La ciudad de las mujeres
marzo 5, 2020 La Bola

La ciudad de las mujeres: planeación urbana desde el feminismo

Por Erika Alcantar García

Las ciudades modernas en occidente se han desarrollado y diseñado en torno al trabajo masculino, en su mayoría fueron pensadas para la vida de los obreros. Con la revolución cultural de la década de los años sesenta del siglo pasado, las mujeres comenzaron a conquistar su “derecho a la ciudad”. Erika Alcantar García examina cómo ellas se reapropiaron de los espacios públicos para redefinirlos, atendiendo a sus diversas necesidades; así nos cuenta las experiencias de las mujeres de Montreal, Viena y el país Vasco.

Históricamente, las ciudades se han representado como el espacio de perdición de hombres y mujeres. Baste hablar de una serie de ciudades bíblicas: Nínive o Sodoma, que debían ser destruidas por albergar y concentrar el pecado. Posteriormente, en la Baja Edad Media, luego del renacimiento urbano, la ciudad se convirtió en sinónimo de intercambio y libertad. “El aire de las ciudades te hará libre”, se dice que podía leerse a la entrada de las ciudades europeas. De este modo, la idea de la libertad se afianzó al espacio urbano. Después, con la Revolución Industrial, llegó la cúspide del discurso asociado a la libertad de la ciudad, las migraciones masivas a los centros industriales permitieron un anonimato y una libertad social sin precedentes. En palabras del sociólogo alemán George Simmel, quien vivió y escribió sobre la sociedad industrial, podía uno vivir una constante experiencia de extrañamiento con los cuerpos y formas de habitar de individuos desconocidos, con quienes la interacción era efímera.

Si bien el imaginario histórico de la ciudad parece ser el de un progresivo deseo, discurso y experiencia de la libertad del habitar, transitar y de los cuerpos en el espacio público, también debe de visibilizarse su contraparte: la de la lucha por visibilizar y sensibilizar los cuerpos de las mujeres.

En este trabajo me gustaría comenzar a hablar de cómo surge el urbanismo moderno y cómo, en buena medida, se han moldeado las ciudades desde la Revolución industrial en una lógica racionalista y androcéntrica. Posteriormente, se recuperarán algunas voces críticas a esta forma de ciudad y de la planeación moderna realizadas desde el feminismo en el siglo XX y retomadas por el urbanismo con perspectiva de género; después, quisiera enunciar algunos ejemplos de urbanismo feminista y exponer tres casos de modelos de planeación. Finalmente se hará una reflexión sobre las lecciones del feminismo a la ciudad moderna.

El urbanismo y las ciudades androcéntricas

La planeación de las ciudades y el urbanismo no ha sido neutro. El urbanismo, que puede considerarse una disciplina moderna, donde se conjunta una serie de teorías y prácticas de intervención urbana, tiene su origen con la Revolución Industrial (1780-1840). La concentración de las actividades productivas, sobre todo de la pujante industria de la primera mitad del siglo XIX, tuvo efectos en el flujo de mercancías, transportes y personas a los principales centros industriales europeos. Hacia la segunda mitad del siglo XIX se reconoce una primera oleada del campo a la ciudad, en donde campesinos sin tierra iban a ofrecer su mano de obra a los centros fabriles. Charles Dickens en Grandes esperanzas se encargó de representar a distintos personajes de esta sociedad industrial, principalmente en la ciudad de Londres.

Si bien los textos de escritores como Dickens servían para visibilizar y sensibilizar sobre la clase trabajadora, existieron otros escritos de denuncia, como La situación de la clase obrera en Inglaterra de Friedrich Engels, escrito durante la década de 1840, que describió las condiciones en las que habitaban familias en distintas ciudades inglesas. En esta obra se dio cuenta de la difícil vida laboral y supervivencia que llevaban las familias obreras, donde la mayoría de sus miembros trabajaban con considerables diferencias salariales entre los hombres, a quienes solían pagar más, y las mujeres y los niños, quienes recibían salarios inferiores.

También en dicho escrito se describieron las condiciones de habitabilidad de los edificios y algunas de las dinámicas urbanas, que permiten comprender las condiciones insalubres y violentas que caracterizaron la representación de la ciudad industrial occidental europea del siglo XIX y principios del siglo XX.

