Por Nicole Fuentealba Romero
El 23 de marzo de 1895, en una fría tarde londinense, se disputó el que la historia reconoce como el primer partido oficial de futbol femenino. Según relatos de la FIFA, los equipos North y South disputaron en el campo del Crouch End Athletic de la capital inglesa un enfrentamiento que terminó a favor de North por 7 a 1, destacando entre sus deportivas a Nettie Honeyball –fundadora del British Ladies Football Club, primer club de futbol femenino de la historia– y Daysi Allen, una niña de tan sólo 11 años. Se dice que más de diez mil personas asistieron para presenciar el acontecimiento que, sin saberlo, marcaría el inicio de una lucha mucho más grande que un encuentro deportivo. Aquel día no solo comenzó a rodar un balón, también empezó el largo y pedregoso camino de millones de mujeres que, durante más de un siglo, tendrían que disputar algo más que victorias en la cancha. Tendrían que conquistar su derecho a jugar y competir.
Se suele afirmar que el estallido de la Primera Guerra Mundial impulsó la expansión del futbol femenino en Europa. Con millones de hombres movilizados hacia los frentes de batalla, las mujeres comenzaron a ocupar espacios y desempeñar oficios que hasta entonces les habían sido vedados, entre ellos la práctica organizada del futbol. No obstante, existen registros previos –como partidos disputados por mujeres en Chile, en 1910– que dan cuenta que el balón había cruzado el Atlántico antes de que el conflicto bélico transformara la vida europea. Pero viajar no significó ser aceptado. En uno y otro lado del océano, el futbol femenino chocó con una sociedad que entendía que correr, competir y disputar un balón eran conductas incompatibles con el ideal de feminidad de la época. A los prejuicios de género se sumaban las rígidas normas de clase y etiqueta que dictaban cómo debía comportarse una mujer “respetable”. Así comenzó un recorrido marcado por prohibiciones, burlas y discriminación, una lucha que nunca se limitó al terreno de juego, sino que cuestionó los límites impuestos a las mujeres en la sociedad.
Con todo, el impulso inicial no bastó para derribar las barreras. Durante buena parte de la primera mitad del siglo XX, los prejuicios parecieron imponerse, relegando al futbol femenino a una esquina oscura de la historia, allí donde el silencio y el olvido pretendían borrar todo rastro de su existencia. Resulta paradójico que un deporte nacido en Inglaterra en 1863, y al que las mujeres se incorporaron apenas unas décadas más tarde, terminara consolidando una división tan profunda entre quienes podían jugar y quienes debían limitarse a observar. Mientras las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX presenciaban la proliferación de clubes, asociaciones y campeonatos en distintos rincones del mundo –con un marcado sello masculino– las mujeres fueron deliberadamente excluidas de aquel proceso, obligadas a disputar su lugar al margen de las instituciones y del reconocimiento oficial.
Su ausencia no fue casual ni consecuencia exclusiva de los prejuicios sociales: también respondió a decisiones institucionales que buscaron apartarlas del futbol organizado. La prohibición de la Federación Inglesa de Futbol, en 1921, para el uso de estadios e instalaciones afiliadas por los clubes femeninos, argumentando que el futbol era “inadecuado para las mujeres”, fue el puntapié inicial a una seguidilla de prohibiciones. Varias federaciones europeas siguieron el mismo camino, condenando al futbol femenino a más de medio siglo de marginación institucional. No se trataba únicamente de soportar burlas, estereotipos o insultos; se trataba de impedir, en términos concretos, que las mujeres pudieran jugar, competir y desarrollarse en igualdad de condiciones. Aquello trajo consigo que por más de 50 años el futbol femenino estuviera condenado a su desaparición.
