• Adolfo Gilly, el maestro

    Adolfo Gilly, el maestro

    En marzo de 1966, a escasas dos semanas de su llegada a México, Adolfo Gilly fue detenido por la Dirección General de Seguridad y encarcelado por seis años. Durante ese tiempo en Lecumberri, Gilly escribió una obra, que, sin imaginárselo, se volvería un paradigma en la historiografía mexicana. Años después, en sus conversaciones con sus estudiantes, recordaría que estando en prisión —desde su posición como extranjero argentino— quería comprender y explicar qué era lo que había sucedido con esa revolución que tanto impacto tuvo en América Latina. Con sorpresa, admiración y gratitud nos contaba sobre la recepción de esa famosa carta de Octavio Paz que le abrió la puerta al mundo intelectual de aquella época. Pero también, con asombro, hablaba de la inesperada respuesta del público mexicano que ávidamente leía su libro y que lo convertiría en un clásico. 

    La lectura luminosa y provocativa ofrecida en La revolución interrumpida se cocinó a fuego lento en la crujía N contando tan solo con pocos libros, pero a su vez con gran agudeza teórica, compromiso militante y experiencia política. En la fotografía que acompaña a este texto, se le puede ver en ese periodo en su celda. Para ese momento, Gilly poseía un convulso bagaje de experiencias: una adolescencia socialista, una juventud trotskista y una labor periodística internacionalista. Vivió en la clandestinidad, en medio de conjuras, guerras y exilios. Había presenciado la marcha de las milicias mineras cuando la llama de la revolución boliviana de 1952 aún estaba viva. Se trasladó a Europa y representó al Buró Latinoamericano (BLA) de la Cuarta Internacional en los años de la revolución en Argelia. Se sumergió en las actividades de la guerrilla guatemalteca. Le tocó la crisis de los misiles del octubre cubano y la vida carcelaria con los presos de 1968. 

    Con esos antecedentes y ya en libertad, Gilly no paró. En México militó en el Partido Revolucionario de los Trabajadores, formó el Movimiento al Socialismo y se sumó a la insurrección cívica que impulsó la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas en 1988. Después llegó la fundación del Partido de la Revolución Democrática. La rebelión indígena de 1994 en Chiapas atrapó su atención y se volvió su “razón ardiente”. Se mostró solidario con el estudiantado de la UNAM en las huelgas de 1987 y 1999-2000. Alzó la voz en apoyo a la gente de San Salvador Atenco y de Oaxaca en el 2006. El corazón y el coraje le alcanzaron para clamar por los 43 estudiantes de Ayotzinapa. 

    Con su partida, en estos últimos días hemos leído sentidas reseñas de estas facetas que nos presentan al “último mohicano”, al heterodoxo, al erudito, al compañero de trinchera, al escribano, al camarada y al historiador. Sabemos de su energía desplayada en distintos frentes, de su compromiso político y de esa solidaridad inconmensurable que lo caracterizaba. A este retrato magno y multicolor agrego unos pequeños trazos del profesor universitario que conocí y del gran maestro que fue para muchas generaciones. 

    Adolfo Gilly tuvo una labor docente e ininterrumpida que cubrió más de cuarenta años. Se insertó en la vida universitaria, primero en la Facultad de Economía en 1977 y 1978, y, a partir de 1979, en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. En las décadas siguientes obtuvo numerosas becas y distinciones en México y Estados Unidos. Fue profesor visitante en las universidades de Chicago, Columbia, Stanford, Yale, New York, entre otras.

    A inicios del siglo XXI, cuando en Bolivia nuevamente se vivía un ciclo de rebeliones —que Gilly vislumbraba como la primera revolución de la centuria—, este profesor caminaba tranquilamente por los pasillos de la facultad. En su primer día de clases, acostumbraba a presentarse y pedía que se dirigieran a él por su nombre: Adolfo. Enseguida, afirmaba con serenidad que la historia estaba hecha por seres humanos y que de eso trataba su curso. No usaba un lenguaje rebuscado, sino que hablaba con claridad y sencillez para mostrar una constelación de autores. Su temario daba inicio con Los cuadernos de la cárcel, de Antonio Gramsci. Después, presentaba a Ranajit Guha y a la Escuela de la Subalternidad. Inmediatamente, daba a leer a Los dominados y el arte de la resistencia, de James Scott. Se debatía sobre el Estado, la hegemonía, la dominación y la subalternidad. Nos motivaba a pensar en estos conceptos para analizar al Estado mexicano. 

    Para mi fortuna, en esos años de licenciatura, pude acercarme más a Adolfo como adjunta en sus clases, ayudante de investigación y tesista. Por cerca de casi una década observé al maestro en acción. Adolfo preparaba sus cursos con esmero. Tomaba sus notas en sus cuadernos Scrib, que después reemplazó por unos blocks de hojas amarillas. Todos sus apuntes los hacía a mano. Siempre llegaba preparado con una nueva lectura de lo que ya había leído cantidad de veces. Primero exponía y luego daba la palabra. Escuchaba con atención y meditaba la opinión de cada estudiante. 

    En sus cursos de posgrado este intercambio era aún más amplio e intenso. Pasábamos horas en la antigua sede de Ortega 14, en el centro de Coyoacán. A los autores mencionados se sumaban Marc Bloch, Fernand Braudel, Walter Benjamin, E. P. Thompson, Carlo Ginzburg, Franz Fanon, Guillermo Bonfil, C.L.R. James, Friedrich Katz y otros. A Adolfo le preocupaba que aprendiéramos a usar este arsenal teórico. Aunque adviértase que no se trataba de usar definiciones mecánicamente.

    No solo era teoría, también era reflexión y emotividad. En algunos momentos, cuando hablábamos de la injusticia, el agravio, la humillación, el despojo y la explotación, Adolfo expresaba su indignación y rabia. En otros, con pasión se refería a la autonomía, la organización y la movilización. Sus ojos azules se encendían y su tono de voz incorporaba matices. Nos decía que la formación intelectual iba de la mano con una educación sentimental. No en balde nos recomendaba leer literatura y poesía. 

    Estas sesiones, con tonos cálidos y afables, eran altamente disfrutables. Su modelo de enseñanza era empático, respetuoso y cariñoso al que añadía elegantes toques de humor. Era un profesor encantador, distinguido por su ética y congruencia. Era experto en construir espacios de complicidad y de camaradería. Gracias a esa confianza generada —y con el conocimiento de sus largas y múltiples aventuras y travesías— pudimos nombrarlo capitán Gilly, y le agradó. No era su estilo tener un rango más alto. Los generales eran Ángeles y Cárdenas. Claro está que no le cayó mal el emeritazgo al que a veces, en broma, se refería como almirantazgo.

    Adolfo Gilly en Lecumberri. Fotografía: Archivo personal de Adolfo Gilly.

    Pero no se piense que tal cercanía y ambiente amable y alegre que Adolfo logró concitar le restó seriedad al trabajo académico. Nuestro maestro leía y atendía con formalidad y rigurosidad las tesis dirigidas. Se ponía serio y también era exigente. Así asumía su papel en los comités tutoriales. Su pasado de corrector de estilo emergía cuando revisaba los manuscritos del alumnado. Disfrutaba encontrar las fallas en la redacción y ponía sus marcas en todos los textos. Invitaba a escribir bien y a saber contar historias. De esta forma, dejó una honda huella en la formación intelectual y humanística de muchas generaciones de estudiantes. En los informes universitarios, Adolfo Gilly gustaba de citar la divisa del maestro Eduardo Nicol: “Pensar y enseñar a pensar”, y afirmaba que también esa era la suya.

    Buen viaje, mi querido capitán. Gracias por tu infinita generosidad en las aulas y en el día a día.

  • La División del Norte

    La División del Norte

    La División del Norte es una de las mayores hazañas históricas mexicanas. Su organización fue un punto de viraje en la guerra campesina y en la revolución. Las masas del norte del país y las que se sumaban en su avance, se incorporaron en ella, la organizaron de la nada y contra todos, le dieron su tremendo empuje, alzaron a uno de sus propias filas, Francisco Villa, como el mayor jefe militar de la revolución, barrieron en el camino con cuanto se les puso por delante. 

    A diferencia del zapatismo, la División del Norte, es decir, el ejército villista, en la etapa de sus grandes triunfos militares contra el ejército federal no tuvo independencia en cuanto a dirección política y a programa. Avanzó sobre el centro del país hacia el derribamiento del gobierno como uno de los tres cuerpos de ejército en que se apoyaba la dirección burguesa de la revolución. Pero dentro de esta estructura, tuvo en los hechos una creciente independencia militar que era la manifestación de la necesidad de independencia política que subía confusamente desde las filas de la División del Norte. 

    Esa necesidad nunca habría encontrado forma de expresarse, si no hubiera sido por la existencia del ejército zapatista en el sur. La conjunción entre el ejército campesino y plebeyo que bajaba violentamente desde el norte, encabezado por Villa, y el ejército campesino que desde el sur amenazaba a la ciudad de México, dirigido por Zapata, era un hecho tan previsible como temido por los dirigentes burgueses y pequeñoburgueses de la revolución, porque significaba unir la mayor capacidad militar con la mayor capacidad política alcanzadas por las fuerzas campesinas. Equivalía a unir nacionalmente la insurrección campesina, y aquellos dirigentes sentían que no sólo caería el gobierno de Huerta contra el cual combatían, sino que también su propia perspectiva de clase iba a quedar bajo una amenaza cuyos alcances no podían prever, pues la capacidad revolucionaria del campesinado era para ellos magnitud desconocida y hostil. Pero nada de cuanto hicieron pudo evitar ese encuentro, porque mientras duró el ascenso de la revolución ellos no tuvieron la suficiente fuerza militar, social ni política para oponer al zapatismo y al villismo. 

    La historia de la División del Norte es la historia militar y social de cómo masas campesinas y plebeyas organizadas en ejércitos se abrieron paso y abatieron todos los obstáculos hasta dominar la mayor parte del territorio del país. En ese sentido, la historia de la guerra civil hasta la caída de Huerta es, no única pero sí fundamentalmente, la historia de la División del Norte.

    ***

    La División del Norte tuvo su etapa de auge durante todo el año 1914. Era un polo de atracción al cual se sumaban los campesinos insurrectos, sus mujeres, sus familias. Los oficiales, salvo excepciones, tenían la misma extracción plebeya y campesina: la audacia, la valentía y la capacidad de combate eran las condiciones a través de las cuales se operaba la selección. 

    Con pasión y afecto, John Reed describe en México insurgente el avance de los villistas en la primera mitad de su año de triunfo. Es una masa armada que se desplaza hacia el sur dando batallas grandes y combates pequeños, conquistando México en su marcha. Sobre los trenes o a caballo, acompañados por sus mujeres que cuando es preciso también empuñan los fusiles, y las mujeres llevando consigo a sus hijos pequeños, los soldados de la División del Norte encarnan la fuerza incontenible de la revolución.

    Villa, Leopoldo Méndez, Taller de Gráfica Popular, ca. 1944. Colección: Particular. Imagen tomada de aquí: https://www.annexgalleries.com/inventory/detail/20650/Leopoldo-Mendez/Villa-aka-Pancho-Villa

    En apariencia es un tremendo desorden. Pero en la acción, por debajo de ese aparente desorden hay un orden superior a cualquier reglamento militar. Es el orden impuesto por la voluntad común y el objetivo común que guía a los campesinos organizados en ejército: la victoria significa las tierras, después de la revolución no va a haber más ricos ni más pobres, cuando triunfemos todos seremos iguales y viviremos en paz, tendremos la tierra y no habrá explotadores. En ese resorte profundo se apoya el comando de Pancho Villa para unificar en su voluntad militar de victoria, la de todos. Puede hacerlo como ningún otro porque él mismo es un campesino, es la síntesis de todas las cualidades y rasgos del carácter, los deseos y las perspectivas de sus hombres. Por eso pudo la capacidad organizadora de Villa convertir a esa masa armada en el mejor ejército de la revolución mexicana. 

    Con el villismo, la inmensa multitud de los peones y jornaleros del norte, de los campesinos sin tierra, de los pobres de siempre, encuentra un objetivo, siente que se incorpora a la vida, que por primera vez puede expresarse, combatir para vencer y decidir, no para ser reprimidos y aplastados. Lo siente mucho más porque su jefe es también un campesino, el mejor militar, el mejor jinete y el mejor hombre de campo de todos. El villismo no tiene un programa, como Zapata, pero tiene la figura de Villa: a falta de programa, su persona representaba a los campesinos y pobres insurrectos. 

    Ellos se veían en Villa, les inspiraba confianza absoluta. Llevaba al nivel heroico los rasgos propios de todos: el coraje, el odio a los explotadores, la desconfianza, la implacabilidad en la lucha, la crueldad, la astucia y la ingenuidad, la fraternidad, la ternura y la solidaridad hacia los pobres y los oprimidos, y también la inestabilidad de carácter, reflejo indirecto de la situación intermedia del campesinado en la sociedad burguesa. Los rasgos teatrales en muchas acciones de Villa encuentran allí su explicación. Así tenía que ser, eran un medio de comunicación instintivo con su propia base, un instrumento elemental de unificación, de dirección y de imposición de su voluntad de mando. 

