¿Una sola historia para un país tan diverso?
diciembre 28, 2019 La Bola

¿Una sola historia para un país tan diverso?

Qué historia divulgar y enseñar si pensamos en formar ciudadanos críticos

Por Dení Trejo Barajas y Melissa Lara Flores

La relación entre la historia, su enseñanza y divulgación integran un entorno compartido. A partir de un conjunto de reflexiones volcadas en la práctica docente, el presente artículo escrito por Dení Trejo Barajas y Melissa Lara Flores, propone excavar en algunas capacidades, herramientas y posibilidades formativas que imprime la disciplina histórica, para atajar los retos actuales que enfrenta su enseñanza en México.

El texto que tiene frente a sus ojos es resultado del pensamiento y trabajo de dos profesoras de historia en diversos niveles educativos, que se han formado en el campo de la historia como profesión. Como parte del balance sobre la divulgación de la historia que realiza este número de la revista, nuestra aportación coloca sus ojos precisamente en el campo en el que hemos desarrollado nuestra experiencia, su enseñanza. Consideramos que lo que sucede en las aulas es parte fundamental, aunque definitivamente no la única, respecto de lo que las personas concebimos y entendemos sobre historia de la humanidad.

La relación que establecemos con esos pasados humanos es compleja y convergen muchos factores. Sin embargo, nos enfocaremos en el entorno educativo que, como parte de la historia misma, encuentra sus orígenes en intenciones que se plantearon las instituciones educativas hace bastante tiempo y que es necesario analizar y replantear.

Para comenzar hablaremos un poco sobre el modelo educativo mexicano que presenta limitaciones profundas para afrontar la formación de niños y jóvenes procedentes de diversas regiones, culturas, estratos sociales y géneros.

Desde los tiempos de la Revolución Mexicana, hace un siglo, se pensaron los problemas del acceso a la educación en el país de manera significativa, pensando la nación como un cuerpo político unificado en el cual no cabían las diferencias o estas se minimizaron para el bien del todo. Con estas ideas se impuso a las sociedades del campo lo que se consideraba apropiado debían aprender.

Niños durante clases en un salón, ca. 1965, Sistema Nacional de Fototecas-INAH. Imagen tomada de aquí: https://mexicana.cultura.gob.mx/en/repositorio/detalle?id=_suri:FOTOTECA:TransObject:5bc7d74b7a8a0222ef10a13e&word=ni%C3%B1os%20salon%20clases&r=0&t=19252.

Este planteamiento miró al ciudadano de manera homogénea, y la tarea era enseñarles a los campesinos y a los indígenas a ser occidentales, en la lengua, en el trabajo, en las costumbres. Por consiguiente, en esos proyectos los educadores e instructores iban de la ciudad al campo. La ciudad era la que enseñaba al resto las maneras “adecuadas” para hablar, pensar, creer, trabajar, vestirse, curarse.

Sin embargo esos esfuerzos no fueron suficientes para generar los cambios que se pensaban como fundamentales. Es cierto que después de poco más de cien años de aquel movimiento contamos con un sistema educativo que en términos institucionales se nos presenta como sólido, y su desarrollo como el producto de las demandas sociales de aquella revolución y de los cambios sociales, políticos, económicos e intelectuales generados a lo largo del siglo XX.

También es cierto que la sociedad mexicana ha cambiado mucho en un siglo. La mayor parte de la población vive ahora en ciudades, a costa del abandono de las tareas agrícolas y de las poblaciones rurales desdeñadas por la modernidad urbana. Los problemas que hoy enfrenta la educación en México son insoslayables: bajo nivel, insuficiente cobertura y no responder a los problemas de la sociedad actual, entre ellos, reconocer la diversidad como un derecho.

Desde el Estado se piensa que la solución está en cumplir con sus directivas, aunque difícilmente una municipalidad, un barrio, un grupo de ciudadanos, una escuela, pueden proponer alternativas en el sistema educativo para cambiar las formas como se lleva a cabo el proceso educativo.

La paradoja de este proyecto educativo surgido de una revolución y atravesado por proyectos modernizadores de carácter neoliberal nos ha conducido como nación a la inercia y a la pasividad. A dejar que muchos jóvenes pierdan el rumbo respecto de la sociedad en la que viven y debieran contribuir a transformar. Reflexionar sobre ello puede llevarnos a vislumbrar cómo cambiar el modelo. Para ello tendríamos que asumir mayores compromisos sobre pensar y definir el camino del país y el tipo de ciudadanos que queremos formar y cómo. Una tarea que no debiera ser sólo de las instancias de gobierno sino principalmente de nosotros, los habitantes de este país.

