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Pancho Villa: el revolucionario del pueblo

Francisco Villa es uno de los personajes más importantes de la Revolución mexicana. Después de ser un hombre proscrito por las leyes porfiristas, se convirtió en un señor de la guerra que condujo en grandes batallas a decenas de miles de combatientes. Junto a su tropa ayudó a Francisco I. Madero a derrocar a Porfirio Díaz en Chihuahua y destrozó al Ejército federal huertista en batallas consecutivas que acrecentaron su fama. Sus victorias posibilitaron el triunfo del constitucionalismo. Al triunfo de la revolución, sin embargo, encabezó una ruptura con Venustiano Carranza y el resto del Ejército constitucionalista que impidió la gobernabilidad durante el período. Firmada la paz en Sabinas, Coahuila, Pancho Villa y sus hombres se dedicaron a las labores agrícolas hasta que fue asesinado, mediante un complot en el que estuvieron inmersas las más altas autoridades de gobierno.
Transgresor de la ley porfirista
Francisco Villa, oficialmente llamado Doroteo Arango Arámbula, nació el 5 de junio de 1878 en La Coyotada, Río Grande, cerca de San Juan del Río, Durango. Como la mayoría de los mexicanos de entonces, los Arango vivían del campo como medieros —rancheros libres que se contrataban por temporadas como trabajadores— de la Hacienda de Gogojito del municipio de Canatlán. La familia Arango estaba integrada por el padre Agustín Arango, la madre Micaela Arámbula y cinco hijos, dos mujeres y tres hombres; de los cuales, Doroteo era el primogénito, quien se sintió responsable por el cuidado de los menores conforme nacían.
Los hermanos Arango no fueron a la escuela porque tenían que ayudar a su familia a sobrevivir. El padre desapareció cuando Doroteo aún era pequeño, con lo cual asumió mayores responsabilidades, se convirtió en el hombre-cabeza de la familia y buscó trabajos complementarios como albañil y leñador para ayudar a su madre en el sostenimiento de sus hermanos.
Un día al volver de las labores del campo, el joven Doroteo presenció el intento del hijo del hacendado, Agustín López Negrete, por ejercer el derecho de pernada —mediante el cual los hacendados abusaban sexualmente de mujeres en condición de dependencia u obediencia, como ocurría con mujeres campesinas o indígenas— con su hermana Martina en su propia casa. Si el relato es cierto o no, le sirvió posteriormente para legitimar su pasado como transgresor de la ley porfirista. Convertido en bandolero, se unió a la partida de Ignacio Parra y cambió su nombre por el de Pancho Villa. Con ellos se dedicó al abigeato, a aprovecharse de las reses que pastaban en libertad en las llanuras de la región.
En las montañas y serranías sus vidas peligraban constantemente, por lo que debían conducirse con todo tipo de precauciones y mantenerse escondidos en lugares de difícil acceso. Según el testimonio de Federico Cervantes, militar de carrera que se unió a las fuerzas villistas en 1913: “Semejante vida de riesgo y audacia tuvo que despertar en Villa extraordinarias facultades de percepción, agudizando su vista, oído y su malicia”. Al pasar los años, Villa combinó su vida de bandido con periodos de paz en los que trabajó como albañil, carnicero o comerciante en Chihuahua. Incluso fue recluta de un regimiento del Ejército federal, como castigo por el robo de unos rifles. Aunque adquirió experiencia en el manejo de las armas, Villa escapó a las montañas en la primera oportunidad que se le presentó. En numerosas ocasiones, repartió el dinero de las correrías entre familiares, amigos y los pobres de la región. Se ganó así la fama de “bandido bueno” y de rebelde a las leyes injustas de los ricos y poderosos. También se volvió un experto conocedor de las montañas y de las sierras de Durango y Chihuahua, lugares en los que se enfrentó a policías y rurales porfiristas y donde tendió emboscadas a sus enemigos, los terratenientes de aquellos lugares. Villa no fumaba ni ingería alcohol, tampoco jugaba en las cantinas.

El coronel Villa en las montañas de Ciudad Juárez, Alexander, 1911. Colección: INEHRM. Transgresor de la ley porfirista
Francisco Villa, oficialmente llamado Doroteo Arango Arámbula, nació el 5 de junio de 1878 en La Coyotada, Río Grande, cerca de San Juan del Río, Durango. Como la mayoría de los mexicanos de entonces, los Arango vivían del campo como medieros —rancheros libres que se contrataban por temporadas como trabajadores— de la Hacienda de Gogojito del municipio de Canatlán. La familia Arango estaba integrada por el padre Agustín Arango, la madre Micaela Arámbula y cinco hijos, dos mujeres y tres hombres; de los cuales, Doroteo era el primogénito, quien se sintió responsable por el cuidado de los menores conforme nacían.
Los hermanos Arango no fueron a la escuela porque tenían que ayudar a su familia a sobrevivir. El padre desapareció cuando Doroteo aún era pequeño, con lo cual asumió mayores responsabilidades, se convirtió en el hombre-cabeza de la familia y buscó trabajos complementarios como albañil y leñador para ayudar a su madre en el sostenimiento de sus hermanos.
Un día al volver de las labores del campo, el joven Doroteo presenció el intento del hijo del hacendado, Agustín López Negrete, por ejercer el derecho de pernada —mediante el cual los hacendados abusaban sexualmente de mujeres en condición de dependencia u obediencia, como ocurría con mujeres campesinas o indígenas— con su hermana Martina en su propia casa. Si el relato es cierto o no, le sirvió posteriormente para legitimar su pasado como transgresor de la ley porfirista. Convertido en bandolero, se unió a la partida de Ignacio Parra y cambió su nombre por el de Pancho Villa. Con ellos se dedicó al abigeato, a aprovecharse de las reses que pastaban en libertad en las llanuras de la región.
En las montañas y serranías sus vidas peligraban constantemente, por lo que debían conducirse con todo tipo de precauciones y mantenerse escondidos en lugares de difícil acceso. Según el testimonio de Federico Cervantes, militar de carrera que se unió a las fuerzas villistas en 1913: “Semejante vida de riesgo y audacia tuvo que despertar en Villa extraordinarias facultades de percepción, agudizando su vista, oído y su malicia”. Al pasar los años, Villa combinó su vida de bandido con periodos de paz en los que trabajó como albañil, carnicero o comerciante en Chihuahua. Incluso fue recluta de un regimiento del Ejército federal, como castigo por el robo de unos rifles. Aunque adquirió experiencia en el manejo de las armas, Villa escapó a las montañas en la primera oportunidad que se le presentó. En numerosas ocasiones, repartió el dinero de las correrías entre familiares, amigos y los pobres de la región. Se ganó así la fama de “bandido bueno” y de rebelde a las leyes injustas de los ricos y poderosos. También se volvió un experto conocedor de las montañas y de las sierras de Durango y Chihuahua, lugares en los que se enfrentó a policías y rurales porfiristas y donde tendió emboscadas a sus enemigos, los terratenientes de aquellos lugares. Villa no fumaba ni ingería alcohol, tampoco jugaba en las cantinas.
La revolución lo convirtió en hombre próspero y amigo del presidente Madero, quien asumió el cargo el 6 de noviembre de 1911. Francisco Villa incluso lo visitó y comió con él en Chapultepec, también le informó de manera recurrente sobre los movimientos de Orozco, quien se mostró complaciente con los oligarcas chihuahuenses y renuente con los revolucionarios maderistas. Finalmente, Orozco se rebeló bajo el Plan de la Empacadora el 3 de marzo de 1912. Pancho Villa ya olía la defección, cerró su carnicería y con sus trabajadores se remontó a la sierra.
En sus primeros días, la revuelta orozquista en Chihuahua ganó adeptos rápidamente. Sin embargo, los maderistas leales se unieron a la partida de Pancho Villa. Por su parte, Madero había enviado al general González Salas a combatir a los orozquistas, quienes lo derrotaron en Rellano. En Parral, Villa reunió a los ricos y les impuso un préstamo forzoso, requisó caballada y municiones, también expropió recursos del Banco Minero.
Al conocer los hechos de armas de Villa, el presidente Madero le escribió en estos términos: “He sabido que te has portado como los hombres y como los leales, dándole un ejemplo al traidor de Orozco. Te felicito calurosamente… Espero te pongas a las órdenes del general en jefe que lo será el general Victoriano Huerta”. Villa se unió al contingente del Ejército federal en Bermejillo. Ahí se encontró con su viejo amigo Raúl Madero y conoció al general Huerta, quien le dio una mala impresión. El coronel Villa y sus hombres fueron nombrados Cuerpo de Exploradores y encargados de la vanguardia de la columna. Antes de salir a la campaña, Villa le escribió al presidente una carta en la que le reiteró su cariño: “soy sincero con usted hasta la muerte. Francisco Villa”.
Como refuerzo federal, Villa intimó con el general Rábago, responsable de la artillería y derrotó a los colorados de manera continua, por ello se le ascendió a “general honorario”, lo que provocó burlas entre los oficiales federales, quienes también demeritaron a los soldados irregulares llamándolos constantemente: “sebosos” y “robavacas”. Las victorias federales obligaron a los orozquistas a huir derrotados a la ciudad de Chihuahua. Los federales se concentraron en Jiménez, donde se produjo un incidente entre Villa y Huerta por motivo de la confiscación de una yegua “pura sangre”.
Huerta le exigió la devolución del animal, por lo que intercambiaron palabras fuertes. Al amanecer del 4 de junio de 1912, Villa fue a verlo para zanjar el asunto, pero fue detenido y conducido ante un pelotón de fusilamiento. En un abuso de autoridad, Huerta intentó fusilar sin juicio previo al general honorario, pero Raúl y Emilio Madero, el general Rábago y el teniente coronel Rubio Navarrete intervinieron para detener la ejecución y conseguir un salvoconducto presidencial.
Enviado preso a la ciudad de México, Pancho Villa le escribió 18 veces al presidente Madero para exigir justicia, pero no encontró respuesta. Incluso le advirtió del golpe de Estado que se fraguaba desde la prisión militar de Santiago Tlatelolco. Desesperado por la justicia maderista, el 26 de diciembre Villa decidió fugarse con la ayuda del joven secretario Carlos Jáuregui, quien limó los barrotes de una ventana que comunicaba a las oficinas. Villa terminó de desprender los barrotes y penetró al juzgado: “me quité mi cachucha y la puse sobre la mesa del juez… como un recuerdo”. Cambió sus ropas de presidiario por las de catrín y se colocó unas gafas oscuras. Al salir de la prisión los esperaba un taxi que los llevó hasta Toluca. Pancho Villa era un hombre libre, pero aún tenía que viajar hasta la frontera para sentirse seguro. En Nogales, Sonora, cruzaron la frontera a Tucson, Arizona. Desde esa ciudad le escribió al presidente Madero para avisarle que se preparaba un golpe militar en su contra, también se quejó del trato recibido, pero aún le manifestó su fidelidad.
General constitucionalista
Desde El Paso, Pancho Villa le escribió un telegrama a Abraham González, gobernador de Chihuahua, para informarle donde se encontraba y le encomendó que le dijera a Madero que no le causaría problemas, pero que “si me necesita alguna vez, estoy dispuesto a servirlo como siempre”. Al enterarse del asesinato del presidente Madero, según su esposa Luz Corral, Villa “se golpeaba el pecho, se mesaba los cabellos y gritaba: ¡traidores!”.
Villa retomó entonces su vida como señor de la revolución. Se reunió con el gobernador de Sonora, José María Maytorena, con quien estableció una alianza política y militar. Recabó fondos, reunió pertrechos, compró armamento. Por su parte, Pascual Orozco y los colorados declararon su apoyo al gobierno de la traición. El ejército de Huerta reconoció los sueldos de los orozquistas desde el levantamiento contra Madero, se les concedieron retribuciones a las viudas, se pagaron las deudas de la campaña, se incorporaron al Ejército federal como rurales y se les prometió una ley agraria.
El 6 de marzo llegaron a Chihuahua unos comisionados militares de Huerta para asesinar al gobernador González. El general Rábago lo entregó a quienes serían sus sicarios. Mientras tanto Pancho Villa se aprestaba para regresar a Chihuahua. El 8 de marzo de 1913, cerca de las 6 de la tarde cruzó la frontera con ocho compañeros: Carlos Jáuregui, Darío W. Silva, Juan Dozal, Tomás Morales, Pedro Sapién, Miguel Saavedra, Manuel Ochoa y Pascual Álvarez. Todos ellos mal armados o con pocas provisiones de boca. Dispuestos, sin embargo, a matar o morir para vengar la muerte del presidente Madero y del vicepresidente Pino Suárez.
En una de sus primeras acciones guerrilleras, asaltó con su partida un tren que transportaba 122 barras de plata, pero en una emboscada posterior perdió siete hombres. En esta etapa inicial, Villa se mueve con sigilo y recibe a Rosalío Hernández que trae consigo una comunicación de Venustiano Carranza, el gobernador de Coahuila que ha desconocido a Victoriano Huerta como presidente, mediante el Plan de Guadalupe. En su misiva Carranza le confiere el grado de general brigadier y le notifica que ha puesto en vigor la ley del 25 de enero de 1862, que castiga la traición, el motín militar y el alzamiento sedicioso con la pena de muerte. En los hechos se permitía el fusilamiento sin causa de todos aquellos oficiales que secundaron el gobierno de los golpistas, también significó una pena de muerte inmediata para los colorados orozquistas.
Villa era un guerrillero taimado con experiencia en el Ejército federal. Conocía la forma de actuar de los generales porfiristas y atacaba sus debilidades. Su principal virtud era la rapidez de sus movimientos. Su partida avanzaba de 30 a 60 kilómetros diarios por veredas secretas. La sorpresa se convirtió en una estrategia ante las lentas columnas del Ejército federal. Así las atacaba cuando tenía condiciones favorables y se replegaba ante contingentes mayores. También continuaba reclutando y armando gente. Pronto se le unieron los antiguos revolucionarios con sus propias partidas. En pocos meses, el estado de Chihuahua estaba levantado en armas.
Pancho Villa era un líder revolucionario, pero también social. En las poblaciones que tomaba repartía granos entre los pobres y realizaba actos de justicia. En una de las haciendas de los Terrazas, El Carmen, aún existía el peonaje por deudas y se torturaba a los peones, Villa ejecutó públicamente al administrador y a uno de sus ayudantes. Enseguida pronunció un discurso en el que les dijo a los campesinos que no aceptaran la esclavitud, que se organizaran y que eligieran a sus autoridades, leales a la Revolución. En San Andrés repartió alimentos, en Camargo expropió a los comerciantes españoles y vendió los productos a precios bajos.
Jefe de la División del Norte
El 29 de septiembre de 1913 se reunieron los principales líderes revolucionarios de Chihuahua, Durango y La Laguna en la Hacienda de la Loma. Al frente de estos cuerpos se encontraban Francisco Villa, Calixto Contreras, Severino Ceniceros, Eugenio Aguirre, José Isabel Robles, Raúl Madero, Benjamín Yuriar, Tomás Urbina, Orestes Pereyra, Juan N. Medina, Maclovio Herrera y Juan E. García, quienes dirigían en sus respectivas brigadas a rancheros, mineros, trabajadores industriales y peones de hacienda convertidos en soldados revolucionarios que habían infligido derrotas de consideración al Ejército federal. Los jefes decidieron dejar atrás la lucha guerrillera, unificar las tropas, elegir a un general en jefe y organizarse en un cuerpo del Ejército constitucionalista y presentar batallas formales contra el Ejército federal. Por su experiencia revolucionaria, se eligió a Francisco Villa como general en jefe de la División del Norte.
El 2 de octubre, la División del Norte entró triunfante a Torreón. Los federales abandonaron numerosos pertrechos de guerra y los cañones El Rorro y El Niño. Los prisioneros fueron fusilados, aunque los de artillería se salvaron y fueron incorporados a las fuerzas villistas. En Torreón, Villa se volvió a casar, ahora con la señorita Juana Torres, empleada de la Torreon Clothing Company. Hubo ceremonia civil y religiosa. Villa justificaba sus matrimonios alegando que quien había cometido pecado era él, no sus esposas. Luego abandonó Torreón y se dirigió a Chihuahua.
Con la toma de Torreón, el general Francisco Villa y la División del Norte acrecentaron su fama. Se organizaron más brigadas y se logró profesionalizar a los guerrilleros, convirtiéndolos en soldados con moral revolucionaria, aguerridos en el combate y leales a la causa. También le permitió hacerse de recursos importantes que les quitó a los reaccionarios y huertistas del lugar. Con el dinero colectado Villa organizó compras de armamento en las ciudades fronterizas de Estados Unidos.
La División del Norte atacó la ciudad de Chihuahua, pero fue rechazada. Sin embargo, reconcentró sus fuerzas y tomó Ciudad Juárez en la madrugada del 15 de noviembre de 1913 mediante una estratagema conocida como el “tren troyano de Pancho Villa”, acción en la que sus tropas entraron furtivamente a la ciudad sin ser notadas. Los oficiales del Ejército fueron capturados en casas de juego donde se divertían apostando y bebiendo. La División del Norte se hizo con un importante botín de guerra. Villa se comunicó con Carranza para informarle de la toma de la ciudad fronteriza, el Primer Jefe le envió 150 mil dólares con Luis Aguirre Benavides, quien se quedó con Villa como secretario particular.
Desde la capital del estado grande se envió una columna de cinco mil hombres reforzados con artillería para recuperar Ciudad Juárez, pero fue derrotada tras varios días de enfrentamiento mediante una carga de caballería en Tierra Blanca. El 8 de diciembre, las tropas del coronel Trinidad Rodríguez entraron a Chihuahua, por la tarde lo haría el general Villa con el grueso de la fuerza. Las personas hicieron vallas en las calles y gritaban al paso de la tropa: ¡Viva Villa!, ¡Viva Carranza!, ¡Viva la Revolución!
Gobernador de Chihuahua
El 8 de diciembre de 1913, en el Salón Rojo del Palacio de Gobierno se le hizo entrega formal del gobierno de Chihuahua a Pancho Villa. Una multitud se concentró para escucharlo, Villa saludó a sus “hermanos de raza”, firmó el documento que lo nombraba gobernador y emitió su primer decreto: la ley seca para el ejército rebelde y fusilamiento para el soldado que fuera encontrado borracho. John Reed, periodista norteamericano de ideas de izquierda, llegó a Chihuahua por esos días. En uno de sus artículos describió un día cotidiano en la vida del gobernador:
Villa llegaba a las ocho y media, se arrellanaba en una silla y les hacía leer en voz alta lo que había. A cada minuto intercalaba una observación, corrección o sugestión. De vez en cuando movía su dedo hacia atrás y hacia adelante y decía: “No sirve”. A Villa le parecía que la mayor parte de los actos y costumbres de gobierno eran extraordinariamente innecesarios y enredosos.
El gobernador Villa estableció una política social, sustentada en la ganadería de las haciendas de los oligarcas chihuahuenses. Para favorecer a las clases menesterosas fijó el precio del litro de leche en 10 centavos, el pan en 8 centavos y en 15 centavos el kilo de carne de res. El 12 de diciembre emitió el Decreto confiscatorio de bienes de los enemigos de la Revolución, dirigido a las propiedades de la oligarquía chihuahuense. Se enumeraba su colusión con la traición orozquista-huertista, su papel como explotadores del pueblo y su enriquecimiento ilícito. Con el decreto, Villa les expropió a los Terrazas, Creel y a otras familias más de siete millones de hectáreas, casi dos tercios de la tierra productiva del estado. Las haciendas serían administradas para dotar de dinero a la División del Norte, pero también se consideró repartir recursos y tierra a las viudas de los soldados y a los huérfanos de la revolución, luego les tocaría a los combatientes apenas triunfara ésta, así lo prometió.
El gobierno “a la ranchera” de Pancho Villa llamó la atención de la prensa estadounidense que lo convirtió en una celebridad, aunque los reportajes lo subrayaron como un hombre peligroso y a su pistola como una extensión de su anatomía. Los artículos a veces lo ensalzaron, en otras lo vituperaron. Villa también se apoderó de los importantes recursos del Banco Minero, propiedad de la familia Terrazas y limpió Chihuahua de tropas federales al derrotar al último contingente en Ojinaga. El 7 de enero de 1914 aceptó el nombramiento hecho por Carranza de Manuel Chao como gobernador militar de Chihuahua, quien continuaría la distribución de tierras a viudas, veteranos inválidos y huérfanos de la revolución. En las cuatro semanas que estuvo al frente de la administración estatal, Villa transformó radicalmente el perfil del gobierno y de la sociedad. Fue en verdad un gobierno revolucionario.
Señor de la revolución
En los primeros meses de 1914 se organizó el Estado Mayor, la escolta personal de Villa, conocida como Los Dorados. También se formaron los cuerpos de artillería, bajo el mando del general Felipe Ángeles, y la Brigada Sanitaria, a cargo del doctor Andrés Villarreal. El tren sanitario contaba con una sala de operación y una capacidad de atención de hasta 1 400 heridos. De igual modo, el Estado Mayor le fue encargado al general Manuel Medinaveytia, responsable de la logística y administración de los recursos. A los villistas los acompañaban miles de mujeres, convertidas en soldaderas, quienes los alimentaban, los cuidaban y los animaban en sus días cotidianos, también participaron en las batallas llevando bastimento a los soldados, curando a los heridos y acompañando a los moribundos.
El 3 de abril de 1914 la División del Norte entró triunfalmente a Torreón. El general Villa fue vitoreado por la población, se impidieron los saqueos y se restableció el orden al atardecer, cuando los negocios reabrieron sus puertas. La segunda toma de Torreón fue sangrienta, se perdieron más de 1, 780 hombres y hubo 1, 937 heridos. Para cumplir con los deseos del Primer Jefe, la División del Norte derrotó a las fuerzas federales de Coahuila, el 14 de abril en San Pedro de las Colonias y el 17 de mayo en Paredón con una carga de caballería de 6 mil hombres. Los federales abandonaron Saltillo y la División del Norte se reconcentró en Torreón para tomar Zacatecas.
Venustiano Carranza ordenó a los jefes Pánfilo Natera y Domingo Arrieta la toma de la ciudad, pero fracasaron en su intento. Entonces el Primer Jefe ordenó a Villa que fragmentara su ejército y pusiera una parte a las órdenes de Natera, a lo que el Centauro se negó, las diferencias entre ambos escalaron. Intercambiaron telegramas en los que Villa renunció al mando de las fuerzas, Carranza aceptó la renuncia y pidió a los jefes de las brigadas nombrar a un nuevo general en jefe de la División del Norte. Los jefes desconocieron entonces la autoridad del Primer Jefe y, contra sus órdenes, decidieron marchar de inmediato a Zacatecas para tomarla a sangre y fuego. La política social de Villa y su acendrado maderismo fueron los motivos reales de la ruptura.
La ciudad estaba defendida por unos 12 mil hombres al mando del general divisionario Luis Medina Barrón. El plan de ataque consistió en asaltar simultáneamente las posiciones atrincheradas de los cerros de Loreto y Tierra Negra, para apoderarse después del cerro Magistral y de los del Grillo y la Bufa. Por el sur se atacaría el Cerro del Padre. Sólo quedaría libre el camino a Guanajuato, donde, según el plan serían destrozadas las fuerzas en fuga. La victoria de Zacatecas aniquiló a las fuerzas del Ejército federal y obligó al usurpador Huerta a renunciar a la presidencia. Esa victoria personificó el triunfo de las fuerzas revolucionarias, pero también la victoria de las clases populares sobre un orden político-militar corrupto e inmoral.
Con la revolución del sur
Las fuerzas de Pancho Villa rompieron políticamente con el Primer Jefe y establecieron una alianza con el zapatismo en diciembre de 1914. El Pacto de Xochimilco, la toma de la Ciudad de México y el gobierno de la Convención son los momentos culminantes de esta revolución popular encabezada por el Centauro del Norte y el Caudillo del Sur. Derrotada en los campos de batalla del Bajío, el villismo se convirtió en una fuerza guerrillera que invadió Columbus, Estados Unidos, y combatió a las fuerzas invasoras carrancistas en Chihuahua y Durango de 1916 a 1920. A pesar de lograr victorias de importancia, el villismo no pudo reconfigurar su poderío militar ni político.

