Entrevista a Mariano Schuster por Huitzilihuitl Pallares Gutiérrez
En Argentina, la editorial Siglo XXI publicó un sugerente libro titulado El pasado no está muerto. Conversaciones con historiadores que cambiaron nuestra forma de ver el mundo. Se trata de una serie de entrevistas realizadas por el periodista Mariano Schuster a diez destacados especialistas que, con sus investigaciones, han enriquecido nuestra comprensión del pasado y renovado la historiografía, es decir, la forma en que se investiga y explica la historia. Preguntas inteligentes, puntuales y un adecuado manejo de los debates historiográficos revelan la preparación y el cuidado meticuloso de cada entrevista. Schuster es un periodista joven que, por momentos, da la impresión de haber estudiado la carrera de historia, pues sus lecturas le permiten explorar con fluidez la trayectoria de Sheila Fitzpatrick, Peter Burke, Emilio Gentile, Ian Kershaw, Carlo Ginzburg, Natalie Zemon Davis, Robert Darnton, Joan Wallach Scott, Roger Chartier y Sheila Rowbotham.
El pasado no está muerto es, sin duda, una obra que ofrece conversaciones fascinantes sobre temas de suma actualidad como el fascismo, los regímenes autoritarios, las clases subalternas, las prácticas lectoras, el género y el feminismo. Aunque en nuestro país el libro aún no llega a las librerías en formato físico, puede adquirirse sin problema en su versión electrónica.
¿Por qué te surgió la idea de entrevistar a historiadores?
El punto de partida de este libro fue mucho más modesto de lo que su forma final podría sugerir. No surgió como un proyecto editorial planificado ni como una serie concebida de antemano, sino a partir de una iniciativa puntual: la decisión de escribirle a Sheila Fitzpatrick para proponerle una entrevista. Había, desde luego, admiración por su trabajo y una curiosidad sostenida por años de lectura, pero no todavía la idea de un libro ni de una secuencia de conversaciones. Me interesaba, en particular, su manera de pensar la historia rusa desde un ángulo poco habitual: no solo a partir de los grandes acontecimientos políticos, sino desde la vida cotidiana, las prácticas sociales y las experiencias concretas de quienes habitaron la Unión Soviética. Su acceso temprano a archivos soviéticos largamente vedados para investigadores occidentales y su cuestionamiento de las lecturas rígidas del totalitarismo habían contribuido a abrir una perspectiva distinta sobre ese pasado. Que todo haya comenzado con esa pregunta dirigida a ella no es un dato accesorio: señala, más bien, el modo en que ciertos recorridos intelectuales se configuran en la intersección entre experiencias de lectura, encuentros personales e intuiciones que, en su momento, no parecen anticipar nada duradero.
El disparador inmediato fue el año 2022 y la guerra en Ucrania. Pablo Stefanoni me sugirió entrevistar a Fitzpatrick para la revista Nueva Sociedad, y vio en ese conflicto una oportunidad para volver sobre la historia rusa desde una perspectiva más profunda. Sin embargo, mi interés no estaba puesto en el comentario coyuntural ni en la explicación urgente. Me resistía, y todavía me resisto, a esa lógica del presentismo que convierte cada acontecimiento en una novedad autosuficiente, como si los problemas del mundo hubieran nacido ayer. Lo que buscaba era algo más exigente: comprender cómo una vida entera de trabajo en archivos, debates historiográficos y lecturas pacientes podía iluminar el presente sin quedar capturada por él.
