El movimiento lésbico del Abya Yala
julio 9, 2020 La Bola

El movimiento lésbico del Abya Yala

Entre la autonomía y la trampa de los derechos

Por Norma Mogrovejo

El movimiento lésbico en Latinoamérica surgió en la década de 1960 bajo el influjo de los movimientos juveniles que pugnaban por la democratización y el antiautoritarismo. Norma Mogrovejo realiza en este artículo un recorrido crítico sobre la lucha de las mujeres lesbianas, sus encuentros y desencuentros con los grupos homosexuales y feministas, así como su organización en espacios autónomos que les han permitido la conceptualización del lesbofeminismo como una opción política frente a los fundamentos patriarcales, racistas, clasistas y neocoloniales del estado neoliberal.

El movimiento lésbico latinoamericano, que en lo sucesivo denominaré del Abya Yala (por ser el nombre que le asignó al continente la nación indígena Kuna Yala del actual Panamá, antes del arribo y conquista de los europeos), surgió bajo la influencia de la lucha antiautoritaria por la democratización, el respeto a los derechos humanos y los cambios por las condiciones de vida más equitativas y justas de nuestro continente, en los 60 y 70. Esta lucha fue asumida principalmente por jóvenes, quienes renovaron los discursos políticos con nuevos conceptos sobre la libertad sexual, los que echaron raíces en México y el Abya Yala.

El inicio del primer grupo homosexual Nuestro Mundo, data de 1967 en Argentina, cuando este país se encontraba bajo la dictadura del general Juan Carlos Onganía, dos años antes de la Revuelta  del Stonewall de 1969 ocurrida en Estados Unidos de América. Como bien afirma Néstor Perlongher, en agosto de 1971 la ligazón de Nuestro Mundo a un grupo de intelectuales gays inspirados en el Gay Power americano, dio nacimiento al Frente de Liberación Homosexual (FLH) argentino. Bajo el mismo nombre y año, el FLH surgió en México como el primer grupo organizado, siendo su principal cara pública la directora de teatro Nancy Cárdenas.

Aunque en menor número, las lesbianas también fueron parte de los grupos homosexuales. Fue debido a la influencia del feminismo latinoamericano, derivado de la segunda ola, que empezaron a pensarse a sí mismas a partir de sus particularidades como mujeres. De hecho en un principio eran denominadas “homosexuales femeninas”, el término de “lesbianas” apareció en 1975 (Año Internacional de la Mujer) en la Conferencia Mundial de la Mujer bajo la influencia del feminismo, espacio que les aportó herramientas teóricas y metodológicas para analizar las relaciones de desigualdad entre hombres y mujeres.

En la segunda marcha del orgullo homosexual en la ciudad de México participaron alrededor de 7 mil personas. Fotografía tomada de aquí.

Desde los primeros grupos mixtos, las lesbianas empezaron a identificar el sexismo de los homosexuales y también el heterocentrismo de las feministas por lo que se organizaron en comités o grupos específicos, caracterizándose en una tradición autónoma y separatista que les permitió elaborar un discurso teórico.

La organización lésbica autónoma

La autonomía lésbica del Abya Yala inició en 1977 en México con el grupo Lesbos, conformado por lesbianas con experiencias en exclusión de grupos feministas. Lesbos en su declaración de principios articula las luchas de clase y sexo apostando por la construcción de una nueva organización social, sin embargo, sus primeras discusiones y rupturas respondían a la necesidad de “salir del closet” y asumir la lucha lésbica desde lo político-público, así como mantenerse como un grupo cerrado de contención, lo que expresaba el miedo a las posibles represalias de una sociedad lesbofóbica en los ámbitos familiar, laboral y escolar. Es así que a pesar de aparecer grupos de lesbianas en algunos países en los 70 y 80, debido al clima de violencia, la mayoría operó, sobre todo en sus inicios, desde la semiclandestinidad.

