Tenochtitlan, el centro del cosmos
junio 24, 2021 La Bola

Tenochtitlan, el centro del cosmos

Por Pablo Hernández Aparicio

Mexico Tenochtitlan no sólo era el centro político y económico del Valle de México, sino también era un sitio religioso de mayor importancia, trazado a partir de la manera en la que los mexicas comprendían la configuración del mundo y el cosmos. En el presente artículo, el autor brinda una visión panorámica sobre la organización de la ciudad, su relación con la cosmogonía mesoamericana y resalta el papel jugado por el hoy conocido Templo Mayor 

A pesar de tener diversas noticias previas sobre la existencia de una gran ciudad que tenía sojuzgados a distintos pueblos a lo largo del territorio que comenzaban a explorar, los europeos que acompañaban a Hernán Cortés, no tenían referentes para describir la ciudad con la que establecieron contacto visual hacia noviembre de 1519. Los soldados observaron un espejo de agua conformado por cinco lagos de poca profundidad, rodeados de montañas y con una amplia vegetación que hacía que dicha zona fuera proclive a su ocupación. Al ser un área lacustre las canoas se destacaban por ser un sistema mediante el que se desarrollaban actividades como la pesca, el transporte de seres humanos, de agua potable, así como mercancías que se trasladaban a través de los lagos. En este sitio destacaba una ciudad que, tenían entendido, concentraba el poder político, económico, social y religioso del territorio que recientemente comenzaban a explorar. En este texto realizaremos una vista panorámica esa ciudad y observaremos el valor simbólico del Templo Mayor, principal edificio religioso.

Imagen 1. Representación de la isla donde se asentó México Tenochtitlan. Luis Covarrubias, La isla de México en el siglo XVI, México, 1964. Imagen disponible en: https://www.lugares.inah.gob.mx/es/museos-inah/exposiciones/sala-piezas/11911-11911-gran-tenochtitlan-en-1519.html?lugar_id=471&expo_id=6016

Tenochtitlan

Los europeos fueron testigos del esplendor de la última ciudad mesoamericana del centro del actual territorio mexicano, heredera de una larga tradición urbanística que, mediante la reproducción de los modelos cosmogónicos, organizaba en cuadrantes a los habitantes de la ciudad. En el núcleo urbano se encontraba el edificio político y religioso más importante en cuya cúspide se encontraban dos templos: uno dedicado a Mexi-Huitzilopochtli (dios solar patrono de los mexicas) y el otro a Tláloc (el dueño de las aguas). Los orígenes de esta traza urbana son difusos, de modo que no es posible saber desde cuando sus pobladores comenzaron a dividirse política y socialmente siguiendo este esquema cuyo eje tenía un carácter dual.

Para los grupos nahuas el origen del mundo y los fenómenos que lo afectaban se encontraba en la conjunción de elementos contradictorios y complementarios, de modo que lo femenino, nocturno, húmedo, terrestre y lunar, interactuaba con lo masculino, seco, celeste y solar para generar el día, la noche, las estaciones del año, los ciclos agrícolas, las lluvias, etc. Se consideraba que también afectaba el desarrollo histórico y social de los pueblos, por esa razón los elementos de la dualidad debían estar representados en la vida política, social y urbanística. Por esa razón, el espacio urbano partía de un centro en el que confluían los cuatro sectores del cosmos, de manera que los cuadrantes de la ciudad representaban la división de la dualidad primigenia. La presencia de esta forma de organización territorial en diversos grupos mesoamericanos como los nahuas, los purépechas, los mayas y los mixtecas, no sólo indica que compartían un sistema de ideas políticos y religiosos, también muestra el valor práctico y la eficacia que este sistema tenía dentro de la organización de las comunidades. De manera que la organización social basada en los opuestos tenía un valor práctico, como señala Claude Levi-Strauss: «la organización dualista implica cierto número de consecuencias en todas partes donde se realiza. La más importante es que los individuos se definen, los unos en relación con los otros, esencialmente por su pertenencia o su no pertenencia a la misma mitad». Por esa razón, dentro de las relaciones humanas, el dualismo ponía en marcha las relaciones de rivalidad o reciprocidad entre los habitantes de la ciudad.

