Por Giovanni Alejandro Pérez Uriarte
Calentamiento
Corría el año de 1986 y México se alistaba para ser anfitrión de la copa mundial de futbol varonil por segunda ocasión. La empresa monopólica del futbol profesional, la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA), le otorgó la sede en 1982, luego de que Colombia desistiera por problemas internos. México, sin embargo, no estaba exento de dificultades, pues atravesaba serios desafíos económicos que el gobierno encabezado por Miguel de la Madrid no había logrado resolver. Aunado a los inconvenientes de orden económico, se sumaron diversos eventos trágicos que el gobierno tardó en atender y que pusieron de manifiesto la corrupción e impunidad de la clase política. En ese marco se celebró el mundial.
La selección mexicana era dirigida por el director técnico serbio Bora Milutinovic. El equipo, por ser anfitrión, no jugó eliminatorias, pero por más de un año recibió una preparación intensa, con varias giras en Europa y Sudamérica. Si en el terreno de lo social y político reinaba el desencanto, en el futbol la selección representaba esperanza, junto con Hugo Sánchez y compañía. Pero la euforia mundialista no tocó a todos. Algunos sectores sociales se sintieron ofendidos ante el gasto que representaba la organización del evento en medio de severas crisis que azotaban al país. “No queremos goles, queremos frijoles,” fue una de las consignas que, desde Ciudad Nezahualcóyotl –en el Estado de México– y en otras partes del país, se dejó escuchar durante los años previos al mundial.
El equipo mexicano realizó el mejor desempeño de su historia, llegó a los cuartos de final luego de vencer a Bélgica e Irak y empatar con Paraguay en la fase de grupos. Derrotó a Bulgaria en los octavos de final y en Monterrey, contra Alemania, perdió el pase a semifinales en una dramática tanda de penales. Los aficionados, a pesar del resultado, festejaron a los seleccionados como si hubieran ganado el campeonato, tomaron las calles y los medios de comunicación reivindicaron sus figuras como mexicanos entregados y valientes. En ese marco de descontento y crisis, ¿qué significó ese mundial de futbol para la sociedad mexicana?
Este artículo expone el modo en que, ante las muestras de molestia y los reclamos al gobierno, los medios de comunicación promovieron la idea de que la selección mexicana era un símbolo nacional que permitía promover un sentimiento de pertenencia y unión. Prensa, radio y televisión impulsaron la construcción de figuras heroicas que representaban un modelo de mexicano que no cuestionaba el accionar de los poderosos y promovía la “unidad nacional” a toda costa. Sin embargo, aunque el evento pudo haber tenido éxito respecto a los sentimientos que estimuló en la población, la asistencia a los estadios, la audiencia televisiva o los festejos masivos en las ciudades no implicaban forzosamente un respaldo al gobierno de la época. En ese sentido, la afición utilizó momentos específicos del evento para manifestar, en medio del anonimato y la muchedumbre, su rechazo a las figuras de autoridad y su desprecio por la clase política.
Primer tiempo
Desde junio de 1974, Colombia fue la sede designada por la FIFA para organizar el mundial de 1986. No obstante, los sucesivos gobiernos no adelantaron los trabajos en infraestructura que imponía la empresa monopólica del futbol profesional. Así, en 1982, cuando Belisario Betancur asumió la presidencia de la república, se encontró con un panorama desolador. Al mismo tiempo, la FIFA había endurecido sus peticiones, pues exigía al gobierno colombiano 18 estadios con capacidad que oscilaba entre los 40 000 y los 80 000 espectadores, la instalación de torres de comunicación y un sistema de transporte –aeropuertos, red ferroviaria y carreteras– que garantizaran el desplazamiento sencillo de la afición, así como la transmisión de los partidos por televisión. En noviembre de 1982, Betancur anunció que Colombia renunciaba: “Como preservamos el bien público, como sabemos que el desperdicio es imperdonable, anuncio a mis compatriotas que el mundial de futbol 1986 no se hará en Colombia […] No se cumplió la regla de oro consistente en que el mundial debía servir a Colombia y no Colombia a la multinacional del mundial. Aquí tenemos muchas otras cosas que hacer y no hay ni siquiera tiempo para atender las extravagancias de FIFA y sus socios”.
