Marcas y sangre: las epidemias de viruela y matlazáhuatl
mayo 19, 2020 La Bola

Marcas y sangre: las epidemias de viruela y matlazáhuatl en la ciudad de México, 1761-1762

Por Mario Alberto Roa López (CIESAS-Peninsular)

 

Resumen

Entre 1761 y 1762 la Nueva España sufrió distintas epidemias de viruela, sarampión, rubéola y tifo, que ejemplifican como podrá verse en el presente artículo, el papel que asumieron las autoridades virreinales y la Iglesia católica para enfrentar dos epidemias con distintas características. Anteriormente, los habitantes de la capital novohispana habían sido asolados por el matlazáhuatl, esta pandemia se presentó entre los años de 1736 a 1739, y fue considerada una de las pandemias más severas en la historia de México. En septiembre de 1761 aparecieron los primeros brotes de viruela en la metrópoli, y para el siguiente año, se reportaron casos de matlazáhuatl entre los vecinos de los barrios de la ciudad. Es decir, la población de la capital del reino estaba sufriendo los efectos de una epidemia dual. Vale la pena mencionar que, para la segunda mitad del siglo XVIII, a pesar de las ideas reformistas impulsadas desde España, la Iglesia católica encabezada por el arzobispo Manuel Rubio y Salinas, dirigió varias estrategias para pedir el fin de la pestilencia. Por su parte, el cabildo de la ciudad estableció distintas medidas para evitar el contagio entre la población.

Las epidemias de 1761 y 1762, que acontecieron en la ciudad de México, son un ejemplo de cómo las autoridades civiles y religiosas implementaron una serie de medidas que surgieron de la organización del virrey, del Ayuntamiento y la Iglesia católica. Mediante este breve escrito podemos identificar que el miedo a enfermarse de viruela y el matlazáhuatl era un sentimiento constante, como ocurre hoy con el aumento diario de los casos de coronavirus en el país.

Además, podemos identificar que las estrategias que se implementaron hace siglos no están caducas ni obsoletas en la actualidad, la aplicación de las cuarentenas, el acondicionamiento de hospitales, las ayudas a los grupos más desprotegidos, el interés de las autoridades en llevar un registro más o menos fiable para conocer el impacto demográfico en las poblaciones afectadas, son medidas que podemos observar cotidianamente.

Es interesante que, a pesar de nuestro desarrollo tecnológico, la expansión de las redes sociales, las investigaciones y nuevos tratamientos sobre el cáncer, el VIH, la hipertensión, la diabetes etc., algunas medidas del pasado han resurgido en el contexto de la pandemia del coronavirus y no son tan extrañas. Por ejemplo, el 5 de abril en Italia, sacaron en procesión la espada de San Miguel Arcángel, en Sant’Angelo, Apulia, con la intención de pedir el alivio ante la pandemia. La última vez que la espada fue llevada por las calles fue en 1656, cuando el territorio italiano era asolado por la peste. En México, el 10 de abril la Virgen de Nuestra Señora de los Dolores de Soriano del Estado de Querétaro fue trasladada en helicóptero y sobrevoló el municipio para pedir el fin de la epidemia.

En el contexto de la ciudad de México, en la iglesia de San Hipólito -edificio religioso que está cercano a la estación del metro Hidalgo, famoso por resguardar el altar a San Judas Tadeo, santo contra las causas perdidas– los fieles se reúnen los días 28 de cada mes, y esta fecha no fue la excepción (28 de abril de 2020). A pesar de que el país está en la fase 3 de la epidemia, y de las medidas de sana distancia mencionadas un sinfín de veces por los funcionarios de la Secretaría de Salud, los devotos asistieron al templo para pedir el fin de la epidemia, un panorama no muy diferente a las procesiones y aglomeraciones que se generaban durante los padecimientos en el pasado.

Los fenómenos epidémicos siempre han estado presentes en la historia de la humanidad, la pandemia de coronavirus nos obliga a reflexionar sobre nuestras políticas de salud a nivel mundial y nacional, a cuestionarnos sobre los presupuestos destinados para la inversión de la ciencia y tecnología en nuestros países, a pensar lo importante de las ciencias sociales y humanidades para comprender todas las problemáticas que se generan durante la pandemia. Estos acontecimientos nos recuerdan la fragilidad de nuestras sociedades ante las nuevas enfermedades.