    Era necesaria la personalidad de Pancho Villa para unir y dar una dirección a esas masas en movimiento, a las cuales se sumaban y con las cuales se confundían arribistas, pequeñoburgueses pobres y ambiciosos, desertores, militares, partidas armadas formadas espontáneamente en las aldeas del norte que se reunían y dispersaban al azar de las batallas. Podía darla no porque sus rasgos estuvieran predestinados para ello, sino precisamente por lo contrario: porque esa personalidad era el producto, la quintaesencia, la “creación” de esas masas que elevaron a Villa como su jefe. La mayoría de los rasgos enérgicos, marcados, que la burguesía ha tratado y trata de denigrar en Villa —mientras oculta o disimula el carácter cruel, siniestro y asesino de sus jefes, Carranza el primero, masacradores a sangre fría de miles y miles de campesinos— eran rasgos necesarios para poder ejercer su jefatura sin los medios culturales y de clase que la burguesía y sus instituciones proporcionan a sus propios cuadros. Villa, más que ninguna otra figura de la revolución, llegó a infundir terror a la burguesía, y la denigración no es más que el reflejo invertido del miedo que aún le inspira.

    El origen de ese terror no era Villa en sí, sino la revolución campesina que él representaba. Pero Villa sabía también cómo usarlo militarmente. Sabía mantener, cuidar y acrecentar el prestigio y la fama de invencibilidad de la División del Norte. Y lo utilizaba como uno de los elementos de la acción militar, pues inspirar de antemano terror al enemigo era tenerlo ya a medias vencido antes de entrar en choque directo con él. Por eso muchas de las anécdotas de crueldad de Pancho Villa no eran en esencia más que medidas elementales, instintivas a veces, pero imprescindibles en aquella lucha, de terror revolucionario contra el enemigo de clase. En cambio, Madero primero, Huerta después, Carranza más tarde asesinaron en masa al campesinado de Morelos; quemaron, fusilaron, masacraron, deportaron hasta exterminar a la mitad de la población de la zona zapatista. 

    “El ejército napoleónico”, decía Marx, “era el point d’honneur de los campesinos parcelarios, eran ellos mismos convertidos en héroes, defendiendo su nueva propiedad contra el enemigo de fuera, glorificando su nacionalidad recién conquistada, saqueando y revolucionando el mundo. El uniforme era su ropa de gala; la guerra, su poesía; la parcela, prolongada y redondeada en la fantasía, la patria; y el patriotismo la forma ideal del sentido de propiedad.” Aún más que eso, mucho más, era el ejército villista para los campesinos de México, porque era también su fuerza, su “partido militar” y su personalidad de hombres, negada por los opresores durante siglos, entrando violentamente al mundo a sangre y fuego, abriéndose paso gozosamente contra los patrones, los ricos y los catrines. 

    En parte por instinto de clase, en parte por inteligencia y conciencia, en todo eso supo apoyarse Pancho Villa. De ahí salía el empuje militar de la División del Norte. “Cuando ganemos la revolución, ésta será un gobierno de hombres, no para los ricos. Vamos caminando sobre las tierras de los hombres. Antes pertenecían a los ricos, pero ahora me pertenecen a mí y a los compañeros”, decía un capitán villista a John Reed. Y le decía un campesino viejo: “¡La revolución es buena! Cuando concluya, no tendremos hambre nunca, nunca, si Dios es servido”. Con esa carga concentrada y explosiva de esperanzas se precipitó sobre la capital la División del Norte, haciendo trizas en el camino el ejército de los terratenientes. 

    Pero no sólo con esperanzas se hacen los triunfos, sino ante todo con organización de las fuerzas propias. Y en eso Villa fue un maestro. Supo utilizar los trenes hasta el máximo, organizar los abastecimientos, obtener los pertrechos y los fondos de donde los hubiera, tener hasta treinta y cuarenta vagones hospitales con los últimos adelantos de la época, esmaltados de blanco por dentro, con todo el instrumental quirúrgico, organizar la evacuación veloz de los heridos hacia la retaguardia. Se esforzó por ir imponiendo las normas del reglamento militar. Supo utilizar a los oficiales de carrera que se fueron incorporando a su ejército. Y tuvo a su lado al más destacado de ellos, el general Ángeles, y supo apoyarse en sus conocimientos de artillería y en su capacidad de estratega militar como uno de los factores de los principales triunfos de la División. 

    Fueron rasgos del mando de Villa la audacia y la impetuosidad de los movimientos de combate, para los cuales se prestaba su elemento natural de lucha y su arma favorita, la caballería. Pero a esos rasgos los acompañaba un sentido natural de ahorro de fuerzas y de preocupación por la suerte de sus soldados, por sus condiciones de combate y por sus vidas; todo lo contrario de la actitud de los oficiales federales, que consideraban al soldado simple carne de cañón desechable y despilfarrable en las batallas. Por eso el soldado villista, además de que luchaba con un objetivo revolucionario, veía también lógico cuando una orden le exigía arriesgarse, jugarse la vida o aun ir a la muerte, porque su experiencia le había enseñado a confiar en que el mando cuidaba las vidas de sus hombres.

    Francisco Villa y sus tropas en un carro de ferrocarril, Otis A. Aultman, ca. 1914. Colección: Bibliotecas de la Universidad del Norte de Texas, El Portal de la Historia de Texas, Biblioteca Pública de El Paso. Fotografía tomada de: https://texashistory.unt.edu/ark:/67531/metapth63275/?q=Francisco%20Villa.

    Pero sobre todo, la División del Norte era el ejército de los campesinos y los pobres. Lo encabezaba un caudillo campesino. La mayor parte de sus mandos superiores y subalternos eran campesinos. Sus trenes venían cargados de campesinos y campesinas armados, haciéndose dueños de México. En los pueblos y ciudades donde entraban sus destacamentos, abrían las puertas de la cárcel y ocupaban el monte pío, devolviendo al “pobrerío” los pequeños bienes empeñados para sobrevivir. Por donde avanzaba, alzaba las esperanzas campesinas, concentraba el apoyo, estimulaba con su solo paso a sublevarse, a tomar las tierras, a cultivar cada uno su parcela en las haciendas de donde habían huido los terratenientes. La rodeaba y la empujaba el cariño de las masas. Tenía, como los zapatistas y como todos los ejércitos populares, un servicio de informaciones perfecto: siempre sabía qué pasaba en territorio enemigo, qué se planeaba en sus campamentos y cómo preparaban la defensa de sus ciudades, porque el campesinado veía todo con sus incontables ojos e informaba todo por sus innumerables bocas. Por eso, mientras durara el ascenso de la movilización, la División del Norte era invencible. Y a través de ella, o al amparo de ella, las masas del campo aprovechaban para ajustar muchas pequeñas y grandes cuentas, acumuladas durante siglos de opresión y de rapiña, con los ricos, sus agentes y sus aliados, con los señores, sus administradores, sus mayordomos y sus rurales. Era la revolución. 

    No sólo la fulminante capacidad de combate, sino la capacidad de organización de Pancho Villa es un recuerdo de pesadilla para la burguesía mexicana. Villa enseñó que el ejército burgués no es invencible en la guerra civil y dejó en México la tradición de que un ejército campesino, dirigido por un general campesino, puede vencerlo batalla tras batalla hasta aniquilarlo. Eso la burguesía lo tolera y hasta lo olvida a uno de los suyos, pero no lo perdona jamás a un antiguo peón de sus antiguas haciendas. 

    Un campesino antes bandolero, que no pudo recibir siquiera instrucción escolar elemental pero que sabía a perfección todas las artes del caballo, del campo y de las armas; que terminó de aprender a escribir en el tiempo que estuvo en la cárcel de México pero que mostraba una rapidísima inteligencia organizadora; que para la burguesía era la negación de su cultura y de sus hábitos de clase, pero cuyas reacciones y movimientos no podía prever y le echaban encima fuerzas enemigas, poderosas y desconocidas para ella; ese hombre se le aparecía como una encarnación del mal absoluto, es decir, de la revolución. Y sobre todo, ese hombre mostraba que nada de lo que ella, la burguesía, consideraba imprescindible para vivir, en realidad era necesario. Es decir, en el fondo, que ella misma como clase no era necesaria, porque un dirigente campesino era capaz de organizar lo que sus mejores administradores jamás hubieran podido. Eso es una pesadilla para la burguesía, pero es también, y sobre todo, una fuente más de confianza en sí mismas para las masas de México. Por eso en la memoria de ellas se mantiene viva la figura de Villa, y aunque la historia oficial lo denigra mientras ensalza la figura de Carranza, Villa sigue viviendo en los corridos, en el arte popular, en las anécdotas y en la esperanza de los pobres y los oprimidos. 

    La División del Norte era la forma militar del poder de los campesinos, así como el zapatismo era ante todo su forma social. Ésa fue la potencia irresistible que partiendo de Chihuahua en el mes de marzo de 1914, se abatió sobre Torreón y el 2 de abril quebró la resistencia federal e hizo suya la plaza.

    Este texto es un fragmento del capítulo “La División del Norte” del clásico libro de Adolfo Gilly, La revolución interrumpida. Escrito cuando Gilly se encontraba encarcelado en Lecumberri por su militancia política de izquierda, fue publicado por primera vez en 1971 por la editorial El Caballito. Posteriormente, el autor realizó actualizaciones en dos ediciones publicadas por Ediciones Era. El presente fragmento se reproduce, con autorización, de la última edición publicada por Era en 2007.

    Derechos Reservados © EDICIONES ERA S.A. DE C.V., La revolución interrumpida, Adolfo Gilly, 2007.

  • Los indios ante el liberalismo juarista

    Por José R. Pantoja Reyes

    La historiografía tradicional tendió a desaparecer del relato histórico nacional la presencia y la acción de los grupos indígenas en la vida política mexicana del siglo XIX, en ese relato los indígenas aparecían apenas como referencia, en lo general los consideró como parte del escenario de fondo en el que ocurrían los enfrentamientos de las élites oligárquicas en su disputa por el control del Estado, resultaban sólo un eco de historias pequeñas que se disolvían mientras la “nación” luchaba por mantenerse como país independiente. Esa versión histórica del siglo XIX sólo resaltó un aspecto de la historia nacional, que gira en torno a la formación del Estado y el caos que la disputa política produjo, en el que la lucha entre las ideologías de las élites, liberales y conservadoras, era el hilo conductor de la historia. Dejó sin atención los esfuerzos que la sociedad y los grupos subalternos hacían por sostener la vida productiva, la del día a día.  Sobre todo hizo de lado las múltiples acciones de los pueblos campesinos para enfrentar los procesos de despojo de tierras y recursos naturales, así como las iniciativas políticas de los sectores populares, entre ellos de manera destacada de los pueblos indígenas, para instaurar un Estado que los incluyera. Esa historia se ha ido rescatando desde el último tercio del siglo XX y en estas primeras décadas del siglo XXI y la imagen que se ha ido perfilando nos muestra la complejidad y heterogeneidad de la vida social y política de los grupos subalternos mexicanos en el siglo XIX y de su relevante papel en la formación del México independiente. 

    La población indígena en el siglo XIX

    Por principios de cuentas, la población indígena mantuvo un lugar preponderante en términos demográficos. Al triunfo de la Independencia constituían el 60% de la población y, a pesar de todo, hacia finales del siglo, según los censos de época, eran aún casi 40%. Esa cifra no considera a grupos que mantuvieron una relativa independencia como los mayas rebeldes de la península de Yucatán, los huicholes y coras de Nayarit y de Jalisco o los de la frontera como los apaches, por lo que habrá que apuntar unos puntos porcentuales más a la población indígena. 

    La disminución demográfica indígena puede explicarse por varios factores: entre ellos, habrá que señalar el efecto de un subregistro censal de la población indígena por un proceso de “desindianización” formal, provocado por diversas disposiciones legales que pretendían desaparecer la cultura indígena, y por los procesos de despojo de los bienes comunales en manos de indígenas en pos de la propiedad privada. Después de la Independencia, y conforme avanzó el siglo y la ideología liberal se convirtió en la ideología de Estado, se dispuso en la legislación mexicana que, para todo asunto oficial, la categoría “indígena” debía dejarse de usar, por lo que de facto desapareció no sólo la categoría social sino también las instituciones asociadas a dicho estamento y por consiguiente cualquier tipo de derecho político y social indígena se canceló. 

    Entrada Triunfal de Benito Juárez a la Ciudad de México, Antonio González Orozco, 1967. Colección Museo Nacional de Historia, Castillo de Chapultepec. Imagen tomada de: https://es.m.wikipedia.org/

    Asimismo, los liberales consideraron que la marginación y pobreza de una buena parte de la población se debía a su condición “étnica” por lo que se propusieron acabar con la diferenciación estamental y con la organización corporativa del Estado, que la Iglesia y los pueblos indígenas conservaban. Al inicio, el igualitarismo político fue promovido por el movimiento insurgente que intentó acabar con la esclavitud –expresado en las disposiciones que emitió Hidalgo en la ciudad de Guadalajara (6 de diciembre de 1810)–  y  con las formas de servidumbre y obligaciones que se les imponía a los pueblos indígenas. El Plan de Iguala estableció que se debía considerar como ciudadanos a toda la población sin importar el estamento (diríamos hoy, étnico). En el año 1822, se eliminaron tributaciones asignadas a la población indígena y se dispuso anular de los documentos oficiales la calidad racial. La Constitución de 1824 recogió estas disposiciones y en la legislación mexicana desaparecieron los “indios”, sin embargo, en la vida social, política y económica la población indígena siguió teniendo un lugar fundamental. 

