• Lola Álvarez Bravo (1903-1993)

    Lola Álvarez Bravo (1903-1993)

    Su obra, un inspirador fotomural de mujeres

    Por Dina Comisarenco Mirkin

    Introducción

    En 1953, cuando las mujeres mexicanas consiguieron por fin el derecho al voto, después de casi un siglo de organización y lucha, Lola Álvarez Bravo (1903-1993) (figura 1), quien para aquel entonces contaba ya con una amplia y reconocida carrera como fotógrafa artística, fotorreportera y fotomuralista, montaba en su Galería de Arte Contemporáneo una exposición de Frida Kahlo.  

    Figura 1. Autorretrato, Lola Álvarez Bravo, ca. 1950. Colección: Center for Creative Photography, The University of Arizona. Imagen tomada de: https://ccp.arizona.edu/.

    Aunque a primera vista todos estos hechos parecen ajenos entre sí, están estrechamente interconectados, pues los movimientos sociales y los artísticos, frecuentemente abogan por la transformación social y se retroalimentan mutuamente. Las luchas políticas del movimiento a favor de los derechos de las mujeres iniciaron en las primeras décadas del siglo XX: el Primer Congreso Feminista en Mérida en 1916, el movimiento de Yucatán de 1922 y la constitución del Frente Único Pro Derechos de la Mujer en 1935, entre muchas otras organizaciones e iniciativas, no sólo crearon las condiciones necesarias para que tiempo después se alcanzara el reconocimiento de la ciudadanía plena de las mujeres, sino que impactaron también en la apertura de nuevas posibilidades para su desarrollo laboral, intelectual y artístico.  

    De forma simultánea y complementaria, en el ámbito de las artes visuales, fueron muchísimas las mujeres, que desde muy temprano y a lo largo de todo el siglo XX, abrieron brechas en sus distintas áreas, tales como la fotógrafa Tina Modotti; las pintoras Rosario Cabrera, Nahui Olin (también poeta), Frida Kahlo, Aurora Reyes, Isabel Villaseñor, Olga Costa, María Izquierdo, Rosa Rolanda (también bailarina), Leonora Carrington (también escritora), Remedios Varo, Alice Rahon y Cordelia Urueta; la creadora de marionetas y tapices, Lola Cueto; entre otras. Tanto el hecho de haber logrado desarrollarse como artistas y gozado de cierto reconocimiento crítico en mayor o menor grado según el caso, así como también la iconografía singular que desarrollaron todas ellas en relación con las representaciones de su propio género, contribuyeron a la ruptura de los prejuicios de género que limitaban el ejercicio de sus derechos y su desarrollo pleno como artistas. 

    Figura 2. Universidad femenina, Lola Álvarez Bravo, 1943. Colección: Fundación Cultural Televisa, A.C. Imagen tomada de: https://fotografica.mx/fotografos/lola-alvarez-bravo/.

    El fotomural (figura 2) de Lola realizado para la Universidad Femenina de México, fundada en 1943 por la escritora, educadora y feminista Adela Formoso, que representa a varias mujeres realizando distintas actividades laborales, resume esta fructífera confluencia de los movimientos sociales y el arte en una sola imagen. Cabe destacar también, que la única exposición en vida de Frida Kahlo, anteriormente mencionada, fue organizada por Lola, quien ya en aquel entonces tuvo la visión necesaria para apreciar su extraordinaria obra, que el mundo de la cultura nacional tardaría años en reconocer. 

    Vida

    Lola Álvarez Bravo, bautizada como Dolores Martínez de Anda, nació en 1903 en el pueblo de Lagos de Moreno, en el estado de Jalisco. Según el testimonio de la misma artista, vivió una infancia y adolescencia difíciles, pues sus padres se separaron cuando ella era muy pequeña y quedó a cargo de su padre, quien murió muy joven, por lo que fue a vivir con un medio hermano de su padre y su esposa, los cuales delegaron su educación a un colegio de monjas. En 1925, Lola se casó con Manuel Álvarez Bravo, un viejo amigo y vecino de la adolescencia, quien entonces trabajaba como contador y que, con el tiempo, habría de convertirse en uno de los fotógrafos artísticos más destacados y reconocidos del México moderno.  

    El matrimonio Álvarez Bravo residió un tiempo en Oaxaca y en 1927 regresaron a la ciudad de México donde nació su único hijo. Por aquel entonces, Manuel empezó a trabajar como fotógrafo y, como muchas mujeres artistas a lo largo de la historia, Lola comenzó a introducirse en el mundo de la fotografía como asistente de su marido, ayudando en distintas tareas relacionadas con el oficio: mezclar los químicos, revelar, copiar e imprimir. Gracias a esta preparación informal, cuando en 1931, Manuel cayó enfermo, Lola cumplió con los encargos pendientes y tiempo después, cuando la pareja se separó, en 1934, realizó trabajos comerciales que le permitieron ganarse el sustento y, posteriormente, desarrollar una carrera como fotógrafa artística profesional.  

    Tras su separación de Manuel, Lola desempeñó distintos trabajos, primero como maestra de artes plásticas en el Centro Escolar Revolución –significativo recinto educativo que fotografió ampliamente–; luego como archivista del gobierno; y más adelante como retratista fotográfica, actividades que le permitieron mantenerse económicamente. A mediados de los años treinta, comenzó a trabajar como fotógrafa profesional para la revista El Maestro Rural, publicada por la Secretaría de Educación Pública. Tiempo después, la fotógrafa comenzó a recibir encargos importantes para distintas revistas ilustradas como Mexican Folkways o Espacios y, principalmente, para el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, organismo para el que documentó obras de arte y producciones artísticas. A lo largo de su vida organizó varias exposiciones y fundó una galería de arte, antes referida. Lola desarrolló así una larga carrera profesional, que abarcó alrededor de cincuenta años en los que pudo combinar sus trabajos de encargo con la docencia y con las tomas más personales realizadas para su propio placer y expresión estética y social.

    Obra

    La visión humanista que caracteriza a su producción, tanto la artística como la comercial, estuvo influida por el ímpetu extraordinario del renacimiento artístico mexicano, muchos de cuyos protagonistas como Diego Rivera, Frida Kahlo, David Alfaro Siqueiros, Rufino Tamayo, Xavier Villaurrutia, Agustín Lazo, Salvador Novo, Carlos Mérida, Julio Castellanos, Juan Soriano y María Izquierdo fueron sus amigos entrañables a lo largo de toda su vida. Los fotomurales creados por Lola, realizados con fragmentos de sus propias fotografías a modo de collage, como sus fotomontajes  pero en tamaño monumental,  para algunos especialistas pueden ser considerados, por su contenido comprometido y sus medidas, como murales propiamente dichos. 

    Lola conoció personalmente a los reconocidos fotógrafos Edward Weston y Tina Modotti en 1929; a Paul Strand en 1933; y a Henri Cartier Breson en 1934, de quienes también recibió importantes enseñanzas y muchas de sus imágenes comparten varias y significativas características con el surrealismo francés, tales como el interés por el mundo de la fantasía, el objeto encontrado y el contraste de realidades que genera la llamada “belleza convulsiva”, especialmente, en sus fotomontajes. A pesar de no tener una agenda ideológica politizada, como algunos de sus amigos artistas, por sus convicciones personales más profundas e influenciada por el ambiente intelectual que la rodeaba, Lola siempre buscó ir más allá de la apariencia de los temas fotografiados para profundizar en las raíces de las problemáticas sociales planteadas, especialmente en relación con la situación social de las mujeres. 

    En efecto, un hilo conductor que atraviesa el repertorio temático de Lola está enraizado en su muy profunda identidad de género, seguramente estimulada por las experiencias de vida que tuvo que enfrentar como mujer divorciada a nivel tanto personal como profesional. Hasta donde se sabe no fue activista en los grupos feministas de su época, pero, como mujer culta y atenta a la realidad de su país y del mundo, sí asimiló en su quehacer artístico muchas de las preocupaciones de las luchas de las mujeres que también eran las suyas. Dentro del cuerpo de su obra, Lola representó con especial empatía a mujeres indígenas y campesinas; realizó numerosos retratos de mujeres intelectuales y artistas; y produjo también numerosas imágenes más abstractas, que como alegorías sumamente personales, parecen aludir a la situación social de las mujeres a lo largo del siglo XX.

    Figura 3. Por culpas ajenas, Lola Álvarez Bravo, ca. 1948. Colección: Center for Creative Photography, The University of Arizona. Imagen tomada de: https://ccp.arizona.edu/.

    Si bien el tema de las mujeres indígenas y campesinas en la obra de Lola puede relacionarse con la tendencia general de la escuela mexicana de denuncia sobre la injusticia de la explotación de dichos grupos sociales, en general, en su obra la fotógrafa suele enfatizar no sólo el aspecto crítico en relación con las mujeres como en Un descanso (ca. 1950), Llanto (ca. 1940), Indiferencia (ca. 1940) y Por culpas ajenas (ca. 1945) (figura 3), sino también, la representación íntima y emotiva de sus modelos, frecuentemente identificadas por su etnia o lugar de origen como en Mujer de Yalalag (1946), Mujer yucateca (1946) y Mujer de Cuetzalan (1955).

    Lola también fotografió a algunas de las numerosas mujeres intelectuales y artistas de su época como: Olga Costa (ca. 1940) (figura 4), Lya Cardoza (ca. 1950), Guadalupe (Pita) Amor (s/f), Ruth Rivera Marín (1950), Marion Greenwood (ca. 1935), Isabel Villaseñor (1941), Alice Rahon (ca. 1950), Mariana Yampolsky (ca. 1950) y principalmente, a sus amigas María Izquierdo (1946) y Frida Kahlo (1944), de quienes realizó series completas. En algunos de estos retratos, la fotógrafa encuadró a sus personajes escribiendo, pintando o simplemente reflexionando, resaltando así su profesionalismo, vitalidad e inteligencia. En otros de sus trabajos dio rienda suelta a su imaginación poética aludiendo al mundo de la creatividad de sus modelos.

    Figura 4. Retrato de Olga Costa, Lola Álvarez Bravo, ca. 1940. Colección: Fundación Cultural Televisa, A.C.

    Finalmente, resulta interesante señalar en este contexto que algunas de las imágenes de Lola, de naturaleza aparentemente costumbrista, parecen trascender su lectura literal para realizar comentarios sobre la compleja condición de las mujeres en el siglo XX, como por ejemplo en Maniquíes (s/f), alude a la deshumanización de las mujeres tratadas como objetos; Hiedra (ruina) (1935), quizás es una referencia a la pérdida de la juventud y la consiguiente desvalorización de las mujeres en la sociedad patriarcal; y en su serie Tríptico de los martirios (1949), con sus imponentes desnudos femeninos asociados con la naturaleza y sin rostro, hace referencia nuevamente a algunos de los prejuicios de género en contra de las mujeres propios de la sociedad patriarcal. Una de las obras alegóricas más sobresalientes de Lola es la titulada En su propia cárcel (ca. 1950) (figura 5), sugerente imagen que parece representar las limitaciones sociales que inhiben el desarrollo profesional de las mujeres y que, muchas veces, no sólo le son impuestas sino que son interiorizadas por ellas mismas. 

    Figura 5. En su propia cárcel, Lola Álvarez Bravo, ca. 1950. Colección: Carlos Monsiváis, Museo del Estanquillo. Imagen tomada de: http://museodelestanquillo.com/Unpaseo/obra/en-su-propia-carcel-11-am/.

    Sirenas en el aire (ca. 1935-36) (figura 6), es otra significativa imagen alegórica de Lola. A pesar de que en este caso su origen fue comercial, pues respondió a un encargo de la compañía Olivetti para una de sus campañas publicitarias, la artista logró trascender dichas intenciones originales de la comisión, creando un poético collage fotográfico o fotomontaje. En efecto, las sirenas flotantes de Lola toman distancia frente a las temibles seductoras de marinos, características de la iconografía occidental, para descubrir en cambio, con curiosidad y encanto, una gigantesca máquina de escribir, simbolizando algunas de las nuevas opciones laborales abiertas a las mujeres en los años treinta. 

    Figura 6. Sirenas en el aire, Lola Álvarez Bravo, ca. 1935-36. Colección: privada, cortesía Galería Enrique Guerrero. Imagen tomada de: https://www.schirn.de/en/magazine/context/2020/.

    Reflexiones finales

    Podemos concluir así que, a través de su vida y de su obra, Lola demostró ser capaz de encarnar y de expresar de forma clara y definida una avanzada y visionaria consciencia de su propia identidad de género, rompiendo tradiciones iconográficas y estereotipos de lo femenino muy asentados en el imaginario colectivo. Lola se atrevió a expresar una visión de la mujer excepcionalmente diferente que resulta muy provechosa para visualizar y para romper con algunos de los prejuicios culturales que históricamente han opacado al género femenino. 

    La ineludible posición social de Lola como mujer, viviendo, amando y ganándose la vida en un mundo y en una época, en la que a pesar de ciertos cambios y avances considerables gran parte de la sociedad seguía rigiéndose por los valores patriarcales más extremos, matizó siempre la selección y la apariencia de sus imágenes, haciéndolas iluminar en cada toma una cosmovisión teñida por su perspectiva de género particular. 

    Las imágenes de mujeres indígenas, retratos de artistas e intelectuales y alegorías, tratados con una sensibilidad y clarividencia poco comunes, no sólo constituyen fotografías extraordinariamente bellas en sí mismas, sino también el inicio de una manera de hacer arte en la que lo subjetivo no se opone, sino que complementa a lo social. Las mujeres representadas por Lola a lo largo de su obra, con sus características propias y compartidas, constituyen un poético retrato colectivo, un inspirador fotomural de todas las mujeres que lucharon para ser reconocidas como ciudadanas con plenos derechos tanto en el ámbito social y político como en el cultural. 

    Comisarenco Mirkin, Dina, “La representación de la experiencia femenina en Tina Modotti y Lola Álvarez Bravo”, Revista de Estudios de Género, La Ventana, volumen 3, número 28, 2008, p.148-190.

    Pacheco, Cristina, “Lola Álvarez Bravo: el tercer ojo”, La luz de México. Entrevistas con pintores y fotógrafos, 2a. edición, México, Fondo de Cultura Económica, 1995, p. 44-61.

  • Adela Formoso de Obregón Santacilia (1905-1981)

    Adela Formoso de Obregón Santacilia (1905-1981)

    En la portada del número 22 de La Bola presentamos a la pedagoga, escritora, feminista y combatiente Adela Formoso de Obregón Santacilia, quien luchó por el acceso de las mujeres a la educación superior. Adela nació el 30 de junio de 1905 en la ciudad de México. Hizo estudios dentro del campo de la docencia y a los 16 años comenzó su activismo e incursión en el feminismo. En 1926, junto con Luis G. Solana, fundó la primera orquesta integrada por mujeres en México. También formó parte del Ateneo Mexicano de Mujeres, en 1934.

    En 1943, Adela Formoso impulsó la fundación de la Universidad Femenina de México en el Distrito Federal, con la finalidad de luchar contra la desigualdad y disparidad entre mujeres y hombres dentro del sistema de educación superior del país. La Universidad fue incorporada a la Universidad Nacional Autónoma de México, brindó una educación integral para sus alumnas, las cuales también podían cursar el bachillerato que abarcaba cinco áreas distintas: Humanidades y Letras; Ciencias Sociales; Ciencia de la Física, Química y Biología; Ciencias de la Salud y Arquitectura. Las aspirantes a nivel superior podían optar por cursar las licenciaturas en Letras, Archivonomía, Biblioteconomía, Asuntos Internacionales, Periodismo, Auxiliar Médica, Auxiliar de Odontología y Química Farmacéutica Bióloga.

    El proyecto de la Universidad Femenina de México trascendió fronteras y durante el Primer Congreso de Universidades Latinoamericanas, en la Universidad de San Carlos de Guatemala, en 1949, ante una asamblea integrada mayoritariamente por académicos varones, Adela presentó su proyecto universitario y exhortó a trabajar por la igualdad educativa en Latinoamérica. 

    Formoso impulsó la creación de la Universidad Femenina en Veracruz (1950), Guadalajara (1951) y Acapulco (1961). Además, también abogó por la niñez desprotegida a través de la Asociación Pro Nutrición Infantil, así como del Comité Mexicano Pro Nutrición Infantil y el Comité Mexicano Pro Niños Desvalidos. 

    Adela Formoso de Obregón Santacilia, actriz y maestra feminista, haciendo uso de la palabra, ca. 1928. Colección: Casasola, Fototeca Nacional, INAH. Imagen tomada de: http://mediateca.inah.gob.mx/.

    De su obra escrita sobresalen los títulos: Espejito de infancia (1933), Yanalté: libro sagrado (1935), Adolescencia (1938) y La mujer mexicana en la organización social del país (1939), donde rememora a la luchadora insurgente Leona Vicario y reflexiona sobre la participación social de las mujeres mexicanas en la historia.

    Por su vocación e impulso a favor de la educación y los derechos de las mujeres recibió diversas condecoraciones, como la Orden de Orange-Nassau, otorgada por la reina Juliana de Holanda, la Medalla de Oro y la designación de Dama de América. Adela Formoso dejó de estar presente el 7 de junio de 1981, en la ciudad que la recibió al nacer. 

  • Rosario Ibarra de Piedra (1927-2022)

    Rosario Ibarra de Piedra (1927-2022)

    Diario de una huelga de hambre

    Lunes 28 de agosto de 1978

    La sed con calor es más y el sol cala muy fuerte sobre el atrio de Catedral. La Catedral se asienta y hierve. Con razón, el rojo de su tezontle se ha oscurecido. Las botellas de tehuacán, en un rincón, refulgen como diamantes. Nadie las ha abierto aún. Sólo algunas mujeres, al persignarse en la pila de agua bendita, se pasan tantita por la boca, mojan sus labios resecos. Altanera, la Catedral mira la vida pública a través de las rendijas en sus espesos muros. No ve mucho, la pobre, porque los mexicanos no suelen vivir la calle. Sin embargo, ahora, ochenta mujeres han venido a vivirla a ella. Pegadas a sus muros, buscan protegerse de los rayos que restallan sobre su espalda, lijando su superficie. De vez en cuando penetran en su interior y hurgan en sus bolsas del mandado junto a los confesionarios. Sus pisadas son más nerviosas que las de los fieles pazguatos o los turistas de boca abierta que frente a los monumentos arrastran los pies. Como que saben a dónde van. En 1968, los estudiantes subieron por su torre de empinados escalones y echaron a volar las campanas; ella oyó sus pisadas de tenis, sueltas y febriles, las sintió como cosquillas y, curiosamente, no le dieron opilaciones; al contrario, su repique era una viva gloria en el pecho. De tal manera, los estudiantes quisieron regresar a ella. Si en julio de 1968 se propusieron “ganar la calle”, en los meses que siguieron, su objetivo fue “tomar el Zócalo”, manifestarse en la Plaza. Poseer esa Plaza era gritar desde el centro mismo del país, desde el ombligo de la luna, la entraña de Tenochtitlán, el infinito lecho de Cortés y la Malinche, la región más transparente del aire, allí donde la luz aletea. Tomar la plaza era un acto trascendente y mágico, tocar sus campanas, liberar una bandada de palomas hacia los cuatro puntos cardinales, hacia los confines de la tierra; por eso, todas las marchas terminaban inevitablemente en el Zócalo. Una tarde de agosto, después de la jubilosa manifestación de más de cuatrocientas mil personas el 27, los muchachos decidieron permanecer, quedarse de pura tanteada toda esa noche y el tiempo que fuera necesario, para instar al gobierno a iniciar el diálogo; encendieron fogatas en la explanada, se sentaron en torno a su calor. No transcurrió mucho antes de que se abrieran las puertas de Palacio y varias columnas de soldados salieran corriendo con bayoneta calada. En la calle, catorce tanques esperaban para desalojar a tres mil estudiantes. Fue el principio del fin.

    Diez años después, la Catedral ha sido tomada. La han poseído las mujeres. “¡Qué bárbaras!”–me dice Neus Espresate–, “¡mira que escoger Catedral para hacer allí su huelga de hambre!” Sonríe admirativa. “Mira que se necesita,… El problema es: ¿las dejaran?”

    Rosario Ibarra de Piedra en la protesta realizada frente a Catedral. Fotografía: Archivo Proceso. Imagen tomada de: https://www.proceso.com.mx/nacional/2022/4/16/fotografias-registraron-la-lucha-de-rosario-ibarra-de-piedra-284400.html.

    Como sombras, algunas mujeres atraviesan el atrio; otras se meten y horadan la penumbra, las veo afanarse en torno a sus bolsas de plástico, sus suéteres y sus chales hechos bola; una viejita de plano se ha metido dentro de un confesionario y duerme. Por su rostro inquieto se entrecruzan las rápidas pesadillas del cansancio. Sentadas en el suelo, las piernas estiradas, dos señoras apoyan su cabeza contra el muro. Afuera, los muros les sirven para recargar y exhibir los grandes retratos de sus hijos impresos en un cartel blanco y negro: Jesús Piedra Ibarra, Rafael Ramírez Duarte, Javier Gaytán Saldívar, Jacob Nájera Hernández, Jacobo Gámiz García, José Sayeg Nevares, José de Jesús Corral García, Francisco Gómez Magdaleno y tantos muchachos más que nos miran desde su foto tamaño miñón ahora amplificada, sus rasgos agrandados a la fuerza, sus cejas más negras, más grave aún la expresión de sus ojos serios, ojos de credencial, ojos de “éste soy yo, mírenme bien, soy yo, y soy responsable de mí mismo, de este espacio ovalado que ocupo”. Diez años después del Movimiento Estudiantil, los mexicanos jóvenes siguen desapareciendo. Sus madres, sentadas en las bancas de madera, son vírgenes de dolores, pietàs, agrias figuras maternas, figuras que sólo esculpen el rencor, la fatiga y el aire catedralicio que en su entorno, por quién sabe qué fenómeno físico, parece aislarlas en un espacio blanco. ¿Por qué blanco si todas las madres de los presos, desaparecidos y exiliados políticos están vestidas de luto? Bueno, no todas, las que pueden, las que tienen alguna ropa oscura, porque se trata de mujeres muy pobres. Anoche bajaron del autobús que las trajo, cada una por su lado, de Sinaloa, de Sonora, de Guerrero, de Monterrey, de Jalisco; son ochenta y tres mujeres y cuatro oaxaqueños en una huelga de hambre que empezó con el día: lunes 28 de agosto de 1978. Ahora pasan de mano en mano una botellita de tehuacán: “¿Gusta?” me pregunta Celia Piedra de Nájera con esa gentileza que en algunas ocasiones parece una despiadada ironía:

    –No gracias, ¿cómo les voy a quitar su agua?

