En la segunda mitad del siglo XVIII, la corona española comandada por la casa de Borbón aplicó en sus dominios americanos una serie de medidas políticas y económicas que tenían como intención generar una mejor administración y recaudación impositiva. Estas transformaciones, conocidas como reformas borbónicas, provocaron importantes cambios en la Nueva España que, entre otras medidas, impusieron en la década de 1760 el monopolio sobre el cultivo, manufactura y venta del tabaco en todo el territorio de lo que ahora es México. Esta situación modificó las condiciones de trabajo para las personas que se dedicaban al negocio tabacalero, tanto en el campo como en las ciudades, toda vez que se aplicaron restricciones a la siembra, se establecieron nuevas redes de distribución y venta, así como fábricas manufactureras de puros y cigarros en varios puntos del país.
Este último aspecto en particular, el de las fábricas, representa un tema ambiguo para muchos historiadores, pues si bien cambió la vida de los trabajadores en más de una forma respecto a los salarios, los horarios y las relaciones laborales, en realidad no afectó la forma en que se fabricaban los productos respecto a la forma tradicional, por lo que no desembocó en la creación de una clase obrera o algo remotamente similar y tampoco implicó una maquinización de las labores hasta finales del siglo XIX. Sin embargo, uno de los efectos que no podemos negar es que supuso una importante oportunidad laboral para la mano de obra femenina, tanto para la población novohispana como para la del periodo republicano posterior. En este sentido, el presente artículo pretende resaltar la importancia del negocio tabacalero para las mujeres trabajadoras de la ciudad de México, desde el establecimiento del estanco (1765) hasta finales del siglo XIX, así como algunas de las complicaciones que sufrieron en dicho periodo.
El establecimiento del estanco tabacalero en la Nueva España
El cultivo del tabaco en el territorio de lo que hoy es México comenzó desde la época prehispánica; sin embargo, su uso era ritual y ceremonial, por lo que su consumo por placer y, en consecuencia, el comercio de la planta sólo se dio hasta después del arribo de los españoles en el siglo XVI. En un principio, su empleo fue considerado exclusivo de las clases bajas, pero poco a poco se difundió su consumo gracias a su sabor y vasta disponibilidad, lo que propició que se extendiera rápidamente por la Nueva España, al punto de que hacia la mitad del siglo XVIII habían más de quinientas cigarrerías y purerías tan sólo en la ciudad de México.
Para este punto, el tabaco se consideraba un cultivo “democrático”, por ser los pequeños comerciantes o la gente humilde quienes podían sacarle provecho, pues su distribución estaba tan generalizada que en varias regiones del país incluso crecía solo a las orillas del camino. Además, la elaboración del cigarro solo requería la hoja seca, un poco de papel, una superficie plana y cierta habilidad con la manos que se iba adquiriendo con la práctica. Por lo tanto, aunque las cigarrerías y purerías eran lugares que podían variar de tamaño, personal y formas de trabajo, en general se trataban de establecimientos pequeños donde trabajaban de 4 a 8 personas que raramente eran contratadas, pues por lo común se trataba de un negocio familiar. En este sentido, para muchas mujeres viudas, huérfanas y desamparadas el negocio del tabaco representó un ingreso seguro. Era común que trabajadoras humildes vendieran sus cigarros “a domicilio” a dueños de pulperías, quienes los revendían en sus locales. Asimismo, Susan Deans Smith sugiere que casi la mitad de las cigarrerías en la ciudad de México en dicha época fueron propiedad de mujeres y en otros sitios del país, como Valladolid (hoy Morelia), la mitad de la fuerza de trabajo del ramo también perteneció al género femenino.

Al ser un cultivo que interesaba principalmente a los pequeños productores y debido a que no estaban organizados de manera colectiva, no hubo gran oposición al establecimiento del monopolio, al menos entre los citadinos. Además, gran parte de los trabajadores de las cigarrerías y purerías fueron incorporados a la Real Fábrica de Puros y Cigarros cuando abrió sus puertas en 1769. Sólo los cosecheros pusieron resistencia, pero ya que el grupo de poder más importante del negocio ─los cosecheros de Orizaba y Córdoba en Veracruz─ recibió la exclusividad de la siembra en 1765, esto no implicó un conflicto de intereses. De cualquier forma, los productores ajenos a dicho grupo siguieron participando del negocio a través del contrabando de la hoja y de productos, lo cual continuó siendo un problema que no acabó mientras el monopolio existió.