En este sentido, nos preguntamos sobre las posibilidades de la historia para plantearse como uno de los ejes vertebradores de una educación que en efecto atienda la diversidad y las necesidades específicas de niños y jóvenes. No pensamos en una historia lineal ni de grandes hechos y personajes, sino en las herramientas que brinda esta disciplina para acercarse a los contextos y problemas que viven los educandos: que sepan reconocer las memorias que los constituyen; que logren identificar dentro de la gama de experiencias que viven la utilidad del pensamiento histórico; que sean capaces de reconocer y valorar los paisajes y geografías en los que se mueven y sus afectaciones; que aprendan a relacionarse y a tratar los conflictos; que observen el espacio que habitan y lo puedan relacionar con espacios más amplios o diferentes; que encuentren en la historia la posibilidad de trabajar de manera interdisciplinaria, pues la historia siempre tiene que ver con otros conocimientos; que experimenten la lectura y la escritura no como una tarea de repetición de algo ya dicho y hecho, sino como una manera de relacionarse con otros y de expresarse; que aprecien el tiempo en todas sus magnitudes y no sólo como expresión de la rapidez de la vida actual que no nos permite gozar y tomar conciencia de nuestras acciones en el presente y de sus posibles consecuencias.

Sobre experiencias docentes que parten de estos cuestionamientos, hablan los siguientes apartados de nuestro artículo, pues si bien es cierto que mucho se dice sobre la necesidad e importancia de divulgar o enseñar la historia, poco se socializa sobre lo que se hace, cómo se hace y cuáles son los resultados de eso que se hace.

1. ¿Tenemos cosas en común con el siglo XVIII?

Ésta fue la pregunta detonante en la primera clase para conocer a mis estudiantes en un curso sobre Historia de México en el siglo XVIII, en nivel de licenciatura, en la Facultad de Historia. No era mi intención que me hablaran sobre sus conocimientos sobre ese tema que iba a ser el de todo el semestre; en realidad quería empezar a conocer a mis estudiantes, saber de sus inquietudes, cómo se pensaban a sí mismos en el XXI y si eran capaces de establecer nexos de su presente con un pasado lejano. Dudaron, se movieron en sus asientos; algunos dijeron que sí había nexos pero no hallaban qué decir; luego de unos momentos de silencio un joven dijo “no, profesora, no tenemos nada en común porque somos milenials” ¿Y qué caracteriza a los milenials, pregunté? Haber nacido entre el siglo XX y el XXI me dijo; se cruzaron varias voces, otro contestó: no tenemos problemas con ninguna religión; con el sexo sucede lo mismo, somos abiertos; una voz más suscribió: usamos mucho las tecnologías electrónicas y digitales; vivimos en un mundo globalizado, dijo alguien más.

Bien, dije, ustedes piensan que eso los separa del siglo XVIII; pero diría que eso que ustedes han dicho, junto con muchas otras características de nuestro mundo actual, los une en algunas cosas al siglo XVIII. Veamos cada punto de su ahora y tratemos de investigar si se emparenta o no con el siglo XVIII ¿Con qué punto quieren empezar? Quizá tratando de asustarme, una voz por ahí dijo, ¡con el sexo! ¿Qué hay con el sexo, contesté? Pues nosotros no tenemos prejuicios con el sexo y antes eran muy… tenían muchos prejuicios… Cierto, dije, pero si se fijan bien, hoy también hay mucha gente con prejuicios o con creencias muy arraigadas respecto de la sexualidad, mientras otros en efecto están practicando una sexualidad más abierta, más desinhibida. De manera que nuestra época no es pareja, ni siquiera entre los muy jóvenes como ustedes. El siglo XVIII tampoco era parejo. Había gente muy moralista y había otros muy desprejuiciados. ¿Conocen la historia de Casanova?, pregunté ¿Alguien ha leído al marqués de Sade? ¿O a lord Byron? Nadie los conocía o había leído. Hice unos comentarios mínimos sobre ellos y les dije que buscaran información y leyeran un texto de alguno de estos autores, para tener elementos para comentar y hacer un análisis la siguiente clase que nos acercara al tema de la sexualidad en el siglo XVIII. Así iniciaba el curso, en el que en un ejercicio superficial, relacionamos su presente con el pasado (una parte solamente del ejercicio de pensar históricamente, la otra tiene que ver con el futuro y con la idea de conciencia). Ellos eligieron el tema, que por cierto no estaba en el programa del curso elaborado por mí para cumplir con las expectativas de las autoridades de la licenciatura, no con las de los alumnos.

