siglo de marginación institucional. No se trataba únicamente de soportar burlas, estereotipos o insultos; se trataba de impedir, en términos concretos, que las mujeres pudieran jugar, competir y desarrollarse en igualdad de condiciones. Aquello trajo consigo que por más de 50 años el futbol femenino estuviera condenado a su desaparición.

    Sin embargo, los vientos comenzaron a cambiar durante la década de 1960. Al calor de los movimientos sociales que cuestionaban las estructuras tradicionales y reclamaban mayores derechos para las mujeres, el futbol femenino encontró un nuevo impulso. Lo que durante décadas había permanecido relegado a los márgenes comenzó, poco a poco, a recuperar un espacio dentro de un deporte que para entonces parecía haber sido siempre –y exclusivamente– masculino. La creación de nuevas asociaciones femeninas y la creciente presión de las propias jugadoras obligaron a las instituciones a replantear una exclusión que resultaba cada vez más difícil de sostener. Finalmente, en 1971, la Federación Inglesa puso fin a la prohibición que había mantenido vigente durante medio siglo, una decisión que fue seguida progresivamente por otras federaciones europeas. El futbol femenino podía, al fin, volver a disputarse bajo el amparo de las instituciones que durante décadas le habían cerrado sus puertas.

    Pero esta historia nunca fue exclusivamente europea. Al otro lado del Atlántico, el futbol femenino también echaba raíces, aunque lo hacía enfrentando obstáculos muy similares. Apenas unos años después de la creación de los primeros clubes ingleses, en junio de 1918, nació en Chile “La Flor de Chile”, el primer club de futbol femenino documentado en América Latina, una institución organizada y dirigida íntegramente por mujeres. Al mismo tiempo, en países como Brasil y Argentina comenzaron a surgir equipos vinculados, principalmente, a sectores populares, estudiantiles y obreros, demostrando que la pasión por el futbol trascendía cualquier frontera.

    Sin embargo, el continente tampoco escapó a los intentos por controlar el cuerpo y las aspiraciones de las mujeres. En 1941, el gobierno de Getúlio Vargas, en Brasil, prohibió la práctica del futbol femenino al considerar que era incompatible con la “naturaleza femenina”, una medida que permanecería vigente durante décadas. En otros países no siempre fueron necesarias las leyes. Bastaron el desprecio, la ridiculización y el juicio moral para desalentar a generaciones enteras de niñas y jóvenes, muchas de las cuales se vieron obligadas a practicar el deporte en la clandestinidad o, simplemente, a renunciar a él.

    La década de 1970 marcó un nuevo punto de inflexión. Con el progresivo levantamiento de las prohibiciones y el creciente interés por organizar competiciones internacionales, el futbol femenino comenzó a recuperar el terreno perdido. América Latina no quedó al margen de ese proceso. En 1971, México fue sede del segundo Mundial de Futbol Femenino no oficial, apenas un año después del torneo disputado en Italia. Aunque la competencia no contaba con el reconocimiento de la FIFA, constituyó un acontecimiento sin precedentes: por primera vez, selecciones de distintos continentes se enfrentaban en un escenario de alcance internacional.

    La final fue mucho más que un partido. México y Dinamarca disputaron el título en el imponente Estadio Azteca, el mismo recinto que un año antes había coronado a Pelé como campeón del mundo. Más de 110 mil personas colmaron las tribunas para presenciar el encuentro, una cifra que, hasta hoy, continúa siendo el récord de asistencia para un partido de futbol femenino. El estadio demostraba algo que las instituciones llevaban décadas negándose a aceptar: el problema nunca fue la falta de interés del público, sino la falta de oportunidades para que las mujeres pudieran jugar.

    En cualquier caso, tenía que llegar el año 1991 para dar cuenta de un inicio más formal para el futbol femenino con su aprobación e incorporación oficial a la FIFA. Desde entonces su estructura cambió para siempre: se oficializaron mundiales, se incorporó como deporte olímpico, se instauraron ligas profesionales en diferentes países e incluso se adscribieron a las confederaciones continentales dando origen a las selecciones nacionales.

    Hasta aquí, pareciera que la historia terminó por hacer justicia, sin embargo, es una utopía imaginar aquello ante un deporte al que sólo se le ha permitido tener una real historia a partir de 1970. Aunque el futbol femenino ha conquistado espacios que parecían impensados para aquellas primeras jugadoras, cada avance ha sido fruto de una perseverancia constante. Porque, si algo demuestra su historia, es que ninguna de sus conquistas ha llegado por inercia: todas han debido ganarse dentro y fuera de la cancha. Más de un siglo después, aquellas mujeres que alguna vez fueron cuestionadas por atreverse a jugar pueden mirar hacia atrás con orgullo. Hoy el futbol femenino forma parte de ligas profesionales en numerosos países, llena estadios que durante décadas parecieron reservados para los hombres y proyecta a futbolistas que alcanzan un reconocimiento deportivo, mediático y económico impensado para las generaciones anteriores. Pero quizás su mayor triunfo no se mida en títulos ni en audiencias, sino en algo mucho más profundo: haberse convertido en referentes para millones de niñas que, por primera vez, crecen sabiendo que también hay un lugar para ellas dentro de la cancha.

    Y, sin embargo, el partido por la igualdad aún no termina. El futbol femenino vive posiblemente su momento de mayor expansión en su historia, pero lo hace a la par de importantes brechas salariales, desigualdades estructurales y desafíos que recuerdan que este recorrido está recién comenzando. Ante ello podemos aventurar que el presente del futbol femenino está en una etapa de verdaderos claroscuros: nunca antes había alcanzado tanta visibilidad, reconocimiento e impacto global, pero al mismo tiempo nunca habían sido tan evidentes los desafíos para alcanzar una verdadera equidad.

    Los avances son innegables. La profesionalización de numerosas ligas ha permitido que miles de futbolistas accedan, por primera vez, a contratos formales, mejores condiciones laborales y patrocinadores que hasta hace poco parecían reservados exclusivamente para los hombres. La creación del Balón de Oro Femenino en 2018 simbolizó ese cambio de época, elevando al máximo reconocimiento individual del futbol a jugadoras que hoy inspiran a millones de personas alrededor del mundo. Nombres como Ada Hegerberg, primera ganadora del galardón, Alexia Putellas o Aitana Bonmatí han trascendido las canchas para convertirse en referentes deportivos y sociales. Sus camisetas se venden en distintos continentes, protagonizan campañas publicitarias y son reconocidas internacionalmente por nuevas generaciones que, por primera vez, crecieron teniendo ídolas dentro del futbol femenino.

    Ese cambio también se refleja en las tribunas. Lo que durante décadas fue considerado un deporte sin público, hoy llena algunos de los estadios más emblemáticos del mundo. Más de noventa mil personas asistieron, en 2022, a la semifinal de la Liga de Campeones Femenina de la UEFA, disputada entre el FC Barcelona Femení y el VfL Wolfsburg en el Camp Nou, mientras que el histórico récord del Estadio Azteca durante la final de la Liga MX entre el América y Pachuca, con una asistencia de 58,156 personas, continúan recordando el enorme interés que el futbol femenino ha sido capaz de despertar cuando se le brindan escenarios y oportunidades. A ello se suma el creciente respaldo que clubes históricos –posiblemente el mejor ejemplo de ello sea el F.C Barcelona– han otorgado a sus planteles femeninos, así como un mercado internacional de fichajes cada vez más dinámico y salarios que, aunque todavía desiguales, comienzan lentamente a reflejar el verdadero valor deportivo de sus protagonistas.

    No obstante, el camino hacia la igualdad aún está lejos de completarse. Mientras los grandes equipos masculinos cuentan con centros de entrenamiento exclusivos, cuerpos médicos especializados y programas de desarrollo desde las divisiones inferiores, muchas futbolistas todavía deben entrenar en horarios secundarios, compartir instalaciones o adaptarse a calendarios irregulares. Las diferencias ya no se expresan únicamente en los salarios, sino también en las condiciones cotidianas que moldean una carrera deportiva y en el respaldo –o la falta de él– que las propias instituciones brindan a sus equipos femeninos.

    Un ejemplo revelador lo dio a conocer hace algunos años la centrocampista alemana Melanie Leupolz, jugadora del Real Madrid. Según relató, durante una celebración navideña del club, las futbolistas preguntaron al presidente, Florentino Pérez, cuándo tendrían la oportunidad de disputar un partido en el Estadio Santiago Bernabéu, un recinto que hasta hoy ha sido reservado casi exclusivamente para el equipo masculino. La respuesta fue breve: “Cuando ganéis el primer título”. La frase fue recibida entre risas y aplausos, pero también dejó al descubierto una realidad difícil de ignorar. Más que una broma, reflejaba una forma de entender el lugar que ocupa el futbol femenino dentro de una de las instituciones más poderosas del mundo.

    La paradoja resulta evidente. Al equipo femenino se le exigía conquistar títulos como condición para acceder al principal escenario del club, pese a tratarse de un proyecto creado recién en 2020 y que aún construye su propia historia. Durante más de un siglo, el plantel masculino acumuló infraestructura, inversión, experiencia y prestigio; el femenino, en cambio, tuvo primero que luchar por el derecho a existir. En ese contexto, la competencia de las jugadoras del Real Madrid no pareció limitarse a los noventa minutos frente a sus rivales de la Liga F, sino también ante el escrutinio de su propio club.

    Hasta aquí, el recorrido se ha detenido principalmente en los hitos del futbol profesional, allí donde la visibilidad, los grandes estadios y las principales ligas permiten observar con mayor claridad tanto los avances como las desigualdades. Sin embargo, esa realidad representa apenas una parte del universo del futbol femenino. Lejos del foco mediático, miles de niñas, jóvenes y mujeres continúan enfrentándose cada día a canchas en mal estado, escasa infraestructura, falta de financiamiento y estigmas que siguen considerando al futbol como un territorio ajeno para ellas. Es en esos espacios, invisibles para gran parte del público, donde la brecha entre hombres y mujeres adquiere su dimensión más profunda.

    A ello se suma un desafío menos evidente, aunque igualmente decisivo: transformar la manera en que el futbol femenino es observado. Durante décadas se le ha exigido –y se sigue exigiendo– demostrar que podía ofrecer el mismo espectáculo que el futbol masculino, olvidando que ambos recorren trayectorias profundamente distintas. Mientras uno recibió inversiones, infraestructura y respaldo institucional durante más de ciento cincuenta años, el otro pasó buena parte de su historia censurado y luchando simplemente por existir. Compararlos sin considerar ese pasado no solo resulta injusto, sino que desconoce el peso de una desigualdad construida a lo largo de generaciones.

    Quizás por eso la discusión ya no gira en torno a si las mujeres pueden jugar al futbol. Esa respuesta quedó resuelta hace mucho tiempo, dentro y fuera de la cancha. El verdadero desafío consiste ahora en construir un futbol femenino capaz de sostener el éxito que ya ha demostrado alcanzar, garantizando las condiciones necesarias para que cualquier niña que sueñe con una pelota encuentre las mismas oportunidades para desarrollarse que un niño. La igualdad ya no pasa por abrir la puerta de entrada, sino por asegurar que el camino que sigue después pueda recorrerse en condiciones justas.

    Porque el futbol, como tantas otras dimensiones de la vida social, nunca ha sido únicamente un deporte. Es también un espacio donde se disputan derechos, se cuestionan estereotipos y se redefinen los límites de lo posible. La historia del futbol femenino demuestra que ninguno de sus avances fue concedido; todos fueron conquistados por generaciones de mujeres que se negaron a abandonar la cancha. Y aunque el partido por la igualdad aún está lejos de escuchar el pitazo final, cada gol, cada estadio lleno y cada niña que hoy viste con orgullo la camiseta de su futbolista favorita recuerdan que el sueño que alguna vez intentaron silenciar sigue más vivo que nunca.

    Para saber

    “Pioneras del fútbol femenil en México”, en Perspectivas Históricas, programa de televisión producido por Canal Once, 11 de mayo de 2026. Disponible en: https://youtu.be/4CUsANv6nZg?si=NiAqw22KNLsM2sLf

    “Reinas. Una historia imborrable”, en el canal de YouTube MARCA. Disponible en: https://youtu.be/5NcVCR-hPYE?si=jZbrKzq0ssv4V1iN

    Boronat, Danae, No las llames chicas, llámalas futbolistas. Del maltrato al reconocimiento: la lucha por la igualdad en el futbol, Barcelona, Libros Cúpula, 2021.

    Imagen de portada: Las futbolistas, Ángel Zárraga, 1922. Colección: Museo de Arte Moderno. Imagen tomada de: Wikimedia Commons.

  • México 86: “No queremos goles, queremos frijoles”

    México 86: “No queremos goles, queremos frijoles”

    Por Giovanni Alejandro Pérez Uriarte

    Calentamiento

    Corría el año de 1986 y México se alistaba para ser anfitrión de la copa mundial de futbol varonil por segunda ocasión. La empresa monopólica del futbol profesional, la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA), le otorgó la sede en 1982, luego de que Colombia desistiera por problemas internos. México, sin embargo, no estaba exento de dificultades, pues atravesaba serios desafíos económicos que el gobierno encabezado por Miguel de la Madrid no había logrado resolver. Aunado a los inconvenientes de orden económico, se sumaron diversos eventos trágicos que el gobierno tardó en atender y que pusieron de manifiesto la corrupción e impunidad de la clase política. En ese marco se celebró el mundial. 

    La selección mexicana era dirigida por el director técnico serbio Bora Milutinovic. El equipo, por ser anfitrión, no jugó eliminatorias, pero por más de un año recibió una preparación intensa, con varias giras en Europa y Sudamérica. Si en el terreno de lo social y político reinaba el desencanto, en el futbol la selección representaba esperanza, junto con Hugo Sánchez y compañía. Pero la euforia mundialista no tocó a todos. Algunos sectores sociales se sintieron ofendidos ante el gasto que representaba la organización del evento en medio de severas crisis que azotaban al país. “No queremos goles, queremos frijoles,” fue una de las consignas que, desde Ciudad Nezahualcóyotl –en el Estado de México– y en otras partes del país, se dejó escuchar durante los años previos al mundial. 

    El equipo mexicano realizó el mejor desempeño de su historia, llegó a los cuartos de final luego de vencer a Bélgica e Irak y empatar con Paraguay en la fase de grupos. Derrotó a Bulgaria en los octavos de final y en Monterrey, contra Alemania, perdió el pase a semifinales en una dramática tanda de penales. Los aficionados, a pesar del resultado, festejaron a los seleccionados como si hubieran ganado el campeonato, tomaron las calles y los medios de comunicación reivindicaron sus figuras como mexicanos entregados y valientes. En ese marco de descontento y crisis, ¿qué significó ese mundial de futbol para la sociedad mexicana?

    Este artículo expone el modo en que, ante las muestras de molestia y los reclamos al gobierno, los medios de comunicación promovieron la idea de que la selección mexicana era un símbolo nacional que permitía promover un sentimiento de pertenencia y unión. Prensa, radio y televisión impulsaron la construcción de figuras heroicas que representaban un modelo de mexicano que no cuestionaba el accionar de los poderosos y promovía la “unidad nacional” a toda costa. Sin embargo, aunque el evento pudo haber tenido éxito respecto a los sentimientos que estimuló en la población, la asistencia a los estadios, la audiencia televisiva o los festejos masivos en las ciudades no implicaban forzosamente un respaldo al gobierno de la época. En ese sentido, la afición utilizó momentos específicos del evento para manifestar, en medio del anonimato y la muchedumbre, su rechazo a las figuras de autoridad y su desprecio por la clase política. 

    Primer tiempo

    Desde junio de 1974, Colombia fue la sede designada por la FIFA para organizar el mundial de 1986. No obstante, los sucesivos gobiernos no adelantaron los trabajos en infraestructura que imponía la empresa monopólica del futbol profesional. Así, en 1982, cuando Belisario Betancur asumió la presidencia de la república, se encontró con un panorama desolador. Al mismo tiempo, la FIFA había endurecido sus peticiones, pues exigía al gobierno colombiano 18 estadios con capacidad que oscilaba entre los 40 000 y los 80 000 espectadores, la instalación de torres de comunicación y un sistema de transporte –aeropuertos, red ferroviaria y carreteras– que garantizaran el desplazamiento sencillo de la afición, así como la transmisión de los partidos por televisión. En noviembre de 1982, Betancur anunció que Colombia renunciaba: “Como preservamos el bien público, como sabemos que el desperdicio es imperdonable, anuncio a mis compatriotas que el mundial de futbol 1986 no se hará en Colombia […] No se cumplió la regla de oro consistente en que el mundial debía servir a Colombia y no Colombia a la multinacional del mundial. Aquí tenemos muchas otras cosas que hacer y no hay ni siquiera tiempo para atender las extravagancias de FIFA y sus socios”.

    En ese contexto apareció México. Si bien Brasil, Canadá y Estados Unidos se sumaron a la disputa, los sudamericanos se bajaron de la contienda rápidamente. Por su parte, el caso de México era peculiar. Sumido en una crisis económica terrible, no parecía la mejor opción. Además, en caso de ganar, se convertiría en el único país en realizar en dos ocasiones la copa mundial. Entre Canadá, Estados Unidos y México, el primero era el que menos posibilidades tenía, pues el futbol tenía escaso desarrollo en ese país y aunque económicamente era una opción sólida, no garantizaba éxito por el poco interés de la población en ese deporte. La candidatura más ambiciosa era la de Estados Unidos. Su infraestructura en hoteles, transportes y comunicaciones no tenía comparación. Además,  allá el futbol comenzaba a ganar terreno y llevar la copa del mundo implicaba una muy buena manera de estimular su práctica y su desarrollo como negocio. La nación económicamente más poderosa tenía la posibilidad de hacer del mundial el evento más lucrativo y espectacular del momento. México, por su parte, contaba sólo con seis estadios listos. Más tarde su situación empeoraría con el terremoto de 1985. Sin embargo, luego de que los directivos de la FIFA escucharon las opciones, sorpresivamente se anunció que México había ganado la sede. 

    En ese sentido, las relaciones de Emilio Azcárraga y Guillermo Cañedo con João Havelange, presidente de la FIFA, rindieron frutos. De acuerdo con la investigación de  Claudia Fernández y Andrew Paxman, una de las razones por las que México obtuvo la sede fue que Havelange le debía un favor a Azcárraga y a Cañedo. Nueve años antes, cuando se celebraron elecciones para elegir al presidente de la FIFA, Cañedo, entonces presidente de la Confederación de Norteamérica, Centroamérica y el Caribe de Asociaciones de Fútbol (CONCACAF) ofreció su apoyo a Havelange en contra de Sir Stanley Rous, su más peligroso competidor. Su voto fue definitivo para que el brasileño obtuviera el triunfo. 

