Por Daniel Efraín Navarro Granados
La historia del futbol es un terreno dominado por vigorosas narrativas fincadas en la nostalgia e instituidas por los intereses comerciales que la actividad congrega, relatos que además suelen oscurecer nuestra comprensión de este deporte como fenómeno social. El lugar que ocupa el IX Campeonato Mundial de Futbol México 70 en la historia mexicana es un ejemplo de ello. En las investigaciones históricas sobre la década de 1970, las referencias al primer mundial de futbol celebrado en México son escasas, lo cual contrasta con el lugar que ocupa en los anales futbolísticos. El mundial parece haber ocurrido solamente en la arena deportiva y no como parte de la realidad sociocultural y política del país.
El relegamiento de México 70 a las páginas de la historia deportiva es más grave si recordamos la tensa coyuntura en que se celebró. Dos años antes se habían realizado los Juegos Olímpicos de 1968, precedidos por un movimiento estudiantil violentamente reprimido. El mundial coincidió además con el proceso electoral de 1970. Los partidos se jugaron durante las últimas semanas de campañas políticas y el día de la votación fue un par de semanas después de que Brasil se coronara campeón. Al triunfar en las elecciones, Luis Echeverría representaba una renovación política del gobernante Partido Revolucionario Institucional (PRI) –una idea cultivada a través de distanciamientos retóricos con su predecesor, un acercamiento al sector obrero de su partido y la apropiación de símbolos del cardenismo–, pero esta imagen se desvaneció en 1971, cuando los hechos del Jueves de Corpus confirmaron su talante autoritario.
La coyuntura no es menos significativa en la historia cultural e incluso en la misma arena deportiva. En 1971 se celebró el Festival Rock y Ruedas en Avándaro, un hito en el desarrollo de las nuevas culturas juveniles y en su relación con el régimen. Ese año también se celebró en México el II Campeonato Mundial de Futbol Femenil, un evento que irremediablemente se convirtió en un terreno de disputa sobre los roles de género y sobre el profesionalismo de las mujeres en el futbol. El malogrado intento de organizar un sindicato de futbolistas y su emplazamiento a huelga durante el mismo año de 1971 también dan cuenta de los reordenamientos por los que atravesaba el mundo deportivo.
De tal manera que México 70 se jugó entre las metamorfosis del autoritarismo y las batallas en su contra, así como en medio de fuertes cambios sociales y culturales. En este marco, es ineludible preguntarse qué representó el IX Campeonato Mundial de Futbol (masculino) para el país anfitrión. Desempolvemos un poco México 70 y saquémoslo de la vitrina de los triunfos –y fracasos– deportivos para restituirlo a la compleja realidad de la que formó parte. Hagámoslo de momento en dos arenas: la mediática y la política.
Las narrativas deportivas
Antes de comenzar vale la pena apuntar algunas de las narrativas que han dominado nuestro recuerdo del mundial. La primera característica que tienen es que en ellas lo global predomina notoriamente sobre lo local. Dos elementos ocupan un lugar central en este panorama: Pelé y la televisión. México 70 fue el escenario de la consagración del brasileño como astro internacional y de la coronación de la verdeamarela como tricampeona del mundo. La potencia emocional y visual de las imágenes de Pelé celebrando en el Estadio Azteca coronado con un sombrero de charro han opacado otros aspectos del certamen. A la par, el torneo es reiteradamente recordado como la primera ocasión en que un mundial de futbol fue transmitido a color por vía satélite a todo el mundo, un hecho tecnológico que ha maravillado especialmente a la generación que lo atestiguó en su infancia o en su juventud. Otras notas recurrentes en los recuerdos del mundial son el llamado partido del siglo, la semifinal entre Italia y Brasil, reconocido como uno de los mejores juegos de la historia, y el caso del seleccionado peruano que jugó bajo la presión de los efectos de un terremoto de 7.9 grados, ocurrido en su país el mismo día que se inauguraba el torneo en el Estadio Azteca. En los recuerdos del público internacional, México rara vez excede el papel de colorido escenario, lo cual también ha definido la memoria de los propios mexicanos.
Para la historiografía deportiva, México 70 fue el momento donde el futbol nacional alcanzó la madurez. Nótese aquí la recurrencia de la entelequia llamada “futbol nacional”, en la que el deporte del país cobra vida e inclusive tiene una infancia y una madurez. En los recuerdos de los periodistas y aficionados mexicanos también es frecuente la mención de la lesión, previa al torneo, del mediocampista Alberto Onofre, hecho que opera en el relato como un augurio del modesto desempeño que tendría la selección mexicana. El recuerdo con mayor sabor local suelen ser las celebraciones multitudinarias en el Ángel de la Independencia por el triunfo de la selección contra El Salvador, así como las que ocurrieron después del partido contra Bélgica, que aseguró el pase a cuartos de final, un ritual nacido en este momento y que se ha perpetuado con el paso de las décadas. El carácter popular de estos festejos confluye además con una noción promovida sobre México 70 –y sobre casi cualquier mundial o evento de estas características–, la idea de que el torneo era de todos los mexicanos.