    –Ahí tenemos más.

    –De todos modos no, se lo agradezco.

    Todas acudieron al llamado de una sola: Rosario Ibarra de Piedra, quien ahora va y viene en el atrio porque los tehuacanes tienen que quedar en la sombra y hay que hacerles un tendidito, los volantes aún no llegan y ya deberían andarse repartiendo en la calle, muchos periodistas no están enterados y la comisión que debió avisarles aún no rinde su informe. El sol pega y hierve el tezontle rojo de los muros; pienso en la moronga que se oscurece a medida que avanza el día en los comales de las taquerías cercanas a Catedral. Fuera del atrio, en la banqueta, la gente pasa indiferente a pesar de una manta roja muy larga que dice en letras negras: “Los encontraremos”. Una hilera de mujeres sostiene una cartulina blanca. Anuncian: “Huelga de Hambre”, cada una con una letra. La de la segunda H parece especialmente agobiada; se ha enroscado su suéter en la cabeza para atajar el sol, lo mismo han hecho varias otras, de suerte que vistas de lejos bien podrían ser placeras regateando en el mercado. Y es triste que lo sean; están en la plaza ¿no es cierto? y regatean exigiendo al gobierno la vida, la presencia de sus hijos. Para una madre, la desaparición de un hijo significa un espanto sin tregua, una angustia larga, no sé, no hay resignación, ni consuelo, ni tiempo para que cicatrice la herida. La muerte mata la esperanza, pero la desaparición es intolerable porque ni mata ni deja vivir.

    Una tarde en mi casa dejé sola a Rosario Ibarra de Piedra mientras iba a contestar el teléfono, entre tanto empezó a llover. Cuando volví la encontré llorando: “¿Qué le pasa, Rosario?” “Es que pensé que donde quiera que esté mi muchacho ha de estarse mojando”. A Rosario tan valiente, tan controlada siempre, por quién sabe qué mecanismo descompuesto la lluvia figurada sobre la espalda de su hijo le abre las compuertas del llanto. Agua rápida, despeñada. Tanta agua ha corrido desde los primeros meses de su búsqueda, cuando la esperanza era violentísima, la del encuentro, la recuperación, tanta agua hasta ir a dar al Canal del Desagüe: “Señora, tenemos aquí dos cuerpos que encontramos en el Gran Canal, a lo mejor son de los suyos, en todo caso, venga a reconocerlo”. Y sí, allí sobre la plancha fría, dizque higiénica, dos cadáveres de muchachos atados de pies y manos cada cual con un solo balazo: uno en la nuca, el otro en la frente; ninguno de los dos mayor de los dieciocho; los dos en estado ya de descomposición. Pero ésos no son los únicos; en la autopista México-Querétaro, Rosario corrió al encuentro de tres cadáveres abandonados, también vendados, y otros dos que sacaron de una zanja cercana al aeropuerto. “Pa’que escarmiente –le dijo uno de la Federal de Seguridad–  pa’que les digan a sus hijos que no se metan con nosotros”. Pienso en el archivo gigantesco que vi en Ginebra, donde se alinean los desaparecidos de guerra, los nombres de los judíos exterminados. Al menos merecieron una tarjeta dentro de un cajón de lámina que sale con la sola presión de la mano y exhibe nombre, edad, señas particulares, lugar y día de la muerte. Aquí en México, ¿en qué archivo de gobernación, en qué expediente, en qué ficha se pierden los pasos de un muchacho que nació hace diecisiete, veinte, veinticinco años? Seguramente la Federal de Seguridad recurre a la CIA, a la diligencia con la que consigna la historia de cada posible disidente, desde el nacimiento de su vello impúber hasta que entra a la Prepa y pega sus primeros carteles, hace sus primeras pintas, se pone de pie frente a sus compañeros para echar su rollo en la Asamblea, emocionadísimo, feliz, parado encima de su barril de pólvora. De allí a ser miembro del Comité de Lucha de la Facultad sólo hay un paso, después viene la huelga, la organización de las brigadas, el “volanteo”, el darse cuenta, como lo dijo Sartre, que “nadie se salva solo”.

    Quizá sucede lo mismo con otras madres, ahora en estos meses mojados y grises de agosto con sus atardeceres encapotados; quizá se sueltan a llorar sin pretexto, un llanto retrasado, que ya nada puede retener y del cual se disculpan cubriéndose la boca con su pañuelo. Una de ellas se me acerca, veo en su bolsa del mandado de plástico verde un rollo de papel higiénico. “De veras, si las dejan dormir aquí, ¿dónde harán sus necesidades?” A Rosario Ibarra de Piedra, muy delgada, muy frágil dentro de su vestido negro, la siento sobreexcitada; va de un grupo a otro, cierra los ojos bajo el sol y dice parpadeando: “Ahorita vengo. Corro a la caseta porque necesito hacer una llamada como la que le hice a usted; traigo un montón de veintes para los días que vienen”, camina sobre sus tacones negros, camina mucho dentro del atrio; va del interior de Catedral hacia la calle, regresa porque algo olvidó. Me asombro: “¿Cómo va a aguantar?” Siempre he visto que los que hacen huelga de hambre procuran economizar energía y calor y permanecen acostados. Así en 1961, vi en San Carlos a Juan de la Cabada, a Benita Galeana, a los dos Lizalde, Enrique y Eduardo, a José Revueltas, a Carlos Monsiváis y José Emilio Pacheco; arrebujados en las cobijas, desmelenados y ojerosos como niños a quienes el sueño se les enreda en las pestañas. Se habían solidarizado con la huelga de hambre de los ferrocarrileros y de Siqueiros en Lecumberri. (Nombro a Siqueiros no para significarlo sino porque él no era ferrocarrilero.) Así vi días después a los militantes presos Alberto Lumbreras, Gilberto Rojo Robles, Dionisio Encinas, Miguel Aroche Parra, Filomeno Mata, “el viejito” Mata como le decían, y a Demetrio Vallejo lleno de sondas y amarrado con vendas a su cama de enfermería de Santa Marta Acatitla; así habría de ver años más tarde, en 1968, a Gilberto Guevara Niebla, verde y sobre todo enojado, en su crujía A, extraviado en medio de un insoportable hedor a limones podridos que los policías habían dispuesto se recogieran en una sola celda repleta de cáscaras, contigua a la suya.

    Ahora miro a estas mujeres trajinar, asolearse, olvidadas de sí mismas; me preocupa sobre todo Rosario quien no cesa de sonreír animosa, alegre casi. Me aclaró por teléfono: “Ya le pregunté a mi esposo y dice que no pasa nada, que el cuerpo puede aguantar muchos días con agua y azúcar y sal; chuparemos limones con tantita sal, con azúcar y agua, mucha agua. ¡Hasta sirve para eliminar toxinas!” También comentó alborozada desde su caseta telefónica: “¡No llevamos ni una hora aquí y ya han venido de varias agencias internacionales, de la Associated Press, la Reuter, la  Efe de España y una checoslovaca. Les avisé también a Marlyse Simons del Washington Post y a Alan Riding del New York Times. Hemos tenido mucha respuesta, un gran apoyo. Nos van a acompañar algunos muchachos del PRT. Al rato viene un reportero del UnomásUno. Se portan bien éstos del UnomásUno. Véngase usted pronto, Elena, no me vaya a decir que no puede, que los niños, que la escuela, véngase lo más pronto que pueda!”, y ahora que estoy aquí, Rosario me hace una pequeña señal con la mano y corre hacia la calle, vuela casi. Con razón, el subsecretario de gobernación Fernando Gutiérrez Barrios le dijo: “¡Es usted la más tenaz que he conocido!” De verdad hay que ser tenaz para luchar contra la incertidumbre, la ausencia y el deseo de capitular, factores más fuertes que el enemigo mismo.

    Mi muchacho era bueno, no le hacía daño a nadie, mi muchacho era bueno, no le hacía daño a nadie, mi muchacho era bueno, no le hacía daño a nadie, mi mucha…

    Y ellas ¿de quién son enemigas? Miro sus ojos negros, desvalidos, duros a veces, sus ojos que desvían la mirada (¿qué diablos querrá esta gringa?) sus ojos de pobre. Sé que muchas no acudieron al llamado de Rosario. Algunos padres respondieron a propósito de su desaparecido: “Nosotros ya le mandamos decir su misa”. Ahora mismo, no son pocas las que se persignan ante el Cristo cada vez que se meten a Catedral. Se enrebozan frente al atrio; podrían ser miembros de una peregrinación, devotas cumplidoras de alguna manda; de hecho a dos de ellas se les asoma su escapulario, y es fácil imaginarlas prendiendo una veladora para que la Virgen les haga el milagro: la aparición de su hijo. Dentro de Catedral me siento junto a la señora García de Corral. Es una mujer maciza, que supongo alta; la voz gruesa. Habla golpeado. La creo norteña porque no se inhibe ni se apoca a diferencia de otras mujeres que se arrinconan como pajaritos asustados (al menos así las veo en este primer día de huelga). Yo misma obedecería si me sugirieran en la tranquila sombra de esta iglesia: “Vamos a rezar un rosario”. Pero la pregunta la tengo que hacer yo y no es piadosa.

    –Nosotros somos de Ciudad Juárez, Chihuahua –responde Concepción García de Corral–. En 1974, mataron a mi hijo Salvador Corral García, en 1976 aprehendieron a mi hijo José de Jesús, quien está desaparecido, y en 1977 mataron a mi hijo Luis Miguel Corral.

    –Tres hijos. ¿Y todos guerrilleros?

    Esta pregunta no les gusta a las madres de familia; ninguna salvo Rosario responde directamente. La mayoría niega estar enterada de las actividades del hijo y del motivo de su detención. Algunas explican con muchos pormenores cómo fue el arresto, pero ninguna sabe decir por qué. Al contrario, repiten una y otra vez, el rostro marchito: “Mi muchacho era bueno, no le hacía daño a nadie”. La señora García de Corral no se anda con contemplaciones ni me debe explicación alguna, ella viene a lo que viene: “Yo ando buscando al desaparecido. Lo aprehendieron en Puebla y dijeron que lo habían llevado al Campo Militar número Uno”.

    –Y ¿tiene más hijos?

    –Sí, pero no quiero hablar de ellos ni dar sus nombres, no me los vayan a matar también. Lo único que quiero es que me digan dónde está el desaparecido, Luis Miguel, que tiene veintiséis años.

    Cuando Rosario buscó a su hijo en todas las dependencias gubernamentales, pensó que otras mujeres debían estar en su mismo caso –no podía ser ella la única– y resolvió encontrarlas. Su esfuerzo culmina en esta huelga de hambre en Catedral a la que han acudido ochenta y tres mujeres, que piden la Amnistía General.

    Y qué, que nos digan locas

    Regresa Rosario; sé que es Rosario incluso antes de verla, lo sé porque reconozco su taconeo sobre las baldosas. Voy hacia ella:

    –Rosario ¿no se parece esta huelga a la de las Locas de la Plaza de Mayo, ustedes de negro y plantadas casi frente al Palacio de Gobierno?

    –Sí…

    –Pero ésta no es una dictadura, este gobierno no es el de Argentina, Rosario.

    –Pero si no actuamos puede llegar a serlo –sacude la cabeza con vehemencia como lo hace en cada ocasión en que digo algo que la desagrada–. ¿Usted cree que es normal que en un país desaparezca la gente?

    –Pero, Rosario, todos los gobiernos del mundo persiguen a sus opositores, sobre todo si éstos escogen las armas. ¡Yo no sé de una sola guerrilla que ande suelta por allí con el beneplácito de las autoridades!

    –¡Que se les juzgue si han cometido algún delito, pero que se les pueda ver! ¿Usted cree justo que yo no vea a mi hijo desde 1975? A nosotras pueden llamarnos las Locas de Catedral, las Locas de la Plaza de la Constitución, las Locas del 1º. de septiembre, no me importa, no me importa; hemos llegado al límite, éste es nuestro último recurso. No nos queda otra. Mire, al gobierno tal y como está, hay que arrancarle las cosas…

    –Pero Rosario, ésta es una medida política, ¿quiénes las aconsejan políticamente?

    –Nadie. Fui a ver hasta su casa al ingeniero Heberto Castillo. Me dijo que esperáramos al día del Informe a ver qué, insistió en que esta huelga era un error político, en que íbamos a frenar la amnistía; lo mismo advirtieron otras organizaciones y otros partidos, pero yo no podía detener ya a las demás mujeres, las ochenta y tres que aquí nos encontramos y que hace mucho queríamos entrar en huelga de hambre. ¡Algo teníamos que hacer por nuestros muchachos, Elena! ¿Qué no sabe usted que en Culiacán algunas madres de familia hacen una parada permanente frente al Palacio de Gobierno y no hay quién las mueva? El gobernador Alfonso Calderón Velarde les dijo: “Por mí se pueden quedar un año si quieren, aplástense ahí. A mí qué, yo no tengo a sus hijos”. A ellas también podrían llamarlas “Las Locas de Culiacán”. ¿Qué más da? ¿Usted cree que con llamarnos locas nos quitan algo? ¡No hombre! Que nos digan como se les antoje. Las de Sinaloa tienen años preguntando por sus esposos, sus hermanos, sus hijos desaparecidos. Fueron a ver al comandante de la Novena Zona Militar y nadie les dio una respuesta. En México ni el Jefe de Estado Mayor Presidencial, ni el Procurador de la República, ni el Presidente López Portillo, les han podido decir por ahí te pudres. Ya basta, ¿no? Ya es mucho peregrinar, mucho aguantar. ¿Que el gobierno no podría darnos a los familiares una lista de los muertos, una de los que podrían salir, y sí pueden cómo, en qué condiciones, si desean que vayamos a encontrarlos a otro país, etcétera?

    La voz de Rosario ha subido de tono, se ha hecho más rápida, demandante y la esperanza que hay en ella me resulta intolerable. Desvío la vista, y tras de Rosario, veo de pronto en la pared la estela plateada de un caracol que sube por el muro de tezontle. ¿Qué diablos hace un caracol en pleno zócalo sobre un muro rojo de Catedral? ¿Cómo llegó hasta aquí? Lo miro, me distraigo, descanso del dolor de Rosario, el caracol se desliza lentamente con su casa a cuestas, puedo ver su cabeza, sus cuatro cuernitos, avanza con dificultad, hace su camino, ¡cuánto esfuerzo, cuánto! ¿Cómo pudo llegar? Será porque es época de lluvias; su huella húmeda brilla al sol, es un cordón irisado; va derramando su baba, que no le pase nada, recuerdo que un día saltó un chapulín junto al lavabo y cayó adentro, lo saqué, lo puse en el suelo; pensé: “termino de lavarme los dientes y lo bajo al jardín”, pero entre tanto de un brinco fue a desnucarse contra el mosaico. Lo tomé entonces, pero ya era demasiado tarde y me reproché mi falta de oportunidad. Qué frágil es la vida de todo lo viviente: todo se juega en un segundo. Y ahora este caracol solitario que sube incauto dirigiéndose quién sabe a dónde, que no le pase nada, que no le pase nada a nadie, que no todo sea una amenaza, que la vida no sea este dolor intenso, esta lucha babeante, esta mucosa que vamos dejando, huella y camino a la vez, camino ¿a dónde? porque ya no sé si vale la pena morir por algo en este país, en este MI país, y sé que sólo la muerte es real, sólo la muerte es real, sólo la muerte es real.

    –Y ¿si están muertos?

    Rosario de nuevo sacude la cabeza: “Queremos sus cadáveres pero no fresquecitos, que no nos los maten ahora; que sepamos cuándo, cómo y dónde nos los mataron”.

    Varias veces le he preguntado a Rosario por fría y por imprudente: “¿Y si está muerto?” Ella se defiende siempre. Miro a Rosario. Hace un año la palabra “muerto” le era intolerable. Ahora el dolor la ha transformado en una luchadora política. En 1977, Manuel Buendía le dijo que él estaba en condiciones de informarle que su hijo había muerto. Rosario pidió una prueba. Al no tenerla, ha seguido en su lucha. Cuando yo insisto, Rosario me habla del Campo Militar número Uno, cuenta que un preso liberado le mandó decir que había visto a Jesús, que una gran cicatriz le atravesaba la cara, que lo trajeron de Monterrey espantosamente golpeado. Y sigue. Desde hace un año no tiene noticias, nada, pero ella cree, tiene fe, no se rinde, ella… Y luego alega:

    –Esta gente del gobierno es muy fuerte, Elena, muy poderosa. Usted cree que si quisieran librarse de mí ¿no lo habrían hecho? ¿Usted cree que no me dirían como se lo han dicho a otras: “Señora, usted tiene tres hijos más; le aconsejamos por el bien de sus hijos que deje esta lucha”? ¿No cree usted que podrían darme un mal golpe? ¿Machucarme cuando salgo de mi casa? Saben bien dónde vivo; durante días enteros se estaciona allí un coche sin placas con cuatro agentes de Gobernación. Por eso, sí creo que tienen a mi muchacho, si no, hace mucho que me hubieran obligado a desistir. Hay mil maneras de lograrlo. Si no me eliminaron antes, si me han dejado proseguir en mi campaña, fundar el Comité de Presos, Perseguidos, Exiliados y Desaparecidos Políticos, organizar manifestaciones, viajar y dar a conocer mi caso en ochenta ciudades de los Estados Unidos, va a serles mucho más difícil eliminarme ahora. Por estas razones, para mí muy poderosas, creo que tienen a mi muchacho.

    Pero también, y eso no se lo digo a Rosario, cabe la otra posibilidad; dejar morir el asunto, darle largas, y largas y largas, que pasen los días, los meses, los años, hasta que no haya una Rosario Ibarra de Piedra para moverlo y digan entonces: “Menos mal que se murió esta vieja tan terca”, que todo se soslaye, se agote por inanición. Debe ser ésta la tirada del gobierno, porque sacar a Jesús Piedra Ibarra ahora, después de cinco años, ¿acaso es posible? Sería la prueba irrefutable de que México es igual a las dictaduras latinoamericanas. Si sale “un” preso político, ¿por qué no cien, por qué no mil? Además, Rosario es ahora conocida internacionalmente; sacudió a las académicas sesiones de Amnesty International en Londres, la convocaron en Helsinki, en Bonn, en Berlín, en Estocolmo y ya no se diga en las ochenta ciudades norteamericanas cuyas universidades pagaron su pasaje; ¿podría enfrentarse el gobierno de López Portillo a una campaña internacional de esta magnitud, a las investigaciones de Jacoby en La Haya, de los parlamentarios ingleses, someterse a un juicio como lo son los de los dictadores de América Latina? ¿Sería justo para México?

    Lo mejor es darle la suave, aderezarlo a la mexicana, dejar que las señoras cacareen su desgracia, hagan sus manifestaciones, atenderlas incluso (Rosario vio treinta y seis veces al expresidente Echeverría, quien siempre la trató con finura, la recibió, solícito y cortés, la remitió a Ojeda Paullada, quien siempre la reconocía, sonreía al tenderle la mano, fruncía el entrecejo mientras la escuchaba: “Licenciado, mi muchacho, mi muchacho, licenciado”). ¿Qué otra salida le queda al gobierno de México? ¿Qué táctica a seguir? Conceder la amnistía, sí, esto es factible, pero ¿resucitar a los muertos, hacer que aparezcan los desaparecidos? Porque si Jesús Piedra Ibarra es del sexenio de Echeverría, siguen desapareciendo campesinos y obreros. Los únicos cómplices de los políticos son el tiempo, el cansancio y la rendición de los familiares, que además, si no fuera por la fortaleza de espíritu de Rosario Ibarra de Piedra, ya se hubieran rendido.

    –Entonces, está decidido, Rosario, ¿van a quedarse a dormir aquí?

    –Sí, absolutamente. Como cierran las puertas de Catedral a las cinco, las más viejas dormirán adentro, las más jóvenes nos quedaremos afuera. (Sí, no las demás, no las otras, Rosario ha dicho las más jóvenes. Sí, ¿cuántos jóvenes no quisieran la juventud de ella para día domingo?) Hemos traído sarapes, no hay problema.

    –¿No corren el riesgo de que les rompan la huelga?

    –Sí, claro, porque en los últimos meses el gobierno ha roto todas las huelgas, a los del Istmo que la hacían frente a la ONU, el gobierno los dispersó y los mandó para su casa.

    (Ahora sí, tres mujeres se han parado junto a nosotras; una de ellas sonríe y al hacerlo enseña mucho las encías y son tan rojas que parecen dos pedacitos de sandía).