Ahora bien, este escrito pretende mostrar un breve panorama de la historia de las epidemias del periodo novohispano de nuestro país. Este recorrido inicia en el siglo XVI, cuando los pueblos mesoamericanos entraron en contacto con algunos grupos europeos. Estos sujetos habían llegado a tierras nunca exploradas, desconocidas hasta esa época, con ellos llegaron armas de fuego y metal, flora y fauna nueva, pero, jamás imaginaron que, en sus propios cuerpos habían trasportado las armas biológicas (virus, bacterias, parásitos), que años más tarde, les favorecerían en las guerras de conquista contra los indígenas.

Nuevas enfermedades en el Nuevo Mundo  

Desde la derrota del imperio mexica hasta la conformación del territorio de la Nueva España, la población sufrió el flagelo de distintas epidemias a lo largo de los siglos, se presentaron en diversas ocasiones brotes de viruela, de sarampión, de rubiola, y tifo. Enfermedades que eran desconocidas entre los nativos americanos. Los primeros fenómenos epidémicos afectaron de manera significativa a los grupos indígenas, a tal grado, de diezmarlos y de desaparecerlos en algunas regiones del continente.

Según los frailes franciscanos, Bernardino de Sahagún y Toribio de Benavente, la primera gran “pestilencia” que castigó a los indígenas fue la viruela, también conocida como hueyzáhuatl (gran lepra), esta enfermedad fue tan severa en la ciudad de Tenochtitlán, que se considera que fue un elemento que favoreció la derrota de la capital del imperio mexica. Uno de los personajes que sucumbió ante este padecimiento fue el noble Cuitláhuac. En 1531, surgió la epidemia de sarampión, a la que denominaron tepitonzáhuatl (pequeña lepra). Posteriormente, surgieron brotes de cocoliztli, una enfermedad con un origen incierto, la cual produjo un fuerte golpe demográfico y social en la población indígena. Uno de los síntomas que más causaba miedo y extrañeza eran las hemorragias de nariz, de ojos y boca.

Lámina 114 del Códice Florentino, Indígenas enfermos de viruela.

Vale la pena mencionar, que al paso de los siglos los grupos indígenas fueron adquiriendo inmunidad ante las distintas enfermedades del Viejo Mundo. Es así, que junto a españoles, indios, negros y castas se constituyó la sociedad novohispana. La capital de la Nueva España se construyó sobre los cimientos de la antigua ciudad mexica, fue la sede de las instituciones civiles y religiosas del virreinato novohispano, era el complejo urbano que conglomeraba un importante número de habitantes, atraía comerciantes de diversas regiones, viajeros, religiosos del clero secular y regular. Como toda metrópoli, tuvo sus propias características urbanísticas y geográficas.

La capital de la Nueva España estaba circunscrita sobre el lago de México, comunicada por tierra por calzadas, constituida y dividida por cuatro barrios indígenas, y una traza española, zona habitacional exclusiva para españoles, mestizos y castas. Cada barrio indígena estaba comunicado por canales, y pequeñas calles, éstas formaban callejones y cerradas. A diferencia, la traza española, estaba segmentada por manzanas, y las vías eran rectas.

Para el siglo XVII, la capital novohispana estaba consolidada como una de las ciudades más importantes de los reinos americanos. La urbe convivía entre un ambiente lacustre, rodeada por el lago de agua salada de Texcoco y de agua dulce de Chalco. Desde la concepción urbanística de los españoles, uno de los grandes “males” de la metrópoli era el agua estancada. Algunas personas creían que las enfermedades y epidemias se generaban por los miasmas que provenían del medio acuático, de la acumulación de basura, o de los desechos de animales y humanos que abundaban en las calles. Las autoridades peninsulares consideraban que los lagos eran una amenaza natural, bajo esta lógica, los españoles emprendieron una campaña para desecar las aguas de los lagos, y la batalla continuaría hasta el gobierno de Porfirio Díaz.

Durante ese mismo siglo, los fenómenos epidémicos también estuvieron presentes, el cocoliztli se ensañó con la población novohispana de 1601 a 1604, 1612-1613, 1615-1616, y 1641-1643, el sarampión reapareció en 1639 y 1692, la viruela volvió a surgir en 1653, 1678 y 1689. Es importante resaltar que, en la epidemia de 1695, que castigó a la ciudad de México, Sor Juana Inés de la Cruz fue una de las víctimas. Para enfrentar estas pandemias, las autoridades civiles y religiosas disponían de una serie de medidas para enfrentar estos episodios asoladores, entre estos las cuarentenas, la autorización para establecer cementerios, las procesiones y rogativas a las advocaciones marianas más populares, las novenas a San Sebastián, a San Roque, a los Santos Cosme y Damián, éstas eran algunas de las estrategias para poner fin a lo que se consideraba “castigos divinos”.