2. El muro

El viernes 20 de enero de 2017 Donald Trump ascendió a la presidencia de Estados Unidos infundiendo una campaña mediática contra los migrantes y la amenaza de construir un muro en la frontera norte de México. Ese día, cuando entré al salón, mis estudiantes de tercero de secundaria a quienes impartía la materia de Historia de México, estaban angustiados y miedosos por el bombardeo de noticias que asechaban la televisión, radio, periódico e internet.

Tenían muchos comentarios, preguntas y hacían juicios sobre el futuro que nos esperaba a los mexicanos, así que pensé en la necesidad de abordar ese miedo a través de la historia en un proyecto que duró el resto del semestre. “El muro” se trabajó de manera colaborativa entre profesores de varias asignaturas como español, formación cívica y ética, inglés, y biología, sumándose profesores de preparatoria para trabajar de manera conjunta.

La historia siempre tiene que ver con otros conocimientos y precisamente este proyecto nos enseñó mucho. Lo primero fue revisar noticias todos los días acerca de este tema para comentarlos en clase, las y los estudiantes se iban turnando para seleccionar una que les llamara la atención. Las noticias fueron muy variadas, aspecto que nos llevó a conocer temas y posicionamientos al respecto y a que, como ellos fueron los que mostraron preocupación por el tema, se sintieran motivados y comprometidos por saber más. Íbamos pegando las notas en una pared ¡hasta que se llenó!

Posteriormente elaboramos comisiones para investigar en la historia del mundo, la existencia de otros muros. A partir de esta búsqueda los estudiantes entendieron que este no era un problema exclusivo de México, sino que eran decenas de casos de sociedades que han sido víctimas de este proceso, desde la muralla china, el muro de las lamentaciones en Israel, la muralla de Troya en Turquía, el muro de Babilonia en Irak, la muralla de Zimbabue en África, Sacsayhaman en Perú, el muro marroquí-saharauis en Marruecos, el muro de Gaza en Cisjordania, el muro de Berlín en Alemania, hasta el muro de Haití que la divide con República Dominicana.

Pero además, sus investigaciones develaron poco a poco la situación de los migrantes, aquellas personas provenientes de Centroamérica que cruzan las fronteras de México atravesando un país lleno de peligros y abusos, generando empatía hacia esta situación y formulando reflexiones sobre el racismo y la discriminación en México.

Para terminar, los jóvenes pintaron el muro que separa la escuela de otro predio con todas las temáticas que surgieron, titulando su trabajo Los migrantes no son criminales, son trabajadores. Comprender históricamente este fenómeno generó cambios de posición en su pensamiento y su miedo se convirtió en indignación y en algunos casos, en ganas de ayudar.

Los migrantes no so criminales, son trabajadores. Fotografía: Melissa Lara Flores, 2017.

3. Curiosidad femenina

Algunos años atrás, trabajando en una secundaria, comencé a sensibilizarme sobre la importancia de incorporar a las mujeres en las clases se historia, así que tratando el tema de la Revolución Mexicana hablamos sobre los diversos papeles que jugaron en este proceso social; les dejé de tarea que investigaran quiénes fueron las soldaderas, enfermeras, periodistas, cocineras y mensajeras en este conflicto bélico. Para mi sorpresa la siguiente clase todas las muchachas llevaron la tarea y participaron activamente, mientras los jóvenes no cumplieron con la investigación, perdieron atención y se fueron desvaneciendo lentamente en sus pupitres, bostezando, recostándose o haciendo garabatos en la libreta.

Poco a poco se empezó a hacer más notable para mí el concepto Historia del hombre, que con mucha frecuencia y naturalidad es usado para hablar del pasado de la humanidad. Este, nos permite ver que la Historia que se enseña y se divulga en las instituciones ha estado volcada hacia personajes masculinos destacados, acontecimientos y decisiones tomadas por varones, hechos protagonizados por ellos sin entramar un discurso que incluya la diversidad social que interactúa en la realidad. Por ejemplo, a mediados del ciclo escolar pasado, con otro grupo de secundaria abordamos en clase el tema del Muralismo Mexicano a partir de los frescos que se encuentran en el Palacio de Gobierno de Morelia, hechos por Alfredo Zalce. La idea en un primer momento era indagar si los estudiantes reconocían los hechos históricos y los personajes ahí pintados. La lectura que hicieron de las imágenes fue descriptiva, reconociendo vagamente personajes importantes de la historia: Hidalgo, Morelos, Madero, Carranza y Juárez, principalmente.

