Historia, 4T y mucha política
diciembre 27, 2019 La Bola

Historia, 4T y mucha política

Por Karla Espinoza Motte

Desde antes del triunfo de la llamada 4T en las elecciones del 2018, en el discurso político del ahora presidente Andrés Manuel López Obrador ha sido recurrente la alusión a personajes y hechos históricos, ante los cuales ha justificado y posicionado sus decisiones y proyecto político. Esto, ha provocado que la historia se coloque en el centro de discusión y que especialistas, medios de comunicación y el público en general hablen y reflexionen sobre el pasado y el papel de la historia en la sociedad. En este artículo, Karla Espinoza Motte, desde su posición como historiadora, nos comparte su opinión acerca de cómo este ejercicio ha dotado a la historia de un nuevo valor y presencia no sólo en la retórica, sino también en las prácticas políticas y sociales.

La politización del discurso histórico no es nada nuevo. Sin embargo, desde el inicio del gobierno de la llamada 4T uno de los centros del debate político se halla en lo que se dice sobre la Historia, lo cual resulta interesante para la comunidad de profesionales en esta área, pero también para la ciudadanía en general.

El dilema sobre si la forma en la que el presidente refiere al pasado es positiva o negativa, ya sea para la ciencia misma o para la población en general, resultará siempre subjetivo y dependerá de quien lo refiera y, como ya hemos visto, sobre todo de sus filiaciones o fobias políticas. No será por lo tanto materia de este breve artículo abordar este asunto, sino intentar explorar cómo han transcurrido recientemente los discursos políticos de la Historia y lo que implican para la propia disputa política. Asimismo, pensar en el papel de las y los historiadores en la conformación, validación o discusión de todos esos discursos.

Para comenzar, resulta interesante referir a la forma en que historiadores e historiadoras solemos leer los relatos históricos y partir de ello para explorar qué podríamos decir acerca del discurso sobre la Historia en la llamada 4T.

El logotipo del gobierno federal hace clara alusión a la historia y resalta los personajes históricos que el Estado considera como más importantes. Imagen tomada de aquí: https://www.puebla321.com/2018/12/01/gobierno-de-amlo-habilita-cuenta-oficial-en-twitter/

Interpretar el pasado con ojos del presente

Entre otras, una de las materias obligatorias más importantes en los planes de estudio de Historia en las universidades, se llama Historiografía (que significa básicamente “historia escrita”). Esta asignatura ocupa varios semestres y se estudia por periodos, tanto en su vertiente universal como de México y es muy importante para aprender a leer las obras de Historia que se han escrito en el tiempo, porque analiza los contextos en los que se emiten los discursos sobre el pasado. Así, quienes nos formamos profesionalmente en esta área, solemos primero conocer en qué año y lugar se escribió, filmó, relató o difundió una obra histórica; y ya más adelante, buscamos conocer quién la formuló para así poder comprender sus motivaciones e intenciones.

Como podrán imaginar, este ejercicio no es sencillo, pues no basta con conocer datos superficiales o echar el wikipediazo sobre autoras y datos concretos, sino que implica conocer procesos complejos que llevan a alguien a investigar y/o relatar hechos de su pasado. Y bueno, todo esto viene a cuento porque cuando elegimos un tema, o analizamos un discurso histórico, siempre nos ocupamos de contextos y procesos. Como parte de ese ejercicio, buscamos entender por qué tal o cual persona dijo lo que dijo sobre el pasado, y a veces todas estas pesquisas se pueden convertir en una alucinante búsqueda que omite que nosotras mismas nos colocamos en nuestro tiempo, y que todo lo que nos inspira o motiva, está inmerso en inquietudes propias.

