La lucha de las mujeres por sus derechos en el divorcio
marzo 7, 2020 La Bola

«La elevación de la mujer». La lucha de las mujeres por sus derechos en el divorcio

Por Estefany Aguilar Flores

A lo largo de muchos siglos la mujer estableció un vínculo de dependencia con el hombre a través del matrimonio. Esta relación implicó que ellas sometieran sus decisiones, su patrimonio y prácticamente su existencia a la voluntad de su marido. Estefany Aguilar Flores nos muestra en este articulo la lucha de las mujeres por ser autónomas jurídicamente por medio de la figura del divorcio civil en la segunda década del siglo XX.

En los últimos meses el tema del feminismo entendido como el movimiento de las mujeres en favor de una transformación social para la igualdad de sus derechos con los de los hombres y para la erradicación de la violencia en su contra, ha resonado no sólo en nuestro país, sino en el mundo entero. Marchas, protestas y el famoso himno feminista “El violador eres tú” que surgió en Chile y dio la vuelta al mundo en diciembre del año pasado son actos sobre los que más se ha comentado y se ha partido para cuestionar la manera de manifestarse y los fines de los movimientos feministas recientes.

La verdad es que las voces de las mujeres sobre las que la opinión pública ha centrado su atención no son las únicas ni son nuevas. Artistas, escritoras, profesionistas y víctimas de la violencia masculina han luchado día a día desde hace más de un siglo por reivindicar el papel que se le ha asignado social, política y económicamente a la figura femenina. Sin embargo, el eco de su voz no tenía el estruendo de las manifestaciones que ahora han salido a las calles ante el temor de ser mujer en el siglo XXI.

En este caso, me uno a esas voces a través de una reflexión histórica que dará cuenta sobre los cambios que la mujer, entendida como un sujeto social, ha tenido. Para ello, bastará poner la lupa sobre el tema del divorcio en la segunda década del siglo XX. Si bien se trata de un tema que puede ser concreto, su examen será de utilidad para revalorar, los movimientos y demandas de las mujeres actuales.

Las mujeres posrevolucionarias en la lucha por sus derechos

Luego del movimiento revolucionario que se vivió en México entre las primeras décadas del siglo XX, los espacios donde las mujeres mexicanas cotidianamente tenían presencia y se desenvolvían se diversificaron. Hasta antes del movimiento armado, el hogar había sido su principal espacio de acción y las actividades domésticas su labor primordial. Sin embargo, con los cambios que enfrentaba el país, muchas mujeres se vieron en la necesidad de salir de sus casas para participar ya fuera como propagandistas, enfermeras, soldaderas, soldados o como trabajadoras. Su nueva experiencia en el ámbito público, provocó que entre los últimos años de la revolución y sus subsecuentes se generará un cambio de conciencia con respecto a sus capacidades y las actividades que podían desempeñar.

De este modo, se resquebraja la idea del género femenino como un género débil que requería ser protegido por la figura masculina. Ahora, las mujeres participaban activamente en la construcción de la nación y conquistaban espacios de la vida política, económica y social que habían sido exclusivos para los hombres. No se trataba de una experiencia particular de las mexicanas, en otras partes del mundo era similar, pues los combates y las guerras armadas como la Primera Guerra Mundial (1914-1918) desplazaron a los hombres hacía los campos de batalla y facilitaron a las mujeres su paso de la esfera privada a la pública.

Ante esta situación, emergieron voces que exigían se tomara en cuenta a las mujeres para las decisiones políticas, pues a pesar de su nuevo papel social, se les excluía de ellas cuando había una serie de temas que les concernían y otros de los que no se hablaba por no corresponder a los intereses de los hombres. Entre estas voces se encontraron las de Elvia Carrillo Puerto, Hermila Galindo Acosta, Elena Torres Cuéllar y Rosa Torres González, mujeres participes de la facción de Venustiano Carranza, propagandistas de su programa y partidarias de la tesis igualitarista del liberalismo, por la que exigían un estado de mayor igualdad de derechos entre hombres y mujeres.

