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Nancy Cárdenas (1934-1994)

Una estratega de la pluma y la acción
Por Adriana Fuentes Ponce
Una serie de sucesos concatenados entre sí develan realidades que conviven de manera paralela, aunque no dejan de estar interconectadas. Ocurre más de lo que se suele admitir. Hay protagonistas que permanecen en el anonimato hasta que un buen día la curiosidad, la duda, el encuentro con un pequeño trozo, materializa la memoria que está ahí esperando el momento de ser advertida. El siguiente relato se encuentra auspiciado en esta primicia, una mujer visionaria cuya tenacidad la acompañó en todo lo emprendido. Dejó una huella indeleble que los últimos años ha irradiado en las artes escénicas, la poesía y la conformación de la historia de nuestro país, propiciando cavilaciones y nociones de quienes hemos gustado de su legado, compromiso social y entereza.
Nancy Cárdenas es una figura mexicana plural y emblemática. Al historiar los hechos de que formó parte; la manera de conducirse, según fuentes orales y escritas; su postura civil contestataria; muestran una mujer que lideraba de forma innata. Su vida es una constancia de que cada acción es política y que estamos inmersos en ella. Aun cuando cuestionamos la interacción social, hay un camino por andar hasta lograr una conciencia e introspección permanente. Comentaba Nancy en una entrevista a Leticia Singer para la revista Activa: “no me agrada que me llamen liberada, porque sigo luchando por lograrlo, por desprenderme de todas esas ideas adquiridas a través de una práctica moral, muy difícil de expulsar”.

Retrato de Nancy Cárdenas. Imagen tomada del artículo de Leticia Singer, “No soy una mujer liberada”, Activa, sin fecha. Ha sido distinguida como ícono de ciertos círculos y banderas que se agitan rememorando el camino que allanara, es el caso del actual Movimiento LGBTTTIyQ. Investigaciones publicadas sobre la segunda mitad del siglo XX en terrenos de dramaturgia, poesía y puestas en escena confirman sus aportes desde distintas perspectivas, lo cual ha auspiciado la existencia de un entramado que se adentra en sus avezadas propuestas. Anécdotas y acaecimientos narrados por diferentes voces alaban y exaltan sus procederes, mientras otras enfatizan lo que consideran sus desaciertos. Pensarla en un solo sentido sería disipar su itinerario. Considero que cada espacio transitado por Nancy Cárdenas tiene un vestigio, semillas cosechadas y otras por descubrir. Como bien diría su entrañable amigo Carlos Monsiváis “eres un fenómeno unitario en tus poemas… en tus puestas en escena, en tu actividad política, en tu teatro, artículos… lucha por los derechos tan irrefutables de las minorías”.
Al otear la sucesión de acontecimientos pasados, especialmente los que influyeron en las políticas públicas, determinismos por nacer hombre o mujer, el proceso de resarcimiento de parámetros que enmarcan la normalidad de la sexualidad humana, indiscutiblemente nos muestran personajes que resuenan en nuestro presente. Familiarizarnos con su historia nos incita a responsabilizarnos de nuestro actuar cotidiano y su alcance futuro.
El nacimiento de Nancy fue durante la tercera década del siglo pasado en la ciudad de Parras, Coahuila. Acostumbraban en familia viajar a la ciudad de Saltillo, brindándole la oportunidad de asistir al Cine Palacio, diseñado en los años cuarenta con un estilo Art Decó por el arquitecto Mario Pani Darqui, y maravillarse con el trabajo de Virginia Fábregas, María Teresa Montoya y Fernando Soler en un escenario teatral. Ese mundo despertó en ella la necesidad de adentrarse. Así lo hizo: a los diecisiete años actuó con un grupo local de aficionados.
En el año 1952 escribió sus primeros poemas y principió sus estudios de educación media superior en el Bajío al mudarse a Celaya, Guanajuato. A lo largo de su estadía participó en actividades estudiantiles concernientes con la actuación y la radio. Bajo el seudónimo de Rosalba Cárdenas publicó notas y poemas en periódicos locales. La siguiente etapa de su formación académica fue mediante la obtención de becas en el extranjero, primero en Polonia en la Universidad de Lodz y después en Estados Unidos en la Universidad de Yale. En la capital mexicana ingresó a la máxima casa de estudios del país para estudiar lo que se llamaba en ese tiempo Arte Dramático, una especialidad de Letras Españolas, en la Facultad de Filosofía y Letras. Ahí se doctoró en Letras. En ese tiempo, Ciudad Universitaria estuvo lista y el campus abrió sus puertas a la primera generación que la habitó y sus edificios fueron espectadores de la feliz coincidencia con Carlos Monsiváis, Juan José Gurrola, José Luis Ibáñez, Héctor Mendoza, entre otros nombres destacados.
Recuerda José Luis Ibáñez que “En un dos por tres logró que todos sus compañeros prolongáramos las horas de estudio ensayando fuera de la Facultad; en un dos por tres se ganó el cariño y la confianza de todos sus maestros”. La Dirección de Difusión Cultural promovió la creación de grupos en escuelas preparatorias y facultades del campus universitario. Las presentaciones fueron coordinadas por la Sección de Teatro Estudiantil cuyo objetivo era promover las artes escénicas en los círculos universitarios y así integrar una compañía de teatro universitario. Actuó en El gran dios Brown de Eugene O’Neill, bajo la dirección del maestro Alan Lewis; en la siguiente temporada lo hizo en Enterrar a los muertos de Irwin Shaw y Tartufo de Molière dirigida por José Luis Ibáñez. En 1956 fue invitada al primer y quinto programa de uno de los grupos memorables del teatro contemporáneo en México: Poesía en voz alta. Fueron varias sus intervenciones como actriz de teatro hasta que concluyeron en 1960 con Despertar de primavera de Frank Wedekind, bajo la dirección de Juan José Gurrola.
La inquietud de expresar y colaborar en dirección de la justicia la condujo desde el comienzo del periodo universitario a integrarse a la política estudiantil. Se postuló a la presidencia de la Asociación de Alumnos de la Facultad de Filosofía y Letras prometiendo mejorar la oferta laboral para los pasantes. Habría sido la primera mujer en dicho cargo, pero no sucedió así debido a un fraude electoral de su oponente. Ante el desenlace acudió con la planilla electa con el ánimo de cooperar y continuó sus propósitos de mejorar las oportunidades que la facultad ofrecía. Por eso Monsiváis rememora: “…convocó mi atención tu modo de discutir y conminar al esfuerzo heroico de ir a clases, tu body language, yo era tímido y tú sin poder evitarlo, protagónica”.
Nancy fue reconocida por la comunidad estudiantil. La eligieron representante para el evento de apertura de cursos en 1959 y pronunció el discurso al entonces presidente de la república, Adolfo López Mateos. En esa década del cincuenta también se afilió al Partido Comunista Mexicano, fue un acto recurrente que respondía a una militancia de pensamiento y perspectiva política. Nancy en todas las acciones emprendidas no se doblegó ante el vendaval sin importar su magnitud, ella buscaba el viento a favor y defender sus convicciones. Al respecto, Monsiváis de nuevo es elocuente:
Mira que meterte al Partido Comunista en la década de 1950, entonces una organización melancólica y desolada, y entusiasmarte con las masas que no acudían, con la influencia política que nunca se tuvo, con el ánimo internacionalista lánguido. Y sin embargo, te recuerdo alebrestada (la palabra te queda aunque habrías preferido “acelerada”) en las reuniones de la célula Federico Engels, y muy participativa en las sesiones de Sergio Pitol, con Luis Prieto Reyes y Pepe Revueltas y otros camaradas cuyos nombres por más que hago todavía recuerdo con precisión. Repartíamos volantes, hablábamos (bueno tú hablabas) en los mítines improvisados, teníamos fe en el socialismo, cuando a éste se le diera la gana acudir.
En ese tiempo, acrecentaba la tensión entre la población y el gobierno. Las protestas políticas de los gremios de maestros, ferrocarrileros, telegrafistas, empleados petroleros y otros fueron perseverando. El gobierno del Presidente Ruiz Cortines reprimió violentamente las manifestaciones multitudinarias. No obstante, en julio de 1958, estudiantes de la UNAM y el IPN se unieron al movimiento de los trabajadores rechazando el aumento al transporte público. Entre las filas Nancy Cárdenas encabezó la manifestación para acudir al Departamento Central y que los recibiera Ernesto Uruchurtu, Jefe del Departamento del Distrito Federal, apodado “El Regente de Hierro” y ratificado en su cargo por los presidentes Adolfo López Mateos y Gustavo Díaz Ordaz. Nancy recibió una pedrada que cayó sobre su nariz y como respuesta demandó al gobierno de la capital.
En ese sentido combativo, se retiró del teatro como símbolo de protesta ante las arbitrariedades y parcialidad del monopolio de Héctor Azar, funcionario que coordinaba el teatro en la UNAM y el INBA, es decir, las instituciones gubernamentales para desarrollarse en el espacio escénico. En tanto, estuvo en espacios periodísticos, producciones radiofónicas, impartiendo cursos de cine, escribiendo críticas, ensayos y continuó preparándose para convertirse en la directora que fue.
El éxito en Radio UNAM con El cine y la crítica y la mención en la Cámara de Diputados en contra de Radio Universidad, específicamente hacia este programa, fue resultado del trabajo conjunto de Carlos Monsiváis y Nancy Cárdenas. Su pericia lúdica para formular parodias, sátiras y choteos no sólo hacían referencia al ámbito cinematográfico sino también a eventos sociales y de la cotidianidad, por ejemplo, la toma de la preparatoria de San Ildefonso por el ejército en 1968. Cuando Nancy obtuvo una beca para estudiar dirección escénica en Yale, Carlos continuó con el programa.
Las décadas del sesenta y setenta atestiguaron movimientos sociales que dieron cuenta sobre las irregularidades cometidas por el Estado en varios países. Desavenencias económicas reflejadas en antagonismos de clase y otras aristas dieron rienda para defender ideas e ideales de una ciudadanía incipiente que se organizó convocando a reuniones, marchas y mítines. Se establecieron alianzas solidarias consiguiendo una red nacional e internacional, que es visible en el mayo francés y el 2 de octubre mexicano. “En 1968 eres la gran activista de la Asamblea de Intelectuales y Artistas en apoyo del Movimiento Estudiantil”, le dice Carlos Monsiváis a Nancy Cárdenas en una carta póstuma.
En México las Olimpiadas estaban por celebrarse en medio de un antagonismo emocional imposible de disimular ante la sangre derramada, presos políticos, asesinatos y agravios a manos del ejército y los Halcones. Nancy Cárdenas, Beatriz Bueno y Luis Prieto libraron la masacre. “Esa noche –recuerda Monsiváis– conversamos largamente por teléfono y fue la única vez que te sentí deprimida a fondo, sin recursos emocionales, sin otra preocupación que la suerte de los amigos desaparecidos”.
Todas esas movilizaciones decantaron en puntos de partida que evidenciaron frentes que a lo largo de los años y las décadas se consolidaron. Ciertos sectores arremetieron y mostraron sus inconformidades y desacuerdo; eso traslució como las Instituciones asumidas inamovibles e inquebrantables dejaron de serlo. Los movimientos feminista(s) y lésbico-homosexual (LGBTTTIyQ) despuntaron en ese período en varios países. Algunas demandas son vigentes y otras se han sumado. La familia, el matrimonio, la sexualidad y la normativa jerarquizada para las interacciones humanas han develado, desde entonces, la complejidad inherente. De ahí la trascendencia de una convivencia que teja los hilos sin ignorar o erradicar a alguien.
La estancia de Nancy en el país vecino del norte mientras realizaba sus estudios le permitió presenciar la incursión de la píldora anticonceptiva y cómo trastocaba las relaciones de pareja e impactaba en las mujeres por la oportunidad de decidir si querían embarazarse. Es así como también se regocija del impacto social tras la batalla de Stonewall, un grupo que de manera cotidiana fue vilipendiado y denostado a lo largo de los años por presentar un estilo de vida que no se ajustaba a las expectativas y normas aceptadas por la sociedad. Aquella noche del 28 de junio de 1969, cuando un grupo de homosexuales se enfrentó a la policía, se convirtió en el parteaguas histórico que conmemora y celebra el orgullo gay. Defenderse, persistir, increpar lo emularon en otras ciudades de Estados Unidos y fuera de ese país. Nancy reunía información de todo aquello que promovía la transformación y argumentos de entender la homosexualidad alejada de la anormalidad, ya que México no era excepción de tildar de aberrante a quien fuese homosexual. Nancy se descubrió partícipe en esa contienda de minorías sexuales. Las mujeres habían iniciado una insurrección declarando sus derechos. Callar y obedecer dejaba de ser el consenso para lograr el bienestar, lo habían aprendido en todas aquellas manifestaciones y lecturas políticas en las que coadyuvaron hombres y mujeres. Sin embargo, todavía había mucho por entender.
Luis Enrique Ramirez atestigua que “Tres años habían transcurrido desde el golpe social de 1968 y el derecho a la preferencia sexual pensó Nancy Cárdenas no debía quedar fuera de aquella revolución que México vivía. Resolvió dedicar sus días de descanso, los domingos, a organizar en su casa reuniones tendientes a lograr ese efecto”. Por su parte Luis González de Alba menciona que “Nancy tenía una mecedora… desde ese púlpito se balanceaba al leernos, cada domingo por la tarde… el tema gay de la semana. Éramos un pequeño grupo sentado a sus pies, desparramado por el suelo, que escuchaba con atención y respeto textos descubiertos por ella”. Dice Nancy en una entrevista para el periódico El financiero en 1992: “Tenía aquí hasta 30 y 40 homosexuales cada semana, solo que diferentes. O sea no regresaban. Algunos llegaban y al ver que no era de tequila y de guitarra sino de una manera diferente de reunirnos, no volvían a venir”.
En esa época los lugares que frecuentaba quien era homosexual eran clandestinos y por supuesto asumía el riesgo ineludible. Las familias rechazaban a cualquier integrante de la familia, al interior de ella las normas eran tan estrictas como las de la policía. Todo ello indignaba a Nancy y quiso conocer cómo habían vivido sus antecesoras: “…entrevistaste a mujeres ya de edad y luego evocabas sus relatos, por ejemplo, la amistad de dos señoras que estaban siempre juntas y dormían juntas y se querían, y en sus familias murmuraban: ¡Pobres! ¡Nunca han conocido el amor ni el consuelo de una caricia!”, escribe irónicamente Monsiváis.
Cabe decir que en todas esas décadas, hombres y mujeres hallaron maneras de establecer relaciones, fuese mediante una doble vida, el silencio, el secretismo y a veces abandonando el camino trazado. He aquí un relato que recoge Monsiváis: “la señora que en la noche de bodas le dijo a su marido: «te quiero mucho pero no en la misma cama», el marido la fue a devolver con el padre y la mujer partió esa madrugada a la capital a compartir el lecho con la compañera del resto de su vida”. El cambio era inminente.
Nancy Cárdenas comprendió que la congruencia de pelear por los derechos humanos y el logro de la justicia necesitaba de una autorreflexión y de argumentos de saberse fuera de la vergüenza y asirse a la defensa de existir y no disculparse. En 1973, Nancy aceptó la invitación del periodista Jacobo Zabludovsky para argumentar en contra de la represión hacia las personas homosexuales: criticó los procederes de la ciencia médica y legal y el atropello y extorsión policial. Por vez primera se defendían los derechos humanos de ese grupo considerado minoría en un programa televisivo de horario estelar.
A mitad de la década, Nancy Cárdenas, Carlos Monsiváis y Luis González de Alba redactaron un manifiesto para denunciar las razzias (redadas policiales en contra de homosexuales) e invitaron a más figuras públicas a firmarlo. Lo titularon “Contra la práctica del ciudadano como botín policiaco” y lo publicaron en el suplemento de la revista Siempre! En 1978, Nancy participó en el primer contingente homosexual en la marcha conmemorativa de los diez años del 2 de octubre. El recibimiento fue simbólico. Al entrar el contingente fue vitoreado desde el interior de la manifestación. ¡He ahí la gran transición alcanzada!

Nancy Cárdenas al centro del elenco de “Los chicos de la banda”, 1982, Imagen tomada de: https://www.filminlatino.mx/pelicula/querida-nancy. En el siglo XX encontramos marcas históricas que dan cuenta de la inserción de las mujeres en diversos ámbitos de la vida pública. Uno de ellos es la dirección escénica mexicana, Martha Luna, Susana Alexander, Lya Engel son parte de esos primeros pasos. Destaca Nancy Cárdenas por los montajes, la elección de obras, las adaptaciones y las declaraciones públicas que generaron opiniones antagónicas ante las incursiones novedosas e irruptoras del contenido en escena, así como pensar el teatro como medio social transformador y no como un espacio acotado desde el poder adquisitivo que acentuaba dicho privilegio. Nancy afirmaba “… para mí la mayor pureza es mi libertad y ejercerla significa ir a buscar el público a donde está. Y si no quiere salir de su casa yo tengo que usar todo mi ingenio para que asista al teatro, esa es mi primera obligación”.
Fue una excelente estratega laureada que dirigió actores y actrices de envergadura y paralelamente grupos amateurs tanto en la capital y ciudades norteñas, incluida la de su tierra natal. La gran vuelta de tuerca fue llevar al escenario problemáticas sociales a través de obras de su autoría y adaptar obras extranjeras al contexto mexicano, incluso en teatros que no tenían apoyo gubernamental. Nancy explicó en una entrevista que concedió a Antonio Argudín en 1977:
Gran parte de los autores nacionales desprecian un poco a ese sector difícil de caracterizar que denominamos gran público. Obras como “El efecto de los rayos gama sobre las caléndulas” o “Y la maestra bebe un poco” […] que están bien estructuradas, muy sabrosamente dialogadas con caracteres interesantes y que presentan problemas comunes a la clase media de no menos de 80 países, podrían escribirse aquí dentro en muy poco tiempo si los autores aplicaran su inteligencia y sensibilidad al estudio no sólo de sus problemas personales, sino de la sociedad en que viven.
En 1974, tras dos años de gestiones con las autoridades, el Teatro Insurgentes abrió sus puertas a una obra cuyo tema central era la homosexualidad. La crítica no se hizo esperar: “acabo de ser atacada nacionalmente por mi inmoralidad debido a que puse en escena «Los chicos de la banda»… Para mí una obra de teatro moral es la que nos hace reflexionar, cuestionar nuestra conducta, por eso los chicos es altamente moral. La función tiene que interesar y divertir … y dejar una carga de temas para meditar”, declaró Nancy Cárdenas en una entrevista realizada por Lita Paniagua para la Revista Siempre! en 1975. A través del arte expuso un tabú, se arriesgó sabiendo que no era fácil la recepción y “saber que tipo de convencionalismos está dispuesto a aceptar, al encontrarlos se los ofrezco pero no me quedo ahí, les jalo un poco más para hacerles llegar mis propias ideas y si tengo éxito puedo hacer incluso que se quiebren estereotipos mentales”, recuerda en una conversación con Luz Elena Picos para El Mexicano en la Cultura en 1981. A esta puesta en escena siguieron otras más que abordaron la sexualidad.