    –Por eso –continúa Rosario– sería muy bueno que recibiéramos más apoyo popular, que se plantaran aquí e hicieran huelga con nosotros los representantes de organizaciones sindicales y de partidos. Mire usted, Elena, ¡cuántas somos! ¡Todas las que están allá en bolita son de Atoyac! Debería platicar con ellas.

    –Rosario –se acerca Vicky Montes con su pelo largo, suelto sobre los hombros. Es algo así como el lugarteniente de la señora Piedra–, Rosario, dice el padre Pérez que no podemos quedarnos a dormir aquí.

    Rosario reacciona inmediatamente:

    –¿Por qué? ¿Quién lo prohíbe? ¿Qué ley? (Rosario ahora siempre blande la ley.) A ver, vamos. (Y se dirigen hacia unas enaguas negras que aguardan amenazantes).

    Las lágrimas abren trincheras en la carne

    Recuerdo que las primeras veces que Rosario vino a la casa traía regalos, que una tortuguita para mis hijos Paula y Felipe, que flores para mí, que pan dulce para todos. Participaba en la vida familiar, platicaba con los niños. Un día a la hora de la comida hizo machaca con huevo, otro, aplacó a Guillermo exasperado, se puso a contarle de esto y de lo otro mientras yo la escuchaba yendo del comedor a la cocina. Rosario quería darse a querer y lo hacía con las armas consabidas: las de la amabilidad, el “Buenos días, vecino, buenos días, vecina”, acostumbrado en Monterrey, las pequeñas ofrendas que han de granjearse el “muchas gracias, no se hubiera molestado”. Escuchaba conversaciones que estaban a mil años luz de su interés, de aquello que la había traído a la casa: su hijo Jesús. En un momento oportuno trataría el tema, entre tanto, se amoldaría, paciente: “Sí, niño, sí, la tortuga en el jardín se te puede perder porque como es chiquita y su caparazón es cafecita se te puede confundir con la tierra, y entonces sí, no la vuelves a ver. Mejor déjala aquí en su cajita, tráele su pasto, lechuga”. “Sí, niña, sí, yo tengo dos hijas que alguna vez fueron como tú pero ahora ya están grandes y me ayudan mucho…” “Mire, Elena, no le haga caso a su marido, va a ver cómo se le pasa”. Allí estaba Rosario consecuentándonos a todos y yo ansiaba que no se fuera, porque desde niña y como ilusa que soy, siempre creo que las soluciones van a venir desde afuera.

    A lo largo de estos últimos cinco años, he visto transformarse a Rosario, convertir sus departamentos del Paseo de la Reforma y de Tlatelolco (floreados, de carpetitas tejidas y lámparas de buró) en su cueva en la colonia Condesa, todas las paredes tapizadas con los carteles de los hijos desaparecidos, letreros de “Se buscan”, de “Libertad a los Presos Políticos”, fotografías amplificadas, periódicos murales, letreros en inglés, en francés, recortes de periódicos alemanes y suecos. ¡Adiós colchas de color pastel y figuritas de porcelana! En el cuchitril hay dos cuartos, en total cuatro camas, más el sofá de la sala para que allí pernocten las compañeras, madres o esposas o hermanas de otros desaparecidos que vienen de Guerrero, de Sinaloa, de Monterrey. La cafetera casi siempre está prendida, las tazas en el pequeño fregadero muy a la mano para tenderlas a los que van entrando. Rosario ofrece, anima, cuenta, no desmaya nunca. Entran madres y padres de desaparecidos, estudiantes, simpatizantes, periodistas de México y del extranjero, militantes de los partidos políticos de izquierda, trabajadores del Cencos, muchachos que de pronto aparecen (porque sí aparecen), muchachas que la policía suelta después de la tortura y que Rosario acompaña a levantar un acta.

    Rosario ya no viene a verme con regalos, jamás pregunta por el marido, por los niños, y no es que no piense en ellos, es que esa etapa ya pasó. Primero en México, inició su búsqueda llevando la misma vida burguesa que acostumbraba en Monterrey. Era indispensable que la aceptaran. Cuando iba a ver a los distintos funcionarios lo hacía con el atuendo apropiado, bien peinada, la bolsa, el collarcito, los tacones, la organización externa que tranquiliza a los demás. Tomaba taxis. Esperaba en las esquinas. Esperaba en las antesalas. Sonreía. Sonreía siempre, no levantaba la voz, formulaba bien sus pensamientos, repetía su historia sin exaltarse para que los encumbrados la atendieran como a señora decente: “Pase usted, señora, entre usted a mi despacho”. Enrebozada, trenzuda, nadie la hubiera atendido; he aquí uno de los frutos de nuestra benemérita revolución. “Señora, por favor, entre usted”. “Muy pronto aprendí a no llorar ante ellos, Elena, casi desde la primera entrevista, para no darles ese gusto, para que no pudieran decir: ʽEsta pobre mujer no está en sus cabalesʼ”.

    Desde nuestro primer encuentro pude percatarme de cuán herida estaba; a sus ojos afloraron las lágrimas pero ella las retenía en un ejercicio de quién sabe cuántos días, cuántas noches. Cualquier mínima esperanza por absurda que parezca (un muchacho que sale y cuenta que en el Campo Militar número Uno supo de un Jesús con una cicatriz en la cara) es para ella la razón de un día más, la de no dejarse ir, de ejercer sobre sí ese trabajo continuo, diría yo de encauzamiento del dolor, de entrega a la busca de ese hijo probablemente herido de por vida.

    Rosario Ibarra de Piedra siempre portó un medallón con la foto de su hijo desaparecido, Jesús Piedra Ibarra. Fotografía: Marco A. Cruz. Imagen tomada de: https://polemon.mx/rosario-ibarra-de-piedra-en-la-memoria-del-pueblo/.

    No es que Rosario ahora ande vestida de mezclilla, no, su aspecto exterior es el mismo, quizás más estilizado. No es que no acuda a las oficinas de gobierno, es la manera como lo hace. Rosario nunca dice ya la palabra “maricón” porque los homosexuales, el Frente Homosexual de Acción Revolucionaria (FHAR) y el grupo Lambda, muy concretamente, la han apoyado y se han unido a sus marchas. Ningún resabio “pequeñoburgués” en sus diálogos con los demás, ningún afán de posesión, ningún deseo de sobresalir. Rosario está incendiada. Arde. Toda la noche. Arde como lámpara votiva. Nunca he visto a un ser tan absolutamente trabajado por el sufrimiento como Rosario, pero trabajado en el sentido de que la ha pulido, la ha adelgazado hasta ser casi puro espíritu, pura fuerza de voluntad vuelta hacia el hijo. Probablemente siempre ha llevado en sí todo lo que ella es ahora, no obstante es en estos últimos años que Rosario deshijada, deshojada de Jesús, se ha hecho a sí misma con la dura materia del ausente: la soledad, la desesperación, el amanecer sin nadie, las antesalas que terminan a las doce de la noche cuando ya el señor secretario bajó por su elevador privado, los camiones, el y ahora cómo me voy ¿en qué?, el pretender abordar hasta al presidente de la República entre guaruras y walkie-talkies, pisotones y el empujón definitivo: “Hágase a un lado señora, muévase”, en fin, todo el aplastante costal de angustias que carga una madre de hijo desaparecido, el fardo común a todas, a Vicky, a Concha, a Celia, a Eva, a Delia, a Elena, a Margarita, a María Eugenia, a Carmen, a Marta, a Teresa, tal y como lo confirma el joven actor del Sindicato de Actores Independientes, Fernando Gaxiola:

    –Mi hermano Óscar César estuvo tres años preso en Culiacán, de los 17 a los 20 años, y aunque esto afectó a mi madre, Marta Murillo de Gaxiola, podía visitarlo en la cárcel cada semana, pero ahora que está desaparecido, mi madre se consume en vida; lo único que quiere saber es si está vivo, si está muerto, qué es lo que pasa, qué es lo que las autoridades han hecho con él.

    Este texto es un fragmento del capítulo “Diario de una huelga de hambre” del libro de Elena Poniatowska, Fuerte es el silencio. Publicado por primera vez en 1980 por editorial Era, el libro recoge cinco relatos sobre la lucha popular por la democracia, la igualdad y la justicia. Posteriormente, la editorial Seix Barral publicó este libro y una versión abreviada del capítulo en Las indómitas (2016). El presente fragmento se reproduce con autorización expresa de la autora.

    Derechos Reservados © Elena Poniatowska Amor.

  • Hermila Galindo (1886-1954)

    Hermila Galindo (1886-1954)

    Pionera del feminismo mexicano

    Por Karla Motte

    La historia del feminismo mexicano tiene a una pionera fenomenal, revolucionaria y muy activa políticamente, en una época en la que se definía el proyecto de país en un sentido muy profundo. Se llamaba Hermila Galindo, una influyente sufragista duranguense que nació el 2 de junio de 1886 en Ciudad Lerdo. Su biografía ha sido ampliamente estudiada y probablemente es una de las feministas históricas mexicanas cuyo nombre cada vez se reconoce más. Incluso, en la Avenida Reforma ya contamos con una estatua en su honor, que forma parte del Paseo de las Heroínas, una iniciativa cultural que inició en el 2019 y se propuso incorporar estatuas de mujeres “reales” en el Paseo de la Reforma pues, aunque había alegorías femeninas (como la Diana o la Victoria Alada), antes de ese año todas las figuras que adornaban la emblemática avenida eran únicamente de varones.

    También el Congreso capitalino otorga cada año una presea que lleva su nombre, y es entregada a una mujer destacada en el ámbito de los derechos de las mujeres y la igualdad. La historiadora Rosa María Valles ha sido la estudiosa más profunda de su vida y obra, y ha tenido la oportunidad de leer el compendio completo de la revista La Mujer Moderna, editada por Hermila entre 1915 y 1919, la cual desafortunadamente no puede encontrarse en ningún repositorio o biblioteca pública. Rosa María ha logrado acceder a esa invaluable información del feminismo mexicano gracias a que la familia de Hermila conservó el material, pero su digitalización, reproducción o nuevo tiraje es un pendiente para poder difundir mucho más el gran legado de Hermila.

    Dado que las personas interesadas en conocer a profundidad la vida y obra de Hermila pueden conseguir fácilmente el libro Hermila Galindo. Sol de libertad de Rosa María Valles que está disponible en la red y que algunas de sus acciones son obligadamente referidas en cualquier análisis del sufragismo mexicano, en este artículo me limitaré a explicar una muy apretada síntesis de su biografía, pero con énfasis en la importancia que tuvo, en su momento, su alta pericia para difundir la causa feminista, ponerse al tú por tú con los machos de la revolución e introducir debates feministas en la prensa y en el más alto nivel de la política mexicana. Con ello podemos, en primer lugar, conectar el legado de Hermila con la inédita situación que se vive en el presente, cuando por primera vez en nuestra historia vemos a una mujer candidata presidencial con la competitividad para ganar la elección. En segundo lugar, quisiera incitar a una reflexión sobre una trayectoria propiamente mexicana del feminismo a través de la vida de Hermila, quien vivió una profunda transformación política y logró fincar su lucha en la situación específica de nuestro país.

    Y es que si bien en el presente el feminismo contemporáneo es una vanguardia ineludible de la política (tanto institucional como no institucional) y a nivel mundial se nutre de lo que sucede en todos los países, vemos que la vigorosidad de esta movilización social suele entenderse como si se desarrollara independiente a las coyunturas políticas propiamente mexicanas. Incluso en innumerables debates feministas se refiere continuamente a conceptos e ideas que se importan desde los países que supuestamente son los centros globales intelectuales y de pensamiento (Estados Unidos y Europa). Sin embargo, tenemos una trayectoria histórica riquísima que nos podría invitar a fortalecer un pensamiento feminista claramente mexicano, anclado en las especificidades de nuestro país. El legado de Hermila, con sus numerosos textos, conferencias, publicaciones, libros y propuestas es un gran ejemplo de que en un contexto de transformación como fue la Revolución mexicana, es posible que florezcan también las propuestas específicamente pensadas para las mujeres. De no haber ocurrido la hecatombe que a todos niveles implicó el estallido revolucionario, el feminismo mexicano no habría tenido ese escenario inigualable para desarrollarse y fincarse en nuestra cultura política.

    Hermila Galindo a sus dieciocho años, época en la que daba clases, R. Valles, 1904. Colección Archivo de Rosario Topete Galindo, Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Fotografía tomada de: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Hermila_Galindo.png.

    Hermila, la brillante oradora

    Uno de los episodios más brillantes de la vida de Hermila Galindo fue la forma en la que logró colarse en los más altos niveles de la política nacional, donde se puso de manifiesto que la oratoria era una de sus capacidades más fuertes y, a largo plazo, sería una actividad que la llevaría a las más altas esferas de la política nacional e internacional. Hermila comenzó su militancia en los grupos revolucionarios que apoyaron la candidatura de Francisco I. Madero; en su momento pasó de ser una férrea defensora de la democracia en su natal Durango para, posteriormente, formar parte de una de las asociaciones revolucionarias más importantes del país llamada “Club Abraham González”.

    En 1914 viajó a la ciudad de México y fue electa por esta agrupación como la oradora del acto de bienvenida del Ejército Constitucionalista encabezado por Venustiano Carranza, que entró triunfante en agosto de ese año por la histórica avenida que meses después Francisco Villa nombraría como Calle Madero. Carranza quedó sorprendido por la capacidad de oratoria y pasión de Hermila y decidió invitarla a formar parte de su equipo de trabajo como secretaria, que era la profesión que ella había desempeñado, pues estudió taquigrafía. Así, Hermila se unió a la facción que terminó ascendiendo al poder, donde encontró una plataforma inigualable para difundir su mensaje feminista, que era una aportación política para el gran proyecto nacional que estaba en proceso formativo.

    Venustiano Carranza abanderó la iniciativa de recoger las demandas sociales expresadas en la gran gesta revolucionaria y con ese motivo convocó a una gran convención a la que inicialmente acudieron las alas políticas más importantes a nivel nacional: zapatistas, villistas y constitucionalistas. Pero debido a dificultades y desavenencias políticas, ocurrió una ruptura y finalmente Carranza terminó siendo nombrado presidente interino. Mientras ocurrían todas esas peripecias, Hermila se convirtió en una de las personas más cercanas de Carranza y aunque por ser mujer no tenía las posibilidades de desarrollo político de sus compañeros varones, sí resultó ser muy influyente. Aunque cientos de mujeres también participaron en la lucha armada y no debemos escatimar su incorporación a los ejércitos, las armas de Hermila fueron la pluma y la palabra. Se dice, por ejemplo, que ella aconsejó a Carranza para emitir, en diciembre de 1914, la ley del divorcio que favorecía sobre todo a las mujeres, pues permitía que el contrato civil pudiera disolverse y, en su caso, contraer matrimonio si lo deseaban. Antes de esa ley un segundo matrimonio no podía llevarse a cabo por ley e implicaba que muchas mujeres tuvieran que permanecer con sus esposos en condiciones de violencia o, como consideraba Hermila, en una forma de esclavitud.

    Esa ley es paradigmática de los ideales de Hermila Galindo, pues diferenciaba claramente los principios religiosos que estaban detrás de un contrato que era únicamente de orden civil, pues el matrimonio “para toda la vida” tenía claramente una raíz católica. Hermila, a lo largo de su trayectoria política, expresó en múltiples ocasiones tanto en sus discursos como sus escritos, las consecuencias negativas de la moralidad católica, jerárquica e hipócrita, específicamente para las mujeres. Ella lograba explicar de forma muy clara que los límites impuestos para las mujeres, como por ejemplo el confinamiento a lo doméstico o la negación del placer y la autonomía sobre el cuerpo, tenían una raíz religiosa. Por eso defendía el laicismo, un principio juarista que compartía con los revolucionarios más radicales de la época, pero a diferencia de aquellos, ella lograba incorporarlo al pensamiento feminista que estaba dando sus primeros pasos en nuestro país.

    Podemos intuir, entonces, que apenas al iniciar su trabajo con el Primer Jefe, Hermila se aventuró a incorporar su pensamiento feminista en mejoras reales para las mujeres, además de que fue notoria la apertura de Carranza para entender la importancia de esa agenda. Del mismo modo, otros constitucionalistas como Salvador Alvarado, Francisco J. Múgica y Felipe Carrillo Puerto emprendieron políticas claras y abiertamente feministas en sus entidades. Hubo tanto hombres como mujeres que comprendieron que sin incorporar a las mujeres no podía hablarse de justicia revolucionaria.

    Hermila, la feminista incómoda

    En diciembre de 1915 el gobernador de Yucatán, Salvador Alvarado, convocó a las maestras de la entidad para organizar el Primer Congreso Feminista. Fue un evento parteaguas para la historia del feminismo mexicano y Hermila Galindo recibió una invitación especial del gobernador para asistir como encargada de dar el discurso de apertura el día de la inauguración. No es difícil intuir que, tanto por su cercanía con Carranza como por su notoriedad nacional como la gran feminista mexicana, su presencia sería redituable políticamente para el gobernador e imprescindible en el contexto político de la época. Desde un punto de vista estratégico, para Salvador Alvarado el evento pondría un tema inédito en el debate público, que estaba pasando por una coyuntura de primer orden, pues estaban próximo a iniciar los trabajos para la elaboración de la Constitución Política.

    El gobernador, de manera muy responsable, encomendó el trabajo organizativo del evento a un grupo de maestras de la entidad y ellas realizaron libremente todo el trabajo. En su momento, Hermila envió con bastante anticipación la ponencia que leería el día de la inauguración, que se titulaba “La mujer en el porvenir”, la cual abordaba de forma grandilocuente (como era su estilo propio) la necesidad de que las mujeres tuvieran el derecho a la educación y a la participación política. En la ponencia, Hermila planteaba la necesidad de que las mujeres tuvieran conocimiento de su cuerpo y sexualidad, lo que en su momento era muy poco común para los debates de la época. En las minutas de las reuniones organizativas puede constatarse que las maestras discutieron acaloradamente si Hermila debía participar o no, y si la ponencia podría ser leída. Muchas de ellas se opusieron sin expresar claramente las razones, aunque podemos aventurar algunas hipótesis: 1) que Hermila no era yucateca ni maestra, y no tendría por qué presentarse en la inauguración o 2) que la ponencia resultaba polémica y no les gustaban sus planteamientos.

    Las maestras acordaron que la ponencia no iba a ser leída, y por lo tanto Hermila no acudió al Congreso, lo cual es una muestra de que el gobernador Salvador Alvarado les brindó la libertad de tomar todas las decisiones. Sin embargo, es indudable que el gobernador quería tener ese gesto hacia Carranza y el día del evento un funcionario local que se encontraba en la mesa inaugural se levantó de su sitio y leyó el discurso en nombre de Hermila. Esta acción fue eminentemente política, pero de fondo, también fue una situación paradigmática de las profundas discusiones feministas de la época sobre temas de primer orden, como la sexualidad y la soberanía sobre el cuerpo por parte de las mujeres.

    De acuerdo con las crónicas, tras la lectura de la ponencia, se escucharon gritos y abucheos. Evidentemente las maestras que habían votado porque ésta no se leyera debieron estar muy molestas y no dudaron en expresarlo a lo largo del evento. Ciertamente la mayoría de ellas se colocaban muy a tono con la cultura de la época, donde se ensalzaban las cualidades maternales y la vida doméstica de las mujeres; aunque coincidían en la importancia de que todas las niñas tuvieran acceso a la educación. Probablemente les escandalizaba que se hablara de sexualidad, pero es más probable que de fondo, ellas ejercieran una resistencia al mandato político del gobernador para que Hermila tuviera el papel principal en la inauguración del Congreso. Es decir, para ellas, desde su punto de vista local como maestras, Hermila no tendría nada que aportar.

    Hermila, por su parte, era una férrea defensora del sufragismo feminista y veía al derecho al voto como un acto de justicia básico en un momento donde, además, consideraba que dar este paso era una posibilidad inminente. Ella era estratégica y tenía un olfato político muy agudo, por lo que seguramente, en caso de haber asistido al Congreso, habría hecho un intenso trabajo para convencer a sus compañeras. Las maestras yucatecas, por su parte, sí discutieron el tema pero no llegaron a un acuerdo y omitieron manifestarse sobre el tema. En ese Congreso algunas decían que el voto debía otorgarse sólo a las que fueran madres, otras que las mujeres no estaban listas todavía, otras que ya era momento e incluso se dijo que debía pedirse el derecho a votar, pero no a ser votadas. Como vemos, hubo discusión libre, un aprendizaje de lo que implicaba negociar y fue un ejercicio inédito y muy interesante, aunque con resultados poco contundentes frente a un tema que pudo haber cambiado el rumbo de la participación política de las mujeres mexicanas.

    Aunque esto es una especulación: si el resolutivo del evento hubiera sido una exigencia sobre otorgarles a las mujeres el derecho al voto, probablemente el gobernador Salvador Alvarado habría podido presentarse (como quería) frente a la política nacional con un tema innovador, y logrado negociar con Carranza y los legisladores con un respaldo relevante rumbo a la discusión de ese derecho. Pero no ocurrió así, probablemente porque la brillante oradora Hermila no acudió para convencer a las yucatecas.

    Hermila, la desafiante

    El proceso de discusión en el Congreso Constituyente era una oportunidad de oro para las sufragistas mexicanas. Hermila Galindo decidió enviar a los legisladores una comunicación exigiendo el derecho de las mujeres a votar y ser votadas, sin exclusión de ninguna por su educación, nivel económico o situación jurídica. Hermila ya había realizado un trabajo propagandístico importante de esta causa tanto con su actividad política como mediante la opinión pública. Ella buscaba posicionar este tema y otros tópicos feministas en el debate nacional y con este motivo fundó la revista La Mujer Moderna. Esta fue una publicación muy innovadora y el instrumento principal de Hermila para difundir sus causas y hacer propaganda y pedagogía sobre la inclusión de las mujeres en la política. 