Sus demandas se centraron en tres aspectos: el económico, en el que se buscaban condiciones de seguridad en el empleo, protección a la maternidad e igualdad salarial; el social, que pretendía la formación de agrupaciones libertarias, la creación de dormitorios y comedores para trabajadoras y la regeneración de las prostitutas; y, por último, el aspecto político, que aspiraba a que a las mujeres se les otrogaran derechos ciudadanos y en consecuencia se reformara el Código Civil. El sufragio femenino fue la máxima de las demandas de las feministas de esos años, pues a través de él, la mujer podía participar en la toma de decisiones.

Así, Hermila Galindo, proclamó que a las mujeres les correspondía participar en las iniciativas políticas por las obligaciones que desempañaban en su vida cotidiana cuando señaló:

“Las leyes se aplican por igual a hombres y mujeres; la mujer paga contribuciones, la mujer, especialmente la independiente, ayuda a los gastos de la comunidad, obedece a las disposiciones gubernativas y, por si acaso delinque, sufre las penas del mismo hombre culpado. Así pues […] si la mujer debe cumplir los mandamientos de las autoridades, lógico es que ella tenga una injerencia directa en la elección de estas”

Sra. Margarita Robles de Mendoza, sosteniendo un cartel en la espalda, México D.F., ca. 1934-1940, SINAFO. Imagen tomada de: http://revistabicentenario.com.mx/index.php/archivos/tag/feminismo/

Comprometidas con un feminismo liberal, este grupo de mujeres participó activamente en los debates sobre los derechos de las mujeres, en la creación de sociedades feministas y en los congresos que se llevarían a cabo con posterioridad como el Primer y Segundo Congreso Feminista que se realizarían en Mérida, Yucatán (1916) y el Primer Congreso Feminista de la Liga Panamericana de Mujeres en Baltimore, Maryland (1923). La llamada a las mujeres para tomar acción en la política del país y la difusión del feminismo, se hizo también a través de la prensa como en la revista Mujer Moderna. Semanario Ilustrado (1915-1918).

Los derechos de las mujeres en el divorcio

El constitucionalismo había sido la única facción del movimiento revolucionario favorable a las posturas igualitaristas y que dio apertura a las voces femeninas que surgían entre sus filas. El 29 de diciembre de 1914, Venustiano Carranza, como Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, decretó la Ley del Divorcio, la cual estableció que el vínculo marital que unía a un hombre y una mujer podía ser disuelto y en consecuencia dejaba en libertad a ambas partes para que pudieran contraer nuevamente nupcias con una persona distinta.

El decreto, fue bien recibido por las mujeres, pues hasta ese momento, el divorcio era un proceso en el que el vínculo marital seguía siendo indisoluble como lo había resuelto la Iglesia en el Concilio de Trento (1545-1563), motivo por el cual los ex cónyuges no podían volver a contraer matrimonio y únicamente se les permitía vivir en casas separadas. De esta manera, la libertad de la mujer, aún después del divorcio estaba condicionada por el vínculo que mantenía con su marido y sus acciones sometidas a él.

La Ley promulgada por Carranza expresaba estas situaciones al señalar que:

… la mujer cuyo matrimonio llega a ser un fracaso se convierte en una víctima del marido, y se encuentra en una condición de esclavitud de la cual le es imposible salir si la ley no la emancipa desvinculándola del marido …

Asimismo, en las consideraciones para la promulgación de la Ley se dijo:

… la separación es casi siempre provocada por culpa del marido, y es de ordinario la mujer quien la necesita, sin que con esto haya llegado a conseguir hasta hoy otra cosa que apartar temporalmente a la mujer del marido, pero sin remediar en nada sus condiciones económicas y sociales, por lo que sin duda el establecimiento del divorcio tendería, principalmente en nuestra clase media, a levantar a la mujer y a darle posibilidades de emanciparse de la condición de esclavitud que en la actualidad tiene…

De este modo, la Ley del Divorcio de 1914, reparaba en el estado y las necesidades que las mujeres mexicanas enfrentaban una vez que se separaban de sus cónyuges y ponía sobre la mesa la importancia de otorgarles autonomía jurídica y económica para que con ella adquirieran su independencia frente al varón.

