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Las formas de lo impreso y la lectura en el siglo XIX

En el siglo XIX se efectúa, para la historia de la lectura, uno de los procesos más importantes de democratización, circulación y acceso a la información en toda América Latina.
Las independencias, influenciadas profundamente por las ideas ilustradas y consolidadas por el liberalismo político y económico, tenían entre sus prioridades y objetivos la libertad de imprenta, la alfabetización y la educación, no sólo de las élites, que eran las que siglos antes habían gozado de ese derecho, sino también de las “clases laboriosas”, las mujeres y las infancias.
A partir del inicio de la revolución de Independencia de México, en 1810, e influenciados por la Constitución Gaditana de 1812, los ideales independentistas y sus líderes tuvieron entre sus prioridades la libertad de prensa, negada a la población general por el control que la Monarquía mantenía de la impresión y libre circulación de las ideas. A partir de entonces, 1810, pequeñas prensas, que podían ser transportadas de un lugar a otro, acompañaron los movimientos insurgentes para generar impresos –pasquines, hojas sueltas, panfletos–, que circularon en los espacios de la guerra. Periódicos abiertamente revolucionarios como El Despertador Americano tuvieron un papel importante en la divulgación de la causa insurgente, motivando la expresión y debate de ideas que desencadenaron la opinión pública.
Pero, ¿Quién tenía acceso a esa información? ¿Quién leía? ¿Dónde se discutían esas ideas? ¿Dónde se entregaban estos impresos? ¿Dónde circulaban? ¿Qué impacto tenían? ¿Era lo único que se leía? ¿Cómo y qué se leyó en México a lo largo de todo el siglo XIX?
La lectura es esa actividad humana que interpreta lo escrito. A través de ella se otorga sentido a la información almacenada, acumulada, impresa y/o escrita. Escribió el filósofo francés Michael De Certeau que “el texto no cobra significado más que a través de sus lectores”, de ahí la importancia de su función: ¿de qué sirven millones de libros y contenidos diarios si no hay quién los lea?
Ese ejercicio de dar sentido a lo escrito, independientemente de la forma y el soporte donde se conserva y de la de la relación entre el texto y el lector, es además un proceso histórico que se vive y experimenta de distintas maneras por sus contextos temporales y geográficos. Pensar, por ejemplo, la lectura desde el punto de vista de la enseñanza formal y como un acto individual y de recreo sólo nos muestra una perspectiva que, si generalizamos a todo entorno y época, no nos permite comprender cómo fue el apremiante deseo y necesidad de una nueva sociedad que deseaba consumir información como fue en el siglo XIX.
En el siglo XIX se recreó todo un sistema en torno al conocimiento, las letras, la literatura y los nuevos lectores, en el que múltiples actores jugaron un papel fundamental: los impresores, formando textos y prensando en sus prensas de madera o metálicas, manuales y mecánicas de vapor; los editores, definiendo qué autores publicar, qué línea ideológica seguir, cómo y dónde vender o a quiénes, en qué formatos; los autores sobre qué escribir, que les inspiraba, a quiénes dirigían sus textos; los libreros estableciendo espacios y puntos de venta a través de “cajones” de libros, cómo conseguir periódicos y libros de circulación nacional en las diversas ciudades del país, cómo generar ganancias, qué libros importar, con qué editores, impresores y autores trabajar; los lectores, qué leer, cómo, dónde, cuánto se puede pagar, qué se puede leer.
Se ampliaron las posibilidades de la lectura porque se abrió el mercado, se establecieron políticas y leyes –pese a que la libertad de imprenta y la libre circulación de las ideas nunca dejaron de ser objeto de censura–, se importaron novelas europeas, manuales estadounidenses y se impulsó la creación de la literatura propia desde la primera mitad del siglo XIX y, también, de la ciencia que tomó un impulso significativo a finales de siglo. Pero,
¿Dónde se aprendió a leer?
La alfabetización en México, si bien fue un objetivo de los gobiernos decimonónicos, fue un proceso largo y complejo por múltiples factores. Por un lado, la inestabilidad política vinculada a la económica que no permitía un proceso continúo de proyectos educativos, por otro, porque el acceso a esa educación en las ciudades y el campo era desigual e irregular, además de la imposibilidad de toda la población de acceder a esa educación.
Si bien desde la Constitución de Apatzingán (1814) se hablaba de la importancia de “la instrucción, como necesaria a todos los individuos” y en la cual debía participar “la sociedad con todo su poder”, llevar a buen fin esa idea de manera práctica resultó en múltiples intentos, unos exitosos y otros fallidos. Sin embargo, pese a las dificultades, en la vida del siglo XIX mexicano la instrucción, la enseñanza de primeras letras y la lectura para la población, en general, no se desprendió más de la discusión pública y política.
La prioridad fueron los niños que eran el objetivo de la alfabetización del Estado, a partir de los cuales se generó todo un sistema de enseñanza básica con escuelas, profesores, métodos de enseñanza-aprendizaje, libros y publicaciones periódicas. Estaban, además, las escuelas privadas que eran por lo general católicas y, hacia la tercera parte del siglo, se instalaron escuelas protestantes.
Más allá de las escuelas, había otras formas de aprender a leer y escribir. Cuando se habla de porcentajes de alfabetización en el siglo XIX, las cifras están por debajo del 20% de la población, pero es una medición basada en cifras oficiales que muy posiblemente no contemplaba las múltiples formas de lectura que se desarrollaron a lo largo de todo el siglo.
No podemos descartar que existía desde siglos anteriores alfabetización al interior de los hogares, donde madres o institutrices enseñaban a sus hijos e hijas la lectura, la escritura y las matemáticas para las cuentas, porque era un conocimiento necesario para el funcionamiento de los negocios o talleres familiares, pero también para poder comunicarse a través de la correspondencia. A esta forma de aprendizaje se sumaron las posibilidades de lectura activa del siglo XIX, en el que el lector participaba de la opinión pública a través de periódicos a dónde podían mandar sus quejas, opiniones, sugerencias y agradecimientos. Es ahí donde constatamos la interacción de los lectores con los editores de periódicos.
Un matrimonio lector del periódico El Xinantecatl de Toluca, en 1897, escribía a la redacción: “Con sorpresa hemos visto el número 13 del periódico titulado La Juventud […] un párrafo titulado “Un Lic. que apalea” y como quiera que los hechos á que se refiere son falsos y calumniosos nos vemos en el caso de dar al autor de dicho párrafo, por medio del presente, el más solemne mentis”.
Las mujeres, por su parte, aprendieron la lectura en casa hasta antes del Porfiriato. En este siglo, su papel fue fundamental en la enseñanza tanto privada como pública, no es de extrañar que las mujeres también fueran las maestras en las nuevas escuelas y una importantísima fuerza laboral porque desde los hogares habían sido formadas para instruir, por lo que transitaron del espacio privado al público. Se asumió, desde las luchas entre liberales y conservadores, que ellas debían asumir el papel de formadoras de los futuros ciudadanos del país. Es en el Porfiriato cuando se abrieron escuelas para formar a las nuevas maestras mexicanas, pero las primeras maestras en esas Escuelas Normales fueron aquellas mujeres letradas que antes enseñaban en casa.
Martyn Lyons, historiador de la lectura, sugiere que las mujeres trabajadoras de fábricas o talleres en Europa aprendieron en sus espacios de trabajo, dónde leían en comunidad y se compartían entre ellas las novelas porque les era imposible comprar un libro. Sin embargo, este es un tema poco estudiado en México. Lo que sabemos hasta ahora es lo que se ha investigado sobre las mujeres letradas, o sea, a cerca de las mujeres que gozaban de cierta posición social que les permitía el conocimiento de las letras, tener tiempo libre o de ocio y acceso a cierto tipo de libros.
Por su parte, los artesanos, considerados una población objetivo para los proyectos liberales ilustrados, eran la fuerza laboriosa que debía formarse para mejorar su condición y, a la vez, mejorar la situación del trabajo para la república. Es así que se establecieron escuelas nocturnas para artesanos, en las que aprendían primeras letras, además de dibujo técnico aplicado a su trabajo. Pero no sólo eso, también se crearon espacios organizados, sociedades de apoyo mutuo y cajas de ahorro, desde las cuales se fundaron bibliotecas, periódicos y revistas con contenidos técnicos, políticos y moralizantes. El aprendizaje de los artesanos estuvo en las escuelas nocturnas, pero también en los talleres y en sus espacios de organización a través de la lectura en voz alta, dónde la politización era una actividad crucial.
Toda este aprendizaje de los lectores requirió de los medios necesarios para poder cumplir con las nuevas necesidades, es por ello que surgieron novedosas
Formas de lo impreso
En México se buscó formar lo que llamamos una República de Lectores y se sumó a las prácticas lectoras importadas de Europa, que vivía una etapa dorada de la publicación impresa de novelas, periódicos y revistas.
Cuando hablo de “sumar” me refiero a que se vivió una etapa de “imitación” de las formas de escritura y de impresión. El siglo XIX vio nacer los llamado best seller en medio de las revoluciones románticas, donde autores como Eugenio Sue y Alejandro Dumas vendían sus novelas a través de la prensa en la llamada literatura de folletín. Este sistema de novela por entrega en el periódico generó una masificación de la lectura, pues el periódico era muchísimo más económico que un libro, más accesible a un público más amplio.
Y es que no se puede pensar la lectura en el siglo XIX sin el periódico, pues fue el medio de masificación de la información. Pese a que el primer periódico surgió en México en 1722 (la Gazeta de México), no fue hasta el siglo XIX que se consolidó como el medio de comunicación más efectivo hasta la llegada de la radio. En ellos se vertían opiniones, disputas, información de acontecimientos, notas periodísticas de las diferentes ciudades del país y del mundo, anuncios y literatura.
La literatura de folletín –que consiste en integrar en la parte inferior del periódico un capítulo o fragmento de una novela para ser recortada y doblada con el propósito de que pueda ser leída de manera independiente y compartida– fue muy difundida en México a través de periódicos como El Monitor Republicano y El Siglo XIX. De esta forma se leyó El Conde de Montecristo de Dumas o Los misterios de París de Eugenio Sue.
Lo extraordinario del sistema de folletín es, también, que generaba el deseo y la espera del siguiente capítulo o continuación de la historia y la posibilidad de tener a la mano y de manera económica una historia que habla de los otros, los desdichados. Las formas en que este tipo de formato se leyó y apropió en México apenas empieza a ser estudiado, pero se sabe que novelas de ambos autores y otros se imprimieron no sólo en la ciudad de México, sino en otras muchas ciudades del país, lo que nos habla de su popularidad.

Tertulia de pulquería, Agustín Arrieta, 1851. Colección: Andrés Blaisten. Imagen tomada de aquí: https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/ Estas formas “imitadas” pronto fueron apropiadas y la literatura mexicana, que buscaba su propia voz, también se publicó a través de literatura por entregas. Por ejemplo la novela El fistol del diablo, de Manuel Payno se publicó por entregas en la revista (no periódico) Revista Científica y Literaria de México.
El diario no fue el único tipo de publicación periódica que se utilizó ampliamente en México, pues revistas de literatura dirigidas a niños, mujeres, artesanos o científicas y legales fueron otro medio de comunicación ideado para públicos específicos. En ellas se empezó a visualizar, y se consolidó a lo largo del siglo, la autoría de mexicanos en las distintas ciudades del país. La búsqueda por una voz propia incentivó las revistas literarias como El Renacimiento, fundada por Ignacio Manuel Altamirano y donde publicaron Manuel Payno, Ignacio Ramírez y otros autores de renombre. Este ejemplo se reprodujo en otras regiones del país, generando un importante cúmulo de publicaciones.
Las revistas para niños fueron menos exitosas que las literarias, pero suman al interés nacional por formar lectores y generar productos para públicos específicos, como El diario de los niños de 1839. En este tipo de publicaciones se privilegiaba la imagen, el uso de grabados o litografías atractivas para los infantes, en las que se enseñaba, por ejemplo, un poco de zoología y lecturas moralizantes.
El caso de las revistas para mujeres vivió un cambio significativo a lo largo del siglo. En las primeras décadas de vida independiente, la figura femenina existe en las publicaciones mexicanas con el propósito instruirles en sus deberes morales como formadoras en el hogar, es así que podemos encontrar lecturas moralizantes para ellas y, poco a poco, asuntos internos del hogar y recetas de cocina. Pero, conforme avanza el siglo llega el momento que la mujer asume un papel activo y crea sus propias revistas o periódicos, donde ellas hablan para sí. Es el caso de Rita Cetina y la revista La Siempreviva de 1870, homónima de su escuela en Yucatán y que promovía la participación activa de la mujer en la vida pública, cultural, educativa y social. Lo mismo podemos decir de Las hijas de Anáhuac, creada por mujeres y para mujeres en la ciudad de México entre 1873 y 1874.
Fueron también muy populares los calendarios para señoritas, un formato creado para las mujeres de mitad del siglo en la ciudad de México. Incluían fragmentos literarios, educación musical, botánica, religión, oraciones, pintura y mucho más, y eran acompañados por bellísimas imágenes coloridas hechas en litografía o en su defecto impresas por la técnica del grabado.
Por su parte, también fueron creados semanarios y revistas para artesanos, que tenían la función de enseñar técnicas para su labor y que funcionaban como un manual, pero también como un impulsor moralizante del trabajo. El más famoso fue el Semanario artístico para la educación y progreso de los artesanos, órgano de difusión de la Secretaría de Fomento entre 1844 y 1846. Este periódico fue inspiración para otros semanarios o manuales para artesanos de la república como El Artesano de Aguascalientes, publicado en 1856.
La gran difusión que tuvo la imprenta por todo el territorio nacional generó cantidades importantes de impresos, periódicos en su mayoría, porque existía un deseo real de emitir opiniones políticas, pero también generar contenidos propios para los intereses de las regiones. Además de ello existió un medio generalizado como fueron las hojas sueltas y la literatura de cordel, que eran hojas con información de consumo rápido y económico. En este otro tipo de impreso se contaban historias populares y se acompañaron de imágenes fantásticas y muy llamativas, un buen ejemplo de estas hojas sueltas son las que circularon en la ciudad de México con gráficas de José Guadalupe Posada y eran impresas y comerciadas por la imprenta de Vanegas Arrollo.

Galería del Teatro Infantil. Los Gendarmes, José Guadalupe Posada (grabador) y Antonio Vanegas Arrollo (editor), entre 1880 y 1918. Colección: Carlos Monsiváis, Museo del Estanquillo. Imagen tomada de aquí: http://museodelestanquillo.com/Miniatura/obra/galeria-del-teatro-infantil-los-gendarmes/. Este tipo de formato impreso nos demuestra que la lectura era practicada por toda la población. El éxito de la hoja volante, como lo fue también el formato de folleto, radica en que es un impreso pequeño, de lectura rápida, que podía contener temas sociales, políticos, legales, culturales y hasta disputas privadas y comerciales.
Dice la historiadora Anne Staples que el folleto fue el impreso más popular y común en el México del siglo XIX por su costo y facilidad de circulación. A diferencia de un libro, un folleto puede contener pocas hojas y mucha información, no necesitaba de encuadernación de pasta dura, ni de costuras elaboradas. Eso permitía que un personaje que deseara hacer público algún asunto pudiera pagarlo directamente a una imprenta y hacer circular sus ideas para ser leídas por las personas interesadas. Había un deseo de hacer públicos diversos intereses para ser leídos por una sociedad que se sumó con entusiasmo a la opinión pública.
El libro, por su parte, aunque ampliamente difundido, por sus costos fue menos popular. Sin embargo hubo un mercado importante: ya fuera para los hombres de ciencia, maestros, abogados, médicos o manuales para los artesanos. La importación de muchos de ellos sucedió a través de las librerías, como la librería francesa Bouret que fue una gran empresa de distribución de libros en toda América Latina. En este tipo de empresas también traducía los libros que circulaban en Europa y eran distribuidos por el continente de habla hispana.
Los libros científicos y escolares llenaron las nuevas bibliotecas públicas y de instituciones de enseñanza. Si hurgamos cualquier biblioteca que haya preservado sus catálogos decimonónicos podremos encontrar lecturas científicas y de enseñanza para la formación de los nuevos estudiantes. En este sentido, fuero muy importantes, hacia la segunda mitad del siglo XIX, los libros de texto para la instrucción y los manuales morales para las familias mexicanas.
Un tipo de lectura que nunca perdió vigencia fue la religiosa. Oraciones, novenarios, hagiografías, catecismo, etc., fueron lecturas populares en los hogares católicos mexicanos que se enfrentaron a la llegada de las misiones protestantes hacia la tercera parte del siglo XIX. Es a partir de ese momento que las lecturas religiosas, fueran católicas o protestantes, se incrementaron considerablemente y experimentaron, particularmente a través de sus imprentas, un incremento en la edición de periódicos y libros. Proyectos interesantísimos de literatura moderna y católica vieron la luz a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, por ejemplo La Bohemia, revista literaria editada por el católico Eduardo J. Correa y en la que se impulsó las primeras letras de los jóvenes Ramón López Velarde y Enrique Fernández Ledesma.
Para finales del siglo XIX e inicios del XX podemos pensar que la lectura en México era una actividad mucho más generalizada, más allá de las deprimentes estadísticas del Estado mexicano de apenas un casi 18% de alfabetismo. Lo podemos ver en las múltiples formas del impreso que permitieron la popularización de la lectura –el incremento de la caricatura política en los periódicos y las hojas sueltas, por ejemplo–, el sistema educativo consolidado en muchas de las capitales de los estados de la república, una oferta importante de prensa nacional y regional, la apropiación paulatina del espacio público y laboral de las mujeres, la politización de la sociedad, la consolidación de la publicidad, la labor del editor y las editoriales, el incremento de las bibliotecas y de los espacios públicos para la lectura, las tertulias, las organizaciones obreras, el surgimiento de los recetarios de cocina, la impresión de textos de música y sus escuelas, los libros de texto, el incremento de libros académicos y científicos de autores mexicanos y la fortaleza de la literatura mexicana, por sólo mencionar algunos elementos visibles de la activa dinámica de apropiación y recepción de textos.
La Revolución mexicana trajo algunos cambios en las formas de lectura, pero tienen de telón de fondo las dinámicas y experiencias del impreso y la lectura de un complejo, enriquecedor y dinámico siglo XIX.
Para saber más
Historia de la lectura en México, México, El Colegio de México, 1997. Disponible aquí: https://repositorio.colmex.mx/.
Suárez de la Torre, Laura (coordinadora), Estantes para los impresos. Espacios para los lectores. Siglos XVIII-XIX, México, Instituto Mora, 2017.
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Silvia Pinal: la perenne luz de una estrella

