La corrupción como “enfermedad crónica” del Estado en la Muqaddimah de Ibn Jaldún
noviembre 3, 2020 La Bola

LA CORRUPCIÓN COMO “ENFERMEDAD CRÓNICA” DEL ESTADO EN LA MUQADDIMAH DE IBN JALDÚN

Adrián Méndez Jiménez (UAM-Iztapalapa)

 

Resumen

Ibn Jaldún (1332-1406) es considerado por muchos autores como el historiador islámico más importante de todos los tiempos y uno de los pensadores más notables de la historia del pensamiento, no sólo en el Islam, sino de forma universal. Su obra más célebre y estudiada es al-Muqaddimah. En su capítulo tercero del primer libro, dedicado a estudiar la naturaleza del Estado, el tunecí destina un buen número de páginas a describir los vicios y los defectos que identifican a un mal sultán, las características que provocan el declive de una dinastía y los actos de corrupción que desencadenan la decadencia de un Estado; todos éstos considerados por Ibn Jaldún como una “enfermedad crónica”, cuyos principales síntomas son el despotismo, el clientelismo, el lujo excesivo y el desfalco de la élite gobernante. Estas reflexiones, derivadas de las experiencias políticas del autor, así como de su erudición, nos permiten acercarnos a la percepción de la corrupción desde el contexto de un intelectual islámico del siglo XIV, especular acerca del parecido de su realidad con la nuestra y reflexionar acerca de esta problemática tan intrínseca a la realidad política actual.

 

Ibn Jaldún, su contexto y su Muqaddimah

Abd al-Raḥmān ibn Jaldūn, mejor conocido como Ibn Jaldún nació en Túnez, el primer día del mes de ramadán, en el año 723 de la hégira (27 de mayo de 1332). Es considerado por muchos autores como el historiador islámico más importante de todos los tiempos y uno de los pensadores más notables, influyentes y revolucionarios de la historia del pensamiento, no sólo en el Islam, sino de forma universal. Durante largo tiempo Ibn Jaldún permaneció como un personaje desconocido, no sólo para los estudiosos occidentales, sino incluso para los intelectuales islámicos. Fue hasta el siglo XIX que los investigadores “orientalistas” descubrieron la obra del tunecí, y con ello su genialidad, su universalidad y su aparente adelanto a ideas que aparecieron en Europa durante la Ilustración.

Después de una vida agitada, de ocupar puestos políticos de alto rango, de vivir entre las tribus nómadas en el desierto y de haber sido un destacado intelectual, Ibn Jaldún falleció en El Cairo el 17 de marzo de 1406 a la edad de 74 años, legandonos su obra más destacada: al-Muqaddimah, conocida en nuestro idioma como Introducción a la Historia Universal. Para los fines de este artículo, nos enfocaremos exclusivamente en el capítulo tercero del primer libro de al-Muqaddimah, titulado “Que trata de las dinastías que dominan amplios territorios, del poder-real, del califato, de los niveles de autoridad y de todas las circunstancias que tienen que ver con esto”, en el que Ibn Jaldún aborda cuestiones relacionadas con el Estado, los gobernantes y, por supuesto, la corrupción que éstos cometían. El análisis de este capítulo permite vislumbrar, no sólo los principales rasgos de la corrupción cometida por los sultanes y visires contemporáneos a nuestro autor, sino extrapolar estas críticas y, mediante ellas, elaborar una interpretación de la corrupción actual en nuestros gobernantes e instituciones.

Busto de Ibn Jaldún en la alcazaba de Bugía, Argelia. Tomada de: https://es.wikipedia.org/wiki/Ibn_Jald%C3%BAn

Breve explicación de la teoría jalduniana de la sociedad

Lo primero que hay que esclarecer es que Jaldún hace especial énfasis en que las sociedades humanas están en constante cambio, no son estáticas, aunque, bajo su perspectiva, siguen determinados ciclos, leyes y comportamientos inherentes a su propia naturaleza. Para nuestro autor todos los grupos humanos comienzan siendo nómadas, rurales e igualitarios hasta cierto punto; sin embargo, al crecer en número, poder e influencia (ya sea por medio de la sedentarización, las conquistas militares o una combinación de ambas, entre otras causas), el grupo se vuelve cada vez más jerarquizado, perdiendo la asabiya (categoría jalduniana sumamente compleja que podemos traducir provisionalmente como solidaridad comunal o unión tribal) que permitió que el grupo alcanzara el éxito en primer lugar. En este punto distintos factores políticos, económicos y sociales (entre los que hoy llamamos corrupción política tiene un papel preponderante, como veremos) llevan a determinada “dinastía” (para usar los términos de nuestro autor, aunque hoy podríamos hablar de régimen o Estado) a una crisis generalizada que concluye inevitablemente con su destrucción y la llegada de otro otra que lo sustituye.