Lesbos dio lugar a Ollin Iskan Katuntat Bebeth Thot (OIKABETH), que traducido del maya al español significa «movimiento de mujeres guerreras que abren camino y esparcen flores». OIKABETH alimentaba el imaginario de formar una especie de amazonas: guerreras dispuestas a realizar la revolución lésbica y transformar las relaciones sociales. Trabajaron coordinadamente con las lesbianas de los grupos mixtos y entablaron puentes de comunicación e intercambio con las feministas heterosexuales. En dichos encuentros, las feministas heterosexuales tuvieron la oportunidad de cuestionar el denominado “hermetismo heterocentrista”, sus temores a ser estigmatizadas como lesbianas, la resistencia a aceptar a las lesbianas como pares y a sus propuestas como parte de la agenda feminista. Las demandas feministas fueron pensadas para mujeres en relaciones heterosexuales, así, el derecho al aborto, la lucha contra la violencia hacia las mujeres y la maternidad libre y voluntaria fueron resignificadas para las lesbianas años después. En estos encuentros las feministas pudieron replantear la sexualidad como espacios productores de poder, de práctica política ligada al placer y la negociación, y por tanto, una experiencia generadora de sujetos. Esta relación sirvió también para cuestionar el modelo reproductivo como único ejercicio de la sexualidad, y muchas heterosexuales pudieron liberarse de una sexualidad impuesta gracias a la experimentación.

Yan María Yaoyólotl Castro (1952) conservó documentos, carteles, volantes y todo tipo de testimonios que ha generado el movimiento lésbico en México, actualmente todos esos materiales constituyen el Archivo Histórico de Lesbianas Feministas. Fotografía tomada de aquí

OIKABETH dio paso al grupo Lesbianas Socialistas, que a su vez dio lugar al grupo Seminario Marxista-Leninista Feminista de Lesbianas (SMLFL); éstos fueron liderados por Yan María Castro –activista incansable que ligó el análisis de clase al feminismo– y por Luz María Medina. A inicios de los 80 también surgió La Comuna de Morelos, conformada principalmente por lesbianas campesinas que ensayaron una forma de economía comunitaria y trabajo colectivo; este grupo dejó de existir debido al miedo experimentado por sus integrantes por una supuesta y posible persecución por parte del Estado.

En Brasil en 1978 surgió el grupo mixto Somos, mientras las lesbianas con su acercamiento al feminismo formaron el subgrupo lésbico feminista, tras separase apareció el Grupo de Acción Lésbico Feminista (GALF) y que años después dio lugar al grupo Um Outro Olhar (Otra Mirada). El GALF se caracterizó por la promoción de eventos político-culturales en espacios feministas, homosexuales, político partidarios y en la sociedad civil. Comenzaron con la formación de una biblioteca lésbica y publicaron doce ediciones del boletín Chana com chana (bulba con bulba) desde 1981; éste fue de gran importancia, pues era una de las primeras publicaciones lésbico-feministas de la región.

La influencia de los encuentros feministas

Los Encuentros Feministas Latinoamericanos y del Caribe iniciados en la década de los ochenta fueron una importante influencia para que el movimiento lésbico pudiera articularse regionalmente y desplegar con más fuerza su corriente autónoma. En el I Encuentro Feminista celebrado en Colombia en 1981, el tema del lesbianismo no apareció en el programa, pero las lesbianas organizaron un foro sobre lesbianismo en la comisión de Sexualidad y Vida Cotidiana. En el II Encuentro Feminista realizado en Perú en 1983 el taller sobre patriarcado y lesbianismo se convirtió en “el taller” de todo el evento. Después de dicho Encuentro surgieron: el Grupo de Acción Lésbico Feminista (GALF) de Perú y  GALF de Brasil; Cuarto Creciente, Oasis y Mujeres Urgidas por un Lesbianismo Auténtico (MULA) en México; Ayuquelén en Chile; y Mitilene en República Dominicana. Después del III Encuentro Feminista celebrado en Brasil en 1985, surgió en Argentina el Grupo Autogestivo de Lesbianas (GAL) impulsado por Ilse Fuskova –quién fundó Convocatoria Lesbiana–. La preparación del V Encuentro Feminista de 1990 movilizó un número importante de lesbianas que participaron en el Frente Sáfico (FRESA). En ese mismo año se creó el grupo Las Lunas y las Otras, y posteriormente el Grupo de Reflexión de Lesbianas (GRL). En Costa Rica en 1987, luego de The International Lesbian Information Service (ILIS), celebrada en Ginebra (1986), surgió “Las Entendidas”.

El Colectivo Ayuquelén (1983) fue la primera organización política de lésbianas en Chile. En la gráfica se observa la ilustración de la entrevista a la mujeres de este colectivo, publicada en la revista APSI en junio de 1987. Imagen tomada de aquí.

La necesidad de encuentros propios

En el III Encuentro Feminista de Brasil de 1985 se propuso la idea de impulsar una red de apoyo e intercambio de información entre lesbianas del continente y de organizar encuentros lésbicos latinoamericanos fuera de los marcos establecidos por los feministas, para repensarse a sí mismas y plantear propuestas desde la experiencia y del propio cuerpo. Práctica que no fue fácil mantener.

