El día 20 de julio se cumplen cien años del asesinato de Francisco Villa (Doroteo Arango su nombre verdadero). Esta muerte conmovió al país por diferentes motivos y sorprendió en otras latitudes al corroborarse que el México violento no había desaparecido. Para empezar, el crimen perturbó por la destacada y polémica personalidad del caudillo revolucionario y por la violencia desplegada para ultimarlo. También porque se realizó en un momento político sumamente crítico: cuando se estaba definiendo quién sucedería a Álvaro Obregón en la presidencia. A nadie se ocultaba que la disputa iba a ser reñida, ya que se impulsaban dos candidaturas —las de los antes grandes amigos: Adolfo de la Huerta y Plutarco Elías Calles—, lo que sin duda polarizaría a los mexicanos en general y a la ciudadanía en particular.

Villa, después de una intensa vida revolucionaria, se había retirado a Canutillo, Durango (a poco más de 70 km al sur de Parral), después de firmar un acuerdo de paz con Adolfo de la Huerta tres años atrás (28 de julio 1920). Él dejaría las armas, a cambio recibiría este espacio (87 000 has, que incluían varios ranchos), y sería su residencia, y la conservación de una escolta de 50 hombres de su confianza pagados por la Secretaría de Guerra y Marina. Al resto de su grupo, alrededor de 700 hombres nada más, se les liquidó solventándoles un año de haberes con el compromiso de entregarles tierras de labor. Sólo eso quedaba de aquel enorme ejército que llegó a comandar y que contó con alrededor de 30 00 hombres en 1914, su momento de mayor auge.

Se asegura que, en la hacienda de Canutillo, Villa tenía a la vista un retrato de Francisco I. Madero y un busto de Felipe Ángeles (la escuela de Canutillo llevaba el nombre de este general), lo que confirma la enorme influencia de estos dos hombres sobre Villa, y el vínculo afectuoso que lo unía a ellos. En esta oportunidad interesa referirse a la relación escasa, pero intensa y decisiva con Madero, el iniciador de la revolución, pues de la mano de Abraham González, lo llevó a tomar las armas a favor de una causa, y a dejar atrás los asaltos y el abigeato, que en su contra siempre pesaron y siguen pesando.

Muchísimas páginas se han escrito sobre Pancho Villa, ya sea para enaltecerlo y destacarlo como el brazo armado de la revolución, como para denostarlo como bandido y malhechor. El mito y la confusión creados alrededor de su figura, inicialmente promovidos por él mismo al ofrecer diferentes versiones de su vida al otorgar entrevistas y “dictar” sus memorias a diferentes autores (entre ellos, Martín Luis Guzmán, Manuel Bauche Alcalde, Ramón Puente, Elías Torres), han hecho muy difícil comprender históricamente al personaje. Este embrollo empieza por el cambio de nombre de Doroteo Arango a Francisco Villa, y el porqué de este cambio de identidad y las razones que lo llevaron a convertirse en un bandido. 

La pasión, la admiración o el desprecio, siguen predominando sobre la explicación. Es innegable, sin embargo, la importancia que fue cobrando la participación de Villa en la revolución, desde la inicial en el movimiento maderista hasta encabezar a la imbatible División del Norte en el constitucionalismo, así como las acciones de armas del convencionismo y su oposición a Carranza. Inclusive, aun después de las derrotas de El Bajío y Agua Prieta en 1915, que redujeron su ejército hasta convertirlo una guerrilla, dio golpes importantes como el ataque a Columbus el 9 de marzo de 1916, y después con alrededor de 800 hombres tomó brevemente Chihuahua, Torreón, Canutillo, Rosario, Ciudad Juárez (última acción al lado de Ángeles) y Sabinas, cuando el movimiento de Agua Prieta ya había triunfado y Carranza había sido asesinado

Esta recuperación en lo que se refería a fuerzas armadas, cuando se creía a Villa derrotado, era asombrosa; todos sabían el brío y empuje que podía generar repentinamente, por ello, a Obregón, Calles y sus seguidores les preocupó que Villa diera su apoyo a De la Huerta, el hombre con quien aceptó concertar la paz. De ahí que decidieran asesinarlo por medio de una emboscada. Sin embargo, lo que nos atañe en este momento es plantear los inicios de su carrera como revolucionario y su vínculo con Madero.

