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Leer en voz alta

En un mundo donde predomina la lectura individual y en silencio, leer en voz alta puede parecer extraño y anticuado. Sin embargo, esta práctica persiste y lucha por sobrevivir. ☞ El pasado 22 de abril, el zócalo de la Ciudad de México se convirtió en una gran sala de lectura colectiva: 10 mil personas, según el conteo oficial, se congregaron bajo el cielo abierto y una amenazante lluvia para escuchar fragmentos de Cantares Mexicanos, cuentos de Oscar Wilde y otros poemas. ☞ Ya 2019, la plancha de la Constitución había sido escenario de una lectura pública del Plan de Ayala, en conmemoración del centenario del asesinato de Emiliano Zapata. La serie de imágenes capturadas por la fotorreportera María Luisa Severiano para La Jornada muestran a decenas de personas sentadas, hincadas o de pie, escuchando con atención la lectura del documento que una oradora realiza con un micrófono para amplificar su voz. ☞ La lectura en voz alta es un acto colectivo, que involucra a dos o más personas comúnmente reunidas en cantinas, pulquerías, cafés y plazas públicas. Posibilita la creación de un público lector amplio, sobre todo en sociedades con alto grado de analfabetización (aunque no exclusivamente), y permite la circulación de textos que no se reducen únicamente a los géneros poéticos como los romances, la poesía o los poemas épicos, sino que se extienden a los géneros dramáticos y narrativos como las obras de teatro, las novelas, los libros de historia o los textos periodísticos. ☞ Por ejemplo, en las calles londinenses los vendedores ambulantes solían convencer a algún lector para que les leyera las noticias o los artículos de un periódico o de alguna revista ilustrada. Luego se aseguraban de guardar los ejemplares para envolver sus mercancías, según relata Martyn Lyons, catedrático de la Universidad de Nueva Gales del Sur (Sidney). En su estudio sobre los lectores del siglo XIX, Lyons sostiene además que la lectura en voz alta desempeñó un papel fundamental en la politización de la clase trabajadora, pues era parte esencial de la cultura en los espacios de trabajo. ☞ En efecto, durante el siglo XIX surgieron en las fábricas cubanas los llamados lectores de tabaquería, personas encargadas de leer en voz alta periódicos y textos literarios mientras los obreros torcían el tabaco. Por lo general, el lector se ubicaba en un punto alto y céntrico del taller para que todos pudieran escucharlo, y recibía una remuneración económica proveniente de una parte del salario de los trabajadores. Con el tiempo, esta práctica se propagó a varios lugares del mundo, como España, Estados Unidos, Puerto Rico, México y República Dominicana. Esta historia es contada magistralmente por Araceli Tinajero, catedrática de literatura hispánica en The Graduate Center y The City College of New York, en su libro El lector de tabaquería: historia de una tradición cubana, publicado en 2007 por la editorial madrileña Verbum. ☞ Desafortunadamente para el caso de nuestro país no existen estudios específicos que detallen la importancia histórica de la lectura en voz alta. José Ortíz Monasterio realizó apuntes interesantes en un par de artículos donde analiza la lectura en el siglo XIX. Argumenta que la lectura en voz alta es un acto de socialización opuesto a la lectura en solitario, que jugó un papel enorme no sólo porque posibilitó que los pobres y analfabetas accedieran a los impresos, sino porque implicaba una experiencia muy distinta, donde la lectura se percibía de otro modo por los sentidos. Concluye, entre otras cosas, que en un mundo sin radio, cine ni televisión –y hoy sin internet–, “leer en una tertulia o en una botica un periódico o una novela de Dumas o de Riva Palacio era una de las pocas opciones de entretenimiento realmente interesantes de la época”. ☞ Según datos recientes del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), la población lectora mayor de 18 años en México ha disminuido 14 puntos porcentuales en la última década, al pasar del 84.2 % en 2015 al 69.6 % en 2024. A pesar de los esfuerzos del Fondo de Cultura Económica durante los últimos seis años por abaratar y facilitar la distribución y acceso a los libros, el desafío persiste: ¿Cómo fomentar la lectura en México? En un mundo dominado por el consumo rápido de contenido en redes sociales y la lectura individual, cabe preguntarse si la lectura en voz alta podría ser una estrategia efectiva para ampliar el público lector. ☞ Hasta aquí el fichero de esta edición; nos leemos en el próximo número de La Bola, la revista de divulgación.
Imagen de portada: Lector contratado para leer a los trabajadores de una fábrica de cigarros en Cuba, sin fecha de creación. Colección Gendreau, Getty Images. Fotografía tomada de: https://www.facebook.com/Datos.De.Historia
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Libros contra Hitler. Edición y antifascismo en México, 1935-1945

Por Francisco Joel Guzmán Anguiano
¡No pasarán!
La llegada de los nazis al poder en Alemania, en enero de 1933, y el nombramiento de Adolf Hitler como Führer, en agosto de 1934, fueron sucesos que trastocaron el combate contra el fascismo a nivel global. Si bien en años previos ya habían existido organizaciones y personas que se habían denominado como antifascistas, en clara oposición al régimen encabezado por Benito Mussolini en Italia –sobre todo exiliados italianos afincados en países como Francia, Alemania, Inglaterra o España—, sería con el ascenso del nazismo alemán y sus primeras acciones de gobierno que este tipo de expresiones de oposición comenzaron a tomar dimensiones más amplias, logrando traspasar el espacio europeo y llegar a otros lugares del globo.
Esta expansión mundial no se dio de forma inmediata, ya que se fue gestando paulatinamente a partir de eventualidades como la invasión de Etiopía por parte de Italia, en 1935, o la anexión de Austria por Alemania, en 1936, –el denominado Anschluss—. Pero sería el estallido de la Guerra Civil Española, en 1936, y la intervención de Alemania e Italia en favor del bando encabezado por Francisco Franco lo que marcaría que el antifascismo tomara fuerza a nivel global. Esto se manifestó a partir de la organización de iniciativas de solidaridad en favor de la República Española o la participación de combatientes de numerosos países en las llamadas Brigadas Internacionales del lado Repúblicano.
Esta coyuntura posibilitó que la lucha antifascista llegara a multiples rincones del mundo, donde fue adoptada por distintos sectores de la arena política local, desde comunistas, pasando por socialistas, anarquistas, católicos, liberales, feministas, entre otros. Esta diversidad de actores, con intereses y objetivos propios, adaptaron el discurso del antifascismo a las condiciones contextuales que vivían. Esto dio como resultado que la palabra “fascismo”, además de denominar a la Alemania Nazi y a la Italia Fascista, también fuera empleado para calificar a distintos grupos rivales de la escena local, tales como la Iglesia Católica, distintas comunidades migrantes, grupos de extrema derecha o de derecha, e incluso organizaciones de la socialdemocracia, a la cual los comunistas llamaban “socialfacismo”.
México no quedó al margen de estas tendencias, pues multiples grupos sociales hicieron propia la bandera antifascista. Organizaciones como la Confederación de Trabajadores de México (CTM), la Liga Pro Cultura Alemana, el Partido Comunista Mexicano (PCM), la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR), el Taller de Gráfica Popular, la Universidad Obrera de México, Acción Democrática Internacional, el Comité Nacional Antinazifascista, entre muchas más, se posicionaron como opositoras al fascismo, expandido esta denominación a otros actores de la arena política nacional, tales como el Sinarquismo, los Camisas Doradas, la Iglesia Católica, el Partido Acción Nacional, la comunidad alemana en el país, por solo señalar a algunos.
También en el caso mexicano resalta el hecho de que distintos grupos políticos partícipes de los gobiernos de Lázaro Cárdenas y Manuel Ávila Camacho fungieran como promotores del antifascismo. Esta particularidad, que diferenció al país de otras naciones del continente americano, se materializó en cuestiones como la estructuración de una agenda diplomática de corte antifascista o la formación de alianzas políticas entre el gobierno y distintas organizaciones antifascistas. Por otro lado, también existieron manifestaciones que, por decisión propia o por condiciones políticas específicas, quedaron al margen de dicha vinculación con el Estado.
Pero, ¿de qué forma se organizó la oposición contra el fascismo en México? Si bien existieron distintas tácticas de lucha, generalmente ésta se llevó a cabo a partir de prácticas como los mítines públicos, la creación de grupos de formación política, la realización de conferencias y actividades culturales, la producción de literatura y obras de arte, la difusión de impresos y escritos, la firma de desplegados y, en algunos casos, la confrontación violenta en contra de aquellos sectores identificados localmente como fascistas.
Los objetivos de estas estrategias eran diversos, entre los cuales destacaban denunciar al fascismo internacional y sus “manifestaciones locales” o expresar solidaridad con aquellas víctimas de la opresión. A ello se sumaron otras como legitimar socialmente a una causa política específica; fortalecer la formación política de cuadros al interior de una organización; generar conciencia social acerca de los peligros del fascismo y movilizar a la sociedad en favor de sus objetivos; crear corrientes de opinión pública favorables al antifascismo; o ganar posiciones de poder y capacidad de acción dentro del gobierno mexicano o en la arena política nacional.
Que las páginas sean balas en contra de la barbarie fascista
Dentro del antifascismo, el libro también fue un medio más de lucha. El uso de los impresos como herramientas de difusión de ideas y posturas políticas entre el público lector resultó una estrategia fundamental para distintas organizaciones, ya que vieron en ellos una forma de realizar acciones propagandísticas de forma eficiente en favor de sus causas. Por esta razón fue común que los grupos y simpatizantes del antifascismo recurrieran tanto a la creación de pequeños sellos editoriales de carácter militante como a la publicación en editoriales comerciales ya consolidadas. Esto con el propósito de difundir tanto obras propias como de autores extranjeros, a los cuales traducían para difundirlas en el entorno mexicano e hispanoamericano.
Dependiendo de los propósitos que perseguían los autores o editores con la impresión de los libros y de los lectores a los cuales iban dirigidos, se desarrollaron una serie de estrategias de edición cuyo propósito era difundir y dimensionar la amenaza que podría significar el fascismo, tanto en su manifestación europea como “local”. Además de los contenidos plasmados en los libros, estas iniciativas impulsaron la creación de programas gráficos, plasmados tanto en portadas como en ilustraciones al interior de las obras, cuyo propósito era realzar las atrocidades y la brutalidad que caracterizaba a estos regímenes. A ello se sumó la realización de introducciones, prólogos y notas editoriales producidas por intelectuales y figuras públicas reconocidas, con el afán de que su prestigió ayudara a difundir con mayor fuerza las publicaciones.
Un ejemplo de estas estrategias es visible en el libro de Eulalia Guzmán Lo que ví y oí, publicado en 1941 por Tipografía SAG. En estas memorias, producto de sus viajes por Italia y Alemania a finales de la década de 1930, la arqueóloga plasmó sus impresiones y preocupaciones sobre los regímenes fascistas existentes en esos países. El propósito de la obra, tal como expresó en el prólogo, era contribuir “a denunciar ante la opinión pública de todas partes, la perversión y el peligro que para la vida civilizada y libre de los pueblos representan los regímenes totalitarios, ahora aliados entre sí, para dominar al mundo”.
Pero entre toda esta amplia producción editorial, que rondó los 320 títulos publicados entre 1935 y 1945 ¿Qué tipos de libros se produjeron? En primer lugar estuvieron las obras de carácter literario, que comprendieron poemas, novelas y cuentos que evocaron en sus líneas el combate antifascista. También estuvieron aquellas de corte académico, las cuales eran reflexiones críticas del fascismo escritas por profesores universitarios a partir del conocimiento de las ciencias sociales.
Otro tipo de libros antifascistas que tuvieron auge fueron los de carácter autobiográfico. Los testimonios y las vivencias de los autores –generalmente perseguidos políticos exiliados– sirvieron como instrumentos de lucha en contra del fascismo, al difundir entre la opinión pública los abusos y crímenes cometidos por esta clase de regímenes. A su vez, los libros de carácter militante, cuyos contenidos tenían un propósito político explicito, como la formación política de cuadros, la denuncia en contra de algún grupo identificado como fascista o la difusión de discursos y ponencias presentadas en mítines y congresos de carácter antifascista. Estos generalmente fueron producidos por sindicatos, partidos políticos, organizaciones militantes o comités de ayuda a exiliados y perseguidos políticos.
Las batallas de los libros antifascistas
Esta relación entre antifascismo y producción editorial en el espacio mexicano, si bien tiene sus expresiones iniciales durante la primera mitad de la década de 1930, cuando aparecen diferentes libros dedicados al tema –como El Estado y la violencia en la historia, de Roberto Calvo Ramírez, editado por el Centro de Estudios para Obreros en 1935–, cobra particular fuerza a partir de 1936 con el estallido de la Guerra Civil Española, la cual se extendió hasta 1939. Las muestras de solidaridad y preocupación por lo sucedido en España entre sectores del comunismo, el gobierno mexicano o el movimiento obrero del país, además de la posterior llegada de exiliados republicanos a México, provocó que el campo editorial fuera una vitrina para la producción de libros antifascistas que refirieron al conflicto español.
Editoriales como Frente Popular, América, Pax, México Nuevo, Revolucionaria u organismos como la Sociedad de Amigos de España o la Universidad Obrera de México produjeron una serie de títulos cuyos objetivos eran denunciar lo sucedido en España con la intervención de Italia y Alemania en favor del bando franquista, realzar el esfuerzo del bando repúblicano como parte de la lucha antifascista o remarcar el abandono que vivió la República Española en la esfera internacional. Obras como España bajo el sable de Rodrigo Soriano, editada en 1936 por Pax; Bajo el sol de España. Poemas antifascistas de Jesús Sansón Flores, aparecida en 1938 por la Sociedad de Amigos de España; o La conspiración Nazi en España de Emilio Burns, impresa en 1938 por Revolucionaria, son ejemplos de esta producción.
Una vez concluido el conflicto español, en 1939, con la derrota de la República, diversos sucesos marcaron la agenda de la edición antifascista. El inicio de la Segunda Guerra Mundial en septiembre de ese mismo año o los enfrentamientos dentro del campo de la izquierda que causó el Pacto de No Agresión firmado entre la Unión Soviética y la Alemania Nazi, fueron algunos de ellos. A estos se sumaron eventualidades propias del espacio mexicano, como el fin del sexenio de Lázaro Cárdenas, el conflictivo proceso electoral que enfrentó a Manuel Ávila Camacho y Juan Andrew Almazán, el asesinato de León Trotsky en 1940, o el aumento de la llegada de exiliados europeos al país –muchos de ellos antifascistas–, aspectos recurrentes en las temáticas que abordaron las obras impresas durante estos años.
La convergencia de actores nacionales con los exiliados europeos marcó una transformación de la edición antifascista. Esto debido a que organizaciones de exiliados como Alemania Libre, Francia Libre o la Alianza Internacional “Giuseppe Garibaldi” por la Libertad de Italia tejieron alianzas y relaciones con distintos actores del campo político nacional, bajo el beneplácito y la vigilancia del gobierno mexicano. Estas uniones fortalecerían las iniciativas editoriales de instancias como la Universidad Obrera de México que, bajo la dirección de Vicente Lombardo Toledano, siguió realizando un amplio despliegue de folletos y libros de gran tiraje en contra del fascismo, a partir de obras como ¿Cómo actúan los nazis en México? o ¿En qué consiste la democracia mexicana y quiénes son sus enemigos?, ambas de Lombardo Toledano.
También los círculos comunistas impulsaron la impresión de libros en favor del Pacto de No Agresión y en contra de la figura de Andrew Almazán a partir de Popular, sello que tiró obras como El pacto de no agresión entre la Unión Soviética y Alemania, de Molotov; El enemigo es Almazán, de Hernán Laborde; o ¿Quiénes se benefician de la guerra?, de Earl Browder, todas editadas en 1939. Por su parte, la producción de títulos críticos del comunismo estalinista recayó en figuras como el editor catalán Bartomeu Costa-Amic. Este participó en editoriales como Quetzal, Costa-Amic, Publicaciones Panamericanas o Ediciones Libres, las cuales publicaron obras que emplearon la retórica antifascista para ayudar a denunciar el estalinismo.
La entrada de México a la Segunda Guerra Mundial, en mayo de 1942, marcaría un viraje en el antifascismo, pues la lógica de la “Unidad Nacional” promovida por el gobierno de Ávila Camacho impactó a muchos de los grupos que se inscribían dentro de esta postura. A la condena del fascismo se sumó la justificación pública del ingreso del país a la guerra. Muchas instituciones y grupos gubernamentales se volcaron a apoyar este esfuerzo, convirtiéndose en los actores preponderantes del antifascismo entre 1942 y el final del conflicto bélico en 1945.
Esto también se vio reflejado en el mundo de la edición, ya que por una parte, el gobierno mexicano se convirtió en benefactor de distintas iniciativas editoriales y propagandísticas de corte antifascista. Un ejemplo destacado fue El libro negro del terror nazi en Europa, publicado en 1943 por El Libro Libre, bajo el mecenazgo del presidente Ávila Camacho. Esta obra, promovida por sectores del exilio germanoparlante vinculados a Alemania Libre, se difundió como una forma de concientizar a la sociedad sobre las atrocidades que había realizado el régimen nazi durante la guerra. Por otro lado, editoriales como Mundo Nuevo, Minerva, Quetzal, Popular, América, Hermes, entre otras, produjeron una gran cantidad de obras bajo este impulso.
El final de la guerra con la toma de Berlín por los rusos, en mayo de 1945, y la rendición de Japón, en septiembre del mismo año, marcaron un punto de transformación en esta clase de producción editorial. Esto se debió a que en los años posteriores a la conclusión del conflicto, cada vez fueron menos los libros producidos en el país que denunciaban al fascismo. Aunque esta actitud continuaría por algunos años más a partir de la equiparación del franquismo español como gobierno de corte fascista, como en las obras: La Piedad de Franco de José Loredo Aparicio, impreso por Costa-Amic en 1946, o España en México, 1930-1946 de Ruperto González, editado por Ediciones Maru también en 1946. Pero con el paso del tiempo, cada vez sería menos común la relación entre edición y antifascismo.
Es posible considerar que el libro se convirtió en un instrumento de acción común entre los grupos antifascistas situados en México durante las décadas de 1930 y 1940. La búsqueda por generar una conciencia y movilización social en contra de aquello identificado como fascismo resultó en recursos de importancia para la generación de una producción editorial amplia y diversa. Si bien es necesario ahondar más en las particularidades de cada iniciativa editorial y las estrategias que emplearon tanto en la comercialización como circulación y recepción de las obras, la relación edición-antifascismo resulta una ventana privilegiada para comprender las lógicas y prácticas insertas dentro de esta clase de militancias.
Para saber más
Lavin Robles, María Fernanda, “El libro negro del terro nazi en Europa: propaganda antifascista y denuncia de la barbarie nazi”, México, Tesis de Licenciatura en Historia, UNAM, 2016.
Rivera Mir, Sebastián, Edición y comunismo. Cultura impresa, educación militante y prácticas políticas (México, 1930-1940), Raleigh, Editorial A Contracorriente, 2020.
Imagen de portada: La venganza del pueblo, Leopoldo Méndez, 1941. Colección: Gilcrease Museum, Tomas Gilcrease Instituto of Americano History and Art. Imagen tomada de: https://collections.gilcrease.org/object/174925.
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Entre el papel y la pantalla: prácticas de lectura contemporáneas

