Empoderamiento femenino en la industria cinematográfica mexicana
Hablar de María Félix es adentrarnos en la vida de una mujer que se volvió leyenda. Recordada por su extraordinaria belleza y su inquebrantable carácter, “La Doña”, es tal vez una de las grandes estrellas del cine latinoamericano y, sin lugar a duda, de las representantes más importantes del Cine de Oro Mexicano.
Su vida refleja la trayectoria de una mujer que se abrió paso durante la década de 1940 en una industria dominada por hombres, en un país que se estaba gestando bajo el proyecto posrevolucionario y en un contexto que no consideraba a las mujeres como ciudadanas.
Descubierta de manera fortuita en las calles de la ciudad de México a inicios de 1940 por el cazatalentos Fernando Palacios, la joven María de los Ángeles Félix Güereña incursionó en la industria cinematográfica a pesar de que en su proyecto de vida no consideraba acercarse a esa industria.
Durante este periodo, el cine mexicano era uno de los grandes proyectos artísticos y culturales que consagró a diversos actores, actrices y directores como íconos internacionales. Es decir, una verdadera maquinaria que, impulsada por el capital estadounidense, llegó a todas las pantallas de América Latina. Esta gran industria estaba completamente alejada de la vida que la joven sonorense tuvo hasta el momento, pero a la que una vez descubierta se integró sin mayor reparo.
Nacida el 8 de abril de 1914 en el seno de una familia sonorense, fue contemporánea del estallido y desarrollo del movimiento armado revolucionario, el cual afectó buena parte del país y cimentó las bases del México moderno.
Su padre mantenía buena relación con el gobierno central de la ciudad de México. Años después su familia se trasladó a Guadalajara, Jalisco. Ahí creció junto a sus hermanos y cursó sus estudios básicos y medio superior, destacando rápidamente por su belleza, misma que le granjeó ser coronada como Reina de Belleza del Carnaval de Guadalajara en 1930.
Poco tiempo después contrajo nupcias con Enrique Álvarez Alatorre y engendraron a su hijo Enrique Álvarez Félix. Sin embargo, en su autobiografía la actriz señaló la necesidad de huir del hogar paterno y, como único medio de escapar de esa realidad, el matrimonio fue la primera opción. Tal vez esa fue una de las razones por las que su relación no prosperó.
De aquí en adelante, poco se supo de las condiciones del primer divorcio de María, pero en algún momento mencionó el “robo de su hijo” por parte de su ex marido como consecuencia de la separación. En su autobiografía afirmó que sólo pudo recuperarlo años después, cuando ella ya era una artista consumada.
Lo cierto es que antes de sus treinta años, María Félix se encontró divorciada, sola y con un futuro incierto. Así terminó en la ciudad de México, donde consiguió un trabajo en una pequeña clínica. Poco después, terminó por ser descubierta e invitada a integrarse a la industria cinematográfica.