Ibn Jaldún vivió en un mundo islámico que sufría una crisis generalizada en todas sus latitudes, lo que influiría, en buena parte, en su percepción de la realidad, su visión del mundo y, con ello, su interpretación de las sociedades humanas. En su época, el califato abasí, que alguna vez había unificado al Magreb (el occidente islámico) había desaparecido, siendo reemplazado por diversas ciudades-Estado descentralizadas que se disputaban el control de las rutas del oro provenientes del Sudán. Estos gobiernos tenían como principal figura a un sultán (literalmente “el que ejerce el poder”) que era la cabeza de gobierno, quien frecuentemente heredaba el poder a sus descendientes dando lugar a las dinastías a las que se refiere nuestro autor, y era asesorado por los visires (el equivalente a un ministro actual), que en ocasiones eran los verdaderos portadores del poder político. La RAE define al Estado como una forma de organización política, dotada de poder soberano e independiente, que integra la población de un territorio. Las dinastías y sultanatos magrebís estudiados por Ibn Jaldún tenían estas  características, por lo que podemos equipararlas, con ciertas reservas obvias, a los Estados modernos.

Manuel Ruíz Figueroa, basado en las observaciones empíricas de nuestro autor, destaca la incesante repetición del mismo fenómeno: las dinastías y los Estados vivieron un esforzado surgimiento, una brillante consolidación y una desastrosa decadencia, tanto a nivel local (el norte de África), como a nivel general dentro del mundo islámico. Esta destrucción se equipara a un cuerpo que se adapta a las ciencias naturales, concretamente de la biología. Al igual que un cuerpo vivo, el Estado tiene varios estadios: generación, crecimiento, maduración, decadencia y muerte, como observa Arturo Ponce Guadian. Esto implica sobre todo dos cuestiones: la primera, que al igual que el ciclo de la vida es invariable e inevitable, también lo es el ciclo social para Ibn Jaldún; y segundo, que mediante este símil con la biología es posible comprender a la corrupción como una enfermedad que mina desde adentro al cuerpo social y provoca, inexorablemente, la muerte del régimen o Estado que lo padece. A continuación veremos los síntomas de este padecimiento y como Ibn Jaldún los expone.

Despotismo

Entenderemos despotismo como la búsqueda por parte del gobernante de un poder político absoluto y no controlado por leyes. Como se mencionó, para Ibn Jaldún, la asabiya (fuerte y poderosa en las relativamente igualitarias tribus nómadas) constituye el elemento principal del establecimiento de un Estado, así como el obstáculo para el establecimiento de una monarquía absoluta, como observa Felipe Maíllo Salgado. Por ello es que, al aumentar el poder del Estado y, con ello, disminuir la asabiya (sobre todo porque el número y la variedad de orígenes de una sociedad urbana hace imposible la estrechez de los lazos sanguíneos y sociales de las comunidades nómadas) se dificulta impedir que el gobernante adquiera cada vez más influencia y pronto obtenga el poder absoluto. Si bien las sociedades nómadas también tenían líderes, éstos eran considerados primus inter pares (literalmente “el primero entre iguales”), y la jerarquización no estaba tan marcada como en las suntuosas cortes de los sultanes y visires que constituyen el objeto de la crítica de Ibn Jaldún. En sus propias palabras:

Esa gran comunión sólo pueden lograrla personas de una familia con abolengo y capacidad de liderazgo y, obviamente, uno de ellos será el caudillo que los rija, y será considerado el líder de todos los grupos debido a la superioridad de su ascendencia sobre todos los demás. Entonces, cuando recibe esa consideración, su naturaleza animal hace que surjan la soberbia y la arrogancia que hacen que rechace la colaboración y la participación en su gobierno y en su dirección.

Como podemos apreciar, para Ibn Jaldún, esta tendencia al despotismo es un elemento inherente a la propia naturaleza del poder político. Una vez que el antes caudillo se encuentra en una posición social y política mayúscula, la tendencia será tratar por todos los medios de concentrar ese poder en su persona y excluir a todo aquél que pudiera representar una competencia o un obstáculo.

