Entrevista a María De Mária Campos

En el verano de 1971, nuestro país fue escenario nuevamente de un campeonato mundial de futbol. Como un año antes, el imponente Estadio Azteca recibió a una multitud de aficionados para presenciar la apertura del certamen, que tuvo lugar entre el 15 de agosto y el 5 de septiembre. Sin embargo, una cosa era radicalmente distinta: eran mujeres y no hombres los que disputaban el terreno de juego. Jugadoras sin contrato, sin salario y sin el respaldo de la FIFA. Pese a todos los obstáculos, el desempeño de la selección femenil mexicana fue extraordinario, pues obtuvo el segundo lugar del torneo. Para hablar de este episodio olvidado en la historia deportiva, entrevistamos a María de Mária Campos, académica y responsable de la Fototeca de la Biblioteca Francisco Xavier Clavigero de la Universidad Iberoamericana, institución que resguarda 1,800 fotografías de la Copa Mundial Femenil de México 71.

¿Por qué ha permanecido en el olvido la historia del Mundial Femenil de 1971?

La historia de México guarda un episodio clave que durante décadas quedó relegado al olvido. En 1971, en una época en la que aún se debatía si el futbol era una práctica adecuada para las mujeres, la selección femenil mexicana jugó en el Estadio Azteca la Copa Mundial convocada por la Federación Internacional y Europea de Futbol Femenil (FIEFF). Aquellas futbolistas, que competían sin contratos, sin sueldo y sin el aval de la FIFA, abarrotaron las gradas y dejaron una marca indeleble en el deporte y en la conquista del reconocimiento femenino.

A ese vacío institucional se añadió una prensa que, en gran medida, prefirió desviar la mirada, motivada tanto por prejuicios de género como por la agitación política de aquellos años. El olvido de este Mundial no responde a un solo motivo: fue el resultado de varios factores entrelazados que, por más de cincuenta años, lo dejaron al margen de la narrativa oficial del futbol.

El golpe más persistente, sin embargo, vino una vez que terminaron los partidos. La FIFA nunca avaló el torneo –según su contabilidad, el primer Mundial femenil “oficial” se celebró en 1991, en China– y, de acuerdo con el testimonio de las propias jugadoras, se giró la instrucción a las federaciones de vetarles el acceso a los estadios que administraban. A esto se sumó que en México no surgió una liga femenil capaz de aprovechar el fervor que el torneo había encendido, de modo que los nombres de aquellas precursoras desaparecieron del relato deportivo predominante. Quienes han investigado el tema concuerdan en que ese olvido no fue fortuito, sino una invisibilización motivada por el género.

Esa omisión todavía pesa, y hoy tiene una expresión simbólica muy clara. Con la Copa del Mundo de 2026, México se convirtió en el primer país en albergar tres torneos mundialistas según la cuenta de la FIFA –1970, 1986 y 2026–; pero, si se suma el mundial femenil de 1971, en realidad sería el cuarto. No es un matiz menor para las protagonistas: las pioneras del 71 insisten, una y otra vez, en que “son cuatro y no tres”, y reclaman que el organismo siga sin contabilizar el Mundial que ellas llenaron. Ese desajuste entre la memoria viva de las jugadoras y el registro oficial resume, mejor que ningún otro dato, la forma en que el futbol femenil fue borrado de su propia historia.

¿Cuál era el contexto nacional e internacional en el que se desarrolló este torneo?

La Copa Mundial de futbol femenil fue producto de un cruce singular: el de transformaciones internacionales de largo aliento y un momento especialmente intenso en la historia de México.

En el plano global, la FIFA sostenía que el futbol debía estar bajo el control de las asociaciones nacionales y no reconocía el juego femenino. Varias federaciones de peso mantenían prohibiciones explícitas: Inglaterra lo vetó entre 1921 y 1971 –la prohibición se levantó precisamente ese año–, Brasil entre 1947 y 1979 y los Países Bajos en distintos momentos. Frente a esa exclusión creció un movimiento de base, y la Federación Internacional y Europea de Futbol Femenil (FIEFF), fundada en febrero de 1970 y financiada por los clubes femeniles italianos, organizó sus propios campeonatos: Italia 1970 y México 1971, este último respaldado por patrocinadores como Martini & Rossi.

