Por Delia Salazar Anaya
El 17 de junio de 1923, en el Diario Oficial de la Federación, se publicó un acuerdo signado por el presidente Álvaro Obregón que invitaba a todas las autoridades del país a sumarse a la celebración de una Semana de Salubridad, que debería realizarse del 23 al 29 de septiembre del mismo año, como parte de las actividades para conmemorar la Independencia Nacional. Según informó el 12 de julio el diario vespertino El Mundo, a cargo del célebre escritor Martín Luis Guzmán, el programa definitivo del evento preparado por los integrantes del Servicio de Propaganda y Educación Higiénica del Departamento de Salubridad Pública, creado por el constituyente de 1917, contemplaba dedicar cada día de la semana para difundir algunos aspectos de interés público propuestos por los médicos higienistas de la época. Así, el domingo 23 de septiembre se inauguraría la semana con el “Día del Encomio por la Higiene”; el lunes se dedicaría a “Las Obligaciones Cívicas Relativas a la Salubridad”; el martes a “La Lucha en contra de la Tuberculosis”; el miércoles 26 se pensó en celebrar un “Día del Niño”; en tanto que el jueves y el viernes se consagrarían a “La Vacuna y al Reconocimiento Médico”. Por último, el programa cerraría el sábado 29, casi inspirado en la tradición popular cristiana del Sábado de Gloria, con un “Día de la Limpieza”.
Entre las actividades vinculadas al “Día del Niño” de aquella semana sanitaria se planeó: una amplia campaña en favor del Registro Civil y algunas conferencias impartidas por los médicos o delegados sanitarios de las distintas localidades del país, que alertarían a los padres sobre las enfermedades infantiles y sobre las buenas prácticas que debían emprender para mejorar la crianza y el cuidado de sus hijos durante sus primeros años de vida, también denominada Puericultura. Aunque el programa incluía algunas actividades dirigidas a los mismos infantes, como lo fueron fiestas y actividades al aire libre, los organizadores también consideraron convocar a un singular concurso de “niños sanos”. Los pormenores de aquel concurso, así como otros aspectos vinculados con el cuidado de las niñas y niños promovidas durante la Semana de Salubridad de 1923 las atenderé en este artículo, que sirven como ejemplo para mostrar las acciones emprendidas por los gobiernos posrevolucionarios en favor de la protección de la infancia, pero también para conocer algunos aspectos sobre el imaginario infantil de la época.
Los organizadores
El Servicio de Propaganda y Educación Higiénica se fundó en 1921 con el objetivo de difundir entre la población nacional un amplio número de conocimientos útiles sobre higiene materno infantil. La dependencia, a cargo del doctor Alfonso Pruneda García, egresado de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional, gran estudioso de la tuberculosis pulmonar y profesor de las cátedras de Anatomía, Patología e Higiene, emprendió diversas campañas para concientizar a los padres de familia sobre la importancia de los cuidados y la prevención de las enfermedades infantiles que asolaban a la población en aquel entonces, como lo fueron la influenza, la gastroenteritis, la neumonía, el paludismo, la tos ferina, la viruela, la tuberculosis o la fiebre tifoidea. Los médicos higienistas, en especial aquellos que compartían ideas eugenésicas, pusieron atención en las enfermedades venéreas o de transmisión sexual, como la sífilis transmitida por la madre durante el desarrollo fetal o al nacer, porque pensaban que dichas enfermedades podía degenerar la raza. Para otros padecimientos, incluso recomendaban que los padres dejaran atrás el viejo método de brazo a brazo para administrar la vacuna a los infantes mediante las pústulas y asistieran a consulta periódica con los médicos, aun cuando no se sintieran enfermos.
Entre las múltiples actividades de aquel servicio de propaganda, vale decir que en 1921, como parte de la conmemoración por la Independencia Nacional, también se había realizado una Semana del Niño, en la que se ofrecieron conferencias a los padres y madres sobre las medidas higiénicas que debían de inculcar en sus hijos. El mismo doctor Pruneda, junto con otros destacados médicos y educadores de su tiempo, participó en el Primer Congreso Mexicano del Niño, celebrado en la ciudad de México por iniciativa del periódico El Universal, en el mismo mes de septiembre. Las mesas de trabajo celebradas pusieron especial énfasis en la importancia de difundir conocimientos útiles sobre puericultura, salud y educación higiénica, con el fin de asegurar “el buen desarrollo físico y moral de los niños”, que debería expandirse en las escuelas primarias.