Hagamos un recuento de cómo leemos: sentados en una biblioteca habitada de silencio, tal vez tomando el aire fresco en un parque iluminado por el sol, escuchando música mientras subrayamos fotocopias, o quizá en el hogar, junto al enchufe que da energía a la computadora repleta de libros en PDF, ampliando la pantalla del móvil antes de entrar a clase o tal vez reutilizando separadores para evitar el grafito en el papel. Estos son sólo algunos escenarios en los que se manifiestan las prácticas de lectura contemporáneas, que oscilan entre un modo de leer tradicional, regido por el sistema escolar, y un modo de leer que, recientemente, se ha denominado como fragmentado, debido a su relación con la mediación digital.
Las experiencias, prácticas y discursos de los lectores distan de igualarse a las apreciaciones oficiales en encuestas y estadísticas estatales, puesto que estas conciben meramente el perfil de un lector que se desenvuelve en espacios específicos de lectura, con un modo de leer en particular. Por ejemplo, uno de los lugares tradicionales son las bibliotecas, en cuanto que implican la lectura bajo normas que suponen un comportamiento en silencio y solitario. No obstante, existe una amplia gama de espacios fuera del ámbito escolarizado que promueven la lectura desde otros objetivos, guiados por una concepción lúdica y gozosa; habría entonces que visibilizar la iniciativa de programas públicos, privados o mixtos que proponen otros modos de leer, que se alejan del contexto rígido escolarizado, aproximándose, más bien, al ámbito cotidiano, es decir, resignificando la lectura como un acto social, dirigiéndose hacia la experiencia vivencial ubicada en lugares “poco comunes”.
Por ahora, se me ocurre mencionar sólo algunos proyectos alternativos y espacios autogestionados, cuyas propuestas enmarcan diversas estrategias y herramientas. Entre ellos se halla La Chispa Taller-Biblioteca, ubicada en Toluca, cuya labor enlaza la lectura colectiva de cuentos impresos o en PDF con la creación de un grabado que transforma el acto de leer en lenguaje gráfico. En cuanto a la adquisición de material impreso, existen numerosos grupos en Facebook, como Morras que compran y venden libros –conformado únicamente por mujeres–, en los cuales es posible la compraventa y subasta de libros, demostrando cómo una red social puede, en efecto, ser una herramienta de sociabilidad, pero también de comercialización, en un proceso de intercambio que se completará en el centro de la Ciudad de México, por resultarnos el núcleo aglutinador de bienes culturales. Por otro lado, enfocada en el fomento de la lectura, existe una asociación civil de lectoras llamada Librosb4tipos, cuyo comienzo fue un club de lectura digital que buscaba difundir obras escritas por mujeres y que actualmente promueve la pluma femenina a través de sus talleres y actividades.
Explorar este crisol de experiencias nos traza el camino para entender la lectura en su carácter multidimensional, el cual no sólo atiende a los libros impresos, pues, en el contexto de la diversificación tecnológica, se accede a nuevas presentaciones de información inmersas en sus propias problemáticas. Aunque el uso del internet y de novedosos dispositivos ha posibilitado tanto la expansión como la distribución del conocimiento, todavía hoy no es accesible para todos. Por esta razón, esta breve aproximación al bagaje experiencial nos permite destacar que el interés por la lectura no sólo se ubica en la escuela, dado que la familia y otras estructuras sociales –culturales, económicas, mediáticas– también condicionan la formación de lectores. Es así como pensamos a la lectura como un instrumento cotidiano que nos auxilia a la hora de relacionarnos, constituyendo una actividad de expresión, defensa e integración social. Por ende, cabría preguntarnos: ¿Qué pasa cuando la lectura se fetichiza? ¿A quién excluye? ¿A quién cultiva?
Actualmente un lector no se define únicamente por los minutos ni por la cantidad de libros que lee, sino por la conjunción de prácticas tradicionales con una lógica de organización de información adquirida en la red. Así es que la forma canónica de la lectura convive con un pensamiento disperso emanado de cartografías digitales: se sigue apreciando al libro como objeto, que bien puede ser intervenido como herramienta o respetado como un bien cultural sacro, mientras que se incorpora la lectura más corta desde el celular o la computadora. Esta disrupción del modelo clásico genera también una continuidad entre el papel y la pantalla, produciendo el ecosistema necesario para la génesis de prácticas de lectura fragmentadas o expandidas de las cuales somos conscientes solamente en ciertos momentos de la vida cotidiana. La conectividad, mediada tecnológicamente, está profundamente arraigada a nuestro mundo, de ahí que sea plausible pensar que, de hecho, todos leemos.
Leemos material impreso, prestado o comprado, incluso en fotocopias. Los lectores deslizan las yemas de los dedos en el papel, lo subrayan, lo doblan, lo intervienen, porque la relación orgánica entre ellos y el soporte les permite cierto tipo de concentración, asignada por la lectura canónica, siempre lineal, académica. En contraste, el internet y las redes sociales han enmarcado un proceso de creatividad que culmina en el texto electrónico –denominado hipertexto–: un conjunto de íconos, pestañas, menús, caracteres y diversos soportes que van de lo escrito a lo audiovisual. Hasta los populares PDF, el material de lectura por excelencia que se moviliza en las pupilas acostumbradas al brillo de la pantalla, se vuelven un componente que moldea no sólo nuestras prácticas lectoras, sino también de escritura. Por ejemplo, al mismo tiempo que escribimos un ensayo a partir de la información recabada en papel o en internet, somos capaces de leer publicaciones en Facebook y en X, mensajes en WhatsApp, pies de fotografías en Instagram, blogs, periódicos digitales, reseñas, artículos y anuncios publicitarios.
Con todo, la reflexión no puede estar completa sin la vinculación del lector con el mundo de la comercialización del material de lectura, que comprende tanto al mercado editorial hegemónico como al diverso y vasto mercado alternativo. Debemos hacer visible la presencia de las librerías en el fomento de la lectura y en la configuración de los lectores, no sólo desde una visión tradicional, de consumo elitista, sino desde el reconocimiento de todos los agentes que operan en ellas, los cuales posibilitan su existencia como espacios de circulación de formatos digitales, de nuevos soportes retractilados o de aquellos libros usados.
Resulta infructuoso diseñar campañas de fomento de la lectura si no se conoce al público al que van dirigidas, por lo que se debe mantener presente la eterna interrogante acerca de cuáles son los hábitos de lectura generacionales de los lectores en nuestro país. La reinvención de las prácticas de lectura forma parte de un proceso histórico que no puede ser ignorado, puesto que la lógica dominante de los espacios académicos necesita entenderse como una forma de ser y de leer que convive (o negocia) con los espacios digitales, con tiempos más ágiles, pero también suspendidos.
Por supuesto, la propuesta no es abandonar lo convencional, sino lograr incorporar otros comportamientos de lectura que se escapan de la norma. De hecho, nada más recordemos la crisis que generó la pandemia, cuando la industria editorial y las bibliotecas, espacios de consulta por antonomasia, requirieron de los medios digitales, empleándolos como herramientas de circulación de lo impreso y para estimular la difusión de lo, en ese momento, intangible. Pero algo así sólo se consigue conociendo al lector, pues este define la interacción oferta-demanda en una macrolibrería, en una librería de viejo, en un puesto ambulante o incluso en redes sociales.
¿Tú ya sabes qué tipo de lector eres?
Para saber más
García Canclini, Néstor y otros, Hacia una antropología de los lectores, México, Ariel, Universidad Autónoma Metropolitana, Fundación Telefónica, 2015.
Proyecto colectivo de fomento del libro y la lectura: El Ecosistema del Libro en el Estado de México. Hacia un Observatorio de la Lectura, 2023. Disponible en: https://www.lecturaedomex.mx/.
Imagen de portada: La lectura en el papel y la pantalla conviven en la Biblioteca de México, febrero de 2023. Fotografía: Huitzilihuitl Pallares Gutiérrez.
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Robert Darnton y la historia del libro

“Este libro investiga –dice Robert Darnton en La gran matanza de gatos–, la forma de pensar en Francia en el siglo XVIII. Intenta mostrar no sólo lo que la gente pensaba, sino cómo pensaba, cómo construyó su mundo, cómo le dio significado y le infundió emociones. En vez de recorrer el camino de la historia intelectual, la investigación recorre el territorio inexplorado que en Francia se denominó l’histoire des mentalités. Este campo aún no tiene nombre en inglés, pero sencillamente podría llamarse historia cultural, porque trata nuestra civilización de la misma manera como los antropólogos estudian las culturas extranjeras. Es historia con espíritu etnográfico.” Estas palabras, que Darnton escribió en 1984, encierran una nueva concepción de cómo estudiar las mentalidades colectivas y cobran mayor sentido en el marco del debate convocado por la revista Annales apenas unos años después, en 1988. En esa ocasión se invitó a los historiadores a reflexionar sobre la crisis de las ciencias sociales causada por el abandono de los sistemas globales de interpretación (el marxismo y el estructuralismo), sin embargo en ese llamado, Annales consideró que la citada crisis no había afectado a la disciplina histórica.
En respuesta a esa convocatoria el historiador francés Roger Chartier escribió un artículo que tituló “El mundo como representación” en donde, para sorpresa de muchos, también rechazó la existencia de la crisis en las ciencias sociales y sostuvo que el método empleado por la historia de la mentalidades (campo creado y desarrollado por la escuela historiográfica de los Annales) había sido rebasado por nuevos trabajos que intentaban descifrar las sociedades “al considerar que no hay práctica ni estructura que no sea producida por las representaciones, contradictorias y enfrentadas, por las cuales los individuos y los grupos den sentido al mundo que le es propio”. De esa manera, Chartier sintetiza el nuevo método de la naciente historia cultural, campo que supera la vieja historia de las mentalidades y que incluye, por supuesto, a la historia del libro. Para la nueva historia cultural la obra de Darnton fue indispensable, lo mismo que el libro de Carlo Ginzburg, El queso y los gusanos. El cosmos según un molinero del siglo XVI, publicado en italiano en 1976.
La gran matanza de gatos y otros episodios en la historia de la cultura francesa fue un libro pionero en los estudios de la nueva historia cultural, pues su método es el estudio de las representaciones y prácticas culturales del siglo XVIII. En sus páginas se dedican dos trabajos a temas relacionados con la historia del libro: uno referente a la Enciclopedia y el otro a los lectores de Juan Jacobo Rousseau. Este libro también tiene otra característica, pues fue el único del autor que se tradujo y publicó en español pocos años después de su versión original: en 1987 gracias al Fondo de Cultura Económica (se publicó en inglés en 1984 y, posteriormente, en francés en 1985).
Como se sabe, Robert Darnton centra su interés en la época de la Ilustración y de la Francia prerrevolucionaria. Al preguntarle por qué se apasionó por el estudio del Siglo de las Luces, Darnton respondió a Boris Muñoz, periodista venezolano: “El mundo de la modernidad temprana estaba asediado por las desigualdades. La Ilustración fue un desafío contra el sistema de privilegios en el acceso al conocimiento y a la cultura”. No es de extrañar, entonces, que su primer best-seller haya sido El Negocio de la Ilustración (publicado en inglés en 1979, en francés en 1982, bajo el título de la Aventura de la Enciclopedia y en español, después de 27 de años, por el Fondo de Cultura Económica en 2006). Este relevante libro tiene como propósito principal estudiar la producción y difusión de la obra emblemática de la Ilustración: la Enciclopedia de Diderot y D’Alembert, estas cuestiones eran poco tratadas hasta ese momento por la historiografía del libro, hecho que demuestra la pertinencia de estudiar el impreso como mercancía, sin olvidar, por supuesto, su vertiente como signo cultural. Desde entonces, Darnton anuncia un plan ambicioso de lo que sería su itinerario de investigación. Para citarlo en sus propias palabras: estudiar “todo tema relacionado al campo ahora conocido como historia del libro, esto es, todo aquello que va desde la tecnología de la imprenta a la autoría, edición, comercio y lectura de libros”, según declaró a Martín Monsalve Zanatti y Pedro Guibovich en 2005, en una entrevista para la revista Histórica de la Pontificia Universidad Católica del Perú.