    La intervención de Azcárraga no era gratuita. Con la experiencia de México 1970, sabía que organizar el mundial de futbol garantizaba jugosas ganancias para su empresa. No fue casual, entonces, que desde su televisora anunciaran que México 1986 sería “el mundial de la comunicación”, pues presumían de contar con la tecnología más desarrollada. Al final, el mundial resultó ser otro gran negocio para la empresa. Tan sólo por publicidad en televisión, la compañía obtuvo 20 millones de dólares. A eso se sumaron los ingresos por entradas, publicidad en el estadio Azteca y, sobre todo, por el uso de equipos técnicos y la reventa de los derechos de transmisión a las televisoras extranjeras. En contraste, el gobierno mexicano gastó cerca de 100 millones de dólares sólo para mejorar la infraestructura terriblemente dañada y atender la demanda de turismo que se esperaba. El gobierno calculó la derrama económica en 600 millones de dólares, aunque más tarde modificaron el dato a 300 millones. Finalmente, luego de que el evento concluyó, la cifra oficial osciló entre los 40 y 60 millones de dólares, lo que representó una terrible situación para una nación que veía crecer su deuda, enfrentaba una severa crisis económica y cuyo gobierno carecía de legitimidad frente a sus gobernados. 

    Segundo tiempo

    Tan sólo entre 1982 y 1986, México enfrentaba un descenso acelerado en los salarios reales de sus trabajadores, lo que, además, estimuló la fuga de capitales y se acompañó de una inflación de alrededor del 100%. Esto, junto con la caída del precio del petróleo, llevó a una drástica devaluación, el incremento en los impuestos y una disminución del gasto público. Aunado a ello, el gobierno de Miguel de la Madrid fue criticado por las claras muestras de corrupción, así como por su inoperancia frente a las tragedias. Dos sucesos resultaron ejemplares en este sentido, aunque no fueron los únicos. El 19 de noviembre de 1984,  una explosión en la Terminal de Gas Licuado de Pemex en San Juan Ixhuatepec dejó numerosos muertos. Se calcula que fallecieron más de quinientas personas carbonizadas o envenenadas por la liberación del gas propano, mientras dos mil más resultaron heridas. El gobierno demoró las labores de rescate y no mostró preocupación por los daños ocasionados.

    Casi un año después ocurrió una tragedia más. El 19 de septiembre de 1985, alrededor de las 7:19 de la mañana, un terremoto de 8.1 grados en la escala de Richter azotó el centro del país. El epicentro se ubicó en las costas de Michoacán, pero la ciudad de México fue el sitio más lastimado. Al día siguiente se experimentó una réplica que dañó aún más las estructuras de la capital. El servicio de energía eléctrica y agua quedó suspendido. Edificios recién construidos que servían como oficinas federales cayeron cual columnas de naipes, junto con otros de mayor antigüedad. La ciudad se desvanecía entre llanto y temor. La población esperó la ayuda de las autoridades, que ante la tragedia minimizaron el acontecimiento y rechazaron la ayuda internacional. En seguida dieron una orden: regresar a casa y esperar. La reacción de la población, sin embargo, fue contestataria y valiente, pues aprovisionó albergues y organizó la ayuda de forma autónoma. En las colonias y en las escuelas espontáneamente se formaron brigadas de adolescentes y jóvenes. Si la ciudad resistió fue por la voluntad de sus habitantes, quienes acordonaron los sitios en ruinas y se organizaron para rescatar a los heridos y atrapados, preparaban comida, dirigían el tránsito, tomaban medidas contra posibles saqueos y conseguían víveres. Los soldados aparecieron. Cuando se necesitaban picos, palas y brazos solidarios, ellos llevaron rifles de asalto y la consigna de ser obedecidos, lo que provocó riñas con los ciudadanos, que los enfrentaron. En medio de la tragedia los taxistas y choferes de camiones llevaron gratis a los necesitados, mientras grupos de enfermeras y médicos ofrecieron sus conocimientos y apoyo. 

    La ayuda internacional comenzó a llegar, luego de que el presidente debió retractarse y aceptar que la tragedia lo superaba. En los siguientes meses la sociedad mostró signos de cambio. Comenzó a exigir la intervención eficaz del gobierno, dinero para reconstruir la ciudad y ayudar a los damnificados, pero las peticiones se enfrentaban a terribles redes burocráticas y el dinero no llegaba a donde debía. En ese contexto se celebró el mundial. Entre los ciudadanos creció el descontento contra el gobierno, pues la población observó cómo gastaba mucho más en lo relacionado con la copa mundial que en resolver las urgentes necesidades de la población. El evento deportivo no se canceló a pesar de las muchas y diversas manifestaciones que, iniciado 1986, acudían a la residencia oficial de Los Pinos para exigir ayuda. En ese marco, vecinos de Ciudad Nezahualcóyotl acuñaron una frase que representaba con claridad las prioridades de la sociedad: “¡No queremos goles, queremos frijoles!”. No obstante, su exigencia fue ignorada. 

    Tiempo extra

    El 31 de mayo se inauguró el mundial. El Estadio Azteca lucía lleno y fue el escenario en el que las autoridades deportivas pronunciaron sus discursos. Cuando fue el turno de Miguel de la Madrid, presidente de la república, un impresionante y sonoro abucheo superó a las bocinas del estadio, en una muestra de desprecio por la figura presidencial y el régimen que representaba. La reacción de los asistentes fue una forma de resistencia, que el antropólogo  James Scott denomina como infrapolítica de los dominados. La muchedumbre y la protección que brindaba la reunión de más de 100 mil individuos permitió a los asistentes ejercer esa protesta, la cual no fue a título individual, sino comunitario.

    La prensa, la radio y la televisión minimizaron el suceso y sólo de manera muy tenue se refirieron a éste. Por ejemplo, el diario deportivo Esto explicó que las fallas de sonido produjeron que el discurso del presidente no fuera escuchado. Por su parte, en el rotativo La Afición se reprodujo una supuesta conversación entre dos individuos en la que uno le comentó a otro: “Lo que me sorprendió mucho fueron los silbidos.” A lo que su interlocutor le cuestionó: “¿Cuáles silbidos?”. El primer individuo continuó: “Pues los que emitieron los del respetable”. “¿A los italianos?”, reviró el otro. “No se haga. Sabe muy bien de lo que estoy hablando y a lo que me refiero.” Ante tal respuesta, el segundo concluyó el diálogo: “La verdad no y mejor nos despedimos, no vaya a ser que nos apliquen la mordaza”. En el contexto de un régimen autoritario coludido con gran parte de los medios, la mayoría de los periodistas de prensa, radio y televisión optaron por destacar que la inauguración se caracterizó por el despliegue de trajes folklóricos, mariachis, música y elementos festivos. Así, enfatizó el “tremendo júbilo” de la afición, el orgullo nacionalista y la unidad. De los silbidos y abucheos, ni hablar.

    Suele creerse que la afición mexicana al futbol es una entidad simple e ignorante. No obstante, experimentar un profundo orgullo nacionalista no forzosamente implicaba validar al gobierno en turno. De este modo, al tiempo que la afición mostraba desprecio por sus gobernantes con sonoros abucheos y gritaba que no quería goles, sino frijoles, también ofrecía muestras de orgullo patrio. En esa línea, un momento clave de profundo nacionalismo tuvo lugar en el primer partido de la selección mexicana. La tarde del 3 de junio de 1986 iniciaba su participación en el mundial contra Bélgica. Los equipos saltaron a la cancha para brindar honores a sus respectivas banderas y cantar los himnos. Todo marchaba conforme a lo establecido hasta que, al momento de entonar el himno mexicano, el sonido local falló. No obstante, las letras de Bocanegra surgieron inesperadamente de la garganta de más de 100 mil espectadores que cantaron junto a los jugadores. Así, en cierto sentido y en tiempos trágicos, el mundial se configuró, también, como un espacio nacionalista y festivo. A esto contribuyó, en gran parte, el desempeño del equipo mexicano, el cual alcanzó el quinto partido –cuartos de final– y firmó un desempeño sobresaliente. 

    En ese marco, las principales avenidas de las ciudades fueron tomadas y el “Ángel” de la Independencia miró a los aficionados festejar, tal y como lo habían hecho dieciséis años antes, cuando inventaron esa tradición en 1970. La celebración de los triunfos en las plazas públicas se experimentó después de la primera victoria. Los periodistas confesaron las ganas de divertirse “con esa gente entregada con delirio a la celebración, […] ¡Surgieron las ganas de ser, de sentir, de mostrarse, que tan vitales resultan! Todo está justificado”. Además, reprodujeron las peculiares frases de los aficionados que representaban la “picardía” mexicana, que como grito de guerra, entre la fiesta, la broma y el deseo de ganar, exclamaba antes del partido contra Bélgica: “¡Nos sentimos belgas, pero somos mexicanos!”. O antes del partido contra Irak: “¡Con Hugo o sin Hugo a Irak le damos duro!”.

    Los eventos deportivos y las celebraciones de ese tipo se constituyen como formas de liberar presión, tensiones, controlar enojos y molestias, pero no sólo eso. En esos actos también se construyen imaginarios y representaciones, se crea comunidad. Al respecto, quedó de manifiesto que los protagonistas del mundial no fueron exclusivamente los deportistas, con sus jugadas memorables y fantásticas; la afición reclamó su lugar como un actor fundamental del evento, el cual podía apropiarse de él, convertirlo en una fiesta con sus propias reglas y, al mismo tiempo, mostrar desprecio por los poderosos.

    Aficionados mexicanos celebrando en el zócalo, 7 de julio de 1986. Colección: Museo Archivo de la Fotografía. Imagen tomada de: Wikimedia Commons

    Penales 

    El mundial de México 1986 es recordado por muchas razones que no ocuparon la atención de este artículo. Entre ellos destacan la consagración de Diego Armando Maradona como uno de los mejores futbolistas de todos los tiempos, junto con su recordada “mano de Dios”, así como por el hermoso gol que anotó a los ingleses durante el mismo partido, en cuartos de final. Mención especial para la increíble anotación de Manuel Negrete contra Bulgaria, la cual hizo estallar en júbilo al país entero. Sin embargo, como pudo notarse a lo largo del texto, la atención se centró en un actor pocas veces considerado por la historia, los empresarios y los medios: la afición, una masa heterogénea, compleja, volátil y difícil de aprehender. 

    El balompié tiene en las y los aficionados a su personaje más importante. En ese sentido, en un momento en que el mundo enfrenta una terrible crisis humanitaria y la empresa monopólica del futbol, la FIFA, pone el evento a beneficio de los tiranos –como lo ha hecho a lo largo de su historia–, es pertinente recordar cómo actuó la afición mexicana hace 40 años, qué significa ser anfitrión de una copa mundial, quiénes se benefician de ello y si hay forma de resistir. 

    En 1986, México atravesaba una crisis colosal. No obstante, el evento no se canceló. La razón: proteger los intereses de los empresarios del balompié, de los medios y, desde luego, de los socios de la empresa multinacional y monopólica del futbol profesional. Antes, durante y después del evento, los medios de comunicación refirieron al mundial como un momento de unidad, alegría y profundo nacionalismo para el pueblo de México. En ese sentido, para la sociedad mexicana el mundial significó al menos dos cosas: por una parte, la oportunidad de apropiarse de una fiesta, imponer sus propias reglas, tomar las calles y generar comunidad en medio de una época trágica; y en segundo lugar, utilizar momentos específicos para, con creatividad y valentía, despreciar a los poderosos, mostrar que ser aficionado al balompié o considerar a la selección un símbolo nacional, no significaba avalar a un gobierno inepto y corrupto. Con frases contundentes y creativas, chiflidos y abucheos, la afición anunciaba que el régimen priísta tenía el tiempo contado. No se equivocó.

    Hoy, 40 años más tarde, México experimenta otra realidad, aunque no está exento de problemas. Los habitantes de las ciudades mexicanas que albergan algunos partidos –Guadalajara, Monterrey y México– han visto cómo sus gobiernos han invertido millones de pesos en obras que no significarán un beneficio para la población. Asimismo, problemas como la gentrificación, la escasez de servicios básicos –como el agua– y los conflictos por la vivienda se han acentuado en estas ciudades, al tiempo que los vecinos de los rumbos cercanos a los estadios –Tlalpan y Coyoacán, Zapopan, Guadalupe–, han visto cómo sus urbes se transforman para beneficiar a los turistas y no para atender los problemas más urgentes. Sumado a ello, los precios estratosféricos de los boletos hacen imposible que la mayor parte de los habitantes puedan ver los partidos desde los estadios, en una muestra clara de que las y los mexicanos de a pie no tendrán ni un solo beneficio por el mundial.

    Sin embargo, como hace 40 años, las y los ciudadanos han encontrado formas creativas para denunciar los abusos y la hipocresía de los poderosos. Por ejemplo, a principios de marzo, vecinos de Santa Úrsula, Coapa, en la Ciudad de México, realizaron las “Retas AntiFIFA”, juegos informales bajo el puente del Estadio Azteca que sirvieron como pretexto para denunciar el despojo de agua y territorio que han enfrentado por parte del gobierno de la ciudad. Al mismo tiempo, han intervenido la publicidad colocada en los alrededores con frases dirigidas a la FIFA y al gobierno capitalino: “Clara [Brugada], juega limpio, la cancha no es tuya”, “el agua es un derecho”, “el mundial nos quiere borrar” o “Coapa resiste al despojo”. 

    Visto así, el mundial 2026 congrega no solamente a las más grandes estrellas del futbol actual. También es escenario de disputas, imposiciones y formas de resistencia. La afición, siempre creativa y valiente, inventa modos de apropiarse del evento y realizar su propio mundial. Así, ya lo utiliza para hacer escuchar sus demandas, resistir a los abusos y plantar cara, con dignidad y valentía, a las dinámicas del capital. Ese otro mundial es el que más me entusiasma, el evento politizado y popular del que la gente se apropia, que no sigue los designios de la FIFA y que nos recuerda que, a pesar del poder de los tiranos y las transnacionales, otro futbol y otro mundo son posibles.

    Para saber más

    Fernández, Claudia y Andrew Paxman, El Tigre. Emilio Azcárraga y su imperio, México, De Bolsillo, 2021.

    Pérez Uriarte, Giovanni Alejandro, “La nación en la cancha. Los discursos nacionalistas en la prensa deportiva mexicana en los mundiales de futbol (1970-1986)”, tesis de licenciatura en Estudios Latinoamericanos, Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Filosofía y Letras, 2015.

    Scott, James C., Los dominados y arte de la resistencia. Discursos ocultos, traducción de Jorge Aguilar Mora, México. Ediciones Era, 2000.

    Imagen de portada: Diego Armando Maradona sosteniendo la Copa Mundial de la FIFA en el Estadio Azteca, 29 de junio de 1986. Fotografía: Carlo Fumagalli. Imagen tomada de: Wikimedia Commons.

  • Fotografías del Mundial Femenil de 1971

    Fotografías del Mundial Femenil de 1971

    Entrevista a María De Mária Campos

    En el verano de 1971, nuestro país fue escenario nuevamente de un campeonato mundial de futbol. Como un año antes, el imponente Estadio Azteca recibió a una multitud de aficionados para presenciar la apertura del certamen, que tuvo lugar entre el 15 de agosto y el 5 de septiembre. Sin embargo, una cosa era radicalmente distinta: eran mujeres y no hombres los que disputaban el terreno de juego. Jugadoras sin contrato, sin salario y sin el respaldo de la FIFA. Pese a todos los obstáculos, el desempeño de la selección femenil mexicana fue extraordinario, pues obtuvo el segundo lugar del torneo. Para hablar de este episodio olvidado en la historia deportiva, entrevistamos a María de Mária Campos, académica y responsable de la Fototeca de la Biblioteca Francisco Xavier Clavigero de la Universidad Iberoamericana, institución que resguarda 1,800 fotografías de la Copa Mundial Femenil de México 71.

    ¿Por qué ha permanecido en el olvido la historia del Mundial Femenil de 1971?

    La historia de México guarda un episodio clave que durante décadas quedó relegado al olvido. En 1971, en una época en la que aún se debatía si el futbol era una práctica adecuada para las mujeres, la selección femenil mexicana jugó en el Estadio Azteca la Copa Mundial convocada por la Federación Internacional y Europea de Futbol Femenil (FIEFF). Aquellas futbolistas, que competían sin contratos, sin sueldo y sin el aval de la FIFA, abarrotaron las gradas y dejaron una marca indeleble en el deporte y en la conquista del reconocimiento femenino.

    A ese vacío institucional se añadió una prensa que, en gran medida, prefirió desviar la mirada, motivada tanto por prejuicios de género como por la agitación política de aquellos años. El olvido de este Mundial no responde a un solo motivo: fue el resultado de varios factores entrelazados que, por más de cincuenta años, lo dejaron al margen de la narrativa oficial del futbol.

    El golpe más persistente, sin embargo, vino una vez que terminaron los partidos. La FIFA nunca avaló el torneo –según su contabilidad, el primer Mundial femenil “oficial” se celebró en 1991, en China– y, de acuerdo con el testimonio de las propias jugadoras, se giró la instrucción a las federaciones de vetarles el acceso a los estadios que administraban. A esto se sumó que en México no surgió una liga femenil capaz de aprovechar el fervor que el torneo había encendido, de modo que los nombres de aquellas precursoras desaparecieron del relato deportivo predominante. Quienes han investigado el tema concuerdan en que ese olvido no fue fortuito, sino una invisibilización motivada por el género.

    Esa omisión todavía pesa, y hoy tiene una expresión simbólica muy clara. Con la Copa del Mundo de 2026, México se convirtió en el primer país en albergar tres torneos mundialistas según la cuenta de la FIFA –1970, 1986 y 2026–; pero, si se suma el mundial femenil de 1971, en realidad sería el cuarto. No es un matiz menor para las protagonistas: las pioneras del 71 insisten, una y otra vez, en que “son cuatro y no tres”, y reclaman que el organismo siga sin contabilizar el Mundial que ellas llenaron. Ese desajuste entre la memoria viva de las jugadoras y el registro oficial resume, mejor que ningún otro dato, la forma en que el futbol femenil fue borrado de su propia historia.

    ¿Cuál era el contexto nacional e internacional en el que se desarrolló este torneo?

    La Copa Mundial de futbol femenil fue producto de un cruce singular: el de transformaciones internacionales de largo aliento y un momento especialmente intenso en la historia de México.