Peter Hall, en su libro Ciudades del mañana, recoge ejemplos de distintas ciudades alemanas y estadunidenses. El primer capítulo, titulado “La ciudad de la noche espantosa”, se dedica a la ciudad victoriana y en él describe los horrores urbanos que se vivían en los barrios más pobres de las ciudades industriales. En primer lugar, se trata de barrios marginados, sumamente densos con servicios compartidos de mala calidad que se conocieron en Londres como Slums. Después, los edificios se ubicaban en grandes predios y constaban de pequeños cuartos que carecían de ventilación y asoleamiento, lo que empeoraba las condiciones de salud del gran número de habitantes que en ellos residían. A este tipo de vivienda se le conocía como Dumbbells appartments y tennements en Nueva York o logements a alcoves en París.

Como reacción a estos problemas, la burguesía y las autoridades locales impulsaron una serie de leyes, normas y labor social, que dio lugar al urbanismo moderno. Así, nacieron las primeras leyes de vivienda para obreros y los primeros planes de zonificación y ordenamiento urbano desde una perspectiva racionalista: separar las actividades en el territorio.

Hay distintas tradiciones del urbanismo moderno: la inglesa del Town Planning, la estadunidense del Urban Desing, las alemanas del Statbau y la Urbanistik, y la francesa del urbanisme. La evolución de cada una de ellas cuenta historias distintas de la participación del Estado en la planeación urbana, de la presencia de las ciudades en el discurso estatal, de la calidad del diseño, de la concepción del espacio público, etc. Sin embargo, todas tienen algo en común: sus lineamientos fueron establecidos por hombres para la creación o renovación de ciudades capitalistas en donde los grupos vulnerables no tenían lugar.

El diseño de las ciudades modernas en occidente se ha desarrollado en torno al trabajo, principalmente el masculino y de forma particular el obrero. Investigadoras como Jody Pollock o Doreen Massey, han señalado que incluso la crítica del marxismo sobre la sociedad capitalista olvidó incorporar a las mujeres y sus padecimientos en la ciudad. Si bien Marx no se ocupó particularmente de la ciudad, la concebía como el lugar de acumulación y de reproducción del capital. Sería hasta la década de 1960 que los neomarxistas como Henry Lefebvre incorporarían la dimensión espacial al análisis sobre la economía capitalista. Sin embargo, muchos de los análisis de este tipo se concentraban en los espacios de trabajo y dejaban de lado los espacios domésticos y las escuelas, entre otros, por lo que se ignoraban las necesidades de las mujeres, los niños, los adultos mayores y los peligros o dificultades que enfrentaban éstos en las urbes.

Con base en el urbanismo moderno y algunas de sus herramientas como la zonificación y la separación de los usos del suelo, las ciudades se han ordenado mediante la división de las actividades que en ella se desarrollan: industria, habitación, recreación, educación, servicios, áreas abiertas y comercio. Esta división, cuya lógica es racionalista, ha ignorado las dinámicas de la vida cotidiana y muchas veces las distancias y las desigualdades en el territorio, lo que ha sido llamado por David Harvey “desigualdad socio-espacial”, a lo que se debería sumar las dificultades que cada grupo social enfrenta en la urbe.

En la planeación urbana se ha ignorado e invisibilizado el trabajo de las mujeres, por privilegiar, como ya se dijo, la imagen del hombre trabajador. Si bien el trabajo femenino siempre ha existido, no se han considerado los peligros o dificultades a la hora de establecer por ejemplo las zonas comerciales como quedó claro en la planeación del mercado de Les Halles, a cargo del Barón de Haussman, que se construyó como parte de la renovación urbana de París hacía el último tercio del siglo XIX.

En él, se vio que las comerciantes eran de las pocas mujeres que hacían uso del espacio público, lo que se condenó por la sociedad. Junto con ellas se encontraban las actrices —consideradas “indecentes”— y, por supuesto, las prostitutas, quienes en zonas de tolerancia o rojas podían trabajar a todas horas. Los demás puestos concedidos a las mujeres que buscaban hacerse de una economía propia eran en su mayoría de institutrices, maestras, nanas, cocineras, etc. Es decir, trabajos confinados al espacio doméstico que se dedicaban al cuidado de casas o familias ajenas y las propias.

Por su parte, en el espectro de lo que se considera el trabajo no remunerado está aquello que algunas feministas han denominado la “doble jornada”, que se refiere a regresar del trabajo remunerado al espacio familiar y seguir cumpliendo con labores domésticas. Esto era la norma para la mayoría de las mujeres y su fundamentación se encontraba en la división aceptada de los roles de género. Así, el horario nocturno, pero principalmente el espacio público de la ciudad permanecía prohibido para las mujeres.