Por su fragilidad de salud y larga longevidad, no por predecible, deja de ser muy lamentable el fallecimiento a los 93 años de edad de Silvia Verónica Pasquel Hidalgo, mejor conocida por su nombre artístico como Silvia Pinal (1931-2024), una de las más importantes luminarias del cine, teatro y televisión mexicanas. Si bien, en lo personal, creo que sus condiciones histriónicas no eran excelsas, su presencia y extraordinaria belleza literalmente llenaban las pantallas de cine o televisión.
La hermosa e inolvidable Silvia Pinal, nació el 12 de septiembre de 1931 en la norteña ciudad de Guaymas, Sonora, en el contexto del Maximato encabezado por un paisano suyo, Plutarco Elías Calles, específicamente, durante el breve periodo presidencial del ingeniero Pascual Ortiz Rubio. Su historia de vida fue muy peliculesca, ya que fue hija de la bailarina, María Luisa Hidalgo Aguilar y del director de orquesta de la importante radiodifusora XEW, Moisés Pasquel, quien sedujo, embarazó y abandonó a su suerte a la joven María Luisa sin reconocer como sus hijos a la pequeña Silvia y a sus hermanos (Eugenio, Moisés y Virginia).
Por su precaria condición económica, la aún adolescente María Luisa Hidalgo trabajó con ahínco en una marisquería cerca de la calle Ayuntamiento en el otrora Distrito Federal, donde se ubica la afamada estación de radio XWE, que se convirtió en un importante semillero de grandes artistas de resonancia nacional e internacional. Afortunadamente, en 1936, María Luisa Hidalgo se casó con Luis G. Pinal, un periodista, militar y político veinte años mayor que su pareja sentimental. Pero al contrario de su padre biológico, Luis Pinal sí reconoció a la pequeña Silvia como su hija. Por motivos laborales la familia Pinal Hidalgo tuvo una vida errante en diversos espacios como Querétaro, Acapulco, Monterrey, Chilpancingo, Cuernavaca, Puebla y Ciudad de México.
De esa manera, además de abrevar de las culturas propias de sus lugares de residencia, Silvia Pinal, desde muy pequeña, tuvo una gran empatía y fascinación por las actividades artísticas, ya que le gustaba asistir a funciones musicales y de cine, además de escribir y declamar poemas a muy temprana edad. Por lo tanto, la pequeña Silvia, más que sobresalir en sus estudios, se volvió muy popular en los espectáculos que organizaban las escuelas en las que se formó, ya fuera en Cuernavaca, Morelos o en la Ciudad de México.
En este contexto, su progenitor preocupado por su futuro laboral, le exigió también estudiar la carrera técnica de mecanografía y, en 1945, a sus escasos 14 años de edad, Silvia Pinal se incorporó a la empresa fotográfica Kodak para laborar como secretaria. Con sus ingresos económicos, Silvia Pinal no se durmió en sus laureles y con grandes sacrificios se preparó artísticamente con clases de ópera y de teatro, ya que apenas adolescente se planteó la meta de incorporarse al mundo del espectáculo, que años después no dejaría.
Ya para mediados de los años cuarenta, su espectacular belleza llamaba mucho la atención, por lo que fue casi natural que Silvia Pinal ganara un concurso de belleza y fuera proclamada como «Princesa Estudiantil de México». En dicho evento tuvo la fortuna de conocer a los actores de cine Rubén Rojo y Manolo Fábregas, quienes la alentaron a dedicarse al mundo artístico.
Mientras tanto, Silvia Pinal, a la par de formarse artísticamente con clases de canto y teatro, laboró como secretaria en los entonces prestigiados Laboratorios farmacéuticos Carlos Stein. Más adelante, tras fracasar en su intento de ganar un papel en la ópera La Traviata, un profesor le aconsejó tomar cursos de actuación en el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA).
Con cierto temor, la entonces bella secretaria asumió el reto. En el INBA, Silvia Pinal fue una destacada alumna de figuras de las letras e intelectualidad como Carlos Pellicer, Salvador Novo y Xavier Villaurrutia (fundadores de la revista Los contemporáneos) y en esta dinámica, en 1947, debutó como extra en una representación de Sueño de una noche de verano, de William Shakespeare. De esta manera, sin abandonar su trabajo publicitario de la empresa de productos farmacéuticos, su jefe al saber que estudiaba actuación, la alentó a participar en programas de radio en la XEQ, al lado de locutores de la talla de Luis Manuel Pelayo y Carlota Solares.
De manera fortuita, en la XEQ Silvia Pinal conoció a unos publicistas, quienes la contrataron para trabajar en una compañía experimental de teatro, cuyo director sería un parteaguas en la vida de la joven, el actor cubano Rafael Banquells, ya que a los pocos días de conocerse iniciaron un romance que derivó en su boda en 1947. Ya en pleno contexto alemanista, Silvia Pinal debutó en el cine nacional en 1949, al lado de su esposo Rafael Banquells, en la película El pecado de Laura. Poco después filmó La Bamba, Escuela para casadas y La mujer que yo perdí (1949), al lado de Pedro Infante y Blanca Estela Pavón.
Su carisma, talento y enorme belleza pronto la catapultaron para protagonizar películas con dos grandes estrellas del cine mexicano: Germán Valdés Tin Tan y Mario Moreno Cantinflas. Con el primero filmó las películas: El rey del barrio (1949), La marca del zorrillo (1950) y Me traes de un ala (1953) y con el célebre mimo estelarizó El portero (1950).
Para ese entonces, Silvia Pinal se posicionó como una de las estrellas juveniles de mayor proyección al ser contratada, en 1953, por la empresa fílmica FILMEX, cuyo dueño era el productor Gregorio Wallerstein. De manera expedita, Pinal co-estelarizó películas muy taquilleras al lado de estrellas como Arturo de Córdova, Pedro Infante, Joaquín Pardavé, Fernando Fernández o Antonio Aguilar.
De esta manera, Silvia Pinal comenzó a gestar una sólida carrera artística y para mediados de los años cincuenta se convirtió en una de las más fulgurantes luminarias. Fue dirigida por los más importantes cineastas de la época: Julián Soler, Miguel Contreras Torres, Gilberto Martínez Solares, Tulio Demicheli, Alberto Gout, Rogelio A. González, Chano Urueta…
Sin embargo, a principios de los años sesenta en pleno declive de la mitificada época de oro del cine mexicano, Silvia Pinal decidió salir de su zona de confort con películas poco demandantes en donde por su exuberante figura y cabello rubio se convirtió en la versión mexicana de Marilyn Monroe y, afortunadamente, decidió convertirse en una figura internacional. Para este propósito su nueva pareja sentimental, el empresario mueblero Gustavo Alatriste, fue una pieza clave, ya que la vinculó con el genial director hispano, Luis Buñuel.
De esta manera, Silvia Pinal logró su consagración como figura internacional con el filme Viridiana (1961), al lado de los talentosos histriones españoles Francisco Rabal y Fernando Rey. La controversial cinta, si bien triunfó en el Festival de Cannes, de manera expedita escandalizó al Vaticano (que la tachó de blasfema) y a la España franquista que decidió censurarla por su postura crítica. Más adelante, con la mancuerna Buñuel-Alatriste, Silvia Pinal filmó las disruptivas películas El ángel exterminador (1962) y Simón del desierto (1965), en un contexto de urgente renovación de un cine mexicano en crisis.
La inercia de su internacionalización llevó a Silvia Pinal a trabajar en la película Shark (1967), al lado de Burt Reynolds y un año después participó en la coproducción franco-italiano-mexicana Los cañones de San Sebastián (1968), junto a Anthony Quinn y Charles Bronson. Precisamente en este contexto de consolidación de su carrera cinematográfica, Silvia Pinal sorprendió al mundo del espectáculo mexicano cuando se casó con el joven baladista Enrique Guzmán, en 1967.
Si bien, en el coyuntural año de 1968, Silvia Pinal protagonizó la muy taquillera cinta María Isabel, que estuvo basada en la popular historieta homónima de Yolanda Vargas Dulché, para finales de los años sesenta y principios de los setenta, Pinal estelarizó entretenidas películas al lado de Joaquín Cordero, Elsa Aguirre, Angélica María, Mauricio Garcés y Julio Alemán.
En 1977, protagonizó la polémica película Divinas palabras, dirigida por el virtuoso director teatral y de cine, Juan Ibáñez. En ese contexto, estelarizó varias cintas en España, Italia y Argentina como parte de un proyecto de Televisa para unificar los mercados de dichos países: El canto de la cigarra (1978), Dos y dos, cinco (1979), El hijo de su mamá (1979) y Carlotta: Amor es veneno (1980).
A partir de entonces, su actividad cinematográfica disminuyó notablemente, ya que hasta 1992 filmó la cinta Modelo antiguo, del director Raúl Araiza; una década después Ya no los hacen como antes (2002), de Fernando Pérez-Gavilán; y una breve aparición especial en la cinta Tercera llamada (2013), de Francisco Franco.
Aunado a lo anterior, y de manera sucinta, la trayectoria artística de Pinal también tuvo una honda repercusión en los medios teatral y televisivo. Fue actriz y productora de importantes puestas en escena, telenovelas y de la icónica serie de televisión Mujer, casos de la vida real. Otro rasgo importante a destacar en la prolífica vida de Silvia Pinal fue su incursión en el terreno político cuando se casó, por cuarta ocasión, con el gobernador de Tlaxcala, Tulio Hernández (1981-1987) y, en consecuencia, fue primera dama de la editad y presidenta del DIF estatal.
Como militante del Partido Revolucionario Institucional (PRI) fue diputada federal en 1991; más adelante, fue senadora e integrante de la Asamblea de Representantes del entonces Distrito Federal. En dichos espacios de carácter político, dio una ardua batalla para que la Legislación Cinematográfica contemplara el derecho de intérprete y pugnó para que la Secretaría de Hacienda bajara los impuestos al teatro. En el medio sindical cinematográfico, desde los años cincuenta, fue una activa militante de la ANDA. Décadas después, en 1988 y 1995, Pinal fue dirigente de la Asociación Nacional de Intérpretes (ANDI) y, en los años 2010 y 2014, fungió como secretaria general de la ANDA.
Asimismo, es importante señalar que desde hace años Silvia Pinal lideró a una de las dinastías más famosas en el medio artístico mexicano, ya que sus hijas Sylvia Pasquel y Viridiana Alatriste siguieron sus pasos como actriz y Alejandra Guzmán se convirtió en una de las cantantes más populares de México. Su nieta mayor Stephanie Salas (hija de Sylvia Pasquel) es actriz y cantante. Su nieta Frida Sofía (hija de Alejandra) también incursionó en el medio musical. Sus bisnietas Michelle Salas y Camila Valero (hijas de Stephanie) son modelo y actriz, respectivamente. En los últimos años, más allá de los escándalos propios de una familia de artistas, sus descendientes se dedicaron a atender la salud de la diva mexicana.
En resumen, la extensa existencia de Silvia Pinal, aparejada a su prologada vida artística, nos deja como legado un sin número de obras importantes de nuestra cinematografía, teatro y televisión nacionales, pero también proyectos de gran resonancia internacional con obras clásicas que se volvieron de culto, como los filmes de Buñuel. En este sentido, con su muerte se va uno de los últimos íconos de la época de oro, pero al mismo tiempo su perenne luz de estrella seguirá con nosotros…
Para saber más
García Riera, Emilio, El cine de Silvia Pinal, México, Universidad de Guadalajara, 1996.
Somos, número 7, Televisa, julio 1997. Edición especial: Silvia Pinal. Esa rubia debilidad.
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Mujeres y sus libros. Una aproximación a las lectoras novohispanas del siglo XVIII

Durante el siglo XVIII en la Nueva España, la producción local, pero sobre todo el comercio del libro proveniente de Europa, conocieron un marcado ascenso respecto al desarrollo de los dos siglos anteriores. Esta proliferación de libros también se expresó en la diversificación de formatos y precios, así como en la expansión del público lector y oyente. Para tratar de conocer quién leía y qué se leía es preciso tener presente que la sociedad novohispana se inscribía en un contexto religioso, con fuertes desigualdades económicas, étnicas y de género, además del peso de la censura sobre los libros a cargo de la Inquisición. De ahí que no resulte extraño que las huellas de los lectores que más fácilmente se pueden encontrar sean las de los hombres con altos cargos en la administración eclesiástica y civil, aún con ello, el espectro del público lector y escucha era mucho más amplio, aunque no menos escurridizo, como veremos enseguida.
En términos generales, es posible rastrear a los lectores gracias a los libros que registraron en diferentes fuentes documentales, tales como: inventarios por fallecimiento, testamentos, dotes, registro de equipaje, listas de libros entregadas a la Inquisición, así como marcas de propiedad como los exlibris impresos o manuscritos, testimonios de lectura en diarios privados, misivas y en las representaciones visuales como los retratos. Desde luego, todas estas huellas no reflejan ni la totalidad de lectores que hubo ni todas las lecturas que realizaron las personas a lo largo de su vida, también sabemos que la posesión de un libro no implica su lectura, igualmente es muy posible que mucho de lo que se leyó o escuchó leer no conste en algún registro hoy en día; no obstante, esta diversidad de fuentes es significativa porque nos marca una pauta para adentrarnos al universo lector del cual es posible extraer a las mujeres y sus libros.
En pos de las lectoras novohispanas
Para estudiar quiénes eran las lectoras novohispanas del siglo XVIII es conveniente no perder de vista el contexto religioso, desigual y vigilado de la época, además es fundamental recordar que las mujeres eran consideradas como inferiores a los hombres, por lo cual, padres, esposos, confesores y preceptores tenían la tarea de instruirlas como buenas cristianas, hijas, esposas y madres, por estas razones se puso mucho interés en asignar determinados libros y en proscribir otros. Estas cuestiones perfilaron los rasgos ideales de las lectoras novohispanas, así como de sus lecturas.
Antes de continuar, es necesario preguntarse si hubo una notable diferenciación entre la instrucción de las mujeres que tomaron el estado religioso y las que siguieron fuera de los muros conventuales, pues su relación con la cultura impresa posee rasgos similares como la nutrida formación cristiana. Sin embargo, para acotar esta comunicación, me ocuparé de manera más amplia de las lectoras novohispanas civiles, aunque referiré aspectos relevantes de las monjas lectoras.
A partir de los trabajos de Josefina Muriel y de obras más recientes como la de Elvia Carreño, podemos conocer la identidad de las monjas, incluso encontramos varias noticias biográficas respecto a la instrucción que algunas recibieron en casa, así como los títulos de los libros que leían durante su jornada en el claustro. De igual manera se ha estudiado el contenido de algunas bibliotecas conventuales, el cual estaba constituido casi en su totalidad por literatura religiosa, misma que se encontraba dividida en diferentes líneas temáticas, incluida la música, además de obras de historia civil, geografía, medicina, cocina, gramática y diccionarios. Vale la pena añadir que, en los registros visuales de la época, sobresalen los retratos de religiosas sosteniendo obritas entre sus manos, de tal suerte que se difundía un modelo ideal de la mujer cristiana lectora, la cual estaba representada en actitud devota y recogida entre cuatro paredes.