¿La fiesta de todos los mexicanos?
Frente a la noción de que el mundial era una fiesta nacional, y sin despreciar el entusiasmo popular que despertó, examinemos cómo se obtuvo la sede del evento y quién era su principal beneficiario. Los mundiales de futbol no nacieron siendo los mega eventos deportivos organizados por el gran conglomerado que hoy en día es la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA). De hecho, el certamen estaba en plena evolución durante las décadas de 1960 y 1970, siendo México 70 un momento crucial en el proceso, pues la venta de los derechos de transmisión por televisión se convirtió en una de las piezas centrales del modelo de negocios de la organización internacional.
La candidatura mexicana para obtener la sede fue impulsada por el naciente proyecto empresarial, deportivo y mediático de Emilio Azcárraga Milmo, hijo del empresario de radio y televisión Emilio Azcárraga Vidaurreta. “El Tigre”, como sería conocido posteriormente Azcárraga Milmo, no era aún el prolífico magnate en que se convertiría con el paso de los años, ni siquiera era considerado para heredar la dirección de las compañías de su padre, quien dudaba de sus capacidades. En 1960, el joven Emilio Azcárraga Milmo, de 29 años, adquirió el Club América como parte de un acuerdo para saldar una deuda comercial. Un par de años después, durante el mundial de Chile, en 1962, la filmación de partidos para su transmisión a través de los canales de Telesistema Mexicano apuntaló las expectativas sobre las posibilidades financieras del balompié, sobre todo en lo que respecta a la venta de espacios publicitarios en las transmisiones televisivas. Ese mismo año comenzaron las obras para la construcción de un gran estadio de concreto al sur de la capital mexicana, diseñado específicamente para la transmisión de partidos por televisión: el Estadio Azteca. Como parte de sus planes para el futbol, Azcárraga consiguió la colaboración de Guillermo Cañedo, entonces gerente de un pequeño pero exitoso club, quien no solo pasó a dirigir el Club América, sino que también se convirtió en presidente de la Federación Mexicana de Futbol Asociación (Femexfut) y vicepresidente de la propia FIFA. Con estas piezas en juego, la Femexfut obtuvo en 1964 la sede para el IX Campeonato Mundial de Futbol. Más tarde, Azcárraga obtuvo los derechos de transmisión del mundial por una módica suma, sobre todo si se le compara con los montos que estos alcanzarían durante las décadas siguientes.
En 1963, un año antes de la obtención de la sede del mundial, la ciudad de México obtuvo la sede de los juegos olímpicos. Si bien ambos proyectos tenían su propia senda, había vasos comunicantes entre ellos. Un ejemplo de estas conexiones es la figura de Pedro Ramírez Vázquez, arquitecto del Estadio Azteca y presidente del Comité Organizador de los Juegos Olímpicos de 1968. La experiencia olímpica nutrió al mundial de futbol, tanto organizativamente como políticamente. El gobierno mexicano había impulsado decididamente la organización de los juegos olímpicos, su celo del proyecto incluso había motivado la represión del movimiento estudiantil, ya que consideraba que este buscaba sabotear el evento. En 1970 el impulso fue igual de decidido, pero el gobierno fue más discreto al respecto, dejando que los organizadores privados se llevaran los reflectores. Sin embargo, un factor crucial para el éxito del evento fue el apoyo tecnológico para la transmisión vía satélite de los partidos. En este sentido, las redes de transmisión de Teléfonos de México fueron clave para llevar la señal a la estación que transmitió la señal al satélite conocido como “Pájaro Madrugador”, una estación operada por la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas.
Gracias al éxito que representó México 70, Azcárraga Milmo consolidó su posición en Telesistema Mexicano, empresa que pasó a controlar cuando su padre murió, en 1972. En las siguientes décadas el ala deportiva de este gran imperio mediático continuó siendo uno de sus principales asideros. En este sentido, no debe sorprendernos que años después, en 1982, Azcárraga se declarara “un soldado del PRI y del Presidente”. ¿Cómo no serlo? El joven empresario había logrado convertirse en “El Tigre” gracias a los apoyos que el régimen le había brindado.