    La desaparición legal de la categoría estamental fue un buen motivo para atacar las instituciones de gobierno que durante la colonia se habían establecido para las repúblicas de indios, lo que hoy se denomina gobiernos tradicionales. La desaparición de las repúblicas de indios quiso ser aprovechada por grupos de interés de fuera de esas comunidades (aunque también los hubo desde el interior) al establecer el nuevo sistema de municipios y ayuntamientos. La nueva legislación en materia política provocó un largo conflicto a nivel local en el que los pueblos indígenas trataron de mantener el control de sus gobiernos locales, en ocasiones a través de la lucha electoral dentro del nuevo sistema de ayuntamientos, en otras separando las comunidades más pequeñas (pueblos-sujetos) de los nuevos ayuntamientos de los pueblos cabecera, etcétera. Esa disputa local se desarrolló prácticamente en todos los pueblos indígenas y los obligó, aún en regiones apartadas o de difícil acceso, a estar pendientes de los cambios políticos y legales que se sucedieron en el país y en los Estados. La idea romántica de la preservación de los pueblos, en los que los indios se habrían mantenido apartados de las luchas políticas del país y habían mantenido su cultura e instituciones inalteradas hasta nuestros días, está muy alejada de lo que ocurría entre la población indígena en el siglo XIX, población que estaba muy lejos de desaparecer y de perder importancia económica, social y política. 

    Si bien en el Estado (central o federal) las dificultades financieras eran el pan de cada día (por la deuda externa, la especulación de la deuda, el deterioro del comercio exterior y el estado de guerra permanente), la vida productiva a “nivel del suelo” continuó y las actividades agropecuarias lograron mantener la vida económica del país después de la caída de la producción minera (y las actividades productivas directamente vinculadas a ella) desde el periodo de Independencia hasta el Porfiriato. Además de sostener la economía del país, la actividad agropecuaria hizo posible el crecimiento de la población. Todas las unidades rurales (ranchos, haciendas, comunidades) fueron creando una dinámica productiva en la que se combinaban la producción de autosustento y, ajustándose a las condiciones y el momento político,  la producción de excedentes para el comercio local y regional; muy pocas unidades económicas se dedicaron exclusivamente a la producción orientada al mercado, como llegó a ocurrir en los casos del de azúcar, tabaco y algodón. El crecimiento de la agricultura comercial tuvo que esperar hasta la república restaurada y fue hasta el Porfiriato en la que tuvo un auge exponencial. En gran medida, fueron los campesinos (indígenas y mestizos) en comunidades y ranchos los que mantuvieron activa la producción agropecuaria y sostuvieron al país. 

    La dinámica productiva que combinaba la producción de autosubsistencia con producción orientada al comercio (ganado, cereales, algodón, azúcar, tabaco) sostuvo un crecimiento de la población de alrededor de un 50% entre 1810 y 1878, pues pasó de 6.1 millones a 9.6 millones; ese crecimiento se produjo a pesar de las pandemias (como el cólera de 1838), guerras civiles y rebeliones campesinas. La población de origen indígena, como ya dijimos arriba, también participó en ese crecimiento aunque no se vea reflejada en las estimaciones demográficas de la época, la reducción en las cifras censales se debe más bien a la “desindianización” que a una caída demográfica o a un proceso de mestizaje.

    La población indígena vivía preponderantemente en zonas rurales, la mayoría se dedicaba a la agricultura. Se distribuía entre poblados con mayoría indígena o en comunidades (parcialidades y barrios) interétnicas en pueblos y ciudades. Tendían a la producción de auto subsistencia, pero participaban del comercio local con productos de sus excedentes agrícolas o con productos artesanales. También aportaban tributaciones civiles y eclesiásticas (estas últimas dejaron de ser obligatorias definitivamente después del triunfo liberal y la restauración de la república) y con parte de sus excedentes ayudaban a sostener las administraciones locales y estatales. Así, hasta las comunidades más apartadas participaban del sostén de la economía del país. Los indígenas también formaban la mayoría de jornaleros que trabajan en las haciendas de forma temporal o permanente por el sistema de endeudamientos; intervinieron en la arriería que sostenía el comercio regional y participan en la de larga distancia; también se dedicaron a la manufactura artesanal en las ciudades y a otras muchas actividades de la vida urbana. 

    La población indígena se concentró, como la mayoría del resto de la población, en las regiones centrales (en las que se incluye el occidente y del golfo) y sureñas del país, pero eso no redujo la diversidad de lenguas o de prácticas culturales: muchos grupos tenían elementos en común, como el catolicismo o sobrevivencia de instituciones coloniales, pero había una gran heterogeneidad en los modos de practicarlas y en las relaciones con las instituciones nacionales y estatales y con los oligarquías locales y regionales. Muchos aspectos de esa diversidad aún tienen que ser estudiadas y reconstruidas para estar en condiciones de comprender los comportamientos y mentalidades de los grupos subalternos del periodo. 

    El embate liberal 

    Los indígenas enfrentaron múltiples presiones de las élites nacionales que como ya señalamos arriba, trataron de “desindianizar” el país, atacando las instituciones político-administrativas heredadas de la colonia, pero también con la intención de acabar con las lenguas y culturas indígenas. Pero fueron las oligarquías regionales (y también del sector de rancheros de pequeñas y medianas propiedades) las que, amparadas en la legislación de desamortización, sin importar su filiación ideológica, se apropiaron de tierras y recursos naturales de los pueblos campesinos indígenas y mestizos, de ahí que muchos pueblos indígenas terminaron cercados por las haciendas obligándolos a convertirse en jornaleros o fueron empujados a la servidumbre por deudas. La expectativa de los liberales de acabar con la desigualdad, de garantizar el derecho de propiedad para todos los mexicanos y de procurar el progreso del país, se convirtió en un enfrentamiento generalizado, una guerra civil propiamente entre las élites y los campesinos. 

    Mientras que los conservadores opinaban que debía mantenerse la tutela sobre la población indígena y, por tanto, su separación legal e institucional que se había instrumentado en el periodo virreinal, los liberales pensaban que el país progresaría y ocuparía el lugar que le correspondía entre las naciones “civilizadas” si se lograba establecer la igualdad política y jurídica entre la población, crear un mercado capitalista de mercancías y bienes (tierras) e instrumentar un sistema de educación moderno en toda la población.  Si bien hubo diferencias en las interpretaciones filosóficas que sustentaban el credo liberal o énfasis en ciertos aspectos entre la primera generación (José María Luis Mora y Lorenzo de Zavala, por ejemplo) y la segunda generación (Ignacio Ramírez, Lerdo de Tejada, Benito Juárez, Guillermo Prieto), los liberales fueron los más comprometidos en combatir las diferencias legales y culturales entre la población indígena y la de origen hispano y mestizo y se propusieron establecer un régimen constitucional en el que desaparecieran esas diferencias que se habían heredado de la colonia y que estaban asentadas en la división estamental de la sociedad (“las diversas naciones”, las “división de razas”, la “multiplicidad de lenguas”) producto de la conquista, en los privilegios y el poder de las corporaciones religiosa y militar y en la propiedad comunal de los pueblos campesinos. (Algunos de los liberales, como Lerdo de Tejada y Mariano Otero, también criticaban la gran propiedad de manos muertas de las haciendas). 

    Después de la revolución de Ayutla (1854-1855), el programa liberal tendió a radicalizarse por el nivel de enfrentamiento contra grupos vinculados al programa conservador, en particular contra la Iglesia. Ese programa se convirtió en legislación con la promulgación de las Leyes de Reforma y luego formaron parte del nuevo Estado republicano con su incorporación a la Constitución de 1857. Se logró la separación de la Iglesia y el Estado, el fin de los tribunales especiales (militares y eclesiásticos), la nacionalización de los bienes de la Iglesia y la desamortización de las propiedades comunales. 

    En el caso de Benito Juárez, quien como sabemos fue gobernador de Oaxaca (1847) y presidente de la república desde la Guerra de Reforma hasta la república restaurada (1858-1872), tuvo particular interés en combatir los privilegios corporativos de la Iglesia, desde las tributaciones indígenas hasta la existencia de tribunales eclesiásticos que podían intervenir en conflictos civiles y protegían al clero frente a los reclamos civiles, particularmente indígenas. Por lo que fue un promotor de las legislaciones para terminar con los tribunales de carácter corporativo (Ley Juárez, 23 de noviembre de 1855) y fue en su gobierno cuando se establecieron las bases de la secularización del Estado en México, al decretar la separación de la Iglesia y el Estado, así como por acabar con el poder económico de la Iglesia (Ley de nacionalización de los bienes de la Iglesia, 12 junio de 1859). 

    Hacía el seminario, María Luisa Martín, Taller de la Gráfica Popular, 1957. Colección INEHRM. Imagen tomada de: https://www.inehrm.gob.mx/sitios/juarez/images/galeria/07.jpg

    Juárez fue el primer gobernante en otorgarle el carácter obligatorio y gratuito a la educación básica. Su enfrentamiento con la Iglesia y la necesidad de promover la educación entre la población, no sólo provinieron de las ideas liberales que profesaba sino de su propia historia personal. De origen zapoteca y huérfano, pudo acceder a la instrucción de primeras letras en una pequeña institución escolar dirigida por religiosos, con la que se distanció por la orientación de la formación y la segregación “racial” que practicaba. Más tarde en sus estudios profesionales como abogado de nuevo tuvo que separarse de las instituciones tradicionales para titularse en el nuevo Instituto de Ciencia y  Cultura; como abogado tuvo que sufrir el autoritarismo de los tribunales eclesiásticos en juicios que llevo para defender a pueblos indígenas enfrentados con las órdenes religiosas. Luego como gobernador se enfrentó con las élites locales asociadas con la Iglesia, que lo llevaron al exilio en su propio Estado. Su historia personal –que lo llevó de la marginación indígena hasta ocupar el lugar político más prominente de la nación–  y su lucha en el ascenso social con base en  el esfuerzo y convicción personal frente a las instituciones del antiguo régimen, seguramente le sirvieron de referencia en sus relaciones con la población indígena cuando asumió la presidencia del país. Interesado en que la población indígena saliera de la marginación, supuso que la solución estaba en incorporarla a la modernidad (como a él le ocurrió), y que se ve claramente reflejado en su defensa de la secularización del Estado y las leyes de igualdad jurídica de la población. Ése espíritu liberal de carácter igualitarista lo llevó a apoyar las leyes de desamortización de propiedades comunales de los pueblos (tierras, recursos naturales, cajas de comunidad) que pretendieron, formalmente, dividir y asignar la tierra comunal en pequeñas propiedades para dar fin a la “corporación” indígena. 

    Protestas y rebeliones campesinas 

    Sin embargo, las leyes de desamortización no se emitieron y aplicaron en terreno vació, por el contrario, había miles de quejas y denuncias de los pueblos campesinos por el despojo de hacendados y rancheros que de manera sistemática venían ocurriendo desde finales del siglo XVIII y que no encontraron solución satisfactoria para los pueblos y comunidades durante todo el periodo. Las leyes de desamortización contra los bienes comunales de los pueblos se promovieron en los Estados desde la década de los años treinta y fueron fuentes de despojos y expoliaciones. Las leyes de desamortización promovidas por la Reforma en 1857, ratificadas y ampliadas en la República restaurada, abonaron para la generalización de las protestas y rebeliones campesinas del periodo. Juárez atendió personalmente muchas solicitudes para su intervención, pero casi todos los casos los orientaba a que el conflicto se resolviera en los tribunales, que casi siempre fallaban en contra de los campesinos. Fueron contados los casos en los que aceptó dialogar con los rebeldes campesinos para que se resolviera el conflicto por vía de la negociación. Probablemente el caso más significativo fue el que sostuvo con la rebelión de Manuel Lozada (protagonizada en lo fundamental por los indígenas) en el actual Estado de Nayarit, el resultado fue el decreto que convirtió el séptimo cantón de Jalisco, Tepic, en distrito militar a cargo de la federación. Dicho acuerdo tuvo como antecedente que los rebeldes de la región se declararon neutrales durante la intervención francesa por lo que fue aceptable llegar un acuerdo y reconocer la fuerza de la rebelión y el gobierno de Lozada en el territorio. Dicho acuerdo finalizó durante el gobierno de Sebastián Lerdo de Tejada, pues en 1876 el gobierno federal reprimió un nuevo levantamiento de las fuerzas lozadistas que terminó con el fusilamiento de Manuel Lozada. 

    La acción de los pueblos y comunidades campesinas, muchas de ellas indígenas, no se restringió a reclamos, denuncias y rebeliones contra el despojo de bienes comunales, hubo también una variedad de demandas que sobrepasó la disputa de las tierras: la pelea por el control del comercio por las élites, las exacciones tributarias con pretexto de la guerra, la imposición de la moneda de cobre, la importación de textiles sin aranceles, por asuntos religiosos, etcétera. Su actividad política rebaso la disputa electoral local como referimos al principio, también participaron en diversos conflictos políticos nacionales que en lo general los historiadores no habían reconocido hasta hace muy poco tiempo: participaron masivamente en los ejércitos insurgentes, se movilizaron para enfrentar la invasión estadounidense y formaron parte del ejército federal contra intervención francesa durante el imperio de Maximiliano. Así que hubo pueblos y grupos activos en los conflictos nacionales y fueron aliados de los grupos liberales y conservadores, según región y circunstancia. Este periodo está lleno de pequeñas protestas y grandes rebeliones.