El I Encuentro Lésbico Feminista Latino Americano y del Caribe (ELFLAC) se realizó en México en 1987, previo al IV Encuentro Feminista. La presencia de la Cooperación Internacional hizo particularmente conflictivo el encuentro y marcó una dinámica institucionalizante, la lucha por el poder, la representatividad y un financiamiento que nunca antes había existido para el trabajo lésbico. Sin embargo, la presencia de las lesbianas días después en el IV Encuentro Feminista apareció compacta con un discurso sólido, cuestionando el heterocentrismo de la acción colectiva y la agenda del feminismo.

Los posteriores encuentros también se vieron afectados por los intereses de la Cooperación Internacional, organismos gays eurocéntricos, las dinámicas partidarias de algunas localidades, la lesbofobia del Estado, la Iglesia, algunos sectores de la sociedad civil y el ingreso del posfeminismo y su correlato del transfeminismo.

Llevar a cabo los encuentros lésbicos tuvo muchas dificultades, en especial para el VIII ELFAC de 2010 celebrado en Guatemala, pues la Cooperación Internacional y, en específico, Semillas y sus agencias aliadas de Centro y Sudamérica organizaron previamente encuentros estratégicos transfeministas con y sin lesbianas, con el fin de imponer agenda desde los financiamientos al movimiento lésbico, ocasionando rupturas. Luego de ese encuentro sólo se pudieron sostener dos Encuentros Lésbicos Feministas de Abya Yala (ELFAY), porque a partir de Guatemala la Cooperación Internacional sostiene encuentros Lesbitransfeministas con grandes financiamientos, a los que asisten activistas o no, de tal modo que los encuentros dejan de tener centralidad, así lo constatamos en el encuentro Venir al Sur de México en 2018, cuyos talleres en su mayoría se cancelaban por falta de asistencia.

Cartel de X Encuentro Lésbico Feminista de Abya Yala. Imagen tomada de Facebook.

La renuncia del posfeminismo a considerar al sujeto femenino como el centro de su política, hizo perder el sentido de espacios diferenciados con base en las identidades o propuestas políticas que cuestionen el régimen masculino heteropatriarcal funcional a una economía colonial capitalista, neoliberal y estadocéntrica, que impulsó la desaparición de lo específicamente femenino en una sociedad donde los feminicidios y los crimines por lesbo odio son estremecedores.

En ese contexto, la búsqueda de la autonomía ha circundado caminos sinuosos y ha implicado costos importantes a nivel de la experiencia organizativa. Los procesos de institucionalización del movimiento feminista y otros movimientos sociales también afectaron al movimiento lésbico, modificando las lógicas de la acción social. Los financiamientos, en la mayoría de los casos, condicionaron agendas tendientes a priorizar prácticas integracionistas a los valores de la heterosexualidad y al mercado neoliberal, por lo que generaron burocracias representativas y, sobre todo, falsos liderazgos. La institucionalización posicionó un feminismo y un lesbofeminismo hegemónico en un tipo de discurso y una lógica de pensamiento más euronorcéntrico que del Abya Yala. La resistencia y los cuestionamientos vinieron de sectores críticos a las nuevas formas de colonialidad y dependencias, al tiempo que defendieron políticas autogestivas y temáticas que problematizaron lo lésbico más allá del ámbito puramente sexual e identitario.

En esta experiencia es importante rescatar que la organización de las lesbianas en grupos autogestivos, como con los ELFAY, y la generación de una cultura lésbica sirvió de referencia a muchas lesbianas en la región, quienes carentes de una historia y una genealogía en la cual reconocerse, construyeron una cultura propia, diferente a la heterosexualidad obligatoria y compulsiva, y a los valores hegemónicos del ser mujer. Así, alentadas por el deseo de recuperar el femenino mutilado por el patriarcado, la genealogía del conocimiento que logró escapar, si esto es posible, del pensamiento masculino; las lesbianas forjaron grupos activistas de lesbianas, grupos de amigas, grupos deportivos, comunas, experiencias autogestivas, de autosostenimiento, economías compartidas, experiencias urbanas y rurales, espirituales y materialistas, de complicidad y solidaridad entre mujeres para hacer de lo privado espacios de reflexión y práctica política y de los espacios públicos un encuentro con lo cotidiano y hasta con lo espiritual. Una corriente activista generó grupos de pintoras, poetas, teatreras, músicas; organizaron exposiciones, recitales, festivales de cine, revistas, archivos y marchas lésbicas y, sobre todo, fiestas sólo para lesbianas. Acciones que fueron entendidas como una forma de acción política. Y es quizás este proceso el que aportó al feminismo una mirada de la diferencia en la diferencia.

