• Los Hermanos Mayo: el colectivo más prolífico del fotoperiodismo latinoamericano

    Los Hermanos Mayo: el colectivo más prolífico del fotoperiodismo latinoamericano

    Entrevista a John Mraz

    Los Hermanos Mayo fueron un grupo de fotógrafos que tuvieron un papel fundamental en el desarrollo del fotoperiodismo mexicano. Su historia comenzó en España, cuando los hermanos Cándido, Julio y Francisco Souza Fernández, junto con Faustino y Pablo del Castillo Cubillo fundaron una agencia fotográfica en vísperas del estallido de la Guerra Civil. Tomaron el apelativo de “Mayo” como nombre de batalla para reafirmar su compromiso con la lucha de la clase trabajadora, tras la dura represión de una marcha del Primero de Mayo en Madrid, a inicios de la década de 1930. La derrota del bando republicado y la brutal represión emprendida por el dictador Francisco Franco los obligaron a abandonar su país. Fue así que Paco, Faustino y Cándido arribaron a Veracruz el 13 de julio de 1939, junto con otros 1600 refugiados, en “La Primera Expedición de Republicanos Españoles a México”. Ya establecidos en la ciudad de México, trabajaron para más de cuarenta periódicos y revistas, entre ellos El Nacional, El Popular, La Prensa, Hoy, Mañana, Siempre!, Time y Life.

    El historiador John Mraz (California, 1943) ha investigado a este grupo de fotoperiodistas desde principios de la década de los años ochenta del siglo pasado. Su interés lo llevó a montar, en 1984, la exposición Trabajo y trabajadores en México, 1940-1960, vistos por los Hermanos Mayo, y  en ese mismo año entrevistó a Julio y Faustino Mayo. Tiempo después publicó su primer estudio sobre este colectivo en el Boletín de Investigación del Movimiento Obrero (núm. 11, 1988), que editaba el Centro de Investigaciones Históricas del Movimiento Obrero de la Universidad Autónoma de Puebla.  

    ¿Qué lugar ocupan los Hermanos Mayo en la historia del fotoperiodismo mexicano? 

    Creo que se encuentran entre los mejores fotoperiodistas de la historia de México y del mundo. Es el colectivo más prolífico de América Latina. Su estética es la del fotoperiodismo clásico, no la del fotoperiodismo de arte. A pesar de eso no han recibido el reconocimiento que merecen, pues la aristocracia fotográfica mexicana no ha sido justo con ellos. Intenté convencer a Pablo Ortiz Monasterio de incluir un libro sobre los Mayo en su serie Río de Luz que publicó el Fondo de Cultura Económica, pero pensó que no tenían una estética. Además, nunca ha habido una exposición o un evento que reflexione sobre su obra en el Centro de la Imagen.

    El vasto acervo fotográfico formado por los Hermanos Mayo fue adquirido por el Archivo General de la Nación (AGN) en 1982. Posteriormente se incrementó por un par de donaciones: la primera realizada en 1994 y la segunda hecha en 2005 por Cándido Mayo, la cual incorporó objetos y algunos documentos. Para la organización del acervo, los archivistas aplicaron el principio de procedencia y orden original, es decir, respetaron el sistema que utilizaron los fotorreporteros para identificar, clasificar y ordenar la información gráfica que generaban, de tal manera que quedó conformado por 31 secciones temáticas. Según informó el año pasado Alma del Carmen Vázquez Morales en el Boletín del Archivo General de la Nación, en 2023 se logró describir la totalidad del fondo gráfico, del cual sólo se ha digitalizado el 0.8%. 

    ¿Cuáles son los rasgos del archivo fotográfico de los Hermanos Mayo? 

    Es un archivo inmenso. Hace años hice un proyecto para la Universidad de California que me permitió ver hasta 2000 negativos al día. ¡Me dejaron los ojos como el esmog de la Ciudad de México! Aquí, el número de negativos no es el único problema, dimensión que se explica porque trabajaron para más de 40 medios. Creo que la única manera de estudiar seriamente a los Mayo sería con una colectividad similar a quienes hicieron ese archivo.

    Durante muchos años se ha manejado, tanto en notas periodísticas como en artículos académicos y libros de investigación especializada, que los Mayo formaron un archivo de alrededor de 5 millones de negativos. Sin embargo, esta cifra se precisó recientemente gracias al trabajo realizado por el personal del AGN. En el informe citado anteriormente, Alma del Carmen Vázquez Morales, encargada del Departamento de Procesos Archivísticos y Preparación de Documentos Iconográficos y Audiovisuales, señala que el Fondo Archivo Fotográfico Hermanos Mayo que custodia el AGN está conformado por un total de 1 590 131 piezas fotográficas. En llamada telefónica, Vázquez Morales enfatizó que la descripción del fondo fotográfico se logró gracias al esfuerzo colectivo realizado durante décadas y que se vio reforzado en los últimos años por personas de servicio social y del programa Jóvenes Construyendo el Futuro. Respecto a la discrepancia del número de negativos, aclaró que la cifra de 5 millones se manejó sin que existiera un inventario ni una descripción detallada de cada fotografía, por lo que en realidad no había certeza del número exacto hasta hace dos años. El conteo total y la descripción del fondo, constituyen, sin duda, un avance significativo que facilita el acceso y la consulta del material fotográfico producido por los Hermanos Mayo. 

    ¿Qué caracteriza las fotografías de los Hermanos Mayo en comparación con otros fotoperiodistas de la época como Nacho López o Héctor García? 

    Una estética existencialista marca las imágenes de los Mayo, dentro de la cual encarna fotográficamente lo que Jean-Paul Sartre describió como la posibilidad de libertad: lo que uno puede hacer con lo que el mundo va haciendo con uno. En ese sentido, el contexto define a los personajes que los Mayo retratan en sus fotografías. 

    El pasado 5 de julio se inauguró la exposición Los braceros vistos por los hermanos Mayo en el edificio Carolino de la Universidad Autónoma de Puebla (BUAP). Integrada por 76 fotografías, nueve portadas de revistas, ocho serigrafías y un video, la muestra fue curada originalmente por Mraz para el Museo Nacional de los Ferrocarriles Mexicanos, en 2014, y posteriormente se exhibió en otros recintos como el  Centro Cultural Tijuana (2022). Una versión reducida, con 40 imágenes, ha recorrido varias universidades y bibliotecas de los Estados Unidos, donde ha sido vista por más de 140 000 personas, en su mayoría estudiantes. 

    Entre 1942 y 1964, el Programa Bracero permitió que trabajadores mexicanos fueran empleados en las industrias agrícolas y ferroviarias de Estados Unidos, con el fin de suplir la escasez de mano de obra provocada por la Segunda Guerra Mundial. Las fotografías de los Mayo documentan el proceso de contratación, las despedidas en la terminal ferroviaria, aspectos de la vida en la frontera, las protestas de quienes no lograron ser contratados, así como la prolongada lucha por recuperar el fondo de ahorros que les fue descontado de su salario.

    ¿Por qué decidió estudiar las fotografías que documentan la vida de los braceros?

    Porque pude concentrarme en un enfoque que me ofreció la oportunidad de reflexionar acerca de la representación realizada por un colectivo de emigrantes, que fotografió a una migración que salía del mismo país que los había acogido a ellos. El resultado fue el libro Trasterrados: braceros vistos por los Hermanos Mayo, elaborado junto con Jaime Vélez Storey y publicado por el AGN y la UAM en 2005. Luego vino la exposición.

    En una de las imágenes incluidas tanto en el libro como en la exposición se observa a una fila de hombres que esperan ser llamados en la oficina de contratación. Sentados, miran sonrientes al fotógrafo y entablan con él una relación de complicidad. Como exiliados, los Mayo muestran empatía con los braceros, quienes devuelven la mirada a la lente que los retrata con dignidad. Para Mraz, el contraste es evidente con las fotos de los Casasola, quienes “los vieron como traidores a la patria” y los retrataron con “miradas de rabia y humillación”. Añade el historiador que el interés también puede observarse desde el punto de vista cuantitativo, pues mientras en el archivo Casasola se conservan alrededor de 150 fotografías de braceros, los Hermanos Mayo capturaron más de 500. 

    ¿Cómo se explica la empatía que se observa en las fotografías de los braceros tomadas por los Hermanos Mayo?

    Aunque los braceros no son técnicamente migrantes, comparten con los Hermanos Mayo la misma actitud de enfrentar los riesgos de mudarse. Pienso que los migrantes son de las personas más trabajadoras de una sociedad. Los incontables millones de emigrantes, ya sean trabajadores invitados, personas expulsadas o intelectuales viajando de un seminario a otro, no se reconocen como extranjeros, sino como agentes del futuro. En ese sentido, el patriotismo (ya sea local o nacional) es devastador: consagra los lazos humanos que nos atan y descuida los lazos que aceptamos libremente; antepone los lazos familiares a las afinidades electivas; y las relaciones biológicas reales o imaginadas a las de amistad o el amor.

    Una de las características del Programa Bracero fue la contratación exclusiva de hombres. Este rasgo resultó fundamental porque rompió con la tendencia del flujo migratorio del periodo anterior, marcada por un desplazamiento de carácter familiar. A partir de 1942 se acentuó la migración de hombres solos en edades altamente productivas. 

    ¿Cómo recuperar el papel de las mujeres a través de la fotografía de los Mayo?

    Es difícil. Incluimos a las vendedoras de comida y agua en los centros de reclutamiento, y también al momento de las despedidas en las estaciones de tren. 

    Para finalizar la entrevista, le pregunto a John Mraz por qué es importante, ahora, ante el embate antiinmigrante del gobierno de Donald Trump, volver a exhibir las fotografías de los braceros tomadas por los Hermanos Mayo. Me responde:

    Es importante para mostrar que los mexicanos siempre han estado en los Estados Unidos. Los braceros son simplemente una de las olas de migración y, aunque fueron trabajadores temporales, muchos de ellos decidieron quedarse y hacer su vida allá. 

    La exposición Los braceros vistos por los hermanos Mayo se encuentra en sus últimos días de exhibición. Podrá visitarse hasta el 28 de septiembre, en un horario de 10:00 a 18:00 horas, en el edificio Carolino de la BUAP, en la ciudad de Puebla.

    Imagen de portada: Braceros se despiden de su familia en la terminal del ferrocarril de Buenavista, Hermanos Mayo. Foto: cortesía.

  • El concurso del “Niño Sano”

    El concurso del “Niño Sano”

    Por Delia Salazar Anaya

    El 17 de junio de 1923, en el Diario Oficial de la Federación, se publicó un acuerdo signado por el presidente Álvaro Obregón que invitaba a todas las autoridades del país a sumarse a la celebración de una Semana de Salubridad, que debería realizarse del 23 al 29 de septiembre del mismo año, como parte de las actividades para conmemorar la Independencia Nacional. Según informó el 12 de julio el diario vespertino El Mundo, a cargo del célebre escritor Martín Luis Guzmán, el programa definitivo del evento preparado por los integrantes del Servicio de Propaganda y Educación Higiénica del Departamento de Salubridad Pública, creado por el constituyente de 1917, contemplaba dedicar cada día de la semana para difundir algunos aspectos de interés público propuestos por los médicos higienistas de la época. Así, el domingo 23 de septiembre se inauguraría la semana con el “Día del Encomio por la Higiene”; el lunes se dedicaría a “Las Obligaciones Cívicas Relativas a la Salubridad”; el martes a “La Lucha en contra de la Tuberculosis”; el miércoles 26 se pensó en celebrar un “Día del Niño”; en tanto que el jueves y el viernes se consagrarían a “La Vacuna y al Reconocimiento Médico”. Por último, el programa cerraría el sábado 29, casi inspirado en la tradición popular cristiana del Sábado de Gloria, con un “Día de la Limpieza”.  

    Entre las actividades vinculadas al “Día del Niño” de aquella semana sanitaria se planeó: una amplia campaña en favor del Registro Civil y algunas conferencias impartidas por los médicos o delegados sanitarios de las distintas localidades del país, que alertarían a los padres sobre las enfermedades infantiles y sobre las buenas prácticas que debían emprender para mejorar la crianza y el cuidado de sus hijos durante sus primeros años de vida, también denominada Puericultura. Aunque el programa incluía algunas actividades dirigidas a los mismos infantes, como lo fueron fiestas y actividades al aire libre, los organizadores también consideraron convocar a un singular concurso de “niños sanos”. Los pormenores de aquel concurso, así como otros aspectos vinculados con el cuidado de las niñas y niños promovidas durante la Semana de Salubridad de 1923 las atenderé en este artículo, que sirven como ejemplo para mostrar las acciones emprendidas por los gobiernos posrevolucionarios en favor de la protección de la infancia, pero también para conocer algunos aspectos sobre el imaginario infantil de la época.

    Los organizadores

    El Servicio de Propaganda y Educación Higiénica se fundó en 1921 con el objetivo de difundir entre la población nacional un amplio número de conocimientos útiles sobre higiene materno infantil. La dependencia, a cargo del doctor Alfonso Pruneda García, egresado de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional, gran estudioso de la tuberculosis pulmonar y profesor de las cátedras de Anatomía, Patología e Higiene, emprendió diversas campañas para concientizar a los padres de familia sobre la importancia de los cuidados y la prevención de las enfermedades infantiles que asolaban a la población en aquel entonces, como lo fueron la influenza, la gastroenteritis, la neumonía, el paludismo, la tos ferina, la viruela, la tuberculosis o la fiebre tifoidea. Los médicos higienistas, en especial aquellos que compartían ideas eugenésicas, pusieron atención en las enfermedades venéreas o de transmisión sexual, como la sífilis transmitida por la madre durante el desarrollo fetal o al nacer, porque pensaban que dichas enfermedades podía degenerar la raza. Para otros padecimientos, incluso recomendaban que los padres dejaran atrás el viejo método de brazo a brazo para administrar la vacuna a los infantes mediante las pústulas y asistieran a consulta periódica con los médicos, aun cuando no se sintieran enfermos.

    Entre las múltiples actividades de aquel servicio de propaganda, vale decir que en 1921, como parte de la conmemoración por la Independencia Nacional, también se había realizado una Semana del Niño, en la que se ofrecieron conferencias a los padres y madres sobre las medidas higiénicas que debían de inculcar en sus hijos. El mismo doctor Pruneda, junto con otros destacados médicos y educadores de su tiempo, participó en el Primer Congreso Mexicano del Niño, celebrado en la ciudad de México por iniciativa del periódico El Universal, en el mismo mes de septiembre. Las mesas de trabajo celebradas pusieron especial énfasis en la importancia de difundir conocimientos útiles sobre puericultura, salud y educación higiénica, con el fin de asegurar “el buen desarrollo físico y moral de los niños”, que debería expandirse en las escuelas primarias. 

    De igual forma en 1921, con la creación de la Secretaría de Educación Pública a cargo de José Vasconcelos, las cruzadas para superar el analfabetismo (en un país en el que el 80% de la población no sabía leer y escribir) también se abocaron a difundir preceptos higiénicos entre los niños de las primarias, que con el tiempo se esperaba que se convirtieran en un pequeño ejército infantil encargado de transmitir en sus casas, en los lugares de trabajo o en las plazas públicas lo que habían aprendido en el aula.

