Galeras para mujeres ante la plaga de sífilis
mayo 20, 2020 La Bola

La galera de mujeres. Una respuesta a la epidemia de sífilis en España durante el siglo XVI

Por Estefany Aguilar Flores (UNAM)

Resumen

Durante el siglo XVI, las epidemias fueron un problema recurrente en la vida de las ciudades europeas. En ellas, se propagaron diversas enfermedades como la peste, el tifus, la viruela y la sífilis. El impacto demográfico afectó tanto a las actividades laborales, comerciales y de recreación de la población, como al ánimo de las personas. En este artículo se revisará cómo y por qué a finales del siglo XVI, se propuso la creación de espacios para la reclusión, castigo y corrección de las mujeres prostitutas, delincuentes y vagabundas en los distintos territorios de la Monarquía Hispánica, como una forma de hacer frente a la enfermedad de la sífilis. A partir de esta revisión se apreciará que las enfermedades pueden ser interpretadas de distintas maneras en virtud de las creencias, ideas e intereses de quienes las padecen.

A lo largo del siglo XVI, las epidemias fueron un problema constante en la vida económica, política y social de las ciudades europeas. En ellas, se propagaron enfermedades como la peste, el tifus, la viruela y la sífilis; lo que provocó, por un lado, un impacto demográfico que afectó las actividades laborales, comerciales y de recreación de la población, y por el otro, una conmoción en el ánimo colectivo que originó distintas formas de interpretar la situación vivida y actuar frente a ella.

En este caso, me avocaré al estudio de ésta última al revisar cómo y por qué a finales del siglo XVI, se propuso la creación de espacios para la reclusión, castigo y corrección de las mujeres prostitutas, delincuentes y vagabundas en los distintos territorios de la Monarquía Hispánica, como una forma de hacer frente a la enfermedad de la sífilis. De este modo, se podrá tener un acercamiento a las emociones, creencias e ideas de los sujetos que padecieron la epidemia en el siglo XVI y, a partir de ello, ver cómo percibieron y reaccionaron ante una enfermedad como la que actualmente se vive con la del coronavirus.

  1. La epidemia, un malestar de las ciudades

Desde antes del siglo XVI, las ciudades europeas sufrieron el azote provocado por las epidemias, la más violenta de ellas, la peste, la cual se hizo presente desde el siglo XIV, suscitando la muerte de hasta la mitad de la población de las ciudades para luego persistir en ellas de forma endémica. La ubicación de estos males en las urbes, se debió a que eran el centro de confluencia de los territorios, donde se desarrollaban las principales actividades económicas, políticas y sociales, entre éstas, el intercambio comercial de mercancías que promovía la constante movilidad de personas y bienes donde podía viajar la enfermedad, tanto dentro como fuera del territorio.

Junto con la presencia de las enfermedades, las crisis de hambrunas que se habían sufrido por las malas cosechas, causaron que las ciudades se encontraran en un mal estado, con una buena parte de la población sin empleo y en malas condiciones alimenticias e higiénicas, lo que facilitaba el contagio de las infecciones. En ese entonces como ahora, las transmisiones se fueron de dos maneras: por un lado, la peste bubónica y el tifus, se propagaron a través de agentes transmisores como las pulgas en el caso del primero y los piojos en el caso del segundo. Mientras que, los males como la peste neumónica, la viruela y la sífilis lo hicieron directamente sin necesidad de intermediarios. Las primeras dos, a través de las vías respiratorias en comunicación con alguien que la padecía, y la última, mediante el contacto sexual.

Si bien las enfermedades afectaron tanto a ricos como pobres, éstos segundos fueron los más vulnerables ante la situación, ya que, contrario a los primeros, quienes podían moverse a otras regiones menos afectadas, gozar de una mejor salud alimenticia y resguardarse sin la angustia económica; los pobres carecían de posibilidades para combatirla. De este modo, la pobreza comenzó a ser vista como un factor explicativo, no sólo por causar la vulnerabilidad de los más necesitados, sino también por considerar que eran ellos el foco de contagio que propagaba las enfermedades por toda la ciudad. Ante esto, la pobreza, comenzó a pensarse como un problema que debía atenderse en pro de la salud pública.