Enciclopedia o diccionario razonado de ciencias, artes y oficios, editado por Denis Diderot y Jean Baptiste le Rond d’Alembert, tomo 1, Paris, 1751. Imagen tomada de: https://www.koelnisches-stadtmuseum.de/sammlung/wissenschaft-und-bildung/aufklaerung-im-museum/. La historia del libro se ha convertido en una subdisciplina de la historia cultural y ha vivido una intensa renovación en sus métodos, en cuyo proceso la obra de Darnton ha sido fundamental. Tomando como base la obra fundadora de Lucian Febvre y Henri Jean Martín, La aparición del libro (1958), la historiografía francesa, en particular, desarrolló este campo de estudio, empleando el método de la historia de las mentalidades y el análisis cuantitativo y serial. Los historiadores de las mentalidades todo contaban: los nombres y vida de los impresores, el comercio de libros, las bibliotecas particulares y las institucionales, así como los lectores y sus lecturas. Esta historiografía sufrió una renovación en los últimos años de la década de 1970, que consistió en emplear nuevos métodos y fuentes para captar el cuándo y los porqués de la escritura y la lectura de la sociedad europea.
En el desarrollo de esa nueva perspectiva, los trabajos de Darnton han contribuido notablemente. En un artículo que tituló “¿Qué es la historia del libro?” afirma que ésta “podría ser llamada historia social y cultural de la comunicación a través de la imprenta, si el título no fuera poco atractivo. Tiene, en efecto, como objetivo, ayudarnos a comprender cómo las ideas han sido comunicadas por los caracteres impresos y cómo la difusión de la palabra impresa ha afectado el pensamiento de la humanidad en el transcurso de los últimos quinientos años”. También en este artículo explica cómo los especialistas decidieron invitar a los historiadores, literatos, sociólogos, bibliotecarios a fundar su propio campo de estudio (la historia del libro) “para comprender al libro como una fuerza en la historia”. Concepción que yo he intentado seguir en mis investigaciones de esa temática. Este importante artículo fue escrito en inglés en 1982 y traducido al francés en 1992, versión utilizada para su traducción al español, que fue publicada en 1999 en la revista Historias del INAH. Quizá este fue el primer trabajo metodológico de Darnton que influyó entre los historiadores mexicanos. Más adelante, las ideas expresadas en este estudio fueron ampliadas y desarrolladas en otro artículo titulado “Historia de la lectura”, publicado en 1987 en inglés y traducido al español en 1993.
Ambos trabajos de Darnton, en mi opinión, influyeron notablemente en los historiadores mexicanos, pues nos formó en este campo de estudio y nos permitió reflexionar sobre nuestras propias singularidades. Nos mostraron, entre otros aspectos, las fuentes más adecuadas para estudiar a los lectores y las lecturas y las formas de aproximarnos a ellas. Creo que su influencia fue determinante porque en nuestra historiografía había prevalecido el interés por los trabajos de orden bibliográfico y en elaborar catálogos de bibliotecas institucionales y particulares, cuestiones indispensables, claro, pero faltaba profundizar en el análisis de los lectores, las lecturas y las prácticas de la lectura. En ese sentido se desarrollaron diversos temas: impresores, imprentas, libreros, librerías, comercio de libros, prensa periódica, censura y, por supuesto, bibliotecas; los siglos más analizados fueron los del periodo colonial, aunque cada vez hay más interés por el siglo XIX y XX. A pesar de los avances alcanzados en los últimos años en esta subdisciplina de la historia cultural, nos queda un reto enorme: averiguar cómo las ideas, valores y creencias transmitidas por los impresos se adaptan a las condiciones inéditas de nuestra historia.

Robert Darnton en una firma de libros durante el ciclo de conferencias Fronteiras do Pensamento en Puerto Alegre, Brasil, 2016. Foto: Luiz Munhoz. Imagen tomada de: https://commons.wikimedia.org/. Deseo finalizar con una cuestión, que en mi opinión es muy relevante y por fortuna está presente en la obra de Darnton. Me refiero a su interés por escribir para un público amplio, él le llama el “lector culto”. Al respecto en El beso de Lamourette cuenta que el The New York Times le solicitó un artículo sobre la Revolución francesa, pues se acercaba la conmemoración de su bicentenario, después de reflexionar y aceptar el reto de escribir seis mil palabras sobre ese tema, el periódico rechazó su propuesta, respuesta que Darnton recibió con tristeza. Entonces el historiador estadounidense se planteó estas interrogantes: “¿No hay nada que podamos hacer nosotros, los profesionales de la historia para entrar en contacto con el público en general? ¿Nos hemos amurallado tras la barrera de las monografías y nos hemos cerrado al diálogo con los ciudadanos comunes y corrientes que tienen curiosidad sobre el pasado?” A continuación responde: “La falta es ciertamente nuestra, al menos en parte. El monografismo ha invadido la historia académica y la ha confinado a un rincón de nuestra cultura, donde los profesionales escriben libros que van dirigidos a otros profesores y los comentan en publicaciones que están restringidas a los miembros de la profesión. Escribimos de un modo que nos legitimará a los ojos de los profesionales y que tornará nuestro trabajo inaccesible a los demás”.
En mi opinión, la situación descrita por Darnton está muy presente entre los historiadores mexicanos, pues no hacemos historia pensando en el público lector, en cómo explicarle un proceso histórico o una coyuntura vivida en nuestro país. La mayoría de los historiadores pensamos en cómo construir una carrera académica que tiene como prioridad ser bien evaluados en los sistemas universitarios y nacionales. Y cuando tenemos oportunidad de acceder a los medios de comunicación hablamos en un tono docto y no pensamos en un público amplio, perdemos de vista la función social de la historia, tal como nos enseñó Marc Bloch. Esta función sí está presente en la obra de Darnton y por ello también le rendimos este homenaje y tenemos un motivo más para inspirarnos en él.
Nota de los editores
Este texto se presentó en el homenaje a Robert Darnton organizado por el Fondo de Cultura Económica, en el Centro Cultural Bella Época, el jueves 16 de octubre de 2014. Fueron cuatro mesas redondas dedicadas a analizar las aportaciones de Darnton en el campo de la historia cultural, la historia del libro y la actualidad del libro. Además se presentaron sus obras: El diablo en agua bendita y Censores trabajando. El Centro fue abarrotado por estudiantes y contó con la presencia del historiador estadounidense.
Para saber más
Bloch, Marc, Apología para la historia o el oficio de historiador, 2a. edición, México, Fondo de Cultura Económica, 2001.
Darnton, Robert, La gran matanza de gatos y otros episodios en la historia de la cultura francesa, 2a. edición, México, Fondo de Cultura Económica, 2018.
Darnton, Robert, El beso de Lamourette. Reflexiones sobre historia cultural, México, Fondo de Cultura Económica, 2010.
Darnton, Robert, El negocio de la Ilustración. Historia editorial de la Encyclopédie, 1775-1800, México, Fondo de Cultura Económica, 2006.
Ginzburg, Carlo, El queso y los gusanos: el cosmos según un molinero del siglo XVI, Barcelona, Ediciones Península, 2016.
Monsalve Zanatti, Martín y Pedro Guibovich Pérez, “Acerca de la historia cultural y la historia del libro: entrevista a Robert Darnton”, Histórica, volumen 29, número 2, 2005, p. 155-161.
Muñoz, Boris, “Robert Darnton: el libro, máquina fabulosa”, Prodavinci, 23 de abril de 2012. Disponible en: https://historico.prodavinci.com/2012/04/23/.
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Los archivos desclasificados de Kennedy

Enrique Condés Lara–Cristina Gómez Álvarez–Camilo Vicente Ovalle
Entrevista por Huitzilihuitl Pallares Gutiérrez
La reciente orden del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de abrir todo el archivo secreto del gobierno relacionado con el asesinato del presidente John F. Kennedy ha despertado expectativas sobre lo que estos documentos podrían revelar acerca de la colaboración entre los gobiernos mexicano y estadounidense en materia de espionaje. De hecho, los investigadores norteamericanos creen poco probable que los documentos desclasificados aporten indicios para esclarecer el asesinato de Kennedy; en cambio, consideran que ofrecerán más detalles sobre la colaboración entre la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y los gobiernos de Adolfo López Mateos (1958-1964) y Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970).
Para discutir este tema, La Bola ha contactado a tres especialistas en la materia para conocer la relevancia que pueden tener estos documentos para la historia de nuestro país. El primero de ellos es Enrique Condés Lara, quien fue preso político en la cárcel de Lecumberri entre 1967 y 1973; también participó en la guerrilla del Frente Sandinista de Liberación Nacional durante los últimos meses de la guerra contra el dictador Anastasio Somoza y ha dedicado varios volúmenes a historiar la represión del Estado mexicano. Por su parte, Cristina Gómez Álvarez es historiadora y profesora en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde imparte la cátedra sobre el movimiento estudiantil de 1968 y la guerra sucia; ella participó activamente en el movimiento, pues en esos años era preparatoriana y se afilió al Partido Comunista Mexicano. Finalmente, Camilo Vicente Ovalle es historiador y actualmente director del Archivo Histórico de la Ciudad de México, ha dedicado sus esfuerzos a investigar la historia de la desaparición forzada en México y, en general, la violencia política del Estado. Sus experiencias de vida, las investigaciones emprendidas y la labor docente desempeñada desembocan en contrastantes puntos de vista que, sin duda, enriquecen el debate sobre un tema fundamental para comprender el siglo XX.

John F. Kennedy dando un discurso en la American University de Washington, 10 de junio de 1963. Foto: Getty Images, tomada de aquí: https://www.infobae.com/historias/2023/11/22/25-frases-de-kennedy-que-hicieron-historia/ ¿Qué importancia tiene la desclasificación de los documentos sobre el asesinato del presidente John F. Kennedy?
Enrique Condés: Si en efecto se llegan a desclasificar por completo esos archivos, seguramente se vendrá abajo la tesis del tirador solitario que asesinó al presidente John F. Kennedy, y saldrá a la luz la implicación de grupos de la CIA y del Pentágono enfrentados con Kennedy desde la fracasada invasión militar estadounidense a Bahía de Cochinos, en el suroeste cubano, en abril de 1961.
Camilo Vicente: De acuerdo con las notas periodísticas respeto a la desclasificación, estos documentos no revelarían nueva información sobre el caso del asesinato de Kennedy, sin embargo, arrojarían información sobre la relación entre las dependencias de seguridad nacional mexicanas con las agencias estadounidenses como la CIA.
Cristina Gómez: Tiene importancia porque ratifican lo que ya se conocía por otras fuentes también estadounidenses: que el gobierno mexicano de los presidentes Adolfo López Mateos y Gustavo Díaz Ordaz estuvo al servicio de la CIA, agencia de inteligencia de los Estados Unidos de Norteamérica. La nueva documentación podrá profundizar cómo estos dos presidentes de nuestro país, en la década de los años 60 del siglo pasado, espiaron a los que consideraban enemigos del gobierno estadounidense, tanto personas mexicanas como latinoamericanas. Los espiados y perseguidos eran considerados también enemigos del régimen político mexicano, entre ellos el propio general y expresidente Lázaro Cárdenas, que formaba parte de ese régimen. Ya se sabía que tanto los presidentes Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970) como Luis Echeverría (1970-1976) eran agentes de la CIA, el primero llamado por esa agencia Litempo 1 y el segundo Litempo 2. Es posible que con la nueva documentación se conozcan los nombres de otros funcionarios mexicanos que estuvieron al servicio de la CIA.
En 1992, se presionó al gobierno de Estados Unidos para revelar los documentos relacionados con asesinato del presidente Kennedy. En respuesta, el Congreso aprobó una ley que ordenaba formar una colección con todos los documentos vinculados al caso y su divulgación inmediata. Años después, se estableció la Junta de Revisión de Registros de Asesinatos para definir con claridad los lineamientos de recopilación, preservación y difusión documental. Este organismo determinó que en 2017 debían publicarse todos los archivos del caso, pero la CIA frenó la divulgación. En total, la colección Kennedy quedó conformada por más de 319,000 documentos, los cuales fueron trasladados a la Administración Nacional de Archivos y Registros. De ellos, 88 % ha sido publicado.
¿Los documentos del archivo del caso Kennedy pueden cambiar nuestra apreciación sobre la historia entre México y Estados Unidos en el siglo XX?
Cristina Gómez: Creo que se profundizará en una parte importante de esa relación, que, en mi opinión, fue de total subordinación en asuntos de espionaje por parte de los gobernantes mencionados a los intereses estadounidenses durante la época de la Guerra Fría, y que el gobierno mexicano asumió como propios. Ahí radica su importancia: en una pérdida de la soberanía de nuestro país. Además, esa documentación podría indicar la alianza de los gobiernos mexicanos con el de Estados Unidos para espiar a dirigentes latinoamericanos, algunos de los cuales encontraron en nuestro país refugio para evadir la persecución en sus propios países.
Camilo Vicente: La desclasificación de los documentos sobre el caso Kennedy no cambia sustancialmente la apreciación sobre la historia de las relaciones México-Estados Unidos. Al menos no en términos historiográficos. A este respecto habría que señalar dos cambios importantes: en primer lugar, que desde comienzos del siglo XXI comenzó una renovación de los estudios sobre la Guerra Fría en América Latina, que ha complejizado la comprensión de las relaciones de Estados Unidos con la región, haciendo una valoración más profunda del peso relativo de los EU en la región, otorgándoles un papel más activo a los regímenes latinoamericanos, y en el caso mexicano revisando el alcance real de la autonomía relativa frente a los gobiernos estadounidenses, ya sea en materia económica o en la política de relaciones internacionales de los gobiernos mexicanos, así como una revisión del intervencionismo norteamericano en la política interna. Los nuevos estudios de la Guerra Fría latinoamericana, en ese sentido, ya hace un par de décadas que nos vienen proveyendo de explicaciones más dinámicas en las relaciones de Estados Unidos con América Latina.
Por otra parte, desde finales de la década de 1990 y con mucha mayor sistematicidad desde comienzos de la década del 2000, se ha venido fortaleciendo una historiografía sobre la represión política en México, esta historiografía ha puesto de relieve la articulación de las agencias de seguridad nacional estadounidenses con las mexicanas en distintos niveles, ya sea en la formación de personal militar y civil mexicano en estrategias contrainsurgentes del periodo, en escuelas estadounidenses; o en el intercambio de información de inteligencia, específicamente sobre los movimientos sociales disidentes, las insurgencias armadas; entre otros.
En ese sentido, la desclasificación de los documentos sobre el caso Kennedy no cambian la comprensión que ya hemos alcanzado de las relaciones México-Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XX. Sin embargo, abona a lo que ya conocemos, en específico del nivel de colaboración que alcanzaron las agencias de seguridad nacional respecto del espionaje político tanto a las disidencias políticas nacionales como a actores de otros países en México.
Enrique Condés: Creo que muy colateralmente. Lo que pondrán en evidencia es el fallido intento de culpar a la Unión Soviética (URSS) de la autoría del asesinato de Kennedy a través de la manipulación de Lee Harvey Oswald.
Seis semanas antes del asesinato de Kennedy, Lee Harvey Oswald, acusado de cometer el crimen, visitó la ciudad de México. La CIA en colaboración con el gobierno de López Mateos siguieron de cerca sus actividades, lo fotografiaron y grabaron sus conversaciones. Fuentes estadounidenses han afirmado que tenía la intención de viajar a Cuba y la URSS, por lo que visitó las embajadas de esos países para solicitar las autorizaciones correspondientes, pero no tuvo éxito. El 2 de octubre de 1963, Oswald salió de la ciudad de México en autobús rumbo a Dallas y, semanas después, el 22 de noviembre, disparó contra el presidente Kennedy mientras este viajaba en una limusina descubierta por el centro de esa ciudad. Oswald fue arrestado 45 minutos después y acusado del crimen; cuando era trasladado a la cárcel del condado recibió una serie de disparos que le causaron la muerte. La comisión que investigó el caso concluyó que actuó solo y que asesinó a Kennedy de tres disparos realizados desde el Depósito de libros escolares de Texas.