Entonces, para nuestro autor, el primer síntoma de esta enfermedad es el despotismo. El caudillo que se hace del poder (o sus descendientes) busca el poder absoluto y convierte en enemigo a todo aquél que trate de minar su posición privilegiada.

Clientelismo

El segundo síntoma es el clientelismo. Siguiendo a la RAE, podemos decir que ésta es la práctica política de obtención y mantenimiento del poder que asegura fidelidades a cambio de favores y servicios. Cabe mencionar que  Ibn Jaldún propone que los Estados o regímenes tienen tres fases: en la primera el caudillo o el líder tribal se hace del poder; la segunda, en la que este poder se concentra en el gobernante y trata a toda costa de mantenerlo; y, por último, la etapa de decadencia que concluye con la caída de la dinastía.

En la primera fase, el líder alcanza el poder apoyándose de su pueblo. De modo que reparte los cargos de mayor importancia entre sus más cercanos colaboradores, familiares y miembros más poderosos del clan. “Pero cuando llega a la segunda, el soberano manifiesta su independencia respecto a ellos, quiere gozar en exclusiva de la gloria y los rechaza en toda ocasión”. Por lo que comienza a apoyarse de otros aliados, que bajo la tutela del gobernante, alcanzan puestos y títulos que dependen de la confianza que tenga el soberano para con ellos, y no necesariamente de sus aptitudes. En la segunda etapa el gobernante intenta por todos los medios concentrar el poder en su persona y, sobre todo, conservarlo. Sin embargo, este clientelismo tiene dos consecuencias que agudizan el malestar del Estado: primero, que, como mencionamos anteriormente, ya que los puestos administrativos y militares son dados como favores o alianzas, estas posiciones no serán concedidas a los mejores o más aptos, sino como una forma de asegurar la situación del gobernante y sus adeptos. En segundo lugar estos actos de clientelismo pueden implicar un mayor gasto del erario público, por lo que se necesita cada vez más dinero para conservar y aumentar los favores dados; esto se ligará inevitablemente con el aumento de los impuestos y el desfalco, cuestiones que veremos más adelante.

Lujo inmoderado

En cuanto el poder se concentra en la persona del líder, la élite gobernante o la dinastía, la sencillez de los hábitos de la vida nómada se extinguen y dan lugar a la suntuosidad de las cortes. El gobernante y sus colaboradores se rodean de una forma de vida fastuosa, beneficiados por los lazos clientelares que ya se mencionaron. Entre más arriba se encuentra un sujeto de la cúpula social, más exagerado es el lujo de su entorno. Ibn Jaldún escribió al respecto:

En lo que se refiere a darse a los lujos, lo que ocurre es que, cuando una nación alcanza la supremacía y se apodera de las posesiones de los gobernantes que la precedieron, ve incrementadas sus pertenencias y sus comodidades. Adoptan nuevos hábitos y, de apetecer sólo lo necesario para llevar una vida sobria, pasan a desear lo superfluo, lo delicado y lo bello. […] Se sienten orgullosos de ello y rivalizan con las demás naciones en la delicadeza de las comidas, en la elegancia de los vestidos y en la finura de los corceles. Y también cada generación rivalizan con la precedente hasta que la dinastía llega a su fin. Cuanto mayor es su poder, tanto más se dedican a ello.

De modo que, como podemos apreciar, para el tunecí la obtención del poder está relacionada directamente con la ambición de lujos y comodidades superfluas e innecesarias. Aunado a ello, hay que destacar que nuestro autor considera que también hay un sentido de competencia entre los gobernantes, en la que aquél que lleva un modo de vida más fastuoso es considerado el más poderoso. De ahí la necesidad de aumentar exponencialmente el nivel de lujo hasta puntos que hubieran parecido inimaginables antes de la obtención del poder. Si una dinastía se mantiene, los hijos y los nietos llevarán un modo de vida radicalmente más fastuoso que el de su antecesor.

Además, la inactividad de los gobernantes urbanos contrasta notoria y radicalmente con el dinamismo de los caudillos nómadas, y es que esta ociosidad también constituye un tipo de lujo. Así, eventualmente las tareas del monarca se ven reducidas a disfrutar de dichos lujos y aumentarlos. En palabras de Ibn Jaldún: “Cuando se alcanza el poder se aminoran las fatigas que se aceptaban al pretenderlo, y se prefiere la tranquilidad, el reposo y el bienestar. […]. Se habitúan a ello y dejan este hábito como herencia a las generaciones que les suceden”. Como se mencionó, la ambición por conseguir lujos también es una forma de mantener su posición, pero ésta es exponencial, aumenta con cada generación y esto genera resentimiento social. En su afán por no disminuir el lujo existente, la élite toma cada vez más dinero del erario público, lo que constituye el último síntoma.