    En el plano global, la FIFA sostenía que el futbol debía estar bajo el control de las asociaciones nacionales y no reconocía el juego femenino. Varias federaciones de peso mantenían prohibiciones explícitas: Inglaterra lo vetó entre 1921 y 1971 –la prohibición se levantó precisamente ese año–, Brasil entre 1947 y 1979 y los Países Bajos en distintos momentos. Frente a esa exclusión creció un movimiento de base, y la Federación Internacional y Europea de Futbol Femenil (FIEFF), fundada en febrero de 1970 y financiada por los clubes femeniles italianos, organizó sus propios campeonatos: Italia 1970 y México 1971, este último respaldado por patrocinadores como Martini & Rossi.

    En el plano nacional, México venía de organizar la Copa del Mundo varonil de 1970, un éxito rotundo que había paralizado al país y dejado las tribunas encendidas. El futbol se consolidaba como un espectáculo comercial de grandes dimensiones, impulsado por el creciente poder mediático de Televisa. Ese fervor y esa maquinaria comercial fueron, en buena medida, los que hicieron viable un segundo torneo mundial –esta vez de mujeres– apenas un año después: algunos empresarios vieron en el balompié femenil, una actividad todavía atípica, una oportunidad de negocio prometedora.

    Pero los primeros años setenta fueron también un periodo convulso. El torneo se celebró durante el sexenio de Luis Echeverría (iniciado en diciembre de 1970) y su llamada “apertura democrática”, a la sombra de la matanza estudiantil de Tlatelolco de 1968 y, apenas dos meses antes del partido inaugural, del “Halconazo” del 10 de junio de 1971, una nueva represión violenta a manos del grupo paramilitar Los Halcones contra una manifestación estudiantil. Aquella masacre dejó claro que la herida de Tlatelolco no había cerrado, que el autoritarismo seguía siendo la respuesta del Estado ante la disidencia y que la modernización convivía, sin pudor, con una democracia apenas simulada. Era un clima de represión y, al mismo tiempo, de intensa efervescencia social: México celebraba en el estadio mientras reprimía en la calle.

    En ese mismo contexto, el feminismo de la segunda ola hizo su aparición pública en México justo en 1971: en mayo, el grupo Mujeres en Acción Solidaria (MAS) protagonizó su primera protesta. Era un movimiento encabezado sobre todo por mujeres urbanas y con formación universitaria, en años en que ellas ingresaban masivamente a las universidades y al mercado laboral, se difundían métodos anticonceptivos accesibles y se cuestionaban abiertamente los roles de género. El movimiento sindical, vigorizado bajo Echeverría, empezó a considerar a los deportistas como trabajadores –con la creación del Sindicato Nacional de Deportistas (1970) y el sindicato de futbolistas (1971)–, un marco que ayuda a entender la demanda de pago de las seleccionadas. No es casual, entonces, que la lucha por la equidad de género en el deporte encuentre en la demanda de las futbolistas de 1971 uno de sus episodios más significativos.

    En suma, el torneo fue a la vez heredero del entusiasmo futbolero de 1970 y contemporáneo de un México que se sacudía: reprimido, pero más combativo, y atravesado por las primeras grandes reivindicaciones feministas de la segunda ola.

    ¿En qué situación se encontraban las futbolistas mexicanas en aquella época?

    A inicios de los años setenta, el futbol femenil en México vivía en los márgenes del reconocimiento institucional. No existía una estructura profesional que sostuviera a las jugadoras: ni ligas formales, ni contratos, ni salarios. La gran mayoría de las seleccionadas eran estudiantes o trabajadoras que compaginaban sus empleos y estudios con los entrenamientos, y que costeaban con sus propios recursos su participación en las competencias.

    Pese a esa precariedad, existía un movimiento incipiente y vigoroso. En noviembre de 1969, la porra femenil del Club América, junto con el profesor de educación física Efraín Pérez, organizó el primer torneo amateur del Distrito Federal, la llamada “Liga América”. De su crecimiento surgió, en febrero de 1970, la Asociación Mexicana de Futbol Femenil (AMFF), presidida por el propio Pérez. De ese impulso nació, además, el equipo nacional que ese mismo año representó a México en el primer Mundial femenil de la historia, celebrado en Italia, donde obtuvo un meritorio tercer lugar; fue entonces cuando la prensa italiana bautizó a Alicia Vargas como “La Pelé mexicana”.

    Las condiciones materiales, sin embargo, eran sumamente adversas. Las jugadoras entrenaban en campos prestados o improvisados –lotes de tierra sembrados de piedras y vidrios–, muy lejos de las canchas empastadas que disfrutan hoy las nuevas generaciones. Conseguir un lugar donde practicar suponía un reto constante, igual que reunir el dinero de los vuelos o incluso hacerse de un uniforme: algunas viajaron con un simple número para coser o pegar sobre una playera blanca. Los gastos de traslado y alimentación corrían por su cuenta, sin respaldo financiero ni mediático de la estructura deportiva oficial.

    Conviene matizar, no obstante, que el grupo era heterogéneo: mientras algunas jugadoras buscaban sobre todo el éxito deportivo, otras tenían una conciencia más explícita de su situación y aspiraban abiertamente al profesionalismo. Y es que, en el plano social, practicar futbol siendo mujer significaba desafiar normas y prejuicios profundamente arraigados, en una época en que el deporte se consideraba un terreno “de hombres”: ese desafío cotidiano, más que ninguna estructura, define la situación desde la que compitieron.

    ¿Cómo fue el desempeño de la selección femenil mexicana en este Mundial?

    El desempeño de la selección mexicana fue extraordinario. Como anfitrionas, las jugadoras llegaron hasta la final y se alzaron con el subcampeonato del mundo, una proeza que el representativo varonil de México nunca ha logrado igualar.

    El camino dentro de la cancha arrancó con paso firme. El encuentro inaugural tuvo lugar el 15 de agosto de 1971 en el Estadio Azteca, donde las mexicanas se enfrentaron a Argentina. Tras la fase de grupos –en la que también midieron fuerzas con Inglaterra–, México y Argentina sellaron juntas su pase a las semifinales. La semifinal frente a Italia resultó un duelo durísimo: una vez consumado el resultado, varias futbolistas italianas se fueron a los golpes contra las mexicanas, y la policía tuvo que entrar al terreno para ponerlas a salvo. En la otra llave, Dinamarca y Argentina se vieron las caras. La final, jugada el 5 de septiembre de 1971, enfrentó a México con Dinamarca, cuya gran figura fue Susanne Augustesen: con apenas 15 años, la jugadora danesa firmó una actuación inolvidable. Italia y Argentina pusieron el broche al torneo en el partido por el tercer lugar, disputado en el Estadio Jalisco.

    Las cifras de asistencia se manejan como estimaciones que difieren según la fuente: al partido inaugural se le atribuyen entre 80 mil y 100 mil asistentes, y a la final, entre 90 mil y más de 110 mil. En cualquiera de sus versiones, aquella final marcó un récord de asistencia para un encuentro de futbol femenino –una marca que todavía se cita hoy– y rebasó con amplitud las entradas que por entonces convocaban los partidos profesionales varoniles, que rara vez reunían a 20 mil aficionados.

    ¿A qué obstáculos y prejuicios tuvieron que enfrentarse las jugadoras?

    La proeza deportiva resulta aún más admirable cuando se considera el cúmulo de barreras que las jugadoras mexicanas debieron sortear. Esos obstáculos operaron en varios niveles, desde lo íntimo y familiar hasta lo institucional. Para muchas, el primer rival no estuvo en la cancha, sino en el hogar.  Silvia Zaragoza (delantera) recuerda que su propio padre le prohibió jugar y que tuvo que luchar contra esa oposición para perseguir su vocación; otras tuvieron que ocultar su afición durante años, como Lourdes de la Rosa (defensa), cuya familia se enteró de que formaba parte de la liga femenil solo cuando la vio jugar en las transmisiones de televisión. Más allá de cada caso, la regla general era la desaprobación social hacia una mujer que se atreviera a practicar “el juego del hombre”.

    Los prejuicios permeaban incluso las reglas y la cobertura. Los partidos del torneo se jugaron a dos tiempos de 35 minutos –y no a los 45 reglamentarios–, un formato documentado en las fichas del campeonato; la lectura divulgativa habitual lo asocia a la idea, entonces extendida, de que las mujeres no resistirían el ritmo de un partido completo. La organización envolvió además el acontecimiento en una estética condescendiente: las porterías del Azteca se pintaron de rosa y blanco y se adornaron con macetas de flores, los vestidores fueron custodiados por policías mujeres de uniforme rosa y marcas de cosméticos ofrecieron acondicionar tocadores de belleza en esos mismos vestidores. Buena parte de la prensa siguió esa pauta entre la burla y el desdén: un portero profesional sentenció que con ellas se había “profanado el templo del balompié», y más de un columnista despachó el torneo como «una farsa alegre” indigna del nombre de campeonato mundial.

    La hostilidad, sin embargo, no era solo cultural, sino institucional. En febrero de 1971, lejos de impulsar el certamen, la FIFA presionó para frenarlo: hizo circular una advertencia de que desafiliaría a cualquier club, asociación o jugador que ayudara a organizar el mundial femenil. Acatando esa línea, la Federación Mexicana de Futbol amenazó con multar a los clubes capitalinos –Atlante, América y Necaxa– si prestaban el Estadio Azteca con una sanción equiparable a los 20 mil pesos, que ya había impuesto al Toluca por un antecedente similar. Si el campeonato pudo realizarse fue, en buena medida, porque la gestión del recinto fue por la vía privada, con un papel decisivo de Telesistema Mexicano –el antecedente de Televisa– que, de la mano de patrocinadores y con la anuencia gubernamental, apostó por el evento como un negocio rentable. Esa lógica comercial explica una de las grandes paradojas del 71: el espectáculo generaba cuantiosas ganancias, pero a las jugadoras no les tocaba nada.

    Con el paso del tiempo, la gesta del 71 ha empezado a recibir el reconocimiento que se le negó. Documentales como Copa 71 y Tan cerca de las nubes, exposiciones, homenajes y trabajos académicos han devuelto a estas mujeres su lugar como pioneras del futbol mexicano. Ellas mismas resumen su aporte con una frase: “abrimos brecha”. Cada liga profesional, cada camiseta vendida y cada niña que hoy sueña con jugar en la cancha está conectada con aquellas jugadoras que compitieron sin garantías, sin certezas y sin reconocimiento.

    ¿Qué revelan las fotografías que conserva la Universidad Iberoamericana sobre este Mundial?

    El acervo fotográfico del fondo del Heraldo de México Gutiérrez Vivó-Balderas que custodia hoy la Universidad Iberoamericana, constituye un registro visual que sobrevive de aquel torneo; antes que ilustrarlo, lo que hace es demostrar que sucedió. Frente a un certamen al que la FIFA negó reconocimiento y que gran parte de la prensa optó por silenciar o ridiculizar, la cobertura fue tan limitada que en la actualidad apenas perduran vestigios documentales. Por eso cobra tanto sentido la labor de los fotorreporteros de El Heraldo de México y, en especial, del periodista deportivo Manelich Quintero, que impulsó la cobertura del equipo y preservó, en imágenes, los encuentros, los entrenamientos y los semblantes de unas jugadoras a las que el aparato oficial decidió dar la espalda.

    Su testimonio funciona en dos dimensiones. En la más inmediata, restituye lo tangible: las tribunas repletas, la fuerza de cada partido, la rutina diaria de las prácticas y la identidad de unas deportistas a quienes durante décadas se expulsó del relato oficial. En una escala mayor, estas tomas ponen a la vista precisamente lo que la versión consagrada del deporte prefirió omitir: que el campeonato tuvo lugar, que llenó estadios y que aquellas precursoras fueron reales. Sin este conjunto de imágenes, las jugadoras y el propio mundial seguirían ausentes de la memoria colectiva del deporte nacional e internacional.

    Lo que perdura –aquello que el tiempo no altera– es la memoria. Cada gol, cada porra, cada jugada, cada lágrima y cada abrazo que estas fotografías capturaron forman parte de un legado visual irremplazable: la mirada con la que una nación se ha contemplado crecer, tropezar y ponerse de pie. Asomarse a estas imágenes no significa solo asomarse al futbol; significa reconocernos como nación.

    ¿Cuáles son las características e importancia de este acervo fotográfico?

    El Archivo Fotográfico Heraldo de México Gutiérrez Vivó-Balderas reúne más de cuatro décadas (1965 a 2005) de la vida nacional –política, economía, cultura, espectáculo, sociedad y tecnología– captadas por uno de los diarios más influyentes del país. Tan solo parte de su sección deportiva resguarda alrededor de 15,000 imágenes que documentan siete Copas del Mundo: México 1970 y 1971, Alemania 1974, Argentina 1978, España 1982, México 1986 y Estados Unidos 1994. El material es heterogéneo en su soporte –impresiones en papel, diapositivas y negativos– y se conserva bajo estándares profesionales de preservación que garantizan su permanencia. Del mundial femenil de 1971, se resguardan 1,800 fotografías.

    Su importancia opera en varios planos. Como fuente primaria, ofrece a historiadores, investigadores y público general una ventana hacia el deporte, el espectáculo, los partidos, las multitudes y los contextos sociales de cada época, con piezas que en muchos casos no se conservan en ningún otro repositorio. Como patrimonio cultural, tiende un puente entre generaciones: permite ver y sentir momentos que no se vivieron y comprender cómo la sociedad mexicana se ha narrado a sí misma a través de la imagen. Y como herramienta de reparación histórica, resulta decisivo para rescatar episodios que el relato oficial dejó al margen, de los que el Mundial femenil de 1971 es el ejemplo más elocuente. En ese sentido, el fondo no solo documenta el pasado: ayuda a decidir qué parte de él sobrevive y puede volver a mirarse.

    ¿Qué acciones ha emprendido la Universidad Iberoamericana para preservar esta memoria gráfica?

    La labor de la Ibero se ha desplegado en varias etapas que van de la conservación física a la difusión pública. La primera fue de rescate y resguardo: al recibir el acervo, lo primero fue sustituir las cajas en mal estado –algunas rotas o con humedad– y trasladar las piezas a un área especializada, donde imágenes y negativos se preservan a baja temperatura para frenar su deterioro. A esto siguió un inventario general por temáticas y un trabajo continuo de catalogación e investigación.

    La segunda etapa, y la más visible hoy, es la digitalización. Desde finales de 2025, un convenio entre la Universidad y El Heraldo Media Group permite conservar, catalogar, digitalizar y divulgar el archivo, comenzando precisamente por la sección deportiva –incluida la Copa Femenil de 1971– y por el movimiento estudiantil de 1968. El proceso lo coordina Gerardo Morales Sánchez, del Área de Innovación y Estrategias Digitales de la biblioteca, con personal especializado que opera escáneres y equipos de cómputo según el soporte de cada pieza. El estándar mínimo de digitalización es de 600 puntos por pulgada, que en los negativos llega a aumentarse hasta 1,200 para no perder detalle, y los archivos se guardan en formato TIFF, que duplica cada imagen sin pérdida; cuando una fotografía tiene anotaciones al reverso, se digitalizan ambas caras para conservar su originalidad.

    La tercera etapa apunta al acceso y la divulgación. El objetivo es que el público pueda consultar el material por medios electrónicos sin exponer los originales al desgaste de las consultas presenciales. A ello se suma un trabajo activo de investigación y difusión –publicaciones, exposiciones y documentales que recurren al acervo–, que permite no solo conservar las imágenes en condiciones óptimas, sino devolverlas a la investigación y a la memoria colectiva.

    ¿De qué manera se puede consultar este archivo fotográfico?

    Por ahora, la consulta se realiza de manera presencial en las instalaciones de la Ibero, con cita previa. El horario de servicio es de lunes a jueves, de 8:00 a 16:45 horas, y los viernes, de 8:00 a 15:00 horas.

    Para saber más

    Carreño Martínez, Maritza, “Futbol femenil en México, 1969-1971”, tesis de licenciatura en Historia, Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Filosofía y Letras, 2006. 

    De Mária Campos, María, “El Azteca era mujer. El primer Mundial de futbol femenil”, IBERO, año XVIII, número 102, junio-julio 2026, p. 38-43. 

    Pérez Uriarte, Giovanni Alejandro, “Estamos desempeñando un trabajo. Las futbolistas mexicanas de 1971 y la lucha por el profesionalismo”, Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México, número 69, enero-junio de 2025, p. 219-247.

    Santillán Esqueda, Martha y Fausta Gantús, “Transgresiones femeninas: futbol. Una mirada desde la caricatura de la prensa, México 1970-1971”, Tzintzun. Revista de Estudios Históricos, número 52, julio-diciembre de 2016, p. 143-176. 

    Imagen de portada: Las mexicanas entraron en el Azteca, 21 de agosto de 1971. Colección: Biblioteca Francisco Xavier Clavigero, Universidad Iberoamericana, Archivo Fotográfico Heraldo de México Gutiérrez Vivó–Balderas, N° HM-M71-0315.

  • Sacar a México 70 de la vitrina y devolverlo a la historia

    Sacar a México 70 de la vitrina y devolverlo a la historia

    Por Daniel Efraín Navarro Granados

    La historia del futbol es un terreno dominado por vigorosas narrativas fincadas en la nostalgia e instituidas por los intereses comerciales que la actividad congrega, relatos que además suelen oscurecer nuestra comprensión de este deporte como fenómeno social. El lugar que ocupa el IX Campeonato Mundial de Futbol México 70 en la historia mexicana es un ejemplo de ello. En las investigaciones históricas sobre la década de 1970, las referencias al primer mundial de futbol celebrado en México son escasas, lo cual contrasta con el lugar que ocupa en los anales futbolísticos. El mundial parece haber ocurrido solamente en la arena deportiva y no como parte de la realidad sociocultural y política del país.

    El relegamiento de México 70 a las páginas de la historia deportiva es más grave si recordamos la tensa coyuntura en que se celebró. Dos años antes se habían realizado los Juegos Olímpicos de 1968, precedidos por un movimiento estudiantil violentamente reprimido. El mundial coincidió además con el proceso electoral de 1970. Los partidos se jugaron durante las últimas semanas de campañas políticas y el día de la votación fue un par de semanas después de que Brasil se coronara campeón. Al triunfar en las elecciones, Luis Echeverría representaba una renovación política del gobernante Partido Revolucionario Institucional (PRI) –una idea cultivada a través de distanciamientos retóricos con su predecesor, un acercamiento al sector obrero de su partido y la apropiación de símbolos del cardenismo–, pero esta imagen se desvaneció en 1971, cuando los hechos del Jueves de Corpus confirmaron su talante autoritario. 