Lee Harvey Oswald es arrestado por la policía de Dallas, 22 de noviembre de 1963. Colección: Administración Nacional de Archivos y Registros, RG 272. Imagen tomada de: https://www.archives.gov/files/publications/prologue/2017/. ¿Usted cree que los documentos del caso Kennedy puedan brindar más detalles de la colaboración entre el gobierno mexicano y la CIA?
Cristina Gómez: Por lo que recientemente la prensa ha publicado sobre esta documentación, se abren expectativas para que en otros documentos se detalle aún más la alianza mexicana con la estadounidense y la pérdida de nuestra soberanía. Aquí lo importante sería que esa documentación esté a disposición de la consulta pública para que los estudiosos la puedan analizar y estudiar.
Enrique Condés: También creo que muy colateralmente. Para profundizar en la colaboración entre el gobierno mexicano y la CIA hay que investigar en otros lados: National Intelligence Archives, Foundation Hoover, Archivo General de la Nación (AGN) y fondos de Secretaría de Relaciones Exteriores en México; así como en memorias y testimonios de personajes relacionados con la inteligencia y los departamentos de Estado de esa época; etc. Sobre todo ir más allá de lo dicho por Philip Agee, ex agente de la CIA, en su libro Inside the Company y el mito creado con Litempo 1 y Litempo 2, claves que designaban a López Mateos y Díaz Ordaz y que han servido a los que no han profundizado en el tema para reducirlos a la condición de «agentes de la CIA».
Camilo Vicente: Sin duda alguna, estos documentos servirán para comprender mejor la dinámica de la colaboración del gobierno mexicano con la CIA: los procedimientos, las dependencias involucradas, la evolución de los acuerdos, los objetivos establecidos, etcétera.
Tras la orden ejecutiva emitida por Donald Trump el 23 de enero pasado para desclasificar todos los documentos realacionado con el asesinato del presidente Kennedy, el Buró Federal de Investigaciones (FBI) informó que encontró 2 400 nuevos documentos vinculados al caso, los cuales ya han sido invetariados y digitalizados. La orden de Trump también incluyó la desclasificación de los documentos sobre los asesinatos de Robert F. Kennedy y Martin Luther King Jr.
¿Usted cree que puedan existir documentos que prueben esa colaboración en archivos de nuestro país o que ayuden a esclarecer el asesinato del presidente Kennedy?
Enrique Condés: No creo existan documentos que ayuden a esclarecer el asesinato del presidente Kennedy. En el AGN se pueden encontrar documentos sobre la colaboración entre la CIA y DFS, pues una vez a la semana se reunían para ello Winston Scott, jefe de la CIA en México y Fernando Gutiérrez Barrios, promotor, organizador y jefe del aparato de inteligencia mexicano. Basta revisar el tomo uno de la obra Represión y Rebelión en México.
Camilo Vicente: El archivo de la Dirección Federal de Seguridad (DFS) y de la Secretaría de la Defensa Nacional (Defensa), son fuentes muy relevantes para el conocimiento de la colaboración, específicamente entre las dependencias o agencias de seguridad nacional de ambos países. Asimismo, el archivo de la Secretaría de Relaciones Exteriores. ¿Qué tanto pueden estos archivos nacionales decir sobre el caso específico de Kennedy? Es algo que no he explorado, pero comprendiendo el funcionamiento de estas dependencias, en específico las de seguridad nacional como la DFS y SEDENA, es posible que existan, al menos, reportes enviados desde la agregaduría militar en la embajada de México en Estados Unidos; informes o balances sobre el caso realizado por la DFS; análisis de inteligencia; en fin, documentación que al menos dé cuenta de la perspectiva de la parte mexicana sobre el caso Kennedy. Al menos.
Cristina Gómez: Es posible, pues cuando nos referimos a las fuentes históricas no hay que cerrar ninguna posibilidad. En este caso es probable que la huella de la alianza y colaboración de ambos gobiernos se haya conservado en diversos archivos mexicanos. Por esta razón, es muy importante dar a conocer la documentación de los servicios de inteligencia del gobierno mexicano de aquella época, tal y como lo está realizando actualmente el Archivo General de la Nación con la documentación de la DFS.
A pesar de que en febrero de 2002 se trasladó al Archivo General de la Nación el fondo documental de la Dirección Federal de Seguridad, su consulta fue casi imposible, pues los documentos quedaron custodiados por personal del Cisen y no por los archivistas del AGN. Incluso, el periódico El País reportó el 14 de agosto de 2024 que, durante el sexenio de Enrique Peña Nieto, el Cisen extrajo de forma irregular 922 expedientes vinculados con asesinatos de periodistas y políticos. La transparencia y el acceso a la información enarbolada fueron, sin duda alguna, una total simulación. Finalmente, fue hasta el 28 de febrero de 2019 cuando el presidente Andres Manuel Lopez Obrador firmó el acuerdo para que las dependencias gubernamentales transfieran la totalidad de los documentos históricos relacionados con violaciones de derechos humanos, persecuciones políticas y actos de corrupción. Así mismo instruyó al AGN a organizar, custodiar, conservar y poner a la consulta pública dichos documentos.
¿Cómo leer este tipo de documentos?
Cristina Gómez: Como todos los documentos históricos: se deben de confrontar con otras fuentes de la época y someter a una crítica rigurosa. Eso nos ayudaría a investigar y comprender más temas importantes, como el régimen autoritario y antidemocrático priista de los años 60, una faceta importante de su alianza y colaboración con el gobierno de los Estados Unidos durante la llamada Guerra Fría y el sistema de espionaje desarrollado entre ambos países, que ocasionó una violación fragante a la soberanía de nuestro país, además de estudiar la persecución a militantes progresistas, democráticos, socialistas y comunistas mexicanos y latinoamericanos.
Camilo Vicente: Tratar con este tipo de documentos, de dependencias de seguridad nacional, debe hacerse bajo ciertos resguardos o precauciones: el primero es no olvidar que formaron parte de la arquitectura y dinámica de instituciones cuyo principal objetivo fue la vigilancia, el análisis de potenciales peligros, el control y contención o, incluso, la eliminación de aquello considerado un riesgo o un peligro para la seguridad; en ese sentido, se debe considerar que aunque al momento de ser consultados por el historiador se pueden encontrar fuera de su marco histórico-institucional, en ellos siguen operando las lógicas de “poder y saber” que los construyeron. Así pues, es importante siempre considerar que este tipo de documentación no está informando de hechos tal cual acontecieron, siempre y llanamente, no; son documentos que están inscritos en la estructura y procesos de las dependencias de seguridad nacional, y por ello mismo tiene un alto valor en tanto nos da cuenta de la evolución de la estrategia y sus estructuras.
El segundo tipo de precaución tiene que ver con el proceso mismo de su desclasificación, comprender que éste está inscrito en un marco político, y qué se desclasifica y qué no, en qué orden, qué relación documental se hace pública, etcétera; es decir, la forma y proceso de desclasificación también influye en la forma en que son leídos estos documentos.
Ahora bien, una vez considerados estos resguardos, los documentos también pueden ofrecer una especie de reflejo o contraparte de procesos internos en México. Por ejemplo, si a nivel interno las dependencias de seguridad mexicana pudieran haber mostrado alguna precaución o pudor en la forma en que daban cuenta de la relación de colaboración con las agencias estadounidenses, la CIA o el FBI; es muy probable que ese mismo tipo de pudor no lo hayan tenido los documentos estadounidenses y se pueda leer de distinta forma esa colaboración.
Para saber más
Cabrera, Rafael, “El Cisen sacó sin permiso casi 1.000 documentos del Archivo General de la Nación relacionados con asesinatos de periodistas y políticos”, El País, 14 de agosto de 2024. Disponible en línea: https://elpais.com/mexico/2024-08-15/el-cisen-saco-sin-permiso-casi-1000-documentos-del-archivo-general-de-la-nacion-relacionados-con-asesinatos-de-periodistas-y-politicos.html.
Cason, Jim y David Brooks, “Archivo sobre Kennedy revela estrechos nexos México-CIA para espiar”, La Jornada, 11 de febrero de 2025. Disponible en línea: https://www.jornada.com.mx/noticia/2025/02/11/mundo/archivo-sobre-kennedy-revela-estrechos-nexos-mexico-cia-para-espiar-5036.
Cason, Jim y David Brooks, “Espiaba la CIA a los opositores de López Mateos y Díaz Ordaz”, La Jornada, 12 de febrero de 2025. Disponible en línea: https://www.jornada.com.mx/noticia/2025/02/12/mundo/espiaba-la-cia-a-los-opositores-de-lopez-mateos-y-diaz-ordaz-2152.
Mathis, James y Martha Wagner Murphy “Documenting the Death of a President: The John F. Kennedy Assassination Records Collection”, Prologue, vol. 49, no. 3, 2017. Disponible en línea: https://www.archives.gov/publications/prologue/2017/fall/jfk-records.
Pérez Alfaro, María Magdalena, “Archivo, censura, memoria”, El Presente del Pasado, 16 de abril de 2015. Disponible en línea: https://elpresentedelpasado.com/2015/04/16/archivo-censura-memoria/.
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Las formas de lo impreso y la lectura en el siglo XIX

En el siglo XIX se efectúa, para la historia de la lectura, uno de los procesos más importantes de democratización, circulación y acceso a la información en toda América Latina.
Las independencias, influenciadas profundamente por las ideas ilustradas y consolidadas por el liberalismo político y económico, tenían entre sus prioridades y objetivos la libertad de imprenta, la alfabetización y la educación, no sólo de las élites, que eran las que siglos antes habían gozado de ese derecho, sino también de las “clases laboriosas”, las mujeres y las infancias.
A partir del inicio de la revolución de Independencia de México, en 1810, e influenciados por la Constitución Gaditana de 1812, los ideales independentistas y sus líderes tuvieron entre sus prioridades la libertad de prensa, negada a la población general por el control que la Monarquía mantenía de la impresión y libre circulación de las ideas. A partir de entonces, 1810, pequeñas prensas, que podían ser transportadas de un lugar a otro, acompañaron los movimientos insurgentes para generar impresos –pasquines, hojas sueltas, panfletos–, que circularon en los espacios de la guerra. Periódicos abiertamente revolucionarios como El Despertador Americano tuvieron un papel importante en la divulgación de la causa insurgente, motivando la expresión y debate de ideas que desencadenaron la opinión pública.
Pero, ¿Quién tenía acceso a esa información? ¿Quién leía? ¿Dónde se discutían esas ideas? ¿Dónde se entregaban estos impresos? ¿Dónde circulaban? ¿Qué impacto tenían? ¿Era lo único que se leía? ¿Cómo y qué se leyó en México a lo largo de todo el siglo XIX?
La lectura es esa actividad humana que interpreta lo escrito. A través de ella se otorga sentido a la información almacenada, acumulada, impresa y/o escrita. Escribió el filósofo francés Michael De Certeau que “el texto no cobra significado más que a través de sus lectores”, de ahí la importancia de su función: ¿de qué sirven millones de libros y contenidos diarios si no hay quién los lea?
Ese ejercicio de dar sentido a lo escrito, independientemente de la forma y el soporte donde se conserva y de la de la relación entre el texto y el lector, es además un proceso histórico que se vive y experimenta de distintas maneras por sus contextos temporales y geográficos. Pensar, por ejemplo, la lectura desde el punto de vista de la enseñanza formal y como un acto individual y de recreo sólo nos muestra una perspectiva que, si generalizamos a todo entorno y época, no nos permite comprender cómo fue el apremiante deseo y necesidad de una nueva sociedad que deseaba consumir información como fue en el siglo XIX.
En el siglo XIX se recreó todo un sistema en torno al conocimiento, las letras, la literatura y los nuevos lectores, en el que múltiples actores jugaron un papel fundamental: los impresores, formando textos y prensando en sus prensas de madera o metálicas, manuales y mecánicas de vapor; los editores, definiendo qué autores publicar, qué línea ideológica seguir, cómo y dónde vender o a quiénes, en qué formatos; los autores sobre qué escribir, que les inspiraba, a quiénes dirigían sus textos; los libreros estableciendo espacios y puntos de venta a través de “cajones” de libros, cómo conseguir periódicos y libros de circulación nacional en las diversas ciudades del país, cómo generar ganancias, qué libros importar, con qué editores, impresores y autores trabajar; los lectores, qué leer, cómo, dónde, cuánto se puede pagar, qué se puede leer.
Se ampliaron las posibilidades de la lectura porque se abrió el mercado, se establecieron políticas y leyes –pese a que la libertad de imprenta y la libre circulación de las ideas nunca dejaron de ser objeto de censura–, se importaron novelas europeas, manuales estadounidenses y se impulsó la creación de la literatura propia desde la primera mitad del siglo XIX y, también, de la ciencia que tomó un impulso significativo a finales de siglo. Pero,
¿Dónde se aprendió a leer?
La alfabetización en México, si bien fue un objetivo de los gobiernos decimonónicos, fue un proceso largo y complejo por múltiples factores. Por un lado, la inestabilidad política vinculada a la económica que no permitía un proceso continúo de proyectos educativos, por otro, porque el acceso a esa educación en las ciudades y el campo era desigual e irregular, además de la imposibilidad de toda la población de acceder a esa educación.
Si bien desde la Constitución de Apatzingán (1814) se hablaba de la importancia de “la instrucción, como necesaria a todos los individuos” y en la cual debía participar “la sociedad con todo su poder”, llevar a buen fin esa idea de manera práctica resultó en múltiples intentos, unos exitosos y otros fallidos. Sin embargo, pese a las dificultades, en la vida del siglo XIX mexicano la instrucción, la enseñanza de primeras letras y la lectura para la población, en general, no se desprendió más de la discusión pública y política.
La prioridad fueron los niños que eran el objetivo de la alfabetización del Estado, a partir de los cuales se generó todo un sistema de enseñanza básica con escuelas, profesores, métodos de enseñanza-aprendizaje, libros y publicaciones periódicas. Estaban, además, las escuelas privadas que eran por lo general católicas y, hacia la tercera parte del siglo, se instalaron escuelas protestantes.
Más allá de las escuelas, había otras formas de aprender a leer y escribir. Cuando se habla de porcentajes de alfabetización en el siglo XIX, las cifras están por debajo del 20% de la población, pero es una medición basada en cifras oficiales que muy posiblemente no contemplaba las múltiples formas de lectura que se desarrollaron a lo largo de todo el siglo.
No podemos descartar que existía desde siglos anteriores alfabetización al interior de los hogares, donde madres o institutrices enseñaban a sus hijos e hijas la lectura, la escritura y las matemáticas para las cuentas, porque era un conocimiento necesario para el funcionamiento de los negocios o talleres familiares, pero también para poder comunicarse a través de la correspondencia. A esta forma de aprendizaje se sumaron las posibilidades de lectura activa del siglo XIX, en el que el lector participaba de la opinión pública a través de periódicos a dónde podían mandar sus quejas, opiniones, sugerencias y agradecimientos. Es ahí donde constatamos la interacción de los lectores con los editores de periódicos.
Un matrimonio lector del periódico El Xinantecatl de Toluca, en 1897, escribía a la redacción: “Con sorpresa hemos visto el número 13 del periódico titulado La Juventud […] un párrafo titulado “Un Lic. que apalea” y como quiera que los hechos á que se refiere son falsos y calumniosos nos vemos en el caso de dar al autor de dicho párrafo, por medio del presente, el más solemne mentis”.
Las mujeres, por su parte, aprendieron la lectura en casa hasta antes del Porfiriato. En este siglo, su papel fue fundamental en la enseñanza tanto privada como pública, no es de extrañar que las mujeres también fueran las maestras en las nuevas escuelas y una importantísima fuerza laboral porque desde los hogares habían sido formadas para instruir, por lo que transitaron del espacio privado al público. Se asumió, desde las luchas entre liberales y conservadores, que ellas debían asumir el papel de formadoras de los futuros ciudadanos del país. Es en el Porfiriato cuando se abrieron escuelas para formar a las nuevas maestras mexicanas, pero las primeras maestras en esas Escuelas Normales fueron aquellas mujeres letradas que antes enseñaban en casa.
Martyn Lyons, historiador de la lectura, sugiere que las mujeres trabajadoras de fábricas o talleres en Europa aprendieron en sus espacios de trabajo, dónde leían en comunidad y se compartían entre ellas las novelas porque les era imposible comprar un libro. Sin embargo, este es un tema poco estudiado en México. Lo que sabemos hasta ahora es lo que se ha investigado sobre las mujeres letradas, o sea, a cerca de las mujeres que gozaban de cierta posición social que les permitía el conocimiento de las letras, tener tiempo libre o de ocio y acceso a cierto tipo de libros.
Por su parte, los artesanos, considerados una población objetivo para los proyectos liberales ilustrados, eran la fuerza laboriosa que debía formarse para mejorar su condición y, a la vez, mejorar la situación del trabajo para la república. Es así que se establecieron escuelas nocturnas para artesanos, en las que aprendían primeras letras, además de dibujo técnico aplicado a su trabajo. Pero no sólo eso, también se crearon espacios organizados, sociedades de apoyo mutuo y cajas de ahorro, desde las cuales se fundaron bibliotecas, periódicos y revistas con contenidos técnicos, políticos y moralizantes. El aprendizaje de los artesanos estuvo en las escuelas nocturnas, pero también en los talleres y en sus espacios de organización a través de la lectura en voz alta, dónde la politización era una actividad crucial.
Toda este aprendizaje de los lectores requirió de los medios necesarios para poder cumplir con las nuevas necesidades, es por ello que surgieron novedosas
Formas de lo impreso
En México se buscó formar lo que llamamos una República de Lectores y se sumó a las prácticas lectoras importadas de Europa, que vivía una etapa dorada de la publicación impresa de novelas, periódicos y revistas.
Cuando hablo de “sumar” me refiero a que se vivió una etapa de “imitación” de las formas de escritura y de impresión. El siglo XIX vio nacer los llamado best seller en medio de las revoluciones románticas, donde autores como Eugenio Sue y Alejandro Dumas vendían sus novelas a través de la prensa en la llamada literatura de folletín. Este sistema de novela por entrega en el periódico generó una masificación de la lectura, pues el periódico era muchísimo más económico que un libro, más accesible a un público más amplio.
Y es que no se puede pensar la lectura en el siglo XIX sin el periódico, pues fue el medio de masificación de la información. Pese a que el primer periódico surgió en México en 1722 (la Gazeta de México), no fue hasta el siglo XIX que se consolidó como el medio de comunicación más efectivo hasta la llegada de la radio. En ellos se vertían opiniones, disputas, información de acontecimientos, notas periodísticas de las diferentes ciudades del país y del mundo, anuncios y literatura.
La literatura de folletín –que consiste en integrar en la parte inferior del periódico un capítulo o fragmento de una novela para ser recortada y doblada con el propósito de que pueda ser leída de manera independiente y compartida– fue muy difundida en México a través de periódicos como El Monitor Republicano y El Siglo XIX. De esta forma se leyó El Conde de Montecristo de Dumas o Los misterios de París de Eugenio Sue.
Lo extraordinario del sistema de folletín es, también, que generaba el deseo y la espera del siguiente capítulo o continuación de la historia y la posibilidad de tener a la mano y de manera económica una historia que habla de los otros, los desdichados. Las formas en que este tipo de formato se leyó y apropió en México apenas empieza a ser estudiado, pero se sabe que novelas de ambos autores y otros se imprimieron no sólo en la ciudad de México, sino en otras muchas ciudades del país, lo que nos habla de su popularidad.