Grabado de L. Sabatelli sobre la plaga de Florencia (1348) basado en la descripción del Decamerón, en el cual se refleja del mal estado de las ciudades durante las epidemias. Imagen tomada de: http://blog.wellcomelibrary.org/2018/01/plague-in-italy-and-europe-during-the-17th-century/

El pauperismo, hasta ese momento se había atendido a través de la acción caritativa, una práctica promovida principalmente por las ordenes mendicantes bajo la idea de que la pobreza era una virtud evangélica. En sentido opuesto, la nueva forma de pensar la pobreza, juzgó que, en lugar de dar limosna al pobre, se le debía erradicar a través de la enseñanza de oficios que eliminaran el ocio y permitiera a los pobres trabajar y ganarse la vida. De este modo, autores como Luis Vives (1526), Miguel Giginta (1579) y Cristóbal Pérez de Herrera (1595), propusieron la creación talleres, asilos y recogimientos y otros lugares donde se pudiera llevar esto a cabo.

  1. purgar los pecados y calmar la furia divina

Por su parte, una mujer conocida como Magdalena de San Jerónimo, quien era cercana a la corte de Valladolid, presentó a finales del siglo XVI al rey Felipe III, un tratado titulado Razón y forma de la Galera y Casa Real, que el rey nuestro señor, manda hacer en estos reinos para castigo de las mujeres vagantes, y ladronas, alcahuetas, hechiceras y otras semejantes, que fue publicado en 1608.  En él, la autora sugirió la necesidad de crear en cada ciudad de la Monarquía galeras donde las delincuentes, vagabundas y prostitutas fueran recluidas y se les instruyera en algún oficio para que al regresar a las calles tuvieran forma de laborar honradamente. Su motivo, era ofrecer una solución a la problemática que éstas mujeres representaban para el bien de la república puesto que, si bien por un lado las consideraba un foco de infección por su estado de pobreza, también valoró que la disolución y rotura con la que actuaban, era uno de los motivos que había provocado el azote de Dios en contra de la población.

El pensamiento de Magdalena de San Jerónimo con respecto a las mujeres de “mal vivir”, partía de su creencia en la explicación que los religiosos daban a los males que acontecían en el territorio, ésta era que la cólera de Dios se había desatado en contra de la humanidad por los pecados que se suscitaban en ella. Entre estos, destacó el pecado de la lujuria que iba en contra del sexto mandamiento: No cometerás actos impuros, el cual, además, se asoció con una de las epidemias que adolecía la población en ese momento, la sífilis, entonces también conocida entre otros nombres como el “mal de bubas”, por tratarse de una enfermedad contraída a través de las relaciones sexuales.

Esta enfermedad trasladada de América a Europa, había comenzado a ser conocida a fines del siglo XV en algunas obras como las de Nicola Neoniceno, Libro sobre la epidemia llamada comúnmente mal francés (1497) y Francisco López de Villalobos, Sumario de la Medicina en romance trovado, con un tratado sobre las pestíferas bubas (1498), donde se describió que se trataba de un mal en el que aparecían pequeñas llagas negruzcas en los genitales e inflamación en los ganglios, acompañada de otros síntomas como fatiga, trastorno del sueño, dolores en las articulaciones, ulceras y lesiones óseas.

Fue hasta 1530 cuando Girolamo Fracastoro en un poema médico titulado Syphilis sive de morbo gallico, liber tres, nombró a la enfermedad sífilis, como hasta ahora continúa siendo denominada, e intentó dar una explicación de su origen y forma de contagio. Sin embargo, para Fracastoro, contrario a la opinión de otros autores como Jacques Béthancourt, quien señaló en su Nouveau Cartme de penitence que se trataba de un mal de origen venéreo (1527), la raíz de la enfermedad se basaba en la idea del aire como vehículo de corrupción y enfermedad, mientras que consideró al contacto sexual, sólo como un factor que empeoraba la situación del infectado.

No obstante, para mediados del siglo, el conocimiento de que el contagio de dicha enfermedad se efectuaba a través del contacto sexual, era ya un tema generalizado que se expresaba a través de otros trabajos como el de Jean Farnel titulado De la curación perfecta del mal venéreo (1555).

Mujeres recibiendo remedios para tratar la enfermedad de la sífilis. Imagen tomada de https://www.akg-images.com/archive/-2UMDHUHPOQPK.html

Los remedios que se aplicaron para tratar la sífilis, fueron en principio el uso de sangrías y purgantes y luego, el empleó del mercurio en forma de ungüento y en baños de vapor. Posteriormente, se utilizó el guayacan, un árbol de América Central que Fernández de Oviedo en su Historia natural de las Indias (1526) identificó como supuesta cura para la enfermedad, por lo que su madera se comenzó a comercializar para remediar el mal de los dolientes a través de infusiones y también vaporizaciones que tenían una duración de entre treinta y cuarenta días.