    La coyuntura no es menos significativa en la historia cultural e incluso en la misma arena deportiva. En 1971 se celebró el Festival Rock y Ruedas en Avándaro, un hito en el desarrollo de las nuevas culturas juveniles y en su relación con el régimen. Ese año también se celebró en México el II Campeonato Mundial de Futbol Femenil, un evento que irremediablemente se convirtió en un terreno de disputa sobre los roles de género y sobre el profesionalismo de las mujeres en el futbol. El malogrado intento de organizar un sindicato de futbolistas y su emplazamiento a huelga durante el mismo año de 1971 también dan cuenta de los reordenamientos por los que atravesaba el mundo deportivo.

    De tal manera que México 70 se jugó entre las metamorfosis del autoritarismo y las batallas en su contra, así como en medio de fuertes cambios sociales y culturales. En este marco, es ineludible preguntarse qué representó el IX Campeonato Mundial de Futbol (masculino) para el país anfitrión. Desempolvemos un poco México 70 y saquémoslo de la vitrina de los triunfos –y fracasos– deportivos para restituirlo a la compleja realidad de la que formó parte. Hagámoslo de momento en dos arenas: la mediática y la política. 

    Las narrativas deportivas

    Antes de comenzar vale la pena apuntar algunas de las narrativas que han dominado nuestro recuerdo del mundial. La primera característica que tienen es que en ellas lo global predomina notoriamente sobre lo local. Dos elementos ocupan un lugar central en este panorama: Pelé y la televisión. México 70 fue el escenario de la consagración del brasileño como astro internacional y de la coronación de la verdeamarela como tricampeona del mundo. La potencia emocional y visual de las imágenes de Pelé celebrando en el Estadio Azteca coronado con un sombrero de charro han opacado otros aspectos del certamen. A la par, el torneo es reiteradamente recordado como la primera ocasión en que un mundial de futbol fue transmitido a color por vía satélite a todo el mundo, un hecho tecnológico que ha maravillado especialmente a la generación que lo atestiguó en su infancia o en su juventud. Otras notas recurrentes en los recuerdos del mundial son el llamado partido del siglo, la semifinal entre Italia y Brasil, reconocido como uno de los mejores juegos de la historia, y el caso del seleccionado peruano que jugó bajo la presión de los efectos de un terremoto de 7.9 grados, ocurrido en su país el mismo día que se inauguraba el torneo en el Estadio Azteca. En los recuerdos del público internacional, México rara vez excede el papel de colorido escenario, lo cual también ha definido la memoria de los propios mexicanos. 

    Para la historiografía deportiva, México 70 fue el momento donde el futbol nacional alcanzó la madurez. Nótese aquí la recurrencia de la entelequia llamada “futbol nacional”, en la que el deporte del país cobra vida e inclusive tiene una infancia y una madurez. En los recuerdos de los periodistas y aficionados mexicanos también es frecuente la mención de la lesión, previa al torneo, del mediocampista Alberto Onofre, hecho que opera en el relato como un augurio del modesto desempeño que tendría la selección mexicana. El recuerdo con mayor sabor local suelen ser las celebraciones multitudinarias en el Ángel de la Independencia por el triunfo de la selección contra El Salvador, así como las que ocurrieron después del partido contra Bélgica, que aseguró el pase a cuartos de final, un ritual nacido en este momento y que se ha perpetuado con el paso de las décadas. El carácter popular de estos festejos confluye además con una noción promovida sobre México 70 –y sobre casi cualquier mundial o evento de estas características–, la idea de que el torneo era de todos los mexicanos. 

    ¿La fiesta de todos los mexicanos?

    Frente a la noción de que el mundial era una fiesta nacional, y sin despreciar el entusiasmo popular que despertó, examinemos cómo se obtuvo la sede del evento y quién era su principal beneficiario. Los mundiales de futbol no nacieron siendo los mega eventos deportivos organizados por el gran conglomerado que hoy en día es la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA). De hecho, el certamen estaba en plena evolución durante las décadas de 1960 y 1970, siendo México 70 un momento crucial en el proceso, pues la venta de los derechos de transmisión por televisión se convirtió en una de las piezas centrales del modelo de negocios de la organización internacional.  

    La candidatura mexicana para obtener la sede fue impulsada por el naciente proyecto empresarial, deportivo y mediático de Emilio Azcárraga Milmo, hijo del empresario de radio y televisión Emilio Azcárraga Vidaurreta. “El Tigre”, como sería conocido posteriormente Azcárraga Milmo, no era aún el prolífico magnate en que se convertiría con el paso de los años, ni siquiera era considerado para heredar la dirección de las compañías de su padre, quien dudaba de sus capacidades. En 1960, el joven Emilio Azcárraga Milmo, de 29 años, adquirió el Club América como parte de un acuerdo para saldar una deuda comercial. Un par de años después, durante el mundial de Chile, en 1962, la filmación de partidos para su transmisión a través de los canales de Telesistema Mexicano apuntaló las expectativas sobre las posibilidades financieras del balompié, sobre todo en lo que respecta a la venta de espacios publicitarios en las transmisiones televisivas. Ese mismo año comenzaron las obras para la construcción de un gran estadio de concreto al sur de la capital mexicana, diseñado específicamente para la transmisión de partidos por televisión: el Estadio Azteca. Como parte de sus planes para el futbol, Azcárraga consiguió la colaboración de Guillermo Cañedo, entonces gerente de un pequeño pero exitoso club, quien no solo pasó a dirigir el Club América, sino que también se convirtió en presidente de la Federación Mexicana de Futbol Asociación (Femexfut) y vicepresidente de la propia FIFA. Con estas piezas en juego, la Femexfut obtuvo en 1964 la sede para el IX Campeonato Mundial de Futbol. Más tarde, Azcárraga obtuvo los derechos de transmisión del mundial por una módica suma, sobre todo si se le compara con los montos que estos alcanzarían durante las décadas siguientes. 

    En 1963, un año antes de la obtención de la sede del mundial, la ciudad de México obtuvo la sede de los juegos olímpicos. Si bien ambos proyectos tenían su propia senda, había vasos comunicantes entre ellos. Un ejemplo de estas conexiones es la figura de Pedro Ramírez Vázquez, arquitecto del Estadio Azteca y presidente del Comité Organizador de los Juegos Olímpicos de 1968. La experiencia olímpica nutrió al mundial de futbol, tanto organizativamente como políticamente. El gobierno mexicano había impulsado decididamente la organización de los juegos olímpicos, su celo del proyecto incluso había motivado la represión del movimiento estudiantil, ya que consideraba que este buscaba sabotear el evento. En 1970 el impulso fue igual de decidido, pero el gobierno fue más discreto al respecto, dejando que los organizadores privados se llevaran los reflectores. Sin embargo, un factor crucial para el éxito del evento fue el apoyo tecnológico para la transmisión vía satélite de los partidos. En este sentido, las redes de transmisión de Teléfonos de México fueron clave para llevar la señal a la estación que transmitió la señal al satélite conocido como “Pájaro Madrugador”, una estación operada por la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas. 

    Gracias al éxito que representó México 70, Azcárraga Milmo consolidó su posición en Telesistema Mexicano, empresa que pasó a controlar cuando su padre murió, en 1972. En las siguientes décadas el ala deportiva de este gran imperio mediático continuó siendo uno de sus principales asideros. En este sentido, no debe sorprendernos que años después, en 1982, Azcárraga se declarara “un soldado del PRI y del Presidente”. ¿Cómo no serlo? El joven empresario había logrado convertirse en “El Tigre” gracias a los apoyos que el régimen le había brindado.

    Los beneficios para el régimen

    El apoyo del gobierno al mundial estaba lejos de ser un acto desinteresado. Así como había ocurrido con los Juegos Olímpicos de 1968, el gobierno mexicano utilizó México 70 para proyectar al mundo una imagen de modernidad, pero el evento tenía además sus usos políticos internos. La relación entre Azcárraga Milmo y el gobierno mexicano no era excepcional, desde la década de 1950 existía una fuerte relación entre figuras políticas del priismo y los fundadores de Telesistema Mexicano, lo cual se enmarcaba, además, en una política de cooptación de los empresarios de medios de comunicación impresos y radioeléctricos.  

    El mundial de México 70 en la revista Siempre!, 1970. 

    Además de utilizar el apoyo al mundial como moneda de cambio para asegurar una prensa favorable, el régimen capitalizó el evento deportivo directamente en las elecciones de 1970. La campaña presidencial del PRI instrumentalizó sistemáticamente el IX Campeonato de Futbol en beneficio de Luis Echeverría, apropiándose del logotipo y la tipografía oficial del mundial en la propaganda electoral. A la par, fueron frecuentes en la prensa, tanto oficial como comercial, estrategias para hacer coincidir la cobertura noticiosa sobre México 70 con la de la campaña del PRI o asociar al candidato priista con la figura de Pelé y con los triunfos de la selección. El diario El Nacional fue quién implementó más decididamente estas estrategias, informando acerca de cómo había visto Echeverría el partido inaugural, reportando cómo se realizaban porras en actos de campaña e incluso cabeceando la portada que informaba del triunfo de la selección contra Bélgica: “¡Adelante!”, a la manera del lema de campaña de Echeverría: “Arriba y adelante”. En cambio, el día que fue eliminado México, el diario redujo la información sobre la campaña a una mínima nota, alejando al candidato de cualquier asociación con la derrota deportiva. 

    Recordar los mundiales más allá del futbol

    Las implicaciones de México 70 en la arena política y mediática son sólo algunas de las formas en que el torneo trascendió el ámbito estrictamente deportivo, pero aún es necesario explorar otras. El mundial de 1970 fue una estación fundamental en la alianza entre el régimen priista y el naciente imperio mediático que unos años después se convertiría en Televisa. No es que esta u otras lecturas políticas del evento fueran imperceptibles para quienes lo vivieron. Existieron voces que denunciaron que el mundial beneficiaba sólo a unos pocos, que era usado políticamente en beneficio del régimen o que condenaban que se realizara en un país donde aún estaban en prisión los presos políticos de 1968. Sin embargo, el mundial acabó siendo principalmente materia de inocuas rememoraciones deportivas. Con sus matices, algo similar ocurrió con México 86. 

    La desconexión entre ambos mundiales masculinos y su contexto histórico ha sido condición de posibilidad para su explotación desde la nostalgia por sus verdaderos beneficiarios: la FIFA, la Femexfut y Televisa, por nombrar algunos. En la promoción comercial del mundial de 2026, la idea de que “el mundial vuelve a casa” descansa en esta remembranza despolitizada de los mundiales pasados. Mientras se efectúa el tercer mundial celebrado en México, esta vez de manera conjunta con Estados Unidos y Canadá, atestiguamos las protestas sobre la gentrificación de la ciudad y la crisis de desaparecidos en México, entre otras. Procuremos rescatar los mundiales de 1970 y 1986 de la vitrina despolitizada de los trofeos deportivos como un paso necesario para evitar que el celebrado este año acabe, con el paso del tiempo, relegado a este mismo lugar. 

    Para saber más

    Brewster, Claire y Keith, “‘He hath not done this for any other nation’: Mexico’s 1970 and 1986 World Cups”, en Stefan Rinke y Kay Schiller (editores), The FIFA World Cup 1930-2010. Politics, Commerce, Spectacle and Identities, Göttingen, Wallstein Verlag, 2014, p. 281-311.

    Fernández, Claudia y Andrew Paxman, El Tigre. Emilio Azcárraga y su imperio, México, De Bolsillo, 2021.

    González de Bustamante, Celeste, “Muy buenas noches”. México, la televisión y la guerra fría, México, Fondo de Cultura Económica, 2015.

    Pérez Uriarte, Giovanni Alejandro, “La nación en la cancha. Los discursos nacionalistas en la prensa deportiva mexicana en los mundiales de futbol (1970-1986)”, tesis de licenciatura en Estudios Latinoamericanos, Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Filosofía y Letras, 2015.

    Imagen de portada: Pelé se corona como ídolo universal en el Estadio Azteca, tras el encuentro Brasil vs Italia. Fotografía tomada de Wikimedia Commons.

  • La Asociación Mexicana de Fotógrafos de Prensa, 1946-1970

    La Asociación Mexicana de Fotógrafos de Prensa, 1946-1970

    Por Oralia García Cárdenas

    Antecedentes históricos

    La Revolución mexicana trajo consigo cambios de diversa índole en el país, dentro de ellos, propició la creación de un fotoperiodismo moderno en el que los fotógrafos fueron testigos oculares de acontecimientos políticos que capturaron con nuevas miradas e intereses particulares, estableciendo nuevas formas de representación de actores sociales que habían sido visibilizados desde otras perspectivas. Durante el periodo de lucha armada, los fotógrafos de la revolución capturaron escenas de la vida cotidiana y sucesos que mostraban una nueva realidad.

    Cabe señalar que algunas de estas fotografías fueron publicadas en periódicos como La Ilustración Semanal y La Semana Ilustrada. En este contexto, en 1911, se creó la Sociedad de Fotógrafos de la Prensa Metropolitana constituida por los fotógrafos Agustín Víctor Casasola, Antonio Garduño, Eduardo Melhado, Abraham Lupercio, Ezequiel Álvarez Tostado, entre otros. Dicha agrupación tuvo el beneplácito del presidente Francisco León de la Barra, momento que quedó sellado con una imagen del mandatario con los fotógrafos de prensa, en el que no faltaron los halagos mutuos.

    Más tarde, durante los gobiernos de Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles y los del Maximato, en la denominada época posrevolucionaria, se utilizó el trabajo de los fotógrafos de prensa como un recurso de propaganda de sus proyectos políticos. Bajo la insignia de la “unidad nacional” los fotógrafos registraron temas acordes con este dirscurso nacionalista, en el que los periódicos y las revistas tuvieron un papel muy importante, aún considerando que la mayoría de la población era analfabeta. Publicaciones como Jueves de Excélsior, El Universal Ilustrado, Zig-Zag, Revista de Revistas, Cine Mundial, entre otras, transmitieron los principios revolucionarios, traducidos en transformaciones políticas, sociales y culturales que vivió el país durante esa etapa. 

    Posteriormente, el proyecto social y económico del presidente Lázaro Cárdenas del Río fue materia prima de trabajo para los fotógrafos de prensa, que tomaron con sus cámaras sucesos relacionados con su política de reparto agrario, nacionalización del petróleo, fomento a la industria nacional, creación de agrupaciones de obreros y campesinos, por mencionar algunos. No obstante, hubo medios impresos que manifestaron una férrea oposición a su gobierno y, como consecuencia de ello, fueron objeto de censura. 

    Este periodo fue, además, donde comenzó la época dorada de las revistas ilustradas, marcado por el desarrollo de nuevos géneros fotográficos como el fotorreportaje y el fotoensayo. En este periodo surgieron revistas como Rotofoto (1938), creada por el periodista de origen tabasqueño José Pagés Llergo, en el que las imágenes ocupaban un lugar esencial en la publicación. Cabe mencionar que el discurso editorial irreverente de Rotofoto estaba inclinado a posiciones de centro derecha, en el que se hacía una fuerte crítica a los políticos partidarios del Cardenismo. Esto pudo ser visible cuando la revista publicó una imagen del general Lázaro Cárdenas y miembros de su gabinete bañándose en un río, situación que provocó una reacción de enojo e indignación por parte del mandatario. El episodio que pudo haber sido la razón más importante para que se ordenara el cierre de la publicación. 

    Tiempo después surgieron otras revistas como Hoy (1937), Mañana (1943) y Siempre (1952), fundadas por el propio José Pages Llergo y su primo Regino Hernández Llergo. Las páginas de estas publicaciones gráficas, que se mezclaban con textos, daban mucho peso editorial a las fotografías, que permitieron crear imaginarios políticos, sociales y culturales del México posrevolucionario. Con ello, quisiera poner énfasis en que las revistas ilustradas tuvieron un papel muy importante en la creación y consolidación de la Asociación Mexicana de Fotógrafos de Prensa (AMFP), de la que hablaré a continuación. 

    Asociación Mexicana de Fotógrafos de Prensa

    El 2 de enero de 1945, durante un acto diplomático del presidente Manuel Ávila Camacho en los salones del Palacio Nacional, se produjo un incidente en el que se vieron involucrados  fotógrafos de prensa y un encargado de seguridad del mandatario. Los fotoperiodistas manifestaron que antes de que el evento iniciara, el licenciado Rafael Fuentes, jefe de ceremonias de la Secretaría de Relaciones, los obligó a colocarse en un sitio alejado del podio, lo que les impediría hacer bien su trabajo. Frente a esta molesta situación y en señal de protesta, se trasladaron a las escalinatas del Palacio, se tomaron una fotografía de grupo, que salió publicada en la revista Hoy, y abandonaron el lugar.

    Al finalizar el acto, el presidente Ávila Camacho notó la ausencia de los fotoperiodistas y preguntó a sus allegados el motivo de la desavenencia. Después de que le informaron la situación, el mandatario solicitó que acudiera con él una comisión de fotógrafos, uno de ellos fue Anselmo Delgado, que le dijo textualmente: “Señor, queremos que se nos trate como a personas”, a lo que el presidente respondió con una promesa de resarcir el agravio ocasionado a los trabajadores de la lente y, también, ofreció colaborar en la fundación de una agrupación que los uniera como gremio. Así surgió la Asociación Mexicana de Fotógrafos de Prensa. 

    En días posteriores, como un gesto de buena voluntad y para asegurar lo pactado, los fotógrafos de prensa invitaron al “presidente caballero” a una comida, que tendría lugar el 27 de enero de 1945. A partir de este acontecimiento, se estableció el 15 de enero como el “Día del Fotógrafo”, fecha en la que los fotoperiodistas se reunían con el presidente a “compartir la sal, el pan y el vino”. Este acto protocolario se convirtió en toda una tradición que se repetía año con año. Ahora bien, es importante hacer hincapié en que fue un año más tarde, en 1946, cuando quedó formalmente constituida la agrupación como una Asociación Civil. 

    En el Acta Constitutiva, con fecha de 4 de enero de 1946, quedó asentada la designación provisional de cargos directivos, a saber: Salvador Pruneda como Presidente de la Asociación, Enrique Díaz, como Secretario del Interior, Adalberto Arroyo como Secretario del Exterior, Fernando Sosa como Secretario Tesorero y Anselmo Delgado como Secretario de Actas. El 8 de marzo de ese mismo año se aprobó (con algunas modificaciones) el proyecto de Estatutos presentado por Salvador Pruneda y se acordó protocolizar esas disposiciones para darle un sustento legal a la agrupación. Asimismo, se indicó que la AMFP tendría jurisdicción en toda la República Mexicana y que quedaría conformada por “fotógrafos de diarios y revistas, noticieros cinematográficos, y otros medios de publicación gráfica de noticias en el territorio nacional”. 