En ese contexto apareció México. Si bien Brasil, Canadá y Estados Unidos se sumaron a la disputa, los sudamericanos se bajaron de la contienda rápidamente. Por su parte, el caso de México era peculiar. Sumido en una crisis económica terrible, no parecía la mejor opción. Además, en caso de ganar, se convertiría en el único país en realizar en dos ocasiones la copa mundial. Entre Canadá, Estados Unidos y México, el primero era el que menos posibilidades tenía, pues el futbol tenía escaso desarrollo en ese país y aunque económicamente era una opción sólida, no garantizaba éxito por el poco interés de la población en ese deporte. La candidatura más ambiciosa era la de Estados Unidos. Su infraestructura en hoteles, transportes y comunicaciones no tenía comparación. Además, allá el futbol comenzaba a ganar terreno y llevar la copa del mundo implicaba una muy buena manera de estimular su práctica y su desarrollo como negocio. La nación económicamente más poderosa tenía la posibilidad de hacer del mundial el evento más lucrativo y espectacular del momento. México, por su parte, contaba sólo con seis estadios listos. Más tarde su situación empeoraría con el terremoto de 1985. Sin embargo, luego de que los directivos de la FIFA escucharon las opciones, sorpresivamente se anunció que México había ganado la sede.
En ese sentido, las relaciones de Emilio Azcárraga y Guillermo Cañedo con João Havelange, presidente de la FIFA, rindieron frutos. De acuerdo con la investigación de Claudia Fernández y Andrew Paxman, una de las razones por las que México obtuvo la sede fue que Havelange le debía un favor a Azcárraga y a Cañedo. Nueve años antes, cuando se celebraron elecciones para elegir al presidente de la FIFA, Cañedo, entonces presidente de la Confederación de Norteamérica, Centroamérica y el Caribe de Asociaciones de Fútbol (CONCACAF) ofreció su apoyo a Havelange en contra de Sir Stanley Rous, su más peligroso competidor. Su voto fue definitivo para que el brasileño obtuviera el triunfo.
La intervención de Azcárraga no era gratuita. Con la experiencia de México 1970, sabía que organizar el mundial de futbol garantizaba jugosas ganancias para su empresa. No fue casual, entonces, que desde su televisora anunciaran que México 1986 sería “el mundial de la comunicación”, pues presumían de contar con la tecnología más desarrollada. Al final, el mundial resultó ser otro gran negocio para la empresa. Tan sólo por publicidad en televisión, la compañía obtuvo 20 millones de dólares. A eso se sumaron los ingresos por entradas, publicidad en el estadio Azteca y, sobre todo, por el uso de equipos técnicos y la reventa de los derechos de transmisión a las televisoras extranjeras. En contraste, el gobierno mexicano gastó cerca de 100 millones de dólares sólo para mejorar la infraestructura terriblemente dañada y atender la demanda de turismo que se esperaba. El gobierno calculó la derrama económica en 600 millones de dólares, aunque más tarde modificaron el dato a 300 millones. Finalmente, luego de que el evento concluyó, la cifra oficial osciló entre los 40 y 60 millones de dólares, lo que representó una terrible situación para una nación que veía crecer su deuda, enfrentaba una severa crisis económica y cuyo gobierno carecía de legitimidad frente a sus gobernados.
Segundo tiempo
Tan sólo entre 1982 y 1986, México enfrentaba un descenso acelerado en los salarios reales de sus trabajadores, lo que, además, estimuló la fuga de capitales y se acompañó de una inflación de alrededor del 100%. Esto, junto con la caída del precio del petróleo, llevó a una drástica devaluación, el incremento en los impuestos y una disminución del gasto público. Aunado a ello, el gobierno de Miguel de la Madrid fue criticado por las claras muestras de corrupción, así como por su inoperancia frente a las tragedias. Dos sucesos resultaron ejemplares en este sentido, aunque no fueron los únicos. El 19 de noviembre de 1984, una explosión en la Terminal de Gas Licuado de Pemex en San Juan Ixhuatepec dejó numerosos muertos. Se calcula que fallecieron más de quinientas personas carbonizadas o envenenadas por la liberación del gas propano, mientras dos mil más resultaron heridas. El gobierno demoró las labores de rescate y no mostró preocupación por los daños ocasionados.
