Por David Fajardo Tapia
Y precisamente de esto se trata en toda fotografía: cortar en lo vivo para perpetuar en lo muerto.
Philippe Dubois, El acto fotográfico.
A lo largo del Porfiriato hubo numerosas revueltas y rebeliones que manifestaban la inconformidad de diversos sectores de la población frente al sistema político, la falta de democracia, la expropiación de tierras, la explotación laboral y la instauración de un régimen autocrático en el que la realidad nacional giraba en torno a la figura de Porfirio Díaz. Las distintas manifestaciones de inconformidad fueron, en la mayoría de los casos, aplacadas mediante el uso sistemático de la violencia dirigida contra críticos y opositores. Algunos fueron reprimidos mediante encarcelamientos; otros, víctimas de asesinatos ordenados desde el poder político. Los encargados de ejecutar estas acciones fueron los cuerpos de seguridad porfirista –ejército y policía rural–, cuya reputación como fuerzas implacables y represoras se consolidó desde los inicios del régimen. Asimismo, las autoridades procuraron difundir información acorde a su visión del orden, la paz y el castigo; para ello utilizaron los medios a su alcance, principalmente la prensa y, más tarde, la fotografía.
Orígenes del fotoperiodismo mexicano
Los orígenes del fotoperiodismo mexicano se remontan a la última década del siglo XIX, resultado de la llegada de la tecnología de medio tono, la cual permitió la impresión de fotografías en los periódicos con una calidad limitada, pero con un alcance mayor. Esta invención posibilitó el establecimiento de un discurso visual que acompañaba las notas periodísticas. Así, las fotografías no sólo ilustraban los contenidos, sino que también articulaban un discurso visual con intenciones específicas.
Uno de los artífices de esta primera etapa del fotoperiodismo en México fue Rafael Reyes Spíndola, originario de Oaxaca y cercano a Porfirio Díaz, cuya labor fue fundamental para el establecimiento del llamado periodismo moderno. Reyes Spíndola introdujo en México las primeras rotativas de gran tiraje y, junto con la técnica del medio tono desarrollada en Europa y Estados Unidos, contribuyó a la masificación de las fotografías gracias a la reproductibilidad técnica tanto de las imágenes como de la prensa producida industrialmente. En 1895, fundó El Mundo Ilustrado, semanario que, como su nombre indica, se caracterizaba por el uso de la imagen como parte sustancial de sus notas. Un año después fundó El Imparcial, periódico subvencionado por Díaz, cuyo bajo costo y alto tiraje lo convirtió en el medio informativo más destacado del Porfiriato. Desde 1896, ambas publicaciones se posicionaron como las pioneras en el uso de la fotografía, marcando así el inicio del fotoperiodismo mexicano. Cabe apuntar que con la llegada del periodismo moderno surgieron también las figuras del reporter y el fotógrafo de prensa, quien solía acompañarlo para realizar las tomas que complementarían las notas.
Tras las huelgas de Cananea (1906) y Río Blanco (1907), y después de la publicación de la entrevista que el periodista estadounidense James Creelman realizó a Porfirio Díaz en 1908, la situación comenzó a tornarse cada vez más inestable y violenta. El régimen respondió desprestigiando a críticos y opositores a través de la prensa, utilizando notas y fotografías que enfatizaban las consecuencias de la ruptura del orden. Debido a ello, los periódicos oficialistas empezaron a difundir contenidos que no sólo denostaban a sus antagonistas, sino que también mostraban las consecuencias fatales de atentar contra la pax porfiriana.
Entre los precursores del fotoperiodismo mexicano se encuentra Agustín Víctor Casasola, quien se desempeñó como fotógrafo de El Imparcial y El Mundo ilustrado. Junto con otros contemporáneos –como Eduardo Melhado, Sara Castrejón, Jerónimo Hernández, Manuel Ramos, Jesús H. Abitia, entre otros– fueron los primeros fotógrafos en abandonar los estudios fotográficos para documentar la inestabilidad que caracterizó los últimos años del Porfiriato y el inicio de las conflagraciones revolucionarias. Con ello comenzó el proceso de transformación del fotógrafo de estudio en fotoperiodista, figura esencial para testimoniar el comienzo de la Revolución mexicana y, poco después, el colapso, renuncia y exilio del general Díaz. Sin embargo, el inicio de la guerra no sólo se llevó a cabo en los frentes tradicionales, sino también en el ámbito de la imagen.