    Dentro de los Estatutos elaborados en coordinación con el Comité Ejecutivo, se establecieron diversas comisiones de trabajo que fueron: la Comisión de Honor y Justicia,  la Comisión de Prevención Social y la Comisión de Cultura; además se señaló que cada uno de los cargos duraría un año y se elegiría mediante una asamblea convocada expresamente para ese fin. A su vez, quedó asentado que los puestos directivos los ocuparían únicamente los fotógrafos radicados en la capital. Por otra parte, quedó estipulado que las asambleas ordinarias de los socios se llevarían a cabo cada semana, y cada uno de ellos tendría que aportar una cuota semanal, una parte de ella sería destinada a un fondo de ahorro. 

    Asimismo, es relevante subrayar que fue hasta el sexenio de Miguel Alemán Valdés (1946-1952) cuando la asociación se consolidó como una organización gremial de fotógrafos de prensa; pero al mismo tiempo, fue la época en la que se institucionalizó el llamado “chayote” y el “embute”. En efecto, fue un periodo en el que el presidencialismo cobró mucha fuerza y, con ello, la subordinación al régimen, en este caso de los medios impresos, que serían una pieza fundamental en la difusión de su programa económico, político y cultural, encaminado a la modernización, industrialización, inversión de capitales extranjeros y fomento del turismo. Al mismo tiempo, subsistían otros mecanismos de control del gobierno a los medios impresos, como lo fue la suministración de papel a través de la Productora e Importadora de Papel (PIPSA), que fue creada desde 1935.

    Comida de la AMFP con el presidente Miguel Alemán Valdés para conmemorar el “Día del Fotógrafo”, en el Casino Militar. Mañana, número 178, 25 de enero de 1947.

    Por otro lado, es preciso detenerse en la importancia de la revista Mañana, como una de las principales publicaciones promotoras de la Asociación Mexicana de Fotógrafos de Prensa durante los primeros años de su existencia. Mañana fue el espacio editorial en donde Antonio Rodríguez, escritor y crítico de arte de orígen portugués, escribió diecinueve artículos derivados de una serie de entrevistas que realizó a cuatro generaciones de fotógrafos de prensa, que en su mayoría pertenecían a la agrupación de fotoperiodistas, la sección se llamó: “Ases de la Cámara”. El propósito de Rodríguez era rescatar los testimonios, experiencias y autorreflexión de estos reporteros de la lente sobre su propio trabajo fotoperiodístico.

    Estos relatos resultan muy interesantes porque aportan elementos de gran relevancia sobre cómo los fotoperiodistas se iniciaron en la profesión y las actividades que realizaron previamente, ya que algunos fueron, en un primer momento, electricistas, veterinarios o ejercieron oficios o profesiones diversas. También nos hablan del equipo y material con el que trabajaban, los riesgos que corrían (como accidentes de trabajo), así como de la falta de seguridad y atención médica, por mencionar sólo algunos ejemplos. 

    Aquí es importante indicar que la gran mayoría de estos fotógrafos de prensa aprendieron el oficio como ayudantes de destacados fotógrafos, a los que tomaron como maestros. Muchos de ellos se “foguearon” limpiando cámaras y aprendieron el proceso de revelado en el laboratorio, como lo mencionan también algunas notas periodísticas de distintos medios impresos. 

    Como resultado de estas entrevistas –publicadas con comentarios del propio Rodríguez– y por iniciativa de la revista Mañana y de la AMFP, que en ese momento presidía el fotógrafo Enrique Díaz, se organizó en el Palacio de Bellas Artes de la ciudad de México un concurso y una exposición denominada: “Palpitaciones de la vida nacional. México visto por los fotógrafos de la prensa”, que se inauguró en julio de 1947. Este gran evento, que se realizó en el espacio cultural y artístico más importante del país, tuvo como objetivo principal reivindicar el trabajo de los fotógrafos de prensa, dándoles un merecido reconocimiento y difusión a su obra.

    Dos años más tarde, el periodista Gregorio Ortega, director de Revista de América, y  la Asociación Mexicana de Fotógrafos de Prensa lanzaron la convocatoria del concurso “La Reina de los fotógrafos de prensa”, en el que resultó elegida la actriz Carmen Yolanda Varela, muy conocida por la película Dos tipos de cuidado (1953), en donde actúo con Jorge Negrete y Pedro Infante. La ceremonia de coronación se llevó a cabo el 10 de marzo de 1949, en el Teatro Iris, fue coronada por el actor y comediante Mario Moreno “Cantinflas”, que se disfrazó del rey Luis XIV. Al acto protocolario asistieron los fotógrafos de prensa de los principales periódicos y revistas del país, como lo refiere la prensa que le dio una amplia cobertura al evento. 

    Ceremonia de coronación de la actriz Carmen Yolanda Varela, como “Reina de los Fotógrafos”,  Hoy, número 630, 19 de marzo de 1949. Colección: Biblioteca Miguel Lerdo de Tejada. 

    En abril de 1952, durante los festejos de la primavera, se llevó a cabo un desfile por la primera demarcación del centro histórico de la ciudad de México. Uno de los carros alegóricos que recorrieron las calles del centro fue, precisamente, el de la Asociación Mexicana de Fotógrafos de Prensa, con una enorme cámara de fuelle Speed Graphic y el logotipo de la agrupación. En el auto iba Carmen Yolanda Varela como reina de los fotógrafos acompañada de sus princesas y, en la parte posterior, se encontraba un personaje que representaba a los fotoperiodistas y el logotipo de Revista de América, publicación dirigida por el periodista Gregorio Ortega. 

    Finalmente, sobre el tema del “chayote” y el “embute” en la prensa mexicana dentro del contexto histórico de los regímenes priistas que marcaron el rumbo político del país durante buena parte del siglo XX, resulta fundamental abordar un aspecto clave para comprender las razones de la lealtad de los fotógrafos de prensa al sistema presidencialista. Esta relación puede explicarse a partir de los diversos privilegios que dicho gremio obtuvo, entre ellos la dotación de equipo, laboratorios y espacios de trabajo; así como beneficios otorgados directamente por el presidente Miguel Alemán, tales como las viviendas ubicadas en la calle de Uruguay y las colonias específicas destinadas a periodistas y fotoperiodistas, además de las prestaciones, aguinaldos y seguros de vida, entre otros beneficios otorgados. 

    Conclusión

    A manera de conclusión es necesario mencionar que la Asociación Mexicana de Fotógrafos de Prensa tuvo distintas etapas. La primera de ellas inició en 1946, al comienzo del gobierno del presidente Manuel Ávila Camacho; sin embargo, fue durante el sexenio de Miguel Alemán Valdés cuando la organización adquirió mayor fuerza, presencia e influencia. Esta dinámica se mantuvo, aunque de manera cada vez más debilitada y difusa, a lo largo de los gobiernos de Adolfo Ruiz Cortines, Adolfo López Mateos y Gustavo Díaz Ordaz.

    Asimismo, dentro del funcionamiento de la Asociación ocurrió un fenómeno particularmente significativo. Si bien la AMFP tenía como propósito mejorar las condiciones laborales de los fotógrafos de prensa mediante iniciativas orientadas a la capacitación y la profesionalización del gremio, con el tiempo se convirtió en un mecanismo del poder político. En este sentido, la Asociación operó como un instrumento a través del cual el presidencialismo ejerció influencia y control sobre los fotógrafos de prensa, fortaleciendo los vínculos de subordinación entre el gremio y el régimen político.

    Otro planteamiento en el que quiero hacer énfasis es que dentro de la AMFP no hubo ninguna mujer fotoperiodista. Era una agrupación conformada por puros hombres, lo que nos habla de que el fotoperiodismo mexicano, en esa época, era un medio muy masculinizado. También es importante mencionar que, además de los fotoperiodistas, en la Asociación había cinefotógrafos, de los que se sabe muy poco: quiénes eran, qué tipo de relación tenían con los fotoperiodistas; por ello sería importante indagar qué tanta injerencia pudieron haber tenido al interior de la agrupación. 

    En este mismo sentido, sería pertinente profundizar en el estudio de los fotógrafos de prensa que desarrollaron su labor en el interior de la República, es decir, de aquellos fotoperiodistas radicados en los estados del país. Esto resulta especialmente relevante porque gran parte de la atención historiográfica sobre el fotoperiodismo mexicano se ha concentrado en la ciudad de México. De esta manera, impulsar una línea de investigación enfocada en los estudios regionales permitirá ampliar el horizonte histórico y social sobre el tema. 

    Para saber más

    Ancira, Eduardo, “Fotógrafos de la luz aprisionada. Asociación de Fotógrafos de la Prensa Metropolitana de la Ciudad de México, octubre-diciembre de 1911”, en Fernando Aguayo y Lourdes Roca (coordinadores), Imágenes e investigación social,  México, Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, 2005, p. 334-353.

    García Cárdenas, Oralia, “El fotoperiodismo mexicano vinculado al poder político. El caso de la Asociación Mexicana de Fotógrafos de Prensa (1946-1970)”, tesis de doctorado en Historia y Etnohistoria, Escuela Nacional de Antropología e Historia, 2025.

    González Marín, Silvia, Prensa y poder político. La elección presidencial de 1940 en la prensa mexicana, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Siglo XXI Editores, 2006.

    Monroy Nasr, Rebeca, Ases de la cámara: textos sobre fotografía mexicana, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2010.

    Monroy Nasr, Rebeca, “Setenta años de fotoperiodismo mexicano: tradición, continuidad y ruptura”, en De la Mofa a la educación sentimental. Caricatura, fotografía y cine, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, Dirección de Estudios Históricos, 2010, p. 53-91. 

    Serna, Ana María, “Prensa y sociedad en las décadas revolucionarias (1910-1940)”, Secuencia, número 88, enero-abril de 2014, p. 109-149.

    Imagen de portada: Reunión del presidente Manuel Ávila Camacho con un grupo de fotógrafos de prensa, en el Club de Golf Azteca, 15 de enero de 1945. Colección: Archivo Enrique Díaz Reyna. Imagen cortesía de Rebeca Monroy Nasr.

  • La ciudad de México en la lente de los fotoperiodistas de la segunda mitad del siglo XX

    La ciudad de México en la lente de los fotoperiodistas de la segunda mitad del siglo XX

    Por Juan Ángel Salinas Chávez

    A mediados del siglo XX, la ciudad de México cambió de rostro. La acelerada urbanización por efectos de la industrialización promovida por los gobiernos de Miguel Alemán y Adolfo Ruiz Cortines provocaron que la capital se expandiera a lo largo, alto y ancho de su territorio. Este rápido crecimiento provocó una serie de fenómenos urbanos que no pasaron desapercibidos para una generación de fotoperiodistas que hicieron de la ciudad, objeto, tema y fuente de creación. A través de notas, fotorreportajes y fotoensayos, los fotógrafos construyeron una imagen moderna de la ciudad, que se consolidó por el propio proceso de urbanización y la difusión que hicieron los medios impresos e ilustrados de la época. En ese sentido, las fotografías contenidas en sus reportajes se convirtieron en producto y productor de un imaginario urbano que prevaleció a lo largo del siglo XX. 

    El presente texto tiene el objetivo de conocer la manera en que un conjunto de fotógrafos de mediados del siglo XX capturó las transformaciones de la ciudad de México provocadas por la acelerada urbanización. Principalmente, aborda las formas no oficiales de representar los fenómenos urbanos, las cuales se caracterizan por los intereses y creaciones propias de los fotoperiodistas, en contraposición de los reportajes oficiales que fueron creados por orden expresa o con algún fin propagandístico, y que prevalecieron dentro de las páginas de diarios, semanarios y revistas ilustradas. Por esta razón, el trabajo está dividido en cuatro apartados, en los que se presentan: en primer término, las principales características de la generación de fotoperiodistas de la segunda mitad del siglo XX; en un segundo momento, se abordan las formas oficiales y no oficiales de representar y capturar los fenómenos, rutinas y problemáticas urbanas; en tercer lugar, se presenta la forma en que fueron abordados los grupos populares y marginales de la capital; y, finalmente, se exponen los fenómenos y problemáticas urbanas desde reportajes y fotoensayos de algunos fotoperiodistas.

    Características de los fotoperiodistas de la segunda mitad del siglo XX

    La generación de fotoperiodistas de la segunda mitad del siglo XX se caracterizó por tejer un fuerte vínculo con el poder político. Investigaciones como las de John Mraz o la reciente tesis de Oralia García sobre la Asociación Mexicana de Fotoperiodistas han remarcado cómo los fotoperiodistas utilizaron la autocensura para no incomodar al poder político, el cual aportaba recursos económicos, materiales  (como el papel para impresión a través de la empresa PIPSA) y prebendas para la óptima realización de su trabajo. Entre los principales representantes de esta generación encontramos a fotoperiodistas como Ismael y Mario Casasola, Julio y Faustino Mayo, Francisco Sousa, Héctor García, Manuel Madrigal, Ignacio Bocanegra “Nacho López”, Hans Gutman “Juan Guzmán”, Tomás Montero, Rodrigo Moya, entre otros, que consolidaron su trayectoria periodística durante la época dorada de las revistas ilustrada en el período que va de 1940 a 1970, tal como lo ha señalado la investigadora Rebeca Monroy Nasr. 

    Una de las particularidades de esta generación de fotógrafos de prensa es que centraron parte de su trabajo en la capital. Lo anterior fue el resultado de una ciudad que centralizó las actividades, funciones y poderes y, además, desarrolló un conjunto de fenómenos sociales y transformaciones materiales y culturales que se desprendieron de la acelerada urbanización, mismos que se convirtieron en objeto de admiración y creación. Con lo anterior, no se afirma que todo su trabajo fue exclusivamente de orden urbano, ya que muchos incursionaron en otros fenómenos, temas y objetos, tales como los grupos indígenas, el campo, la migración, la arquitectura, etc., sin embargo, sí se subraya que la ciudad fue parte medular de su obra, muestra de ello es la gran cantidad de trabajos que realizaron en torno a la vida cotidiana de la capital.

    Entre las formas de presentar las noticias, fenómenos y problemáticas urbanas, por parte de esta generación de fotoperiodistas, destacan las notas, los fotorreportajes y, en pocos casos, los fotoensayos. Éstas fueron una constante dentro de diarios, semanarios y revistas ilustradas, convirtiéndose en los canales por los que se difundieron la imagen de la ciudad y los imaginarios urbanos propios de la ciudad de México. Gran parte de estos reportajes fueron producto de órdenes externas, intereses propios o provocaciones de los mismos fotoperiodistas –como los fotoensayos de Nacho López–. Por lo anterior, no existió homogeneidad ni uniformidad en los reportajes, todo lo contrario, fueron tan diversos como sus miradas y sus intereses. Sin embargo, en el fondo, en lo que sí coincidieron todos fue en no rebasar la línea de lo permitido por el poder político y los medios impresos, es decir, seleccionaron cuidadosamente las imágenes para no comprometer al régimen y al presidente en turno.

    La ciudad de México bajo dos filtros: formas oficiales y no oficiales de construir la imagen de la capital

    La generación de fotoperiodistas de mediados del siglo XX construyó una imagen de la ciudad de manera fragmentada y siempre de forma incompleta. Más que un retrato único, homogéneo y uniforme, presentaron una colección de imágenes que permitieron la creación de un mapa o de un itinerario que partía del centro de la capital a la periferia, mismo que creció a medida que se modernizaba la ciudad y se ampliaba lo visualmente permitido. Esta imagen de la ciudad se construyó y se consolidó a través de dos filtros: 1) por formas oficiales –o, mejor dicho, oficialistas– y 2) por formas no oficiales –o por intereses personales y creativos–. Más que formas peleadas, contrariadas o disímiles, fueron dos maneras de afrontar un mismo proceso. 

    Las formas oficiales quedaron relacionadas con las acciones que el gobierno federal y el gobierno del Distrito Federal implementaron en la capital. A través de notas y reportajes se promocionaban las obras materiales, sociales y caritativas que el presidente, el regente o diversas instituciones y asociaciones civiles realizaban en las delegaciones, periferias o con distintos grupos sociales de la ciudad de México. Entre los reportajes que más destacaron en los medios impresos, entre los años de 1940 y 1970, estuvieron los referentes a las obras de modernización de la ciudad, principalmente: la pavimentación y ampliación de calles; la construcción de avenidas y vías de comunicación –como el Periférico o Circunvalación– (Imagen 1); la construcción de unidades habitacionales y centros escolares –como Ciudad Universitaria–; la realización de obras de saneamiento y desagüe –esta últimas después de las grandes inundaciones de la década de 1950–; y la apertura de mercados y tiendas de distribución de alimentos. En la parte social, destacaron notas en torno a la regularización de predios, el cambio de vida a través de obras de mejoramiento habitacional, entrega de despensas, juguetes o ropa a grupos marginados de la ciudad, así como la dotación y mejoramiento de servicios básicos.

    Imagen 1. “La Obra del Régimen en la Ciudad de México”, Mañana, número 735, 28 de septiembre de 1957.

    En tanto, las formas no oficiales fueron aquellas relacionadas con los intereses y las libertades creativas de los fotoperiodistas, empero, también fueron permitidas por los medios en los que aparecieron sus trabajos. El margen de acción y de visualización de lo que se presentaba en los medios fue limitado debido a los compromisos que asumieron muchas revistas en las que laboraban los fotógrafos. Sin embargo, no fue restrictivo, ya que, en algunos casos, pudieron mostrar un poco más de lo visualmente permitido. Si bien, su mirada no fue disidente, crítica o disruptiva, sí fue más allá del oficialismo. En este filtro no oficial vamos a encontrar reportajes en torno a los niños de la calle, grupos marginales de la ciudad, las prácticas nocturnas –vinculadas con lo inmoral, lo prohibido, los problemas sociales–, los cinturones de miseria o “tugurios” y la proliferación de los espacios urbanos no planeados, denominados como “colonias proletarias”. 

    Así, en las formas oficiales de construir la imagen de la ciudad de México prevalecieron fotografías de construcciones modernas, simétricas, planeadas y  monumentales, en donde destacaron celebridades y políticos en primer plano acompañados de grupos populares con expresiones de alegría, regocijo y felicidad o, en otros casos, comparaciones entre las formas de vida dentro de espacios marginales y espacios modernos. En tanto, en las formas no oficiales se resaltaron las condiciones materiales de los grupos marginales, los espacios de asentamiento, la falta de servicios y sus condiciones de vida. Por lo tanto, mientras que en el primer filtro destacaron planos abiertos, generales, contrapicados y vistas aéreas, en el segundo filtro, prevalecieron planos generales, cerrados y con tomas que resaltaron las precariedades, sus condiciones materiales y los estados de ánimo de estos grupos que, más que señalar una crítica, remarcaban sus circunstancias para proyectar los beneficios de la modernización de la capital. 