 En 1910, sin haber abandonado del todo su vida como bandido, Villa entró en contacto con Abraham González, porque este lo convocó en el Centro Antirreeleccionista de Chihuahua para invitarlo a participar en el movimiento que se estaba organizando. González quedó convencido de que Villa era el tipo de hombre que había que incorporar a la lucha por su inteligencia y su conocimiento del terreno, y Villa fue cautivado por la serenidad, sinceridad y buena fe de don Abraham. Al estallar el movimiento armado, bajo las órdenes de Cástulo Herrera, Villa invitó a colaborar en la “noble causa”, de la que ya estaba persuadido, a hombres de los pueblos de San Andrés, Santa Isabel y Ciénega de Ortiz. Las peripecias lo van llevando de un lugar a otro de esa región de Chihuahua, alcanzando triunfos y derrotas para obtener el mando de tropas como coronel. 

El 14 de febrero (hay dudas sobre la fecha), Madero se unió a las fuerzas rebeldes por él convocadas a través del Plan de San Luis, precisamente en el estado de Chihuahua, a la altura de la Isleta a 26 kilómetros al este de Ciudad Juárez, en donde fue recibido por algunos revolucionarios. Si bien había levantamientos en diversos lugares del país, la lucha se había extendido con más arrojo en este estado.  Así, las fuerzas federales también se concentraron en la zona. Madero estaba decidido a asumir el liderazgo en el frente.

Los éxitos de Villa llamaron la atención de Madero, y de acuerdo con Bauche Alcalde, lo citó en la Hacienda de Bustillos. A Madero le sorprendió la juventud de Villa, y Villa recordaría tiempo después su primer encuentro “con aquel hombre genial, inmenso dentro de su diáfana sencillez, sonriente y bondadoso, como si todo él no supiese sino derrochar mercedes y sembrar gratitudes.” Surgió de manera pronta una corriente de simpatía entre ambos, situación totalmente contraria a la que se dio entre Villa y Venustiano Carranza, personajes que nunca se aceptaron el uno al otro.

Líderes de la Revolución mexicana después de la primera batalla de Ciudad Juárez, Eugene Omar Goldbeck, 1911. Colección: Elmer y Diane Powell, Biblioteca DeGolyer, Universidad Metodista del Sur de Estados Unidos. Fotografía tomada de: https://digitalcollections.smu.edu/digital/collection/pwl/id/1487.

Después de una corta entrevista, Villa se retiró y, al día siguiente, Madero visitó San Andrés, población en la que se encontraba Villa. En el centro del pueblo, Madero se dirigió a la multitud que lo recibió con gritos de alegría. Unas horas después coincidieron nuevamente en Bustillos, la entrevista también incluyó a Pascual Orozco, para discutir la pertinencia de atacar la ciudad de Chihuahua. Villa opinó que no debían hacerlo, pues, aunque tenían armas, no tenían municiones; consideró que debían acercarse a la frontera para obtenerlas, aplicando la táctica de guerrilla. Madero coincidió con su opinión, lo mismo que Orozco.

La campaña entre marzo y mayo de 1911 en la zona de Casas Grandes-Ciudad Juárez hizo posible que Villa y Madero tuvieran contacto constante. De esa cercanía quedó en Villa la impresión de que Madero representaba los anhelos de redención y de justicia del pueblo mexicano, sus deseos de libertad y de civismo, todo aquello que Díaz y sus hombres les habían arrebatado. Madero invocaba los derechos políticos negados a todo un pueblo. 

La desobediencia de Orozco y Villa de no atacar a los federales en Ciudad Juárez, no representó ningún problema entre el presidente y el coronel Villa, particularmente porque el desacato terminó en victoria, y de esta al acuerdo de paz sólo hubo un paso, que incluyó el nombramiento del gabinete de gobierno. Más difícil fue resolver el enfrentamiento que se entabló el día 13 de mayo de 1911, cuando Orozco y Villa con hombres armados irrumpieron a una sesión de gabinete con tres peticiones: entablar juicio al general federal Juan J. Navarro —quien había entregado la plaza, pero con anterioridad había ordenado el fusilamiento de prisioneros—, la renuncia del gabinete para integrarlo, no con civiles, sino con hombres que hubieran participado en la rebelión con las armas en la mano y el pago de haberes y entrega de alimentos a los hombres de Orozco.  En la discusión, en la que se pretendía aprehender al presidente provisional, salieron a relucir las armas, pero todo fue controlado, al atenderse el último punto. Madero no aceptó venganzas, ni permitió que se cuestionara su derecho a nombrar a los hombres que debían ayudarlo a gobernar. Uno de los presentes aseguró que, una vez que pasaron los momentos de mayor tensión, Villa le pidió a Madero que lo fusilara por ese arrebato.

