Las fiebres misteriosas en la guerra de Independencia
mayo 17, 2020 La Bola

Las fiebres misteriosas en la guerra de Independencia 

Por Huitzilihuitl Pallares Gutiérrez (Excélsior-Grupo Imagen Multimedia) y Áurea Avila Rojas (INEHRM)

 

Las epidemias de tifo fueron un problema de salud pública recurrente en la historia de México. El presente artículo aborda la aparición de misteriosas fiebres que cobraron la vida de numerosas personas en 1813, tras el sitio que impuso el general Félix María Calleja a las huestes insurgentes en la población de Cuautla, durante la guerra de Independencia. De tal forma, los autores explican cómo se originaron las fiebres misteriosas y se propagaron por el territorio, cuáles fueron las acciones que implementó el régimen colonial ante la propagación de la epidemia, cómo enfrentó esta enfermedad la insurgencia y cuáles fueron las regiones afectadas y las consecuencias de esta epidemia de tifo que vivió la población de la Nueva España.

En el año 1813 aparecieron en la Nueva España unas misteriosas fiebres que cobraron la vida de numerosas personas y afectaron significativamente la salud de muchas otras.  Esta epidemia se originó en los campos de batalla, pues dos años antes había comenzado una revolución en el Bajío novohispano. La madrugada del 16 de septiembre de 1810, el cura Miguel Hidalgo llamó al pueblo de Dolores a levantarse en armas contra el sistema colonial, tuvo capacidad de convocatoria y a los pocos días logró reunir a cerca de cien mil personas, la mayoría perteneciente a los sectores más desposeídos de la sociedad. Este movimiento insurgente fue combatido de inmediato y de manera enérgica por el gobierno colonial, por lo que la movilidad de los ejércitos y, en general, la dinámica de la guerra, sumado a la miseria y las malas condiciones de vida de aquella época, propiciaron la aparición de enfermedades.

En la gráfica se observa la vestimenta de los indios, los rancheros y los soldados realistas en la época de la Independencia. Theubet de Beauchamp, Les Indiéns á la Bateille de Las cruzes en 1810”, siglo XIX,  acuarela, 23.2 x 36.4 cm, colección Biblioteca del Palacio Real de Madrid.

Los historiadores han concluido que las fiebres misteriosas se esparcieron por el territorio tras el sitio que impuso el general realista Félix María Calleja a las huestes insurgentes en la población de Cuautla, y que José María Morelos rompió 72 días después, el 2 de mayo de 1812. Esta epidemia tuvo su cúspide en el año de 1813, ocasionando la muerte de numerosas personas. Ese año fue muy importante para la causa insurgente, ya que se estableció en la ciudad de Chilpancingo un congreso de representantes que decretó de cara al mundo la ruptura con España y estableció la república como forma de organización del futuro estado independiente.

¿Cómo se originaron las fiebres misteriosas y se propagaron por el territorio de la Nueva España? ¿Cuáles fueron las acciones que implementó el régimen colonial ante la propagación de la epidemia? ¿Cómo enfrentó esta enfermedad la insurgencia? ¿Cuáles fueron las regiones afectadas y las consecuencias de estas fiebres?

El caldo de cultivo de la epidemia 

El 9 de febrero de 1812, José María Morelos y su ejército compuesto principalmente por negros y mulatos provenientes de la Tierra Caliente novohispana, arribaron a la villa de Cuautla para protegerse de las tropas realistas. Entonces, disponían de machetes, espadas, fusiles, cabalgaduras y 16 cañones de distintos calibres. Ante la presencia de las huestes insurgentes en las intendencias de México y Puebla, el virrey Francisco Xavier Venegas estaba alarmado, pues los rebeldes entorpecían la comunicación con los puertos de Veracruz y Acapulco y sobre todo porque se encontraban muy cerca de la ciudad de México.

El virrey decidió combatir a Morelos, por lo que comisionó al general Félix María Calleja, militar de carrera, al mando de la operación. Calleja estaba convencido que las huestes insurgentes se encontraban mal preparadas y mal armadas y no podrían resistir el ataque de su ejército compuesto por batallones novohispanos y españoles de más de 7000 hombres. Además consideró que las construcciones de la población, en su mayoría de adobe con techo de zacate, no representaban un obstáculo para su avance, por ello decidió un ataque fuerte y contundente.