Tertulia de pulquería, Agustín Arrieta, 1851. Colección: Andrés Blaisten. Imagen tomada de aquí: https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/ Estas formas “imitadas” pronto fueron apropiadas y la literatura mexicana, que buscaba su propia voz, también se publicó a través de literatura por entregas. Por ejemplo la novela El fistol del diablo, de Manuel Payno se publicó por entregas en la revista (no periódico) Revista Científica y Literaria de México.
El diario no fue el único tipo de publicación periódica que se utilizó ampliamente en México, pues revistas de literatura dirigidas a niños, mujeres, artesanos o científicas y legales fueron otro medio de comunicación ideado para públicos específicos. En ellas se empezó a visualizar, y se consolidó a lo largo del siglo, la autoría de mexicanos en las distintas ciudades del país. La búsqueda por una voz propia incentivó las revistas literarias como El Renacimiento, fundada por Ignacio Manuel Altamirano y donde publicaron Manuel Payno, Ignacio Ramírez y otros autores de renombre. Este ejemplo se reprodujo en otras regiones del país, generando un importante cúmulo de publicaciones.
Las revistas para niños fueron menos exitosas que las literarias, pero suman al interés nacional por formar lectores y generar productos para públicos específicos, como El diario de los niños de 1839. En este tipo de publicaciones se privilegiaba la imagen, el uso de grabados o litografías atractivas para los infantes, en las que se enseñaba, por ejemplo, un poco de zoología y lecturas moralizantes.
El caso de las revistas para mujeres vivió un cambio significativo a lo largo del siglo. En las primeras décadas de vida independiente, la figura femenina existe en las publicaciones mexicanas con el propósito instruirles en sus deberes morales como formadoras en el hogar, es así que podemos encontrar lecturas moralizantes para ellas y, poco a poco, asuntos internos del hogar y recetas de cocina. Pero, conforme avanza el siglo llega el momento que la mujer asume un papel activo y crea sus propias revistas o periódicos, donde ellas hablan para sí. Es el caso de Rita Cetina y la revista La Siempreviva de 1870, homónima de su escuela en Yucatán y que promovía la participación activa de la mujer en la vida pública, cultural, educativa y social. Lo mismo podemos decir de Las hijas de Anáhuac, creada por mujeres y para mujeres en la ciudad de México entre 1873 y 1874.
Fueron también muy populares los calendarios para señoritas, un formato creado para las mujeres de mitad del siglo en la ciudad de México. Incluían fragmentos literarios, educación musical, botánica, religión, oraciones, pintura y mucho más, y eran acompañados por bellísimas imágenes coloridas hechas en litografía o en su defecto impresas por la técnica del grabado.
Por su parte, también fueron creados semanarios y revistas para artesanos, que tenían la función de enseñar técnicas para su labor y que funcionaban como un manual, pero también como un impulsor moralizante del trabajo. El más famoso fue el Semanario artístico para la educación y progreso de los artesanos, órgano de difusión de la Secretaría de Fomento entre 1844 y 1846. Este periódico fue inspiración para otros semanarios o manuales para artesanos de la república como El Artesano de Aguascalientes, publicado en 1856.
La gran difusión que tuvo la imprenta por todo el territorio nacional generó cantidades importantes de impresos, periódicos en su mayoría, porque existía un deseo real de emitir opiniones políticas, pero también generar contenidos propios para los intereses de las regiones. Además de ello existió un medio generalizado como fueron las hojas sueltas y la literatura de cordel, que eran hojas con información de consumo rápido y económico. En este otro tipo de impreso se contaban historias populares y se acompañaron de imágenes fantásticas y muy llamativas, un buen ejemplo de estas hojas sueltas son las que circularon en la ciudad de México con gráficas de José Guadalupe Posada y eran impresas y comerciadas por la imprenta de Vanegas Arrollo.

Galería del Teatro Infantil. Los Gendarmes, José Guadalupe Posada (grabador) y Antonio Vanegas Arrollo (editor), entre 1880 y 1918. Colección: Carlos Monsiváis, Museo del Estanquillo. Imagen tomada de aquí: http://museodelestanquillo.com/Miniatura/obra/galeria-del-teatro-infantil-los-gendarmes/. Este tipo de formato impreso nos demuestra que la lectura era practicada por toda la población. El éxito de la hoja volante, como lo fue también el formato de folleto, radica en que es un impreso pequeño, de lectura rápida, que podía contener temas sociales, políticos, legales, culturales y hasta disputas privadas y comerciales.
Dice la historiadora Anne Staples que el folleto fue el impreso más popular y común en el México del siglo XIX por su costo y facilidad de circulación. A diferencia de un libro, un folleto puede contener pocas hojas y mucha información, no necesitaba de encuadernación de pasta dura, ni de costuras elaboradas. Eso permitía que un personaje que deseara hacer público algún asunto pudiera pagarlo directamente a una imprenta y hacer circular sus ideas para ser leídas por las personas interesadas. Había un deseo de hacer públicos diversos intereses para ser leídos por una sociedad que se sumó con entusiasmo a la opinión pública.
El libro, por su parte, aunque ampliamente difundido, por sus costos fue menos popular. Sin embargo hubo un mercado importante: ya fuera para los hombres de ciencia, maestros, abogados, médicos o manuales para los artesanos. La importación de muchos de ellos sucedió a través de las librerías, como la librería francesa Bouret que fue una gran empresa de distribución de libros en toda América Latina. En este tipo de empresas también traducía los libros que circulaban en Europa y eran distribuidos por el continente de habla hispana.
Los libros científicos y escolares llenaron las nuevas bibliotecas públicas y de instituciones de enseñanza. Si hurgamos cualquier biblioteca que haya preservado sus catálogos decimonónicos podremos encontrar lecturas científicas y de enseñanza para la formación de los nuevos estudiantes. En este sentido, fuero muy importantes, hacia la segunda mitad del siglo XIX, los libros de texto para la instrucción y los manuales morales para las familias mexicanas.
Un tipo de lectura que nunca perdió vigencia fue la religiosa. Oraciones, novenarios, hagiografías, catecismo, etc., fueron lecturas populares en los hogares católicos mexicanos que se enfrentaron a la llegada de las misiones protestantes hacia la tercera parte del siglo XIX. Es a partir de ese momento que las lecturas religiosas, fueran católicas o protestantes, se incrementaron considerablemente y experimentaron, particularmente a través de sus imprentas, un incremento en la edición de periódicos y libros. Proyectos interesantísimos de literatura moderna y católica vieron la luz a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, por ejemplo La Bohemia, revista literaria editada por el católico Eduardo J. Correa y en la que se impulsó las primeras letras de los jóvenes Ramón López Velarde y Enrique Fernández Ledesma.
Para finales del siglo XIX e inicios del XX podemos pensar que la lectura en México era una actividad mucho más generalizada, más allá de las deprimentes estadísticas del Estado mexicano de apenas un casi 18% de alfabetismo. Lo podemos ver en las múltiples formas del impreso que permitieron la popularización de la lectura –el incremento de la caricatura política en los periódicos y las hojas sueltas, por ejemplo–, el sistema educativo consolidado en muchas de las capitales de los estados de la república, una oferta importante de prensa nacional y regional, la apropiación paulatina del espacio público y laboral de las mujeres, la politización de la sociedad, la consolidación de la publicidad, la labor del editor y las editoriales, el incremento de las bibliotecas y de los espacios públicos para la lectura, las tertulias, las organizaciones obreras, el surgimiento de los recetarios de cocina, la impresión de textos de música y sus escuelas, los libros de texto, el incremento de libros académicos y científicos de autores mexicanos y la fortaleza de la literatura mexicana, por sólo mencionar algunos elementos visibles de la activa dinámica de apropiación y recepción de textos.
La Revolución mexicana trajo algunos cambios en las formas de lectura, pero tienen de telón de fondo las dinámicas y experiencias del impreso y la lectura de un complejo, enriquecedor y dinámico siglo XIX.
Para saber más
Historia de la lectura en México, México, El Colegio de México, 1997. Disponible aquí: https://repositorio.colmex.mx/.
Suárez de la Torre, Laura (coordinadora), Estantes para los impresos. Espacios para los lectores. Siglos XVIII-XIX, México, Instituto Mora, 2017.
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Silvia Pinal: la perenne luz de una estrella