Retrato de Sor María Ignacia de Azlor y Echeverz, Andrés de Islas, 1768. Colección: Museo Nacional del Virreinato. Imagen tomada de: File:Retrato-María Ignacia Azlor Echeverz-como religiosa.png – Wikimedia Commons Respecto a las lectoras novohispanas civiles, es posible decir que sus rastros son un tanto más difícil de encontrar; por ejemplo, si tratamos de hallarlas como propietarias de libros en los inventarios por fallecimiento, debe advertirse que, en la mayoría de los casos, no se encuentran libros entre sus posesiones, ya se trate de hombres o de mujeres. El mismo fenómeno sucede con los testamentos. Por consiguiente, apenas podemos esbozar un panorama general de estas lectoras, de ahí que sea necesario un esfuerzo colectivo por parte de los y las estudiosas para profundizar en el tema.
Con base en las investigaciones de Cristina Gómez Álvarez, Polet Abigail Molleda Sabala, Moisés Guzmán Pérez y Paulina Patricia Barbosa Malagón, entre otras, puede decirse que las mujeres que tuvieron bienes propios registrados, entre ellos libros, en su mayoría pertenecían a la nobleza y a la burguesía novohispanas. De los pocos datos adicionales que se refieren en la documentación, podemos apuntar que la mayor parte de ellas habían nacido en la Nueva España, algunas de ellas criollas, varias de las cuales residían en la ciudad de México, aunque se tienen noticias de otras avecindadas en Tlayacapan, Chilapa, Valladolid de Michoacán y Monterrey. Como vemos, aunque el rasgo citadino domina, no es exclusivo, asunto que nos permite considerar que el libro circulaba más allá de los centros urbanos.
Entre las lectoras pertenecientes a la burguesía destacan las comerciantes y una hacendada, pero también, en una escala social menor encontramos tenderas e incluso una chocolatera, una vinatera y otra pulquera. De hecho, aquí es donde podemos detectar una diversificación social que nos hace reflexionar sobre la presencia y uso del libro entre los sectores populares. En cuanto a su estado civil también encontramos, casi a partes iguales, mujeres solteras, casadas y viudas, esto es significativo porque nos sugiere que la posesión de libros estuvo presente a lo largo de la vida de estas novohispanas. Si pudiéramos hacer un esfuerzo de síntesis, podríamos decir que el rasgo distintivo de estas lectoras novohispanas es la diversidad, ya que encontramos mujeres y sus libros presentes tanto en la ciudad como en el campo, algunas de ellas pertenecían a diferentes clases sociales y estado civil. A continuación, corresponde indagar si sus libros también eran heterogéneos en su forma y contenido.
Consideraciones sobre las lecturas de las mujeres novohispanas
Como apunté, en la época era tarea de los varones de la familia hacerse cargo de la instrucción de las mujeres que tenían a su cargo. Para este cometido se habían publicado con anterioridad obras de instrucción de mujeres dirigidas a los hombres, tales como Instrucción de la mujer cristiana publicado en 1523 y Los deberes del marido de 1528, ambos de Juan Luis Vives, y de Juan de la Cerda, Vida política de todos los estados de mujeres de 1599, en las cuales se recomendaba que las mujeres tuvieran una sólida formación religiosa y que se delimitara claramente su papel al cuidado del hogar y de su familia.
Según Juan de la Cerda, se esperaba que las féminas aprendieran lo elemental para llevar el gobierno de su casa, por lo cual, era deseable el desarrollo de la habilidad de la lectura, procurando en todo momento que los libros a su alcance fueran los adecuados, lejos de aquellos que:
por entretener el tiempo [las doncellas] leen en estos libros y hallan en ellos un dulce veneno que les incita a malos pensamientos y les hacen perder el seso que tenían. Y por eso es error muy grande las madres que paladean a sus hijas desde niñas con este aceite de escorpiones y con ese apetito de las diabólicas lecturas de amor.
Igualmente, se proponía el aprendizaje de rudimentos de escritura –aunque no siempre fue aconsejada, ya que se podía correr el riesgo de intercambios epistolares con individuos poco honorables–; también se sugería el aprendizaje de nociones básicas de cuentas, así como el manejo de la aguja y el hilo, lo mismo que saberes elementales de sanación, y ya dependiendo de la posición social, algo de historia, música y canto. Todos estos conocimientos y saberes eran lícitos siempre que no menguaran las virtudes más importantes de la mujer cristiana como la obediencia y la castidad.
Por todo ello, tanto la habilidad de leer como las lecturas al alcance de las mujeres quedaban a cargo del permiso y aprobación del padre, aunque muchas veces fuera la madre quien realizara el proceso de enseñanza en el hogar, sola o con auxilio de algún preceptor. Fuera del espacio doméstico y dependiendo de las condiciones materiales de las familias, las niñas asistían a colegios o a espacios denominados “amigas”, en los que las maestras les enseñaban a leer mediante el uso de Cartillas, que era un tipo de literatura de instrucción que combinaba el aprendizaje de la lectura con nociones básicas religiosas. De manera paralela, los confesores también podían recomendar lecturas piadosas, como vidas de santos y santas.
Ahora bien, bajo este contexto, es comprensible que, durante el siglo XVIII en la Nueva España, la inmensa mayoría de los libros registrados como propiedad de mujeres sean de carácter religioso. Sin embargo, hay mucho más que decir sobre las características de estas bibliotecas o librerías –como se les llamaba en la época–.
De acuerdo con los registros disponibles, la mayor parte de las bibliotecas particulares de mujeres, localizadas hasta ahora, se concentran a partir de la década de 1780, lo cual coincide con la aceleración del intercambio internacional del libro, gracias a la libertad de comercio establecida por la Corona española entre sus puertos. Además, debe tenerse en cuenta la revolución editorial europea motivada por la difusión del pensamiento ilustrado, cuyo peso aún está por calar en estas bibliotecas femeninas.
Respecto al tamaño de las bibliotecas, lo más común es encontrar de dos a seis libros, parámetro que se encuentra en rango en comparación con otros conjuntos librescos de otras partes de la monarquía española. Desde luego que existen bibliotecas mucho más numerosas, si bien casi todas en manos de nobles o burguesas. En estos casos en particular, se debe tener presente que muchos de estos libros se trataron de bienes familiares, que muchas veces respondieron a la profesión y uso del padre o esposo. Esto no significa que las mujeres nunca leyeron ni un solo libro de las bibliotecas familiares o que entre esas obras estuvieran sus propias lecturas.
Otros rasgos que merecen mencionarse corresponden a la lengua en la que estaban escritos los libros de las bibliotecas de mujeres, pues casi todos se encuentran en castellano, de manera particular en las colecciones pequeñas, esto es, de las mujeres con una posición social más precaria. En bibliotecas más grandes podemos encontrar obras en latín y en francés, además del castellano. El lugar de edición merece un estudio más detallado, aunque puede apuntarse que lidera la edición española y se advierte la circulación de los libros producidos en la Nueva España, algunos de ellos salidos de las imprentas encabezadas por mujeres, como María Benavides. Sobre el tamaño del libro, se pueden encontrar Infolio, casi siempre para obras como: Mística ciudad de Dios de Sor María de Jesús de Ágreda, Luz de la fe y de la ley de Jaime Barón y Arín. En 4º se encontraban varias vidas ejemplares de santos o padres de la Iglesia, así como obras de geografía, medicina y gramática, mientras que en 8º y más pequeños se hallaban: devocionarios, novenas, ejercicios espirituales y obras abreviadas como los Cuatro libros de la imitación de Christo de Thomas de Kempis.
Veamos tres ejemplos de las lectoras novohispanas y sus libros. En 1784, Eusebia de Castañeda, quien había sido una prominente hacendada y empresaria, dejó a su muerte una biblioteca de 267 títulos conformada a través de dos generaciones. La profesión de su padre, que había sido abogado, explica que la mayor parte de los libros correspondan a la temática de derecho. Eusebia siguió el camino de vida esperado, pues se casó y fue madre, sin embargo, su vida dio un giro cuando tras al enviudar y recogerse en un convento quedó huérfana, situación que la hizo tomar las riendas de todos los negocios. Para hacer frente a este reto, seguramente se apoyó en los libros de su padre para discurrir varios asuntos legales. Incluso, se conoce que adquirió más obras de esa temática después de la muerte de su progenitor, además de libros de literatura e historia, muy probablemente, para atender su propio interés intelectual.

Dama leyendo en un interior, Marguerite Gérard, 1795-1800. Colección: particular. Imagen tomada de: https://arte-xix.blogspot.com/2018/04/dama-leyendo-en-un-interior.html Otra biblioteca numerosa corresponde a María Antonia Delgado Daniel, quien fue esposa de un Oidor de la Audiencia de la ciudad de México. María Antonia era peninsular y a su muerte, en 1801, dejó 129 títulos, que en su mayoría versaban sobre derecho, historia y literatura. Sin embargo, dentro de esta colección de libros se apunta al final del listado que se encontraron: “varios libritos de devocionarios del uso de la señora”, según consiga Cristina Gómez Álvarez en su libro La circulación de las ideas. Por consiguiente, si bien María Antonia pudo haber leído algunas obras de su biblioteca heredada, también se hizo la distinción de aquellas a las cuales “usaba” habitualmente para el ejercicio de su fe. De hecho, en algunas ocasiones, los documentos revelan algunos detalles adicionales del vínculo entre las mujeres y sus libros, pues se recoge, por ejemplo, cuando un librito de devociones contaba con broches de plata o si otros se hallaban muy usados o desgastados, detalles que nos sugieren un cuidado especial a ciertos libros como objetos casi sagrados o que recurrían a ellos de manera frecuente.
El último ejemplo es el de Josefa de Rivera, vecina de la ciudad de México y chocolatera de ocupación, quien a su muerte, en 1798, dejó una pequeña biblioteca mezclada entre sus sábanas y una lámina de la Virgen de Guadalupe, entre otros bienes. Se trata de dos libros, uno de ellos de la madre Ágreda y otro de un autor llamado Juan Toledo, cuya obra no he logrado identificar. De hecho, muchas de las descripciones de los libros referidos en los inventarios no aportan mayores datos, salvo la mención del tipo de producto editorial como: comedias, novenas y devocionarios. Asunto que de todas formas es interesante por su especificidad y repetición en las bibliotecas femeninas y que merece un análisis más detallado en el futuro.
Debe llamarse la atención, que hasta ahora no se ha encontrado algún “libro malo” o prohibido en las bibliotecas femeninas. Esto se debió, tal vez, a que la colección de libros fuera expurgada antes de ser registrada por un valuador para no avergonzar la memoria de la difunta o de la familia. Por supuesto, lo que consta en estos inventarios no representa la totalidad de los libros leídos por estas mujeres, pues seguramente leyeron otros mediante el préstamo o que no conocemos porque simplemente se perdieron o se desecharon de tan usados. Tampoco podemos dejar de mencionar a aquellos libros que quizá escucharon leer en diferentes espacios públicos y privados, cuyo rastro es muy complicado de seguir y que requeriría de analizar otras fuentes.
Epílogo
Para recapitular se puede señalar que la mayoría de las lecturas presentes en las bibliotecas particulares femeninas del siglo XVIII en la Nueva España son de carácter religioso, tal como se esperaba de ellas en su contexto histórico. De todas formas, es preciso un examen más detallado sobre el contenido y el formato de estos libros afín de distinguir entre las obras religiosas “bestsellers” de la época, que estuvieron presentes en bibliotecas tanto de mujeres como de hombres, respecto de aquellas que quizá estuvieron dirigidas a un público femenino, como esos libritos espirituales y de oración que algunas mujeres guardaban junto a otros objetos de devoción.

Mujer leyendo, Pieter Janssens (Elinga), ca. 1665-1670. Colecciones de Pintura del Estado de Baviera, Alte Pinakothek Munich. Imagen tomada de: https://www.sammlung.pinakothek.de/de/artwork/ApL8Bzg4N2 Al mismo tiempo, hemos advertido que las mujeres novohispanas leyeron mucho más allá de lo que se estipulaba, pues también recurrieron a libros de leyes o contabilidad para hacerse cargo de la gestión de su patrimonio. De esta manera, es posible vislumbrar que las novohispanas con amplia capacidad de agencia usaron sus libros para instrumentar su fe, su educación, sus negocios y su ocio.
Nota de los editores
Este trabajo es un avance de la investigación posdoctoral: “Leídas e instruidas. Impresos para la formación de mujeres en las bibliotecas femeninas novohispanas del siglo XVIII”, que la autora desarrolla dentro del proyecto CONACYT 2023 (1) “Estancias Posdoctorales por México-Iniciales” en el Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM.
Para saber más
Carreño Velázquez, Elvia, Este amoroso tormento, el libro y la mujer novohispana, México, Apoyo al Desarrollo de Archivos y Bibliotecas de México, A. C., 2010.
Gómez Álvarez, Cristina, La circulación de las ideas. Bibliotecas particulares en una época revolucionaria, Nueva España, 1750-1819, México, Trama Editorial/UNAM, 2018.
Guzmán Pérez, Moisés y Paulina Patricia Barbosa Malagón, “Lecturas femeninas en Valladolid de Michoacán (siglo XVIII). La ‘librería’ de Ana Manuela Muñiz Sánchez de Tagle”, Tzintzun. Revista de Estudios Históricos, número 58, julio-diciembre 2013, p. 15-70.
Molleda Sabala, Polet Abigail, “Mujeres lectoras: reconstrucción y análisis de bibliotecas particulares del siglo XVIII”, México, Tesis de Maestría en Bibliotecología y Estudios de la Información, UNAM, 2019.
Muriel Josefina, Cultura femenina novohispana, 2ª. Edición, México, UNAM-Instituto de Investigaciones Histórica, 1994.
Muriel, Josefina, “Lo que leían las mujeres de la Nueva España”, en José Pascual Buxó y Arnulfo Herrera (editores), La literatura novohispana.Revisión crítica y propuestas metodológicas, México, UNAM-Instituto de Investigaciones Bibliográficas, 1994, p. 159-173.
Treviño Salazar, Elizabeth y Judith Farré Vidal, “Entre ‘letras, hilar y labrar, que son ejercicios muy honestos’. Lecturas femeninas en la Nueva España”, en Blanca López de Mariscal y Judith Farré Vidal (coordinación y edición), Libros y lectores en la Nueva España, Monterrey, Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey, 2005, p. 231-253.
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La revolución de las palabras. El libro en la Nueva España del siglo XVIII

Por Mariana Rodríguez Gutiérrez
“Y los libros se multiplicaron como los gusanos en un cadáver”. La guerra de los pobres, Eric Vuillard.
¿Para qué hacer historia del libro?
Con la aparición de la imprenta en el siglo XV, el mundo comenzó una transformación cultural a través de las letras, las palabras y los libros. El escritor francés Eric Vuillard, nos ilustra muy bien la materialización de los discursos en impresos con las siguientes palabras:
[…] los recovecos de cada pensamiento, y cada letra, cada pedazo de idea, cada signo de puntuación, había quedado apresado en un trocito de metal. Estos trocitos los habían repartido en un cajón de madera. Las manos habían elegido uno, luego otro, y habían compuesto palabras, líneas, páginas. Los habían mojado con tinta y una fuerza prodigiosa había presionado lentamente las letras sobre el papel. Repitieron la operación decenas y decenas de veces, antes de doblar las hojas en cuatro, en ocho, en dieciséis. Las fueron colocando las unas a continuación de las otras, las pegaron entre sí, las cosieron, las envolvieron en cuero. De ese modo se formó un libro.
Con esta descripción de cómo se produce el libro, el autor nos sumerge paso a paso en esa conversión simbólica y material de las palabras contenidas en un solo objeto. Esa “fuerza prodigiosa” utilizada para aprisionar letra tras letra en el papel, provocaría en los lectores la generación de nuevas interrogantes y formas de explicar la realidad. Es así como el pensamiento deviene en discurso y luego en libro, un objeto cultural que actúa como fermento para las grandes innovaciones del mundo moderno.
El conocimiento racional y pragmático que irrumpió en Europa a lo largo del siglo XVIII y que significó una renovación de la comprensión del mundo cruzó los mares para dejar su impronta en todo el orbe. Al considerar a la razón y a la Ilustración como el contexto intelectual en el que se desarrollaron los conflictos imperiales y las revoluciones de independencia de América, cabe preguntarse en qué medida este entorno de novedades en el conocimiento permeó la forma de pensar y actuar de los individuos que vivieron en esa época, así como los movimientos políticos y sociales que la caracterizaron.
La difusión de este pensamiento, a través del impreso, principal medio de comunicación, asentó las bases ideológicas que marcarían el rumbo de los acontecimientos. Las luchas independentistas ocurridas en las últimas décadas del siglo XVIII y primeras del XIX suelen explicarse como fenómenos propiciados por la fuerte influencia de la Ilustración, situando a las ideas liberales provenientes de Europa, particularmente las de Francia, como las principales causantes de la transformación social y política del mundo occidental.
En este entendido, el estudio del libro y su circulación ofrece un campo fértil para el análisis de la cultura de fin de siglo, por lo que vale la pena preguntarse: ¿Es posible establecer una relación entre la cultura impresa y los cambios socioculturales en la Nueva España en el siglo XVIII? ¿El impreso fue un medio que favoreció el surgimiento de una nueva nación? ¿Es posible hablar de lecturas revolucionarias? ¿Se puede afirmar que el libro fue un medio que favoreció la caída del Antiguo Régimen?
El saber qué se leía, quiénes leían y cómo se leía en la sociedad novohispana permitirá profundizar y responder estas cuestiones. La historia del libro y de la lectura, desde la propuesta metodológica francesa de autores como Lucien Febvre y Henry Jean Martin con su obra La aparición del libro (1958), abordó su estudio bajo la óptica de una doble vertiente, esto es, analizándolo como una objeto o mercancía que está sujeto a las condiciones materiales de su producción, difusión y circulación; y como un bien cultural que encuentra sentido al ubicarse dentro de un contexto intelectual específico y que, a su vez, dota de significado las representaciones mentales de quienes lo escriben y lo leen. Para complementar esta perspectiva, me parece indispensable referir otra propuesta elaborada por el historiador anglosajón Robert Darnton, quien sugiere un original modelo o “circuito de comunicación” del libro, el cual incluye los diversos actores y etapas de la transmisión del impreso. Los historiadores o todos aquellos que se propongan este tipo de estudios serán quienes decidan qué parte de ese proceso estudiar, pero, teniendo presente y vinculándolo constantemente con la totalidad del circuito.

Circuito de comunicación según el historiador Robert Darnton. Queda claro que el campo de estudio es vasto y las posibilidades de análisis son múltiples, puesto que se puede estudiar la producción, el comercio, la distribución, la posesión y la recepción de los impresos. En los últimos años, desde la historia cultural –de la cual se desprende la historia del libro– diversos procesos históricos, previamente examinados bajo enfoques tradicionales, han encontrado nuevos paradigmas para una explicación más compleja y multifactorial. Así, desde esta perspectiva histórica, es posible plantear nuevas interrogantes para estudiar los procesos revolucionarios que pusieron fin a la edad moderna.
Vuelta a la página. El libro como agente de cambio en la Nueva España de fin de siglo
En México, la historia del libro ha logrado destacadas conclusiones sobre el papel histórico que tuvo este objeto durante la época de emancipación que puso fin al Antiguo Régimen. Es indudable que durante la segunda mitad del siglo XVIII y primeras décadas del XIX, los habitantes de la Nueva España pretendieron estar al tanto de las nuevas propuestas del conocimiento moderno, en coexistencia con aquellas ideas tradicionales que prevalecían. Los novohispanos buscaron libros que en sus páginas consignaran contenidos diversos y mundanos. Aun cuando esto no indica que la colectividad abandonara sus creencias religiosas, es indudable que la vía espiritual dejó de ser la única para explicar la realidad inmediata del lector.
En general, en el mundo occidental, durante este periodo, hubo un cambio en el comportamiento de los lectores, quienes de leer un número menor de títulos repetitivamente, esto es “intensivamente”, pasaron a hacer lecturas de múltiples obras referentes a distintos temas, esto es, “extensivamente”.
A la par, la creciente producción editorial europea de la época satisfizo las demandas y exigencias de dichos lectores por las nuevas corrientes de pensamiento. El libro proveniente del Viejo Continente tuvo una mayor presencia en las bibliotecas que las impresiones americanas. Los principales factores de este fenómeno fueron el monopolio comercial de la metrópoli con sus colonias y el aumento de la producción de sus prensas, las cuales tuvieron un importante mercado en las tierras de este lado del Atlántico. Las imprentas locales tendieron a la publicación de materiales religiosos y académicos, para cubrir la necesidad de las instituciones eclesiásticas y educativas de la Nueva España, pero la demanda de los lectores se inclinaba cada vez más por contenidos seculares.
La secularización de la lectura, esto es, la tendencia de los lectores por utilizar el conocimiento racional y empírico para explicar el mundo social y material, en lugar del pensamiento religioso, es un fenómeno que tomó fuerza a lo largo del siglo XVIII y que se hizo evidente en la segunda mitad de esta centuria. El comercio global tuvo un importante desarrollo en esa época y, con ello, se acrecentó la circulación del libro, al tratarse de una mercancía más. Entonces no era extraño ver ediciones españolas, francesas, holandesas, italianas y británicas en distintas regiones del mundo. Los habitantes hispanoamericanos estuvieron inmersos en un ambiente donde circulaban las ideas con la impronta de la razón y el pragmatismo, algunas de sus postulados pueden apreciarse en las reformas gubernamentales al interior del imperio español (las reformas borbónicas) y sus colonias, así como con la ulterior revolución de independencia de la Nueva España.
En otro orden, las lenguas vernáculas le habían ganado terreno al latín, la lengua culta que hasta el siglo XVII había mantenido su preeminencia en el ámbito libresco. Los libros de historia, literatura, geografía, ciencias, artes, técnicas, diccionarios, además de los jurídicos y los de contenido religioso (estos dos habían sido las materias más comunes desde la aparición de la imprenta) eran leídos por los lectores novohispanos dieciochescos mayormente en español y francés. Es importante destacar el papel que jugó la traducción de todo ese conocimiento moderno producido en distintos lugares y lenguas para poder ser leído más allá de los límites geográficos e idiomáticos.
Así como se superaron estas circunstancias, el libro encontró nuevas formas para su pronta y amplia circulación. El tamaño fue otro factor que contribuyó a su circulación global y a hacer más asequible su posesión. Si en décadas anteriores el gran formato caracterizaba su materialidad, el libro del mundo moderno, por sus dimensiones, era portátil y práctico. No obstante, esto no significa que cualquier persona pudiera tenerlo sin importar su estrato social, pues, por su precio, seguía siendo un objeto privativo para distintos sectores de la población.
El “doblar las hojas en cuatro, en ocho, en dieciséis” determinaba el tamaño de los libros, y eran estos últimos, los más pequeños (entre los 25 y los 8 cms.), los que prevalecieron en el comercio del libro durante esta época, por su manejo, transporte y posibilidad de venta. Esto también determinó otra práctica cultural: la lectura en privado y en silencio, que hasta ese entonces no era tan común como la podemos imaginar ahora. De esta forma surge un lector “moderno, laicizado e individual”. No obstante, esto no significa que la lectura en voz alta y grupal dejara de ser una práctica habitual para una sociedad donde la alfabetización no era general.

