La participación de las feministas en la prensa mexicana
marzo 6, 2020 La Bola

La participación de las feministas en la prensa mexicana; el caso de La Mujer Mexicana (1904-1908)

Por Carla Lizbeth Alducin Teutli

En una época en la que las mujeres se dedicaban principalmente a las labores domésticas y familiares, surgió la publicación La Mujer Mexicana, un impreso cotidiano editado por un grupo de destacadas profesionistas. Carla Alducin Teutli, nos presenta un acercamiento a dicha publicación escrita por la primera generación de feministas en México que, a través de sus escritos públicos, pretendieron demandar, concientizar y cuestionar la ideología domínate sobre el “bello sexo”

Creando publicaciones impresas para mujeres

En el régimen encabezado por Porfirio Díaz (1884-1911), la Ciudad de México –centro gubernamental y político del país– presentó una diversidad de problemáticas (laborales, educativas, salud, comunicación, etc.), dentro de las cuales cabe destacar las adversas condiciones económicas, sociales y culturales en que se encontraban las mujeres pertenecientes particularmente a las clases media y baja. Dentro de estos grupos femeninos  radicados en la Ciudad México se presentaron algunos cambios en la condición social y moral de las mujeres, ello al considerar que sus actividades podrían ser benéficas para los planes de modernidad y progreso. De ahí que, algunas mujeres de sectores populares fueron empleadas como mano de obra asalariada, circunstancia que las alejaba de sus hogares y obligaciones domésticas, lo que conllevó a que en la práctica se rompieran con algunos modelos de ser mujer, tal como lo plantea la investigadora Ana Saloma Gutiérrez en su artículo “De la mujer ideal a la mujer real”.

A su vez, la perspectiva sobre las mujeres de clase media fue un tanto ambigua, debido a que no era bien visto el que desarrollaran labores menores: vendedoras públicas, costureras, planchadoras, etcétera; hecho que les inclinó a ocuparse en actividades como maestras normalistas y de primaria, empleadas de comercios y oficinas, artesanas, telegrafistas o parteras. Entre esas mujeres de clase media se registró la presencia de una comunidad que se caracterizó por tomar conciencia de su importancia en la sociedad, e incluso, la estudiosa Brenda Liz Ortiz Loyola refiere –en su tesis doctoral– que parte de este sector femenino buscó integrarse en el proyecto de nación porfirista, ya que unirse y contribuir les ofrecía la posibilidad de participar en cuestiones públicas y la posibilidad de plantear la construcción y reformulación del discurso sobre la nación desde una perspectiva femenina.

Este hecho no implicó el abandono de los roles femeninos tradicionalmente asignados por el discurso masculino, pero sí la difusión de un imaginario alternativo que reconociera la legitimidad de su participación. Entre algunas actividades de integración femenina que desarrollaron algunas mujeres profesionales e ilustradas, destaca la creación de sus propios espacios de opinión escrita, empresa cultural que, hasta entonces, era dominado por el “sexo fuerte” es decir, los hombres. Fue así que, a partir de la década de 1880 algunas mujeres pasaron de ser lectoras a redactoras, dicho de otra manera, decidieron escribir en espacios públicos escritos y dirigidos para ellas mismas, hecho que ha llevado a Lucrecia Infante Vargas y Lilia Granillo a denominar a este periodo como la época dorada de las letras femeninas en México, es decir, como el momento en el que algunas mujeres escribieron de manera abundante.

La tarea de crear publicaciones por mujeres para mujeres tuvo como su principal finalidad –en un primer momento– ofrecer a al público lector: cuentos, novelas, poemas, ensayos literarios, biografías de mujeres, consejos hogareños, temas educativos y de entretenimiento. A partir de entonces la inclusión femenina en las filas del periodismo demostraba sus capacidades de mujer para escribir, dirigir, asociar y demostrar las mismas aptitudes que las del hombre. Sin embargo, a inicios del siglo XX se editó un impreso cotidiano que se caracterizó por ser escrito y dirigido por mujeres profesionistas y feministas, las cuales hablaron desde su ideal emancipador, para y con ellas, pues tal como menciona la investigadora Vargas, se detectó un giro epistémico importante que es marcado por La Mujer Mexicana. Revista mensual científico literaria. Consagrada a la evolución, progreso y perfeccionamiento de la mujer mexicana.