Por su fragilidad de salud y larga longevidad, no por predecible, deja de ser muy lamentable el fallecimiento a los 93 años de edad de Silvia Verónica Pasquel Hidalgo, mejor conocida por su nombre artístico como Silvia Pinal (1931-2024), una de las más importantes luminarias del cine, teatro y televisión mexicanas. Si bien, en lo personal, creo que sus condiciones histriónicas no eran excelsas, su presencia y extraordinaria belleza literalmente llenaban las pantallas de cine o televisión.
La hermosa e inolvidable Silvia Pinal, nació el 12 de septiembre de 1931 en la norteña ciudad de Guaymas, Sonora, en el contexto del Maximato encabezado por un paisano suyo, Plutarco Elías Calles, específicamente, durante el breve periodo presidencial del ingeniero Pascual Ortiz Rubio. Su historia de vida fue muy peliculesca, ya que fue hija de la bailarina, María Luisa Hidalgo Aguilar y del director de orquesta de la importante radiodifusora XEW, Moisés Pasquel, quien sedujo, embarazó y abandonó a su suerte a la joven María Luisa sin reconocer como sus hijos a la pequeña Silvia y a sus hermanos (Eugenio, Moisés y Virginia).
Por su precaria condición económica, la aún adolescente María Luisa Hidalgo trabajó con ahínco en una marisquería cerca de la calle Ayuntamiento en el otrora Distrito Federal, donde se ubica la afamada estación de radio XWE, que se convirtió en un importante semillero de grandes artistas de resonancia nacional e internacional. Afortunadamente, en 1936, María Luisa Hidalgo se casó con Luis G. Pinal, un periodista, militar y político veinte años mayor que su pareja sentimental. Pero al contrario de su padre biológico, Luis Pinal sí reconoció a la pequeña Silvia como su hija. Por motivos laborales la familia Pinal Hidalgo tuvo una vida errante en diversos espacios como Querétaro, Acapulco, Monterrey, Chilpancingo, Cuernavaca, Puebla y Ciudad de México.
De esa manera, además de abrevar de las culturas propias de sus lugares de residencia, Silvia Pinal, desde muy pequeña, tuvo una gran empatía y fascinación por las actividades artísticas, ya que le gustaba asistir a funciones musicales y de cine, además de escribir y declamar poemas a muy temprana edad. Por lo tanto, la pequeña Silvia, más que sobresalir en sus estudios, se volvió muy popular en los espectáculos que organizaban las escuelas en las que se formó, ya fuera en Cuernavaca, Morelos o en la Ciudad de México.
En este contexto, su progenitor preocupado por su futuro laboral, le exigió también estudiar la carrera técnica de mecanografía y, en 1945, a sus escasos 14 años de edad, Silvia Pinal se incorporó a la empresa fotográfica Kodak para laborar como secretaria. Con sus ingresos económicos, Silvia Pinal no se durmió en sus laureles y con grandes sacrificios se preparó artísticamente con clases de ópera y de teatro, ya que apenas adolescente se planteó la meta de incorporarse al mundo del espectáculo, que años después no dejaría.
Ya para mediados de los años cuarenta, su espectacular belleza llamaba mucho la atención, por lo que fue casi natural que Silvia Pinal ganara un concurso de belleza y fuera proclamada como «Princesa Estudiantil de México». En dicho evento tuvo la fortuna de conocer a los actores de cine Rubén Rojo y Manolo Fábregas, quienes la alentaron a dedicarse al mundo artístico.
Mientras tanto, Silvia Pinal, a la par de formarse artísticamente con clases de canto y teatro, laboró como secretaria en los entonces prestigiados Laboratorios farmacéuticos Carlos Stein. Más adelante, tras fracasar en su intento de ganar un papel en la ópera La Traviata, un profesor le aconsejó tomar cursos de actuación en el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA).
Con cierto temor, la entonces bella secretaria asumió el reto. En el INBA, Silvia Pinal fue una destacada alumna de figuras de las letras e intelectualidad como Carlos Pellicer, Salvador Novo y Xavier Villaurrutia (fundadores de la revista Los contemporáneos) y en esta dinámica, en 1947, debutó como extra en una representación de Sueño de una noche de verano, de William Shakespeare. De esta manera, sin abandonar su trabajo publicitario de la empresa de productos farmacéuticos, su jefe al saber que estudiaba actuación, la alentó a participar en programas de radio en la XEQ, al lado de locutores de la talla de Luis Manuel Pelayo y Carlota Solares.
De manera fortuita, en la XEQ Silvia Pinal conoció a unos publicistas, quienes la contrataron para trabajar en una compañía experimental de teatro, cuyo director sería un parteaguas en la vida de la joven, el actor cubano Rafael Banquells, ya que a los pocos días de conocerse iniciaron un romance que derivó en su boda en 1947. Ya en pleno contexto alemanista, Silvia Pinal debutó en el cine nacional en 1949, al lado de su esposo Rafael Banquells, en la película El pecado de Laura. Poco después filmó La Bamba, Escuela para casadas y La mujer que yo perdí (1949), al lado de Pedro Infante y Blanca Estela Pavón.
Su carisma, talento y enorme belleza pronto la catapultaron para protagonizar películas con dos grandes estrellas del cine mexicano: Germán Valdés Tin Tan y Mario Moreno Cantinflas. Con el primero filmó las películas: El rey del barrio (1949), La marca del zorrillo (1950) y Me traes de un ala (1953) y con el célebre mimo estelarizó El portero (1950).
Para ese entonces, Silvia Pinal se posicionó como una de las estrellas juveniles de mayor proyección al ser contratada, en 1953, por la empresa fílmica FILMEX, cuyo dueño era el productor Gregorio Wallerstein. De manera expedita, Pinal co-estelarizó películas muy taquilleras al lado de estrellas como Arturo de Córdova, Pedro Infante, Joaquín Pardavé, Fernando Fernández o Antonio Aguilar.
De esta manera, Silvia Pinal comenzó a gestar una sólida carrera artística y para mediados de los años cincuenta se convirtió en una de las más fulgurantes luminarias. Fue dirigida por los más importantes cineastas de la época: Julián Soler, Miguel Contreras Torres, Gilberto Martínez Solares, Tulio Demicheli, Alberto Gout, Rogelio A. González, Chano Urueta…
Sin embargo, a principios de los años sesenta en pleno declive de la mitificada época de oro del cine mexicano, Silvia Pinal decidió salir de su zona de confort con películas poco demandantes en donde por su exuberante figura y cabello rubio se convirtió en la versión mexicana de Marilyn Monroe y, afortunadamente, decidió convertirse en una figura internacional. Para este propósito su nueva pareja sentimental, el empresario mueblero Gustavo Alatriste, fue una pieza clave, ya que la vinculó con el genial director hispano, Luis Buñuel.
De esta manera, Silvia Pinal logró su consagración como figura internacional con el filme Viridiana (1961), al lado de los talentosos histriones españoles Francisco Rabal y Fernando Rey. La controversial cinta, si bien triunfó en el Festival de Cannes, de manera expedita escandalizó al Vaticano (que la tachó de blasfema) y a la España franquista que decidió censurarla por su postura crítica. Más adelante, con la mancuerna Buñuel-Alatriste, Silvia Pinal filmó las disruptivas películas El ángel exterminador (1962) y Simón del desierto (1965), en un contexto de urgente renovación de un cine mexicano en crisis.
La inercia de su internacionalización llevó a Silvia Pinal a trabajar en la película Shark (1967), al lado de Burt Reynolds y un año después participó en la coproducción franco-italiano-mexicana Los cañones de San Sebastián (1968), junto a Anthony Quinn y Charles Bronson. Precisamente en este contexto de consolidación de su carrera cinematográfica, Silvia Pinal sorprendió al mundo del espectáculo mexicano cuando se casó con el joven baladista Enrique Guzmán, en 1967.
Si bien, en el coyuntural año de 1968, Silvia Pinal protagonizó la muy taquillera cinta María Isabel, que estuvo basada en la popular historieta homónima de Yolanda Vargas Dulché, para finales de los años sesenta y principios de los setenta, Pinal estelarizó entretenidas películas al lado de Joaquín Cordero, Elsa Aguirre, Angélica María, Mauricio Garcés y Julio Alemán.
En 1977, protagonizó la polémica película Divinas palabras, dirigida por el virtuoso director teatral y de cine, Juan Ibáñez. En ese contexto, estelarizó varias cintas en España, Italia y Argentina como parte de un proyecto de Televisa para unificar los mercados de dichos países: El canto de la cigarra (1978), Dos y dos, cinco (1979), El hijo de su mamá (1979) y Carlotta: Amor es veneno (1980).
A partir de entonces, su actividad cinematográfica disminuyó notablemente, ya que hasta 1992 filmó la cinta Modelo antiguo, del director Raúl Araiza; una década después Ya no los hacen como antes (2002), de Fernando Pérez-Gavilán; y una breve aparición especial en la cinta Tercera llamada (2013), de Francisco Franco.
Aunado a lo anterior, y de manera sucinta, la trayectoria artística de Pinal también tuvo una honda repercusión en los medios teatral y televisivo. Fue actriz y productora de importantes puestas en escena, telenovelas y de la icónica serie de televisión Mujer, casos de la vida real. Otro rasgo importante a destacar en la prolífica vida de Silvia Pinal fue su incursión en el terreno político cuando se casó, por cuarta ocasión, con el gobernador de Tlaxcala, Tulio Hernández (1981-1987) y, en consecuencia, fue primera dama de la editad y presidenta del DIF estatal.
Como militante del Partido Revolucionario Institucional (PRI) fue diputada federal en 1991; más adelante, fue senadora e integrante de la Asamblea de Representantes del entonces Distrito Federal. En dichos espacios de carácter político, dio una ardua batalla para que la Legislación Cinematográfica contemplara el derecho de intérprete y pugnó para que la Secretaría de Hacienda bajara los impuestos al teatro. En el medio sindical cinematográfico, desde los años cincuenta, fue una activa militante de la ANDA. Décadas después, en 1988 y 1995, Pinal fue dirigente de la Asociación Nacional de Intérpretes (ANDI) y, en los años 2010 y 2014, fungió como secretaria general de la ANDA.
Asimismo, es importante señalar que desde hace años Silvia Pinal lideró a una de las dinastías más famosas en el medio artístico mexicano, ya que sus hijas Sylvia Pasquel y Viridiana Alatriste siguieron sus pasos como actriz y Alejandra Guzmán se convirtió en una de las cantantes más populares de México. Su nieta mayor Stephanie Salas (hija de Sylvia Pasquel) es actriz y cantante. Su nieta Frida Sofía (hija de Alejandra) también incursionó en el medio musical. Sus bisnietas Michelle Salas y Camila Valero (hijas de Stephanie) son modelo y actriz, respectivamente. En los últimos años, más allá de los escándalos propios de una familia de artistas, sus descendientes se dedicaron a atender la salud de la diva mexicana.
En resumen, la extensa existencia de Silvia Pinal, aparejada a su prologada vida artística, nos deja como legado un sin número de obras importantes de nuestra cinematografía, teatro y televisión nacionales, pero también proyectos de gran resonancia internacional con obras clásicas que se volvieron de culto, como los filmes de Buñuel. En este sentido, con su muerte se va uno de los últimos íconos de la época de oro, pero al mismo tiempo su perenne luz de estrella seguirá con nosotros…
Para saber más
García Riera, Emilio, El cine de Silvia Pinal, México, Universidad de Guadalajara, 1996.
Somos, número 7, Televisa, julio 1997. Edición especial: Silvia Pinal. Esa rubia debilidad.
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Mujeres y sus libros. Una aproximación a las lectoras novohispanas del siglo XVIII

Durante el siglo XVIII en la Nueva España, la producción local, pero sobre todo el comercio del libro proveniente de Europa, conocieron un marcado ascenso respecto al desarrollo de los dos siglos anteriores. Esta proliferación de libros también se expresó en la diversificación de formatos y precios, así como en la expansión del público lector y oyente. Para tratar de conocer quién leía y qué se leía es preciso tener presente que la sociedad novohispana se inscribía en un contexto religioso, con fuertes desigualdades económicas, étnicas y de género, además del peso de la censura sobre los libros a cargo de la Inquisición. De ahí que no resulte extraño que las huellas de los lectores que más fácilmente se pueden encontrar sean las de los hombres con altos cargos en la administración eclesiástica y civil, aún con ello, el espectro del público lector y escucha era mucho más amplio, aunque no menos escurridizo, como veremos enseguida.
En términos generales, es posible rastrear a los lectores gracias a los libros que registraron en diferentes fuentes documentales, tales como: inventarios por fallecimiento, testamentos, dotes, registro de equipaje, listas de libros entregadas a la Inquisición, así como marcas de propiedad como los exlibris impresos o manuscritos, testimonios de lectura en diarios privados, misivas y en las representaciones visuales como los retratos. Desde luego, todas estas huellas no reflejan ni la totalidad de lectores que hubo ni todas las lecturas que realizaron las personas a lo largo de su vida, también sabemos que la posesión de un libro no implica su lectura, igualmente es muy posible que mucho de lo que se leyó o escuchó leer no conste en algún registro hoy en día; no obstante, esta diversidad de fuentes es significativa porque nos marca una pauta para adentrarnos al universo lector del cual es posible extraer a las mujeres y sus libros.
En pos de las lectoras novohispanas
Para estudiar quiénes eran las lectoras novohispanas del siglo XVIII es conveniente no perder de vista el contexto religioso, desigual y vigilado de la época, además es fundamental recordar que las mujeres eran consideradas como inferiores a los hombres, por lo cual, padres, esposos, confesores y preceptores tenían la tarea de instruirlas como buenas cristianas, hijas, esposas y madres, por estas razones se puso mucho interés en asignar determinados libros y en proscribir otros. Estas cuestiones perfilaron los rasgos ideales de las lectoras novohispanas, así como de sus lecturas.
Antes de continuar, es necesario preguntarse si hubo una notable diferenciación entre la instrucción de las mujeres que tomaron el estado religioso y las que siguieron fuera de los muros conventuales, pues su relación con la cultura impresa posee rasgos similares como la nutrida formación cristiana. Sin embargo, para acotar esta comunicación, me ocuparé de manera más amplia de las lectoras novohispanas civiles, aunque referiré aspectos relevantes de las monjas lectoras.
A partir de los trabajos de Josefina Muriel y de obras más recientes como la de Elvia Carreño, podemos conocer la identidad de las monjas, incluso encontramos varias noticias biográficas respecto a la instrucción que algunas recibieron en casa, así como los títulos de los libros que leían durante su jornada en el claustro. De igual manera se ha estudiado el contenido de algunas bibliotecas conventuales, el cual estaba constituido casi en su totalidad por literatura religiosa, misma que se encontraba dividida en diferentes líneas temáticas, incluida la música, además de obras de historia civil, geografía, medicina, cocina, gramática y diccionarios. Vale la pena añadir que, en los registros visuales de la época, sobresalen los retratos de religiosas sosteniendo obritas entre sus manos, de tal suerte que se difundía un modelo ideal de la mujer cristiana lectora, la cual estaba representada en actitud devota y recogida entre cuatro paredes.

Retrato de Sor María Ignacia de Azlor y Echeverz, Andrés de Islas, 1768. Colección: Museo Nacional del Virreinato. Imagen tomada de: File:Retrato-María Ignacia Azlor Echeverz-como religiosa.png – Wikimedia Commons Respecto a las lectoras novohispanas civiles, es posible decir que sus rastros son un tanto más difícil de encontrar; por ejemplo, si tratamos de hallarlas como propietarias de libros en los inventarios por fallecimiento, debe advertirse que, en la mayoría de los casos, no se encuentran libros entre sus posesiones, ya se trate de hombres o de mujeres. El mismo fenómeno sucede con los testamentos. Por consiguiente, apenas podemos esbozar un panorama general de estas lectoras, de ahí que sea necesario un esfuerzo colectivo por parte de los y las estudiosas para profundizar en el tema.
Con base en las investigaciones de Cristina Gómez Álvarez, Polet Abigail Molleda Sabala, Moisés Guzmán Pérez y Paulina Patricia Barbosa Malagón, entre otras, puede decirse que las mujeres que tuvieron bienes propios registrados, entre ellos libros, en su mayoría pertenecían a la nobleza y a la burguesía novohispanas. De los pocos datos adicionales que se refieren en la documentación, podemos apuntar que la mayor parte de ellas habían nacido en la Nueva España, algunas de ellas criollas, varias de las cuales residían en la ciudad de México, aunque se tienen noticias de otras avecindadas en Tlayacapan, Chilapa, Valladolid de Michoacán y Monterrey. Como vemos, aunque el rasgo citadino domina, no es exclusivo, asunto que nos permite considerar que el libro circulaba más allá de los centros urbanos.
Entre las lectoras pertenecientes a la burguesía destacan las comerciantes y una hacendada, pero también, en una escala social menor encontramos tenderas e incluso una chocolatera, una vinatera y otra pulquera. De hecho, aquí es donde podemos detectar una diversificación social que nos hace reflexionar sobre la presencia y uso del libro entre los sectores populares. En cuanto a su estado civil también encontramos, casi a partes iguales, mujeres solteras, casadas y viudas, esto es significativo porque nos sugiere que la posesión de libros estuvo presente a lo largo de la vida de estas novohispanas. Si pudiéramos hacer un esfuerzo de síntesis, podríamos decir que el rasgo distintivo de estas lectoras novohispanas es la diversidad, ya que encontramos mujeres y sus libros presentes tanto en la ciudad como en el campo, algunas de ellas pertenecían a diferentes clases sociales y estado civil. A continuación, corresponde indagar si sus libros también eran heterogéneos en su forma y contenido.
Consideraciones sobre las lecturas de las mujeres novohispanas
Como apunté, en la época era tarea de los varones de la familia hacerse cargo de la instrucción de las mujeres que tenían a su cargo. Para este cometido se habían publicado con anterioridad obras de instrucción de mujeres dirigidas a los hombres, tales como Instrucción de la mujer cristiana publicado en 1523 y Los deberes del marido de 1528, ambos de Juan Luis Vives, y de Juan de la Cerda, Vida política de todos los estados de mujeres de 1599, en las cuales se recomendaba que las mujeres tuvieran una sólida formación religiosa y que se delimitara claramente su papel al cuidado del hogar y de su familia.
Según Juan de la Cerda, se esperaba que las féminas aprendieran lo elemental para llevar el gobierno de su casa, por lo cual, era deseable el desarrollo de la habilidad de la lectura, procurando en todo momento que los libros a su alcance fueran los adecuados, lejos de aquellos que:
por entretener el tiempo [las doncellas] leen en estos libros y hallan en ellos un dulce veneno que les incita a malos pensamientos y les hacen perder el seso que tenían. Y por eso es error muy grande las madres que paladean a sus hijas desde niñas con este aceite de escorpiones y con ese apetito de las diabólicas lecturas de amor.
Igualmente, se proponía el aprendizaje de rudimentos de escritura –aunque no siempre fue aconsejada, ya que se podía correr el riesgo de intercambios epistolares con individuos poco honorables–; también se sugería el aprendizaje de nociones básicas de cuentas, así como el manejo de la aguja y el hilo, lo mismo que saberes elementales de sanación, y ya dependiendo de la posición social, algo de historia, música y canto. Todos estos conocimientos y saberes eran lícitos siempre que no menguaran las virtudes más importantes de la mujer cristiana como la obediencia y la castidad.
Por todo ello, tanto la habilidad de leer como las lecturas al alcance de las mujeres quedaban a cargo del permiso y aprobación del padre, aunque muchas veces fuera la madre quien realizara el proceso de enseñanza en el hogar, sola o con auxilio de algún preceptor. Fuera del espacio doméstico y dependiendo de las condiciones materiales de las familias, las niñas asistían a colegios o a espacios denominados “amigas”, en los que las maestras les enseñaban a leer mediante el uso de Cartillas, que era un tipo de literatura de instrucción que combinaba el aprendizaje de la lectura con nociones básicas religiosas. De manera paralela, los confesores también podían recomendar lecturas piadosas, como vidas de santos y santas.
Ahora bien, bajo este contexto, es comprensible que, durante el siglo XVIII en la Nueva España, la inmensa mayoría de los libros registrados como propiedad de mujeres sean de carácter religioso. Sin embargo, hay mucho más que decir sobre las características de estas bibliotecas o librerías –como se les llamaba en la época–.
De acuerdo con los registros disponibles, la mayor parte de las bibliotecas particulares de mujeres, localizadas hasta ahora, se concentran a partir de la década de 1780, lo cual coincide con la aceleración del intercambio internacional del libro, gracias a la libertad de comercio establecida por la Corona española entre sus puertos. Además, debe tenerse en cuenta la revolución editorial europea motivada por la difusión del pensamiento ilustrado, cuyo peso aún está por calar en estas bibliotecas femeninas.
Respecto al tamaño de las bibliotecas, lo más común es encontrar de dos a seis libros, parámetro que se encuentra en rango en comparación con otros conjuntos librescos de otras partes de la monarquía española. Desde luego que existen bibliotecas mucho más numerosas, si bien casi todas en manos de nobles o burguesas. En estos casos en particular, se debe tener presente que muchos de estos libros se trataron de bienes familiares, que muchas veces respondieron a la profesión y uso del padre o esposo. Esto no significa que las mujeres nunca leyeron ni un solo libro de las bibliotecas familiares o que entre esas obras estuvieran sus propias lecturas.
Otros rasgos que merecen mencionarse corresponden a la lengua en la que estaban escritos los libros de las bibliotecas de mujeres, pues casi todos se encuentran en castellano, de manera particular en las colecciones pequeñas, esto es, de las mujeres con una posición social más precaria. En bibliotecas más grandes podemos encontrar obras en latín y en francés, además del castellano. El lugar de edición merece un estudio más detallado, aunque puede apuntarse que lidera la edición española y se advierte la circulación de los libros producidos en la Nueva España, algunos de ellos salidos de las imprentas encabezadas por mujeres, como María Benavides. Sobre el tamaño del libro, se pueden encontrar Infolio, casi siempre para obras como: Mística ciudad de Dios de Sor María de Jesús de Ágreda, Luz de la fe y de la ley de Jaime Barón y Arín. En 4º se encontraban varias vidas ejemplares de santos o padres de la Iglesia, así como obras de geografía, medicina y gramática, mientras que en 8º y más pequeños se hallaban: devocionarios, novenas, ejercicios espirituales y obras abreviadas como los Cuatro libros de la imitación de Christo de Thomas de Kempis.
Veamos tres ejemplos de las lectoras novohispanas y sus libros. En 1784, Eusebia de Castañeda, quien había sido una prominente hacendada y empresaria, dejó a su muerte una biblioteca de 267 títulos conformada a través de dos generaciones. La profesión de su padre, que había sido abogado, explica que la mayor parte de los libros correspondan a la temática de derecho. Eusebia siguió el camino de vida esperado, pues se casó y fue madre, sin embargo, su vida dio un giro cuando tras al enviudar y recogerse en un convento quedó huérfana, situación que la hizo tomar las riendas de todos los negocios. Para hacer frente a este reto, seguramente se apoyó en los libros de su padre para discurrir varios asuntos legales. Incluso, se conoce que adquirió más obras de esa temática después de la muerte de su progenitor, además de libros de literatura e historia, muy probablemente, para atender su propio interés intelectual.