Morelos basó su estrategia defensiva en la resistencia de la población y en la capacidad de sus lugartenientes Hermenegildo Galeana, Mariano Matamoros, Leonardo y Víctor Bravo para proteger los puntos clave de la plaza y el convento de San Diego, la iglesia de Santo Domingo, el acueducto y la entrada por la hacienda de Buenavista. El pueblo entero se fortificó, se cavaron trincheras y se perforaron muros de iglesias y casas principales a modo de aspilleras. Con presunción de superioridad, Calleja expresó que aquella campaña sería un paseo por el campo. Sin embargo, fracasó rotundamente frente a la obstinada y fuerte resistencia insurgente y gracias al apoyo valeroso e inquebrantable de la población civil. Calleja decidió poner sitio a Cuautla. Ordenó un bombardeo constante e hizo lo posible por cortar los suministros de víveres y agua. El fuego, la muerte y la destrucción eran desoladoras, no obstante el negro panorama, Morelos rechazó el indulto que Calleja le ofreció el 17 de abril si rendía la plaza, y con humor e ironía dijo: “Otorgo igual gracia a Calleja y a los suyos”.

Al inicio del sitio, los pobladores de Cuautla tenían el ánimo de organizar música y fandangos para demostrar que no les atemorizaba el bombardeo constante de sus enemigos. Sin embargo, la prolongación de la acción bélica ocasionó el deterioro de la calidad de vida. Los alimentos y el agua escasearon, muchos edificios fueron destruidos, los cadáveres se acumularon y surgió una terrible peste “causando en los últimos días del sitio veinticinco y treinta defunciones en cada veinticuatro horas”.

Por temor a la peste mortífera que reinaba en el sitio, Calleja prohibió la entrada a la ciudad y escribió al virrey: “Conviene mucho que el ejército salga de este infernal país lo más pronto posible, y por lo que respecta a mi salud, se halla en tal estado de decadencia, que si no le acudo en corto término que ella puede darme, llegarán tarde los auxilios”.

Tras 72 días de resistencia, Morelos decidió poner fin a la situación. La madrugada del 2 de mayo, su ejército rompió el cerco y escapó de la amenaza militar realista. La proeza acrecentó la fama de Morelos como líder militar. No obstante, el deterioro de las condiciones de vida de la población era evidente y la enfermedad que había surgido en la guarnición pronto se diseminó por varias regiones de la Nueva España.

La enfermedad del hambre, las prisiones y las trincheras 

El principal síntoma de la peste que surgió en el sitio de Cuautla fueron las altas temperaturas en el cuerpo. Según los estudios históricos y epidemiológicos, se trató de una epidemia de tifo.  El tifo era una enfermedad endémica en la Nueva España, que duraba de 15 a 20 días y, principalmente, se presentaba en los adultos, causando la muerte de personas entre los 30 y 40 años. Era una enfermedad infecciosa transmitida por la picadura de piojos o pulgas alojados en las ratas. Por lo que los determinantes de esta enfermedad se relacionan directamente con los aspectos insalubres y la falta de hábitos higiénicos.

El tifo adquiere proporciones epidémicas cuando se presenta en una población en situación anormal que facilita la reproducción de piojos y pulgas infectados, y que son fácilmente transportados por las ratas, como en las migraciones masivas de refugiados y la guerra, tal como sucedió en 1813. Esta enfermedad se caracteriza por inducir estupor, agudos y constantes dolores de cabeza, agotamiento y altas temperaturas. Entre el cuarto y el séptimo día de contraída la enfermedad, aparecen ronchas pequeñas o petequias en el dorso, vientre y brazos y la debilidad en cuerpo se acentúa. Hacia el día 12 o 13 de que se han presentado los mencionados síntomas, en medio de fases de delirio e inconsciencia, la persona fallece a causa de un colapso cardiaco.

Es posible que la epidemia de tifo de 1813, tuviera un efecto combinado con otras enfermedades comunes en la época, como la fiebre amarilla. De hecho, en los documentos de la época suelen referirse genéricamente a la epidemia como “peste” o bien como una epidemia de fiebres o calenturas. El Protomedicato, tribunal constituido con el objetivo de vigilar el ejercicio y la enseñanza de la medicina en la Nueva España, describió los síntomas de la epidemia: “calosfrío, dolor gravitativo de cabeza, espalda, piernas, lasitud para el ejercicio de las acciones, amargura en la lengua, muchas veces bascas, y aun vómitos biliosos, amarillos, estreñimiento del vientre, y fastidio a la comida”. Ante la variada sintomatología, los médicos resolvieron llamar a la epidemia “las fiebres misteriosas del año 1813”.

La propagación de la peste y sus estragos en la población

Conforme corría el segundo semestre del año 1812, la peste de las fiebres se propagó por varias poblaciones, afectando las regiones del centro, Bajío y occidente de la Nueva España. A propósito, el naturalista prusiano Alexander von Humboldt escribió que “En los años 1812 y 1813 sufrió el reino de la Nueva España una peste horrible que comenzó en el sitio de Cuautla Amilpas y cundió por la provincia de La Puebla, y por las de Veracruz, México, Guanajuato y Valladolid”. No es casual que las regiones afectadas por el tifo fueran en esos años escenario importante de la guerra, pues la epidemia se originó en los campos de batalla y se dispersó por el territorio conforme se movilizaron las tropas de los ejércitos insurgentes y realistas.

