Por Christian Ramírez Bernal

Entre los muchos personajes que transitaron por el campo de la política porfirista, pocos tienen una historia tan llena de giros como la de Moisés Rojas. Su nombre apareció en mi investigación sobre las comisiones de límites del Estado de México, cuando encontré un decreto del gobernador José Vicente Villada, fechado el 1 de agosto de 1892, que lo designaba comisionado de límites. Lo curioso es que Rojas no parece tener ningún vínculo con la administración estatal. Y lo más extraño: además del decreto, no existe otro rastro de él en los archivos “mexiquenses”. Sólo quedaba una pista: un viaje que realizó a la capital de Puebla para “arreglar cierta cuestión de límites”, del que dio noticia el periódico El Amigo de la Verdad. El diario recibió de esta manera al comisionado: “pronto correrán en cierta redacción, ríos de lágrimas, y habrá nuevo editor o editora responsable para firmar los párrafos que contengan chismes de portería borracha, calumnias y otras bellaquerías”.

Un recibimiento inusual. ¿Por qué la visita de Rojas ocasionaría tales cambios en “cierta redacción” y por qué precisamente en esas supuestas calumnias? ¿Por qué un periódico local realizó ese tipo de comentarios? Mi curiosidad académica –por no admitir un cierto encanto por el chisme– aumentó al descubrir ciertos episodios de su pasado: gobernador interino de Chiapas, legislador federal, procurador de justicia, ministro de la Suprema Corte de Justicia… y ¡expresidiario! 

Debido a su fugaz participación en la comisión de límites, no profundicé y detuve toda investigación sobre su vida. Aun así, había localizado ciertos documentos –hemerográficos, la mayoría– que me permitieron reconstruir su trayectoria y la imagen que la prensa, la mayoría capitalina, construyó de él. Sin embargo, no existía justificación suficiente para integrar su historia en mi investigación. Aprovecho la oportunidad que me ofrece la redacción de la revista La Bola para exponerla en sus páginas y salvarla de quedar indefinidamente en el tintero.

De Chiapas a la capital

Rojas era originario de Chiapas y abogado de profesión. Creemos que nació hacia 1845, pues El Telégrafo informaba que, al competir por un cargo en la Suprema Corte en 1882, tenía 37 años de edad. Según el mismo periódico, concluyó sus estudios de Derecho en 1872. La biografía publicada en ese periódico, resaltaba la figura de Rojas porque era su intención destacar al candidato que respaldaba la redacción. La nota, que incluye un retrato suyo, narra sus inicios en la vida pública tras la intervención francesa (1862-1867), cuando, siendo muy joven, fue nombrado comandante militar de la capital de Chiapas: “sin conocimiento militares de ningún género, y solo con su valor y entusiasmo por la patria sostuvo durante dos meses los ataques que sobre la plaza daban las fuerzas traidoras”, escribió el Telégrafo.

Tras el triunfo republicano, Rojas fue editor del Periódico Oficial del Estado de Chiapas y secretario general del gobierno estatal. En 1875 encabezó un golpe “revolucionario” que derrocó al gobernador L. Domínguez y lo colocó a él como gobernador provisional de la entidad. Pero su gestión duró poco: la Revolución de Tuxtepec y la llegada de Porfirio Díaz al poder lo obligaron a dejar el cargo y “trasladarse” a la ciudad de México. El periódico señaló que Rojas “no entregó el gobierno” y que para evitar “días de luto en Chiapas” emprendió su marcha hacia la capital.

Ya establecido en la ciudad de México, su pasado vino a perseguirlo. En el Monitor Republicano (26 de julio de 1876), el general Domínguez publicó un aviso “A Moisés Rojas”, recordándole que tenían un “negocio” pendiente, y lo retaba: “si usted no me busca en este local, probará una vez más, que no es caballero, sino un miserable que solo merece arrojarse al rostro la saliva del desprecio”. No hay registros de enfrentamiento alguno. De hecho, Rojas desaparece de la vida pública por tres años, hasta que publicó en La Libertad un anuncio sobre la apertura de su despacho en la casa número 15 de la calle de la Escalerilla (hoy República de Guatemala), prometiendo a los litigantes un servicio con las “tres primeras cualidades que debe tener un buen abogado: inteligencia, honradez y actividad”. Una de esas tres cualidades sería puesta en duda por el desarrollo de los acontecimientos posteriores.

El ministro y la prensa

Su regreso a la vida pública ocurrió durante la presidencia de Manuel González (1880-1884). Difícil es precisar cuándo y de qué manera Rojas se acercó al gonzalismo. Sin embargo, en junio de 1880, antes de las elecciones presidenciales, Rojas asistió a un acto público y electoral para respaldar la candidatura del general González. También fungió como presidente honorario de la Asociación Central Gonzalista y redactor del periódico El Sufragio Libre, de inclinación gonzalista. Tras los resultados de las elecciones, el abogado chiapaneco fue electo diputado federal por el Distrito de Tenango, Estado de México, y, simultáneamente, senador suplente por Campeche. El diario La Industria Nacional (13 de julio de 1880) informó que esta victoria, junto con otras más, demostraba el “triunfo del gonzalismo”. En esos años, la figura de Rojas empezó a tomar mayor fuerza. Corrieron rumores en algunos diarios sobre su posible designación como encargado de la Secretaría de Justicia. No obstante, a finales de ese año sufrió un golpe personal: la muerte de su esposa, Serafina Culebro (La Libertad, 19 de diciembre de 1880). El nombramiento como secretario nunca llegó, aunque sí uno de procurador general de Justicia.