Al tratarse la sífilis de una mal venéreo, los tratamientos que se aplicaron para su cura, fueron considerados como un castigo, una purga expiatoria donde el cuerpo y el alma de quienes habían ofendido a Dios, se purificaba con los baños de vapor para pagar los pecados cometidos. Así, mientras con el guayacan se administraba una penitencia rápida, el mercurio representaba una purga expiatoria, en la que los enfermos podían sufrir entre otras cosas intoxicación, parálisis y la pérdida de su cabello y dentadura.

Ante esta situación, las relaciones ilícitas como la mancebía, el adulterio y la prostitución que hasta el momento habían gozado de un margen de tolerancia, comenzaron a tener una carga peyorativa, por un lado, al ser condenadas la mancebía y el adulterio en el Concilio de Trento (1545-1563), donde se declaró al matrimonio como un sacramento y, en segundo lugar, por asociar este tipo de tratos con la propagación de la enfermedad de la sífilis.

En este entendido, este tipo de prácticas, principalmente la de la prostitución, comenzaron a ser perseguidas y castigadas. Las casas de mancebía, que eran lugares públicos donde se practicaba la prostitución con autorización de la Corona por considerar que evitaban la existencia de males mayores como el rapto, el estupro, el incesto o la sodomía; comenzaron a ser atacadas por los opositores a dichas prácticas, como los jesuitas, quienes acusaban a las mujeres públicas de cometer pecado mortal porque, señalaban, hacían “acto torpe” al expulsar el semen del hombre para no quedar preñadas.

De esta forma, los jesuitas se dedicaron a asistir a las casas de mancebía durante los domingos y días festivos, donde entraban para correr a los clientes y cerrar por ese día la casa, para luego llevar a cabo una labor de predicación dirigida hacia las prostitutas con la que se buscaba motivarlas a que abandonaran su mala vida y se enmendaran.

Fuente: Drick van Baburen, The procuress, Landesmuseum, Mainz, 1623. Imagen tomada de https://www.pubhist.com/w9735.

 

Igualmente, se comenzó a juzgar la manera en cómo éstas mujeres, junto con las delincuentes y vagabundas, eran castigadas, esto era a través de actos de vergüenza pública donde de acuerdo a la falta cometida podían ser azotadas o desterradas. El motivo que se señalaba era, que este tipo de penas contrario a causar la corrección de las procesadas para que no reincidieran en sus delitos y pecados, lo que hacía era darles fama para que una vez conocidas públicamente, quien quisiera solicitarle sus favores podría acercarse con conocimiento a ellas.

De este modo, Magdalena de San Jerónimo elaboró su tratado sobre las galeras de las mujeres. En él, señaló que, ante los vicios del hombre, Dios había desenvainado la espada de su divina justicia con muchos y graves azotes para que el pecador “por la fuerza fuera cuerdo y por el temor hiciese virtud”. De manera que era necesario refrenar y castigar a los malhechores y delincuentes, principalmente a las mujeres quienes, calificó, llevaban ventaja en maldad y pecados a los hombres, siendo que con su desvergüenza habían ofendido a Dios y a la justicia, y, además, habían dañado a la república “pegando mil enfermedades asquerosas y contagiosas a los tristes hombres” que se juntaban con ellas, quienes a su vez se las pegaban luego a sus mujeres, contagiando así a mucha gente.

La resolución de Magdalena de San Jerónimo era recoger y castigar a aquellas que con sus delitos y pecados habían ofendido a Dios para que recluidas purgaran sus penas y fueran instruidas en la virtud para su reconciliación. Esta forma de castigo, era pensada de forma similar a los remedios que se administraban para la cura de la sífilis, en este caso, la purificación del alma de los pecadores se llevaba a cabo no a partir de vaporizaciones si no con el encierro en la galera.

  1. Forma y traza de la Galera de mujeres

En su tratado, Magdalena de San Jerónimo, describió con detalle cómo debían ser estos lugares de forma que sirvieran para la expiación de los pecados de quienes las habitarían. De acuerdo con esto, las galeras debían ser sitios fuertes, bien cerrados sin ventana ni mirador a ninguna parte. Entre sus habitaciones se debía colocar un dormitorio con tablas como camas, donde únicamente contarían con un jergón de paja y una o dos mantas pardas; una sala de labor donde cada una debía desempeñar el oficio que supiera o en su defecto ser enseñada en alguno, de manera que con las labores que desempeñaran se pagaran los gastos de la galera; un aposento para la despensa, la cual se detalló debía ser pobre y otro cuarto para una cárcel secreta donde se colocara a las incorregibles, el cual debía contar además, con cadenas, esposas, grillos, cepos y todo tipo de disciplinas para el rigor.

