En marzo de 1966, a escasas dos semanas de su llegada a México, Adolfo Gilly fue detenido por la Dirección General de Seguridad y encarcelado por seis años. Durante ese tiempo en Lecumberri, Gilly escribió una obra, que, sin imaginárselo, se volvería un paradigma en la historiografía mexicana. Años después, en sus conversaciones con sus estudiantes, recordaría que estando en prisión —desde su posición como extranjero argentino— quería comprender y explicar qué era lo que había sucedido con esa revolución que tanto impacto tuvo en América Latina. Con sorpresa, admiración y gratitud nos contaba sobre la recepción de esa famosa carta de Octavio Paz que le abrió la puerta al mundo intelectual de aquella época. Pero también, con asombro, hablaba de la inesperada respuesta del público mexicano que ávidamente leía su libro y que lo convertiría en un clásico.
La lectura luminosa y provocativa ofrecida en La revolución interrumpida se cocinó a fuego lento en la crujía N contando tan solo con pocos libros, pero a su vez con gran agudeza teórica, compromiso militante y experiencia política. En la fotografía que acompaña a este texto, se le puede ver en ese periodo en su celda. Para ese momento, Gilly poseía un convulso bagaje de experiencias: una adolescencia socialista, una juventud trotskista y una labor periodística internacionalista. Vivió en la clandestinidad, en medio de conjuras, guerras y exilios. Había presenciado la marcha de las milicias mineras cuando la llama de la revolución boliviana de 1952 aún estaba viva. Se trasladó a Europa y representó al Buró Latinoamericano (BLA) de la Cuarta Internacional en los años de la revolución en Argelia. Se sumergió en las actividades de la guerrilla guatemalteca. Le tocó la crisis de los misiles del octubre cubano y la vida carcelaria con los presos de 1968.
Con esos antecedentes y ya en libertad, Gilly no paró. En México militó en el Partido Revolucionario de los Trabajadores, formó el Movimiento al Socialismo y se sumó a la insurrección cívica que impulsó la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas en 1988. Después llegó la fundación del Partido de la Revolución Democrática. La rebelión indígena de 1994 en Chiapas atrapó su atención y se volvió su “razón ardiente”. Se mostró solidario con el estudiantado de la UNAM en las huelgas de 1987 y 1999-2000. Alzó la voz en apoyo a la gente de San Salvador Atenco y de Oaxaca en el 2006. El corazón y el coraje le alcanzaron para clamar por los 43 estudiantes de Ayotzinapa.
Con su partida, en estos últimos días hemos leído sentidas reseñas de estas facetas que nos presentan al “último mohicano”, al heterodoxo, al erudito, al compañero de trinchera, al escribano, al camarada y al historiador. Sabemos de su energía desplayada en distintos frentes, de su compromiso político y de esa solidaridad inconmensurable que lo caracterizaba. A este retrato magno y multicolor agrego unos pequeños trazos del profesor universitario que conocí y del gran maestro que fue para muchas generaciones.
Adolfo Gilly tuvo una labor docente e ininterrumpida que cubrió más de cuarenta años. Se insertó en la vida universitaria, primero en la Facultad de Economía en 1977 y 1978, y, a partir de 1979, en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. En las décadas siguientes obtuvo numerosas becas y distinciones en México y Estados Unidos. Fue profesor visitante en las universidades de Chicago, Columbia, Stanford, Yale, New York, entre otras.
A inicios del siglo XXI, cuando en Bolivia nuevamente se vivía un ciclo de rebeliones —que Gilly vislumbraba como la primera revolución de la centuria—, este profesor caminaba tranquilamente por los pasillos de la facultad. En su primer día de clases, acostumbraba a presentarse y pedía que se dirigieran a él por su nombre: Adolfo. Enseguida, afirmaba con serenidad que la historia estaba hecha por seres humanos y que de eso trataba su curso. No usaba un lenguaje rebuscado, sino que hablaba con claridad y sencillez para mostrar una constelación de autores. Su temario daba inicio con Los cuadernos de la cárcel, de Antonio Gramsci. Después, presentaba a Ranajit Guha y a la Escuela de la Subalternidad. Inmediatamente, daba a leer a Los dominados y el arte de la resistencia, de James Scott. Se debatía sobre el Estado, la hegemonía, la dominación y la subalternidad. Nos motivaba a pensar en estos conceptos para analizar al Estado mexicano.
Para mi fortuna, en esos años de licenciatura, pude acercarme más a Adolfo como adjunta en sus clases, ayudante de investigación y tesista. Por cerca de casi una década observé al maestro en acción. Adolfo preparaba sus cursos con esmero. Tomaba sus notas en sus cuadernos Scrib, que después reemplazó por unos blocks de hojas amarillas. Todos sus apuntes los hacía a mano. Siempre llegaba preparado con una nueva lectura de lo que ya había leído cantidad de veces. Primero exponía y luego daba la palabra. Escuchaba con atención y meditaba la opinión de cada estudiante.
En sus cursos de posgrado este intercambio era aún más amplio e intenso. Pasábamos horas en la antigua sede de Ortega 14, en el centro de Coyoacán. A los autores mencionados se sumaban Marc Bloch, Fernand Braudel, Walter Benjamin, E. P. Thompson, Carlo Ginzburg, Franz Fanon, Guillermo Bonfil, C.L.R. James, Friedrich Katz y otros. A Adolfo le preocupaba que aprendiéramos a usar este arsenal teórico. Aunque adviértase que no se trataba de usar definiciones mecánicamente.
No solo era teoría, también era reflexión y emotividad. En algunos momentos, cuando hablábamos de la injusticia, el agravio, la humillación, el despojo y la explotación, Adolfo expresaba su indignación y rabia. En otros, con pasión se refería a la autonomía, la organización y la movilización. Sus ojos azules se encendían y su tono de voz incorporaba matices. Nos decía que la formación intelectual iba de la mano con una educación sentimental. No en balde nos recomendaba leer literatura y poesía.
Estas sesiones, con tonos cálidos y afables, eran altamente disfrutables. Su modelo de enseñanza era empático, respetuoso y cariñoso al que añadía elegantes toques de humor. Era un profesor encantador, distinguido por su ética y congruencia. Era experto en construir espacios de complicidad y de camaradería. Gracias a esa confianza generada —y con el conocimiento de sus largas y múltiples aventuras y travesías— pudimos nombrarlo capitán Gilly, y le agradó. No era su estilo tener un rango más alto. Los generales eran Ángeles y Cárdenas. Claro está que no le cayó mal el emeritazgo al que a veces, en broma, se refería como almirantazgo.

Pero no se piense que tal cercanía y ambiente amable y alegre que Adolfo logró concitar le restó seriedad al trabajo académico. Nuestro maestro leía y atendía con formalidad y rigurosidad las tesis dirigidas. Se ponía serio y también era exigente. Así asumía su papel en los comités tutoriales. Su pasado de corrector de estilo emergía cuando revisaba los manuscritos del alumnado. Disfrutaba encontrar las fallas en la redacción y ponía sus marcas en todos los textos. Invitaba a escribir bien y a saber contar historias. De esta forma, dejó una honda huella en la formación intelectual y humanística de muchas generaciones de estudiantes. En los informes universitarios, Adolfo Gilly gustaba de citar la divisa del maestro Eduardo Nicol: “Pensar y enseñar a pensar”, y afirmaba que también esa era la suya.
Buen viaje, mi querido capitán. Gracias por tu infinita generosidad en las aulas y en el día a día.






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