En 1882 alcanzó un puesto clave: fue electo ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN). Suponemos que el presidente González confió en él para asegurarse posiciones de confianza en el Poder Judicial. El arribo de Rojas a la SCJN llegó en tiempos conflictivos. En primer lugar, ante el posible regreso de Díaz a la presidencia, en 1884, los porfiristas buscaron también cabida en la Suprema Corte. El mismo año en que Rojas asumió su cargo, Ignacio Vallarta, presidente de la Suprema Corte, renunció tan sólo unos meses antes de cumplir con su periodo constitucional. La figura de Vallarta empezaba despegar políticamente y, por ese motivo, fue un personaje incómodo para Díaz y su intención de reelegirse. En segundo lugar, por esas mismas fechas fue aprobada la reforma al artículo 7º constitucional, que suprimió los jurados especiales en materia de libertad de expresión. Con ese cambio, los jueces ordinarios tendrían desde entonces la facultad de juzgar los casos de difamación. 

La reconstrucción de la trayectoria de Rojas fue posible por la gran cantidad de noticias periodísticas sobre él… y no fue casualidad. El 3 de junio de 1885, La Voz de México, informaba que el magistrado Rojas había denunciado al periodista Francisco J. Carrasco, director de El Estudiante, por difamación al publicar una nota en la que lo acusaba de agredir a un conductor de ferrocarril. El juez cuarto de lo Correccional del Distrito Federal, Rómulo Rojas, ¡hermano del ministro!, dictó sentencia el 1 de junio: Carrasco fue amonestado. A partir de entonces, Rojas se convirtió en blanco de la prensa capitalina. En diciembre de ese año, La Patria publicó la siguiente estrofa navideña: 

Garboso, no estrafalario,

a nuestro Árbol se llegó

y sin vacilar tomó

un traje de millonario.

Cuando Carrasco insistió en sus críticas, Rojas volvió a denunciarlo. Esta vez, el periodista terminó preso en la cárcel de Belén.  

Pero los ataques no cesaron. En 1888 tuvo un nuevo enfrentamiento, ahora con Filomeno Mata, director de El Diario del Hogar. El 8 de mayo, El Tiempo publicó una nota alarmante: “hasta ahora en que escribimos estas líneas sigue incomunicado el Sr. Mata. Sólo tiene permiso de hablar con D. Moisés Rojas, aunque no atinamos con qué carácter se presente este señor”. La prensa, tribunal de la opinión pública, sentenció que había un abuso de poder: “juzgamos demasiado el rigor con que se está tratando al Sr. Mata, con tanta mayor razón, cuanto que lo juzgamos inculpado y víctima de una arbitrariedad”. Rojas, el ministro que debía impartir justicia, se convertía en símbolo de censura.

Caída y escándalo

Rojas concluyó su período como ministro en 1888. Las denuncias de la prensa no bastaron para llevarlo ante los tribunales, pero sí dañaron su reputación y le cerraron varias puertas políticas. En 1887, La Voz de México insinuó que buscaba postularse a la gubernatura de su estado natal, Chiapas; sin embargo, su candidatura no pegó. Para colmo, en diciembre de ese mismo año los periódicos informaron sobre el fallecimiento de su hermano, el juez cuarto correccional (El Tiempo, 21 de diciembre de 1887). Parecía que la carrera política de Rojas llegaba a su final… hasta que, contra todo pronóstico, ganó la elección para diputado federal por el distrito de Chalchicomula, Puebla, en 1888. Dos años después, logró la reelección.

En esos años, Rojas pasó casi desapercibido. A finales de 1890, La Patria Ilustrada recordaba la popularidad que Rojas en años pasados:

Si fue hombre popular

que lo diga el periodismo

hoy goza aquí de quietismo

este varón singular.