De igual forma en 1921, con la creación de la Secretaría de Educación Pública a cargo de José Vasconcelos, las cruzadas para superar el analfabetismo (en un país en el que el 80% de la población no sabía leer y escribir) también se abocaron a difundir preceptos higiénicos entre los niños de las primarias, que con el tiempo se esperaba que se convirtieran en un pequeño ejército infantil encargado de transmitir en sus casas, en los lugares de trabajo o en las plazas públicas lo que habían aprendido en el aula.
No extraña entonces que la campaña propagandística en favor de la Semana de la Salubridad de 1923 también pretendiera sensibilizar a la población sobre los riesgos de la automedicación o la charlatanería, y para ello diseñara anuncios e impresos dirigidos a los mismos niños, como lo fueron algunos que se difundieron en los periódicos y que decían: “Por la Patria. Por la Humanidad. Báñate, cuando menos, dos veces a la semana, pero es mejor que te bañes todos los días. La mugre es el pórtico de las enfermedades ¡ABAJO LA MUGRE! Lávate las manos y la boca después de que comas. No te desveles” o aquella que recomendaba: “Antes y después de comer lávate las manos y la boca, sin olvidar limpiar tus dientes. No leas de noche ni enseguida de que hayas comido. Bebe mucha agua. Levántate temprano y haz otro igual al acostarte”. Algunas más se dirigían a reducir los contagios entre la población infantil, cuando sugerían: “No escupas en el suelo. Procura, al saludar, no dar la mano, ni que te la den. Mata las moscas. Si tienes piojos, úntate en los cabellos “Ungüento del Soldado”, y después te lavas la cabeza. Límpiate los dientes, las manos y las uñas. No comas de prisa, procura masticar bien los alimentos antes de tragarlos. Vacúnate cada cuatro años para evitar que te den las viruelas”.
Otras actividades de la Semana de la Salubridad se dirigieron a los niños en edad escolar en todo el país. En Nuevo Laredo, por ejemplo, el 29 de septiembre los alumnos de los planteles oficiales debieron asistir al teatro Concordia a escuchar una conferencia pro-higiénica impartida por el Delegado Sanitario de la ciudad, el doctor Guillermo Cerqueda, bien conocido por su labor en el combate de la Influenza Española, que versó sobre las plagas de moscas que propagaban las enfermedades infecciosas y que se acompañó de algunas películas como apoyo didáctico para los menores. En Guadalajara, las conferencias sobre higiene y lucha contra la tuberculosis, el alcoholismo o los parásitos intestinales se impartieron en el salón de actos de la Escuela Constitución, a cargo de los destacados doctores Ignacio Chávez, presidente del Consejo Superior de Salubridad, y médicos locales, como Alberto Onofre Ortega, Adolfo Oliva, Gabriel Luna o David Silva, entre otros. En Toluca, las autoridades además de promover la vacunación infantil, el 28 de septiembre, organizaron una conferencia sobre higiene en el Hospital General, a cargo del doctor Ignacio Aguado y Varón.
Distintos sectores de la sociedad civil, incluidos los miembros del clero, se unieron a la empresa. Según informó Excélsior, La Sociedad Mutualista de Dependientes de la ciudad de Puebla, en atención al “Día del Niño”, colocó la primera piedra de un parque infantil sobre el Paseo Bravo, que contaría “con toda clase de juegos y diversiones” que pudieran contribuir al mejor desarrollo físico de los menores. También señaló que los aparatos los importarían de Estados Unidos, con una suma de 3000 pesos. El Círculo Mutualista de Monterrey hizo lo propio organizando una velada pro-higiene, cuyo programa consideró una conferencia sobre los cuidados del recién nacido, un recital poético y musical y algunas representaciones teatrales, según señaló El Porvenir.