Entrada de las fuerzas de Francisco Villa y Emiliano Zapata en la ciudad de México, 1914. Colección: Sistema Nacional de Fototecas, INAH. Fotografía tomada de aquí: https://mediateca.inah.gob.mx/ La muerte de Carranza, el 21 de mayo de 1920 en Tlaxcalantongo, posibilitó la firma del Pacto de Sabinas. Mediante dicho documento, el gobierno federal reconoció al Centauro como general revolucionario, Villa y sus hombres depusieron las armas para retirarse a la vida privada en la Hacienda de Canutillo, donde viviría con una escolta de 20 hombres, quienes recibirían pagos periódicos del gobierno, haberes por un año, se les dotaría de tierra o se les incorporaría al Ejército con reconocimiento de su grado. Villa se comprometió a no tomar las armas contra el gobierno. La lucha villista había terminado.
El 20 de julio de 1923, con el respaldo de la gente rica de Parral y la aprobación del gobierno de Obregón y Calles, Pancho Villa fue asesinado en una emboscada por sicarios comandados por Melitón Lozoya y Jesús Salas Barraza. En el atentado también murieron su secretario, Manuel Trillo, y cuatro de sus escoltas. Cincuenta Dorados lo acompañaron a su sepulcro; en la oración fúnebre se señaló que había sido un crimen político. La memoria de su lucha pervivió a través de corridos y en el recuerdo de sus soldados. Luz Corral también resguardó su memoria en el museo de la Quinta Luz, actualmente Museo de la Revolución en Chihuahua. Tres años después, manos desconocidas profanaron su tumba y robaron su cráneo.
En distintos lugares del mundo, como en la Unión Soviética, Japón y Chile, se han escrito biografías de Pancho Villa y se le ha recordado como un revolucionario del pueblo que luchó contra la injusticia y por sus “hermanos de raza”. Finalmente, el Estado mexicano reconoció su legado y la legitimidad de su lucha cuando, el 25 de noviembre de 1966, inscribió su nombre con letras de oro en el Muro de Honor del Congreso de la Unión; diez años después, en 1976, sus restos fueron depositados en el Monumento a la Revolución en la ciudad de México.

Cadáver de Francisco Villa en el Hotel Hidalgo, Parral, Chihuahua, 1923. Colección: Elmer y Diane Powell, Biblioteca DeGolyer, Universidad Metodista del Sur de Estados Unidos. Fotografía tomada de: https://digitalcollections.smu.edu/digital/collection/pwl/id/1246 Para saber más:
Cervantes, Federico, Francisco Villa y la Revolución, México, INEHRM, 1960.
Katz, Friedrich, Pancho Villa, México, Era, 1998, 2 vols.
Luna, Daniel Librado, Francisco Villa. Semblanza, México, INEHRM, 2023. La versión digital se puede consultar aquí: https://inehrm.gob.mx/recursos/.
Pancho Villa: retrato autobiográfico, 1894- 1914, edición preparada por Guadalupe Villa y Rosa Helia Villa, México, Taurus y UNAM, 2003.
Taibo II, Paco Ignacio, Pancho Villa. Una biografía narrativa, México, Editorial Planeta, 2006.
Si quieres conocer más sobre la vida del Centauro del Norte, te invitamos a consultar la sección dedicada a Francisco Villa en el INEHRM. Encontrarás videos, cápsulas, fotografías y diversos materiales audiovisuales. Consulta: https://inehrm.gob.mx/es/inehrm/villa
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La leyenda fílmica del Centauro del Norte

Por Jorge Carlos Sánchez López
Francisco Villa, el llamado “revolucionario del pueblo”, representa un caso de excepcional interés tanto para la historiografía mexicana del siglo XX como para los estudios cinematográficos contemporáneos. Con relación a la historiografía, se trata de un revolucionario controversial. Basta recordar su pasado como forajido, las sangrientas campañas militares, la incursión en Columbus, la insubordinación frente al ejército constitucionalista, así como la influencia y capital político que acumuló en los estados de Durango y Chihuahua, donde era más que conocido. El resultado de estas acciones derivó en su reconocimiento tardío por el Estado mexicano como uno de los héroes de la Revolución Mexicana, convirtiéndolo en objeto de múltiples y variados trabajos de investigación, tanto por sus simpatizantes, como por sus detractores.

Pancho Villa a caballo, Salvador Pruneda. Colección: INEHRM. Para los estudios cinematográficos, la compleja personalidad de Villa lo convirtió en un “objeto de interés” tanto para cineastas nacionales como extranjeros de diversas épocas, quienes se abocaron a filmar alguno de los pasajes de la vida, obra y muerte del Centauro del Norte. Entre ese cúmulo de materiales fílmicos (noticieros, documentales y ficciones) es posible identificar los más diversos enfoques y versiones del caudillo duranguense, los cuales contribuyeron a perpetuar su leyenda a través del cine.
Sin embargo, lo realmente interesante deviene en la representación y caracterización que esos cineastas imprimieron al personaje en cuestión, miradas que estuvieron regidas por intereses artísticos, económicos, o incluso pretensiones realistas, las cuales dependieron del contexto histórico de la producción de las mismas cintas. Asimismo, cabe mencionar que esas perspectivas fílmicas, pueden considerarse tan diversas y complejas como el mismo revolucionario.
Ángel Luis Hueso, académico de la Universidad Carlos III de Madrid, destaca la necesidad de estudiar las biografías históricas a través del cine argumentando que “la manera de abordar los hechos del pasado ha ido cambiando a lo largo del tiempo, y responde claramente a los intereses de la sociedad; es necesario reconocerlos, interpretarlos, valorarlos para llegar a una comprensión lo más perfecta posible de aquello que se pretendía hacer”.
Por ello, en esta ocasión ofrecemos una revisión sobre la presencia de Villa en el cine, tomando como punto de partida una serie de datos estadísticos que permiten visualizar el número de películas que se han producido sobre el caudillo. Estas son contextualizadas a lo largo del siglo XX para mostrar que, a pesar del paso del tiempo, la leyenda fílmica villista continua vigente.
Antes de entrar en materia, es importante señalar que en estas líneas, tomaremos como punto de partida uno de los trabajos historiográficos más completos sobre Francisco Villa. Me refiero a la obra monumental de Friedrich Katz, Pancho Villa (Era, 1988, 2 vols.), donde el autor se adentra de manera pormenorizada en la vida, obra e importancia histórica de Doroteo Arango Arámbula. Particularmente, coincidimos con Katz respecto a la existencia de las tres leyendas:
La leyenda blanca: Villa se describe a sí mismo como una víctima, tanto del despotismo de los hacendados como de las arbitrariedades de las autoridades porfirianas; La leyenda negra: la versión más amplia y sistemática de la leyenda negra fue escrita por Cecilia Herrera, que lo pinta como un hombre sediento de sangre y un asesino sin escrúpulos, sin el menor rasgo favorable; La leyenda épica: afirma que, ya en sus años de bandido, se había convertido en ídolo del campesinado de Chihuahua y azote de Terrazas. Nadie ha descrito mejor la leyenda épica que el corresponsal estadounidense John Reed.
Estos elementos, aparentemente, sirvieron como materia prima para elaborar los argumentos cinematográficos que trasladaron al caudillo norteño a la imagen en movimiento, a lo largo de prácticamente todo el siglo XX.
En los albores del cine… y de la leyenda villista
El arribo del cinematógrafo a México en 1896, sorprendió tanto a propios como a extraños, y casi de inmediato se popularizó como uno de los pasatiempos favoritos de la sociedad mexicana. En sus inicios, el cinematógrafo ofreció a los espectadores vistas de aspectos cotidianos, y luego, con el progreso de las técnicas de filmación, así como del desarrollo del lenguaje cinematográfico, estos materiales evolucionaron hasta convertirse en noticieros, documentales, y argumentos de ficción.
Asimismo, los primeros años del cinematógrafo coincidieron con el inicio y conclusión de la Revolución Mexicana (1910-1917), y durante este periodo, los cineastas nacionales y extranjeros registraron a través del cine el desarrollo de los acontecimientos políticos y militares del movimiento armado. En el caso mexicano, entre los cineastas más importantes, destacó la labor de Salvador Toscano, y Guillermo y Eduardo Alva en dichas actividades.
La figura de Villa, carismática y sumamente identificada con las causas populares, no tardó en atraer la atención de diversos cineastas. Cabe recordar que justamente a Villa se le atribuye, por primera vez en México, la utilización del cine como instrumento de propaganda, como resultado de su contrato de exclusividad con la Mutual Film Company, firmado en mayo de 1914, para filmar The life of general Villa, cinta que sirvió para difundir una imagen positiva de su causa en los Estados Unidos. Un estudio más detallado sobre esta película y otros pormenores pueden consultarse en el libro de Aurelio de los Reyes, Con Villa en México, editado en 1985 por la UNAM.
En relación a los noticieros y documentales que tomaron a Villa como protagonista, es importante destacar que lo hicieron de una manera “realista u objetiva”, lo que permitió a los públicos nacionales y extranjeros conocer de primera mano las acciones militares, y la mitología que giraban en torno a Francisco Villa. De esta manera, los datos disponibles permiten cuantificar que de 1913 a 1919 se produjeron 14 materiales fílmicos, de nacionalidad mexicana y/o estadounidense, que captaron la figura del Centauro del Norte.

Gráfica elaborada por el autor con base en los datos de la filmografía sobre Villa elaborada por Raúl Miranda y Ernesto Román, Centro de Documentación de la Cineteca Nacional. Durante la década de 1920, y ante el surgimiento de las películas de argumento, los documentales y noticieros perdieron relevancia frente a los públicos de cine, que ahora se mostraban ávidos por visualizar historias más elaboradas. Estos materiales, provenientes de países como Alemania, Italia, Francia y Estados Unidos, introdujeron a las primeras estrellas y divas del cine de argumento. A manera de apunte cultural, una de las primeras películas de este tipo que se filmaron en México fue El automóvil gris (Enrique Rosas, 1919), que tomó como protagonista a una banda de asaltantes de la Ciudad de México, que utilizaba uniformes del ejército constitucionalista para cometer sus fechorías. La cinta está basada en acontecimientos reales, y en su secuencia final, muestra el fusilamiento real de la mencionada banda de asaltantes.
Frente a este contexto, los documentales sobre Francisco Villa disminuyeron a sólo dos durante la década de 1920: Conferencia entre Villa y el general Martínez (1920), y Rendición de Villa en Sabinas, Coahuila (1920). En cambio, se inauguró una larga tradición de películas de argumento sobre este caudillo, y en el periodo comprendido entre 1923 y 1929 se produjeron cuatro ficciones: Francisco Villa (Enrique Rosas, 1923), Historia auténtica de Francisco Villa y su trágica muerte en Parral (Salvador Toscano, 1923), El Robin Hood mexicano (Antonio Fernández, 1928), y La venganza de Pancho Villa (Félix Padilla, Edmundo Padilla, 1929).
Los títulos de las películas de ficción permiten al lector formar una idea de sobre la representación del revolucionario duranguense: mientras que los dos primeros aún conservan la esencia “realista” del documental de la revolución, las dos siguientes comienzan a inclinarse por historias ficticias con cierto apego a la difusión de las leyendas blanca y épica señaladas por Katz.
El cine sonoro y el Centauro del Norte
Para el cine mexicano, la década de 1930 representó una fase de experimentación genérica, dicho en otras palabras, se trató de una etapa en la que los cineastas tuvieron ciertas libertades creativas para incursionar en diversos géneros fílmicos, entre ellos, el cine histórico. El subgénero de la Revolución Mexicana encontró en Fernando de Fuentes a un director virtuoso que supo plasmar en el celuloide una visión crítica del movimiento armado, el cual no volvería a repetirse en el cine nacional sino varias décadas después. De Fuentes es mejor conocido por su trilogía El prisionero 13 (1933), El compadre Mendoza (1933) y ¡Vámonos con Pancho Villa! (1935).Esta última cinta, a pesar de tratarse de una ficción, ofreció una visión crítica del personaje, así como del contexto revolucionario. Basada en la novela homónima de Rafael F. Muñoz, ¡Vámonos con Pancho Villa! representa las batallas épicas de Villa a través de “Los leones de San Pablo”, un grupo de pueblerinos que se unen a la causa, pero que uno a uno van pereciendo como resultado de las cruentas batallas, y el ambiente hostil de la revuelta armada.

Foto fija de la película ¡Vámonos con Pancho Villa!, 1935. Colección: Cineteca Nacional. Uno de los aciertos de Fernando de Fuentes radicó en representar la crueldad instrumentada por Villa con tal de alcanzar sus objetivos. Considerada una de las obras maestras de la cinematografía mexicana, esta película fue censurada en su secuencia final debido a que se muestra a Villa asesinando a la familia del último sobreviviente de “Los leones de San Pablo”, luego de sus tropiezos militares.
Además de la obra de Fernando de Fuentes, durante la década de 1930 se filmaron otras cuatro películas mexicanas y una estadounidense: La sombra de Pancho Villa (Miguel Contreras Torres, 1932); ¡Viva Villa! (Jack Conway, Howard Hawks, William A. Wellman, EU, 1934); El tesoro de Pancho Villa (Arcady Boytler, 1935); y Con los Dorados de Villa (Raúl de Anda, 1939).La época de oro y la explotación comercial de Doroteo Arango
A la fase de experimentación genérica del cine mexicano, devino una época de bonanza económica de la industria cinematográfica, también conocida como “época de oro” (1940-1958), que fue sustentada por un sólido star system, producciones costosas y de cierta calidad, así como por la expansión del cine nacional hacia los mercados de habla hispana.
Durante la “época de oro”, la industria se concentró en explotar los géneros que habían demostrado ser redituables en taquilla. Por ejemplo, es posible contabilizar por decenas los dramas y melodramas, (en sus variantes rurales y citadinos), las comedias, las películas de contenido religioso, y desde luego, algunas cintas dedicadas a la historia patria. En ese sentido, la producción fílmica de esta época estuvo regida por meros intereses comerciales, y las películas fueron pensadas con la finalidad de cautivar a los espectadores a través del lucimiento de sus “artistas favoritos”.
La tendencia anterior, desde luego, impactó en las películas dedicadas a Francisco Villa toda vez que, durante la década de 1940, sólo hubo tres cintas dedicadas al caudillo duranguense: La justicia de Pancho Villa (Guz Águila, Guillermo Calles, 1940); Si Adelita fuera con otro (Chano Urueta, 1948), inspirada en una canción popular; y Pancho Villa vuelve (Miguel Contreras Torres, 1949).
Un panorama muy distinto se reveló durante la década de 1950, donde las apariciones en pantalla de Villa tomaron nuevos bríos, con dieciocho largometrajes, tres de ellos de nacionalidad estadounidense: Fifty Tears Before Your Eyes (Robert Youngson, 1950, documental), This was Yesterday (Robert Youngson, 1954), y The trensure of Pancho Villa (George Sherman, 1955).