Nancy Cárdenas en un recorte del periodico El Universal, 3 de agosto de 1989. Colección: Centro Académico de la Memoria de Nuestra América, UACM. Imagen tomada de: https://selser.uacm.edu.mx/. La independencia de Nancy es emblemática en todos sentidos: sorteó la falta de apoyo económico para montar obras, la negativa de las autoridades hasta conseguir que movieran su posición, la inconformidad y rechazo al interior de sus propios compañeros, porque en todo movimiento y en la vida cotidiana hay discordancias. Ella lo entendió y aprendió a transitarlo de la mano de sus seres queridos, fortaleciendo sus lazos, acudiendo a las instancias y asiéndose de más recursos. No perdió la perspectiva de lo que anhelaba: un mundo justo, equitativo, incluyente. Sigamos construyendo el siglo XXI tal como lo imaginaba Nancy Cárdenas, recordando que no hay nada zanjado, pues se mantiene día a día.
Que no es
antinatural, antisocial, antibiológico
aceptan ya los que más saben
de cuerpos y conductas.
Disfrutar este amor sin culpa
es vivir en el siglo XXI:
mujeres siempre en movimiento que se atreven
a jugar a todo sin salirse de ellas mismas.
Nancy Cárdenas, 1994.Para saber más
Fuentes Ponce, Adriana, «Fragmentos de silentes bulliciosas: Nancy Cárdenas y Violeta Barrientos», Nóesis. Revista de Ciencias Sociales, volumen 29, número. 58-1, 2020, p.105-120. Disponible aquí: https://doi.org/10.20983/noesis.2020.3.5.
González de Alba, Luis, “La mecedora de Nancy”, Nexos, 1 de octubre de 2013. disponible aquí: https://cultura.nexos.com.mx/la-mecedora-de-nancy/.
Ibáñez, José Luis, “Nancy Cárdenas”, Setenta años de la Facultad de Filosofía y Letras, México, Facultad de Filosofía y Letras, UNAM, 1994, p. 308-310.
Monsiváis, Carlos, “Queridísima Nancy:”, Nancy Cárdenas, Cuaderno de amor y desamor (1968-1993), México, Hoja Casa Editorial, 1994, p. 9-16.
Monsiváis, Carlos, “Nancy Cárdenas, la siempre inoportuna”, Nexos, 1 de septiembre de 2004. Disponible aquí: https://www.nexos.com.mx/?p=11261.
Picos, Luz Elena, “Soy una guerrillera disfrazada de artista. Primera parte de una entrevista a Nancy Cárdenas”, El Mexicano en la Cultura, 1981.
Ramírez, Luis Enrique, “Hago teatro para que la gente lo vea”, El Financiero, 25 de junio de 1992.
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Graciela Amador (1898-1961)

Arte y revolución
Por Verónica Oikión Solano
Graciela Amador Sandoval nació en la ciudad de Zacatecas el 5 de abril de 1898. Sus padres desde pequeña la llamaron cariñosamente Gachita. Hija de Josefa Sandoval y del notable historiador liberal Elías Amador Garay, cuya obra Bosquejo Histórico de Zacatecas fue muy reconocida y valorada en su tiempo.
En el hogar de los Amador Sandoval, su numerosa prole recibió enseñanzas alejadas de la religión católica, pues esta familia se nutría de la doctrina evangélica. Estas creencias con seguridad influyeron en don Elías Amador para dirigir el hospicio de la capital zacatecana. La niñez desvalida, como una injusticia más durante la larga dictadura porfiriana, fue una primera estampa de la desigualdad social que Graciela reconoció como uno de los detonadores de la revolución en Zacatecas.
En las postrimerías del porfiriato, la familia Amador Sandoval se trasladó a la villa de Aguascalientes debido a la persecución de la que fue objeto don Elías por parte de agentes porfiristas. En Aguascalientes, los padres de Graciela la inclinaron por los estudios musicales. Aprendió a tocar el piano y tomó lecciones de composición con el célebre maestro Manuel M. Ponce. Graciela testimonió: “el maestro Ponce me corregía la posición de los dedos sobre el marfil de las teclas durante las largas clases estivales”.
De igual manera, los progenitores de Graciela la indujeron al estudio de los idiomas: inglés y francés. Este interés por la educación de su hija refleja el contexto de la época, cuyas familias pudientes permitían y alentaban la dedicación de sus hijas a actividades artísticas y magisteriales.
Con el llamado a las armas proclamado por Francisco I. Madero, en noviembre de 1910, en contra del régimen porfirista, Elías Amador se afilió a la revolución. En medio de la conmoción revolucionaria, los padres de Gachita la enviaron a California, Estados Unidos, donde residió “dos años, durante los días más crueles de la revolución, y a donde mis padres me mandaron para librarme de las primeras balaceras”.
En 1911, don Elías ocupó una curul como diputado federal del nuevo régimen maderista. Por su parte, su hija Graciela, siendo ya una joven, se asumía como “una burguesita mimada y comodina”. Aunque se veía a sí misma como “fina y delicada, hablaba quedo, era tímida”. A fines de 1917, don Elías falleció y José Alfaro Siqueiros se presentó el 6 de enero de 1918 a dar sus condolencias a Octavio, hermano de Graciela. Alfaro y Octavio habían combatido en las filas carrancistas a las órdenes de Manuel M. Diéguez y Álvaro Obregón. A partir de esos momentos fúnebres, nació el noviazgo de Gachita con Alfarito, como se le conocía al joven amigo de su hermano Octavio.
Las familias se opusieron a su relación, pero Graciela y José Alfaro se unieron en matrimonio civil el 5 de agosto de 1918. Gachita se empeñó en transformar la personalidad de su marido y logró imponerle un nuevo nombre: David, en alusión al David de Miguel Ángel. Después de su casamiento, David Alfaro Siqueiros fue nombrado Secretario de la Legación mexicana en París en 1919. Pero de última hora, ya estando en Nueva York, la pareja recibió una contraorden para presentarse en Barcelona.

Retrato de Graciela Amador, Nueva York, 1919. Colección: Fondo documental Graciela Amador Sandoval, acervo particular de Ana Piñó Sandoval, actualmente custodiado por El Colegio de Michoacán. En la tierra de Cataluña, Amador continuamente posó para el pintor. En sus memorias menciona que procuraban cultivarse con la pintura de Siqueiros y con música de su autoría. Aunque también Graciela hizo alusión a los celos de Siqueiros que le impedían llevar una vida social más explayada. Posteriormente, el gobierno mexicano envió la orden a Siqueiros de salir de España y trasladarse a París, en donde se encontraron con Diego Rivera y a su entonces esposa, la pintora rusa Angelina Beloff.
También la pareja tuvo oportunidad de visitar Italia, junto con otro joven pintor, Amado de la Cueva. En la ciudad de Venecia, Gachita conoció a su admirada escritora sueca, Selma Lagerlöf, su encuentro con la famosa escritora escandinava de los cuentos para niños, de nieves y gansos, fue extraordinaria. Su obra literaria influyó en Amador. Y en Roma, Alfaro Siqueiros encontró la invitación de José Vasconcelos, el flamante primer secretario de Educación Pública, para que se integrara al equipo de pintores que cubrirían las paredes del nuevo edificio de la Secretaría y los muros de la Escuela Nacional Preparatoria, en el antiguo Colegio de San Ildefonso. De inmediato, la pareja regresó a México.
Muy pronto, Graciela se desilusionó con su nueva vida. Su esposo no le permitía salir a la calle. Los celos y el machismo de Siqueiros se impusieron. Aunque un incidente la sacaría de su enclaustramiento. Durante un paseo navideño, Gachita y su marido recorrieron los puestos del pequeño comercio de la Alameda Central de la ciudad de México y ella absorbió los jugos de la tierra mexicana: “¡Jamás lo olvidaré!”, y agrega: “pude darme cuenta de la inventiva del genio plástico de nuestra raza, predominando el sabor aborigen en juguetes, piñatas y golosinas”.
Esta experiencia vital fortificó decididamente su espíritu artístico. Además, la pareja regresó a su casa llevando una piñata. Siqueiros consintió realizar una posada con las amistades que él frecuentaba. En medio de la posada, Gachita conoció a la intelectualidad artística citadina y a un trío de fervientes pintores comunistas: Xavier Guerrero, Roberto Reyes Pérez y Máximo Pacheco. A partir de esa reunión con lo más granado del arte revolucionario, Siqueiros fue aflojando las cadenas de la clausura y Gachita se sumergió en el mundo artístico, pero también definió su militancia por la revolución mundial.
Esas revelaciones en su existencia fueron compartidas con el pequeño Jorge Piñó Sandoval, hijo de su tía Anita, hermana de su madre y fallecida repentinamente. Jorgito, siendo su primo, acabó viviendo con la pareja como si fuese su propio hijo.
El conjunto de jóvenes artistas plásticos fundó el Sindicato de Obreros Técnicos, Pintores, Escultores y Grabadores Revolucionarios en diciembre de 1922 y, a partir de 1923, la cúpula del Sindicato se incorporó al Partido Comunista Mexicano, fundado en noviembre de 1919 y adherido como Sección Mexicana de la Tercera Internacional Comunista.
En 1924, Gachita, siguiendo las ideas de Siqueiros, ingresó al Partido Comunista. Con los ahorros realizados con las percepciones obtenidas por Siqueiros como pintor en el Colegio de San Ildefonso, crearon El Machete, órgano de propaganda del Sindicato. La leyenda metafórica que encabezó el periódico fue ideada por Amador: “El machete sirve para cortar la caña, para abrir las veredas de los bosques umbríos, decapitar culebras, tronchar toda cizaña y humillar la soberbia de los ricos impíos”.
Entre 1925 y 1927, de acuerdo con las líneas estratégicas del Partido Comunista, Siqueiros y otros de sus camaradas constituyeron sindicatos en las minas jaliscienses y fundaron la Confederación Obrera de Jalisco mediante una experiencia de acción colectiva trepidante. Por su parte, Graciela hizo una labor de concientización social y cultural entre las mujeres de los obreros mineros para formar cuadros adherentes para el Partido Comunista. Su iniciativa la llevó a crear centros revolucionarios femeniles para incentivar su espíritu de lucha.
La Asamblea General de la Confederación Obrera de Jalisco eligió a Amador y a Siqueiros como sus delegados ante el IV Congreso de la Internacional Sindical Roja, realizado en Moscú entre marzo y abril de 1928. En su estadía, Graciela tuvo el privilegio de dialogar con Clara Zetkin, la lideresa feminista. Además, se identificó con las ideas de Nadezhda Krupskaya en pro de las mujeres, la infancia y la juventud. El diálogo sostenido con Anatoli Lunacharsky, el Comisario del Pueblo para la Educación, incubaría el proyecto pedagógico de Graciela en su regreso a México.
En las páginas de El Machete, Graciela desplegó su genio literario. Su dura experiencia en las minas de Jalisco la tradujo en narraciones testimoniales que pretendió publicar con el título Las Montañas de la Muerte, aunque nunca se hizo la edición de la obra. Escribió narraciones alusivas a la lucha social y cuentos con moralejas sociales recordando su estancia militante en la Unión Soviética. También compuso corridos con mensajes sociales y remembranzas históricas.
En 1928 Graciela proyectó La Casa del Niño Luchador para la atención de la niñez proletaria que no tenía acceso a educación, vivienda y salud, y como un hogar de refugio para los vástagos de los luchadores caídos o encarcelados. Sus trabajos quedaron inconclusos debido a la ola represiva y anticomunista del periodo del Maximato. Los cuadros comunistas fueron encarcelados de forma masiva. La imprenta de El Machete fue destruida y su edición pasó a la clandestinidad.
Después de su separación y divorcio de Siqueiros en 1929, Gachita inició una nueva etapa en su vida dedicada a las artes y a la promoción de la cultura. Realizó recopilaciones en el campo de la música mexicana y el folklore en la tesitura nacionalista de Vicente T. Mendoza. También dirigió coros de niños y de universitarios e impartió docencia musical.

Graciela Amador con una marioneta para su teatro guiñol. Fotografía tomada de Revista de Revistas, 17 de octubre de 1954. Colección: Hemeroteca Miguel Lerdo de Tejada, Secretaría de Hacienda y Crédito Público. Destacó la inserción de Graciela en la vanguardia del teatro guiñol infantil promovido por la SEP a partir de 1933. Escribió las obras y el acompañamiento musical, pintó escenografías y diseñó los títeres junto con un núcleo entusiasta de escritores, escultores, pintores y escenógrafos (Roberto Lago, Germán List Arzubide, Angelina Beloff, Leopoldo Méndez, Ramón Alva de la Canal, Germán y Lola Cueto), que escenificaron las piezas teatrales para la niñez de las escuelas y los barrios de la ciudad de México y de otros puntos de la república mexicana. Su grupo teatral se denominó Periquito o Periquillo.
Graciela, además, contribuyó en 1943 con su Teatro de Muñecos, basado también en obras de teatro guiñol, a la Campaña Nacional de Alfabetización impulsada por Jaime Torres Bodet, secretario de Educación Pública. De igual manera, incursionó en la dramaturgia mexicana para adultos con su Teatro del Cuento, realizando adaptaciones de obras de reconocidos autores.
Con la llegada de la televisión comercial, Graciela impulsó los teleteatros con su nuevo grupo, el Teatro Cucurucho, y puso en escena obras transmitidas en Televicentro en los años cincuenta. Ella misma se integró al elenco en sus escenificaciones. Asimismo, Graciela exploró otras vetas en el campo cultural y artístico. Fue argumentista y guionista de obras cinematográficas. Tuvo a su cargo un programa de música mexicana en la Radio de la SEP y realizó teatro infantil mediante programas radiofónicos, teniendo a su cargo la dirección, los libretos, las adaptaciones, los fondos musicales y la actuación.
Sus aportes en el campo de la cultura son parte del legado de las vanguardias culturales y artísticas de la posrevolución mexicana. La mayor parte de su obra literaria y musical permanece inédita: relatos breves, cuentos, ensayos, narraciones autobiográficas, pensamientos personales, poesía, farsas, fábulas, producción teatral, comedias, novelas, pastorelas, artículos de divulgación y piezas musicales.
Graciela, además, fue una entusiasta de la promoción de la cultura en sus diferentes vertientes. Destaca su proyecto denominado Centro Artes de México de 1937, que desafortunadamente no logró su integración, a pesar de sus objetivos innovadores para el fortalecimiento de la cultura mexicana.
Graciela Amador Sandoval murió en la ciudad de México el 5 de octubre de 1961. Una vida vivida al servicio del ímpetu revolucionario, enhebrada con su fehaciente decisión por el arte y la creación artística.
Gachita, una siempreviva en el océano prodigioso de la eternidad.
Para saber más
Amador, Graciela. «Mi vida con Siqueiros. Graciela Amador narra su vida con el pintor. La historia de un amor vivido con intensidad (Cuatro partes)», Hoy, números 575-578, febrero-marzo de 1948. Los artículos están disponibles en el Centro Internacional de las Artes de las Américas: https://icaa.mfah.org/s/es/page/home,
Cueva Tazzer, Ma. de Lourdes, “Filias y rupturas de una comunista. Las Memorias de Graciela Amador en el PCM, 1924-1940”, Tesis Psicológica, volumen 12, número 2, 2017, p. 12-31.
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Rosario Castellanos (1925-1974)

Ironías de la intelectualidad y desafíos para su feminismo
Recuerdo, recordamos
Ésa es nuestra manera de ayudar a que amanezca
sobre tantas conciencias mancilladas,
sobre un texto iracundo, sobre una reja abierta,
sobre el rostro amparado tras la máscara.
Recuerdo, recordemos
hasta que la justicia se siente entre nosotros.
Memorial de Tlatelolco, 1972.Nunca se preocupó por mí… y yo la quise mucho y a sus padres también. Nunca se preocupó por mí. Y estuve veinte años [con ella].
María Escandón, tía de Rosario Castellanos, 1994.¿Y qué querías? ¿Ser igual que las gentes de razón?
“Teatro Petul. Benito Juárez”, Teatro Petul 2, 1961.Rosario Castellanos Figueroa nació “por un error geográfico” en el entonces Distrito Federal, a pesar de que se ha dicho y estampado que lo hizo en Chiapas. Sobre la escritora, académica, funcionaria, periodista y diplomática, pesará de tal manera su obra literaria considerada indigenista que terminará por hacerla nacer en ese estado del sureste donde ocurren los dramas de los tzotziles, tzeltales y mayas. Forma parte —según la obsesión de la crítica literaria de hace algunas décadas por aglutinar a los escritores en generaciones o grupos— de la generación de 1950.
A decir de Elena Poniatowska, de 1948, año en que apareció Apuntes para una declaración de fe, a agosto de 1974, Castellanos publicó 23 libros en 26 años: once de poesía, tres de cuento, dos novelas, cuatro de ensayo y crítica literaria, una obra de teatro (El eterno femenino), y un volumen que reúne sus artículos periodísticos. Sin embargo el arco temporal se amplía si se cuenta que a sus quince años publicó poesía en un periódico local en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, y que El eterno femenino aparece en 1975, esto es 34 años de incesante escritura. Además, Poniatowska no incluye las obras de teatro guiñol —Teatro Petul— escritas por Castellanos para el Instituto Nacional Indigenista. El volumen El uso de la palabra (1974) que reunió algunos de los artículos publicados por Castellanos en Excélsior, palidece frente a los tres publicados en 2004 por Conaculta, recopilación a cargo de Andrea Reyes bajo el título Mujer de palabras. Artículos rescatados de Rosario Castellanos, Reyes registra y compila un total de 517 contribuciones entre artículos y ensayos en diferentes medios periodísticos. (¿Cómo pudo escribir tanto y tan bien?). A esta Castellanos periodística me asomaré en las siguientes líneas.