Desfalco

Esta última cuestión puede ser considerada como un síntoma en sí mismo, pero también está directamente relacionado con los dos anteriores. Como enfatizamos, tanto el clientelismo como el lujo inmoderado aumentan incesantemente, necesitando cada vez una mayor cantidad de recursos, que en cierto punto no pueden provenir de otro lado que no sea el erario publico. Como expresa Ibn Jaldún: “Se sienten más necesidades, los gastos se hacen superiores a los ingresos y las entradas no son suficientes para [atenderlos]. El jefe de la dinastía —es decir, la autoridad— se ve en la necesidad de incrementar lo que obtiene de los ciudadanos para tapar con ello sus propias grietas y curar sus propias dolencias” .

De manera que a los gastos que constituyen los lujos de la corte y los sueldos de los funcionarios, hay que sumar el mantenimiento de las fuerzas del orden (ejército), indispensables no sólo para defender las fronteras del reino y emprender campañas de conquista, sino también para reprimir el descontento popular y posibles sublevaciones que se agudizan conforme aumenta el desfalco de la élite gobernante. En un círculo vicioso, el malestar del pueblo aumenta por el alza en la tasa de impuestos, la crisis económica que esto provoca y, por supuesto, el resentimiento hacia la suntuosidad de la vida del gobernante y sus allegados; mientras que la élite precisa un número mayor de fuerzas de represión para controlar esto, pero ello implica una mayor cantidad de gasto público.

Aquí el gobernante o dinastía entra en un dilema, cuyas dos opciones tienen el mismo desenlace. La primera, tratar de detener el desfalco, lo que disminuye la cantidad de dinero en las arcas, causando el malestar de funcionarios y ejército que pueden rebelarse en un golpe de Estado; y la segunda, que es aumentar el desfalco, provocando un mayor número de revueltas populares. La represión de estas sediciones necesita un aumento del número de las fuerzas represivas, esto precisa una mayor cantidad de recursos que sólo pueden obtenerse mediante el desfalco público. Por ello el Estado entra en plena decadencia y la dinastía desaparece bajo el golpe demoledor de otro grupo con mayor asabiya, que a su vez, sin saberlo, acaba de iniciar su propio ciclo que generará su propia corrupción, decadencia y desaparición. En palabras de Ibn Jaldún:

Eso es un anuncio inmediato de la injusticia de la dinastía y una señal de que padece una enfermedad crónica, porque se ha corrompido la cohesión tribal sobre la que se había edificado la superioridad. Entonces los corazones de las gentes de la dinastía enferman como consecuencia de la humillación y de la hostilidad del sultán, comienzan a odiarle y esperan con ansiedad que todo cambie.

El buen gobierno y cómo alcanzarlo

Hasta ahora lo que hemos analizado nos podría llevar a la conclusión de que Ibn Jaldún es un autor determinista y pesimista que describe un ciclo inevitable y desastroso (deducción a la que un buen número de autores ha llegado). Sin embargo, hay que matizar esta idea mediante dos apuntes: primero, que nuestro autor introduce la noción de progreso dentro de su teoría de la sociedad, por lo que algunos estudiosos han sugerido que su propuesta no es cíclica sino en espiral, pues existe un sentido de avance; y, segundo, que el tunecí también describe su caracterización personal del gobernante ideal, que no es enteramente utópico, pues en su percepción ésta era la naturaleza del profeta Muhammad y los cuatro primeros califas (sucesores del Profeta), los llamados rāŝidūn (literalmente bien guiados o bien encaminados), conocidos generalmente como los califas ortodoxos: Abu Bakr as-Siddiq, Úmar ibn al-Jattab, Uthmán ibn Affán y Ali ibn Abi Tálib.