Gráfica elaborada por el autor con base en los datos de la filmografía sobre Villa elaborada por Raúl Miranda y Ernesto Román, Centro de Documentación de la Cineteca Nacional. En cuanto al rigor histórico, es importante señalar que durante este periodo desaparecieron las visiones críticas propuestas en la década de 1930, y en su lugar, Villa y la Revolución fueron utilizados como meros contextos que dieron pie a historias amorosas, de aventuras, e incluso de fantasía para el lucimiento de los directores, actores, y los géneros fílmicos más populares de la época.
Un ejemplo de la comercialización de Villa se materializó en la trilogía de Ismael Rodríguez dedicada al revolucionario: Así era Pancho Villa (1957), La Cucaracha (1958) y Pancho Villa y La Valentina (1958), estas últimas inspiradas en canciones populares, con lo cual, se comprobó el éxito en taquilla del Centauro, muy a pesar de tratarse de un cine sin pretensiones artísticas ni realistas, y únicamente encaminado a obtener ganancias económicas.
No obstante, de manera involuntaria, la leyenda épica villista se vio alimentada gracias al detalle de “inspirar las películas en canciones populares” que permanecían en el imaginario social, y cuyo poder de penetración obtuvo mayores dividendos al incluir a Pedro Armendáriz como el histrión encargado de personificar al general Villa.
Otro ejemplo que llama la atención se visualiza en la cinta crossover llamada El tesoro de Pancho Villa (Rafael Baledón, 1954), donde se observa a un gladiador de lucha libre, “La sombra vengadora” trasladándose a la época revolucionaria para intentar reunir las “cinco balas” que le revelarán el lugar donde Villa ocultó sus riquezas, dinero del pueblo, que hombres sin consideraciones desean robar.
Canonización tardía del revolucionario del pueblo
Con el inicio de la nueva década, la época del oro del cine mexicano llegó a su fin, lo cual se vio reflejado en la producción de películas de bajo costo y escaso o nulo interés artístico, temáticas reiterativas, pérdida de públicos dentro y fuera del país, así como la proliferación de una crisis estructural de la industria cinematográfica. Sin embargo, a pesar del panorama adverso, el Centauro del Norte cabalgó con la misma intensidad por los sets de filmación.
Durante la década de 1960, el furor y la tendencia por mostrar la causa villista a través de cine, arrojaron un total de diez cintas mexicanas y una estadounidense. Esas representaciones siguieron la inercia de la época de oro, es decir contribuyeron a difundir, e incluso reforzar, las leyendas y mitologías villistas frente a los públicos que continuaban asistiendo a las salas cinematográficas.
Sumado a lo anterior, el 23 de noviembre de 1966, el entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz decretó la inscripción del nombre del general Francisco Villa en los muros del Salón de Sesiones de la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión, lo cual implicó el primer reconocimiento oficial hacia el caudillo duranguense, más allá de la devoción y reconocimiento que el pueblo demostraba al revolucionario. En el evento estuvieron presentes los gobernadores del Estado de Durango y del Estado de Chihuahua, destacados jefes de los ejércitos de la Revolución, veteranos, los familiares de Francisco Villa, y representantes de los diversos organismos políticos y sociales del país.
Algunas de las películas filmadas durante el decenio de 1960 fueron: Epopeyas de la revolución (Gustavo Carrero, 1961); Un dorado de Pancho Villa (Emilio Fernández, 1967); El Centauro del Norte (Ramón Pereda, 1967); Los siete de Pancho Villa (José María Elorrieta, 1967); Caballo prieto azabache (La tumba de Villa) (René Cardona, 1968), inspirada en la obra musical de Pepe Albarrán; La marcha de Zacatecas (Raúl de Anda, 1968), inspirada en la obra musical de Genaro Codina; y La guerrillera de Villa (Miguel Morayta, 1969).

Gráfica elaborada por el autor con base en los datos de la filmografía sobre Villa elaborada por Raúl Miranda y Ernesto Román, Centro de Documentación de la Cineteca Nacional. Durante la primera mitad de la década de 1970, el cine mexicano presenció un fuerte intervencionismo estatal instrumentado por el presidente Luis Echeverría Álvarez, cuyo objetivo consistió en producir películas de calidad e interés social. Como resultado de ese intervencionismo, la producción fílmica privada se contrajo, permitiendo al Estado una mayor injerencia en el financiamiento de películas nacionales, llegando a controlar las ramas de la producción, distribución y exhibición de cine en México.
La presencia de Villa en las pantallas también se contrajo hasta contabilizar sólo seis películas, entre ellas, una de origen estadounidense: El principio (Gonzalo Martínez Ortega, 1972); Reed, México Insurgente (Paul Leduc, 1972), basada en el libro de John Reed, “México insurgente”; El desafío de Pancho Villa (Eugenio Martin, 1972); La muerte de Pancho Villa (Mario Hernández, 1974); La persecución de Pancho Villa (Grupo Cine Sur, 1979, animación); y She came to the valley / Texas in flames (Albert Band, 1979). De estas, destacan El principio y Reed, México insurgente, películas que ofrecen una visión crítica y realista, tanto del movimiento revolucionario como del Centauro, algo no visto desde los lejanos años 30, y que contaron con el apoyo del régimen en turno.

Afiche de la película La muerte de Pancho Villa, 1974. Imagen tomada de: https://www.filmoteca.unam.mx/ El 18 de noviembre de 1976, los restos de Francisco Villa fueron trasladados desde el Panteón Civil de Hidalgo del Parral, en Chihuahua, y depositados en el Monumento a la Revolución, junto a Francisco I. Madero, Venustiano Carranza, Plutarco Elías Calles, y Lázaro Cárdenas, quienes ya descansaban en el recinto.
Todo parecía indicar que después de varias décadas de presenciar visiones polifacéticas en torno a la figura de Villa en el cine, los actos conmemorativos pondrían punto final a las evocaciones del Centauro. O por lo menos, la escasa producción fílmica sobre el revolucionario durante la década de 1980 eso parecía indicar, toda vez que sólo se contabilizan tres cintas, y sólo una de ellas fue completamente mexicana: Campanas rojas (Sergei Bondarchuk, URSS, México, Italia, 1981), basada en el libro de John Reed, “México insurgente”; Viva México y sus corridos (Mario Hernández, Roberto Gavaldón, René Cardona, 1982); y Pancho Villa’s Columbus Raid (William Clark, Jack Parsons, EU, 1983).
Cabe apuntar que la década de 1980 fue especialmente complicada para los cineastas mexicanos que pretendieron dar continuidad a la producción de un cine de calidad en función de argumentos y propuestas fílmicas distintas a las que invadieron, de nueva cuenta, la cartelera comercial. Sobre este asunto, basta mencionar que el decenio fue monopolizado por cintas de calidad deleznable, y que encontraron en los albures, los desnudos, y la violencia explícita, un lugar habitual.
Fin de siglo, larga vida al caudillo del pueblo
Con la llegada de la década de 1990, la industria cinematográfica mexicana fue desmantelada paulatinamente por los gobiernos priistas que apoyaron el proyecto neoliberal, y abandonaron a su suerte la producción de películas mexicanas frente al libre mercado. Del antiguo Banco Cinematográfico que prestó financiamiento a los cineastas nacionales durante más de 50 años, sólo quedó el recuerdo, situación que ocasionó un descenso abrupto en los índices de producción de películas.
A pesar de ello, durante ésta década se filmaron siete largometrajes sobre Francisco Villa: La sangre de un valiente (Mario Hernández, 1992); El corresponsal (Iván Lipkies, 1991); The Hunt of Pancho Villa (Héctor Galán, 1993, EU); Entre Pancho Villa y una mujer desnuda (Sabina Berman, Isabelle Tardan, 1995), basada en la obra teatral homónima de Sabina Berman; Máscara de muerte de Pancho Villa (Ramón Aupart, 1997); Pancho Villa and other stories (Phillip Rodriguez, 1998, EU); Tales of the gun (Andrew Nock, Tom Jennins, Tony Long, 1998, EU).
A pesar de la severa inestabilidad que afectó a la industria fílmica nacional, el cine mexicano continuó la batalla por hacerse de espacios en las taquillas nacionales, consiguiendo filmar 4 cintas sobre el Centauro, contra las 3 de origen estadounidense.

Gráfica elaborada por el autor con base en los datos de la filmografía sobre Villa elaborada por Raúl Miranda y Ernesto Román, Centro de Documentación de la Cineteca Nacional. En los albores de los años 2000 y de la primera década del nuevo milenio, la figura de Villa fue representada en por lo menos 11 materiales audiovisuales, tal y como se muestra en la gráfica anterior. De entre esas cintas, destacan: Los rollos perdidos de Pancho Villa (Gregorio Rocha, 2003, documental); Pancho Villa / La revolución no ha terminado (Francisco Taboda, 2004, documental); y Chico Grande (Felipe Cazals, 2010), cinta de ficción que formó parte de las producciones conmemorativas por el Centenario de la Revolución Mexicana.
Finalmente, cabe mencionar que el consumo cultural y audiovisual se vio enriquecido con la inauguración de una nueva forma de producción: las series de televisión, y las denominadas “biopics” de varios episodios dedicados a la vida de personajes históricos, las cuales hasta la fecha han mostrado ser de gran interés para los espectadores contemporáneos. En ese tenor, la presencia de Villa puede considerarse en proceso de renovación y “re-exploración”, con lo cual se tiene asegurada, en cierta manera, la continuidad de la leyenda del Centauro del Norte.
Para saber más
De los Reyes, Aurelio, Con Villa en México. Testimonios sobre camarógrafos norteamericanos en la revolución, 1911-1916, México, UNAM, 1985.
Hueso, Ángel Luis, “La biografía o el papel de los grandes personajes en el cine”, en Gloria Camarero, Beatriz de las Heras y Vanessa de Cruz (editoras), Una ventana indiscreta la historia desde el cine, Madrid, Ediciones JC, Universidad Carlos III de Madrid, Instituto de Cultura y Tecnología, 2008.
Katz, Friedrich, Pancho Villa, México, Era, 1988, 2 vol.
Para consultar el listado completo de la filmografía sobre Francisco Villa elaborado por Raúl Miranda y Ernesto Román del Centro de Documentación de la Cineteca Nacional, escribe un correo a rmiranda@cinetecanacional.net.
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Villa y Obregón: juntos, pero no revueltos

Una vez alcanzado el acuerdo que pacificaba a las tropas rebeldes de Pancho Villa, allá por julio de 1920, cuando Álvaro Obregón afianzaba su trayecto hacia la ocupación del cargo presidencial al transcurrir el interinato de Adolfo de la Huerta, jefe formal del triunfante Plan de Agua Prieta, comenzó a circular entre las manos del pueblo llano, pero también de la clase intelectual, un panfleto que contenía un corrido con vibrante matiz político. Firmado por José Guerrero, llevaba por título “Las esperanzas de la patria por la rendición de Villa” y nos permitía percibir el ambiente en torno al proceso que alejó de la lucha a uno de los más emblemáticos protagonistas de lo que se denomina genéricamente como la Revolución mexicana.
El largo ensamble de cuartetos rimados, fuente de elocuencia popular, se abría con un sintomático refrán: “¡Qué chico se me hace el mar para hacer un buche de agua!”, que destilaba optimismo. Con originalidad y maestría, el cantor vivencial se congratulaba por el paso de Villa a la vida civil y con el próximo encumbramiento de Obregón, general invicto de la lucha armada, al más alto puesto de la nación. Una vez que los caudillos se habían supuestamente reconciliado y que su otrora jefe, posteriormente enemigo común, don Venustiano, se hallaba tres metros bajo tierra, el corrido prometía paz en el horizonte, tras los amargos tragos de una década de sangre derramada. Cabe recordar que las relaciones entre ambos contendientes del proceso revolucionario contaban con antecedentes, por cierto, no muy amigables.
Como se sabe, cuando Carranza convocó en 1913 a la lucha contra el usurpador Victoriano Huerta, la formación del Ejército Constitucionalista se dividió en varios ejes. Dos de ellos, quizá los más importantes, quedaron bajo la égida de los protagonistas aquí abordados. Por el lado noroeste del territorio nacional, Obregón mostró pruebas de un liderazgo innato, además de eficientes aptitudes en menesteres estratégicos de la guerra. Mientras que, en el norte, al mando de Villa, se formó la división más numerosa, misma que encaró las batallas fundamentales que finiquitaron al ejército federal huertista y abrieron camino a la victoria de la legalidad expresada en el Plan de Guadalupe. Uno y otro lucharon por la misma causa, pero no pudieron permanecer alejados de las desavenencias.
En una serie de fotografías, donde posan juntos, fechada el 27 de agosto de 1914, se encuentran acompañados por John Pershing, quien después encabezaría la famosa expedición punitiva contra el guerrillero duranguense. Para ese momento las relaciones entre los jefes constitucionalistas aparentaban ser cordiales, situación que se reflejaba al mostrarse sonrientes ante la cámara, a pesar de que traían entre manos un asunto por demás complicado, como lo era negociar con el lado estadounidense.

Francisco Serrano, Álvaro Obregón, Francisco Villa y John J. Pershing, 1914. Colección: Elmer y Diane Powell, Biblioteca DeGolyer, Universidad Metodista del Sur de Estados Unidos. Fotografía tomada de: https://digitalcollections.smu.edu/ Empero, la escisión revolucionaria se sentía en el ambiente. En Sonora estallaba por entonces una parte compleja del conflicto. Con posturas enfrentadas, José María Maytorena y Plutarco Elías Calles disputaban la hegemonía estatal. Nuestros referidos se hicieron mediadores. Las promesas insatisfechas, entre las que se incluía mitigar la situación entre las fuerzas revolucionarias que no lograban controlar el territorio, los pusieron cara a cara y el antagonismo surgió. Obregón actuaba de forma sospechosa, culpando a sus subordinados de desobedecer sus órdenes. El incumplimiento de la palabra ofrecida y la falsedad enojaban en exceso al general en jefe de la División del Norte, al considerarlos traición insuperable, que debía ser satisfecha con la vida misma, por lo que decidió fusilar a aquel al que apodaba como “El perfumado”, quien entonces salvó la vida. Con seguridad, el futuro presidente no olvidó el altercado.
Al año siguiente, dispuestos de nuevo a la lucha, pero en bandos enfrentados, librarán las famosas batallas en El Bajío mexicano, donde la división norteña culminó su avasallante trayectoria, deshecha por la estrategia de su adversario. Obregón emergió triunfante, aunque la victoria no le supo a miel; frente al ánimo de la revancha cumplida, perdió su brazo derecho, evidente y despiadada derrota personal. Villa resultó abatido, pero no totalmente descalabrado y siguió con sus afanes guerrilleros, hasta que la vida volvió a colocarlos en la encrucijada de 1920, cuando ambos continuaron moviendo sus piezas, en un juego de poder en el que la ingenuidad estaba prohibida y que solamente terminaría con la eliminación categórica del antagonista. Tal y como sucedió.
El 17 de julio de 1920, en un telegrama que el principal biógrafo de Villa Friedrich Katz califica de mordaz, Obregón escribe al presidente provisional Adolfo de la Huerta cuál era su opinión respecto a los tratados que se estaban haciendo con quien llama sin más el “bandolero” Villa, a los que calificaría, en el caso de realizarse, como “el fracaso moral más grande para la actual administración”. Cuando el acuerdo se firmó, la exaltación del caudillo no fue para menos. Escribió a sus allegados Benjamín Hill y Francisco R. Serrano las siguientes palabras: “Soy de opinión que no hay ninguna autoridad por alta que sea su investidura, que tenga el derecho de celebrar con Villa un convenio que cancele su pasado y que incapacite a los tribunales de la actualidad y del futuro para exigirle responsabilidades”. Consideraba que era un desacato directo a la figura presidencial, ostentada entonces por De la Huerta. Pero las negociaciones se habían concretado, así que las posturas personales, como bien lo apunta el historiador austriaco, autor de esa monumental obra titulada en su versión en español sólo Pancho Villa, debían quedarse en lo privado, pues ir en contra de la corriente solamente podría generar conflictos que llenarían de obstáculos su camino hacia la primera magistratura.