    No extraña entonces que la campaña propagandística en favor de la Semana de la Salubridad de 1923 también pretendiera sensibilizar a la población sobre los riesgos de la automedicación o la charlatanería, y para ello diseñara anuncios e impresos dirigidos a los mismos niños, como lo fueron algunos que se difundieron en los periódicos y que decían: “Por la Patria. Por la Humanidad. Báñate, cuando menos, dos veces a la semana, pero es mejor que te bañes todos los días. La mugre es el pórtico de las enfermedades ¡ABAJO LA MUGRE! Lávate las manos y la boca después de que comas. No te desveles” o aquella que recomendaba: “Antes y después de comer lávate las manos y la boca, sin olvidar limpiar tus dientes. No leas de noche ni enseguida de que hayas comido. Bebe mucha agua. Levántate temprano y haz otro igual al acostarte”. Algunas más se dirigían a reducir los contagios entre la población infantil, cuando sugerían: “No escupas en el suelo. Procura, al saludar, no dar la mano, ni que te la den. Mata las moscas. Si tienes piojos, úntate en los cabellos “Ungüento del Soldado”, y después te lavas la cabeza. Límpiate los dientes, las manos y las uñas. No comas de prisa, procura masticar bien los alimentos antes de tragarlos. Vacúnate cada cuatro años para evitar que te den las viruelas”.

    Otras actividades de la Semana de la Salubridad se dirigieron a los niños en edad escolar en todo el país. En Nuevo Laredo, por ejemplo, el 29 de septiembre los alumnos de los planteles oficiales debieron asistir al teatro Concordia a escuchar una conferencia pro-higiénica impartida por el Delegado Sanitario de la ciudad, el doctor Guillermo Cerqueda, bien conocido por su labor en el combate de la Influenza Española, que versó sobre las plagas de moscas que propagaban las enfermedades infecciosas y que se acompañó de algunas películas como apoyo didáctico para los menores. En Guadalajara, las conferencias sobre higiene y lucha contra la tuberculosis, el alcoholismo o los parásitos intestinales se impartieron en el salón de actos de la Escuela Constitución, a cargo de los destacados doctores Ignacio Chávez, presidente del Consejo Superior de Salubridad, y médicos locales, como Alberto Onofre Ortega, Adolfo Oliva, Gabriel Luna o David Silva, entre otros. En Toluca, las autoridades además de promover la vacunación infantil, el 28 de septiembre, organizaron una conferencia sobre higiene en el Hospital General, a cargo del doctor Ignacio Aguado y Varón.

    Distintos sectores de la sociedad civil, incluidos los miembros del clero, se unieron a la empresa. Según informó Excélsior, La Sociedad Mutualista de Dependientes de la ciudad de Puebla, en atención al “Día del Niño”, colocó la primera piedra de un parque infantil sobre el Paseo Bravo, que contaría “con toda clase de juegos y diversiones” que pudieran contribuir al mejor desarrollo físico de los menores. También señaló que los aparatos los importarían de Estados Unidos, con una suma de 3000 pesos. El Círculo Mutualista de Monterrey hizo lo propio organizando una velada pro-higiene, cuyo programa consideró una conferencia sobre los cuidados del recién nacido, un recital poético y musical y algunas representaciones teatrales, según señaló El Porvenir.  

    Así, el arte y la música no estuvieron ausentes en los programas. Tal fue el caso que los organizadores a nivel nacional convocaron mediante un concurso público a los escritores y músicos mexicanos, que desearan hacerse acreedores de un premio de cien pesos, a realizar la letra y la música de un “Himno a la Salud”, que se entonaría en todas las escuelas durante el Día del Encomio por la Higiene. En las bases del concurso, publicadas por El Mundo en julio de 1923, se estipuló que aquel himno debería estar al alcance y entendimiento de los niños y debía componerse de varias estrofas relacionadas con preceptos higiénicos como el juego o los paseos al aire libre, el baño diario, la alimentación sencilla y ordenada, el lavado de manos y dentadura, la práctica de acostarse y levantarse temprano, dormir con las ventanas abiertas y otras actividades “sanas y carácter alegre”.

    Los convocados y sus premios

    Como parte de los preparativos para el Día del Niño de la Semana de la Salubridad, a fines de agosto de 1923, el secretario del Servicio de Propaganda y Educación Higiénica convocó a un singular concurso para los infantes: 

    Reconociendo que el niño es el ciudadano del mañana y que la buena salud que tenga en su infancia se deberá al mayor éxito de su vida adulta, este Departamento de Salud Pública ha acordado que, como parte de la celebración del “Día del Niño” se convoque a un concurso de niños sanos, ofreciendo un premio de $100.00 y un diploma para el que obtenga el primer lugar y uno de $50.00 para el segundo.

    Aquella convocatoria, publicada en El Mundo y El Demócrata el 3 de septiembre, señalaba que sólo se admitirían a niños desde los seis a los 24 meses de edad, que deberían ser evaluados por un “jurado calificador” “integrado por médicos de reconocida competencia”, y aclaraba que no tomarían en cuenta “la mayor robustez del niño, sino su desarrollo armónico y el peso que científicamente corresponda a su edad”. Los interesados en inscribir a sus hijos debían presentarse de 11:00 a 13:00 horas en el Centro de Higiene Infantil Eduardo Liceaga, ubicado en la calle de República de Colombia 20, en el centro de la ciudad de México, hasta el 22 de septiembre, ya que la ceremonia de premiación planeaba realizarse el referido Día del Niño. 

    Por algunas notas de prensa sabemos que en distintos estados de la república también se replicaron concursos estatales de “niños sanos”. En Yucatán –en ese entonces gobernado por el célebre caudillo socialista, impulsor de la educación racionalista y defensor del Mayab, Felipe Carrillo Puerto–, la Junta de Sanidad del Estado se sumó con tanto entusiasmo a la iniciativa que amplió los premios para los niños de diversas edades. Tal fue el caso que pensó en un primer premio de ciento cincuenta pesos al niño cuya edad estuviera “comprendida entre los ocho meses y los dos años” y que reuniera “condiciones de salud, fortaleza, de vivacidad e inteligencia, etc.”, según señaló el Diario Oficial del Estado de Yucatán, el 19 de septiembre.

    Para el caso de los menores de ocho meses, la junta decidió otorgar cien pesos al primer lugar, cincuenta al segundo e incorporó un premio para los niños de dos a seis años de edad, que se harían acreedores también de cincuenta pesos. En sus bases dijo que los niños presentados al concurso podían ser examinados todas las veces que se juzgara necesario por un jurado compuesto por tres médicos cirujanos de gran fama regional, como Conrado Menéndez Mena, Luis Urzais Rodríguez y Francisco Caamal. Los promotores pensaron que más allá de otorgar premios “en metálico” extenderían interesantes diplomas a los primeros y segundos lugares, en donde se anotarían los nombres de los menores reconocidos y datos como su “peso, talla, coloración de la piel, dentición, expresión de vivacidad, lenguaje, desarrollo intelectual”, entre otros.

    En días previos al concurso, el mismo doctor Pruneda se apresuró a enviar algunos avisos a los periódicos para invitar a todos los padres de familia que aún no inscribían a su niños a mandar los retratos de sus pequeños para participar en el certamen. Finalmente, el día esperado llegó. Según señaló un reportero de Excélsior, al concurso realizado en la ciudad de México por iniciativa del doctor Isidoro Espinoza y de los Reyes, director del Centro de Higiene Infantil Eduardo Liceaga (que también dictó una conferencia en el acto de entrega de los premios), se inscribieron “ciento ochenta y cuatro pequeñuelos”. El mismo periódico señaló que “se trataba de premiar a los niños más sanos –no como equivocadamente se puede suponer– al niño más gordo, porque la gordura no es síntoma inequívoco de salud y sólo se aceptaron a aquellos bebés que científicamente tenían el tamaño, peso, etc., que la ciencia señala para cada edad”. 

    Según la crónica del periodico: 

    Tras de una pieza de música, se hizo el reparto de premios para los niños que ocuparon los primeros lugares y se distribuyeron también bellos diplomas para las madres que con mayor constancia han concurrido al centro durante el año. Esos diplomas llenaron de satisfacción a las agradecidas ya que es la mejor comprobación de que son verdaderas madres, pues que se han preocupado por la salud de sus hijos, incluyéndose en todo lo que puede ser para el beneficio de la salud de ellos.

    El Demócrata también ofreció los resultados del concurso, señalando que el primer premio, que consistía en la suma de cien pesos, lo obtuvo “el niño Agustín Arellano, hijo de una doméstica” y el segundo, correspondiente a cincuenta pesos, lo recibió el niño Enrique Constantino Ceballos, sin que hiciera referencia específica a la ocupación de la madre, aunque El Universal señaló que pertenecía a la clase media. También recibieron menciones honoríficas Isabel Boch y Torres, Ricardo Rojo Campuzano, Alfonso Guillén, Felipe González y María Emma Hernández. Aquella celebración, que reportaron algunos medios de prensa con las fotografías de los menores y sus orgullosas madres, se cerró con otra conferencia y con la solemne inauguración de un nuevo centro de higiene infantil sobre la calle de Guerrero, que llevó el nombre del doctor Manuel Domínguez, reconocido por su labor a cargo de instituciones de beneficencia como la Casa de Niños Expósitos y como fundador de la puericultura racional en México.

    Como hemos dicho, el concurso del Niño Sano también se replicó en otras localidades del país. En Toluca, por ejemplo, los premios que se otorgaron a los niños “más robustos” en la Escuela para Maestras y de Artes y Oficios para Señoritas, los patrocinaron más de una decena de damas de la sociedad local, entre las que estuvo la esposa del gobernador Abundio Gómez y las de algunos empresarios de peso regional, incluso de origen alemán. En Jalisco el ejemplo de la ciudad de México sirvió para que se pensara en organizar un “Día del Niño Robusto” en el marco de la Gran Feria de Guadalajara, como señaló el diario El Informador.

    Y aunque hubo quien cuestionó que aquellas prácticas higiénicas o concursos se hubieran visto influenciadas por los higienistas y pedagogos extranjeros de Francia, Inglaterra o Estados Unidos, las campañas sanitarias siguieron llevándose a cabo en las décadas posteriores. Los concursos de niños sanos o robustos también continuaron llamando la atención de los padres y las madres que inscribieron a otros tantos infantes en el país. Si bien sus resultados pueden ser cuestionados, así como los preceptos científicos de aquellos médicos higienistas, su labor sin duda contribuyó en la disminución de los índices de mortalidad infantil y a la más correcta atención de las niñas y los niños del México posrevolucionario, cuyos derechos empezaron a reconocerse apenas una centuria atrás.

    Para saber más 

    Alanís Rufino, Mercedes, La atención médica infantil en la Ciudad de México. Discursos, imaginarios e instituciones, 1861-1943, Pachuca, Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, 2016.

    Aréchiga Córdoba, Ernesto, “Educación, propaganda o «dictadura sanitaria». Estrategias discursivas de higiene y salubridad públicas en el México posrevolucionario, 1917-1945”, Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México, número 33, enero-junio de 2007, p. 57-88.

    Mena Carrillo, Juan José, “La revolución higienizada. El plan de fomento de la higiene en Yucatán, 1915-1930”, Península, volumen XIX, número 2, julio-diciembre de 2024, p. 35-59.

    Pérez Montfort, Ricardo (coordinador), Cien Años de prevención y promoción de la Salud Pública en México. 1910-2010. Historia en imágenes, México, Secretaría de Salud, 2010. 

    Sánchez Calleja, María Eugenia, Niños y adolescentes en abandono moral (Ciudad de México, 1864-1926), México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2014.

    Sánchez Calleja, María Eugenia y Delia Salazar Anaya (coordinadoras), Los niños: su imagen en la historia, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2006.

    Imagen de portada: Método correcto para sostener y alimentar a un bebé del libro El cuidado de la salud del bebé: un manual para madres y enfermeras de Louis Fischer, 1919. Imagen tomada de Wikimedia Commons.

  • Niñez afrodescendiente en México: ayer y hoy

    Niñez afrodescendiente en México: ayer y hoy

    Por Cristina V. Masferrer León

    Imagina que estás en la Ciudad de México, pero no el día de hoy, sino en el año 1576. Caminas por las calles de la capital de Nueva España, tal como se conocía a México antes de la Independencia, y observas una realidad sumamente diferente a la actual: las construcciones eran diferentes, había iglesias y conventos importantes, hombres y mujeres de todas las edades usaban vestimentas diferentes y, en lugar de vehículos motorizados, la gente se movilizaba en caballos o incluso en sillas que cargaban dos hombres. Era notoria la presencia de personas indígenas, es decir, de diversos pueblos originarios, así como de españoles y otros europeos, también había asiáticos y una importante presencia de africanos y afrodescendientes. 

    En ese mundo vivió Catalina, una niña de diez años que hace más de cuatrocientos años residía en la ciudad de México. Ella no vivía con su papá, ya que debía trabajar en casa de un señor llamado Antonio de Pedraza, mientras que su padre, Gaspar, trabajaba con Diego Caballero. No sabemos nada de su mamá, pero sí sabemos que Catalina escapaba de vez en cuando de la casa donde vivía para ver a su papá; seguramente lo extrañaba y lo necesitaba. Gracias a sus acciones, dicha relación familiar se mantenía. Como ella, había miles de niñas y niños afrodescendientes que debían trabajar en casas, haciendas o conventos, a veces cerca de sus madres, padres u otros familiares, pero, en ocasiones, separados de ellos. 

    La ciudad de México era la capital de Nueva España y, por lo tanto, un centro político, económico, social y cultural central, pero no sólo allí había niñas y niños afrodescendientes, sino que en todas las regiones del virreinato hubo niños de origen africano: tanto en las grandes ciudades como en los puertos, o en pequeños pueblos y villas ubicados en el centro, el sur o el norte del amplio territorio. En cada uno de estos espacios sus actividades laborales eran diversas, muchas veces apoyando a personas adultas o haciéndose cargo de las labores ellos mismos. El trabajo de niñas y niños muchas veces ha sido subestimado o minimizado, sin embargo, se puede asegurar que representaba una contribución económica significativa, pues de otro modo no se hubiera recurrido a su trabajo. 

    ¿En qué consistían las contribuciones económicas de las y los niños afrodescendientes en Nueva España? Algunas personas los vendían, hipotecaban, donaban a las iglesias y conventos, o los entregaban como parte de dotes a las mujeres al casarse. Estas transacciones comerciales, en las cuales lamentable e injustamente se veían involucrados, implicaban en sí mismas aportes económicos que beneficiaban a sus propietarios, en detrimento de la propia vida de las niñas y niños de origen africano. Por lo tanto, es necesario subrayar las actividades que desempeñaban: en casas desarrollaban todo tipo de labores de limpieza, servicio y cuidado; en conventos e iglesias podían encargarse de la limpieza o la atención de imágenes religiosas; también apoyaban en actividades especializadas a maestros de oficios, como zapateros, sastres, curtidores, entre otros; incluso trabajaron en haciendas azucareras y ganaderas, en lugares como Veracruz, Puebla o el actual Estado de México, por mencionar sólo algunos.  