Según Ibn Jaldún, el gobernante ideal tiene las siguientes características:

Cuando [la soberanía] es buena y saludable resulta conveniente para ellos, y cuando es mala y perniciosa, se convierte en peligrosa para ellos y provoca su destrucción. […]. Elementos propios del buen gobierno son el trato amable a los súbditos y su defensa. Y es en la defensa donde encuentra su perfección, el verdadero sentido del ejercicio del poder. El trato amable y bondadoso forma parte del buen comportamiento hacía ellos y de la preocupación por sus condiciones de vida. Y eso constituye el elemento fundamental para ganarse el afecto de los súbditos.

En este punto resulta importante mencionar que para Ibn Jaldún el Estado es una creación humana que no sólo es natural, sino necesaria. Es decir, una sociedad que no tuviera un Estado estaría descontrolada y los instintos animales de sus habitantes se ejercerían sin moderación. No obstante, como hemos visto, nuestro autor también considera que la naturaleza del ser humano y del poder desencadena la corrupción del gobernante. De cualquier manera describe a quién considera el regente ideal, cuestión que ha suscitado que más de un autor lo compare con Nicolás Maquiavelo. Esto se agudiza cuando el tunecí menciona que desafortunadamente el gobernante que sea excesivamente complaciente y bondadoso no será ni inteligente ni capaz; el sultán al que su pueblo ame pero no tema no tendrá éxito, más si su pueblo le teme pero no lo ama también fracasará. Por lo que afirma: “Los extremos son igualmente reprensibles en todas las cualidades humanas y lo loable está en el justo medio. Así ocurre con la generosidad, que debe situarse entre el dispendio y la tacañería; o la valentía, entre la temeridad y la cobardía”. Este equilibrio es el que considera que distinguió a Muhammad y los rāŝidūn, aunque admite que esto se debía, en buena medida, a que todos ellos provenían de la compleja vida nómada del desierto árabe, mientras que sus herederos, la dinastía Omeya, nació en el lujo de la corte, por lo cayó en los errores que ya se mencionaron.

Ibn Jaldún considera que la sunna (la tradición del Profeta, constituida por El Corán y por los hadices) dicta el camino para el buen comportamiento tanto para los gobernantes como para los gobernados. Recordemos que el Islam es un sistema político-religioso cuyo fundador, Muhammad, es tanto un profeta religioso como un hombre de Estado y un conquistador militar. La Sharia o ley sagrada del islam constituye la guía de un buen gobierno. Al respecto, Ibn Jaldún escribe: “Resulta pues necesario establecer unas normas explícitas de buen gobierno a las que todos estén sometidos y con las que se puedan guiar. […]. Esto explica con claridad el sentido del califato”.

De modo que, para Ibn Jaldún, un califa guiado por una obediencia absoluta a la Sharia, encarnaría al gobernante ideal, cuyas principales virtudes son la sencillez, el buen trato, la defensa de sus súbditos y la preocupación por el modo de vida de su pueblo. Autores como Manuel Ruiz Figueroa han resaltado que la división entre religión y Estado en el mundo islámico no existe de la misma manera que en los pueblos occidentales, herederos ideológicos del esquema liberal ilustrado europeo. En el mundo islámico, y aún más en el siglo XIV magrebí desde el que escribe nuestro autor, el Estado se encuentra inexorablemente atado a la religión, lo cuál no sólo es natural, sino incluso deseable para la mayoría. Como apunta Ruiz, para Ibn Jaldún los cambios son inevitables, ya sean buenos o malos. El poder impulsa a su concentración y al lujo; esto puede llevar a la injusticia y a la tiranía, que es reprobable. De aquí surge la pregunta sobre la posibilidad real de una coexistencia armoniosa entre el Estado y la religión. Ibn Jaldún parece estar convencido de esta posibilidad, exigiendo que sea el Estado el que ceda, en sus pretensiones naturales (es decir, la búsqueda  del poder y el lujo hasta su propio colapso), a favor de las virtudes de la religión, que pueden permitir que una dinastía gobierne de forma justa y próspera a su pueblo. Para Ibn Jaldún la austeridad y la sencillez, inherentes a la naturaleza del verdadero islam, son la solución para contrarrestar la naturaleza voraz del poder y del Estado.

Reflexiones finales

Los postulados de Ibn Jaldún respecto a la corrupción se encuentran firmemente atados a su contexto histórico y geográfico. No obstante, muchos de sus analistas han enfatizando lo universal de ciertos aspectos de la teoría jalduniana de la sociedad, como Yves Lacoste, que argumenta que Ibn Jaldún no es un adivino ni un profeta, sus presentimientos son la prolongación de una gestión rigurosamente objetiva y de una investigación cuyo carácter es indiscutiblemente científico: para este autor la obra del tunecí marcaría la aparición de la historia como ciencia. Indudablemente hoy ya es reconocido como una de las mentes más relevantes de la historia del pensamiento humano.

