Han pasado más de seis décadas desde la publicación de la multicitada obra de Philippe Ariès, El niño y la vida familiar en el Antiguo Régimen, un libro que movilizó una serie de reflexiones, particularmente en Europa, Estados Unidos y América Latina, acerca del lugar de los niños y las niñas en la historia. El trabajo de Ariès desde la historia cultural, así como el desarrollo de la historia social en los años sesenta obligaron a pensar a niños y niñas como actores de la historia, pero también a la infancia como un concepto cultural e históricamente situado. Esto tuvo importantes repercusiones en las formas de entender no sólo la vida familiar o la historia de la educación, espacios tradicionalmente asociados a la niñez, sino también estructuras sociales, económicas y políticas más amplias que, observadas desde la perspectiva de las infancias, aparecían como reproductoras de una serie de mandatos, significados culturales, desigualdades, exclusiones, inclusiones e invisibilidades.
Que hablemos de las infancias hoy así, en plural, es resultado de varios años de reflexión elaborada desde la academia, como desde los activismos (adultos e infantiles), que reconocieron a las experiencias de las infancias como múltiples y heterogéneas. Lo que ha significado ser niño difiere, por ejemplo, de lo que ha significado ser niña; y en una misma comunidad puede haber múltiples connotaciones sobre la infancia. Hoy en día varias propuestas apelan a elaborar términos más inclusivos: niñe, niñes, niñeces, niñxs, al mismo tiempo que se busca reducir la relativización y pensar en cómo afectan las políticas a la infancia en su sentido general. En todo caso no hay forma de entender la infancia más que como una categoría relacional e interseccional, profundamente interrelacionada con procesos religiosos, étnicos, políticos, con el género y la clase.
Una de las continuas operaciones de la historiografía ha sido desnaturalizar un enorme cúmulo de categorías y conceptos asociadas en este caso a las infancias. En primer lugar, se ha mostrado que la edad es una categoría históricamente situada que sirve para jerarquizar, diferenciar, clasificar, estratificar y calificar a los individuos en función de sus grados de desarrollo, biológico o psicológico, y que se ha utilizado para otorgar o restringir derechos políticos, jurídicos o sociales. La edad opera como un recipiente en el que se depositan múltiples, heterogéneos y contradictorios contenidos culturales que exigen comportamientos, hábitos y reacciones específicas. La infancia, en su interconexión con una edad determinada (misma que también es fluida y flexible en el tiempo) es una posición, un lugar en el que se coloca a determinados sujetos. Aunque la edad no sea una posición fija sino transitoria, múltiples estudios muestran que no es asumida por todos de igual manera sino que genera formas diferenciadas de resistencia, apropiación o negociación, lo cual, en el caso de niños y niñas, da como resultado un constante conflicto de poder con los adultos.
Si entendemos entonces la edad como un campo de poder, éste aparece muchas veces como algo que los adultos utilizan para excluir, utilizar o disponer. Las edades que se vinculan a ciertas etapas infantiles suelen asociarse con actitudes, valores y estereotipos de corta, mediana o larga duración. La inocencia, por ejemplo, es una construcción de larga data, reforzada por el romanticismo del siglo XVIII que entendió a los niños como seres puros, buenos y, por lo tanto, carentes de maldad. La vinculación esencialista entre niñez e inocencia ha signado la forma en que nos relacionamos con los niños todavía en la actualidad. Ese ideal de la inocencia infantil, como señalaría Henry Giroux, ha sido una fantasía adulta que ha invisibilizado a los niños y ha reducido sus posibilidades de experimentarse como agentes críticos, colocándolos en posición de vulnerabilidad, inmadurez cognitiva y falta de entendimiento. Gracias a esa concepción se les ha negado el derecho a ciertos saberes, en particular a los conocimientos políticos, económicos o de educación sexual, en tanto se sostiene la supuesta incompetencia de niños y niñas para “entender” en contraposición a los adultos, “naturalmente” capacitados y calificados para la comprensión de todos los temas. Para designar esta posición de los adultos frente a los niños muchos trabajos han optado por hablar de “adultocentrismo”.