Para Hermila Galindo, la Ley del Divorcio significó el principio de los reclamos de los derechos de las mujeres, pues esta les daba una capacidad jurídica que había sido negada por siglos. Dos años después en 1916, convocados por el General D. Salvador Alvarado, se llevaron a cabo en Mérida, Yucatán los primeros dos Congresos Feministas, el primero celebrado en el mes de enero y el segundo entre los meses de noviembre y diciembre. En ellos, se congregaron cerca de 615 mujeres y trataron temas referentes a la educación, el trabajo y la participación política de la mujer.

 

Primer Congreso Feminista. Imagen tomada de: https://plumasatomicas.com/noticias/mexico/primer-congreso-feminista-en-mexico-a-cien-anos/

Sería en el Segundo Congreso Feminista donde el tema del divorcio nuevamente se tocaría al proponer una serie de condiciones para proteger a los hijos y a las partes separadas. Entre éstas, se comentó que, en caso de divorcio voluntario que es la separación por mutuo acuerdo, la educación de los hijos quedara bajo el cuidado de cualquiera de los dos padres y que, si uno de los cónyuges se hallaba culpable de la separación, este debía hacerse cargo de los gastos de manutención, educación y otros que surgieran.

En 1917, Carranza pondría nuevamente el dedo sobre tema del divorcio en la Ley sobre Relaciones Familiares que promulgó en 9 de abril de ese año donde se amplió los alcances de la Ley del Divorcio de 1914. En ella, se consideraron los temas que habían sido tratados en el Segundo Congreso Feminista, por lo que se estableció la atención que se debía dar a los hijos en caso de divorcio, su custodia y manutención. También, se hizo hincapié en la división de bienes de ambas partes una vez concluido el proceso de divorcio y se aseguró el alimento para la mujer y la protección de sus bienes. De esa manera, el marido durante el tiempo que durará el proceso no podía hacer mal uso de ellos como muchas veces sucedía.

La Ley de Relaciones Familiares en su conjunto, se consideró una ley moderna por alterar el modelo tradicional de la familia que se había venido practicando y que seguía varios preceptos religiosos como era la permanencia del vínculo matrimonial y los roles de género que se debían desempeñar en el hogar. Al favorecer el cambio en las relaciones de género de la pareja conyugal mediante la laicidad y un aparente igualitarismo, se otorgaba a las mujeres un mayor margen de acción en la vida familiar. Ahora, las madres tenían capacidades para actuar e influir en su familia y no sólo para someterse a las decisiones de su marido como hasta el momento se había acostumbrado. Sin embargo, los derechos de las mujeres seguían siendo inferiores a los de los hombres, porque la ley establecía unas consideraciones para ellas y otras diferentes para los varones.

Como es bien sabido, la promulgación de una ley no implica el fin de un problema ni que en la práctica esta cumpla los ideales con los que fue elaborada, mucho menos cuando se trata de una ley reciente. En este caso, como bien lo ha mostrado Stephanie Smith en un artículo titulado “Si el amor esclaviza… ¡Maldito sea el amor!”, luego de la expedición de la Ley de Relaciones Familiares, las mujeres que se acercaron a los tribunales para solicitar la separación se encontraron ante distintos obstáculos que la ley no consideró como el proceder que las autoridades daban al asunto. Pues los jueces y funcionarios en su mayoría pregonaban que el papel de las mujeres era el del hogar como madre y esposa, por lo que el proceso de divorcio se prolongaba por un largo tiempo y se negaban a dictar una sentencia favorable a las solicitudes hechas por mujeres, a pesar de que su principal causal para solicitar el divorcio fueran los malos tratos físicos y verbales que sufrían por parte de su cónyuge.

Ante esta situación, algunas buscaron hacerse oír mediante el envío de cartas a periódicos y a políticos lo que, si bien no garantizaba que les autorizaran el divorcio, si les daba un espacio de influencia pública para ser atendidas, motivo por el cual sus esposos se quejaban de su desobediencia. Otras, al desconfiar en el sistema judicial, tomaron como último recurso la alternativa de abandonar a sus esposos.

De manera contraria a lo que se esperaba, el divorcio fue aprovechado por los hombres, puesto que, señala Smith, el mayor número de procesos se tramitó por los maridos quienes solicitaban ante los tribunales la disolución del vínculo marital principalmente porque querían proteger su honor, ya que acusaban a sus esposas de desobediencia y de ser ingobernables, mientras otros lo solicitaban para volver a contraer matrimonio con otra mujer. De esta manera, la falta de reconocimiento de la mujer como un sujeto autónomo frente al hombre seguía siendo un problema cotidiano que enfrentar.