Para concluir invito al lector a echar una mirada al contexto de Ibn Jaldún por medio de sus palabras: las suntuosidad de las cortes de los sultanes magrebíes, la desigualdad respecto al pueblo, el desfalco de recursos públicos para pagar lujos excesivos. El testimonio de nuestro autor constituye un documento valioso para comprender la forma en que actuaban los gobernantes y los gobernados del mundo islámico occidental del siglo XIV. Pero también te invito a emplear estas ideas para cuestionar la actualidad: el comportamiento de nuestros gobernantes, si sus actos de corrupción son distintos a los cometidos por los sultanes y los visires retratados en al-Muqaddimah y de qué manera percibimos la desigualdad y la enfermedad de la corrupción en nuestros sistemas políticos.

Y es que, así como en el contexto de Ibn Jaldún, los sultanes y dinastías buscaban el acaparamiento del poder, actualmente existen 32 gobiernos de tipo dictatorial, desde dictaduras absolutas como Arabia Saudí, Qatar o Eswatini, anteriormente denominado Swazilandia, o democracias fallidas, como Venezuela, Somalia o Libia, según datos del informe The Global State of Democracy 2019, que publica la organización intergubernamental Instituto Internacional para la Democracia y Asistencia Electoral (IDEA). Inclusive, analizando la actualidad mexicana, nos damos cuenta de las semejanzas de ésta con el análisis realizado por el tunecí hace más de seis siglos. Clara muestra del clientelismo es que en el momento que escribo estas líneas, octubre de 2020, el estado de Puebla ha iniciado una investigación a cuatro grandes empresas  (Audi, Cemex, Conduent Solutions y 5M2) bajo sospecha de no pagar impuestos y verse favorecidas con concesiones millonarias durante los gobiernos pasados. El lujo excesivo queda reflejado en el estilo de vida de los altos funcionarios de nuestro gobierno, que contrastan notablemente con las condiciones de los más de 10 millones de pobres que existen en el país. Y si queremos un ejemplo de desfalco, quizás debamos recordar el escándalo de “La estafa maestra” hace tres años, en la que una investigación periodística desenredó un sistema de 128 empresas fantasma a través de las cuales el Gobierno Federal Mexicano desvió más de 400 millones de dólares sirviéndose de una red de desvíos de dinero que involucró a 11 dependencias del Estado, ocho universidades públicas, diversas empresas privadas y más de 50 servidores públicos de distintos niveles de gobierno.

Como se puede apreciar, los síntomas de esa grave enfermedad que describe Ibn Jaldún, no son exclusivos de las cortes y sultanatos magrebís del siglo XIV, sino que persisten hasta el día de hoy en prácticamente todos los gobiernos a nivel mundial (en mayor o menor grado). Probablemente en nuestra realidad la solución para este grave problema no es el califa que propone Ibn Jaldún, pero valdría la pena reflexionar acerca de las virtudes que para nuestro autor encarna este gobernante ideal: austeridad, sencillez, trato amable, preocupación por el prójimo y defensa del desprotegido. Tal vez éstos puedan ser los antídotos para una de las principales enfermedades sociales que nos aqueja como humanidad: la corrupción.

Para saber más

Fuente primaria 

Ibn  Jaldún, Introducción a la historia universal [Al-Muqaddimah], Francisco Ruiz Girela (ed. y trad.),  Córdoba, Almuzara, [c. 1377], 2008.

Obras consultadas

Abdessalam, Ahmed y Othman al-Kaak, Ibn Khaldun of Tunis, 1332-1406: his life and century, Tunis, Secretariat d’État a l’Éducation Nationale, de la Jeunesse et aux sports, 1958.

Lacoste, Yves, El nacimiento del tercer mundo: Ibn Jaldún, Barcelona, Península, 1971 [Historia, Ciencia, Sociedad: 73].

Maíllo Salgado, Felipe, 2ª ed., Vocabulario de historia árabe e islámica, Madrid, Akal, 1999.

Ponce Guadian, Arturo, Ibn  Jaldún: la tradición aristotélica en la “Ciencia Nueva”. México: El Colegio de México, 2011.

Ruiz Figueroa, Manuel, Islam: religión y estado, México, CEAA/El Colegio de México, 1996.

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