Los beneficios para el régimen
El apoyo del gobierno al mundial estaba lejos de ser un acto desinteresado. Así como había ocurrido con los Juegos Olímpicos de 1968, el gobierno mexicano utilizó México 70 para proyectar al mundo una imagen de modernidad, pero el evento tenía además sus usos políticos internos. La relación entre Azcárraga Milmo y el gobierno mexicano no era excepcional, desde la década de 1950 existía una fuerte relación entre figuras políticas del priismo y los fundadores de Telesistema Mexicano, lo cual se enmarcaba, además, en una política de cooptación de los empresarios de medios de comunicación impresos y radioeléctricos.

Además de utilizar el apoyo al mundial como moneda de cambio para asegurar una prensa favorable, el régimen capitalizó el evento deportivo directamente en las elecciones de 1970. La campaña presidencial del PRI instrumentalizó sistemáticamente el IX Campeonato de Futbol en beneficio de Luis Echeverría, apropiándose del logotipo y la tipografía oficial del mundial en la propaganda electoral. A la par, fueron frecuentes en la prensa, tanto oficial como comercial, estrategias para hacer coincidir la cobertura noticiosa sobre México 70 con la de la campaña del PRI o asociar al candidato priista con la figura de Pelé y con los triunfos de la selección. El diario El Nacional fue quién implementó más decididamente estas estrategias, informando acerca de cómo había visto Echeverría el partido inaugural, reportando cómo se realizaban porras en actos de campaña e incluso cabeceando la portada que informaba del triunfo de la selección contra Bélgica: “¡Adelante!”, a la manera del lema de campaña de Echeverría: “Arriba y adelante”. En cambio, el día que fue eliminado México, el diario redujo la información sobre la campaña a una mínima nota, alejando al candidato de cualquier asociación con la derrota deportiva.
Recordar los mundiales más allá del futbol
Las implicaciones de México 70 en la arena política y mediática son sólo algunas de las formas en que el torneo trascendió el ámbito estrictamente deportivo, pero aún es necesario explorar otras. El mundial de 1970 fue una estación fundamental en la alianza entre el régimen priista y el naciente imperio mediático que unos años después se convertiría en Televisa. No es que esta u otras lecturas políticas del evento fueran imperceptibles para quienes lo vivieron. Existieron voces que denunciaron que el mundial beneficiaba sólo a unos pocos, que era usado políticamente en beneficio del régimen o que condenaban que se realizara en un país donde aún estaban en prisión los presos políticos de 1968. Sin embargo, el mundial acabó siendo principalmente materia de inocuas rememoraciones deportivas. Con sus matices, algo similar ocurrió con México 86.
La desconexión entre ambos mundiales masculinos y su contexto histórico ha sido condición de posibilidad para su explotación desde la nostalgia por sus verdaderos beneficiarios: la FIFA, la Femexfut y Televisa, por nombrar algunos. En la promoción comercial del mundial de 2026, la idea de que “el mundial vuelve a casa” descansa en esta remembranza despolitizada de los mundiales pasados. Mientras se efectúa el tercer mundial celebrado en México, esta vez de manera conjunta con Estados Unidos y Canadá, atestiguamos las protestas sobre la gentrificación de la ciudad y la crisis de desaparecidos en México, entre otras. Procuremos rescatar los mundiales de 1970 y 1986 de la vitrina despolitizada de los trofeos deportivos como un paso necesario para evitar que el celebrado este año acabe, con el paso del tiempo, relegado a este mismo lugar.
Para saber más
Brewster, Claire y Keith, “‘He hath not done this for any other nation’: Mexico’s 1970 and 1986 World Cups”, en Stefan Rinke y Kay Schiller (editores), The FIFA World Cup 1930-2010. Politics, Commerce, Spectacle and Identities, Göttingen, Wallstein Verlag, 2014, p. 281-311.
Fernández, Claudia y Andrew Paxman, El Tigre. Emilio Azcárraga y su imperio, México, De Bolsillo, 2021.
González de Bustamante, Celeste, “Muy buenas noches”. México, la televisión y la guerra fría, México, Fondo de Cultura Económica, 2015.
Pérez Uriarte, Giovanni Alejandro, “La nación en la cancha. Los discursos nacionalistas en la prensa deportiva mexicana en los mundiales de futbol (1970-1986)”, tesis de licenciatura en Estudios Latinoamericanos, Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Filosofía y Letras, 2015.
Imagen de portada: Pelé se corona como ídolo universal en el Estadio Azteca, tras el encuentro Brasil vs Italia. Fotografía tomada de Wikimedia Commons.





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