La entrevista funcionó como un punto de inflexión porque me reveló algo elemental: conversar con un gran historiador no solo permite informarse sobre un tema, sino experimentar una forma de pensamiento. Esa forma consiste en devolverle al pasado su espesor contradictorio, reconocer que los procesos humanos no nacen de la nada y entender que lenguajes políticos, miedos y expectativas se sedimentan a lo largo del tiempo. El pasado, en ese sentido, no está muerto: es una presencia, una capa activa de nuestro presente que solo se vuelve visible cuando resistimos la hipnosis de la inmediatez. Esa intuición atraviesa también la obra de muchos de los entrevistados, desde la reconstrucción de universos de cultura popular y creencias subalternas en Carlo Ginzburg hasta la atención a las experiencias concretas de hombres y mujeres de otros tiempos, sus conflictos y sus estrategias de mediación en Natalie Zemon Davis, pasando por la exploración de las prácticas culturales, los modos de percepción y las formas de transmisión del saber en Peter Burke.
A partir de allí apareció la posibilidad de trazar un mapa más amplio, una constelación de voces capaces de pensar mundos históricos diversos sin reducirlos a moralejas. No se trataba de un homenaje, aunque pudiera leerse así, sino de un diálogo: interrogar a quienes llevan décadas interrogando el pasado y hacerlo en un formato que permitiera respirar, matizar y explicar. Con el tiempo entendí que el motivo más simple era también el más verdadero: entrevisté a historiadores porque me gusta la historia y porque aprecio profundamente a quienes la hacen. En una época que celebra la novedad como valor, insistir en el pasado es, también, una forma de resistencia intelectual.
¿Cómo te preparaste para realizar cada entrevista?
La preparación fue, en todos los casos, una combinación de disciplina, obsesión y respeto por el interlocutor. Entrevistar a historiadores e historiadoras de gran envergadura exige algo más que leer un libro reciente o repasar una biografía. Implica entrar en el mundo de una obra: sus preguntas persistentes, sus controversias, sus virajes conceptuales, sus métodos y silencios. En el caso de Fitzpatrick, por ejemplo, la preparación supuso recorrer con mayor exhaustividad su producción, incluidos textos autobiográficos que iluminan su trayectoria intelectual. Algo similar ocurrió al acercarme a los trabajos de Ian Kershaw sobre el nazismo o a las investigaciones de Robert Darnton sobre la literatura clandestina del siglo XVIII.
Ese trabajo tenía una dimensión concreta: lectura intensiva, toma de notas, rastreo de debates historiográficos y diseño de preguntas que no fueran meramente informativas. Me interesaba formular preguntas que abrieran espacio para pensar. Para eso trataba de reconstruir un mapa: cuáles eran los problemas centrales de cada autor, qué discusiones los habían formado, qué conceptos disputaban y qué había cambiado en su mirada con el tiempo. Una entrevista a un historiador o a una historiadora es una conversación sobre ideas, pero también sobre los modos de producirlas, sobre la relación entre experiencia vital, archivo y teoría.
Prepararme implicaba además resistir el coyunturalismo. Incluso en contextos marcados por la urgencia política, mi apuesta era preguntar por la larga duración, por los sedimentos culturales y las transformaciones lentas. No para negar la coyuntura, sino para no quedar atrapado en ella. La preparación consistía, en ese sentido, en elegir un ángulo capaz de convertir un hecho presente en una puerta hacia procesos históricos más amplios, como los que Chartier reconstruye al estudiar las prácticas lectoras o Gentile al analizar la sacralización de la política en el fascismo.
Finalmente, la preparación no terminaba cuando se apagaba el grabador o la cámara. Las entrevistas publicadas no son transcripciones literales, sino reescrituras cuidadas que eliminan algunas marcas de oralidad y restituyen el sentido conceptual de la conversación. Ese trabajo posterior –volver a los libros, verificar referencias, ajustar formulaciones– forma parte esencial del proceso. Preparar una entrevista es, en última instancia, preparar un acto de lectura antes, durante y después del encuentro.
¿Cuál fue el mayor reto que enfrentaste?
El reto principal fue estar a la altura de interlocutores cuya obra está hecha de matices, disputas conceptuales y trabajo paciente con fuentes. Entrevistarlos no era solo un desafío periodístico, sino intelectual: formular preguntas precisas sin empobrecer la complejidad y sostener conversaciones abiertas sin convertirlas en exámenes. Había que encontrar un equilibrio delicado entre rigor y escucha, entre orientación temática y libertad del diálogo.