Portada de la Mujer Mexicana, 1904. Imagen tomada de: https://www.realidad7.com/arte-y-cultura/primera-revista-para-la-mujer-mexicana

En este marco, la agrupación de mujeres conformada por Dolores Correa Zapata, María Sandoval de Zarco, Laura Méndez de Cuenca, Mateana Murguía de Aveleyra, María Enriqueta Camarillo y Pereira, Mercedes Castorena, Severa Aróstegui, Matilde Montoya, Luz Fernández Viuda de Herrera, Columba Rivera, etc., –quienes se caracterizaron por ser profesionistas e ilustradas– emprendió un proyecto editorial que tomó como bandera algunos planteamientos feministas europeos y norteamericanos de la época, ello ante la posibilidad de proporcionarles, tal como considera la colaboradora Manuela Contreras (1904), el desenvolvimiento de esa parte de la humanidad que el derecho del más fuerte había obligado a permanecer estacionaria. De igual manera, conformaron un espacio de relación femenina –a través de la escritura– que buscó modificar algunos cánones establecidos por el denominado “sexo débil”.

El pensamiento feminista en La Mujer Mexicana

Editado mensualmente en la ciudad de México, durante los años de 1904 a 1908, La Mujer Mexicana formó parte de una expresión cultural escrita que buscó cimentar y redefinir el ideal de “ser mujer” en la sociedad mexicana, esto, ante el arraigado pensamiento femenino que la colocaba como sumisa, pasiva, abnegada, carente de razón, etc., caracteres o actitudes ligadas a su calidad de “sexo débil”. Por lo cual la profesora Dolores Correa Zapata, la licenciada María Sandoval de Zarco, la profesora Laura Méndez de Cuenca y la doctora Antonia Lourdes Ursúa –cada una en respectivos momentos– convocaron y lideraron a un grupo de mujeres que se identificaron con las mismas necesidades y problemáticas femeninas del momento.

Desde el primer número, el impreso cotidiano se proclamó partidario del feminismo, ello al presentarlo –en su prospecto– como una “influencia benéfica” que acepta el concurso de la mujer en la obra del progreso humano, por tanto su directora Correa Zapata proclamaba la necesidad de crear “una sociedad que representara el poder feminista”, para lograrlo recurrió a la prensa, la cual –en palabras de su administradora- fungía como “el más poderoso auxiliar [… y] el más enérgico representante de todo poder”, planteamiento que, además, sirvió para congregar a un grupo de mujeres que ya contaban con significativa experiencia en la escritura y la prensa, gracias a su incorporación en proyectos editoriales anteriores como los de Concepción Gimeno de Flaquer o Laureana Wright K.

En cuanto a su concepción del feminismo, La Mujer Mexicana lo presentaba como un conjunto de ideas que buscaba proclamar la importancia educativa de las facultades físicas, intelectuales y morales de las mujeres, con la finalidad de hacerlas aptas para subsistir por sí solas, sin perder sus gracias naturales, al igual que, proporcionarles las herramientas para compartir con el hombre. Un elemento nodal al respecto fue la necesidad de incorporarse a espacios laborales y educativos, donde se contemplará sus capacidades y aprendizajes científicos, todo ello sin buscar competir con las denominadas facultades masculinas. Es así, que el feminismo no representaba –para este grupo– algún peligro para su condición de mujer, más bien lo pensaban como una “consecuencia natural” que les otorgaba múltiples beneficios en su lucha por la existencia.