Leyendo la biblia, Jean-Baptiste Greuze, 1755. Colección: Museo de Louvre. Imagen tomada de: https://en.m.wikipedia.org/wiki/File:Jean-Baptiste_Greuze_-_Reading_the_bible.jpg Por otra parte, gracias a estudios recientes de la historia del libro, se puede concluir que surgieron nuevas comunidades de lectores: ya no eran solamente los eclesiásticos y los académicos quienes participaban del uso de los libros, también los militares, los empleados del gobierno monárquico y colonial, los comerciantes, los artesanos, entre otros. Tampoco puede reducirse la presencia de los libros únicamente a los centros urbanos, sino también su existencia en algunas zonas rurales, aunque sean minoritarias. Otro resultado destacado de estos estudios es que no sólo los hombres leían, sino también las mujeres y los niños, estos últimos, crecerían en número conforme avanzara el siglo XIX.
En este contexto de transformación de las prácticas de la lectura, sin duda, el libro fue un agente de cambio, en especial las obras que trataban materias concernientes al mundo material y social. Asimismo, la literatura y las publicaciones periódicas fueron impresos que impulsaron el ejercicio de la opinión y la imaginación. En palabras de Benedict Anderson, la novela y el periódico “proveyeron los medios técnicos necesarios para la representación de una comunidad imaginada” que posteriormente sería “la nación”. Con el auge de la literatura, el discurso adoptó diferentes formas y se recreó una nueva relación entre el autor y el receptor. Este último se asumió como un individuo que pudo ejercer su subjetividad, lo que dio paso a una opinión propia, individual, emitida en un espacio público.
Fue en este espacio donde los lectores pudieron pronunciar su opinión y forjar un criterio que escapó al control estricto de la Iglesia y de las autoridades civiles. La emancipación de la razón y la voluntad de expresar la propia voz propició un terreno fértil para la acción política y social. En palabras del mencionado Vuillard:
La literatura conspira sin cesar para agrandar la libertad y la igualdad entre los seres humanos, y confluye hacia el lugar esencial de la conflictividad en un momento en el que hay una gran debilidad emancipadora.
Ya no basta con identificar o relacionar los movimientos sociopolíticos de este periodo, exclusivamente, con las obras filosóficas que tradicionalmente se asumen como abanderadas del cambio del pensamiento ilustrado dieciochesco. Los textos literarios, los históricos, los científicos, los políticos, económicos, así como los enciclopédicos, acompañaron la necesidad de los lectores por leer contenidos variados que atendieran todas sus inquietudes por el mundo que los rodeaba.
Es evidente que el libro ya no sólo cubría las necesidades devocionales o académicas de sus lectores, sino también las de ocio y uso práctico en la vida diaria. Si hay algo que caracteriza al impreso y a la lectura del siglo XVIII es su utilidad, se leían libros que proporcionaran conocimiento útil y racional, es por eso que la secularización de su contenido resulta crucial. Los libros de conocimientos científicos y técnicos acompañaron en el día a día a sus dueños. Textos de agricultura, remedios médicos, botánica, veterinaria, navegación, almanaques, de distintas artes y oficios, encontrarán un lugar entre los estantes de las bibliotecas novohispanas. Estos contenidos que apuntaban a conocer y aprovechar los recursos naturales e intelectuales disponibles para el ser humano circularon a gran escala en la sociedad occidental de ese tiempo. Los hombres y las mujeres, a través del uso de la razón, podían mejorar su realidad inmediata en todos los aspectos. El libro se convirtió en un objeto utilitario en constante demanda, la adquisición o lectura de los libros usados o de segunda mano (ya sea a través de la compra, renta o herencia) es otra fase de su circulación, la cual seguiría formando nuevos lectores.
Cabe advertir que los conocimientos pragmáticos y la Ilustración no deben identificarse de manera unilateral con la radicalización política o religiosa. El absolutismo ilustrado, propio del régimen monárquico, adoptó esta corriente intelectual para dar pie a diversas reformas políticas y económicas dentro del imperio. Prueba de ello es el denominado reformismo borbónico que no tenía como fin minar el poder absoluto de la Corona de los Borbones, ni suprimir los privilegios de corporaciones tales como la Iglesia o el Ejército. No obstante, este pensamiento racional dio pie a varios movimientos, a lo largo de toda Hispanoamérica, que sí buscaron el fin de estas condiciones existentes en el sistema colonial, y que encontrarían sentido con las ideas liberales que se difundieron a través de los libros.
Los libros y las revoluciones
Si bien, desde los estudios históricos aún se debate si realmente hubo una revolución de la lectura y si ésta propició las revoluciones políticas del periodo mencionado, es indudable que puede hablarse de una revolución en las prácticas culturales que implican el uso del libro. Hubo un aumento sin precedentes en su producción, en su circulación y en su posesión. De igual forma, las materias desarrolladas en sus páginas se diversificaron, así como sus lectores se multiplicaron. Por lo que sí puede hablarse de un cambio profundo en el mundo del libro y considerarlo como un fermento que acompañó las paulatinas y, en algunos casos, violentas transformaciones políticas, sociales y económicas del siglo, como ha apuntado la historiadora Cristina Gómez Álvarez en sus investigaciones.

Retrato de John Farr leyendo las Odas de Horacio, François-Xavier Vispré, 1750. Colección: Museo Ashmolean, Universidad de Oxford. Imagen tomada de: https://www.ashmolean.org/collections-online#/search/simple-search/vispre/%257B%257D/1/16/_score/desc/catalogue La cultura escrita de la época, caracterizada por esta evolución de la lectura y el uso de la razón, cuestionó el mundo tal y como se conocía. De nuevo cito a Vuillard: “El libro fomenta así la alfabetización de masas y el nacimiento del individuo moderno”. Por este motivo, es relevante estudiar su circulación en el marco de la Ilustración, las revoluciones atlánticas y el surgimiento de las naciones independientes.
Para los historiadores del libro aún quedan temas por desarrollar, tal es el caso de la recepción y apropiación de lo leído por los lectores del pasado. Sin embargo, esta línea de investigación es un campo que permitirá interpretar y explicar, desde la historia cultural, la época de las revoluciones.
Actualmente, nos encontramos ante otro momento en donde la práctica de la lectura ha cambiado, los dispositivos electrónicos han generado el debate sobre el fin del libro impreso como lo conocemos. Si algo resulta evidente con la historia del libro, es que éste cambia su materialidad a través del tiempo y no por ello deja de ser un elemento indispensable para el desarrollo intelectual y cultural. Los libros cambiarán su forma, pero sus contenidos y el uso que se hace de ellos siguen siendo factores indispensables para entender no sólo el devenir histórico sino también el presente del ser humano.
Para saber más
Anderson, Benedict, Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo, México, Fondo de Cultura Económica, 2021.
Darnton, Robert, “¿Qué es la historia del libro?”, en El beso de Lamourette. Reflexiones sobre historia cultural, México, Fondo de Cultura Económica, 2010.
Gómez Álvarez, Cristina, La circulación de las ideas. Bibliotecas particulares en una época revolucionaria, Nueva España, 1750-1819, UNAM, Trama Editorial, 2018.
Vuillard, Éric, “La guerra de los pobres no ha terminado”, La Marea, sección Cultura, 18 de febrero de 2021. Disponible en: https://www.lamarea.com/2021/02/18/eric-vuillard-la-guerra-de-los-pobres-no-ha-terminado/.
Wittman, Reinhard, “¿Hubo una revolución en la lectura a finales del siglo XVIII?”, en Guglielmo Cavallo y Roger Chartier (directores), Historia de la lectura en el mundo occidental, México, Prisa Ediciones, 2011, p. 353-385.
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Cristina Pacheco (1941-2023)

Hacedora de historias
Por Huitzilihuitl Pallares Gutiérrez
En las aguas del mar de la memoria navegan las historias de Cristina Pacheco. Sus protagonistas son la gente citadina que enfrenta con dignidad la cotidianeidad de la vida. Ya sea en entrevistas o pequeños relatos, el movimiento de las olas las dota de perdurable eternidad. ☞ Cristina trabajó en los principales medios de comunicación del siglo XX: la radio, la televisión y el periódico. Como pocas ejerció la entrevista, un género periodístico cada vez menos frecuente en los diarios del país. ☞ Comenzó su carrera transcribiendo textos en la Revista de la Universidad de México y posteriormente publicó reseñas, notas, entrevistas, crónicas y cuentos en El Popular, Novedades, Siempre!, Sucesos para todos, El Día, El Sol de México, El Universal, Unomásuno y La Jornada. Dirigió las revistas La Familia, La Mujer de Hoy y Crinolina. Con razón, Braulio Peralta se refirió a ella, en Milenio, como «una mujer de papel porque escribió en diarios y revistas cuando no existían las redes sociales». ☞ Se antoja imaginar a Cristina en las mesas de redacción, escribiendo, tachando, corrigiendo y volviendo a escribir cada línea de un texto (suyo o ajeno), tal y como Rogelio Cuellar la capturó en 1990. El fotoperiodista conserva en su acervo 475 negativos fotográficos de la escritora, de los cuales podemos apreciar una mínima muestra gracias al Fondo para la Cultura y las Artes que apoyó el proyecto 250 Retratos de la Literatura Mexicana, cuyo propósito es preservar y difundir una selección de fotografías de escritores tomadas por Cuellar en los últimos 50 años. Cualquiera puede asomarse a este proyecto en https://www.rogeliocuellar.mx/. ☞ En la televisión trascendió su labor en Canal Once. Su programa Aquí nos tocó vivir duró 45 años al aire, arrancó el 10 de mayo de 1978 y su capítulo final se transmitió el 16 de diciembre de 2023. Cristina fue a la calle con micrófono en mano para conocer los problemas, gustos y sueños de los habitantes de la ciudad, muchos que como ella habían llegado de la provincia para mejorar sus condiciones de vida. Lo valioso de los testimonios reunidos hizo que, en 2010, fuera inscrito en el Programa Memoria del Mundo de la UNESCO. En 1997 inició la aventura de grabar en el estudio cerrado: Conversando con Cristina Pacheco. Desfilaron por ahí una amplia variedad de personalidades: pintores, escultores, músicos, escritores, historiadores, estrellas de televisión. En algunas ocasiones las entrevistas resultaban complicadas como la de la pintora Leonora Carrington o la del poeta Jaime Sabines o muy amenas y efusivas como las que realizó a Laura León o a Angélica María. Así, Cristina retrató en la televisión pública la cultura de una época. ☞ Vale la pena rescatar la entrevista que Alfredo Camacho Olivares le realizó a principios del año 2001, cuando en el país albergaba la esperanza tras el supuesto cambio democrático que representaba la llegada de Vicente Fox al poder. Entonces, Cristina se refirió a la alarmante situación que vivía el campo mexicano, al derecho que deberían de tener los adultos mayores al empleo y a recibir un salario mínimo después de dedicar toda su vida al trabajo, a los enfermos mentales y su situación de marginalidad, a los más de 60 millones de pobres consecuencia del sistema económico neoliberal. Ante la pregunta sobre el papel de las mujeres en la sociedad se mostró positiva, pues dijo que, aunque la lucha ha sido contra viento y marea, los obstáculos poco a poco han ido desapareciendo y sentenció: “Cuando una mujer avanza porque es muy buena en su trabajo, me da mucho gusto; me parece que es un avance de todas”. El cabezal de la entrevista, que se publicó a ocho columnas en Excélsior, fue más que atinado: “La sociedad va adelante de los partidos: Pacheco”. ☞ Para no olvidar cuando, en octubre de 2014, alzó la voz para exigir justicia por los 43 normalistas desaparecidos ante el foro abarrotado José Revueltas de la Feria Internacional del Libro en el zócalo capitalino. ☞ Poco se habla de los libros infantiles que Cristina escribió con envidiable maestría, como El pájaro de madera, Se vende burro y El sueño de las hormigas, publicados en la colección Gusano de Luz de editorial Porrúa. Cristina recuerda que de niña no tuvo cuentos, aunque sí escuchó muchos de la boca de su madre. Tal vez esa carencia la llevó a escribir historias que de niña le habrían gustado leer, historias fantásticas sin el tono condescendiente y diminutivo que a veces se usa erróneamente para dirigirse al público infantil. ☞ Una de las cualidades de su prosa es la síntesis, es decir, la composición abreviada de un texto en función de sus partes esenciales, en donde nada hace falta y nada está de más. Su columna dominical «Mar de historias», publicada en La Jornada a partir de 1986, es el mejor ejemplo. Ahí retrató las vivencias de la gente con cierta dosis de ficción. ☞ En el invierno del 2023, Cristina se despidió de la televisión y agradeció la lealtad de sus lectores del periódico. A los pocos días murió víctima de cáncer. ☞ Cristina Pacheco dedicó su vida a narrar historias, supo escuchar a la gente y escribir con respeto sus vidas. Verla, escucharla y leerla es también asomarse a la historia social, económica y cultural de México. ☞ Hasta aquí el fichero de esta edición; nos leemos en el próximo número de La Bola, la revista de divulgación.
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Lola Álvarez Bravo (1903-1993)

Su obra, un inspirador fotomural de mujeres
Introducción
En 1953, cuando las mujeres mexicanas consiguieron por fin el derecho al voto, después de casi un siglo de organización y lucha, Lola Álvarez Bravo (1903-1993) (figura 1), quien para aquel entonces contaba ya con una amplia y reconocida carrera como fotógrafa artística, fotorreportera y fotomuralista, montaba en su Galería de Arte Contemporáneo una exposición de Frida Kahlo.

Figura 1. Autorretrato, Lola Álvarez Bravo, ca. 1950. Colección: Center for Creative Photography, The University of Arizona. Imagen tomada de: https://ccp.arizona.edu/. Aunque a primera vista todos estos hechos parecen ajenos entre sí, están estrechamente interconectados, pues los movimientos sociales y los artísticos, frecuentemente abogan por la transformación social y se retroalimentan mutuamente. Las luchas políticas del movimiento a favor de los derechos de las mujeres iniciaron en las primeras décadas del siglo XX: el Primer Congreso Feminista en Mérida en 1916, el movimiento de Yucatán de 1922 y la constitución del Frente Único Pro Derechos de la Mujer en 1935, entre muchas otras organizaciones e iniciativas, no sólo crearon las condiciones necesarias para que tiempo después se alcanzara el reconocimiento de la ciudadanía plena de las mujeres, sino que impactaron también en la apertura de nuevas posibilidades para su desarrollo laboral, intelectual y artístico.
De forma simultánea y complementaria, en el ámbito de las artes visuales, fueron muchísimas las mujeres, que desde muy temprano y a lo largo de todo el siglo XX, abrieron brechas en sus distintas áreas, tales como la fotógrafa Tina Modotti; las pintoras Rosario Cabrera, Nahui Olin (también poeta), Frida Kahlo, Aurora Reyes, Isabel Villaseñor, Olga Costa, María Izquierdo, Rosa Rolanda (también bailarina), Leonora Carrington (también escritora), Remedios Varo, Alice Rahon y Cordelia Urueta; la creadora de marionetas y tapices, Lola Cueto; entre otras. Tanto el hecho de haber logrado desarrollarse como artistas y gozado de cierto reconocimiento crítico en mayor o menor grado según el caso, así como también la iconografía singular que desarrollaron todas ellas en relación con las representaciones de su propio género, contribuyeron a la ruptura de los prejuicios de género que limitaban el ejercicio de sus derechos y su desarrollo pleno como artistas.