A ello se sumó un desafío temporal. Lo que parecía un proyecto manejable terminó revelándose exigente: lecturas, agendas internacionales, transcripciones, ediciones. El año previsto se convirtió en tres. La reducción del número de entrevistas fue, paradójicamente, lo que permitió ganar profundidad. Comprendí que la hondura intelectual tiene un costo temporal que no siempre coincide con la lógica acelerada de la web ni con los ritmos productivos del periodismo contemporáneo.
Otro reto fue resistir el formato dominante de la entrevista breve y coyuntural. Aposté por la conversación larga, centrada en ideas, donde la voz principal fuera la del entrevistado y el entrevistador aceptara volverse más pequeño. En una época que empuja al narcisismo autoral, ese desplazamiento no es menor: es una ética del diálogo intelectual.
Finalmente, el reto fue confiar en los lectores. Frente a la tendencia a simplificar en nombre de “la gente común”, quise sostener una divulgación sin condescendencia. Ofrecer complejidad accesible, no complejidad mutilada. Esa confianza en la inteligencia del lector es un lema persistente de todo el proyecto.
¿Cuál fue el aprendizaje más significativo de este ejercicio?
El aprendizaje más significativo fue confirmar que entrevistar es una forma de pensar con otros. No es solo “extraer” información o producir un contenido; es construir un espacio donde las ideas se despliegan, se ordenan, se discuten, se ponen a prueba. Y eso exige algo que hoy escasea: el tiempo. Tiempo para leer, para preparar, para escuchar, para editar. En ese sentido, el libro terminó siendo una reivindicación de la temporalidad larga no solo como tema histórico, sino como práctica intelectual, casi como una ética de trabajo frente a un presente que empuja constantemente hacia la velocidad y la simplificación.
También aprendí que la historia, cuando se la trabaja con rigor, es un antídoto contra el presentismo. Muchos de mis entrevistados comparten esa operación: Fitzpatrick discutiendo modelos rígidos y mirando la vida cotidiana; Kershaw pensando el nazismo en procesos de décadas; Darnton rastreando circuitos subterráneos que preparan grandes rupturas; Ginzburg superponiendo escalas y conectando una vida breve con tradiciones de siglos. Conversar con ellos reforzó una idea que me importa: el pasado no está muerto porque sigue actuando, moldeando lenguajes, sensibilidades, expectativas de justicia y hasta imaginarios políticos. Pensar históricamente es, en ese sentido, combatir la ilusión de que todo empieza hoy.
Hubo otro aprendizaje, más íntimo: el encuentro con la humanidad de estos “grandes nombres”. Detrás de obras monumentales encontré modestia, generosidad y una disposición al diálogo que desarma ciertos prejuicios sobre la figura del gran intelectual. Pequeños gestos (un retrato mostrado en una pantalla, una bibliografía enviada por correo, un comentario espontáneo sobre una lectura) revelaban una ética del oficio: el trabajo histórico como actividad compartida, sostenida por la curiosidad, la paciencia y una forma muy concreta de humildad intelectual. Esa experiencia me conmovió porque contrasta con una época que muchas veces premia la pose, la rapidez y el cinismo.