Esta anécdota me hizo ver en un segundo momento que un ejercicio tan simple e incluso “inocente” como el análisis de imágenes dentro del salón de clases, hace visible la ausencia de mujeres y otros géneros en la historia y que la mayoría de las veces pasa inadvertido. Se habla de hombres y estos mensajes permanecen más o menos visibles, casi imperceptibles, tejiendo nuestras visiones sesgadas. Digo más o menos pues en este caso ningún estudiante advirtió la poca presencia femenina en los murales (aparecen unas cuantas en escenas de carácter político, como madres clamando justicia y/o mezcladas en la muchedumbre; en escenas de campo son representadas con mayor frecuencia).

A partir de esta experiencia me plantee la necesidad de la incorporación de las mujeres en la historia. No sólo es una inquietud mía, resulta que cada vez que lo hago, las adolescentes del salón despiertan, participan, externan sus experiencias y opiniones. Por ejemplo, el curso escolar pasado, cuando en preparatoria se revisó la Primera Guerra Mundial en relación con el arte, concretamente el Expresionismo alemán, hablé, entre otras cosas, de las consecuencias traumáticas que vivió la sociedad como los millones de mutilados, resultado de los avances tecnológicos del armamento utilizado por primera vez en la historia de la guerra. Mencioné la participación femenina, pues por primera vez se visibilizó su trabajo como obreras, campesinas, enfermeras; narré brevemente la historia de Anna Coleman Ladd, escultora que se dedicó a reconstruir rostros de militares mutilados en Francia elaborando máscaras cosméticas. Hablé de las mujeres como víctimas siendo sus cuerpos motín de guerra, desprendidas de sus hijos y esposos, en fin, problemáticas de las mujeres que permanecen invisibilizadas en la historia. Ahora que escribo esto, pienso que es necesario incorporar a este gran tejido histórico y social a personajes femeninos, masculinos, niños, ancianos, homosexuales y quienes no caben en una sola categoría. Varios, revueltos, sin que se note la separación, para que de esta manera, la historia contribuya a percibir la realidad de forma diversa e incluyente.

 

Retrato inspirado en Frida Kahlo, ejercicio realizado por un estudiante de segundo de secundaria. Fotografía: Melissa Lara Flores, 2018.

Reflexiones finales

Destacamos de las experiencias expuestas aquí:

♦ Que los ejercicios partieron de inquietudes presentes expuestas por los estudiantes.

♦ Que las profesoras desarrollaron sensibilidad y habilidad para encausar las inquietudes de los estudiantes para producir una investigación y/o conocimiento producto del diálogo.

♦ Que la historia es concebida como un conocimiento, amplio, complejo, multidimensional y multitemporal, que permite conocer el mundo a través de cualquier experiencia, y la de los alumnos es fundamental, si se logra con ellos contextualizarla, situarla, investigarla, reflexionarla y dialogarla.

♦ Que los conocimientos históricos producidos en el aula siempre van acompañados de otras áreas de conocimiento, en estos casos fueron: desarrollo de la capacidad de expresarse, arte y literatura, pero en otros ejercicios, que por falta de espacio no alcanzamos a incorporar, hemos trabajado con matemáticas, geografía y ciencias naturales. Y podrían ir acompañados de muchas más disciplinas según lo requiera el problema a tratar.

Para saber más

Braunstein, Nestor. La memoria del uno y la memoria del otro. Inconsciente e historia, España, Siglo XXI Editores, 2012.

Fontana, Joseph. “¿Qué historia enseñar?”, en Clío & Asociados / número 7 Dossier La enseñanza de la historia ayer y hoy, España, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, 2003.

Greaves L. C. (2008). “Crecimiento y modernización”, en Del radicalismo a la unidad nacional. Un Visión de la educación en el México contemporáneo, 1940-1964, México, El Colegio de México, pp. 91-125.

Halbawchs, Maurice, “Espacio y memoria colectiva”, en Espacios sobre las Culturas Contemporáneas, Vol. III, núm. 9, Colima, México, 1990.

Kay Vaughan, M. (2001). “La política cultural revolucionaria. La Secretaría de Educación Pública”, en La política cultural en la Revolución. Maestros, campesinos y escuelas en México, 1930-1940., México, FCE.

Lowenthal, David. El pasado es un país extraño, Madrid, Akal, 1998.

Todorov, Tzvetan. Los abusos de la memoria, Barcelona, Paidós, 2000.