Luego, en el marco de lo que se conoce como la segunda ola del feminismo, las sufragistas aparecieron en las calles, reclamando sus derechos por medio de un movimiento de masas de orden global, lo que puede considerarse como algunos de los primeros momentos por (re) tomar la ciudad.

Si bien, las mujeres habían sido parte de la fuerza laboral durante la revolución industrial, al ser un sector importante de la industria textil, su adhesión a la lucha obrera no tuvo éxito. Es conocido el trágico momento al que le debemos el día internacional de la mujer: el incendio de la fábrica Triangle en Nueva York, en el que murieron calcinadas 146 mujeres por la negligencia de los dueños que previo al incendio no reconocieron los derechos de las obreras. A pesar de este hecho, siguió sin considerarse las necesidades para el bienestar de las mujeres en los centros de trabajo. Más tarde, durante las guerras mundiales se incorporó una mayor fuerza de trabajo femenina a la industria, sobre todo en los Estados Unidos. Esto puso de manifiesto lo problemático que podía ser para una mujer trabajar en centros industriales por los horarios laborales, las licencias por maternidad, los trayectos a las fábricas, etc. Era un mundo concebido totalmente para los hombres donde el paso de las mujeres por los centros de trabajo se veía como algo temporal.

Las mujeres en las calles tuvieron que esperar hasta la revolución cultural de la década de los años sesenta del siglo pasado, para reconocer el espacio público como una trinchera perpetua para ejercer lo que a finales de la década denominó Henri Lefebvre el “derecho a la ciudad”.

Los primeros cuestionamientos a la planeación urbana desde la perspectiva de género y el feminismo

Junto con la revolución cultural de la década de 1960, sobrevino una crítica al urbanismo y la arquitectura modernas. Intelectuales, sobre todo de corte marxista, advirtieron una crisis en distintas ciudades inglesas, francesas, estadunidenses y latinoamericanas por la acelerada urbanización y la desigualdad de acceso a suelo, vivienda, bienes y servicios por parte de los pobres urbanos. Las voces de estudiantes, homosexuales, mujeres, entre otros, se quedaron en las calles de esas ciudades para denunciar una discriminación y exclusión por parte del sistema político y económico, con lo cual exigían sus derechos.

En el terreno de las disciplinas espaciales emergieron voces críticas sobre los modelos de planeación dominante. Grupos de geógrafas, arquitectas y urbanistas, desde la misma década de 1960 comenzaron a reconocer que ni el espacio ni la ciudad era un espacio neutro, y que era el reflejo del mismo sistema jerárquico y patriarcal en el que las mujeres tenían que luchar para transformarlo. Desde entonces distintos colectivos, mayoritariamente de mujeres, han implementado sus conocimientos sobre el espacio para la intervención del territorio con proyectos de planeación feminista y desde una perspectiva de género. Sobre todo, reconocemos tres miradas de ellos: proyectos para contribuir a la seguridad de las mujeres en las ciudades, para la apropiación del espacio público por las mujeres y para contribuir a la creación de programas de ordenamiento urbano.

Como un antecedente nombraremos a Jane Jacobs, periodista que denunció los procesos de renovación urbana en Nueva York en los años cincuenta del siglo pasado en su libro Vida y muerte de las grandes ciudades. Sostenía muy claras consecuencias como la segregación racial, fragmentación social y pérdida de la escala humana y de barrio. Hoy en día el libro es un clásico del urbanismo del siglo XX y aunque no está escrito desde la perspectiva del feminismo hace una crítica a la planeación racionalista y sus efectos en la vida cotidiana que son un antecedente para el urbanismo con perspectiva de género.

Aquí toca hacer una breve distinción entre lo que se entiende por urbanismo feminista y con perspectiva de género. El primero parte de las bases de que el sistema patriarcal ha diseñado las ciudades y son principalmente las mujeres quienes tienen que reapropiarse de los espacios para redefinirlos, atendiendo las necesidades de los distintos grupos que en él convergen. Por su parte, el urbanismo con perspectiva de género se enmarca en la agenda política del Gender Mainstreaming, cuyo objetivo es disminuir la desigualdad de género a través del involucramiento de todos los actores sociales y de distintas herramientas para el análisis de género.