Si bien, la epidemia duró poco más de dos años, los días más crudos que vivió la población fueron los del año 1813. Para medir su intensidad, lo historiadores han examinado de manera regional o local los padrones de población y los registros de defunciones y nacimientos. En la ciudad de Puebla, por ejemplo, han estimado que la enfermedad comenzó en enero de ese año y alcanzó su mayor fuerza en el mes siguiente. En ese tiempo, la ciudad de Puebla fue escenario importante de la guerra, pues su dominio representaba el control de los ricos valles productores de cereales de la región, además de ser punto intermedio entre el puerto de Veracruz y la ciudad de México. Aunque los insurgentes no tomaron esa ciudad, levantaron un cerco por el norte, sureste y suroeste de la región.  Así, se encontraban en Zacatlán dirigidos por Francisco Osorno, en Izúcar al mando de Mariano Matamoros y en Tehuacán bajo las órdenes del cura José María Sánchez de la Vega. Este último lugar, se convirtió en la principal base de operaciones de la insurgencia, al arribar José María Morelos en agosto de 1812.

Se presume que las fiebres llegaron, procedentes de Puebla, al oriente de la ciudad México en marzo de 1813 y causaron sus mayores estragos en el mes de septiembre. Algunos historiadores señalan que la epidemia se introdujo a la ciudad por las incursiones insurgentes procedentes de Zacatlán a los poblados de San Agustín de las Cuevas, Xocatlalco, Coatepec, Texcoco y Chalco.  La capital del virreinato fue el principal bastión realista durante toda la guerra de Independencia, sólo fue asediada por los insurgentes en noviembre de 1810, cuando Miguel Hidalgo estuvo a punto de tomarla tras la batalla del Monte de las Cruces. Pese a ello, el cura de Dolores resolvió no entrar a la más importante ciudad del Nuevo Mundo, entre cosas, por el escaso apoyo que recibió de la población local. Las fiebres se diseminaron por toda la intendencia de México y cobraron gran número de vidas en la primavera y verano, se calcula que fallecieron más de 39 mil personas en sólo nueve subdelegaciones, número que equivale, aproximadamente, al 30 % de población total de la intendencia. Ante la situación de la guerra y la propagación de la enfermedad, los habitantes de México también sufrieron la falta de alimentos. Aunque como veremos, los insurgentes implementaron acciones para asegurar el abasto de algunos productos de primera necesidad.

Otra región fuertemente afectada por la epidemia fue el oriente de Michoacán. En gran medida por el movimiento de los ejércitos, dada su ubicación estratégica por ser punto de comunicación entre el Bajío, lugar en que se originó la revolución de Hidalgo, y el valle de México. Además, esta zona se caracterizó por su amplio apoyo a la causa insurgente, muestra de ello son los movimientos encabezados por los hermanos Rayón en Tlalpujahua y Benedicto López en Zitácuaro. En esta última población se erigió el 19 agosto de 1811, la Suprema Junta Nacional Americana. Este órgano, creado después del fusilamiento de Hidalgo y de otros importantes líderes, fue el primer gobierno formado por los insurgentes con un alcance nacional, por lo que desconoció el poder del virrey y se declaró soberana. Ante esta situación, el Cabildo de la Catedral Metropolitana se refirió a la Junta como “conciliábulo infame, compuesto de hombres traidores al rey, desobedientes de la iglesia y perturbadores de la paz pública”. No era para menos, pues la soberanía residía en el rey por derecho divino y a partir de septiembre de 1810, ante la aprehensión del rey por los franceses, esta potestad fue depositada en las Cortes españolas establecidas en Cádiz. Esta importante región para los insurgentes fue azotada por la epidemia entre agosto y septiembre de 1813, siendo la principal causa de muerte entre los más de cuatro mil individuos que fallecieron en ese año y el siguiente.

La epidemia de tifo continuó en 1814, así lo expresó el virrey Félix María Calleja a las autoridades metropolitanas el 24 de enero de ese año. Según informó, “las calenturas epidémicas” habían cesado en la ciudad de México y Puebla, sin embargo, para entonces, se extendían por las provincias de Valladolid, Zacatecas y Guanajuato.

El gobierno colonial frente a la epidemia

Como vimos, la epidemia de tifo fue la mayor catástrofe derivada de la guerra, sus consecuencias fueron una alta tasa de mortandad y una acentuada crisis económica y de alimentos que padecieron los habitantes de la Nueva España. Su pronta propagación en la ciudad de México obligó a actuar a las autoridades coloniales. En marzo de 1813, Félix María Calleja asumió el mando del virreinato y ante las noticias del contagio en la Intendencia de México ordenó se investigara y comprobara la existencia de un problema epidémico. El 12 de abril anunció que, efectivamente, existía una epidemia “de fiebres” y para combatirla decretó medidas de detención y aislamiento de los enfermos y fumigaciones en las calles de la ciudad.