En paralelo, el proceso me llevó a pensar con más profundidad la dimensión autobiográfica del pensamiento histórico. Preguntar por la vida personal no es una concesión al color ni una curiosidad lateral; puede ser una vía legítima para comprender cómo se forma una sensibilidad intelectual. En sus memorias, George L. Mosse reconoce con una honestidad poco frecuente que su condición de varón gay –en un tiempo y en un campo académico donde esa identidad implicaba costos profesionales y sociales muy concretos– influyó en la omisión de la homosexualidad en sus primeros trabajos sobre el nacionalsocialismo. Esa confesión no reduce su obra a su biografía, pero ilumina de manera decisiva el vínculo entre experiencia vital y orientación de la investigación histórica. Maurice Agulhon lo formula de un modo igualmente preciso cuando sugiere que ciertas sensibilidades –religiosas, políticas o culturales– son las que permiten sostener la paciencia necesaria para estudiar determinados mundos. En esa misma línea, y como lo digo en el prólogo de El pasado no está muerto, libros como El portero de Terry Eagleton, Regreso a Reims de Didier Eribon o Landscape for a Good Woman de Carolyn Steedman muestran que la autobiografía puede convertirse en una vía privilegiada de acceso a procesos históricos más amplios. Todo esto confirma que la historia no se escribe desde una neutralidad abstracta, sino desde vidas situadas que, al reconocerse, no pierden rigor: ganan lucidez.
Y, finalmente, el aprendizaje fue también sobre el propio periodismo. Me quedó claro que entrevistar a intelectuales exige resistir la lógica de la frase rápida y del efecto inmediato. Requiere un periodismo que no confunda divulgación con simplificación, ni conversación con espectáculo, ni entrevista con narcisismo. En esa tensión reafirmé una convicción: la conversación larga, clásica, centrada en ideas, sigue siendo un camino fértil. A veces, en tiempos de novedades que no lo son, volver a formatos “viejos” es la decisión más contemporánea.
¿Cuáles fueron los criterios para seleccionar a esos historiadores?
La selección no respondió a un canon previo ni a la idea de reunir a “los más importantes”. Fue, más bien, el resultado de un proceso orgánico que comenzó con Fitzpatrick y se fue ramificando a partir de afinidades reales de lectura. Elegí a quienes quería entrevistar porque quería: historiadores e historiadoras que leo desde hace años, que forman parte de mis manías de lector y de mis obsesiones. Hay una cuota de arbitrariedad en eso, sin duda, pero es una arbitrariedad asumida, hecha de curiosidad sostenida en el tiempo y de diálogos silenciosos con libros que volvieron una y otra vez.
Sin embargo, esa arbitrariedad no es caprichosa. Está atravesada por intereses que se repiten: la historia social y la historia desde abajo; la historia cultural y de las mentalidades; la historia del libro y de las prácticas lectoras; la historia política en su dimensión simbólica y ritual; la microhistoria como reconstrucción de mundos; el género como categoría que obliga a repensar las narrativas del pasado. Esa diversidad permite ver la historia como un campo plural en tensión donde cada enfoque abre una nueva forma de mirar lo que creíamos conocido.
A eso se suma un criterio ético compartido. Todos estos historiadores, pese a sus diferencias metodológicas, se niegan a usar la historia para legitimar el presente o para ofrecer moralejas rápidas. No convierten el pasado en mercancía nostálgica ni en tribunal moral. Al contrario: abren zonas grises, incomodan certezas, restituyen el espesor contradictorio de la experiencia humana. Me interesa pensar esa coincidencia como una “familia intelectual” entendida no como escuela homogénea, sino como constelación unida por una actitud frente al tiempo histórico.
También pesó un criterio de escritura. Muchos de los entrevistados han reflexionado sobre la relación entre historia y literatura, defendiendo la idea de que claridad narrativa y rigor metodológico no se oponen. Eso es crucial para cualquier proyecto de divulgación intelectual que aspire a respetar al lector. Elegí historiadores que no solo investigan con profundidad, sino que también saben transmitir sin simplificar.
Finalmente, el criterio fue el diálogo posible. Yo buscaba entrevistas extensas, con espacio para hablar de obra y de vida, de método y de trayectoria. No todos los autores desean ese formato. En cambio, estos historiadores aceptaron conversar con tiempo, revisar textos, corregir, matizar y comprender que una entrevista bien editada es una forma legítima de circulación de ideas. Esa convergencia entre afinidad intelectual y disposición al diálogo terminó de definir la selección.
¿Por qué no incluir historiadores de Latinoamérica o de Argentina?