Tiempo después, Villa se dijo engañado por Orozco, quien suponía que aquel, dado lo exaltado de su carácter, dispararía contra Madero al resistirse a los deseos de proceder al linchamiento del federal. En este caso, Raúl Madero, hermano de Francisco, medió para que este platicara con Villa y quedaran en buenos términos. Para ese momento muchos consideraban a Villa como “peligroso”, era muy útil por su influencia entre los hombres, su audacia y su conocimiento del territorio y los hombres de la región, pero su carácter irascible lo hacía incontrolable. El guerrillero comunicó a Madero su deseo de retirarse a la vida privada. Asimismo, aseguró que había tomado las armas para luchar por la felicidad de los oprimidos, y sólo pedía garantías y justicia. Madero le entregó once mil quinientos pesos para que iniciara un negocio y sus hombres quedaron al mando de Raúl Madero. En esta como en tantas otras ocasiones, Madero demostró que la venganza no dominaba sus acciones.

Uno de los personajes que conservaron las memorias del general, da cuenta de una entrevista entre Madero y Villa a fines de 1911. El ya presidente quería saber cuáles eran las andanzas de Orozco, pues tenía malos informes sobre él. Villa le hizo saber su amistad con alguno de los Creel y un Terrazas. Ante la pregunta directa del presidente, Villa reiteró su lealtad a su gobierno. Dos meses más tarde volvió a ser llamado desde la presidencia. Villa aseguró que apoyaría al gobierno porque era “justo, bueno y honrado, nacido del pueblo y para bien del pueblo”, que fácilmente podría levantar hombres y sólo necesitaba armas. Esta fue seguramente la última vez que estos hombres se vieron cara a cara.

Como decíamos, Villa, ya ascendido a general brigadier, se retiró del ejército revolucionario e intentó establecer una carnicería en la ciudad de Chihuahua. Sin embargo, no dudó en tomar las armas nuevamente, cuando González, gobernador del estado, lo invitó a enfrentar el levantamiento de Pascual Orozco en los primeros meses de 1912. El 10 de abril, Madero le escribió a Villa felicitándolo por su actividad guerrera, pidiéndole que se pusiera bajo las órdenes de Victoriano Huerta, el nuevo jefe de la campaña. Colaboró cercanamente con Raúl y Emilio Madero en la zona de Coahuila, Durango y hacia Chihuahua. En varias ocasiones fue felicitado por Huerta por su actuación en los hechos de armas y ascendido a general “honorario”, aun cuando este hecho haya sido planeado para mofarse de él. Sin embargo, el 3 de junio tuvo un intercambio fuerte de palabras con Huerta, pues este había recuperado una yegua que Villa había expropiado a un comerciante que apoyaba a los “colorados” de Orozco. Al otro día, Villa fue detenido y llevado a un cuadro de fusilamiento, acusado de amotinamiento. Frente a la presión de varios militares, entre ellos los hermanos del presidente, Huerta suspendió la ejecución y Villa fue trasladado a la ciudad de México en calidad de prisionero. Se despidió de sus hombres pidiendo su lealtad al gobierno de Madero.

Gustavo A. Madero cabalgando con Pancho Villa, D. W. Hoffman, 1910. Colección: Familia Madero, Secretaría de Hacienda y Crédito Público. Fotografía tomada de: https://memoricamexico.gob.mx/swb/memorica/Cedula?oId=L6rA4HUB03sXs3RVptMn.

En la capital se le abrió un proceso por insubordinación, desobediencia y robo. Madero se encontraba entre la espada y la pared —el ejército federal y los irregulares chihuahuenses—, se dice que le envió a varios mensajeros, que Gustavo Madero lo visitó en la cárcel, que le proporcionó comodidades y aun libros. Taibo II asegura que Villa le escribió 19 cartas mientras estuvo en prisión, pidiendo justicia y reafirmando su lealtad. En ellas solicitó que se le levantara la incomunicación, después, que se le enviara a otra prisión, que lo mandara a combatir a los rebeldes y por último, que se le trasladara a otro país, a España en particular. Clamaba y exigía justicia, y en ocasiones, también amenazaba. La prisión debió ser muy amarga para un hombre impetuoso y libre como Villa, siempre la recordó con pesar y disgusto. 

El 26 de diciembre, con la ayuda de Carlos Jáuregui, secretario del Juzgado, escapó de la cárcel; llegó a El Paso, el 4 de enero de 1913. Desde este lugar se puso en contacto con don Abraham, poniéndose a sus órdenes y pidiéndole que informara a Madero que se preparaba un levantamiento en su contra, que en prisión lo habían invitado a participar y él había preferido huir. Aseguró que él siempre defendería a Madero porque en él veía “vinculada a la patria”.