Félix María Calleja, destacado militar realista que gobernó la Nueva España de 1813 a 1816. A partir de 1814 fue venciendo paulatinamente a las tropas insurgentes. José Perovani, Retrato de Virrey Félix María Calleja, 1815, óleo sobre tela, 94 x 82 cm, colección Museo Nacional de Historia-INAH.

Calleja trató de atender las solicitudes económicas de los habitantes de los pueblos hasta que el erario se agotó, ya que los fondos públicos y privados que se acostumbraban para establecer juntas de caridad, suministro de alimentos, medicinas y el auxilio de médicos en casos de epidemia habían sido destinados para combatir la insurrección. Entonces, el virrey procedió al cobro de algunos impuestos, como el relativo al 10% sobre el arrendamiento de casas establecido en 1812.  También solicitó a las diversas autoridades que exhortaran a los vecinos adinerados a ayudar a los enfermos: “espero se dedicará usted eficazmente a proporcionar cuantos auxilios estén en su arbitrio excitando el celo y caridad de las personas pudientes para que los socorran del modo que lo permitan sus facultades”. De esta manera, en Coyoacán se logró reunir un poco más de trescientos pesos para establecer una casa hospital. En las ciudades de México y Puebla se lograron crear juntas de caridad para asistir a los enfermos con buenos resultados, sin embargo en la mayoría de pueblos, por la falta de fondos públicos, sólo se lograron instalar lazaretos y comedores muy pobres para brindar algún auxilio.

Era recurrente que algunas personas acudieran a brindar ayuda a los enfermos; entre estos “voluntarios” también había gente que se aprovechaba de la situación y robaba prendas y frazadas para venderlas o empeñarlas. Esta acción generó que la epidemia continuara propagándose y para hacer frente a esta situación de salud pública, el virrey emitió un bando, el 14 de mayo de 1813, para prohibir “a los tenderos y baratilleros, que durante ella compren o reciban en prenda frazadas ni ropa alguna de cama, bajo la multa de diez pesos aplicados por mitad al denunciante y a los fondos destinados para alivio de los enfermos en la presente época, encargando a los jefes y autoridades respectivas la mayor vigilancia sobre el cumplimiento de esta resolución”.

Además de la falta de fondos públicos y particulares que limitó las acciones contra la enfermedad, se presentó en la ciudad desabasto y escasez de alimentos y productos de primera necesidad. El abandono de los campos del cultivo por la enfermedad y la muerte  hizo que se perdieran cosechas enteras. En la ciudad de México los “pudientes” comenzaron a acaparar los artículos desde los centros de producción, lugares indígenas proveedores de carbón, aves, zacate, verduras, leña, panocha y miel. Esta situación originó que se abrieran las puertas a la libre introducción de alimentos que en muchas ocasiones estaban en mal estado, como la carne que se vendía de animales enfermos. Por este motivo, en abril de 1813 se dispuso que todo individuo podía continuar abasteciendo de carne siempre y cuando las reses fuesen sacrificadas en el rastro de San Antonio Abad y vendida en los expendios autorizados como las tablas “La Barata”, “La Merced”, “Jesús María”, “La Pila”, “Santa Cruz”, “San Felipe” y en las dos de la Callejuela, a un precio de dos libras y media por un real. En el caso de la carne de carneros y chivos, los animales debían de sacrificarse en las matanzas de los señores Bassoco, marqués de San Miguel de Aguayo, Ángel Puyade, conde de San Mateo del Paraíso, marqués del Jaral y conde de Pérez Gálvez.

Si bien, al inicio de la epidemia se implementó esta medida respecto al abasto de la carne, en los siguientes meses el mercado devino en monopolios. Así, el 9 de noviembre de 1813, el virrey emitió un bando donde prohibía a los vendedores de la ciudad de México abusar y enriquecerse a costa de los pobres al señalar que “el estrago que amenaza la avaricia de algunos monopolistas, que aprovechándose de las actuales circunstancias están sacrificando a este numeroso vecindario, valiéndose para ello de los medios más reprobados y engrosando sus caudales a costa de los pobres, que son la mayor parte del público y dignos por su miseria e indigencia de la compasión del gobierno, con tanto descaro y atrevimiento como el de abarcar los efectos de primera necesidad para revenderlos a precios exorbitantes”.

En este bando también se estipuló que los productos de primera necesidad como frijol, chile, haba, garbanzo, alverjón, lentejas, arroz, sal, queso, manteca, gallinas, huevos, pescado, aceite, cebada, cal, carbón, leña y madera, que entraran a las garitas de la capital debían ser registrados para que después se distribuyeran en los mercados.  El castigo para aquellos que no acatarán la orden sería la pérdida de sus productos y una sanción económica.