Por otra parte, estas manifestaciones públicas relacionadas con la emancipación de la mujer, provocaron en la sociedad una división de opiniones en cuanto al papel o función femenina, lo que conllevó a expresar argumentos a favor y en contra. Ante la idea de ser amenazadas sus “sanas costumbres” mexicanas, algunos pensadores se esforzaron por detener el movimiento feminista, y una manera para lograrlo fue ridiculizar el discurso feminista llamándolas “marisabidilla”, término que fue empleado en algunas ocasiones a mujeres que pretendían saber más de lo que se consideraba útil y pertinente. A pesar de los intentos por desacreditar al feminismo en México, algunas colaboradoras de La Mujer Mexicana presentaron textos que trataban de refutar los malos prejuicios en contra del adelanto femenino.

Por lo que se refiere a los escritos que hablaban de la importancia de las mujeres en el camino del progreso, las colaboradoras de La Mujer Mexicana se encargaron de presentar textos que plantearan la necesidad de su enseñanza e ilustración, ya que la idea de permanecer subordinada, designada al espacio familiar, el trabajo doméstico, su función de reproductora y su don artístico –bordar, pintar, tocar el piano, etc. – no les permitía demostrar su papel significativo para la sociedad y la patria. Por tanto, las profesoras Esther Huidobro y Luz Valle y David exponían la necesidad de preparar a sus congéneres en conocimientos que les ayudara en la “vida real”, es decir saberes que puedan ser la columna de apoyo cuando las circunstancias lo requieran.

Mujeres insertándose en la vida laboral. Imagen tomada de: https://www.sinembargo.mx/12-10-2013/779779

Para lograrlo planteaban que en las escuelas primaras se les proporcionara una enseñanza que abarcara varias materias, sin importar su condición de ser mujer, mientras que, a nivel superior se les preparara para su porvenir, pues desde el criterio feminista de Luz Valle, la educación que recibían las mujeres en esa época resultaba simplemente un adorno que las formaba para lucirse públicamente y “cosechar algunos aplausos”. Esta expresión coincide con los planteamientos de Adela López viuda de Herrera –colaboradora de La Mujer Mexicana– quien sustentaba la necesidad de una buena enseñanza técnica para la mujer de clase media, ya que al prepararse intelectualmente les abriría el camino a dignas ocupaciones, además de educar a sus hijos con sabiduría, pero sobre todo les proporcionaría las herramientas necesarias para no caer en ocupaciones impropios de la época.

De igual manera, Manuela Contreras y Concepción Gimeno de Flaquer postulaban en las páginas de La Mujer Mexicana la necesidad de una formación educativa a nivel superior que implicara los mismos conocimientos que le eran enseñados a los varones, ello al sustentar que la mujer no eran inferior al hombre, –tal como lo afirmaban algunas teorías “necias” de la época– esto al considerar que ellas poseían un cerebro enteramente semejante al del hombre, de ahí que, reclamaran las mismas oportunidades en los ámbitos educativos, laborales e incluso públicos, todo ello sin implicar el abandono del hogar, pues no podrían concebir la formación de los futuros ciudadanos si antes no se ilustraba a su primera educadora en el seno familiar: la madre.

Entre algunas de sus consignas feministas consideraron esparcir la idea de crear pueblos sanos a partir de artículos sobre distintos campos del conocimiento científico entre ellos la geografía, geología, fisiología, botánica, medicina y psicología infantil, temas vigentes entre la intelectualidad masculina del país. De igual manera, se manifestaron argumentos en contra de la imposibilidad femenina para estudiar áreas científicas, pues estas no representaban ningún peligro para la mujer, tal como algunos intelectuales de la época lo sustentaban públicamente, ello al reiterar que su instrucción científica causaría enfermedades que las llevarían a tener hijos débiles, argumentos que son presentados por Rosa María Gonzales Jimena en “El principal baluarte de la educación femenina” y Gabriela Cano en “Ansiedades de género en México”.

