Por Jorge Carlos Sánchez López

Francisco Villa, el llamado “revolucionario del pueblo”, representa un caso de excepcional interés tanto para la historiografía mexicana del siglo XX como para los estudios cinematográficos contemporáneos. Con relación a la historiografía, se trata de un revolucionario controversial. Basta recordar su pasado como forajido, las sangrientas campañas militares, la incursión en Columbus, la insubordinación frente al ejército constitucionalista, así como la influencia y capital político que acumuló en los estados de Durango y Chihuahua, donde era más que conocido. El resultado de estas acciones derivó en su reconocimiento tardío por el Estado mexicano como uno de los héroes de la Revolución Mexicana, convirtiéndolo en objeto de múltiples y variados trabajos de investigación, tanto por sus simpatizantes, como por sus detractores.

Pancho Villa a caballo,  Salvador Pruneda. Colección: INEHRM.

Para los estudios cinematográficos, la compleja personalidad de Villa lo convirtió en un “objeto de interés” tanto para cineastas nacionales como extranjeros de diversas épocas, quienes se abocaron a filmar alguno de los pasajes de la vida, obra y muerte del Centauro del Norte. Entre ese cúmulo de materiales fílmicos (noticieros, documentales y ficciones) es posible identificar los más diversos enfoques y versiones del caudillo duranguense, los cuales contribuyeron a perpetuar su leyenda a través del cine.

Sin embargo, lo realmente interesante deviene en la representación y caracterización que esos cineastas imprimieron al personaje en cuestión, miradas que estuvieron regidas por intereses artísticos, económicos, o incluso pretensiones realistas, las cuales dependieron del contexto histórico de la producción de las mismas cintas. Asimismo, cabe mencionar que esas perspectivas fílmicas, pueden considerarse tan diversas y complejas como el mismo revolucionario.

Ángel Luis Hueso, académico de la Universidad Carlos III de Madrid, destaca la necesidad de estudiar las biografías históricas a través del cine argumentando que “la manera de abordar los hechos del pasado ha ido cambiando a lo largo del tiempo, y responde claramente a los intereses de la sociedad; es necesario reconocerlos, interpretarlos, valorarlos para llegar a una comprensión lo más perfecta posible de aquello que se pretendía hacer”. 

Por ello, en esta ocasión ofrecemos una revisión sobre la presencia de Villa en el cine, tomando como punto de partida una serie de datos estadísticos que permiten visualizar el número de películas que se han producido sobre el caudillo. Estas son contextualizadas a lo largo del siglo XX para mostrar que, a pesar del paso del tiempo, la leyenda fílmica villista continua vigente.

Antes de entrar en materia, es importante señalar que en estas líneas, tomaremos como punto de partida uno de los trabajos historiográficos más completos sobre Francisco Villa. Me refiero a la obra monumental de Friedrich Katz, Pancho Villa (Era, 1988, 2 vols.), donde el autor se adentra de manera pormenorizada en la vida, obra e importancia histórica de Doroteo Arango Arámbula. Particularmente, coincidimos con Katz respecto a la existencia de las tres leyendas:

La leyenda blanca: Villa se describe a sí mismo como una víctima, tanto del despotismo de los hacendados como de las arbitrariedades de las autoridades porfirianas; La leyenda negra: la versión más amplia y sistemática de la leyenda negra fue escrita por Cecilia Herrera, que lo pinta como un hombre sediento de sangre y un asesino sin escrúpulos, sin el menor rasgo favorable; La leyenda épica: afirma que, ya en sus años de bandido, se había convertido en ídolo del campesinado de Chihuahua y azote de Terrazas. Nadie ha descrito mejor la leyenda épica que el corresponsal estadounidense John Reed.

Estos elementos, aparentemente, sirvieron como materia prima para elaborar los argumentos cinematográficos que trasladaron al caudillo norteño a la imagen en movimiento, a lo largo de prácticamente todo el siglo XX.

En los albores del cine… y de la leyenda villista

El arribo del cinematógrafo a México en 1896, sorprendió tanto a propios como a extraños, y casi de inmediato se popularizó como uno de los pasatiempos favoritos de la sociedad mexicana. En sus inicios, el cinematógrafo ofreció a los espectadores vistas de aspectos cotidianos, y luego, con el progreso de las técnicas de filmación, así como del desarrollo del lenguaje cinematográfico, estos materiales evolucionaron hasta convertirse en noticieros, documentales, y argumentos de ficción.