La prensa, la fotografía y el cadáver: el caso de Aquiles Serdán
Al comenzar la Revolución mexicana, numerosos fotógrafos se dieron a la tarea de documentar los levantamientos armados, especialmente en el norte del país. Algunos fotógrafos estadounidenses cruzaron la frontera para informar en aquel país sobre el estallido de los enfrentamientos. No era una situación menor: los intereses económicos y políticos de Estados Unidos estaban involucrados tras las diferencias surgidas luego de la entrevista entre Porfirio Díaz y el presidente William Taft, en 1909. Aunado a lo anterior, se sumaba el hecho de que gran parte del armamento de los rebeldes provenía del territorio estadounidense y cruzaba ilegalmente la frontera para abastecer a los opositores del régimen.
Entre los primeros en atender el llamado de Francisco I. Madero para derrocar a Díaz se encontraban los hermanos Serdán. Al igual que otros grupos, la familia Serdán consideraba necesario un cambio en los actores del sistema político porfirista, pues veían en ello la posibilidad de establecer un proyecto democrático sustentado en un sufragio efectivo, no simulado ni cooptado por el poder. Su lucha se centraba en eliminar la reelección, a la que atribuían la prolongada permanencia de Díaz en el poder, así como el anquilosamiento e intransigencia del régimen.
Los hermanos Serdán Alatriste –Carmen, Máximo, Natalia y Aquiles–, empresarios zapateros oriundos de Puebla, habían mostrado interés por las ideas del Partido Liberal Mexicano y, posteriormente, entablaron contacto con Madero a través del Partido Socialista Obrero. La familia se involucró decididamente en el movimiento armado, impulsada por una marcada convicción antirreeleccionista y la intención de propiciar un relevo político en México.
Aquiles Serdán fue nombrado líder del movimiento antirreeleccionista en Puebla y pronto comenzó a reunir armas para sumarse al levantamiento convocado por Madero. Sin embargo, no previó que el aparato de espionaje y vigilancia porfirista se encontraba en alerta debido a la creciente inestabilidad en el norte del país. Además, el anuncio de Madero, que fijaba el 20 de noviembre como fecha para iniciar la rebelión, alertó anticipadamente a las autoridades. El gobernador de Puebla, Murcio P. Martínez, ordenó una estrecha vigilancia sobre la casa de los Serdán y posteriormente ordenó el cateo de la vivienda. Al enterarse de que su plan había sido descubierto y que la rebelión estaba en riesgo, los Serdán decidieron adelantarse: el choque con las fuerzas gubernamentales era inevitable.
La mañana del 18 de noviembre de 1910, las fuerzas policiales comandadas por Miguel Cabrera se presentaron frente a la casa de los Serdán. Para este momento, los hermanos y varios allegados se habían parapetado en las ventanas, preparados para el enfrentamiento que comenzó de manera inmediata. La balacera se prolongó cerca de cuatro horas. Pese a la resistencia, los Serdán poco pudieron hacer frente a la llegada de refuerzos, especialmente miembros de la policía rural y del ejército. Algunos insurrectos fueron abatidos y otros capturados. En el enfrentamiento también murió Miguel Cabrera, jefe de la policía poblana.
Aquiles Serdán sobrevivió al tiroteo y se ocultó en la misma casa que había servido de fortín, con la intención de escapar de las autoridades. No obstante, una vez asegurado el lugar, fue descubierto y asesinado a tiros. Una vez que los cuerpos de seguridad porfirista controlaron la situación, extrajeron el cadáver de Aquiles Serdán y lo colocaron en la vía pública para que fuera visto por la población. Esta exposición buscaba generar miedo y funcionaba como una forma de escarmiento: el régimen enviaba un mensaje claro sobre las consecuencias de atentar contra el orden y la pax porfiriana.
Esta estrategia basada en el miedo y la violencia no era nueva; desde años atrás, el régimen recurría a la exhibición de cadáveres de bandidos y delincuentes. Sin embargo, con el periodismo moderno, la práctica se masificó mediante el uso de fotografías en la prensa. Uno de los casos más llamativos que empleó este recurso fue precisamente el del cadáver de Aquiles Serdán, cuya imagen se utilizó como herramienta para infundir temor entre los opositores.

La imagen muestra el cadáver de Aquiles Serdán en un primer plano. Se aprecia uno de los orificios de bala en su cabeza, apoyada sobre un par de ladrillos. El propósito de la fotografía no era únicamente registrar a un rebelde abatido, sino exponer la violencia de su muerte: manchas de sangre y hematomas visibles en la piel. Se trata de una imagen que retrata un cuerpo como objeto de humillación. La imagen posee un carácter punitivo, pues evidencia las consecuencias de haberse levantado en contra del régimen.
Al día siguiente de los trágicos acontecimientos, El Imparcial publicó en primera plana las notas informativas del enfrentamiento en la ciudad de Puebla. Llama la atención que, tanto los encabezados como las notas, desacreditan a los insurrectos calificándolos de “revoltosos” e influenciados por “propaganda sediciosa”. De igual modo, para ilustrar la información se utilizaron dos retratos del general Miguel Cabrera, quien falleció en el tiroteo.