La configuración y división del espacio urbano mostraba a cada integrante de la sociedad el papel que jugaba en la comunidad. Así, pertenecer a un estrato social también significaba tener derecho a habitar un espacio relacionado al poder, al origen o al status que le correspondía. A grandes rasgos, y de acuerdo a los informantes de Bernardino Sahagún, Tenochtitlan contaba con aproximadamente 78 edificios. El área central era la parte más sagrada puesto que a partir del Templo Mayor, se organizaban los cuadrantes de la ciudad, mismos que se seccionaban mediante las calzadas de: Iztapalapa hacia el sur; Tlacopan hacia el poniente (en esta se encontraba el acueducto que traía agua potable desde Chapultepec), una calzada corta hacia el norte y por el oriente otra que comunicaba hacia los embarcaderos. Estas divisiones conformaron los cuadrantes identificados como Cuepopan (lugar donde se abren las flores), Teopan (lugar del templo), Moyotlan (lugar de los mosquitos) y Aztacalco (En el lugar de la casa de las garzas).

Imagen 2. Organización cuatripartita de México Tenochtitlán, Códice Mendoza, 1542. Imagen disponible en: https://www.codicemendoza.inah.gob.mx/index.php?lang=spanish

Dentro de estos cuadrantes, alejados del área central se encontraban las viviendas de los macehualtin (plural de macehual, término que designaba a los plebeyos) organizadas en calpultin (plural de calpulli, grupos que se integraban en los denominados «barrios»). Cada sección se encontraba administrada por un dignatario (tecuhtli) que respondía a la autoridad del tlahtoani y del cihuacóatl (su compañero en el gobierno). A través de este sistema, ambos ejercían el poder delegando algunas de sus obligaciones a gobernantes menores denominados tetecuhtin (plural de tecuhtli) quienes recibían de ellos el derecho a la administración política, económica, militar y de justicia sobre un territorio, ya fuera dentro de la ciudad o en uno de los pueblos conquistados. Además, con este sistema se podía dar mantenimiento y ampliación de la infraestructura pública, en trabajos como diques, calzadas, ampliaciones de templos, junto con la siembra, cosecha y la guerra, esto era fundamental pues al encontrarse en una cuenca endorreica, Tenochtitlan era sujeta a inundaciones y problemas por el exceso de humedad. Para ello, el gobierno tenochca, disponían de funcionaros denominados calpixque o tequitlatoque, los cuales tenían la autoridad de «disponer de alimentos y materias primas de los almacenes reales y de reclutar trabajadores para llevarlos a realizar obras».

Fragmento del Códice Mendoza donde se aprecia la organización en México Tenochtitlán. Imagen disponible en: https://digital.bodleian.ox.ac.uk/objects/2fea788e-2aa2-4f08-b6d9-648c00486220/surfaces/baedcd6d-034d-4d4d-932a-28063650929d/

Cuando Cortés y sus huestes llegaron a Tenochtitlan compararon la organización de la ciudad y su conjunción territorial con el sistema europeo. En el caso de las viviendas de los macehualtin, organizadas en calpultin, los conquistadores consideraron que estas áreas eran muy similares a los «barrios» de las ciudades europeas, sin embargo, las investigaciones han mostrado que no eran sólo demarcaciones territoriales donde se construían una especie de complejos de vivienda. Se trataba de un sistema de organización social en el que las comunidades conformaban alianzas políticas, sociales y económicas a partir de su identificación con una serie de elementos como un dios patrono, el lenguaje, el oficio, la pertenencia a la tierra y el parentesco. Ese sistema no sólo era propio de los mexicas y no se originó a partir de la traza urbana, se hace mención de su existencia desde el periodo de la migración y hay evidencias de este orden en otras ciudades, como Teotihuacan y Cholula.