Asimismo, los primeros años del cinematógrafo coincidieron con el inicio y conclusión de la Revolución Mexicana (1910-1917), y durante este periodo, los cineastas nacionales y extranjeros registraron a través del cine el desarrollo de los acontecimientos políticos y militares del movimiento armado. En el caso mexicano, entre los cineastas más importantes, destacó la labor de Salvador Toscano, y Guillermo y Eduardo Alva en dichas actividades.

La figura de Villa, carismática y sumamente identificada con las causas populares, no tardó en atraer la atención de diversos cineastas. Cabe recordar que justamente a Villa se le atribuye, por primera vez en México, la utilización del cine como instrumento de propaganda, como resultado de su contrato de exclusividad con la Mutual Film Company, firmado en mayo de 1914, para filmar The life of general Villa, cinta que sirvió para difundir una imagen positiva de su causa en los Estados Unidos. Un estudio más detallado sobre esta película y otros pormenores pueden consultarse en el libro de Aurelio de los Reyes, Con Villa en México, editado en 1985 por la UNAM.

En relación a los noticieros y documentales que tomaron a Villa como protagonista, es importante destacar que lo hicieron de una manera “realista u objetiva”, lo que permitió a los públicos nacionales y extranjeros conocer de primera mano las acciones militares, y la mitología que giraban en torno a Francisco Villa. De esta manera, los datos disponibles permiten cuantificar que de 1913 a 1919 se produjeron 14 materiales fílmicos, de nacionalidad mexicana y/o estadounidense, que captaron la figura del Centauro del Norte.

Gráfica elaborada por el autor con base en los datos de la filmografía sobre Villa elaborada por Raúl Miranda y Ernesto Román, Centro de Documentación de la Cineteca Nacional.

Durante la década de 1920, y ante el surgimiento de las películas de argumento, los documentales y noticieros perdieron relevancia frente a los públicos de cine, que ahora se mostraban ávidos por visualizar historias más elaboradas. Estos materiales, provenientes de países como Alemania, Italia, Francia y Estados Unidos, introdujeron a las primeras estrellas y divas del cine de argumento. A manera de apunte cultural, una de las primeras películas de este tipo que se filmaron en México fue El automóvil gris (Enrique Rosas, 1919), que tomó como protagonista a una banda de asaltantes de la Ciudad de México, que utilizaba uniformes del ejército constitucionalista para cometer sus fechorías. La cinta está basada en acontecimientos reales, y en su secuencia final, muestra el fusilamiento real de la mencionada banda de asaltantes.

Frente a este contexto, los documentales sobre Francisco Villa disminuyeron a sólo dos durante la década de 1920: Conferencia entre Villa y el general Martínez (1920), y Rendición de Villa en Sabinas, Coahuila (1920). En cambio, se inauguró una larga tradición de películas de argumento sobre este caudillo, y en el periodo comprendido entre 1923 y 1929 se produjeron cuatro ficciones: Francisco Villa (Enrique Rosas, 1923), Historia auténtica de Francisco Villa y su trágica muerte en Parral (Salvador Toscano, 1923), El Robin Hood mexicano (Antonio Fernández, 1928), y La venganza de Pancho Villa (Félix Padilla, Edmundo Padilla, 1929).

Los títulos de las películas de ficción permiten al lector formar una idea de sobre la representación del revolucionario duranguense: mientras que los dos primeros aún conservan la esencia “realista” del documental de la revolución, las dos siguientes comienzan a inclinarse por historias ficticias con cierto apego a la difusión de las leyendas blanca y épica señaladas por Katz.

El cine sonoro y el Centauro del Norte

Para el cine mexicano, la década de 1930 representó una fase de experimentación genérica, dicho en otras palabras, se trató de una etapa en la que los cineastas tuvieron ciertas libertades creativas para incursionar en diversos géneros fílmicos, entre ellos, el cine histórico. El subgénero de la Revolución Mexicana encontró en Fernando de Fuentes a un director virtuoso que supo plasmar en el celuloide una visión crítica del movimiento armado, el cual no volvería a repetirse en el cine nacional sino varias décadas después. De Fuentes es mejor conocido por su trilogía El prisionero 13 (1933), El compadre Mendoza (1933) y ¡Vámonos con Pancho Villa! (1935).Esta última cinta, a pesar de tratarse de una ficción, ofreció una visión crítica del personaje, así como del contexto revolucionario. Basada en la novela homónima de Rafael F. Muñoz, ¡Vámonos con Pancho Villa! representa las batallas épicas de Villa a través de “Los leones de San Pablo”, un grupo de pueblerinos que se unen a la causa, pero que uno a uno van pereciendo como resultado de las cruentas batallas, y el ambiente hostil de la revuelta armada.