Es probable que una de las medidas que adoptaron las editoras de La Mujer Mexicana para refutar algunos predicamentos en contra de su falta de capacidades para la ciencia, fue la presentación de biografías de mujeres profesionales que incursionaron en la abogacía, medicina, docencia, etc., ello con la intención de contradecir y demostrar su correcto desempeño en las áreas de formación profesional y científica, labores que no afectaban en su salud y mucho menos en sus labores familiares. De ahí que, las biografías presentadas en el impreso femenino refirieran –en su mayoría– a las mujeres colaboradoras de La Mujer Mexicana, tales como; Columba Rivera, Dolores Correa, Laura Méndez de Cuenca, María Sandoval de Zarco, Trinidad Orcillez, Mateana Murguía y Matilde P. Montoya, esta última, considerada por la directora Dolores Correa Zapata como una de las grandes y notables figuras del país, esto al ser la primera doctora mexicana.

Otro de los ideales feministas que logró concretar La Mujer Mexicana fue la fundación de la Sociedad Protectora de la Mujer, reconocida como una de las primeras organizaciones feministas que buscó –en palabras de Delmy Tania Cruz Hernández– erigir una confraternidad femenina. Tal como se proyectó en el acta inaugural (1904), las integrantes de La Sociedad Protectora, implementaron distintas estrategias para contribuir en la formación de otras mujeres, en el entendido de que –en su condición de mujeres profesionales, poseedoras de los conocimientos y habilidades necesarias– eran las idóneas para formar a otras mujeres, mujeres de clase baja quienes tenían empleos mal pagados. Lo cual se observa reiteradamente en sus escritos: “las feministas quieren preparar a la mujer para que con pasos firmes pueda avanzar sin temor en el progreso humano y ser útiles a la sociedad y así mismas [principalmente en actividades honradas]”

Anuncio de La Sociedad Protectora de La Mujer Mexicana. Imagen tomada de: La Mujer Mexicana, México, 1° de abril de 1904, Tomo 1, núm. 4.

En este sentido, destaca el establecimiento de una escuela, “que también funcionaba como fábrica, para costureras y sombrereras; en ella se preparaba a mujeres desempleadas y se les daba un salario justo”. Hecho que se constata en las páginas de La Mujer Mexicana (a partir del mes de abril de 1904), ello al publicar los cursos que ofrecía la Academia y Taller de Bordados especialmente dedicados a las mujeres interesadas en recibir instrucción. Por otro lado, los objetivos principales del naciente organismo femenino –de acuerdo con el acta inaugural– fueron “el perfeccionamiento físico, intelectual y moral de la mujer, el cultivo de las ciencias, las bellas artes y la industria y además, el auxilio mutuo de los miembros de dicha sociedad”.
Bajo el ideal feminista de preparar a la mujer en el “progreso humano”, es importante destacar que la publicación femenina conformo un binomio: impreso–asociación, a través del cual, se desarrollaron otras maneras de asociar a las mujeres e incluso la implementación de estrategias que atendieran las problemáticas, especialmente las relativas a las demandas civiles y sociales. En definitiva, en las páginas de La Mujer Mexicana, se muestra parte de la historia del movimiento feminista, ello al vislumbrar algunas estrategias, prácticas y pensamientos emancipadores de la primera generación de mujeres profesionales e intelectuales mexicanas, mismas que se valieron de la práctica cultural de la prensa para cimentar, demandar, cuestionar, redefinir su posición en la sociedad y plantear la transformación del “ser mujer” en la sociedad del nuevo siglo XX.

Para saber más

García Benítez, Claudia, Las mujeres en la historia de la prensa. Una mirada a cinco siglos de participación femenina en México, México, DEMAC, 2012.

González Jiménez, Rosa María, “Dolores Correa Zapata: una profesora feminista del siglo XIX” en Perspectivas Docentes, núm. 30, 2005.

Ibarra de Anda, Fortino, Las mexicanas en el periodismo, Imprenta Mundial, México, 1934.

Infante Vargas, Lucrecia, “La escritura personal a la redacción de revistas femeninas. Mujeres y cultura en México durante el siglo XIX” en Redacciones. Estudios de Historia y Sociedad, Vol. XXIX, núm. 113, invierno, 2008.

Saloma Gutiérrez, Ana, “De la mujer ideal a la mujer real. Las contradicciones del estereotipo femenino en el siglo XIX” en Cuicuilco, vol. 7, núm. 18, enero-abril, 2000.