Una medida importante fue la instrucción emitida por las Cortes generales y extraordinarias de Cádiz el 23 de junio de 1813. En ésta decretaron que era responsabilidad de los ayuntamientos constitucionales el cuidado de la salud pública, a través de policía de salubridad de los pueblos, cuya misión era cuidar de la limpieza de las calles, mercados, plazas, hospitales, cárceles y casas beneficencia. En caso de la emergencia de una epidemia, era obligación de los ayuntamientos dar cuenta “al jefe político para que se tomen todas las correspondientes medidas, a fin de que cortar los progresos del mal y auxiliar al pueblo con los medicamentos y demás socorros que pueda necesitar, avisándole en el último caso semanalmente, o aun con mayor frecuencia si el jefe político, lo requiriese, del estado de la salud pública y de la mortandad que se note”.

La facultad conferida a los ayuntamientos en materia de salud, fue implementada cuando el Ayuntamiento de la Ciudad de México y virrey emitieron un decreto, el 19 de julio de 1813, con el objetivo de vigilar el estado de las calles.  En éste se pedía se comisionará a un “vecino honrado y eficaz de cada calle” para que notificara mediante una papeleta al ayuntamiento “las faltas que encuentre en ella al entrar y salir de su casa” con el objetivo de mantener la limpieza de las calles y evitar la propagación de epidemia.

La epidemia también interfirió en las elecciones de los Ayuntamientos previstas por la Constitución de Cádiz en 1812. La complicada situación creada por las fiebres misteriosas y la guerra impidió la celebración de procesos electorales, como fue el caso en la jurisdicción de Mexicalzingo, que expresó “no podrá reducirse a efecto la soberana disposición de las Cortes entre tanto no cese la epidemia que tanto está destruyendo los pueblos y se vea el número de familias que quedan en cada uno de ellos”.

El gobierno de Calleja no fue nada fácil ya que, limitado por el erario público, estuvo dividido entre dos de sus obligaciones fundamentales: la salud pública y la salvaguarda del reino. A pesar de ello, el virrey le dio prioridad al combate de la insurrección, así resolvió atender la salud de las tropas realistas “con las no menos referentes y gravísimas atenciones que me cercan, siendo la principal el mantenimiento de las tropas sin cuyo auxilio sería inevitable la perdición del reino”.  Fue escandalosa su decisión de destinar  40 mil pesos en los uniformes de su escolta personal y apenas mil pesos para combatir la epidemia. Así también lo fue su petición al rey para que se le asignara un sobresueldo de 20, mil pesos o se le abonaran de 30 a 40 mil pesos por vía de viáticos, pues de lo contrario no podría “sostener la dignidad de los empleos”.

Acciones de los insurgentes

Ante la propagación de la epidemia en las zonas controladas por la insurgencia, su dirigencia implementó acciones para atender a los enfermos y asegurar el abastecimiento de productos de primera necesidad. Gracias a la iniciativa de Carlos María de Bustamante y a la colaboración del cura Francisco García Cantarines, se estableció un hospital en la comandancia de Zacatlán en la Sierra Norte de Puebla. Esta comandancia insurgente se creó en noviembre de 1810, cuando se rebeló la región bajo la dirigencia de Francisco Osorno, un famoso bandolero local, que la mantuvo bajo su control hasta 1816. Dicho movimiento se extendió o se contrajo según los avatares de la guerra: llegó a comprender las poblaciones de la consta, en el norte de Veracruz, numerosos pueblos de la Sierra de Puebla y otros ubicados en las intendencias de Tlaxcala y México, pero siempre tuvo su centro de operaciones en Zacatlán, un pueblo que se caracterizó por su población indígena durante todo el periodo colonial. El 25 de febrero de 1813, Francisco Osorno informó a Ignacio Rayón, principal líder insurgente en ese momento, que el hospital creado por iniciativa de Carlos María de Bustamante había logrado que no muriera más que una sola persona a consecuencia de la epidemia que azotaba la región.

Aunque la dirigencia insurgente había prohibido el comercio con los realistas, la comandancia insurgente de Zacatlán permitió vender productos agropecuarios producidos en la región a otras zonas controladas por el gobierno colonial. Para ello los comerciantes debían de registrarse en un padrón, contar con una credencial y pagar el impuesto de alcabala. Este impuesto gravaba las transacciones mercantiles, es decir la circulación de los productos, y se cobraba al sacar las mercancías de su lugar de origen para introducirlas a cada pueblo de mercado. El impuesto de alcabala fue cobrado por los insurgentes para reunir recursos y emplearlos en los gastos de la guerra. Gracias a este mecanismo de “libre comercio” entre regiones se garantizó el abasto de mercancías en zonas que fueron afectadas por la epidemia, como la ciudad de México.