En términos generales, el establecimiento del monopolio tabacalero representó un gran cambio para la economía y el modelo de producción novohispano, al punto de que autores como Ruggiero Romano sugieren que ésta fue una de las pocas industrias que merecen ser vistas como elementos formativos de un incipiente mercado, ya que supuso la centralización de la producción, su distribución se dio de manera capilar, con productos homogéneos a precios iguales en todo el territorio y que sólo podían ser adquiridos con moneda. Sin embargo, como se ha comentado, no hubo un cambio mayúsculo en cuanto a la forma de producir los puros y cigarros, pues aunque las nuevas fábricas tabacaleras concentraron una gran cantidad de gente, los procesos siguieron un patrón similar al que se llevaba a cabo en los talleres tradicionales.
El mayor cambio que se efectuó en el proceso fue la división del trabajo. Si bien en los pequeños talleres era casi nula y solía hacerse en función de la experiencia de cada trabajador (realizando los más experimentados la mayor parte del trabajo), en la fábrica el trabajo se repartió de manera equitativa mediante la creación de oficios que hasta entonces eran inexistentes. Así, por ejemplo, la preparación y el torcimiento del tabaco se dividió en 22 oficios diferentes.
La Real Fábrica de Puros y Cigarros de la ciudad de México y la labor femenina
La creación de las fábricas manufactureras de tabaco obedeció a una razón social, la de dar trabajo a personas necesitadas y de bajos recursos, entre ellas a las mujeres por no tener muchas fuentes de empleo. Gracias a ello en ocasiones la fábrica de la ciudad de México llegó a recibir más del doble de solicitudes de los lugares que podía otorgar, aún así, empleó a más de siete mil personas en su momento de mayor apogeo, en el último lustro del siglo XVIII. Por otro lado, a pesar de que en un principio su fuerza de trabajo fue mayormente masculina en una proporción de 60 a 40, hacia 1809 la situación se revirtió a un 70 a 30 a favor del sector femenino. El éxito comercial de la fábrica de la ciudad de México impulsó a la apertura de labores similares en cinco comunidades más al interior del virreinato: Puebla, Querétaro, Orizaba, Oaxaca y Guadalajara. Las dos últimas con la particularidad de contar casi en su totalidad con mano de obra femenina.
La prominencia de la mano de obra femenina en este sector dependió de varios factores que no siempre buscaban beneficios para las trabajadoras. El discurso oficial argumentaba que el gobierno colonial se preocupaba por dar un empleo que permitiera una vida decente y con decoro a sus trabajadoras, que el trabajo femenino se prefería por ser de mayor calidad, que las mujeres no abandonaban tan fácilmente el trabajo como los hombres y eran menos propensas a la violencia, además de que ya tenían experiencia en el negocio gracias a las cigarrerías y purerías. Sin embargo, emplear mujeres también se prefirió porque, según varias autoridades coloniales, eran más fáciles de controlar que los hombres y con el tiempo comenzaron a pagarles menos por trabajos similares. Asimismo, aunque fuese de forma involuntaria, se llegó a dividir las labores de la producción por género, quedando el torcido de cigarros en manos de las mujeres y el de puros en las de los hombres, siendo estos últimos mejor pagados. Aunque la división no fue tajante, pues continuaron habiendo cigarreros varones, la relación de hombres y mujeres pasó a ser de tres a uno a favor de las trabajadoras. Esta tendencia continuó durante el periodo independiente y durante la mayor parte del siglo XIX el torcido de cigarros se convirtió en una actividad casi exclusiva de las mujeres.
Como mencionamos anteriormente, las labores de estas fábricas tabacaleras distaron mucho del funcionamiento de las actuales; si bien, se hizo uso del trabajo asalariado, la supervisión y la aplicación de un reglamento, además de que se intentó imponer un código de vestimenta, se permitieron muchas cosas que serían impensables en los centros de trabajo actuales. Así, por ejemplo, algunas personas asistían solo un par de días por semana a trabajar o por unas horas, mientras otras faltaban semanas enteras yendo y viniendo a voluntad. Lo anterior, debido a que su trabajo era a destajo, es decir, solo se pagaba la cantidad de cigarrillos que fabricaban.