Las mujeres que ingresaran a la galera serían despojadas de sus galas y sus vestidos, luego, les raparían el cabello a navaja y se les permitiría únicamente usar como tocado una escofia, de vestido algún tipo de paño burdo y de calzado unos zapatos de vaca o carnero. Por su parte, la comida que les darían debía consistir en un pan bazo o bizcocho, que era un tipo de pan muy duro, acompañado de una rajada de queso o con un rábano y un poco de nabos donde poder remojar el pan y alguna vez por semana un poco de tajada de vaca mal guisada.

En caso de que una mujer reincidiera en sus malos actos e ingresara nuevamente a la galera, se indicó que el tiempo de su pena debía ser el doble y sería señalada con hierro en la espalda donde se le colocarían las armas de la ciudad o villa para que públicamente fuera conocido que había estado dos ocasiones en la galera, lo mismo en el caso de reincidir una tercera vez, mientras que, en la cuarta ocasión, sería ahorcada, lo cual serviría además de ejemplo para las otras mujeres.

De este modo, Magdalena de San Jerónimo señaló que el establecimiento de estos lugares en las ciudades evitaría que se llevaran a cabo las ofensas contra Dios que habían ocasionado sus azotes y castigos contra la humanidad, ya que, con ellos, se erradicaría la ociosidad y se castigarían con rigor los delitos y penas. Consecuentemente, indicó que los provechos de este remedio serían el terminar con la perdición de los hombres y sus torpezas, lo mismo que hacer de las mujeres, seres honestos y fieles, con lo cual cesarian los contagios de las enfermedades incurables, como la sífilis, y las obras pías con las haciendas que se gastaban en ellas, se emplearían en las personas verdaderamente necesitadas, puesto que en los últimos años, indicó, éstas habían servido como hospitales de bubas para curar a los enfermos a quienes habían contagiado estas mujeres.

Consideraciones finales

De acuerdo con los estudios que Margarita Torremocha ha realizado al respecto de las galeras de mujeres, parece ser que estos sitios descritos por Magdalena de San Jerónimo no se llevaron a cabo o al menos no con el rigor y las características que ella establecía. Sin embargo, este tratado que entregó a Felipe III, permite ilustrar una de las múltiples maneras de cómo los individuos han reaccionado ante un momento de incertidumbre como fue el provocado por la epidemia de sífilis del siglo XVI.

A partir de ello, se aprecia que las enfermedades pueden ser interpretadas de distintas maneras en virtud de las creencias, ideas e intereses de quienes las padecen. Asimismo, que este tipo de fenómenos en consecuencia, promueven el replanteamiento de distintos temas de la vida diaria como fue en el caso de la sífilis, la situación de las relaciones extramaritales, la práctica de la prostitución y las formas de castigo a las mujeres pecadoras y delincuentes. De este modo, las epidemias no resultan ser únicamente un asunto de salud, sino que también se convierte en un tema social y cultural en el que todos como sociedad, sin importar si padecemos o no la enfermedad, estamos inmersos a partir de nuestra percepción y actuar frente a ella.

 

Para saber más

Almady Sánchez, Erika, “Sífilis venérea: realidad patológica, discurso médico y construcción social. Siglo XVI” en Cuicuilco, núm. 49, 2010, pp. 183-197.

Franco Rubio, Gloria, Cultura y mentalidad en la edad moderna, Mergablum, Sevilla, 1999,

Iommi Echeverría, Virginia, “Fracastoro y la invención de las ciencias” en Historia, ciencias, manguinhos, Río de Janeiro, v.17, núm. 4, 2010, pp. 877-884.

Torremocha, Margarita, Cárcel de mujeres en el Antiguo Régimen. Teoría y realidad penitenciaria de las galeras, Madrid, Dykinson, 2018.

Magdalena de San Jerónimo, Razón y forma de la Galera y Casa Real, que el Rey nuestro señor manda hazer en estos Reynos para castigo de las mujeres vagantes, ladronas, alcahuetas y otras semejantes, 1608.

 

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