Trabajos realizados en el taller del X Encuentro Lésbico Feminista de Abya Yala, octubre de 2014. Imagen tomada de Facebook.

Ochy Curiel afirma que tras estos encuentros el feminismo se hizo más transformador, analítico, propositivo y enriquecedor, pues las lesbianas comenzaron a generar un pensamiento y una acción política más radical al explicar cómo la heterosexualidad era un sistema normativo y obligatorio que tenía efectos nefastos para las mujeres en los planos económico, social, cultural, simbólico y emocional, que, además, limitaba su autonomía y su libertad.

La lucha por los derechos

Si bien el Estado nos había negado la calidad de ciudadanos con igualdad de derechos, la llegada de la democracia planteaba a los disidentes sexuales la necesidad del reclamo de la calidad de personas; para algunas corrientes eso significaba la lucha por la igualdad de derechos con los heterosexuales. Si la moralidad de la ley radica en que debe ser válida para todos los sujetos racionales, las leyes heteropatriarcales que en el proceso de globalización fortalecen las estructuras de dominio y una economía neoliberal, para otras corrientes están lejos de ser modelos de aspiración para la transformación.

La lucha por los derechos inició con la búsqueda de protecciones legales contra la discriminación principalmente en el marco constitucional y la derogación de leyes que penalizaban la homosexualidad. En el ámbito regional Bolivia, Ecuador y México lograron protecciones a nivel constitucional. La protección al acceso a bienes y servicios, salud y educación se han concretado en Brasil, Chile, Colombia, Honduras, Perú y Uruguay. Cuba, Nicaragua y Venezuela, esto ofrece protección contra la discriminación en el empleo. El matrimonio igualitario está permitido en todo el territorio de Argentina, Brasil, Colombia, Costa Rica, Ecuador, Uruguay y sólo en algunos estados de la República Mexicana. En Chile las uniones civiles otorgan derechos similares a los establecidos por el matrimonio.

Lesbianas feministas en el Encuentro Lésbico en Chile, 2007. Fotografía: Freya Schneider.

El matrimonio trajo la falsa discusión de la única posibilidad de generación de derechos, y reafirmó el modelo heteromonogámico y del amor romántico funcional a los valores del Estado-nación colonial, porque la familia funciona como una unidad económica-crediticia, base para la organización social jerárquica e impide pensar en los derechos como inalienables al ser humano sin necesidad de adherencia a instituciones civiles, religiosas o militares e impide pensar los derechos en términos comunitarios.

El matrimonio trajo la aspiración de los hijos propios y la reformulación de conceptos tradicionales, como “familia homoparental” o “familia lésbica” que estimularon el mercado de las reproducciones asistidas, los vientres de alquiler o las reproducciones in vitro; éstos a su vez posibilitaron elegir hijos con características genéticas anglosajonas, es decir, imperiales, que refuerzan la tan reaccionaria frase del “mejoramiento de la raza” y favorece el proyecto colonial de blanqueamiento de los Estados nación. Una operación donde hay poco sexo, más clase y mucha raza.

Los matrimonios gays fueron legalizados bajo la complacencia del libre mercado, favorece a la economía capitalista, reproduce un sistema de dominación y es favorecido en la medida de su capacidad adquisitiva con la posibilidad de ser parte de una casta. Si como dice María Lugones, la heterosexualidad es, a la vez, compulsiva y perversa ya que provoca una violencia significativa contra los derechos de las mujeres, sirve para reproducir el control sobre la producción; la reproducción lésbica, tecnológicamente asistida, tiene un sentido heterosexual porque la elección de un fenotipo no está libre de los valores dominantes del grupo de hombres blancos heterosexuales y científicos, cuya verdad es el conocimiento tecnológico y la limpieza racial.