Pintura para la que posó el caudillo en Oaxaca, es conocida como “Mixtequito”. Autor desconocido, Retrato de  José María Morelos, 1812, óleo sobre tela, 90.5  81.2 cm, colección Museo Nacional de Historia-INAH.

En los meses siguientes en el sur de la Nueva España, José María Morelos expidió varios decretos para establecer precios fijos a los productos de primera necesidad como el maíz, frijol, arroz, huevo, manteca, tortillas, jabón y velas. De esa manera pretendía frenar los exorbitantes precios que fijaban arbitrariamente los comerciantes, al tiempo que abarataba la vida a los más desposeídos. El precio de los productos básicos de la dieta de los novohispanos se había incrementado en los últimos años, al grado que “subió impetuosamente el precio de todos los alimentos, hasta valer un huevo medio real y una gallina un peso, cosa nunca oída”, según el testimonio de un habitante que sufrió la escasez y falta de alimentos debido a la crisis agrícola del año 1785. Para un peón o un jornalero comprar un huevo representaba gastar 1/3 de su salario diario, pues para entonces en las haciendas del valle de México les pagaban entre uno y medio y dos reales por una jornada de trabajo –sueldo que se mantuvo hasta los últimos años del siglo XVIII. Los decretos expedidos por Morelos pretendían abatir esta situación, pues era inhumano que “los inauditos monopolios” del comercio español ofrecieran “víveres y demás necesarios para su subsistencia a unos exorbitantes precios, de que con el sueldo diario le es imposible comprar”, así lo escribió el líder insurgente en el decreto expedido en el Paso de La Sabana en Oaxaca el 26 de marzo de 1813.

Los sectores más desposeídos de la sociedad colonial fueron los más afectados por la epidemia de las fiebres misteriosas y por la guerra misma. Ellos formaban parte de los indios y las castas, que juntos representaban alrededor del 80 % de la población de la Nueva España –para 1810 estimada en poco más de 6 millones. La situación de pobreza en la que vivían fue preocupación de la causa insurgente, ningún otro movimiento de esa época recogió en su programa las demandas sociales de los habitantes de la Nueva España. En efecto, desde el inicio de la revolución en 1810, Miguel Hidalgo decretó varias medidas para terminar con la desigualdad social y con los privilegios existentes en el régimen colonial, por ello resolvió la abolición de la esclavitud y de las castas, así como del tributo que pagaban los indios. Principios que fueron refrendados por Morelos en los Sentimientos de la Nación, documento leído 14 de septiembre de 1813 en la apertura del Congreso de Chilpancingo. De esta manera, la Igualdad y justicia social del proyecto insurgente se ven reflejados en los decretos de Morelos para fijar los precios de los alimentos “regulándose a la equidad, pues es necesario que todos contribuyamos en lo que nos toca para conseguir la felicidad”.

La piedad cristiana

La sociedad de antiguo régimen consideraba a las enfermedades como un castigo divino debido a la mala conducta de la gente, la frecuencia y daño con que se desarrollaban y afectaban a la población eran casi siempre inexplicables y angustiosos, motivo por el que las mujeres y los hombres de toda condición recurrían a la protección y el favor divinos.

Cuenta Carlos María de Bustamante que ante la calamidad de las fiebres, el pueblo de Xoxó (Xoxocotlán, Oaxaca) recurrió a la virgen María en su advocación de La Soledad y a San Sebastián patrono de esa localidad. Según escribió en su Cuadro histórico de la revolución mexicana, atestiguó “hacer allí públicas rogaciones» y grabar «una pequeña lámina en que se veían las imágenes de la Virgen y S. Sebastián, como favorecedores de aquella ciudad en una de las mayores desdichas que pudieran sobrevenirla”. Encomendar el cese de las epidemias a alguna de las advocaciones de la Virgen María fue una constante en la historia de la Nueva España. Pocos años antes, en junio de 1808, se registró en la ciudad de México un periodo de pocas lluvias y “una epidemia general de catarros” por lo que se recurrió a los favores de la Virgen de Los Remedios. En ese sentido, el gobierno virreinal resolvió sacar en procesión la imagen de la virgen de la parroquia de la Santa Veracruz a la catedral metropolitana. Según el testimonio de José Ignacio García Jove, catedrático de medicina en la universidad y presidente del Real Tribunal del Protomedicato, “el remedio fue tan oportuno como saludable” pues se notó “desde aquella feliz tarde la disminución, o casi exterminio de la enfermedad reinante, sofocada a beneficio de tan saludable como deseada agua, dispensada últimamente por la piadosa mano de la madre de Dios en su portentosa imagen de los remedios”. Recuérdese, también, que en 1746 se decidió nombrar a la Virgen de Guadalupe patrona de la Nueva España, en gran medida por la creencia en sus favores concedidos tras la epidemia de tifo o matlazáhuatl ocurrida en el año 1736.