Retrato de Rosario Castellanos, Rogelio Cuéllar, 1972. Colección: 250 Retratos de la Literatura Mexicana, Secretaría de Cultura, Rogelio Cuéllar. Fotografía tomada de: https://www.rogeliocuellar.mx/galeria/escritor/73/castellanos-rosario. Ligereza aparente, el alfiler de la ironía
La ironía se considera destello de inteligencia en la tradición literaria occidental, lo mismo escribir o hablar irónicamente que entender las ironías como juegos del ingenio. Su componente humorístico permite al ironista abordar temas incómodos para las sociedades. Suele decirse que una ironía dice lo contrario de lo que enuncia, de ahí que usualmente se confunda con la contradicción o en el otro extremo con la paradoja. El uso más común es el de la idea opuesta, por ejemplo, cuando entrada la noche despedimos a una amiga con la frase “Te vas por la sombrita”, basta con estar en la situación para saber que se trata de un chascarrillo, y el tema del chiste es lo evidente: es de noche y no hay sombra, o mejor aún, es de noche y todo es sombra… Es ésta la ironía del estilo de Rosario Castellanos en sus artículos periodísticos, ironiza lo evidente, lo cotidiano, aquello que por invariable se antoja fútil. La escritora pertenece a la tradición literaria crítica de Jonathan Swift, Guillermo Prieto, Oscar Wilde, Maya Angelou, James Baldwin, Pedro Lemebel, y claro, la mismísima Virginia Woolf.
Para “hacer ver lo evidente” se requieren varios movimientos a manera de oleaje, de pliegues sobre el lenguaje: primero acordamos que hay un sentido o conocimiento explícito —es de noche, de noche no sale el sol, no es posible hacer sombra de noche— y que éste se pone en duda con la frase “Te vas por la sombrita”, aquello que parecía claro e incontrovertible —de noche no hay luz solar para proyectar sombras— se abre, lo que se “abre” no es la frase, sino la realidad o la situación: se puede hacer sombra de noche bajo un farol; la sombra es una forma de decir “protégete contra el sol”, entonces decir “Te vas por la sombrita” también podría querer decir “cuídate porque la noche es peligrosa”. La ironía se vuelca sobre la situación, sobre la realidad “compartida” por los interlocutores. En este sentido, la ironía de Castellanos Figueroa en las decenas de artículos periodísticos es un ejercicio humanizante por abrumador, me explico.
La ironía depende en absoluto de que ambos interlocutores compartan lo obvio, sin esto, la ironía pasa inadvertida fácilmente, y se la puede calificar de dicho estrafalario. En la ironía los interlocutores participan de los sentidos, de cómo la realidad o la situación se modifica una vez que el ironista aguijonea lo obvio, esto sufre una suerte de transformación, y deja su lugar cotidiano para convertirse en anomalía. Por otra parte, la vida pública en México durante los años que van de 1963 a 1974 en que Castellanos colaboró en Excélsior se distinguió por la simulación, el ocultamiento, la censura, la mordaza…, era un México recién bañado y muy bien peinadito, gobernado por un régimen cuyo autoritarismo y capacidad de represión se reproducían en todas sus instituciones y sectores. De suerte que la ironía de Castellanos resulta idónea para “hacer ver” a sus lectores no sólo la vida cotidiana sino lo mucho que ésta encubre.
En febrero de 1965 la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística se rasga las vestiduras ante Los hijos de Sánchez, porque retrata el México que por decreto no debe verse, del que no debe hablarse. Ante esto Castellanos afirma en “Cultura y violencia” que el arte en México tiene la obligación de ser patriotero o no ser. Y sentencia “La vida intelectual en México tiene un ritmo regular y apacible”, así cuando algo la perturba reacciona coléricamente por “la inoperancia de los intelectuales en nuestro país. Carecen de contacto directo y permanente con el mundo que los circunda; no se sienten útiles cuando desempeñan sus funciones específicas, sienten la cultura como embrujo o la padecen como un estigma; oscilan entre calificarse de parásitos o genios”.
Castellanos juguetonamente desafía a la asentada intelectualidad y a sus prácticas: “Como nunca me he ejercitado en otro deporte que el verbal, mi nombre se añade, a veces, a la lista de los integrantes de una asociación, de un grupo, de una mafia, cuya actividad consiste en estampar su firma al pie de las largas e inoperantes protesta ante hechos consumados o consumables; de alegatos que no fortalecen el desvalimiento de las víctimas; de adhesión a causas, por justas, perdidas” (“Inventario”, La Cultura en México, noviembre de 1963). Esta confesión respecto de la (in)utilidad o postración de los intelectuales nos permite como he dicho indagar en la realidad, esas largas e inoperantes listas no logran nada, podríamos preguntarle legítimamente por qué existen dichas listas, para qué las firma… Dentro de los poderes de la ironía está el de decir algo diferente de lo que se enuncia, ya no se trata de lo opuesto, ese “algo diferente” conduce nuestra interpretación hacia la contradicción o la contrariedad, así cuando alguien nos dice “¡Qué hermosos zapatos, te ves increíble|”, recibimos el halago, sin embargo si la frase es repetida cuatro o seis veces, comenzamos a considerar que ese elogio no es tal, que es otra cosa, una burla, pero no hay un cambio de tono así que no podemos reclamarle al enunciador. Memorable es la repetición en Julio César de Shakespeare; los lectores de Castellanos pueden pasar por sus columnas y considerarlas obviedades o pequeñeces, sin embargo, quien se pregunta por estas afirmaciones sin sentido, puede quizá iniciar el camino hacia la crítica específica del ironista: “Están viendo y no miran”, o citando a la Biblia “el que tenga oídos que oiga”, es preciso detenerse y reconocer los pliegues en el lenguaje. En muchas de sus colaboraciones Castellanos aguijonea a la intelligentsia mexicana desde esta postura crítica: sólo sabemos hablar, escribir, firmar lo inútil; por su parte los lectores somos libres de preguntarnos quizá, ¿y entonces de qué sirven los que escriben si no cambian el estado de las cosas? El párrafo apenas citado se antoja casi parte de un cuento kafkiano: mi firma que no opera nada. Y al mismo tiempo, remata con lo inocultable: lo justo está perdido y a las víctimas no se les resarce firmando listas de protesta. La ironía no pontifica verdades, las problematiza; no propone una síntesis, ni crear algo, es más destructora que constructora.
¿Para qué sirven los intelectuales? Algunos como Castellanos para incomodarse e incomodar a otros en su comodidad. En “Ni ditirambos ni elegía: Marte en la Universidad” del 21 de septiembre de 1968, aparecido en Excélsior, Castellanos regala al público páginas valientes en su contexto, con párrafos implacables, aunque prudentes:
Hace apenas tres meses la ocupación de la Ciudad Universitaria por el ejército nos habría parecido un escándalo inconcebible. […]
Pero el bazucazo que derribó la puerta de San Ildefonso el martes 30 de julio, derribó también una confianza hondamente arraigada en la conciencia mexicana: la de la inviolabilidad de los recintos académicos […].
Para que nos familiarizáramos con la necesidad del empleo de esa fuerza —que en estas semanas ha menudeado en frecuencia y ha crecido en magnitud— ha sido indispensable, primero, emprender una larga, tenaz, inescrupulosa campaña de desprestigio contra el objeto hacia el que esa fuerza iba dirigida: la Universidad.
[…] los funcionarios administrativos, los maestros, los alumnos fueron mostrado como una colección de desdichadas criaturas desprovistas de autoridad, de buena fe, de malicia o de experiencia como para mantener su casa en orden […].
Estos acontecimientos, sin calificación, se reducen a datos muy escuetos: diez mil soldados, con un equipo ofensivo y defensivo completo, sitian un conjunto de locales inermes, los catean, los desalojan sin encontrar resistencia, envían a la cárcel a los que allí concurrían y los mantienen bajo su vigilancia.
[…] como se preguntan los detectives en las novelas policiacas ante la comisión de un crimen: ¿a quién aprovecha? ¿Para qué sirve? ¿Cuál es el móvil?
[…] preguntémonos hasta que grado un hecho como el que se llevó a cabo ayuda a resolver un conflicto en el que una de las partes (los jóvenes) exigía el diálogo y la otra (el gobierno) había condescendido en aceptarlo.
¿Dialogan el vencedor y el vencido? No suele ser la costumbre […] ¿Dialogan el reo y el juez? No. A las diligencias judiciales se les llama, estrictamente, interrogatorios. No dialogan sino los hombres libres y cuando se encuentran en condiciones de igualdad.
[…] ¿de qué nos ha valido hacer una revolución liberal? ¿De qué haber practicado durante decenios una democracia, por sui generis que sea, si en el momento en que surge entre nosotros un fenómeno mundial, el de la inconformidad juvenil, adoptamos los mismos métodos que los países que no han transitado siquiera del feudalismo a la burguesía y que se rigen por dictaduras?
Llama la atención el orden en el que organiza a los miembros de la Universidad: primero los administrativos, y al final los alumnos, quienes eran la fuerza vital del movimiento; como si Castellanos no quisiera darles protagonismo en ese párrafo, más adelante, su prosa nos conduce hasta los bordes de la indignación con firmeza, no puede haber caído bien que “democracia sui generis” conviviera tan cerca de la palabra “dictadura”. Sin ironías, echa mano de otro recurso, la pregunta retórica, la pregunta que no pregunta sino responde, obligando al lector a dos cosas: aceptar tanto la formulación de la cuestión —lo que ya puede ser un desafío en sí— como la respuesta, es decir, la postura ideológica y política. Cuando entre amantes uno pregunta “¿Me quieres?”, no hay pregunta sino un callejón de una sola salida… Pocos días después, ante la masacre de estudiantes en Tlatelolco, todos callan. Y en 1972 en el poemario de Castellanos En la tierra de enmedio se lee: “La plaza amaneció barrida; los periódicos / dieron como noticia principal / el estado del tiempo”, “No hurgues en los archivos pues nada consta en actas”, “Recuerdo, recordamos”. El poema como archivo, como fuente enmienda lo que el periodismo fue incapaz de hacer.

Retrato de Rosario Castellanos, Rogelio Cuéllar, 1970. Colección: 250 Retratos de la Literatura Mexicana, Secretaría de Cultura, Rogelio Cuéllar. Fotografía tomada de: https://www.rogeliocuellar.mx/galeria/escritor/73/castellanos-rosario. Puntos ciegos de aquel feminismo
La emancipación de las mujeres tema central de la poesía, narrativa, ensayo y teatro de Rosario Castellanos está presente también en su escritura periodística, no resaltaré los temas de la libertad individual de las mujeres de que habla de nuestra autora, sino un hecho que considero primordial para entender el feminismo que practicó. Castellanos se encarga de reseñar la obra y el arte de mujeres de su época, asume una actitud de servicio para con otras mujeres que, como ella misma, pasean por la pequeña ciudadela que se ubica en la cima de la torre de marfil de las artes: Ana María Matute, Rosa Chacel, Gabriela Mistral, Bernice Kolko, Luisa Josefina Hernández, Leticia Tarragó, Diana Moreno Toscano, replicando así las prácticas del campo literario masculino: la amistad cómplice, la organización de cofradía. La cofradía implica exclusión, por ejemplo, del arte lésbico que no se asoma en las colaboraciones de Castellanos. La autora reconoce la estructura de red en espejo: no se trata de que las mujeres históricamente no hayamos producido arte o pensamiento, sino de que histórica y deliberadamente se nos ha privado el acceso a los sitiales desde donde se gobierna la república de las artes. Castellanos deliberadamente presta el servicio de espejo y megáfono, de hacer archivo de la obra de “algunas” contemporáneas.
Hay un aspecto de la vida femenina que nuestra autora visita con frecuencia en la prensa: la maternidad inserta en la vida cotidiana, por ejemplo, “Y las madres, ¿qué opinan? Control de la natalidad”, el tema asoma aquí y allá, y su propia experiencia surge: “usted sabe, señora, y desde el primer momento, cuando le ha tocado en suerte el que su niño sea un niño problema. ¿Pero está usted segura de advertir, con la misma certidumbre, si a su niño le ha tocado en suerte el que usted le resulte una madre problema?” (Excélsior, 23 de agosto de 1971). Cuestiona problemáticamente el estatuto de los hijos y las infancias, en “Los derechos del niño” (Excélsior, 23 de noviembre de 1963), y “Los hijos: una propiedad privada” (Excélsior, 22 de febrero de 1969); aunque su propia maternidad más que analizada es narrada con un velo de discreción, y buen humor como sucede en “No basta ser madre: un árbol crece en Tel Aviv”.
Para mirarse, Castellanos gusta del ojo humorístico, como embajadora es la Señora Avestruz; desde Israel habla de programas culturales, de reuniones con personalidades de la política mundial, acuerdos, intercambios y logros artísticos, ella es el punto de partida y de llegada; y en algunos de sus textos autopromociona su obra, reglas de la ciudad letrada: “Álbum de familia: satisfacción no pedida”, “Nuevos versos de Rosario Castellanos”; tanto en “Balún Canán en Israel: Gabriel descubre la literatura” como en “De cómo hacerse famosa: a pesar de proponérselo” el blanco de la ironía es ella misma, aunque solo para hacer menos chocante el autoelogio: Balún Canán será traducida al hebreo y aunque con sorna la llamará “obra maestra”.
En Juicios Sumarios Castellanos dedica un ensayo a Virgina Woolf, de quien apunta: “el abolengo de la familia de Virginia no era únicamente social y económico, sino también intelectual”; y ciertamente en aquel famosísimo ensayo Una habitación propia, Woolf tuvo el valor de ofrecernos una perla de verdad sobre la literatura en Occidente: “una mujer debe tener dinero y una habitación propia si va a escribir ficción”. Tanto Woolf como Castellanos poseían autonomía financiera y social, esto es, privilegio de clase. Podría yo decir, como algunas feministas, que basta entonces con que las mujeres se hagan de capital y de autonomía para escribir, comprar libros, y allegarse experiencias artísticas. No obstante, lo que no puede decir Castellanos (que sí Woolf), es que las horas necesarias para leer y escribir, las dedicadas al estudio y las de ocio para la reflexión requieren que alguien más cocine, lave, organice, planche, limpie, es decir, la servidumbre. En el caso de Rosario Castellanos ¿qué hubiera sido de su carrera como escritora, de su maternidad, de su carrera diplomática sin la seguridad financiera, sin la servidumbre de su infancia, sin la nana de Gabriel, sin María Escandón?
Y es que el abolengo de Castellanos está tramado con el afluente más trascendente y vital hasta nuestros días, que ha modelado las sociedades latinoamericanas desde sus orígenes en el siglo XVI, me refiero al racismo estructural que articula las relaciones, concentrando el poder en un grupo de mestizos y acriollados, cuya relación para con los racializados hombres y mujeres es en términos de inferiorización y de despojo sistemático no sólo de bienes y derechos, sino que además se les ha constreñido históricamente al destino de la servidumbre: “Yo he tenido hasta ahora dos largas servidumbres —escribe Castellanos—. Y uso la palabra con la plena deliberación de su ambivalencia. […] ¿Quién de las dos estaba más sujeta: la sierva o el ama? Eso queda para discutirse”, en el fragmento se crea la ficción de la igualdad a partir de la dependencia —por supuesto quien escribe es solo la patrona—, desconociendo así las determinantes sociales que condujeron a que una sea sierva y la otra ama. Más adelante, Castellanos misma invalida la igualdad al hablar de cómo María Escandón fue su “cargadora”:
Esta institución [la de cargadora] consistía en que el hijo de los patrones tenía para entretenerse, además de juguetes no que eran muchos y que eran demasiado ingenuos, una criatura de su misma edad. Esa criatura era, a veces compañera con iniciativa con capacidad de invención […] Pero, a veces también era un mero objeto en que el otro descargaba sus humores: la energía inagotable de la infancia, el aburrimiento, la cólera, el celo amargo de la posesión.
Castellanos asevera que “El día en que […] se me reveló que esa cosa de la que yo hacía uso era una persona, tomé una decisión instantánea: pedir perdón”, y que entre ambas se dio un distanciamiento que empujó a María “donde era más útil ayudando al aseo y cuidando de la casa y, lentamente, introduciéndose en el ámbito sagrado de la cocina”. ¿Dónde era más útil?, ¿ámbito sagrado de la cocina? Rosario tenía 3 años cuando “le dieron” a María, que tendría 5 (en Sudamérica esta práctica muy viva aunque transformada en sus términos se llamó “indiecito de servicio”).
María será sirvienta y enfermera de la madre de Rosario durante una década, y personalísima sierva de Castellanos durante 20 años. Castellanos confiesa que nunca enseñó a María a leer ni a escribir, “Yo andaba de Quetzacóatl por montes y collados mientras junto a mí alguien se consumía de ignorancia”. Para mayor agravio: María, una mujer adulta, es puesta al servicio de Gertrudis Duby, aparentemente porque no se llevaba bien con el esposo de Castellanos. Duby tampoco le enseña a leer ni a escribir. Sin el trabajo de Cynthia Steele publicado en 1994, no podríamos conocer algo de la versión de María Escandón, ni que, para mayor agravio, María era tía de Rosario Castellanos, por parte de la familia materna, hija ilegítima de Trinidad Abarca, quien nunca la reconoció. Como se sabe, Rosario Castellanos tuvo un hermano, también ilegítimo, hijo de una mujer indígena, Rafael, fue criado en casa pero no recibió herencia como Rosario, quien finalmente la compartió con él.
Ciertamente Castellanos anduvo por montes y collados con su teatro Petul, medio para propagar en lenguas de la región chiapaneca de manera simplista, como importaba al gobierno en turno, la historia patria, o bien medidas de higiene y por supuesto adoctrinamiento de obediencia a la autoridad. Castellanos registra el autor de muchas de las obras, Marco Antonio Montero, pero no registra por sus nombres, a pesar del tiempo de convivencia, a la parte primordial de esa pequeña compañía de teatro, queda para ellos una mención forzosa: “El grupo de manipuladores del Teatro Petul (tres en idioma tzetzal y tres en idioma tzotzil) tiene a su cargo desde la fabricación y conservación de los muñecos, hasta las traducciones de los textos que originalmente se escriben en español” (Teatro Petul, 1962). Como si lo importante fuera la obra en español y su traducción mero accidente del contenido, esta jerarquización no sucede en el caso de las lenguas europeas.
La ingente obra de Castellanos solo fue posible porque ella, como Woolf y como sor Juana, gozaron de privilegiadas condiciones materiales para el trabajo intelectual como se produce en Occidente: se necesita dinero y una habitación propia para escribir, Castellanos tuvo eso y más, “le fue dada” una persona cuyo destino impuesto fue ocuparse por entero de su persona para que ella y solo ella, Rosario, floreciera.
Balún Canán y la literatura llamada indigenista son prueba de las profundas contradicciones de la mirada acriollada o ladina que la constituye, o de cómo esta misma literatura colaboró en la figuración del “problema del indio” como se decía en los años sesenta y setenta —recordemos que también se ha dicho “el problema de la mujer”—, formas para no decir racismo ni misoginia.
La literatura participa de la realidad, está en ella y sobre ella se vierte. De manera que ha de reconocerse que leyendo a Rosario Castellanos cualquiera entra en contacto con ideas poderosas sobre el lugar de las mujeres de las clases aburguesadas mexicanas, de sus luchas y reclamos, Rosario fue implacable con su propio medio —Tablero de damas—; y señaló la desigualdad y la miseria en un México próspero de clases dirigentes medianamente letradas, que prolongaron el sistema colonial de expolio y pauperización contra hombres y mujeres indígenas y campesinos, porque solo así se acumulan esas fortunas aladinescas. Y ahí de pie junto a la deslumbrante, inteligente y desmesurada escritura de Castellanos está también el testimonio de una institución colonial viva, María. En el patriarcado del capitalismo, detrás de las obras de una gran mujer, hay también muchas otras mujeres y es éste un hecho que debe ser radicalmente desafiado.