El día 20 de noviembre, El Imparcial nuevamente dio información sobre los acontecimientos ocurridos en Puebla. Para esta portada se realizó un pequeño fotorreportaje compuesto por imágenes montadas que evidencian un discurso de castigo implementado desde el poder. De izquierda a derecha, se presenta una imagen del patio de la casa de los Serdán y adentro los cuerpos policiacos después de su ingreso; le sigue un retrato de Filomena del Valle (esposa de Aquiles Serdán); al centro, una pequeña fotografía que muestra el cadáver de Aquiles Serdán en la calle y rodeado por policías. A continuación, aparece un retrato de Carmen Serdán Alatriste, hermana y participante de los acontecimientos. Del lado derecho se observa una fotografía de la fachada de la casa, repleta de numerosos impactos de bala. En la parte inferior aparecen tres imágenes adicionales: un retrato de Aquiles Serdán; en medio, los cuerpos de seguridad; y, del lado derecho, un retrato de Modesto Fregoso, quien asumió el cargo de jefe de policía tras la muerte de Miguel Cabrera.
Como se observa, la fotografía cumple dos funciones en el periódico: por un lado, ilustrar el contenido de las notas; en ese sentido, su interpretación se encuentra mediada por los encabezados y los pies de foto. Por otro lado, las fotografías construyen una narrativa visual propia, en la que aparecen imágenes de los subversivos intercaladas con las de los cuerpos de seguridad. La intención es mostrar a los rebeldes, a quienes se alude insistentemente como sediciosos, abatidos por los cuerpos de seguridad, a estos últimos el periódico les atribuye el mantenimiento del orden.
Por su parte, La Semana Ilustrada también recurrió a fotografías para informar sobre los hechos en Puebla con una estrategia muy semejante, aunque con una postura no alineada al régimen. En la portada presentó un retrato de Miguel Cabrera y fotografías de su funeral, con el afán de otorgarles un sentido trágico. Al interior, incluyó un breve fotorreportaje titulado “Los sangrientos sucesos de Puebla” y, a página completa, dispuso una fotografía de la fachada de la casa de los Serdán junto con la imagen del cadáver de Aquiles, con un tiro en la cabeza. La información oscila en dos extremos: lo trágico que es la muerte del policía y lo condenable, que es la muerte de Aquiles Serdán como culpable de la insurrección. Al igual que El Imparcial, se trata de un discurso visual en términos del mantenimiento del orden y paz porfirianos, pero no desacredita a los rebeldes ni recae en una mera estrategia de escarmiento visual mediante fotografías que representan el castigo hacia ellos. Esto evidencia la importancia de analizar los procesos editoriales y el posterior desarrollo del fotoperiodismo mexicano durante los años más cruentos de la Revolución mexicana.
Conclusión
Puede afirmarse, en conclusión, que el fotoperiodismo moderno en México tuvo sus raíces en el Porfiriato, al menos en lo que respecta a la reproducción masiva de periódicos subvencionados por el régimen y, desde luego, al uso de la fotografía como parte sustancial de sus contenidos. De acuerdo con lo dicho, la fotografía se integró no solamente como elemento ilustrativo, sino como un recurso para establecer narrativas visuales con una orientación progubernamental. Así, al inicio de la Revolución mexicana, periódicos oficialistas como El Imparcial, presentaron contenidos sobre el movimiento armado orientados a desacreditar el actuar de los insurrectos. Se mostraron fotografías del lugar del enfrentamiento con la intención de descalificar a los rebeldes, tildándolos de sediciosos. También se exhibió el cadáver Aquiles Serdán como una manera de intimidar a los opositores, todo ello bajo un discurso que destacaba la importancia del mantenimiento del orden porfiriano y las consecuencias fatales de atentar contra el gobierno. Poco tiempo después, los revolucionarios se percataron de la importancia estratégica de contar con periódicos y fotógrafos afines a sus causas, con lo cual se abrió un nuevo frente de lucha: el de la imagen y la propaganda.
Para saber más
Dubois, Philippe, El acto fotográfico. De la representación a la recepción, Barcelona, Editorial Paidós, 2014.
Cárdenas García, Nicolás, Los hermanos Serdán, México, Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, 1985.
Fajardo Tapia, David, Bandidos, miserables, facinerosos, México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Centro de la Imagen, 2015.
Gautreau, Marion, De la crónica al ícono. La fotografía de la Revolución mexicana en la prensa ilustrada capitalina (1910-1940), México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2016.
Mraz, John, Fotografiar la revolución mexicana. Compromisos e íconos, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2010.
Imagen de portada: Cadáver de Aquiles Serdán expuesto en la calle, 18 de noviembre de 1910. Colección: Casasola, INAH. Imagen tomada de: https://repositorio.inah.gob.mx/o-820388.





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