El general Álvaro Obregón antes de perder el brazo derecho en un enfrentamiento con tropas villistas, 1915. Colección: Centro de Estudios de Historia de México Carso, Fundación Carlos Slim. Fotografía tomada de: https://memoricamexico.gob.mx/swb/memorica/Cedula?oId=quE1VHMBV3r9dX551WiK Y su talla de protagonista no era demeritada por el próximo hacendado y civil residente en Canutillo. Nuevamente recogida por Katz, veamos la carta que le escribió al entonces favorito para ocupar la presidencia, un día después de la firma en Sabinas, Coahuila:
Sin haberme nunca dirigido a usted porque un corazón como el mío siempre habla con franqueza, hoy lo hago para decirle que hasta hace muy pocos días todavía existía en mi corazón el ser su enemigo personal, pero como también hace pocos días tuve conocimiento de que Raúl Madero traía algún negocio de usted para conmigo, he cambiado completamente de opinión queriéndome convertir en amigo de usted y aún cuando no sé si usted se avergüence de serlo mío, mi deber como buen patriota es conciliarme con todos para retirarme a la vida privada sin estorbarles en absoluto en nada, pues el insignificante prestigio de que yo gozó en la República quiero entregarlo a ustedes, porque el hombre que ama a su Patria y a su Raza debe probarlo con hechos. […] Si usted se avergüenza de ser mi amigo porque yo no valgo nada, espero que sea tan bondadoso para decirme “no quiero ser su amigo”. Un hermano de su raza que le habla con el corazón.
Misiva desprendida de vanidad y egoísmo, que testimonia quizá el último rasgo de sinceridad en una relación que a partir de entonces estará inmersa en el recurso más utilizado en la práctica política mexicana: la simulación. Para prueba, la respuesta de Obregón, quien tardó dos meses en enviarla:
Me había abstenido de contestar sus dos cartas anteriores, porque dudaba de la sinceridad con que usted proponía deponer las armas para dedicarse en lo absoluto a una vida de trabajo, y hasta creí que el gobierno obraba con ingenuidad en este caso; pero ahora que los hechos demuestran su firme resolución de retirarse por completo de toda actuación militar y política desoyendo las voces insidiosas de muchos hombres que han querido, a la sombra de usted, obtener ventajas personales, he querido escribirle estos renglones para expresarle con toda claridad que puede usted estar seguro de que al verificarse el cambio de gobierno, el día primero de diciembre próximo [era 29 de septiembre] usted continuará gozando de todas las garantías que el actual gobierno provisional le ha otorgado, y hacerle presente mi felicitación por el deseo francamente manifestado por usted de sacrificar todo lo que sea necesario en beneficio de la tranquilidad nacional.
En efecto, una vez con los hilos de la administración nacional, Villa no fue hostigado directamente por el presidente; por el contrario, la ayuda para sus empresas y para su seguridad fue supervisada directamente desde el despacho del Ejecutivo quien, con sumo colmillo político, no concedió ni un ápice de libertad al que consideró siempre su rival más peligroso, pues a pesar de los términos plasmados en la correspondencia que intercambiaron, nunca dejaron de ser “enemigos íntimos”, por llamarlo de algún modo.
Los comunicados, siempre dirigidos con gran respeto, comenzaron con Obregón apenas sentándose en la silla. Para el día 7 de diciembre, Villa solicitaba ayuda presidencial para que los ingenieros que estaban destacados en Durango continuaran con los trabajos de mensura y fraccionamiento de tierra en el proyecto de colonias agrícolas que dirigía. La respuesta fue inmediata y positiva.
El 18 de mayo de 1921, Eugenio Martínez, quien fue el ejecutor directo del pacto en Sabinas y que había sido refrendado por Obregón al mando de los militares de la zona donde se encontraba Villa, le hacía saber al presidente los deseos del dueño de Canutillo para trasladarse a la capital duranguense a solucionar algunos asuntos sobre contribuciones, situación que le hacía necesario utilizar una plataforma para trasladar carros y escolta. El permiso se solicitaba para que no se fuera a pensar que se trataba de algún movimiento subversivo contra las autoridades establecidas. Obregón confió y concedió su anuencia sin mayor premura.
Dos meses después, el apoyo presidencial ponía las cosas en claro con diligencia ejecutiva. Los impuestos que debía el gobierno sobre la hacienda de Villa fueron pagados en su totalidad, por lo que la propiedad ya quedaba libre de cualquier problema. La respuesta no podía ser más explícita, Obregón mostraba confianza y esperaba reciprocidad.
Para consolidar el sentimiento mutuo, en una carta desaparecida pero que es citada en su respuesta, Villa se ofreció, el 31 de julio siguiente, para apoyar al presidente en caso de una intervención extranjera, poniendo en peligro su vida para ayudar a la patria. El 22 de agosto Obregón respondió al noble ofrecimiento, conminando al valeroso ciudadano a continuar con su labor agrícola, en la que le deseaba el éxito “más completo”.

El general Francisco Villa con amigos en su rancho de Durango, ca. 1921. Colección: Elmer y Diane Powell, Biblioteca DeGolyer, Universidad Metodista del Sur de Estados Unidos. Fotografía tomada de: https://digitalcollections.smu.edu/ Lo interesante para el momento en que se cruzaba esta correspondencia, es que en Canutillo las cosas no estaban enteramente perfectas. Hacia finales de agosto parecía que la paciencia había llegado a su estado máximo. Casi se cumplían doce meses del licenciamiento definitivo de las tropas. Entre las condiciones de la entrega de armas se había acordado pagar un año de haberes a los rebeldes licenciados. El incumplimiento de esta cláusula debió generar incertidumbre. Sin embargo, es raro que no se mencione nada en las cartas entre Villa y Obregón. Puede pensarse que la ausencia de reclamo alguno se trataría de una prueba que Villa le estaba poniendo al presidente para demostrar su lealtad y su cumplimiento de la palabra empeñada. Pero Obregón era sumamente perspicaz y pudo ser lo contrario, que el tanteado fuera el caudillo duranguense.
El seguimiento del asunto se puede rastrear en el expediente personal de Francisco Villa ubicado en el Archivo de la Secretaría de la Defensa Nacional. En ese valioso material se percibe la prontitud con que fue tomado el particular por la oficina de Hacienda, por órdenes directas del presidente. La situación permite conjeturar diversos escenarios. Había pasado casi un año y, como se dijo líneas atrás, no se registraba entre ellos ningún comentario al respecto. Solamente hasta que estaba cerca de cumplirse ese plazo, por nadie impuesto ni acordado, fue cuando las aguas se arremolinaron.
El descontento que provocaría una incidencia como la referida resultaría en una crisis que podría ser aprovechada por Villa para levantarse legítimamente contra el gobierno que incumplía el pacto. La diligencia con que fue solucionado el incidente, por parte del Ejecutivo, habla de la relevancia que constituía. Sin ninguna dilación se hicieron llegar los casi 50 000 pesos requeridos, que coincidían con el tamaño del famoso cañonazo que nadie podía resistir.
Lo cierto es que Villa, más allá de esta cuestión, se ocupó de mantener informado al presidente de algunas de sus acciones, pero no podía mantenerse alejado de las intrigas que pudieran surgir para enconar las relaciones entre ellos. Así se desprende de la misiva del 24 de mayo de 1922, en la que el revolucionario retirado anexa una noticia aparecida en el periódico El Heraldo de Durango, cuyo encabezado rezaba así: “Villa mandará encerrados en un ataúd a los espías que le mande el presidente Obregón”. Absteniéndose de hacer cualquier comentario, pues la nota decía mucho, conminaba al presidente a reflexionar sobre la veracidad del artículo en el que se denotaba, según sus propias palabras, “[…] la falsedad y la mala intención y sólo deseo que Ud. se informe de ella, ya que la confianza que mutuamente nos dispensamos está fuera de toda duda”.
La respuesta se elaboró el 8 de junio siguiente. Sus términos eran claros. Lo aparecido en el diario duranguense no era para Obregón más que una “[…] ingrata labor que vienen desarrollando los despechados enemigos de la Revolución”. Le aseguraba a su sincero amigo que esos “[…] gritos destemplados de los eternos enemigos de nuestro pueblo, no causan en mi ánimo la menor impresión”. Finalizando así: “La actitud de usted ha exasperado en su grado máximo a la Reacción, porque es el mejor mentís a todos los epítetos deprimentes que ella ha lanzado a su personalidad, y de allí parten todas esas manifestaciones de despecho; y mientras más convencidos estén los hombres de la Reacción de su fracaso, más destemplados y agrios serán sus gritos y ataques”. Quedaron en el papel estas pruebas de confianza mutua; lo que no se sabe es qué transitaba por sus corazones… realmente.
Para acrecentar ese sentimiento compartido, merece citarse un mensaje en clave, de fecha 4 de septiembre de 1922, resguardado en el Archivo General de la Nación, que presenta descifrado otro estudioso villista, Rubén Osorio, en la recopilación de la correspondencia de Francisco Villa que editó hace años. El telegrama dice así (en altas lo cifrado):
Con toda atención suplícole COMO AMIGO NO HACER NINGÚN PRÉSTAMO A MI HERMANO HIPÓLITO en caso de que lo solicite pues debemos de comprender las EXIGENCIAS QUE TIENE EL GOBIERNO. Por otra parte deseo antes que todo como se lo he expresado a usted en anteriores ocasiones que en cuestiones de CUENTAS NO MEDIEN AMISTADES Y QUE RINDA CUENTA DE SUS COMPROMISOS como los demás. Salúdalo respetuosamente.
Testimonio fehaciente de que las relaciones entre ellos no deberían interponer influencias externas, ni exponer aspectos familiares. Al otro día se remitió la toma de nota debida, en su correspondiente clave.
El último intercambio epistolar detectado entre ellos, más que presentar agradecimientos por los apoyos, se refiere a un asunto que ponía en peligro la seguridad de Villa y que lo había involucrado en una serie de desencuentros con un familiar relacionado a un par de sus antiguos mandos de la División del Norte, los hermanos Herrera, Luis y Maclovio, quienes terminaron enemistados a muerte con el “Centauro del norte”. Resultaba que la señorita Dolores Herrera había escrito a Obregón en varias ocasiones advirtiéndole sobre el peligro que significaba para su familia que Villa estuviera libre. Le preocupaba que las represalias se dirigieran sobre su hermano Jesús y le suplicaba su intervención. Dos semanas después, exactamente el 17 de marzo de 1923, Villa presentó ante los Senadores un escrito en el que acusaba directamente a Jesús Herrera de seducir a sus enemigos con dinero para asesinarlo. Acudía a esta instancia para legitimar su probable respuesta ante tales amenazas. Pero también se lo comentaba al presidente Obregón, en misiva que le mandó, mecano escrita y con el membrete de la Hacienda de Canutillo que, cabe decirlo, ostentaba una imagen de la justicia, cargando la balanza y la espada, pero con los ojos descubiertos, el 18 de abril siguiente. En ella le decía:
[…] deberá figurarse, Sr. Presidente, conociendo como conoce mi carácter, los sacrificios que he hecho para soportar con toda prudencia las grandes inconsecuencias y faltas de Herrera, debiendo advertirle con toda atención Sr. Presidente, que he obrado así por el respeto y estimación que tengo de Uds. y espero pues que como amigo busque Ud. la manera de poner término a este asunto que pongo en sus manos debiendo de hacerle la aclaración, Sr. Presidente, de que Herrera, hace ya como un mes aproximadamente que constantemente me está lastimando y ofendiendo en mi amor propio en la prensa de Torreón.
Cuatro semanas después, Obregón contestó en términos que solamente daban largas al asunto, lo que debió exasperar a Villa en extremo. Disculpándose por responder con tanto atraso, pretextando exceso de trabajo, el mandatario le comunicaba su pena por los incidentes con Herrera y le prometía dar toda la atención al asunto, buscando una manera discreta para que esos trastornos no se repitieran. Estimaba en demasía la prudencia seguida por Villa, quien se había abstenido de replicar públicamente las recriminaciones a su persona, comportamiento que allanaba el camino que habría de tomar el Ejecutivo, reiteradamente reservado, para impedir nuevas discrepancias. Se despedía con la misma fórmula de afecto. Puede conjeturarse que la respuesta no satisfizo del todo al antiguo jefe de la División del Norte. No se registran más comunicaciones entre ellos.
Al mes siguiente, en una emboscada en Hidalgo del Parral, Chihuahua, murió asesinado Francisco Villa. Los indicios muestran que en su ejecución estuvieron implicados personajes de la alta cúpula del gobierno obregonista, aun a sabiendas del propio presidente quien, como se percibe en la última misiva, ya no estaba muy contento con el antiguo general revolucionario.
Muchos años después, en una misiva particular de Faustino Partida Aranda, quien fungió como chofer de una amiga de María Tapia, esposa de Obregón, allá por 1927, relata haber escuchado en una tertulia celebrada en esos años en Ciudad Obregón, Sonora, la anécdota de que el general Obregón, en los momentos más álgidos del rompimiento entre los revolucionarios, había expresado ante algunos de sus partidarios que, si tuviera la oportunidad, se orinaría “sobre la calavera de Pancho Villa”. La carta particular, de 1984, dirigida a Víctor Ceja Reyes, autor de un artículo sobre la desaparición del cráneo de Villa, no aclara los nombres de quienes habrían presentado ante el presidente el vestigio óseo del guerrillero desenterrado en 1926, pero destaca la actitud del “Manco de Celaya”, quien se habría sentido sumamente ofendido al ser considerado capaz de perpetrar “semejante infamia”. Lo cierto es que las relaciones entre estos protagonistas de la historia mexicana merecen una amplia reflexión que se encargue de dilucidar los hechos, más allá de odios, traiciones y leyendas.
Cerremos el círculo haciendo alusión a la canción popular mencionada al principio. Era un corrido netamente anti villista, en el que el triunfador de la Revolución, Álvaro Obregón, se proyectaba como el artífice de los buenos tiempos por venir, pero que dejaba implícita la significación que Villa tuvo en ese proceso. El mensaje no se quedó en el simple panfleto. Se recogió en un libro coordinado por el Dr. Atl y llegó a las manos de uno de los ejecutores de las políticas públicas de gobierno que mejores resultados arrojó en su implementación: Diego Rivera, quien plasmó en la cartela que remata sus murales en el edificio de la Secretaría de Educación Pública, obra del gobierno obregonista, varios cuartetos de esa composición. En ningún lado aludió el pintor dónde había obtenido los versos que rematan sus paredes al fresco. Y como muchos símbolos ocultos, de los que está llena su creación plástica, dejó encriptados los nombres de Villa y Obregón, sin mencionarlos, como si la esperanza que despertó la reconciliación en aquellos lejanos años 20 tuviera que estar velada y se presentara como un secreto que nos toca a los mexicanos resolver. Lo enigmático es que residiría simplemente en edificar una patria en la que la justicia por la que lucharon aquellos hombres se vuelva realidad. Para nuestra mala fortuna, después de tantos años, el secreto sigue oculto.
Para saber más
Guerrero, José, “La esperanza de la patria por la rendición de Villa” en Dr. Atl [Gerardo Murillo], Las artes populares en México, México, Editorial Cvltura, 1922, Volumen II, p. 140-142.
Katz, Friedrich, Pancho Villa, México, Era, 1998, 2 vol.
Silva, Carlos (coordinador), Álvaro Obregón. Ranchero, caudillo, empresario y político, México, Ediciones Cal y Arena, 2020.
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De armas tomar. Mujeres villistas

¿Qué imágenes vienen a su mente cuando escucha Revolución mexicana?, las de los caudillos: Francisco Villa, Emiliano Zapata, Álvaro Obregón, o piensa en los líderes civiles: Francisco I. Madero, Venustiano Carranza, o tal vez visualiza a la “bola”, a ese enorme grupo de personas anónimas detrás de los caudillos, en los campos de batalla o arremolinados en los trenes, los llamados “soldados de a pie”, los “juanes”.
Acerca de los líderes revolucionarios se han escrito miles de páginas por medio de las cuales conocemos su personalidad, objetivos, estrategias y la gente cercana alrededor suyo; también se han escrito innumerables textos sobre las distintas etapas de la revolución, sus grandes batallas, los triunfos y derrotas, pero ¿y las mujeres? ¿dónde quedó esa mitad de la población acompañante de sus maridos, padres, amantes, hermanos, hermanas, madres o hijas de los combatientes?
Escribir la historia de las mujeres en la revolución iniciada en 1910 ha sido labor de algunas historiadoras dedicadas gran parte de su vida a la investigación para lograr reconstruir sus vidas y visibilizarlas. Por ello sabemos hoy quiénes fueron algunas de ellas: coronelas, soldadesca, cocineras, enfermeras, espías, acompañantes o sólo personas que atestiguaron el trajín de la guerra. Incluso, gracias a investigaciones profundas, conocemos cuáles eran las características de su desempeño de acuerdo con la facción revolucionaria a la pertenecían. Esa tenaz historiografía permite conocer una muestra del universo de la participación femenina en la revolución, pero miles de ellas quedarán siempre en el anonimato.

Tropas villistas en Guadalupe, Hugo Brehme, ca. 1914. Colección: Fototeca Nacional, INAH. Fotografía tomada de aquí: https://mediateca.inah.gob.mx El nacionalismo revolucionario destacó las imágenes de “adelitas”, ya sea a bordo de un tren, o en largas filas de féminas de todas las edades caminando a los costados de la tropa a caballo, arropadas sólo por su rebozo y con el bulto amarrado en su espalda con la preciada carga de su hijo o hija o lo que necesitaban para sobrevivir.
Otras postales muestran a conjuntos de mujeres trepadas arriba del carro del ferrocarril y, las más afortunadas, dentro del mismo, convirtiéndolo en su casa errante mientras se trasladaban de un lado a otro.
Cuanto más se estudia la participación de las mujeres en los procesos revolucionarios más se descubren los diversos motivos de su presencia.
Algunas personas suelen pensar en las mujeres como si todas hubieran sido “adelitas” que fueron a la revolución detrás de un hombre porque sin él eran nada. Sí, sin duda muchas decidieron, o no tuvieron otra opción más que irse con su marido, pareja, padre, hermanos o hijos, pero generalizar esa idea es simplificar las intenciones y voluntad de las personas. ¿Por qué no dar un golpe de timón a las visiones maniqueas o románticas, y pensar en mujeres que, en medio de una guerra, sin poder salir de casa o asediadas por cientos de hombres debieron mostrar agallas, valor, inteligencia, sagacidad, para enfrentar la realidad que las envolvía?
Por eso, la historia de las mujeres destaca su participación activa en todas las etapas del proceso revolucionario, no sólo como soldaderas, por ejemplo, las maestras normalistas expresaron su inconformidad y oposición al régimen antes del inicio de la lucha armada. En 1901 la maestra Juana Belén Gutiérrez de Mendoza fundó la revista Vésper, donde denunció las injusticias del régimen porfirista, lo cual fue muy celebrado en Regeneración con las siguientes palabras:
Ahora que muchos hombres flaquean y por cobardía se retiran de la lucha por considerarse sin fuerza para el combate encaminado a la reivindicación de nuestras libertades; ahora que muchos hombres sin vigor retroceden espantados ante el fantasma de la tiranía y llenos de terror abandonan la bandera liberal para evitarse las fatigas de una lucha noble y levantada, aparece la mujer, animosa y valiente, dispuesta a luchar por nuestros principios, que la debilidad de muchos hombres ha permitido que se les pisotee y se les escupa.
Las mujeres participaron en la lucha, unas con la pluma y otras con las armas. Otro ejemplo relevante, también en los primeros años del siglo, 1903, es el de, nuevamente, Juana Belén Gutiérrez de Mendoza y Elisa Acuña y Rossetti quienes publicaron en Vésper un texto titulado “A los mexicanos”, en el que cuestionaban la indiferencia ante la represión de la dictadura.
[…] ante la República acusamos al tirano que atropella y a los cobardes que se inclinan para que el atropello pase, aun cuando al hacerlo sea por sobre ellos mismos. Porque si sois incapaces de defender a vuestros conciudadanos, por eso lo hacemos nosotras, porque sois incapaces de defender vuestra libertad, por eso hemos venido a defenderla para nuestros hijos, para la posteridad, a quien no queremos legar sólo la mancha de vuestra ignominiosa cobardía. Porque no usáis de vuestros derechos, venimos a usar de los nuestros, para que al menos conste que no todo era abyección y servilismo en nuestra época.
Francisco I. Madero fue apoyado por grupos de mujeres organizadas, como las Hijas de Cuauhtémoc o el club femenil antirreeleccionista Hijas de la Revolución, que lo respaldaban en sus giras por el país haciendo labor de difusión y propaganda del antirreleeccionismo. El 9 de mayo de 1910 las integrantes de la Liga Anti-reeleccionista Josefa Ortiz de Domínguez lanzaron un exhorto a las mexicanas:
Nuestra historia guarda en sus doradas páginas, paisajes sublimes de hechos en que mujeres abnegadas han levantado el espíritu decaído de los insurgentes o de los reformadores… ¡El solo recuerdo de tantas heroínas conmueve nuestros corazones y estamos dispuestas a imitarlas…! Ha llegado la oportunidad compatriotas, de que dentro de nuestra esfera de acción tomemos parte en la lucha política. ¡Unámonos todas las que sentimos latir un corazón henchido de patriotismo! ¡la República llama a todos sus hijos para que la salven del caos!
Los ejemplos antes mencionados se refieren a la etapa previa a la lucha armada, pero a partir de noviembre de 1910 el contingente femenino adquirió otras características en cuanto a origen socioeconómico y a las labores que tuvieron que desempeñar. Las funciones que realizaban eran distintas según el ejército al que pertenecían, estaban más o menos limitadas a realizar determinadas actividades de acuerdo con las directrices que marcaban los líderes. No pretendo explicar aquí esas diferencias, simplemente quiero mencionarlo para que se tenga presente que no era lo mismo ser una mujer en las campañas zapatistas que en las obregonistas, o en el ejército federal que en la División del Norte.