Edita (la del plumero) de la serie La Servidumbre, Sandra Eleta, 1977. Fotografía tomada de: https://www.surfacemag.com/events/radical-women-latin-american-art-1960-1985/. Para saber más
Castellanos, Rosario, Mujer de palabras. Artículos rescatados de Rosario Castellanos, Compilación, introducción y notas de Andrea Reyes, México, Conaculta, 2004-2007, 3 volúmenes.
Poniatowska, Elena, ¡Ay, vida, no me mereces! Carlos Pellicer, Rosario Castellanos, Juan Rulfo, La Literatura de la Onda, México, Joaquín Mortiz, 1985.
Revilla Orías, Paola Andrea, “Indiecito de servicio: cautiverio, trata y servidumbre no-libre de niños en Charcas (siglos XVI-XVIII)”, Tzintzun. Revista de Estudios Históricos, número 74, julio-diciembre de 2021, p. 35-65.
Steele, Cynthia, “María Escandón y Rosario Castellanos: feminismo y política personal en el ‘profundo sur’ mexicano”, Inti. Revista de Literatura Hispánica, número 40, otoño-primavera de 1994, p. 317-325.
¿Cuál es la diferencia entre discriminación y racismo?, cápsula a cargo de la Dra. Emiko Saldívar, México, Colectivo Copera, 2014. Disponible en: https://vimeo.com/104031657.
Las mujeres indígenas: defensoras de la vida y los territorios, hacia un pensamiento descolonial. Conversatorio con Yásnaya Aguilar y Aura Cumes, México, Coordinación para la Igualdad de Género UNAM, 2021. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=Z9YZhHmieD0.
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Feminismo latinoamericano

Katherine M. Marino entrevistada por Estefany Aguilar Flores
La historia del movimiento feminista en América, es un tema que, por lo general, ha tomado como punto de partida el sufragio femenino. El derecho de las mujeres a votar ha sido expuesto como el máximo logro del movimiento, con el cual la voz y participación femenina traspasó el ámbito de lo doméstico para integrarse al espacio público. En este sentido, el feminismo latinoamericano ha sido visto como un movimiento tardío, que trasladó de Estados Unidos la idea de la lucha por los derechos de la mujer, cobrando su relevancia hasta los años setenta, cuando se crearon organizaciones para este fin en la mayor parte del continente.
No obstante, ante esta narrativa, Katherine M. Marino ha propuesto una nueva mirada que nos invita a conocer desde otro ángulo la movilización y la experiencia del movimiento feminista. En su libro Feminismo para América Latina (Grano de Sal, 2021) argumenta, a partir de una investigación histórica rigurosa, cómo desde los años treinta del siglo XX mujeres del hemisferio sur del continente tejieron una red que impulsó sus derechos y pugnó internacionalmente por la lucha de los derechos humanos.
¿Cómo surgió su interés por estudiar el feminismo en América Latina?
Cuando fui a la escuela de posgrado, tuve la intención de estudiar historia de las mujeres y de género de los Estados Unidos. Mi interés era abordar las redes internacionales de activistas en los años de entreguerras, especialmente quería aprender sobre las redes que existieron entre las feministas de los Estados Unidos (EUA) y las de América Latina. En los archivos de feministas estadounidenses encontré evidencia de fuertes colaboraciones con mujeres de América Latina y con organizaciones interamericanas, por lo que me interesé en conocer más acerca de la Comisión Interamericana de Mujeres, la cual fue creada en 1928 bajo los esfuerzos de feministas de Cuba y los EUA. Ésta fue la primera organización intergubernamental del mundo para la promoción de los derechos de las mujeres.
Mi disertación y, en consecuencia, mi libro se enfocaron en estudiar a este grupo y su activismo en los congresos panamericanos. La investigación me llevó a Brasil, México, Uruguay, Panamá y otros países, donde aprendí cada vez más sobre la tremenda fuerza y activismo innovador de los feminismos latinoamericanos durante este tiempo.
De acuerdo con su libro, en los años treinta del siglo pasado se manifestó en el hemisferio sur de América una nueva forma de feminismo. ¿Cómo surgió y cuáles fueron las principales características de este movimiento?
Sí, a mediados de la década de 1930, en respuesta al surgimiento del fascismo global, a la precariedad económica y social causada por la Gran Depresión y al imperialismo, el feminismo en América Latina y el Caribe entró en una nueva etapa. Yo la llamo “el feminismo americano del Frente Popular”. Fue un movimiento liderado por América Latina, en el que se combinaban las demandas laborales y socialistas con las de la igualdad de derechos para las mujeres, ubicándose en un ambiente de solidaridad interamericana antifascista, antirracista y antiimperialista. Este fue el contexto en el que surgieron el Frente Único Pro Derechos de la Mujer (FUPDM) en México, así como otros grupos feministas antifascistas en otros países, como el Movimiento Pro Emancipación de las Mujeres en Chile (MEMCH). En ellos se incluyó más que antes a las mujeres pobres y trabajadoras, y se exigió la igualdad de derechos políticos y civiles para las mujeres a niveles nacionales e internacionales.
Asimismo, se amplió el significado de la “igualdad de derechos”, puesto que se incluyó a los derechos económicos y sociales, además de que se promovió la legislación de la maternidad. Se pidió que esa legislación se aplicara a las trabajadoras domésticas y rurales, promoviendo un feminismo que valorara lo que hoy llamamos trabajo reproductivo.

Cartel del 1er. Congreso Nacional del Movimiento Pro-Emancipación de las Mujeres, 1937. Colección: Elena Caffarena. Archivo Mujeres y Géneros, Chile. Imagen tomada de: https://www.genero.patrimoniocultural.gob.cl/651/w3-article-73258.html?_noredirect=1. El feminismo en América Latina se desarrolló en medio de diferentes acontecimientos históricos de alcance global. ¿Nos puede hablar del impacto que tuvieron algunos de estos eventos en el movimiento?
En los años treinta, acontecimientos históricos como el ascenso del fascismo y la Gran Depresión influyeron en el feminismo de América Latina. En los años anteriores, la Revolución Mexicana y la historia más amplia del imperialismo estadounidense influyeron también profundamente en el feminismo de la región. En los años veinte, en una época de intervención política, militar y económica de EUA en América Central y el Caribe, el antiimperialismo era parte constitutiva de una marca fuerte del feminismo latinoamericano, debido a que este feminismo se preocupó por promover derechos civiles y políticos para las mujeres absolutamente iguales al de los hombres, así como derechos sociales y económicos, especialmente para las madres trabajadoras y sus niños.
Cabe señalar que además se propuso como objetivo el fin del imperialismo estadounidense en la región, debido a que las feministas lo entendieron como responsable, en parte, de la opresión de las mujeres en el territorio. Ellas discutieron cómo el imperialismo estadounidense, ya sea a través de medios militares, económicos o políticos, socavaba los derechos, el bienestar y la seguridad de los pueblos, hombres y mujeres latinoamericanos. Como lo expresó la feminista puertorriqueña Clotilde Betances Jaeger, las mujeres en América Latina tenían la misión de denunciar el dominio estadounidense en «la ocupación de Nicaragua, el Canal de Panamá, el caucho brasileño, el azúcar cubano, el petróleo mexicano, las minas de oro en Perú y las minas de sal chilenas».
Usted destaca la participación de seis activistas cuya colaboración y discrepancias ayudó a tejer una red que permitió la expansión y movilización del feminismo a lo largo del continente. ¿Quiénes son y cómo se logró generar esta conexión intercontinental?
Las seis activistas son Bertha Lutz de Brasil, Ofelia Domínguez Navarro de Cuba, Paulina Luisi de Uruguay, Marta Vergara de Chile, Doris Stevens de los Estados Unidos y Clara González de Panamá. Aunque mi libro incluye muchas otras feministas de México, Argentina, la República Dominicana y otros países, estas seis mujeres fueron muy importantes para el feminismo interamericano, un movimiento que innovaba nuevas formas del derecho internacional y que sentaba las bases para las nociones de derechos humanos internacionales. Estas mujeres fueron fundadoras de organizaciones feministas en sus respectivos países y pioneras de otras maneras, por ejemplo, Clara González fue la primera abogada en Panamá y Paulina Luisi la primera doctora en Uruguay. Las seis participaron en congresos internacionales donde se conocieron y se hicieron amigas o, en algunos casos, enemigas. Todas tenían en común el privilegio racial y el de la educación, así como contar con relaciones personales que les permitían ganar entrada a espacios internacionales de élite. Sin embargo, también eran bastante heterogéneas política e ideológicamente, por lo cual hubo conflictos entre ellas.
Por ejemplo, conflictos acalorados surgieron acerca del imperio del norte y especialmente sobre el imperialismo de las feministas de los Estados Unidos, quienes frecuentemente se consideraban a sí mismas y a sus marcas de feminismo superiores al de las latinoamericanas. Doris Stevens presidió la Comisión Interamericana de Mujeres en su primera década de existencia, y aunque Ofelia Domínguez, Clara González y otras feministas latinoamericanas colaboraron con ella para crearla, encontraban cada vez más estrechos los objetivos de Stevens y su liderazgo unilateral. Los conflictos que las feministas latinoamericanas tenían con Stevens serían clave para ampliar sus objetivos, inclusivos de la justicia económica, social, y antiimperialista, y unir a las mujeres latinoamericanas a su alrededor.
¿Cuáles han sido los logros del feminismo latinoamericano y cuál ha sido su contribución en el tema de los derechos humanos?
Mi libro sostiene que las mujeres de América Latina estuvieron a la vanguardia del feminismo global y los derechos humanos internacionales. Como dije antes, en los congresos y grupos interamericanos, surgieron conflictos acalorados acerca del imperio del norte y especialmente sobre el imperialismo que ejercían las feministas estadounidenses, quienes generalmente se consideraban a sí mismas y a su feminismo superior al de las latinoamericanas. En respuesta, las feministas latinoamericanas se unieron para impulsar su propia definición de feminismo, una definición más amplia, que confrontó muchas formas diferentes de desigualdades y que resultó en victorias importantes. Mientras promovían constantemente los tratados internacionales sobre los derechos de las mujeres, en la década de 1930, conectaron estas demandas con los objetivos internacionales que se conocieron como «derechos humanos».
Su énfasis en la interdependencia humana y bienestar social en el corazón de este movimiento inspiró enlaces entre feministas y otros movimientos contra el antisemitismo, el racismo y el fascismo, exigiendo cada vez más sobre los derechos humanos internacionales a principios de la década de 1940. Las palabras que hoy asociamos con los derechos humanos internacionales: “derechos para todos independientemente de su sexo, raza, clase o religión”, fueron articuladas por feministas y otros activistas latinoamericanos de estos años. Sus influencias fueron evidentes cuando un grupo de feministas latinoamericanas —la brasileña Bertha Lutz, así como Amalia González Caballero de Castillo Ledón de México y Minerva Bernardino de la República Dominicana— actuaron como delegadas en la conferencia de San Francisco en 1945, ahí introdujeron los derechos de las mujeres en la Carta de las Naciones Unidas y su marco internacional de derechos humanos. También propusieron lo que se convertiría en la Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer. Este activismo feminista en torno a la Carta de las Naciones Unidas y también a la Declaración de Derechos Humanos de 1948 fue fundamental para lograr el sufragio femenino en muchos países de América Latina en los años cuarenta y cincuenta.

Minerva Bernardino (República Dominicana), Bodil Begtrup (Dinamarca), Alice Kandalft Cosma (Siria), Amalia González Caballero de Castillo Ledón (México) y Dorothy Kenyon (Estados Unidos) en la apertura de la segunda sesión de la Comisión de las Naciones Unidas sobre la Condición Jurídica y Social de la Mujer, 5 de enero de 1948. Colección: ONU. Fotografía tomada de: https://dam.media.un.org/archive/-2AM9LOWDP3HX.html. ¿Cuáles son los retos del feminismo en América Latina?
Hoy, el feminismo en América Latina, como en otras partes del mundo, enfrenta los desafíos del neoliberalismo, el ascenso de gobiernos de extrema derecha, la violencia de género y otras fuerzas que socavan los derechos y la autonomía de las mujeres, así como la justicia económica y social en general. Sin embargo, las feministas latinoamericanas también han seguido siendo líderes mundiales. Las feministas indígenas y afrodescendientes en la región han desafiado las epistemologías y prácticas eurocéntricas. Ellas conectan la explotación colonial y capitalista, el extractivismo y la violencia hacia la tierra y los recursos naturales con la explotación patriarcal y la violencia hacia las mujeres.
Ellas y otras activistas latinoamericanas, especialmente en el movimiento #NiUnaMenos, se han replanteado las comprensiones de la justicia y la salud reproductiva. Su activismo ha resultado en la reciente despenalización del aborto en México, Argentina y Colombia, en un momento en que la Corte Suprema de Estados Unidos anuló la Roe v. Wade (la decisión que en 1973 había tomado para garantizar el derecho constitucional al aborto) y los derechos de las mujeres son precarios en muchas otras partes del mundo. Todos tenemos mucho que aprender de las estrategias y el pensamiento innovador de las feministas latinoamericanas.
Para saber más
Marino, Katherine M., Feminismo para América Latina. Un movimiento internacional por los derechos humanos, México, Grano de Sal, 2021.

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Historia del sindicalismo mexicano

¿Qué significado tiene la incorporación del Día del Trabajo en México?
El Primero de Mayo tuvo en México, en sus orígenes, una inspiración anarquista ya que la marcha de 1913, la primera que ocurrió ese día en la historia de México, fue convocada por la Casa del Obrero, fundada unos meses antes, en septiembre de 1912, por trabajadores textiles y de otros gremios. Estos eventos fueron organizados por el Grupo Luz, “partidario del Sindicalismo Revolucionario”, basado en las teorías de anarquistas españoles y por supuesto en los escritos de Bakunin y otros ideólogos de esta doctrina política. La marcha tuvo como bandera central la jornada laboral de ocho horas y fue una demostración de la fuerza que la Casa y el movimiento obrero habían adquirido en poco tiempo. También fue una manifestación opositora contra la dictadura de Huerta, quien tenía unos meses en el poder después del asesinato del presidente Madero. Los trabajadores querían demostrar que estaban dispuestos a luchar y organizarse a pesar de las prohibiciones del gobierno en turno. Al mismo tiempo, la marcha fue un paro de labores, ya que los trabajadores que participaron en el desfile se ausentaron ese día de sus trabajos en las fábricas, talleres y comercios. En aquellos momentos esta conducta era muy significativa ya que los trabajadores podían ser castigados severamente por faltar a sus labores. Fue una demostración, también, de rebeldía frente a sus patrones.
Desde entonces, las marchas del Primero de Mayo han cambiado no sólo por su orientación ideológica sino también por sus demandas y sus relaciones con los gobiernos. En los años que siguieron a la Constitución de 1917, las marchas fueron combativas y encabezadas por contingentes independientes. Demandaban, fundamentalmente, el respeto al artículo 123 y la defensa de sus contratos colectivos y el derecho de huelga, aunque también hubo sindicatos que mostraron su apoyo al gobierno. A partir, sobre todo, de los años cincuenta y hasta los años ochenta el desfile del Primero de Mayo se convirtió en un acto que pretendía demostrar la unidad del “movimiento obrero organizado” con el gobierno. Posteriormente, se cancelaron los desfiles de las centrales obreras ligadas al Partido Revolucionario Institucional (PRI), y los sindicatos independientes tomaron las calles, exigiendo democracia sindical y aumento de salarios. También se manifestaron contra las políticas neoliberales. Actualmente, el Primero de Mayo se sigue celebrando con marchas independientes de un lado y, de otro, con reuniones entre el presidente y algunos líderes sindicales.
Así, el Primero de Mayo ha sido una ocasión, en diversos momentos, para mostrar la rebeldía de la clase obrera contra el sistema capitalista, para exigir diversas reivindicaciones, para reiterar lealtad al gobierno, para exigir democracia y su oposición a las políticas contrarias a sus intereses y como una demostración de fuerza de las distintas organizaciones sindicales.
Para muchos trabajadores, sobre todo en las últimas décadas, es simplemente un día feriado. Incluso, muchas empresas laboran normalmente y no pagan, de acuerdo con la ley, una remuneración extraordinaria. Muchos medios de comunicación se refieren a esta fecha simplemente como el “día del trabajo”, lo que contradice sus orígenes e inspiración en México y el mundo. A pesar de todo, ese día sigue siendo una celebración de los trabajadores y una ocasión para recordar injusticias y abusos, renovar sus peticiones y mostrar a los patrones y a la sociedad la importancia y el valor del trabajo.

Almuerzo en lo alto de un rascacielos, Charles Clyde Ebbets, 1932. Fotografía tomada de: Wikimedia Commons. ¿Por qué el estado de Veracruz fue el primero en promulgar una ley del trabajo, incluso antes que la federación misma?
El texto original del artículo 123 de la Constitución de 1917, señalaba: “El Congreso de la Unión y la Legislatura de los Estados deberán expedir leyes sobre el trabajo…”. De esta manera, en diversos estados del país los gobiernos se dispusieron a legislar en la materia. Así, según algunos historiadores, tan sólo entre 1917 y 1929, fueron promulgados alrededor de 90 códigos particulares en materia de trabajo con grandes diferencias entre sí, de acuerdo con las fuerzas políticas existentes en cada estado. Algunos fueron muy avanzados como los de Yucatán, Veracruz y Tabasco.
En el caso de Veracruz, los campos petroleros de la Huasteca y la actividad comercial del puerto fueron dos lugares muy importantes que propiciaron la organización obrera. Además, el estado contaba con el sector industrial más desarrollado del país en 1910: la industria textil. Todo ello propició una fuerte movilización política de obreros textiles, ferrocarrileros, petroleros, alijadores y tabacaleros en el periodo 1912-1920. Así, entre 1917 y 1919, se legislaron diversas disposiciones en materia de trabajo cobijadas por el artículo 123 constitucional.
En 1920, durante la rebelión de Agua Prieta, el gobernador de Veracruz, Cándido Aguilar, leal a Carranza, huyó del país dejando sin titular al ejecutivo estatal. Después del triunfo del alzamiento, Álvaro Obregón lanzó su candidatura presidencial y apoyó la candidatura de Adalberto Tejeda como gobernador de ese estado.
Una vez instalado en la gubernatura, Tejeda promovió leyes en favor de los obreros y campesinos. Además, según algunos relatos, con el apoyo del gobernador Tejeda, un pequeño grupo formado por Manuel Díaz Ramírez, ex miembro de la Confederación General del Trabajo, el obrero catalán José Fernández Oca, secretario general de la Cámara del Trabajo, y otros activistas sociales entre los que destacaban Manuel Almanza, Herón Proal y Úrsulo Galván, fundaron en Xalapa, Veracruz, el comité local del Partido Comunista.
El 5 de febrero de 1922 se creó el Sindicato Revolucionario de Inquilinos en el puerto de Veracruz y poco después se llevó a cabo la huelga de pagos de rentas; fue uno de los movimientos sociales más importantes de la década de 1920.
En este contexto se promulgan en Veracruz las reformas laborales, principalmente dos: la Ley de Participación de Utilidades y la Ley de Enfermedades Profesionales y No Profesionales, entre 1920 y 1923. Tuvieron la oposición de los empresarios, sobre todo textiles, pero la movilización social permitió que no fueran derogadas a pesar de que el gobierno federal no las vio con buenos ojos, sobre todo la que reglamentaba el reparto de utilidades.
A finales de 1924, Adalberto Tejeda dejó la gubernatura para ocupar la Secretaría de Gobernación en el régimen del general Calles. Sin embargo, mantuvo su apoyo a los movimientos sociales del estado. Luego, en 1928, regresó a Veracruz para ocupar la gubernatura del estado por segunda ocasión y los movimientos agraristas y sindicales renovaron su activismo. El gobernador logró también cambiar algunas instituciones políticas; de esta manera, ese bloque de fuerzas, agraristas, sindicalistas y tejedistas, obtuvieron el control del Partido Nacional Revolucionario (PNR) local, del poder legislativo y de los “ayuntamientos libres”. De esta manera, se lograron cambios importantes, señalan algunos historiadores, de la estructura económica y social en beneficio de los campesinos y obreros de Veracruz.
¿Cuáles son los principales momentos que identifica en la historia de las clases trabajadoras en México?
Sin pensarlo mucho y tomando en cuenta solamente el caso de los trabajadores asalariados urbanos (y no los campesinos, jornaleros o trabajadores por cuenta propia), creo que un primer momento, muy destacable, es sin duda la huelga de Río Blanco en las postrimerías del Porfiriato. Fue un episodio muy significativo porque los obreros estaban organizados en círculos clandestinos afiliados al Partido Liberal Mexicano (PLM); porque demostraron una gran unidad y fuerza, algo que tenía pocos antecedentes en la historia de México; y porque la respuesta de los patrones y especialmente del gobierno fue muy significativa: el presidente Díaz les dijo, en pocas palabras: “ustedes no tienen ningún derecho, así que pónganse a trabajar y no alboroten”.
Un segundo momento que destaco fue la fundación de la Confederación de Trabajadores de México (CTM) durante el cardenismo, ya que representó un momento de gran fuerza y unidad de los trabajadores. En esos años, había un sindicalismo independiente que se había confrontado con Calles y los gobiernos del maximato; luego se enfrentó a Cárdenas, aunque al mismo tiempo fue aliado del gobierno. Los dirigentes sindicales tenían una visión reformista y nacionalista muy interesante. El sindicalismo se convirtió así en un protagonista político fundamental tanto para apoyar las medidas progresistas del gobierno, destacadamente la expropiación petrolera de 1938, como para influir en la reconstrucción del Estado.
Un tercer momento fue 1948 porque en ese año se reprimen a todas las disidencias obreras y el gobierno de Miguel Alemán puede controlar a los principales sindicatos de industria y a las centrales más importantes. De ahí en adelante, el sindicalismo mexicano va perdiendo autonomía y se subordina a la mecánica política del PRI y se convierte en base de apoyo electoral y de masas de los gobiernos en turno. Ello a pesar de las luchas de resistencia y por la democracia sindical que se dan en los siguientes años en los casos de mineros, maestros, electricistas, ferrocarrileros y electricistas, entre otros.
Precisamente, el cuarto momento que subrayaría sería 1976 cuando la Tendencia Democrática del Sindicato Único de Trabajadores Electricistas de la República Mexicana (SUTERM) es reprimida por el ejército y liquidan al movimiento que se había sostenido durante seis años con movilizaciones permanentes en las calles de varias ciudades, incluyendo la capital del país. La Tendencia Democrática encabezó la llamada “insurgencia sindical” de los años setenta. Así, con su disolución cae el último sindicato importante que se opuso al gobierno. Hay que recordar, además, que la Tendencia Democrática levantó un programa que iba más allá de los asuntos sindicales o gremiales; su derrota significó también la posibilidad de reformar al régimen de la revolución mexicana y conducirlo por una senda de mayor distribución del ingreso y un crecimiento económico más autónomo, así como de un sistema político más democrático que, por supuesto, implicaba un sindicalismo libre e independiente, en oposición al “charrismo” que ya era hegemónico entonces.
Finalmente, el último momento, de entre muchos otros que no voy a mencionar, sería 2019 cuando se aprueban las reformas a la Ley Federal del Trabajo para ponerlas en sintonía con las reformas constitucionales que se habían hecho dos años antes. Es un momento crucial porque las reformas son muy importantes, quizás las más importantes desde 1917, y porque abre el camino legal para la democracia sindical y, sobre todo, la contratación colectiva. La falta de organizaciones representativas y de una relación más equilibrada en las relaciones obrero-patronales, explica que el salario mínimo y los salarios en general hayan sido tan reducidos en México durante tres décadas, incluso si los comparamos a escala mundial; que los trabajadores mexicanos registren las jornadas laborales más largas también a escala mundial, y que tuvieran los días de vacaciones más cortos. En fin, una situación de extrema explotación, que produjo altos niveles de pobreza e ineficiencia del aparato productivo. Las reformas de 2017 y 2019 abren una etapa nueva que apenas está despuntando.