En el plano nacional, México venía de organizar la Copa del Mundo varonil de 1970, un éxito rotundo que había paralizado al país y dejado las tribunas encendidas. El futbol se consolidaba como un espectáculo comercial de grandes dimensiones, impulsado por el creciente poder mediático de Televisa. Ese fervor y esa maquinaria comercial fueron, en buena medida, los que hicieron viable un segundo torneo mundial –esta vez de mujeres– apenas un año después: algunos empresarios vieron en el balompié femenil, una actividad todavía atípica, una oportunidad de negocio prometedora.

Pero los primeros años setenta fueron también un periodo convulso. El torneo se celebró durante el sexenio de Luis Echeverría (iniciado en diciembre de 1970) y su llamada “apertura democrática”, a la sombra de la matanza estudiantil de Tlatelolco de 1968 y, apenas dos meses antes del partido inaugural, del “Halconazo” del 10 de junio de 1971, una nueva represión violenta a manos del grupo paramilitar Los Halcones contra una manifestación estudiantil. Aquella masacre dejó claro que la herida de Tlatelolco no había cerrado, que el autoritarismo seguía siendo la respuesta del Estado ante la disidencia y que la modernización convivía, sin pudor, con una democracia apenas simulada. Era un clima de represión y, al mismo tiempo, de intensa efervescencia social: México celebraba en el estadio mientras reprimía en la calle.

En ese mismo contexto, el feminismo de la segunda ola hizo su aparición pública en México justo en 1971: en mayo, el grupo Mujeres en Acción Solidaria (MAS) protagonizó su primera protesta. Era un movimiento encabezado sobre todo por mujeres urbanas y con formación universitaria, en años en que ellas ingresaban masivamente a las universidades y al mercado laboral, se difundían métodos anticonceptivos accesibles y se cuestionaban abiertamente los roles de género. El movimiento sindical, vigorizado bajo Echeverría, empezó a considerar a los deportistas como trabajadores –con la creación del Sindicato Nacional de Deportistas (1970) y el sindicato de futbolistas (1971)–, un marco que ayuda a entender la demanda de pago de las seleccionadas. No es casual, entonces, que la lucha por la equidad de género en el deporte encuentre en la demanda de las futbolistas de 1971 uno de sus episodios más significativos.

En suma, el torneo fue a la vez heredero del entusiasmo futbolero de 1970 y contemporáneo de un México que se sacudía: reprimido, pero más combativo, y atravesado por las primeras grandes reivindicaciones feministas de la segunda ola.

¿En qué situación se encontraban las futbolistas mexicanas en aquella época?

A inicios de los años setenta, el futbol femenil en México vivía en los márgenes del reconocimiento institucional. No existía una estructura profesional que sostuviera a las jugadoras: ni ligas formales, ni contratos, ni salarios. La gran mayoría de las seleccionadas eran estudiantes o trabajadoras que compaginaban sus empleos y estudios con los entrenamientos, y que costeaban con sus propios recursos su participación en las competencias.

Pese a esa precariedad, existía un movimiento incipiente y vigoroso. En noviembre de 1969, la porra femenil del Club América, junto con el profesor de educación física Efraín Pérez, organizó el primer torneo amateur del Distrito Federal, la llamada “Liga América”. De su crecimiento surgió, en febrero de 1970, la Asociación Mexicana de Futbol Femenil (AMFF), presidida por el propio Pérez. De ese impulso nació, además, el equipo nacional que ese mismo año representó a México en el primer Mundial femenil de la historia, celebrado en Italia, donde obtuvo un meritorio tercer lugar; fue entonces cuando la prensa italiana bautizó a Alicia Vargas como “La Pelé mexicana”.

Las condiciones materiales, sin embargo, eran sumamente adversas. Las jugadoras entrenaban en campos prestados o improvisados –lotes de tierra sembrados de piedras y vidrios–, muy lejos de las canchas empastadas que disfrutan hoy las nuevas generaciones. Conseguir un lugar donde practicar suponía un reto constante, igual que reunir el dinero de los vuelos o incluso hacerse de un uniforme: algunas viajaron con un simple número para coser o pegar sobre una playera blanca. Los gastos de traslado y alimentación corrían por su cuenta, sin respaldo financiero ni mediático de la estructura deportiva oficial.