Así, el arte y la música no estuvieron ausentes en los programas. Tal fue el caso que los organizadores a nivel nacional convocaron mediante un concurso público a los escritores y músicos mexicanos, que desearan hacerse acreedores de un premio de cien pesos, a realizar la letra y la música de un “Himno a la Salud”, que se entonaría en todas las escuelas durante el Día del Encomio por la Higiene. En las bases del concurso, publicadas por El Mundo en julio de 1923, se estipuló que aquel himno debería estar al alcance y entendimiento de los niños y debía componerse de varias estrofas relacionadas con preceptos higiénicos como el juego o los paseos al aire libre, el baño diario, la alimentación sencilla y ordenada, el lavado de manos y dentadura, la práctica de acostarse y levantarse temprano, dormir con las ventanas abiertas y otras actividades “sanas y carácter alegre”.
Los convocados y sus premios
Como parte de los preparativos para el Día del Niño de la Semana de la Salubridad, a fines de agosto de 1923, el secretario del Servicio de Propaganda y Educación Higiénica convocó a un singular concurso para los infantes:
Reconociendo que el niño es el ciudadano del mañana y que la buena salud que tenga en su infancia se deberá al mayor éxito de su vida adulta, este Departamento de Salud Pública ha acordado que, como parte de la celebración del “Día del Niño” se convoque a un concurso de niños sanos, ofreciendo un premio de $100.00 y un diploma para el que obtenga el primer lugar y uno de $50.00 para el segundo.
Aquella convocatoria, publicada en El Mundo y El Demócrata el 3 de septiembre, señalaba que sólo se admitirían a niños desde los seis a los 24 meses de edad, que deberían ser evaluados por un “jurado calificador” “integrado por médicos de reconocida competencia”, y aclaraba que no tomarían en cuenta “la mayor robustez del niño, sino su desarrollo armónico y el peso que científicamente corresponda a su edad”. Los interesados en inscribir a sus hijos debían presentarse de 11:00 a 13:00 horas en el Centro de Higiene Infantil Eduardo Liceaga, ubicado en la calle de República de Colombia 20, en el centro de la ciudad de México, hasta el 22 de septiembre, ya que la ceremonia de premiación planeaba realizarse el referido Día del Niño.
Por algunas notas de prensa sabemos que en distintos estados de la república también se replicaron concursos estatales de “niños sanos”. En Yucatán –en ese entonces gobernado por el célebre caudillo socialista, impulsor de la educación racionalista y defensor del Mayab, Felipe Carrillo Puerto–, la Junta de Sanidad del Estado se sumó con tanto entusiasmo a la iniciativa que amplió los premios para los niños de diversas edades. Tal fue el caso que pensó en un primer premio de ciento cincuenta pesos al niño cuya edad estuviera “comprendida entre los ocho meses y los dos años” y que reuniera “condiciones de salud, fortaleza, de vivacidad e inteligencia, etc.”, según señaló el Diario Oficial del Estado de Yucatán, el 19 de septiembre.
Para el caso de los menores de ocho meses, la junta decidió otorgar cien pesos al primer lugar, cincuenta al segundo e incorporó un premio para los niños de dos a seis años de edad, que se harían acreedores también de cincuenta pesos. En sus bases dijo que los niños presentados al concurso podían ser examinados todas las veces que se juzgara necesario por un jurado compuesto por tres médicos cirujanos de gran fama regional, como Conrado Menéndez Mena, Luis Urzais Rodríguez y Francisco Caamal. Los promotores pensaron que más allá de otorgar premios “en metálico” extenderían interesantes diplomas a los primeros y segundos lugares, en donde se anotarían los nombres de los menores reconocidos y datos como su “peso, talla, coloración de la piel, dentición, expresión de vivacidad, lenguaje, desarrollo intelectual”, entre otros.
En días previos al concurso, el mismo doctor Pruneda se apresuró a enviar algunos avisos a los periódicos para invitar a todos los padres de familia que aún no inscribían a su niños a mandar los retratos de sus pequeños para participar en el certamen. Finalmente, el día esperado llegó. Según señaló un reportero de Excélsior, al concurso realizado en la ciudad de México por iniciativa del doctor Isidoro Espinoza y de los Reyes, director del Centro de Higiene Infantil Eduardo Liceaga (que también dictó una conferencia en el acto de entrega de los premios), se inscribieron “ciento ochenta y cuatro pequeñuelos”. El mismo periódico señaló que “se trataba de premiar a los niños más sanos –no como equivocadamente se puede suponer– al niño más gordo, porque la gordura no es síntoma inequívoco de salud y sólo se aceptaron a aquellos bebés que científicamente tenían el tamaño, peso, etc., que la ciencia señala para cada edad”.