Foto fija de la película ¡Vámonos con Pancho Villa!, 1935. Colección: Cineteca Nacional.

Uno de los aciertos de Fernando de Fuentes radicó en representar la crueldad instrumentada por Villa con tal de alcanzar sus objetivos. Considerada una de las obras maestras de la cinematografía mexicana, esta película fue censurada en su secuencia final debido a que se muestra a Villa asesinando a la familia del último sobreviviente de “Los leones de San Pablo”, luego de sus tropiezos militares.
Además de la obra de Fernando de Fuentes, durante la década de 1930 se filmaron otras cuatro películas mexicanas y una estadounidense: La sombra de Pancho Villa (Miguel Contreras Torres, 1932); ¡Viva Villa! (Jack Conway, Howard Hawks, William A. Wellman, EU, 1934); El tesoro de Pancho Villa (Arcady Boytler, 1935); y Con los Dorados de Villa (Raúl de Anda, 1939).

La época de oro y la explotación comercial de Doroteo Arango

A la fase de experimentación genérica del cine mexicano, devino una época de bonanza económica de la industria cinematográfica, también conocida como “época de oro” (1940-1958), que fue sustentada por un sólido star system, producciones costosas y de cierta calidad, así como por la expansión del cine nacional hacia los mercados de habla hispana.

Durante la “época de oro”, la industria se concentró en explotar los géneros que habían demostrado ser redituables en taquilla. Por ejemplo, es posible contabilizar por decenas los dramas y melodramas, (en sus variantes rurales y citadinos), las comedias, las películas de contenido religioso, y desde luego, algunas cintas dedicadas a la historia patria. En ese sentido, la producción fílmica de esta época estuvo regida por meros intereses comerciales, y las películas fueron pensadas con la finalidad de cautivar a los espectadores a través del lucimiento de sus “artistas favoritos”.

La tendencia anterior, desde luego, impactó en las películas dedicadas a Francisco Villa toda vez que, durante la década de 1940, sólo hubo tres cintas dedicadas al caudillo duranguense: La justicia de Pancho Villa (Guz Águila, Guillermo Calles, 1940); Si Adelita fuera con otro (Chano Urueta, 1948), inspirada en una canción popular; y Pancho Villa vuelve (Miguel Contreras Torres, 1949).

Un panorama muy distinto se reveló durante la década de 1950, donde las apariciones en pantalla de Villa tomaron nuevos bríos, con dieciocho largometrajes, tres de ellos de nacionalidad estadounidense: Fifty Tears Before Your Eyes (Robert Youngson, 1950, documental), This was Yesterday (Robert Youngson, 1954), y The trensure of Pancho Villa (George Sherman, 1955).

Gráfica elaborada por el autor con base en los datos de la filmografía sobre Villa elaborada por Raúl Miranda y Ernesto Román, Centro de Documentación de la Cineteca Nacional.

En cuanto al rigor histórico, es importante señalar que durante este periodo desaparecieron las visiones críticas propuestas en la década de 1930, y en su lugar, Villa y la Revolución fueron utilizados como meros contextos que dieron pie a historias amorosas, de aventuras, e incluso de fantasía para el lucimiento de los directores, actores, y los géneros fílmicos más populares de la época.

Un ejemplo de la comercialización de Villa se materializó en la trilogía de Ismael Rodríguez dedicada al revolucionario: Así era Pancho Villa (1957), La Cucaracha (1958) y Pancho Villa y La Valentina (1958), estas últimas inspiradas en canciones populares, con lo cual, se comprobó el éxito en taquilla del Centauro, muy a pesar de tratarse de un cine sin pretensiones artísticas ni realistas, y únicamente encaminado a obtener ganancias económicas. 

No obstante, de manera involuntaria, la leyenda épica villista se vio alimentada gracias al detalle de “inspirar las películas en canciones populares” que permanecían en el imaginario social, y cuyo poder de penetración obtuvo mayores dividendos al incluir a Pedro Armendáriz como el histrión encargado de personificar al general Villa.

Otro ejemplo que llama la atención se visualiza en la cinta crossover llamada El tesoro de Pancho Villa (Rafael Baledón, 1954), donde se observa a un gladiador de lucha libre, “La sombra vengadora” trasladándose a la época revolucionaria para intentar reunir las “cinco balas” que le revelarán el lugar donde Villa ocultó sus riquezas, dinero del pueblo, que hombres sin consideraciones desean robar.