Dama leyendo en un interior, Marguerite Gérard, 1795-1800. Colección: particular. Imagen tomada de: https://arte-xix.blogspot.com/2018/04/dama-leyendo-en-un-interior.html Otra biblioteca numerosa corresponde a María Antonia Delgado Daniel, quien fue esposa de un Oidor de la Audiencia de la ciudad de México. María Antonia era peninsular y a su muerte, en 1801, dejó 129 títulos, que en su mayoría versaban sobre derecho, historia y literatura. Sin embargo, dentro de esta colección de libros se apunta al final del listado que se encontraron: “varios libritos de devocionarios del uso de la señora”, según consiga Cristina Gómez Álvarez en su libro La circulación de las ideas. Por consiguiente, si bien María Antonia pudo haber leído algunas obras de su biblioteca heredada, también se hizo la distinción de aquellas a las cuales “usaba” habitualmente para el ejercicio de su fe. De hecho, en algunas ocasiones, los documentos revelan algunos detalles adicionales del vínculo entre las mujeres y sus libros, pues se recoge, por ejemplo, cuando un librito de devociones contaba con broches de plata o si otros se hallaban muy usados o desgastados, detalles que nos sugieren un cuidado especial a ciertos libros como objetos casi sagrados o que recurrían a ellos de manera frecuente.
El último ejemplo es el de Josefa de Rivera, vecina de la ciudad de México y chocolatera de ocupación, quien a su muerte, en 1798, dejó una pequeña biblioteca mezclada entre sus sábanas y una lámina de la Virgen de Guadalupe, entre otros bienes. Se trata de dos libros, uno de ellos de la madre Ágreda y otro de un autor llamado Juan Toledo, cuya obra no he logrado identificar. De hecho, muchas de las descripciones de los libros referidos en los inventarios no aportan mayores datos, salvo la mención del tipo de producto editorial como: comedias, novenas y devocionarios. Asunto que de todas formas es interesante por su especificidad y repetición en las bibliotecas femeninas y que merece un análisis más detallado en el futuro.
Debe llamarse la atención, que hasta ahora no se ha encontrado algún “libro malo” o prohibido en las bibliotecas femeninas. Esto se debió, tal vez, a que la colección de libros fuera expurgada antes de ser registrada por un valuador para no avergonzar la memoria de la difunta o de la familia. Por supuesto, lo que consta en estos inventarios no representa la totalidad de los libros leídos por estas mujeres, pues seguramente leyeron otros mediante el préstamo o que no conocemos porque simplemente se perdieron o se desecharon de tan usados. Tampoco podemos dejar de mencionar a aquellos libros que quizá escucharon leer en diferentes espacios públicos y privados, cuyo rastro es muy complicado de seguir y que requeriría de analizar otras fuentes.
Epílogo
Para recapitular se puede señalar que la mayoría de las lecturas presentes en las bibliotecas particulares femeninas del siglo XVIII en la Nueva España son de carácter religioso, tal como se esperaba de ellas en su contexto histórico. De todas formas, es preciso un examen más detallado sobre el contenido y el formato de estos libros afín de distinguir entre las obras religiosas “bestsellers” de la época, que estuvieron presentes en bibliotecas tanto de mujeres como de hombres, respecto de aquellas que quizá estuvieron dirigidas a un público femenino, como esos libritos espirituales y de oración que algunas mujeres guardaban junto a otros objetos de devoción.

Mujer leyendo, Pieter Janssens (Elinga), ca. 1665-1670. Colecciones de Pintura del Estado de Baviera, Alte Pinakothek Munich. Imagen tomada de: https://www.sammlung.pinakothek.de/de/artwork/ApL8Bzg4N2 Al mismo tiempo, hemos advertido que las mujeres novohispanas leyeron mucho más allá de lo que se estipulaba, pues también recurrieron a libros de leyes o contabilidad para hacerse cargo de la gestión de su patrimonio. De esta manera, es posible vislumbrar que las novohispanas con amplia capacidad de agencia usaron sus libros para instrumentar su fe, su educación, sus negocios y su ocio.
Nota de los editores
Este trabajo es un avance de la investigación posdoctoral: “Leídas e instruidas. Impresos para la formación de mujeres en las bibliotecas femeninas novohispanas del siglo XVIII”, que la autora desarrolla dentro del proyecto CONACYT 2023 (1) “Estancias Posdoctorales por México-Iniciales” en el Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM.
Para saber más
Carreño Velázquez, Elvia, Este amoroso tormento, el libro y la mujer novohispana, México, Apoyo al Desarrollo de Archivos y Bibliotecas de México, A. C., 2010.
Gómez Álvarez, Cristina, La circulación de las ideas. Bibliotecas particulares en una época revolucionaria, Nueva España, 1750-1819, México, Trama Editorial/UNAM, 2018.
Guzmán Pérez, Moisés y Paulina Patricia Barbosa Malagón, “Lecturas femeninas en Valladolid de Michoacán (siglo XVIII). La ‘librería’ de Ana Manuela Muñiz Sánchez de Tagle”, Tzintzun. Revista de Estudios Históricos, número 58, julio-diciembre 2013, p. 15-70.
Molleda Sabala, Polet Abigail, “Mujeres lectoras: reconstrucción y análisis de bibliotecas particulares del siglo XVIII”, México, Tesis de Maestría en Bibliotecología y Estudios de la Información, UNAM, 2019.
Muriel Josefina, Cultura femenina novohispana, 2ª. Edición, México, UNAM-Instituto de Investigaciones Histórica, 1994.
Muriel, Josefina, “Lo que leían las mujeres de la Nueva España”, en José Pascual Buxó y Arnulfo Herrera (editores), La literatura novohispana.Revisión crítica y propuestas metodológicas, México, UNAM-Instituto de Investigaciones Bibliográficas, 1994, p. 159-173.
Treviño Salazar, Elizabeth y Judith Farré Vidal, “Entre ‘letras, hilar y labrar, que son ejercicios muy honestos’. Lecturas femeninas en la Nueva España”, en Blanca López de Mariscal y Judith Farré Vidal (coordinación y edición), Libros y lectores en la Nueva España, Monterrey, Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey, 2005, p. 231-253.
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La revolución de las palabras. El libro en la Nueva España del siglo XVIII

Por Mariana Rodríguez Gutiérrez
“Y los libros se multiplicaron como los gusanos en un cadáver”. La guerra de los pobres, Eric Vuillard.
¿Para qué hacer historia del libro?
Con la aparición de la imprenta en el siglo XV, el mundo comenzó una transformación cultural a través de las letras, las palabras y los libros. El escritor francés Eric Vuillard, nos ilustra muy bien la materialización de los discursos en impresos con las siguientes palabras:
[…] los recovecos de cada pensamiento, y cada letra, cada pedazo de idea, cada signo de puntuación, había quedado apresado en un trocito de metal. Estos trocitos los habían repartido en un cajón de madera. Las manos habían elegido uno, luego otro, y habían compuesto palabras, líneas, páginas. Los habían mojado con tinta y una fuerza prodigiosa había presionado lentamente las letras sobre el papel. Repitieron la operación decenas y decenas de veces, antes de doblar las hojas en cuatro, en ocho, en dieciséis. Las fueron colocando las unas a continuación de las otras, las pegaron entre sí, las cosieron, las envolvieron en cuero. De ese modo se formó un libro.
Con esta descripción de cómo se produce el libro, el autor nos sumerge paso a paso en esa conversión simbólica y material de las palabras contenidas en un solo objeto. Esa “fuerza prodigiosa” utilizada para aprisionar letra tras letra en el papel, provocaría en los lectores la generación de nuevas interrogantes y formas de explicar la realidad. Es así como el pensamiento deviene en discurso y luego en libro, un objeto cultural que actúa como fermento para las grandes innovaciones del mundo moderno.
El conocimiento racional y pragmático que irrumpió en Europa a lo largo del siglo XVIII y que significó una renovación de la comprensión del mundo cruzó los mares para dejar su impronta en todo el orbe. Al considerar a la razón y a la Ilustración como el contexto intelectual en el que se desarrollaron los conflictos imperiales y las revoluciones de independencia de América, cabe preguntarse en qué medida este entorno de novedades en el conocimiento permeó la forma de pensar y actuar de los individuos que vivieron en esa época, así como los movimientos políticos y sociales que la caracterizaron.
La difusión de este pensamiento, a través del impreso, principal medio de comunicación, asentó las bases ideológicas que marcarían el rumbo de los acontecimientos. Las luchas independentistas ocurridas en las últimas décadas del siglo XVIII y primeras del XIX suelen explicarse como fenómenos propiciados por la fuerte influencia de la Ilustración, situando a las ideas liberales provenientes de Europa, particularmente las de Francia, como las principales causantes de la transformación social y política del mundo occidental.
En este entendido, el estudio del libro y su circulación ofrece un campo fértil para el análisis de la cultura de fin de siglo, por lo que vale la pena preguntarse: ¿Es posible establecer una relación entre la cultura impresa y los cambios socioculturales en la Nueva España en el siglo XVIII? ¿El impreso fue un medio que favoreció el surgimiento de una nueva nación? ¿Es posible hablar de lecturas revolucionarias? ¿Se puede afirmar que el libro fue un medio que favoreció la caída del Antiguo Régimen?
El saber qué se leía, quiénes leían y cómo se leía en la sociedad novohispana permitirá profundizar y responder estas cuestiones. La historia del libro y de la lectura, desde la propuesta metodológica francesa de autores como Lucien Febvre y Henry Jean Martin con su obra La aparición del libro (1958), abordó su estudio bajo la óptica de una doble vertiente, esto es, analizándolo como una objeto o mercancía que está sujeto a las condiciones materiales de su producción, difusión y circulación; y como un bien cultural que encuentra sentido al ubicarse dentro de un contexto intelectual específico y que, a su vez, dota de significado las representaciones mentales de quienes lo escriben y lo leen. Para complementar esta perspectiva, me parece indispensable referir otra propuesta elaborada por el historiador anglosajón Robert Darnton, quien sugiere un original modelo o “circuito de comunicación” del libro, el cual incluye los diversos actores y etapas de la transmisión del impreso. Los historiadores o todos aquellos que se propongan este tipo de estudios serán quienes decidan qué parte de ese proceso estudiar, pero, teniendo presente y vinculándolo constantemente con la totalidad del circuito.