    Soldados de la Reforma en la Venta, Primitivo Miranda, 1858. Colección: Museo Nacional de las Intervenciones. Imagen tomada de: https://memoricamexico.gob.mx/swb/memorica/Cedula?oId=CU0fDXsBU3fSuXP48QkR

    Una primera fase se desarrolló de 1830 a 1847, durante este periodo los indígenas se enfrentaron al despojo de tierras, el aumento de los impuestos, las levas y las tentativas de los hacendados y la Iglesia por mantener sus prerrogativas, es decir, el tributo y los diezmos. Las rebeliones más importantes fueron la de 1832 en la Mixteca (Puebla, Guerrero y Oaxaca); la del Totonacapan dirigida por Mariano Olarte (Veracruz y Puebla) en 1836; la de la Huasteca en 1845, dirigida por Luciano Vázquez; la de Sierra Gorda (Querétaro, Guanajuato y San Luis Potosí) y la Guerra de Castas en Yucatán desde 1847. En una segunda fase ocurre entre 1857 y 1873, esas rebeliones ocurrieron en el contexto de las leyes de desamortización de los bienes de las corporaciones. Entre las más importantes están la ocurrida en el cantón de Tepic, encabezada por Manuel Lozada “El Tigre de Alica”, entre 1856 y 1873; la rebelión Chamula en Chiapas en 1869 y la rebelión en Chalco de 1868, dirigida por Julio López Chávez.  Una tercera fase ocurrió en los primeros años del gobierno de Porfirio Díaz: la rebelión de los yaquis en Sonora entre 1877 y 1881; el levantamiento campesino en la Sierra Gorda en 1877 y el de San Martín Texmelucan en 1879. 

    En varias de esas rebeliones se propusieron formas de gobierno alternativas a enarboladas por los liberales y los conservadores, en las que se reivindicó la defensa de los pueblos como unidad política, el municipio libre como base territorial de la nación y el carácter comunal de las tierras y los recursos de los campesinos. En algunos casos se reivindicó la religión católica como identidad nacional, pero también hubo casos en los que se incorporó la libertad religiosa y la religiosidad popular. Se formó una cultura política campesina-indígena que proclamó la creación de una república pueblerina –con variantes según la rebelión– de carácter federalista. Esa cultura política creada desde “abajo” se fue forjando a lo largo de las múltiples rebeliones que se desarrollaron a lo largo y ancho del país desde la década de los años treinta hasta la república restaurada. 

    Para saber más:

    Escobar Ohmstede, Antonio, Romana Falcón y Raymond Buve (compiladores), Pueblos, comunidades y municipios frente a los proyectos modernizadores en América Latina, siglo XIX, México, Colegio de San Luis y Centro de Investigación y Documentación de América Latina, 2002. 

    Falcón, Romana, México descalzo. Estrategias de sobrevivencia frente a la modernidad liberal, México, Plaza y Janés, 2002. 

    González y González, Luis, El indio en la era liberal, en Obras Completas, volumen 5, México, Editorial Clío y El Colegio Nacional, 1996. 

    Mallón, Florencia, Campesino y nación, México, El Colegio de San Luis, El Colegio de Michoacán y Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, 2003.

    Pla Brugat, Dolores, “Más desindianización que mestizaje. Una relectura de los censos generales de población”, Dimensión Antropológica, volumen 53, septiembre-diciembre de 2011, p. 69-91. 

    Reina, Leticia, Crisis, reforma y revolución. México: Historias de fin de siglo, México, Taurus, Conaculta e INAH, 2002.

  • La formación del Estado laico en México

    Por Cristina Gómez Álvarez

    El 18 de julio de 2022 se conmemoró el 150 aniversario luctuoso de Benito Juárez García y se reabrió al público el Recinto Homenaje a Juárez en el Palacio Nacional en la Ciudad de México. En este lugar se realizó una ceremonia presidida por el presidente Andrés Manuel López Obrador; tres personas hicieron uso de la palabra: Consuelo Santiago García, presidenta municipal de Guelatao de Juárez (pueblo en dónde nació el Benemérito de las Américas), Alejandro Murat, gobernador del Estado de Oaxaca, y Adán Augusto López, Secretario de Gobernación, en representación del poder ejecutivo de la república. Los tres oradores hicieron hincapié tanto en las virtudes personales del Benemérito como en su trayectoria política. Así se destacó su origen étnico y social, su aguerrida defensa de la Constitución Política de 1857 y su lucha contra la invasión extranjera y el imperio de Maximiliano. Sin embargo, llama la atención la omisión que hicieron los oradores, sobre todo el Secretario de Gobernación, sobre las leyes que Juárez –como presidente de la república y en plena guerra civil contra el grupo de los conservadores– promulgó en Veracruz entre 1859 y 1860 y que culminaron con el proceso de separación de la Iglesia con respecto al Estado. La omisión es importante, pues la creación del Estado secular (laico) es una característica fundamental de la llamada, por el actual gobierno, segunda transformación de la historia de México. 

    La figura de Juárez es constantemente recordada por el presidente López Obrador en sus conferencias mañaneras, en especial cita algunas frases del Benemérito que hacen alusión a la lucha política de ese momento en contra de los conservadores como la siguiente: “el triunfo de la reacción es moralmente imposible” y reitera conceptos importantísimos como la defensa de la soberanía nacional violada por la intervención francesa y el imperio de Maximiliano. Sin embargo, en mi opinión, el mismo presidente al hablar de la fundación del Estado secular, el cual eliminó algunas características del viejo régimen colonial, cuya obra fue realizada por la generación de liberales encabezada por Juárez, no explica que para lograr ese propósito era indispensable separar la Iglesia católica del poder político. Esta Iglesia, como es de todos conocidos, desde la época colonial y después con la Independencia en 1821 formaba parte del Estado, por lo que éste no sólo debía de proteger el dogma católico sino también los privilegios y fueros del clero.

    El presidente Andrés Manuel López Obrador ante la estatua de Juárez en Washington, 8 de julio de 2020. Fotografía: cortesía Presidencia de la República.

    Para comprender el significado histórico de la fundación del Estado secular o laico en México es pertinente realizar un breve recorrido por la relación Iglesia-Estado desde la época colonial, pasando por los primeros años de vida independiente y republicana, hasta llegar a las Leyes de Reforma (1859-1860). También es adecuado recordar que la Iglesia quería mantener su situación privilegiada en la sociedad y en el Estado y que aliada con grupos políticos conservadores resistió cualquier cambio, por esa razón en nuestro país la secularización se alcanzó mediante una lucha armada: la Guerra de los Tres Años (1858-1861).  

    La relación Estado-Iglesia, de la época colonial al México independiente

    La corona española construyó una monarquía católica, por ello cuando en el siglo XVI los españoles conquistaron estas tierras, la Iglesia católica los acompañó y jugó un papel fundamental en los tres siglos de colonialismo. La corona estableció en América el Patronato, doctrina jurídica que normó la relación Iglesia-Estado. El Patronato había sido concedido por el papa a los reyes católicos, quienes nombraban a los arzobispos y obispos (el papa únicamente confirmaba a los elegidos por la corona), administraban los diezmos y fijaban los límites territoriales de las diócesis americanas a cambio de que los eclesiásticos evangelizaran a los indios. El Patronato con el paso del tiempo se fue ampliando de tal forma que la corona intervenía en todos los asuntos temporales de la Iglesia y no permitió que ésta tuviera comunicación directa con la Santa Sede. En el siglo XVIII, cuando arribaron los reyes de la Casa de Borbón al trono español implementaron una política de modernización y centralización y diseñaron un programa para limitar los fueros y privilegios de la Iglesia. La medida más radical fue la expulsión de la Compañía de Jesús de todo el imperio español (1767). Este programa también tuvo incidencia en las finanzas del clero: las disminuyeron, pues la Corona le requirió recursos económicos para subvencionar las guerras que enfrentaba con otras potencias europeas. Aquí podemos afirmar que se inició el proceso de secularización, es decir, se pretendía restar poder y acotar los privilegios de la Iglesia. Sin embargo, este proceso se interrumpió debido a que estallaron dos guerras: la que libraban los españoles por expulsar a los franceses de la península (1808) y el inicio de las revoluciones de Independencia en las colonias americanas (1810). La Iglesia, como parte integrante del poder colonial, cerró filas y combatió con todas sus fuerzas a los insurgentes americanos. 

    Cuando México alcanzó su Independencia en 1821, la postura de la jerarquía eclesiástica fue terminar con el Patronato, es decir, con la doctrina jurídica que había normado la relación entre la Corona y la Iglesia. Con ese fin, entre marzo y noviembre de 1822 tuvieron lugar varias reuniones de una Junta Diocesana en la ciudad de México, integrada por representantes de todos los obispados del país y del arzobispado de México. Esta junta tomó acuerdos para normar su relación con el Estado independiente, el más importante de ellos fue declarar la nulidad del Patronato y, en su lugar, acordó procedimientos para el nombramiento de curas y párrocos (la provisión del clero), involucrando para ello a las autoridades civiles mexicanas. Ciertamente, los eclesiásticos consideraban que era el momento para desprenderse de las ataduras que les habían impuesto durante tres siglos a través del Patronato, pero al mismo tiempo querían seguir formando parte del poder civil aunque sin someterse a éste, por esa razón el episcopado aceptó que entrara en funciones la Secretaría de Justicia y Negocios Eclesiásticos, instancia del gobierno, primero imperial (1822) y después republicano (1823). Esta secretaría coordinaba la relación entre el Estado y la Iglesia para salvaguardar las inmunidades, los bienes temporales y la mencionada provisión del clero. 

    Por otra parte, cuando se estableció el poder legislativo de la República Federal de inmediato se quiso solucionar definitivamente la relación Iglesia-Estado. Al respecto se dio una fuerte discusión y se presentaron diversas propuestas. La de los legisladores conservadores proponía que el Estado ejerciera el Patronato pero únicamente si contaba con la autorización del papa, para lo cual era necesario que se firmara un concordato con la Santa Sede (documento que nunca llegó a suscribirse). Otros legisladores, algunos de ellos liberales, querían ejercer el Patronato sin la aprobación papal, de esa forma pretendían tener bajo su control a la Iglesia, especialmente incidir en el nombramiento de la jerarquía y el resto del clero. Por su parte los liberales más radicales impulsaron la propuesta de separar la Iglesia del Estado, con ello aspiraban a la formación de un Estado secular o laico. 

    La Santa Sede, por su lado, no reconocía la Independencia de México, pues se encontraba aliada con la corona española que pretendía reconquistar los territorios de América. Por esa razón, el papa no estaba interesado en firmar ningún concordato con México y, por lo mismo, no había procedido a nombrar obispos cuyas sedes se encontraban vacantes. En 1829, murió Antonio Joaquín Pérez Martínez, obispo de Puebla, y con ello quedaba acéfala la jerarquía eclesiástica mexicana. Ante esta situación el papa tuvo que nombrar a seis obispos mediante la ejecución de un recurso jurídico que no implicaba reconocer relaciones diplomáticas con el Estado mexicano. Lo interesante de estos nombramientos es que siguieron los procedimientos que se habían establecido por la Junta Diocesana de 1822, los cuales involucraban tanto al presidente de la república como a los gobernadores de los Estados. En resumen: se renovó el episcopado mexicano con seis obispos que habían sido propuestos por las autoridades civiles y el clero de México.   

    Más adelante, en 1833, se reunieron condiciones políticas para que el Congreso de la Unión retomara el asunto de la relación Iglesia-Estado y acordó una serie de leyes que afectaron los intereses económicos y privilegios de la Iglesia. En primer lugar, el congreso decretó ejercer el Patronato sin contar para ello con la opinión del papa. Con esta medida, los legisladores estaban creando una Iglesia nacional donde el clero secular (curas y párrocos) quedaba sometido al Estado, mientras que el clero regular (frailes, monjes y monjas) sería desaparecido paulatinamente. Con respecto a los bienes económicos de la Iglesia, el congreso aprobó una ley para que esos recursos fueran utilizados para pagar la deuda que se había contraído con algunos particulares extranjeros. Es pertinente señalar que cuando el congreso aprobó la creación de la Iglesia nacional,  se alejaba completamente de la construcción de un Estado secular. Así de confundidos se encontraban los liberales que, para someter a la Iglesia, la convirtieron en una institución del Estado. Este es un ejemplo de lo complejo que resultó la formación del Estado nacional.  

    Las reformas del congreso de 1833, como era de esperarse, fueron rechazadas por la Iglesia y con la ayuda de otros sectores, entre los cuales se encontraban varios jefes militares de diversos Estados de la república, se levantó en armas para impedir la reforma. Ante esta movilización, el presidente Antonio López de Santa Anna, a mediados de 1834, clausuró el Congreso de la Unión y convocó a integrar otro con la finalidad de derogar las leyes aprobadas tan sólo un año antes. Y, en efecto, en el nuevo congreso prevaleció una composición política conservadora que logró la contrarreforma. 