Canonización tardía del revolucionario del pueblo

Con el inicio de la nueva década, la época del oro del cine mexicano llegó a su fin, lo cual se vio reflejado en la producción de películas de bajo costo y escaso o nulo interés artístico, temáticas reiterativas, pérdida de públicos dentro y fuera del país, así como la proliferación de una crisis estructural de la industria cinematográfica. Sin embargo, a pesar del panorama adverso, el Centauro del Norte cabalgó con la misma intensidad por los sets de filmación.

Durante la década de 1960, el furor y la tendencia por mostrar la causa villista a través de cine, arrojaron un total de diez cintas mexicanas y una estadounidense. Esas representaciones siguieron la inercia de la época de oro, es decir contribuyeron a difundir, e incluso reforzar, las leyendas y mitologías villistas frente a los públicos que continuaban asistiendo a las salas cinematográficas.

Sumado a lo anterior, el 23 de noviembre de 1966, el entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz decretó la inscripción del nombre del general Francisco Villa en los muros del Salón de Sesiones de la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión, lo cual implicó el primer reconocimiento oficial hacia el caudillo duranguense, más allá de la devoción y reconocimiento que el pueblo demostraba al revolucionario. En el evento estuvieron presentes los gobernadores del Estado de Durango y del Estado de Chihuahua, destacados jefes de los ejércitos de la Revolución, veteranos, los familiares de Francisco Villa, y representantes de los diversos organismos políticos y sociales del país.

Algunas de las películas filmadas durante el decenio de 1960 fueron: Epopeyas de la revolución (Gustavo Carrero, 1961); Un dorado de Pancho Villa (Emilio Fernández, 1967); El Centauro del Norte (Ramón Pereda, 1967); Los siete de Pancho Villa (José María Elorrieta, 1967); Caballo prieto azabache (La tumba de Villa) (René Cardona, 1968), inspirada en la obra musical de Pepe Albarrán; La marcha de Zacatecas (Raúl de Anda, 1968), inspirada en la obra musical de Genaro Codina; y La guerrillera de Villa (Miguel Morayta, 1969).

Gráfica elaborada por el autor con base en los datos de la filmografía sobre Villa elaborada por Raúl Miranda y Ernesto Román, Centro de Documentación de la Cineteca Nacional.

Durante la primera mitad de la década de 1970, el cine mexicano presenció un fuerte intervencionismo estatal instrumentado por el presidente Luis Echeverría Álvarez, cuyo objetivo consistió en producir películas de calidad e interés social. Como resultado de ese intervencionismo, la producción fílmica privada se contrajo, permitiendo al Estado una mayor injerencia en el financiamiento de películas nacionales, llegando a controlar las ramas de la producción, distribución y exhibición de cine en México.

La presencia de Villa en las pantallas también se contrajo hasta contabilizar sólo seis películas, entre ellas, una de origen estadounidense: El principio (Gonzalo Martínez Ortega, 1972); Reed, México Insurgente (Paul Leduc, 1972), basada en el libro de John Reed, “México insurgente”; El desafío de Pancho Villa (Eugenio Martin, 1972); La muerte de Pancho Villa (Mario Hernández, 1974); La persecución de Pancho Villa (Grupo Cine Sur, 1979, animación); y She came to the valley / Texas in flames (Albert Band, 1979). De estas, destacan El principio y Reed, México insurgente, películas que ofrecen una visión crítica y realista, tanto del movimiento revolucionario como del Centauro, algo no visto desde los lejanos años 30, y que contaron con el apoyo del régimen en turno.

Afiche de la película La muerte de Pancho Villa, 1974. Imagen tomada de: https://www.filmoteca.unam.mx/

El 18 de noviembre de 1976, los restos de Francisco Villa fueron trasladados desde el Panteón Civil de Hidalgo del Parral, en Chihuahua, y depositados en el Monumento a la Revolución, junto a Francisco I. Madero, Venustiano Carranza, Plutarco Elías Calles, y Lázaro Cárdenas, quienes ya descansaban en el recinto.