Casi un año después ocurrió una tragedia más. El 19 de septiembre de 1985, alrededor de las 7:19 de la mañana, un terremoto de 8.1 grados en la escala de Richter azotó el centro del país. El epicentro se ubicó en las costas de Michoacán, pero la ciudad de México fue el sitio más lastimado. Al día siguiente se experimentó una réplica que dañó aún más las estructuras de la capital. El servicio de energía eléctrica y agua quedó suspendido. Edificios recién construidos que servían como oficinas federales cayeron cual columnas de naipes, junto con otros de mayor antigüedad. La ciudad se desvanecía entre llanto y temor. La población esperó la ayuda de las autoridades, que ante la tragedia minimizaron el acontecimiento y rechazaron la ayuda internacional. En seguida dieron una orden: regresar a casa y esperar. La reacción de la población, sin embargo, fue contestataria y valiente, pues aprovisionó albergues y organizó la ayuda de forma autónoma. En las colonias y en las escuelas espontáneamente se formaron brigadas de adolescentes y jóvenes. Si la ciudad resistió fue por la voluntad de sus habitantes, quienes acordonaron los sitios en ruinas y se organizaron para rescatar a los heridos y atrapados, preparaban comida, dirigían el tránsito, tomaban medidas contra posibles saqueos y conseguían víveres. Los soldados aparecieron. Cuando se necesitaban picos, palas y brazos solidarios, ellos llevaron rifles de asalto y la consigna de ser obedecidos, lo que provocó riñas con los ciudadanos, que los enfrentaron. En medio de la tragedia los taxistas y choferes de camiones llevaron gratis a los necesitados, mientras grupos de enfermeras y médicos ofrecieron sus conocimientos y apoyo.
La ayuda internacional comenzó a llegar, luego de que el presidente debió retractarse y aceptar que la tragedia lo superaba. En los siguientes meses la sociedad mostró signos de cambio. Comenzó a exigir la intervención eficaz del gobierno, dinero para reconstruir la ciudad y ayudar a los damnificados, pero las peticiones se enfrentaban a terribles redes burocráticas y el dinero no llegaba a donde debía. En ese contexto se celebró el mundial. Entre los ciudadanos creció el descontento contra el gobierno, pues la población observó cómo gastaba mucho más en lo relacionado con la copa mundial que en resolver las urgentes necesidades de la población. El evento deportivo no se canceló a pesar de las muchas y diversas manifestaciones que, iniciado 1986, acudían a la residencia oficial de Los Pinos para exigir ayuda. En ese marco, vecinos de Ciudad Nezahualcóyotl acuñaron una frase que representaba con claridad las prioridades de la sociedad: “¡No queremos goles, queremos frijoles!”. No obstante, su exigencia fue ignorada.
Tiempo extra
El 31 de mayo se inauguró el mundial. El Estadio Azteca lucía lleno y fue el escenario en el que las autoridades deportivas pronunciaron sus discursos. Cuando fue el turno de Miguel de la Madrid, presidente de la república, un impresionante y sonoro abucheo superó a las bocinas del estadio, en una muestra de desprecio por la figura presidencial y el régimen que representaba. La reacción de los asistentes fue una forma de resistencia, que el antropólogo James Scott denomina como infrapolítica de los dominados. La muchedumbre y la protección que brindaba la reunión de más de 100 mil individuos permitió a los asistentes ejercer esa protesta, la cual no fue a título individual, sino comunitario.
La prensa, la radio y la televisión minimizaron el suceso y sólo de manera muy tenue se refirieron a éste. Por ejemplo, el diario deportivo Esto explicó que las fallas de sonido produjeron que el discurso del presidente no fuera escuchado. Por su parte, en el rotativo La Afición se reprodujo una supuesta conversación entre dos individuos en la que uno le comentó a otro: “Lo que me sorprendió mucho fueron los silbidos.” A lo que su interlocutor le cuestionó: “¿Cuáles silbidos?”. El primer individuo continuó: “Pues los que emitieron los del respetable”. “¿A los italianos?”, reviró el otro. “No se haga. Sabe muy bien de lo que estoy hablando y a lo que me refiero.” Ante tal respuesta, el segundo concluyó el diálogo: “La verdad no y mejor nos despedimos, no vaya a ser que nos apliquen la mordaza”. En el contexto de un régimen autoritario coludido con gran parte de los medios, la mayoría de los periodistas de prensa, radio y televisión optaron por destacar que la inauguración se caracterizó por el despliegue de trajes folklóricos, mariachis, música y elementos festivos. Así, enfatizó el “tremendo júbilo” de la afición, el orgullo nacionalista y la unidad. De los silbidos y abucheos, ni hablar.