    De esa manera, la Iglesia mantenía su poder político, económico y social al refrendar la conservación de sus fueros, privilegios y riqueza, establecidos no sólo en la época colonial sino también garantizados en el Plan de Iguala (1821) y en la Constitución Política de 1824. El episcopado consideraba que sus privilegios eran derechos y tenían que defenderlos frente al Estado. Lo que se confirmó cuando la primera república central (1836-1842) subrayó el lugar privilegiado de la Iglesia en el Estado y cuando en la segunda república centralista (1842-1846) se presentó una fuerte coordinación entre la jerarquía y los gobiernos para el despacho de los llamados “negocios eclesiásticos”. En estos regímenes, la Iglesia siguió fortaleciendo su calidad de prestamista del gobierno y de los particulares sólo a la par de los agiotistas (empresarios y propietarios que prestaban capital al gobierno con cierto interés). 

    Es digno de destacar la postura de la jerarquía eclesiástica durante la guerra entre México y los Estados Unidos de América (1846-1848), pues a pesar de que existía una confrontación con el gobierno por un decreto para la venta de propiedades eclesiásticas, la jerarquía contribuyó con los gastos de guerra no sin sus complicaciones. En esta ocasión, el alto clero sostuvo la Independencia del país frente al enemigo estadounidense, situación contraria a la que asumiría años más tarde cuando apoyó la intervención francesa y el imperio de Maximiliano.

    La promulgación de las Leyes de Reforma 

    A pesar de que la Iglesia y sus aliados habían impedido toda reforma, pues querían continuar gozando de sus privilegios, el cambio era impostergable por construir un Estado que diera libertades a todos y acotara los privilegios heredados de la época colonial. Así, finalmente se abrió un tiempo de transformación política y social con la Revolución de Ayutla (1854-1855). Con el establecimiento de los gobiernos de Juan Álvarez e Ignacio Comonfort se promulgaron una serie de leyes que afectaron los intereses de la Iglesia. La primera, conocida como Ley Juárez (23 de noviembre de 1855), suprimió los tribunales especiales, lo que significaba que los miembros de la Iglesia y del ejército podrían ser juzgados solamente por un tribunal del Estado en asuntos de carácter civil. La Ley Lerdo (25 de junio de 1856) obligó a las corporaciones civiles y eclesiásticas a vender sus casas y terrenos que no estuvieran arrendadas, el objetivo era poner en circulación esos bienes y beneficiar la formación de nuevos propietarios. Esta ley también afectó mucho a la propiedad comunal. Finalmente, la Ley Iglesias (11 de abril de 1857) prohibió el cobro de derechos y obvenciones parroquiales. 

    Cuando en 1856 se integró el congreso constituyente contó con una mayoría de legisladores liberales llamados radicales o puros, que permitió que sus propuestas fueran aprobadas en la nueva Constitución Política del país que se promulgó en 1857. Con respecto a los asuntos relacionados con la Iglesia, la nueva Carta Magna incorporó las tres leyes mencionadas antes. Un hecho notable fue la ausencia de un artículo que declarara a la religión católica como la única a profesar en el país y, por tanto, que recibía la protección del Estado, como había sido establecido en los anteriores textos constitucionales. Sin embargo, los liberales no se atrevieron a decretar la libertad de cultos, por esa razón, la creación del Estado seglar no se había concretado, aunque la constitución dio pasos muy importantes en esa dirección. Con respecto a la relación Estado-Iglesia, en el artículo 123 constitucional se estableció que: “corresponde exclusivamente a los poderes federales ejercer, en materias de culto religioso y disciplina externa, la intervención que designen las leyes”. 

    Para defender sus privilegios e inmunidades, el clero encabezó la oposición a la nueva constitución y con sus aliados apoyó el plan de Tacubaya del general Félix Zuluaga publicado el 17 de diciembre de 1857, cuyo objetivo central era desconocer la nueva Carta Magna. Para sorpresa de muchos, el presidente de la república, Ignacio Comonfort, secundó el citado plan y con ello se vivió un golpe de Estado. De esa manera se inició una cruenta guerra civil que tuvo como protagonistas a los liberales defensores del orden establecido en la nueva constitución y a los conservadores que luchaban por derogarlo. Esta lucha armada es conocida como la Guerra de los Tres Años o Guerra de Reforma (1858-1860), este último nombre se debe a las leyes que en Veracruz decretó Benito Juárez, presidente de la república en ese momento. Todas esas leyes afectaron los intereses de la Iglesia y propiciaron su separaron del Estado. La primera de ellas fue de carácter económico y se llamó Ley de Nacionalización de los Bienes Eclesiásticos (12 de julio de 1859); después se expidió la Ley del Matrimonio Civil (23 de julio de 1859), que estableció el matrimonio como un contrato civil con el Estado, pues hay que recordar que el registro tanto de las bodas como de los bautizos y defunciones únicamente los llevaba la Iglesia mediante sus parroquias. Para que esos tres registros, llamados sacramentos por el dogma católico, fueran una obligación del Estado, el 28 de julio de 1859 se expidió la Ley Orgánica del Registro Civil. Al finalizar el mes, el gobierno de Juárez decretó que se secularizaban todos los cementerios y camposantos existentes en la república, cabe recordar que en ese tiempo también los cementerios estaban en manos de la Iglesia. Para concluir con las leyes de 1859, en agosto de ese año se expidió la Ley de Exclaustración de Monjas y Frailes que prohibía la existencia de claustros o conventos, con ella esas instituciones se clausuraban definitivamente. Para el año de 1860 y en pleno enfrentamiento bélico, se promulga una ley muy importante: la llamada Sobre la Libertad de Cultos (4 de diciembre), pues a partir de ese momento las personas tendrían plena libertad garantizada por el Estado para practicar el culto religioso que quisieran. La ley también prohibió la realización de ceremonias eclesiásticas fuera de los templos. 

    Leyes de Reforma, 1960. Colección: INEHRM. Imagen tomada de: https://mexicana.cultura.gob.mx/

    En enero de 1861, Juárez entró triunfal a la ciudad de México; se había logrado la eliminación de los fueros, privilegios y algunos bienes materiales de la Iglesia. El Estado había dado libertad plena a los mexicanos para ejercer cualquier culto religioso. De esta manera, se separó la Iglesia del Estado. El enfrentamiento tan fuerte que hubo para construir el Estado laico, por la persistente oposición de la Iglesia, es una de la razones que explican por qué México no tuvo relaciones diplomáticas con la Santa Sede por más de 170 años, fue hasta 1992 cuando se estableció esa relación. 

    Considero que hay que valorar en todo lo que cabe el hecho de vivir en un Estado laico, en el cual se han formado y han crecido muchas generaciones. En donde la Iglesia como institución no forma parte del poder político ni debe de inmiscuirse en estos asuntos de carácter civil. Además, hemos aprendido que el profesar una religión es una decisión individual y al Estado le corresponde vigilar que se respeten las diversas creencias religiosas, pero sin proteger a ninguna. Vivir en un Estado y en una sociedad que toleran y respetan todas las creencias políticas y religiosas, es una convicción que debe de reiterarse todos los días. 

    Para saber más:

    Bazant, Jean, Los bienes de la Iglesia en México, México, El Colegio de México, 1977.

    García Ugarte, Marta Eugenia, Poder político y religioso, México, siglo XIX, 2 tomos, México, Senado de la República, Miguel Ángel Porrúa, UNAM, 2010.

    Gómez Álvarez, Cristina, El alto clero poblano y la revolución de Independencia, 1808-1821, 2a. Edición, México, H. Cámara de Diputados, 2020.

    Gómez Ciriza, Roberto, México ante la diplomacia vaticana. El periodo triangular, 1821-1836, México, Fondo de Cultura Económica, 1977. 

    Pérez Memen, Fernando, El episcopado y la Independencia de México, 1810-1836, México, El Colegio de México, 2011.

  • Vestigios del Paricutín

    Vestigios del Paricutín

    Por Tania José

    El pasado mes de febrero se cumplieron 80 años del nacimiento del Paricutín, uno de los volcanes más jóvenes de América y también uno de los fenómenos naturales más significativos para la ciencia, el arte y la cultura del siglo XX mexicano. Con motivo de esta conmemoración, el Museo de Arte Carrillo Gil presenta, de la mano de Rebeca Barquera, una selección de su acervo documental que gira en torno al nacimiento de este volcán.

    El 20 de febrero de 1943, Dionisio Pulido, un campesino de la región del Paricutín, no imaginó lo que iban a presenciar sus ojos, ese día estaba más allá de lo que habría podido pensar alguna vez. Las crónicas cuentan que Dionisio fue a trabajar a sus sembradíos de maíz, de pronto escuchó ruidos extraños y vio una nube de humo salir de la tierra de la cual brotaban algunas piedras, entonces emprendió el camino de regreso y al llegar con los otros pobladores les contó que “se había rajado la tierra”.

    Para las mujeres, hombres y niños de los poblados de Paricutín y Parangaricutiro, este acontecimiento no podría ser otra cosa que el fin del mundo: algunos rezaban o lloraban ante el desconcierto, mientras que otros, más llamados por el asombro, fueron acercándose a esos ríos de lava que poco a poco sepultaron los dos poblados de tradición indígena. Otros asombrados por el nacimiento de este volcán fueron geólogos, periodistas, escritores, poetas y artistas, entre ellos pintores y fotógrafos, que no dejaron pasar la oportunidad de registrar tan particular acontecimiento.

    El desarrollo del volcán Paricutín fue el primero que la humanidad tuvo oportunidad de presenciar y documentar desde su nacimiento hasta su muerte, por ello significa un hito para el estudio de los volcanes en México y el mundo, incluso podría decirse que con el Paricutín también nació la vulcanología, pues antes no existía este campo de estudio como una rama independiente de la geología o la sísmica.

    El Paricutín se mantuvo activo de 1943 a 1952 y forma parte del campo volcánico Michoacán-Guanajuato que cuenta con más de 1100 volcanes monogenéticos, es decir, que hacen erupción una sola vez, misma que puede durar desde días hasta meses o años. Al nacer este volcán tenía una altura de 30 metros, al tercer día ya medía 60 metros, en un año alcanzó una altura de 336 metros y su último punto de crecimiento fue de 424 metros, que es su altura actual. Aunque al inicio no causó daños considerables, los pobladores aledaños a la zona con el paso de lo días tuvieron que ser evacuados para evitar daños mayores.

    José Revueltas –periodista del diario El popular, dirigido por Vicente Lombardo Toledano–visitó el Paricutín 40 días después de su erupción y describió, a lo largo de un texto de once cuartillas que se publicó por entregas del 9 al 11 de abril de 1943, su “Visión del Paricutín. Un sudario negro sobre el paisaje”. En este texto, lleno de imágenes cubiertas por la arenilla que incluso llegó hasta la ciudad de México, Revueltas nos cuenta el paisaje de dolorosa ternura que dejó el Paricutín a su paso: “He visto [a un hombre] ebrio, muerto en vida, borracho tal vez no sólo de charanda, sino de algo intenso y doloroso, de orfandad […] estaba en lo alto de una pequeña meseta de arena, frente al humeante Paricutín, y de la garganta le salía el tarasco hecho lágrimas”.

    Del mismo modo que Revueltas, artistas nacionales y extranjeros como Gerardo Murillo, José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros, Diego Rivera, Wolfgang Paalen, Florence Arquin, Roberto Matta y Onslow Ford, y escritores como Allen Ginsberg, Xavier Moyssen, Luis Cardoza y Aragón y el mismo Alvar Carrillo Gil, confluyeron en torno al Paricutín y plasmaron en sus lienzos y en sus textos el nacimiento del volcán como fenómeno natural, pero también como mito prehispánico, como poema visual, como metáfora de la energía femenina, como catástrofe que se ligaba con las explosiones, las bombas, las guerras y con el uso de la energía atómica que tantos estragos causaría en esa época.

    Mar petrificado (cráter atómico), Alvar Carillo Gil, 1958. Colección Museo de Arte Carrillo Gil. Imagen tomada de: https://www.museodeartecarrillogil.com/obra/mar-petrificado-crater-atomico/

    En esta muestra realizada por la historiadora del arte Rebeca Barquera podemos encontrar obras como Mar petrificado (cráter atómico) de Alvar Carillo Gil, su colaboración Poesía y Paisaje para la revista Artes de México, así como sus intercambios con el escritor Luis Cardoza y Aragón, con quien compartió la tarea de estudiar la pintura de José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, pintores que también retomaron en algunas de sus obras este acontecimiento y lo ligaron con sucesos similares como la erupción del volcán El Xitle, que originó la actual zona del pedregal en la Ciudad de México.

    Del mismo modo, en esta minuciosa y cuidada selección que hace Rebeca Barquera de los materiales que resguarda el acervo del Museo de Arte Carrillo Gil, podemos apreciar el folleto de la exposición Valles y montañas de México. 80 dibujos del Dr. Atl, que abarca obras de 1904 a 1948, en las que el artista mostró al Paricutín en plena actividad, así como su propia subjetividad al encontrarse con la lava y con el fuego volcánico.

    La selección que hace Barquera para esta muestra no olvida los usos del Paricutín como metáfora de la belleza convulsiva que se ha asociado con el cuerpo de la mujer en la modernidad patriarcal. Así pinta un panorama del impacto del nacimiento de un volcán en el medio artístico y cultural y sirve como punto de partida para revisar y cuestionar esas y otras asociaciones que se dan entre el arte, la cultura y la ciencia. Es una provocación para abrir paso, como lo hizo el nacimiento del Paricutín, a nuevas lecturas desde otros puntos de vista.