    El asombro por la vida cotidiana urbana: rutinas, tránsito y construcción de la ciudad moderna

    Una de las formas no oficiales de construir la imagen de la ciudad fue a través de reportajes y notas de la vida cotidiana urbana. El registro de la alteración del orden de la vida cotidiana de la ciudad de México fue una constante dentro del trabajo fotoperiodístico. El asombro por las prácticas nocturnas, la expansión de vías de circulación,  el crecimiento de edificios, los cambios y adecuaciones en el calendario ritual citadino fueron de las exploraciones más importantes que realizaron los fotógrafos en el proceso de cambio urbano.

    Echemos un vistazo a los reportajes del tránsito y la movilidad, la construcción y el cambio del paisaje urbano y, finalmente, los hábitos nocturnos. En el primer grupo vamos a encontrar reportajes desde finales de la década de 1930 hasta 1970, en los que los fotoperiodistas pusieron atención al crecimiento del parque vehicular, los estacionamientos y el transporte urbano. Entre los reportajes de este tipo destacan el denominado “La Anarquía del Tránsito”, que apareció en el número 13 de la revista Hoy en 1938; el de Juan Guzmán de nombre “Estacionamiento prohibido”, publicado en Mañana en 1952; y el titulado “El Tránsito, un callejón sin salida”, de Héctor García dentro de la revista Mañana en 1964 (Imagen 2). En los tres reportajes, los fotoperiodistas registran la congestión causada por los autos dentro de las calles, las complicaciones de los transeúntes para esquivarlos y la alteración del orden vial urbano. En las fotografías los protagonistas son los automóviles, muestra de ello son los cuadros cerrados de las tomas, las cuales enfatizan la sensación de encierro y congestión de los espacios. 

    En los reportajes sobre la construcción y cambio del paisaje urbano destacan los realizados por Ismael Casasola, “México en Esqueleto”, que apareció en la revista Hoy en 1938; el de Nacho López junto con Faustino Mayo, nombrado “Pasos en el cielo”, publicado en la revista Mañana en 1951; y, finalmente, el de Héctor García titulado, “Cómo ve la urbe el ojo de un fotógrafo”, también en la revista Mañana de 1967. El primero de ellos fue pionero de los reportajes de orden estrictamente urbano, por eso el fotohistoriador Daniel Escorza denominó a Ismael Casasola como el primer fotoperiodista urbano (Imagen 3). En el segundo, ambos fotoperiodistas centraron su atención en los trabajadores que construyen la Torre Latinoamericana y las condiciones materiales de su trabajo, exponiendo no sólo el paisaje urbano, sino a las personas que están detrás de esas edificaciones. El último de los reportajes presenta una toma en la que se superponen, en forma de capas, dos construcciones dentro del horizonte capitalino: una antigua y una moderna, con ello, no sólo podemos observar los vestigios de los momentos históricos y la expansión urbana de la capital, sino la coexistencia de ambos mundos. 

    Finalmente, la vida nocturna de la urbe fue uno de los temas y objetos más recurrentes de los fotoperiodistas debido a lo prohibido, restrictivo y enigmático que representó esta rutina de la ciudad de México. Así, desde la década de 1930 hasta finales de la década de 1960, se realizaron reportajes de las zonas rojas de la capital con distinto tono, función e interés. Entre los que se pueden destacar son el realizado por Héctor García y Felipe Morales, denominado “¡Ciudad de México!”, mismo que vio la luz dentro de la revista Hoy en 1948; el de Nacho López,  titulado “Solo los humildes van al infierno”, que apareció en la revista Siempre! en 1952; y “Noche de Gala”, de Julio Mayo, publicado en Mañana en el mismo año (Imagen 4). Gran parte de los reportajes pusieron énfasis a los espectáculos, las prácticas y los nuevos hábitos urbanos; no obstante, algunos, abordaron los estigmas y los vicios generados en este horario de la rutina urbana. 

    Los olvidados de la ciudad: grupos vulnerables y márgenes espaciales de la ciudad de México

    Los espacios y grupos marginales fueron de los temas que se representaron dentro de las formas no oficiales con las que los fotoperiodistas conformaron un itinerario visual de la ciudad de México. Bajo su lente quedaron registrados personajes urbanos como niños de la calle, obreros, campesinos e indígenas migrantes, y espacios como vecindades, barracas, colonias proletarias, zonas tugurizadas y pueblos cercanos al centro de la capital. Estos fueron temas recurrentes debido a que se convirtieron en uno de los problemas más latentes causados por la intensa migración del campo a la ciudad de México en la época del “milagro mexicano”. Estos reportajes tienen la particularidad de que muchos fueron realizados por el interés de los fotógrafos y, en algunos casos, por el compromiso social y empatía hacía estos grupos. 

    Colonias proletarias, vecindades, barracas y “tugurios” tuvieron especial relevancia dentro de la mirada de los fotoperiodistas durante el proceso de modernización y expansión de la ciudad. Dentro de sus reportajes hicieron visibles las condiciones materiales, la falta de servicios y, en muchos casos, las penurias que vivían día a día los residentes de estos espacios. Aunque existen un buen número de reportajes de estos lugares, destacan entre ellos: “¡En pleno infierno!”, de los Hermanos Mayo, en la revista más! en 1945; el reportaje de Nacho López, titulado Una vez fuimos humanos”, publicado en la revista Mañana; y el de Héctor García, denominado “Tromba de males sobre las colonias del vaso de Texcoco”, que apareció en 1966. En estos vamos a encontrar fotografías de primer plano en las que se exaltan las precariedades, algunos planos abiertos en los que se visibiliza la falta de servicios, las viviendas de autoconstrucción y, en algunos casos, los problemas derivados de fenómenos naturales como las lluvias. La particularidad es que estos, más que corresponder a una orden o un material propagandístico, se convirtieron en un llamado de atención moral para los lectores y las autoridades de la ciudad, las delegaciones y municipios conurbados al D.F. 

    En el caso de los grupos vulnerables, los fotógrafos de prensa prestaron su atención a personajes urbanos icónicos que formaban parte del paisaje capitalino y a nuevos actores protagonistas del cambio y la transformación urbana. Entre este conjunto de grupos encontramos a niños trabajadores (boleros y voceadores, principalmente); niños de la calle; obreros; campesinos; artesanos o realizadores de algunos oficios (zapateros, organilleros, chinamperos, etc.,); empleadas domésticas, mujeres de “mala nota”; entre otros. Imágenes que produjeron y reprodujeron los imaginarios en torno a los sujetos urbanos, sus prácticas y representaciones. Entre los fotoperiodistas que más trabajaron este tipo de personajes se encuentra Héctor García, quien dejó un importante número de reportajes, entre los que destacan: “Ángeles con caras sucias” (Imagen 5); “Los miserables”; “La metamorfosis de una sirvienta”; entre otros. 

    Reflexiones finales 

    El estudio de los fotoperiodistas del siglo XX sigue en ciernes. La historiografía en torno a ellos sigue escudriñando su trabajo dentro de los medios y su relación con el poder político. Aunque hubo temas que no se tocaron abiertamente, existieron otros en los que los fotoperiodistas pudieron visibilizar algunos fenómenos sociales y materiales. Es el caso de sus reportajes sobre la ciudad de México. Por tanto, podemos inferir que existieron matices y formas de negociar lo que podía ser visto y no visto. 

    Este marco, entre lo visto y no visto, produjo formas oficiales y no oficiales de visibilizar la ciudad, las cuales inundaron las páginas de la prensa ilustrada. Si bien, en proporción, prevalecieron las formas oficiales de representar la capital, que beneficiaron al poder político, también existieron un buen número de formas no oficiales, que manifestaron su interés y preocupación por los fenómenos de la acelerada urbanización de la ciudad de México. 

    En el caso de las formas no oficiales de representar y construir la imagen de la ciudad, como revisamos, prevalecieron dentro de los reportajes aquellos fenómenos que fueron más visibles para los fotógrafos de prensa, tales como los márgenes y la alteración de la rutina de la vida cotidiana de la capital. Si bien, fueron realizados con cierta autocensura, sí visibilizaron de forma directa y cruda el rostro oculto del “milagro mexicano”, el cual incomodaba en muchos sentidos al régimen de gobierno, por lo que intentó de muchas maneras ocultarlo o minimizarlo. 

    Para saber más

    Escorza Rodríguez, Daniel, “Las imágenes urbanas de Ismael Casasola, 1937-1940. Configuración de una mirada”, Contemporánea, volumen 4, número 7, enero-junio, 2017, pp. 52- 69. Disponible en: https://revistas.inah.gob.mx/index.php/

    García Cárdenas, Oralia, “El fotoperiodismo mexicano vinculado al poder político. El caso de la Asociación Mexicana de Fotógrafos de Prensa (1946-1970)”, Tesis para obtener el grado de Doctora en Historia, Escuela Nacional de Antropología e Historia, 2025. 

    García Krinsky, Emma Cecilia, coordinadora, Imaginarios y fotografía en México, 1939-1970, Barcelona, Lunwerg Editores, 2005.

    Mraz, John, Nacho López y el fotoperiodismo mexicano en los años cincuenta, México, Editorial Océano, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1999.

    Monroy Nasr, Rebeca, “Setenta años de fotoperiodismo mexicano: tradición, continuidad y ruptura”, en Alejandro de la Torre Hernández, et. al, Claves para la historia del siglo XX mexicano. De la mofa a la educación sentimental. Caricatura, fotografía y cine, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2010, p. 53-92.

    Imagen de portada: Fotografía de la serie Avenida Madero, Héctor García, 1948. Imagen tomada de: https://ci.cultura.gob.mx/agenda/visita-guiada-por-la-exposicion-hector-garcia-ciudad-voragine/.

  • La guerra en la imagen: fotoperiodismo a inicios de la Revolución mexicana

    La guerra en la imagen: fotoperiodismo a inicios de la Revolución mexicana

    Por David Fajardo Tapia

    Y precisamente de esto se trata en toda fotografía: cortar en lo vivo para perpetuar en lo muerto.

    Philippe Dubois, El acto fotográfico.

    A lo largo del Porfiriato hubo numerosas revueltas y rebeliones que manifestaban la inconformidad de diversos sectores de la población frente al sistema político, la falta de democracia, la expropiación de tierras, la explotación laboral y la instauración de un régimen autocrático en el que la realidad nacional giraba en torno a la figura de Porfirio Díaz. Las distintas manifestaciones de inconformidad fueron, en la mayoría de los casos, aplacadas mediante el uso sistemático de la violencia dirigida contra críticos y opositores. Algunos fueron reprimidos mediante encarcelamientos; otros, víctimas de asesinatos ordenados desde el poder político. Los encargados de ejecutar estas acciones fueron los cuerpos de seguridad porfirista –ejército y policía rural–, cuya reputación como fuerzas implacables y represoras se consolidó desde los inicios del régimen. Asimismo, las autoridades procuraron difundir información acorde a su visión del orden, la paz y el castigo; para ello utilizaron los medios a su alcance, principalmente la prensa y, más tarde, la fotografía.

    Orígenes del fotoperiodismo mexicano

    Los orígenes del fotoperiodismo mexicano se remontan a la última década del siglo XIX, resultado de la llegada de la tecnología de medio tono, la cual permitió la impresión de fotografías en los periódicos con una calidad limitada, pero con un alcance mayor. Esta invención posibilitó el establecimiento de un discurso visual que acompañaba las notas periodísticas. Así, las fotografías no sólo ilustraban los contenidos, sino que también articulaban un discurso visual con intenciones específicas. 

    Uno de los artífices de esta primera etapa del fotoperiodismo en México fue Rafael Reyes Spíndola, originario de Oaxaca y cercano a Porfirio Díaz, cuya labor fue fundamental para el establecimiento del llamado periodismo moderno. Reyes Spíndola introdujo en México las primeras rotativas de gran tiraje y, junto con la técnica del medio tono desarrollada en Europa y Estados Unidos, contribuyó a la masificación de las fotografías gracias a la reproductibilidad técnica tanto de las imágenes como de la prensa producida industrialmente. En 1895, fundó El Mundo Ilustrado, semanario que, como su nombre indica, se caracterizaba por el uso de la imagen como parte sustancial de sus notas. Un año después fundó El Imparcial, periódico subvencionado por Díaz, cuyo bajo costo y alto tiraje lo convirtió en el medio informativo más destacado del Porfiriato. Desde 1896, ambas publicaciones se posicionaron como las pioneras en el uso de la fotografía, marcando así el inicio del fotoperiodismo mexicano. Cabe apuntar que con la llegada del periodismo moderno surgieron también las figuras del reporter y el fotógrafo de prensa, quien solía acompañarlo para realizar las tomas que complementarían las notas. 

    Tras las huelgas de Cananea (1906) y Río Blanco (1907), y después de la publicación de la entrevista que el periodista estadounidense James Creelman realizó a Porfirio Díaz en 1908, la situación comenzó a tornarse cada vez más inestable y violenta. El régimen respondió desprestigiando a críticos y opositores a través de la prensa, utilizando notas y fotografías que enfatizaban las consecuencias de la ruptura del orden. Debido a ello, los periódicos oficialistas empezaron a difundir contenidos que no sólo denostaban a sus antagonistas, sino que también mostraban las consecuencias fatales de atentar contra la pax porfiriana.

    Entre los precursores del fotoperiodismo mexicano se encuentra Agustín Víctor Casasola, quien se desempeñó como fotógrafo de El Imparcial y El Mundo ilustrado. Junto con otros contemporáneos –como Eduardo Melhado, Sara Castrejón, Jerónimo Hernández, Manuel Ramos, Jesús H. Abitia, entre otros– fueron los primeros fotógrafos en abandonar los estudios fotográficos para documentar la inestabilidad que caracterizó los últimos años del Porfiriato y el inicio de las conflagraciones revolucionarias. Con ello comenzó el proceso de transformación del fotógrafo de estudio en fotoperiodista, figura esencial para testimoniar el comienzo de la Revolución mexicana y, poco después, el colapso, renuncia y exilio del general Díaz. Sin embargo, el inicio de la guerra no sólo se llevó a cabo en los frentes tradicionales, sino también en el ámbito de la imagen.

    La prensa, la fotografía y el cadáver: el caso de Aquiles Serdán

    Al comenzar la Revolución mexicana, numerosos fotógrafos se dieron a la tarea de documentar los levantamientos armados, especialmente en el norte del país. Algunos fotógrafos estadounidenses cruzaron la frontera para informar en aquel país sobre el estallido de los enfrentamientos. No era una situación menor: los intereses económicos y políticos de Estados Unidos estaban involucrados tras las diferencias surgidas luego de la entrevista entre Porfirio Díaz y el presidente William Taft, en 1909. Aunado a lo anterior, se sumaba el hecho de que gran parte del armamento de los rebeldes provenía del territorio estadounidense y cruzaba ilegalmente la frontera para abastecer a los opositores del régimen.

    Entre los primeros en atender el llamado de Francisco I. Madero para derrocar a Díaz se encontraban los hermanos Serdán. Al igual que otros grupos, la familia Serdán consideraba necesario un cambio en los actores del sistema político porfirista, pues veían en ello la posibilidad de establecer un proyecto democrático sustentado en un sufragio efectivo, no simulado ni cooptado por el poder. Su lucha se centraba en eliminar la reelección, a la que atribuían la prolongada permanencia de Díaz en el poder, así como el anquilosamiento e intransigencia del régimen.

    Los hermanos Serdán Alatriste –Carmen, Máximo, Natalia y Aquiles–, empresarios zapateros oriundos de Puebla, habían mostrado interés por las ideas del Partido Liberal Mexicano y, posteriormente, entablaron contacto con Madero a través del Partido Socialista Obrero. La familia se involucró decididamente en el movimiento armado, impulsada por una marcada convicción antirreeleccionista y la intención de propiciar un relevo político en México.

    Aquiles Serdán fue nombrado líder del movimiento antirreeleccionista en Puebla y pronto comenzó a reunir armas para sumarse al levantamiento convocado por Madero. Sin embargo, no previó que el aparato de espionaje y vigilancia porfirista se encontraba en alerta debido a la creciente inestabilidad en el norte del país. Además, el anuncio de Madero, que fijaba el 20 de noviembre como fecha para iniciar la rebelión, alertó anticipadamente a las autoridades. El gobernador de Puebla, Murcio P. Martínez, ordenó una estrecha vigilancia sobre la casa de los Serdán y posteriormente ordenó el cateo de la vivienda. Al enterarse de que su plan había sido descubierto y que la rebelión estaba en riesgo, los Serdán decidieron adelantarse: el choque con las fuerzas gubernamentales era inevitable.

    La mañana del 18 de noviembre de 1910, las fuerzas policiales comandadas por Miguel Cabrera se presentaron frente a la casa de los Serdán. Para este momento, los hermanos y varios allegados se habían parapetado en las ventanas, preparados para el enfrentamiento que comenzó de manera inmediata. La balacera se prolongó cerca de cuatro horas. Pese a la resistencia, los Serdán poco pudieron hacer frente a la llegada de refuerzos, especialmente miembros de la policía rural y del ejército. Algunos insurrectos fueron abatidos y otros capturados. En el enfrentamiento también murió Miguel Cabrera, jefe de la policía poblana.

    Aquiles Serdán sobrevivió al tiroteo y se ocultó en la misma casa que había servido de fortín, con la intención de escapar de las autoridades. No obstante, una vez asegurado el lugar, fue descubierto y asesinado a tiros. Una vez que los cuerpos de seguridad porfirista controlaron la situación, extrajeron el cadáver de Aquiles Serdán y lo colocaron en la vía pública para que fuera visto por la población. Esta exposición buscaba generar miedo y funcionaba como una forma de escarmiento: el régimen enviaba un mensaje claro sobre las consecuencias de atentar contra el orden y la pax porfiriana.

    Esta estrategia basada en el miedo y la violencia no era nueva; desde años atrás, el régimen recurría a la exhibición de cadáveres de bandidos y delincuentes. Sin embargo, con el periodismo moderno, la práctica se masificó mediante el uso de fotografías en la prensa. Uno de los casos más llamativos que empleó este recurso fue precisamente el del cadáver de Aquiles Serdán, cuya imagen se utilizó como herramienta para infundir temor entre los opositores.

    Cadáver de Aquiles Serdán en un camastro, 20 de noviembre de 1910. Colección Casasola, INAH. Imagen tomada de: https://repositorio.inah.gob.mx/o-820394

    La imagen muestra el cadáver de Aquiles Serdán en un primer plano. Se aprecia uno de los orificios de bala en su cabeza, apoyada sobre un par de ladrillos. El propósito de la fotografía no era únicamente registrar a un rebelde abatido, sino exponer la violencia de su muerte: manchas de sangre y hematomas visibles en la piel. Se trata de una imagen que retrata un cuerpo como objeto de humillación. La imagen posee un carácter punitivo, pues evidencia las consecuencias de haberse levantado en contra del régimen.