    María, Juan, Nicolás, Juana, Isabel, Catalina, Ana, Joseph, Francisca, Diego, Pedro, Sebastián, Luisa y Antonio eran los nombres más comunes de las niñas y de los niños de origen africano que fueron esclavizados en la ciudad de México en la primera mitad del siglo XVII. Además de sus nombres, se usaban otras palabras para referirse a ellos, por ejemplo niños, muchachos, negritos, mulatillos, muleques y mulecones. Con estos términos se señalaba su origen africano, y aunque algunas de estas palabras se relacionaban con el color de su piel, otras simplemente hacían referencia a la edad o al hecho de tener ancestros africanos. La palabra muleque, por ejemplo, que se usaba para referirse sobre todo a los niños de origen africano que eran esclavizados, viene de los idiomas kimbundu y kikongo, que se hablan en algunas zonas del centro de África, y significa hijo, niño o joven. 

    Miles de niños llegaron desde África junto con otras personas esclavizadas, otras veces nacían en Nueva España, pero al ser hijas o hijos de mujeres de origen africano que eran esclavizadas, eran considerados asimismo esclavos. Sin embargo, es muy importante señalar que en muchos casos lograron conseguir la libertad durante su infancia o en algún otro momento de su vida, incluso presentándose casos de niños afrodescendientes que nacieron siendo libres. ¿Cómo conseguían la libertad? Hubo quienes reunieron dinero para pagar por su propia libertad o la de sus familiares, como la de sus hijos, sobrinos, nietos o ahijados. Pero estos procesos no estuvieron libres de obstáculos, por lo que algunas mujeres incluso emprendieron juicios y recurrieron a procesos legales para conseguir la libertad de sus hijos, tal como ha documentado María Elisa Velázquez. 

    Asimismo, hubo otros casos en los que las o los propietarios otorgaron la libertad. En 1642, Ynés, de tan sólo cuatro meses de edad, es mencionada en el testamento de un señor llamado Gonzalo de Francia, quien le otorga la libertad e incluso le hereda una cuantiosa suma de dinero. Algo similar ocurrió con Antonio, un niño de un año considerado “mulato”, quien recibió la libertad en el testamento de Martín de Córdoba, su “amo” o antiguo “dueño”. 

    Otras veces, obtener la libertad era casi imposible por medios legales, y entonces había quienes decidían escapar, ya fuera de manera individual o colectiva. Ese fue el caso de Magdalena, una mujer que huyó en 1606 junto con sus hijas Beatriz e Isabel y con tres de sus nietos llamados Joseph, Diego y Paula. De hecho, existen casos similares que son más conocidos: se sabe que muchas personas de origen africano huyeron a finales del siglo XVI y principios del siglo XVII junto con un hombre conocido como Yanga en la región de Córdoba, Veracruz. También, a mediados del siglo XVIII, se sabe de otros afrodescendientes que huyeron junto con un señor llamado Fernando Manuel, quienes fundaron un pueblo en Amapa, ubicado en el actual Papaloapan oaxaqueño. Tanto en el caso de Yanga como en el de Amapa, las personas afrodescendientes fundaron pueblos libres reconocidos incluso por la Corona española. De igual modo, en el siglo XIX hubo personas de origen africano e indígena que venían huyendo de la esclavitud de Estados Unidos y arribaron al norte de México, donde la esclavitud se había prohibido desde 1829. Ahí, específicamente en Coahuila, defendieron la frontera del país y por su trabajo recibieron tierras; actualmente se les conoce como “negros mascogos”. 

    Ahora sabemos que todas las personas nacen siendo libres, y que no hay ningún motivo para secuestrar, esclavizar o adueñarse de alguien más… ¡seríamos llevados a la cárcel tan sólo por intentarlo! Pero en esa época esas prácticas estaban permitidas; fue hasta el siglo XIX cuando se logró la abolición definitiva de la esclavitud, gracias al esfuerzo de muchos hombres y mujeres, sobre todo afrodescendientes, entre los cuales se halla el insurgente Vicente Guerrero. 

    La historia de las personas de origen africano que habitaron estos territorios hace cuatrocientos años es parte central de la historia de México. Por este motivo, conocer los aportes históricos de las personas y poblaciones de origen africano en nuestro país es un derecho que tenemos todas y todos. A fin de cuentas, alguna niña o niño afrodescendiente esclavizado durante el periodo colonial en América, puede ser parte de nuestros ancestros sin que necesariamente nos reconozcamos como afrodescendientes.  Honrar la memoria de las personas de origen africano en México implica, entre otras cosas, reconocer a las niñas y los niños afrodescendientes de Nueva España, dar cuenta del valor de sus contribuciones económicas, sociales, culturales y políticas, así como mostrar con dignidad sus experiencias de esclavitud y de libertad. 

    Conocer su importancia histórica y actual no sólo es un derecho, sino también un compromiso, sin importar nuestros orígenes familiares. Además, por supuesto, es imprescindible reconocer las múltiples maneras en que las personas afromexicanas de todas las edades contribuyen en términos económicos, sociales, culturales y políticos en el México actual para poder comprender la necesidad de combatir las desigualdades y formas de discriminación y racismo que enfrentan. 

    Según el Censo Nacional de Población y Vivienda 2020 del INEGI, las personas afromexicanas, negras o afrodescendientes representan el 2% de la población del país. Sabemos que se encuentran en todas las entidades, aunque en mayor cantidad se concentran en Guerrero, Estado de México, Veracruz, Oaxaca y Ciudad de México. Una de las regiones más importantes donde viven es la Costa Chica de Guerrero y Oaxaca, y otra zona importante es la de Veracruz y el Papaloapan oaxaqueño, si bien es importante insistir en que se encuentran a lo largo y ancho de toda la República. 

    En Guerrero, Oaxaca y Veracruz, los niños afromexicanos participan en distintos aspectos culturales de sus localidades, como conocer versos, décimas, cuentos y leyendas que son parte de la tradición oral que se transmite de generación en generación; algunos de ellos forman parte de grupos de danzas y música, como la danza de los diablos, el son de artesa, la danza del toro de petate, la danza de la tortuga, el son jarocho, entre otras. También hay niñas, niños y jóvenes que destacan en la pintura y el grabado, o en la elaboración de objetos que forman parte de la cultura material y que se utilizan para distintas actividades económicas propias de las regiones donde habitan. 

    Las personas afromexicanas de la Costa Chica de Guerrero y Oaxaca se dedican a actividades económicas diversas, como la ganadería, la pesca, la elaboración de pan o la producción y comercialización de mango, papaya, coco, sandía, limón y maíz, entre otros. Niñas y niños afromexicanos colaboran en estas actividades, además de apoyar en la venta de productos –para lo cual muchas veces recorren las calles de su localidad–, o realizan mandados significativos para su familia. A veces también participan en la elaboración y venta de alimentos y bebidas tradicionales; de hecho, la gastronomía es otra expresión significativa de las personas afromexicanas, pues forma parte de su patrimonio cultural.  

    A pesar de la importancia de las personas afrodescendientes a lo largo de la historia y en el presente de nuestro país, las y los niños afromexicanos y afrodescendientes del país aún enfrentan problemáticas de injusticias como las del pasado. Por ejemplo, muchos de ellos habitan en zonas con poca atención médica o con caminos de difícil acceso, y es común que en las escuelas o en otros espacios padezcan actos racistas y discriminatorios que vulneran sus derechos. Les implica un esfuerzo doble el seguir estudiando en un ambiente con formas de violencia verbal y física que les afectan severamente. Casi de manera generalizada, desde el preescolar se aprende la idea equivocada de que el rosa claro es el “color carne” o “color piel”. Son pocas las acciones que se emprenden para erradicar el bullying racista en los diferentes niveles educativos, en los cuales persisten ideas y prácticas discriminatorias por parte de docentes, estudiantes o familias. 

    Por supuesto, también existen maestras y maestros así como organizaciones de la sociedad civil e instituciones gubernamentales que emprenden acciones para erradicar el racismo. Un ejemplo es el Colectivo Afroeduca, coordinado por Rosa María Castro e integrado por numerosas asociaciones, organismos y personas. Gracias a su trabajo desde 2023, los libros de texto de primaria y secundaria de la SEP incluyen información sobre los aportes históricos y actuales de las y los afrodescendientes, pues antes se repetían estereotipos y se reproducía el desconocimiento sobre esta población. Esta inclusión todavía es muy reciente como para ver cambios significativos, más aún, sigue haciendo falta una política de capacitación continua para docentes y una de concientización en general para evitar cualquier manifestación de racismo en la educación.  

    Otro problema es que muchas personas siguen creyendo que los seres humanos nos dividimos en “razas biológicas”, usando esta idea equivocada y obsoleta para imponer jerarquías con la intención de justificar actos injustos en contra de ciertas personas por su origen, su forma de ser, su apariencia física o su forma de vivir. Actualmente, los estudios científicos demuestran que no existen diferencias genéticas que nos distingan en “razas”; por el contrario, se ha demostrado científicamente que nuestro origen y nuestro color de piel no se relacionan de ningún modo con nuestras capacidades intelectuales, de fuerza u otros rasgos. Además, los organismos nacionales e internacionales de derechos humanos, así como la Constitución de nuestro país y distintas leyes, insisten en que las diferencias culturales o corporales no son motivo para discriminar o maltratar a nadie. Por tanto, no se trata de ser “políticamente correctos”, sino de reconocer los hallazgos científicos que han demostrado que los seres humanos conformamos una sola especie con variabilidad genética, sin la existencia de razas biológicas, así como de reconocer la importancia de las investigaciones que han demostrado las totalmente graves, injustas e inmerecidas consecuencias del racismo.  

    En definitiva, se requieren acciones conjuntas y contundentes para lograr una vida libre de violencia, donde todas las niñas y los niños afromexicanos y afrodescendientes ejerzan sus derechos de manera plena, libre y feliz, y donde todas las personas conozcamos las contribuciones históricas y actuales de las personas afrodescendientes de diferentes edades.

    Para saber más

    Masferrer León, Cristina, Muleke, negritas y mulatillos. Niñez, familia y redes sociales de los esclavos de origen africano de la Ciudad de México, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2013.

    Masferrer León, Cristina, “Yo no me siento contigo. Educación y racismo en pueblos afromexicanos”, Diálogos sobre educación. Temas actuales en investigación educativa, año 7, número 13, julio-diciembre, 2016. p. 1-17. 

    Masferrer León, Cristina. Las preguntas viajan en autobús. Un cuento sobre la afrodescendencia en México. México, Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2023. Disponible en: https://www.aacademica.org/cristina.masferrer/30

    Masferrer León, Cristina y María Elisa Velázquez, “Mujeres y niñas esclavizadas en la Nueva España: agencia, resiliencia y redes sociales”, en María Elisa Velázquez y Carolina González Undurraga, Mujeres africanas y afrodescendientes. Experiencias de esclavitud y libertad en América Latina y África. Siglos XVI al XIX, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2016, p. 29-58. 

    Quecha Reyna, Citlali y Cristina Masferrer León, “Niñas y niños afromexicanos de la Costa Chica. Socialización y género en el trabajo infantil”, Los rostros del trabajo infantil en México, Memoria del primer foro, México, Mesa Social Contra la Explotación de Niñas, Niños y Adolescentes, 2015, p. 105-121.

    Imagen de portada: De negro e india: china cambuja, Miguel Cabrera, 1763. Colección: Museo de América. Imagen tomada de: https://ceres.mcu.es/pages/Vieweraccion=4&AMuseo=MAM&Museo=MAM&Ninv=00007.

  • Por las infancias que aún no reciben flores. Un ensayo sobre las infancias trans en México

    Por las infancias que aún no reciben flores. Un ensayo sobre las infancias trans en México

    Por Siobhan Guerrero Mc Manus

    Hace algunos días se celebró el Día de la Niñez en México. Las redes sociales, las escuelas y las familias se colmaron de dibujos, dulces, canciones, juegos. Hubo flores, fotos, promesas. Pero no para todas las infancias. Cada año, en medio del jolgorio, hay quienes no encuentran en esta fecha ni reconocimiento, ni apoyo, ni cariño. Nos referimos a las infancias trans.

    Las infancias trans son niñas, niños y niñes cuya identidad de género no se corresponde con el sexo asignado al nacer. No se trata de una moda ni de una confusión. Se trata de personas —sí, personas— que desde temprana edad han comenzado a explorar quiénes son, a expresarlo con palabras, con gestos, con juegos, con silencios, con resistencias. Son infancias que, como todas, tienen derecho a un entorno donde puedan vivir sin miedo, donde la posibilidad de nombrarse no implique castigo, exclusión o violencia.

    En México, según la Encuesta Nacional sobre Diversidad Sexual y de Género (ENDISEG) del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI, 2021), el 0.9% de la población mayor de 15 años se reconoce como trans. Esta cifra, aunque pueda parecer modesta, revela algo contundente: por primera vez en la historia del país, la generación más joven —la llamada generación alfa— es también la que reporta el mayor número de personas LGBT. Nunca antes hubo tantas personas viviendo y nombrando con libertad su orientación sexual o su identidad de género. Esto es señal de un cambio social profundo. Pero también de una batalla cultural en curso.

    En los últimos años, la visibilidad de las infancias trans ha crecido, tanto en México como en otras partes del mundo. Esta mayor presencia, sin embargo, ha venido acompañada de un conjunto de polémicas y pánicos morales que amenazan la posibilidad misma de que estas infancias vivan con dignidad. En lugar de preguntar cómo crear espacios seguros para su bienestar, muchas personas y actores políticos han optado por sembrar dudas, esparcir rumores y difundir información errónea, que confunde incluso a aquellas familias que lo único que desean es hacer lo mejor por sus hijes.

    No es un fenómeno aislado. A nivel internacional, el crecimiento del reconocimiento legal y social de las personas trans ha sido contrarrestado por una ola de retrocesos impulsados por discursos alarmistas. En países como Estados Unidos y Reino Unido, los avances en el acompañamiento afirmativo de género han sido atacados por campañas que distorsionan la realidad. En ambos contextos, decisiones políticas recientes han restringido los derechos de las infancias trans, no porque existan nuevas evidencias científicas, sino porque el miedo y la desinformación han penetrado profundamente en los espacios de toma de decisiones.

    Este ensayo busca precisamente arrojar algo de claridad. Explicar quiénes son las infancias trans, cuáles son sus desafíos y cuál ha sido su historia de lucha en México y América Latina. Sobre todo, pretende señalar por qué hoy, más que nunca, el principal reto que enfrentan estas infancias es la desinformación. Una desinformación que se vuelve estructura, que se normaliza, que pone en riesgo vidas.

    La historia de una lucha

    Hablar de infancias trans en México es también hablar de un proceso histórico. Durante décadas, la posibilidad de que una persona menor de edad pudiera cambiar su identidad de género en documentos oficiales era simplemente inexistente. Hasta 2014, el trámite de reconocimiento de la identidad de género para personas trans era judicial, lento y estigmatizante, incluso para personas adultas.