Imagen 4. Representación de Aztlán en el Códice Boturini, siglo XVI. Imagen disponible en: https://mediateca.inah.gob.mx/repositorio/islandora/object/codice%3A605

Territorialmente los calpultin también se organizaban siguiendo el esquema del cosmos, por lo que conformaban cuadrantes que a su vez se seccionaban en partes menores las cuales contenían, al menos, cuatro formas de terrenos comunales en donde se encontraban las habitaciones del grupo gobernado, mismas que estaban construidas con materiales perecederos como paja, arcilla y madera. Las formas de los terrenos se pueden agrupar en: residenciales, residencias con chinampas de autoconsumo, habitacionales con talleres artesanales y aquellas que podían ser multiusos. Si bien, tenían diferentes tipos de oficio y de tierras, todos contenían una plaza junto con un templo donde se realizaban los cultos dedicados al dios patrono, una casa de reunión, un temazcal (baño ritual) y una escuela-templo denominado telpochcalli.

Debido a lo anterior, es probable que los macehualtin antes de sentir una pertenencia y lealtad con la ciudad, tuvieran un mayor apego a su calpulli, pues en un solo lugar se encontraban los elementos indispensables para su estabilidad física, espiritual y emocional: un hogar; un lugar para la educación, un sitio de trabajo, un territorio donde compartido por los miembros de su familia, que no sólo incluía a los abuelos, padres e hijos, se trataba de linajes que incluso consideraban a aquellos que ya no se encontraban con vida. Este elemento es de gran importancia, pues como señala Georges Balandier, en las sociedades organizadas por linajes: «el parentesco facilitaba a lo político un modelo y un lenguaje». De manera que el modelo familiar creaba un fuerte arraigo y ello repercutía en los lazos de solidaridad. Debido a esto, el gobierno central requería ampliar los sentimientos de apego e identidad más allá del calpulli, conformar un lazo entre los pequeños espacios con el gran espacio que era la ciudad, para ello fue necesario construir un discurso histórico en el que el dios Huitzilpochtli se presentaba como protector de las deidades menores propias de cada sección de la ciudad, así como emplear el modelo del calpulli como forma de organizar y legitimar la vida política. Por esa razón en los discursos relacionados con el poder se percibe que el grupo dominante concebía a todos los integrantes de la sociedad como miembros de una gran familia, en la cual, los gobernantes, y principalmente, el tlahtoani y el cihuacóatl encarnaban una figura dual paterna y materna. Así, sobre las virtudes que debía tener un buen tlahtoani se decía: «El mayor que hace bien su oficio ha de llevar a sus súditos unos a cuestas, otros en el regazo, otros en el brazo. Halos de allegar y tener debaxo de sus alas, como la gallina a los pollos». Es decir, el poder y la sujeción de un pueblo eran vistos como una adopción. El sometido quedaba en calidad de hijo adoptivo de la deidad tutelar del pueblo dominante, por lo cual el gobernante como su representante, quedaba en calidad de padre-madre.

La zona más sagrada era la que se encontraba cercana al núcleo de la ciudad, en ese espacio sólo podían habitar los miembros del grupo gobernante conocido como los pipiltin, grupo compuesto por sacerdotes, guerreros, miembros del linaje gobernante con sangre tolteca, dignatarios y funcionarios del gobierno central que estaban sujetos a la autoridad del tlahtoani y el cihuacóatl. En esta área, además del Templo Mayor, se encontraba una gama de templos dedicados a los distintos dioses, de estos edificios destacaban por su simbolismo y función política: la Casa de las Águilas, espacio para celebrar las reuniones de los guerreros y rituales relacionados con el nombramiento del tlahtoani; el tlacochcalco, lugar donde se guardaba el armamento para la guerra; el tlacatecco, espacio del gobierno de los hombres, los templos rojos adosados a los costados del Templo Mayor dedicados a Xochipilli y Macuilxóchitl, en el primero diariamente se esperaba el amanecer y era recibido el sol recién nacido con cantos, danzas y flores, mientras que en el segundo, al atardecer se acompañaba al sol viejo a su entrada al inframundo. Otros edificios importantes eran el Macuilcallo, templo destinado a los sacrificios de los espías; el huey Tzompantli, altar hecho con las cabezas de cautivos y otros personajes sacrificados a diversas deidades; el calmecac, destinado a la educación de los hijos de los pipiltin; el Yiacatecuhtli Iteupan, destinado a los cultos del Dios de los mercaderes, así como la plaza destinada al comercio que perdió su importancia con la expansión mexica y sometimiento de Tlatelolco en 1473; finalmente el Tlillancalco, templo de la diosa madre Cihuacóatl, que tenía ligado al  Coacalco, el cual nos refiere Sahagún «era una sala enrexada como cárcel. En ella tenían encerrados a todos los dioses de los pueblos que habían tomado por guerra. Teníanlos allí como captivos». La administración religiosa se encontraba entrelazada con la estructura política, cada templo tenía adscritos un grupo de sacerdotes y sacerdotisas, algunos de ellos como el tlillancalqui, el tlacochcalcatl y el tlaccatecatl, formaban parte del consejo supremo que apoyaba al gobierno central. Estos sacerdotes de los templos menores respondían a la autoridad de sacerdotes mayores como el tlaquimiloltecuhtli, encargado de resguardar los bultos sagrados de los dioses, el mexicatl teohuatzin, cuya tarea era administrar los cultos de los dioses mexicas y los sacerdotes supremos Quetzalcóatl Totec Tlamacazqui, Quetzalcóatl Tláloc Tlamacazqui, estos a su vez respondían a la autoridad del gobierno central.