Conviene matizar, no obstante, que el grupo era heterogéneo: mientras algunas jugadoras buscaban sobre todo el éxito deportivo, otras tenían una conciencia más explícita de su situación y aspiraban abiertamente al profesionalismo. Y es que, en el plano social, practicar futbol siendo mujer significaba desafiar normas y prejuicios profundamente arraigados, en una época en que el deporte se consideraba un terreno “de hombres”: ese desafío cotidiano, más que ninguna estructura, define la situación desde la que compitieron.

¿Cómo fue el desempeño de la selección femenil mexicana en este Mundial?

El desempeño de la selección mexicana fue extraordinario. Como anfitrionas, las jugadoras llegaron hasta la final y se alzaron con el subcampeonato del mundo, una proeza que el representativo varonil de México nunca ha logrado igualar.

El camino dentro de la cancha arrancó con paso firme. El encuentro inaugural tuvo lugar el 15 de agosto de 1971 en el Estadio Azteca, donde las mexicanas se enfrentaron a Argentina. Tras la fase de grupos –en la que también midieron fuerzas con Inglaterra–, México y Argentina sellaron juntas su pase a las semifinales. La semifinal frente a Italia resultó un duelo durísimo: una vez consumado el resultado, varias futbolistas italianas se fueron a los golpes contra las mexicanas, y la policía tuvo que entrar al terreno para ponerlas a salvo. En la otra llave, Dinamarca y Argentina se vieron las caras. La final, jugada el 5 de septiembre de 1971, enfrentó a México con Dinamarca, cuya gran figura fue Susanne Augustesen: con apenas 15 años, la jugadora danesa firmó una actuación inolvidable. Italia y Argentina pusieron el broche al torneo en el partido por el tercer lugar, disputado en el Estadio Jalisco.

Las cifras de asistencia se manejan como estimaciones que difieren según la fuente: al partido inaugural se le atribuyen entre 80 mil y 100 mil asistentes, y a la final, entre 90 mil y más de 110 mil. En cualquiera de sus versiones, aquella final marcó un récord de asistencia para un encuentro de futbol femenino –una marca que todavía se cita hoy– y rebasó con amplitud las entradas que por entonces convocaban los partidos profesionales varoniles, que rara vez reunían a 20 mil aficionados.

¿A qué obstáculos y prejuicios tuvieron que enfrentarse las jugadoras?

La proeza deportiva resulta aún más admirable cuando se considera el cúmulo de barreras que las jugadoras mexicanas debieron sortear. Esos obstáculos operaron en varios niveles, desde lo íntimo y familiar hasta lo institucional. Para muchas, el primer rival no estuvo en la cancha, sino en el hogar.  Silvia Zaragoza (delantera) recuerda que su propio padre le prohibió jugar y que tuvo que luchar contra esa oposición para perseguir su vocación; otras tuvieron que ocultar su afición durante años, como Lourdes de la Rosa (defensa), cuya familia se enteró de que formaba parte de la liga femenil solo cuando la vio jugar en las transmisiones de televisión. Más allá de cada caso, la regla general era la desaprobación social hacia una mujer que se atreviera a practicar “el juego del hombre”.

Los prejuicios permeaban incluso las reglas y la cobertura. Los partidos del torneo se jugaron a dos tiempos de 35 minutos –y no a los 45 reglamentarios–, un formato documentado en las fichas del campeonato; la lectura divulgativa habitual lo asocia a la idea, entonces extendida, de que las mujeres no resistirían el ritmo de un partido completo. La organización envolvió además el acontecimiento en una estética condescendiente: las porterías del Azteca se pintaron de rosa y blanco y se adornaron con macetas de flores, los vestidores fueron custodiados por policías mujeres de uniforme rosa y marcas de cosméticos ofrecieron acondicionar tocadores de belleza en esos mismos vestidores. Buena parte de la prensa siguió esa pauta entre la burla y el desdén: un portero profesional sentenció que con ellas se había “profanado el templo del balompié», y más de un columnista despachó el torneo como «una farsa alegre” indigna del nombre de campeonato mundial.