Murales de la Industria de Detroit (detalle). Diego Rivera, 1932- 1933. Colección: Detroit Institute of Arts. Imagen tomada de: Wikimedia Commons. ¿Al revisar la historia del sindicalismo mexicano por qué es común pensar que los trabajadores y sus organizaciones entregaron su independencia a cambio de la seguridad social proporcionada por el Estado Mexicano?
La etapa que, particularmente en la historia económica, se conoce como el “milagro mexicano” o del “desarrollo estabilizador”, se distinguió por una estabilidad relativa pero palpable en materia de precios y paridad con el dólar, además, con altos índices de crecimiento del producto. También fue una etapa de industrialización acelerada. Por su parte, el sindicalismo estaba casi totalmente controlado por los liderazgos afines al gobierno, los cuales, como vimos, utilizaron a sus gremios como clientela electoral del PRI y para obtener posiciones en el Congreso y en otros puestos públicos. Hay que reconocer que, también, fue una etapa de crecimiento de los salarios reales y del empleo, así como de mejores prestaciones.
Este periodo abarca de los años cincuenta a principios del año ochenta más o menos, y presenta al mismo tiempo, una cara luminosa, por así decirlo, de bonanza económica, y otra muy oscura, de represión, antidemocracia, control del gobierno, despotismo, corrupción y monopolio del poder por un solo partido. Estas dos caras a veces se explican como si hubiera existido un pacto entre los trabajadores y el gobierno mediante el cual los primeros aceptaron la obediencia y la antidemocracia a cambio de mejores empleos y prestaciones. Pero este pacto nunca existió ni de manera explícita ni figurada. Lo que realmente sucedió fue que, como vimos, en 1948 se inicia un violento proceso de represión y aniquilamiento de la disidencia en los sindicatos y en otros espacios sociales; eso sucedió cuando apenas empezaba el proceso de sustitución de importaciones (SI) y de crecimiento económico.
Perseguidas, encarceladas y maniatadas, las oposiciones sindicales y sociales en general ya no pudieron realmente negociar nada y tuvieron que resistir, a veces heroicamente, el asedio gubernamental. Por su parte, los liderazgos afines al gobierno, los “charros”, aprovecharon la bonanza económica para consolidar sus liderazgos y negociar con el gobierno su protección y un lugar destacado en la maquinaria política del PRI. Pero recordemos que estos liderazgos eran completamente antidemocráticos (salvo algunas excepciones) y por lo tanto esa negociación no fue consultada ni fue resultado de un consenso. Fue una imposición acompañada de altos niveles de violencia.
Quizás el relato que plantea la pregunta, ha sido también atractivo porque en América Latina estos años (cincuentas, sesentas, setentas) estuvieron marcados por golpes de estado, represión militar e incluso supresión “legal” de la actividad sindical en algunos momentos. Al comparar esos niveles de represión y de inestabilidad económica y política con la situación mexicana, algunos encontraban como razón explicativa, ese quid pro quo de obediencia (o falta de independencia) a cambio de seguridad social, salarios al alza y mejores prestaciones. Pero si vemos la historia de manera más amplia, la “excepcionalidad” mexicana se debe a un hecho histórico también excepcional en América Latina, que fue la revolución mexicana. Ahí se puede encontrar la legitimidad del Estado mexicano en casi todo el siglo XX y por lo tanto su capacidad de mantener cierta paz social y un esquema de redistribución del ingreso, bajo un Estado autoritario.
¿Qué opina de las reformas en materia laboral realizadas por el Congreso mexicano en los últimos años?
Como ya mencioné, me parecen de una gran importancia histórica. Fueron resultado de un conjunto de factores tanto a nivel nacional como internacional. Por un lado, el cambio político que se originó en Estados Unidos (EUA) con el triunfo de Donald Trump, lo que llevó a ambos partidos, el Demócrata y el Republicano, a cambiar su visión y sus posturas en torno al libre comercio que tanto habían pregonado, sobre todo los Demócratas, como una vía para el desarrollo y el crecimiento económico mundial. Entonces, después de las elecciones de 2016 se propusieron regular ese comercio, particularmente con México, bajo nuevas modalidades que incluyeron una detallada y minuciosa reglamentación de la libertad sindical y la contratación colectiva. Para ello, tuvieron el apoyo de los sindicatos, tanto de EUA como de Canadá. Y es que buena parte del electorado y las bases sindicales de esos países estaban muy molestos con el llamado outsourcing es decir, la salida de empresas, capitales y fuentes de trabajo de EUA hacia países como México, que cuentan con una fuerza de trabajo más barata. Después de la crisis de 2008, consideraron que era momento de cambiar de rumbo y para ello condicionaron el tratado comercial con México.
Por ello, ahora, el tratado cuenta con un conjunto de cláusulas y mecanismos para logar que la reforma laboral se aplique en México y así, cada vez más, los trabajadores sobre todo de empresas manufactureras de exportación mejoren sus salarios y condiciones de trabajo. De esta manera, piensan nuestros socios comerciales, que el atractivo para la inversión en nuevas plantas fabriles será menor y podrán retener o recuperar empleos.
Sin duda, la presión externa jugó un papel muy importante para que se aprobara la reforma laboral. Pero aquella coincidió también con la llegada de un nuevo gobierno, ajeno a los partidos que habían gobernado el país (PRI y PAN) en los últimos decenios. Con una nueva visión, el presidente Andrés Manuel López Obrador y su equipo consideraron que se requería aumentar los salarios, en primer lugar el mínimo. De esta manera, aceptaron con entusiasmo la nueva política estadounidense y las nuevas condiciones del tratado ahora bautizado como T-MEC o USMCA. Para el gobierno de MORENA, una mejor distribución del ingreso y una demanda interna más elevada mejorarían el crecimiento. Así que, por distintas razones, tanto la presión externa como la voluntad interna se conjugaron en una coyuntura histórica excepcional, de esas que se presentan quizás cada cien años, para que pudiera legislarse una reforma laboral de la importancia que hoy tenemos.
El problema, ahora, es su aplicación. Las nuevas leyes se han enfrentado a problemas diversos. En primer lugar, las instituciones estaban mal preparadas para las nuevas reglas. Por ejemplo, como en México nunca han existido jueces laborales, los que ahora fungen como tales fueron formados en otras áreas del derecho: civil, penal, administrativo, etc. y, por lo tanto, no tienen los conocimientos, ni la experiencia y sensibilidad, para entender qué significa aplicar la justicia en las relaciones obrero-patronales. Por otro lado, la ley está mostrando sus defectos y lagunas, lo que es natural en la medida en que se trata de una ley muy novedosa. Finalmente, y de mayor importancia, es que los trabajadores no se han “apropiado” de la ley. Muchos no la conocen; otros no confían en el sindicalismo, pues nunca han tenido una experiencia positiva y creen que todos los sindicatos son, por fuerza, corruptos y ladrones. Ello se debe a que durante casi treinta años los sindicatos fueron una ficción, apoyada en otra: los contratos colectivos de protección patronal. Es decir, no hubo más que excepcionalmente, actividad sindical: reuniones, asambleas, periódicos, marchas, mítines, huelgas, acciones de solidaridad, etc. En síntesis, no hay una cultura sindical. Ahora, los trabajadores más jóvenes tendrán que aprenderla de los más viejos, de otras experiencias y, principalmente, de la vida real. Eso puede tomar un tiempo…
¿Qué lo motivó a escribir su libro El camino obrero. Historia del sindicalismo mexicano, 1907-2017?
En primer lugar, creo que no hay un libro que haga una reflexión del sindicalismo en el siglo XX mexicano. Eso me animó a emprender esa aventura. Hay muchos ensayos, excelentes, que abordan un movimiento, por ejemplo, el de los ferrocarrileros en 1958-59; o un periodo, por ejemplo, la colección coordinada por Pablo González Casanova en la editorial siglo XXI que está dividida en sexenios. Además, la reflexión acerca del sindicalismo, el movimiento obrero, y en general los temas laborales decayó en las últimas décadas, sobre todo si lo comparamos con los años setenta.
Debo aclarar que El camino obrero es una versión revisada y ampliada de un texto previo que apareció en 2006, primero como un ensayo editado (en un volumen colectivo) por el INAH y luego como libro, publicado por la UNAM. En esos años no se vislumbraba una reforma laboral como la de 2019. Más bien se veía el peligro de que se llevara al Congreso una reforma que “flexibilizara” el trabajo, como efectivamente sucedió en 2012. Por cierto, esa reforma mereció otro ensayo que publiqué hace unos siete años. La reforma de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto trató de legalizar la subcontratación y la contratación por horas de trabajo (y no por jornada completa) entre otras cosas. Era la reforma recomendada por el Fondo Monetario Internacional, que ya se estaba haciendo o se había hecho en varios países latinoamericanos. Por supuesto, además de precarizar el empleo, esas reformas debilitaron a los sindicatos.
Sin embargo, en ese libro de 2006, se puede encontrar, además de una crítica a la flexibilización, una propuesta de reforma a la Ley Federal del Trabajo que buscaba democratizar los sindicatos y mejorar algunas prestaciones. Esa propuesta fue elaborada por un grupo muy notable de abogados especialistas en derecho laboral y algunos otros profesores con distintas formaciones académicas. Posteriormente, revisada, se llevó al Congreso de la Unión, por distintos dirigentes sindicales que fueron diputados por el PRD. Desafortunadamente, sólo contó con la indolencia de otros diputados del mismo partido y el rechazo tajante del PRI y, en menor medida, del PAN. Total, que nunca se discutió y por supuesto no se aprobó. Sin embargo, fue un primer esbozo de lo que en 2019 se volvería realidad. Darle seguimiento a esa propuesta fue, para mí, un interés permanente.
Debo decir también que mis estudios acerca de la cuestión sindical datan de hace muchos años, desde que me acerqué a las luchas sindicales en los años setenta como estudiante de la UNAM. Luego, entré a trabajar en Estudios Históricos del INAH y me pidieron colaborar en otras investigaciones ajenas a ese tema. Sin embargo, mi interés por estudiar el sindicalismo se mantuvo: escribí y publiqué algunas reflexiones, pero también abordé otros temas de historia y economía. Fue como dije antes, hasta principios del siglo XXI, cuando decidí reunir mis reflexiones en un texto que tratara de abordar todo el siglo anterior. Finalmente, con el viraje que ocurrió en Estados Unidos y México, consideré que era oportuno reelaborar mis escritos y esto permitió la publicación de El camino obrero en 2021.
Finalmente, conviene aclarar que no intenté hacer un texto enciclopédico, es decir, un ensayo que narrara todas las luchas y organizaciones sindicales que ha habido en México. Lo que me propuse fue un texto que le diera un sentido histórico al movimiento, desde principios del siglo XX hasta la actualidad, para entender su evolución, sus triunfos y derrotas, el surgimiento y declive de sus organizaciones, sus banderas y programas de lucha y sus posiciones frente al Estado mexicano. Un texto que, sin ser demasiado largo, pudiera servir para reflexionar acerca del presente, abrir preguntas sobre el futuro y recuperar la memoria de las esforzadas y muchas veces heroicas luchas de los trabajadores en México. Un texto no sólo para los estudiosos del tema (“la academia”) sino también atractivo y útil para los sindicalistas del presente y, espero, del futuro inmediato.
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Democratizar a la Universidad

Tras una encerrona de más de 30 horas, la Junta de Gobierno de la UNAM nombró, el pasado 9 de noviembre, a Leonardo Lomelí Vanegas rector para el periodo 2023-2027. Economista e historiador, Lomelí fungía como secretario general de la universidad y años antes dirigió la Facultad de Economía. En su plan de trabajo apuntó que una de sus principales tareas sería reforzar la toma de decisiones a través de cuerpos colegiados, que son la forma en que los universitarios ejercen la democracia en una institución académica. En su primer mensaje, luego de conocerse la decisión de la Junta, prometió conservar aquello que forma parte sustancial de la universidad, dar continuidad a algunos proyectos e identificar cambios y procesarlos sin estridencias. ☞ De los 10 finalistas que aspiraron a dirigir la máxima casa de estudios sólo tres fueron mujeres: Laura Susana Acosta Torres, Patricia Dolores Dávila Aranda y Guadalupe Valencia García. Cabe subrayarlo porque la paridad de género además de ser un principio constitucional es un indicador de la vida democrática en nuestro país. ☞ Ha sido larga la lucha de las mujeres por lograr igualdad política, por acceder a puestos de poder y toma de decisiones en igualdad de condiciones que los hombres, pero la UNAM parece olvidarlo. Se cumplieron 70 años del reconocimiento del sufragio femenino en México y no hubo evento académico o conmemorativo de importancia, sólo apareció una breve nota publicada en la Gaceta UNAM el 16 de octubre pasado. No es de sorprender, entonces, la falta de paridad de género en el proceso de nombramiento del nuevo rector. ☞ La democracia brilla por su ausencia en la universidad. Sólo 15 personas que conforman la Junta de Gobierno (de una comunidad de más 400 mil estudiantes, docentes y trabajadores) fueron las encargadas de elegir al nuevo rector. Aunque la Junta presumió haber recibido casi 36 mil opiniones de la comunidad –además de realizar visitas presenciales a los diferentes campus y reuniones virtuales–, resulta difícil creer que es posible procesar toda esa información en poco más de dos meses. ☞ Ante el sistema antidemocrático, los universitarios demandaron a la Junta transparentar el proceso de elección mediante la transmisión de sus sesiones, la catalogación adecuada y acceso abierto a todos los documentos recibidos y la publicación de los resultados de las diversas rondas de votación. Otra parte de la comunidad pugnó por democratizar la universidad y organizó una consulta para saber si los universitarios estaban de acuerdo con esa demanda y preguntar quién debía estar al frente de la máxima casa de estudios. La universidad pronto cerró las puertas a cualquier debate y expresión crítica, y respondió tajante: “La UNAM no ha convocado a consulta alguna relacionada con el proceso de sucesión de la Rectoría”. A pesar de eso, eminentes académicos calificaron el proceso como “sobresaliente”, pues, según dijeron, el diálogo y el alto grado de participación universitaria fue sin precedentes y de alta calidad. ☞ Humberto Mussachio recuerda una imagen elocuente de la antidemocracia unamita. En su libro La Universidad de México (FCE, 2022) escribe que, en 1973, ante la huelga de los trabajadores de la UNAM, el presidente de la Junta de Gobierno tuvo que investir en el estacionamiento de la Facultad de Medicina, junto a botes de basura, al flamante doctor Guillermo Soberón como rector. Años antes, fue elegido el único rector por un grupo de estudiantes en la historia de la Universidad Nacional. En 1948, Antonio Díaz Soto y Gama, otrora teórico del zapatismo y para entonces inmerso en un “conservadurismo místico”, tomó posesión en las oficinas de la calle Justo Sierra en el centro de la ciudad. ☞ Vale en este punto recordar al filósofo de la liberación, Enrique Dussel (1934-2023), que ante un conflicto en la UACM también fue elegido por un grupo estudiantil para encabezar la institución. Contados son los casos donde los universitarios verdaderamente han podido elegir libre y democráticamente a sus autoridades. ☞ Mussachio concluye su libro argumentando que el “crisol de ideologías y clases sociales” de la universidad “expresa en forma elocuente su carácter democrático y su igualitarismo”. Eso, en mi opinión, sólo es muestra de la diversidad de la comunidad universitaria. Lejos está la máxima casa de estudios de tener un carácter democrático e igualitario. ¿O cómo explicar que sólo cerca del 10 % de jóvenes que aspiran a ingresar a la UNAM logran obtener un lugar?, ¿cómo explicar que los profesores de asignatura tengan un salario paupérrimo ($465.82 hora, semana, mes) mientras que uno titular puede obtener más de 35 mil pesos al mes?, ¿cómo explicar que los comités académicos de las licenciaturas –de los pocos órganos que son elegidos democráticamente en la Facultad de Filosofía y Letras– sólo sean consultivos y no tengan capacidad de toma de decisiones? ☞ Democratizar la universidad es una aspiración estudiantil que se expresó claramente en los movimientos de 1966, 1986 y 1999. Sin duda, la UNAM necesita un cambio profundo, sólo así podrá ajustar la cuenta pendiente que tiene con la sociedad mexicana. ☞ Hasta aquí el fichero de esta edición; nos leemos en el próximo número de La Bola, la revista de divulgación.

Fotografía: Cuartoscuro, septiembre de 2018. Imagen tomada de: https://www.reporteindigo.com/reporte/todas-las-facultades-de-la-unam-entran-en-paro-escuelas-paran-labores/. -
Los trabajadores de Refrescos Pascual: lucha obrera y cambio de régimen

Pocos son los mexicanos que no han acompañado unos tacos con un Boing de mango o guayaba bien frío. Son pocas y pocos también los que no reconocen el símbolo del Pato Pascual o la Lulú en algún puesto de lámina sobre las calles de la Ciudad de México (esos que últimamente inconscientes gobernantes quieren uniformar y desaparecer). Algunos saben que la Cooperativa Pascual fue una conquista de sus trabajadores frente a un patrón colérico. Este artículo presenta la gestación de la Sociedad Cooperativa Trabajadores de Pascual desde mayo de 1985, a partir de exponer la lucha de sus trabajadores con relación a los cambios políticos y económicos que tuvo México a mediados de la década de los años ochenta del siglo XX.