En varios casos, las sequías, las malas cosechas, la abundancia de lluvias y las inundaciones fueron factores que antecedieron a las enfermedades. Las poblaciones de Antiguo Régimen que, se caracterizaban por depender de las cosechas anuales para subsistir, estaban sometidas al equilibrio de las variaciones climáticas. Es decir, los fenómenos atmosféricos ocasionaron en más de una vez, escasez de algunos alimentos, o en el peor de los casos produjeron periodos de hambrunas, que a la larga debilitaban el sistema inmune de la población rural y urbana.

Viruela y matlazáhuatl en el siglo XVIII:  

Ahora bien, en el siglo XVIII, la ciudad de México era el centro político y económico de la sociedad novohispana, era la urbe más poblada del continente americano. Con estas características poblacionales, sufrió de brotes de viruela en 1707, 1761, 1778, 1790-1793 y 1798. Por otro lado, los casos más severos de matlazáhuatl acontecieron en los años 1711, 1736-1739, 1762 y en 1772-1773. Conviene explicar brevemente ambos padecimientos

La viruela es considerada una de las enfermedades más antiguas de la humanidad. Ésta surgió en el Viejo Mundo, y se piensa que se originó en un territorio entre Egipto y Somalia. Algunos investigadores dicen que los pueblos árabes transmitieron involuntariamente la enfermedad de Oriente hacia Europa, durante las campañas militares en el Norte de África, Portugal, España y en el Sur de Francia. La viruela tiene un periodo de incubación que varía de 7 a 17 días. Los medios de transmisión son de persona a persona, por el contacto con fluidos corporales (como las gotitas de saliva), de cara a cara, o por objetos contaminados. La enfermedad presenta los siguientes periodos: incubación, sintomático inicial, eruptivo y resolución o muerte. Algunos síntomas eran “calosfríos, fiebre elevada, dolores articulares y musculares”. Sahagún menciona que eran tan intensos los dolores que los indígenas no se podían levantar para realizar sus actividades.


«Enfermo de viruela con lesiones en la piel», Public Health Images Library (PHIL)/ CDC Atlanta, Bangladesh, 1973.

Otros síntomas eran: fuerte dolor de cabeza, gran fatiga, vómito, diarrea, delirio, al segundo día aparecía una erupción rosada. Los brotes comenzaban a aparecer en la cara hacia las extremidades, las lesiones rosadas aparecían en lengua y boca, en forma de manchas de color rojo. Al tercer día del periodo eruptivo, las manchas se elevaban o se abultaban, al cuarto día se llenaban de líquido, finalmente estas se secaban pasando tres semanas desde su formación como pústulas o llagas, y se desprendían, los sobrevivientes de la viruela podían quedar ciegos, perder alguna extremidad, y llenos de marcas a causa de las pústulas, estas cicatrices provocaban la segregación social y miedo entre los novohispanos.

El matlazáhuatl fue uno de los padecimientos más comunes de la época colonial, el nombre proviene de matla: “red o redaño”, y de zahuatl: pústula o grano, que unido significa “granos en forma de red”. Posiblemente se trataba de tifo que es causado por microorganismos denominados rickettsias, pequeños cocobacilos, que se reproducen en los revestimientos de las células del estómago y del intestino de los insectos, por lo cual aparecen estas bacterias en las heces de los vectores de transmisión, el contagio procede por el frotamiento de “piquetes” o lesiones que producen en la piel humana, al rascarse o frotarse ocasiona que las bacterias entren al torrente sanguíneo, lo que desencadena la enfermedad.

La peor epidemia de matlazáhuatl que sufrió el virreinato novohispano se presentó durante los años de 1736 a 1739, pues la fiebre castigó a las poblaciones desde Nuevo México hasta la Península de Yucatán. Se piensa que los primeros brotes surgieron entre los trabajadores del obraje de San José Tacuba, camino a Azcapotzalco. Posteriormente, los pueblos de Coyoacán y Tacubaya también fueron alcanzados por este padecimiento, vale la pena mencionar que estas poblaciones se dedicaban a la manufactura de la lana, en su mayoría eran indígenas, y las condiciones socioeconómicas posiblemente eran precarias. Esta enfermedad se propagaba a través de un vector que en su caso pueden ser los piojos, las pulgas, las garrapatas o las chinches que pueden trasladarse por medio de ratas o animales domésticos.