Suele creerse que la afición mexicana al futbol es una entidad simple e ignorante. No obstante, experimentar un profundo orgullo nacionalista no forzosamente implicaba validar al gobierno en turno. De este modo, al tiempo que la afición mostraba desprecio por sus gobernantes con sonoros abucheos y gritaba que no quería goles, sino frijoles, también ofrecía muestras de orgullo patrio. En esa línea, un momento clave de profundo nacionalismo tuvo lugar en el primer partido de la selección mexicana. La tarde del 3 de junio de 1986 iniciaba su participación en el mundial contra Bélgica. Los equipos saltaron a la cancha para brindar honores a sus respectivas banderas y cantar los himnos. Todo marchaba conforme a lo establecido hasta que, al momento de entonar el himno mexicano, el sonido local falló. No obstante, las letras de Bocanegra surgieron inesperadamente de la garganta de más de 100 mil espectadores que cantaron junto a los jugadores. Así, en cierto sentido y en tiempos trágicos, el mundial se configuró, también, como un espacio nacionalista y festivo. A esto contribuyó, en gran parte, el desempeño del equipo mexicano, el cual alcanzó el quinto partido –cuartos de final– y firmó un desempeño sobresaliente.
En ese marco, las principales avenidas de las ciudades fueron tomadas y el “Ángel” de la Independencia miró a los aficionados festejar, tal y como lo habían hecho dieciséis años antes, cuando inventaron esa tradición en 1970. La celebración de los triunfos en las plazas públicas se experimentó después de la primera victoria. Los periodistas confesaron las ganas de divertirse “con esa gente entregada con delirio a la celebración, […] ¡Surgieron las ganas de ser, de sentir, de mostrarse, que tan vitales resultan! Todo está justificado”. Además, reprodujeron las peculiares frases de los aficionados que representaban la “picardía” mexicana, que como grito de guerra, entre la fiesta, la broma y el deseo de ganar, exclamaba antes del partido contra Bélgica: “¡Nos sentimos belgas, pero somos mexicanos!”. O antes del partido contra Irak: “¡Con Hugo o sin Hugo a Irak le damos duro!”.
Los eventos deportivos y las celebraciones de ese tipo se constituyen como formas de liberar presión, tensiones, controlar enojos y molestias, pero no sólo eso. En esos actos también se construyen imaginarios y representaciones, se crea comunidad. Al respecto, quedó de manifiesto que los protagonistas del mundial no fueron exclusivamente los deportistas, con sus jugadas memorables y fantásticas; la afición reclamó su lugar como un actor fundamental del evento, el cual podía apropiarse de él, convertirlo en una fiesta con sus propias reglas y, al mismo tiempo, mostrar desprecio por los poderosos.

Penales
El mundial de México 1986 es recordado por muchas razones que no ocuparon la atención de este artículo. Entre ellos destacan la consagración de Diego Armando Maradona como uno de los mejores futbolistas de todos los tiempos, junto con su recordada “mano de Dios”, así como por el hermoso gol que anotó a los ingleses durante el mismo partido, en cuartos de final. Mención especial para la increíble anotación de Manuel Negrete contra Bulgaria, la cual hizo estallar en júbilo al país entero. Sin embargo, como pudo notarse a lo largo del texto, la atención se centró en un actor pocas veces considerado por la historia, los empresarios y los medios: la afición, una masa heterogénea, compleja, volátil y difícil de aprehender.
El balompié tiene en las y los aficionados a su personaje más importante. En ese sentido, en un momento en que el mundo enfrenta una terrible crisis humanitaria y la empresa monopólica del futbol, la FIFA, pone el evento a beneficio de los tiranos –como lo ha hecho a lo largo de su historia–, es pertinente recordar cómo actuó la afición mexicana hace 40 años, qué significa ser anfitrión de una copa mundial, quiénes se benefician de ello y si hay forma de resistir.