La hostilidad, sin embargo, no era solo cultural, sino institucional. En febrero de 1971, lejos de impulsar el certamen, la FIFA presionó para frenarlo: hizo circular una advertencia de que desafiliaría a cualquier club, asociación o jugador que ayudara a organizar el mundial femenil. Acatando esa línea, la Federación Mexicana de Futbol amenazó con multar a los clubes capitalinos –Atlante, América y Necaxa– si prestaban el Estadio Azteca con una sanción equiparable a los 20 mil pesos, que ya había impuesto al Toluca por un antecedente similar. Si el campeonato pudo realizarse fue, en buena medida, porque la gestión del recinto fue por la vía privada, con un papel decisivo de Telesistema Mexicano –el antecedente de Televisa– que, de la mano de patrocinadores y con la anuencia gubernamental, apostó por el evento como un negocio rentable. Esa lógica comercial explica una de las grandes paradojas del 71: el espectáculo generaba cuantiosas ganancias, pero a las jugadoras no les tocaba nada.

Con el paso del tiempo, la gesta del 71 ha empezado a recibir el reconocimiento que se le negó. Documentales como Copa 71 y Tan cerca de las nubes, exposiciones, homenajes y trabajos académicos han devuelto a estas mujeres su lugar como pioneras del futbol mexicano. Ellas mismas resumen su aporte con una frase: “abrimos brecha”. Cada liga profesional, cada camiseta vendida y cada niña que hoy sueña con jugar en la cancha está conectada con aquellas jugadoras que compitieron sin garantías, sin certezas y sin reconocimiento.

¿Qué revelan las fotografías que conserva la Universidad Iberoamericana sobre este Mundial?

El acervo fotográfico del fondo del Heraldo de México Gutiérrez Vivó-Balderas que custodia hoy la Universidad Iberoamericana, constituye un registro visual que sobrevive de aquel torneo; antes que ilustrarlo, lo que hace es demostrar que sucedió. Frente a un certamen al que la FIFA negó reconocimiento y que gran parte de la prensa optó por silenciar o ridiculizar, la cobertura fue tan limitada que en la actualidad apenas perduran vestigios documentales. Por eso cobra tanto sentido la labor de los fotorreporteros de El Heraldo de México y, en especial, del periodista deportivo Manelich Quintero, que impulsó la cobertura del equipo y preservó, en imágenes, los encuentros, los entrenamientos y los semblantes de unas jugadoras a las que el aparato oficial decidió dar la espalda.

Su testimonio funciona en dos dimensiones. En la más inmediata, restituye lo tangible: las tribunas repletas, la fuerza de cada partido, la rutina diaria de las prácticas y la identidad de unas deportistas a quienes durante décadas se expulsó del relato oficial. En una escala mayor, estas tomas ponen a la vista precisamente lo que la versión consagrada del deporte prefirió omitir: que el campeonato tuvo lugar, que llenó estadios y que aquellas precursoras fueron reales. Sin este conjunto de imágenes, las jugadoras y el propio mundial seguirían ausentes de la memoria colectiva del deporte nacional e internacional.

Lo que perdura –aquello que el tiempo no altera– es la memoria. Cada gol, cada porra, cada jugada, cada lágrima y cada abrazo que estas fotografías capturaron forman parte de un legado visual irremplazable: la mirada con la que una nación se ha contemplado crecer, tropezar y ponerse de pie. Asomarse a estas imágenes no significa solo asomarse al futbol; significa reconocernos como nación.

¿Cuáles son las características e importancia de este acervo fotográfico?

El Archivo Fotográfico Heraldo de México Gutiérrez Vivó-Balderas reúne más de cuatro décadas (1965 a 2005) de la vida nacional –política, economía, cultura, espectáculo, sociedad y tecnología– captadas por uno de los diarios más influyentes del país. Tan solo parte de su sección deportiva resguarda alrededor de 15,000 imágenes que documentan siete Copas del Mundo: México 1970 y 1971, Alemania 1974, Argentina 1978, España 1982, México 1986 y Estados Unidos 1994. El material es heterogéneo en su soporte –impresiones en papel, diapositivas y negativos– y se conserva bajo estándares profesionales de preservación que garantizan su permanencia. Del mundial femenil de 1971, se resguardan 1,800 fotografías.