    La historia cambia a partir de 2015, cuando la Ciudad de México modifica su Código Civil para permitir un procedimiento administrativo de rectificación de actas de nacimiento por identidad de género. Esta reforma marcó un antes y un después, y fue impulsada en gran medida por el activismo de personas trans adultas. Sin embargo, el procedimiento sólo estaba disponible para mayores de edad.

    El caso de Sophía, una niña trans de la Ciudad de México, cambió el rumbo de las cosas. Su familia, acompañada por activistas y organizaciones como Litigio Estratégico en Derechos Sexuales y Reproductivos LGBTI+ (LEDESER) o la Red de Familias Trans, exigió que también las infancias pudieran acceder al mismo derecho. Este hecho dio lugar a la creación de un debate en la esfera pública y a la articulación de una serie de alianzas entre voces de la academia, el activismo, los organismos de los derechos humanos y las propias familias con hijes trans. Comenzó así la lucha por el reconocimiento de las identidades trans en infancias y adolescencias.

    Eventualmente, esta lucha fue cristalizando en una serie de logros, como el reconocimiento en el estado de Jalisco de la identidad autopercibida en niñes y adolescentes y, posteriormente, logros semejantes en estados como Oaxaca y Baja California, por mencionar algunos. También se consiguió que la Suprema Corte de Justicia de la Nación declarara como inconstitucional las leyes que restringen el derecho a la identidad autopercibida a personas adultas. Desde luego, esta lucha no ha estado exenta de dificultades pues han habido voces que se han opuesto a estos avances argumentando desde el pánico moral, algo que abordaremos en las siguientes secciones. 

    En cualquier caso, esta historia no empieza ni termina en México. En América Latina, Argentina fue pionera en el reconocimiento del derecho de las infancias trans a ser nombradas en sus propios términos. En 2013, el caso de Luana, una niña trans que obtuvo su Documento Nacional de Identidad (DNI) con nombre e identidad autopercibida a los seis años, se convirtió en un hito a nivel internacional. Hoy Luana es adolescente, y su historia ha sido un parteaguas que transformó el modo en que el mundo entiende que las infancias —sí, las infancias— tienen agencia, voz, y capacidad para hablar de sí mismas. Su caso ayudó a que en muchos países se reconociera que las identidades trans no son “imposiciones adultas”, sino vivencias profundas que comienzan desde edades tempranas.

    El cuidado afirmativo de género

    Frente a los discursos de odio y las campañas de desinformación, ha emergido un modelo que busca centrar la dignidad, el bienestar y la escucha: el modelo de cuidado afirmativo de género. Este modelo ha sido desarrollado durante las últimas décadas a partir de una perspectiva transdisciplinaria que reúne los aportes de profesionales en psicología, trabajo social, bioética, derechos humanos y, sobre todo, de personas trans que han compartido sus experiencias y necesidades.

    A diferencia de enfoques patologizantes o coercitivos, el cuidado afirmativo no se pregunta si una infancia «es» o «no es» trans desde una lógica de sospecha. Lo que propone es otra cosa: ¿cómo podemos crear espacios seguros para que toda infancia explore su identidad sin miedo ni castigo? ¿cómo garantizar que ese proceso se desarrolle con información adecuada, apoyo emocional, respeto a los tiempos individuales y sin presiones?

    Estos modelos reconocen que los procesos de exploración de la identidad de género comienzan desde muy temprano. No se trata de imponer identidades, sino de permitir que se desarrollen sin obstáculos. Por ello, insisten en que el acompañamiento debe adaptarse a la edad, ser gradual, respetuoso y, sobre todo, debe cuidar la integridad de los derechos humanos. Ni coerción, ni imposición, ni abandono.

    Al trasladar el tema de la identidad de género al ámbito de los derechos humanos, lo que se busca es la despatologización y descriminalización de las identidades trans. No hace mucho, estas identidades eran entendidas en clave de pecado, crimen o enfermedad mental. Afortunadamente, hoy la propia Organización Mundial de la Salud ha eliminado a las identidades trans del apartado de trastornos mentales y reconoce que las personas trans no están enfermas. La medicina contemporánea ha alcanzado un consenso claro: los modelos de cuidado afirmativo de género permiten a las personas trans vivir vidas más dignas, protegidas y con mejores condiciones de salud mental y bienestar.

    No se puede olvidar que América Latina es la región más letal del mundo para las personas trans. Y que México ocupa el segundo lugar internacional en transfeminicidios. El acompañamiento no es un lujo: es una urgencia vital.

    También es urgente dejar de lado los prejuicios etaristas que suponen que las infancias no pueden comprenderse a sí mismas. Estos prejuicios han producido injusticias epistémicas que silencian sus voces y niegan su capacidad para nombrar sus experiencias. A ello se suma la falta de una educación sexual integral que provea a todas las infancias de herramientas para entender su cuerpo, sus emociones y su identidad. Callar no protege: silencia. Negar no cuida: vulnera.

    Los cinco jinetes del pánico moral

    Los avances de los últimos años han sido atacados por una batería de argumentos que, aunque disfrazados de preocupación, son en realidad expresiones de pánico moral. Estos pánicos suelen organizarse en cinco grandes líneas:

    • Pánicos sobre el desistimiento: Se afirma que la mayoría de las infancias que se identifican como trans más tarde «desisten», es decir, cambian de identidad. Sin embargo, esta afirmación se basa en estudios obsoletos o mal interpretados, muchos de los cuales confundían la no conformidad de género con identidad trans. La evidencia más reciente muestra que cuando hay acompañamiento afirmativo y sin coerción, la persistencia en la identidad es alta.
    • Pánicos sobre la detransición: Se sobredimensionan los casos de personas que luego de una transición deciden revertirla, insinuando que esto prueba un error sistémico. Pero la detransición es infrecuente, y cuando ocurre suele estar relacionada con contextos de presión social, discriminación o falta de apoyo. Además, el acompañamiento afirmativo no busca acelerar procesos, sino permitirlos con seguridad.
    • Pánicos sobre la etiología de las identidades trans: Aquí se introduce la idea de que las infancias trans están confundidas, que sufren de “disforia de inicio rápido” o que en realidad tienen autismo y por eso no comprenden su identidad. Estas ideas no tienen base científica sólida y se sustentan en estudios poco rigurosos. Además, patologizan la diferencia.
    • Pánicos sobre la hormonización y mutilación: Se difunde la idea falsa de que a les niñes trans se les dan hormonas o se les somete a cirugías. La verdad es que, en México y en muchos otros países, no hay intervenciones médicas de ese tipo en la infancia. El acompañamiento es psicosocial, centrado en el respeto y el bienestar.
    • Teorías conspirativas: Finalmente, hay quienes sostienen que todo esto es parte de una agenda oscura. Algunos apuntan a supuestos lobbies judíos, otros a intereses farmacéuticos y algunos más a un proyecto transhumanista. Estas teorías no sólo carecen de fundamento, sino que propagan odio, antisemitismo y transfobia.

    Estas formas de pánico no se sustentan en evidencia, sino en temor, desinformación o franca manipulación ideológica. Es por ello que es fundamental evitar caer presa de bombas de rumores que propagan miedos sin ningún sustento. 

    Conclusión

    Las infancias trans existen. Viven, juegan, ríen, preguntan, dudan, sueñan. Como cualquier niñez, necesitan cuidado, amor y respeto. Pero también necesitan que la sociedad escuche, aprenda y actúe con responsabilidad. Hoy, más que nunca, el mayor peligro para estas infancias no es su identidad, sino el miedo que otros proyectan sobre ella.

    Invitamos a los medios de comunicación a dejar de sensacionalizar las vidas trans. Tratar estas historias con morbo o condescendencia no sólo es irresponsable, también es violento. La representación debe hacerse desde el respeto, la dignidad y la escucha. Así mismo, invitamos a las familias a acompañar a sus hijes trans desde el amor, no desde el miedo ni el prejuicio.

    Hoy, desafortunadamente, las polémicas en torno a las infancias trans —y a las personas trans en general— están siendo afectadas por las dinámicas de la posverdad. Como ocurre con el cambio climático o las vacunas, la ciencia está siendo atacada por posiciones conservadoras y antiderechos que buscan imponer visiones regresivas. Por ello, es fundamental no caer presa de bulos ni de campañas de desinformación. Escuchemos la evidencia. Escuchemos a las personas. Escuchemos, sobre todo, a las infancias.

    En el Día de la Niñez, el gesto más radical que podemos ofrecer no es una flor, un dulce o un aplauso, sino el compromiso de construir un país en el que ninguna infancia tenga que ocultarse para ser amada.

    Para saber más

    Derecho a la identidad de género de niñas, niños y adolescentes, México, Tribunal Superior de Justicia y Consejo de la Judicatura de la Ciudad de México, 2016. 

    Feinberg, Leslie, “Liberación transgénero: un movimiento cuyo tiempo ha llegado”, en Pol Galofre y Miquel Missé (editores), Políticas Trans. Una Antología de textos desde los estudios trans norteamericanos, Barcelona, Egales Editorial, 2015, p. 67-104. 

    Gill-Peterson, Jules, Historias de la infancia trans, Barcelona, Bellaterra Edicions, 2022. 

    Guerrero Mc Manus, Siobhan y Leah Muñoz Contreras, “Epistemologías transfeministas e identidad de género en la infancia: del esencialismo al sujeto del saber”, Revista Interdisciplinaria de Estudios de Género de El Colegio de México, volumen 4, mayo de 2018. disponible en línea: https://estudiosdegenero.colmex.mx/index.php/eg/article/view/168.

    Imagen de portada: Pareja de niños, Rufino Tamayo, 1966. Colección: Banco de la República de Colombia. Imagen tomada de: https://colecciones.banrepcultural.org/document/retrato-de-ninos-pareja-de-ninos-pintura/63a069015d96b8790f25e997.

  • Breves apuntes sobre la historia de la infancia

    Breves apuntes sobre la historia de la infancia

    Por Susana Sosenski

    Han pasado más de seis décadas desde la publicación de la multicitada obra de Philippe Ariès, El niño y la vida familiar en el Antiguo Régimen, un libro que movilizó una serie de reflexiones, particularmente en Europa, Estados Unidos y América Latina, acerca del lugar de los niños y las niñas en la historia. El trabajo de Ariès desde la historia cultural, así como el desarrollo de la historia social en los años sesenta obligaron a pensar a niños y niñas como actores de la historia, pero también a la infancia como un concepto cultural e históricamente situado. Esto tuvo importantes repercusiones en las formas de entender no sólo la vida familiar o la historia de la educación, espacios tradicionalmente asociados a la niñez, sino también estructuras sociales, económicas y políticas más amplias que, observadas desde la perspectiva de las infancias, aparecían como reproductoras de una serie de mandatos, significados culturales, desigualdades, exclusiones, inclusiones e invisibilidades.

    Que hablemos de las infancias hoy así, en plural, es resultado de varios años de reflexión elaborada desde la academia, como desde los activismos (adultos e infantiles), que reconocieron a las experiencias de las infancias como múltiples y heterogéneas. Lo que ha significado ser niño difiere, por ejemplo, de lo que ha significado ser niña; y en una misma comunidad puede haber múltiples connotaciones sobre la infancia. Hoy en día varias propuestas apelan a elaborar términos más inclusivos: niñe, niñes, niñeces, niñxs, al mismo tiempo que se busca reducir la relativización y pensar en cómo afectan las políticas a la infancia en su sentido general. En todo caso no hay forma de entender la infancia más que como una categoría relacional e interseccional, profundamente interrelacionada con procesos religiosos, étnicos, políticos, con el género y la clase. 

    Una de las continuas operaciones de la historiografía ha sido desnaturalizar un enorme cúmulo de categorías y conceptos asociadas en este caso a las infancias. En primer lugar, se ha mostrado que la edad es una categoría históricamente situada que sirve para jerarquizar, diferenciar, clasificar, estratificar y calificar a los individuos en función de sus grados de desarrollo, biológico o psicológico, y que se ha utilizado para otorgar o restringir derechos políticos, jurídicos o sociales. La edad opera como un recipiente en el que se depositan múltiples, heterogéneos y contradictorios contenidos culturales que exigen comportamientos, hábitos y reacciones específicas. La infancia, en su interconexión con una edad determinada (misma que también es fluida y flexible en el tiempo) es una posición, un lugar en el que se coloca a determinados sujetos. Aunque la edad no sea una posición fija sino transitoria, múltiples estudios muestran que no es asumida por todos de igual manera sino que genera formas diferenciadas de resistencia, apropiación o negociación, lo cual, en el caso de niños y niñas, da como resultado un constante conflicto de poder con los adultos. 

    Si entendemos entonces la edad como un campo de poder, éste aparece muchas veces como algo que los adultos utilizan para excluir, utilizar o disponer. Las edades que se vinculan a ciertas etapas infantiles suelen asociarse con actitudes, valores y estereotipos de corta, mediana o larga duración. La inocencia, por ejemplo, es una construcción de larga data, reforzada por el romanticismo del siglo XVIII que entendió a los niños como seres puros, buenos y, por lo tanto, carentes de maldad. La vinculación esencialista entre niñez e inocencia ha signado la forma en que nos relacionamos con los niños todavía en la actualidad. Ese ideal de la inocencia infantil, como señalaría Henry Giroux, ha sido una fantasía adulta que ha invisibilizado a los niños y ha reducido sus posibilidades de experimentarse como agentes críticos, colocándolos en posición de vulnerabilidad, inmadurez cognitiva y falta de entendimiento. Gracias a esa concepción se les ha negado el derecho a ciertos saberes, en particular a los conocimientos políticos, económicos o de educación sexual, en tanto se sostiene la supuesta incompetencia de niños y niñas para “entender” en contraposición a los adultos, “naturalmente” capacitados y calificados para la comprensión de todos los temas. Para designar esta posición de los adultos frente a los niños muchos trabajos han optado por hablar de “adultocentrismo”.

    El lente puesto en las experiencias, proyectos, iniciativas y construcciones socioculturales sobre la infancia permite, a su vez, advertir matices y reconocer nuevas luces en lo que sabemos de procesos históricos más amplios. Estos sujetos, por ejemplo, han sido piezas clave en la construcción del capitalismo en México. Su mano de obra barata, su trabajo esclavo, así como luego su incentivada participación en el mundo del consumo, han signado el devenir de la historia del trabajo en México, tanto campesino como urbano, tanto artesanal como industrial, formal o informal. Niños y niñas han sido actores clave en la vida familiar, ya sea aportando ingresos o en el trabajo de reproducción social de las niñas como cuidadoras de sus pequeños hermanos y amas de casa; a lo que se suman los miles de niños migrantes de los que tenemos noticias desde el temprano siglo XX, que muchas veces serían los encargados de traducir lenguas nacionales a las de sus padres indígenas. Incluso los niños escolares de primera generación, que fueron una minoría por lo menos hasta la mitad del siglo XX, cumplieron una función fundamental en la circulación de los valores del nacionalismo posrevolucionario. Gracias a los niños y las niñas escolares, por ejemplo, sus familias se enteraron de cómo podían enfrentar enfermedades como el paludismo, la tifoidea o evitar adicciones como el alcoholismo.