Figura 2. Universidad femenina, Lola Álvarez Bravo, 1943. Colección: Fundación Cultural Televisa, A.C. Imagen tomada de: https://fotografica.mx/fotografos/lola-alvarez-bravo/. El fotomural (figura 2) de Lola realizado para la Universidad Femenina de México, fundada en 1943 por la escritora, educadora y feminista Adela Formoso, que representa a varias mujeres realizando distintas actividades laborales, resume esta fructífera confluencia de los movimientos sociales y el arte en una sola imagen. Cabe destacar también, que la única exposición en vida de Frida Kahlo, anteriormente mencionada, fue organizada por Lola, quien ya en aquel entonces tuvo la visión necesaria para apreciar su extraordinaria obra, que el mundo de la cultura nacional tardaría años en reconocer.
Vida
Lola Álvarez Bravo, bautizada como Dolores Martínez de Anda, nació en 1903 en el pueblo de Lagos de Moreno, en el estado de Jalisco. Según el testimonio de la misma artista, vivió una infancia y adolescencia difíciles, pues sus padres se separaron cuando ella era muy pequeña y quedó a cargo de su padre, quien murió muy joven, por lo que fue a vivir con un medio hermano de su padre y su esposa, los cuales delegaron su educación a un colegio de monjas. En 1925, Lola se casó con Manuel Álvarez Bravo, un viejo amigo y vecino de la adolescencia, quien entonces trabajaba como contador y que, con el tiempo, habría de convertirse en uno de los fotógrafos artísticos más destacados y reconocidos del México moderno.
El matrimonio Álvarez Bravo residió un tiempo en Oaxaca y en 1927 regresaron a la ciudad de México donde nació su único hijo. Por aquel entonces, Manuel empezó a trabajar como fotógrafo y, como muchas mujeres artistas a lo largo de la historia, Lola comenzó a introducirse en el mundo de la fotografía como asistente de su marido, ayudando en distintas tareas relacionadas con el oficio: mezclar los químicos, revelar, copiar e imprimir. Gracias a esta preparación informal, cuando en 1931, Manuel cayó enfermo, Lola cumplió con los encargos pendientes y tiempo después, cuando la pareja se separó, en 1934, realizó trabajos comerciales que le permitieron ganarse el sustento y, posteriormente, desarrollar una carrera como fotógrafa artística profesional.
Tras su separación de Manuel, Lola desempeñó distintos trabajos, primero como maestra de artes plásticas en el Centro Escolar Revolución –significativo recinto educativo que fotografió ampliamente–; luego como archivista del gobierno; y más adelante como retratista fotográfica, actividades que le permitieron mantenerse económicamente. A mediados de los años treinta, comenzó a trabajar como fotógrafa profesional para la revista El Maestro Rural, publicada por la Secretaría de Educación Pública. Tiempo después, la fotógrafa comenzó a recibir encargos importantes para distintas revistas ilustradas como Mexican Folkways o Espacios y, principalmente, para el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, organismo para el que documentó obras de arte y producciones artísticas. A lo largo de su vida organizó varias exposiciones y fundó una galería de arte, antes referida. Lola desarrolló así una larga carrera profesional, que abarcó alrededor de cincuenta años en los que pudo combinar sus trabajos de encargo con la docencia y con las tomas más personales realizadas para su propio placer y expresión estética y social.
Obra
La visión humanista que caracteriza a su producción, tanto la artística como la comercial, estuvo influida por el ímpetu extraordinario del renacimiento artístico mexicano, muchos de cuyos protagonistas como Diego Rivera, Frida Kahlo, David Alfaro Siqueiros, Rufino Tamayo, Xavier Villaurrutia, Agustín Lazo, Salvador Novo, Carlos Mérida, Julio Castellanos, Juan Soriano y María Izquierdo fueron sus amigos entrañables a lo largo de toda su vida. Los fotomurales creados por Lola, realizados con fragmentos de sus propias fotografías a modo de collage, como sus fotomontajes pero en tamaño monumental, para algunos especialistas pueden ser considerados, por su contenido comprometido y sus medidas, como murales propiamente dichos.
Lola conoció personalmente a los reconocidos fotógrafos Edward Weston y Tina Modotti en 1929; a Paul Strand en 1933; y a Henri Cartier Breson en 1934, de quienes también recibió importantes enseñanzas y muchas de sus imágenes comparten varias y significativas características con el surrealismo francés, tales como el interés por el mundo de la fantasía, el objeto encontrado y el contraste de realidades que genera la llamada “belleza convulsiva”, especialmente, en sus fotomontajes. A pesar de no tener una agenda ideológica politizada, como algunos de sus amigos artistas, por sus convicciones personales más profundas e influenciada por el ambiente intelectual que la rodeaba, Lola siempre buscó ir más allá de la apariencia de los temas fotografiados para profundizar en las raíces de las problemáticas sociales planteadas, especialmente en relación con la situación social de las mujeres.
En efecto, un hilo conductor que atraviesa el repertorio temático de Lola está enraizado en su muy profunda identidad de género, seguramente estimulada por las experiencias de vida que tuvo que enfrentar como mujer divorciada a nivel tanto personal como profesional. Hasta donde se sabe no fue activista en los grupos feministas de su época, pero, como mujer culta y atenta a la realidad de su país y del mundo, sí asimiló en su quehacer artístico muchas de las preocupaciones de las luchas de las mujeres que también eran las suyas. Dentro del cuerpo de su obra, Lola representó con especial empatía a mujeres indígenas y campesinas; realizó numerosos retratos de mujeres intelectuales y artistas; y produjo también numerosas imágenes más abstractas, que como alegorías sumamente personales, parecen aludir a la situación social de las mujeres a lo largo del siglo XX.

Figura 3. Por culpas ajenas, Lola Álvarez Bravo, ca. 1948. Colección: Center for Creative Photography, The University of Arizona. Imagen tomada de: https://ccp.arizona.edu/. Si bien el tema de las mujeres indígenas y campesinas en la obra de Lola puede relacionarse con la tendencia general de la escuela mexicana de denuncia sobre la injusticia de la explotación de dichos grupos sociales, en general, en su obra la fotógrafa suele enfatizar no sólo el aspecto crítico en relación con las mujeres como en Un descanso (ca. 1950), Llanto (ca. 1940), Indiferencia (ca. 1940) y Por culpas ajenas (ca. 1945) (figura 3), sino también, la representación íntima y emotiva de sus modelos, frecuentemente identificadas por su etnia o lugar de origen como en Mujer de Yalalag (1946), Mujer yucateca (1946) y Mujer de Cuetzalan (1955).
Lola también fotografió a algunas de las numerosas mujeres intelectuales y artistas de su época como: Olga Costa (ca. 1940) (figura 4), Lya Cardoza (ca. 1950), Guadalupe (Pita) Amor (s/f), Ruth Rivera Marín (1950), Marion Greenwood (ca. 1935), Isabel Villaseñor (1941), Alice Rahon (ca. 1950), Mariana Yampolsky (ca. 1950) y principalmente, a sus amigas María Izquierdo (1946) y Frida Kahlo (1944), de quienes realizó series completas. En algunos de estos retratos, la fotógrafa encuadró a sus personajes escribiendo, pintando o simplemente reflexionando, resaltando así su profesionalismo, vitalidad e inteligencia. En otros de sus trabajos dio rienda suelta a su imaginación poética aludiendo al mundo de la creatividad de sus modelos.

Figura 4. Retrato de Olga Costa, Lola Álvarez Bravo, ca. 1940. Colección: Fundación Cultural Televisa, A.C. Finalmente, resulta interesante señalar en este contexto que algunas de las imágenes de Lola, de naturaleza aparentemente costumbrista, parecen trascender su lectura literal para realizar comentarios sobre la compleja condición de las mujeres en el siglo XX, como por ejemplo en Maniquíes (s/f), alude a la deshumanización de las mujeres tratadas como objetos; Hiedra (ruina) (1935), quizás es una referencia a la pérdida de la juventud y la consiguiente desvalorización de las mujeres en la sociedad patriarcal; y en su serie Tríptico de los martirios (1949), con sus imponentes desnudos femeninos asociados con la naturaleza y sin rostro, hace referencia nuevamente a algunos de los prejuicios de género en contra de las mujeres propios de la sociedad patriarcal. Una de las obras alegóricas más sobresalientes de Lola es la titulada En su propia cárcel (ca. 1950) (figura 5), sugerente imagen que parece representar las limitaciones sociales que inhiben el desarrollo profesional de las mujeres y que, muchas veces, no sólo le son impuestas sino que son interiorizadas por ellas mismas.

Figura 5. En su propia cárcel, Lola Álvarez Bravo, ca. 1950. Colección: Carlos Monsiváis, Museo del Estanquillo. Imagen tomada de: http://museodelestanquillo.com/Unpaseo/obra/en-su-propia-carcel-11-am/. Sirenas en el aire (ca. 1935-36) (figura 6), es otra significativa imagen alegórica de Lola. A pesar de que en este caso su origen fue comercial, pues respondió a un encargo de la compañía Olivetti para una de sus campañas publicitarias, la artista logró trascender dichas intenciones originales de la comisión, creando un poético collage fotográfico o fotomontaje. En efecto, las sirenas flotantes de Lola toman distancia frente a las temibles seductoras de marinos, características de la iconografía occidental, para descubrir en cambio, con curiosidad y encanto, una gigantesca máquina de escribir, simbolizando algunas de las nuevas opciones laborales abiertas a las mujeres en los años treinta.

Figura 6. Sirenas en el aire, Lola Álvarez Bravo, ca. 1935-36. Colección: privada, cortesía Galería Enrique Guerrero. Imagen tomada de: https://www.schirn.de/en/magazine/context/2020/. Reflexiones finales
Podemos concluir así que, a través de su vida y de su obra, Lola demostró ser capaz de encarnar y de expresar de forma clara y definida una avanzada y visionaria consciencia de su propia identidad de género, rompiendo tradiciones iconográficas y estereotipos de lo femenino muy asentados en el imaginario colectivo. Lola se atrevió a expresar una visión de la mujer excepcionalmente diferente que resulta muy provechosa para visualizar y para romper con algunos de los prejuicios culturales que históricamente han opacado al género femenino.
La ineludible posición social de Lola como mujer, viviendo, amando y ganándose la vida en un mundo y en una época, en la que a pesar de ciertos cambios y avances considerables gran parte de la sociedad seguía rigiéndose por los valores patriarcales más extremos, matizó siempre la selección y la apariencia de sus imágenes, haciéndolas iluminar en cada toma una cosmovisión teñida por su perspectiva de género particular.
Las imágenes de mujeres indígenas, retratos de artistas e intelectuales y alegorías, tratados con una sensibilidad y clarividencia poco comunes, no sólo constituyen fotografías extraordinariamente bellas en sí mismas, sino también el inicio de una manera de hacer arte en la que lo subjetivo no se opone, sino que complementa a lo social. Las mujeres representadas por Lola a lo largo de su obra, con sus características propias y compartidas, constituyen un poético retrato colectivo, un inspirador fotomural de todas las mujeres que lucharon para ser reconocidas como ciudadanas con plenos derechos tanto en el ámbito social y político como en el cultural.
Para saber más
Comisarenco Mirkin, Dina, “La representación de la experiencia femenina en Tina Modotti y Lola Álvarez Bravo”, Revista de Estudios de Género, La Ventana, volumen 3, número 28, 2008, p.148-190.
Pacheco, Cristina, “Lola Álvarez Bravo: el tercer ojo”, La luz de México. Entrevistas con pintores y fotógrafos, 2a. edición, México, Fondo de Cultura Económica, 1995, p. 44-61.
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Adela Formoso de Obregón Santacilia (1905-1981)

En la portada del número 22 de La Bola presentamos a la pedagoga, escritora, feminista y combatiente Adela Formoso de Obregón Santacilia, quien luchó por el acceso de las mujeres a la educación superior. Adela nació el 30 de junio de 1905 en la ciudad de México. Hizo estudios dentro del campo de la docencia y a los 16 años comenzó su activismo e incursión en el feminismo. En 1926, junto con Luis G. Solana, fundó la primera orquesta integrada por mujeres en México. También formó parte del Ateneo Mexicano de Mujeres, en 1934.
En 1943, Adela Formoso impulsó la fundación de la Universidad Femenina de México en el Distrito Federal, con la finalidad de luchar contra la desigualdad y disparidad entre mujeres y hombres dentro del sistema de educación superior del país. La Universidad fue incorporada a la Universidad Nacional Autónoma de México, brindó una educación integral para sus alumnas, las cuales también podían cursar el bachillerato que abarcaba cinco áreas distintas: Humanidades y Letras; Ciencias Sociales; Ciencia de la Física, Química y Biología; Ciencias de la Salud y Arquitectura. Las aspirantes a nivel superior podían optar por cursar las licenciaturas en Letras, Archivonomía, Biblioteconomía, Asuntos Internacionales, Periodismo, Auxiliar Médica, Auxiliar de Odontología y Química Farmacéutica Bióloga.
El proyecto de la Universidad Femenina de México trascendió fronteras y durante el Primer Congreso de Universidades Latinoamericanas, en la Universidad de San Carlos de Guatemala, en 1949, ante una asamblea integrada mayoritariamente por académicos varones, Adela presentó su proyecto universitario y exhortó a trabajar por la igualdad educativa en Latinoamérica.
Formoso impulsó la creación de la Universidad Femenina en Veracruz (1950), Guadalajara (1951) y Acapulco (1961). Además, también abogó por la niñez desprotegida a través de la Asociación Pro Nutrición Infantil, así como del Comité Mexicano Pro Nutrición Infantil y el Comité Mexicano Pro Niños Desvalidos.

Adela Formoso de Obregón Santacilia, actriz y maestra feminista, haciendo uso de la palabra, ca. 1928. Colección: Casasola, Fototeca Nacional, INAH. Imagen tomada de: http://mediateca.inah.gob.mx/. De su obra escrita sobresalen los títulos: Espejito de infancia (1933), Yanalté: libro sagrado (1935), Adolescencia (1938) y La mujer mexicana en la organización social del país (1939), donde rememora a la luchadora insurgente Leona Vicario y reflexiona sobre la participación social de las mujeres mexicanas en la historia.
Por su vocación e impulso a favor de la educación y los derechos de las mujeres recibió diversas condecoraciones, como la Orden de Orange-Nassau, otorgada por la reina Juliana de Holanda, la Medalla de Oro y la designación de Dama de América. Adela Formoso dejó de estar presente el 7 de junio de 1981, en la ciudad que la recibió al nacer.
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Rosario Ibarra de Piedra (1927-2022)

Diario de una huelga de hambre
Por Elena Poniatowska
Lunes 28 de agosto de 1978
La sed con calor es más y el sol cala muy fuerte sobre el atrio de Catedral. La Catedral se asienta y hierve. Con razón, el rojo de su tezontle se ha oscurecido. Las botellas de tehuacán, en un rincón, refulgen como diamantes. Nadie las ha abierto aún. Sólo algunas mujeres, al persignarse en la pila de agua bendita, se pasan tantita por la boca, mojan sus labios resecos. Altanera, la Catedral mira la vida pública a través de las rendijas en sus espesos muros. No ve mucho, la pobre, porque los mexicanos no suelen vivir la calle. Sin embargo, ahora, ochenta mujeres han venido a vivirla a ella. Pegadas a sus muros, buscan protegerse de los rayos que restallan sobre su espalda, lijando su superficie. De vez en cuando penetran en su interior y hurgan en sus bolsas del mandado junto a los confesionarios. Sus pisadas son más nerviosas que las de los fieles pazguatos o los turistas de boca abierta que frente a los monumentos arrastran los pies. Como que saben a dónde van. En 1968, los estudiantes subieron por su torre de empinados escalones y echaron a volar las campanas; ella oyó sus pisadas de tenis, sueltas y febriles, las sintió como cosquillas y, curiosamente, no le dieron opilaciones; al contrario, su repique era una viva gloria en el pecho. De tal manera, los estudiantes quisieron regresar a ella. Si en julio de 1968 se propusieron “ganar la calle”, en los meses que siguieron, su objetivo fue “tomar el Zócalo”, manifestarse en la Plaza. Poseer esa Plaza era gritar desde el centro mismo del país, desde el ombligo de la luna, la entraña de Tenochtitlán, el infinito lecho de Cortés y la Malinche, la región más transparente del aire, allí donde la luz aletea. Tomar la plaza era un acto trascendente y mágico, tocar sus campanas, liberar una bandada de palomas hacia los cuatro puntos cardinales, hacia los confines de la tierra; por eso, todas las marchas terminaban inevitablemente en el Zócalo. Una tarde de agosto, después de la jubilosa manifestación de más de cuatrocientas mil personas el 27, los muchachos decidieron permanecer, quedarse de pura tanteada toda esa noche y el tiempo que fuera necesario, para instar al gobierno a iniciar el diálogo; encendieron fogatas en la explanada, se sentaron en torno a su calor. No transcurrió mucho antes de que se abrieran las puertas de Palacio y varias columnas de soldados salieran corriendo con bayoneta calada. En la calle, catorce tanques esperaban para desalojar a tres mil estudiantes. Fue el principio del fin.
Diez años después, la Catedral ha sido tomada. La han poseído las mujeres. “¡Qué bárbaras!”–me dice Neus Espresate–, “¡mira que escoger Catedral para hacer allí su huelga de hambre!” Sonríe admirativa. “Mira que se necesita,… El problema es: ¿las dejaran?”