Ante todo, porque este libro no pretendía ser representativo ni construir una muestra equilibrada por regiones. Su punto de partida fue otro: la voluntad de divulgar en América Latina la obra de ciertos historiadores e historiadoras cuyas contribuciones son ampliamente reconocidas en el campo académico internacional, pero que no siempre circulan con la misma intensidad entre públicos lectores más amplios de nuestra región. Entre especialistas, muchos de estos nombres resultan familiares; fuera de ese ámbito, en cambio, su presencia es más tenue de lo que su importancia justificaría. El libro buscó, en ese sentido, acercar esas voces, abrir un espacio de conversación y contribuir modestamente a una circulación más amplia de sus preguntas, sus métodos y sus problemas.
Ese recorte no implica desinterés, desconocimiento ni jerarquización implícita respecto de la historiografía latinoamericana o argentina. Muy por el contrario, mi propia formación intelectual, mis lecturas y mis preguntas están profundamente atravesadas por tradiciones de investigación de la región y por el diálogo sostenido con colegas que trabajan sobre nuestros propios pasados. Muchas de las preocupaciones que orientan estas entrevistas tienen desarrollos decisivos en América Latina. La ausencia de esos historiadores en este volumen no niega esa deuda ni ese diálogo: señala simplemente un recorte deliberado dentro de un proyecto específico.
También influyó el origen concreto del libro. Las entrevistas surgieron en el marco de Nueva Sociedad y fueron pensadas inicialmente como conversaciones que pusieran en relación a lectores latinoamericanos con debates historiográficos producidos en otros espacios académicos. Mantener este eje permitió darle coherencia al conjunto y sostener una pregunta de fondo: qué ocurre cuando ciertas obras muy influyentes en la discusión historiográfica internacional no encuentran todavía una circulación equivalente en nuestros públicos lectores. El libro se inscribe, así, en una tradición de mediación intelectual más que en una lógica de representación geográfica.
Por último, hay una razón conceptual vinculada al propio gesto de divulgación. Incluir historiografías latinoamericanas habría requerido un tratamiento específico, capaz de hacer justicia a su densidad, diversidad y conflictos internos. Integrarlas de manera lateral en un volumen con otro foco habría corrido el riesgo de la superficialidad. Preferí, entonces, un recorte acotado pero profundo. Divulgar historiografías externas, en este caso, no busca sustituir nuestras propias tradiciones, sino enriquecer el diálogo con ellas y ampliar el horizonte de preguntas desde el que pensamos nuestros pasados.
¿Quiénes esperas que lean estas entrevistas?
Me gustaría que las lean, en primer lugar, quienes sienten curiosidad por la historia aun cuando no formen parte del mundo académico. Lectores que buscan algo más que información inmediata: que buscan ideas, preguntas, conversaciones que se tomen el tiempo necesario para desplegarse. El libro está pensado como un ejercicio de divulgación intelectual en profundidad, casi a contramano de cierta cultura contemporánea de la simplificación. No pretende traducir la complejidad en eslóganes ni convertir años de investigación en cápsulas digeribles, sino abrir un espacio donde el lector pueda entrar en contacto con problemas reales del pensamiento histórico sin ser tratado como incapaz de comprenderlos. En ese sentido, confía en la inteligencia de quien lee, y esa confianza es ya una toma de posición.
También imagino a estudiantes y docentes (no solo de historia, sino de las ciencias sociales y las humanidades en general) que quieran asomarse a la cocina del oficio histórico. Porque estas entrevistas no hablan únicamente de acontecimientos pasados: hablan de archivos, de métodos, de dudas, de decisiones interpretativas, de trayectorias vitales que se entrelazan con trayectorias intelectuales. Escuchar a alguien como Sheila Fitzpatrick reflexionar sobre la vida cotidiana en la Unión Soviética y sus zonas grises, a Ian Kershaw pensar el nazismo en procesos históricos de larga duración, a Robert Darnton reconstruir los circuitos culturales que preceden a las grandes rupturas políticas, o a Joan Wallach Scott interrogar el género como categoría histórica permite comprender que la historia no es un repertorio de certezas, sino un campo de interrogación permanente. Y ese aprendizaje, creo, puede ser formativo incluso fuera de la disciplina.