Después del fenómeno epidémico, el presbítero Cayetano Cabrera y Quintero, escribió el libro Escudo de Armas de México, este trabajo fue realizado para exaltar el milagro que había realizado la Virgen de Guadalupe, pues los habitantes y religiosos de la capital de México pensaban que la advocación mariana había terminado con la epidemia en todo el virreinato. Uno de los aportes de la obra de Cabrera, es la descripción de los síntomas que realizó de la enfermedad. “A muchísimos ha sobrevenido flujo de sangre por las narizes, tan cuantioso, e impertinente en su duración, que uno y dos días enteros estaban echando” … otro síntoma fue “ictericia tan intensa, que causa admiración la amarillez de sus cuerpos.” “Algunos, o muy pocos les comienza con la enfermedad, o al tercero, o cuarto día de ella un delirio, o demencia tan intensa, que con mucha diligencia de los asistentes, y, aun usando el áspero medio de ataduras y de cepos no se sosiegan”. Es importante resaltar que el matlazáhuatl era una enfermedad que afectaba con mayor frecuencia la población adulta, el sector productivo de una población, a diferencia de la viruela que se ensañaba con el grupo infantil.

En resumen, estos fueron los brotes más significativos que antecedieron a las epidemias de viruela y matlazáhuatl de 1761 y 1762. Además de los fenómenos epidémicos, los factores climáticos se hicieron presentes. En el mes de junio de 1761, el procurador general solicitó se consultara al virrey Cruillas sobre que se trasladase a la ciudad de México, la imagen de la Virgen Señora de los Remedios, para iniciar un novenario por la falta de lluvias, enfermedades, por el peligro de escasez de semillas y mortandad de ganado. Es decir, el valle de México pasaba por una sequía y posiblemente por el riesgo de escasez de insumos.

La epidemia de viruela de 1761 que asoló a la ciudad de México llegó desde las tierras del actual estado de Veracruz, de los poblados de Alvarado y Medellín que se localizan cerca de la costa del Océano Atlántico. Se tiene registro que los primeros brotes de la enfermedad surgieron en el año de 1760, posteriormente el número de enfermos comenzó a aumentar y a expandirse los contagios, desde las tierras de la costa del Atlántico, y se desplazó hacia la ciudad de Puebla por el camino de Orizaba y Córdoba, la viruela llegó a la urbe angelopolitana y se distribuyó por los pueblos y villas del valle de Puebla-Tlaxcala.

En cambio, en la ciudad de México, en septiembre de 1761 se registraron las primeras muertes por viruela en la parroquia de El Sagrario. Con el paso de los días, el número de personas enfermas por viruela fue en aumento en cada uno de los barrios indígenas de la urbe, este padecimiento alcanzó las zonas de San Sebastián Atzacoalco, Santa María Cuepopan, San Juan Moyotlán, San Pablo Zoquiapan y Santiago Tlatelolco, en todos estos espacios se registraron defunciones en todas las parroquias, que conformaban la estructura religiosa de la metrópoli.

Para el mes de noviembre de 1761, el Ayuntamiento de la ciudad mediante acta de cabildo autorizó el uso de carretones para transportar los cuerpos de los fallecidos por la viruela, esta medida pretendía, trasladar y alejar posibles focos de infección que pudieran favorecer el creciente número de contagios. El 23 de noviembre, el corregidor Pedro Fermín de Mendieta informó que debido a la mortandad que había generado la viruela en la ciudad, se estaban rezando estaciones al Divinisimo Señor Sacramentado en la catedral. Durante los primeros días de diciembre el arzobispo solicitó a los miembros del cabildo hacer un nuevo camposanto, pues ya habían fallecido muchos por la epidemia de viruela.

En contraste, los primeros brotes de matlazáhuatl de 1762 son inciertos y es complicado rastrear la ruta de la enfermedad para identificar el desplazamiento de los contagios. Posiblemente, los primeros enfermos a causa de esta fiebre se registraron a partir del mes de marzo de 1762, y en los meses de junio, julio y agosto la virulencia se agudizó en los barrios de la capital.  Ahora bien, las cifras de enfermos y de muertos que se presentaron en las diversas zonas y barrios de toda la capital fueron diversas, ya que cada espacio presentaba características poblacionales y ambientales contrastantes.


Anónimo. Exvoto a Nuestra Señora de los Dolores y a San Sebastián. 1761. Óleo/ tela. 53.7 x 77 cm. Museo Franz Mayer.

Para el 11 de marzo de 1762 la epidemia se intensificó, a causa del aumento de casos, el corregidor de la capital ordenó velar por la limpieza de calles, de plazas, y estipuló que se quemaran los petates y ropa, además prohibió que entrara carne a la ciudad. El 13 de marzo del mismo año, se ordenó la limpieza de las acequias. Todas estas fueron medidas que implementaron las autoridades novohispanas para hacer frente a los contagios.