Publicidad de Refrescos Pascual en El Universal, 1 de septiembre de 1957. La empresa Refrescos Pascual S.A. de CV, propiedad de Víctor Rafael Jiménez Zamudio, y cuarta refresquera más grande de México en ese momento, llegó a su fin debido a un conflicto laboral suscitado entre el 18 de mayo de 1982 y el 27 de mayo de 1985. Una victoria contundente para los trabajadores tras más de mil días de estar detenidas sus labores productivas debido a una huelga por reivindicaciones económicas: pago de salarios caídos, utilidades y el cumplimiento del aumento salarial de emergencia del 10, 20 y 30% que el gobierno de López Portillo declaró a principios de 1982, tras el impacto de la crisis económica que devaluó el peso frente al dólar estadounidense y golpeó el ingreso popular. Después de tres años de empantanamiento del conflicto y muchos “rounds” librados por los huelguistas contra el patrón, sindicatos charros y las autoridades laborales y políticas del régimen, la refresquera se convirtió en la Sociedad Cooperativa Trabajadores de Pascual (SCTP).
Este texto se compone de tres secciones para delinear el tránsito de Refrescos Pascual a la SCTP: una breve presentación de la historia de la Pascual privada en el marco de la industria refresquera en México, el parte general de los hechos huelguísticos entre 1982-1985, para concluir con la interacción que hubo entre el cambio de bloque político económico con la resolución del conflicto laboral que permitió que los Patos se hicieran de su cooperativa.
Refrescos Pascual y el patrón Jiménez
Aún sin la SCTP, el caso de Refrescos Pascual ya es, por sí mismo, un fenómeno digno de remembranza y estudio. Ésta se fundó el 12 de marzo de 1938 por Víctor Rafael Jiménez Zamudio. La aventura comercial del expatrón comenzó en un puesto de paletas, luego de jugos, tomando fuerza en los años de la Segunda Guerra Mundial para empezar a producir bebidas embotelladas. Cuatro décadas después, para la década del ochenta –tras haberle ganado una demanda por derechos de propiedad a Walt Disney; ser pionero en la propaganda televisiva y el patrocinio deportivo con el boxeador Raúl “el Ratón” Macías; incursionar comercialmente en Japón, y declararle la “guerra comercial” a las trasnacionales del ramo– era la cuarta refresquera más grande del país.
Jiménez Zamudio incursionó desde muy joven en la elaboración de bebidas gracias a las extensas tierras que tenía en el estado natal de su familia, en las cuales asentaría varias jugueras y otras empresas. Corren rumores de que el originario de Veracruz, durante sus años de formación, fue compañero de aulas y compadre de Luis Echeverría Álvarez. Las primeras marcas que comercializó fueron el Pato Pascual y el Agua Pascual la cual después de seis años en el mercado traspasó con maquinaria y procesos a Agua Electropura.
En 1941 un acontecimiento mayor para la industria refresquera tuvo lugar, por decreto presidencial, Manuel Ávila Camacho estipuló que sólo las empresas de capital mayoritariamente mexicano se podrían dedicar a la fabricación de refrescos. En ese momento, Fomento Económico Mexicano S.A. (FEMSA) –empresa embotelladora fundada en 1890 en la industriosa Monterrey– comienza a elaborar y envasar los productos deCoca Cola, constituyendo una de las mayores distribuidoras del mundo. El decreto provocó que las empresas extranjeras del sector refresquero operasen bajo concesiones muy convenientes dentro del país; obtuvieron insumos –explotación de agua entre las más notables– como de nichos de mercados exclusivos, cuestiones algunas que se mantienen hasta fechas recientes. Por añadido, los conflictos laborales de la industria refresquera pasaron a ser de competencia federal bajo supervisión de la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje (JFCyA).
Bajo estas regulaciones, Refrescos Pascual dio el salto a la gran industria mejorando sus procesos productivos e instalaciones. En 1953 se mudó a la planta de producción de Lorenzo Boturini #270, en la colonia Tránsito, estableciendo lo que se conocería como la Planta Sur, después de haber estado en Santa María la Ribera y la Anáhuac. A principio de la siguiente década, a partir de una asociación con Canada Dry, se estableció la Planta Norte en Insurgentes #1320 en la delegación Gustavo A. Madero.

La fábrica Pascual-Canada Dry. Colección: Sociedad Cooperativa Trabajadores de Pascual. Fotografía tomada de: https://lacoperacha.org.mx/hace-35-anos-el-fabricon-pascual-se-volvio-de-todos/ Rafael Jiménez Zamudio, padre de siete hijos (Olivia la mayor; Carolina, Alejandrina, Luis, Rafael, Ricardo y Gerardo), junto a su esposa Verónica –y exsecretaria–, fue un empresario prototípico de los años del milagro mexicano y del progreso económico que una minoría de la población tuvo en el breve “Estado social” entre 1940 y finales de la década de los años setenta. Su ingenio empresarial se combinó con una retórica nacionalista y fe en la defensa de la industria nacional “frente a las trasnacionales”. Esta combinación hizo de Jiménez un tipo de empresario particular en el proceso de modernización del país, quien construyó su “ética del trabajo” basada en valores tradicionales y paternalistas hacia sus empleados.
La contracara de la ética nacional y paternalista del dueño de Refrescos Pascual eran las terribles condiciones de trabajo en la empresa. No se contaban con herramientas adecuadas ni seguridad en el trabajo de producción, los vendedores competían entre sí al traslapar las rutas de venta en las cuales sólo se contaba con un ayudante de ventas cuando en el resto de refresqueras el promedio era dos. La gerencia buscaba sumar a la nómina trabajadores de fuera de la ciudad de México para que tuvieran menos movilidad y contactos en ella. Para contrastar estas malas condiciones, Jiménez organizaba bodas masivas de los trabajadores con sus parejas a fin de año en las cuales él era el “padrino”; les ayudaba con préstamos o servicios de salud de manera personal si eran “buenos trabajadores”; y hasta propagandizaba la construcción de la “Villa Pascual” donde vivirían los trabajadores con sus familias con todas las comodidades al lado de nuevas y modernas plantas.
Los trabajadores estaban afiliados a un sindicato de protección patronal con registro en la CTM. Sin embargo, estas condiciones de trabajo, bajos salarios y ausencia de una autentica vida sindical fueron denunciados en intentos anteriores de movilización en 1951, 1955, 1976 y 1978-79.
Uno de los motivos primordiales por los cuales se explica el éxito de Refrescos Pascual y posteriormente de la SCTP es su producto de comercialización: refrescos de sabor, bebidas carbonatadas y jugos embotellados (la marca Boing salió al mercado en 1965). Si bien el origen de la industria de bebidas en México data del Porfiriato –especialmente con la producción de cerveza– durante el primer periodo de auge económico e industrialización autoritaria del México moderno; un año antes de estallar la huelga en Pascual, en 1981, el país ya era el primer consumidor de refrescos en el mundo. Otra vez en un periodo de administración autoritaria de la economía y la política del país.
La huelga
Los trabajadores de las dos plantas de Pascual se enfrentaron a un patrón de viejo cuño quien intentó romper la huelga en Planta Sur, el 31 de mayo de 1982, con saldo de dos trabajadores asesinados y 17 heridos de gravedad. En Pascual había una huelga de hecho, es decir sin aval de las autoridades laborales; ésta había comenzado el 18 del mismo mes, por lo cual después de 3 días de paro se podía oficializar el despido individual de cada trabajador como despido justificado sin derecho a indemnización. Tras doce días y noches de huelga por exigir el pago de salarios caídos, utilidades y el ya referido aumento de 10, 20 y 30%, Jiménez irrumpió en las instalaciones de Planta Sur para romper la huelga con golpeadores, empleados de confianza y trabajadores de sus embotelladoras y jugueras de Veracruz llevados bajo engaños a la ciudad de México esa mañana. Los esquiroles embistieron por las calles de Zoquipa y el callejón Vallarino con camionetas de reparto y Jiménez Zamudio arengando, megáfono en mano, por recuperar “su” planta. Una unidad de reparto embistió llevándose de por medio a Álvaro Hernández García, mientras tanto varillazos, humo de extinguidor y balazos de pistoleros que se encontraban dentro de la fábrica, hicieron que los paristas despejarán las puertas de Planta sur. Una de las balas alcanzó a José Concepción Jacobo García, quien murió al instante. Los trabajadores lograron repeler el ataque y hacer que Jiménez y sus esquiroles se atrincheraran puertas adentro, posteriormente, marcharon hacia la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje exigiendo justicia ante la agresión patronal.

Trabajadores de Pascual el 31 de mayo de 1982. Colección: Sociedad Cooperativa Trabajadores de Pascual. Fotografía tomada de: Memorias de Pascual. La construcción de una cooperativa. La represión fue un parteaguas para el conflicto de Pascual. Unió a sus trabajadores y granjeó la simpatía de los habitantes de la ciudad de México y la parte menos coartada de la opinión pública nacional. Además, ratificó a los asesores del Partido Mexicano de los Trabajadores (PTM) de la delegacional GAM, presentes el 18 de mayo y que habían arengado el inicio del paro en Planta norte. Dionisio Noriega y Raúl Pedraza –los principales asesores sobre terreno– comieron, durmieron y marcharon con los trabajadores en huelga en los siguientes tres años; se les sumó en asesoría de tiempo completo el aparato sindical del partido, incluyendo a su secretario de organización: el exferrocarilero y preso político Demetrio Vallejo Martínez.
A las reivindicaciones salariales se sumaron los reclamos de justicia para las cuales era necesaria una representación sindical auténtica. Ello llevó a los Patos a confrontarse con las secciones sindicales 369 y 370 del Sindicato Nacional de la Industria Refresquera puntal del sindicalismo oficial cetemista. Aunque su dirigente Armando Neyra se apersonó después de los acontecimientos represivos –con la caradura de que su organización abaló durante décadas la existencia de un sindicato de protección patronal (“blanco”) en la empresa– para conseguir la expedita solución al conflicto, con la única cláusula de que los Patos se desvincularan de la asesoría del PMT. Los trabajadores no estuvieron de acuerdo y así se lo hicieron saber a Neyra y Fidel Velázquez en las propias instalaciones de la CTM, expulsándolos de la asamblea para definir la representación sindical.
Los trabajadores de Pascual chocaron abiertamente contra el charrismo. De cierta manera, su huelga era un nuevo cara a cara entre Fidel Velázquez y Demetrio Vallejo, quienes se habían enfrentado en las huelgas de ferrocarrileros de 1958-59 con saldo favorable para el cetemista. En el caso de Pascual, el primer escollo para resolver el conflicto fue la básica demanda de que se diera a conocer el contrato colectivo de trabajo que el sindicato de Neyra pretendía firmar con la empresa para reanudar labores. En su célebre Pascual, sexto round, Paco Ignacio Taibo II cuenta que sólo se conoció el contrato colectivo de trabajo de Pascual gracias a la solidaridad de los trabajadores de imprentas y basureros que informaron sobre su paradero… Sin duda, sería interesante saber las opiniones y posicionamientos de Vallejo y Velázquez sobre los procesos de ratificación-legitimación de los contratos colectivos de trabajo que se abrieron a raíz de la reforma laboral de 2019 y que culminaron en mayo de 2023.
Para derrotar a la CTM, los trabajadores se acercaron a la CROC para conseguir el registro sindical. Sólo es posible entender este entuerto de representatividad sindical, en el cual los trabajadores no se pueden representar a sí mismos, bajo los históricos baluartes de corporativismo sindical mexicano signados en la toma de nota por parte de las autoridades y la cláusula de exclusividad (no puede haber más de un sindicato titular por centro de trabajo y los trabajadores sólo pueden estar afiliados a él). Al no encontrar eco en la CROC nacional, los Pascuales recurrieron a un sindicato filial, el Benito Juárez de Aguas Gaseosas en Puebla, quienes tenían la experiencia fresca de protestas laborales en Sidral Mundet.
Aunque los trabajadores ya contaban con una filiación sindical, debía legitimarse ante las autoridades laborales. La famosa toma de nota sólo fue posible gracias a que los Patos tomaron el séptimo piso de la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje. Este episodio es uno de los más rememorados, pues gracias a esta acción de fuerza los trabajadores adquirieron la personalidad legal para exigir se cumplieran sus demandas ante Refrescos Pascual, a las cuales se sumaban los salarios caídos de todos los trabajadores involucrados en el conflicto. Por parte de la empresa, Olivia Jiménez llevaba las gestiones legales del conflicto, pues su padre estaba fugado después de los hechos represivos que protagonizó el 31 de mayo de 1982. A principios de 1984, Refrescos Pascual se declaró en bancarrota por lo que no podía pagar sus deudas ya reconocidas con los trabajadores.
Los bienes de Refrescos Pascual se embargaron y fueron rematados como unidad industrial, es decir en conjunto las marcas, patentes, herramientas de trabajo, etc. Ante esta nueva situación, el 18 de agosto de 1984, los trabajadores –tras más de dos años de movilización, campamentos e intentos tramposos de reanudar la producción– decidieron en asamblea, por unanimidad y recomendación de Vallejo Martínez, constituirse en cooperativa para buscar relanzar la producción. Aún quedaría el último tramo del conflicto para poder ver esta convicción colectiva hecha realidad, marcada por decisiones de índole política y económica para volver a echar a andar una fábrica de ese tamaño. Todo ello partió de la decisión de los trabajadores de continuar trabajando, pero sin el patrón, el germen de la huelga.
En este apretado resumen de la huelga de Pascual dejé de lado muchos acontecimientos y procesos importantes en afán de destacar aquellos decisivos para la resolución del conflicto. No obstante, es importante resaltar que los trabajadores de Pascual no hubieran podido sostener su huelga sin la ayuda, en primer lugar, de sus familias y del Comité de Madres, Esposas y Hermanas de los Trabajadores de Pascual, el cual se constituyó en el verano de 1982 (previo al inicio del ciclo escolar que requiere de un gasto fuerte para las familias). Ellas también difundieron los acontecimientos de la huelga, durmieron en los campamentos y marcharon por toda la ciudad de México para exigir solución al conflicto. En segundo lugar, la supervivencia de los huelguistas también fue posible gracias a los habitantes y organizaciones de la ciudad de México, quienes apoyaron a los Patos para sostener los campamentos de huelga a partir de la icónica interacción del boteo en mercados, transportes públicos, escuelas y centros de trabajo.
La cooperativa y el cambio de régimen
¿Por qué el conflicto laboral de Pascual logró una resolución final, tan favorable, pero hasta mayo de 1985? ¿Por qué no antes? ¿Por qué no después? Esta tuvo que ver con factores externos a la voluntad de sus trabajadores y más bien con algunos cambios en el régimen político y económico mexicano que les había negado una pronta solución en los años previos. Concluyo con algunos puntos a partir de este enfoque, pues los orígenes de la SCTP han sido explicados de manera interna del conflicto laboral y no de forma externa en su interacción con el régimen político mexicano.
La coyuntura crítica que vivió México a principios de la década del ochenta del siglo XX modificó la fisonomía de todo el país. La crisis económica de 1982 y el desgaste del régimen político marcaron un cambio en el grupo gobernante dentro del partido de Estado, así como en su orientación económica, abriendo ciertas posibilidades para la formación de la SCTP. En primer lugar, porque la intervención estatal en el conflicto no contempló una nacionalización para la formación de una paraestatal; cuestión que en un primer momento los propios huelguistas no vieron mal. En ese momento, la mudanza hacia el libre mercado de la política federal y la falta de centralidad de la industria refresquera para la política nacional –hubiera sido distinta, por ejemplo, con una productora de leche– desincentivaron la posible nacionalización.
Hacia mayo de 1984, los Patos concurrieron como el primer y único ofertante al remate industrial organizado por las autoridades laborales. La puja comercial quedó saldada con sus salarios caídos y prestaciones devengadas, además de que fueron los propios huelguistas quienes hicieron el cálculo sobre el precio de las herramientas y materias primeras contenidas en las Plantas sur y norte. Sin duda este cierre atípico del conflicto en Refrescos Pascual tenía motivos propios de su dinámica interna en la cual era difícil imaginar que alguna empresa nacional o extranjera adquiriera la empresa con semejantes problemas legales y laborales, pero también acusa una voluntad política de las autoridades por resolver el conflicto. Ante éstas, el poder y vínculo del expatrón y prófugo Rafael Jiménez Zamudio parecían ya no tener el mismo efecto que en los sexenios de Echeverría y López Portillo.
La actuación del gobierno de Miguel de la Madrid en la resolución del conflicto de Pascual aún está por explorarse. Dejar el cauce legal y favorecer la adquisición de los bienes de la empresa en favor de los huelguistas tal vez tenía que ver con, de cara a las elecciones legislativas del 7 de julio de 1985, cerrar una huelga heredada y extendida en el tiempo que había logrado amplia difusión y simpatía. También entró en juego la propuesta de política económica federal por reanimar al tercer sector de la economía, entre la empresa privada y las paraestatales, tras la crisis económica y devaluación del peso que estuvieron en el origen de la huelga en Refrescos Pascual.
En México, la economía social enunciada por De la Madrid fue el preámbulo de las fórmulas de autonomía económica parte de los gérmenes de las gestiones neoliberales. Las ideas del “emprendedurismo” eran una forma de desligarse del desarrollo económico industrial y agropecuario que el Estado mexicano había garantizado bajo formas autoritarias y clientelares en las décadas anteriores. Cuando los nuevos cooperativistas de la SCTP buscaron ayuda para relanzar la producción en 1985, el presidente De la Madrid les aseguró que tendrían su apoyo. Este nunca llegó. Lo único que se les hizo llegar a los Patos fue un estudio de factibilidad técnica del departamento de Fomento Social y Cooperativo (FOSOC, 1985) que en sus conclusiones marcaba que el funcionamiento de la nueva cooperativa sólo estaría asegurado si reducían a la mitad la fuerza de trabajo, quitaban dos líneas de producción (botella de Lulú y Pascual) y contrataban a administradores especializados para llevar la dirección de la empresa. Los Patos no hicieron caso a los vientos de la gerencia patronal ni gubernamental, ¡salud por ellos!
Para saber más
Bautista Páez, Diego, “Los patos rebeldes. La Sociedad Cooperativa Trabajadores de Pascual: experiencia y conciencia de clase (1982-1985)”, tesis de maestría en Estudios Sociales, Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Iztapalapa, 2016.
Memorias de Pascual. La construcción de una cooperativa, México, Fundación Cultural Trabajadores de Pascual y del Arte A. C, 2002-2008, 4 volúmenes.
Taibo II, Paco Ignacio, Pascual, décimo round, México, Praxis-Información Obrera, 1987.
Taibo II, Paco Ignacio, Pascual, sexto round, México, Praxis-Información Obrera, 1982.
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Historias sin fronteras

Esta breve reseña tiene como propósito invitar a los interesados en el México colonial a leer el libro Caminos sin fronteras. Gente en Nueva España al inicio de la era global (Editorial Raíces, 2022) de Antonio Rubial, en mi opinión, imprescindible para tener una idea general del periodo, si bien inyectada de numerosos acercamientos específicos que permiten profundizar en trescientos años de nuestro pasado.
La obra consta de catorce biografías; entre las de hombres de diferentes orígenes, se incluyen las de cinco mujeres y la de un indio. Estas vidas, expuestas atractivamente, no se circunscriben a un periodo específico, sino que, casi respetando plenamente el criterio cronológico, han sido ordenadas para cubrir paulatinamente los siglos XVI, XVII y XVIII.
Rubial, en el prólogo, parte del actual mundo globalizado para ubicar el inicio del proceso cuando “los europeos realizaron sus primeras expediciones marítimas en busca de metales preciosos, de cuerpos que someter y de almas para redimir”. El autor explica cómo fue que los europeos llegaron a esta posición y cómo, las necesidades comerciales y de poseer metales desarrollaron los viajes a través del mundo. Cómo los avances logrados por españoles y portugueses despertaron la apetencia de Inglaterra, Francia y Holanda.
Asimismo, el autor nos indica que eligió a sus excepcionales biografiados “por su representatividad, tanto por su procedencia y destino, como por su condición social, género o convicción religiosa”. Todos ellos vivieron en algún momento en la Nueva España, se vieron afectados por las transformaciones del imperio español, y todos ellos atravesaron no sólo las fronteras geográficas sino también las mentales, pues se vieron obligados a adaptarse a las nuevas condiciones, muchas veces haciendo a un lado sus aspiraciones, sus sueños.
Nueva España: “donde los caminos del mundo se cruzaban, donde se unían las rutas que comenzaron a rodear el planeta, con lo cual llegaron a ella personas y productos procedentes de Europa, Asia y África”.