    Al respecto, cabe señalar que tanto Hermila como muchas sufragistas mexicanas tenían la convicción de que el voto de las mujeres era inminente. Aunque había discrepancias sobre la forma en la que debía avanzarse en este derecho, Hermila mantenía la postura más radical en la materia, asegurando que debía otorgarse a todas las mujeres sin excepción, para votar y postularse a cualquier cargo público y además a nivel nacional. Ella argumentaba que en nuestro país todos los hombres mayores de 21 años podían votar (a los 18 accedían a la ciudadanía quienes ya estuvieran casados), fuesen o no analfabetas, por lo que era injusto que a las mujeres se les negara ese derecho aunque algunas tuvieran más educación. Por eso, para ella, debía aplicarse el mismo principio a las mujeres, desde una perspectiva de igualdad radical. Además, también argumentaba la injusticia de que las mujeres pudieran ser juzgadas en los tribunales igual que los varones, pero no tuvieran derechos políticos. 

    Como vemos, cuando en la actualidad hay quienes llegan a afirmar que las sufragistas eran “blancas burguesas” que solo querían derechos para ellas, es notorio que desconocen los debates, propuestas y contexto propiamente mexicanos. Si bien en Estados Unidos algunas sufragistas no pedían la ciudadanía para las mujeres negras por su situación de esclavitud y debido al segregacionismo, en México tenemos una historia propia que surgió de una revolución. No hay necesidad de recurrir a contextos que no nos interpelan, sobre todo cuando se busca estigmatizar, con mucho desconocimiento, a feministas como Hermila, que pertenecieron a un movimiento que en su momento fue muy emancipador y tenía propuestas amplias en torno al mejoramiento de la vida de las mujeres. 

    Hermila Galindo anuncia su candidatura para el 5º distrito electoral del D. F., Mujer Moderna, 11 de marzo de 1917. Colección: Centro de Estudios de Historia de México Carso. Imagen tomada de https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Hermila_Galindo.

    Hermila Galindo fue desafiante ante la negación del sufragio femenino por parte de los Constituyentes de 1916-1917. Ella dijo interpretar el artículo 34° que estaba redactado en masculino, como si incluyera también a las mujeres. Si siempre nos habían repetido que el masculino era genérico y también nos incluía, ella usó ese argumento a su favor para postularse como candidata a diputada federal. Esa decisión tuvo una cobertura muy amplia en la prensa y le fue útil a Hermila para difundir el feminismo sufragista. Por otra parte, puso de manifiesto que el genérico masculino no es realmente universal, sobre todo si está en la ley. Si las mujeres no estamos referidas explícitamente en las leyes, entonces corremos el riesgo de que nos digan que nuestros derechos no existen. 

    Como era de esperarse, su postulación no fue respetada y ella dijo que había ganado, pero finalmente su simbólica postulación fue una estrategia muy inteligente de difusión pero también de desafío ante los legisladores omisos a un tema que los habría podido colocar a la vanguardia del mundo. La Constitución de 1917 que fue la primera en todo el globo con contenido social, desafortunadamente no incorporó las justas demandas de las mujeres. 

    A pesar de la decepción de Hermila frente a la negativa de los legisladores y políticos revolucionarios por hacerle justicia a las mexicanas, ella continuó haciendo un trabajo político al lado de Carranza, sobre todo en el ámbito de las relaciones internacionales. Escribió un libro sobre la soberanía nacional titulado La Doctrina Carranza y el acercamiento indolatino y visitó diversos países para dar a conocer el trabajo político revolucionario en otros países. También aprovechó la oportunidad para tender redes con feministas latinoamericanas. 

    Aunque Hermila se desprendió de la vida política con el asesinato de Venustiano Carranza en 1919, su labor sentó las bases de un feminismo más amplio y organizado que se fortaleció en las décadas de 1920 y 1930 y que llegó a formular agendas muy amplias para todas las mujeres. 

    A modo de conclusión

    Hermila Galindo fue pionera de temas diversos de los feminismos históricos y demostró altas capacidades, en un momento crucial de nuestro pasado, para incorporar una agenda totalmente innovadora para la época, con cuestiones como la educación sexual, el placer femenino, la inteligencia de las mujeres, su autonomía y sobre todo, la injusticia que implicaba mantenerlas al margen de la vida pública. 

    Fue una mujer apasionada y consciente de la época de cambio que se presentaba ante sus ojos. A la altura de su momento histórico, se colocó estratégicamente en los más altos niveles políticos para impulsar la igualdad de oportunidades para todas las mujeres de su época. Los derechos políticos y sociales que gozamos las mujeres en la actualidad harían sentir orgullosa a Hermila Galindo, la revolucionaria. 

    Su labor política es ejemplo de que, en nuestro país, la política fue un medio crucial para hacer avanzar la agenda feminista en un sentido amplio. 

    Karla Motte, Daniela Santiago, Tania Ariza, Horacio Cruz, Eduardo Quintanar y Noemí Juárez, Sufragistas mexicanas. Por el derecho a votar y ser votadas, México, INEHRM, Brigada para leer en libertad, 2023. Disponible aquí: https://brigadaparaleerenlibertad.com.

    Rosa María Valles, Hermila Galindo. Sol de libertad, México, Gernika, 2015. Disponible aquí: HERMILA GALINDO. SOL DE LIBERTAD (uaeh.edu.mx).

    Rosa María Valles, “Hermila Galindo. Un caso de feminismo ilustrado en los albores del siglo XX”, Revista de Historia de América, número 142, 2010, p. 37-55.

    Ana Lau Jaiven, “Entre ambas fronteras: la búsqueda de la igualdad de derechos para las mujeres”, Política y Cultura, número 31, 2009, p. 235-255.

  • María Félix (1914-2002)

    María Félix (1914-2002)

    Empoderamiento femenino en la industria cinematográfica mexicana

    Por Ana Salinas Alverdi

    Hablar de María Félix es adentrarnos en la vida de una mujer que se volvió leyenda. Recordada por su extraordinaria belleza y su inquebrantable carácter, “La Doña”, es tal vez una de las grandes estrellas del cine latinoamericano y, sin lugar a duda, de las representantes más importantes del Cine de Oro Mexicano.

    Su vida refleja la trayectoria de una mujer que se abrió paso durante la década de 1940 en una industria dominada por hombres, en un país que se estaba gestando bajo el proyecto posrevolucionario y en un contexto que no consideraba a las mujeres como ciudadanas.

    Descubierta de manera fortuita en las calles de la ciudad de México a inicios de 1940 por el cazatalentos Fernando Palacios, la joven María de los Ángeles Félix Güereña incursionó en la industria cinematográfica a pesar de que en su proyecto de vida no consideraba acercarse a esa industria.

    Durante este periodo, el cine mexicano era uno de los grandes proyectos artísticos y culturales que consagró a diversos actores, actrices y directores como íconos internacionales. Es decir, una verdadera maquinaria que, impulsada por el capital estadounidense, llegó a todas las pantallas de América Latina. Esta gran industria estaba completamente alejada de la vida que la joven sonorense tuvo hasta el momento, pero a la que una vez descubierta se integró sin mayor reparo.

    Nacida el 8 de abril de 1914 en el seno de una familia sonorense, fue contemporánea del estallido y desarrollo del movimiento armado revolucionario, el cual afectó buena parte del país y cimentó las bases del México moderno.

    Su padre mantenía buena relación con el gobierno central de la ciudad de México. Años después su familia se trasladó a Guadalajara, Jalisco. Ahí creció junto a sus hermanos y cursó sus estudios básicos y medio superior, destacando rápidamente por su belleza, misma que le granjeó ser coronada como Reina de Belleza del Carnaval de Guadalajara en 1930.

    Poco tiempo después contrajo nupcias con Enrique Álvarez Alatorre y engendraron a su hijo Enrique Álvarez Félix. Sin embargo, en su autobiografía la actriz señaló la necesidad de huir del hogar paterno y, como único medio de escapar de esa realidad, el matrimonio fue la primera opción. Tal vez esa fue una de las razones por las que su relación no prosperó. 

    De aquí en adelante, poco se supo de las condiciones del primer divorcio de María, pero en algún momento mencionó el “robo de su hijo” por parte de su ex marido como consecuencia de la separación. En su autobiografía afirmó que sólo pudo recuperarlo años después, cuando ella ya era una artista consumada.

    Lo cierto es que antes de sus treinta años, María Félix se encontró divorciada, sola y con un futuro incierto. Así terminó en la ciudad de México, donde consiguió un trabajo en una pequeña clínica. Poco después, terminó por ser descubierta e invitada a integrarse a la industria cinematográfica.

    Retrato de María Félix, ca.1945. Colección: Archivo Gráfico de El Nacional, Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México.

    El debut de María Félix llegó en 1943 con el filme El Peñón de las Ánimas, de Miguel Zacarías. En esta producción compartió créditos con Jorge Negrete, el cual ya era el mayor representante de la comedia ranchera del cine nacional, género que evocaba el idilio del pasado antes del estallido de la Revolución. Este debut en la pantalla grande fue totalmente atípico para los estándares de la industria, pues María era una actriz primeriza y una completa desconocida a lado de un consumado actor y cantante. Entonces la mayoría de las actrices iniciaban su carrera durante su infancia o adolescencia y ella ya contaba con 29 años.

    Aunque el filme fue del gusto de la crítica y del público, María era una actriz inexperta y tanto su personaje como su actuación distaban mucho del carácter gallardo e inquebrantable con el que pasó a la posteridad. El éxito cosechado con El Peñón de las Ánimas le permitió interpretar posteriormente a un personaje catalogado como: “la devoradora de hombres”, en el filme Doña Bárbara (1943), de Fernando de Fuentes. Este papel le otorgó su famoso mote de “La Doña” y le permitió mostrar su carácter enérgico y seductor, rompiendo los estereotipos de las actrices femeninas y los personajes que encarnaban, casi siempre sumisos y bondadosos.

    El público alabó a la actriz y la catapultó al cariño de la audiencia mexicana y latinoamericana. Las ofertas de filmes le llegaron y, aunque la mayoría no gozaron de un argumento interesante, las películas resultaron un éxito porque la tuvieron a ella como protagonista. María Félix se convirtió en la primera estrella femenina del star system mexicano o, en otras palabras, producciones con éxito garantizado por sus protagonistas.

    Algunas producciones como La monja alférez o El monje blanco tuvieron a María Félix actuando en diferentes atuendos más cómo excusa para vender el filme, que una película con una historia desarrollada. Por otro lado, algunos largometrajes aprovecharon el impulso de “Doña Bárbara” y presentaron argumentos en los que la sonorense pudo capitalizar y sumar los atributos que le dejó el personaje de Bárbara. Algunos de ellos fueron: La mujer sin alma, La devoradora o Doña Diabla. Títulos que aluden a su frialdad, que destacaron su belleza en cámara y que la mostraron como una mujer individualista, dueña de sí misma y de su cuerpo, consciente de su poder sobre los hombres.

    Al mismo tiempo que estas películas se encontraban en cartelera otros géneros cinematográficos gozaban de popularidad. Las filmaciones de María Félix tuvieron que  competir con otros géneros como el de rumberas y bataclanas, que gozaron en aquellos años de un gran gusto del público. Sin embargo, estas expresaron un corte más moralizante hacia las figuras femeninas. Actrices como Andrea Palma, Ninón Sevilla o Meche Barba vieron cómo sus personajes se volvieron ejemplos de una conducta sexual inapropiada y castigada por la sociedad. 

    No es de extrañar, entonces, que al ser estas las películas de la competencia, María Félix pudo alzarse como una mujer “verdaderamente libre” y un modelo a seguir para muchas mujeres mexicanas y de otros países. 

    El trabajo de María Félix junto a Emilio “El indio” Fernández le abrió la puerta al mercado cinematográfico europeo. Filmes como Enamorada (1946) la llevaron a explorar el género del melodrama revolucionario y le permitieron trabajar con actores como Pedro Armendáriz, Columba Domínguez, Miguel Inclán o Carlos López Moctezuma. Y aunque Europa se volvió su segundo nicho, la sonorense buscó alejarse del mercado estadounidense (pesé a que fue muchas veces invitada). Es particularmente recordada por su participación en el filme Hechizo trágico (1951), tal vez una de sus mejores actuaciones.

    María Félix en Enamorada (fotograma).

    Aunque la carrera de María parece a veces solitaria y en muchos momentos pidió que no se le comparará con sus compañeras actrices, lo cierto es que tuvo buena relación con algunas de ellas. Tal es el caso de Dolores Del Río, que aunque la prensa siempre buscó incentivar una aparente rivalidad entre ellas, al ser las más reconocidas actrices mexicanas tanto fuera como dentro de la industria, María siempre habló entrañablemente de Del Río. Ambas mujeres tuvieron una trayectoria diferente, pero fueron buenas amigas. El único trabajo juntas en pantalla y en el que se puede observar la química entre ellas es el filme La cucaracha (1969), de Ismael Rodríguez.

    La vida personal de la actriz también fue objeto de admiración y de dura crítica. Desde sus diversos matrimonios (tal vez los más famosos con Agustín Lara y Jorge Negrete), siempre fue cuestionada por su forma de relacionarse con los hombres. Ella jamás negó que vivió el gozo pleno de su sexualidad. María Félix se autodenominaba como una “mujer con corazón” de hombre. Esta aparente “masculinización” de alguna manera le permitió sobrevivir en la industria cinematográfica mexicana, dominada en aquella época prácticamente por hombres. En este medio fueron pocas las actrices que consiguieron abrirse paso y lograr una igualdad salarial a sus contrapartes masculinas.

    Durante la década de 1960, la actriz filmó pocas películas y muchas de ellas pretendieron evocar el antiguo éxito del melodrama revolucionario cultivado 20 años antes. Aunque esta década trajo un impulso al cine nacional, figuras como María Félix parecieron quedarse atrás con las exigencias del nuevo público mexicano. La actriz, ya consagrada como una estrella de cine, se retiró de las pantallas en 1970 con el filme La generala.

    Aunque en sus últimos años de vida María Félix participó algunas veces en la Televisión mexicana, su leyenda ya estaba conformada. La diva nunca se consideró un ejemplo a seguir, pero lo cierto es que logró dejar una huella notable en la memoria fílmica mexicana y en la sociedad que la vio volverse una estrella de talla internacional. Su vida se volvió sinónimo de empoderamiento femenino.

    Benavente Morales, Carolina, “Divina. Consagración cultural y usos de lo sagrado en la actriz mexicana María Félix (1914-2002)”, Convergencia. Revista de Ciencias Sociales, volumen 17, número 52, enero-abril de 2010, p. 261-288.

    Félix, María, Todas mis guerras, México, Clío, 1993.

    Félix, María, Una raya en el agua, México, Sanborn Hermanos, 1997.

    Juárez Álvarez, Rodolfo, “El cine como torbellino: las estrellas, María Félix, La escondida y los públicos en Tlaxcala”, Miradas al cine mexicano, volumen 1, México, Instituto Mexicano de Cinematografía, 2017.

  • Nancy Cárdenas (1934-1994)

    Nancy Cárdenas (1934-1994)

    Una estratega de la pluma y la acción

    Una serie de sucesos concatenados entre sí develan realidades que conviven de manera paralela, aunque no dejan de estar interconectadas. Ocurre más de lo que se suele admitir. Hay protagonistas que permanecen en el anonimato hasta que un buen día la curiosidad, la duda, el encuentro con un pequeño trozo, materializa la memoria que está ahí esperando el momento de ser advertida. El siguiente relato se encuentra auspiciado en esta primicia, una mujer visionaria cuya tenacidad la acompañó en todo lo emprendido. Dejó una huella indeleble que los últimos años ha irradiado en las artes escénicas, la poesía y la conformación de la historia de nuestro país, propiciando cavilaciones y nociones de quienes hemos gustado de su legado, compromiso social y entereza. 

    Nancy Cárdenas es una figura mexicana plural y emblemática. Al historiar los hechos de que formó parte; la manera de conducirse, según fuentes orales y escritas; su postura civil contestataria; muestran una mujer que lideraba de forma innata. Su vida es una constancia de que cada acción es política y que estamos inmersos en ella. Aun cuando cuestionamos la interacción social, hay un camino por andar hasta lograr una conciencia e introspección permanente. Comentaba Nancy en una entrevista a Leticia Singer para la revista Activa: “no me agrada que me llamen liberada, porque sigo luchando por lograrlo, por desprenderme de todas esas ideas adquiridas a través de una práctica moral, muy difícil de expulsar”.

    Retrato de Nancy Cárdenas. Imagen tomada del artículo de Leticia Singer, “No soy una mujer liberada”, Activa, sin fecha.

    Ha sido distinguida como ícono de ciertos círculos y banderas que se agitan rememorando el camino que allanara, es el caso del actual Movimiento LGBTTTIyQ. Investigaciones publicadas sobre la segunda mitad del siglo XX en terrenos de dramaturgia, poesía y puestas en escena confirman sus aportes desde distintas perspectivas, lo cual ha auspiciado la existencia de un entramado que se adentra en sus avezadas propuestas. Anécdotas y acaecimientos narrados por diferentes voces alaban y exaltan sus procederes, mientras otras enfatizan lo que consideran sus desaciertos. Pensarla en un solo sentido sería disipar su itinerario. Considero que cada espacio transitado por Nancy Cárdenas tiene un vestigio, semillas cosechadas y otras por descubrir. Como bien diría su entrañable amigo Carlos Monsiváis “eres un fenómeno unitario en tus poemas… en tus puestas en escena, en tu actividad política, en tu teatro, artículos… lucha por los derechos tan irrefutables de las minorías”. 

    Al otear la sucesión de acontecimientos pasados, especialmente los que influyeron en las políticas públicas, determinismos por nacer hombre o mujer, el proceso de resarcimiento de parámetros que enmarcan la normalidad de la sexualidad humana, indiscutiblemente nos muestran personajes que resuenan en nuestro presente. Familiarizarnos con su historia nos incita a responsabilizarnos de nuestro actuar cotidiano y su alcance futuro. 

    El nacimiento de Nancy fue durante la tercera década del siglo pasado en la ciudad de Parras, Coahuila. Acostumbraban en familia viajar a la ciudad de Saltillo, brindándole la oportunidad de asistir al Cine Palacio, diseñado en los años cuarenta con un estilo Art Decó por el arquitecto Mario Pani Darqui, y maravillarse con el trabajo de Virginia Fábregas, María Teresa Montoya y Fernando Soler en un escenario teatral. Ese mundo despertó en ella la necesidad de adentrarse. Así lo hizo: a los diecisiete años actuó con un grupo local de aficionados. 

    En el año 1952 escribió sus primeros poemas y principió sus estudios de educación media superior en el Bajío al mudarse a Celaya, Guanajuato. A lo largo de su estadía participó en actividades estudiantiles concernientes con la actuación y la radio. Bajo el seudónimo de Rosalba Cárdenas publicó notas y poemas en periódicos locales. La siguiente etapa de su formación académica fue mediante la obtención de becas en el extranjero, primero en Polonia en la Universidad de Lodz y después en Estados Unidos en la Universidad de Yale. En la capital mexicana ingresó a la máxima casa de estudios del país para estudiar lo que se llamaba en ese tiempo Arte Dramático, una especialidad de Letras Españolas, en la Facultad de Filosofía y Letras. Ahí se doctoró en Letras. En ese tiempo, Ciudad Universitaria estuvo lista y el campus abrió sus puertas a la primera generación que la habitó y sus edificios fueron espectadores de la feliz coincidencia con Carlos Monsiváis, Juan José Gurrola, José Luis Ibáñez, Héctor Mendoza, entre otros nombres destacados.

    Recuerda José Luis Ibáñez que “En un dos por tres logró que todos sus compañeros prolongáramos las horas de estudio ensayando fuera de la Facultad; en un dos por tres se ganó el cariño y la confianza de todos sus maestros”. La Dirección de Difusión Cultural promovió la creación de grupos en escuelas preparatorias y facultades del campus universitario. Las presentaciones fueron coordinadas por la Sección de Teatro Estudiantil cuyo objetivo era promover las artes escénicas en los círculos universitarios y así integrar una compañía de teatro universitario. Actuó en El gran dios Brown de Eugene O’Neill, bajo la dirección del maestro Alan Lewis; en la siguiente temporada lo hizo en Enterrar a los muertos de Irwin Shaw y Tartufo de Molière dirigida por José Luis Ibáñez. En 1956 fue invitada al primer y quinto programa de uno de los grupos memorables del teatro contemporáneo en México: Poesía en voz alta. Fueron varias sus intervenciones como actriz de teatro hasta que concluyeron en 1960 con Despertar de primavera de Frank Wedekind, bajo la dirección de Juan José Gurrola.

    La inquietud de expresar y colaborar en dirección de la justicia la condujo desde el comienzo del periodo universitario a integrarse a la política estudiantil. Se postuló a la presidencia de la Asociación de Alumnos de la Facultad de Filosofía y Letras prometiendo mejorar la oferta laboral para los pasantes. Habría sido la primera mujer en dicho cargo, pero no sucedió así debido a un fraude electoral de su oponente. Ante el desenlace acudió con la planilla electa con el ánimo de cooperar y continuó sus propósitos de mejorar las oportunidades que la facultad ofrecía. Por eso Monsiváis rememora: “…convocó mi atención tu modo de discutir y conminar al esfuerzo heroico de ir a clases, tu body language, yo era tímido y tú sin poder evitarlo, protagónica”.