Si bien durante los 70 y 80 el lesbofeminismo recreó una tradición autonómica, el ingreso del neoliberalismo y la globalización en la década de los noventas transformó por completo las dinámicas sociales en la producción discursiva, en los análisis y en las miradas. Los cuestionamientos del lesbofeminismo a las relaciones de poder clasistas, racistas, generacionales, androcéntricas y heterocentricas perdieron centralidad ante las demandas por derechos. Con el debilitamiento del Estado-nación por las transformaciones de la globalización, las escalas de la acción social se trasladaron de lo local a lo global y tomaron centralidad las demandas que fueron impulsadas desde los organismos supranacionales, como las de derechos humanos, los derechos sexuales y reproductivos y la diversidad sexual . Y en esa lógica se agruparon las denominadas “minorías” bajo el concepto de “diversidad sexual” que incluye también a los heterosexuales, perdiendo de esa manera el sentido crítico de la sexualidad hegemónica y normativa. En ese sentido, como bien dice Ochy Curiel, los intereses por el financiamiento llevaron a este sector a agruparse bajo la denominación LGTTTB, que prioriza los ámbitos identitarios, donde la presencia lésbica perdió importancia o se reformuló bajo una lógica masculina.

Manifestación de lesbianas en la marcha del Día Internacional de la Mujer, 8 de marzo de 2015. Fotografía: Freya Schneider.

Si bien los derechos pueden mejorar o salvar la vida de algunas personas, principalmente de los disidentes ante las imposiciones del Estado-nación, la lucha por el logro de los mismos legitima a ese mismo Estado-nación que se instituye desde la exclusión y la jerarquía.

El lesbofeminismo al afirmarse como una opción política para cualquier mujer, es decir, más que una preferencia sexual, según afirma Teresa de Lauretis, se ha posicionado como una corriente política que desafía a uno de los regímenes políticos más impositivos: la heterosexualidad, que obliga a que las relaciones entre hombres y mujeres sean relaciones de dominio, basadas en la división del trabajo en razón de sexo y en la imposición de la sexualidad reproductiva. Es una propuesta transformadora que supone no depender ni sexual, ni emocional, ni económica, ni culturalmente de los hombres. Ahora más que nunca, la tradición autónoma plantea el reto de reafirmar su postura eminentemente política, que hace del sujeto lesbiana, un posicionamiento frente al patriarcado, la heterosexualidad obligatoria, el racismo, el clasismo, el neocolonialismo y el neoliberalismo.

Para saber más

Curiel, Ochy, “El Lesbianismo Feminista en América Latina y El Caribe: una propuesta política transformadora”, Ponencia presentada al 1er Encuentro de Diversidad Sexual de las Mujeres organizado por el Colectivo Triangulo Negro en Bogotá, Colombia, octubre del 2006.

Lauretis, Teresa de, “Sujetos excéntricos de: la teoría feminista y la conciencia histórica”, Cangiamo, María C. y DuBois, Lindsay (comps), De mujer a género, teoría, interpretación y práctica feministas en las ciencias sociales, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1993, p. 73-113.

Lugones, María, “Colonialidad y género”, Tabulosa Rasa, núm. 9, julio-diciembre, 2008, p. 73-101. Disponible aquí.

Lumsden, Ian. Homosexualidad, sociedad y Estado en México. México, Colectivo Sol, 1991.

Mogrovejo, Norma, Del sexilio al matrimonio. Ciudadanía sexual en la era del consumo liberal. Dos estudios de caso: migración y sexilio político. Madres lesbianas, familias resignificadas. Poco sexo, más clase y mucha raza, México, Pez en el Árbol, 2017.

Mogrovejo, Norma, “Diversidad sexual un concepto problemático”, Revista trabajo social, núm. 18, 2008, p. 62-71.

Mogrovejo, Norma, “El feminismo en la era del neoliberalismo hegemónico”, Berlanga, M., Ferreyra, F., et al., Mujer y Violencia: el feminismo en la era de la globalización, México, Universidad Autónoma de la Ciudad de México- Ciencias Políticas y Administración Urbana, 2009, p. 105-120.

Mogrovejo, Norma, “Los Encuentros Lésbico feministas de América Latina y el Caribe”, Teoría lésbica, participación política y literatura. México, Universidad Autónoma de la Ciudad de México, 2004.

Mogrovejo, Norma,  Un amor que se atrevió a decir su nombre. La lucha de las lesbianas y su relación con los movimientos feminista y homosexual en América Latina, México, Centro de Documentación y Archivo Histórico Lésbico, Nancy Cárdenas-Plaza y Valdés, 2000.

Perlongher, Néstor,”Historia del Frente de Liberación Homosexual de la Argentina”, Prosa plebleya. Ensayos 1980-1992, Buenos Aires, Colihue, 2008, p. 77-84.

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