Por ejemplo, cuando inicié la carrera de Historia, en una materia teníamos que estudiar a un fraile dominico llamado Diego de Landa que evangelizó el área de Yucatán a inicios del siglo XVI y, sin entender muy bien por qué, después de leerlo elegí enfocarme en lo que este fraile decía sobre las mujeres. En su momento no estaba muy consciente de por qué me llamaron la atención esos relatos, pero al paso del tiempo entendí que en ellos reflejaba mi propia identidad. Y así, ha habido historiadoras que eligen estudiar a las obreras, otras a las campesinas, otras a las literatas, otras a los políticos del siglo diecinueve, etc.

Sobre este proceso vamos aprendiendo mucho paulatinamente y en la práctica, y de esta forma nos acostumbramos a leer cada obra del pasado anclada en su tiempo. Pero aquí me atrevo a hacer una aseveración que puede resultar aventurada, aunque a veces sorprende cuánto se reitera. Lo hacemos muy poco con nosotras mismas e inclusive existen todavía debates sobre la imparcialidad que requiere la lectura e interpretación de toda obra histórica. Si bien las y los historiadores aprendimos a indagar hasta el mínimo detalle de las obras que estudiamos, pareciera que ese ejercicio denota profesionalismo y hasta neutralidad, pero en realidad el propio oficio de relatar el pasado implica de fondo lo que creemos sobre la humanidad, habla sobre el mundo que quisiéramos vivir y, sobre todo, dice cosas de nuestro presente. No nos podemos desprender de nuestro tiempo y de ahí que todo relato histórico, es político.

Ahora bien, pensando en que la lectura de un relato histórico del pasado (digamos, la Historia escrita por los liberales de los tiempos de la reforma) es compleja puesto que sus autores impregnan de sus intencionalidades políticas al hecho narrado, no es difícil imaginar que interpretar los relatos históricos del propio presente es también muy complicado. Así, la vorágine de información sobre la Historia que se coloca en el debate público actual, además de inédita, es para las y los historiadores muy interesante pero al mismo tiempo, complicada.

Si bien la labor histórica en los espacios universitarios e instituciones de investigación tiene fines que van más allá de la interpretación que marcan los sexenios, de forma paralela observamos que los discursos históricos ocupan un lugar preponderante en la retórica política. ¿Tiene nuestro gremio elementos qué aportar? La respuesta obvia es que sí, puesto que la información y variedad de temas que se investigan pueden iluminar positivamente a la ciudadanía para leer asertivamente lo que se dice sobre la Historia.

Sin embargo, más allá de señalar errores e inconsistencias de lo que se dice sobre la Historia (que cualquier wikipediazo podría revelar) las y los historiadores profesionales estamos poco avezados y escasamente formados para hacer divulgación y hablarle a un público amplio. Nos hemos formado en espacios en los que implícita y explícitamente la divulgación se considera poco relevante frente a la investigación y hay pocos ejemplos de historiadoras e historiadores profesionales que tienen un impacto importante en un público amplio. De éstos, son todavía menos quienes se aventuran con claridad a incorporar sus interpretaciones históricas en la disputa política y a opinar sobre el presente, a pesar de que toda ciencia social tiene mucho qué aportar en este ámbito.

Como hemos visto, uno de los elementos más interesantes que, al menos a mi gremio, le ha resultado más fascinante (y hasta entretenido), es que a nuestro presidente le da por hablar de Historia a la menor provocación. Es un gobernante que, a diferencia de sus antecesores más recientes, ha expresado en diversas ocasiones su afición por el conocimiento del pasado, y disfruta referir a ciertos personajes para justificar sus decisiones políticas, para tejer similitudes en contextos y momentos que se van presentando coyunturalmente.

Así, observamos que lo que se ha dicho sobre el “presidente historiador” (parafraseando al conocido artículo de Enrique Krauze) usualmente está inmerso en la aversión o identificación con su proyecto y acciones. En este sentido, lo que se despliega ante historiadores, historiadoras y ciudadanía, es que los referentes hacia el pasado son muy importantes para la disputa política. Si esto no es algo nuevo, en la 4T lo observamos con una claridad incluso pedagógica, que ejemplifica la forma en que nuestra disciplina aporta, construye, consolida y/o cuestiona ideologías y acciones con repercusiones políticas.