Francisco I. Madero reunido con integrantes del Club Femenil Antirreeleccionista “Hijas de Cuauhtémoc”, ca. 1911. Colección: Casasola, Fototeca Nacional, INAH. Imagen tomada de: http://mediateca.inah.gob.mx Las mujeres villistas
Francisco Villa estaba en Estados Unidos cuando ocurrió el cuartelazo de 1913, se había refugiado ahí luego de fugarse de la prisión de Tlatelolco, en Ciudad de México. Apenas dos semanas después de que Huerta inició la traición al presidente Madero, Villa cruzó la frontera acompañado por menos de una decena de hombres. Recorriendo rancherías y pueblos fue sumando simpatizantes y poco a poco logró dar forma a un ejército numeroso. Meses después, en septiembre, ese grupo tomó el nombre de División del Norte.
Al villismo se adhirieron rancheros, cuidadores de ganado, peones, trabajadores de empresas agrícolas, entre otros. Inicialmente se admitieron mujeres en el ejército villista, pero luego se trató de impedir su presencia por considerarlas un potencial obstáculo para la óptima movilización de las tropas.
Villa buscaba la mayor eficiencia posible de su ejército e implementaba medidas tales como una mejor movilidad de la tropa y un sistema de abastecimiento más eficaz, además consideraba que en su ejército moderno todos los puestos de línea y del estado mayor debían ser ocupados por hombres. Sin embargo, hubo oposición de algunos soldados y eso echó para atrás el propósito de Villa, de tal suerte que la presencia de mujeres llegó a ser muy numerosa.

Retrato de Valentina Ramírez, revolucionaria de Sinaloa, ca. 1914. Colección: Fototeca Nacional, INAH. Fotografía tomada de aquí: https://mediateca.inah.gob.mx Además de las labores “comunes” desempeñadas por las mujeres en este proceso bélico, tales como conseguir y preparar alimentos o fungir como enfermeras, también contribuyeron al movimiento villista como espías, contrabandistas de armas, correo, soldaderas, inclusive algunas obtuvieron grados militares.
Reconstruir la historia de tantas personas muertas en el campo de batalla sin dejar rastro alguno o de sobrevivientes de la guerra perdidas en el anonimato, ha sido una labor compleja. El libro Las mujeres en la Revolución mexicana, publicado por el INEHRM en 1992, contiene un apartado titulado “Con Villa también estuvieron las mujeres”, en él se hace referencia a algunas mujeres participantes en la lucha villista y del cual tomo los siguientes datos:
- Cristina Baca viuda de Fusco. Prestó sus servicios como enfermera a la División del Norte; de 1913 a 1916 estuvo a cargo del Hospital de Sangre Abraham González, en la ciudad de Chihuahua y aportó dinero para que no se dejara de atender.
- María Guadalupe Cortina de Labastida. Enfermera en los hospitales de sangres y en los servicios sanitarios. Atendía a los heridos en combate
- Mariana Gómez Gutiérrez. Profesora. Estuvo activa desde 1910, cuando se sumó a la revolución maderista para combatir el gobierno de Díaz. Al presentarla a su ejército, Villa dijo “ella escribirá la historia de nuestras batallas y de nuestra causa; será como una hija para los hombres ya viejos y el resto la tratará como su hermana y profesora”. Participó en la toma de Ojinaga, al frente de las tropas villistas, en diciembre de 1913.
- Mariana Villaseñor. Tuvo actividad en diferentes combates, en 1914, por lo que se le otorgó el grado de coronel.
- Aurora Ursúa de Escobar. Fue secretaria particular de Francisco I. Madero; luego fungió como agente de enlace entre Villa y Lucio Blanco, después entre Villa y Zapata. El Centauro le otorgó el grado de coronel de la División del Norte.
- Elisa Griensen Zambrano. A la edad de 13 años organizó a un grupo de alumnos para convocar al pueblo de Hidalgo del Parral a combatir a las tropas estadounidenses que había entrado en territorio nacional en busca de Pancho Villa, en 1916. Ella fue la primera en disparar contra los soldados norteamericanos y todos los demás la secundaron lanzando piedras y disparando contra aquellos.
En La mujer en la Revolución mexicana: perfil histórico de algunas mujeres que participaron en acciones de armas en la Revolución mexicana de 1910, de Alicia Villaneda, se consignan datos biográficos y algunos testimonios de soldaderas villistas:
- Tomasa García. Estuvo bajo las órdenes de Pánfilo Natera en la toma de Zacatecas, también participó en la toma de Ciudad Juárez, de Torreón y de Gómez Palacio. Tomasa narró algunos de los deberes de las soldaderas “la soldadera tenía que montar a caballo y ser de arranque para ensillar su caballo. Cuando se lo mataban a uno pronto se echaba usted, mientras mataban a alguno para que pasara el caballo ensillado, con el lazo agarrarlo del pescuezo y a subirse al caballo de quien fuera. En veces montaba uno a pelo, agarrado de las crines…”
Aunque se ha discutido la actitud que tuvo Villa en algún momento, de ser renuente a tomar en cuenta a las mujeres por considerarlas “seres que debían ser amadas y protegidas”, durante su gestión como gobernador de Chihuahua el Centauro del Norte dio muestras de su compromiso social y promulgó un decreto sobre confiscación de bienes para así proteger a viudas y huérfanos de la revolución de 1910.La literatura también contribuye a conocer el perfil de otras mujeres del norte durante la revolución. Nellie Campobello, quien nació en Villa Ocampo, Durango, en 1900, fue la autora de la primera obra sobre la Revolución mexicana escrita por una mujer: Cartucho.

Retrato de la duranguense Nellie Campobello, Gilberto Martínez Solares, 1932. Colección: Carlos Monsiváis, Museo del Estanquillo. Fotografía tomada de aquí: http://museodelestanquillo.com/Ingenio/obra/la-duranguense-nellie-campobello/ María Francisca Luna Moya, su nombre real, fue una de tantas personas que presenciaron la crudeza de la guerra en Chihuahua y Durango. Su visión de los hechos siendo una adolescente quedó plasmada en Cartucho, donde se reúnen una serie de historias sobre personas y situaciones ocurridas en el contexto del villismo en Parral, Chihuahua. En una de sus narraciones, “Las mujeres del norte”, describe cómo las mujeres eran solidarias con los jóvenes soldados villistas quienes pasaban por ahí, los “cartuchos”:
—Ya vienen por el puente los changos.
—Madrecita –dijo Elías Acosta–, horita vengo, cuide que no se me enfríe mi caldo.
Su asistente les hizo a los changos el juego. Elías Acosta, escondido en el callejoncito, les hizo fuego; jamás le fallaba la puntería.
Volvieron a la casa de Chonita a buscar su caldo y su taza de atole.
Chonita les traía todo, corría, volaba; sabía que aquel hombre adornaba, por última vez, la mesa de su fonda.
—¿Cuánto le debo? –le dijo tímidamente–. Ya nos vamos, madrecita, porque vienen muchos changos.
—Nada, hijo, nada. Vete, que Dios te bendiga.
—Por allí se fueron –decía levantando su brazo prieto y calloso, Chonita, la madrecita de Elías Acosta y de tantos otros”.
¿Cuántas como Chonita habrán salvado el día de un soldado sirviéndoles un plato de caldo o un pocillo con atole? Ellas también combatieron desde su trinchera: peleando con una carabina al hombro, curando las heridas, sepultado a los muertos, obteniendo información útil para su ejército o alimentando al revolucionario hambriento y fatigado. Ellas también hicieron la revolución.
Para saber más:
Jaiven Ana Lau y Carmen Ramos (estudio preliminar y compilación), Mujeres y Revolución 1900-1917, México, SEGOB, INEHRM, CONACULTA, INAH, 1993.
Las mujeres en la Revolución Mexicana (1884-1920), México, INEHRM, 2020.
Rocha Islas, Martha Eva, Los rostros de la rebeldía. Veteranas de la Revolución Mexicana, 1910-1939, México, Secretaría de Cultura, INAH, INEHRM, México, 2016.
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Pancho Villa, estrella de cine

Por Izcoalt Ismael Guzmán Gómez
A Nora
El 2023 ha sido declarado como el año de “Francisco Villa, el revolucionario del pueblo”, lo que ha generado que se lleven a cabo algunas celebraciones conmemorativas, ponencias, publicaciones y diversas actividades en torno a Francisco Villa, el villismo y la revolución en el norte del país. El pasado 5 de junio se inauguró el Ciclo de cine Francisco Villa y la muestra fotográfica El jefe en el cine, productos del esfuerzo de la Secretaría de Cultura, la Cineteca Nacional, el Instituto Mexicano de Cinematografía (IMCINE), el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM), Aztlán Cultura, Memórica y la familia Villa.
El ciclo de cine se llevó a cabo en varias sedes: la Cineteca Nacional, el Centro Cultural del México Contemporáneo del SNTE y en la Casa de la Primera Imprenta de América de la UAM, y se conformó de las cintas Campanas rojas, de Sergéi Bondarchuk; Chicogrande y Ciudadano Buelna, de Felipe Cazals; ¡Vámonos con Pancho Villa!, de Fernando de Fuentes y Rompe el alba, de Isaac Artenstein. En cada proyección se contó con la participación de ponentes especializados con el propósito de contextualizar las cintas y reflexionar sobre la figura de Francisco Villa.

Villa en la Cineteca Nacional. Fotografía: Twitter @INEHRM. Por su parte, la muestra fotográfica El jefe en el cine se exhibe en la Cineteca Nacional hasta agosto de 2023 y presenta algunas de las cintas más emblemáticas en torno a la figura del Centauro del Norte, como La muerte de Pancho Villa, de Mario Hernández; Reed. México insurgente, de Paul Leduc; y la ya mencionada ¡Vámonos con Pancho Villa!, de Fernando de Fuentes, adaptación de la novela homónima de Rafael F. Muñoz. La muestra también retoma la llegada de Villa a la pantalla chica con las telenovelas (que comenzaron a realizarse con temática histórica en la década de los años sesenta) y rescata el papel actoral de sus hijos, Celia Villa y Trinidad Villa, que lograron incursionar en la industria cinematográfica y consolidar una notable carrera en el medio.
La muestra fotográfica deja claro las dos etapas en las que el revolucionario se ha relacionado con las cámaras. La primera corresponde a Pancho Villa y su historia con el cine a partir de su asociación con la Mutual Film Corporation para filmar sus batallas (1914). La segunda etapa corresponde al cine en la historia de Pancho Villa y tiene que ver con las diversas interpretaciones y adaptaciones que sobre su figura surgieron después de su muerte (1923). Este último enfoque se enriquece de la llamada “leyenda épica” del revolucionario, pues su intención no es ahondar en el Francisco Villa producto de la investigación historiografía sino en el mito, el símbolo, que cada director ha construido a través de su personalidad, motivaciones e intereses. Un claro ejemplo es el Villa interpretado por el escritor chiapaneco Eraclio Zepeda en la película Reed. México Insurgente de Paul Leduc, que es, sin duda, el Pancho Villa más original y divertido de toda la filmografía villista.
La muestra permite al espectador ahondar en el contexto nacional e internacional en el que vivió Pancho Villa, indagar en su relación con la industria del cine norteamericano, conocer una selección cuidadosa de las películas que se realizaron tras su muerte y adentrarse en las carreras actorales de sus descendientes. Cabe anotar que cada uno de los films que componen la muestra están acompañados de varias fotografías y composiciones gráficas de sus personajes o escenas emblemáticas.
Hoy, Francisco Villa está más vivo que nunca: su nombre y su imagen se continúan enarbolando como símbolos de luchas sociales. Villa es inagotable. Prueba de su vigencia en los medios audiovisuales es la serie Pancho Villa: El Centauro del Norte, que actualmente se transmite por streaming.
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¿El caudillo de las cámaras?

La Revolución mexicana fue probablemente la más fotografiada del mundo. De los levantamientos sociales de su tipo es casi seguramente del que se conservan más fotografías y, sin duda alguna, el más estudiado. La fotografía hecha durante el apogeo de Pancho Villa (1913-1915) representa un parteaguas en la imaginería de esa lucha. Así, quizá no es simplemente una casualidad que sea el único jefe revolucionario que aparece en una fotografía con una cámara en sus manos. Villa empieza a entender el valor y la importancia de la imagen fotográfica en Ciudad Juárez el 26 de abril de 1911. Para una conferencia de prensa de Francisco I. Madero, frente a decenas de reporteros y fotógrafos, Villa cambió de vestimenta para proyectar una nueva imagen que lo diferenciara del resto de su tropa. Antes, llevaba un traje negro de ranchero y sombrero negro de charro, pero de esa fecha en adelante se vestía con un traje citadino y un sombrero americano beige (foto 1). Villa acabará poniéndose el uniforme diseñado por la Mutual Film Corporation, pero su proyección mediática como jefe revolucionario empezó en Juárez.

Foto 1. Pancho Villa, Ignacio Herrerías, Ciudad Juárez, 1911. Colección: Fondo Propiedad Artístico y Literaria I. Herrerías, Archivo General de la Nación. Los y las fotógrafas de la revolución
La fotografía de la revolución se produjo por una variedad de razones complejas y dialécticas. Con la economía hecha trizas, una cámara debió ofrecer varias maneras de ganarse la vida: ya fuera vendiendo fotos a los participantes de la guerra o imágenes sensacionalistas a publicaciones ilustradas, vinculándose a un caudillo o trabajando para una de las organizaciones que adquieren importancia especial en una guerra, como la Cruz Blanca Nacional.
A diferencia de los generales y políticos europeos, envueltos en una guerra mundial (1914-1918) que los llevó a imponer censura, todos los caudillos mexicanos entendían la necesidad de emplear los medios modernos para promover sus causas. Al mismo tiempo, su amor propio y su egolatría les impulsaba a tener fotógrafos a mano para documentar sus hazañas históricas. Por otro lado, los y las fotógrafas con una conciencia política veían la posibilidad de poner su arte al servicio de los principios en los cuales creían. Asimismo, en la medida en que la revolución se alargaba y se hacía más cruenta, la polarización de las fuerzas requería que se tomara partido, que se declarara de qué lado se estaba y a cuál caudillo o ideas servían. Además, las imágenes existentes apuntan hacia un cambio fundamental en la imaginería durante la revolución.
Existe una idea común de que fue la Agencia Casasola o los fotoperiodistas metropolitanos quienes cubrieron la lucha. Sin embargo, creo que podría argumentarse que los y las fotógrafas regionales, probablemente con sus estudios establecidos o itinerantes —que, cuando podían, vendían sus imágenes a publicaciones locales y nacionales—, fueron el grupo que realmente fotografió la revolución, particularmente cuando se ligaban a una u otra facción. En general, las revistas ilustradas de la ciudad de México obtenían sus imágenes fuera de la metrópoli de fotógrafos a los que llamaban “corresponsales”, que seguramente eran dueños de estudios en sus regiones. Los y las creadoras de imágenes que parecen más conectados con las fuerzas revolucionarias procedían de esa situación: los Hermanos Cachú de Michoacán y Eulalio Robles de Zacatecas eran villistas; Jesús Abitia de Hermosillo, Sonora, era “el fotógrafo Constitucionalista”; Amando Salmerón de Chilapa, Guerrero y Cruz Sánchez de Yautepec, Morelos, eran zapatistas; Hernández de Puebla quizá era el fotógrafo de Domingo Arenas de Tlaxcala; Ignacio Medrano Chávez (“El Gran Lente”) de Chihuahua fue orozquista; y la única mujer que fotografió extensamente la revolución, Sara Castrejón de Teloloapan, Guerrero, demostró un compromiso tanto a Francisco I. Madero y Jesús Salgado como a la representación de la participación activa de su género en la lucha.
En la medida en que avanzaba la guerra, los fotógrafos salieron de sus estudios y empezaron a desaparecer las fotos rígidamente posadas tan características de los primeros años. Dentro de sus posibilidades, adoptaban cámaras de formato medio (5 x 7) (o más chicas de 4 x 5) cuya portabilidad les permitía moverse con facilidad y captar escenas derivadas del uso extendido de los aparatos ligeros e instantáneos. Tanto las nuevas cámaras como los equipos y materiales fotográficos deben de haber entrado en el país como ingresaron las armas, municiones, uniformes y suministros. La omnipresencia cotidiana de las cámaras —tan ubicuas como las otras armas— crea una conciencia sobre estás que resulta en la construcción de narrativas de los que las portan. Las imágenes se vuelvan más espontáneas y algunos fotógrafos captan escenas de batalla con una estética tan moderna que no volverá a aparecer sino hasta la Guerra Civil Española (1936-1939). Por ejemplo, la foto de unos villistas avanzando hacia posiciones federales en la toma de Zacatecas durante junio de 1914 podría ser una de las contadas imágenes de combate en la revolución (foto 2).

Foto 2. Villistas avanzando sobre Zacatecas, Louis Hugelmann, 1914. Colección: Fondo Casasola, Fototeca Nacional, INAH. Fotografía tomada de: https://mediateca.inah.gob.mx Los fotógrafos villistas
Eulalio Robles participó desde el principio en la lucha contra el porfiriato y en las batallas de Zacatecas en 1913 y 1914. Sus imágenes pudieron haber proporcionado información militar para los revolucionarios. Fotos del ejército huertista en Zacatecas que documentaban su distribución geográfica, su condición, la ubicación y las características de la artillería, parece que influyeron en la estrategia para el ataque villista. Ya que otros fotógrafos villistas, los hermanos Cachú, también pudieron haber llevado a cabo espionaje, es una cuestión importante y todavía sin investigación. Asimismo, Robles contribuyó a construir una visión favorable hacia Villa, sobre todo al cubrir las actividades del general, Pánfilo Natera, como “corresponsal” para la revista nacional, Novedades. Una foto de Robles que se publicó allí fue una de las pocas anti-huertistas en ser impresa en la prensa metropolitana durante la dictadura de Victoriano Huerta. Titulada, Ysabel Rodríguez, notable tirador revolucionario, representó al combatiente villista con “El Esmeril”, un arma de fuego de apariencia pintoresca, pero “de gran importancia”, según la revista (foto 3).