Retrato de Catalina de Herauzo, Juan van der Hamen (atribuido), ca. 1626. Colección: Fundación Kutxa. Imagen tomada de: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Catalina_de_Erauso.jpg. Cada biografía significa, entonces, un cruce de fronteras, de límites, tan relevantes como los geográficos, pero más simbólicos. Tecuichpo-Isabel Motecuzoma, hija del Tlatoani Moctezuma, ilustra el traspaso de las fronteras culturales. Esteban de Dorantes, originario de Marruecos, nos plantea el cruce de fronteras lingüísticas y religiosas; Miguel Caldera, zacatecano, fundador de pueblos, nos muestra el cruce de fronteras económicas, y Francisca Núñez de Carvajal, portuguesa, nos coloca frente a la frontera de la intolerancia. La vida de Luis Barreto, esclavo mulato, exhibe el tránsito de la movilidad social, el paso por la frontera misionera y las actividades mercantiles; así como los intereses ingleses son evidentes en la biografía de Thomas Gage de Santa María. Para acercarnos a las fronteras del género, ahí tenemos a Catalina-Antonio de Herauzo, la Monja Alférez, en tanto que la frontera del egoísmo es cruzada por Diego del Castillo, cuya vida nos permite reconocer las características de la economía entre los siglos XVII y XVIII. Por su parte, Mirah-Catalina de San Juan, esclava, traspasa las fronteras geográficas y las de la marginación, “las construidas por los prejuicios sobre la capacidad de las mujeres y de las personas de piel oscura”. Alonso Villanueva Ramírez atraviesa el mundo entero y vive las transformaciones políticas y económicas que van a llevar a cambios en las creencias religiosas, y Francisco Xavier Bischoff cruza la frontera misionera en Baja California para presenciar la expulsión jesuita y las grandes convulsiones del siglo XVIII. En cambio, Diego García Panés representa el tránsito de la frontera del conocimiento, al ser cautivado por el estudio del mundo prehispánico. Por su parte, Louisse de Dufressi se atrevió a trasponer la frontera de las buenas costumbres impuestas a las mujeres decentes. Jacinto Uc Kan Ek, el último biografiado, traspone la frontera de lo establecido para volver a los orígenes mayas y aun mexicas.
Un epílogo cierra el libro, epílogo que nos conduce del pasado al presente nuevamente.
La lectura del texto fluye sin interrupciones porque no tiene notas. Además, los capítulos son claros, sencillos, suficientes en sí mismos. Se puede leer solo uno o todos. La desenvoltura de la escritura es uno de sus méritos. Por supuesto, al final, Rubial nos indica cuáles fueron las fuentes que utilizó para elaborar cada biografía para aquellos que quieren saber más detalles sobre el asunto.
No es posible definir el libro como producto de una determinada historia: es historia social, pero también es política, cultural, científica, económica, religiosa, cotidiana. Para mi gusto es el resultado de hacer una historia total, de hacer historia sin adjetivos, como me gusta llamarla.
En suma, es una obra de divulgación histórica totalmente alejada de esquemas tradicionales. Se trata de un verdadero libro de aventuras, desde mi perspectiva, un libro de historia innovador. Espero se sumerjan en su lectura y les resulte fascinante como lo fue para mí.
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Ferrocarrileros en la ciudad de México: espacios de trabajo y vida cotidiana en la década de 1920

El 7 de diciembre de 1933, el ferrocarrilero Julio Ramírez —quien había trabajado por más de 31 años en Ferrocarriles Nacionales de México (FNM)— escribió una carta al presidente Abelardo Rodríguez, en ella pedía la intervención del mandatario para lograr que su solicitud de jubilación pudiera ser resuelta favorablemente, pues decía que las Juntas de Conciliación “no demuestran actividad para los ferrocarrileros”. De acuerdo con don Julio, las autoridades del Departamento Mecánico despedían con regularidad a los trabajadores en los talleres, “alegando que están viejos (no incapacitados)”. Por último, después de dar a conocer su experiencia y, probablemente, la de muchos otros de sus compañeros, se atrevió a sugerir que el gobierno construyera un asilo para ferrocarrileros “que son separados por viejos y que están en la pobreza”.
Aunque en su carta el señor Julio no consignó su oficio, es muy probable que ejerciera alguno relacionado con los talleres de Nonoalco, dado su conocimiento y el haber sufrido las malas prácticas de los empleados del Departamento Mecánico. Aunado a lo anterior, dijo vivir en la calle del Peñón, número 6, en el interior 7, misma que se localizaba en el Cuartel iii de la ciudad de México, a tan sólo unos metros de la estación de carga más importante de la urbe. Conocer la ubicación de este y otros trabajadores del riel nos lleva a saber también las condiciones materiales en que vivían y de sus posibles experiencias cotidianas. Habitar cerca del barrio de Tepito —históricamente poblado por sectores populares— y de su lugar de trabajo expresa una forma particular de vivir la ciudad. Así, este testimonio es importante ya que, en tan sólo unas líneas, retrató toda una serie de problemas importantes para el gremio ferrocarrilero en ese momento.
En primer lugar, llamó la atención sobre las relaciones laborales al denunciar el maltrato de los empleados sobre los trabajadores de un área fundamental para el funcionamiento del servicio ferroviario: los talleres. En segundo lugar, nos acerca a la situación económica de este grupo de trabajadores. Dada su urgencia por lograr una decisión favorable a su jubilación, se intuye su dependencia en relación con su salario y de las prestaciones otorgadas por el convenio o contrato con la empresa. Por último, y quizá lo más importante, fue su petición al gobierno en turno: un espacio para trabajadores viejos y pobres, un sitio de acogida y descanso después de toda una vida de trabajo; mostrando con ello, una parte de la cultura política forjada dentro del gremio ferrocarrilero, la cual reivindicaba la dignidad del trabajador. Así, lo expresado por don Julio forma parte de un mundo que había cambiado desde el final de la revolución mexicana.
Por ello, el presente artículo tiene como objetivo comprender las experiencias de los ferrocarrileros a partir de sus relaciones y formas de actuar en los espacios de trabajo y en su entorno inmediato. Dichas experiencias fueron importantes ya que construyeron una identidad compartida entre los trabajadores ferrocarrileros. Dicha identidad se manifestó en prácticas y organizaciones que representaron los intereses de este grupo. Particularmente, la década de 1920 fue un momento clave de este proceso de identificación obrera, de manera similar a otros trabajadores urbanos, quienes se dedicaron a la construcción, reparación, mantenimiento y conducción de las instalaciones y del material rodante en la ciudad de México fueron afectados tanto por la dinámica general de los procesos de fundación y consolidación del Estado posrevolucionario como por la inercia de los acontecimientos locales de una ciudad en transformación.

Ferrocarrileros, Sara Jiménez Vernis, ca. 1955. Colección: National Museum of Mexican Art. Imagen tomada de: https://artsandculture.google.com/asset/ferrocarrileros-sarah-jimenez-vernis/VwGF0hbcwsSSpw. El mundo del trabajo ferroviario
A finales de 1921, el Departamento del Trabajo solicitó a las diferentes compañías ferroviarias preparar un informe “del personal de empleados y obreros que prestan sus servicios en esa Empresa, así como de los sueldos y salarios que disfrutan”. La información recibida sería utilizada para el Censo Obrero de la República de ese mismo año. El Ferrocarril Mexicano declaró tener contratados a 180 empleados y 4 295 obreros; por su parte, fnm sostuvo emplear a 42 077 personas a nivel nacional. Casi la totalidad de los trabajadores eran mexicanos, entre las dos empresas tan sólo se contabilizaban 52 empleados extranjeros. Desde la primera década del siglo xx, los ferrocarrileros mexicanos habían luchado por ganar espacios en oficios acaparados por extranjeros, sobre todo en los casos de conductores, maquinistas y mecánicos. Esa lucha y la transición hacia una fuerza de trabajo mayoritariamente mexicana, fue construyendo un sentimiento nacionalista entre los diferentes gremios ferrocarrileros.
Por otra parte, las cifras para el Censo Obrero mostraban muy bien la complejidad del mundo del trabajo ferroviario. En el censo aparecían desde los oficios más característicos como maquinistas o conductores hasta los poco identificables tlacualeros, quienes estaban encargados de llevar los alimentos preparados por las familias de los trabajadores desde las estaciones hasta los cabos o peones que trabajan construyendo o haciendo reparaciones a lo largo de las vías. De acuerdo con el Reglamento Almaraz —expedido en 1925, durante el gobierno de Plutarco Elías Calles— “Es empleado ferrocarrilero, cualquier individuo que preste sus servicios en los Ferrocarriles o en sus dependencias”. No obstante, los trabajadores consideraban otros aspectos para definir a un ferrocarrilero, entre ellos el oficio mismo, la antigüedad o la destreza en el trabajo. Dichas características trascendieron la división por oficios y, en ocasiones, articularon los reclamos entre los distintos gremios.
Desde sus inicios, la industria ferroviaria contó con una organización del trabajo muy desarrollada, misma que demandó un régimen de trabajo y de tecnología capitalista, por estas circunstancias, el desarrollo del sector ferroviario estimuló la formación de un proletariado industrial en México. En este sentido, los trabajadores empleados en la construcción, mantenimiento, reparación y operación de locomotoras y otro material rodante fueron la columna vertebral de esta industria. En oficios como el de conductor, maquinista, garrotero, fogonero o mecánico era necesaria una preparación tanto teórica como empírica; por lo cual, en estos gremios fue común la enseñanza entre trabajadores, en donde los de mayor experiencia y antigüedad se convertían en maestros para los nuevos elementos, generando con ello dinámicas gremiales que, ante momentos coyunturales, cohesionaban a los trabajadores. No obstante, la relación entre maestros y aprendices no necesariamente fue armónica, las quejas en contra de los superiores, encargados de vigilar y controlar el trabajo, fueron constantes.

Departamento de tornos para locomotoras del taller mecánico de Nonoalco, 1926. Colección: Centro de Documentación e Investigación Ferroviarias, Centro Nacional para la Preservación del Patrimonio Cultural Ferrocarrilero. Fotografía: Cortesía del autor. Entre el gremio ferrocarrilero la antigüedad, la experiencia y la jerarquía fueron aspectos altamente valorados y defendidos. Por ello, ante algún proceso de reorganización, como el puesto en marcha a mediados de los años veinte, los trabajadores con mayor antigüedad fueron quienes defendieron con más fuerza sus puestos de trabajo, ya que, contrario a lo que señalaban todos los reglamentos y convenios, los más experimentados fueron los primeros en quedar fuera del servicio. Esta situación fue evidenciada por un grupo de más de 300 ferrocarrileros —en su mayoría maquinistas, conductores, garroteros y jefes de patio—, quienes “Impulsados por la necesidad” escribieron al presidente Álvaro Obregón, denunciando estar sin empleo “por la escases (sic) de trabajo en los ferrocarriles ocasionada por los continuos rebajos de personal, y como la mayoría del personal rebajado ha recaído entre antiguos empleados”.
Al no encontrar solución y tener “familias á quién (sic) sostener”, solicitaban del presidente “su valiosa protección, ya sea con el deseo de que se nos dé trabajo ó que ordene sea creado el Depósito de Ferrocarrileros”, institución que —según el testimonio de los trabajadores— había funcionado en 1916, a propuesta del propio Obregón. En caso de que no fuera posible ninguna de estas dos soluciones, solicitaban ser aceptados en “la pensión de los servidores de la Revolución”. Entre las demandas de los trabajadores en esta época estaban la defensa del puesto de trabajo, el salario y un lugar para vivir o alojarse. Otro testimonio en ese sentido fue el de Guillermo Andonegui, jefe de la estación de Matamoros de Izúcar en Puebla, quien había estado bajo las órdenes del general Eugenio Martínez durante la revolución. Además de proponer una organización de trabajadores libres, sugería construir una casa de huéspedes en la ciudad de México, “con habitaciones cómodas, para que los compañeros sin trabajo por cualquier causa se alimenten y hospeden en ella hasta lograr su reinstalación, cuando tengan familia, se les dejará en libertad para habitar en lugar que deseen asignándoles determinada cuota diaria para el sosten (sic) general de él y su familia”.
Por lo tanto, las dinámicas del trabajo diario construyeron relaciones y valores compartidos al interior de determinados gremios; particularmente, en aquellos con un alto grado de especialización como maquinistas o mecánicos, en los cuales había una marcada jerarquía y dinámicas de tutelaje en relación con los trabajadores más jóvenes. No obstante, la década de 1920 mostró que los trabajadores con mayor antigüedad fueron los primeros en resentir la reorganización de las compañías ferroviarias, proceso necesario después de casi diez años de revolución. Por otra parte, dado el testimonio de diferentes ferrocarrileros sabemos que durante estos años sus condiciones materiales distaban mucho de ser las mejores: el desempleo, la falta de jubilaciones, la carencia de vivienda, entre otros, eran sólo algunas de las condiciones a las que se enfrentaban en un momento de grandes transformaciones en la ciudad de México.
Los espacios ferroviarios de la ciudad de México
A inicios del siglo xx, cuando el sistema ferroviario mexicano quedó constituido casi en su totalidad, la ciudad de México figuraba como un importante centro de transporte de mercancías y pasajeros. A lo largo y ancho de la capital estaban ubicadas las instalaciones necesarias para el buen funcionamiento del sistema: vías, patios de maniobras y talleres. Al final del porfiriato, la urbe concentraba las terminales de los ferrocarriles Mexicano, Central Mexicano, Nacional Mexicano, Hidalgo y Nordeste, Interoceánico, San Rafael a Atlixco, del Desagüe del Valle de México y de Monte Alto; además de los ferrocarriles de Cintura y Circunvalación. Eso sin contar las diversas estaciones localizadas en las municipalidades cercanas como Tacubaya, Mixcoac o Contreras. La relación entre ciudad y ferrocarril era bastante estrecha. A pesar de esto, aún sabemos muy poco sobre el impacto del ferrocarril en el ordenamiento urbano y sus transformaciones.

Patio de la Estación Colonia, 1926. Colección: Centro de Documentación e Investigación Ferroviarias, Centro Nacional para la Preservación del Patrimonio Cultural Ferrocarrilero. Fotografía: Cortesía del autor. Para entender la relación entre la infraestructura ferroviaria y la ciudad es necesario tener presente la experiencia de los trabajadores, de los usuarios, de los habitantes aledaños a estaciones, talleres y patios de maniobras, así como de las autoridades gubernamentales y de las compañías ferroviarias. Las múltiples dinámicas e interacciones entre actores y lugares generaron espacios sociales particulares, a los cuales denomino como: espacios ferroviarios. En dichos espacios no sólo tienen lugar las actividades propias de la ciudad o de los centros de trabajo, sino que la interacción de estos genera nuevas dinámicas.
Los espacios ferroviarios fueron una parte fundamental de la vida urbana de la ciudad de México durante el siglo xx; al menos, hasta que la política de movilidad privilegió el uso del automóvil y la construcción de nuevas calles y avenidas. En la ciudad de México la utilidad de los ferrocarriles se concentró en el abastecimiento de la ciudad y la distribución de mercancías hacia otros puntos de la república. A las estaciones de San Lázaro, Nonoalco y Buenavista arribaron frutas, legumbres, maíz, trigo, cebada, garbanzo, arroz, aceite, cerveza, tabaco, leña, carbón, entre otros víveres y materias primas para la industria local. Por lo cual, el funcionamiento del ferrocarril y sus actividades marcaron en gran medida los ritmos de la urbe, al ser espacios de salida y llegada de mercancías y de personas.
A diferencia de otros medios de transporte utilizados antes, los trenes requerían de toda una infraestructura particular para la administración, mantenimiento, reparación y funcionamiento de las locomotoras y otro tipo de material rodante. Debido a la expansión urbana de finales del siglo xix y principios del xx, las tensiones entre la infraestructura ferroviaria y la ciudad crecieron, ya que la distancia entre las zonas urbanizadas y las estaciones, los talleres y los patios se acortaron. Por lo cual, cada vez más gente estuvo inmersa y participó de las dinámicas generadas dentro de los espacios ferroviarios. En este sentido, uno de los principales lugares fueron las estaciones, las cuales rápidamente se transformaron en polos de atracción de la actividad comercial e industrial; por ello, alrededor de ellas se establecieron una diversidad de comercios tales como hoteles, lugares de comida, salones de baile, cantinas, entre otros.
Ya fuese dentro de la infraestructura ferroviaria o en los lugares aledaños, una situación que se vivía todos los días era la tensión y el peligro. En primer lugar, residir cerca del ferrocarril suponía un determinado riesgo. Algunos de estos peligros fueron derivados de la tecnología disruptiva que acompañó la llegada del ferrocarril. El uso de calderas, hornos de fundición, combustibles y aceites para el funcionamiento y mantenimiento de las locomotoras y vagones, así como algún descuido o desatención por parte de los trabajadores podrían haber provocado un siniestro de grandes magnitudes. El 12 de octubre de 1920, el periódico El Heraldo de México publicó que, a las once de la mañana, por los rumbos de las calles de Guerrero, Nonoalco y Santa María, aledañas a la estación del “antiguo Ferrocarril Central en Buenavista”, se escuchó “una terrible explosión que hizo trepidar la tierra en varios y centenares de metros a la redonda”, la cual provocó el estallido de vidrios de puertas y balcones de las casas cercanas. Como suele suceder ante las tragedias, los chismes de lo ocurrido comenzaron a correr rápidamente, causando “una alarma grandísima diciendo que había reventado una caldera en los talleres del Ferrocarril Central produciendo gran número de desgracias y registrándose una verdadera hecatombe”. El diario desmintió la explosión de la caldera, pero los daños materiales causados a las viviendas cercanas a Buenavista fueron ciertos.