Me gustaría, además, que el libro interpele a quienes trabajan en el mundo periodístico y cultural, especialmente a quienes entrevistan a intelectuales o producen contenidos vinculados con las ideas. Existe una convicción muy extendida según la cual la conversación larga ya no tiene lugar, porque el lector –se dice– no tiene tiempo o no tiene interés. Esa convicción suele apoyarse en una subestimación profunda del público. El libro discute esa premisa desde la práctica: propone entrevistas extensas, densas, cuidadas, y apuesta a que todavía hay lectores dispuestos a acompañarlas. En ese gesto hay también una defensa de la entrevista clásica como forma de circulación del pensamiento, en línea con lo que señalan observaciones como las de Eduardo Minutella sobre la progresiva reducción coyuntural de las entrevistas de ideas en el ecosistema digital.
Al mismo tiempo, imagino un lector que llega sin conocer a algunos de los nombres incluidos. De hecho, el libro no exige familiaridad previa: propone un recorrido donde cada entrevista funciona como puerta de entrada. Alguien puede acercarse por Ginzburg y descubrir a Rowbotham; entrar por Kershaw y encontrarse con Chartier; interesarse por el fascismo con Gentile y terminar pensando el género con Scott. Esa circulación inesperada forma parte del sentido del libro: mostrar la historia como territorio plural, atravesado por problemas distintos pero comunicados entre sí por una misma vocación de comprensión.
Y, finalmente, pienso en lectores cansados del presentismo, de la sensación de que todo empieza hoy y de que el pasado solo sirve como ornamento o como arsenal de consignas. Si el libro logra transmitir que el pasado sigue actuando en nosotros –que es una presencia, una capa viva de nuestro presente– entonces habrá encontrado a su lector. Porque, en última instancia, estas entrevistas no buscan enseñar historia en el sentido escolar del término, sino invitar a pensar históricamente, que es algo bastante distinto.
¿Crees que hay diferencias profundas entre el trabajo de periodista y el de historiador?
Sí, existen diferencias importantes, sobre todo en relación con los tiempos, los métodos y las formas de validación del conocimiento. El historiador trabaja, por lo general, en una temporalidad larga: investiga durante años, dialoga con archivos, discute con tradiciones interpretativas, somete sus hipótesis a la crítica de pares. Su escritura se inscribe en un régimen de verificación que exige precisión documental, contextualización rigurosa y transparencia teórica. El periodista, en cambio, suele moverse en la urgencia del presente, condicionado por la agenda, por los ritmos de publicación y por formatos que privilegian la síntesis y la inmediatez. Esa diferencia es real y no conviene disolverla en una falsa armonía.
Sin embargo, esa distancia no implica incompatibilidad. Hay zonas de contacto donde ambos oficios pueden enriquecerse mutuamente, y una de ellas es el periodismo que trabaja con la intelectualidad, especialmente a través de la entrevista de ideas. Allí el periodista puede incorporar algo de la ética del historiador: la lectura previa rigurosa, la contextualización, la resistencia a la frase tajante, la paciencia para dejar que un argumento se desarrolle. Y, al mismo tiempo, la historia puede beneficiarse de la vocación comunicativa del periodismo, evitando encerrarse en circuitos exclusivamente académicos. En ese cruce, la entrevista larga aparece como un género privilegiado, capaz de alojar complejidad sin renunciar a la circulación pública.