Otras prácticas comunes fueron permitir que los hijos de las trabajadoras ingresaran a la fábrica mientras ellas trabajaban y que se pudiera llevar parte del material del trabajo a su casa, en este caso el papel para cortarlo desde el día anterior a su jornada laboral. Después de algún tiempo, las autoridades idearon establecer escuelas dentro de las fábricas para dar cabida a los niños y procuraron evitar que las personas se llevaran el papel a sus casas, pues en ocasiones lo revendían y sustituían por otro de menor calidad, pero el éxito de estas acciones puede ser debatible, ya que, por ejemplo, la reforma al papel en 1794 provocó una gran manifestación frente al palacio virreinal para exigir que se revirtiera la orden, lo cual se consiguió.
Lamentablemente para las trabajadoras la labor en las fábricas no estuvo exenta de complicaciones y dificultades. Por un lado, las condiciones de trabajo no siempre fueron las mejores, ya que los lugares no estuvieron bien ventilados ni adecuadamente iluminados y a la larga esto les provocó enfermedades en las vías respiratorias y ceguera. Asimismo, la labor continua de un movimiento repetitivo terminaba afectando los músculos y tendones de la mano, al punto que muchas trabajadoras quedaban incapacitadas de seguir haciéndolo. Por otro lado, hubo constantes riñas dentro de los locales y los chismes y risas estridentes eran castigados. Finalmente, a pesar de que los sueldos ya eran bajos, fueron constantes las reducciones salariales.
Para combatir los problemas que se tuvieron dentro de las fábricas, las obreras usaron principalmente las representaciones ante las autoridades coloniales (sobre todo ante el virrey). Sin embargo, la fuerza de trabajo pocas veces estuvo unida y se dividió en grupos denominados “cuerpos”, los cuales exigían en sus demandas a las autoridades sólo una mejora para su grupo en específico. Esto no quiere decir que no hubiera protestas de mayores dimensiones, ocurrieron en dos o tres veces a lo largo del periodo colonial y en esas ocasiones la unidad de los trabajadores fue fundamental.
Los bajos salarios y el trabajo a destajo que ocupaba aproximadamente el 90% de la fábrica, implicó que los trabajadores se apoyaran entre ellos para poder mejorar su situación. Fue entonces que surgió “La Concordia”, una sociedad mutualista que auxiliaba a sus afiliados en caso de enfermedad o encarcelamiento, facilitaba dinero a quienes ya no podían trabajar, ayudaba a pagar entierros y otorgaba préstamos a sus socios. Tanto hombres como mujeres podían participar en la sociedad a cambio de pagar medio real por semana. Esta participación, sin embargo, no excluía al 10% restante de los trabajadores que recibían un salario fijo. Estos trabajadores eran los maestros “sobrestantes” y guardias, quienes coordinaban, calificaban y vigilaban el trabajo de sus compañeros respectivamente. Todos los trabajadores tenían la oportunidad de acceder a estos cargos, no obstante, los puestos eran limitados y la continuidad en ellos solía ser permanente.
Finalmente, hay que mencionar que los estanquillos, es decir, los puntos de venta del tabaco al consumidor fueron negocios distribuidos por toda la ciudad y muchas veces ubicados en las locaciones de las antiguas purerías y cigarrerías. Estos también representaron una importante oportunidad para el trabajo femenino, pues comúnmente fueron administrados por mujeres. Así, por ejemplo, para 1800 más de la mitad de estos negocios en la ciudad de México presentaba esta situación, mientras que en Guadalajara era casi la totalidad de ellos (97%).
El final del estanco y la decadencia de las manufacturas
Durante las últimas décadas del siglo XVIII y la primera del siglo XIX, el estanco del tabaco fue una de las principales fuentes de ingresos brutos y netos de la hacienda novohispana, llegando incluso a competir con la minería. En esa época la fábrica de la ciudad de México funcionó con regularidad a pesar de que sufrió recortes de personal y algunas reformas, así como un lento descenso en su producción. Al estallar la guerra de Independencia, las cosas se complicaron y las labores tuvieron que suspenderse en varias ocasiones debido al desabasto. Aún así, el monopolio tabacalero fue mantenido por el nuevo gobierno nacional, sin embargo, tuvo una gran decadencia por lo que sufrió importantes cambios. Entre 1821 y 1856 hubo períodos en que se liberó el negocio y todos pudieron comerciar con el tabaco, otros en que el monopolio regresó y estuvo compartido entre las autoridades de los estados y las autoridades nacionales, o entre éstas y grupos empresariales, aunque también hubo algunos momentos en que se mantuvo completamente en manos del Ministerio de Hacienda. Sin embargo, lo que no cambió fue la presencia de la labor femenina en la manufactura de los cigarros, el casi nulo uso de maquinaria y la primacía de la fábrica de la ciudad de México como la principal productora en el país.