Costado sur de la Estación Buenavista, 1926. Colección: Centro de Documentación e Investigación Ferroviarias, Centro Nacional para la Preservación del Patrimonio Cultural Ferrocarrilero. Fotografía: Cortesía del autor. Por otro lado, a medida que la urbe crecía y las avenidas y calles se extendían por la ciudad, la convivencia entre trenes y automóviles representó un peligro latente tanto para los miembros de la tripulación del ferrocarril como para los choferes. En las cercanías de los patios de maniobras o en los cruces contiguos a las estaciones fueron comunes los accidentes entre trenes y automóviles. Cuando sucedían este tipo de hechos, la muerte o mutilación de alguno de los trabajadores era frecuente. Por ejemplo, el 6 de octubre de 1938, el periódico Excélsior reportó un accidente en el crucero de Nonoalco, donde hubo un choque entre un auto y una locomotora de patio. Aparentemente, el chofer Mariano Cuadros Romero no atendió al semáforo ni al repiqueteó de los silbidos del tren y así cruzó con su auto, mientras la locomotora hizo lo propio. Acompañando al maquinista viajaba el garrotero Pascual García García, quien resultó lesionado de ambas piernas, “pues le quedaron horriblemente destrozadas, situación que le causó la muerte”.
Los usuarios y habitantes cercanos que frecuentaban los espacios ferroviarios no estaban exentos del peligro cotidiano de sus alrededores. En la mañana del 18 de octubre de 1938, Miguel Estrada Cervera, médico de profesión y empleado de fnm, al estar caminando por el cruce de Nonoalco y la calle de Lerdo —zona conocida porque él mismo vivía en la calle del Ciprés en la Santa María la Ribera— sufrió un percance con un trágico final. Al llegar al crucero, su bastón se le cayó de la mano y al tratar de recogerlo, tropezó y fue contra el suelo, sin percibir que se acercaba la máquina de patio. Entonces, “Las ruedas de la locomotora pasaron sobre el cuello del anciano, que fué decapitado horrorosamente”. Quizá por la urgencia de llegar a tiempo al trabajo motivó la desatención de quienes caminaban por las mismas calles en que circulaban locomotoras y trenes.Debido a la cercanía del ferrocarril con las colonias populares de la ciudad de México, tal parece que el peligro era constante en la vida diaria de los habitantes. El que las personas cruzaran a través de los patios, las estaciones o las vías del ferrocarril generó un sinnúmero de tragedias. Por ejemplo, “Dejó caer a su hijo de brazos en la vía y una locomotora lo destrozó” así tituló Excélsior una noticia que narraba un terrible percance en el crucero de las calles de Lerdo y Saturno en la colonia Guerrero, el cual involucró a una madre, su hijo en brazos y un maquinista. Juana Flores intentó ganarle el paso a la locomotora de patio manejada por Ismael Brito; no obstante, no tuvo éxito provocando que la máquina golpeara a la señora Flores, quien por la fuerza del golpe soltó a su bebé, este “cayó bajo las ruedas de la máquina, que le amputaron las dos piernas”. De acuerdo con el diario, Juana sufrió tal impresión que “La desdichada madre gritaba con desesperación; se volvió loca como hemos dicho, y lanzando una estridente carcajada, corrió a darle alcance a la locomotora antes de que ésta hubiera podido detener su marcha, con la intención de morir al lado del fruto de sus entrañas”. Todo indicaba que el maquinista enfrentaría un cargo judicial, pero, al final, las autoridades determinaron que la madre era la única responsable de los hechos.

Caseta en el cruce ferroviario de Nonoalco, 1926. Colección: Centro de Documentación e Investigación Ferroviarias, Centro Nacional para la Preservación del Patrimonio Cultural Ferrocarrilero. Fotografía: Cortesía del autor. Además de lo anterior, la ciudad de México acogía a las direcciones generales de las diferentes sociedades gremiales. Por ello, la urbe fue escenario de congresos, manifestaciones y huelgas del movimiento obrero ferrocarrilero, una dimensión importante en la vida de los trabajadores. En los últimos días de febrero de 1921 se suscitó una huelga ferroviaria importante, el motivo era demandar el reconocimiento de la Orden de Maquinistas y Fogoneros y de la Confederación de Sociedades Ferrocarrileras de la República Mexicana, así como la disputa intergremial con la Unión de Maquinistas, Garroteros y Fogoneros, organización apoyada por la dirección general de fnm y el gobierno.
A las 4 de la mañana del 25 de febrero, los trabajadores de todos los departamentos abandonaron sus puestos de trabajo, particularmente los maquinistas y los fogoneros. En consecuencia, el presidente Álvaro Obregón ordenó al general Enrique Estrada, secretario de Guerra y Marina, el despliegue de tropas para el resguardo de oficinas, talleres, estaciones y vías. En la estación de Buenavista fue colocada una batería de artillería, “para proteger los intereses de las Líneas”, entre tanto, en la estación Colonia fueron apostadas dos ametralladoras. Así lo dispuso el general Jesús M. Garza, Jefe de la Guarnición de la Plaza y de las Operaciones en el Valle de México, quien declaró: “en las estaciones de esta Ciudad, talleres, patios, etc., así como los puntos del Valle de México, donde hay material ferrocarrilero, se enviarán retenes, formados con tropas en número suficiente, a fin de que impidan la destrucción de dicho material por parte de los Confederados, ya que se tuvieron informes fidedignos de que tal cosa pensaban realizar dichos ferrocarrileros”, esto a pesar de que un día antes, en un mitin realizado en la ciudad, los ferrocarrileros habían acordado “sostener la huelga, sin escándalos, atentados ni sabotaje”.
Así mismo, Marcelo N. Rodea dejó testimonio de cómo vivían los ferrocarrileros esos días de huelga: “Los lugares donde se encuentran ubicados los centros ferrocarrileros (Av. Hombres Ilustres y colonia Guerrero) presentaban un aspecto pintoresco. Grupos numerosos de ferrocarrileros esparcidos en distintos sitios leían con atención la prensa del día o comentaban el asunto de la huelga expresándose en forma optimista para ellos acerca del resultado de ese movimiento”. Los mismos trabajadores buscaron el apoyo de las tropas hacia la huelga, esto mediante la distribución de hojas subversivas con el título de “Hermano Soldado” y eran firmadas por el Consejo de Obreros, Soldados y Campesinos de la Región Mexicana, en ellas se invitaba a los soldados a no cumplir con sus deberes. Este tipo de situaciones se replicaron tan sólo cinco años después en la huelga de 1926-1927.
Consideraciones finales
Si bien el interés por la historia de las compañías ferroviarias ha acaparado la atención de los historiadores, poco sabemos sobre la experiencia de aquellas personas que trabajaron en la construcción, reparación, mantenimiento y conducción de los ferrocarriles. Conocer la organización, los valores y las ideas sobre el trabajo nos lleva a comprender otros aspectos de la vida de los ferrocarrileros; por ejemplo, el respeto por la antigüedad en el oficio o el arraigado sentimiento nacionalista del gremio. Por otro lado, la relación con la ciudad de México brinda todo un contexto material y social en el cual se inserta la experiencia cotidiana de estos trabajadores, la cual generó dinámicas particulares que tuvieron lugar en los espacios ferroviarios.
Dichos espacios ferroviarios estuvieron caracterizados por la tensión entre la infraestructura ferroviaria y una ciudad en pleno desarrollo. Por lo cual, una característica de estos espacios fue el peligro de trabajar, habitar o convivir cerca de vías, talleres y estaciones. Las diversas experiencias que ahí tuvieron lugar demuestran la centralidad que el ferrocarril tenía en el ritmo del día a día de la ciudad de México. No obstante, en las décadas siguientes, el ferrocarril, así como sus instalaciones se vieron desplazadas por el uso cada vez más frecuente del automóvil.
Para saber más
Alegre, Robert F., “Las rieleras. Gender, Politics and Power in the Mexican Railway Movement, 1958-1959”en Journal of Women History, número 2, 2011, p. 162-186.
Barrios, Elías, El escuadrón de hierro, México, Ediciones de Cultura Popular, 1978.
Guajardo Soto, Guillermo, Trabajo y tecnología en los ferrocarriles de México: una visión histórica, 1850-1950, México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2010.
Valencia Islas, Arturo, El descarrilamiento de un sueño. Historia de Ferrocarriles Nacionales de México, 1919-1949, México, Secretaría de Cultura, Centro Nacional para la Preservación del Patrimonio Cultural Ferrocarrilero, El Colegio de México, 2017.
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Zapateros y sombrereros en la ciudad de México: el trabajo a domicilio

Por Fernando Vialli Ávila Campos
El artículo trata sobre los oficios de zapateros y sombrereros a domicilio en la ciudad de México durante el primer tercio del siglo XX. Estos trabajadores confeccionaban zapatos y sombreros que eran entregados a otros establecimientos como tiendas de ropa, sastrerías o fábricas. El trabajo a domicilio se caracterizaba por desarrollarse en pequeños talleres improvisados en los hogares de los trabajadores, al interior de vecindades viejas, insalubres y derruidas del centro de la capital mexicana.
El trabajo a domicilio
En este modo de producción se empleaba la mano de obra familiar que muchas veces dependía de las órdenes de un contratista que fungía como intermediario entre los patrones y los trabajadores. Los patrones eran los dueños de los establecimientos y además inversionistas de capital, tanto nacional como extranjero. La figura de los intermediarios era determinante porque además de obtener ganancias monetarias debido a la subcontratación de los trabajadores, en muchas ocasiones las fábricas, los talleres y otros establecimientos les concedían los derechos de producción a destajo para llevarse a cabo en las viviendas de los trabajadores. Estos personajes habilitaban las materias primas a los trabajadores y algunos insumos para la elaboración de los productos. En este caso los sombrereros y zapateros ponían por su cuenta el resto de los materiales y herramientas necesarias para la reproducción de sus oficios.
Los trabajadores a domicilio recibían salarios muy bajos que eran pagados a destajo. Esto quiere decir que obtenían ganancias por pieza elaborada y no por jornal. Sus percepciones monetarias dependían de la cantidad de productos elaborados en determinado tiempo, de modo que sus ingresos se medían en función del ritmo de producción autorregulado.
Cabe mencionar que las cifras salariales eran impuestas por los establecimientos a los que se entregaban las mercancías, de las cuáles los trabajadores debían descontar el gasto de materiales, combustibles y parafina para alumbrarse. A ello, hay que agregar que los intermediarios se apropiaban un porcentaje de los pagos, lo cual mermaba aún más sus ganancias.
Los oficios de zapateros y sombrereros a domicilio han sido poco abordados por la historiografía social dedicada al mundo del trabajo en la Ciudad de México, durante las primeras décadas del siglo XX. En la industria del calzado los hombres predominaban en la producción de zapatos desde el siglo XIX, aunque también había trabajadoras que, en el siglo XX, se emplearon en la producción de calzado. Asimismo, en la fabricación de los sombreros las mujeres tenían una participación trascendental en el proceso de producción.
En un mismo espacio confluían costureras, botoneras, modistas o cachucheras cuando se dedicaban a la producción de sombreros de fieltros y otros materiales que necesitaban del uso de las planchas para dar los acabados de los productos y entregar mercancías elegantes. Habitualmente estas trabajadoras se empleaban en sombrererías ubicadas en las zonas comerciales de la capital mexicana que confluían con sastrerías, casas de moda y tiendas departamentales. También, en esos lugares se daba trabajo a domicilio para completar la producción en los hogares, donde la mano de obra infantil tenía una labor protagónica.
El pago a destajo por el trabajo a domicilio era un rasgo distintivo que se mantuvo desde mediados del siglo XIX. De esa forma también se retribuía la labor de los sastres y las costureras que entregaban diversos tipos de ropa para las tiendas departamentales, como La Ciudad de Londres o El Palacio de Hierro, y para sastrerías de maestros artesanos que habían establecido sus negocios.
Los sombrereros
El oficio de los sombrereros a domicilio era habitual en las viviendas de los trabajadores y en pequeños cuartos de vecindades de la Ciudad de México. En esos espacios había trabajadores como Hipólito Pacheco, quien era un sombrerero a domicilio que se dedicaba a la producción de sombreros de palma. Este sombrerero había improvisado en su vivienda un taller insalubre ubicado en la calle de Peluqueros, número 35. Por la elaboración de 5 piezas al día, que se hacían en horarios irregulares, le pagaban 12 pesos que apenas le alcanzaban para satisfacer sus necesidades básicas. Entre sus gastos domésticos estaba el costo de alquiler, la alimentación, la vestimenta y el aseo cuando le sobraba un poco de dinero.

Mujer tejiendo sombrero de palma, ca. 1905. Colección: Fototeca Nacional, INAH. Imagen tomada de: https://mediateca.inah.gob.mx/. Aunado a estos gastos el sombrerero debía descontar los materiales, combustibles, herramientas y el resto de los insumos que el trabajador usaba en la hechura de sombreros. Los dueños de los establecimientos, por su parte, se ahorraban los costos de producción que implicaba laborar en talleres y en otros espacios regulados. En su caso, subcontrataban mano de obra barata y fácil de sustituir que atendiera la demanda de esos artículos de la indumentaria.
En un taller de sombreros ubicado en la calle de Brasil, número 5, trabajaban tres costureras en la confección de sombreros para damas. Su salario mínimo por cada pieza elaborada era de 1.75 pesos; vivían en un taller pequeño que se encontraba al lado del zaguán de la puerta principal de la vecindad. Estas costureras no remitían horarios de trabajo a los inspectores del Departamento del Trabajo porque eran indistintos. A veces podían combinar horas de confección de sombreros, tanto en la mañana como en la noche, como sucedía con las costureras de prendas finas y los saqueros que entregaban ropa a sastrerías particulares.
Por otro lado, había sombreros que se elaboraban con pelos de castor o vicuña y de otros materiales, como los fieltros. Para el primer caso, primero debía separarse el pelo duro de los más largos, para que después se les colocara un material químico y ensortijarlo. En el segundo caso, una vez que se limpiaban las telas y se ensamblaban las partes de los sombreros se les agregaba laca, revuelta con alcohol y se aplicaba la felpa, con una plancha caliente, que se hormaba y cortaba. Por último, se daba paso a la confección de los sombreros donde las mujeres cosían cada una de las partes y colocaban las guarniciones con la ayuda de los aprendices que eran parte del mismo grupo doméstico.
Los zapateros
Los zapateros, por su parte, también reunían en un mismo espacio a varios trabajadores que realizaban tareas específicas del oficio. Era poco habitual ver a zapateras en los talleres, aunque sí participaban mujeres en el proceso de producción dentro de las unidades domésticas. Era común ver al interior de los talleres a los ensueladores, taconeros o desviradores. Cada uno de estos trabajadores se encargaba de elaborar una parte del producto. Mientras que unos zapateros colocaban las suelas y le daban forma en las máquinas desviradoras, otros lijaban los tacones y cosían o daban los acabados a los productos.
Dentro del oficio de zapateros también había jerarquías laborales. Estaban los remendones que se dedicaban a composturas sencillas cuando se les requería y los zapateros que elaboraban las piezas completas. Los trabajadores que hacían reparaciones no podían medir los índices de producción por pieza, jornada o a la semana porque había días en que no tenían trabajo. De una pequeña muestra de 18 zapateros encuestados por el Departamento del Trabajo, en 1921, el 38% se dedicaba a la reparación de calzado en sus pequeños talleres, mientras que el 61.1% elaboraba piezas completas.

Zapatero trabajando en la calle, ca. 1930. Colección: Casasola, Fototeca Nacional, INAH. Imagen tomada de: https://mediateca.inah.gob.mx/. De ese pequeño grupo de trabajadores, Leonardo Rodríguez era un zapatero que tenía su taller en la calle de Camargo 87-B. Por una jornada de 6 a 8 horas diarias, elaboraba 12 pares de zapatos y ganaba 12 pesos a la semana (1.71 pesos al día). Este zapatero se hacía cargo de la manutención de su hogar, conformado por sus padres y un hermano menor. Con su salario podía costear una canasta básica compuesta de carne de res de segunda categoría, legumbres, harinas y pulque. Este zapatero, al igual que el resto, ponía por su cuenta los instrumentos de trabajo y descontaban de sus ganancias los gastos que implicaban darle mantenimiento a sus herramientas, así como la compra de algunos materiales indispensables para la producción de zapatos.
Los zapateros también vivían y trabajaban en espacios reducidos y antihigiénicos. El zapatero Regino Valencia tenía su taller en la calle del Trabajo, número 186. A la semana ganaba 7.50 pesos por trabajo variable en su taller. Además, tenían que soportar las enfermedades que a diario les aquejaban a ellos y a sus familiares. El zapatero Regino sufría de anemia y a pesar de que percibía salarios bajos, se hacía cargo del sustento de su núcleo doméstico conformado por 5 integrantes: el zapatero, su esposa y tres hijos menores.
También había talleres muy reducidos de 2.5 por 3 metros y accesorias pobres de vecindades que apenas si tenían una puerta por donde lograba entrar un poco de aire y ventilar los espacios de producción hacinados. En un taller de la 6ª calle de Guillermo Prieto trabajaban cuatro zapateros que estaban a cargo del maestro José Rivas. Tres de los zapateros estaban casados y había uno soltero. Sus salarios eran a destajo y el máximo que recibían era de 2.50 pesos y el mínimo de 1.50 pesos. Su jornada de trabajo variaba, pero no pasaba de las 8.5 horas diarias.
El taller a cargo de Rivas estaba adaptado en una accesoria con tapanco y contaba con una máquina de coser Singer. Este local estaba en malas condiciones de higiene, lo cual hacía insoportable el olor y la convivencia diaria entre los zapateros. Los sueldos se dividían según el grado o jerarquía laboral. Los ensueladores ganaban 2 pesos cuando colocaban suelas corridas, mientras que la media suela tenía un precio de 1.50 pesos. Lo más barato en cuanto a costos de producción era la colocación de tapas de madera a los tacones, las cuales se cobraban a 25 centavos.
Los talleres fueron objeto de una detallada revisión higiénica. En 1921, en un reporte de inspección higiénica dirigido al jefe del Departamento del Trabajo, se mencionaba que en una accesoria de la casa número 111, ubicada en la calle de Matamoros, habitaba un zapatero que trabajaba en compañía de su esposa y dos niños. El inspector médico, al respecto, acusaba lo siguiente: “El aspecto de esta pieza es desastroso por su desaseo y el amontonamiento de trastos y objetos sucios y viejos”.
Muchas veces estos talleres operaban como departamentos externos de las fábricas zapateras donde era más habitual ver a las mujeres trabajadoras. Las zapateras se empleaban para la United States Shoe Factory y para la fábrica Excélsior, propiedad de Carlos Zetina. Entre sus labores principales destacaba el corte de las suelas y el ensamble de cada una de las piezas que conformaban un zapato.

Obreras trabajando en una fábrica de zapatos, ca. 1922. Colección: Casasola, Fototeca Nacional, INAH. Imagen tomada de: https://mediateca.inah.gob.mx/. Conclusión
En suma, estos trabajadores a domicilio compartían una realidad similar al resto de los trabajadores dedicados a la indumentaria. Tenían salarios bajos, el núcleo familiar era imprescindible en el proceso de producción, la división del trabajo se daba al interior de las unidades domésticas de producción. Con respecto a los sombrereros y zapateros, las actividades se realizaban en función de las habilidades y destrezas de cada trabajador.
Los cachucheros, las enrolladoras de palma, los ensueladores o taconeros, imprimían en cada pieza elaborada sus años de experiencia. Algo que es importante mencionar es que en ocasiones la figura de los intermediarios se diluía, aunque no desaparecía por completo. Las experiencias de trabajo en la industria del vestido dan cuenta de una realidad exógena a la mirada de capataces o de cualquier régimen de autoridad, salvo cuando había una conexión entre fábricas y talleres domiciliarios.
Sin embargo, cuando los productos se entregaban a otros establecimientos como tiendas departamentales, sastrerías o cualquier otro negocio, el ritmo de trabajo y la disciplina laboral eran autorreguladas y las unidades domésticas operaban en función de sus necesidades materiales. Además, en los espacios de trabajo reducidos e insalubres se conformaban un lenguaje común de trabajadores urbanos dedicados al mismo oficio, el cual podían transmitir generacionalmente y entre otros grupos de trabajadores como los sastres y las costureras.
Para saber más
Basterrica Mora, Beatriz, “El sombrero masculino entre la reforma y la revolución mexicanas: materia y metonimia” en Historia Mexicana, número LXIII, 4, 2014, p. 1651-1708.
Illades, Carlos, Hacia la república del trabajo. El mutualismo artesanal del siglo XIX, 2ª edición, México, Gedisa, 2016.
Orduña Carson, Miguel, Tratado de cultura política comparada: la cofradía colonial y las mutualidades en el liberalismo, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2020.
Pérez Toledo, Sonia, Trabajadores, espacio urbano y sociabilidad en la Ciudad de México, 1750-1867, México, Universidad Autónoma Metropolitana Iztapalapa, Miguel Ángel Porrúa, 2011.
Porter, Susie, Mujeres y trabajo en la Ciudad de México. Condiciones materiales y discursos públicos (1879-1931), Zamora, El Colegio de Michoacán, 2008.
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