En 1986, México atravesaba una crisis colosal. No obstante, el evento no se canceló. La razón: proteger los intereses de los empresarios del balompié, de los medios y, desde luego, de los socios de la empresa multinacional y monopólica del futbol profesional. Antes, durante y después del evento, los medios de comunicación refirieron al mundial como un momento de unidad, alegría y profundo nacionalismo para el pueblo de México. En ese sentido, para la sociedad mexicana el mundial significó al menos dos cosas: por una parte, la oportunidad de apropiarse de una fiesta, imponer sus propias reglas, tomar las calles y generar comunidad en medio de una época trágica; y en segundo lugar, utilizar momentos específicos para, con creatividad y valentía, despreciar a los poderosos, mostrar que ser aficionado al balompié o considerar a la selección un símbolo nacional, no significaba avalar a un gobierno inepto y corrupto. Con frases contundentes y creativas, chiflidos y abucheos, la afición anunciaba que el régimen priísta tenía el tiempo contado. No se equivocó.
Hoy, 40 años más tarde, México experimenta otra realidad, aunque no está exento de problemas. Los habitantes de las ciudades mexicanas que albergan algunos partidos –Guadalajara, Monterrey y México– han visto cómo sus gobiernos han invertido millones de pesos en obras que no significarán un beneficio para la población. Asimismo, problemas como la gentrificación, la escasez de servicios básicos –como el agua– y los conflictos por la vivienda se han acentuado en estas ciudades, al tiempo que los vecinos de los rumbos cercanos a los estadios –Tlalpan y Coyoacán, Zapopan, Guadalupe–, han visto cómo sus urbes se transforman para beneficiar a los turistas y no para atender los problemas más urgentes. Sumado a ello, los precios estratosféricos de los boletos hacen imposible que la mayor parte de los habitantes puedan ver los partidos desde los estadios, en una muestra clara de que las y los mexicanos de a pie no tendrán ni un solo beneficio por el mundial.
Sin embargo, como hace 40 años, las y los ciudadanos han encontrado formas creativas para denunciar los abusos y la hipocresía de los poderosos. Por ejemplo, a principios de marzo, vecinos de Santa Úrsula, Coapa, en la Ciudad de México, realizaron las “Retas AntiFIFA”, juegos informales bajo el puente del Estadio Azteca que sirvieron como pretexto para denunciar el despojo de agua y territorio que han enfrentado por parte del gobierno de la ciudad. Al mismo tiempo, han intervenido la publicidad colocada en los alrededores con frases dirigidas a la FIFA y al gobierno capitalino: “Clara [Brugada], juega limpio, la cancha no es tuya”, “el agua es un derecho”, “el mundial nos quiere borrar” o “Coapa resiste al despojo”.
Visto así, el mundial 2026 congrega no solamente a las más grandes estrellas del futbol actual. También es escenario de disputas, imposiciones y formas de resistencia. La afición, siempre creativa y valiente, inventa modos de apropiarse del evento y realizar su propio mundial. Así, ya lo utiliza para hacer escuchar sus demandas, resistir a los abusos y plantar cara, con dignidad y valentía, a las dinámicas del capital. Ese otro mundial es el que más me entusiasma, el evento politizado y popular del que la gente se apropia, que no sigue los designios de la FIFA y que nos recuerda que, a pesar del poder de los tiranos y las transnacionales, otro futbol y otro mundo son posibles.
Para saber más
Fernández, Claudia y Andrew Paxman, El Tigre. Emilio Azcárraga y su imperio, México, De Bolsillo, 2021.
Pérez Uriarte, Giovanni Alejandro, “La nación en la cancha. Los discursos nacionalistas en la prensa deportiva mexicana en los mundiales de futbol (1970-1986)”, tesis de licenciatura en Estudios Latinoamericanos, Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Filosofía y Letras, 2015.
Scott, James C., Los dominados y arte de la resistencia. Discursos ocultos, traducción de Jorge Aguilar Mora, México. Ediciones Era, 2000.
Imagen de portada: Diego Armando Maradona sosteniendo la Copa Mundial de la FIFA en el Estadio Azteca, 29 de junio de 1986. Fotografía: Carlo Fumagalli. Imagen tomada de: Wikimedia Commons.





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