El caso de Montreal y la seguridad de las mujeres

A comienzos de la década de 1980, la asociación Reagrupement québecois des CALACS (Agrupación quebequense de Centros de Asistencia y lucha contra las agresiones de carácter sexual), marchó junto con otras agrupaciones canadienses y estadunidenses de más de 31 ciudades, bajo la consigna de “De noche en la calle las mujeres sin miedo”. A partir de ese momento, las mujeres quebequenses organizadas establecerían una reunión anual para compartir experiencias sobre cómo experimentaban la ciudad y pensar en soluciones colectivas para mejorar dicha experiencia.

Luego de unos años, hacia el final de la década, grupos de mujeres solicitaron a los concejales de Montreal que las tomaran en cuenta cuando realizaran proyectos de planeación y reordenamiento urbano. De este modo, en el año de 1990 se creó un comité llamado Femmes et Ville (Mujeres y ciudad), cuyo principal objetivo era mejorar la seguridad de las habitantes de Montreal.

El Consejo generó unas guías desde un enfoque autonomista y feminista, con dos propósitos generales: contribuir a que las mujeres se apropiaran de los espacios públicos de la ciudad, e introducir a los agentes ciudadanos, políticos y administrativos a la ciudad desde la experiencia femenina. Entre otros resultados, se encuentra la colaboración que estableció el ayuntamiento con la Sociedad de Transporte de la ciudad. Más adelante se creó el CAFSU (Comité d’action femmes et securité urbaine), cuya escala de acción es regional y buscaba aumentar la sensación de seguridad de las montrealesas. Una de las medidas más reconocidas que realizó entre 1995 y el año 2000 fue la creación de un servicio llamado “entre dos paradas”, el cual consistía en permitir a las mujeres bajar de los autobuses entre paradas y que estuvieran más cerca de su destino. Esta serie de propuestas y transformaciones en las dinámicas del transporte contribuyeron a visibilizar y sensibilizar sobre los peligros a los que están expuestas las mujeres en grandes ciudades, e implementar soluciones con bajo presupuesto y susceptibles de ser replicadas.

Viena y el Gender Mainstreaming

A inicios de la década de 1990 se montó una exposición fotográfica en Viena que se centró en mostrar el uso de la ciudad. La recepción y las reflexiones que suscitó dicho evento propició la creación de una “Oficina de las mujeres” dentro del ayuntamiento. En ella, se elaboró una amplia investigación sobre el uso del transporte público y entre sus hallazgos se encontró que aunque las mujeres eran quienes caminaban durante más tiempo en la ciudad, sus salidas eran reducidas en comparación a las de los hombres. Esto llevó a la conclusión de que era necesario mejorar las banquetas haciéndolas más anchas y dotándolas de mejor iluminación   para contribuir a la percepción de seguridad de las mujeres, quienes podían identificar y esquivar obstáculos o elementos peligrosos en su trayectoria.

Otro elemento urbano importante que estudiaron para mejorar la experiencia urbana de las mujeres fueron las áreas verdes. Los investigadores encontraron que los hombres, principalmente los jóvenes, acudían más frecuentemente a los parques, mientras que las mujeres no lo hacían porque se sentían excluidas en el espacio que privilegiaba los juegos de pelota. De este modo, el gobierno local se propuso rediseñar estos lugares para integrar a las mujeres y sus necesidades recreativas como fue el incrementar las pistas para caminar y correr.

En veinte años de la “Oficina de las mujeres” de Viena se han diseñado más de 60 proyectos urbanos dirigidos a las mujeres y entre sus aportaciones se encuentra la institucionalización de la perspectiva de género y su carácter obligatorio en cualquier programa de renovación urbana. Sin duda es un ejemplo de lo que puede transformar el diseño urbano en ciudades antiguas, para volverlas adecuadas a las necesidades de distintos grupos de población.

 El país Vasco y el mapa de la ciudad prohibida

Los mapas de la ciudad prohibida para las mujeres son una herramienta de la metodología participativa que ha servido para representar la violencia que sufren las mujeres en las urbes. Éstos se han realizado en ciudades canadienses, indias y españolas, siendo tal vez las de la región del país Vasco las más exitosas de todas.

El nombre de esta herramienta parte de la idea de que la ciudad ha estado históricamente prohibida para las mujeres, y busca que a partir del señalamiento de los elementos que la hacen prohibida para las mujeres como la inseguridad, la exclusión, etc., se trabaje por una reapropiación de la ciudad para su disfrute.