Antes de que finalizaran las dos epidemias, los párrocos de cada iglesia de la ciudad por orden del arzobispo tenían que llevar un registro de muertos, las cifras que se presentaron fueron las siguientes: Santiago Tlatelolco contabilizó 1,800 muertes, Santa María 796, Santa Catarina, 583, San Sebastián 437, Santa Veracruz 663, San José 196, San Miguel 2,199, San Pablo 1,800, y El Sagrario 6,815.

Además, se implementó el funcionamiento de tres hospitales provisionales para atender a los enfermos. El primero estuvo a cargo del jesuita Agustín Márquez y se estableció en el seminario de la Compañía de Jesús, el segundo, fue el hospital de Manzanares, auspiciado por el Ayuntamiento para socorrer indígenas, españoles y mulatos pobres, el tercero, funcionó a partir del 7 de marzo y se acondicionó en la cárcel real, para atender a los presos de la capital.

En contraste, desde el campo religioso las autoridades civiles y eclesiásticas iniciaron en el mes de abril de 1762 una serie de novenarios y rogativas, bajo el socorro de Jesús Sacramentado en la catedral de México, y para mediados de abril se pidió el alivio a San Roque por medio de un rogatorio, y la exhibición del señor sacramentado en toda parroquia fue obligatorio. Se agregó un novenario a la Virgen de Guadalupe y al Santo Crucifijo de Santa Teresa y dos oraciones a la Virgen de los Remedios, fueron los actos religiosos para mitigar los severos efectos de la peste.

Ante la expansión de las enfermedades y el aumento de muertes, el cabildo de la catedral de México y los jesuitas de la Casa Profesa organizaron en 1762 una procesión a la Virgen de Loreto para mitigar los contagios, ya que la población de la capital pensaba que la Virgen había puesto fin a la epidemia de sarampión de 1727. Se estableció la ruta del trayecto, la imagen saldría del Colegio de San Gregorio hacia la Casa Profesa, se prohibió la venta y consumo de alimentos en la calle durante el evento.

En la procesión participaron tanto autoridades laicas como religiosas, esta cooperación organizativa representaba que la Iglesia católica todavía tenía bastante injerencia y participación en asuntos civiles de la población de la capital novohispana. Es decir, durante las epidemias de 1761 y 1762, uno de los principales líderes y hombres que generó diversas gestiones entre diversos gremios y grupos de poder de la ciudad fue el arzobispo Manuel Rubio y Salinas. Se ha pensado que, para la segunda mitad del siglo XVIII, las ideas reformistas impulsadas desde España habían mermado varios aspectos de la Iglesia católica en sectores claves de la administración de servicios. La participación del arzobispo, en dirigir varias estrategias para poner el fin a la pestilencia, muestra la presencia de las instituciones religiosas en el sector de la salud pública, y hace visible los constantes pleitos y acuerdos que existieron ente el virrey, el Ayuntamiento de la ciudad y La Iglesia.

Finalmente, estos fenómenos epidémicos nos muestran la coordinación y conflictos que ocurrieron entre autoridades civiles y religiosas de la Nueva España, situaciones que podemos observar en la actual pandemia por el coronavirus a nivel mundial. Una enfermedad desconocida hace algunos meses para los científicos y médicos, los cuales debelan día a día más elementos sobre formas de contagio, síntomas y complicaciones. Aunado a una sociedad mexicana dividida entre los que temen a la enfermedad, a los que niegan la existencia del padecimiento, a los que pueden llevar a cabo una cuarentena, y a un grueso de la población que vive al día y debe de cumplir con su jornada laboral para subsistir.

Para saber más

Cooper, Donald B. Las epidemias en la ciudad de México, 1761-1813, México, IMSS, Colección y Seguridad Social-Serie Historia, 1980.

Kumate, Jesús, Manual de infectología clínica, México, Méndez-Editores, 1994.

Malvido, Elsa, y Enrique Florescano, (Comp.), Ensayos sobre la historia de las epidemias en México, México, IMSS, Colección y Seguridad Social-Serie Historia, T.I, 1982.

Molina del Villar, América, La Nueva España y el matlazahuatl, 1736-1739, México, CIESAS-El Colegio de Michoacán, 2001.

Valdés Aguilar, Rafael, “La viruela desde el punto de vista médico”, en Chantal Craumussel, El impacto demográfico de la viruela en México de la época colonial al siglo XX, Zamora, El Colegio de Michoacán, T.I, 2010.