Foto 3. Soldado revolucionario disparando con arma “el esmeril”, Eulalio Robles, Zacatecas, 1913. Colección: Fondo Casasola, Fototeca Nacional, INAH. Fotografía tomada de: https://mediateca.inah.gob.mx Fotógrafos y teatreros itinerantes, los hermanos Juan y Antonio Cachú empezaron a documentar la revolución al hacer imágenes de los ahorcados en Michoacán a petición de sus familiares durante el “Año de los colgados”, 1913. Quizá fue el empujón de la represión huertista como el jalón de sus ideales lo que les hizo incorporarse a la División del Norte a finales de ese año. Evidentemente fueron villistas de hueso colorado, aunque el hecho de reconstruir la historia de los Cachú y sus compromisos demuestra la complejidad de historiar la fotografía de la revolución con los “supervivientes”. Por ejemplo, su vínculo con el villismo queda claro en el Fon[1]do Familia Cachú de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, porque hay numerosas imágenes del vagón personal de Villa, aunque no hay ninguna del líder. Sin embargo, las fotos en el archivo de Televisa dan otra impresión y parece que Juan se juntó con los constitucionalistas después de su captura en 1916, porque en esa colección se encuentran fotos de miembros de tropas de ese ejército y de la Casa del Obrero Mundial, una organización vinculada a Álvaro Obregón.
De todas maneras, los Cachú se unieron voluntariamente a la División del Norte en 1913. Tomaron fotos y, además, atendieron a los heridos y enfermos desvalidos. El hecho de ser teatreros fue fundamental para permitir su circulación porque podían salir y entrar a los pueblos, con ayuda de los salvoconductos que hacían sus amigos. En sus recorridos llevaban siempre un mensaje a favor del villismo en las diferentes poblaciones que visitaron. Parece que sirvieron en 1914 a las fuerzas del revolucionario agrarista, General Alberto Carrera Torres, porque hicieron, por lo menos, dos fotografías de un ejecutado, el General José Pérez Castro (foto 4).

Foto 4. José Pérez Castro fusilado en León, Guanajuato, por Alberto Carrera Torres, Hermanos Cachú, 1914. Colección: Fondo Familia Cachú, Archivo Histórico Universitario de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. En realidad, Pérez Castro fue un bandido que, como muchos que operaron durante la dictadura huertista, aprovechó la oportunidad de la situación caótica para saquear, violar y asesinar. Fue capturado por Carrera Torres en León, Guanajuato, y la foto fue una demostración del control del bandidaje por los revolucionarios. Lo que eleva esta foto más allá de un voyerismo banal de lo mórbido es lo que Roland Barthes ha descrito como el “punctum”: el dedo que apunta al rostro destruido. Los que iban a ser ejecutados tenían una obsesión de que no les dispararan a la cara. Así, los Cachú probablemente arreglaron el brazo y el dedo para que apuntara al rostro como una demostración de cómo se iba a tratar a los bandidos y contrarrevolucionarios.
Entre otros fotógrafos mexicanos que cubrieron el movimiento villista se encuentra Josephat Martínez, quien regresó a México de los Estados Unidos para documentar la Convención de Aguascalientes en 1914. Allí, hizo una foto de Villa montado a caballo que, según lo que contó Martínez a sus familiares, “agradó” al caudillo, quien le preguntó “si estaba de acuerdo con la remuneración recibida por su trabajo”.
Los íconos de Villa
La fama fotográfica de Villa se deriva, en gran parte, de dos iconos: el líder cabalgando y donde aparece sentando en la silla presidencial. Además, aunque todos los caudillos revolucionarios tenían una conciencia desarrollada de la importancia de los medios modernos, Villa sabía promoverse visualmente a un nivel internacional, quizá por su cercanía con la frontera y su comprensión de que la lucha se tenía que ganar no sólo en los campos mexicanos sino también ante el gobierno de Estados Unidos. Se ha afirmado que la leyenda de Villa empieza con la fotografía del centauro que parece compartir la fiereza de su caballo (foto 5). Este ícono nació gracias al contrato que Villa hizo con la compañía norteamericana Mutual Film Corporation, en enero de 1914, que otorgó a la empresa los derechos exclusivos para filmar sus batallas y ejecuciones a cambio de 25 000 dólares. En el momento en que John Davidson Wheelan tomó la imagen para la Mutual como una foto fija durante una filmación, Villa fue favorecido por el gobierno, los empresarios, la prensa y los intelectuales de Estados Unidos, quienes se habían que[1]dado impresionados por la disciplina que mantenía sobre su ejército; desde los periódicos reaccionarios de William Randolph Hearst hasta los periodistas izquierdistas como John Reed expresaron apoyo hacia su movimiento.

Foto 5. Villa a caballo, John Davidson Wheelan, La Mula, 1914. Colección: Fondo Casasola, Fototeca Nacional, INAH. Fotografía tomada de: https://mediateca.inah.gob.mx El ícono apareció primero cuando fue expuesto en una muestra de fotografías que acompañaba a la exhibición privada que fue la premiére del documental hecho por la Mutual Film Corporation, el 22 de enero de 1914. Poco después, fue difundida en la revista Leslie’s Illustrated Weekly Newspaper, donde señalaron que “Pancho Villa ha añadido un nuevo laurel a su corona de fama al tomar a los cineastas bajo su protección y hacerles parte de su ejército”. La revista Collier’s la publicó dos días después de Leslie’s y, en mayo, apareció en Reel Life, una publicación dedicada al cine que hizo una serie de preguntas: era Villa ¿un bandido o un soldado?, ¿un Jesse James o un George Washington?, ¿un Robin Hood o un Napoleón?, ¿un ladrón y un rufián o un patriota y un héroe? Después de su ataque a Columbus, Nuevo Mexico, en 1916, su personaje fue relegado al de un bandido y las preguntas y dudas cesaron. En su lugar apareció un anuncio en The Moving Picture World para la película, Villa –Dead or Alive, en el cual el público fue convocado con el nacionalismo: “Ve tu bandera cruzar la frontera para castigar a quienes la han insultado”.
Sin duda, esta fotografía es la que más circuló de la Revolución durante el conflicto, según el fotohistoriador Miguel Ángel Berumen. Fue la revista The Illustrated London News, que la publicó después de las norteamericanas; salió en abril de 1914 en una página de fotos y textos dirigida al “Caso Benton”. El asesinado, Thomas Benton, era ciudadano inglés, pero la revista declaró que Villa fue absuelto del crimen y que “Por sinvergüenza que sea, es un buen líder y un valiente soldado”. Los alemanes fueron los siguientes en publicarla en la Berliner Illustrirte Zeitung, en mayo de 1914 y, en junio de ese año, apareció en Le Miroir de París. Las revistas españolas Mundo Gráfico y La Ilustración Artística la publicaron en 1914 y 1916, respectivamente; equivocadamente, la primera acreditó la foto a Hugelmann y la segunda a M. Branger. Sin embargo, las revistas ilustradas mexicanas no mostraban mucho interés en fotografiar al movimiento villista y no se publicó en México hasta la caída de Huerta cuando apareció en La Semana Ilustrada, el 21 de julio de 1914, y el antaño “cabecilla” ahora era “El jefe militar de las fuerzas constitucionalistas”. A pesar del reconocimiento que recibió Villa durante un corto periodo de la lucha armada, fue generalmente ninguneado por la prensa capitalina y el gobierno hasta los años sesenta; un ejemplo de su exclusión podría ser el hecho de que no se encuentra este ícono en la primera versión de La historia gráfica de la Revolución, publicada en 1942. Un año después fue incluida en The Wind that Swept Mexico (publicado en México en 1985 con el título La revolución en blanco y negro) por esa juez siempre aguda de lo estético, Anita Brenner.
Como la imagen de Villa a caballo, el ícono del caudillo en la silla presidencial tenía tanta importancia contemporánea como trascendencia histórica (foto 6). El historiador, Friedrich Katz, escribió que la foto fue diseminada mundialmente y que demostró que Villa era el hombre fuerte que mandaba en México. No obstante, Katz no proporcionó evidencia para sustentar su afirmación sobre la circulación, aunque es claro que rara vez un ícono habrá obtenido tan paralela fijación de la historia y de la mitología. De todas maneras, el ícono de Villa en la silla presidencial junto a Zapata tiene la peculiaridad de que existen por lo menos tres fotos tomadas en tiempo y espacio muy cercanos por tres diferentes fotógrafos.

Foto 6. Villa y Zapata en Palacio Nacional, Antonio Garduño, 1914. Colección: Fondo Casasola, Fototeca Nacional, INAH. Fotografía tomada de: https://mediateca.inah.gob.mx La foto aquí reproducida fue hecha por Antonio Garduño, un fotoperiodista muy experimentado y, según el pie de la foto en la revista, es “una ‘pose’ especial para La Ilustración Semanal”, lugar donde apareció el 7 de diciembre de 1914, el día después del acontecimiento. La imagen está dentro de la línea estética de fotografía de estudio y de arte. La gente está muy consciente de participar en una fotografía: todos posan y la mayoría mira a la cámara. Después de aparecer en esta revista, la foto de Garduño fue publicada en la primera versión de la Historia gráfica de la Revolución en 1942 y, al año siguiente, en el libro de Anita Brenner. Es esta la foto que incorporó Arnold Belken su pintura de grandes dimensiones, comisionada para el Museo Nacional de Historia, La llegada de los generales Zapata y Villa al Palacio Nacional (1979).
Las otras fotos pertenecen más al género del fotoperiodismo. Una fue sacada por el decano de los reporteros gráficos mexicanos, Manuel Ramos, y la tercera ha sido atribuida a Agustín Víctor Casasola. Son más espontáneas: Villa y Zapata parecen estar hablando y la gran mayoría de las personas no está mirando a la cámara. Una fue publicada en el periódico El Monitor el 7 de diciembre de 1914. Aún antes que la lucha armada hubiera acabado, Álvaro Obregón encontró el ícono de tal importancia que incluyó esta versión en su libro, Ocho mil kilómetros en campaña en 1917.
Las tres fotos se tomaron el mismo día, el domingo 6 de diciembre de 1914, cuando los ejércitos de Villa y Zapata hicieron una entrada triunfal a la ciudad de México. Un desfile de 50 000 tropas convencionistas pasó por el Zócalo durante seis horas. Villa venía de Tacuba con la División del Norte y Zapata de Xochimilco con el Ejército Libertador; llegaron al Palacio Nacional, donde salieron al balcón presidencial para presenciar el evento y recibir las ovaciones de la multitud. Hay muchos relatos sobre este ícono y se ha atribuido la importancia de la silla presidencial a él. Se dice que el desfile de numerosos contingentes fue tan largo y tedioso que, en un momento oportuno, los generales Villa y Zapata se retiraron al interior de los salones, donde Villa se sentó en la silla presidencial. Otra versión es más colorida: un viejo villista contaba que “Villa dijo, ‘Voy a ser presidente de la república por un tantito’ y se sentó en la silla”. Hay una historia que afirma que, en algún momento, Villa se enojó con los fotoperiodistas y les avisó que tuvieran mucho cuidado: “No vayan a tener una heladita de fotógrafos”, con lo cual quedó completamente vacío aquel salón de Palacio Nacional. Aunque el relato es parte de una leyenda, es muy difícil imaginar que Villa amenazara a los fotoperiodistas, dada su conciencia del poder de la fotografía. Además, aunque no soy partidario de la lectura psicológica de las fotografías, no hay evidencia en las imágenes de un malestar por parte de Villa, quien parece disfrutar de su momento mediático, sonriendo, relajado, como si fuese el dueño de ese ámbito, el señor de la casa.
Conclusión
Aunque Pancho Villa no fue el personaje más fotografiado de la revolución –se tomaron (o quizá sobrevivieron) muchas más fotos de Pablo González, Venustiano Carranza y Álvaro Obregón– su trascendencia en imágenes es consonante con su presencia dominante en las canciones, cuentos y películas sobre esa lucha. Fue, sin duda, el caudillo más popular y, precisamente por esa razón, el gobierno no lo reconoció como un héroe nacional hasta 1976, cuando trasladaron sus restos al Monumento a la Revolución.
Para saber más
Balcázar Gómez, Nidia, Cachú Hermanos, fotógrafos. Una microhistoria visual de la revolución, México-Puebla, UACM y BUAP, 2022.
Berumen, Miguel Ángel, Pancho Villa. La construcción del mito, 2a. edición, México, Océano, 2009.
De los Reyes, Aurelio, Con Villa en México. Testimonios de camarógrafos norteamericanos en la revolución, 1911-1916, México, UNAM, 1985.
Katz, Friedrich, Pancho Villa, México, Era, 1998., 2 vol.
Mraz, John, Fotografiar la Revolución mexicana. Compromisos e íconos, México, INAH, 2010.
Robledo Martínez, Jaime, Episodios fotográficos de la toma de Zacatecas, 1913-1914, Zacatecas, Fototeca de Zacatecas “Pedro Valtierra”, 2014.
Villela, Samuel, Sara Castrejón. Fotógrafa de la revolución, México, INAH, 2010.
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El guerrero y el apóstol: Villa y Madero unidos por la revolución

El día 20 de julio se cumplen cien años del asesinato de Francisco Villa (Doroteo Arango su nombre verdadero). Esta muerte conmovió al país por diferentes motivos y sorprendió en otras latitudes al corroborarse que el México violento no había desaparecido. Para empezar, el crimen perturbó por la destacada y polémica personalidad del caudillo revolucionario y por la violencia desplegada para ultimarlo. También porque se realizó en un momento político sumamente crítico: cuando se estaba definiendo quién sucedería a Álvaro Obregón en la presidencia. A nadie se ocultaba que la disputa iba a ser reñida, ya que se impulsaban dos candidaturas —las de los antes grandes amigos: Adolfo de la Huerta y Plutarco Elías Calles—, lo que sin duda polarizaría a los mexicanos en general y a la ciudadanía en particular.
Villa, después de una intensa vida revolucionaria, se había retirado a Canutillo, Durango (a poco más de 70 km al sur de Parral), después de firmar un acuerdo de paz con Adolfo de la Huerta tres años atrás (28 de julio 1920). Él dejaría las armas, a cambio recibiría este espacio (87 000 has, que incluían varios ranchos), y sería su residencia, y la conservación de una escolta de 50 hombres de su confianza pagados por la Secretaría de Guerra y Marina. Al resto de su grupo, alrededor de 700 hombres nada más, se les liquidó solventándoles un año de haberes con el compromiso de entregarles tierras de labor. Sólo eso quedaba de aquel enorme ejército que llegó a comandar y que contó con alrededor de 30 00 hombres en 1914, su momento de mayor auge.
Se asegura que, en la hacienda de Canutillo, Villa tenía a la vista un retrato de Francisco I. Madero y un busto de Felipe Ángeles (la escuela de Canutillo llevaba el nombre de este general), lo que confirma la enorme influencia de estos dos hombres sobre Villa, y el vínculo afectuoso que lo unía a ellos. En esta oportunidad interesa referirse a la relación escasa, pero intensa y decisiva con Madero, el iniciador de la revolución, pues de la mano de Abraham González, lo llevó a tomar las armas a favor de una causa, y a dejar atrás los asaltos y el abigeato, que en su contra siempre pesaron y siguen pesando.
Muchísimas páginas se han escrito sobre Pancho Villa, ya sea para enaltecerlo y destacarlo como el brazo armado de la revolución, como para denostarlo como bandido y malhechor. El mito y la confusión creados alrededor de su figura, inicialmente promovidos por él mismo al ofrecer diferentes versiones de su vida al otorgar entrevistas y “dictar” sus memorias a diferentes autores (entre ellos, Martín Luis Guzmán, Manuel Bauche Alcalde, Ramón Puente, Elías Torres), han hecho muy difícil comprender históricamente al personaje. Este embrollo empieza por el cambio de nombre de Doroteo Arango a Francisco Villa, y el porqué de este cambio de identidad y las razones que lo llevaron a convertirse en un bandido.
La pasión, la admiración o el desprecio, siguen predominando sobre la explicación. Es innegable, sin embargo, la importancia que fue cobrando la participación de Villa en la revolución, desde la inicial en el movimiento maderista hasta encabezar a la imbatible División del Norte en el constitucionalismo, así como las acciones de armas del convencionismo y su oposición a Carranza. Inclusive, aun después de las derrotas de El Bajío y Agua Prieta en 1915, que redujeron su ejército hasta convertirlo una guerrilla, dio golpes importantes como el ataque a Columbus el 9 de marzo de 1916, y después con alrededor de 800 hombres tomó brevemente Chihuahua, Torreón, Canutillo, Rosario, Ciudad Juárez (última acción al lado de Ángeles) y Sabinas, cuando el movimiento de Agua Prieta ya había triunfado y Carranza había sido asesinado
Esta recuperación en lo que se refería a fuerzas armadas, cuando se creía a Villa derrotado, era asombrosa; todos sabían el brío y empuje que podía generar repentinamente, por ello, a Obregón, Calles y sus seguidores les preocupó que Villa diera su apoyo a De la Huerta, el hombre con quien aceptó concertar la paz. De ahí que decidieran asesinarlo por medio de una emboscada. Sin embargo, lo que nos atañe en este momento es plantear los inicios de su carrera como revolucionario y su vínculo con Madero.
En 1910, sin haber abandonado del todo su vida como bandido, Villa entró en contacto con Abraham González, porque este lo convocó en el Centro Antirreeleccionista de Chihuahua para invitarlo a participar en el movimiento que se estaba organizando. González quedó convencido de que Villa era el tipo de hombre que había que incorporar a la lucha por su inteligencia y su conocimiento del terreno, y Villa fue cautivado por la serenidad, sinceridad y buena fe de don Abraham. Al estallar el movimiento armado, bajo las órdenes de Cástulo Herrera, Villa invitó a colaborar en la “noble causa”, de la que ya estaba persuadido, a hombres de los pueblos de San Andrés, Santa Isabel y Ciénega de Ortiz. Las peripecias lo van llevando de un lugar a otro de esa región de Chihuahua, alcanzando triunfos y derrotas para obtener el mando de tropas como coronel.
El 14 de febrero (hay dudas sobre la fecha), Madero se unió a las fuerzas rebeldes por él convocadas a través del Plan de San Luis, precisamente en el estado de Chihuahua, a la altura de la Isleta a 26 kilómetros al este de Ciudad Juárez, en donde fue recibido por algunos revolucionarios. Si bien había levantamientos en diversos lugares del país, la lucha se había extendido con más arrojo en este estado. Así, las fuerzas federales también se concentraron en la zona. Madero estaba decidido a asumir el liderazgo en el frente.
Los éxitos de Villa llamaron la atención de Madero, y de acuerdo con Bauche Alcalde, lo citó en la Hacienda de Bustillos. A Madero le sorprendió la juventud de Villa, y Villa recordaría tiempo después su primer encuentro “con aquel hombre genial, inmenso dentro de su diáfana sencillez, sonriente y bondadoso, como si todo él no supiese sino derrochar mercedes y sembrar gratitudes.” Surgió de manera pronta una corriente de simpatía entre ambos, situación totalmente contraria a la que se dio entre Villa y Venustiano Carranza, personajes que nunca se aceptaron el uno al otro.