Sin embargo, los vientos comenzaron a cambiar durante la década de 1960. Al calor de los movimientos sociales que cuestionaban las estructuras tradicionales y reclamaban mayores derechos para las mujeres, el futbol femenino encontró un nuevo impulso. Lo que durante décadas había permanecido relegado a los márgenes comenzó, poco a poco, a recuperar un espacio dentro de un deporte que para entonces parecía haber sido siempre –y exclusivamente– masculino. La creación de nuevas asociaciones femeninas y la creciente presión de las propias jugadoras obligaron a las instituciones a replantear una exclusión que resultaba cada vez más difícil de sostener. Finalmente, en 1971, la Federación Inglesa puso fin a la prohibición que había mantenido vigente durante medio siglo, una decisión que fue seguida progresivamente por otras federaciones europeas. El futbol femenino podía, al fin, volver a disputarse bajo el amparo de las instituciones que durante décadas le habían cerrado sus puertas.
Pero esta historia nunca fue exclusivamente europea. Al otro lado del Atlántico, el futbol femenino también echaba raíces, aunque lo hacía enfrentando obstáculos muy similares. Apenas unos años después de la creación de los primeros clubes ingleses, en junio de 1918, nació en Chile “La Flor de Chile”, el primer club de futbol femenino documentado en América Latina, una institución organizada y dirigida íntegramente por mujeres. Al mismo tiempo, en países como Brasil y Argentina comenzaron a surgir equipos vinculados, principalmente, a sectores populares, estudiantiles y obreros, demostrando que la pasión por el futbol trascendía cualquier frontera.
Sin embargo, el continente tampoco escapó a los intentos por controlar el cuerpo y las aspiraciones de las mujeres. En 1941, el gobierno de Getúlio Vargas, en Brasil, prohibió la práctica del futbol femenino al considerar que era incompatible con la “naturaleza femenina”, una medida que permanecería vigente durante décadas. En otros países no siempre fueron necesarias las leyes. Bastaron el desprecio, la ridiculización y el juicio moral para desalentar a generaciones enteras de niñas y jóvenes, muchas de las cuales se vieron obligadas a practicar el deporte en la clandestinidad o, simplemente, a renunciar a él.
La década de 1970 marcó un nuevo punto de inflexión. Con el progresivo levantamiento de las prohibiciones y el creciente interés por organizar competiciones internacionales, el futbol femenino comenzó a recuperar el terreno perdido. América Latina no quedó al margen de ese proceso. En 1971, México fue sede del segundo Mundial de Futbol Femenino no oficial, apenas un año después del torneo disputado en Italia. Aunque la competencia no contaba con el reconocimiento de la FIFA, constituyó un acontecimiento sin precedentes: por primera vez, selecciones de distintos continentes se enfrentaban en un escenario de alcance internacional.
La final fue mucho más que un partido. México y Dinamarca disputaron el título en el imponente Estadio Azteca, el mismo recinto que un año antes había coronado a Pelé como campeón del mundo. Más de 110 mil personas colmaron las tribunas para presenciar el encuentro, una cifra que, hasta hoy, continúa siendo el récord de asistencia para un partido de futbol femenino. El estadio demostraba algo que las instituciones llevaban décadas negándose a aceptar: el problema nunca fue la falta de interés del público, sino la falta de oportunidades para que las mujeres pudieran jugar.
En cualquier caso, tenía que llegar el año 1991 para dar cuenta de un inicio más formal para el futbol femenino con su aprobación e incorporación oficial a la FIFA. Desde entonces su estructura cambió para siempre: se oficializaron mundiales, se incorporó como deporte olímpico, se instauraron ligas profesionales en diferentes países e incluso se adscribieron a las confederaciones continentales dando origen a las selecciones nacionales.
Hasta aquí, pareciera que la historia terminó por hacer justicia, sin embargo, es una utopía imaginar aquello ante un deporte al que sólo se le ha permitido tener una real historia a partir de 1970. Aunque el futbol femenino ha conquistado espacios que parecían impensados para aquellas primeras jugadoras, cada avance ha sido fruto de una perseverancia constante. Porque, si algo demuestra su historia, es que ninguna de sus conquistas ha llegado por inercia: todas han debido ganarse dentro y fuera de la cancha. Más de un siglo después, aquellas mujeres que alguna vez fueron cuestionadas por atreverse a jugar pueden mirar hacia atrás con orgullo. Hoy el futbol femenino forma parte de ligas profesionales en numerosos países, llena estadios que durante décadas parecieron reservados para los hombres y proyecta a futbolistas que alcanzan un reconocimiento deportivo, mediático y económico impensado para las generaciones anteriores. Pero quizás su mayor triunfo no se mida en títulos ni en audiencias, sino en algo mucho más profundo: haberse convertido en referentes para millones de niñas que, por primera vez, crecen sabiendo que también hay un lugar para ellas dentro de la cancha.