Todo parecía indicar que después de varias décadas de presenciar visiones polifacéticas en torno a la figura de Villa en el cine, los actos conmemorativos pondrían punto final a las evocaciones del Centauro. O por lo menos, la escasa producción fílmica sobre el revolucionario durante la década de 1980 eso parecía indicar, toda vez que sólo se contabilizan tres cintas, y sólo una de ellas fue completamente mexicana: Campanas rojas (Sergei Bondarchuk, URSS, México, Italia, 1981), basada en el libro de John Reed, “México insurgente”; Viva México y sus corridos (Mario Hernández, Roberto Gavaldón, René Cardona, 1982); y Pancho Villa’s Columbus Raid (William Clark, Jack Parsons, EU, 1983).

Cabe apuntar que la década de 1980 fue especialmente complicada para los cineastas mexicanos que pretendieron dar continuidad a la producción de un cine de calidad en función de argumentos y propuestas fílmicas distintas a las que invadieron, de nueva cuenta, la cartelera comercial. Sobre este asunto, basta mencionar que el decenio fue monopolizado por cintas de calidad deleznable, y que encontraron en los albures, los desnudos, y la violencia explícita, un lugar habitual.

Fin de siglo, larga vida al caudillo del pueblo

Con la llegada de la década de 1990, la industria cinematográfica mexicana fue desmantelada paulatinamente por los gobiernos priistas que apoyaron el proyecto neoliberal, y abandonaron a su suerte la producción de películas mexicanas frente al libre mercado. Del antiguo Banco Cinematográfico que prestó financiamiento a los cineastas nacionales durante más de 50 años, sólo quedó el recuerdo, situación que ocasionó un descenso abrupto en los índices de producción de películas.

A pesar de ello, durante ésta década se filmaron siete largometrajes sobre Francisco Villa: La sangre de un valiente (Mario Hernández, 1992); El corresponsal (Iván Lipkies, 1991); The Hunt of Pancho Villa (Héctor Galán, 1993, EU); Entre Pancho Villa y una mujer desnuda (Sabina Berman, Isabelle Tardan, 1995), basada en la obra teatral homónima de Sabina Berman; Máscara de muerte de Pancho Villa (Ramón Aupart, 1997); Pancho Villa and other stories (Phillip Rodriguez, 1998, EU); Tales of the gun (Andrew Nock, Tom Jennins, Tony Long, 1998, EU).

A pesar de la severa inestabilidad que afectó a la industria fílmica nacional, el cine mexicano continuó la batalla por hacerse de espacios en las taquillas nacionales, consiguiendo filmar 4 cintas sobre el Centauro, contra las 3 de origen estadounidense.

Gráfica elaborada por el autor con base en los datos de la filmografía sobre Villa elaborada por Raúl Miranda y Ernesto Román, Centro de Documentación de la Cineteca Nacional.

En los albores de los años 2000 y de la primera década del nuevo milenio, la figura de Villa fue representada en por lo menos 11 materiales audiovisuales, tal y como se muestra en la gráfica anterior. De entre esas cintas, destacan: Los rollos perdidos de Pancho Villa (Gregorio Rocha, 2003, documental); Pancho Villa / La revolución no ha terminado (Francisco Taboda, 2004, documental); y Chico Grande (Felipe Cazals, 2010), cinta de ficción que formó parte de las producciones conmemorativas por el Centenario de la Revolución Mexicana.

Finalmente, cabe mencionar que el consumo cultural y audiovisual se vio enriquecido con la inauguración de una nueva forma de producción: las series de televisión, y las denominadas “biopics” de varios episodios dedicados a la vida de personajes históricos, las cuales hasta la fecha han mostrado ser de gran interés para los espectadores contemporáneos. En ese tenor, la presencia de Villa puede considerarse en proceso de renovación y “re-exploración”, con lo cual se tiene asegurada, en cierta manera, la continuidad de la leyenda del Centauro del Norte.

De los Reyes, Aurelio, Con Villa en México. Testimonios sobre camarógrafos norteamericanos en la revolución, 1911-1916, México, UNAM, 1985. 

Hueso, Ángel Luis,  “La biografía o el papel de los grandes personajes en el cine”, en Gloria Camarero, Beatriz de las Heras y Vanessa de Cruz (editoras), Una ventana indiscreta la historia desde el cine, Madrid, Ediciones JC, Universidad Carlos III de Madrid, Instituto de Cultura y Tecnología, 2008.

Katz, Friedrich, Pancho Villa, México, Era, 1988, 2 vol.

Para consultar el listado completo de la filmografía sobre Francisco Villa elaborado por Raúl Miranda y Ernesto Román del Centro de Documentación de la Cineteca Nacional, escribe un correo a rmiranda@cinetecanacional.net.

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