Líderes de la Revolución mexicana después de la primera batalla de Ciudad Juárez, Eugene Omar Goldbeck, 1911. Colección: Elmer y Diane Powell, Biblioteca DeGolyer, Universidad Metodista del Sur de Estados Unidos. Fotografía tomada de: https://digitalcollections.smu.edu/digital/collection/pwl/id/1487. Después de una corta entrevista, Villa se retiró y, al día siguiente, Madero visitó San Andrés, población en la que se encontraba Villa. En el centro del pueblo, Madero se dirigió a la multitud que lo recibió con gritos de alegría. Unas horas después coincidieron nuevamente en Bustillos, la entrevista también incluyó a Pascual Orozco, para discutir la pertinencia de atacar la ciudad de Chihuahua. Villa opinó que no debían hacerlo, pues, aunque tenían armas, no tenían municiones; consideró que debían acercarse a la frontera para obtenerlas, aplicando la táctica de guerrilla. Madero coincidió con su opinión, lo mismo que Orozco.
La campaña entre marzo y mayo de 1911 en la zona de Casas Grandes-Ciudad Juárez hizo posible que Villa y Madero tuvieran contacto constante. De esa cercanía quedó en Villa la impresión de que Madero representaba los anhelos de redención y de justicia del pueblo mexicano, sus deseos de libertad y de civismo, todo aquello que Díaz y sus hombres les habían arrebatado. Madero invocaba los derechos políticos negados a todo un pueblo.
La desobediencia de Orozco y Villa de no atacar a los federales en Ciudad Juárez, no representó ningún problema entre el presidente y el coronel Villa, particularmente porque el desacato terminó en victoria, y de esta al acuerdo de paz sólo hubo un paso, que incluyó el nombramiento del gabinete de gobierno. Más difícil fue resolver el enfrentamiento que se entabló el día 13 de mayo de 1911, cuando Orozco y Villa con hombres armados irrumpieron a una sesión de gabinete con tres peticiones: entablar juicio al general federal Juan J. Navarro —quien había entregado la plaza, pero con anterioridad había ordenado el fusilamiento de prisioneros—, la renuncia del gabinete para integrarlo, no con civiles, sino con hombres que hubieran participado en la rebelión con las armas en la mano y el pago de haberes y entrega de alimentos a los hombres de Orozco. En la discusión, en la que se pretendía aprehender al presidente provisional, salieron a relucir las armas, pero todo fue controlado, al atenderse el último punto. Madero no aceptó venganzas, ni permitió que se cuestionara su derecho a nombrar a los hombres que debían ayudarlo a gobernar. Uno de los presentes aseguró que, una vez que pasaron los momentos de mayor tensión, Villa le pidió a Madero que lo fusilara por ese arrebato.
Tiempo después, Villa se dijo engañado por Orozco, quien suponía que aquel, dado lo exaltado de su carácter, dispararía contra Madero al resistirse a los deseos de proceder al linchamiento del federal. En este caso, Raúl Madero, hermano de Francisco, medió para que este platicara con Villa y quedaran en buenos términos. Para ese momento muchos consideraban a Villa como “peligroso”, era muy útil por su influencia entre los hombres, su audacia y su conocimiento del territorio y los hombres de la región, pero su carácter irascible lo hacía incontrolable. El guerrillero comunicó a Madero su deseo de retirarse a la vida privada. Asimismo, aseguró que había tomado las armas para luchar por la felicidad de los oprimidos, y sólo pedía garantías y justicia. Madero le entregó once mil quinientos pesos para que iniciara un negocio y sus hombres quedaron al mando de Raúl Madero. En esta como en tantas otras ocasiones, Madero demostró que la venganza no dominaba sus acciones.
Uno de los personajes que conservaron las memorias del general, da cuenta de una entrevista entre Madero y Villa a fines de 1911. El ya presidente quería saber cuáles eran las andanzas de Orozco, pues tenía malos informes sobre él. Villa le hizo saber su amistad con alguno de los Creel y un Terrazas. Ante la pregunta directa del presidente, Villa reiteró su lealtad a su gobierno. Dos meses más tarde volvió a ser llamado desde la presidencia. Villa aseguró que apoyaría al gobierno porque era “justo, bueno y honrado, nacido del pueblo y para bien del pueblo”, que fácilmente podría levantar hombres y sólo necesitaba armas. Esta fue seguramente la última vez que estos hombres se vieron cara a cara.
Como decíamos, Villa, ya ascendido a general brigadier, se retiró del ejército revolucionario e intentó establecer una carnicería en la ciudad de Chihuahua. Sin embargo, no dudó en tomar las armas nuevamente, cuando González, gobernador del estado, lo invitó a enfrentar el levantamiento de Pascual Orozco en los primeros meses de 1912. El 10 de abril, Madero le escribió a Villa felicitándolo por su actividad guerrera, pidiéndole que se pusiera bajo las órdenes de Victoriano Huerta, el nuevo jefe de la campaña. Colaboró cercanamente con Raúl y Emilio Madero en la zona de Coahuila, Durango y hacia Chihuahua. En varias ocasiones fue felicitado por Huerta por su actuación en los hechos de armas y ascendido a general “honorario”, aun cuando este hecho haya sido planeado para mofarse de él. Sin embargo, el 3 de junio tuvo un intercambio fuerte de palabras con Huerta, pues este había recuperado una yegua que Villa había expropiado a un comerciante que apoyaba a los “colorados” de Orozco. Al otro día, Villa fue detenido y llevado a un cuadro de fusilamiento, acusado de amotinamiento. Frente a la presión de varios militares, entre ellos los hermanos del presidente, Huerta suspendió la ejecución y Villa fue trasladado a la ciudad de México en calidad de prisionero. Se despidió de sus hombres pidiendo su lealtad al gobierno de Madero.

Gustavo A. Madero cabalgando con Pancho Villa, D. W. Hoffman, 1910. Colección: Familia Madero, Secretaría de Hacienda y Crédito Público. Fotografía tomada de: https://memoricamexico.gob.mx/swb/memorica/Cedula?oId=L6rA4HUB03sXs3RVptMn. En la capital se le abrió un proceso por insubordinación, desobediencia y robo. Madero se encontraba entre la espada y la pared —el ejército federal y los irregulares chihuahuenses—, se dice que le envió a varios mensajeros, que Gustavo Madero lo visitó en la cárcel, que le proporcionó comodidades y aun libros. Taibo II asegura que Villa le escribió 19 cartas mientras estuvo en prisión, pidiendo justicia y reafirmando su lealtad. En ellas solicitó que se le levantara la incomunicación, después, que se le enviara a otra prisión, que lo mandara a combatir a los rebeldes y por último, que se le trasladara a otro país, a España en particular. Clamaba y exigía justicia, y en ocasiones, también amenazaba. La prisión debió ser muy amarga para un hombre impetuoso y libre como Villa, siempre la recordó con pesar y disgusto.
El 26 de diciembre, con la ayuda de Carlos Jáuregui, secretario del Juzgado, escapó de la cárcel; llegó a El Paso, el 4 de enero de 1913. Desde este lugar se puso en contacto con don Abraham, poniéndose a sus órdenes y pidiéndole que informara a Madero que se preparaba un levantamiento en su contra, que en prisión lo habían invitado a participar y él había preferido huir. Aseguró que él siempre defendería a Madero porque en él veía “vinculada a la patria”.
Durante algún tiempo, los historiadores interpretaron —dada la fidelidad de Villa— que fue Madero quien discretamente había promovido el traslado del prisionero de la penitenciaría de Lecumberri a la prisión militar de Santiago Tlatelolco, de donde era más fácil evadirse y que fue él quien proveyó los elementos para la escapatoria. Sin embargo, en los tiempos más recientes se ha demostrado que no fue así: Madero desatendió los ruegos del guerrillero. Además de la presión que ejercía Huerta y el ejército, existía la del embajador de Estados Unidos, Henry Lane Wilson, quien solicitaba la ejecución de Villa. El prisionero no alcanzaba a vislumbrar el torbellino político que había levantado. Ahora se sabe que gente cercana a Bernardo Reyes participó en la evasión de Villa.
El caso es que pocas semanas después, al ser asesinado Madero, el 7 de marzo, Villa tomó las armas para vengar su muerte, en su memoria. Se incorporó a las fuerzas constitucionalistas que habían desconocido el gobierno ilegítimo de Victoriano Huerta. Para el mes de septiembre ya había sido elegido jefe de la División del Norte, que luchaba en Chihuahua, Durango y Coahuila. Realizó a la cabeza de sus hombres importantes tomas: Ciudad Juárez, Tierra Blanca, Chihuahua, Ojinaga, Torreón, San Pedro de las Colonias, Paredón, Saltillo y, finalmente, Zacatecas, que marcó el triunfo revolucionario sobre Huerta. Estas victorias militares van de la mano con desavenencias con Carranza que culminarán con la ruptura durante la Convención Revolucionaria en Aguascalientes. Esta asamblea eligió a Eulalio Gutiérrez como presidente y a Villa, jefe del ejército. Carranza abandonó la ciudad de México y en Veracruz estableció su gobierno, mientras tanto Villa y Zapata se encontraron en la ciudad de México.
Esta ocupación, que se realizó el 6 de diciembre de 1914, resulta relevante para nuestro tema porque Villa visitó la tumba de Madero en el panteón Francés para rendirle honores (probablemente el día 13), en una ceremonia que paralizó a la ciudad. Se desenterró el cadáver para volver a enterrarlo en “un ataúd de plata”. Bañado en lágrimas, Villa concluyó su discurso, haciendo notar que el asesinato de Madero, el padre de la “nueva república”, era la mancha más negra en el honor de México. Villa sólo quería mostrar su aprecio y admiración. En la búsqueda de la regeneración de la patria, Madero sería un ejemplo. También cambió el nombre de la calle de Plateros y le puso el del presidente mártir. Asimismo, en algún otro momento, decretó el 22 de febrero como día de luto nacional. En Villa no quedaron rencores por los meses de prisión.

Francisco Villa llora ante la tumba de Francisco I. Madero, Casasola, 1914. Colección: Fototeca Nacional, INAH. Fotografía tomada de: https://mediateca.inah.gob.mx Desde que Abraham González le habló del movimiento de Francisco I. Madero, Villa, quien nunca había participado en política, se sintió atraído por la figura de este personaje. Cuando lo conoció, su admiración fue mayor: lo deslumbró su educación y sencillez y su valentía en el combate, además de su honestidad. Reiteró en diversas ocasiones que Madero “era chico de cuerpo, pero creo que es muy grande su alma.” Friedrich Katz plantea que los elementos que hicieron posible que en los inicios de la revolución los hombres estuvieran dispuestos a tomar las armas bajo sus órdenes eran su audacia y falta de temor, la disciplina y control que ejercía sobre sus tropas, su origen humilde y la confianza que Madero le dispensó. Todo permite suponer que, por su parte, Madero vio en Villa a un hombre con fuerza y capacidad para organizar a los hombres, pero, sobre todo, a un hombre leal, y lo fue hasta después de la muerte de Madero. La devoción del guerrillero contribuyó en buena medida a construir el apostolado del demócrata.
Para saber más
Berumen, Miguel Ángel, Pancho Villa: la construcción del mito, México, Océano, 2009.
Katz, Friedrich, Pancho Villa, México, Era, 1998. 2 vol.
Krauze, Enrique, Entre el ángel y el fierro: Francisco Villa, México, Fondo de Cultura Económica, 1987.
Taibo II, Paco Ignacio, Pancho Villa: una biografía narrativa, México, Planeta, 2006.
Villa Guerrero, Guadalupe, “La vida con Villa en la Hacienda de Canutillo”, BiCentenario: El ayer y hoy de México, 20 septiembre de 2013. Disponible aquí.
Villa, Guadalupe y Rosa Helia Villa (editoras), Pancho Villa. Retrato autobiográfico, 1894-1914, México, Taurus, UNAM, 2003.
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El sanguinario Pancho Villa

Imperó en las últimas décadas una visión conservadora y reaccionaria de la historia. José Emilio Pacheco la llamó una historia de mierda porque banalizó y presentó sin ideas a los líderes de las causas revolucionarias. * Para muestra un botón: el libro que publicaron, en 2010, los historiadores de la Academia Mexicana de la Historia para conmemorar los centenarios de la Independencia y la Revolución. En sus páginas se puede leer, por ejemplo, que el movimiento insurgente iniciado en 1810 fue violento, desordenado y careció de planes definidos; que el fin de la revolución zapatista de un siglo después fue restablecer la vida comunitaria tradicional o, en otras palabras, que era un movimiento de campesinos que pretendían regresar al pasado y no cambiar; que hasta la fecha no se sabe cuántos estudiantes fueron masacrados en Tlatelolco la tarde del 2 de octubre de 1968: “¿50, 100, más?”, en fin… ¡qué más da! * Lamentablemente el Fondo de Cultura Económica reeditó este volumen en 2014 en su prestigiosa colección Breviarios y así aseguró su permanencia en el mercado editorial. * Por eso, es para destacar la aparición de Historia del pueblo mexicano (INEHRM, 2021), donde los indígenas, las mujeres, los afrodescendientes, los trabajadores y los estudiantes son los protagonistas de la historia. Sus luchas configuran el presente de nuestro país. * Sin embargo, no es para celebrar y cantar victoria ante la historia conservadora y reaccionaria. En la actualidad aún se escuchan voces que sostienen que es imposible que la gente común tenga una idea del mundo y un proyecto para el futuro.* A propósito del centenario del asesinato de Pancho Villa, ha resurgido el viejo discurso que sostiene que el revolucionario era un simple bandolero sin ideas, pues comparado con sus compañeros de armas, fue incapaz de escribir un plan revolucionario que dejara constancia de su proyecto político y social. Villa es pintado simplemente como el hombre más sanguinario de la historia de México. * Héctor Aguilar Camín, en sus columnas de Milenio, y el periodista Pascal Beltrán del Río, en Imagen Radio, han sido los mayores promotores de la leyenda negra de Villa. En sus espacios prefirieron restarle legitimidad al caudillo y al movimiento que emprendió en compañía de miles de personas que conformaron la División del Norte, antes que explicar su personalidad y los objetivos de su lucha. * Amparados en el libro de Reidezel Mendoza sobre los crímenes de Pancho Villa, han hecho uso político de la historia para cuestionar al gobierno del presidente López Obrador. * Bien es sabido que la pasión desmesurada nubla la razón y que el anacronismo es el peor enemigo del historiador, pero los promotores de este discurso parecen ignorarlo. Para ellos el asesinato de Villa fue simplemente el resultado de un acto de venganza de aquellas personas que padecieron la violencia del revolucionario. Su corta visión omite el contexto nacional y niega que el atentado haya sido orquestado desde las altas esferas del poder político, es decir, que se trató de un crimen de Estado. * Si el lector quiere estar bien informado sobre la vida de Pancho Villa y la revolución en el norte de nuestro país, puede comenzar por leer los artículos de La Bola 20 y después buscar los libros de Adolfo Gilly, Friedrich Katz, Paco Ignacio Taibo II, Guadalupe Villa, Jesús Vargas y Pedro Salmerón, por mencionar sólo algunos autores que han investigado rigurosamente la historia. * Hasta aquí el fichero de esta edición; nos leemos en el próximo número de La Bola, la revista de divulgación.
Imagen de portada: Arte de Everett Raymond Kinstler, portada del cómic Pancho Villa, Avon Periodicals, 1950. Imagen tomada de: Wikimedia Commons.
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Adolfo Gilly, el maestro

En marzo de 1966, a escasas dos semanas de su llegada a México, Adolfo Gilly fue detenido por la Dirección General de Seguridad y encarcelado por seis años. Durante ese tiempo en Lecumberri, Gilly escribió una obra, que, sin imaginárselo, se volvería un paradigma en la historiografía mexicana. Años después, en sus conversaciones con sus estudiantes, recordaría que estando en prisión —desde su posición como extranjero argentino— quería comprender y explicar qué era lo que había sucedido con esa revolución que tanto impacto tuvo en América Latina. Con sorpresa, admiración y gratitud nos contaba sobre la recepción de esa famosa carta de Octavio Paz que le abrió la puerta al mundo intelectual de aquella época. Pero también, con asombro, hablaba de la inesperada respuesta del público mexicano que ávidamente leía su libro y que lo convertiría en un clásico.
La lectura luminosa y provocativa ofrecida en La revolución interrumpida se cocinó a fuego lento en la crujía N contando tan solo con pocos libros, pero a su vez con gran agudeza teórica, compromiso militante y experiencia política. En la fotografía que acompaña a este texto, se le puede ver en ese periodo en su celda. Para ese momento, Gilly poseía un convulso bagaje de experiencias: una adolescencia socialista, una juventud trotskista y una labor periodística internacionalista. Vivió en la clandestinidad, en medio de conjuras, guerras y exilios. Había presenciado la marcha de las milicias mineras cuando la llama de la revolución boliviana de 1952 aún estaba viva. Se trasladó a Europa y representó al Buró Latinoamericano (BLA) de la Cuarta Internacional en los años de la revolución en Argelia. Se sumergió en las actividades de la guerrilla guatemalteca. Le tocó la crisis de los misiles del octubre cubano y la vida carcelaria con los presos de 1968.
Con esos antecedentes y ya en libertad, Gilly no paró. En México militó en el Partido Revolucionario de los Trabajadores, formó el Movimiento al Socialismo y se sumó a la insurrección cívica que impulsó la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas en 1988. Después llegó la fundación del Partido de la Revolución Democrática. La rebelión indígena de 1994 en Chiapas atrapó su atención y se volvió su “razón ardiente”. Se mostró solidario con el estudiantado de la UNAM en las huelgas de 1987 y 1999-2000. Alzó la voz en apoyo a la gente de San Salvador Atenco y de Oaxaca en el 2006. El corazón y el coraje le alcanzaron para clamar por los 43 estudiantes de Ayotzinapa.
Con su partida, en estos últimos días hemos leído sentidas reseñas de estas facetas que nos presentan al “último mohicano”, al heterodoxo, al erudito, al compañero de trinchera, al escribano, al camarada y al historiador. Sabemos de su energía desplayada en distintos frentes, de su compromiso político y de esa solidaridad inconmensurable que lo caracterizaba. A este retrato magno y multicolor agrego unos pequeños trazos del profesor universitario que conocí y del gran maestro que fue para muchas generaciones.
Adolfo Gilly tuvo una labor docente e ininterrumpida que cubrió más de cuarenta años. Se insertó en la vida universitaria, primero en la Facultad de Economía en 1977 y 1978, y, a partir de 1979, en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. En las décadas siguientes obtuvo numerosas becas y distinciones en México y Estados Unidos. Fue profesor visitante en las universidades de Chicago, Columbia, Stanford, Yale, New York, entre otras.
A inicios del siglo XXI, cuando en Bolivia nuevamente se vivía un ciclo de rebeliones —que Gilly vislumbraba como la primera revolución de la centuria—, este profesor caminaba tranquilamente por los pasillos de la facultad. En su primer día de clases, acostumbraba a presentarse y pedía que se dirigieran a él por su nombre: Adolfo. Enseguida, afirmaba con serenidad que la historia estaba hecha por seres humanos y que de eso trataba su curso. No usaba un lenguaje rebuscado, sino que hablaba con claridad y sencillez para mostrar una constelación de autores. Su temario daba inicio con Los cuadernos de la cárcel, de Antonio Gramsci. Después, presentaba a Ranajit Guha y a la Escuela de la Subalternidad. Inmediatamente, daba a leer a Los dominados y el arte de la resistencia, de James Scott. Se debatía sobre el Estado, la hegemonía, la dominación y la subalternidad. Nos motivaba a pensar en estos conceptos para analizar al Estado mexicano.
Para mi fortuna, en esos años de licenciatura, pude acercarme más a Adolfo como adjunta en sus clases, ayudante de investigación y tesista. Por cerca de casi una década observé al maestro en acción. Adolfo preparaba sus cursos con esmero. Tomaba sus notas en sus cuadernos Scrib, que después reemplazó por unos blocks de hojas amarillas. Todos sus apuntes los hacía a mano. Siempre llegaba preparado con una nueva lectura de lo que ya había leído cantidad de veces. Primero exponía y luego daba la palabra. Escuchaba con atención y meditaba la opinión de cada estudiante.
En sus cursos de posgrado este intercambio era aún más amplio e intenso. Pasábamos horas en la antigua sede de Ortega 14, en el centro de Coyoacán. A los autores mencionados se sumaban Marc Bloch, Fernand Braudel, Walter Benjamin, E. P. Thompson, Carlo Ginzburg, Franz Fanon, Guillermo Bonfil, C.L.R. James, Friedrich Katz y otros. A Adolfo le preocupaba que aprendiéramos a usar este arsenal teórico. Aunque adviértase que no se trataba de usar definiciones mecánicamente.
No solo era teoría, también era reflexión y emotividad. En algunos momentos, cuando hablábamos de la injusticia, el agravio, la humillación, el despojo y la explotación, Adolfo expresaba su indignación y rabia. En otros, con pasión se refería a la autonomía, la organización y la movilización. Sus ojos azules se encendían y su tono de voz incorporaba matices. Nos decía que la formación intelectual iba de la mano con una educación sentimental. No en balde nos recomendaba leer literatura y poesía.
Estas sesiones, con tonos cálidos y afables, eran altamente disfrutables. Su modelo de enseñanza era empático, respetuoso y cariñoso al que añadía elegantes toques de humor. Era un profesor encantador, distinguido por su ética y congruencia. Era experto en construir espacios de complicidad y de camaradería. Gracias a esa confianza generada —y con el conocimiento de sus largas y múltiples aventuras y travesías— pudimos nombrarlo capitán Gilly, y le agradó. No era su estilo tener un rango más alto. Los generales eran Ángeles y Cárdenas. Claro está que no le cayó mal el emeritazgo al que a veces, en broma, se refería como almirantazgo.