Rosario Ibarra de Piedra en la protesta realizada frente a Catedral. Fotografía: Archivo Proceso. Imagen tomada de: https://www.proceso.com.mx/nacional/2022/4/16/fotografias-registraron-la-lucha-de-rosario-ibarra-de-piedra-284400.html. Como sombras, algunas mujeres atraviesan el atrio; otras se meten y horadan la penumbra, las veo afanarse en torno a sus bolsas de plástico, sus suéteres y sus chales hechos bola; una viejita de plano se ha metido dentro de un confesionario y duerme. Por su rostro inquieto se entrecruzan las rápidas pesadillas del cansancio. Sentadas en el suelo, las piernas estiradas, dos señoras apoyan su cabeza contra el muro. Afuera, los muros les sirven para recargar y exhibir los grandes retratos de sus hijos impresos en un cartel blanco y negro: Jesús Piedra Ibarra, Rafael Ramírez Duarte, Javier Gaytán Saldívar, Jacob Nájera Hernández, Jacobo Gámiz García, José Sayeg Nevares, José de Jesús Corral García, Francisco Gómez Magdaleno y tantos muchachos más que nos miran desde su foto tamaño miñón ahora amplificada, sus rasgos agrandados a la fuerza, sus cejas más negras, más grave aún la expresión de sus ojos serios, ojos de credencial, ojos de “éste soy yo, mírenme bien, soy yo, y soy responsable de mí mismo, de este espacio ovalado que ocupo”. Diez años después del Movimiento Estudiantil, los mexicanos jóvenes siguen desapareciendo. Sus madres, sentadas en las bancas de madera, son vírgenes de dolores, pietàs, agrias figuras maternas, figuras que sólo esculpen el rencor, la fatiga y el aire catedralicio que en su entorno, por quién sabe qué fenómeno físico, parece aislarlas en un espacio blanco. ¿Por qué blanco si todas las madres de los presos, desaparecidos y exiliados políticos están vestidas de luto? Bueno, no todas, las que pueden, las que tienen alguna ropa oscura, porque se trata de mujeres muy pobres. Anoche bajaron del autobús que las trajo, cada una por su lado, de Sinaloa, de Sonora, de Guerrero, de Monterrey, de Jalisco; son ochenta y tres mujeres y cuatro oaxaqueños en una huelga de hambre que empezó con el día: lunes 28 de agosto de 1978. Ahora pasan de mano en mano una botellita de tehuacán: “¿Gusta?” me pregunta Celia Piedra de Nájera con esa gentileza que en algunas ocasiones parece una despiadada ironía:
–No gracias, ¿cómo les voy a quitar su agua?
–Ahí tenemos más.
–De todos modos no, se lo agradezco.
Todas acudieron al llamado de una sola: Rosario Ibarra de Piedra, quien ahora va y viene en el atrio porque los tehuacanes tienen que quedar en la sombra y hay que hacerles un tendidito, los volantes aún no llegan y ya deberían andarse repartiendo en la calle, muchos periodistas no están enterados y la comisión que debió avisarles aún no rinde su informe. El sol pega y hierve el tezontle rojo de los muros; pienso en la moronga que se oscurece a medida que avanza el día en los comales de las taquerías cercanas a Catedral. Fuera del atrio, en la banqueta, la gente pasa indiferente a pesar de una manta roja muy larga que dice en letras negras: “Los encontraremos”. Una hilera de mujeres sostiene una cartulina blanca. Anuncian: “Huelga de Hambre”, cada una con una letra. La de la segunda H parece especialmente agobiada; se ha enroscado su suéter en la cabeza para atajar el sol, lo mismo han hecho varias otras, de suerte que vistas de lejos bien podrían ser placeras regateando en el mercado. Y es triste que lo sean; están en la plaza ¿no es cierto? y regatean exigiendo al gobierno la vida, la presencia de sus hijos. Para una madre, la desaparición de un hijo significa un espanto sin tregua, una angustia larga, no sé, no hay resignación, ni consuelo, ni tiempo para que cicatrice la herida. La muerte mata la esperanza, pero la desaparición es intolerable porque ni mata ni deja vivir.
Una tarde en mi casa dejé sola a Rosario Ibarra de Piedra mientras iba a contestar el teléfono, entre tanto empezó a llover. Cuando volví la encontré llorando: “¿Qué le pasa, Rosario?” “Es que pensé que donde quiera que esté mi muchacho ha de estarse mojando”. A Rosario tan valiente, tan controlada siempre, por quién sabe qué mecanismo descompuesto la lluvia figurada sobre la espalda de su hijo le abre las compuertas del llanto. Agua rápida, despeñada. Tanta agua ha corrido desde los primeros meses de su búsqueda, cuando la esperanza era violentísima, la del encuentro, la recuperación, tanta agua hasta ir a dar al Canal del Desagüe: “Señora, tenemos aquí dos cuerpos que encontramos en el Gran Canal, a lo mejor son de los suyos, en todo caso, venga a reconocerlo”. Y sí, allí sobre la plancha fría, dizque higiénica, dos cadáveres de muchachos atados de pies y manos cada cual con un solo balazo: uno en la nuca, el otro en la frente; ninguno de los dos mayor de los dieciocho; los dos en estado ya de descomposición. Pero ésos no son los únicos; en la autopista México-Querétaro, Rosario corrió al encuentro de tres cadáveres abandonados, también vendados, y otros dos que sacaron de una zanja cercana al aeropuerto. “Pa’que escarmiente –le dijo uno de la Federal de Seguridad– pa’que les digan a sus hijos que no se metan con nosotros”. Pienso en el archivo gigantesco que vi en Ginebra, donde se alinean los desaparecidos de guerra, los nombres de los judíos exterminados. Al menos merecieron una tarjeta dentro de un cajón de lámina que sale con la sola presión de la mano y exhibe nombre, edad, señas particulares, lugar y día de la muerte. Aquí en México, ¿en qué archivo de gobernación, en qué expediente, en qué ficha se pierden los pasos de un muchacho que nació hace diecisiete, veinte, veinticinco años? Seguramente la Federal de Seguridad recurre a la CIA, a la diligencia con la que consigna la historia de cada posible disidente, desde el nacimiento de su vello impúber hasta que entra a la Prepa y pega sus primeros carteles, hace sus primeras pintas, se pone de pie frente a sus compañeros para echar su rollo en la Asamblea, emocionadísimo, feliz, parado encima de su barril de pólvora. De allí a ser miembro del Comité de Lucha de la Facultad sólo hay un paso, después viene la huelga, la organización de las brigadas, el “volanteo”, el darse cuenta, como lo dijo Sartre, que “nadie se salva solo”.
Quizá sucede lo mismo con otras madres, ahora en estos meses mojados y grises de agosto con sus atardeceres encapotados; quizá se sueltan a llorar sin pretexto, un llanto retrasado, que ya nada puede retener y del cual se disculpan cubriéndose la boca con su pañuelo. Una de ellas se me acerca, veo en su bolsa del mandado de plástico verde un rollo de papel higiénico. “De veras, si las dejan dormir aquí, ¿dónde harán sus necesidades?” A Rosario Ibarra de Piedra, muy delgada, muy frágil dentro de su vestido negro, la siento sobreexcitada; va de un grupo a otro, cierra los ojos bajo el sol y dice parpadeando: “Ahorita vengo. Corro a la caseta porque necesito hacer una llamada como la que le hice a usted; traigo un montón de veintes para los días que vienen”, camina sobre sus tacones negros, camina mucho dentro del atrio; va del interior de Catedral hacia la calle, regresa porque algo olvidó. Me asombro: “¿Cómo va a aguantar?” Siempre he visto que los que hacen huelga de hambre procuran economizar energía y calor y permanecen acostados. Así en 1961, vi en San Carlos a Juan de la Cabada, a Benita Galeana, a los dos Lizalde, Enrique y Eduardo, a José Revueltas, a Carlos Monsiváis y José Emilio Pacheco; arrebujados en las cobijas, desmelenados y ojerosos como niños a quienes el sueño se les enreda en las pestañas. Se habían solidarizado con la huelga de hambre de los ferrocarrileros y de Siqueiros en Lecumberri. (Nombro a Siqueiros no para significarlo sino porque él no era ferrocarrilero.) Así vi días después a los militantes presos Alberto Lumbreras, Gilberto Rojo Robles, Dionisio Encinas, Miguel Aroche Parra, Filomeno Mata, “el viejito” Mata como le decían, y a Demetrio Vallejo lleno de sondas y amarrado con vendas a su cama de enfermería de Santa Marta Acatitla; así habría de ver años más tarde, en 1968, a Gilberto Guevara Niebla, verde y sobre todo enojado, en su crujía A, extraviado en medio de un insoportable hedor a limones podridos que los policías habían dispuesto se recogieran en una sola celda repleta de cáscaras, contigua a la suya.
Ahora miro a estas mujeres trajinar, asolearse, olvidadas de sí mismas; me preocupa sobre todo Rosario quien no cesa de sonreír animosa, alegre casi. Me aclaró por teléfono: “Ya le pregunté a mi esposo y dice que no pasa nada, que el cuerpo puede aguantar muchos días con agua y azúcar y sal; chuparemos limones con tantita sal, con azúcar y agua, mucha agua. ¡Hasta sirve para eliminar toxinas!” También comentó alborozada desde su caseta telefónica: “¡No llevamos ni una hora aquí y ya han venido de varias agencias internacionales, de la Associated Press, la Reuter, la Efe de España y una checoslovaca. Les avisé también a Marlyse Simons del Washington Post y a Alan Riding del New York Times. Hemos tenido mucha respuesta, un gran apoyo. Nos van a acompañar algunos muchachos del PRT. Al rato viene un reportero del UnomásUno. Se portan bien éstos del UnomásUno. Véngase usted pronto, Elena, no me vaya a decir que no puede, que los niños, que la escuela, véngase lo más pronto que pueda!”, y ahora que estoy aquí, Rosario me hace una pequeña señal con la mano y corre hacia la calle, vuela casi. Con razón, el subsecretario de gobernación Fernando Gutiérrez Barrios le dijo: “¡Es usted la más tenaz que he conocido!” De verdad hay que ser tenaz para luchar contra la incertidumbre, la ausencia y el deseo de capitular, factores más fuertes que el enemigo mismo.
Mi muchacho era bueno, no le hacía daño a nadie, mi muchacho era bueno, no le hacía daño a nadie, mi muchacho era bueno, no le hacía daño a nadie, mi mucha…
Y ellas ¿de quién son enemigas? Miro sus ojos negros, desvalidos, duros a veces, sus ojos que desvían la mirada (¿qué diablos querrá esta gringa?) sus ojos de pobre. Sé que muchas no acudieron al llamado de Rosario. Algunos padres respondieron a propósito de su desaparecido: “Nosotros ya le mandamos decir su misa”. Ahora mismo, no son pocas las que se persignan ante el Cristo cada vez que se meten a Catedral. Se enrebozan frente al atrio; podrían ser miembros de una peregrinación, devotas cumplidoras de alguna manda; de hecho a dos de ellas se les asoma su escapulario, y es fácil imaginarlas prendiendo una veladora para que la Virgen les haga el milagro: la aparición de su hijo. Dentro de Catedral me siento junto a la señora García de Corral. Es una mujer maciza, que supongo alta; la voz gruesa. Habla golpeado. La creo norteña porque no se inhibe ni se apoca a diferencia de otras mujeres que se arrinconan como pajaritos asustados (al menos así las veo en este primer día de huelga). Yo misma obedecería si me sugirieran en la tranquila sombra de esta iglesia: “Vamos a rezar un rosario”. Pero la pregunta la tengo que hacer yo y no es piadosa.
–Nosotros somos de Ciudad Juárez, Chihuahua –responde Concepción García de Corral–. En 1974, mataron a mi hijo Salvador Corral García, en 1976 aprehendieron a mi hijo José de Jesús, quien está desaparecido, y en 1977 mataron a mi hijo Luis Miguel Corral.
–Tres hijos. ¿Y todos guerrilleros?
Esta pregunta no les gusta a las madres de familia; ninguna salvo Rosario responde directamente. La mayoría niega estar enterada de las actividades del hijo y del motivo de su detención. Algunas explican con muchos pormenores cómo fue el arresto, pero ninguna sabe decir por qué. Al contrario, repiten una y otra vez, el rostro marchito: “Mi muchacho era bueno, no le hacía daño a nadie”. La señora García de Corral no se anda con contemplaciones ni me debe explicación alguna, ella viene a lo que viene: “Yo ando buscando al desaparecido. Lo aprehendieron en Puebla y dijeron que lo habían llevado al Campo Militar número Uno”.
–Y ¿tiene más hijos?
–Sí, pero no quiero hablar de ellos ni dar sus nombres, no me los vayan a matar también. Lo único que quiero es que me digan dónde está el desaparecido, Luis Miguel, que tiene veintiséis años.
Cuando Rosario buscó a su hijo en todas las dependencias gubernamentales, pensó que otras mujeres debían estar en su mismo caso –no podía ser ella la única– y resolvió encontrarlas. Su esfuerzo culmina en esta huelga de hambre en Catedral a la que han acudido ochenta y tres mujeres, que piden la Amnistía General.
Y qué, que nos digan locas
Regresa Rosario; sé que es Rosario incluso antes de verla, lo sé porque reconozco su taconeo sobre las baldosas. Voy hacia ella:
–Rosario ¿no se parece esta huelga a la de las Locas de la Plaza de Mayo, ustedes de negro y plantadas casi frente al Palacio de Gobierno?
–Sí…
–Pero ésta no es una dictadura, este gobierno no es el de Argentina, Rosario.
–Pero si no actuamos puede llegar a serlo –sacude la cabeza con vehemencia como lo hace en cada ocasión en que digo algo que la desagrada–. ¿Usted cree que es normal que en un país desaparezca la gente?
–Pero, Rosario, todos los gobiernos del mundo persiguen a sus opositores, sobre todo si éstos escogen las armas. ¡Yo no sé de una sola guerrilla que ande suelta por allí con el beneplácito de las autoridades!
–¡Que se les juzgue si han cometido algún delito, pero que se les pueda ver! ¿Usted cree justo que yo no vea a mi hijo desde 1975? A nosotras pueden llamarnos las Locas de Catedral, las Locas de la Plaza de la Constitución, las Locas del 1º. de septiembre, no me importa, no me importa; hemos llegado al límite, éste es nuestro último recurso. No nos queda otra. Mire, al gobierno tal y como está, hay que arrancarle las cosas…
–Pero Rosario, ésta es una medida política, ¿quiénes las aconsejan políticamente?
–Nadie. Fui a ver hasta su casa al ingeniero Heberto Castillo. Me dijo que esperáramos al día del Informe a ver qué, insistió en que esta huelga era un error político, en que íbamos a frenar la amnistía; lo mismo advirtieron otras organizaciones y otros partidos, pero yo no podía detener ya a las demás mujeres, las ochenta y tres que aquí nos encontramos y que hace mucho queríamos entrar en huelga de hambre. ¡Algo teníamos que hacer por nuestros muchachos, Elena! ¿Qué no sabe usted que en Culiacán algunas madres de familia hacen una parada permanente frente al Palacio de Gobierno y no hay quién las mueva? El gobernador Alfonso Calderón Velarde les dijo: “Por mí se pueden quedar un año si quieren, aplástense ahí. A mí qué, yo no tengo a sus hijos”. A ellas también podrían llamarlas “Las Locas de Culiacán”. ¿Qué más da? ¿Usted cree que con llamarnos locas nos quitan algo? ¡No hombre! Que nos digan como se les antoje. Las de Sinaloa tienen años preguntando por sus esposos, sus hermanos, sus hijos desaparecidos. Fueron a ver al comandante de la Novena Zona Militar y nadie les dio una respuesta. En México ni el Jefe de Estado Mayor Presidencial, ni el Procurador de la República, ni el Presidente López Portillo, les han podido decir por ahí te pudres. Ya basta, ¿no? Ya es mucho peregrinar, mucho aguantar. ¿Que el gobierno no podría darnos a los familiares una lista de los muertos, una de los que podrían salir, y sí pueden cómo, en qué condiciones, si desean que vayamos a encontrarlos a otro país, etcétera?
La voz de Rosario ha subido de tono, se ha hecho más rápida, demandante y la esperanza que hay en ella me resulta intolerable. Desvío la vista, y tras de Rosario, veo de pronto en la pared la estela plateada de un caracol que sube por el muro de tezontle. ¿Qué diablos hace un caracol en pleno zócalo sobre un muro rojo de Catedral? ¿Cómo llegó hasta aquí? Lo miro, me distraigo, descanso del dolor de Rosario, el caracol se desliza lentamente con su casa a cuestas, puedo ver su cabeza, sus cuatro cuernitos, avanza con dificultad, hace su camino, ¡cuánto esfuerzo, cuánto! ¿Cómo pudo llegar? Será porque es época de lluvias; su huella húmeda brilla al sol, es un cordón irisado; va derramando su baba, que no le pase nada, recuerdo que un día saltó un chapulín junto al lavabo y cayó adentro, lo saqué, lo puse en el suelo; pensé: “termino de lavarme los dientes y lo bajo al jardín”, pero entre tanto de un brinco fue a desnucarse contra el mosaico. Lo tomé entonces, pero ya era demasiado tarde y me reproché mi falta de oportunidad. Qué frágil es la vida de todo lo viviente: todo se juega en un segundo. Y ahora este caracol solitario que sube incauto dirigiéndose quién sabe a dónde, que no le pase nada, que no le pase nada a nadie, que no todo sea una amenaza, que la vida no sea este dolor intenso, esta lucha babeante, esta mucosa que vamos dejando, huella y camino a la vez, camino ¿a dónde? porque ya no sé si vale la pena morir por algo en este país, en este MI país, y sé que sólo la muerte es real, sólo la muerte es real, sólo la muerte es real.
–Y ¿si están muertos?
Rosario de nuevo sacude la cabeza: “Queremos sus cadáveres pero no fresquecitos, que no nos los maten ahora; que sepamos cuándo, cómo y dónde nos los mataron”.
Varias veces le he preguntado a Rosario por fría y por imprudente: “¿Y si está muerto?” Ella se defiende siempre. Miro a Rosario. Hace un año la palabra “muerto” le era intolerable. Ahora el dolor la ha transformado en una luchadora política. En 1977, Manuel Buendía le dijo que él estaba en condiciones de informarle que su hijo había muerto. Rosario pidió una prueba. Al no tenerla, ha seguido en su lucha. Cuando yo insisto, Rosario me habla del Campo Militar número Uno, cuenta que un preso liberado le mandó decir que había visto a Jesús, que una gran cicatriz le atravesaba la cara, que lo trajeron de Monterrey espantosamente golpeado. Y sigue. Desde hace un año no tiene noticias, nada, pero ella cree, tiene fe, no se rinde, ella… Y luego alega:
–Esta gente del gobierno es muy fuerte, Elena, muy poderosa. Usted cree que si quisieran librarse de mí ¿no lo habrían hecho? ¿Usted cree que no me dirían como se lo han dicho a otras: “Señora, usted tiene tres hijos más; le aconsejamos por el bien de sus hijos que deje esta lucha”? ¿No cree usted que podrían darme un mal golpe? ¿Machucarme cuando salgo de mi casa? Saben bien dónde vivo; durante días enteros se estaciona allí un coche sin placas con cuatro agentes de Gobernación. Por eso, sí creo que tienen a mi muchacho, si no, hace mucho que me hubieran obligado a desistir. Hay mil maneras de lograrlo. Si no me eliminaron antes, si me han dejado proseguir en mi campaña, fundar el Comité de Presos, Perseguidos, Exiliados y Desaparecidos Políticos, organizar manifestaciones, viajar y dar a conocer mi caso en ochenta ciudades de los Estados Unidos, va a serles mucho más difícil eliminarme ahora. Por estas razones, para mí muy poderosas, creo que tienen a mi muchacho.
Pero también, y eso no se lo digo a Rosario, cabe la otra posibilidad; dejar morir el asunto, darle largas, y largas y largas, que pasen los días, los meses, los años, hasta que no haya una Rosario Ibarra de Piedra para moverlo y digan entonces: “Menos mal que se murió esta vieja tan terca”, que todo se soslaye, se agote por inanición. Debe ser ésta la tirada del gobierno, porque sacar a Jesús Piedra Ibarra ahora, después de cinco años, ¿acaso es posible? Sería la prueba irrefutable de que México es igual a las dictaduras latinoamericanas. Si sale “un” preso político, ¿por qué no cien, por qué no mil? Además, Rosario es ahora conocida internacionalmente; sacudió a las académicas sesiones de Amnesty International en Londres, la convocaron en Helsinki, en Bonn, en Berlín, en Estocolmo y ya no se diga en las ochenta ciudades norteamericanas cuyas universidades pagaron su pasaje; ¿podría enfrentarse el gobierno de López Portillo a una campaña internacional de esta magnitud, a las investigaciones de Jacoby en La Haya, de los parlamentarios ingleses, someterse a un juicio como lo son los de los dictadores de América Latina? ¿Sería justo para México?
Lo mejor es darle la suave, aderezarlo a la mexicana, dejar que las señoras cacareen su desgracia, hagan sus manifestaciones, atenderlas incluso (Rosario vio treinta y seis veces al expresidente Echeverría, quien siempre la trató con finura, la recibió, solícito
y cortés, la remitió a Ojeda Paullada, quien siempre la reconocía, sonreía al tenderle la mano, fruncía el entrecejo mientras la escuchaba: “Licenciado, mi muchacho, mi muchacho, licenciado”). ¿Qué otra salida le queda al gobierno de México? ¿Qué táctica a seguir? Conceder la amnistía, sí, esto es factible, pero ¿resucitar a los muertos, hacer que aparezcan los desaparecidos? Porque si Jesús Piedra Ibarra es del sexenio de Echeverría, siguen desapareciendo campesinos y obreros. Los únicos cómplices de los políticos son el tiempo, el cansancio y la rendición de los familiares, que además, si no fuera por la fortaleza de espíritu de Rosario Ibarra de Piedra, ya se hubieran rendido.
–Entonces, está decidido, Rosario, ¿van a quedarse a dormir aquí?
–Sí, absolutamente. Como cierran las puertas de Catedral a las cinco, las más viejas dormirán adentro, las más jóvenes nos quedaremos afuera. (Sí, no las demás, no las otras, Rosario ha dicho las más jóvenes. Sí, ¿cuántos jóvenes no quisieran la juventud de ella para día domingo?) Hemos traído sarapes, no hay problema.
–¿No corren el riesgo de que les rompan la huelga?
–Sí, claro, porque en los últimos meses el gobierno ha roto todas las huelgas, a los del Istmo que la hacían frente a la ONU, el gobierno los dispersó y los mandó para su casa.
(Ahora sí, tres mujeres se han parado junto a nosotras; una de ellas sonríe y al hacerlo enseña mucho las encías y son tan rojas que parecen dos pedacitos de sandía).
–Por eso –continúa Rosario– sería muy bueno que recibiéramos más apoyo popular, que se plantaran aquí e hicieran huelga con nosotros los representantes de organizaciones sindicales y de partidos. Mire usted, Elena, ¡cuántas somos! ¡Todas las que están allá en bolita son de Atoyac! Debería platicar con ellas.
–Rosario –se acerca Vicky Montes con su pelo largo, suelto sobre los hombros. Es algo así como el lugarteniente de la señora Piedra–, Rosario, dice el padre Pérez que no podemos quedarnos a dormir aquí.
Rosario reacciona inmediatamente:
–¿Por qué? ¿Quién lo prohíbe? ¿Qué ley? (Rosario ahora siempre blande la ley.) A ver, vamos. (Y se dirigen hacia unas enaguas negras que aguardan amenazantes).
Las lágrimas abren trincheras en la carne
Recuerdo que las primeras veces que Rosario vino a la casa traía regalos, que una tortuguita para mis hijos Paula y Felipe, que flores para mí, que pan dulce para todos. Participaba en la vida familiar, platicaba con los niños. Un día a la hora de la comida hizo machaca con huevo, otro, aplacó a Guillermo exasperado, se puso a contarle de esto y de lo otro mientras yo la escuchaba yendo del comedor a la cocina. Rosario quería darse a querer y lo hacía con las armas consabidas: las de la amabilidad, el “Buenos días, vecino, buenos días, vecina”, acostumbrado en Monterrey, las pequeñas ofrendas que han de granjearse el “muchas gracias, no se hubiera molestado”. Escuchaba conversaciones que estaban a mil años luz de su interés, de aquello que la había traído a la casa: su hijo Jesús. En un momento oportuno trataría el tema, entre tanto, se amoldaría, paciente: “Sí, niño, sí, la tortuga en el jardín se te puede perder porque como es chiquita y su caparazón es cafecita se te puede confundir con la tierra, y entonces sí, no la vuelves a ver. Mejor déjala aquí en su cajita, tráele su pasto, lechuga”. “Sí, niña, sí, yo tengo dos hijas que alguna vez fueron como tú pero ahora ya están grandes y me ayudan mucho…” “Mire, Elena, no le haga caso a su marido, va a ver cómo se le pasa”. Allí estaba Rosario consecuentándonos a todos y yo ansiaba que no se fuera, porque desde niña y como ilusa que soy, siempre creo que las soluciones van a venir desde afuera.
A lo largo de estos últimos cinco años, he visto transformarse a Rosario, convertir sus departamentos del Paseo de la Reforma y de Tlatelolco (floreados, de carpetitas tejidas y lámparas de buró) en su cueva en la colonia Condesa, todas las paredes tapizadas con los carteles de los hijos desaparecidos, letreros de “Se buscan”, de “Libertad a los Presos Políticos”, fotografías amplificadas, periódicos murales, letreros en inglés, en francés, recortes de periódicos alemanes y suecos. ¡Adiós colchas de color pastel y figuritas de porcelana! En el cuchitril hay dos cuartos, en total cuatro camas, más el sofá de la sala para que allí pernocten las compañeras, madres o esposas o hermanas de otros desaparecidos que vienen de Guerrero, de Sinaloa, de Monterrey. La cafetera casi siempre está prendida, las tazas en el pequeño fregadero muy a la mano para tenderlas a los que van entrando. Rosario ofrece, anima, cuenta, no desmaya nunca. Entran madres y padres de desaparecidos, estudiantes, simpatizantes, periodistas de México y del extranjero, militantes de los partidos políticos de izquierda, trabajadores del Cencos, muchachos que de pronto aparecen (porque sí aparecen), muchachas que la policía suelta después de la tortura y que Rosario acompaña a levantar un acta.
Rosario ya no viene a verme con regalos, jamás pregunta por el marido, por los niños, y no es que no piense en ellos, es que esa etapa ya pasó. Primero en México, inició su búsqueda llevando la misma vida burguesa que acostumbraba en Monterrey. Era indispensable que la aceptaran. Cuando iba a ver a los distintos funcionarios lo hacía con el atuendo apropiado, bien peinada, la bolsa, el collarcito, los tacones, la organización externa que tranquiliza a los demás. Tomaba taxis. Esperaba en las esquinas. Esperaba en las antesalas. Sonreía. Sonreía siempre, no levantaba la voz, formulaba bien sus pensamientos, repetía su historia sin exaltarse para que los encumbrados la atendieran como a señora decente: “Pase usted, señora, entre usted a mi despacho”. Enrebozada, trenzuda, nadie la hubiera atendido; he aquí uno de los frutos de nuestra benemérita revolución. “Señora, por favor, entre usted”. “Muy pronto aprendí a no llorar ante ellos, Elena, casi desde la primera entrevista, para no darles ese gusto, para que no pudieran decir: ʽEsta pobre mujer no está en sus cabalesʼ”.
Desde nuestro primer encuentro pude percatarme de cuán herida estaba; a sus ojos afloraron las lágrimas pero ella las retenía en un ejercicio de quién sabe cuántos días, cuántas noches. Cualquier mínima esperanza por absurda que parezca (un muchacho que sale y cuenta que en el Campo Militar número Uno supo de un Jesús con una cicatriz en la cara) es para ella la razón de un día más, la de no dejarse ir, de ejercer sobre sí ese trabajo continuo, diría yo de encauzamiento del dolor, de entrega a la busca de ese hijo probablemente herido de por vida.