Según la crónica del periodico:
Tras de una pieza de música, se hizo el reparto de premios para los niños que ocuparon los primeros lugares y se distribuyeron también bellos diplomas para las madres que con mayor constancia han concurrido al centro durante el año. Esos diplomas llenaron de satisfacción a las agradecidas ya que es la mejor comprobación de que son verdaderas madres, pues que se han preocupado por la salud de sus hijos, incluyéndose en todo lo que puede ser para el beneficio de la salud de ellos.
El Demócrata también ofreció los resultados del concurso, señalando que el primer premio, que consistía en la suma de cien pesos, lo obtuvo “el niño Agustín Arellano, hijo de una doméstica” y el segundo, correspondiente a cincuenta pesos, lo recibió el niño Enrique Constantino Ceballos, sin que hiciera referencia específica a la ocupación de la madre, aunque El Universal señaló que pertenecía a la clase media. También recibieron menciones honoríficas Isabel Boch y Torres, Ricardo Rojo Campuzano, Alfonso Guillén, Felipe González y María Emma Hernández. Aquella celebración, que reportaron algunos medios de prensa con las fotografías de los menores y sus orgullosas madres, se cerró con otra conferencia y con la solemne inauguración de un nuevo centro de higiene infantil sobre la calle de Guerrero, que llevó el nombre del doctor Manuel Domínguez, reconocido por su labor a cargo de instituciones de beneficencia como la Casa de Niños Expósitos y como fundador de la puericultura racional en México.
Como hemos dicho, el concurso del Niño Sano también se replicó en otras localidades del país. En Toluca, por ejemplo, los premios que se otorgaron a los niños “más robustos” en la Escuela para Maestras y de Artes y Oficios para Señoritas, los patrocinaron más de una decena de damas de la sociedad local, entre las que estuvo la esposa del gobernador Abundio Gómez y las de algunos empresarios de peso regional, incluso de origen alemán. En Jalisco el ejemplo de la ciudad de México sirvió para que se pensara en organizar un “Día del Niño Robusto” en el marco de la Gran Feria de Guadalajara, como señaló el diario El Informador.
Y aunque hubo quien cuestionó que aquellas prácticas higiénicas o concursos se hubieran visto influenciadas por los higienistas y pedagogos extranjeros de Francia, Inglaterra o Estados Unidos, las campañas sanitarias siguieron llevándose a cabo en las décadas posteriores. Los concursos de niños sanos o robustos también continuaron llamando la atención de los padres y las madres que inscribieron a otros tantos infantes en el país. Si bien sus resultados pueden ser cuestionados, así como los preceptos científicos de aquellos médicos higienistas, su labor sin duda contribuyó en la disminución de los índices de mortalidad infantil y a la más correcta atención de las niñas y los niños del México posrevolucionario, cuyos derechos empezaron a reconocerse apenas una centuria atrás.
Para saber más
Alanís Rufino, Mercedes, La atención médica infantil en la Ciudad de México. Discursos, imaginarios e instituciones, 1861-1943, Pachuca, Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, 2016.
Aréchiga Córdoba, Ernesto, “Educación, propaganda o «dictadura sanitaria». Estrategias discursivas de higiene y salubridad públicas en el México posrevolucionario, 1917-1945”, Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México, número 33, enero-junio de 2007, p. 57-88.
Mena Carrillo, Juan José, “La revolución higienizada. El plan de fomento de la higiene en Yucatán, 1915-1930”, Península, volumen XIX, número 2, julio-diciembre de 2024, p. 35-59.
Pérez Montfort, Ricardo (coordinador), Cien Años de prevención y promoción de la Salud Pública en México. 1910-2010. Historia en imágenes, México, Secretaría de Salud, 2010.
Sánchez Calleja, María Eugenia, Niños y adolescentes en abandono moral (Ciudad de México, 1864-1926), México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2014.
Sánchez Calleja, María Eugenia y Delia Salazar Anaya (coordinadoras), Los niños: su imagen en la historia, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2006.
Imagen de portada: Método correcto para sostener y alimentar a un bebé del libro El cuidado de la salud del bebé: un manual para madres y enfermeras de Louis Fischer, 1919. Imagen tomada de Wikimedia Commons.






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