En 1923 se llevó a cabo en Baltimore el Primer Congreso Feminista de la Liga Panamericana de Mujeres donde en una asistencia de más de cien personas, la mayoría fueron mexicanas. Entre las asistentes al congreso se encontraron Elvia Carrillo Puerto, Matilde Montoya, Columba Rivera y Luz Vera. En él se mostró que había diferencias políticas en cómo pensar la lucha por sus derechos y la igualdad entre hombres y mujeres. No obstante, estas posturas fueron conciliadas a lo largo del Congreso por el objetivo común que las había reunido: “la elevación de la mujer”.

Así, la igualdad de géneros propuesta en el Congreso aludía más que nada a una igualdad que ampliara los ámbitos de acción de la mujer, pero que mantuviera la diferencia entre las esferas masculina y femenina. En este caso, los atributos de la figura femenina se reconocieron a través de su función maternal que se pensó la dotaba de mayor espiritualidad, capacidad de entrega y sacrificio, lo cual se entendió como una aptitud nata para que en su papel social y político se abocara a temas morales como los asuntos referentes a la educación, la infancia y la beneficencia pública.

Sobre el tema de la familia, no se hizo ninguna propuesta para modificar las relaciones familiares más que la defensa del amor libre por parte de Elvia Carrillo Puerto que no fue bien recibida por el resto de las asistentes. Sin embargo, sí se hizo referencia al tema del divorcio y se propusieron resoluciones para afrontar los problemas que se hicieron presentes en la aplicación del divorcio luego de ser proclamada la Ley de Relaciones Familiares en 1917. Estas resoluciones, entre otras fueron que el adulterio se considerará causa de divorcio sin diferenciar quién de las partes lo había cometido, que se perdiera la patria potestad de los hijos si quien la poseía vivía en mancebía o tenía un hijo ilegitimo, que el juicio del divorcio debía quedar concluido en un término de 6 meses, que los hijos hasta su mayoría de edad vivieran con la madre y que el ex marido pagara una contribución mensual de $30.00 por cada hijo para su alimentación y educación.

Además de México, en otros países también se luchó por la igualdad de derechos en el divorcio. Imagen tomada de: https://arainfo.org/tag/cafe-de-levante/

Las solicitudes tratadas en el Congreso tardarían tiempo en ser consideradas para el ejercicio de los procesos de divorcio, pues estas no se consideraron para el subsecuente Código Civil de 1928 y las demandas por la igualdad de género en cuanto a derechos seguirían resonando. Sería hasta 1974 cuando se le otorga a la mujer la igualdad civil y jurídica al declararse en el artículo cuarto constitucional que el varón y la mujer son iguales ante la ley.

Si bien, este reconocimiento hizo que se avanzara sobre la materia, la realidad es que aún queda bastante por hacer, principalmente en las comunidades más alejadas de las urbes donde las decisiones de las mujeres y su libertad se somete a la voluntad del padre o el esposo y donde por un aspecto cultural, en el que confluyen las dinámicas políticas, sociales y económicas de las localidades, se entiende aún a la mujer como un sujeto que debe desarrollar su vida únicamente dentro de las cuatro paredes de su hogar.

Para saber más

Cano, Gabriela, “México 1923: Primer Congreso Feminista Panamericano” en Debate Feminista, vol. 1, 1990, pp. 303-318.

Cano, Gabriela, “Más de un siglo de feminismo en México” en Debate Feminista, vol. 14, 1996, pp. 345-360.

García Peña, Ana Lidia, “El divorcio en el Distrito Federal en los albores del siglo XX: la rebelión de los hombres” en Signos Históricos, vol. XVIII, núm. 36, 2016, pp. 118-147.

Historia de las mujeres en México, presentación de Patricia Galeana, México, Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, 2015.

Smith, Stephanie, “Si el amor esclaviza…¡Maldito sea el amor! El divorcio y la formación del Estado Revolucionario en Yucatán” en Gabriela Cano, Mary Kay Vaughan y Jocelyn Olcot (comps.), Género, poder y política en el México posrevolucionario, México, Fondo de Cultura Económica, 2006, pp. 153-172.