Durante los 300 años del periodo colonial, se efectuaron innumerables plegarias, procesiones y otros ritos católicos con el propósito de pedir a Dios el cese de las enfermedades. La religión católica era una característica fundamental de la sociedad de la Nueva España, pues en ese tiempo era la única religión profesada en todo el imperio español. En esa visión del mundo, Dios tenía un papel predominante, por ello las catástrofes eran interpretadas como un castigo divino y, en consecuencia, se acudía a numerosos ritos religiosos para pedir su alivio.

Brotes de viruela, fiebre amarilla y otras enfermedades endémicas 

Las fiebres misteriosas que se presentaron en diversas regiones de la Nueva España en 1813, no fueron las únicas enfermedades que afectaron a la población durante la guerra de Independencia. En las costas, particularmente en los grandes puertos de Veracruz, Tampico y Acapulco era común la fiebre amarilla. Esta enfermedad se transmite por la picadura de mosquitos infectados, y causa fiebre, dolores de cabeza y musculares, náuseas, vómito, cansancio y coloración amarillenta de la piel y las mucosas.  Fue precisamente en Acapulco, en otro sitio de guerra, donde se presentó una gran epidemia a consecuencia del clima cálido, la escasez de alimentos y la falta de sanidad. Esta acción bélica duró más de cuatro largos meses, comenzó el 12 de abril de 1813 cuando las huestes insurgentes se apoderaron de Acapulco y obligaron al ejército realista a refugiarse en el Fuerte de San Diego. Los realistas resistieron hasta el 16 de agosto, fecha en la que José María Morelos logró la capitulación. La magnitud de la epidemia, se puede ver en las palabras que escribió el general realista José María Giral de Crame a las autoridades coloniales, según su informe fechado el 24 de febrero de 1814: “subió la epidemia a tal grado que de más de mil setecientas almas que se encerraron en la fortaleza no habían ya quedado treinta hombres útiles para guarnecerla”.

Carlos María de Bustamante, principal ideólogo del pensamiento insurgente que se unió a la revolución en 1812. Miguel Mata, Retrato de Carlos María de Bustamante, siglo XIX, óleo sobre tela, 43. 4 x 34.7 cm, colección Museo Nacional de Historia-INAH.

Por otro lado, en 1814 hubo un brote importante de viruela que se esparció de Veracruz a Perote y de allí a la ciudad de México. Ante el avance de la “peste de fiebres y viruelas” en las poblaciones de la Sierra Norte de Puebla, Ignacio Rayón mandó que se utilizará la vacuna que había en Zacatlán para aplicarla a la tropa y a los vecinos de la región. Carlos María de Bustamante compara esta acción implementada por el líder insurgente con la George Washington cuando tenía sus tropas infestadas de viruelas y eran rodeadas por los ejércitos ingleses, pues según escribió “los grandes hombres se asemejan en ciertas circunstancias y obran de una misma manera”. Más allá del comentario heroico de Bustamante, su mención ayuda a pensar que las enfermedades y el surgimiento de epidemias son una característica de todas las guerras.

La magnitud de la epidemia de viruela hizo que el virrey Félix María Calleja implementara medidas de detección y aislamiento de los enfermos, fumigaciones y la vacunación de la población. En ese sentido, publicó una instrucción para ministrar la vacuna, en ella se especificó el tiempo idóneo para tomar el fluido vacuno, el modo de hacer las picaduras, así como las medidas para conservar el fluido y trasladarlo a poblaciones lejanas. Con el empleo de los fondos públicos, esta cartilla se mandó imprimir por órdenes del virrey en la oficina de Mariano Ontiveros con el propósito de repartirla por todo el territorio del virreinato. Esta práctica de vacunación consistía en “comunicar de brazo a brazo” la enfermedad, es decir, la inoculación de las costras que aparecían en las personas enfermas en las personas sanas. La viruela era una enfermedad que había cobrado numerosas vidas en la historia del Nuevo Mundo, fue fundamental en el proceso de conquista tras causar la debacle de la población indígena. La última gran epidemia de viruela que azotó a la Nueva España fue en el año 1799, entonces se aplicó la inoculación en varias regiones. Sin embargo, la vacunación no fue generalizada. Por ejemplo en Guanajuato, la principal ciudad de la economía imperial por su riqueza minera, se vacunó principalmente a la población del centro de la ciudad donde se encontraban los empresarios, los profesionales y el clero, dejando desprotegidos a los hombres y mujeres que trabajaban en las minas. El acceso a la vacunación no fue generalizado, se trató de un proceso selectivo que benefició a las clases altas de la sociedad y profundizó aún más la desigualdad social en los últimos años del periodo colonial.