    Al día siguiente de los trágicos acontecimientos, El Imparcial publicó en primera plana las notas informativas del enfrentamiento en la ciudad de Puebla. Llama la atención que, tanto los encabezados como las notas, desacreditan a los insurrectos calificándolos de “revoltosos” e influenciados por “propaganda sediciosa”. De igual modo, para ilustrar la información se utilizaron dos retratos del general Miguel Cabrera, quien falleció en el tiroteo.

    El día 20 de noviembre, El Imparcial nuevamente dio información sobre los acontecimientos ocurridos en Puebla. Para esta portada se realizó un pequeño fotorreportaje compuesto por imágenes montadas que evidencian un discurso de castigo implementado desde el poder. De izquierda a derecha, se presenta una imagen del patio de la casa de los Serdán y adentro los cuerpos policiacos después de su ingreso; le sigue un retrato de Filomena del Valle (esposa de Aquiles Serdán); al centro, una pequeña fotografía que muestra el cadáver de Aquiles Serdán en la calle y rodeado por policías. A continuación, aparece un retrato de Carmen Serdán Alatriste, hermana y participante de los acontecimientos. Del lado derecho se observa una fotografía de la fachada de la casa, repleta de numerosos impactos de bala. En la parte inferior aparecen tres imágenes adicionales: un retrato de Aquiles Serdán; en medio, los cuerpos de seguridad; y, del lado derecho, un retrato de Modesto Fregoso, quien asumió el cargo de jefe de policía tras la muerte de Miguel Cabrera.

    Como se observa, la fotografía cumple dos funciones en el periódico: por un lado, ilustrar el contenido de las notas; en ese sentido, su interpretación se encuentra mediada por los encabezados y los pies de foto. Por otro lado, las fotografías construyen una narrativa visual propia, en la que aparecen imágenes de los subversivos intercaladas con las de los cuerpos de seguridad. La intención es mostrar a los rebeldes, a quienes se alude insistentemente como sediciosos, abatidos por los cuerpos de seguridad, a estos últimos el periódico les atribuye el mantenimiento del orden.

    Por su parte, La Semana Ilustrada también recurrió a fotografías para informar sobre los hechos en Puebla con una estrategia muy semejante, aunque con una postura no alineada al régimen. En la portada presentó un retrato de Miguel Cabrera y fotografías de su funeral, con el afán de otorgarles un sentido trágico. Al interior, incluyó un breve fotorreportaje titulado “Los sangrientos sucesos de Puebla” y, a página completa, dispuso una fotografía de la fachada de la casa de los Serdán junto con la imagen del cadáver de Aquiles, con un tiro en la cabeza. La información oscila en dos extremos: lo trágico que es la muerte del policía y lo condenable, que es la muerte de Aquiles Serdán como culpable de la insurrección. Al igual que El Imparcial, se trata de un discurso visual en términos del mantenimiento del orden y paz porfirianos, pero no desacredita a los rebeldes ni recae en una mera estrategia de escarmiento visual mediante fotografías que representan el castigo hacia ellos. Esto evidencia la importancia de analizar los procesos editoriales y el posterior desarrollo del fotoperiodismo mexicano durante los años más cruentos de la Revolución mexicana.

    Conclusión

    Puede afirmarse, en conclusión, que el fotoperiodismo moderno en México tuvo sus raíces en el Porfiriato, al menos en lo que respecta a la reproducción masiva de periódicos subvencionados por el régimen y, desde luego, al uso de la fotografía como parte sustancial de sus contenidos. De acuerdo con lo dicho, la fotografía se integró no solamente como elemento ilustrativo, sino como un recurso para establecer narrativas visuales con una orientación progubernamental. Así, al inicio de la Revolución mexicana, periódicos oficialistas como El Imparcial, presentaron contenidos sobre el movimiento armado orientados a desacreditar el actuar de los insurrectos. Se mostraron fotografías del lugar del enfrentamiento con la intención de descalificar a los rebeldes, tildándolos de sediciosos. También se exhibió el cadáver Aquiles Serdán como una manera de intimidar a los opositores, todo ello bajo un discurso que destacaba la importancia del mantenimiento del orden porfiriano y las consecuencias fatales de atentar contra el gobierno. Poco tiempo después, los revolucionarios se percataron de la importancia estratégica de contar con periódicos y fotógrafos afines a sus causas, con lo cual se abrió un nuevo frente de lucha: el de la imagen y la propaganda.

    Para saber más

    Dubois, Philippe, El acto fotográfico. De la representación a la recepción, Barcelona, Editorial Paidós, 2014. 

    Cárdenas García, Nicolás, Los hermanos Serdán, México, Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, 1985.

    Fajardo Tapia, David, Bandidos, miserables, facinerosos, México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Centro de la Imagen, 2015.

    Gautreau, Marion, De la crónica al ícono. La fotografía de la Revolución mexicana en la prensa ilustrada capitalina (1910-1940), México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2016.

    Mraz, John, Fotografiar la revolución mexicana. Compromisos e íconos, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2010.

    Imagen de portada: Cadáver de Aquiles Serdán expuesto en la calle, 18 de noviembre de 1910. Colección: Casasola, INAH. Imagen tomada de: https://repositorio.inah.gob.mx/o-820388.

  • Las fotografías de nota roja

    Las fotografías de nota roja

    Por Pablo Piccato 

    La nota roja fue producto de una labor colectiva que le dio coherencia al género a lo largo del tiempo, entre las instituciones y las épocas políticas. Los reporteros eran fundamentales para la construcción de las historias. Entraban a la escena del crimen inmediatamente después de la policía o incluso antes que ella. El día del asesinato de León Trotsky en 1940, Eduardo Téllez Vargas de Novedades llegó a la casa en Coyoacán minutos antes que la policía porque tenía informantes en los servicios de emergencias médicas. Pudo levantar el arma homicida que utilizó Ramón Mercader para que la fotografiaran; incluso estuvo tentado, como contó en su autobiografía, a llevarse el manuscrito de un libro sobre Stalin que la víctima había estado escribiendo. Otros sucumbían a este tipo de tentación y se llevaban las pruebas. Después de todo, los reporteros estaban ahí para actuar como los ojos de los lectores: presentaban cualquier fragmento de información, por mínimo que fuera, eran testigos del interrogatorio inicial y entrevistaban a los sospechosos inmediatamente después del crimen. Los periodistas eran los héroes de las novelas de detectives con mayor frecuencia que los propios detectives policiacos. Cuando bajaba la circulación, un buen reportero podía encontrar una historia –o bien inventarla– para aumentar las ventas. Para algunos de ellos, el reconocimiento podía sentar las bases de una carrera larga y exitosa. David García Salinas, por ejemplo, se inspiró en su experiencia y sus conexiones en La Prensa para escribir libros, producir programas de radio y editar publicaciones oficiales. Téllez Vargas se hizo famoso por la calidad de su trabajo para Novedades. Sin embargo, los reporteros policiacos nunca ganaban tanto dinero como algunos reporteros de la sección política, como Carlos Denegri de Excélsior.

    Los fotógrafos se volvieron más importantes en décadas posteriores. Al principio, la familia Casasola y los hermanos Mayo construyeron sus estudios vendiendo material gráfico a los periódicos, pero pronto las publicaciones comenzaron a contratar fotógrafos como empleados de tiempo completo. El reglamento interno de 1939 de La Prensa exigía que los fotógrafos pasaran a recoger sus tareas antes de las 10 a. m., volvieran con su material antes de las 6 p. m. y llamaran a las oficinas cada hora para recibir nuevos encargos a lo largo del día y de la noche. Para fines de los años sesenta, según el veterano de La Prensa Carlos Peláez Fuentes, los fotógrafos eran los que marcaban la pauta de la cobertura. Ellos notificaban a los reporteros acerca de la “información gráfica” que habían captado para que, con base en ella, pudiesen escribir un artículo, o ellos mismos reunían información cuando no se podía contactar a tiempo al reportero. Los fotógrafos, o fotorreporteros, como comenzó a llamárseles, eran a menudo los únicos representantes de los periódicos de nota roja en la escena del crimen. A su vuelta a la sala de redacción, comunicaban la información a un redactor, para que éste escribiera el texto que acompañaría la imagen. La mayor parte de las fotografías que traían se tomaban a la carrera, se encuadraban de manera frontal y se iluminaban con un flash directo. Dejaban poco espacio para el fondo o cualquier otro detalle, y no parecían tener ningún valor estético, al menos en comparación con la prosa a menudo florida de los reporteros y columnistas. Por ello pocos fotógrafos alcanzaron una reputación más allá de los periódicos. Entre las excepciones se cuentan Enrique Díaz y Nacho López, quienes producían “historias gráficas” o fotorreportajes, narraciones hechas a partir de una serie de imágenes de temas relacionados con el mundo del crimen y la justicia, para las revistas de interés general. Enrique Metinides, quien comenzó a trabajar para La Prensa desde muy joven, se dio a conocer en el medio artístico sólo después de que se retiró del periódico en 1979. Sus fotografías de gente sorprendida por la muerte o la catástrofe, ahora expuestas fuera del contexto del periódico, atraen la mirada voyerista tanto de los lectores de los años sesenta como de quienes frecuentan las galerías en esta segunda década del siglo XXI, pero si las devolvemos al contexto del periodismo, de la nota roja, podemos ver su relevancia editorial. Como ha sugerido Jesse Lerner, con López y Metinides el realismo y la espontaneidad de la fotografía criminalística se convirtió en denuncia periodística del sistema policiaco y judicial, en particular en comparación con las imágenes de archivo que ofrecían los Casasola.

    Los estudios de la nota roja se han enfocado de un modo tan exclusivo en el papel de las fotografías, que éstas no parecen tener conexión con los reportajes escritos. Y resulta sencillo entender por qué: las fotos de cadáveres cubiertos de sangre o rodeados de ésta se volvieron cada vez más frecuentes a partir de los años veinte. Cuando la portada de La Prensa comenzó a imprimirse a color en 1972, y la sangre ya no se veía negra, se le pidió a los fotógrafos que encontraran nuevos ángulos para evitar las grandes plastas rojas. Las fotografías de cuerpos femeninos en la escena del crimen o en la morgue, imágenes icónicas que habían fascinado a los escritores porfirianos, se legitimaban en nombre del interés forense, lo cual permitía la publicación de una desnudez que de otro modo se habría censurado. Sin embargo, con el paso del tiempo, los “desnudos artísticos” sin el menor sustento forense se volvieron más frecuentes. A menudo se acusaba de pornografía a los periódicos y las revistas, pero, si se examinan las conexiones entre las imágenes y el texto, se puede ver que incluso las fotos más impactantes eran parte de la narración.

    Los fotógrafos no trabajaban aislados. Las imágenes que producían se montaban en composiciones que a veces llenaban páginas enteras, presentando un rico surtido de datos que complementaban la cobertura aportada por los reporteros: retratos de los involucrados, la escena del crimen, las multitudes, la estación de policía y las declaraciones en el juzgado. En algunas revistas, se recreaban historias y se organizaban en cuadros, como fotonovelas, un género similar al de los cómics. Las ilustraciones identificaban los elementos del caso y sintetizaban la acción con imágenes de la reconstrucción de los hechos en la escena del crimen. Para 1960, el trabajo de los fotógrafos se había vuelto más autónomo, mientras que el componente escrito de la cobertura del crimen había perdido peso. Incluso la misma cámara creció en importancia, al tiempo que disminuyó su tamaño. Según el fotógrafo Enrique Metinides, a las multitudes de espectadores parados cerca de una espantosa escena del crimen la cámara les atraía tanto como la tragedia; Metinides los llamaba “mirones”. En 1970, los escritores de Alarma! incluso le atribuyeron cierta voluntad a la cámara: dada “la orgía de vicio y prostitución” que prevalecía en Ciudad Netzahualcóyotl, aseguraban que “La cámara fotográfica se negaba a imprimir tanta ignominia”.

    En el mejor estudio del tema, Jesse Lerner propone que este estilo de fotografía tenía que ver con la modernización y sus efectos en la vida de las personas. Yo añadiría que lo anterior se aplica no sólo al objeto de esas imágenes, sino también a la manera en que estimulaban la lectura activa y la participación política. No había mejor manera de contradecir las declaraciones del gobierno que mostrar, como lo hacía Alarma!, los cabarets, la prostitución y el tráfico de drogas que se suponía que no existían. Después de todo, al igual que la pornografía en otras sociedades, las atrevidas imágenes de la nota roja expandían los públicos, expresaban desacuerdo político y cuestionaban la autoridad de los roles normativos de sexo, edad y género. Sin embargo, las imágenes en las páginas de periódicos y revistas no se explicaban por sí solas; su significado era producto de una colaboración entre colegas de trabajo y un diálogo con los lectores. Reconocer este proceso colaborativo también es clave para entender las interacciones de estas imágenes con otros géneros y otros medios. Por ejemplo, los vínculos entre la fotografía política, artística y de la nota roja examinados por Lerner son evidentes en la obra del artista Manuel Álvarez Bravo. Las fotografías de cadáveres y escenas del crimen, a su vez, le debían mucho a las convenciones técnicas de la fotografía forense y, en algunos casos, incluso contribuyeron a las investigaciones policíacas. Como el propio Metinides ha admitido, el cine negro y el trabajo del fotógrafo independiente neoyorquino Arthur Fellig (mejor conocido como Weegee) fueron su inspiración, del mismo modo en que las películas y las novelas noir se inspiraban en las imágenes forenses. Las imágenes de la nota roja no eran meros testimonios de la vida moderna, sino el eje de una nueva perspectiva de la realidad.

    Santiago Rodríguez Silva en la primera plana de La Prensa, 1 de mayo de 1934.

    El vocabulario visual de estas imágenes era parte integral del alfabetismo criminal que la nota roja alimentaba. A diferencia de las hileras de retratos tomados de los registros criminales que primaban en las publicaciones porfirianas, los retratos de los sospechosos de esta época complementaban la profundidad psicológica de las entrevistas. Estas fotos transmitían el modo de vestir y el entorno de sus personajes, sus nombres y direcciones; los capturaban de manera individual o en grupos, abriendo el encuadre los más posible de acuerdo con el espacio disponible en la página. Los detalles podían definir a los personajes en términos de clase, por ejemplo, reflejando la elegante apariencia de Gallegos. Los rostros de algunos sospechosos, como Rodríguez Silva, se reproducían con frecuencia, a veces en grandes dibujos o fotografías, creando una sensación de intimidad que le daba sustento a las acusaciones oficiales de que las noticias policiacas idealizaban a los criminales. En la portada de La Prensa, el sospechoso expuso a la mirada del espectador su mano vendada, como prueba de que en verdad había sido atacado por sus víctimas.

    La imagen y la confesión del asesino eran fascinantes y amenazadoras a la vez. Gracias en parte a la fotografía, las narraciones de la nota roja tenían una fuerza emocional que no podía lograr ningún otro género periodístico. 

    Para saber más

    Lener, Jesse, El impacto de la modernidad. Fotografía criminalística en la ciudad de México, México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Instituto Nacional de Antropología e Historia y Editorial Turner, 2007.

    Monsiváis, Carlos, Los mil y un velorios. Crónica de la nota roja en México, México, Debate, 2010.

    Piccato, Pablo, Historia nacional de la infamia. Crimen, verdad y justicia en México, traducción de Claudia Itzkowich, México, Centro de Investigación y Docencia Económicas y Libros Grano de Sal, 2020. 

    Nota de los editores

    Este texto es un fragmento del capítulo “No pisar charcos de sangre. La nota roja y la búsqueda pública de la verdad”, del libro Historia nacional de la infamia. Crimen, verdad y justicia en México, de Pablo Piccato, publicado por el CIDE y Grano de Sal en 2020. Se reproduce con la autorización expresa del autor y de la editorial. 

    Imagen de portada: Aprehensión de un delincuente, ca. 1967. Fotografía: Enrique Metinides. Imagen tomada de: https://www.revistadelauniversidad.mx/

  • Javier Vallejo, corresponsal de guerra en Vietnam

    Javier Vallejo, corresponsal de guerra en Vietnam

    Por Ana Aparicio

    “Ser espectador de calamidades que tiene lugar en otro país es una experiencia intrínseca de modernidad; la ofrenda acumulativa de más de siglo y medio de actividades de esos turistas y profesionales llamados periodistas”.

    Susan Sontag.

    En septiembre de 1966 Javier Vallejo, reportero gráfico de El Sol de México, fue enviado junto con Benjamín Wong Castañeda a cubrir la guerra de Vietnam. Esa cobertura representó una hazaña para el periodismo mexicano. Pocos medios de prensa podían permitirse enviar sus propios corresponsales a las zonas de guerra en aquella época; en vez de eso, compraban las fotografías a las agencias fotográficas internacionales. Pero en 1965, la ofensiva de Estados Unidos en Vietnam atrajo la atención del mundo: fue la primera guerra transmitida en televisión y los medios impresos la seguían día tras día. La labor de fotógrafos de prensa se tornó primordial, sus diversas miradas brindaron observaciones fotográficas de la guerra exponiendo ante la opinión pública lo que sucedía. Más fácilmente que los textos, las fotografías exhibieron a nivel global la escalada de violencia que detonó la llegada de tropas estadounidenses. Vallejo fue uno de los reporteros gráficos mexicanos que cubrieron aquella guerra histórica: su narración fotográfica no sólo otorgó carácter a la fotografía de prensa del país al cubrir una guerra de importancia mundial, sino que también proporcionó una mirada propia sobre ella.

    Vallejo y sus inicios en el fotoperiodismo 

    Javier Vallejo nació en Apizaco, Tlaxcala, el 3 de marzo de 1937. Su entrada a la actividad periodística ocurrió cuando, con quince años, fue contratado para trabajar en El Sol de San Luis como laboratorista revelando e imprimiendo las fotos para ese periódico, en 1952. Algunos años después decidió tomar fotos para el periódico y comenzó a desarrollar la percepción para capturar imágenes noticiosas. Su profesionalismo como fotorreportero y su talento para las artes gráficas lo llevarían a ocupar, en 1970, la jefatura del departamento de fotografía de El Sol de México. Conviene mencionar que su formación como fotógrafo de prensa corresponde con el periodo en que ocurre la modernización del país, y con ella la demanda por la expansión y profesionalización de los medios de información. Fue también la época que presenció el apogeo de los puestos de periódicos y voceadores. La sociedad buscaba cada vez más estar al tanto de los acontecimientos importantes, lo que a su vez repercutía en el carácter empresarial y comercial de los medios informativos. 