Durante algún tiempo, los historiadores interpretaron —dada la fidelidad de Villa— que fue Madero quien discretamente había promovido el traslado del prisionero de la penitenciaría de Lecumberri a la prisión militar de Santiago Tlatelolco, de donde era más fácil evadirse y que fue él quien proveyó los elementos para la escapatoria. Sin embargo, en los tiempos más recientes se ha demostrado que no fue así: Madero desatendió los ruegos del guerrillero. Además de la presión que ejercía Huerta y el ejército, existía la del embajador de Estados Unidos, Henry Lane Wilson, quien solicitaba la ejecución de Villa. El prisionero no alcanzaba a vislumbrar el torbellino político que había levantado. Ahora se sabe que gente cercana a Bernardo Reyes participó en la evasión de Villa.

El caso es que pocas semanas después, al ser asesinado Madero, el 7 de marzo, Villa tomó las armas para vengar su muerte, en su memoria. Se incorporó a las fuerzas constitucionalistas que habían desconocido el gobierno ilegítimo de Victoriano Huerta. Para el mes de septiembre ya había sido elegido jefe de la División del Norte, que luchaba en Chihuahua, Durango y Coahuila. Realizó a la cabeza de sus hombres importantes tomas: Ciudad Juárez, Tierra Blanca, Chihuahua, Ojinaga, Torreón, San Pedro de las Colonias, Paredón, Saltillo y, finalmente, Zacatecas, que marcó el triunfo revolucionario sobre Huerta. Estas victorias militares van de la mano con desavenencias con Carranza que culminarán con la ruptura durante la Convención Revolucionaria en Aguascalientes. Esta asamblea eligió a Eulalio Gutiérrez como presidente y a Villa, jefe del ejército. Carranza abandonó la ciudad de México y en Veracruz estableció su gobierno, mientras tanto Villa y Zapata se encontraron en la ciudad de México.

Esta ocupación, que se realizó el 6 de diciembre de 1914, resulta relevante para nuestro tema porque Villa visitó la tumba de Madero en el panteón Francés para rendirle honores (probablemente el día 13), en una ceremonia que paralizó a la ciudad. Se desenterró el cadáver para volver a enterrarlo en “un ataúd de plata”. Bañado en lágrimas, Villa concluyó su discurso, haciendo notar que el asesinato de Madero, el padre de la “nueva república”, era la mancha más negra en el honor de México. Villa sólo quería mostrar su aprecio y admiración. En la búsqueda de la regeneración de la patria, Madero sería un ejemplo. También cambió el nombre de la calle de Plateros y le puso el del presidente mártir. Asimismo, en algún otro momento, decretó el 22 de febrero como día de luto nacional. En Villa no quedaron rencores por los meses de prisión.

Francisco Villa llora ante la tumba de Francisco I. Madero, Casasola, 1914. Colección: Fototeca Nacional, INAH. Fotografía tomada de: https://mediateca.inah.gob.mx

Desde que Abraham González le habló del movimiento de Francisco I. Madero, Villa, quien nunca había participado en política, se sintió atraído por la figura de este personaje. Cuando lo conoció, su admiración fue mayor: lo deslumbró su educación y sencillez y su valentía en el combate, además de su honestidad. Reiteró en diversas ocasiones que Madero “era chico de cuerpo, pero creo que es muy grande su alma.” Friedrich Katz plantea que los elementos que hicieron posible que en los inicios de la revolución los hombres estuvieran dispuestos a tomar las armas bajo sus órdenes eran su audacia y falta de temor, la disciplina y control que ejercía sobre sus tropas, su origen humilde y la confianza que Madero le dispensó. Todo permite suponer que, por su parte, Madero vio en Villa a un hombre con fuerza y capacidad para organizar a los hombres, pero, sobre todo, a un hombre leal, y lo fue hasta después de la muerte de Madero. La devoción del guerrillero contribuyó en buena medida a construir el apostolado del demócrata.

Berumen, Miguel Ángel, Pancho Villa: la construcción del mito, México, Océano, 2009.

Katz, Friedrich, Pancho Villa, México, Era, 1998. 2 vol.

Krauze, Enrique, Entre el ángel y el fierro: Francisco Villa, México, Fondo de Cultura Económica, 1987.

Taibo II, Paco Ignacio, Pancho Villa: una biografía narrativa, México, Planeta, 2006.

Villa Guerrero, Guadalupe, “La vida con Villa en la Hacienda de Canutillo”, BiCentenario: El ayer y hoy de México, 20 septiembre de 2013. Disponible aquí.

Villa, Guadalupe y Rosa Helia Villa (editoras), Pancho Villa. Retrato autobiográfico, 1894-1914, México, Taurus, UNAM, 2003.

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