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¿Qué se puede concluir de la devastadora epidemia de tifo que sufrió la población de la Nueva España en 1813? En primera instancia que fue una epidemia que se originó en el campo de batalla. Esta característica es fundamental para comprender las acciones tomadas por el gobierno colonial y la insurgencia para contener la enfermedad. Se puede ver que ambos bandos implementaron algunas medidas similares, como la creación de hospitales para la atención de los enfermos, la fumigación y la regulación de los precios de algunos productos de primera necesidad. Sin embargo, esta última medida en el caso de la insurgencia respondió, además, al ideario del proyecto social que enarbolaba. El estado de guerra impidió que la población guardara cuarentenas, como había hecho ante otras epidemias. Las fiebres misteriosas cobraron la vida de muchas personas, al grado que en algunas regiones murió el 30 % de la población. Esta devastadora enfermedad ha sido recurrente en la historia de México, se presentó, por ejemplo, cien años después en 1913, en la Revolución Mexicana. Debido a que el vehículo de propagación han sido los enfrentamientos bélicos y la movilización de las tropas, se le ha llamado la fiebre del hambre y las trincheras.

Sobre la vacuna para combatir la viruela, se puede decir que fue el único recurso preventivo útil del que entonces se dispuso. Su inoculación respondió a los avances médicos de la época y permitió proteger de manera eficaz a la población. A lo largo de los siglos XIX y XX se organizaron programas de vacunación para evitar la propagación de tan temida enfermedad, su difusión por todo el mundo llevó a que la Organización Mundial de la Salud la declarara erradicada en 1980.

Hoy que la humanidad enfrenta una de las mayores pandemias de su historia contemporánea, es pertinente reflexionar sobre las medidas que podemos implementar para evitar el contagio de la enfermedad y el gran número de muertes. Hace 207 años, los habitantes de la Nueva España se encontraban inmersos en una guerra, lo que hizo que la enfermedad se propagara con rapidez. Hoy vivimos otros tiempos, que permiten el confinamiento voluntario y la difusión de medidas científicas para evitar su contagio. Además, el desarrollo tecnológico en la investigación médica hace posible la pronta elaboración de una vacuna contra el nuevo coronavirus. Esperemos que los gobiernos del mundo garanticen el acceso universal a ella, sin importar la condición de las personas y los intereses de las grandes farmacéuticas.

Este recorrido nos muestra que la historia de la humanidad también está plagada de enfermedades. Gracias a los avances médicos, algunas de ellas se han podido controlar y erradicar. Vivimos tiempos de incertidumbre, que bien pueden ser una oportunidad para erradicar odios colectivos y crear una sociedad más humanitaria, igualitaria y solidaria.

Para saber más

González Flores, José Gustavo. “La epidemia de tifo y la guerra insurgente en el oriente de Michoacán, 1813-1814”en Relaciones. Estudios de Historia y Sociedad, vol. 40, núm. 159, 2019, pp. 147-169. Disponible aquí.

Lugo Olín, Concepción, “Una epidemia de tifo en Cuautitlán” en Relaciones. Estudios de Historia y Sociedad, vol. 15, núm. 58, 1994, pp. 75-92. Disponible aquí.

Malvido, Elsa y Miguel Ángel Cuenya, «El tifo de 1813 en la Puebla de los Ángeles: una ciudad tomada por las ratas» en Héctor Hiram Hernández Bringas y Catherine Menke (coords.), La población de México al final del siglo XX, vol. 1, México, Sociedad Mexicana de Demografía-Centro Regional de Investigación Multidisciplinarias-Universidad Autónoma de México, 1988, pp. 517-536.

Márquez Morfín, Lourdes, La desigualdad ante la muerte en la ciudad de México: el tifo y el cólera, México, Siglo XXI Editores, 1994.

Molina del  Villar, América, “Santa María de Guadalupe, Atlacomulco ante los aciagos años de principios del siglo XIX: conflictos locales, crisis agrícolas y epidemia, 1809-1814” en Relaciones. Estudios de Historia y Sociedad, vol. 31, núm. 121, 2010, pp. 109-136. Disponible aquí.

Sánchez Uriarte, María del Carmen, “Entre la salud pública y la salvaguardia del reino. Las fiebres misteriosas de 1813 y la Guerra de Independencia en la Intendencia de México” en América Molina de Villar, et. al. (editoras),  El miedo a morir. Endemias, epidemias y pandemias en México: análisis de larga duración, México, Instituto Mora, CIESAS, Benemérita Universidad de Puebla, 2013, pp. 51-74.

Viesca-Treviño, Carlos, “Epidemias y enfermedades en tiempos de la independencia” en Revista Médica del Instituto Mexicano del Seguro Social, vol. 48, núm. 1, 2010, pp. 47-54. Disponible aquí.