Adolfo Gilly en Lecumberri. Fotografía: Archivo personal de Adolfo Gilly. Pero no se piense que tal cercanía y ambiente amable y alegre que Adolfo logró concitar le restó seriedad al trabajo académico. Nuestro maestro leía y atendía con formalidad y rigurosidad las tesis dirigidas. Se ponía serio y también era exigente. Así asumía su papel en los comités tutoriales. Su pasado de corrector de estilo emergía cuando revisaba los manuscritos del alumnado. Disfrutaba encontrar las fallas en la redacción y ponía sus marcas en todos los textos. Invitaba a escribir bien y a saber contar historias. De esta forma, dejó una honda huella en la formación intelectual y humanística de muchas generaciones de estudiantes. En los informes universitarios, Adolfo Gilly gustaba de citar la divisa del maestro Eduardo Nicol: “Pensar y enseñar a pensar”, y afirmaba que también esa era la suya.
Buen viaje, mi querido capitán. Gracias por tu infinita generosidad en las aulas y en el día a día.
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La División del Norte

Por Adolfo Gilly
La División del Norte es una de las mayores hazañas históricas mexicanas. Su organización fue un punto de viraje en la guerra campesina y en la revolución. Las masas del norte del país y las que se sumaban en su avance, se incorporaron en ella, la organizaron de la nada y contra todos, le dieron su tremendo empuje, alzaron a uno de sus propias filas, Francisco Villa, como el mayor jefe militar de la revolución, barrieron en el camino con cuanto se les puso por delante.
A diferencia del zapatismo, la División del Norte, es decir, el ejército villista, en la etapa de sus grandes triunfos militares contra el ejército federal no tuvo independencia en cuanto a dirección política y a programa. Avanzó sobre el centro del país hacia el derribamiento del gobierno como uno de los tres cuerpos de ejército en que se apoyaba la dirección burguesa de la revolución. Pero dentro de esta estructura, tuvo en los hechos una creciente independencia militar que era la manifestación de la necesidad de independencia política que subía confusamente desde las filas de la División del Norte.
Esa necesidad nunca habría encontrado forma de expresarse, si no hubiera sido por la existencia del ejército zapatista en el sur. La conjunción entre el ejército campesino y plebeyo que bajaba violentamente desde el norte, encabezado por Villa, y el ejército campesino que desde el sur amenazaba a la ciudad de México, dirigido por Zapata, era un hecho tan previsible como temido por los dirigentes burgueses y pequeñoburgueses de la revolución, porque significaba unir la mayor capacidad militar con la mayor capacidad política alcanzadas por las fuerzas campesinas. Equivalía a unir nacionalmente la insurrección campesina, y aquellos dirigentes sentían que no sólo caería el gobierno de Huerta contra el cual combatían, sino que también su propia perspectiva de clase iba a quedar bajo una amenaza cuyos alcances no podían prever, pues la capacidad revolucionaria del campesinado era para ellos magnitud desconocida y hostil. Pero nada de cuanto hicieron pudo evitar ese encuentro, porque mientras duró el ascenso de la revolución ellos no tuvieron la suficiente fuerza militar, social ni política para oponer al zapatismo y al villismo.
La historia de la División del Norte es la historia militar y social de cómo masas campesinas y plebeyas organizadas en ejércitos se abrieron paso y abatieron todos los obstáculos hasta dominar la mayor parte del territorio del país. En ese sentido, la historia de la guerra civil hasta la caída de Huerta es, no única pero sí fundamentalmente, la historia de la División del Norte.
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La División del Norte tuvo su etapa de auge durante todo el año 1914. Era un polo de atracción al cual se sumaban los campesinos insurrectos, sus mujeres, sus familias. Los oficiales, salvo excepciones, tenían la misma extracción plebeya y campesina: la audacia, la valentía y la capacidad de combate eran las condiciones a través de las cuales se operaba la selección.
Con pasión y afecto, John Reed describe en México insurgente el avance de los villistas en la primera mitad de su año de triunfo. Es una masa armada que se desplaza hacia el sur dando batallas grandes y combates pequeños, conquistando México en su marcha. Sobre los trenes o a caballo, acompañados por sus mujeres que cuando es preciso también empuñan los fusiles, y las mujeres llevando consigo a sus hijos pequeños, los soldados de la División del Norte encarnan la fuerza incontenible de la revolución.

Villa, Leopoldo Méndez, Taller de Gráfica Popular, ca. 1944. Colección: Particular. Imagen tomada de aquí: https://www.annexgalleries.com/inventory/detail/20650/Leopoldo-Mendez/Villa-aka-Pancho-Villa En apariencia es un tremendo desorden. Pero en la acción, por debajo de ese aparente desorden hay un orden superior a cualquier reglamento militar. Es el orden impuesto por la voluntad común y el objetivo común que guía a los campesinos organizados en ejército: la victoria significa las tierras, después de la revolución no va a haber más ricos ni más pobres, cuando triunfemos todos seremos iguales y viviremos en paz, tendremos la tierra y no habrá explotadores. En ese resorte profundo se apoya el comando de Pancho Villa para unificar en su voluntad militar de victoria, la de todos. Puede hacerlo como ningún otro porque él mismo es un campesino, es la síntesis de todas las cualidades y rasgos del carácter, los deseos y las perspectivas de sus hombres. Por eso pudo la capacidad organizadora de Villa convertir a esa masa armada en el mejor ejército de la revolución mexicana.
Con el villismo, la inmensa multitud de los peones y jornaleros del norte, de los campesinos sin tierra, de los pobres de siempre, encuentra un objetivo, siente que se incorpora a la vida, que por primera vez puede expresarse, combatir para vencer y decidir, no para ser reprimidos y aplastados. Lo siente mucho más porque su jefe es también un campesino, el mejor militar, el mejor jinete y el mejor hombre de campo de todos. El villismo no tiene un programa, como Zapata, pero tiene la figura de Villa: a falta de programa, su persona representaba a los campesinos y pobres insurrectos.
Ellos se veían en Villa, les inspiraba confianza absoluta. Llevaba al nivel heroico los rasgos propios de todos: el coraje, el odio a los explotadores, la desconfianza, la implacabilidad en la lucha, la crueldad, la astucia y la ingenuidad, la fraternidad, la ternura y la solidaridad hacia los pobres y los oprimidos, y también la inestabilidad de carácter, reflejo indirecto de la situación intermedia del campesinado en la sociedad burguesa. Los rasgos teatrales en muchas acciones de Villa encuentran allí su explicación. Así tenía que ser, eran un medio de comunicación instintivo con su propia base, un instrumento elemental de unificación, de dirección y de imposición de su voluntad de mando.
Era necesaria la personalidad de Pancho Villa para unir y dar una dirección a esas masas en movimiento, a las cuales se sumaban y con las cuales se confundían arribistas, pequeñoburgueses pobres y ambiciosos, desertores, militares, partidas armadas formadas espontáneamente en las aldeas del norte que se reunían y dispersaban al azar de las batallas. Podía darla no porque sus rasgos estuvieran predestinados para ello, sino precisamente por lo contrario: porque esa personalidad era el producto, la quintaesencia, la “creación” de esas masas que elevaron a Villa como su jefe. La mayoría de los rasgos enérgicos, marcados, que la burguesía ha tratado y trata de denigrar en Villa —mientras oculta o disimula el carácter cruel, siniestro y asesino de sus jefes, Carranza el primero, masacradores a sangre fría de miles y miles de campesinos— eran rasgos necesarios para poder ejercer su jefatura sin los medios culturales y de clase que la burguesía y sus instituciones proporcionan a sus propios cuadros. Villa, más que ninguna otra figura de la revolución, llegó a infundir terror a la burguesía, y la denigración no es más que el reflejo invertido del miedo que aún le inspira.
El origen de ese terror no era Villa en sí, sino la revolución campesina que él representaba. Pero Villa sabía también cómo usarlo militarmente. Sabía mantener, cuidar y acrecentar el prestigio y la fama de invencibilidad de la División del Norte. Y lo utilizaba como uno de los elementos de la acción militar, pues inspirar de antemano terror al enemigo era tenerlo ya a medias vencido antes de entrar en choque directo con él. Por eso muchas de las anécdotas de crueldad de Pancho Villa no eran en esencia más que medidas elementales, instintivas a veces, pero imprescindibles en aquella lucha, de terror revolucionario contra el enemigo de clase. En cambio, Madero primero, Huerta después, Carranza más tarde asesinaron en masa al campesinado de Morelos; quemaron, fusilaron, masacraron, deportaron hasta exterminar a la mitad de la población de la zona zapatista.
“El ejército napoleónico”, decía Marx, “era el point d’honneur de los campesinos parcelarios, eran ellos mismos convertidos en héroes, defendiendo su nueva propiedad contra el enemigo de fuera, glorificando su nacionalidad recién conquistada, saqueando y revolucionando el mundo. El uniforme era su ropa de gala; la guerra, su poesía; la parcela, prolongada y redondeada en la fantasía, la patria; y el patriotismo la forma ideal del sentido de propiedad.” Aún más que eso, mucho más, era el ejército villista para los campesinos de México, porque era también su fuerza, su “partido militar” y su personalidad de hombres, negada por los opresores durante siglos, entrando violentamente al mundo a sangre y fuego, abriéndose paso gozosamente contra los patrones, los ricos y los catrines.
En parte por instinto de clase, en parte por inteligencia y conciencia, en todo eso supo apoyarse Pancho Villa. De ahí salía el empuje militar de la División del Norte. “Cuando ganemos la revolución, ésta será un gobierno de hombres, no para los ricos. Vamos caminando sobre las tierras de los hombres. Antes pertenecían a los ricos, pero ahora me pertenecen a mí y a los compañeros”, decía un capitán villista a John Reed. Y le decía un campesino viejo: “¡La revolución es buena! Cuando concluya, no tendremos hambre nunca, nunca, si Dios es servido”. Con esa carga concentrada y explosiva de esperanzas se precipitó sobre la capital la División del Norte, haciendo trizas en el camino el ejército de los terratenientes.
Pero no sólo con esperanzas se hacen los triunfos, sino ante todo con organización de las fuerzas propias. Y en eso Villa fue un maestro. Supo utilizar los trenes hasta el máximo, organizar los abastecimientos, obtener los pertrechos y los fondos de donde los hubiera, tener hasta treinta y cuarenta vagones hospitales con los últimos adelantos de la época, esmaltados de blanco por dentro, con todo el instrumental quirúrgico, organizar la evacuación veloz de los heridos hacia la retaguardia. Se esforzó por ir imponiendo las normas del reglamento militar. Supo utilizar a los oficiales de carrera que se fueron incorporando a su ejército. Y tuvo a su lado al más destacado de ellos, el general Ángeles, y supo apoyarse en sus conocimientos de artillería y en su capacidad de estratega militar como uno de los factores de los principales triunfos de la División.
Fueron rasgos del mando de Villa la audacia y la impetuosidad de los movimientos de combate, para los cuales se prestaba su elemento natural de lucha y su arma favorita, la caballería. Pero a esos rasgos los acompañaba un sentido natural de ahorro de fuerzas y de preocupación por la suerte de sus soldados, por sus condiciones de combate y por sus vidas; todo lo contrario de la actitud de los oficiales federales, que consideraban al soldado simple carne de cañón desechable y despilfarrable en las batallas. Por eso el soldado villista, además de que luchaba con un objetivo revolucionario, veía también lógico cuando una orden le exigía arriesgarse, jugarse la vida o aun ir a la muerte, porque su experiencia le había enseñado a confiar en que el mando cuidaba las vidas de sus hombres.

Francisco Villa y sus tropas en un carro de ferrocarril, Otis A. Aultman, ca. 1914. Colección: Bibliotecas de la Universidad del Norte de Texas, El Portal de la Historia de Texas, Biblioteca Pública de El Paso. Fotografía tomada de: https://texashistory.unt.edu/ark:/67531/metapth63275/?q=Francisco%20Villa. Pero sobre todo, la División del Norte era el ejército de los campesinos y los pobres. Lo encabezaba un caudillo campesino. La mayor parte de sus mandos superiores y subalternos eran campesinos. Sus trenes venían cargados de campesinos y campesinas armados, haciéndose dueños de México. En los pueblos y ciudades donde entraban sus destacamentos, abrían las puertas de la cárcel y ocupaban el monte pío, devolviendo al “pobrerío” los pequeños bienes empeñados para sobrevivir. Por donde avanzaba, alzaba las esperanzas campesinas, concentraba el apoyo, estimulaba con su solo paso a sublevarse, a tomar las tierras, a cultivar cada uno su parcela en las haciendas de donde habían huido los terratenientes. La rodeaba y la empujaba el cariño de las masas. Tenía, como los zapatistas y como todos los ejércitos populares, un servicio de informaciones perfecto: siempre sabía qué pasaba en territorio enemigo, qué se planeaba en sus campamentos y cómo preparaban la defensa de sus ciudades, porque el campesinado veía todo con sus incontables ojos e informaba todo por sus innumerables bocas. Por eso, mientras durara el ascenso de la movilización, la División del Norte era invencible. Y a través de ella, o al amparo de ella, las masas del campo aprovechaban para ajustar muchas pequeñas y grandes cuentas, acumuladas durante siglos de opresión y de rapiña, con los ricos, sus agentes y sus aliados, con los señores, sus administradores, sus mayordomos y sus rurales. Era la revolución.
No sólo la fulminante capacidad de combate, sino la capacidad de organización de Pancho Villa es un recuerdo de pesadilla para la burguesía mexicana. Villa enseñó que el ejército burgués no es invencible en la guerra civil y dejó en México la tradición de que un ejército campesino, dirigido por un general campesino, puede vencerlo batalla tras batalla hasta aniquilarlo. Eso la burguesía lo tolera y hasta lo olvida a uno de los suyos, pero no lo perdona jamás a un antiguo peón de sus antiguas haciendas.
Un campesino antes bandolero, que no pudo recibir siquiera instrucción escolar elemental pero que sabía a perfección todas las artes del caballo, del campo y de las armas; que terminó de aprender a escribir en el tiempo que estuvo en la cárcel de México pero que mostraba una rapidísima inteligencia organizadora; que para la burguesía era la negación de su cultura y de sus hábitos de clase, pero cuyas reacciones y movimientos no podía prever y le echaban encima fuerzas enemigas, poderosas y desconocidas para ella; ese hombre se le aparecía como una encarnación del mal absoluto, es decir, de la revolución. Y sobre todo, ese hombre mostraba que nada de lo que ella, la burguesía, consideraba imprescindible para vivir, en realidad era necesario. Es decir, en el fondo, que ella misma como clase no era necesaria, porque un dirigente campesino era capaz de organizar lo que sus mejores administradores jamás hubieran podido. Eso es una pesadilla para la burguesía, pero es también, y sobre todo, una fuente más de confianza en sí mismas para las masas de México. Por eso en la memoria de ellas se mantiene viva la figura de Villa, y aunque la historia oficial lo denigra mientras ensalza la figura de Carranza, Villa sigue viviendo en los corridos, en el arte popular, en las anécdotas y en la esperanza de los pobres y los oprimidos.
La División del Norte era la forma militar del poder de los campesinos, así como el zapatismo era ante todo su forma social. Ésa fue la potencia irresistible que partiendo de Chihuahua en el mes de marzo de 1914, se abatió sobre Torreón y el 2 de abril quebró la resistencia federal e hizo suya la plaza.
Nota de los editores
Este texto es un fragmento del capítulo “La División del Norte” del clásico libro de Adolfo Gilly, La revolución interrumpida. Escrito cuando Gilly se encontraba encarcelado en Lecumberri por su militancia política de izquierda, fue publicado por primera vez en 1971 por la editorial El Caballito. Posteriormente, el autor realizó actualizaciones en dos ediciones publicadas por Ediciones Era. El presente fragmento se reproduce, con autorización, de la última edición publicada por Era en 2007.
Derechos Reservados © EDICIONES ERA S.A. DE C.V., La revolución interrumpida, Adolfo Gilly, 2007.
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