    Hoy en día algunos estudiosos sobre la infancia siguen pensando en términos que inviten a la narrativa histórica a mirar hacia abajo, a esa tercera parte de la población a la que se ha marginado en todos los sentidos posibles. Una mujer indígena ya enfrenta una considerable marginación, pero ésta se acentúa si ella es niña. Algunos términos, como childism buscan incitar a que la historia, la sociología, la antropología o la etnografía agreguen otra lentilla más a la observación de las realidades, y que esta lentilla sea la de lxs niñxs. Este esfuerzo se ha hecho en el campo latinoamericano desde hace más de treinta años, cuando comenzaron las primeras reflexiones historiográficas en torno a las infancias. La historia de la familia o de la educación se había referido a éstas de manera muy tangencial. Sin embargo, está por cumplir 30 años la obra que fue semilla en la historiografía de la infancia en México, me refiero al libro escrito por Beatriz Alcubierre y Tania Carreño, Los niños villistas, la primera investigación histórica que se dedicó a las experiencias de vida y las representaciones de la niñez bajo el ejército de Francisco Villa durante la Revolución mexicana. Utilizando múltiples fuentes y con un análisis notable de la fotografía y la literatura, este libro inició el fecundo camino de historizar las vidas infantiles en México. A este estudio se sumó años después, en 2001, la tesis de Alberto del Castillo Troncoso, quien analizó los conceptos, imágenes y representaciones de la niñez durante el porfiriato y una parte de la Revolución mexicana.

    A estas alturas del camino, gozamos de un nutrido grupo de trabajos que se han dedicado a la historia de las infancias en México desde la antigüedad hasta nuestros días. Ahora más que nunca, se requiere mantener una perspectiva crítica en la historia de las infancias porque, como todo objeto historiográfico, este exige claridad en la postura ético política de quien escribe. ¿Cuál es el objetivo de conocer, reconstruir o analizar las experiencias de vida infantiles en el pasado?¿Cuál es la intención? A estas preguntas pueden sumarse muchas otras, que exigen una mirada inclusiva. ¿Podemos pensar en una historia del racismo en México que excluya a los niños y las niñas?¿Qué lugar ocupa lo infantil en la construcción del género? ¿En qué medida la exclusión de niños, niñas, niñes, niñxs, adolescentes, ha impactado en la narrativa histórica? ¿Por qué se ha naturalizado la exclusión por edad en casi todas las temáticas estudiadas? Entender todas estas racionalidades no sólo nos acerca a comprender la historia de las infancias, sino procesos mucho más amplios. 

    Para saber más

    Alcubierre, Beatriz y Susana Sosenski, Historia mínima de las infancias en México, México, El Colegio de México, 2024.

    Alcubierre, Beatriz y Tania Carreño, Los niños villistas. Una mirada a la historia de la infancia en México, 1900-1920, México, Secretaría de Gobernación, Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, 1996. 

    Ariès, Philippe, El niño y la vida familiar en el Antiguo Régimen, Buenos Aires, El Cuenco de Plata, 2023.

    Del Castillo Troncoso, Alberto, Conceptos, imágenes y representaciones de la niñez en la ciudad de México, 1880-1920, México, El Colegio de México, Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, 2006. 

    Imagen de portada: Niñas con sandía, María Izquierdo, 1946. Colección: SURA. Imagen tomada de: https://www.sura.com/arteycultura/obra/ninas-con-sandia/.

  • Leer en voz alta

    Leer en voz alta

    En un mundo donde predomina la lectura individual y en silencio, leer en voz alta puede parecer extraño y anticuado. Sin embargo, esta práctica persiste y lucha por sobrevivir. ☞ El pasado 22 de abril, el zócalo de la Ciudad de México se convirtió en una gran sala de lectura colectiva: 10 mil personas, según el conteo oficial, se congregaron bajo el cielo abierto y una amenazante lluvia para escuchar fragmentos de Cantares Mexicanos, cuentos de Oscar Wilde y otros poemas. ☞ Ya  2019, la plancha de la Constitución había sido escenario de una lectura pública del Plan de Ayala, en conmemoración del centenario del asesinato de Emiliano Zapata. La serie de imágenes capturadas por la fotorreportera María Luisa Severiano para La Jornada muestran a decenas de personas sentadas, hincadas o de pie, escuchando con atención la lectura del documento que una oradora realiza con un micrófono para amplificar su voz. ☞ La lectura en voz alta es un acto colectivo, que involucra a dos o más personas comúnmente reunidas en cantinas, pulquerías, cafés y plazas públicas. Posibilita la creación de un público lector amplio, sobre todo en sociedades con alto grado de analfabetización (aunque no exclusivamente), y permite la circulación de textos que no se reducen únicamente a los géneros poéticos como los romances, la poesía o los poemas épicos, sino que se extienden a los géneros dramáticos y narrativos como las obras de teatro, las novelas, los libros de historia o los textos periodísticos. ☞ Por ejemplo, en las calles londinenses los vendedores ambulantes solían convencer a algún lector para que les leyera las noticias o los artículos de un periódico o de alguna revista ilustrada. Luego se aseguraban de guardar los ejemplares para envolver sus mercancías, según relata Martyn Lyons, catedrático de la Universidad de Nueva Gales del Sur (Sidney). En su estudio sobre los lectores del siglo XIX, Lyons sostiene además que la lectura en voz alta desempeñó un papel fundamental en la politización de la clase trabajadora, pues era parte esencial de la cultura en los espacios de trabajo. ☞ En efecto, durante el siglo XIX surgieron en las fábricas cubanas los llamados lectores de tabaquería, personas encargadas de leer en voz alta periódicos y textos literarios mientras los obreros torcían el tabaco. Por lo general, el lector se ubicaba en un punto alto y céntrico del taller para que todos pudieran escucharlo, y recibía una remuneración económica proveniente de una parte del salario de los trabajadores. Con el tiempo, esta práctica se propagó a varios lugares del mundo, como España, Estados Unidos, Puerto Rico, México y República Dominicana. Esta historia es contada magistralmente por Araceli Tinajero, catedrática de literatura hispánica en The Graduate Center y The City College of New York, en su libro El lector de tabaquería: historia de una tradición cubana, publicado en 2007 por la editorial madrileña Verbum. ☞ Desafortunadamente para el caso de nuestro país no existen estudios específicos que detallen la importancia histórica de la lectura en voz alta. José Ortíz Monasterio realizó apuntes interesantes en un par de artículos donde analiza la lectura en el siglo XIX. Argumenta que la lectura en voz alta es un acto de socialización opuesto a la lectura en solitario, que jugó un papel enorme no sólo porque posibilitó que los pobres y analfabetas accedieran a los impresos, sino porque implicaba una experiencia muy distinta, donde la lectura se percibía de otro modo por los sentidos. Concluye, entre otras cosas, que en un mundo sin radio, cine ni televisión –y hoy sin  internet–,  “leer en  una  tertulia  o  en  una  botica  un  periódico o una novela de Dumas o de Riva Palacio era una de  las  pocas  opciones  de  entretenimiento  realmente  interesantes  de  la  época”. ☞ Según datos recientes del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), la población lectora mayor de 18 años en México ha disminuido 14 puntos porcentuales en la última década, al pasar del 84.2 % en 2015 al 69.6 % en 2024. A pesar de los esfuerzos del Fondo de Cultura Económica durante los últimos seis años por abaratar y facilitar la distribución y acceso a los libros, el desafío persiste: ¿Cómo fomentar la lectura en México? En un mundo dominado por el consumo rápido de contenido en redes sociales y la lectura individual, cabe preguntarse si la lectura en voz alta podría ser una estrategia efectiva para ampliar el público lector. ☞ Hasta aquí el fichero de esta edición; nos leemos en el próximo número de La Bola, la revista de divulgación.

    Imagen de portada: Lector contratado para leer a los trabajadores de una fábrica de cigarros en Cuba, sin fecha de creación. Colección Gendreau, Getty Images. Fotografía tomada de: https://www.facebook.com/Datos.De.Historia 

  • Libros contra Hitler. Edición y antifascismo en México, 1935-1945

    Libros contra Hitler. Edición y antifascismo en México, 1935-1945

    Por Francisco Joel Guzmán Anguiano

    ¡No pasarán!

    La llegada de los nazis al poder en Alemania, en enero de 1933, y el nombramiento de Adolf Hitler como Führer, en agosto de 1934, fueron sucesos que trastocaron el combate contra el fascismo a nivel global. Si bien en años previos ya habían existido organizaciones y personas que se habían denominado como antifascistas, en clara oposición al régimen encabezado por Benito Mussolini en Italia –sobre todo exiliados italianos afincados en países como Francia, Alemania, Inglaterra o España—, sería con el ascenso del nazismo alemán y sus primeras acciones de gobierno que este tipo de expresiones de oposición comenzaron a tomar dimensiones más amplias, logrando traspasar el espacio europeo y llegar a otros lugares del globo. 

    Esta expansión mundial no se dio de forma inmediata, ya que se fue gestando paulatinamente a partir de eventualidades como la invasión de Etiopía por parte de Italia, en 1935, o la anexión de Austria por Alemania, en 1936, –el denominado Anschluss—. Pero sería el estallido de la Guerra Civil Española, en 1936, y la intervención de Alemania e Italia en favor del bando encabezado por Francisco Franco lo que marcaría que el antifascismo tomara fuerza a nivel global. Esto se manifestó a partir de la organización de iniciativas de solidaridad en favor de la República Española o la participación de combatientes de numerosos países en las llamadas Brigadas Internacionales del lado Repúblicano. 

    Esta coyuntura posibilitó que la lucha antifascista llegara a multiples rincones del mundo, donde fue adoptada por distintos sectores de la arena política local, desde comunistas, pasando por socialistas, anarquistas, católicos, liberales, feministas, entre otros. Esta diversidad de actores, con intereses y objetivos propios, adaptaron el discurso del antifascismo a las condiciones contextuales que vivían. Esto dio como resultado que la palabra “fascismo”, además de denominar a la Alemania Nazi y a la Italia Fascista, también fuera empleado para calificar a distintos grupos rivales de la escena local, tales como la Iglesia Católica, distintas comunidades migrantes, grupos de extrema derecha o de derecha, e incluso organizaciones de la socialdemocracia, a la cual los comunistas llamaban “socialfacismo”.     

    México no quedó al margen de estas tendencias, pues multiples grupos sociales hicieron propia la bandera antifascista. Organizaciones como la Confederación de Trabajadores de México (CTM), la Liga Pro Cultura Alemana, el Partido Comunista Mexicano (PCM), la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR), el Taller de Gráfica Popular, la Universidad Obrera de México, Acción Democrática Internacional, el Comité Nacional Antinazifascista, entre muchas más, se posicionaron como opositoras al fascismo, expandido esta denominación a otros actores de la arena política nacional, tales como el Sinarquismo, los Camisas Doradas, la Iglesia Católica, el Partido Acción Nacional, la comunidad alemana en el país, por solo señalar a algunos.

    También en el caso mexicano resalta el hecho de que distintos grupos políticos partícipes de los gobiernos de Lázaro Cárdenas y Manuel Ávila Camacho fungieran como promotores del antifascismo. Esta particularidad, que diferenció al país de otras naciones del continente americano, se materializó en cuestiones como la estructuración de una agenda diplomática de corte antifascista o la formación de alianzas políticas entre el gobierno y distintas organizaciones antifascistas. Por otro lado, también existieron manifestaciones que, por decisión propia o por condiciones políticas específicas, quedaron al margen de dicha vinculación con el Estado.

    Pero, ¿de qué forma se organizó la oposición contra el fascismo en México? Si bien existieron distintas tácticas de lucha, generalmente ésta se llevó a cabo a partir de prácticas como los mítines públicos, la creación de grupos de formación política, la realización de conferencias y actividades culturales, la producción de literatura y obras de arte, la difusión de impresos y escritos, la firma de desplegados y, en algunos casos, la confrontación violenta en contra de aquellos sectores identificados localmente como fascistas. 

    Los objetivos de estas estrategias eran diversos, entre los cuales destacaban denunciar al fascismo internacional y sus “manifestaciones locales” o expresar solidaridad con aquellas víctimas de la opresión. A ello se sumaron otras como legitimar socialmente a una causa política específica; fortalecer la formación política de cuadros al interior de una organización; generar conciencia social acerca de los peligros del fascismo y movilizar a la sociedad en favor de sus objetivos; crear corrientes de opinión pública favorables al antifascismo; o ganar posiciones de poder y capacidad de acción dentro del gobierno mexicano o en la arena política nacional. 

    Que las páginas sean balas en contra de la barbarie fascista 

    Dentro del antifascismo, el libro también fue un medio más de lucha. El uso de los impresos como herramientas de difusión de ideas y posturas políticas entre el público lector resultó una estrategia fundamental para distintas organizaciones, ya que vieron en ellos una forma de realizar acciones propagandísticas de forma eficiente en favor de sus causas. Por esta razón fue común que los grupos y simpatizantes del antifascismo recurrieran tanto a la creación de pequeños sellos editoriales de carácter militante como a la publicación en editoriales comerciales ya consolidadas. Esto con el propósito de difundir tanto obras propias como de autores extranjeros, a los cuales traducían para difundirlas en el entorno mexicano e hispanoamericano.  

    Dependiendo de los propósitos que perseguían los autores o editores con la impresión de los libros y de los lectores a los cuales iban dirigidos, se desarrollaron una serie de estrategias de edición cuyo propósito era difundir y dimensionar la amenaza que podría significar el fascismo, tanto en su manifestación europea como “local”. Además de los contenidos plasmados en los libros, estas iniciativas impulsaron la creación de programas gráficos, plasmados tanto en portadas como en ilustraciones al interior de las obras, cuyo propósito era realzar las atrocidades y la brutalidad que caracterizaba a estos regímenes. A ello se sumó la realización de introducciones, prólogos y notas editoriales producidas por intelectuales y figuras públicas reconocidas, con el afán de que su prestigió ayudara a difundir con mayor fuerza las publicaciones. 

    Un ejemplo de estas estrategias es visible en el libro de Eulalia Guzmán Lo que ví y oí, publicado en 1941 por Tipografía SAG. En estas memorias, producto de sus viajes por Italia y Alemania a finales de la década de 1930, la arqueóloga plasmó sus impresiones y preocupaciones sobre los regímenes fascistas existentes en esos países. El propósito de la obra, tal como expresó en el prólogo, era contribuir “a denunciar ante la opinión pública de todas partes, la perversión y el peligro que para la vida civilizada y libre de los pueblos representan los regímenes totalitarios, ahora aliados entre sí, para dominar al mundo”. 

    Pero entre toda esta amplia producción editorial, que rondó los 320 títulos publicados entre 1935 y 1945 ¿Qué tipos de libros se produjeron? En primer lugar estuvieron las obras de carácter literario, que comprendieron poemas, novelas y cuentos que evocaron en sus líneas el combate antifascista. También estuvieron aquellas de corte académico, las cuales eran reflexiones críticas del fascismo escritas por profesores universitarios a partir del conocimiento de las ciencias sociales. 