Y, sin embargo, el partido por la igualdad aún no termina. El futbol femenino vive posiblemente su momento de mayor expansión en su historia, pero lo hace a la par de importantes brechas salariales, desigualdades estructurales y desafíos que recuerdan que este recorrido está recién comenzando. Ante ello podemos aventurar que el presente del futbol femenino está en una etapa de verdaderos claroscuros: nunca antes había alcanzado tanta visibilidad, reconocimiento e impacto global, pero al mismo tiempo nunca habían sido tan evidentes los desafíos para alcanzar una verdadera equidad.
Los avances son innegables. La profesionalización de numerosas ligas ha permitido que miles de futbolistas accedan, por primera vez, a contratos formales, mejores condiciones laborales y patrocinadores que hasta hace poco parecían reservados exclusivamente para los hombres. La creación del Balón de Oro Femenino en 2018 simbolizó ese cambio de época, elevando al máximo reconocimiento individual del futbol a jugadoras que hoy inspiran a millones de personas alrededor del mundo. Nombres como Ada Hegerberg, primera ganadora del galardón, Alexia Putellas o Aitana Bonmatí han trascendido las canchas para convertirse en referentes deportivos y sociales. Sus camisetas se venden en distintos continentes, protagonizan campañas publicitarias y son reconocidas internacionalmente por nuevas generaciones que, por primera vez, crecieron teniendo ídolas dentro del futbol femenino.
Ese cambio también se refleja en las tribunas. Lo que durante décadas fue considerado un deporte sin público, hoy llena algunos de los estadios más emblemáticos del mundo. Más de noventa mil personas asistieron, en 2022, a la semifinal de la Liga de Campeones Femenina de la UEFA, disputada entre el FC Barcelona Femení y el VfL Wolfsburg en el Camp Nou, mientras que el histórico récord del Estadio Azteca durante la final de la Liga MX entre el América y Pachuca, con una asistencia de 58,156 personas, continúan recordando el enorme interés que el futbol femenino ha sido capaz de despertar cuando se le brindan escenarios y oportunidades. A ello se suma el creciente respaldo que clubes históricos –posiblemente el mejor ejemplo de ello sea el F.C Barcelona– han otorgado a sus planteles femeninos, así como un mercado internacional de fichajes cada vez más dinámico y salarios que, aunque todavía desiguales, comienzan lentamente a reflejar el verdadero valor deportivo de sus protagonistas.
No obstante, el camino hacia la igualdad aún está lejos de completarse. Mientras los grandes equipos masculinos cuentan con centros de entrenamiento exclusivos, cuerpos médicos especializados y programas de desarrollo desde las divisiones inferiores, muchas futbolistas todavía deben entrenar en horarios secundarios, compartir instalaciones o adaptarse a calendarios irregulares. Las diferencias ya no se expresan únicamente en los salarios, sino también en las condiciones cotidianas que moldean una carrera deportiva y en el respaldo –o la falta de él– que las propias instituciones brindan a sus equipos femeninos.
Un ejemplo revelador lo dio a conocer hace algunos años la centrocampista alemana Melanie Leupolz, jugadora del Real Madrid. Según relató, durante una celebración navideña del club, las futbolistas preguntaron al presidente, Florentino Pérez, cuándo tendrían la oportunidad de disputar un partido en el Estadio Santiago Bernabéu, un recinto que hasta hoy ha sido reservado casi exclusivamente para el equipo masculino. La respuesta fue breve: “Cuando ganéis el primer título”. La frase fue recibida entre risas y aplausos, pero también dejó al descubierto una realidad difícil de ignorar. Más que una broma, reflejaba una forma de entender el lugar que ocupa el futbol femenino dentro de una de las instituciones más poderosas del mundo.
