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febrero 28, 2020 La Bola

Raquel Padilla Ramos, una guerrera

Por Lorena López Jáuregui

Con honores de guerrera yaqui, el 22 de noviembre del año pasado amigos y familiares de la historiadora Raquel Padilla Ramos despidieron sus restos mortales en el noroeste del país. Acompañada con percusiones, fue interpretada frente a su tumba una danza reservada a los momentos más sagrados. Sobre el valle, con la sierra del Bacatete de fondo, Raquel descansa ahora en un lugar de profundo significado para ella y para la comunidad yaqui, a la que dedicó sus estudios.

Entre las publicaciones de Raquel Padilla Ramos también destacan los libros: Yucatán, fin del sueño yaqui (1995) y Progreso y libertad. Los yaquis en víspera de la repatriación (2006). Fotografía: Cortesía INAH, Sonora.

En lo profesional, Raquel brilló por su carrera académica y su activismo en materia de derechos indígenas. Sus investigaciones mostraron el lado más oscuro de la Guerra del Yaqui y permitieron reconstruir los destinos de miles de personas deportadas como prisioneras de guerra desde Sonora hasta Yucatán. A través de la recopilación de testimonios de descendientes y de los partes fragmentados de militares que participaron en la contienda, mostró las condiciones de esclavitud en las que vivieron.  Por su trabajo, con una carrera consolidada, era reconocida y respetada nacional e internacionalmente, en especial por sus libros Los irredentos parias y Los partes fragmentados.

La mañana del 8 de noviembre de 2019, despertamos con la terrible noticia de su asesinato. En un primer momento, algunos pensaron que podría haber alguna relación entre este violento crimen y su activismo, pero el asesinato encarnó otra modalidad específica de la violencia. Raquel fue víctima de un feminicidio perpetrado por su pareja, Juan Armando, cuando decidió terminar su relación con él. Este asesinato es la concreción de una cultura feminicida que nos recuerda cuán frágiles son los espacios privados –supuestamente seguros– del hogar cuando se es mujer en América Latina.

El asesinato de Raquel fue lo que se conoce como un “feminicidio íntimo”, concepto definido por la socióloga venezolana Esther Pineda en su libro Cultura feminicida (2019) como el asesinato a mujeres a causa de su género por sus esposos, amantes, amigos y ex parejas. Durante mucho tiempo estos crímenes, fueron calificados como “pasionales”, un término encubridor que ha contribuido a naturalizar lo que Rita Segato denuncia como un “femigenocidio”. Este concepto fue utilizado por Segato en una conferencia en la Biblioteca Nacional de Argentina en 2019 para describir aquellos crímenes que por su cualidad de sistemáticos e impersonales, tienen como objetivo la destrucción de las mujeres –y los hombres feminizados–, por simplemente pertenecer a este género.

México es, tristemente, un referente mundial en altos índices de feminicidios. El asesinato de mujeres por su género ha sido una masacre de la cual recientemente empezamos a tener estadísticas más o menos confiables. Sin embargo, Ciudad Juárez y el Estado de México han sido reconocidos desde hace décadas como dos de los lugares más peligrosos en el mundo para ser mujer. La alerta de género –a pesar de una oposición sistemática por parte de ciertas autoridades– ha sido declarada en varios estados, entre ellos la Ciudad de México. No obstante, y a pesar de la alarmante situación, no faltan los intentos de la Fiscalía General de la República por eliminar el delito de feminicidio.

El reconocimiento del feminicidio es un primer y necesario paso para cuantificarlo y enfrentarlo. Especialmente si tomamos en cuenta que el feminicidio carga con consecuencias expansivas que son imposibles de medir. Raquel es la víctima primaria, pero no por eso la única. Los círculos del impacto de la violencia que ella recibió son vividos especialmente por su hijo e hijas que, como tantos otros hijos e hijas de víctimas, enfrentan una orfandad y la herida traumática tras el crimen, en algunos casos, por haber sido testigos del hecho. El círculo de la violencia llega también a los yaquis, quienes han perdido a una amiga y aliada fundamental en la lucha por sus derechos. El INAH, a su vez, perdió a una de sus investigadoras más comprometidas.

Como muchos feminicidas, el asesino de Raquel intentó escapar de la Justicia incurriendo a un intento de suicidio. No lo consiguió, y fue condenado a 45 años en prisión. A pesar de su aceptación de culpabilidad y la implementación de la justicia en este crimen, en nuestra sociedad –y especialmente entre las mujeres-, permanece una terrible sensación: ¿Se hizo lo suficiente?

Sin temor a errar, puedo afirmar que las historias de víctimas de feminicidio íntimo son demasiado conocidas. Sabemos directa o indirectamente de este tipo de víctimas en círculos cercanos o medianos. No se trata de casos aislados como a veces podría parecer, sino de una herida abierta que socialmente estamos lejos de sanar. Una justicia completa nos permitirá enfrentar a la cultura feminicida en todos los frentes, antes de que cobre más víctimas. Se hace urgente un cambio cultural: hablar, denunciar abiertamente este tipo de violencia y prevenirla con políticas públicas concretas.

En este número de la revista La Bola, dedicado a la historia de los movimientos sociales protagonizados por mujeres, nombramos a Raquel. La nombramos en tanto historiadora que formó parte de movimientos sociales actuales. La nombramos por su activismo político y actividad académica. Ante su falta, la nombramos desde lo colectivo. Raquel vive en sus libros, en las historias que recopiló, también en sus notas etnográficas sobre tortillas y vestidos. Pero vive, sobre todo, en cada relato sobre lo que significa la Sierra del Bacatete en tiempos de guerra. Ella denunció una guerra injusta, nosotras denunciamos la propia. Luchó hasta el final. Fue enterrada como guerrera, porque supo vivir como tal.