    Otro tipo de libros antifascistas que tuvieron auge fueron los de carácter autobiográfico. Los testimonios y las vivencias de los autores –generalmente perseguidos políticos exiliados– sirvieron como instrumentos de lucha en contra del fascismo, al difundir entre la opinión pública los abusos y crímenes cometidos por esta clase de regímenes. A su vez, los libros de carácter militante, cuyos contenidos tenían un propósito político explicito, como la formación política de cuadros, la denuncia en contra de algún grupo identificado como fascista o la difusión de discursos y ponencias presentadas en mítines y congresos de carácter antifascista. Estos generalmente fueron producidos por sindicatos, partidos políticos, organizaciones militantes o comités de ayuda a exiliados y perseguidos políticos.

    Las batallas de los libros antifascistas

    Esta relación entre antifascismo y producción editorial en el espacio mexicano, si bien tiene sus expresiones iniciales durante la primera mitad de la década de 1930, cuando aparecen diferentes libros dedicados al tema –como El Estado y la violencia en la historia, de Roberto Calvo Ramírez, editado por el Centro de Estudios para Obreros en 1935–, cobra particular fuerza a partir de 1936 con el estallido de la Guerra Civil Española, la cual se extendió hasta 1939. Las muestras de solidaridad y preocupación por lo sucedido en España entre sectores del comunismo, el gobierno mexicano o el movimiento obrero del país, además de la posterior llegada de exiliados republicanos a México, provocó que el campo editorial fuera una vitrina para la producción de libros antifascistas que refirieron al conflicto español. 

    Editoriales como Frente Popular, América, Pax, México Nuevo, Revolucionaria u organismos como la Sociedad de Amigos de España o la Universidad Obrera de México produjeron una serie de títulos cuyos objetivos eran denunciar lo sucedido en España con la intervención de Italia y Alemania en favor del bando franquista, realzar el esfuerzo del bando repúblicano como parte de la lucha antifascista o remarcar el abandono que vivió la República Española en la esfera internacional. Obras como España bajo el sable de Rodrigo Soriano, editada en 1936 por Pax; Bajo el sol de España. Poemas antifascistas de Jesús Sansón Flores, aparecida en 1938 por la Sociedad de Amigos de España; o La conspiración Nazi en España de Emilio Burns, impresa en 1938 por Revolucionaria, son ejemplos de esta producción. 

    Una vez concluido el conflicto español, en 1939, con la derrota de la República, diversos sucesos marcaron la agenda de la edición antifascista. El inicio de la Segunda Guerra Mundial en septiembre de ese mismo año o los enfrentamientos dentro del campo de la izquierda que causó el Pacto de No Agresión firmado entre la Unión Soviética y la Alemania Nazi, fueron algunos de ellos. A estos se sumaron eventualidades propias del espacio mexicano, como el fin del sexenio de Lázaro Cárdenas, el conflictivo proceso electoral que enfrentó a Manuel Ávila Camacho y Juan Andrew Almazán, el asesinato de León Trotsky en 1940, o el aumento de la llegada de exiliados europeos al país –muchos de ellos antifascistas–, aspectos recurrentes en las temáticas que abordaron las obras impresas durante estos años. 

    La convergencia de actores nacionales con los exiliados europeos marcó una transformación de la edición antifascista. Esto debido a que organizaciones de exiliados como Alemania Libre, Francia Libre o la Alianza Internacional “Giuseppe Garibaldi” por la Libertad de Italia tejieron alianzas y relaciones con distintos actores del campo político nacional, bajo el beneplácito y la vigilancia del gobierno mexicano. Estas uniones fortalecerían las iniciativas editoriales de instancias como la Universidad Obrera de México que, bajo la dirección de Vicente Lombardo Toledano, siguió realizando un amplio despliegue de folletos y libros de gran tiraje en contra del fascismo, a partir de obras como ¿Cómo actúan los nazis en México? o ¿En qué consiste la democracia mexicana y quiénes son sus enemigos?, ambas de Lombardo Toledano. 

    También los círculos comunistas impulsaron la impresión de libros en favor del Pacto de No Agresión y en contra de la figura de Andrew Almazán a partir de Popular, sello que tiró obras como El pacto de no agresión entre la Unión Soviética y Alemania, de Molotov; El enemigo es Almazán, de Hernán Laborde; o ¿Quiénes se benefician de la guerra?, de Earl Browder, todas editadas en 1939. Por su parte, la producción de títulos críticos del comunismo estalinista recayó en figuras como el editor catalán Bartomeu Costa-Amic. Este participó en editoriales como Quetzal, Costa-Amic, Publicaciones Panamericanas o Ediciones Libres, las cuales publicaron obras que emplearon la retórica antifascista para ayudar a denunciar el estalinismo.

    La entrada de México a la Segunda Guerra Mundial, en mayo de 1942, marcaría un viraje en el antifascismo, pues la lógica de la “Unidad Nacional” promovida por el gobierno de Ávila Camacho impactó a muchos de los grupos que se inscribían dentro de esta postura. A la condena del fascismo se sumó la justificación pública del ingreso del país a la guerra. Muchas instituciones y grupos gubernamentales se volcaron a apoyar este esfuerzo, convirtiéndose en los actores preponderantes del antifascismo entre 1942 y el final del conflicto bélico en 1945. 

    Esto también se vio reflejado en el mundo de la edición, ya que por una parte, el gobierno mexicano se convirtió en benefactor de distintas iniciativas editoriales y propagandísticas de corte antifascista. Un ejemplo destacado fue El libro negro del terror nazi en Europa, publicado en 1943 por El Libro Libre, bajo el mecenazgo del presidente Ávila Camacho. Esta obra, promovida por sectores del exilio germanoparlante vinculados a Alemania Libre, se difundió como una forma de concientizar a la sociedad sobre las atrocidades que había realizado el régimen nazi durante la guerra. Por otro lado, editoriales como Mundo Nuevo, Minerva, Quetzal, Popular, América, Hermes, entre otras, produjeron una gran cantidad de obras bajo este impulso.

    El final de la guerra con la toma de Berlín por los rusos, en mayo de 1945, y la rendición de Japón, en septiembre del mismo año, marcaron un punto de transformación en esta clase de producción editorial. Esto se debió a que en los años posteriores a la conclusión del conflicto, cada vez fueron menos los libros producidos en el país que denunciaban al fascismo. Aunque esta actitud continuaría por algunos años más a partir de la equiparación del franquismo español como gobierno de corte fascista, como en las obras: La Piedad de Franco de José Loredo Aparicio, impreso por Costa-Amic en 1946, o España en México, 1930-1946 de Ruperto González, editado por Ediciones Maru también en 1946. Pero con el paso del tiempo, cada vez sería menos común la relación entre edición y antifascismo. 

    Es posible considerar que el libro se convirtió en un instrumento de acción común entre los grupos antifascistas situados en México durante las décadas de 1930 y 1940. La búsqueda por generar una conciencia y movilización social en contra de aquello identificado como fascismo resultó en recursos de importancia para la generación de una producción editorial amplia y diversa. Si bien es necesario ahondar más en las particularidades de cada iniciativa editorial y las estrategias que emplearon tanto en la comercialización como circulación y recepción de las obras, la relación edición-antifascismo resulta una ventana privilegiada para comprender las lógicas y prácticas insertas dentro de esta clase de militancias. 

    Para saber más 

    Lavin Robles, María Fernanda, “El libro negro del terro nazi en Europa: propaganda antifascista y denuncia de la barbarie nazi”, México, Tesis de Licenciatura en Historia, UNAM, 2016. 

    Rivera Mir, Sebastián, Edición y comunismo. Cultura impresa, educación militante y prácticas políticas (México, 1930-1940), Raleigh, Editorial A Contracorriente, 2020.

    Imagen de portada: La venganza del pueblo, Leopoldo Méndez, 1941. Colección: Gilcrease Museum, Tomas Gilcrease Instituto of Americano History and Art. Imagen tomada de: https://collections.gilcrease.org/object/174925.

  • Entre el papel y la pantalla: prácticas de lectura contemporáneas

    Entre el papel y la pantalla: prácticas de lectura contemporáneas

    Por Sofía Laines

    Hagamos un recuento de cómo leemos: sentados en una biblioteca habitada de silencio, tal vez tomando el aire fresco en un parque iluminado por el sol, escuchando música mientras subrayamos fotocopias, o quizá en el hogar, junto al enchufe que da energía a la computadora repleta de libros en PDF, ampliando la pantalla del móvil antes de entrar a clase o tal vez reutilizando separadores para evitar el grafito en el papel. Estos son sólo algunos escenarios en los que se manifiestan las prácticas de lectura contemporáneas, que oscilan entre un modo de leer tradicional, regido por el sistema escolar, y un modo de leer que, recientemente, se ha denominado como fragmentado, debido a su relación con la mediación digital.

    Las experiencias, prácticas y discursos de los lectores distan de igualarse a las apreciaciones oficiales en encuestas y estadísticas estatales, puesto que estas conciben meramente el perfil de un lector que se desenvuelve en espacios específicos de lectura, con un modo de leer en particular. Por ejemplo, uno de los lugares tradicionales son las bibliotecas, en cuanto que implican la lectura bajo normas que suponen un comportamiento en silencio y solitario. No obstante, existe una amplia gama de espacios fuera del ámbito escolarizado que promueven la lectura desde otros objetivos, guiados por una concepción lúdica y gozosa; habría entonces que visibilizar la iniciativa de programas públicos, privados o mixtos que proponen otros modos de leer, que se alejan del contexto rígido escolarizado, aproximándose, más bien, al ámbito cotidiano, es decir, resignificando la lectura como un acto social, dirigiéndose hacia la experiencia vivencial ubicada en lugares “poco comunes”.

    Por ahora, se me ocurre mencionar sólo algunos proyectos alternativos y espacios autogestionados, cuyas propuestas enmarcan diversas estrategias y herramientas. Entre ellos se halla La Chispa Taller-Biblioteca, ubicada en Toluca, cuya labor enlaza la lectura colectiva de cuentos impresos o en PDF con la creación de un grabado que transforma el acto de leer en lenguaje gráfico. En cuanto a la adquisición de material impreso, existen numerosos grupos en Facebook, como Morras que compran y venden libros –conformado únicamente por mujeres–, en los cuales es posible la compraventa y subasta de libros, demostrando cómo una red social puede, en efecto, ser una herramienta de sociabilidad, pero también de comercialización, en un proceso de intercambio que se completará en el centro de la Ciudad de México, por resultarnos el núcleo aglutinador de bienes culturales. Por otro lado, enfocada en el fomento de la lectura, existe una asociación civil de lectoras llamada Librosb4tipos, cuyo comienzo fue un club de lectura digital que buscaba difundir obras escritas por mujeres y que actualmente promueve la pluma femenina a través de sus talleres y actividades.

    Explorar este crisol de experiencias nos traza el camino para entender la lectura en su carácter multidimensional, el cual no sólo atiende a los libros impresos, pues, en el contexto de la diversificación tecnológica, se accede a nuevas presentaciones de información inmersas en sus propias problemáticas. Aunque el uso del internet y de novedosos dispositivos ha posibilitado tanto la expansión como la distribución del conocimiento, todavía hoy no es accesible para todos. Por esta razón, esta breve aproximación al bagaje experiencial nos permite destacar que el interés por la lectura no sólo se ubica en la escuela, dado que la familia y otras estructuras sociales –culturales, económicas, mediáticas– también condicionan la formación de lectores. Es así como pensamos a la lectura como un instrumento cotidiano que nos auxilia a la hora de relacionarnos, constituyendo una actividad de expresión, defensa e integración social. Por ende, cabría preguntarnos: ¿Qué pasa cuando la lectura se fetichiza? ¿A quién excluye? ¿A quién cultiva?

    Actualmente un lector no se define únicamente por los minutos ni por la cantidad de libros que lee, sino por la conjunción de prácticas tradicionales con una lógica de organización de información adquirida en la red. Así es que la forma canónica de la lectura convive con un pensamiento disperso emanado de cartografías digitales: se sigue apreciando al libro como objeto, que bien puede ser intervenido como herramienta o respetado como un bien cultural sacro, mientras que se incorpora la lectura más corta desde el celular o la computadora. Esta disrupción del modelo clásico genera también una continuidad entre el papel y la pantalla, produciendo el ecosistema necesario para la génesis de prácticas de lectura fragmentadas o expandidas de las cuales somos conscientes solamente en ciertos momentos de la vida cotidiana. La conectividad, mediada tecnológicamente, está profundamente arraigada a nuestro mundo, de ahí que sea plausible pensar que, de hecho, todos leemos.

    Leemos material impreso, prestado o comprado, incluso en fotocopias. Los lectores deslizan las yemas de los dedos en el papel, lo subrayan, lo doblan, lo intervienen, porque la relación orgánica entre ellos y el soporte les permite cierto tipo de concentración, asignada por la lectura canónica, siempre lineal, académica. En contraste, el internet y las redes sociales han enmarcado un proceso de creatividad que culmina en el texto electrónico –denominado hipertexto–: un conjunto de íconos, pestañas, menús, caracteres y diversos soportes que van de lo escrito a lo audiovisual. Hasta los populares PDF, el material de lectura por excelencia que se moviliza en las pupilas acostumbradas al brillo de la pantalla, se vuelven un componente que moldea no sólo nuestras prácticas lectoras, sino también de escritura. Por ejemplo, al mismo tiempo que escribimos un ensayo a partir de la información recabada en papel o en internet, somos capaces de leer publicaciones en Facebook y en X, mensajes en WhatsApp, pies de fotografías en Instagram, blogs, periódicos digitales, reseñas, artículos y anuncios publicitarios.

    Con todo, la reflexión no puede estar completa sin la vinculación del lector con el mundo de la comercialización del material de lectura, que comprende tanto al mercado editorial hegemónico como al diverso y vasto mercado alternativo. Debemos hacer visible la presencia de las librerías en el fomento de la lectura y en la configuración de los lectores, no sólo desde una visión tradicional, de consumo elitista, sino desde el reconocimiento de todos los agentes que operan en ellas, los cuales posibilitan su existencia como espacios de circulación de formatos digitales, de nuevos soportes retractilados o de aquellos libros usados. 

    Resulta infructuoso diseñar campañas de fomento de la lectura si no se conoce al público al que van dirigidas, por lo que se debe mantener presente la eterna interrogante acerca de cuáles son los hábitos de lectura generacionales de los lectores en nuestro país. La reinvención de las prácticas de lectura forma parte de un proceso histórico que no puede ser ignorado, puesto que la lógica dominante de los espacios académicos necesita entenderse como una forma de ser y de leer que convive (o negocia) con los espacios digitales, con tiempos más ágiles, pero también suspendidos. 

    Por supuesto, la propuesta no es abandonar lo convencional, sino lograr incorporar otros comportamientos de lectura que se escapan de la norma. De hecho, nada más recordemos la crisis que generó la pandemia, cuando la industria editorial y las bibliotecas, espacios de consulta por antonomasia, requirieron de los medios digitales, empleándolos como herramientas de circulación de lo impreso y para estimular la difusión de lo, en ese momento, intangible. Pero algo así sólo se consigue conociendo al lector, pues este define la interacción oferta-demanda en una macrolibrería, en una librería de viejo, en un puesto ambulante o incluso en redes sociales. 