El lente puesto en las experiencias, proyectos, iniciativas y construcciones socioculturales sobre la infancia permite, a su vez, advertir matices y reconocer nuevas luces en lo que sabemos de procesos históricos más amplios. Estos sujetos, por ejemplo, han sido piezas clave en la construcción del capitalismo en México. Su mano de obra barata, su trabajo esclavo, así como luego su incentivada participación en el mundo del consumo, han signado el devenir de la historia del trabajo en México, tanto campesino como urbano, tanto artesanal como industrial, formal o informal. Niños y niñas han sido actores clave en la vida familiar, ya sea aportando ingresos o en el trabajo de reproducción social de las niñas como cuidadoras de sus pequeños hermanos y amas de casa; a lo que se suman los miles de niños migrantes de los que tenemos noticias desde el temprano siglo XX, que muchas veces serían los encargados de traducir lenguas nacionales a las de sus padres indígenas. Incluso los niños escolares de primera generación, que fueron una minoría por lo menos hasta la mitad del siglo XX, cumplieron una función fundamental en la circulación de los valores del nacionalismo posrevolucionario. Gracias a los niños y las niñas escolares, por ejemplo, sus familias se enteraron de cómo podían enfrentar enfermedades como el paludismo, la tifoidea o evitar adicciones como el alcoholismo.
Hoy en día algunos estudiosos sobre la infancia siguen pensando en términos que inviten a la narrativa histórica a mirar hacia abajo, a esa tercera parte de la población a la que se ha marginado en todos los sentidos posibles. Una mujer indígena ya enfrenta una considerable marginación, pero ésta se acentúa si ella es niña. Algunos términos, como childism buscan incitar a que la historia, la sociología, la antropología o la etnografía agreguen otra lentilla más a la observación de las realidades, y que esta lentilla sea la de lxs niñxs. Este esfuerzo se ha hecho en el campo latinoamericano desde hace más de treinta años, cuando comenzaron las primeras reflexiones historiográficas en torno a las infancias. La historia de la familia o de la educación se había referido a éstas de manera muy tangencial. Sin embargo, está por cumplir 30 años la obra que fue semilla en la historiografía de la infancia en México, me refiero al libro escrito por Beatriz Alcubierre y Tania Carreño, Los niños villistas, la primera investigación histórica que se dedicó a las experiencias de vida y las representaciones de la niñez bajo el ejército de Francisco Villa durante la Revolución mexicana. Utilizando múltiples fuentes y con un análisis notable de la fotografía y la literatura, este libro inició el fecundo camino de historizar las vidas infantiles en México. A este estudio se sumó años después, en 2001, la tesis de Alberto del Castillo Troncoso, quien analizó los conceptos, imágenes y representaciones de la niñez durante el porfiriato y una parte de la Revolución mexicana.
A estas alturas del camino, gozamos de un nutrido grupo de trabajos que se han dedicado a la historia de las infancias en México desde la antigüedad hasta nuestros días. Ahora más que nunca, se requiere mantener una perspectiva crítica en la historia de las infancias porque, como todo objeto historiográfico, este exige claridad en la postura ético política de quien escribe. ¿Cuál es el objetivo de conocer, reconstruir o analizar las experiencias de vida infantiles en el pasado?¿Cuál es la intención? A estas preguntas pueden sumarse muchas otras, que exigen una mirada inclusiva. ¿Podemos pensar en una historia del racismo en México que excluya a los niños y las niñas?¿Qué lugar ocupa lo infantil en la construcción del género? ¿En qué medida la exclusión de niños, niñas, niñes, niñxs, adolescentes, ha impactado en la narrativa histórica? ¿Por qué se ha naturalizado la exclusión por edad en casi todas las temáticas estudiadas? Entender todas estas racionalidades no sólo nos acerca a comprender la historia de las infancias, sino procesos mucho más amplios.
Para saber más
Alcubierre, Beatriz y Susana Sosenski, Historia mínima de las infancias en México, México, El Colegio de México, 2024.
Alcubierre, Beatriz y Tania Carreño, Los niños villistas. Una mirada a la historia de la infancia en México, 1900-1920, México, Secretaría de Gobernación, Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, 1996.
Ariès, Philippe, El niño y la vida familiar en el Antiguo Régimen, Buenos Aires, El Cuenco de Plata, 2023.
Del Castillo Troncoso, Alberto, Conceptos, imágenes y representaciones de la niñez en la ciudad de México, 1880-1920, México, El Colegio de México, Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, 2006.
Imagen de portada: Niñas con sandía, María Izquierdo, 1946. Colección: SURA. Imagen tomada de: https://www.sura.com/arteycultura/obra/ninas-con-sandia/.






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