    La exposición, Desde las cenizas del Paricutín. Vestigios en el acervo a 80 años de su nacimiento, puede visitarse de martes a domingo en el centro de documentación del Museo de Arte Carrillo Gil hasta el 30 de abril de este año.

  • Juárez: la construcción del héroe

    Juárez: la construcción del héroe

    Por Rebeca Villalobos Álvarez

    Después de la muerte de Benito Juárez su figura comenzó un trayecto que lo convertiría en  uno de los héroes más emblemáticos de la historia. En el siglo XX, los rituales cívicos, monumentos, películas, expresiones populares y demás construcciones discursivas forjaron al Benemérito de las Américas como un símbolo patrio. Para profundizar en el tema entrevistamos a Rebeca Villalobos Álvarez, historiadora que ha investigado pormenorizadamente cómo Juárez pasó de ser un personaje central de la vida política del siglo XIX a un héroe nacional. 

    ¿A partir de cuándo y por qué Benito Juárez fue considerado un héroe nacional?

    Aunque siempre hay excepciones (Antonio López de Santa Anna sería una, por ejemplo) la heroización en vida no es tan frecuente como la póstuma. Benito Juárez fue un político muy admirado a lo largo de su vida y, naturalmente, una figura fundamental en la vida pública. Justo por eso también fue combatido e incluso repudiado, particularmente en los últimos años de su vida que fueron los de su última y controvertida reelección presidencial. Es por ello que no deja de sorprender ya no digamos el luto, sino el trascendental enaltecimiento y mitificación de su figura a raíz de su muerte. El magno ritual luctuoso organizado por el Estado, y replicado con mayor o menor intensidad en los siguientes años, dio lugar a la transformación de Benito Juárez en un símbolo patrio: un referente de la dignidad republicana y del amor patriótico. Durante esos dos primeros lustros de vida póstuma, Juárez no era todavía un héroe de alcance nacional pero su figura consiguió, gracias a la devoción que se le tributaba, erigirse como un símbolo fundamental del republicanismo para las élites liberales. 

    Esto se debe, al menos en parte, a la situación de incertidumbre que surgió tras su muerte. Su inesperado fallecimiento dejó un enorme vacío de poder y, en cierto modo, obligó a sus detractores liberales a revalorar su liderazgo. Los primeros rituales juaristas proyectan el genuino lamento por la pérdida pero también (y sobre todo) la necesidad de un referente de unión. A través de ellos se construye la imagen de una suerte de mártir patriótico: inmaculado y sublime. Este símbolo sería de capital importancia para todas las facciones liberales, pues les permitió, a la larga, hacer uso de la memoria de Juárez para legitimar y explicar sus propias luchas. 

    ¿Cuáles son las etapas que usted identifica en la construcción heroica de Juárez?

    Hay varias formas de periodizar la devoción por la figura de Juárez tras su muerte. Si pensamos únicamente en su utilización por parte del gobierno, el año de 1887 resulta fundamental, pues es la primera vez que el ya asentado régimen porfirista consigue monopolizar los festejos luctuosos y darles una proyección nacional. En general, hay un cierto consenso entre los estudiosos sobre el tema en el sentido de que el Porfiriato fue el gran impulsor del culto a Juárez. Esta afirmación, no obstante, admite muchos matices. Desde mi punto de vista, la heroización de Juárez surge con sus rituales luctuosos y se prolonga por varios años sin que exista un núcleo articulador, ni un consenso definido en torno a los usos del héroe. Son estos años (1872-1886) el escenario de muchos proyectos de monumentos fallidos y disputas (algunas ventiladas en la prensa) sobre la mejor forma de homenajear al héroe. Estas polémicas evidencian la importancia de Juárez pero a la vez revelan la falta de consenso ideológico, la claridad en torno a lo que celebran o conmemoran. Y esto sucede, en parte, porque el homenaje sigue siendo luctuoso. Incluso en la gran celebración de 1887, el homenaje es una conmemoración luctuosa, no una celebración. El gran monumento a Juárez en esos años, en cierto sentido el único, es el Mausoleo a Juárez que en 1880 vio la llegada de la famosa pieza escultórica de los hermanos Juan y Manuel Islas: un mármol en el que la Patria sostiene el cuerpo de un Juárez yerto, único en la monumentaria de tema juarista. 

    El gran cambio de época viene, desde mi punto de vista, en el año de 1891, el primero en celebrar el natalicio, en lugar de conmemorar la muerte. A partir de ese momento se abandonan tanto el sepulcro como el ritualismo luctuoso en favor de la fiesta cívica. El gran síntoma de ello fue celebración del 21 de marzo, en una ceremonia encabezada por el presidente Porfirio Díaz en la que se develó la estatua del Juárez sedente (y triunfante) de Miguel Noreña en el Segundo Patio Mariano de Palacio Nacional. Desde ese momento y hasta la inauguración del Monumento a Juárez (hoy conocido como el Hemiciclo) en 1910, el culto al prócer se definió por la reivindicación del ícono civil. Son en efecto estos los años de mayor deliberación en torno a la significación de Juárez como símbolo del soberanismo, la ley y el poder legítimo. Y cabe señalar que aun cuando el papel del gobierno es fundamental en la administración y promoción del culto a Juárez y sus objetos, de ninguna manera es su único portavoz o agente. La oposición utilizó frecuentemente la figura de Juárez para combatir los excesos del régimen, lo cual es interesante porque demuestra hasta qué punto la imagen del oaxaqueño se había revestido de un manto de legitimidad inmaculada que el político de carne y hueso no gozó en vida. Con la caída del régimen en 1910 se transforma no sólo la política y la sociedad sino también la memoria nacional y nacionalista. Si se asocia el culto a Juárez sólo con el régimen porfirista sería fácil marcar ese año como el de su mayor apogeo pero también el de su muerte. Sin embargo, la trascendencia de Juárez en la memoria nacional es un fenómeno notable. En medio de la lucha armada, el nombre de Juárez reverbera en discursos revolucionarios provenientes de las facciones maderistas y más tarde de las carrancistas (por mencionar sólo algunos ejemplos). Los primeros gobiernos de la posrevolución no hicieron suya la figura de Juárez pero tampoco la desterraron del panteón nacional, antes bien, con el pasar de los años volvió a hacerse funcional al régimen y muy particularmente a la figura presidencial, de la que ha sido prácticamente imposible disociarlo. A partir de los años treinta del siglo XX, la figura de Juárez se inserta, además, en el ámbito de los imaginarios fílmicos y literarios con mayor ahínco, y la educación pública vuelve a darle un poderoso impulso. Todo esto acaso explique otro de sus momentos de triunfo oficialista, que es el año de 1972, el mismo que, por decreto presidencial, fue denominado El año de Juárez. Es en este momento cuando se cierra el ciclo posrevolucionario, gracias al cual se resignificó la imagen del héroe civil, acompañándola del mito indigenista y la fábula del mestizaje que tanta importancia ha tenido en la educación cívica mexicana, cuando esta es impartida a través de la figura de Juárez.

    Monumento Cabeza de Juárez en Iztapalapa, 1972-1976. Imagen tomada de: https://commons.wikimedia.org/

    En su opinión, ¿cuál es la relación entre la figura de Juárez construida por el poder político y las expresiones populares, como canciones, grabados, murales, etc.?

    Si algo podemos afirmar de la figura póstuma de Juárez es que, aunque identificable a lo largo del tiempo, ha sufrido variaciones, ha sido interpretada y utilizada, como cualquier otro símbolo nacional, de distintas formas y a partir de diversos intereses. No sólo el gobierno sino muchos otros grupos políticos u organizados han hecho de Juárez un emblema. Esto explica que, a pesar de tratarse de una imagen tan estandarizada (acaso acartonada) esté tan vinculada con la cultura visual y los imaginarios cívicos. Su rostro y busto se han multiplicado en las plazas nacionales, en estampas y retratos, en postales y billetes. El ícono es reconocible y accesible y eso naturaliza su presencia en nuestra cultura política. Sin negar la importancia que han tenido los grupos políticos en la utilización de la figura de Juárez para sus propios fines, lo cierto es también que ésta se ha normalizado como souvenir patrio.

    Desde principios de siglo el semblante adusto del Benemérito decora etiquetas de cerveza, postales, utensilios varios (cucharas y platos conmemorativos). Más tarde, el oaxaqueño fue uno de los grandes protagonistas de la pintura mural y las representaciones populares de artistas como el Taller de Gráfica Popular. Muchas de estas expresiones plásticas fueron promovidas desde el gobierno pero sus alcances y difusión obedecen también al gusto, al gusto estético quiero decir, por ese tipo de representaciones. Convertir al presidente Juárez en un indio de piel morena, representar sus momentos de fracaso y no sólo de triunfo, hacerlo protagonizar películas y telenovelas, lo hizo asequible a otros públicos. En este sentido, Juárez se convirtió (como suele ocurrir en muchos otros casos) en un objeto político susceptible de apropiación cotidiana. 

    Sería ingenuo pensar que la difusión de los mitos y las imágenes juaristas es ajena al poder político, pero también reduccionista suponer que son sólo causas partidarias las que movilizan los símbolos patrios. En la medida en que estos son aceptados por la población, reconocidos y reivindicados por distintos grupos, se convierten también en objetos culturales, en referentes de identidad. 

    A lo largo de la historia, ¿cuáles son los momentos más significativos en los que la figura de Juárez fue utilizada por los gobiernos mexicanos?

    El primer gobierno que hizo un esfuerzo calculado (acaso el más exitoso) por utilizar la figura de Juárez a su favor fue el de Porfirio Díaz. Esto ocurrió, como señalé antes, a partir de 1887, cuando el poder presidencial se encontraba plenamente afianzado. Tras la caída del régimen, Juárez siguió asociándose con la figura presidencial y su imagen se mantuvo como un referente fundamental de la cultura cívico patriótica. Esto se hizo más evidente a finales de la década de los cincuenta. La señalada admiración de Adolfo López Mateos por la figura de Juárez revitalizó la oficialización del prócer en ese sexenio presidencial, en el que, además, se celebró el centenario de la expedición de las Leyes de Reforma. Sin embargo, el impulso más vigoroso fue el que habilitó la primera generación del Libro de Texto Gratuito, en 1960. A partir de entonces, se consagró nuevamente la figura de Juárez como uno de los referentes más importantes del consenso educativo nacional. Otro momento de marcada importancia para el homenaje oficialista a la figura de Juárez es el citado 1972 Año de Juárez, aniversario del centenario luctuoso y escenario de una imponente (también excesiva y hasta caricaturesca) celebración nacional. 

    En los últimos años hemos visto que el presidente Andrés Manuel López Obrador retomó a Benito Juárez como una figura principal en su discurso, pero al mismo tiempo hemos sido testigos de pintas en el Hemiciclo a Juárez como manifestación de protesta de grupos feministas o intervenciones de pinturas tras la toma de las instalaciones de la Comisión Nacional de Derechos Humanos. ¿Cuál es su lectura sobre la imagen de Juárez en la actualidad?

    Como he señalado antes, lo usos políticos de la figura de Juárez han sido constantes a partir de su muerte y particularmente en el siglo XX han estado muy asociados (aunque no sólo) a la figura presidencial. En ese sentido, la admiración que promueve el régimen actual no es de ningún modo inédita. De hecho se asienta sin mayores inconvenientes en las líneas de interpretación y representación más tradicionales y difundidas del legado juarista. Lo que sí me parece nuevo es el auditorio, o más bien los auditorios, que reciben ese mensaje enunciado desde el poder. Lo que ha cambiado es la forma de interpretar el mensaje juarista en boca de un régimen que no sólo se asume popular sino que en efecto se sostiene sobre bases populares. Otro aspecto a destacar es el hecho, obvio pero no por ello menos importante, de que Juárez ya representa, para muchas generaciones de mexicanas y mexicanos, la encarnación misma del Estado y sus instituciones y, en esa medida, es susceptible de convertirse (muy literalmente) en objeto de ataques, burla o denuncia. La monumentaria cívica se carga de significados que sus creadores no necesariamente anticiparon y que ningún gobierno está en condiciones de controlar. 

    De igual modo, es crucial recordar que la figura póstuma de Juárez no puede ser la del político de carne y hueso: otra obviedad sobre la que conviene reflexionar. Porque los monumentos (tallados en mármol o representados en óleos y hojas sueltas de monografía) son en sí mismos construcciones cuyo significado y formas de apropiación cambian. En ese sentido, no deja de llamar la atención la mayor plasticidad de la imagen de Juárez en la actualidad. Los increíbles y simpáticos collages de Francisco Toledo sobre Juárez, o bien los peculiares retratos de Aceves Navarro (“Mi Juárez de todos los días”, 2006), se alejan de la solemnidad habitual del referente civil y ponen en franca duda la claridad y contundencia del típico ícono juarista. Esto por no hablar de los memes, stickers y gifs que hoy circulan profusamente en redes sociales y que proyectan imágenes altamente disonantes respecto de la iconografía juarista oficial. Es curioso porque algunas de ellas recuerdan a las caricaturas satíricas (altamente críticas) que circulaban en la feroz prensa opositora al gobierno Juárez. Nos las recuerdan no porque estas nuevas imágenes se dediquen a cuestionar al político de carne y hueso sino porque vuelven otra vez dúctil y dinámica su imagen, o bien porque denuncian abiertamente su rigidez. 