    ¿Tú ya sabes qué tipo de lector eres? 

    García Canclini, Néstor y otros, Hacia una antropología de los lectores, México, Ariel, Universidad Autónoma Metropolitana, Fundación Telefónica, 2015.

    Proyecto colectivo de fomento del libro y la lectura: El Ecosistema del Libro en el Estado de México. Hacia un Observatorio de la Lectura, 2023. Disponible en: https://www.lecturaedomex.mx/.

    Imagen de portada: La lectura en el papel y la pantalla conviven en la Biblioteca de México, febrero de 2023. Fotografía: Huitzilihuitl Pallares Gutiérrez.

  • Robert Darnton y la historia del libro

    Robert Darnton y la historia del libro

    Por Cristina Gómez Álvarez

    “Este libro investiga –dice Robert Darnton en La gran matanza de gatos–, la forma de pensar en Francia en el siglo XVIII. Intenta mostrar no sólo lo que la gente pensaba, sino cómo pensaba, cómo construyó su mundo, cómo le dio significado y le infundió emociones. En vez de recorrer el camino de la historia intelectual, la investigación recorre el territorio inexplorado que en Francia se denominó l’histoire des mentalités. Este campo aún no tiene nombre en inglés, pero sencillamente podría llamarse historia cultural, porque trata nuestra civilización de la misma manera como los antropólogos estudian las culturas extranjeras. Es historia con espíritu etnográfico.” Estas palabras, que Darnton escribió en 1984, encierran una nueva concepción de cómo estudiar las mentalidades colectivas y cobran mayor sentido en el marco del debate convocado por la revista Annales apenas unos años después, en 1988. En esa ocasión se invitó a los historiadores a reflexionar sobre la crisis de las ciencias sociales causada por el abandono de los sistemas globales de interpretación (el marxismo y el estructuralismo), sin embargo en ese llamado, Annales consideró que la citada crisis no había afectado a la disciplina histórica.

    En respuesta a esa convocatoria el historiador francés Roger Chartier escribió un artículo que tituló “El mundo como representación” en donde, para sorpresa de muchos, también rechazó la existencia de la crisis en las ciencias sociales y sostuvo que el método empleado por la historia de la mentalidades (campo creado y desarrollado por la escuela historiográfica de los Annales) había sido rebasado por nuevos trabajos que intentaban descifrar las sociedades “al considerar que no hay práctica ni estructura que no sea producida por las representaciones, contradictorias y enfrentadas, por las cuales los individuos y los grupos den sentido al mundo que le es propio”. De esa manera, Chartier sintetiza el nuevo método de la naciente historia cultural, campo que supera la vieja historia de las mentalidades y que incluye, por supuesto, a la historia del libro. Para la nueva historia cultural la obra de Darnton fue indispensable, lo mismo que el libro de Carlo Ginzburg, El queso y los gusanos. El cosmos según un molinero del siglo XVI, publicado en italiano en 1976.

    La gran matanza de gatos y otros episodios en la historia de la cultura francesa fue un libro pionero en los estudios de la nueva historia cultural, pues su método es el estudio de las representaciones y prácticas culturales del siglo XVIII. En sus páginas se dedican dos trabajos a temas relacionados con la historia del libro: uno referente a la Enciclopedia y el otro a los lectores de Juan Jacobo Rousseau. Este libro también tiene otra característica, pues fue el único del autor que se tradujo y publicó en español pocos años después de su versión original: en 1987 gracias al Fondo de Cultura Económica (se publicó en inglés en 1984 y, posteriormente, en francés en 1985).

    Como se sabe, Robert Darnton centra su interés en la época de la Ilustración y de la Francia prerrevolucionaria. Al preguntarle por qué se apasionó por el estudio del Siglo de las Luces, Darnton respondió a Boris Muñoz, periodista venezolano: “El mundo de la modernidad temprana estaba asediado por las desigualdades. La Ilustración fue un desafío contra el sistema de privilegios en el acceso al conocimiento y a la cultura”. No es de extrañar, entonces, que su primer best-seller haya sido El Negocio de la Ilustración (publicado en inglés en 1979, en francés en 1982, bajo el título de la Aventura de la Enciclopedia y en español, después de 27 de años, por el Fondo de Cultura Económica en 2006). Este relevante libro tiene como propósito principal estudiar la producción y difusión de la obra emblemática de la Ilustración: la Enciclopedia de Diderot y D’Alembert, estas cuestiones eran poco tratadas hasta ese momento por la historiografía del libro, hecho que demuestra la pertinencia de estudiar el impreso como mercancía, sin olvidar, por supuesto, su vertiente como signo cultural. Desde entonces, Darnton anuncia un plan ambicioso de lo que sería su itinerario de investigación. Para citarlo en sus propias palabras: estudiar “todo tema relacionado al campo ahora conocido como historia del libro, esto es, todo aquello que va desde la tecnología de la imprenta a la autoría, edición, comercio y lectura de libros”, según declaró a Martín Monsalve Zanatti y Pedro Guibovich en 2005, en una entrevista para la revista Histórica de la Pontificia Universidad Católica del Perú.

    Enciclopedia o diccionario razonado de ciencias, artes y oficios, editado por  Denis Diderot y Jean Baptiste le Rond d’Alembert, tomo 1, Paris, 1751. Imagen tomada de: https://www.koelnisches-stadtmuseum.de/sammlung/wissenschaft-und-bildung/aufklaerung-im-museum/.

    La historia del libro se ha convertido en una subdisciplina de la historia cultural y ha vivido una intensa renovación en sus métodos, en cuyo proceso la obra de Darnton ha sido fundamental. Tomando como base la obra fundadora de Lucian Febvre y Henri Jean Martín, La aparición del libro (1958), la historiografía francesa, en particular, desarrolló este campo de estudio, empleando el método de la historia de las mentalidades y el análisis cuantitativo y serial. Los historiadores de las mentalidades todo contaban: los nombres y vida de los impresores, el comercio de libros, las bibliotecas particulares y las institucionales, así como los lectores y sus lecturas. Esta historiografía sufrió una renovación en los últimos años de la década de 1970, que consistió en emplear nuevos métodos y fuentes para captar el cuándo y los porqués de la escritura y la lectura de la sociedad europea.

    En el desarrollo de esa nueva perspectiva, los trabajos de Darnton han contribuido notablemente. En un artículo que tituló “¿Qué es la historia del libro?” afirma que ésta “podría ser llamada historia social y cultural de la comunicación a través de la imprenta, si el título no fuera poco atractivo. Tiene, en efecto, como objetivo, ayudarnos a comprender cómo las ideas han sido comunicadas por los caracteres impresos y cómo la difusión de la palabra impresa ha afectado el pensamiento de la humanidad en el transcurso de los últimos quinientos años”. También en este artículo explica cómo los especialistas decidieron invitar a los historiadores, literatos, sociólogos, bibliotecarios a fundar su propio campo de estudio (la historia del libro) “para comprender al libro como una fuerza en la historia”. Concepción que yo he intentado seguir en mis investigaciones de esa temática. Este importante artículo fue escrito en inglés en 1982 y traducido al francés en 1992, versión utilizada para su traducción al español, que fue publicada en 1999 en la revista Historias del INAH. Quizá este fue el primer trabajo metodológico de Darnton que influyó entre los historiadores mexicanos. Más adelante, las ideas expresadas en este estudio fueron ampliadas y desarrolladas en otro artículo titulado “Historia de la lectura”, publicado en 1987 en inglés y traducido al español en 1993.

    Ambos trabajos de Darnton, en mi opinión, influyeron notablemente en los historiadores mexicanos, pues nos formó en este campo de estudio y nos permitió reflexionar sobre nuestras propias singularidades. Nos mostraron, entre otros aspectos, las fuentes más adecuadas para estudiar a los lectores y las lecturas y las formas de aproximarnos a ellas. Creo que su influencia fue determinante porque en nuestra historiografía había prevalecido el interés por los trabajos de orden bibliográfico y en elaborar catálogos de bibliotecas institucionales y particulares, cuestiones indispensables, claro, pero faltaba profundizar en el análisis de los lectores, las lecturas y las prácticas de la lectura. En ese sentido se desarrollaron diversos temas: impresores, imprentas, libreros, librerías, comercio de libros, prensa periódica, censura y, por supuesto, bibliotecas; los siglos más analizados fueron los del periodo colonial, aunque cada vez hay más interés por el siglo XIX y XX. A pesar de los avances alcanzados en los últimos años en esta subdisciplina de la historia cultural, nos queda un reto enorme: averiguar cómo las ideas, valores y creencias transmitidas por los impresos se adaptan a las condiciones inéditas de nuestra historia.

    Robert Darnton en una firma de libros durante el ciclo de conferencias Fronteiras do Pensamento en Puerto Alegre, Brasil, 2016. Foto: Luiz Munhoz. Imagen tomada de: https://commons.wikimedia.org/.

    Deseo finalizar con una cuestión, que en mi opinión es muy relevante y por fortuna está presente en la obra de Darnton. Me refiero a su interés por escribir para un público amplio, él le llama el “lector culto”. Al respecto en El beso de Lamourette cuenta que el The New York Times le solicitó un artículo sobre la Revolución francesa, pues se acercaba la conmemoración de su bicentenario, después de reflexionar y aceptar el reto de escribir seis mil palabras sobre ese tema, el periódico rechazó su propuesta, respuesta que Darnton recibió con tristeza. Entonces el historiador estadounidense se planteó estas interrogantes: “¿No hay nada que podamos hacer nosotros, los profesionales de la historia para entrar en contacto con el público en general? ¿Nos hemos amurallado tras la barrera de las monografías y nos hemos cerrado al diálogo con los ciudadanos comunes y corrientes que tienen curiosidad sobre el pasado?” A continuación responde: “La falta es ciertamente nuestra, al menos en parte. El monografismo ha invadido la historia académica y la ha confinado a un rincón de nuestra cultura, donde los profesionales escriben libros que van dirigidos a otros profesores y los comentan en publicaciones que están restringidas a los miembros de la profesión. Escribimos de un modo que nos legitimará a los ojos de los profesionales y que tornará nuestro trabajo inaccesible a los demás”.

    En mi opinión, la situación descrita por Darnton está muy presente entre los historiadores mexicanos, pues no hacemos historia pensando en el público lector, en cómo explicarle un proceso histórico o una coyuntura vivida en nuestro país. La mayoría de los historiadores pensamos en cómo construir una carrera académica que tiene como prioridad ser bien evaluados en los sistemas universitarios y nacionales. Y cuando tenemos oportunidad de acceder a los medios de comunicación hablamos en un tono docto y no pensamos en un público amplio, perdemos de vista la función social de la historia, tal como nos enseñó Marc Bloch. Esta función sí está presente en la obra de Darnton y por ello también le rendimos este homenaje y tenemos un motivo más para inspirarnos en él. 

    Este texto se presentó en el homenaje a Robert Darnton organizado por el Fondo de Cultura Económica, en el Centro Cultural Bella Época, el jueves 16 de octubre de 2014. Fueron cuatro mesas redondas dedicadas a analizar las aportaciones de Darnton en el campo de la historia cultural, la historia del libro y la actualidad del libro. Además se presentaron sus obras: El diablo en agua bendita y Censores trabajando. El Centro fue abarrotado por estudiantes y contó con la presencia del historiador estadounidense.

    Bloch, Marc, Apología para la historia o el oficio de historiador, 2a. edición, México, Fondo de Cultura Económica, 2001.

    Darnton, Robert, La gran matanza de gatos y otros episodios en la historia de la cultura francesa, 2a. edición, México, Fondo de Cultura Económica, 2018.

    Darnton, Robert, El beso de Lamourette. Reflexiones sobre historia cultural, México, Fondo de Cultura Económica, 2010.

    Darnton, Robert, El negocio de la Ilustración. Historia editorial de la Encyclopédie, 1775-1800, México, Fondo de Cultura Económica, 2006.

    Ginzburg, Carlo, El queso y los gusanos: el cosmos según un molinero del siglo XVI, Barcelona, Ediciones Península, 2016. 

    Monsalve Zanatti, Martín y Pedro Guibovich Pérez, “Acerca de la historia cultural y la historia del libro: entrevista a Robert Darnton”,  Histórica, volumen 29, número 2, 2005, p. 155-161.

    Muñoz, Boris, “Robert Darnton: el libro, máquina fabulosa”, Prodavinci, 23 de abril de 2012. Disponible en: https://historico.prodavinci.com/2012/04/23/.

  • Los archivos desclasificados de Kennedy 

    Los archivos desclasificados de Kennedy 

    Enrique Condés Lara–Cristina Gómez Álvarez–Camilo Vicente Ovalle 

    Entrevista por Huitzilihuitl Pallares Gutiérrez

    La reciente orden del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de abrir todo el archivo secreto del gobierno relacionado con el asesinato del presidente John F. Kennedy ha despertado expectativas sobre lo que estos documentos podrían revelar acerca de la colaboración entre los gobiernos mexicano y estadounidense en materia de espionaje. De hecho, los investigadores norteamericanos creen poco probable que los documentos desclasificados aporten indicios para esclarecer el asesinato de Kennedy; en cambio, consideran que ofrecerán más detalles sobre la colaboración entre la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y los gobiernos de Adolfo López Mateos (1958-1964) y Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970). 

    Para discutir este tema, La Bola ha contactado a tres especialistas en la materia para conocer la relevancia que pueden tener estos documentos para la historia de nuestro país. El primero de ellos es Enrique Condés Lara, quien fue preso político en la cárcel de Lecumberri entre 1967 y 1973; también participó en la guerrilla del Frente Sandinista de Liberación Nacional durante los últimos meses de la guerra contra el dictador Anastasio Somoza y ha dedicado varios volúmenes a historiar la represión del Estado mexicano. Por su parte, Cristina Gómez Álvarez es historiadora y profesora en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde imparte la cátedra sobre el movimiento estudiantil de 1968 y la guerra sucia; ella participó activamente en el movimiento, pues en esos años era preparatoriana y se afilió al Partido Comunista Mexicano. Finalmente, Camilo Vicente Ovalle es historiador y actualmente director del Archivo Histórico de la Ciudad de México, ha dedicado sus esfuerzos a investigar la historia de la desaparición forzada en México y, en general, la violencia política del Estado. Sus experiencias de vida, las investigaciones emprendidas y la labor docente desempeñada desembocan en contrastantes puntos de vista que, sin duda, enriquecen el debate sobre un tema fundamental para comprender el siglo XX.

    John F. Kennedy dando un discurso en la American University de Washington, 10 de junio de 1963. Foto: Getty Images, tomada de aquí: https://www.infobae.com/historias/2023/11/22/25-frases-de-kennedy-que-hicieron-historia/

    ¿Qué importancia tiene la desclasificación de los documentos sobre el asesinato del presidente John F. Kennedy?

    Enrique Condés: Si en efecto se llegan a desclasificar por completo esos archivos, seguramente se vendrá abajo la tesis del tirador solitario que asesinó al presidente John F. Kennedy, y saldrá a la luz la implicación de grupos de la CIA y del Pentágono enfrentados con Kennedy desde la fracasada invasión militar estadounidense a Bahía de Cochinos, en el suroeste cubano, en abril de 1961.