    Nancy fue reconocida por la comunidad estudiantil. La eligieron representante para el evento de apertura de cursos en 1959 y pronunció el discurso al entonces presidente de la república, Adolfo López Mateos. En esa década del cincuenta también se afilió al Partido Comunista Mexicano, fue un acto recurrente que respondía a una militancia de pensamiento y perspectiva política. Nancy en todas las acciones emprendidas no se doblegó ante el vendaval sin importar su magnitud, ella buscaba el viento a favor y defender sus convicciones. Al respecto, Monsiváis de nuevo es elocuente:

    Mira que meterte al Partido Comunista en la década de 1950, entonces una organización melancólica y desolada, y entusiasmarte con las masas que no acudían, con la influencia política que nunca se tuvo, con el ánimo internacionalista lánguido. Y sin embargo, te recuerdo alebrestada (la palabra te queda aunque habrías preferido “acelerada”) en las reuniones de la célula Federico Engels, y muy participativa en las sesiones de Sergio Pitol, con Luis Prieto Reyes y Pepe Revueltas y otros camaradas cuyos nombres por más que hago todavía recuerdo con precisión. Repartíamos volantes, hablábamos (bueno tú hablabas) en los mítines improvisados, teníamos fe en el socialismo, cuando a éste se le diera la gana acudir.

    En ese tiempo, acrecentaba la tensión entre la población y el gobierno. Las protestas políticas de los gremios de maestros, ferrocarrileros, telegrafistas, empleados petroleros y otros fueron perseverando. El gobierno del Presidente Ruiz Cortines reprimió violentamente las manifestaciones multitudinarias. No obstante, en julio de 1958, estudiantes de la UNAM y el IPN se unieron al movimiento de los trabajadores rechazando el aumento al transporte público. Entre las filas Nancy Cárdenas encabezó la manifestación para acudir al Departamento Central y que los recibiera Ernesto Uruchurtu, Jefe del Departamento del Distrito Federal, apodado “El Regente de Hierro” y ratificado en su cargo por los presidentes Adolfo López Mateos y Gustavo Díaz Ordaz. Nancy recibió una pedrada que cayó sobre su nariz y como respuesta demandó al gobierno de la capital. 

    En ese sentido combativo, se retiró del teatro como símbolo de protesta ante las arbitrariedades y parcialidad del monopolio de Héctor Azar, funcionario que coordinaba el teatro en la UNAM y el INBA, es decir, las instituciones gubernamentales para desarrollarse en el espacio escénico. En tanto, estuvo en espacios periodísticos, producciones radiofónicas, impartiendo cursos de cine, escribiendo críticas, ensayos y continuó preparándose para convertirse en la directora que fue. 

    El éxito en Radio UNAM con El cine y la crítica y la mención en la Cámara de Diputados en contra de Radio Universidad, específicamente hacia este programa, fue resultado del trabajo conjunto de Carlos Monsiváis y Nancy Cárdenas. Su pericia lúdica para formular parodias, sátiras y choteos no sólo hacían referencia al ámbito cinematográfico sino también a eventos sociales y de la cotidianidad, por ejemplo, la toma de la preparatoria de San Ildefonso por el ejército en 1968. Cuando Nancy obtuvo una beca para estudiar dirección escénica en Yale, Carlos continuó con el programa.

    Las décadas del sesenta y setenta atestiguaron movimientos sociales que dieron cuenta sobre las irregularidades cometidas por el Estado en varios países. Desavenencias económicas reflejadas en antagonismos de clase y otras aristas dieron rienda para defender ideas e ideales de una ciudadanía incipiente que se organizó convocando a reuniones, marchas y mítines. Se establecieron alianzas solidarias consiguiendo una red nacional e internacional, que es visible en el mayo francés y el 2 de octubre mexicano. “En 1968 eres la gran activista de la Asamblea de Intelectuales y Artistas en apoyo del Movimiento Estudiantil”, le dice Carlos Monsiváis a Nancy Cárdenas en una carta póstuma. 

    En México las Olimpiadas estaban por celebrarse en medio de un antagonismo emocional imposible de disimular ante la sangre derramada, presos políticos, asesinatos y agravios a manos del ejército y los Halcones. Nancy Cárdenas, Beatriz Bueno y Luis Prieto libraron la masacre. “Esa noche –recuerda Monsiváis–  conversamos largamente por teléfono y fue la única vez que te sentí deprimida a fondo, sin recursos emocionales, sin otra preocupación que la suerte de los amigos desaparecidos”. 

    Todas esas movilizaciones decantaron en puntos de partida que evidenciaron frentes que a lo largo de los años y las décadas se consolidaron. Ciertos sectores arremetieron y mostraron sus inconformidades y desacuerdo; eso traslució como las Instituciones asumidas inamovibles e inquebrantables dejaron de serlo. Los movimientos feminista(s) y lésbico-homosexual (LGBTTTIyQ) despuntaron en ese período en varios países. Algunas demandas son vigentes y otras se han sumado. La familia, el matrimonio, la sexualidad y la normativa jerarquizada para las interacciones humanas han develado, desde entonces, la complejidad inherente. De ahí la trascendencia de una convivencia que teja los hilos sin ignorar o erradicar a alguien. 

    La estancia de Nancy en el país vecino del norte mientras realizaba sus estudios le permitió presenciar la incursión de la píldora anticonceptiva y cómo trastocaba las relaciones de pareja e impactaba en las mujeres por la oportunidad de decidir si querían embarazarse. Es así como también se regocija del impacto social tras la batalla de Stonewall, un grupo que de manera cotidiana fue vilipendiado y denostado a lo largo de los años por presentar un estilo de vida que no se ajustaba a las expectativas y normas aceptadas por la sociedad. Aquella noche del 28 de junio de 1969, cuando un grupo de homosexuales se enfrentó a la policía, se convirtió en el parteaguas histórico que conmemora y celebra el orgullo gay. Defenderse, persistir, increpar lo emularon en otras ciudades de Estados Unidos y fuera de ese país. Nancy reunía información de todo aquello que promovía la transformación y argumentos de entender la homosexualidad alejada de la anormalidad, ya que México no era excepción de tildar de aberrante a quien fuese homosexual. Nancy se descubrió partícipe en esa contienda de minorías sexuales. Las mujeres habían iniciado una insurrección declarando sus derechos. Callar y obedecer dejaba de ser el consenso para lograr el bienestar, lo habían aprendido en todas aquellas manifestaciones y lecturas políticas en las que coadyuvaron hombres y mujeres. Sin embargo, todavía había mucho por entender. 

    Luis Enrique Ramirez atestigua que “Tres años habían transcurrido desde el golpe social de 1968 y el derecho a la preferencia sexual pensó Nancy Cárdenas no debía quedar fuera de aquella revolución que México vivía. Resolvió dedicar sus días de descanso, los domingos, a organizar en su casa reuniones tendientes a lograr ese efecto”. Por su parte Luis González de Alba menciona que “Nancy tenía una mecedora… desde ese púlpito se balanceaba al leernos, cada domingo por la tarde… el tema gay de la semana. Éramos un pequeño grupo sentado a sus pies, desparramado por el suelo, que escuchaba con atención y respeto textos descubiertos por ella”. Dice Nancy en una entrevista para el periódico El financiero en 1992: “Tenía aquí hasta 30 y 40 homosexuales cada semana, solo que diferentes. O sea no regresaban. Algunos llegaban y al ver que no era de tequila y de guitarra sino de una manera diferente de reunirnos, no volvían a venir”.

    En esa época los lugares que frecuentaba quien era homosexual eran clandestinos y por supuesto asumía el riesgo ineludible. Las familias rechazaban a cualquier integrante de la familia, al interior de ella las normas eran tan estrictas como las de la policía. Todo ello indignaba a Nancy y quiso conocer cómo habían vivido sus antecesoras: “…entrevistaste a mujeres ya de edad y luego evocabas sus relatos, por ejemplo, la amistad de dos señoras que estaban siempre juntas y dormían juntas y se querían, y en sus familias murmuraban: ¡Pobres! ¡Nunca han conocido el amor ni el consuelo de una caricia!”, escribe irónicamente Monsiváis.

    Cabe decir que en todas esas décadas, hombres y mujeres hallaron maneras de establecer relaciones, fuese mediante una doble vida, el silencio, el secretismo y a veces abandonando el camino trazado. He aquí un relato que recoge Monsiváis: “la señora que en la noche de bodas le dijo a su marido: «te quiero mucho pero no en la misma cama», el marido la fue a devolver con el padre y la mujer partió esa madrugada a la capital a compartir el lecho con la compañera del resto de su vida”. El cambio era inminente. 

    Nancy Cárdenas comprendió que la congruencia de pelear por los derechos humanos y el logro de la justicia necesitaba de una autorreflexión y de argumentos de saberse fuera de la vergüenza y asirse a la defensa de existir y no disculparse. En 1973, Nancy aceptó la invitación del periodista Jacobo Zabludovsky para argumentar en contra de la represión hacia las personas homosexuales: criticó los procederes de la ciencia médica y legal y el atropello y extorsión policial. Por vez primera se defendían los derechos humanos de ese grupo considerado minoría en un programa televisivo de horario estelar.

    A mitad de la década, Nancy Cárdenas, Carlos Monsiváis y Luis González de Alba redactaron un manifiesto para denunciar las razzias (redadas policiales en contra de homosexuales) e invitaron a más figuras públicas a firmarlo. Lo titularon “Contra la práctica del ciudadano como botín policiaco” y lo publicaron en el suplemento de la revista Siempre! En 1978, Nancy participó en el primer contingente homosexual en la marcha conmemorativa de los diez años del 2 de octubre. El recibimiento fue simbólico. Al entrar el contingente fue vitoreado desde el interior de la manifestación. ¡He ahí la gran transición alcanzada!

    Nancy Cárdenas al centro del elenco de “Los chicos de la banda”, 1982, Imagen tomada de: https://www.filminlatino.mx/pelicula/querida-nancy.

    En el siglo XX encontramos marcas históricas que dan cuenta de la inserción de las mujeres en diversos ámbitos de la vida pública. Uno de ellos es la dirección escénica mexicana, Martha Luna, Susana Alexander, Lya Engel son parte de esos primeros pasos. Destaca Nancy Cárdenas por los montajes, la elección de obras, las adaptaciones y las declaraciones públicas que generaron opiniones antagónicas ante las incursiones novedosas e irruptoras del contenido en escena, así como pensar el teatro como medio social transformador y no como un espacio acotado desde el poder adquisitivo que acentuaba dicho privilegio. Nancy afirmaba “… para mí la mayor pureza es mi libertad y ejercerla significa ir a buscar el público a donde está. Y si no quiere salir de su casa yo tengo que usar todo mi ingenio para que asista al teatro, esa es mi primera obligación”. 

    Fue una excelente estratega laureada que dirigió actores y actrices de envergadura y paralelamente grupos amateurs tanto en la capital y ciudades norteñas, incluida la de su tierra natal. La gran vuelta de tuerca fue llevar al escenario problemáticas sociales a través de obras de su autoría y adaptar obras extranjeras al contexto mexicano, incluso en teatros que no tenían apoyo gubernamental. Nancy explicó en una entrevista que concedió a Antonio Argudín en 1977: 

    Gran parte de los autores nacionales desprecian un poco a ese sector difícil de caracterizar que denominamos gran público. Obras como “El efecto de los rayos gama sobre las caléndulas” o “Y la maestra bebe un poco” […] que están bien estructuradas, muy sabrosamente dialogadas con caracteres interesantes y que presentan problemas comunes a la clase media de no menos de 80 países, podrían escribirse aquí dentro en muy poco tiempo si los autores aplicaran su inteligencia y sensibilidad al estudio no sólo de sus problemas personales, sino de la sociedad en que viven.

    En 1974, tras dos años de gestiones con las autoridades, el Teatro Insurgentes abrió sus puertas a una obra cuyo tema central era la homosexualidad. La crítica no se hizo esperar: “acabo de ser atacada nacionalmente por mi inmoralidad debido a que puse en escena «Los chicos de la banda»… Para mí una obra de teatro moral es la que nos hace reflexionar, cuestionar nuestra conducta, por eso los chicos es altamente moral. La función tiene que interesar y divertir … y dejar una carga de temas para meditar”, declaró Nancy Cárdenas en una entrevista realizada por Lita Paniagua para la Revista Siempre! en 1975. A través del arte expuso un tabú, se arriesgó sabiendo que no era fácil la recepción y “saber que tipo de convencionalismos está dispuesto a aceptar, al encontrarlos se los ofrezco pero no me quedo ahí, les jalo un poco más para hacerles llegar mis propias ideas y si tengo éxito puedo hacer incluso que se quiebren estereotipos mentales”, recuerda en una conversación con Luz Elena Picos para El Mexicano en la Cultura en 1981. A esta puesta en escena siguieron otras más que abordaron la sexualidad.

    Nancy Cárdenas en un recorte del periodico El Universal, 3 de agosto de 1989. Colección: Centro Académico de la Memoria de Nuestra América, UACM. Imagen tomada de: https://selser.uacm.edu.mx/.

    La independencia de Nancy es emblemática en todos sentidos: sorteó la falta de apoyo económico para montar obras, la negativa de las autoridades hasta conseguir que movieran su posición, la inconformidad y rechazo al interior de sus propios compañeros, porque en todo movimiento y en la vida cotidiana hay discordancias. Ella lo entendió y aprendió a transitarlo de la mano de sus seres queridos, fortaleciendo sus lazos, acudiendo a las instancias y asiéndose de más recursos. No perdió la perspectiva de lo que anhelaba: un mundo justo, equitativo, incluyente. Sigamos construyendo el siglo XXI tal como lo imaginaba Nancy Cárdenas, recordando que no hay nada zanjado, pues se mantiene día a día.  

    Que no es

    antinatural, antisocial, antibiológico

    aceptan ya los que más saben

    de cuerpos y conductas.

    Disfrutar este amor sin culpa

    es vivir en el siglo XXI:

    mujeres siempre en movimiento que se atreven

    a jugar a todo sin salirse de ellas mismas.

    Nancy Cárdenas, 1994.

    Fuentes Ponce, Adriana, «Fragmentos de silentes bulliciosas: Nancy Cárdenas y Violeta Barrientos», Nóesis. Revista de Ciencias Sociales, volumen 29, número. 58-1, 2020, p.105-120. Disponible aquí: https://doi.org/10.20983/noesis.2020.3.5.

    González de Alba, Luis, “La mecedora de Nancy”, Nexos, 1 de octubre de 2013. disponible aquí: https://cultura.nexos.com.mx/la-mecedora-de-nancy/.

    Ibáñez, José Luis, “Nancy Cárdenas”, Setenta años de la Facultad de Filosofía y Letras, México, Facultad de Filosofía y Letras, UNAM, 1994, p. 308-310.

    Monsiváis, Carlos, “Queridísima Nancy:”, Nancy Cárdenas, Cuaderno de amor y desamor (1968-1993), México, Hoja Casa Editorial, 1994, p. 9-16.

    Monsiváis, Carlos, “Nancy Cárdenas, la siempre inoportuna”, Nexos, 1 de septiembre de 2004. Disponible aquí: https://www.nexos.com.mx/?p=11261.

    Picos, Luz Elena, “Soy una guerrillera disfrazada de artista. Primera parte de una entrevista a Nancy Cárdenas”, El Mexicano en la Cultura, 1981. 

    Ramírez, Luis Enrique, “Hago teatro para que la gente lo vea”, El Financiero, 25 de junio de 1992.

  • Graciela Amador (1898-1961)

    Graciela Amador (1898-1961)

    Arte y revolución

    Graciela Amador Sandoval nació en la ciudad de Zacatecas el 5 de abril de 1898. Sus padres desde pequeña la llamaron cariñosamente Gachita. Hija de Josefa Sandoval y del notable historiador liberal Elías Amador Garay, cuya obra Bosquejo Histórico de Zacatecas fue muy reconocida y valorada en su tiempo.

    En el hogar de los Amador Sandoval, su numerosa prole recibió enseñanzas alejadas de la religión católica, pues esta familia se nutría de la doctrina evangélica. Estas creencias con seguridad influyeron en don Elías Amador para dirigir el hospicio de la capital zacatecana. La niñez desvalida, como una injusticia más durante la larga dictadura porfiriana, fue una primera estampa de la desigualdad social que Graciela reconoció como uno de los detonadores de la revolución en Zacatecas. 

    En las postrimerías del porfiriato, la familia Amador Sandoval se trasladó a la villa de Aguascalientes debido a la persecución de la que fue objeto don Elías por parte de agentes porfiristas. En Aguascalientes, los padres de Graciela la inclinaron por los estudios musicales. Aprendió a tocar el piano y tomó lecciones de composición con el célebre maestro Manuel M. Ponce. Graciela testimonió: “el maestro Ponce me corregía la posición de los dedos sobre el marfil de las teclas durante las largas clases estivales”.

    De igual manera, los progenitores de Graciela la indujeron al estudio de los idiomas: inglés y francés. Este interés por la educación de su hija refleja el contexto de la época, cuyas familias pudientes permitían y alentaban la dedicación de sus hijas a actividades artísticas y magisteriales.

    Con el llamado a las armas proclamado por Francisco I. Madero, en noviembre de 1910, en contra del régimen porfirista, Elías Amador se afilió a la revolución. En medio de la conmoción revolucionaria, los padres de Gachita la enviaron a California, Estados Unidos, donde residió “dos años, durante los días más crueles de la revolución, y a donde mis padres me mandaron para librarme de las primeras balaceras”.

    En 1911, don Elías ocupó una curul como diputado federal del nuevo régimen maderista. Por su parte, su hija Graciela, siendo ya una joven, se asumía como “una burguesita mimada y comodina”. Aunque se veía a sí misma como “fina y delicada, hablaba quedo, era tímida”. A fines de 1917, don Elías falleció y José Alfaro Siqueiros se presentó el 6 de enero de 1918 a dar sus condolencias a Octavio, hermano de Graciela. Alfaro y Octavio habían combatido en las filas carrancistas a las órdenes de Manuel M. Diéguez y Álvaro Obregón. A partir de esos momentos fúnebres, nació el noviazgo de Gachita con Alfarito, como se le conocía al joven amigo de su hermano Octavio.

    Las familias se opusieron a su relación, pero Graciela y José Alfaro se unieron en matrimonio civil el 5 de agosto de 1918. Gachita se empeñó en transformar la personalidad de su marido y logró imponerle un nuevo nombre: David, en alusión al David de Miguel Ángel. Después de su casamiento, David Alfaro Siqueiros fue nombrado Secretario de la Legación mexicana en París en 1919. Pero de última hora, ya estando en Nueva York, la pareja recibió una contraorden para presentarse en Barcelona.

    Retrato de Graciela Amador, Nueva York, 1919. Colección: Fondo documental Graciela Amador Sandoval, acervo particular de Ana Piñó Sandoval, actualmente custodiado por El Colegio de Michoacán.

    En la tierra de Cataluña, Amador continuamente posó para el pintor. En sus memorias menciona que procuraban cultivarse con la pintura de Siqueiros y con música de su autoría. Aunque también Graciela hizo alusión a los celos de Siqueiros que le impedían llevar una vida social más explayada. Posteriormente, el gobierno mexicano envió la orden a Siqueiros de salir de España y trasladarse a París, en donde se encontraron con Diego Rivera y a su entonces esposa, la pintora rusa Angelina Beloff.

    También la pareja tuvo oportunidad de visitar Italia, junto con otro joven pintor, Amado de la Cueva. En la ciudad de Venecia, Gachita conoció a su admirada escritora sueca, Selma Lagerlöf, su encuentro con la famosa escritora escandinava de los cuentos para niños, de nieves y gansos, fue extraordinaria. Su obra literaria influyó en Amador. Y en Roma, Alfaro Siqueiros encontró la invitación de José Vasconcelos, el flamante primer secretario de Educación Pública, para que se integrara al equipo de pintores que cubrirían las paredes del nuevo edificio de la Secretaría y los muros de la Escuela Nacional Preparatoria, en el antiguo Colegio de San Ildefonso. De inmediato, la pareja regresó a México.

    Muy pronto, Graciela se desilusionó con su nueva vida. Su esposo no le permitía salir a la calle. Los celos y el machismo de Siqueiros se impusieron. Aunque un incidente la sacaría de su enclaustramiento. Durante un paseo navideño, Gachita y su marido recorrieron los puestos del pequeño comercio de la Alameda Central de la ciudad de México y ella absorbió los jugos de la tierra mexicana: “¡Jamás lo olvidaré!”, y agrega: “pude darme cuenta de la inventiva del genio plástico de nuestra raza, predominando el sabor aborigen en juguetes, piñatas y golosinas”. 

    Esta experiencia vital fortificó decididamente su espíritu artístico. Además, la pareja regresó a su casa llevando una piñata. Siqueiros consintió realizar una posada con las amistades que él frecuentaba. En medio de la posada, Gachita conoció a la intelectualidad artística citadina y a un trío de fervientes pintores comunistas: Xavier Guerrero, Roberto Reyes Pérez y Máximo Pacheco. A partir de esa reunión con lo más granado del arte revolucionario, Siqueiros fue aflojando las cadenas de la clausura y Gachita se sumergió en el mundo artístico, pero también definió su militancia por la revolución mundial. 

    Esas revelaciones en su existencia fueron compartidas con el pequeño Jorge Piñó Sandoval, hijo de su tía Anita, hermana de su madre y fallecida repentinamente. Jorgito, siendo su primo, acabó viviendo con la pareja como si fuese su propio hijo.