    La vandalización de imágenes o monumentos a Juárez puede ser el resultado de una denuncia política, constituye una condena simbólica pero no lo es del personaje en sí sino de aquello que representa. Lo mismo ocurre con la parodia visual que es, a su modo, una forma de disidencia que acaso no es política pero sí estética, en el sentido de que hace gozosas o atractivas otro tipo de imágenes.

    Juárez combatiendo el Covid-19 en las calles de Oaxaca. Imagen: Colectivo Line-Marker.

    Recientemente la editorial Grano de Sal y la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM publicaron su libro El culto a Juárez: la construcción retórica del héroe. ¿Qué motivó su investigación? ¿Por qué eligió la figura de Juárez y no la de otros héroes nacionales como Miguel Hidalgo, José María Morelos, Francisco I. Madero, Emiliano Zapata o Francisco Villa?

    Mi libro sobre Juárez es el producto de una investigación de varios años. Cuando me inicié en ese proyecto (finales de 2008) mi principal interés era estudiar los fenómenos de mitificación o enaltecimiento de personajes y hechos históricos emblemáticos. Me decanté por Juárez, no diré que por accidente pero tampoco por convicción. Es decir, que mi curiosidad no fue propiamente el resultado de mi admiración o interés por el personaje histórico sino por el de su longeva y ubicua presencia póstuma. Me pareció interesante que pareciera, en cierto modo, aun más importante que Hidalgo. Me parecía curioso que no siendo el Padre de la Patria, Juárez hubiera mantenido un lugar tan protagónico en el panteón cívico. También llamó mi atención literalmente la cantidad de alusiones a Juárez en México, porque en efecto no hay un héroe con más calles, escuelas, bustos, objetos, billetes… A pesar del antijuarismo que ha existido y aún existe en México, su presencia como símbolo patrio parece inherente a nuestra nacionalidad y pensé entonces (lo fui confirmando con los años) que eso no podía deberse nada más a lo que Juárez hizo en vida, sino a todas esas formas y significados que su figura fue adquiriendo tras su muerte. Desde luego que no es el único caso interesante en el panteón cívico mexicano, pero acaso es uno de los más representativos, más longevos, y en cierto sentido más diversos. En cualquier caso, parecía un gran pretexto (desde luego no es el único) para estudiar las diversas formas de nuestra nacionalidad, de nuestros referentes políticos e identitarios. En este sentido, vivo convencida de que la política debe estudiarse no sólo desde el punto de vista de las instituciones y las personas que forman parte de ellas, sino también a partir de sus representaciones, de su presencia en el espacio público, en el arte y en la cultura popular. 

    Para saber más

    Villalobos Álvarez, Rebeca, El culto a Juárez: la construcción retórica del héroe (1872-1976), México, Grano de Sal y Facultad de Filosofía y Letras, UNAM, 2020.

    Weeks, Charles A., El mito de Juárez en México, México, Editorial Jus, 1977.

  • Fichero

    Fichero

    A pesar de los ríos de tinta que corren sobre Benito Juárez y su época, son pocas las contribuciones historiográficas que se han hecho en los últimos años. Si no fuera por los libros de Rebeca Villalobos y de Israel Arroyo, el sesquicentenario aniversario de la muerte del Benemérito hubiera pasado de noche entre los profesionales de la historia. ֍ En plena pandemia, Grano de Sal y la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM publicaron el libro de Villalobos: un estudio sobre lo que pasó con Juárez después de su muerte, es decir, de la trayectoria que lo convirtió en uno de los héroes más manoseados de la historia patria. ֍ Por su parte, Israel Arroyo abordó la instrumentalización del republicanismo y la división de poderes durante el gobierno de Juárez. Su meticuloso examen, desde la mirada de la historia política, le valió el premio Francisco Javier Clavijero del INAH. ¡Enhorabuena! ֍ Por cierto, el libro de Arroyo salió a luz gracias al Consejo Editorial de la Cámara de Diputados, que ha hecho en los últimos años una gran labor al editar testimonios de luchadores sociales del siglo XX y al publicar la obra de destacados historiadores como Alfredo López Austin, Luis Fernando Granados, Cristina Gómez Álvarez y otros tantos. Lo estupendo es que cualquier interesado puede solicitar de manera gratuita el libro de su preferencia. ֍ Después de 24 años de conservar la misma exposición, el Recinto Homenaje a Don Benito Juárez renovó su discurso museográfico con 651 piezas presentadas en cuatro núcleos temáticos. A pesar de que el presidente López Obrador anunció su reapertura a todo el público es difícil visitarlo: se tiene que hacer cita y esperar paciente en una fila que se puede prolongar por semanas. ֍ ¡Qué incongruencia que para trabajar como investigador en ese mismo recinto se tenga que contar con experiencia en actividades de investigación histórica y no ser historiador!, pues la convocatoria del concurso 98326 que emitió la Secretaría de Hacienda y Crédito Público requería una persona egresada de la licenciatura en Humanidades pero con experiencia laboral en el campo de la “Historia” y la “Historia en general”. ֍ Sobre la otra conmemoración: el centenario del muralismo «mexicano», la Universidad Nacional publicó un bello libro, que reúne un mosaico de ensayos sobre una selección de las más de 150 obras murales que alberga la universidad. Por fortuna, UNAM: 100 años de muralismo –en donde se pueden encontrar artículos de consagrados especialistas como Rita Eder y Renato González Mello y jóvenes promesas como Rebeca Barquera y Jorge Barajas– se encuentra disponible en PDF para la descarga gratuita de toda la bola de estudiantes que no podrían pagar una costosa edición impresa y, por supuesto, para la de todos los interesados en la historia del arte de nuestro país. ֍ El espíritu del 22. Un siglo de muralismo en San Ildefonso estará abierta hasta el 12 de junio del 2023. La exposición registra el proceso creativo de los primeros murales a través de 246 piezas, algunas de ellas se exponen por primera vez como el retrato de Ricardo Flores Magón pintado por Diego Rivera para el general Lázaro Cárdenas. ¡Una maravilla! ֍ Ya era hora de que el Museo del Palacio de Bellas Artes renovara su discurso. El nuevo cedulario presenta una mirada sintética y actualizada de los emblemáticos murales del siglo XX. ¡Vale la pena darse una vuelta! ֍ Hasta aquí el maquinazo de esta edición; nos leemos en un próximo fichero de La Bola, la revista de divulgación.

  • El “populacho” en la época de Juárez

    El “populacho” en la época de Juárez

    A mediados del siglo XIX el desarrollo del movimiento costumbrista impulsó la elaboración de numerosas pinturas y textos literarios que buscaban incidir en la consolidación de una identidad mexicana. El movimiento, encabezado por pintores, escritores y litógrafos, pretendía contribuir a la creación de un arquetipo de lo nacional a partir de imágenes y literatura orientadas a retratar la “realidad” social del país. No obstante, si bien sus creadores se esforzaron por recrear escenas cotidianas y narraciones satíricas de los sectores populares, estas eran resultado de un imaginario de lo popular que se plasmaba en representaciones pintorescas poco coincidentes con la vida material y social de los retratados.

    Los años entre 1840 a 1870 son vitales para entender este fenómeno. No sólo coinciden con el auge del costumbrismo mexicano y el esplendor de los talleres litográficos. También con aquellos años en que la política liberal sentó sus bases, al tiempo en que la inestabilidad política y económica contribuía a generar condiciones adversas para la clase trabajadora. En este artículo expongo la manera en que los costumbristas plasmaron sus representaciones sobre lo popular y muestro la relación que en ello tuvieron la literatura de viajes extranjera y el discurso liberal decimonónico. Además, me interesa contrastar estas formas de representación con aquellos aspectos de la vida material y social de los sectores populares que permitan aproximarnos a una visión más cercana de su realidad.

    El costumbrismo: una respuesta a la visión extranjera sobre lo mexicano

    Desde el siglo XVIII hubo gran interés por registrar escenas de la vida cotidiana que dieran cuenta de las costumbres, características físicas y principales oficios realizados por las castas novohispanas. Estas descripciones coincidían con aquellas expresiones del Romanticismo que retrataban aspectos pintorescos de la sociedad rural europea. Entrado el siglo XIX, la influencia de este movimiento cultural, en conjunto con la necesidad de crear símbolos que unificaran al naciente país, derivó en el desarrollo del Costumbrismo. Un movimiento artístico y literario encaminado a construir una identidad nacional a partir de su historia, sus riquezas naturales y los arquetipos del pueblo mexicano. Para materializar su objetivo, los costumbristas publicaron numerosos textos donde pretendían representar y plasmar las peculiaridades del país. De esa manera, lo apartarían de su legado colonial y contribuirían a legitimar los hábitos y las costumbres de la recién creada república.

    En un primer momento, sus exponentes plasmaron escenas cotidianas con fines estéticos. Más tarde, una vez que los literatos abrazaron el movimiento, los costumbristas reforzaron su interés por representar lo popular y articular una identidad a través de textos literarios que describieran las peculiaridades del pueblo mexicano de manera visual y escrita. Así, un buen número de revistas y obras fueron ilustradas con grabados y estampas que los litógrafos, editores e impresores consideraban útiles para retratar lo narrado y educar al pueblo. En el periodo que nos ocupa destacaron las revistas El Mosaico Mexicano (1837-1842), El Museo Mexicano (1843-1847), la Revista Científica y Literaria (1845) y El Álbum Mexicano (1849). Obras completas como Los mexicanos pintados por sí mismos (1854-1855) y México y sus alrededores (1855). Y las novelas Astucia (1865-1866) y Clemencia (1869). Pero ¿Cuál fue el interés de los costumbristas mexicanos por construir y difundir una identidad nacional?

    Durante más de cuarenta años, la búsqueda por representar lo “típico mexicano” derivó en artículos y cuadros de costumbres, novelas e ilustraciones litográficas que fueron publicadas en periódicos, revistas y obras literarias de gran tiraje. La mayoría era una reacción a la literatura de viajes extranjera y una respuesta al vacío dejado por el Estado como principal promotor de la integración nacional. Es importante destacar que la disposición de los viajeros para trasladarse temporalmente a un territorio desconocido y convivir con una cultura distinta hizo de ellos hábiles recopiladores de datos y sensibles espectadores de los espacios que visitaban. Durante la primera década del siglo XIX, un buen número de ellos visitó el país con el fin de observar las riquezas naturales descritas por otros viajeros o ampliar sus conocimientos sobre el mundo. Su interés por compartir estas experiencias les llevó a convertir sus diarios de viaje en libros donde reunieron reflexiones y descripciones sobre el clima, los paisajes y las costumbres de la población mexicana.

    No obstante, si bien la literatura de viajes nacía de un afán por comprender el mundo, sus creadores no podían separarse de los prejuicios, los choques culturales, las expectativas e intereses político-económicos que también moldeaban sus experiencias y construcciones sobre la realidad. Sabedores de ello, los costumbristas rechazaron las descripciones textuales y visuales plasmadas en sus crónicas. Desde su perspectiva, estos relatos habían difundido una imagen muy “pobre” y degradada del país, la cual era producto de un deseo por llevar la civilización a donde supuestamente no la había, así como por servir a los intereses expansionistas de sus países de origen. Por ello, abrazaron la tarea de romper con esa lectura distante y contribuir a la construcción de un discurso nacional basado en la mirada de sus propios habitantes.

    Dado que el país estaba en formación y transitaba por periodos de inestabilidad política y económica, algunas obras del género costumbrista retomaron principios esenciales del nacionalismo para construir sus personajes e historias. Entre 1865 y 1866, por ejemplo, Luis G. Inclán enlazó su novela Astucia al tema de la historia nacional y la figura del charro. Por su parte, Ignacio Manuel Altamirano centró el argumento de Clemencia en una historia de amor que convergía con el proceso de consolidación de la nación. Sin embargo, tratándose de la literatura de “tipos populares”, los costumbristas se enfrentaron al problema de personificar los elementos que podían ser dignos representantes del país en un momento en que, de acuerdo con ellos, todavía no existían costumbres ajenas a la influencia del dominio español.  

    La representación del mexicano en la construcción del discurso nacionalista

    A tan sólo algunas décadas de haberse independizado, México había transitado por varios sistemas de gobierno sin que se lograran acuerdos sobre la manera más idónea de organizar el país. A este vaivén se sumaba una fuerte crisis económica, un sucesivo conjunto de levantamientos armados, así como un quebranto patriótico a raíz de la pérdida de más de la mitad del territorio a manos de Estados Unidos. Las décadas de 1850 a 1870 fueron especialmente complicadas debido a los cambios que experimentó la sociedad luego de promulgarse las Leyes de Reforma y la Constitución de 1857, así como por las consecuencias que dejó la Guerra de Tres Años y la Intervención francesa.

    En este tránsito, las reformas liberales contribuyeron a forjar un modelo de Estado y un ideal del ciudadano. Este arquetipo sólo se alcanzaría en la medida en que se creara una sociedad útil y laboriosa de pequeños propietarios, cuyo estatus jurídico les garantizara derechos individuales como el sufragio, la igualdad y la propiedad. Con ello se daría fin a la fragmentación social y territorial y se abriría el camino a la construcción de una nación moderna. Pero antes de que el Estado pudiera impulsar este proyecto, los costumbristas visualizaron la necesidad de personificar estos valores e ideales en retratos de hombres y mujeres que integraban a la sociedad mexicana. Sin embargo, la tarea no fue sencilla.