Imagen 5. Templo rojo, ubicado en el sitio arqueológico del Templo Mayor. Imagen disponible en: https://www.lugares.inah.gob.mx/es/zonas-arqueologicas/zonas/1699-templo-mayor.html?lugar_id=1699

El Templo Mayor

En la cosmovisión nahua se consideraba que sobre la superficie terrestre se proyectaban las fuerzas sagradas de lo celeste, masculino, solar y lo femenino, nocturno, infraterrestre. De manera que la tierra estaba compuesta por cuatro segmentos a partir del centro que concentraba la totalidad de las fuerzas sagradas. En este centro se encontraba un monte dónde habitaba el dios principal. Siguiendo a Alfredo López Austin y Leonardo López Luján, se puede señalar que las principales funciones de dicho lugar eran: 1) fungir como centro de confluencia de los opuestos complementarios (frio / calor, vida / muerte, masculino / femenino, cielo / inframundo);  2) espacio en el que fluyen y se distribuyen las energías que dinamizan el ciclo de la vida y la muerte; 3) punto conector de las 9 regiones del inframundo, los cuatro rumbos de la tierra y los 13 planos celestes; 4) bodega de resguardo y distribución de las almas de  los seres vivos, el agua,  los frutos, las semillas y los vegetales; 5) refugio de animales y plantas de los ataques de los humanos ; y, 6) Hogar donde habitaban los muertos y del dios patrono. Así, desde este centro dual, los dioses proyectaban su influencia hacia los cuatro rumbos de la tierra para distribuir la lluvia junto con los bienes agrícolas que daban sustento a la humanidad, por esa razón el Templo–Monte también era fuente de orden social y poder político. Se creía que desde su morada principal el dios otorgaba a su pueblo el derecho de habitar un territorio, nombraba un representante y conformaba las jerarquías sociales. Esta forma de pensar el territorio y el mundo tiene gran relevancia puesto que las grandes ciudades buscaron reproducir el modelo del cosmos, de manera que en el centro de estas se encontraba el Templo principal como proyección arquitectónica del Monte Sagrado, desde donde el gobernante regía y organizaba a los seres humanos en nombre de los dioses. Así, entonces, las funciones de los gobernantes iban encaminadas a mantener la relación de reciprocidad entre seres humanos y estos con las deidades.

Imagen 6. Esquema explicativo del monte sagrado. Imagen editada y facilitada por el autor