    El conjunto de jóvenes artistas plásticos fundó el Sindicato de Obreros Técnicos, Pintores, Escultores y Grabadores Revolucionarios en diciembre de 1922 y, a partir de 1923, la cúpula del Sindicato se incorporó al Partido Comunista Mexicano, fundado en noviembre de 1919 y adherido como Sección Mexicana de la Tercera Internacional Comunista.

    En 1924, Gachita, siguiendo las ideas de Siqueiros, ingresó al Partido Comunista. Con los ahorros realizados con las percepciones obtenidas por Siqueiros como pintor en el Colegio de San Ildefonso, crearon El Machete, órgano de propaganda del Sindicato. La leyenda metafórica que encabezó el periódico fue ideada por Amador: “El machete sirve para cortar la caña, para abrir las veredas de los bosques umbríos, decapitar culebras, tronchar toda cizaña y humillar la soberbia de los ricos impíos”.

    Entre 1925 y 1927, de acuerdo con las líneas estratégicas del Partido Comunista, Siqueiros y otros de sus camaradas constituyeron sindicatos en las minas jaliscienses y fundaron la Confederación Obrera de Jalisco mediante una experiencia de acción colectiva trepidante. Por su parte, Graciela hizo una labor de concientización social y cultural entre las mujeres de los obreros mineros para formar cuadros adherentes para el Partido Comunista. Su iniciativa la llevó a crear centros revolucionarios femeniles para incentivar su espíritu de lucha.

    La Asamblea General de la Confederación Obrera de Jalisco eligió a Amador y a Siqueiros como sus delegados ante el IV Congreso de la Internacional Sindical Roja, realizado en Moscú entre marzo y abril de 1928. En su estadía, Graciela tuvo el privilegio de dialogar con Clara Zetkin, la lideresa feminista. Además, se identificó con las ideas de Nadezhda Krupskaya en pro de las mujeres, la infancia y la juventud. El diálogo sostenido con Anatoli Lunacharsky, el Comisario del Pueblo para la Educación, incubaría el proyecto pedagógico de Graciela en su regreso a México. 

    En las páginas de El Machete, Graciela desplegó su genio literario. Su dura experiencia en las minas de Jalisco la tradujo en narraciones testimoniales que pretendió publicar con el título Las Montañas de la Muerte, aunque nunca se hizo la edición de la obra. Escribió narraciones alusivas a la lucha social y cuentos con moralejas sociales recordando su estancia militante en la Unión Soviética. También compuso corridos con mensajes sociales y remembranzas históricas. 

    En 1928 Graciela proyectó La Casa del Niño Luchador para la atención de la niñez proletaria que no tenía acceso a educación, vivienda y salud, y como un hogar de refugio para los vástagos de los luchadores caídos o encarcelados. Sus trabajos quedaron inconclusos debido a la ola represiva y anticomunista del periodo del Maximato. Los cuadros comunistas fueron encarcelados de forma masiva. La imprenta de El Machete fue destruida y su edición pasó a la clandestinidad.

    Después de su separación y divorcio de Siqueiros en 1929, Gachita inició una nueva etapa en su vida dedicada a las artes y a la promoción de la cultura. Realizó recopilaciones en el campo de la música mexicana y el folklore en la tesitura nacionalista de Vicente T. Mendoza. También dirigió coros de niños y de universitarios e impartió docencia musical.

    Graciela Amador con una marioneta para su teatro guiñol. Fotografía tomada de Revista de Revistas, 17 de octubre de 1954. Colección: Hemeroteca Miguel Lerdo de Tejada, Secretaría de Hacienda y Crédito Público.

    Destacó la inserción de Graciela en la vanguardia del teatro guiñol infantil promovido por la SEP a partir de 1933. Escribió las obras y el acompañamiento musical, pintó escenografías y diseñó los títeres junto con un núcleo entusiasta de escritores, escultores, pintores y escenógrafos (Roberto Lago, Germán List Arzubide, Angelina Beloff, Leopoldo Méndez, Ramón Alva de la Canal, Germán y Lola Cueto), que escenificaron las piezas teatrales para la niñez de las escuelas y los barrios de la ciudad de México y de otros puntos de la república mexicana. Su grupo teatral se denominó Periquito o Periquillo.

    Graciela, además, contribuyó en 1943 con su Teatro de Muñecos, basado también en obras de teatro guiñol, a la Campaña Nacional de Alfabetización impulsada por Jaime Torres Bodet, secretario de Educación Pública. De igual manera, incursionó en la dramaturgia mexicana para adultos con su Teatro del Cuento, realizando adaptaciones de obras de reconocidos autores.

    Con la llegada de la televisión comercial, Graciela impulsó los teleteatros con su nuevo grupo, el Teatro Cucurucho, y puso en escena obras transmitidas en Televicentro en los años cincuenta. Ella misma se integró al elenco en sus escenificaciones. Asimismo, Graciela exploró otras vetas en el campo cultural y artístico. Fue argumentista y guionista de obras cinematográficas. Tuvo a su cargo un programa de música mexicana en la Radio de la SEP y realizó teatro infantil mediante programas radiofónicos, teniendo a su cargo la dirección, los libretos, las adaptaciones, los fondos musicales y la actuación.

    Sus aportes en el campo de la cultura son parte del legado de las vanguardias culturales y artísticas de la posrevolución mexicana. La mayor parte de su obra literaria y musical permanece inédita: relatos breves, cuentos, ensayos, narraciones autobiográficas, pensamientos personales, poesía, farsas, fábulas, producción teatral, comedias, novelas, pastorelas, artículos de divulgación y piezas musicales. 

    Graciela, además, fue una entusiasta de la promoción de la cultura en sus diferentes vertientes. Destaca su proyecto denominado Centro Artes de México de 1937, que desafortunadamente no logró su integración, a pesar de sus objetivos innovadores para el fortalecimiento de la cultura mexicana.

    Graciela Amador Sandoval murió en la ciudad de México el 5 de octubre de 1961. Una vida vivida al servicio del ímpetu revolucionario, enhebrada con su fehaciente decisión por el arte y la creación artística. 

    Gachita, una siempreviva en el océano prodigioso de la eternidad.

    Amador, Graciela. «Mi vida con Siqueiros. Graciela Amador narra su vida con el pintor. La historia de un amor vivido con intensidad (Cuatro partes)», Hoy, números 575-578, febrero-marzo de 1948. Los artículos están disponibles en el Centro Internacional de las Artes de las Américas: https://icaa.mfah.org/s/es/page/home

    Cueva Tazzer, Ma. de Lourdes, “Filias y rupturas de una comunista. Las Memorias de Graciela Amador en el PCM, 1924-1940”, Tesis Psicológica, volumen 12, número 2, 2017, p. 12-31.

  • Rosario Castellanos (1925-1974)

    Rosario Castellanos (1925-1974)

    Ironías de la intelectualidad y desafíos para su feminismo

    Por Mariana Ozuna Castañeda

    Recuerdo, recordamos

    Ésa es nuestra manera de ayudar a que amanezca

    sobre tantas conciencias mancilladas,

    sobre un texto iracundo, sobre una reja abierta,

    sobre el rostro amparado tras la máscara.

    Recuerdo, recordemos

    hasta que la justicia se siente entre nosotros.

    Memorial de Tlatelolco, 1972.

    Nunca se preocupó por mí… y yo la quise mucho y a sus padres también. Nunca se preocupó por mí. Y estuve veinte años [con ella].

    María Escandón, tía de Rosario Castellanos, 1994.

    ¿Y qué querías? ¿Ser igual que las gentes de razón?

    “Teatro Petul. Benito Juárez”, Teatro Petul 2, 1961.

    Rosario Castellanos Figueroa nació “por un error geográfico” en el entonces Distrito Federal, a pesar de que se ha dicho y estampado que lo hizo en Chiapas. Sobre la escritora, académica, funcionaria, periodista y diplomática, pesará de tal manera su obra literaria considerada indigenista que terminará por hacerla nacer en ese estado del sureste donde ocurren los dramas de los tzotziles, tzeltales y mayas. Forma parte —según la obsesión de la crítica literaria de hace algunas décadas por aglutinar a los escritores en generaciones o grupos— de la generación de 1950. 

    A decir de Elena Poniatowska, de 1948, año en que apareció Apuntes para una declaración de fe, a agosto de 1974, Castellanos publicó 23 libros en 26 años: once de poesía, tres de cuento, dos novelas, cuatro de ensayo y crítica literaria, una obra de teatro (El eterno femenino), y un volumen que reúne sus artículos periodísticos. Sin embargo el arco temporal se amplía si se cuenta que a sus quince años publicó poesía en un periódico local en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, y que El eterno femenino aparece en 1975, esto es 34 años de incesante escritura. Además, Poniatowska no incluye las obras de teatro guiñol —Teatro Petul— escritas por Castellanos para el Instituto Nacional Indigenista. El volumen El uso de la palabra (1974) que reunió algunos de los artículos publicados por Castellanos en Excélsior, palidece frente a los tres publicados en 2004 por Conaculta, recopilación a cargo de Andrea Reyes bajo el título Mujer de palabras. Artículos rescatados de Rosario Castellanos, Reyes registra y compila un total de 517 contribuciones entre artículos y ensayos en diferentes medios periodísticos. (¿Cómo pudo escribir tanto y tan bien?). A esta Castellanos periodística me asomaré en las siguientes líneas.

    Retrato de Rosario Castellanos, Rogelio Cuéllar, 1972. Colección: 250 Retratos de la Literatura Mexicana, Secretaría de Cultura, Rogelio Cuéllar.  Fotografía tomada de: https://www.rogeliocuellar.mx/galeria/escritor/73/castellanos-rosario.

    Ligereza aparente, el alfiler de la ironía

    La ironía se considera destello de inteligencia en la tradición literaria occidental, lo mismo escribir o hablar irónicamente que entender las ironías como juegos del ingenio. Su componente humorístico permite al ironista abordar temas incómodos para las sociedades. Suele decirse que una ironía dice lo contrario de lo que enuncia, de ahí que usualmente se confunda con la contradicción o en el otro extremo con la paradoja. El uso más común es el de la idea opuesta, por ejemplo, cuando entrada la noche despedimos a una amiga con la frase “Te vas por la sombrita”, basta con estar en la situación para saber que se trata de un chascarrillo, y el tema del chiste es lo evidente: es de noche y no hay sombra, o mejor aún, es de noche y todo es sombra… Es ésta la ironía del estilo de Rosario Castellanos en sus artículos periodísticos, ironiza lo evidente, lo cotidiano, aquello que por invariable se antoja fútil. La escritora pertenece a la tradición literaria crítica de Jonathan Swift, Guillermo Prieto, Oscar Wilde, Maya Angelou, James Baldwin, Pedro Lemebel, y claro, la mismísima Virginia Woolf. 

    Para “hacer ver lo evidente” se requieren varios movimientos a manera de oleaje, de pliegues sobre el lenguaje: primero acordamos que hay un sentido o conocimiento explícito —es de noche, de noche no sale el sol, no es posible hacer sombra de noche— y que éste se pone en duda con la frase “Te vas por la sombrita”, aquello que parecía claro e incontrovertible —de noche no hay luz solar para proyectar sombras— se abre, lo que se “abre” no es la frase, sino la realidad o la situación: se puede hacer sombra de noche bajo un farol; la sombra es una forma de decir “protégete contra el sol”, entonces decir “Te vas por la sombrita” también podría querer decir “cuídate porque la noche es peligrosa”. La ironía se vuelca sobre la situación, sobre la realidad “compartida” por los interlocutores. En este sentido, la ironía de Castellanos Figueroa en las decenas de artículos periodísticos es un ejercicio humanizante por abrumador, me explico.

    La ironía depende en absoluto de que ambos interlocutores compartan lo obvio, sin esto, la ironía pasa inadvertida fácilmente, y se la puede calificar de dicho estrafalario. En la ironía los interlocutores participan de los sentidos, de cómo la realidad o la situación se modifica una vez que el ironista aguijonea lo obvio, esto sufre una suerte de transformación, y deja su lugar cotidiano para convertirse en anomalía. Por otra parte, la vida pública en México durante los años que van de 1963 a 1974 en que Castellanos colaboró en Excélsior se distinguió por la simulación, el ocultamiento, la censura, la mordaza…, era un México recién bañado y muy bien peinadito, gobernado por un régimen cuyo autoritarismo y capacidad de represión se reproducían en todas sus instituciones y sectores. De suerte que la ironía de Castellanos resulta idónea para “hacer ver” a sus lectores no sólo la vida cotidiana sino lo mucho que ésta encubre.

    En febrero de 1965 la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística se rasga las vestiduras ante Los hijos de Sánchez, porque retrata el México que por decreto no debe verse, del que no debe hablarse. Ante esto Castellanos afirma en “Cultura y violencia” que el arte en México tiene la obligación de ser patriotero o no ser. Y sentencia “La vida intelectual en México tiene un ritmo regular y apacible”, así cuando algo la perturba reacciona coléricamente por “la inoperancia de los intelectuales en nuestro país. Carecen de contacto directo y permanente con el mundo que los circunda; no se sienten útiles cuando desempeñan sus funciones específicas, sienten la cultura como embrujo o la padecen como un estigma; oscilan entre calificarse de parásitos o genios”. 

    Castellanos juguetonamente desafía a la asentada intelectualidad y a sus prácticas: “Como nunca me he ejercitado en otro deporte que el verbal, mi nombre se añade, a veces, a la lista de los integrantes de una asociación, de un grupo, de una mafia, cuya actividad consiste en estampar su firma al pie de las largas e inoperantes protesta ante hechos consumados o consumables; de alegatos que no fortalecen el desvalimiento de las víctimas; de adhesión a causas, por justas, perdidas” (“Inventario”, La Cultura en México, noviembre de 1963). Esta confesión respecto de la (in)utilidad o postración de los intelectuales nos permite como he dicho indagar en la realidad, esas largas e inoperantes listas no logran nada, podríamos preguntarle legítimamente por qué existen dichas listas, para qué las firma… Dentro de los poderes de la ironía está el de decir algo diferente de lo que se enuncia, ya no se trata de lo opuesto, ese “algo diferente” conduce nuestra interpretación hacia la contradicción o la contrariedad, así cuando alguien nos dice “¡Qué hermosos zapatos, te ves increíble|”, recibimos el halago, sin embargo si la frase es repetida cuatro o seis veces, comenzamos a considerar que ese elogio no es tal, que es otra cosa, una burla, pero no hay un cambio de tono así que no podemos reclamarle al enunciador. Memorable es la repetición en Julio César de Shakespeare; los lectores de Castellanos pueden pasar por sus columnas y considerarlas obviedades o pequeñeces, sin embargo, quien se pregunta por estas afirmaciones sin sentido, puede quizá iniciar el camino hacia la crítica específica del ironista: “Están viendo y no miran”, o citando a la Biblia “el que tenga oídos que oiga”, es preciso detenerse y reconocer los pliegues en el lenguaje. En muchas de sus colaboraciones Castellanos aguijonea a la intelligentsia mexicana desde esta postura crítica: sólo sabemos hablar, escribir, firmar lo inútil; por su parte los lectores somos libres de preguntarnos quizá, ¿y entonces de qué sirven los que escriben si no cambian el estado de las cosas? El párrafo apenas citado se antoja casi parte de un cuento kafkiano: mi firma que no opera nada. Y al mismo tiempo, remata con lo inocultable: lo justo está perdido y a las víctimas no se les resarce firmando listas de protesta. La ironía no pontifica verdades, las problematiza; no propone una síntesis, ni crear algo, es más destructora que constructora. 

    ¿Para qué sirven los intelectuales? Algunos como Castellanos para incomodarse e incomodar a otros en su comodidad. En “Ni ditirambos ni elegía: Marte en la Universidad” del 21 de septiembre de 1968, aparecido en Excélsior, Castellanos regala al público páginas valientes en su contexto, con párrafos implacables, aunque prudentes: 

    Hace apenas tres meses la ocupación de la Ciudad Universitaria por el ejército nos habría parecido un escándalo inconcebible. […] 

    Pero el bazucazo que derribó la puerta de San Ildefonso el martes 30 de julio, derribó también una confianza hondamente arraigada en la conciencia mexicana: la de la inviolabilidad de los recintos académicos […].

    Para que nos familiarizáramos con la necesidad del empleo de esa fuerza —que en estas semanas ha menudeado en frecuencia y ha crecido en magnitud— ha sido indispensable, primero, emprender una larga, tenaz, inescrupulosa campaña de desprestigio contra el objeto hacia el que esa fuerza iba dirigida: la Universidad.

    […] los funcionarios administrativos, los maestros, los alumnos fueron mostrado como una colección de desdichadas criaturas desprovistas de autoridad, de buena fe, de malicia o de experiencia como para mantener su casa en orden […].

    Estos acontecimientos, sin calificación, se reducen a datos muy escuetos: diez mil soldados, con un equipo ofensivo y defensivo completo, sitian un conjunto de locales inermes, los catean, los desalojan sin encontrar resistencia, envían a la cárcel a los que allí concurrían y los mantienen bajo su vigilancia.

    […] como se preguntan los detectives en las novelas policiacas ante la comisión de un crimen: ¿a quién aprovecha? ¿Para qué sirve? ¿Cuál es el móvil?

    […] preguntémonos hasta que grado un hecho como el que se llevó a cabo ayuda a resolver un conflicto en el que una de las partes (los jóvenes) exigía el diálogo y la otra (el gobierno) había condescendido en aceptarlo.

    ¿Dialogan el vencedor y el vencido? No suele ser la costumbre […] ¿Dialogan el reo y el juez? No. A las diligencias judiciales se les llama, estrictamente, interrogatorios. No dialogan sino los hombres libres y cuando se encuentran en condiciones de igualdad.

    […] ¿de qué nos ha valido hacer una revolución liberal? ¿De qué haber practicado durante decenios una democracia, por sui generis que sea, si en el momento en que surge entre nosotros un fenómeno mundial, el de la inconformidad juvenil, adoptamos los mismos métodos que los países que no han transitado siquiera del feudalismo a la burguesía y que se rigen por dictaduras?

    Llama la atención el orden en el que organiza a los miembros de la Universidad: primero los administrativos, y al final los alumnos, quienes eran la fuerza vital del movimiento; como si Castellanos no quisiera darles protagonismo en ese párrafo, más adelante, su prosa nos conduce hasta los bordes de la indignación con firmeza, no puede haber caído bien que “democracia sui generis” conviviera tan cerca de la palabra “dictadura”. Sin ironías, echa mano de otro recurso, la pregunta retórica, la pregunta que no pregunta sino responde, obligando al lector a dos cosas: aceptar tanto la formulación de la cuestión —lo que ya puede ser un desafío en sí— como la respuesta, es decir, la postura ideológica y política. Cuando entre amantes uno pregunta “¿Me quieres?”, no hay pregunta sino un callejón de una sola salida… Pocos días después, ante la masacre de estudiantes en Tlatelolco, todos callan. Y en 1972 en el poemario de Castellanos En la tierra de enmedio se lee: “La plaza amaneció barrida; los periódicos / dieron como noticia principal / el estado del tiempo”, “No hurgues en los archivos pues nada consta en actas”, “Recuerdo, recordamos”. El poema como archivo, como fuente enmienda lo que el periodismo fue incapaz de hacer.

    Retrato de Rosario Castellanos, Rogelio Cuéllar, 1970. Colección: 250 Retratos de la Literatura Mexicana, Secretaría de Cultura, Rogelio Cuéllar.  Fotografía tomada de: https://www.rogeliocuellar.mx/galeria/escritor/73/castellanos-rosario.

    Puntos ciegos de aquel feminismo 

    La emancipación de las mujeres tema central de la poesía, narrativa, ensayo y teatro de Rosario Castellanos está presente también en su escritura periodística, no resaltaré los temas de la libertad individual de las mujeres de que habla de nuestra autora, sino un hecho que considero primordial para entender el feminismo que practicó. Castellanos se encarga de reseñar la obra y el arte de mujeres de su época, asume una actitud de servicio para con otras mujeres que, como ella misma, pasean por la pequeña ciudadela que se ubica en la cima de la torre de marfil de las artes: Ana María Matute, Rosa Chacel, Gabriela Mistral, Bernice Kolko, Luisa Josefina Hernández, Leticia Tarragó, Diana Moreno Toscano, replicando así las prácticas del campo literario masculino: la amistad cómplice, la organización de cofradía. La cofradía implica exclusión, por ejemplo, del arte lésbico que no se asoma en las colaboraciones de Castellanos. La autora reconoce la estructura de red en espejo: no se trata de que las mujeres históricamente no hayamos producido arte o pensamiento, sino de que histórica y deliberadamente se nos ha privado el acceso a los sitiales desde donde se gobierna la república de las artes. Castellanos deliberadamente presta el servicio de espejo y megáfono, de hacer archivo de la obra de “algunas” contemporáneas. 

    Hay un aspecto de la vida femenina que nuestra autora visita con frecuencia en la prensa: la maternidad inserta en la vida cotidiana, por ejemplo, “Y las madres, ¿qué opinan? Control de la natalidad”, el tema asoma aquí y allá, y su propia experiencia surge: “usted sabe, señora, y desde el primer momento, cuando le ha tocado en suerte el que su niño sea un niño problema. ¿Pero está usted segura de advertir, con la misma certidumbre, si a su niño le ha tocado en suerte el que usted le resulte una madre problema?” (Excélsior, 23 de agosto de 1971). Cuestiona problemáticamente el estatuto de los hijos y las infancias, en “Los derechos del niño” (Excélsior, 23 de noviembre de 1963), y “Los hijos: una propiedad privada” (Excélsior, 22 de febrero de 1969); aunque su propia maternidad más que analizada es narrada con un velo de discreción, y buen humor como sucede en “No basta ser madre: un árbol crece en Tel Aviv”. 