No hay muchas investigaciones sobre la vida de las trabajadoras en los años inmediatos a la Independencia, pero, sabemos que sus condiciones laborales empeoraron significativamente en cuanto a salarios y carga laboral. Así, por ejemplo, la fábrica de la ciudad de México pasó de tener 1895 operarias en 1803 a sólo 450 en 1849. Asimismo, durante las décadas de 1840 y 1850 tenemos noticia de algunas “insurrecciones” que surgieron para exigir reformas en el pago que se les hacía con la devaluada moneda de cobre, así como para impedir que su labor se reemplazara por maquinaria. Por otra parte, los empresarios que manejaron el estanco sufrieron complicaciones para surtir el papel y el tabaco con regularidad, por lo que tuvieron que utilizar material de mala calidad, lo que afectó la disponibilidad y calidad de los productos. Esto, no obstante, se acusó como culpa de las trabajadoras en la opinión pública. Dicha situación sumada a los argumentos a favor de la maquinización de las labores y los prejuicios sobre las mujeres trabajadoras, provocaron una mala imagen de las operarias de la fábrica.

El 21 de enero de 1856 por decreto del presidente Ignacio Comonfort se declaró la extinción del monopolio del tabaco en México. A partir de entonces proliferaron una gran cantidad de talleres tradicionales y fábricas en la ciudad de México, aunque la otrora Real Fábrica de Tabacos continuó trabajando, poco a poco se quedó atrás. Podría pensarse que este momento significó cambios trascendentales, pues además el ramo tabacalero había sido un tema de discusión recurrente en el Congreso y por más de 30 años se había pintado como una importante fuente de riqueza nacional, pero de ninguna manera fue así. El hecho de que hasta finales de siglo se siguiera usando el método tradicional de torcido de tabaco demuestra que el cambio no fue tan radical y mucho menos inmediato.
Todavía durante el periodo Porfirista resultó evidente que el oficio tabacalero seguía siendo considerado un empleo femenino, donde primordialmente se ocupaban huérfanas y viudas. Muchas de ellas comenzaban su aprendizaje a los 15 años y trabajaban hasta que tenían pareja, se casaban o embarazaban. Aunque también hubo muchas mujeres que regresaban al oficio después de dar a luz porque su situación y condición social les impedía abandonar el trabajo. Asimismo, al igual que en el periodo colonial, el trabajo fue temporal y a destajo, es decir que sólo se pagaba lo que se producía. Para 1879 existían en la ciudad de México 21 establecimientos dedicados a la producción tabacalera, donde se empleaban a 2, 100 operarias y 357 trabajadores varones, muchos de ellos, ocupados en las labores de almacén, “moja”, máquinas y puros. Estas dos últimas áreas generalmente eran las mejor pagadas y con contratos permanentes.
Uno de los aspectos donde podemos notar un cambio es en la manera de protestar de las trabajadoras, pues si bien en un principio siguieron haciéndolo como en la época colonial, es decir, a través de representaciones al gobierno con un lenguaje respetuoso y formal (aunque la demanda pudiera contener implícita una amenaza), la liberación del negocio, la proliferación de sociedades mutualistas y la influencia de los sindicatos obreros, las llevaron a utilizar otros métodos de protesta como los motines y las huelgas. Estos métodos de lucha se volvieron particularmente importantes cuando comenzaron a llegar máquinas que amenazaban sus trabajos. Así lo podemos ver en las protestas llevadas a cabo en la década de 1850, pero especialmente en las efectuadas en las décadas de 1880 y 1890.
Otra cosa que cambió respecto al periodo colonial fue la “solidaridad” de las trabajadoras, quienes dejaron de protestar y exigir derechos sólo para su “cuerpo” y comenzaron a hacerlo para el resto de sus colegas. Así, por ejemplo, en 1895 un grupo de operarias de las fábricas de El Borrego, La Unión Obrera y El Modelo protestaron violentamente debido a que a sus compañeras de El Premio se les amenazó con reducir su jornal. En este caso también se nota las diferentes maneras cómo los patrones intentaron sofocar los movimientos, pues hicieron uso de amenazas que incluían utilizar la mano de obra de las cárceles, trasladar la fábrica a otro sitio y la implementación de maquinaria. Esto último, lamentablemente, acabó por sustituir su labor, pero no sucedió sin que se luchara para evitarlo.