Su importancia opera en varios planos. Como fuente primaria, ofrece a historiadores, investigadores y público general una ventana hacia el deporte, el espectáculo, los partidos, las multitudes y los contextos sociales de cada época, con piezas que en muchos casos no se conservan en ningún otro repositorio. Como patrimonio cultural, tiende un puente entre generaciones: permite ver y sentir momentos que no se vivieron y comprender cómo la sociedad mexicana se ha narrado a sí misma a través de la imagen. Y como herramienta de reparación histórica, resulta decisivo para rescatar episodios que el relato oficial dejó al margen, de los que el Mundial femenil de 1971 es el ejemplo más elocuente. En ese sentido, el fondo no solo documenta el pasado: ayuda a decidir qué parte de él sobrevive y puede volver a mirarse.

¿Qué acciones ha emprendido la Universidad Iberoamericana para preservar esta memoria gráfica?

La labor de la Ibero se ha desplegado en varias etapas que van de la conservación física a la difusión pública. La primera fue de rescate y resguardo: al recibir el acervo, lo primero fue sustituir las cajas en mal estado –algunas rotas o con humedad– y trasladar las piezas a un área especializada, donde imágenes y negativos se preservan a baja temperatura para frenar su deterioro. A esto siguió un inventario general por temáticas y un trabajo continuo de catalogación e investigación.

La segunda etapa, y la más visible hoy, es la digitalización. Desde finales de 2025, un convenio entre la Universidad y El Heraldo Media Group permite conservar, catalogar, digitalizar y divulgar el archivo, comenzando precisamente por la sección deportiva –incluida la Copa Femenil de 1971– y por el movimiento estudiantil de 1968. El proceso lo coordina Gerardo Morales Sánchez, del Área de Innovación y Estrategias Digitales de la biblioteca, con personal especializado que opera escáneres y equipos de cómputo según el soporte de cada pieza. El estándar mínimo de digitalización es de 600 puntos por pulgada, que en los negativos llega a aumentarse hasta 1,200 para no perder detalle, y los archivos se guardan en formato TIFF, que duplica cada imagen sin pérdida; cuando una fotografía tiene anotaciones al reverso, se digitalizan ambas caras para conservar su originalidad.

La tercera etapa apunta al acceso y la divulgación. El objetivo es que el público pueda consultar el material por medios electrónicos sin exponer los originales al desgaste de las consultas presenciales. A ello se suma un trabajo activo de investigación y difusión –publicaciones, exposiciones y documentales que recurren al acervo–, que permite no solo conservar las imágenes en condiciones óptimas, sino devolverlas a la investigación y a la memoria colectiva.

¿De qué manera se puede consultar este archivo fotográfico?

Por ahora, la consulta se realiza de manera presencial en las instalaciones de la Ibero, con cita previa. El horario de servicio es de lunes a jueves, de 8:00 a 16:45 horas, y los viernes, de 8:00 a 15:00 horas.

Para saber más

Carreño Martínez, Maritza, “Futbol femenil en México, 1969-1971”, tesis de licenciatura en Historia, Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Filosofía y Letras, 2006. 

De Mária Campos, María, “El Azteca era mujer. El primer Mundial de futbol femenil”, IBERO, año XVIII, número 102, junio-julio 2026, p. 38-43. 

Pérez Uriarte, Giovanni Alejandro, “Estamos desempeñando un trabajo. Las futbolistas mexicanas de 1971 y la lucha por el profesionalismo”, Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México, número 69, enero-junio de 2025, p. 219-247.

Santillán Esqueda, Martha y Fausta Gantús, “Transgresiones femeninas: futbol. Una mirada desde la caricatura de la prensa, México 1970-1971”, Tzintzun. Revista de Estudios Históricos, número 52, julio-diciembre de 2016, p. 143-176. 

Imagen de portada: Las mexicanas entraron en el Azteca, 21 de agosto de 1971. Colección: Biblioteca Francisco Xavier Clavigero, Universidad Iberoamericana, Archivo Fotográfico Heraldo de México Gutiérrez Vivó–Balderas, N° HM-M71-0315.

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