    Primero, había que elegir a aquellos dignos representantes del ideal mexicano y caracterizarlos de tal forma que pudiera resquebrajarse la imagen exótica creada por los extranjeros. Sin entrar de lleno al análisis de la literatura costumbrista, es claro que sus exponentes se interesaron, en su mayoría, por representar a las clases o sectores populares. Es decir, a esa parte de la sociedad constituida por quienes “participaban en el mundo del trabajo y de la producción, tanto en el campo como en la ciudad”, según la definición de la historiadora Clara E. Lida. En ese sentido, su preocupación se centró en retratar la figura de personajes cuyos oficios eran vitales para la convivencia social y el desarrollo de las actividades cotidianas. No es casual, por tanto, que varios textos replicaran la representación del aguador y el cochero. O que hacia 1855 las labores de la costurera, el escribiente, el sereno, el criado o la recamarera se hubieran retratado por considerarlas convenientes, honradas y pintorescas.

  • La Vargas conquista España

    La Vargas conquista España

    Por Huitzilihuitl Pallares Gutiérrez

    Lo volvió a hacer: con su voz desgarrada, sus amores y desamores, su misticismo y aguerrida personalidad, Chavela Vargas tiene cautivado al público español. Como hace casi tres décadas, cuando triunfó en la Sala Caracol de Madrid, la Vargas es aclamada y festejada. Ahora a través de un bello libro realizado por el profesor de filosofía Salva F. Romero (1974) y la diseñadora Irene Mala (1978).

    Según nos cuentan los autores en entrevista, Chavela Vargas es un personaje que encierra toda la fuerza de México y América Latina, y como tal “nos permite bucear en múltiples ámbitos de la vida: no sólo la música, sino también el arte, la política, las emociones”. Sin duda ese carácter multifacético de la cantante es retratado magistralmente en Chavela, la chamana, la biografía ilustrada que publica Temas de Hoy de grupo editorial Planeta.

    – ¿Cuál fue su primer acercamiento a Chavela Vargas?

    Irene: En casa teníamos un recopilatorio en CD de sus canciones. No sé cómo lo descubrí, quizás escuchando con mi madre, y acabé maravillada por las canciones desgarradas de Chavela.

    Salva: Yo creo que Pedro Almodóvar nos la descubrió con sus películas. Por nuestra edad conocemos a la Chavela de los años 90, de la época de su resurrección. 

    La desolación y la fuerza de las interpretaciones de Chavela hicieron, según Carlos Monsiváis, que la cantante conectara con la generación de los noventa, inmersa en un mundo caótico, globalizado y carente de identidad. Es en esa época cuando resurge en México después de estar varios años perdida en el abismo del alcohol y triunfa en España de la mano de Pedro Almodóvar y Miguel Bosé. La derrota, el dolor y la marginalidad de las canciones de Chavela conquistaron primero el Olympia de París y luego retumbaron en el mármol del Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México.

    – ¿Cómo fue el proceso de escritura de la biografía? 

    Salva: Como siempre hay varios momentos: uno reflexivo, que se desarrolla durante los paseos a la búsqueda de ideas; después vienen las pesquisas, la investigación en las bibliotecas; luego la redacción; y más tarde, la corrección. Aquí interviene el editor, que ayuda a encontrar la mejor opción entre dos frases. Me gusta pensar que mi estilo resiste una lectura en voz alta, al menos ese es mi deseo.  

    Compaginar el texto con la imagen no siempre es tarea fácil, pero Irene y Salva parecen moverse como peces en el agua. Aseguran que son buen equipo y se complementan bien, pues intercambian ideas y normalmente se ponen de acuerdo rápidamente. La mancuerna de trabajo no es nueva, en 2020 publicaron Camarón. La alegría y la pena, un recorrido por la vida del cantaor gitano José Monje Cruz, uno de los mejores exponentes del flamenco contemporáneo.

    – ¿Cuál fue el mayor reto que enfrentó al ilustrar la vida de Chavela Vargas?

    Irene: El primer reto quizás es el de enfrentarse al retrato del personaje. Toda una responsabilidad. Hay que ahondar en su psique además de reflejar sus rasgos físicos más característicos. Después me enfrenté al hecho de inundar el libro de color.

    Desde hace 24 años, cuando comenzó su vida en el mundo del arte, Irene se ha abierto camino en el campo de la ilustración y la pintura. El juego en las proporciones del rostro y la explosión de color son características de su obra. Sus personajes, con los ojos pequeños, separados y coronados por una frente infinita, brillan con el uso armónico del pastel.

    – ¿Cuál fue la ilustración favorita que diseñó?

    Irene: Hay muchas que son mis preferidas. Especialmente le tengo cariño a la portada, que nos muestra a Chavela abrazando a su público; también me gusta mucho aquella donde sale con su cuate José Alfredo; o el retrato de Chavela con fondo verde, aún joven, de pie y con guitarra en mano… se ve tan poderosa. Pero la que muestra la metáfora de Chavela sumergida en tequila, rodeada de plantas de agave, creo que es mi número uno.

    Imagen: cortesía Editorial Temas de Hoy.

    A mediar el siglo pasado, Chavela participaba en las bohemias organizadas por la productora de teatro Nancy Cárdenas. Entonces usaba el cabello largo, vestía con jorongo, calzón de manta y huaraches y cantaba para su grupo de amigas: Maringá, Mi segundo amor y  la atrevida Macorina:

    Después el amanecer

    Que de mis brazos te lleva

    Y yo sin saber qué hacer

    De aquel olor a mujer

    A mango y a caña nueva

    Con que me llenaste al son

    Caliente de aquel danzón.

    Ponme la mano aquí, Macorina

    Ponme la mano aquí.

    – ¿Por qué se debe recordar a Chavela Vargas?

    Salva: Chavela Vargas fue pionera de dos maneras. Por una parte es un referente sociopolítico. Quizá las nuevas generaciones puedan aprovechar su modo de entender la vida desde la libertad y la valentía. Por otra parte, sus enseñanzas desde el punto de vista musical tienen que ver con el intento de encontrar una voz personal, un modo propio de acercarse a las canciones tradicionales. Siempre desde la emoción. Siempre desde la verdad.

    En los albores del siglo XXI, Chavela publicó Y si quieres saber de mi pasado, una de las primeras autobiografías escritas por una mujer lesbiana en Latinoamérica. En sus páginas, al igual que en sus  interpretaciones, no esconde su ser y sin ambages le habla a la mujer. Después vendrían los libros que escribió en colaboración con María Cortina y el documental dirigido por Catherine Gund y Daresha Kyi. 

    Para finalizar les pregunto ¿cuál es su canción favorita de Chavela? A Irene le cuesta escoger entre el amplio repertorio de la artista: “Hay muchas, difícil elegir, pero La noche de mi mal me parece un tema rancheroblusero maravilloso”. Salva, en cambio, prefiere escoger una etapa de la vida de Chavela: “Más que una canción yo escogería la última época, por la profundidad emocional que se refleja en su voz y sus maneras: la época de la Chamana. De las clásicas, me quedo con El último trago”. Alcemos, pues, la botella y brindemos con tequila por la vida de la Vargas, que hoy es recordada en las páginas de una bella biografía ilustrada.

  • Retrato múltiple de Diego. Un siglo del muralismo riveriano

    Retrato múltiple de Diego. Un siglo del muralismo riveriano

    Por Daniel Vargas Parra

    Diego María Concepción Juan Nepomuceno Estanislao de la Rivera y Barrientos Acosta y Rodríguez nació en Guanajuato el 8 de diciembre de 1886. Diego fue un artista completo. Transitó de un academicismo formal puro a una vanguardia crítica y heterodoxa como lo es el cubismo.

    Actualmente es poco conocida la obra cubista de Diego Rivera. Durante la década de los diez, el pintor perteneció al círculo de Montparnasse, donde tuvo contacto con las figuras más destacadas de las vanguardias parisinas. Ahí conoce a Piet Mondrian, Conrad Kickert y por supuesto a Robert Delaunay, Juan Gris y Pablo Picasso, quienes le llevan a interesarse por los principios cubistas. Diego transitó por esta vanguardia durante casi cinco años: pintó alrededor de doscientas pinturas.  El crítico de arte Ramón Favela asegura que Diego asimila al cubismo a través del estudio del Greco y mediante la reinterpretación de la obra de Cézanne. Diego manejó como nadie el retrato en función del color y el movimiento. Su cubismo fue único y determinó un lenguaje particular y una paleta característica. Rivera termina por convertirse en emblema de la transformación del cubismo a un nuevo nivel y así, con su “cubismo del Anáhuac” conquista un lugar de privilegio en la vanguardia. Al paso de los años, los adoctrinamientos de algunos líderes del movimiento cubista y la visceralidad de los arranques del pintor terminan por expulsarlo de la escuela y preparar su retorno a México. Diego nunca quiso retomar el cubismo y desde entonces renegó de aquella prodigiosa etapa de su carrera. Incluso se negó a visitar París durante el resto de sus días.

    Fue el máximo representante del muralismo mexicano moderno y, a la vez, su obra signó una etapa lúcida y virtuosa en las ilustraciones. La faceta de Diego como ilustrador es prolífica. Desde su encuentro con el taller de José Guadalupe Posada en la ciudad de México recrea en la caricatura una forma de expresión de su realidad. A su regreso de Europa colabora intensamente con grabadores y dibujantes en la creación de diversas publicaciones políticas y manifiestos artísticos. La ilustración nunca dejó de ser importante para Rivera, se mantuvo en diálogo constante en su carrera como pintor y mucho de lo que generó como muralista comenzó en el diseño en papel como ilustrador y, viceversa, alegorías y escenas que produjo en muros y caballetes terminaron en asombrosas láminas editoriales. Fue director de revistas como El Machete y colaborador de muchas publicaciones, entre las que se encuentran: Sabia Moderna, Montaje, El Sembrador, La Falange, El Maestro, Mexican Folkways, Das Werk, Esta Semana, Minotauro, Siempre!, entre muchas otras.

    En los veinte y treinta, Rivera elabora lo más representativo del movimiento mural mexicano: pinta en el auditorio de San Ildefonso “La Creación”, los conocidos murales en la Secretaría de Educación Pública, la capilla riveriana en la Escuela Nacional de Agricultura de Chapingo, El Palacio de Cortés en Cuernavaca, sus frescos en el Palacio Nacional y los muros en Estados Unidos: Detroit, Los Ángeles y el conocido mural “El hombre en la encrucijada de caminos”, destruido por la familia Rockefeller en Nueva York. Diego siempre experimentó con la geometría y la óptica. Compuso nuevas formas de análisis escópico y cuestionó los paradigmas estáticos de la representación euclidiana. Ya en los cincuenta, crea murales exteriores y curvilíneos, mosaicos y esculturas monumentales en: El Cárcamo de Dolores de Chapultepec, El Estadio de la Ciudad Universitaria, El Teatro de los Insurgentes y el Hospital Centro Médico La Raza.Pero no todo fue el pincel y el pigmento. Rivera desarrolló una habilidad única para el estudio de las formas constructivas. Incursiona durante los cuarenta en la experimentación arquitectónica. Proyecta y ejecuta un museo para su colección de piezas prehispánicas en El Pedregal que denomina neo maya y estilo Rivera. Poco tiempo después desarrolla en la plástica la escultopintura, una especie de hibrido entre la técnica de mosaico de piedras de color natural y la escultura de relieve en sus murales. Así sea desde el caballete, el panfleto, los muros, la escultura o el edificio, Rivera creó un universo de formas y color vivo, realista. Las facetas del artista son muchas, la habilidad de Diego es incuestionable y su potencia expresiva inconfundible.

    Diego creció entre granjas y minas, dedicó su niñez a coleccionar guijarros, piedritas y cavar agujeros en la tierra para buscarlos. Fue educado en la contemplación de la naturaleza, su multiplicidad y metamorfosis, mediante el dibujo. Entre sus anotaciones, poco a poco logró tomar conciencia de la transformación de la naturaleza. Como espejo fue que Diego recurrió a la invención plástica. Sus murales juegan a reflejar una imaginería sobre la creación natural y su recreación mediante el desarrollo técnico e industrial. Sus frescos lo miran al dejarse trazar como producto de un intelecto endemoniado por la inquietud sobre la integración entre lo natural y el arte. 

    Diego fue un convencido de la dinámica de las fuerzas artísticas en la búsqueda del equilibrio con las leyes del universo y el alma secreta del hombre. Generó color y textura como un lenguaje sobre ficciones utópicas, donde las sociedades industriales aprendían de su pasado artesanal. Su pintura advierte sobre la armonía de la civilización, que adopta como patrón de vida el ritmo oscilante de la horizontal en los valles y montañas sólo para adaptarlos a la arquitectura. Rivera, pues, canta sobre sus paisajes y ahí hace versos a la técnica antigua y moderna, así lo narran las historias retratadas por sus muros. Ahí, en la unidad plástica labrada durante más de 70 años, el muralista concibe su obra de arte total.

    Para saber más

    Cardona Peña, Alfredo, Conversaciones con Diego Rivera: (el monstruo en su laberinto), México, Editorial Diana, 1986.

    De la Torriente, Loló, Memoria y razón de Diego Rivera, México, Editorial Renacimiento, 1959.

    Wolfe, Bertram David, La fabulosa vida de Diego Rivera, México, Editorial Diana, 1986. 

    Imagen de portada: La creación, Diego Rivera, 1922-1923. Imagen tomada de Wikimedia Commons.