Tenochtitlan fue una reproducción de una ciudad sagrada: los mexicas trataron buscaron representar el modelo plasmado en los relatos de la migración y la historia de Tula. Por esa razón, pretendieron demostrar que el lago que habitaban tenía las características físicas de Aztlan y Tollan, pues ambas ciudades guardaban relación con elementos lacustres. En el primer caso Aztlan cuya traducción aproximada es «lugar donde abunda lo blanco» o «lugar de garzas blancas,» es mencionada como un sitio rodeado de agua, mientras que Tollan «lugar donde abundan los carrizos o tulares» también es un sitio gobernado por Quetzalcóatl y con una estrecha relación con el agua. Los tulares son plantas que crecen en los cuerpos acuáticos, además en algunas versiones históricas se menciona que Huemac (uno de sus gobernantes) jugó con los tlaloques, sirvientes del dios Tlaloc. De manera que ambas ciudades sirvieron como modelo a recrear en Tenochtitlan, por esa razón, la historia de Diego Durán en Historia de las Indias de la Nueva España e Islas de tierra firme menciona que, durante la fundación los mexicas supieron cuál era el lugar indicado para erigir el Templo de Hutizilopochli cuando observaron: «culebras blancas, ranas blancas, pescados blancos y sauces blancos, etc.»  Además del famoso avistamiento del águila parada sobre un nopal de tuna dura. Esta planta cactácea se presentaba como una reproducción del árbol cósmico que conectaba el inframundo, la tierra y el plano celeste, junto con la blancura del islote marca la manifestación del centro cósmico donde debía de copiarse el monte sagrado, por esa razón nos dice Alvarado de Tezozómoc en su Crónica mexicana, que Huitzilopochtli comunicó su voluntad : «este lugar manda se llame Tenochtitlán para que en él se edifique la ciudad que a de ser Reyna y señora de todas las demás de la tierra a donde emos de recevir á todos los demás reyes y señores y adonde ellos an de acudir como á suprema corte entre todas las demás».

Imagen 7. Panorámica de la zona arqueológica del Templo Mayor, Ciudad de México. Imagen disponible en: https://www.lugares.inah.gob.mx/es/zonas-arqueologicas/zonas/1699-templo-mayor.html?lugar_id=1699

En su última etapa constructiva, la cual se realizó durante el gobierno de Motecuhzoma Xocoyotzin, a inicios del siglo XVI, el Templo Mayor estaba compuesta por una enorme plataforma central con una escalera de acceso, sobre la cual se encontraban los templos de Huitzilopochtli y Tláloc. Del lado de Huitzilopochtli se encontraba la escultura circular de la Coyolxauhqui (diosa lunar desmembrada), al pie se localizaron elementos referentes a la guerra (escudos y flechas) y unas serpientes con colores rojizos, posiblemente serpientes de fuego. Por su parte el templo de Tláloc se encontraba decorado con pintura azul que formaba chalchihuites o piedras preciosas relacionadas con el agua, un chacmol figura recostada con un recipiente en sus manos para recibir la sangre de los sacrificios, además tenía figuras de ranas y elementos acuáticos. Estos aspectos remarcaban su relación con los dioses de la lluvia y las aguas terrestres. De esta forma el Templo sagrado materializaba el lugar donde residían los dioses representantes de las fuerzas opuestas y complementarias que gobernaban el cosmos.

Además de lo anterior, en el interior de las distintas etapas constructivas del Templo Mayor se han localizado ofrendas que incluyen animales, cerámica, textiles, esculturas y otras manufacturas junto con fauna y vegetación extraída de las áreas de los distintos pueblos tributarios de los tenochcas. David Carrasco señala que con ello «Tanto el hábitat natural como el social de las comunidades periféricas estaban contenidos simbólicamente en el axis mundi (el centro del cosmos) de los aztecas, lo cual ampliaba su poder político y su significado». Relacionado con la sujeción de los pueblos y su inclusión en la arquitectura de la ciudad, es importante retomar Coacalco «en el lugar de la casa de la serpiente», que se ubicaba en el Tlillancalco «en el lugar donde abunda lo negro o la negrura», templo dedicado a la diosa madre Cihuacóatl que tenía un representante en la escala superior del poder. En este espacio donde se almacenaban a las deidades tutelares de los pueblos conquistados, lo que simbólicamente le otorgaba a Tenochtitlán mayor relevancia en el control político. Si se parte de que es el dios tutelar es quien brinda identidad a los calpultin y a los distintos pueblos, es notorio que al cautivar y encerrar a estos dioses en el templo de la diosa madre, los tenochcas se identificaban a sí mismos como los protectores y guardianes de la humanidad. Aunado a ello, es importante retomar la existencia del denominado «jardín zoológico» que los conquistadores pudieron apreciar, dicho sitio contenía estanques, árboles, plantas medicinales, además de animales de distintas especies: jaguares, aves, serpientes, peces, entre otros. Este lugar no era un mero espacio de esparcimiento, se trataba de un lugar que contenía a los nahuales (animales, vegetales y fuerzas naturales) representantes de los distintos dioses que habitaban el monte sagrado.