También hay una diferencia en el estatuto de la voz. El historiador escribe, en general, desde una posición de autoría fuerte, respaldada por una investigación prolongada. El periodista que entrevista a un intelectual debe, en cambio, aceptar un desplazamiento: su tarea no es exhibirse, sino crear las condiciones para que la voz del otro se despliegue con claridad. Esa “presencia en grado de ausencia” del entrevistador constituye una ética específica del periodismo de ideas. Cuando se pierde, la entrevista se convierte en espectáculo; cuando se sostiene, puede volverse pensamiento compartido.
Por eso, más que oponer ambos oficios, me interesa pensar la zona donde se rozan: el lugar en que el periodismo se deja afectar por la temporalidad larga de la historia, y la historia acepta el desafío de hablar en el espacio público sin perder rigor. En ese territorio inestable, pero fértil, es donde intenté situar estas conversaciones.
¿Cuál es el rol que debe tener un periodista en la actualidad?
Cuando pienso en el rol del periodista hoy, pienso sobre todo en aquel que trabaja en el terreno de las ideas y dialoga con la producción intelectual. En ese espacio, su función principal debería ser la de mediador honesto entre conocimiento y esfera pública, en un contexto saturado de opiniones inmediatas, juicios apresurados y circulación vertiginosa de afirmaciones sin sustento. Frente a ese ruido, el periodismo tiene una tarea que parece simple pero es profundamente exigente: desacelerar. Leer antes de preguntar, verificar antes de afirmar, contextualizar antes de interpretar. Esa lentitud no es un lujo; es una condición de posibilidad para la comprensión.
Esa tarea implica también rechazar una premisa muy extendida: la subestimación del lector. Con frecuencia se justifica la simplificación extrema en nombre de la accesibilidad, como si el público fuera incapaz de enfrentarse a una conversación compleja. Ese gesto, que pretende ser democrático, es en realidad profundamente elitista. La verdadera divulgación no consiste en reducir las ideas hasta volverlas irreconocibles, sino en hacerlas legibles sin mutilarlas. En este sentido, el periodismo de ideas tiene una responsabilidad particular: sostener espacios donde la complejidad pueda circular sin convertirse en jerga ni en eslogan.
La entrevista intelectual, tal como la concibo, exige además una ética específica. El entrevistador debe leer con seriedad la obra de su interlocutor, formular preguntas que no busquen lucimiento personal y aceptar que su propia voz debe ocupar un lugar secundario. Entrevistar no es protagonizar, sino habilitar. Y la reescritura posterior –lejos de ser una traición a la oralidad– forma parte de ese mismo cuidado: permite ordenar el sentido, eliminar lo contingente de la conversación y ofrecer al lector un texto que pueda pensarse en el tiempo. En esa práctica se juega una forma de respeto tanto hacia quien habla como hacia quien lee.
Pero el rol del periodismo no se agota en la mediación cultural. Tiene también una dimensión política en sentido amplio: la de discutir los usos simplificadores del pasado que proliferan en la esfera pública. Hoy el pasado se invoca con frecuencia para legitimar identidades rígidas, producir nostalgias reconfortantes o fabricar lecciones morales inmediatas. Frente a eso, un periodismo atento a la historia puede devolver complejidad, mostrar tensiones, recordar que las sociedades no empiezan de cero y que toda tradición es conflictiva. En ese gesto hay una defensa indirecta de la vida democrática, que necesita matices más que consignas.
En última instancia, diría que el periodista debe intentar preservar algo que parece cada vez más frágil: la dignidad del pensamiento en el espacio público. Eso se juega en prácticas concretas –el cuidado por las fuentes, el respeto por el lector, la negativa a convertir todo en mercancía o en producto instantáneo– pero también en una convicción más simple: que las ideas importan y que vale la pena darles tiempo. Si estas entrevistas sostienen, aunque sea en pequeña escala, esa apuesta por la conversación larga en un presente dominado por la ansiedad, entonces habrán cumplido su función. Porque, quizás, en tiempos tan acelerados, pensar con calma se ha vuelto una forma discreta de resistencia.
Imagen de portada: Mariano Schuster y su libro. Fotografía: cortesía del entrevistado.





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