El debut de María Félix llegó en 1943 con el filme El Peñón de las Ánimas, de Miguel Zacarías. En esta producción compartió créditos con Jorge Negrete, el cual ya era el mayor representante de la comedia ranchera del cine nacional, género que evocaba el idilio del pasado antes del estallido de la Revolución. Este debut en la pantalla grande fue totalmente atípico para los estándares de la industria, pues María era una actriz primeriza y una completa desconocida a lado de un consumado actor y cantante. Entonces la mayoría de las actrices iniciaban su carrera durante su infancia o adolescencia y ella ya contaba con 29 años.
Aunque el filme fue del gusto de la crítica y del público, María era una actriz inexperta y tanto su personaje como su actuación distaban mucho del carácter gallardo e inquebrantable con el que pasó a la posteridad. El éxito cosechado con El Peñón de las Ánimas le permitió interpretar posteriormente a un personaje catalogado como: “la devoradora de hombres”, en el filme Doña Bárbara (1943), de Fernando de Fuentes. Este papel le otorgó su famoso mote de “La Doña” y le permitió mostrar su carácter enérgico y seductor, rompiendo los estereotipos de las actrices femeninas y los personajes que encarnaban, casi siempre sumisos y bondadosos.
El público alabó a la actriz y la catapultó al cariño de la audiencia mexicana y latinoamericana. Las ofertas de filmes le llegaron y, aunque la mayoría no gozaron de un argumento interesante, las películas resultaron un éxito porque la tuvieron a ella como protagonista. María Félix se convirtió en la primera estrella femenina del star system mexicano o, en otras palabras, producciones con éxito garantizado por sus protagonistas.
Algunas producciones como La monja alférez o El monje blanco tuvieron a María Félix actuando en diferentes atuendos más cómo excusa para vender el filme, que una película con una historia desarrollada. Por otro lado, algunos largometrajes aprovecharon el impulso de “Doña Bárbara” y presentaron argumentos en los que la sonorense pudo capitalizar y sumar los atributos que le dejó el personaje de Bárbara. Algunos de ellos fueron: La mujer sin alma, La devoradora o Doña Diabla. Títulos que aluden a su frialdad, que destacaron su belleza en cámara y que la mostraron como una mujer individualista, dueña de sí misma y de su cuerpo, consciente de su poder sobre los hombres.
Al mismo tiempo que estas películas se encontraban en cartelera otros géneros cinematográficos gozaban de popularidad. Las filmaciones de María Félix tuvieron que competir con otros géneros como el de rumberas y bataclanas, que gozaron en aquellos años de un gran gusto del público. Sin embargo, estas expresaron un corte más moralizante hacia las figuras femeninas. Actrices como Andrea Palma, Ninón Sevilla o Meche Barba vieron cómo sus personajes se volvieron ejemplos de una conducta sexual inapropiada y castigada por la sociedad.
No es de extrañar, entonces, que al ser estas las películas de la competencia, María Félix pudo alzarse como una mujer “verdaderamente libre” y un modelo a seguir para muchas mujeres mexicanas y de otros países.
El trabajo de María Félix junto a Emilio “El indio” Fernández le abrió la puerta al mercado cinematográfico europeo. Filmes como Enamorada (1946) la llevaron a explorar el género del melodrama revolucionario y le permitieron trabajar con actores como Pedro Armendáriz, Columba Domínguez, Miguel Inclán o Carlos López Moctezuma. Y aunque Europa se volvió su segundo nicho, la sonorense buscó alejarse del mercado estadounidense (pesé a que fue muchas veces invitada). Es particularmente recordada por su participación en el filme Hechizo trágico (1951), tal vez una de sus mejores actuaciones.

Aunque la carrera de María parece a veces solitaria y en muchos momentos pidió que no se le comparará con sus compañeras actrices, lo cierto es que tuvo buena relación con algunas de ellas. Tal es el caso de Dolores Del Río, que aunque la prensa siempre buscó incentivar una aparente rivalidad entre ellas, al ser las más reconocidas actrices mexicanas tanto fuera como dentro de la industria, María siempre habló entrañablemente de Del Río. Ambas mujeres tuvieron una trayectoria diferente, pero fueron buenas amigas. El único trabajo juntas en pantalla y en el que se puede observar la química entre ellas es el filme La cucaracha (1969), de Ismael Rodríguez.
La vida personal de la actriz también fue objeto de admiración y de dura crítica. Desde sus diversos matrimonios (tal vez los más famosos con Agustín Lara y Jorge Negrete), siempre fue cuestionada por su forma de relacionarse con los hombres. Ella jamás negó que vivió el gozo pleno de su sexualidad. María Félix se autodenominaba como una “mujer con corazón” de hombre. Esta aparente “masculinización” de alguna manera le permitió sobrevivir en la industria cinematográfica mexicana, dominada en aquella época prácticamente por hombres. En este medio fueron pocas las actrices que consiguieron abrirse paso y lograr una igualdad salarial a sus contrapartes masculinas.
Durante la década de 1960, la actriz filmó pocas películas y muchas de ellas pretendieron evocar el antiguo éxito del melodrama revolucionario cultivado 20 años antes. Aunque esta década trajo un impulso al cine nacional, figuras como María Félix parecieron quedarse atrás con las exigencias del nuevo público mexicano. La actriz, ya consagrada como una estrella de cine, se retiró de las pantallas en 1970 con el filme La generala.
Aunque en sus últimos años de vida María Félix participó algunas veces en la Televisión mexicana, su leyenda ya estaba conformada. La diva nunca se consideró un ejemplo a seguir, pero lo cierto es que logró dejar una huella notable en la memoria fílmica mexicana y en la sociedad que la vio volverse una estrella de talla internacional. Su vida se volvió sinónimo de empoderamiento femenino.
Para saber más
Benavente Morales, Carolina, “Divina. Consagración cultural y usos de lo sagrado en la actriz mexicana María Félix (1914-2002)”, Convergencia. Revista de Ciencias Sociales, volumen 17, número 52, enero-abril de 2010, p. 261-288.
Félix, María, Todas mis guerras, México, Clío, 1993.
Félix, María, Una raya en el agua, México, Sanborn Hermanos, 1997.
Juárez Álvarez, Rodolfo, “El cine como torbellino: las estrellas, María Félix, La escondida y los públicos en Tlaxcala”, Miradas al cine mexicano, volumen 1, México, Instituto Mexicano de Cinematografía, 2017.






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