Además de lo anterior, los trabajos de arqueología en el Templo Mayor han señalado que los arquitectos mexicas copiaron aspectos arquitectónicos y estilísticos tanto toltecas como teotihuacanos: los templos rojos, las banquetas de la casa de las águilas, los incensarios de Tláloc, entre otros. Como señalan Alfredo López Austin y Leonardo López Luján: «Las imágenes exhumadas en el Postclásico Tardío en la  ya entonces zona arqueológica de Tula fueron consideradas arquetipos de lo sagrado y reproducidas o parcialmente imitadas en objetos que serían convertidos en regalos a los dioses y en componentes litúrgicos de entornos consagrados».

Imagen 9. Banqueta estilo tolteca, en la Casa de las Águilas del Templo Mayor. Imagen disponible en: https://www.lugares.inah.gob.mx/es/zonas-arqueologicas/zonas/1699-templo-mayor.html?lugar_id=1699

Conclusiones

Mediante la arquitectura y la distribución territorial, los mexicas proyectaban el mensaje de ser los encargados de controlar el monte sagrado, sitio donde se resguardaba el agua, los mantenimientos, las fuerzas luminosas y oscuras que ponían en marcha el andar del cosmos. Los gobernantes a través de los sacrificios individuales y colectivos alimentaban a las deidades que a su vez retribuían con sus favores a los mexicas, con ello se dotaba al paisaje de un sentido religioso con elementos político-económicos, así como morales, puesto que los gobernantes tenían la obligación de procurar el bienestar de los dioses y sus gobernados. Bajo esa lógica, el Templo Mayor, como núcleo fundamental, concentraba las energías de los dioses que controlaban el cosmos y las proyectaban hacia los cuatro rumbos de la tierra. De esa forma, los tenochcas habitaban en un lugar privilegiado y elegido por los dioses, una metrópoli que también era centro del universo desde dónde se regulaban las relaciones sociales, los ciclos agrícolas y los movimientos astrales. Pero lo más importante: era la ciudad desde donde los dioses, a través de sus súbditos, ejercían su mando, protegían a la humanidad, recibían los cultos y sustentaban a la humanidad. Asimismo, buscaron legitimar la concentración de poder al reproducir los modelos de ciudades sagradas como; Teotihuacan, urbe primigenia donde los dioses se reunieron para crear al sol; Aztlán-Chicomoztoc, lugar de gestación y nacimiento de la humanidad, y; Tula sitio donde la humanidad salió para distribuirse a todo el mundo. Tomando en cuenta esto, es probable que los mexicas quisieran proyectarse como una ciudad que pensaba reunir a la humanidad fragmentada y ser ellos los dirigentes principales, conformar la tollan de los elegidos de Huitzilopochtli.

Para saber más

Carrasco, David, “Centro y periferia en el Templo Mayor”, en: Arqueología mexicana, núm. 31, México, Editorial Raíces, mayo-junio, 1998, pp. 42-51.

Duran, Diego, Historia de las Indias de la Nueva España e islas de tierra firme, V.I, introducción y notas de José Rubén Romero Galván y Rosa Camelo, México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, , 2008.

López Austin, Alfredo y Leonardo López Luján, Monte Sagrado-Templo Mayor, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia/Instituto de Investigaciones Antropológicas-UNAM, 2012.

Sahagún, Bernardino de, Historia general de las cosas de la Nueva España, 2ª ed., II T., paleografía y notas de Josefina García Quintana y Alfredo López Austin, México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Alianza Editorial, 1988.

Zona Arqueológica Templo Mayor, Lugares-INAH, véanse los recursos audiovisuales de la página. Disponible en: https://www.lugares.inah.gob.mx/es/zonas-arqueologicas/zonas/1699-templo-mayor.html?lugar_id=1699

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