Circuito de comunicación según el historiador Robert Darnton. Queda claro que el campo de estudio es vasto y las posibilidades de análisis son múltiples, puesto que se puede estudiar la producción, el comercio, la distribución, la posesión y la recepción de los impresos. En los últimos años, desde la historia cultural –de la cual se desprende la historia del libro– diversos procesos históricos, previamente examinados bajo enfoques tradicionales, han encontrado nuevos paradigmas para una explicación más compleja y multifactorial. Así, desde esta perspectiva histórica, es posible plantear nuevas interrogantes para estudiar los procesos revolucionarios que pusieron fin a la edad moderna.
Vuelta a la página. El libro como agente de cambio en la Nueva España de fin de siglo
En México, la historia del libro ha logrado destacadas conclusiones sobre el papel histórico que tuvo este objeto durante la época de emancipación que puso fin al Antiguo Régimen. Es indudable que durante la segunda mitad del siglo XVIII y primeras décadas del XIX, los habitantes de la Nueva España pretendieron estar al tanto de las nuevas propuestas del conocimiento moderno, en coexistencia con aquellas ideas tradicionales que prevalecían. Los novohispanos buscaron libros que en sus páginas consignaran contenidos diversos y mundanos. Aun cuando esto no indica que la colectividad abandonara sus creencias religiosas, es indudable que la vía espiritual dejó de ser la única para explicar la realidad inmediata del lector.
En general, en el mundo occidental, durante este periodo, hubo un cambio en el comportamiento de los lectores, quienes de leer un número menor de títulos repetitivamente, esto es “intensivamente”, pasaron a hacer lecturas de múltiples obras referentes a distintos temas, esto es, “extensivamente”.
A la par, la creciente producción editorial europea de la época satisfizo las demandas y exigencias de dichos lectores por las nuevas corrientes de pensamiento. El libro proveniente del Viejo Continente tuvo una mayor presencia en las bibliotecas que las impresiones americanas. Los principales factores de este fenómeno fueron el monopolio comercial de la metrópoli con sus colonias y el aumento de la producción de sus prensas, las cuales tuvieron un importante mercado en las tierras de este lado del Atlántico. Las imprentas locales tendieron a la publicación de materiales religiosos y académicos, para cubrir la necesidad de las instituciones eclesiásticas y educativas de la Nueva España, pero la demanda de los lectores se inclinaba cada vez más por contenidos seculares.
La secularización de la lectura, esto es, la tendencia de los lectores por utilizar el conocimiento racional y empírico para explicar el mundo social y material, en lugar del pensamiento religioso, es un fenómeno que tomó fuerza a lo largo del siglo XVIII y que se hizo evidente en la segunda mitad de esta centuria. El comercio global tuvo un importante desarrollo en esa época y, con ello, se acrecentó la circulación del libro, al tratarse de una mercancía más. Entonces no era extraño ver ediciones españolas, francesas, holandesas, italianas y británicas en distintas regiones del mundo. Los habitantes hispanoamericanos estuvieron inmersos en un ambiente donde circulaban las ideas con la impronta de la razón y el pragmatismo, algunas de sus postulados pueden apreciarse en las reformas gubernamentales al interior del imperio español (las reformas borbónicas) y sus colonias, así como con la ulterior revolución de independencia de la Nueva España.
En otro orden, las lenguas vernáculas le habían ganado terreno al latín, la lengua culta que hasta el siglo XVII había mantenido su preeminencia en el ámbito libresco. Los libros de historia, literatura, geografía, ciencias, artes, técnicas, diccionarios, además de los jurídicos y los de contenido religioso (estos dos habían sido las materias más comunes desde la aparición de la imprenta) eran leídos por los lectores novohispanos dieciochescos mayormente en español y francés. Es importante destacar el papel que jugó la traducción de todo ese conocimiento moderno producido en distintos lugares y lenguas para poder ser leído más allá de los límites geográficos e idiomáticos.
Así como se superaron estas circunstancias, el libro encontró nuevas formas para su pronta y amplia circulación. El tamaño fue otro factor que contribuyó a su circulación global y a hacer más asequible su posesión. Si en décadas anteriores el gran formato caracterizaba su materialidad, el libro del mundo moderno, por sus dimensiones, era portátil y práctico. No obstante, esto no significa que cualquier persona pudiera tenerlo sin importar su estrato social, pues, por su precio, seguía siendo un objeto privativo para distintos sectores de la población.
El “doblar las hojas en cuatro, en ocho, en dieciséis” determinaba el tamaño de los libros, y eran estos últimos, los más pequeños (entre los 25 y los 8 cms.), los que prevalecieron en el comercio del libro durante esta época, por su manejo, transporte y posibilidad de venta. Esto también determinó otra práctica cultural: la lectura en privado y en silencio, que hasta ese entonces no era tan común como la podemos imaginar ahora. De esta forma surge un lector “moderno, laicizado e individual”. No obstante, esto no significa que la lectura en voz alta y grupal dejara de ser una práctica habitual para una sociedad donde la alfabetización no era general.

Leyendo la biblia, Jean-Baptiste Greuze, 1755. Colección: Museo de Louvre. Imagen tomada de: https://en.m.wikipedia.org/wiki/File:Jean-Baptiste_Greuze_-_Reading_the_bible.jpg Por otra parte, gracias a estudios recientes de la historia del libro, se puede concluir que surgieron nuevas comunidades de lectores: ya no eran solamente los eclesiásticos y los académicos quienes participaban del uso de los libros, también los militares, los empleados del gobierno monárquico y colonial, los comerciantes, los artesanos, entre otros. Tampoco puede reducirse la presencia de los libros únicamente a los centros urbanos, sino también su existencia en algunas zonas rurales, aunque sean minoritarias. Otro resultado destacado de estos estudios es que no sólo los hombres leían, sino también las mujeres y los niños, estos últimos, crecerían en número conforme avanzara el siglo XIX.
En este contexto de transformación de las prácticas de la lectura, sin duda, el libro fue un agente de cambio, en especial las obras que trataban materias concernientes al mundo material y social. Asimismo, la literatura y las publicaciones periódicas fueron impresos que impulsaron el ejercicio de la opinión y la imaginación. En palabras de Benedict Anderson, la novela y el periódico “proveyeron los medios técnicos necesarios para la representación de una comunidad imaginada” que posteriormente sería “la nación”. Con el auge de la literatura, el discurso adoptó diferentes formas y se recreó una nueva relación entre el autor y el receptor. Este último se asumió como un individuo que pudo ejercer su subjetividad, lo que dio paso a una opinión propia, individual, emitida en un espacio público.
Fue en este espacio donde los lectores pudieron pronunciar su opinión y forjar un criterio que escapó al control estricto de la Iglesia y de las autoridades civiles. La emancipación de la razón y la voluntad de expresar la propia voz propició un terreno fértil para la acción política y social. En palabras del mencionado Vuillard:
La literatura conspira sin cesar para agrandar la libertad y la igualdad entre los seres humanos, y confluye hacia el lugar esencial de la conflictividad en un momento en el que hay una gran debilidad emancipadora.
Ya no basta con identificar o relacionar los movimientos sociopolíticos de este periodo, exclusivamente, con las obras filosóficas que tradicionalmente se asumen como abanderadas del cambio del pensamiento ilustrado dieciochesco. Los textos literarios, los históricos, los científicos, los políticos, económicos, así como los enciclopédicos, acompañaron la necesidad de los lectores por leer contenidos variados que atendieran todas sus inquietudes por el mundo que los rodeaba.
Es evidente que el libro ya no sólo cubría las necesidades devocionales o académicas de sus lectores, sino también las de ocio y uso práctico en la vida diaria. Si hay algo que caracteriza al impreso y a la lectura del siglo XVIII es su utilidad, se leían libros que proporcionaran conocimiento útil y racional, es por eso que la secularización de su contenido resulta crucial. Los libros de conocimientos científicos y técnicos acompañaron en el día a día a sus dueños. Textos de agricultura, remedios médicos, botánica, veterinaria, navegación, almanaques, de distintas artes y oficios, encontrarán un lugar entre los estantes de las bibliotecas novohispanas. Estos contenidos que apuntaban a conocer y aprovechar los recursos naturales e intelectuales disponibles para el ser humano circularon a gran escala en la sociedad occidental de ese tiempo. Los hombres y las mujeres, a través del uso de la razón, podían mejorar su realidad inmediata en todos los aspectos. El libro se convirtió en un objeto utilitario en constante demanda, la adquisición o lectura de los libros usados o de segunda mano (ya sea a través de la compra, renta o herencia) es otra fase de su circulación, la cual seguiría formando nuevos lectores.
Cabe advertir que los conocimientos pragmáticos y la Ilustración no deben identificarse de manera unilateral con la radicalización política o religiosa. El absolutismo ilustrado, propio del régimen monárquico, adoptó esta corriente intelectual para dar pie a diversas reformas políticas y económicas dentro del imperio. Prueba de ello es el denominado reformismo borbónico que no tenía como fin minar el poder absoluto de la Corona de los Borbones, ni suprimir los privilegios de corporaciones tales como la Iglesia o el Ejército. No obstante, este pensamiento racional dio pie a varios movimientos, a lo largo de toda Hispanoamérica, que sí buscaron el fin de estas condiciones existentes en el sistema colonial, y que encontrarían sentido con las ideas liberales que se difundieron a través de los libros.
Los libros y las revoluciones
Si bien, desde los estudios históricos aún se debate si realmente hubo una revolución de la lectura y si ésta propició las revoluciones políticas del periodo mencionado, es indudable que puede hablarse de una revolución en las prácticas culturales que implican el uso del libro. Hubo un aumento sin precedentes en su producción, en su circulación y en su posesión. De igual forma, las materias desarrolladas en sus páginas se diversificaron, así como sus lectores se multiplicaron. Por lo que sí puede hablarse de un cambio profundo en el mundo del libro y considerarlo como un fermento que acompañó las paulatinas y, en algunos casos, violentas transformaciones políticas, sociales y económicas del siglo, como ha apuntado la historiadora Cristina Gómez Álvarez en sus investigaciones.

Retrato de John Farr leyendo las Odas de Horacio, François-Xavier Vispré, 1750. Colección: Museo Ashmolean, Universidad de Oxford. Imagen tomada de: https://www.ashmolean.org/collections-online#/search/simple-search/vispre/%257B%257D/1/16/_score/desc/catalogue La cultura escrita de la época, caracterizada por esta evolución de la lectura y el uso de la razón, cuestionó el mundo tal y como se conocía. De nuevo cito a Vuillard: “El libro fomenta así la alfabetización de masas y el nacimiento del individuo moderno”. Por este motivo, es relevante estudiar su circulación en el marco de la Ilustración, las revoluciones atlánticas y el surgimiento de las naciones independientes.
Para los historiadores del libro aún quedan temas por desarrollar, tal es el caso de la recepción y apropiación de lo leído por los lectores del pasado. Sin embargo, esta línea de investigación es un campo que permitirá interpretar y explicar, desde la historia cultural, la época de las revoluciones.
Actualmente, nos encontramos ante otro momento en donde la práctica de la lectura ha cambiado, los dispositivos electrónicos han generado el debate sobre el fin del libro impreso como lo conocemos. Si algo resulta evidente con la historia del libro, es que éste cambia su materialidad a través del tiempo y no por ello deja de ser un elemento indispensable para el desarrollo intelectual y cultural. Los libros cambiarán su forma, pero sus contenidos y el uso que se hace de ellos siguen siendo factores indispensables para entender no sólo el devenir histórico sino también el presente del ser humano.
Para saber más
Anderson, Benedict, Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo, México, Fondo de Cultura Económica, 2021.
Darnton, Robert, “¿Qué es la historia del libro?”, en El beso de Lamourette. Reflexiones sobre historia cultural, México, Fondo de Cultura Económica, 2010.
Gómez Álvarez, Cristina, La circulación de las ideas. Bibliotecas particulares en una época revolucionaria, Nueva España, 1750-1819, UNAM, Trama Editorial, 2018.
Vuillard, Éric, “La guerra de los pobres no ha terminado”, La Marea, sección Cultura, 18 de febrero de 2021. Disponible en: https://www.lamarea.com/2021/02/18/eric-vuillard-la-guerra-de-los-pobres-no-ha-terminado/.
Wittman, Reinhard, “¿Hubo una revolución en la lectura a finales del siglo XVIII?”, en Guglielmo Cavallo y Roger Chartier (directores), Historia de la lectura en el mundo occidental, México, Prisa Ediciones, 2011, p. 353-385.
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Cristina Pacheco (1941-2023)

Hacedora de historias
Por Huitzilihuitl Pallares Gutiérrez
En las aguas del mar de la memoria navegan las historias de Cristina Pacheco. Sus protagonistas son la gente citadina que enfrenta con dignidad la cotidianeidad de la vida. Ya sea en entrevistas o pequeños relatos, el movimiento de las olas las dota de perdurable eternidad. ☞ Cristina trabajó en los principales medios de comunicación del siglo XX: la radio, la televisión y el periódico. Como pocas ejerció la entrevista, un género periodístico cada vez menos frecuente en los diarios del país. ☞ Comenzó su carrera transcribiendo textos en la Revista de la Universidad de México y posteriormente publicó reseñas, notas, entrevistas, crónicas y cuentos en El Popular, Novedades, Siempre!, Sucesos para todos, El Día, El Sol de México, El Universal, Unomásuno y La Jornada. Dirigió las revistas La Familia, La Mujer de Hoy y Crinolina. Con razón, Braulio Peralta se refirió a ella, en Milenio, como «una mujer de papel porque escribió en diarios y revistas cuando no existían las redes sociales». ☞ Se antoja imaginar a Cristina en las mesas de redacción, escribiendo, tachando, corrigiendo y volviendo a escribir cada línea de un texto (suyo o ajeno), tal y como Rogelio Cuellar la capturó en 1990. El fotoperiodista conserva en su acervo 475 negativos fotográficos de la escritora, de los cuales podemos apreciar una mínima muestra gracias al Fondo para la Cultura y las Artes que apoyó el proyecto 250 Retratos de la Literatura Mexicana, cuyo propósito es preservar y difundir una selección de fotografías de escritores tomadas por Cuellar en los últimos 50 años. Cualquiera puede asomarse a este proyecto en https://www.rogeliocuellar.mx/. ☞ En la televisión trascendió su labor en Canal Once. Su programa Aquí nos tocó vivir duró 45 años al aire, arrancó el 10 de mayo de 1978 y su capítulo final se transmitió el 16 de diciembre de 2023. Cristina fue a la calle con micrófono en mano para conocer los problemas, gustos y sueños de los habitantes de la ciudad, muchos que como ella habían llegado de la provincia para mejorar sus condiciones de vida. Lo valioso de los testimonios reunidos hizo que, en 2010, fuera inscrito en el Programa Memoria del Mundo de la UNESCO. En 1997 inició la aventura de grabar en el estudio cerrado: Conversando con Cristina Pacheco. Desfilaron por ahí una amplia variedad de personalidades: pintores, escultores, músicos, escritores, historiadores, estrellas de televisión. En algunas ocasiones las entrevistas resultaban complicadas como la de la pintora Leonora Carrington o la del poeta Jaime Sabines o muy amenas y efusivas como las que realizó a Laura León o a Angélica María. Así, Cristina retrató en la televisión pública la cultura de una época. ☞ Vale la pena rescatar la entrevista que Alfredo Camacho Olivares le realizó a principios del año 2001, cuando en el país albergaba la esperanza tras el supuesto cambio democrático que representaba la llegada de Vicente Fox al poder. Entonces, Cristina se refirió a la alarmante situación que vivía el campo mexicano, al derecho que deberían de tener los adultos mayores al empleo y a recibir un salario mínimo después de dedicar toda su vida al trabajo, a los enfermos mentales y su situación de marginalidad, a los más de 60 millones de pobres consecuencia del sistema económico neoliberal. Ante la pregunta sobre el papel de las mujeres en la sociedad se mostró positiva, pues dijo que, aunque la lucha ha sido contra viento y marea, los obstáculos poco a poco han ido desapareciendo y sentenció: “Cuando una mujer avanza porque es muy buena en su trabajo, me da mucho gusto; me parece que es un avance de todas”. El cabezal de la entrevista, que se publicó a ocho columnas en Excélsior, fue más que atinado: “La sociedad va adelante de los partidos: Pacheco”. ☞ Para no olvidar cuando, en octubre de 2014, alzó la voz para exigir justicia por los 43 normalistas desaparecidos ante el foro abarrotado José Revueltas de la Feria Internacional del Libro en el zócalo capitalino. ☞ Poco se habla de los libros infantiles que Cristina escribió con envidiable maestría, como El pájaro de madera, Se vende burro y El sueño de las hormigas, publicados en la colección Gusano de Luz de editorial Porrúa. Cristina recuerda que de niña no tuvo cuentos, aunque sí escuchó muchos de la boca de su madre. Tal vez esa carencia la llevó a escribir historias que de niña le habrían gustado leer, historias fantásticas sin el tono condescendiente y diminutivo que a veces se usa erróneamente para dirigirse al público infantil. ☞ Una de las cualidades de su prosa es la síntesis, es decir, la composición abreviada de un texto en función de sus partes esenciales, en donde nada hace falta y nada está de más. Su columna dominical «Mar de historias», publicada en La Jornada a partir de 1986, es el mejor ejemplo. Ahí retrató las vivencias de la gente con cierta dosis de ficción. ☞ En el invierno del 2023, Cristina se despidió de la televisión y agradeció la lealtad de sus lectores del periódico. A los pocos días murió víctima de cáncer. ☞ Cristina Pacheco dedicó su vida a narrar historias, supo escuchar a la gente y escribir con respeto sus vidas. Verla, escucharla y leerla es también asomarse a la historia social, económica y cultural de México. ☞ Hasta aquí el fichero de esta edición; nos leemos en el próximo número de La Bola, la revista de divulgación.
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