    En ese contexto, José García Valseca buscaba robustecer su diario El Sol de México, fundado en 1965, con el que además intentaba consolidar su gran empresa periodística: una amplia cadena de diarios noticiosos establecidos a lo largo del país desde la década de 1950. El Sol de México aspiraba colocarse a la vanguardia informativa de los diarios capitalinos, priorizando la información local, nacional e internacional de primera mano que fuese necesaria para el ritmo de vida capitalista. Esa amplitud de información le proporcionarían la posición para competir con el popular diario Excélsior. La situación de Guerra en Vietnam, dentro del contexto de la Guerra Fría y sus conflictos latentes, hizo que la opinión pública estuviera más atenta sobre los sucesos internacionales relacionados con el conflicto. Por ello, la cobertura de la guerra fue una prioridad para los grandes diarios capitalinos. Pero, además, informar sobre el estado de guerra se convirtió en una estrategia tanto periodística como empresarial.

    Corresponsal en Vietnam

    Como parte de una maniobra destinada a situar a El Sol de México a la cabeza de las empresas informativas nacionales, García Valseca destinó a Javier Vallejo, fotógrafo, y a Benjamín Wong Castañeda, reportero, corresponsales en Vietnam. Su misión era registrar y observar de propia mirada lo que sucedía.  Durante dos meses, de septiembre a octubre de 1966, Vallejo fotografió aspectos del conflicto para ofrecer a los lectores primicias informativas. Periodísticamente, ese era un triunfo para la Cadena García Valseca, pues eran pocos los periódicos mexicanos que podían permitirse enviar corresponsales a una zona de guerra. Lo común era que los medios de prensa compraran fotografías a las agencias internacionales. Durante la Guerra de Vietnam, la mayoría de las fotografías que publicó El Sol de México fueron hechas por la agencia estadounidense Associated Press (AP). De ahí que, el hecho de enviar como corresponsal al fotógrafo mexicano implicaba elevar la categoría periodística de El Sol de México. 

    Aunque la intención principal de José García Valseca era obtener primicias de la guerra para aventajar a otros periódicos mexicanos, la misión que designó a Vallejo confirió carácter a la fotografía de prensa del país, pues significó la cobertura de un conflicto internacional desde la visión de un fotógrafo mexicano. La sólida trayectoria de Vallejo como representante nacional al cubrir noticias para la Cadena García Valseca fue capital para su designación como corresponsal de guerra. Disciplinado y profesional en el trabajo noticioso con la cámara, Vallejo mostró su compromiso como reportero gráfico en esa misión, pese a su nula experiencia en un evento de tal naturaleza, supo focalizar su lente para mostrar la perspectiva del pueblo vietnamita, haciendo cierta la sentencia que lanzó Susan Sontag cuando señaló que mostrar la identidad de los militantes durante una guerra  lo es todo. Además, su cobertura significó la posibilidad de ampliar el horizonte informativo de la prensa mexicana, ya que los corresponsales nacionales cubrían esencialmente notas referentes al país.

    Era tal la hazaña de acudir a cubrir la guerra que, en la edición del 28 de septiembre de 1966 de El Sol de México, tras arribar a Vietnam, Benjamín Wong relató –rompiendo los códigos periodísticos de evitar escribir en primera persona– la travesía que tuvieron que vivir para llegar a Saigon, capital de Vietnam del Sur.  Además de mencionar las normas de seguridad y sanidad que tuvieron que pasar, narró las complicaciones inherentes del contexto bélico para trasladarse a un país situado en el sudeste asiático y las dificultades que afrontaron para permanecer ahí, pues México no tenía relaciones diplomáticas con Vietnam y era difícil que les otorgaron la visa. A decir del testimonio del propio Wong, cumplir tal misión periodística implicaba para los corresponsales emociones encontradas: júbilo y responsabilidad, pero también temor. Ciertamente, era un logro para ellos como periodistas mexicanos, pero al mismo tiempo, representaba el riesgo de perecer documentando el conflicto bélico.

    Cubrir la Guerra de Vietnam, con la escalada de violencia constante, era riesgoso. El Sol de México daba la cifra de 1500 corresponsales que habían acudido a cubrir la guerra tan sólo en lo que iba de 1966 –después de que Estados Unidos entrara en la guerra–; sin embargo, desde que inició la guerra, en 1965, habían perecido ocho y varios más habían sido heridos. Los fotógrafos de guerra se juegan la vida, procurando capturar imágenes que documenten los diversos rostros de la violencia, para ofrecer a la opinión pública una condensación visual de lo que viven y enfrentan las personas en situación de guerra. Pero, además, y no menos relevante, deben tener la firmeza para capturar el dolor, el sufrimiento y la muerte, mientras ellos mismos se exponen al peligro de ser atacados. El propio Javier narró que llegó a sentir ese miedo agazapado en los parajes de los campos de arroz de Vietnam durante un enfrentamiento entre bandos enemigos. 

    Una mirada propia

    De septiembre a octubre de 1966, Vallejo envió a la dirección de El Sol las fotografías que recogían su mirada sobre la guerra. Bajo el título  “Corresponsal en Vietnam” aparecieron en el diario los reportes enviados por los periodistas. Vallejo fotografió, sobre todo, la vida cotidiana de la población local en medio de la guerra y las actividades del ejército survietnamita. Hizo registros aéreos de poblaciones para mostrar su constitución de forma panorámica y exponer los asentamientos y urbes destruidas por los ataques de aviones estadounidenses. Desde tierra, mostró, por ejemplo, los alambrados de púas colocados por aquel ejército para cercar y controlar los poblados. Dio cuenta de la provisión de alimentos, ropa y otros utensilios por los que acudían las personas en plazas locales. Registró la atención que brindaban los hospitales a los heridos, varios de ellos niños; y capturó rostros infantiles atónitos ante sus viviendas destruidas. 

    Militarmente, las fotografías de Vallejo muestran ya no a las tropas estadounidenses, como lo hacían las fotografías de la agencia AP, sino a las tropas vietnamitas que defendían el régimen de Vietnam del Sur. Las imágenes capturaban el asedio que estas ejercían sobre la población civil en su búsqueda de combatientes del Vietcong, la guerrilla comunista local que operaba con el apoyo y abastecimiento de Vietnam del Norte. Sus pertrechos, barricadas y rondines. Es decir, configuró un lenguaje visual propio, alejado del discurso de las agencias, para narrar una parte de lo que vivía la población en su día a día durante el conflicto bélico. Capturó escenas de la guerra, pero no las ruinas, las degradaciones o las matanzas, sino la dignidad de los vietnamitas enfrentándola. Eso revela el interés que tuvo Vallejo por dotar a la fotografía de guerra de integridad, no cayendo en la nota roja para mostrar la sangre provocada por la vileza humana. Sabía que tenía que documentar la guerra y mostrarla a los lectores del periódico, pero su mensaje visual se abocó a evidenciar la entereza del pueblo vietnamita, su resistencia y dignidad antes que mostrar imágenes de destrucción y deshumanización de la guerra. Sí mostró la guerra como una noticia, pero no la sangre, las mutilaciones ni la miseria que buscaba la prensa sensacionalista, cuya máxima, como bien criticó Susan Sontag era “si hay sangre va a la cabeza”. La observación fotográfica de Vallejo sobre la Guerra de Vietnam fue para dotar de humanidad a un pueblo asediado. 

    Ametrallada inocente, Javier Vallejo, 1966. Fotografía cortesía del fotorreportero.

    En el contexto de la Guerra Fría, en que los bloques triunfantes de la Segunda Guerra Mundial –comunismo y capitalismo– se disputaban la hegemonía política, la guerra de Vietnam significaba un enfrentamiento con implicaciones estratégicas de suma importancia para la agenda mundial. Especialmente después de 1965, cuando Estados Unidos intervino directamente en la guerra para apoyar a Vietnam del Sur. Además de la presencia estadounidense, la gravedad de los enfrentamientos hizo que la atención internacional estuviera focalizada en ese suceso. Periodistas y fotógrafos tanto locales como extranjeros, enviados de diferentes partes del mundo, intensificaron sus coberturas sobre el desarrollo del conflicto. Fue la primera guerra transmitida en tiempo real por los medios de comunicación, y cada fotógrafo aportó su mirada para testimoniar lo que ahí ocurría.

    Ser un representante de prensa cubriendo la Guerra de Vietnam implicó para Vallejo la creación de una mirada propia sobre el conflicto, ya no desde la óptica de las agencias internacionales. Se trataba ahora de la sensibilidad que ofrecía un fotógrafo de la prensa nacional como testigo directo de una guerra histórica. Vallejo mostró fotografías que revelaron la sobrevivencia y resistencia del pueblo vietnamita. A diferencia de la agencia AP, que mostraba fotos de las tropas estadounidenses en sus ofensivas contra el Vietcong, Vallejo registró la vida de los pobladores, en aldeas y ciudades, sus desafíos diarios para alimentarse y recibir atención médica, para trasladarse bajo la vigilancia militar o para permanecer en las poblaciones sitiadas. Él se sabía un testigo fotográfico de un acontecimiento de interés mundial, era un fotógrafo mexicano registrando la resistencia del pueblo vietnamita.

    Para saber más 

    Aparicio, Ana, “En busca de la vanguardia. El periodismo gráfico de Javier Vallejo en El Sol de México, 1952-1982”, en Cuartoscuro, número 172, marzo-mayo, 2022, p. 4-21. 

    “Fotografiar la guerra de Vietnam sin censura”, en Acontece que no es poco con Nieves Concostrina, podcast del programa La Ventana, de la cadena española SER Radio.  Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=MfgP47GgoPE

    “Historia de la fotografía en el fotoperiodismo de guerra: de Crimea a Vietnam”, en el canal de YouTube ¡Viva la Fotografía!, de David García-Amaya. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=ptsTLfaeWWs

    Sontag, Susan, Ante el dolor de los demás, México, Penguin Random House, 2024.

    Imagen de portada: Trinchera capturada, Javier Vallejo, 1966. Fotografía cortesía del fotorreportero. 

  • Una exposición enclosetada. Juan Gabriel en El Chopo

    Una exposición enclosetada. Juan Gabriel en El Chopo

    Por Maai Ortíz 

    Hace 16 años conocí la Semana Cultural Lésbica Gay, dirigida por nuestra abuela, la Pepa Covarrubias, desde 1987 hasta su muerte, siempre en compañía del Círculo Cultural Gay. Después, Juan Carlos Bautista retomó el proyecto, pero fue Salvador Irys quien terminó encabezándolo hasta hoy, ahora bajo el nombre de Festival Internacional por la Diversidad Sexual (FIDS).

    Desde sus inicios, este espacio cultural, artístico y político dio cabida a una poderosa muestra. No siempre alabada por su “perfecta y gran curaduría”, pero sí por su militancia y beligerancia en la lucha por los derechos sociales, políticos y culturales de nuestras colectividades. Casi siempre sin presupuesto –un tema escabroso hoy en día ante esta obsesión por gerenciar lo cultural, es decir, mercantilizarlo y capitalizarlo–. La Irys ha intentado mantener ese espíritu autónomo y autogestivo, no siempre comprendido.

    El sostenimiento del ahora FIDS siempre ha sido un tema complejo. Sin embargo, las bases de su gestión se mantienen. Quienes colaboramos –en mi caso desde hace 15 años– sabemos que no hay salarios. Y no, no es por amor al arte: es por convicción política y resistencia, pero sobre todo por mantener viva la lucha en un terreno que no siempre resulta tan visible como otros activismos sexodisidentes, me refiero a las artes y la cultura.

    En esta edición 39, en la que comparto la coordinación, decidimos invitar a un apreciable amigo: Carlos Segoviano, quien en los últimos años ha irrumpido con fuerza en la creación de exposiciones sobre temas sexodiversos.

    ¿Este es un lugar de ambiente?

    Como cada año desde hace casi cuatro décadas, se propuso una exposición; en esta ocasión, dedicada a Juan Gabriel. El Museo del Chopo la recibió con entusiasmo y apoyo y, como cada año, tampoco faltaron las tensiones, las discusiones y los acuerdos.

    Sin embargo, esta vez fue distinto.

    Horas antes de la inauguración se nos notificó que la exposición se pospondría. Los anuncios fueron bajados de redes sociales, las luces apagadas y la música de Juanga no sonaría. Aún más triste: textos, núcleos e imágenes de archivo fueron mutilados.

    Nuevamente, el área jurídica de la UNAM hizo de las suyas, sin previo aviso y a un día de inaugurar. Se intentó dialogar otra vez, pero la decisión parecía estar tomada.

    Este momento enrarecido e incómodo me recordó una y otra vez dos antecedentes recientes en museos universitarios: la exposición de Fabián Cháirez, que tuvo que ser cerrada en San Carlos, y la exposición del MUAC que utilizó, sin “derechos ni autorización”, los testimonios de una mujer que fue trabajadora sexual en Casa Xochiquetzal.

    Curiosamente –o quizá no tanto–, todas estas exposiciones estaban vinculadas con temas de género y diversidad: el gran talón de Aquiles de la Máxima Casa de Estudios.

    Comes y te vas

    La situación no se detuvo ahí.

    Las redes sociales se inundaron de convocatorias para manifestarnos y exigir que se respetara el acuerdo anual de albergar la exposición. Artistas, academicxs y público en general llenaron las plataformas de cuestionamientos ante lo que parecía una cancelación del evento.

    Como ya estamos acostumbradxs, la organización no se hizo esperar y, en cuestión de horas, todxs estábamos listxs para hacer acto de presencia y exigir la apertura de la muestra.

    Las autoridades del museo decidieron retomar el tema y dar un viraje a su decisión. Media hora antes se determinó abrir la exposición que, como pocas veces, resultó sumamente mediática; obviamente por el personaje: un símbolo de la cultura nacional.

    Lxs jotxs, desafortunadamente e históricamente, tenemos una larga tradición de cancelación y censura, sobre la cual he escrito desde hace varios años.

    El cadenero

    La exposición finalmente abrió.

    Una especie de cadenero nos recibía en la sala de la Pepa –porque así la nombraron en el Museo del Chopo: Sala José María Covarrubias–, la misma Pepa que seguramente les hubiera apedreado el museo por hacer lo que hicieron.

    En la entrada había mucha gente vestida de negro, como se convocó en redes sociales. No hubo las grandes filas que esperábamos, porque tampoco se anunció aquella repentina, polémica y politizada apertura.

    La histórica y más condecorada Alberta Canada llegó empapelada y, como siempre, lista para el deschongue y para lanzar sus comentarios más mordaces y viperinos contra las instituciones. También llegaron muchas personas que, como dijo una alumna mía de la UACM, venían “a luchar por sus derechos culturales”. No recuerdo bien esa clase, pero creo que le enseñé bien.

    Dentro de las salas se podía cortar el ambiente con un cuchillo. La hostilidad hacia quienes intentaban tomar fotografías y una especie de persecución por parte del grupo de custodios del museo no se hicieron esperar.

    Por cierto: ese chisme de que supuestamente lxs artistas no querían que se tomaran fotos era más falso que un billete de cinco pesos. Aunque a Reforma y El Universal sí se les permitió hacerlo, claramente para evitar los periodicazos.

    No hubo palabras de bienvenida por parte del museo. Quienes participamos en la organización tampoco hablamos. De hecho, el ambiente era tan incómodo que casi nadie se atrevía a hacerlo en un principio, después eso fue cambiando afortunadamente.

    Se nos arrebató la voz en nuestro encuentro anual: ese espacio donde nos vemos lxs nuevxs y lxs conocidxs, las históricas y quienes van emergiendo. Nos silenciaron en nuestra propia inauguración.

    No sé dónde quedó el “lugar de ambiente”, porque ahí no estaba.

    A pesar de todo, el apoyo de “la comunidad” –sí, la comunidad, aunque sea imaginada y emergente– se sintió de manera impetuosa. Durante toda la inauguración y el after no dejamos de hablar de lo acontecido, porque nos quedamos con las ganas de “cantarles su precio”.

    Nunca, en la historia reciente del FIDS, se había sentido una inauguración tan desangelada, como mencionó Carlos.

    No conocí a la Juanga, como le decimos cariñosamente, pero tengo la certeza de que, si Juanga estuviera, con nosotrxs estuviera.

    Esta fiesta no se acaba…

    Quiero dejar algo muy claro: esta exposición, junto con nuestra marcha, no es un simple evento de temporada. Es la punta de lanza de nuestras luchas históricas como colectividades sexodisidentes.

    El Chopo no es solo un contenedor de obras artísticas. Este espacio cultural fue un recinto disputado, tomado y defendido por nuestras ancestras de lucha desde hace 39 años.

    La Semana Cultural y ahora el FIDS han sido el refugio donde, año con año, nos reunimos para vernos, abrazarnos y celebrarnos, pero sobre todo para recordarnos lo que fuimos y el lugar oscuro al que no vamos a regresar.

    No vamos a regresar a las cancelaciones de último momento. Mucho menos a las censuras que históricamente nos persiguieron. No vamos a regresar a los estigmas que nos confinaron al clóset y al silencio.

    Nuestras luchas siguen más vivas que nunca y no daremos ni un solo paso atrás en los derechos ganados.

    Miremos a nuestro alrededor. Miremos lo que está pasando en el mundo. Si hoy bajamos la cabeza, si hoy dejamos que nos posterguen y nos invisibilicen, les estaremos regalando una victoria a esos grupos antiderechos y de ultraderecha que todos los días inundan las redes sociales con odio homolesbobitransfóbico.

    Si les cedemos en las cosas pequeñas, también estamos cediendo los terrenos históricos conquistados. Y no lo vamos a permitir.

    Estamos a solo unos días del llamado “Mes del Orgullo”. Gobiernos, empresas y otros intereses ya comenzaron a pintarse de arcoíris y el cis-tema se prepara nuevamente para vendernos la fiesta de nuestras identidades sexoafectivas.

    Pero hoy les decimos:

    No somos una mercancía.

    Nuestra histórica lucha es una postura política y seguiremos defendiendo y exigiendo el respeto a los espacios ganados.

    Pedimos a las autoridades de la UNAM que busquen una solución inmediata para que la exposición se difunda e inaugure de forma digna y respetuosa, y no únicamente por miedo a los medios de comunicación y al escándalo público.

    La Máxima Casa de Estudios tiene que decidir si quiere ser un espacio de libertad o un cómplice del silencio.

    A 10 años de la partida de nuestro querido Juan Gabriel, celebramos su legado y hacemos un llamado a las autoridades del Chopo para reconsiderar su papel histórico durante estos 39 años.

    Además, recordamos que el FIDS sigue en pie y con todas sus actividades listas. Porque si nos cierran una puerta, les abrimos diez ventanas.

    ¡Nuestra memoria no se posterga!

    ¡Ni un paso atrás, ni un espacio menos!

    Fotografías: cortesía de Carlos Rodríguez, Nelson Morales, Mar Coyol y Desastre MX.