Rosario Ibarra de Piedra siempre portó un medallón con la foto de su hijo desaparecido, Jesús Piedra Ibarra. Fotografía: Marco A. Cruz. Imagen tomada de: https://polemon.mx/rosario-ibarra-de-piedra-en-la-memoria-del-pueblo/. No es que Rosario ahora ande vestida de mezclilla, no, su aspecto exterior es el mismo, quizás más estilizado. No es que no acuda a las oficinas de gobierno, es la manera como lo hace. Rosario nunca dice ya la palabra “maricón” porque los homosexuales, el Frente Homosexual de Acción Revolucionaria (FHAR) y el grupo Lambda, muy concretamente, la han apoyado y se han unido a sus marchas. Ningún resabio “pequeñoburgués” en sus diálogos con los demás, ningún afán de posesión, ningún deseo de sobresalir. Rosario está incendiada. Arde. Toda la noche. Arde como lámpara votiva. Nunca he visto a un ser tan absolutamente trabajado por el sufrimiento como Rosario, pero trabajado en el sentido de que la ha pulido, la ha adelgazado hasta ser casi puro espíritu, pura fuerza de voluntad vuelta hacia el hijo. Probablemente siempre ha llevado en sí todo lo que ella es ahora, no obstante es en estos últimos años que Rosario deshijada, deshojada de Jesús, se ha hecho a sí misma con la dura materia del ausente: la soledad, la desesperación, el amanecer sin nadie, las antesalas que terminan a las doce de la noche cuando ya el señor secretario bajó por su elevador privado, los camiones, el y ahora cómo me voy ¿en qué?, el pretender abordar hasta al presidente de la República entre guaruras y walkie-talkies, pisotones y el empujón definitivo: “Hágase a un lado señora, muévase”, en fin, todo el aplastante costal de angustias que carga una madre de hijo desaparecido, el fardo común a todas, a Vicky, a Concha, a Celia, a Eva, a Delia, a Elena, a Margarita, a María Eugenia, a Carmen, a Marta, a Teresa, tal y como lo confirma el joven actor del Sindicato de Actores Independientes, Fernando Gaxiola:
–Mi hermano Óscar César estuvo tres años preso en Culiacán, de los 17 a los 20 años, y aunque esto afectó a mi madre, Marta Murillo de Gaxiola, podía visitarlo en la cárcel cada semana, pero ahora que está desaparecido, mi madre se consume en vida; lo único que quiere saber es si está vivo, si está muerto, qué es lo que pasa, qué es lo que las autoridades han hecho con él.
Nota de los editores
Este texto es un fragmento del capítulo “Diario de una huelga de hambre” del libro de Elena Poniatowska, Fuerte es el silencio. Publicado por primera vez en 1980 por editorial Era, el libro recoge cinco relatos sobre la lucha popular por la democracia, la igualdad y la justicia. Posteriormente, la editorial Seix Barral publicó este libro y una versión abreviada del capítulo en Las indómitas (2016). El presente fragmento se reproduce con autorización expresa de la autora.
Derechos Reservados © Elena Poniatowska Amor.
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Hermila Galindo (1886-1954)

Pionera del feminismo mexicano
La historia del feminismo mexicano tiene a una pionera fenomenal, revolucionaria y muy activa políticamente, en una época en la que se definía el proyecto de país en un sentido muy profundo. Se llamaba Hermila Galindo, una influyente sufragista duranguense que nació el 2 de junio de 1886 en Ciudad Lerdo. Su biografía ha sido ampliamente estudiada y probablemente es una de las feministas históricas mexicanas cuyo nombre cada vez se reconoce más. Incluso, en la Avenida Reforma ya contamos con una estatua en su honor, que forma parte del Paseo de las Heroínas, una iniciativa cultural que inició en el 2019 y se propuso incorporar estatuas de mujeres “reales” en el Paseo de la Reforma pues, aunque había alegorías femeninas (como la Diana o la Victoria Alada), antes de ese año todas las figuras que adornaban la emblemática avenida eran únicamente de varones.
También el Congreso capitalino otorga cada año una presea que lleva su nombre, y es entregada a una mujer destacada en el ámbito de los derechos de las mujeres y la igualdad. La historiadora Rosa María Valles ha sido la estudiosa más profunda de su vida y obra, y ha tenido la oportunidad de leer el compendio completo de la revista La Mujer Moderna, editada por Hermila entre 1915 y 1919, la cual desafortunadamente no puede encontrarse en ningún repositorio o biblioteca pública. Rosa María ha logrado acceder a esa invaluable información del feminismo mexicano gracias a que la familia de Hermila conservó el material, pero su digitalización, reproducción o nuevo tiraje es un pendiente para poder difundir mucho más el gran legado de Hermila.
Dado que las personas interesadas en conocer a profundidad la vida y obra de Hermila pueden conseguir fácilmente el libro Hermila Galindo. Sol de libertad de Rosa María Valles que está disponible en la red y que algunas de sus acciones son obligadamente referidas en cualquier análisis del sufragismo mexicano, en este artículo me limitaré a explicar una muy apretada síntesis de su biografía, pero con énfasis en la importancia que tuvo, en su momento, su alta pericia para difundir la causa feminista, ponerse al tú por tú con los machos de la revolución e introducir debates feministas en la prensa y en el más alto nivel de la política mexicana. Con ello podemos, en primer lugar, conectar el legado de Hermila con la inédita situación que se vive en el presente, cuando por primera vez en nuestra historia vemos a una mujer candidata presidencial con la competitividad para ganar la elección. En segundo lugar, quisiera incitar a una reflexión sobre una trayectoria propiamente mexicana del feminismo a través de la vida de Hermila, quien vivió una profunda transformación política y logró fincar su lucha en la situación específica de nuestro país.
Y es que si bien en el presente el feminismo contemporáneo es una vanguardia ineludible de la política (tanto institucional como no institucional) y a nivel mundial se nutre de lo que sucede en todos los países, vemos que la vigorosidad de esta movilización social suele entenderse como si se desarrollara independiente a las coyunturas políticas propiamente mexicanas. Incluso en innumerables debates feministas se refiere continuamente a conceptos e ideas que se importan desde los países que supuestamente son los centros globales intelectuales y de pensamiento (Estados Unidos y Europa). Sin embargo, tenemos una trayectoria histórica riquísima que nos podría invitar a fortalecer un pensamiento feminista claramente mexicano, anclado en las especificidades de nuestro país. El legado de Hermila, con sus numerosos textos, conferencias, publicaciones, libros y propuestas es un gran ejemplo de que en un contexto de transformación como fue la Revolución mexicana, es posible que florezcan también las propuestas específicamente pensadas para las mujeres. De no haber ocurrido la hecatombe que a todos niveles implicó el estallido revolucionario, el feminismo mexicano no habría tenido ese escenario inigualable para desarrollarse y fincarse en nuestra cultura política.

Hermila Galindo a sus dieciocho años, época en la que daba clases, R. Valles, 1904. Colección Archivo de Rosario Topete Galindo, Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Fotografía tomada de: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Hermila_Galindo.png. Hermila, la brillante oradora
Uno de los episodios más brillantes de la vida de Hermila Galindo fue la forma en la que logró colarse en los más altos niveles de la política nacional, donde se puso de manifiesto que la oratoria era una de sus capacidades más fuertes y, a largo plazo, sería una actividad que la llevaría a las más altas esferas de la política nacional e internacional. Hermila comenzó su militancia en los grupos revolucionarios que apoyaron la candidatura de Francisco I. Madero; en su momento pasó de ser una férrea defensora de la democracia en su natal Durango para, posteriormente, formar parte de una de las asociaciones revolucionarias más importantes del país llamada “Club Abraham González”.
En 1914 viajó a la ciudad de México y fue electa por esta agrupación como la oradora del acto de bienvenida del Ejército Constitucionalista encabezado por Venustiano Carranza, que entró triunfante en agosto de ese año por la histórica avenida que meses después Francisco Villa nombraría como Calle Madero. Carranza quedó sorprendido por la capacidad de oratoria y pasión de Hermila y decidió invitarla a formar parte de su equipo de trabajo como secretaria, que era la profesión que ella había desempeñado, pues estudió taquigrafía. Así, Hermila se unió a la facción que terminó ascendiendo al poder, donde encontró una plataforma inigualable para difundir su mensaje feminista, que era una aportación política para el gran proyecto nacional que estaba en proceso formativo.
Venustiano Carranza abanderó la iniciativa de recoger las demandas sociales expresadas en la gran gesta revolucionaria y con ese motivo convocó a una gran convención a la que inicialmente acudieron las alas políticas más importantes a nivel nacional: zapatistas, villistas y constitucionalistas. Pero debido a dificultades y desavenencias políticas, ocurrió una ruptura y finalmente Carranza terminó siendo nombrado presidente interino. Mientras ocurrían todas esas peripecias, Hermila se convirtió en una de las personas más cercanas de Carranza y aunque por ser mujer no tenía las posibilidades de desarrollo político de sus compañeros varones, sí resultó ser muy influyente. Aunque cientos de mujeres también participaron en la lucha armada y no debemos escatimar su incorporación a los ejércitos, las armas de Hermila fueron la pluma y la palabra. Se dice, por ejemplo, que ella aconsejó a Carranza para emitir, en diciembre de 1914, la ley del divorcio que favorecía sobre todo a las mujeres, pues permitía que el contrato civil pudiera disolverse y, en su caso, contraer matrimonio si lo deseaban. Antes de esa ley un segundo matrimonio no podía llevarse a cabo por ley e implicaba que muchas mujeres tuvieran que permanecer con sus esposos en condiciones de violencia o, como consideraba Hermila, en una forma de esclavitud.
Esa ley es paradigmática de los ideales de Hermila Galindo, pues diferenciaba claramente los principios religiosos que estaban detrás de un contrato que era únicamente de orden civil, pues el matrimonio “para toda la vida” tenía claramente una raíz católica. Hermila, a lo largo de su trayectoria política, expresó en múltiples ocasiones tanto en sus discursos como sus escritos, las consecuencias negativas de la moralidad católica, jerárquica e hipócrita, específicamente para las mujeres. Ella lograba explicar de forma muy clara que los límites impuestos para las mujeres, como por ejemplo el confinamiento a lo doméstico o la negación del placer y la autonomía sobre el cuerpo, tenían una raíz religiosa. Por eso defendía el laicismo, un principio juarista que compartía con los revolucionarios más radicales de la época, pero a diferencia de aquellos, ella lograba incorporarlo al pensamiento feminista que estaba dando sus primeros pasos en nuestro país.
Podemos intuir, entonces, que apenas al iniciar su trabajo con el Primer Jefe, Hermila se aventuró a incorporar su pensamiento feminista en mejoras reales para las mujeres, además de que fue notoria la apertura de Carranza para entender la importancia de esa agenda. Del mismo modo, otros constitucionalistas como Salvador Alvarado, Francisco J. Múgica y Felipe Carrillo Puerto emprendieron políticas claras y abiertamente feministas en sus entidades. Hubo tanto hombres como mujeres que comprendieron que sin incorporar a las mujeres no podía hablarse de justicia revolucionaria.
Hermila, la feminista incómoda
En diciembre de 1915 el gobernador de Yucatán, Salvador Alvarado, convocó a las maestras de la entidad para organizar el Primer Congreso Feminista. Fue un evento parteaguas para la historia del feminismo mexicano y Hermila Galindo recibió una invitación especial del gobernador para asistir como encargada de dar el discurso de apertura el día de la inauguración. No es difícil intuir que, tanto por su cercanía con Carranza como por su notoriedad nacional como la gran feminista mexicana, su presencia sería redituable políticamente para el gobernador e imprescindible en el contexto político de la época. Desde un punto de vista estratégico, para Salvador Alvarado el evento pondría un tema inédito en el debate público, que estaba pasando por una coyuntura de primer orden, pues estaban próximo a iniciar los trabajos para la elaboración de la Constitución Política.
El gobernador, de manera muy responsable, encomendó el trabajo organizativo del evento a un grupo de maestras de la entidad y ellas realizaron libremente todo el trabajo. En su momento, Hermila envió con bastante anticipación la ponencia que leería el día de la inauguración, que se titulaba “La mujer en el porvenir”, la cual abordaba de forma grandilocuente (como era su estilo propio) la necesidad de que las mujeres tuvieran el derecho a la educación y a la participación política. En la ponencia, Hermila planteaba la necesidad de que las mujeres tuvieran conocimiento de su cuerpo y sexualidad, lo que en su momento era muy poco común para los debates de la época. En las minutas de las reuniones organizativas puede constatarse que las maestras discutieron acaloradamente si Hermila debía participar o no, y si la ponencia podría ser leída. Muchas de ellas se opusieron sin expresar claramente las razones, aunque podemos aventurar algunas hipótesis: 1) que Hermila no era yucateca ni maestra, y no tendría por qué presentarse en la inauguración o 2) que la ponencia resultaba polémica y no les gustaban sus planteamientos.
Las maestras acordaron que la ponencia no iba a ser leída, y por lo tanto Hermila no acudió al Congreso, lo cual es una muestra de que el gobernador Salvador Alvarado les brindó la libertad de tomar todas las decisiones. Sin embargo, es indudable que el gobernador quería tener ese gesto hacia Carranza y el día del evento un funcionario local que se encontraba en la mesa inaugural se levantó de su sitio y leyó el discurso en nombre de Hermila. Esta acción fue eminentemente política, pero de fondo, también fue una situación paradigmática de las profundas discusiones feministas de la época sobre temas de primer orden, como la sexualidad y la soberanía sobre el cuerpo por parte de las mujeres.
De acuerdo con las crónicas, tras la lectura de la ponencia, se escucharon gritos y abucheos. Evidentemente las maestras que habían votado porque ésta no se leyera debieron estar muy molestas y no dudaron en expresarlo a lo largo del evento. Ciertamente la mayoría de ellas se colocaban muy a tono con la cultura de la época, donde se ensalzaban las cualidades maternales y la vida doméstica de las mujeres; aunque coincidían en la importancia de que todas las niñas tuvieran acceso a la educación. Probablemente les escandalizaba que se hablara de sexualidad, pero es más probable que de fondo, ellas ejercieran una resistencia al mandato político del gobernador para que Hermila tuviera el papel principal en la inauguración del Congreso. Es decir, para ellas, desde su punto de vista local como maestras, Hermila no tendría nada que aportar.
Hermila, por su parte, era una férrea defensora del sufragismo feminista y veía al derecho al voto como un acto de justicia básico en un momento donde, además, consideraba que dar este paso era una posibilidad inminente. Ella era estratégica y tenía un olfato político muy agudo, por lo que seguramente, en caso de haber asistido al Congreso, habría hecho un intenso trabajo para convencer a sus compañeras. Las maestras yucatecas, por su parte, sí discutieron el tema pero no llegaron a un acuerdo y omitieron manifestarse sobre el tema. En ese Congreso algunas decían que el voto debía otorgarse sólo a las que fueran madres, otras que las mujeres no estaban listas todavía, otras que ya era momento e incluso se dijo que debía pedirse el derecho a votar, pero no a ser votadas. Como vemos, hubo discusión libre, un aprendizaje de lo que implicaba negociar y fue un ejercicio inédito y muy interesante, aunque con resultados poco contundentes frente a un tema que pudo haber cambiado el rumbo de la participación política de las mujeres mexicanas.
Aunque esto es una especulación: si el resolutivo del evento hubiera sido una exigencia sobre otorgarles a las mujeres el derecho al voto, probablemente el gobernador Salvador Alvarado habría podido presentarse (como quería) frente a la política nacional con un tema innovador, y logrado negociar con Carranza y los legisladores con un respaldo relevante rumbo a la discusión de ese derecho. Pero no ocurrió así, probablemente porque la brillante oradora Hermila no acudió para convencer a las yucatecas.
Hermila, la desafiante
El proceso de discusión en el Congreso Constituyente era una oportunidad de oro para las sufragistas mexicanas. Hermila Galindo decidió enviar a los legisladores una comunicación exigiendo el derecho de las mujeres a votar y ser votadas, sin exclusión de ninguna por su educación, nivel económico o situación jurídica. Hermila ya había realizado un trabajo propagandístico importante de esta causa tanto con su actividad política como mediante la opinión pública. Ella buscaba posicionar este tema y otros tópicos feministas en el debate nacional y con este motivo fundó la revista La Mujer Moderna. Esta fue una publicación muy innovadora y el instrumento principal de Hermila para difundir sus causas y hacer propaganda y pedagogía sobre la inclusión de las mujeres en la política.
Al respecto, cabe señalar que tanto Hermila como muchas sufragistas mexicanas tenían la convicción de que el voto de las mujeres era inminente. Aunque había discrepancias sobre la forma en la que debía avanzarse en este derecho, Hermila mantenía la postura más radical en la materia, asegurando que debía otorgarse a todas las mujeres sin excepción, para votar y postularse a cualquier cargo público y además a nivel nacional. Ella argumentaba que en nuestro país todos los hombres mayores de 21 años podían votar (a los 18 accedían a la ciudadanía quienes ya estuvieran casados), fuesen o no analfabetas, por lo que era injusto que a las mujeres se les negara ese derecho aunque algunas tuvieran más educación. Por eso, para ella, debía aplicarse el mismo principio a las mujeres, desde una perspectiva de igualdad radical. Además, también argumentaba la injusticia de que las mujeres pudieran ser juzgadas en los tribunales igual que los varones, pero no tuvieran derechos políticos.
Como vemos, cuando en la actualidad hay quienes llegan a afirmar que las sufragistas eran “blancas burguesas” que solo querían derechos para ellas, es notorio que desconocen los debates, propuestas y contexto propiamente mexicanos. Si bien en Estados Unidos algunas sufragistas no pedían la ciudadanía para las mujeres negras por su situación de esclavitud y debido al segregacionismo, en México tenemos una historia propia que surgió de una revolución. No hay necesidad de recurrir a contextos que no nos interpelan, sobre todo cuando se busca estigmatizar, con mucho desconocimiento, a feministas como Hermila, que pertenecieron a un movimiento que en su momento fue muy emancipador y tenía propuestas amplias en torno al mejoramiento de la vida de las mujeres.