    Para mirarse, Castellanos gusta del ojo humorístico, como embajadora es la Señora Avestruz; desde Israel habla de programas culturales, de reuniones con personalidades de la política mundial, acuerdos, intercambios y logros artísticos, ella es el punto de partida y de llegada; y en algunos de sus textos autopromociona su obra, reglas de la ciudad letrada: “Álbum de familia: satisfacción no pedida”, “Nuevos versos de Rosario Castellanos”; tanto en “Balún Canán en Israel: Gabriel descubre la literatura” como en “De cómo hacerse famosa: a pesar de proponérselo” el blanco de la ironía es ella misma, aunque solo para hacer menos chocante el autoelogio: Balún Canán será traducida al hebreo y aunque con sorna la llamará “obra maestra”.

    En Juicios Sumarios Castellanos dedica un ensayo a Virgina Woolf, de quien apunta: “el abolengo de la familia de Virginia no era únicamente social y económico, sino también intelectual”; y ciertamente en aquel famosísimo ensayo Una habitación propia, Woolf tuvo el valor de ofrecernos una perla de verdad sobre la literatura en Occidente: “una mujer debe tener dinero y una habitación propia si va a escribir ficción”. Tanto Woolf como Castellanos poseían autonomía financiera y social, esto es, privilegio de clase. Podría yo decir, como algunas feministas, que basta entonces con que las mujeres se hagan de capital y de autonomía para escribir, comprar libros, y allegarse experiencias artísticas. No obstante, lo que no puede decir Castellanos (que sí Woolf), es que las horas necesarias para leer y escribir, las dedicadas al estudio y las de ocio para la reflexión requieren que alguien más cocine, lave, organice, planche, limpie, es decir, la servidumbre. En el caso de Rosario Castellanos ¿qué hubiera sido de su carrera como escritora, de su maternidad, de su carrera diplomática sin la seguridad financiera, sin la servidumbre de su infancia, sin la nana de Gabriel, sin María Escandón? 

    Y es que el abolengo de Castellanos está tramado con el afluente más trascendente y vital hasta nuestros días, que ha modelado las sociedades latinoamericanas desde sus orígenes en el siglo XVI, me refiero al racismo estructural que articula las relaciones, concentrando el poder en un grupo de mestizos y acriollados, cuya relación para con los racializados hombres y mujeres es en términos de inferiorización y de despojo sistemático no sólo de bienes y derechos, sino que además se les ha constreñido históricamente al destino de la servidumbre: “Yo he tenido hasta ahora dos largas servidumbres —escribe Castellanos—. Y uso la palabra con la plena deliberación de su ambivalencia. […] ¿Quién de las dos estaba más sujeta: la sierva o el ama? Eso queda para discutirse”, en el fragmento se crea la ficción de la igualdad a partir de la dependencia —por supuesto quien escribe es solo la patrona—, desconociendo así las determinantes sociales que condujeron a que una sea sierva y la otra ama. Más adelante, Castellanos misma invalida la igualdad al hablar de cómo María Escandón fue su “cargadora”: 

    Esta institución [la de cargadora] consistía en que el hijo de los patrones tenía para entretenerse, además de juguetes no que eran muchos y que eran demasiado ingenuos, una criatura de su misma edad. Esa criatura era, a veces compañera con iniciativa con capacidad de invención […] Pero, a veces también era un mero objeto en que el otro descargaba sus humores: la energía inagotable de la infancia, el aburrimiento, la cólera, el celo amargo de la posesión.

    Castellanos asevera que “El día en que […] se me reveló que esa cosa de la que yo hacía uso era una persona, tomé una decisión instantánea: pedir perdón”, y que entre ambas se dio un distanciamiento que empujó a María “donde era más útil ayudando al aseo y cuidando de la casa y, lentamente, introduciéndose en el ámbito sagrado de la cocina”. ¿Dónde era más útil?, ¿ámbito sagrado de la cocina? Rosario tenía 3 años cuando “le dieron” a María, que tendría 5 (en Sudamérica esta práctica muy viva aunque transformada en sus términos se llamó “indiecito de servicio”).

    María será sirvienta y enfermera de la madre de Rosario durante una década, y personalísima sierva de Castellanos durante 20 años. Castellanos confiesa que nunca enseñó a María a leer ni a escribir, “Yo andaba de Quetzacóatl por montes y collados mientras junto a mí alguien se consumía de ignorancia”. Para mayor agravio: María, una mujer adulta, es puesta al servicio de Gertrudis Duby, aparentemente porque no se llevaba bien con el esposo de Castellanos. Duby tampoco le enseña a leer ni a escribir. Sin el trabajo de Cynthia Steele publicado en 1994, no podríamos conocer algo de la versión de María Escandón, ni que, para mayor agravio, María era tía de Rosario Castellanos, por parte de la familia materna, hija ilegítima de Trinidad Abarca, quien nunca la reconoció. Como se sabe, Rosario Castellanos tuvo un hermano, también ilegítimo, hijo de una mujer indígena, Rafael, fue criado en casa pero no recibió herencia como Rosario, quien finalmente la compartió con él.

    Ciertamente Castellanos anduvo por montes y collados con su teatro Petul, medio para propagar en lenguas de la región chiapaneca de manera simplista, como importaba al gobierno en turno, la historia patria, o bien medidas de higiene y por supuesto adoctrinamiento de obediencia a la autoridad. Castellanos registra el autor de muchas de las obras, Marco Antonio Montero, pero no registra por sus nombres, a pesar del tiempo de convivencia, a la parte primordial de esa pequeña compañía de teatro, queda para ellos una mención forzosa: “El grupo de manipuladores del Teatro Petul (tres en idioma tzetzal y tres en idioma tzotzil) tiene a su cargo desde la fabricación y conservación de los muñecos, hasta las traducciones de los textos que originalmente se escriben en español” (Teatro Petul, 1962). Como si lo importante fuera la obra en español y su traducción mero accidente del contenido, esta jerarquización no sucede en el caso de las lenguas europeas.

    La ingente obra de Castellanos solo fue posible porque ella, como Woolf y como sor Juana, gozaron de privilegiadas condiciones materiales para el trabajo intelectual como se produce en Occidente: se necesita dinero y una habitación propia para escribir, Castellanos tuvo eso y más, “le fue dada” una persona cuyo destino impuesto fue ocuparse por entero de su persona para que ella y solo ella, Rosario, floreciera. 

    Balún Canán y la literatura llamada indigenista son prueba de las profundas contradicciones de la mirada acriollada o ladina que la constituye, o de cómo esta misma literatura colaboró en la figuración del “problema del indio” como se decía en los años sesenta y setenta —recordemos que también se ha dicho “el problema de la mujer”—, formas para no decir racismo ni misoginia.

    La literatura participa de la realidad, está en ella y sobre ella se vierte. De manera que ha de reconocerse que leyendo a Rosario Castellanos cualquiera entra en contacto con ideas poderosas sobre el lugar de las mujeres de las clases aburguesadas mexicanas, de sus luchas y reclamos, Rosario fue implacable con su propio medio —Tablero de damas—; y señaló la desigualdad y la miseria en un México próspero de clases dirigentes medianamente letradas, que prolongaron el sistema colonial de expolio y pauperización contra hombres y mujeres indígenas y campesinos, porque solo así se acumulan esas fortunas aladinescas. Y ahí de pie junto a la deslumbrante, inteligente y desmesurada escritura de Castellanos está también el testimonio de una institución colonial viva, María. En el patriarcado del capitalismo, detrás de las obras de una gran mujer, hay también muchas otras mujeres y es éste un hecho que debe ser radicalmente desafiado.

    Edita (la del plumero) de la serie La Servidumbre, Sandra Eleta, 1977. Fotografía tomada de: https://www.surfacemag.com/events/radical-women-latin-american-art-1960-1985/.

    Castellanos, Rosario, Mujer de palabras. Artículos rescatados de Rosario Castellanos, Compilación, introducción y notas de Andrea Reyes, México, Conaculta, 2004-2007, 3 volúmenes. 

    Poniatowska, Elena, ¡Ay, vida, no me mereces! Carlos Pellicer, Rosario Castellanos, Juan Rulfo, La Literatura de la Onda, México, Joaquín Mortiz, 1985.

    Revilla Orías, Paola Andrea, “Indiecito de servicio: cautiverio, trata y servidumbre no-libre de niños en Charcas (siglos XVI-XVIII)”, Tzintzun. Revista de Estudios Históricos, número 74, julio-diciembre de 2021, p. 35-65.

    Steele, Cynthia, “María Escandón y Rosario Castellanos: feminismo y política personal en el ‘profundo sur’ mexicano”, Inti. Revista de Literatura Hispánica, número 40, otoño-primavera de 1994, p. 317-325.

    ¿Cuál es la diferencia entre discriminación y racismo?, cápsula a cargo de la Dra. Emiko Saldívar, México, Colectivo Copera, 2014. Disponible en: https://vimeo.com/104031657

    Las mujeres indígenas: defensoras de la vida y los territorios, hacia un pensamiento descolonial. Conversatorio con Yásnaya Aguilar y Aura Cumes, México, Coordinación para la Igualdad de Género UNAM, 2021. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=Z9YZhHmieD0.

  • Feminismo latinoamericano

    Feminismo latinoamericano

    Katherine M. Marino entrevistada por Estefany Aguilar Flores

    La historia del movimiento feminista en América, es un tema que, por lo general, ha tomado como punto de partida el sufragio femenino. El derecho de las mujeres a votar ha sido expuesto como el máximo logro del movimiento, con el cual la voz y participación femenina traspasó el ámbito de lo doméstico para integrarse al espacio público. En este sentido, el feminismo latinoamericano ha sido visto como un movimiento tardío, que trasladó de Estados Unidos la idea de la lucha por los derechos de la mujer, cobrando su relevancia hasta los años setenta, cuando se crearon organizaciones para este fin en la mayor parte del continente.

    No obstante, ante esta narrativa, Katherine M. Marino ha propuesto una nueva mirada que nos invita a conocer desde otro ángulo la movilización y la experiencia del movimiento feminista. En su libro Feminismo para América Latina (Grano de Sal, 2021) argumenta, a partir de una investigación histórica rigurosa,  cómo desde los años treinta del siglo XX mujeres del hemisferio sur del continente tejieron una red que impulsó sus derechos y pugnó internacionalmente por la lucha de los derechos humanos.

    ¿Cómo surgió su interés por estudiar el feminismo en América Latina?

    Cuando fui a la escuela de posgrado, tuve la intención de estudiar historia de las mujeres y de género de los Estados Unidos. Mi interés era abordar las redes internacionales de activistas en los años de entreguerras, especialmente quería aprender sobre las redes que existieron entre las feministas de los Estados Unidos (EUA) y las de América Latina. En los archivos de feministas estadounidenses encontré evidencia de fuertes colaboraciones con mujeres de América Latina y con organizaciones interamericanas, por lo que me interesé en conocer más acerca de la Comisión Interamericana de Mujeres, la cual fue creada en 1928 bajo los esfuerzos de feministas de Cuba y los EUA. Ésta fue la primera organización intergubernamental del mundo para la promoción de los derechos de las mujeres. 

    Mi disertación y, en consecuencia, mi libro se enfocaron en estudiar a este grupo y su activismo en los congresos panamericanos. La investigación me llevó a Brasil, México, Uruguay, Panamá y otros países, donde aprendí cada vez más sobre la tremenda fuerza y activismo innovador de los feminismos latinoamericanos durante este tiempo.

    De acuerdo con su libro, en los años treinta del siglo pasado se manifestó en el hemisferio sur de América una nueva forma de feminismo. ¿Cómo surgió y cuáles fueron las principales características de este movimiento?

    Sí, a mediados de la década de 1930, en respuesta al surgimiento del fascismo global, a la precariedad económica y social causada por la Gran Depresión y al imperialismo, el feminismo en América Latina y el Caribe entró en una nueva etapa. Yo la llamo “el feminismo americano del Frente Popular”. Fue un movimiento liderado por América Latina, en el que se combinaban las demandas laborales y socialistas con las de la igualdad de derechos para las mujeres, ubicándose en un ambiente de solidaridad interamericana antifascista, antirracista y antiimperialista. Este fue el contexto en el que surgieron el Frente Único Pro Derechos de la Mujer (FUPDM) en México, así como otros grupos feministas antifascistas en otros países, como el Movimiento Pro Emancipación de las Mujeres en Chile (MEMCH). En ellos se incluyó más que antes a las mujeres pobres y trabajadoras, y se exigió la igualdad de derechos políticos y civiles para las mujeres a niveles nacionales e internacionales. 

    Asimismo, se amplió el significado de la “igualdad de derechos”, puesto que se incluyó a los derechos económicos y sociales, además de que se promovió la legislación de la maternidad. Se pidió que esa legislación se aplicara a las trabajadoras domésticas y rurales, promoviendo un feminismo que valorara lo que hoy llamamos trabajo reproductivo.

    Cartel del 1er. Congreso Nacional del Movimiento Pro-Emancipación de las Mujeres, 1937. Colección: Elena Caffarena. Archivo Mujeres y Géneros, Chile. Imagen tomada de: https://www.genero.patrimoniocultural.gob.cl/651/w3-article-73258.html?_noredirect=1.

    El feminismo en América Latina se desarrolló en medio de diferentes acontecimientos históricos de alcance global. ¿Nos puede hablar del impacto que tuvieron algunos de estos eventos en el movimiento?

    En los años treinta, acontecimientos históricos como el ascenso del fascismo y la Gran Depresión influyeron en el feminismo de América Latina. En los años anteriores, la Revolución Mexicana y la historia más amplia del imperialismo estadounidense influyeron también profundamente en el feminismo de la región. En los años veinte, en una época de intervención política, militar y económica de EUA en América Central y el Caribe, el antiimperialismo era parte constitutiva de una marca fuerte del feminismo latinoamericano, debido a que este feminismo se preocupó por promover derechos civiles y políticos para las mujeres absolutamente iguales al de los hombres, así como derechos sociales y económicos, especialmente para las madres trabajadoras y sus niños.

    Cabe señalar que además se propuso como objetivo el fin del imperialismo estadounidense en la región, debido a que las feministas lo entendieron como responsable, en parte, de la opresión de las mujeres en el territorio. Ellas discutieron cómo el imperialismo estadounidense, ya sea a través de medios militares, económicos o políticos, socavaba los derechos, el bienestar y la seguridad de los pueblos, hombres y mujeres latinoamericanos. Como lo expresó la feminista puertorriqueña Clotilde Betances Jaeger, las mujeres en América Latina tenían la misión de denunciar el dominio estadounidense en «la ocupación de Nicaragua, el Canal de Panamá, el caucho brasileño, el azúcar cubano, el petróleo mexicano, las minas de oro en Perú y las minas de sal chilenas». 

    Usted destaca la participación de seis activistas cuya colaboración y discrepancias ayudó a tejer una red que permitió la expansión y movilización del feminismo a lo largo del continente. ¿Quiénes son y cómo se logró generar esta conexión intercontinental?

    Las seis activistas son Bertha Lutz de Brasil, Ofelia Domínguez Navarro de Cuba, Paulina Luisi de Uruguay, Marta Vergara de Chile, Doris Stevens de los Estados Unidos y Clara González de Panamá. Aunque mi libro incluye muchas otras feministas de México, Argentina, la República Dominicana y otros países, estas seis mujeres fueron muy importantes para el feminismo interamericano, un movimiento que innovaba nuevas formas del derecho internacional y que sentaba las bases para las nociones de derechos humanos internacionales. Estas mujeres fueron fundadoras de organizaciones feministas en sus respectivos países y pioneras de otras maneras,  por ejemplo, Clara González fue la primera abogada en Panamá y Paulina Luisi la primera doctora en Uruguay. Las seis participaron en congresos internacionales donde se conocieron y se hicieron amigas o, en algunos casos, enemigas. Todas tenían en común el privilegio racial y el de la educación, así como contar con relaciones personales que les permitían ganar entrada a espacios internacionales de élite. Sin embargo, también eran bastante heterogéneas política e ideológicamente, por lo cual hubo conflictos entre ellas. 

    Por ejemplo, conflictos acalorados surgieron acerca del imperio del norte y especialmente sobre el imperialismo de las feministas de los Estados Unidos, quienes frecuentemente se consideraban a sí mismas y a sus marcas de feminismo superiores al de las latinoamericanas. Doris Stevens presidió la Comisión Interamericana de Mujeres en su primera década de existencia, y aunque Ofelia Domínguez, Clara González y otras feministas latinoamericanas colaboraron con ella para crearla, encontraban cada vez más estrechos los objetivos de Stevens y su liderazgo unilateral. Los conflictos que las feministas latinoamericanas tenían con Stevens serían clave para ampliar sus objetivos, inclusivos de la justicia económica, social, y antiimperialista, y unir a las mujeres latinoamericanas a su alrededor.

    ¿Cuáles han sido los logros del feminismo latinoamericano y cuál ha sido su contribución en el tema de los derechos humanos?

    Mi libro sostiene que las mujeres de América Latina estuvieron a la vanguardia del feminismo global y los derechos humanos internacionales. Como dije antes, en los congresos y grupos interamericanos, surgieron conflictos acalorados acerca del imperio del norte y especialmente sobre el imperialismo que ejercían las feministas estadounidenses, quienes generalmente se consideraban a sí mismas y a su feminismo superior al de las latinoamericanas. En respuesta, las feministas latinoamericanas se unieron para impulsar su propia definición de feminismo, una definición más amplia, que confrontó muchas formas diferentes de desigualdades  y que resultó en victorias importantes. Mientras promovían constantemente los tratados internacionales sobre los derechos de las mujeres, en la década de 1930, conectaron estas demandas con los objetivos internacionales que se conocieron como «derechos humanos». 

    Su énfasis en la interdependencia humana y bienestar social en el corazón de este movimiento inspiró enlaces entre feministas y otros movimientos contra el antisemitismo, el racismo y el fascismo, exigiendo cada vez más sobre los derechos humanos internacionales a principios de la década de 1940. Las palabras que hoy asociamos con los derechos humanos internacionales: “derechos para todos independientemente de su sexo, raza, clase o religión”, fueron articuladas por feministas y otros activistas latinoamericanos de estos años. Sus influencias fueron evidentes cuando un grupo de feministas latinoamericanas —la brasileña Bertha Lutz, así como Amalia González Caballero de Castillo Ledón de México y Minerva Bernardino de la República Dominicana— actuaron como delegadas en la conferencia de San Francisco en 1945, ahí introdujeron los derechos de las mujeres en la Carta de las Naciones Unidas y su marco internacional de derechos humanos. También propusieron lo que se convertiría en la Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer. Este activismo feminista en torno a la Carta de las Naciones Unidas y también a la Declaración de Derechos Humanos de 1948 fue fundamental para lograr el sufragio femenino en muchos países de América Latina en los años cuarenta y cincuenta.

    Minerva Bernardino (República Dominicana), Bodil Begtrup (Dinamarca), Alice Kandalft Cosma (Siria), Amalia González Caballero de Castillo Ledón (México) y Dorothy Kenyon (Estados Unidos) en la apertura de la segunda sesión de la Comisión de las Naciones Unidas sobre la Condición Jurídica y Social de la Mujer, 5 de enero de 1948. Colección: ONU. Fotografía tomada de: https://dam.media.un.org/archive/-2AM9LOWDP3HX.html.

    ¿Cuáles son los retos del feminismo en América Latina?

    Hoy, el feminismo en América Latina, como en otras partes del mundo, enfrenta los desafíos del neoliberalismo, el ascenso de gobiernos de extrema derecha, la violencia de género y otras fuerzas que socavan los derechos y la autonomía de las mujeres, así como la justicia económica y social en general. Sin embargo, las feministas latinoamericanas también han seguido siendo líderes mundiales. Las feministas indígenas y afrodescendientes en la región han desafiado las epistemologías y prácticas eurocéntricas. Ellas conectan la explotación colonial y capitalista, el extractivismo y la violencia hacia la tierra y los recursos naturales con la explotación patriarcal y la violencia hacia las mujeres. 

    Ellas y otras activistas latinoamericanas, especialmente en el movimiento #NiUnaMenos, se han replanteado las comprensiones de la justicia y la salud reproductiva. Su activismo ha resultado en la reciente despenalización del aborto en México, Argentina y Colombia, en un momento en que la Corte Suprema de Estados Unidos anuló la Roe v. Wade (la decisión que en 1973 había tomado para garantizar el derecho constitucional al aborto) y los derechos de las mujeres son precarios en muchas otras partes del mundo. Todos tenemos mucho que aprender de las estrategias y el pensamiento innovador de las feministas latinoamericanas.

    Marino, Katherine M., Feminismo para América Latina. Un movimiento internacional por los derechos humanos, México, Grano de Sal, 2021. 

  • Historia del sindicalismo mexicano

    Historia del sindicalismo mexicano

    Por Saúl Escobar Toledo

    ¿Qué significado tiene la incorporación del Día del Trabajo en México?