La sustitución de la mano de obra por máquinas en las fábricas tabacaleras se planteó prácticamente desde finales de la época colonial, pero por diversos motivos no se llevó a cabo. En 1785, por ejemplo, se dice que unos empleados sabotearon una máquina para triturar el tabaco en rama y quedó inservible antes de que se pudiera utilizar. En 1846 las operarias protestaron ante el rumor de la introducción de máquinas que sustituirían su labor. Es probable que el inicio de la guerra entre México y Estados Unidos detuviera el proceso y la introducción de ese tipo de maquinaria tuviera que esperar muchos años más. Finalmente, debemos decir que a pesar de que las máquinas se introdujeron en las décadas de 1870 y 1880, la labor manual siguió compitiendo con ellas. Las fábricas que no se modernizaron intentaron sobrevivir a través de una explotación de sus empleadas y de agresivos recortes salariales. Así, con el fin del siglo, se dio el fin del método tradicional de torcer el tabaco. Entre 1900 y 1910 se experimentó una acelerada desaparición de talleres y la concentración de la producción en unas cuantas fábricas, en las que las máquinas reemplazaron la labor artesanal.

Reflexiones finales
A pesar de que la Real Fábrica de Tabacos contrató desde 1800 mano de obra femenina, argumentando buscar que las mujeres de menores recursos pudieran tener un trabajo que les permitiera mantener una vida decente, constantemente muchas personas de la época lo vieron como lo contrario, pues las trabajadoras que ingresaban a dicha labor se les consideraba de la peor clase. En el periodo independiente la posibilidad de mecanizar el trabajo, el empleo de productos de mala calidad proporcionados por los empresarios y el desafío que representaban las cigarreras a la tradicional imagen de la mujer, desvalorizó su trabajo y acrecentó las críticas hacia ellas. Sumado a esto, las constantes reducciones salariales y las precarias condiciones laborales ocasionaron problemas de salud en las mujeres que casi siempre conducían a muertes prematuras.
Entonces ¿por qué trabajar seis días a la semana entre 10 y 16 horas diarias por un mísero jornal?, ¿por qué fabricar entre 2, 300 y 2, 800 cigarrillos diarios? Por necesidad. Por falta de trabajos que permitieran integrar la mano de obra femenina de forma equitativa. La idea que tenían algunos funcionarios y empresarios de la época era que el pago que percibían las obreras era una “ayuda a su situación” y no una retribución por sus labores —esto, por supuesto, no ocurrió con la mano de obra masculina—. A pesar de esta situación, para muchas mujeres el trabajo tabacalero representó una excelente oportunidad laboral para los estándares de la época, pues además de que el pago era uno de los mejores para las trabajadoras femeninas, algunas de ellas argumentaban que les daba cierta independencia y seguridad. Además, la existencia de sociedades mutualistas y la posibilidad de educar a sus hijos dentro de las fábricas en el tiempo que duró el estanco, probablemente eran cosas que no podían despreciar. Por ello no es de sorprender que las mujeres tabacaleras defendieran su trabajo de la maquinización a pesar de todas las dificultades que tuvieron que enfrentar.
Para saber más
Deans-Smith, Susan, Burócratas, cosecheros y trabajadores. La formación del monopolio del tabaco en la Nueva España borbónica, Xalapa, Veracruz, Universidad Veracruzana, 2014.
Obregón Martínez, Arturo, Las obreras tabacaleras de la ciudad de México, 1764-1925, México, Centro de Estudios Históricos del Movimiento Obrero Mexicano, 1982.
Ros Torres, María Amparo, “La fábrica de puros y cigarros de México (1770-1800)” en Anuario II, Xalapa, Veracruz, Universidad Veracruzana, 1979, p.109-125.
Romano, Ruggiero y Marcelo Carmagnani, “Componentes económicos”, en M. Carmagnani, Alicia Hernández Chávez, Ruggiero Romano (coordinadores), Para una historia de América I. Las estructuras, México, El Colegio de México y Fondo de Cultura Económica, 1999.
Saloma Gutiérrez, Ana María, “Forjando la vida: dichas y desdichas de las obreras de las fábricas cigarreras del Porfiriato” en Dimensión Antropológica, volumen 18, p. 28-52.
Teitelbaum, Vanesa y Florencia Gutiérrez, “De la representación a la huelga. Las trabajadoras del tabaco (ciudad de México, segunda mitad del siglo XIX)” en Boletín Americanista, año LIX, número 59, 2009, p. 265-288.






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