Hermila Galindo anuncia su candidatura para el 5º distrito electoral del D. F., Mujer Moderna, 11 de marzo de 1917. Colección: Centro de Estudios de Historia de México Carso. Imagen tomada de https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Hermila_Galindo. Hermila Galindo fue desafiante ante la negación del sufragio femenino por parte de los Constituyentes de 1916-1917. Ella dijo interpretar el artículo 34° que estaba redactado en masculino, como si incluyera también a las mujeres. Si siempre nos habían repetido que el masculino era genérico y también nos incluía, ella usó ese argumento a su favor para postularse como candidata a diputada federal. Esa decisión tuvo una cobertura muy amplia en la prensa y le fue útil a Hermila para difundir el feminismo sufragista. Por otra parte, puso de manifiesto que el genérico masculino no es realmente universal, sobre todo si está en la ley. Si las mujeres no estamos referidas explícitamente en las leyes, entonces corremos el riesgo de que nos digan que nuestros derechos no existen.
Como era de esperarse, su postulación no fue respetada y ella dijo que había ganado, pero finalmente su simbólica postulación fue una estrategia muy inteligente de difusión pero también de desafío ante los legisladores omisos a un tema que los habría podido colocar a la vanguardia del mundo. La Constitución de 1917 que fue la primera en todo el globo con contenido social, desafortunadamente no incorporó las justas demandas de las mujeres.
A pesar de la decepción de Hermila frente a la negativa de los legisladores y políticos revolucionarios por hacerle justicia a las mexicanas, ella continuó haciendo un trabajo político al lado de Carranza, sobre todo en el ámbito de las relaciones internacionales. Escribió un libro sobre la soberanía nacional titulado La Doctrina Carranza y el acercamiento indolatino y visitó diversos países para dar a conocer el trabajo político revolucionario en otros países. También aprovechó la oportunidad para tender redes con feministas latinoamericanas.
Aunque Hermila se desprendió de la vida política con el asesinato de Venustiano Carranza en 1919, su labor sentó las bases de un feminismo más amplio y organizado que se fortaleció en las décadas de 1920 y 1930 y que llegó a formular agendas muy amplias para todas las mujeres.
A modo de conclusión
Hermila Galindo fue pionera de temas diversos de los feminismos históricos y demostró altas capacidades, en un momento crucial de nuestro pasado, para incorporar una agenda totalmente innovadora para la época, con cuestiones como la educación sexual, el placer femenino, la inteligencia de las mujeres, su autonomía y sobre todo, la injusticia que implicaba mantenerlas al margen de la vida pública.
Fue una mujer apasionada y consciente de la época de cambio que se presentaba ante sus ojos. A la altura de su momento histórico, se colocó estratégicamente en los más altos niveles políticos para impulsar la igualdad de oportunidades para todas las mujeres de su época. Los derechos políticos y sociales que gozamos las mujeres en la actualidad harían sentir orgullosa a Hermila Galindo, la revolucionaria.
Su labor política es ejemplo de que, en nuestro país, la política fue un medio crucial para hacer avanzar la agenda feminista en un sentido amplio.
Para saber más
Karla Motte, Daniela Santiago, Tania Ariza, Horacio Cruz, Eduardo Quintanar y Noemí Juárez, Sufragistas mexicanas. Por el derecho a votar y ser votadas, México, INEHRM, Brigada para leer en libertad, 2023. Disponible aquí: https://brigadaparaleerenlibertad.com.
Rosa María Valles, Hermila Galindo. Sol de libertad, México, Gernika, 2015. Disponible aquí: HERMILA GALINDO. SOL DE LIBERTAD (uaeh.edu.mx).
Rosa María Valles, “Hermila Galindo. Un caso de feminismo ilustrado en los albores del siglo XX”, Revista de Historia de América, número 142, 2010, p. 37-55.
Ana Lau Jaiven, “Entre ambas fronteras: la búsqueda de la igualdad de derechos para las mujeres”, Política y Cultura, número 31, 2009, p. 235-255.
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María Félix (1914-2002)

Empoderamiento femenino en la industria cinematográfica mexicana
Hablar de María Félix es adentrarnos en la vida de una mujer que se volvió leyenda. Recordada por su extraordinaria belleza y su inquebrantable carácter, “La Doña”, es tal vez una de las grandes estrellas del cine latinoamericano y, sin lugar a duda, de las representantes más importantes del Cine de Oro Mexicano.
Su vida refleja la trayectoria de una mujer que se abrió paso durante la década de 1940 en una industria dominada por hombres, en un país que se estaba gestando bajo el proyecto posrevolucionario y en un contexto que no consideraba a las mujeres como ciudadanas.
Descubierta de manera fortuita en las calles de la ciudad de México a inicios de 1940 por el cazatalentos Fernando Palacios, la joven María de los Ángeles Félix Güereña incursionó en la industria cinematográfica a pesar de que en su proyecto de vida no consideraba acercarse a esa industria.
Durante este periodo, el cine mexicano era uno de los grandes proyectos artísticos y culturales que consagró a diversos actores, actrices y directores como íconos internacionales. Es decir, una verdadera maquinaria que, impulsada por el capital estadounidense, llegó a todas las pantallas de América Latina. Esta gran industria estaba completamente alejada de la vida que la joven sonorense tuvo hasta el momento, pero a la que una vez descubierta se integró sin mayor reparo.
Nacida el 8 de abril de 1914 en el seno de una familia sonorense, fue contemporánea del estallido y desarrollo del movimiento armado revolucionario, el cual afectó buena parte del país y cimentó las bases del México moderno.
Su padre mantenía buena relación con el gobierno central de la ciudad de México. Años después su familia se trasladó a Guadalajara, Jalisco. Ahí creció junto a sus hermanos y cursó sus estudios básicos y medio superior, destacando rápidamente por su belleza, misma que le granjeó ser coronada como Reina de Belleza del Carnaval de Guadalajara en 1930.
Poco tiempo después contrajo nupcias con Enrique Álvarez Alatorre y engendraron a su hijo Enrique Álvarez Félix. Sin embargo, en su autobiografía la actriz señaló la necesidad de huir del hogar paterno y, como único medio de escapar de esa realidad, el matrimonio fue la primera opción. Tal vez esa fue una de las razones por las que su relación no prosperó.
De aquí en adelante, poco se supo de las condiciones del primer divorcio de María, pero en algún momento mencionó el “robo de su hijo” por parte de su ex marido como consecuencia de la separación. En su autobiografía afirmó que sólo pudo recuperarlo años después, cuando ella ya era una artista consumada.
Lo cierto es que antes de sus treinta años, María Félix se encontró divorciada, sola y con un futuro incierto. Así terminó en la ciudad de México, donde consiguió un trabajo en una pequeña clínica. Poco después, terminó por ser descubierta e invitada a integrarse a la industria cinematográfica.

Retrato de María Félix, ca.1945. Colección: Archivo Gráfico de El Nacional, Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México. El debut de María Félix llegó en 1943 con el filme El Peñón de las Ánimas, de Miguel Zacarías. En esta producción compartió créditos con Jorge Negrete, el cual ya era el mayor representante de la comedia ranchera del cine nacional, género que evocaba el idilio del pasado antes del estallido de la Revolución. Este debut en la pantalla grande fue totalmente atípico para los estándares de la industria, pues María era una actriz primeriza y una completa desconocida a lado de un consumado actor y cantante. Entonces la mayoría de las actrices iniciaban su carrera durante su infancia o adolescencia y ella ya contaba con 29 años.
Aunque el filme fue del gusto de la crítica y del público, María era una actriz inexperta y tanto su personaje como su actuación distaban mucho del carácter gallardo e inquebrantable con el que pasó a la posteridad. El éxito cosechado con El Peñón de las Ánimas le permitió interpretar posteriormente a un personaje catalogado como: “la devoradora de hombres”, en el filme Doña Bárbara (1943), de Fernando de Fuentes. Este papel le otorgó su famoso mote de “La Doña” y le permitió mostrar su carácter enérgico y seductor, rompiendo los estereotipos de las actrices femeninas y los personajes que encarnaban, casi siempre sumisos y bondadosos.
El público alabó a la actriz y la catapultó al cariño de la audiencia mexicana y latinoamericana. Las ofertas de filmes le llegaron y, aunque la mayoría no gozaron de un argumento interesante, las películas resultaron un éxito porque la tuvieron a ella como protagonista. María Félix se convirtió en la primera estrella femenina del star system mexicano o, en otras palabras, producciones con éxito garantizado por sus protagonistas.
Algunas producciones como La monja alférez o El monje blanco tuvieron a María Félix actuando en diferentes atuendos más cómo excusa para vender el filme, que una película con una historia desarrollada. Por otro lado, algunos largometrajes aprovecharon el impulso de “Doña Bárbara” y presentaron argumentos en los que la sonorense pudo capitalizar y sumar los atributos que le dejó el personaje de Bárbara. Algunos de ellos fueron: La mujer sin alma, La devoradora o Doña Diabla. Títulos que aluden a su frialdad, que destacaron su belleza en cámara y que la mostraron como una mujer individualista, dueña de sí misma y de su cuerpo, consciente de su poder sobre los hombres.
Al mismo tiempo que estas películas se encontraban en cartelera otros géneros cinematográficos gozaban de popularidad. Las filmaciones de María Félix tuvieron que competir con otros géneros como el de rumberas y bataclanas, que gozaron en aquellos años de un gran gusto del público. Sin embargo, estas expresaron un corte más moralizante hacia las figuras femeninas. Actrices como Andrea Palma, Ninón Sevilla o Meche Barba vieron cómo sus personajes se volvieron ejemplos de una conducta sexual inapropiada y castigada por la sociedad.
No es de extrañar, entonces, que al ser estas las películas de la competencia, María Félix pudo alzarse como una mujer “verdaderamente libre” y un modelo a seguir para muchas mujeres mexicanas y de otros países.
El trabajo de María Félix junto a Emilio “El indio” Fernández le abrió la puerta al mercado cinematográfico europeo. Filmes como Enamorada (1946) la llevaron a explorar el género del melodrama revolucionario y le permitieron trabajar con actores como Pedro Armendáriz, Columba Domínguez, Miguel Inclán o Carlos López Moctezuma. Y aunque Europa se volvió su segundo nicho, la sonorense buscó alejarse del mercado estadounidense (pesé a que fue muchas veces invitada). Es particularmente recordada por su participación en el filme Hechizo trágico (1951), tal vez una de sus mejores actuaciones.

María Félix en Enamorada (fotograma). Aunque la carrera de María parece a veces solitaria y en muchos momentos pidió que no se le comparará con sus compañeras actrices, lo cierto es que tuvo buena relación con algunas de ellas. Tal es el caso de Dolores Del Río, que aunque la prensa siempre buscó incentivar una aparente rivalidad entre ellas, al ser las más reconocidas actrices mexicanas tanto fuera como dentro de la industria, María siempre habló entrañablemente de Del Río. Ambas mujeres tuvieron una trayectoria diferente, pero fueron buenas amigas. El único trabajo juntas en pantalla y en el que se puede observar la química entre ellas es el filme La cucaracha (1969), de Ismael Rodríguez.
La vida personal de la actriz también fue objeto de admiración y de dura crítica. Desde sus diversos matrimonios (tal vez los más famosos con Agustín Lara y Jorge Negrete), siempre fue cuestionada por su forma de relacionarse con los hombres. Ella jamás negó que vivió el gozo pleno de su sexualidad. María Félix se autodenominaba como una “mujer con corazón” de hombre. Esta aparente “masculinización” de alguna manera le permitió sobrevivir en la industria cinematográfica mexicana, dominada en aquella época prácticamente por hombres. En este medio fueron pocas las actrices que consiguieron abrirse paso y lograr una igualdad salarial a sus contrapartes masculinas.
Durante la década de 1960, la actriz filmó pocas películas y muchas de ellas pretendieron evocar el antiguo éxito del melodrama revolucionario cultivado 20 años antes. Aunque esta década trajo un impulso al cine nacional, figuras como María Félix parecieron quedarse atrás con las exigencias del nuevo público mexicano. La actriz, ya consagrada como una estrella de cine, se retiró de las pantallas en 1970 con el filme La generala.
Aunque en sus últimos años de vida María Félix participó algunas veces en la Televisión mexicana, su leyenda ya estaba conformada. La diva nunca se consideró un ejemplo a seguir, pero lo cierto es que logró dejar una huella notable en la memoria fílmica mexicana y en la sociedad que la vio volverse una estrella de talla internacional. Su vida se volvió sinónimo de empoderamiento femenino.
Para saber más
Benavente Morales, Carolina, “Divina. Consagración cultural y usos de lo sagrado en la actriz mexicana María Félix (1914-2002)”, Convergencia. Revista de Ciencias Sociales, volumen 17, número 52, enero-abril de 2010, p. 261-288.
Félix, María, Todas mis guerras, México, Clío, 1993.
Félix, María, Una raya en el agua, México, Sanborn Hermanos, 1997.
Juárez Álvarez, Rodolfo, “El cine como torbellino: las estrellas, María Félix, La escondida y los públicos en Tlaxcala”, Miradas al cine mexicano, volumen 1, México, Instituto Mexicano de Cinematografía, 2017.
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