    El Primero de Mayo tuvo en México, en sus orígenes, una inspiración anarquista ya que la marcha de 1913, la primera que ocurrió ese día en la historia de México, fue convocada por la Casa del Obrero, fundada unos meses antes, en septiembre de 1912, por trabajadores textiles y de otros gremios. Estos eventos fueron organizados por el Grupo Luz, “partidario del Sindicalismo Revolucionario”, basado en las teorías de anarquistas españoles y por supuesto en los escritos de Bakunin y otros ideólogos de esta doctrina política. La marcha tuvo como bandera central la jornada laboral de ocho horas y fue una demostración de la fuerza que la Casa y el movimiento obrero habían adquirido en poco tiempo. También fue una manifestación opositora contra la dictadura de Huerta, quien tenía unos meses en el poder después del asesinato del presidente Madero. Los trabajadores querían demostrar que estaban dispuestos a luchar y organizarse a pesar de las prohibiciones del gobierno en turno. Al mismo tiempo, la marcha fue un paro de labores, ya que los trabajadores que participaron en el desfile se ausentaron ese día de sus trabajos en las fábricas, talleres y comercios. En aquellos momentos esta conducta era muy significativa ya que los trabajadores podían ser castigados severamente por faltar a sus labores. Fue una demostración, también, de rebeldía frente a sus patrones. 

    Desde entonces, las marchas del Primero de Mayo han cambiado no sólo por su orientación ideológica sino también por sus demandas y sus relaciones con los gobiernos. En los años que siguieron a la Constitución de 1917, las marchas fueron combativas y encabezadas por contingentes independientes. Demandaban, fundamentalmente, el respeto al artículo 123 y la defensa de sus contratos colectivos y el derecho de huelga, aunque también hubo sindicatos que mostraron su apoyo al gobierno. A partir, sobre todo, de los años cincuenta y hasta los años ochenta el desfile del Primero de Mayo se convirtió en un acto que pretendía demostrar la unidad del “movimiento obrero organizado” con el gobierno. Posteriormente, se cancelaron los desfiles de las centrales obreras ligadas al Partido Revolucionario Institucional (PRI), y los sindicatos independientes tomaron las calles, exigiendo democracia sindical y aumento de salarios. También se manifestaron contra las políticas neoliberales. Actualmente, el Primero de Mayo se sigue celebrando con marchas independientes de un lado y, de otro, con reuniones entre el presidente y algunos líderes sindicales.

    Así, el Primero de Mayo ha sido una ocasión, en diversos momentos, para mostrar la rebeldía de la clase obrera contra el sistema capitalista, para exigir diversas reivindicaciones, para reiterar lealtad al gobierno, para exigir democracia y su oposición a las políticas contrarias a sus intereses y como una demostración de fuerza de las distintas organizaciones sindicales.

    Para muchos trabajadores, sobre todo en las últimas décadas, es simplemente un día feriado. Incluso, muchas empresas laboran normalmente y no pagan, de acuerdo con la ley, una remuneración extraordinaria. Muchos medios de comunicación se refieren a esta fecha simplemente como el “día del trabajo”, lo que contradice sus orígenes e inspiración en México y el mundo. A pesar de todo, ese día sigue siendo una celebración de los trabajadores y una ocasión para recordar injusticias y abusos, renovar sus peticiones y mostrar a los patrones y a la sociedad la importancia y el valor del trabajo.

    Almuerzo en lo alto de un rascacielos, Charles Clyde Ebbets, 1932. Fotografía tomada de: Wikimedia Commons.

    ¿Por qué el estado de Veracruz fue el primero en promulgar una ley del trabajo, incluso antes que la federación misma?

    El texto original del artículo 123 de la Constitución de 1917, señalaba: “El Congreso de la Unión y la Legislatura de los Estados deberán expedir leyes sobre el trabajo…”. De esta manera, en diversos estados del país los gobiernos se dispusieron a legislar en la materia. Así, según algunos historiadores, tan sólo entre 1917 y 1929, fueron promulgados alrededor de 90 códigos particulares en materia de trabajo con grandes diferencias entre sí, de acuerdo con las fuerzas políticas existentes en cada estado. Algunos fueron muy avanzados como los de Yucatán, Veracruz y Tabasco.

    En el caso de Veracruz, los campos petroleros de la Huasteca y la actividad comercial del puerto fueron dos lugares muy importantes que propiciaron la organización obrera. Además, el estado contaba con el sector industrial más desarrollado del país en 1910: la industria textil. Todo ello propició una fuerte movilización política de obreros textiles, ferrocarrileros, petroleros, alijadores y tabacaleros en el periodo 1912-1920. Así, entre 1917 y 1919, se legislaron diversas disposiciones en materia de trabajo cobijadas por el artículo 123 constitucional. 

    En 1920, durante la rebelión de Agua Prieta, el gobernador de Veracruz, Cándido Aguilar, leal a Carranza, huyó del país dejando sin titular al ejecutivo estatal. Después del triunfo del alzamiento, Álvaro Obregón lanzó su candidatura presidencial y apoyó la candidatura de Adalberto Tejeda como gobernador de ese estado. 

    Una vez instalado en la gubernatura, Tejeda promovió leyes en favor de los obreros y campesinos. Además, según algunos relatos, con el apoyo del gobernador Tejeda, un pequeño grupo formado por Manuel Díaz Ramírez, ex miembro de la Confederación General del Trabajo, el obrero catalán José Fernández Oca, secretario general de la Cámara del Trabajo, y otros activistas sociales entre los que destacaban Manuel Almanza, Herón Proal y Úrsulo Galván, fundaron en Xalapa, Veracruz, el comité local del Partido Comunista. 

    El 5 de febrero de 1922 se creó el Sindicato Revolucionario de Inquilinos en el puerto de Veracruz y poco después se llevó a cabo la huelga de pagos de rentas; fue uno de los movimientos sociales más importantes de la década de 1920. 

    En este contexto se promulgan en Veracruz las reformas laborales, principalmente dos: la Ley de Participación de Utilidades y la Ley de Enfermedades Profesionales y No Profesionales, entre 1920 y 1923. Tuvieron la oposición de los empresarios, sobre todo textiles, pero la movilización social permitió que no fueran derogadas a pesar de que el gobierno federal no las vio con buenos ojos, sobre todo la que reglamentaba el reparto de utilidades. 

    A finales de 1924, Adalberto Tejeda dejó la gubernatura para ocupar la Secretaría de Gobernación en el régimen del general Calles. Sin embargo, mantuvo su apoyo a los movimientos sociales del estado. Luego, en 1928, regresó a Veracruz para ocupar la gubernatura del estado por segunda ocasión y los movimientos agraristas y sindicales renovaron su activismo. El gobernador logró también cambiar algunas instituciones políticas; de esta manera, ese bloque de fuerzas, agraristas, sindicalistas y tejedistas, obtuvieron el control del Partido Nacional Revolucionario (PNR) local, del poder legislativo y de los “ayuntamientos libres”. De esta manera, se lograron cambios importantes, señalan algunos historiadores, de la estructura económica y social en beneficio de los campesinos y obreros de Veracruz.

    ¿Cuáles son los principales momentos que identifica en la historia de las clases trabajadoras en México?

    Sin pensarlo mucho y tomando en cuenta solamente el caso de los trabajadores asalariados urbanos (y no los campesinos, jornaleros o trabajadores por cuenta propia), creo que un primer momento, muy destacable, es sin duda la huelga de Río Blanco en las postrimerías del Porfiriato. Fue un episodio muy significativo porque los obreros estaban organizados en círculos clandestinos afiliados al Partido Liberal Mexicano (PLM); porque demostraron una gran unidad y fuerza, algo que tenía pocos antecedentes en la historia de México; y porque la respuesta de los patrones y especialmente del gobierno fue muy significativa: el presidente Díaz les dijo, en pocas palabras: “ustedes no tienen ningún derecho, así que pónganse a trabajar y no alboroten”. 

    Un segundo momento que destaco fue la fundación de la Confederación de Trabajadores de México (CTM) durante el cardenismo, ya que representó un momento de gran fuerza y unidad de los trabajadores. En esos años, había un sindicalismo independiente que se había confrontado con Calles y los gobiernos del maximato; luego se enfrentó a Cárdenas, aunque al mismo tiempo fue aliado del gobierno. Los dirigentes sindicales tenían una visión reformista y nacionalista muy interesante. El sindicalismo se convirtió así en un protagonista político fundamental tanto para apoyar las medidas progresistas del gobierno, destacadamente la expropiación petrolera de 1938, como para influir en la reconstrucción del Estado.

    Un tercer momento fue 1948 porque en ese año se reprimen a todas las disidencias obreras y el gobierno de Miguel Alemán puede controlar a los principales sindicatos de industria y a las centrales más importantes. De ahí en adelante, el sindicalismo mexicano va perdiendo autonomía y se subordina a la mecánica política del PRI y se convierte en base de apoyo electoral y de masas de los gobiernos en turno. Ello a pesar de las luchas de resistencia y por la democracia sindical que se dan en los siguientes años en los casos de mineros, maestros, electricistas, ferrocarrileros y electricistas, entre otros.

    Precisamente, el cuarto momento que subrayaría sería 1976 cuando la Tendencia Democrática del Sindicato Único de Trabajadores Electricistas de la República Mexicana (SUTERM) es reprimida por el ejército y liquidan al movimiento que se había sostenido durante seis años con movilizaciones permanentes en las calles de varias ciudades, incluyendo la capital del país. La Tendencia Democrática encabezó la llamada “insurgencia sindical” de los años setenta. Así, con su disolución cae el último sindicato importante que se opuso al gobierno. Hay que recordar, además, que la Tendencia Democrática levantó un programa que iba más allá de los asuntos sindicales o gremiales; su derrota significó también la posibilidad de reformar al régimen de la revolución mexicana y conducirlo por una senda de mayor distribución del ingreso y un crecimiento económico más autónomo, así como de un sistema político más democrático que, por supuesto, implicaba un sindicalismo libre e independiente, en oposición al “charrismo” que ya era hegemónico entonces.

    Finalmente, el último momento, de entre muchos otros que no voy a mencionar, sería 2019 cuando se aprueban las reformas a la Ley Federal del Trabajo para ponerlas en sintonía con las reformas constitucionales que se habían hecho dos años antes. Es un momento crucial porque las reformas son muy importantes, quizás las más importantes desde 1917, y porque abre el camino legal para la democracia sindical y, sobre todo, la contratación colectiva. La falta de organizaciones representativas y de una relación más equilibrada en las relaciones obrero-patronales, explica que el salario mínimo y los salarios en general hayan sido tan reducidos en México durante tres décadas,  incluso si los comparamos a escala mundial; que los trabajadores mexicanos registren las jornadas laborales más largas también a escala mundial,  y que tuvieran los días de vacaciones más cortos. En fin, una situación de extrema explotación, que produjo altos niveles de pobreza e ineficiencia del aparato productivo. Las reformas de 2017 y 2019 abren una etapa nueva que apenas está despuntando.

    Murales de la Industria de Detroit (detalle). Diego Rivera, 1932- 1933. Colección: Detroit Institute of Arts. Imagen tomada de: Wikimedia Commons.

    ¿Al revisar la historia del sindicalismo mexicano por qué es común pensar que los trabajadores y sus organizaciones entregaron su independencia a cambio de la seguridad social proporcionada por el Estado Mexicano?

    La etapa que, particularmente en la historia económica, se conoce como el “milagro mexicano” o del “desarrollo estabilizador”, se distinguió por una estabilidad relativa pero palpable en materia de precios y paridad con el dólar, además, con altos índices de crecimiento del producto. También fue una etapa de industrialización acelerada. Por su parte, el sindicalismo estaba casi totalmente controlado por los liderazgos afines al gobierno, los cuales, como vimos, utilizaron a sus gremios como clientela electoral del PRI y para obtener posiciones en el Congreso y en otros puestos públicos. Hay que reconocer que, también, fue una etapa de crecimiento de los salarios reales y del empleo, así como de mejores prestaciones.

    Este periodo abarca de los años cincuenta a principios del año ochenta más o menos, y presenta al mismo tiempo, una cara luminosa, por así decirlo, de bonanza económica, y otra muy oscura, de represión, antidemocracia, control del gobierno, despotismo, corrupción y monopolio del poder por un solo partido. Estas dos caras a veces se explican como si hubiera existido un pacto entre los trabajadores y el gobierno mediante el cual los primeros aceptaron la obediencia y la antidemocracia a cambio de mejores empleos y prestaciones. Pero este pacto nunca existió ni de manera explícita ni figurada. Lo que realmente sucedió fue que, como vimos, en 1948 se inicia un violento proceso de represión y aniquilamiento de la disidencia en los sindicatos y en otros espacios sociales; eso sucedió cuando apenas empezaba el proceso de sustitución de importaciones (SI) y de crecimiento económico.

    Perseguidas, encarceladas y maniatadas, las oposiciones sindicales y sociales en general ya no pudieron realmente negociar nada y tuvieron que resistir, a veces heroicamente, el asedio gubernamental. Por su parte, los liderazgos afines al gobierno, los “charros”, aprovecharon la bonanza económica para consolidar sus liderazgos y negociar con el gobierno su protección y un lugar destacado en la maquinaria política del PRI. Pero recordemos que estos liderazgos eran completamente antidemocráticos (salvo algunas excepciones) y por lo tanto esa negociación no fue consultada ni fue resultado de un consenso. Fue una imposición acompañada de altos niveles de violencia.

    Quizás el relato que plantea la pregunta, ha sido también atractivo porque en América Latina estos años (cincuentas, sesentas, setentas) estuvieron marcados por golpes de estado, represión militar e incluso supresión “legal” de la actividad sindical en algunos momentos. Al comparar esos niveles de represión y de inestabilidad económica y política con la situación mexicana, algunos encontraban como razón explicativa, ese quid pro quo de obediencia (o falta de independencia) a cambio de seguridad social, salarios al alza y mejores prestaciones. Pero si vemos la historia de manera más amplia, la “excepcionalidad” mexicana se debe a un hecho histórico también excepcional en América Latina, que fue la revolución mexicana. Ahí se puede encontrar la legitimidad del Estado mexicano en casi todo el siglo XX y por lo tanto su capacidad de mantener cierta paz social y un esquema de redistribución del ingreso, bajo un Estado autoritario.

    ¿Qué opina de las reformas en materia laboral realizadas por el Congreso mexicano en los últimos años?

    Como ya mencioné, me parecen de una gran importancia histórica. Fueron resultado de un conjunto de factores tanto a nivel nacional como internacional. Por un lado, el cambio político que se originó en Estados Unidos (EUA) con el triunfo de Donald Trump, lo que llevó a ambos partidos, el Demócrata y el Republicano, a cambiar su visión y sus posturas en torno al libre comercio que tanto habían pregonado, sobre todo los Demócratas, como una vía para el desarrollo y el crecimiento económico mundial. Entonces, después de las elecciones de 2016 se propusieron regular ese comercio, particularmente con México, bajo nuevas modalidades que incluyeron una detallada y minuciosa reglamentación de la libertad sindical y la contratación colectiva. Para ello, tuvieron el apoyo de los sindicatos, tanto de EUA como de Canadá. Y es que buena parte del electorado y las bases sindicales de esos países estaban muy molestos con el llamado outsourcing es decir, la salida de empresas, capitales y fuentes de trabajo de EUA hacia países como México, que cuentan con una fuerza de trabajo más barata. Después de la crisis de 2008, consideraron que era momento de cambiar de rumbo y para ello condicionaron el tratado comercial con México.

    Por ello, ahora, el tratado cuenta con un conjunto de cláusulas y mecanismos para logar que la reforma laboral se aplique en México y así, cada vez más, los trabajadores sobre todo de empresas manufactureras de exportación mejoren sus salarios y condiciones de trabajo. De esta manera, piensan nuestros socios comerciales, que el atractivo para la inversión en nuevas plantas fabriles será menor y podrán retener o recuperar empleos.

    Sin duda, la presión externa jugó un papel muy importante para que se aprobara la reforma laboral. Pero aquella coincidió también con la llegada de un nuevo gobierno, ajeno a los partidos que habían gobernado el país (PRI y PAN) en los últimos decenios. Con una nueva visión, el presidente Andrés Manuel López Obrador y su equipo consideraron que se requería aumentar los salarios, en primer lugar el mínimo. De esta manera, aceptaron con entusiasmo la nueva política estadounidense y las nuevas condiciones del tratado ahora bautizado como T-MEC o USMCA. Para el gobierno de MORENA, una mejor distribución del ingreso y una demanda interna más elevada mejorarían el crecimiento. Así que, por distintas razones, tanto la presión externa como la voluntad interna se conjugaron en una coyuntura histórica excepcional, de esas que se presentan quizás cada cien años, para que pudiera legislarse una reforma laboral de la importancia que hoy tenemos.

    El problema, ahora, es su aplicación. Las nuevas leyes se han enfrentado a problemas diversos. En primer lugar, las instituciones estaban mal preparadas para las nuevas reglas. Por ejemplo, como en México nunca han existido jueces laborales, los que ahora fungen como tales fueron formados en otras áreas del derecho: civil, penal, administrativo, etc.  y, por lo tanto, no tienen los conocimientos, ni la experiencia y sensibilidad, para entender qué significa aplicar la justicia en las relaciones obrero-patronales. Por otro lado, la ley está mostrando sus defectos y lagunas, lo que es natural en la medida en que se trata de una ley muy novedosa. Finalmente, y de mayor importancia, es que los trabajadores no se han “apropiado” de la ley. Muchos no la conocen; otros no confían en el sindicalismo, pues nunca han tenido una experiencia positiva y creen que todos los sindicatos son, por fuerza, corruptos y ladrones. Ello se debe a que durante casi treinta años los sindicatos fueron una ficción, apoyada en otra: los contratos colectivos de protección patronal. Es decir, no hubo más que excepcionalmente, actividad sindical: reuniones, asambleas, periódicos, marchas, mítines, huelgas, acciones de solidaridad, etc. En síntesis, no hay una cultura sindical. Ahora, los trabajadores más jóvenes tendrán que aprenderla de los más viejos, de otras experiencias y, principalmente, de la vida real. Eso puede tomar un tiempo…

    ¿Qué lo motivó a escribir su libro El camino obrero. Historia del sindicalismo mexicano, 1907-2017?

    En primer lugar, creo que no hay un libro que haga una reflexión del sindicalismo en el siglo XX mexicano. Eso me animó a emprender esa aventura. Hay muchos ensayos, excelentes, que abordan un movimiento, por ejemplo, el de los ferrocarrileros en 1958-59; o un periodo, por ejemplo, la colección coordinada por Pablo González Casanova en la editorial siglo XXI que está dividida en sexenios. Además, la reflexión acerca del sindicalismo, el movimiento obrero, y en general los temas laborales decayó en las últimas décadas, sobre todo si lo comparamos con los años setenta. 

    Debo aclarar que El camino obrero es una versión revisada y ampliada de un texto previo que apareció en 2006, primero como un ensayo editado (en un volumen colectivo) por el INAH y luego como libro, publicado por la UNAM. En esos años no se vislumbraba una reforma laboral como la de 2019. Más bien se veía el peligro de que se llevara al Congreso una reforma que “flexibilizara” el trabajo, como efectivamente sucedió en 2012. Por cierto, esa reforma mereció otro ensayo que publiqué hace unos siete años. La reforma de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto trató de legalizar la subcontratación y la contratación por horas de trabajo (y no por jornada completa) entre otras cosas. Era la reforma recomendada por el Fondo Monetario Internacional, que ya se estaba haciendo o se había hecho en varios países latinoamericanos. Por supuesto, además de precarizar el empleo, esas reformas debilitaron a los sindicatos.

    Sin embargo, en ese libro de 2006, se puede encontrar, además de una crítica a la flexibilización, una propuesta de reforma a la Ley Federal del Trabajo que buscaba democratizar los sindicatos y mejorar algunas prestaciones. Esa propuesta fue elaborada por un grupo muy notable de abogados especialistas en derecho laboral y algunos otros profesores con distintas formaciones académicas. Posteriormente, revisada, se llevó al Congreso de la Unión, por distintos dirigentes sindicales que fueron diputados por el PRD. Desafortunadamente, sólo contó con la indolencia de otros diputados del mismo partido y el rechazo tajante del PRI y, en menor medida, del PAN. Total, que nunca se discutió y por supuesto no se aprobó. Sin embargo, fue un primer esbozo de lo que en 2019 se volvería realidad. Darle seguimiento a esa propuesta fue, para mí, un interés permanente. 

    Debo decir también que mis estudios acerca de la cuestión sindical datan de hace muchos años,  desde que me acerqué a las luchas sindicales en los años setenta como estudiante de la UNAM. Luego, entré a trabajar en Estudios Históricos del INAH y me pidieron colaborar en otras investigaciones ajenas a ese tema. Sin embargo, mi interés por estudiar el sindicalismo se mantuvo: escribí y publiqué algunas reflexiones, pero también abordé otros temas de historia y  economía. Fue como dije antes,  hasta principios del siglo XXI, cuando decidí reunir mis reflexiones en un texto que tratara de abordar todo el siglo anterior. Finalmente, con el viraje que ocurrió en Estados Unidos y México, consideré que era oportuno reelaborar mis escritos y esto permitió la publicación de El camino obrero en 2021. 

    Finalmente, conviene aclarar que no intenté hacer un texto enciclopédico, es decir, un ensayo que narrara todas las luchas y organizaciones sindicales que ha habido en México. Lo que me propuse fue un texto que le diera un sentido histórico al movimiento, desde principios del siglo XX hasta la actualidad, para entender su evolución, sus triunfos y derrotas, el surgimiento y declive de sus organizaciones, sus banderas y programas de lucha y sus posiciones frente al Estado mexicano. Un texto que, sin ser demasiado largo, pudiera servir para reflexionar acerca del presente, abrir preguntas sobre el futuro y recuperar la memoria de las esforzadas y muchas veces heroicas luchas de los trabajadores en México. Un texto no sólo para los estudiosos del tema (“la academia”) sino también atractivo y útil para los sindicalistas del presente y, espero, del futuro inmediato.