    Camilo Vicente: De acuerdo con las notas periodísticas respeto a la desclasificación, estos documentos no revelarían nueva información sobre el caso del asesinato de Kennedy, sin embargo, arrojarían información sobre la relación entre las dependencias de seguridad nacional mexicanas con las agencias estadounidenses como la CIA. 

    Cristina Gómez: Tiene importancia porque ratifican lo que ya se conocía por otras fuentes también estadounidenses: que el gobierno mexicano de los presidentes Adolfo López Mateos y Gustavo Díaz Ordaz estuvo al servicio de la CIA, agencia de inteligencia de los Estados Unidos de Norteamérica. La nueva documentación podrá profundizar cómo estos dos presidentes de nuestro país, en la década de los años 60 del siglo pasado, espiaron a los que consideraban enemigos del gobierno estadounidense, tanto personas mexicanas como latinoamericanas. Los espiados y perseguidos eran considerados también enemigos del régimen político mexicano, entre ellos el propio general y expresidente Lázaro Cárdenas, que formaba parte de ese régimen. Ya se sabía que tanto los presidentes Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970) como Luis Echeverría (1970-1976) eran agentes de la CIA, el primero llamado por esa agencia Litempo 1 y el segundo Litempo 2. Es posible que con la nueva documentación se conozcan los nombres de otros funcionarios mexicanos que estuvieron al servicio de la CIA.   

    En 1992, se presionó al gobierno de Estados Unidos para revelar los documentos relacionados con asesinato del presidente Kennedy. En respuesta, el Congreso aprobó una ley que ordenaba formar una colección con todos los documentos vinculados al caso y su divulgación inmediata. Años después, se estableció la Junta de Revisión de Registros de Asesinatos para definir con claridad los lineamientos de recopilación, preservación y difusión documental. Este organismo determinó que en 2017 debían publicarse todos los archivos del caso, pero la CIA frenó la divulgación. En total, la colección Kennedy quedó conformada por más de 319,000 documentos, los cuales fueron trasladados a la Administración Nacional de Archivos y Registros. De ellos, 88 % ha sido publicado. 

    ¿Los documentos del archivo del caso Kennedy pueden cambiar nuestra apreciación sobre la historia entre México y Estados Unidos en el siglo XX?

    Cristina Gómez: Creo que se profundizará en una parte importante de esa relación, que, en mi opinión, fue de total subordinación en asuntos de espionaje por parte de los gobernantes mencionados a los intereses estadounidenses durante la época de la Guerra Fría, y que el gobierno mexicano asumió como propios. Ahí radica su importancia: en una pérdida de la soberanía de nuestro país. Además, esa documentación podría indicar la alianza de los gobiernos mexicanos con el de Estados Unidos para espiar a dirigentes latinoamericanos, algunos de los cuales encontraron en nuestro país refugio para evadir la persecución en sus propios países.  

    Camilo Vicente: La desclasificación de los documentos sobre el caso Kennedy no cambia sustancialmente la apreciación sobre la historia de las relaciones México-Estados Unidos. Al menos no en términos historiográficos. A este respecto habría que señalar dos cambios importantes: en primer lugar, que desde comienzos del siglo XXI comenzó una renovación de los estudios sobre la Guerra Fría en América Latina, que ha complejizado la comprensión de las relaciones de Estados Unidos con la región, haciendo una valoración más profunda del peso relativo de los EU en la región, otorgándoles un papel más activo a los regímenes latinoamericanos, y en el caso mexicano revisando el alcance real de la autonomía relativa frente a los gobiernos estadounidenses, ya sea en materia económica o en la política de relaciones internacionales de los gobiernos mexicanos, así como una revisión del intervencionismo norteamericano en la política interna. Los nuevos estudios de la Guerra Fría latinoamericana, en ese sentido, ya hace un par de décadas que nos vienen proveyendo de explicaciones más dinámicas en las relaciones de Estados Unidos con América Latina. 

    Por otra parte, desde finales de la década de 1990 y con mucha mayor sistematicidad desde comienzos de la década del 2000, se ha venido fortaleciendo una historiografía sobre la represión política en México, esta historiografía ha puesto de relieve la articulación de las agencias de seguridad nacional estadounidenses con las mexicanas en distintos niveles, ya sea en la formación de personal militar y civil mexicano en estrategias contrainsurgentes del periodo, en escuelas estadounidenses; o en el intercambio de información de inteligencia, específicamente sobre los movimientos sociales disidentes, las insurgencias armadas; entre otros. 

    En ese sentido, la desclasificación de los documentos sobre el caso Kennedy no cambian la comprensión que ya hemos alcanzado de las relaciones México-Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XX. Sin embargo, abona a lo que ya conocemos, en específico del nivel de colaboración que alcanzaron las agencias de seguridad nacional respecto del espionaje político tanto a las disidencias políticas nacionales como a actores de otros países en México.  

    Enrique Condés: Creo que muy colateralmente. Lo que pondrán en evidencia es el fallido intento de culpar a la Unión Soviética (URSS) de la autoría del asesinato de Kennedy a través de la manipulación de Lee Harvey Oswald. 

    Seis semanas antes del asesinato de Kennedy, Lee Harvey Oswald, acusado de cometer el crimen, visitó la ciudad de México. La CIA en colaboración con el gobierno de López Mateos siguieron de cerca sus actividades, lo fotografiaron y grabaron sus conversaciones. Fuentes estadounidenses han afirmado que tenía la intención de viajar a Cuba y la URSS, por lo que visitó las embajadas de esos países para solicitar las autorizaciones correspondientes, pero no tuvo éxito. El 2 de octubre de 1963, Oswald salió de la ciudad de México en autobús rumbo a Dallas y, semanas después, el 22 de noviembre, disparó contra el presidente Kennedy mientras este viajaba en una limusina descubierta por el centro de esa ciudad. Oswald fue arrestado 45 minutos después y acusado del crimen; cuando era trasladado a la cárcel del condado recibió una serie de disparos que le causaron la muerte. La comisión que investigó el caso concluyó que actuó solo y que asesinó a Kennedy de tres disparos realizados desde el Depósito de libros escolares de Texas.

    Lee Harvey Oswald es arrestado por la policía de Dallas, 22 de noviembre de 1963. Colección: Administración Nacional de Archivos y Registros, RG 272. Imagen tomada de: https://www.archives.gov/files/publications/prologue/2017/.

    ¿Usted cree que los documentos del caso Kennedy puedan brindar más detalles de la colaboración entre el gobierno mexicano y la CIA?

    Cristina Gómez: Por lo que recientemente la prensa ha publicado sobre esta documentación, se abren expectativas para que en otros documentos se detalle aún más la alianza mexicana con la estadounidense y la pérdida de nuestra soberanía. Aquí lo importante sería que esa documentación esté a disposición de la consulta pública para que los estudiosos la puedan analizar y estudiar.  

    Enrique Condés: También creo que muy colateralmente. Para profundizar en la colaboración entre el gobierno mexicano y la CIA hay que investigar en otros lados: National Intelligence Archives, Foundation Hoover, Archivo General de la Nación (AGN) y fondos de Secretaría de Relaciones Exteriores en México; así como en memorias y testimonios de personajes relacionados con la inteligencia y los departamentos de Estado de esa época; etc. Sobre todo ir más allá de lo dicho por Philip Agee, ex agente de la CIA, en su libro Inside the Company y el mito creado con Litempo 1 y Litempo 2, claves que designaban a López Mateos y Díaz Ordaz y que han servido a los que no han profundizado en el tema para reducirlos a la condición de «agentes de la CIA». 

    Camilo Vicente: Sin duda alguna, estos documentos servirán para comprender mejor la dinámica de la colaboración del gobierno mexicano con la CIA: los procedimientos, las dependencias involucradas, la evolución de los acuerdos, los objetivos establecidos, etcétera.

    Tras la orden ejecutiva emitida por Donald Trump el 23 de enero pasado para desclasificar todos los documentos realacionado con el asesinato del presidente Kennedy, el Buró Federal de Investigaciones (FBI) informó que encontró 2 400 nuevos documentos vinculados al caso, los cuales ya han sido invetariados y digitalizados. La orden de Trump también incluyó la desclasificación de los documentos sobre los asesinatos de Robert F. Kennedy y Martin Luther King Jr.

    ¿Usted cree que puedan existir documentos que prueben esa colaboración en archivos de nuestro país o que ayuden a esclarecer el asesinato del presidente Kennedy?

    Enrique Condés: No creo existan documentos que ayuden a esclarecer el asesinato del presidente Kennedy. En el AGN se pueden encontrar documentos sobre la colaboración entre la CIA y DFS, pues una vez a la semana se reunían para ello Winston Scott, jefe de la CIA en México y Fernando Gutiérrez Barrios, promotor, organizador y jefe del aparato de inteligencia mexicano. Basta revisar el tomo uno de la obra  Represión y Rebelión en México.

    Camilo Vicente: El archivo de la Dirección Federal de Seguridad (DFS) y de la Secretaría de la Defensa Nacional (Defensa), son fuentes muy relevantes para el conocimiento de la colaboración, específicamente entre las dependencias o agencias de seguridad nacional de ambos países. Asimismo, el archivo de la Secretaría de Relaciones Exteriores. ¿Qué tanto pueden estos archivos nacionales decir sobre el caso específico de Kennedy? Es algo que no he explorado, pero comprendiendo el funcionamiento de estas dependencias, en específico las de seguridad nacional como la DFS y SEDENA, es posible que existan, al menos, reportes enviados desde la agregaduría militar en la embajada de México en Estados Unidos; informes o balances sobre el caso realizado por la DFS; análisis de inteligencia; en fin, documentación que al menos dé cuenta de la perspectiva de la parte mexicana sobre el caso Kennedy. Al menos.

    Cristina Gómez: Es posible, pues cuando nos referimos a las fuentes históricas no hay que cerrar ninguna posibilidad. En este caso es probable que la huella de la alianza y colaboración de ambos gobiernos se haya conservado en diversos archivos mexicanos.  Por esta razón, es muy importante dar a conocer la documentación de los servicios de inteligencia del gobierno mexicano de aquella época, tal y como lo está realizando actualmente el Archivo General de la Nación con la documentación de la DFS.   

    A pesar de que en febrero de 2002 se trasladó al Archivo General de la Nación el fondo documental de la Dirección Federal de Seguridad, su consulta fue casi imposible, pues los documentos quedaron custodiados por personal del Cisen y no por los archivistas del AGN. Incluso, el periódico El País reportó el 14 de agosto de 2024 que, durante el sexenio de Enrique Peña Nieto, el Cisen extrajo de forma irregular 922 expedientes vinculados con asesinatos de periodistas y políticos. La transparencia y el acceso a la información enarbolada fueron, sin duda alguna, una total simulación. Finalmente, fue hasta el 28 de febrero de 2019 cuando el presidente Andres Manuel Lopez Obrador firmó el acuerdo para que las dependencias gubernamentales transfieran la totalidad de los documentos históricos relacionados con violaciones de derechos humanos, persecuciones políticas y actos de corrupción. Así mismo instruyó al AGN a organizar, custodiar, conservar y poner a la consulta pública dichos documentos. 

    ¿Cómo leer este tipo de documentos?

    Cristina Gómez: Como todos los documentos históricos: se deben de confrontar con otras fuentes de la época y someter a una crítica rigurosa. Eso nos ayudaría a investigar y comprender más temas importantes, como el régimen autoritario y antidemocrático priista de los años 60, una faceta importante de su alianza y colaboración con el gobierno de los Estados Unidos durante la llamada Guerra Fría y el sistema de espionaje desarrollado entre ambos países, que ocasionó una violación fragante a la soberanía de nuestro país, además de estudiar la persecución a militantes progresistas, democráticos, socialistas y comunistas mexicanos y latinoamericanos.  

    Camilo Vicente: Tratar con este tipo de documentos, de dependencias de seguridad nacional, debe hacerse bajo ciertos resguardos o precauciones: el primero es no olvidar que formaron parte de la arquitectura y dinámica de instituciones cuyo principal objetivo fue la vigilancia, el análisis de potenciales peligros, el control y contención o, incluso, la eliminación de aquello considerado un riesgo o un peligro para la seguridad; en ese sentido, se debe considerar que aunque al momento de ser consultados por el historiador se pueden encontrar fuera de su marco histórico-institucional, en ellos siguen operando las lógicas de “poder y saber” que los construyeron. Así pues, es importante siempre considerar que este tipo de documentación no está informando de hechos tal cual acontecieron, siempre y llanamente, no; son documentos que están inscritos en la estructura y procesos de las dependencias de seguridad nacional, y por ello mismo tiene un alto valor en tanto nos da cuenta de la evolución de la estrategia y sus estructuras.

    El segundo tipo de precaución tiene que ver con el proceso mismo de su desclasificación, comprender que éste está inscrito en un marco político, y qué se desclasifica y qué no, en qué orden, qué relación documental se hace pública, etcétera; es decir, la forma y proceso de desclasificación también influye en la forma en que son leídos estos documentos. 

    Ahora bien, una vez considerados estos resguardos, los documentos también pueden ofrecer una especie de reflejo o contraparte de procesos internos en México. Por ejemplo, si a nivel interno las dependencias de seguridad mexicana pudieran haber mostrado alguna precaución o pudor en la forma en que daban cuenta de la relación de colaboración con las agencias estadounidenses, la CIA o el FBI; es muy probable que ese mismo tipo de pudor no lo hayan tenido los documentos estadounidenses y se pueda leer de distinta forma esa colaboración. 

    Cabrera, Rafael, “El Cisen sacó sin permiso casi 1.000 documentos del Archivo General de la Nación relacionados con asesinatos de periodistas y políticos”, El País, 14 de agosto de 2024. Disponible en línea: https://elpais.com/mexico/2024-08-15/el-cisen-saco-sin-permiso-casi-1000-documentos-del-archivo-general-de-la-nacion-relacionados-con-asesinatos-de-periodistas-y-politicos.html

    Cason, Jim y David Brooks, “Archivo sobre Kennedy revela estrechos nexos México-CIA para espiar”, La Jornada, 11 de febrero de 2025. Disponible en línea: https://www.jornada.com.mx/noticia/2025/02/11/mundo/archivo-sobre-kennedy-revela-estrechos-nexos-mexico-cia-para-espiar-5036.  

    Cason, Jim y David Brooks, “Espiaba la CIA a los opositores de López Mateos y Díaz Ordaz”, La Jornada, 12 de febrero de 2025. Disponible en línea: https://www.jornada.com.mx/noticia/2025/02/12/mundo/espiaba-la-cia-a-los-opositores-de-lopez-mateos-y-diaz-ordaz-2152.

    Mathis, James y Martha Wagner Murphy “Documenting the Death of a President: The John F. Kennedy Assassination Records Collection”, Prologue, vol. 49, no. 3, 2017. Disponible en línea: https://www.archives.gov/publications/prologue/2017/fall/jfk-records.

    Pérez Alfaro, María Magdalena, “Archivo, censura, memoria”, El Presente del Pasado, 16 de abril de 2015. Disponible en línea: https://elpresentedelpasado.com/2015/04/16/archivo-censura-memoria/