Como premonición, Rojas regresó al “ojo público” en mayo de 1891, ahora levantando una denuncia en contra del periódico El Monitor Republicano. Casi simultáneamente, la prensa bombardea con la noticia de que el abogado Francisco A Serralde presentó ante la Cámara de Diputados una denuncia por robo con violencia y usurpación de funciones. Serralde acusaba a Rojas de haber manipulado y amenazado a dos menores, Vicente y Pedro Ramírez, para despojarlos de cuatro propiedades con valor de 40 mil pesos, heredadas por su padre Macedonio Rojas, quien falleció en 1880. La acusación era grave: “abusó de la inexperiencia, necesidades y pasiones” de los menores, “dándole[s] dinero y objetos y haciéndoles firmar documentos que imponían obligación y trasmisión de derechos”. Rojas fue el albacea de esa testamentaria. La prensa informó que la madre, Dolores Martínez, y sus hijos estuvieron incluso presos por algún tiempo en la cárcel de Belén, como venganza por los recursos de apelación que presentaron en contra de Rojas. Más aún, todo los hechos habían ocurrido mientras ocupaba el cargo de ministro de la Suprema Corte. La Cámara formó una comisión para que analizara el caso. Rojas, pocos días después, solicitó que la asamblea se declarara incompetente para conformarse en gran jurado. Él argumentaba que las acusaciones de Serralde eran “imputaciones calumniosas que tenían por objeto destruir su reputación”. El 27 de mayo sus compañeros legisladores aprobaron su desafuero con 147 votos a favor y sólo uno en contra.

El escándalo fue mayúsculo y la prensa no se quedó callada. El Diario del Hogar celebró la decisión con titulares demoledores: “Sin amigos” y “Odio general”. Mata recordaba a sus lectores que Rojas había sido “el mayor tirano de la prensa, arrastrando por sus indicaciones a muchos periodistas a Belén y aún bajo cuerda arregló varios cobardes atentados contra escritores”. Otros diarios no se quedaron atrás. El Abogado Cristiano Ilustrado transcribió una noticia “de un periódico de esta capital”, mostrando asombro por la curiosidad que el caso despertó entre los lectores: “un público –decía la redacción– que ha visto por primera vez descender a un funcionario de los más orgullosos y altaneros que se hayan conocido en todas las administraciones”. Y todavía quedaba mucho trayecto hacia abajo por recorrer.

El 30 de mayo de 1891, La Claridad informaba del arresto de Rojas y su traslado a la cárcel de Belén ¡Los giros que da la Historia! Así narra dicho periódico sus primeras horas en la prisión: “al pasar Rojas el patio de acusados y sentenciados, los presos los recibieron con demostraciones de alegría, no escaseando los silbidos. Algunos sentenciados se pusieron a bailar el paso de Rojas. Moisés Rojas pretendió que se le condujera un catre de metal, pero pugnando este deseo con los reglamentos de la prisión, sólo se le ha permitido un modesto catre de fierro en que pueda dormir”. El exministro intentó apelar la decisión del juez José Quirino Domínguez, sin éxito. Varias veces el Tribunal Superior de Justicia del Distrito Federal reafirmó el auto de formal prisión en su contra. El siguiente paso para el abogado chiapaneco fue solicitar la libertad bajo caución, lográndolo hasta noviembre de ese año, cuando salió de la cárcel, aunque el proceso continuaba. Rojas tuvo que dejar hipotecadas varias propiedades como fianza, pero el dinero no fue un problema serio. Poco después. La Voz de México anunció que el abogado había ganado otra vez la lotería: 20,000 pesos. “No cabe duda –ironizaba el diario– que la estrella de ese señor debe ser muy grande para eclipsarse. Salir de la cárcel como él quería, y sacarse veinte mil pesos, ya son dos loterías [la primera en 1882]. Ahora le falta que lo nombren ministro plenipotenciario en la sublime Corte”. Todavía existía “alguien de arriba” que lo protegía.

El caso de un “varón singular”

Poco después murió el juez Domínguez. El nuevo juzgador, un tal De la Hoz, tuvo que dejar el caso debido a que, anteriormente, se había desempeñado como ministerio público de ese caso. Así, el expediente pasó de tribunal en tribunal hasta que, el 10 de mayo de 1892, Moisés Rojas fue absuelto de todos los cargos por el Supremo Tribunal del Distrito Federal. Un año más tarde, el México Gráfico informaba de los intentos del exministro por recuperar su asiento en la Cámara de Diputados, argumentando que no existía impedimento legal para retomar sus funciones legislativas. Los diputados se lo negaron arguyendo que la legislatura estaba por terminar. Su nombramiento como comisionado de límites del Estado de México lo mantuvo un tiempo lejos de la capital y, poco a poco, su nombre se borró del debate público. Así termina la historia de este “varón singular”, que pasó de ser un símbolo de la justicia a un ejemplo de sus propias debilidades, que reflejaba la carencia de una de las tres principales cualidades de un buen abogado: la honestidad. De igual manera, evidencia la utilización de la Suprema Corte para fines personales o partidistas, práctica política característica de aquella época.

Para saber más

Mijangos y González, Pablo, Historia mínima de la Suprema Corte de Justicia de México, México, El Colegio de México, 2019.

“Ignacio Vallarta y la Pax Porfiriana (1877-1910)”, Plural TV. Canal de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, 5 de junio de 2024. Audiovisual disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=g_iZVgduaQ4.

Imagen de portada: Retrato de Moisés Rojas, en El Telégrafo, 17 de febrero de 1882. Colección: Hemeroteca Nacional de México.

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