Desde 1996 y hasta 2015, las ciudades españolas realizaron por lo menos diez procesos de mapeo participativo para la creación o actualización de mapas de la ciudad prohibida, cuya base es un modelo teórico-metodológico conocido como mapeo participativo, en el cual una comunidad se apropia de su territorio al representar sus peligros, virtudes y deseos. Sobre todo, los mapas de la ciudad prohibida parten de una idea central: la percepción de seguridad es una condición indispensable para garantizar el acceso igualitario a cualquier espacio urbano.

La primera parte de los procesos del mapeo comunitario recupera las marchas exploratorias desarrolladas por las talleristas canadienses del CAFSU, en las que las mujeres identifican “puntos negros”, espacios o trayectos que consideren peligrosos o conflictivos. Cabe mencionar que se busca incluir una diversidad de experiencias al ser las participantes del proyecto mujeres de distintos grupos de edad, procedencia, etc. Sobre todo, el instrumento intenta reconocer que la forma en que están urbanizadas las ciudades afecta la vida de las mujeres que habitan en ella en cuestiones como la visibilidad, las distancias a los centros escolares o de trabajo, la iluminación de las calles, la lectura del territorio y la percepción de seguridad.

Así, en los mapas de la ciudad prohibida vascos se consideran elementos como el control visual del entorno, la capacidad de ser vistas y de ver por ejemplo una salida o un lugar donde pedir ayuda, también el poder escuchar y ser escuchadas en distintos espacios, la limpieza de los lugares y su cuidado, las zonas de un solo uso, así como el sentido de pertenencia a la comunidad.

Esta metodología e instrumento que puede ser incorporado a planes y programas de desarrollo urbano, fue impulsado por el gobierno del país Vasco desde 2012 y buscaba ofrecer subvenciones a aquellas ciudades que realizaran este y otros estudios desde la perspectiva de género.

Los distintos mapas han servido para sensibilizar a otros grupos de la población respecto a la problemática del género, y la necesidad de incorporar esta perspectiva a la hora de planificar espacios en las ciudades. Asimismo, han servido para crear otras herramientas de diagnóstico como encuestas, y una agenda a atender para resolver los problemas de seguridad de los espacios públicos.

El Mapa de la Ciudad Prohibida “El espacio percibido a través de las experiencias cotidianas de las mujeres de Elorrio”, Gobierno Vasco, 2009. disponible en http://www.elorrio.eus/es-ES/Areas/Urbanismo/PGOU/MCPcas.pdf

Por otro lado, los mapas comunitarios pueden ayudar a que sea la misma comunidad la que lleve a cabo el proceso de reconocimiento y abordaje de los problemas de su entorno a través de tecnologías de georreferenciación y el trazado de cartografías colectivas. El objetivo de este tipo de iniciativas es empoderar a las comunidades y proponer soluciones en su territorio.

Reflexiones finales

El urbanismo feminista busca mejorar las condiciones de acceso a las virtudes de las ciudades y permitir a las mujeres vivir libres de violencia. Es necesario mencionar que este urbanismo es incluyente, ya que busca contribuir a mejorar las ciudades para otros grupos que han sido invisibilizados históricamente en el medio urbano y no sólo a las mujeres. Estas experiencias dan cuenta de los beneficios de incorporar la perspectiva de género y el feminismo en las políticas públicas como en lo referente al transporte y al diseño urbano. Si bien queda mucho por hacer, es indispensable no desdeñar las enseñanzas de estos primeros, mientras hay regiones que han dado pasos en este sentido, son muchas más las que necesitan reconocer la prohibición histórica que ha impedido el acceso de las mujeres a la ciudad.

Para saber más

¿Qué es el urbanismo feminista? Por Col·lectiu Punt 6 https://www.youtube.com/watch?v=dI4TOCPMMBA, recuperado el 02 de febrero de 2020.

Rainero, Liliana (coord.), Herramientas para la Promoción de Ciudades seguras desde la perspectiva del género, Córdoba: UNIFEM Oficina para la Región Brasil y Cono Sur del Fondo de Desarrollo de las Naciones Unidas para la Mujer- AECI Agencia Española de Cooperación Internacional, 2006.

Rigat-Plaum, María, “Gender mainstreaming: un enfoque para la igualdad de género” en Nueva sociedad, No 218, noviembre-diciembre de 2008.

Sánchez de Madariaga, Inés , Urbanismo con perspectiva de género, Junta de Andalucía, Instituto Andaluz de la Mujer, 2004.