La paradoja resulta evidente. Al equipo femenino se le exigía conquistar títulos como condición para acceder al principal escenario del club, pese a tratarse de un proyecto creado recién en 2020 y que aún construye su propia historia. Durante más de un siglo, el plantel masculino acumuló infraestructura, inversión, experiencia y prestigio; el femenino, en cambio, tuvo primero que luchar por el derecho a existir. En ese contexto, la competencia de las jugadoras del Real Madrid no pareció limitarse a los noventa minutos frente a sus rivales de la Liga F, sino también ante el escrutinio de su propio club.
Hasta aquí, el recorrido se ha detenido principalmente en los hitos del futbol profesional, allí donde la visibilidad, los grandes estadios y las principales ligas permiten observar con mayor claridad tanto los avances como las desigualdades. Sin embargo, esa realidad representa apenas una parte del universo del futbol femenino. Lejos del foco mediático, miles de niñas, jóvenes y mujeres continúan enfrentándose cada día a canchas en mal estado, escasa infraestructura, falta de financiamiento y estigmas que siguen considerando al futbol como un territorio ajeno para ellas. Es en esos espacios, invisibles para gran parte del público, donde la brecha entre hombres y mujeres adquiere su dimensión más profunda.
A ello se suma un desafío menos evidente, aunque igualmente decisivo: transformar la manera en que el futbol femenino es observado. Durante décadas se le ha exigido –y se sigue exigiendo– demostrar que podía ofrecer el mismo espectáculo que el futbol masculino, olvidando que ambos recorren trayectorias profundamente distintas. Mientras uno recibió inversiones, infraestructura y respaldo institucional durante más de ciento cincuenta años, el otro pasó buena parte de su historia censurado y luchando simplemente por existir. Compararlos sin considerar ese pasado no solo resulta injusto, sino que desconoce el peso de una desigualdad construida a lo largo de generaciones.
Quizás por eso la discusión ya no gira en torno a si las mujeres pueden jugar al futbol. Esa respuesta quedó resuelta hace mucho tiempo, dentro y fuera de la cancha. El verdadero desafío consiste ahora en construir un futbol femenino capaz de sostener el éxito que ya ha demostrado alcanzar, garantizando las condiciones necesarias para que cualquier niña que sueñe con una pelota encuentre las mismas oportunidades para desarrollarse que un niño. La igualdad ya no pasa por abrir la puerta de entrada, sino por asegurar que el camino que sigue después pueda recorrerse en condiciones justas.
Porque el futbol, como tantas otras dimensiones de la vida social, nunca ha sido únicamente un deporte. Es también un espacio donde se disputan derechos, se cuestionan estereotipos y se redefinen los límites de lo posible. La historia del futbol femenino demuestra que ninguno de sus avances fue concedido; todos fueron conquistados por generaciones de mujeres que se negaron a abandonar la cancha. Y aunque el partido por la igualdad aún está lejos de escuchar el pitazo final, cada gol, cada estadio lleno y cada niña que hoy viste con orgullo la camiseta de su futbolista favorita recuerdan que el sueño que alguna vez intentaron silenciar sigue más vivo que nunca.
Para saber
“Pioneras del fútbol femenil en México”, en Perspectivas Históricas, programa de televisión producido por Canal Once, 11 de mayo de 2026. Disponible en: https://youtu.be/4CUsANv6nZg?si=NiAqw22KNLsM2sLf
“Reinas. Una historia imborrable”, en el canal de YouTube MARCA. Disponible en: https://youtu.be/5NcVCR-hPYE?si=jZbrKzq0ssv4V1iN
Boronat, Danae, No las llames chicas, llámalas futbolistas. Del maltrato al reconocimiento: la lucha por la igualdad en el futbol, Barcelona, Libros Cúpula, 2021.
Imagen de portada: Las futbolistas, Ángel Zárraga, 1922. Colección: Museo de Arte Moderno. Imagen tomada de: Wikimedia Commons.





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