Por el uso reiterativo del conocimiento histórico, el gobierno de la 4T naturalmente ha evocado muchas reflexiones en la materia, y seguramente eso va a continuar los cinco años que restan del sexenio. Por lo pronto, podemos observar algunos elementos interesantes sobre la Historia que también son inéditos, al menos para mi generación, formada en gobiernos para los que el pasado mexicano no era un referente relevante e, incluso, llegó a causar tal incomodidad al punto que, en el gobierno de Vicente Fox, por ejemplo, las asignaturas de Historia fueron recortadas y se eliminó la materia para el primer año de secundaria en los planes de estudio.

Desde el inicio de su gobierno, Andrés Manuel López Obrador realiza cada día a las 7:00 hrs. de la mañana una conferencia de prensa con cerca de 50 periodistas, para tratar diversos temas de su gobierno. Foto: Isaac Esquivel, Crónica, 28 de junio de 2019, tomada de aquí: https://www.cronica.com.mx/notas-el_lunes_no_habra_mananera_de_amlo_por_bailongo_del_zocalo-1123650-2019.

¿Institucionalización del relato histórico?

A diferencia de lo que conocíamos, ahora la Historia es un relato omnipresente de la retórica política y el foco sobre ella se concentra cotidianamente (como sucede con muchos y variados temas de la agenda) en las declaraciones mañaneras del presidente. Pero lo que a simple vista pareciera indicar una predilección personal se ha desplegado también hacia acciones que dotan al fenómeno de una vertiente institucional. La primera fue la inclusión de la Historia (junto con la Geografía) en el proyecto de nación de Morena que se presentó en la precampaña, el cual indicaba que ambas asignaturas eran importantes para “aprender de nuestra experiencia como colectividades, reconocer nuestras necesidades y formular propuestas de presente y futuro”.

Ya en el gobierno y de acuerdo con esta perspectiva, la llamada contrarreforma educativa publicada el 15 de mayo de 2019, incluyó a las humanidades y a la Historia (ente varias otras) como parte de los contenidos de la educación dispuestos en el artículo 3° constitucional; mientras que en las leyes secundarias del 30 de septiembre de este mismo año se incluyó su conocimiento como uno de los fines de la educación.

La inclusión de la Historia en la norma constitucional reiteró una intención de fortalecer su estudio, lo cual opera a contracorriente con los intentos que habíamos visto para debilitarla de los espacios educativos. Sin embargo, sobre este punto se han expuesto también inquietudes acerca de la construcción de una nueva versión oficial del pasado, basada en mitos, héroes, villanos, proezas y muchos hombres capaces de morir por su patria.

Esta versión sobre el pasado mexicano fue recurrente en el nivel básico durante el siglo XX, y en el presente ha suscitado una serie de críticas intensas que muchas veces tampoco sitúan a la visión del pasado como un proceso complejo que tiene muchas aristas, vertientes e interpretaciones. La “Historia de la SEP”, hay quienes le denominan con desdén a la llamada historia patria, lo cual suele ser materia de muchos best sellers que buscan desmentirla. Un negociazo.

Si bien la materia de Historia se ha emparentado con la de civismo para intensificar la identidad nacional y el patriotismo a través de relatos heroicos, habría que aceptar que la simplificación del pasado no deviene sólo de la educación impartida oficialmente, pues los discursos maniqueos de buenos contra malos están presentes en gran cantidad de narrativas (basta echar un vistazo a las tramas de las películas más taquilleras) y es tarea difícil cambiar ese modelo de pensamiento tan presente en todo.

Ahora bien, la imposición de una nueva historia oficial suena complicada en un mundo de múltiples voces en donde cada vez más, tenemos medios de información no unidireccionales, a diferencia de la forma en la que se enseñaban y comunicaban cosas masivamente durante la segunda mitad del siglo XX. Pero, abordando este tema, ¿podríamos aventurarnos a predecir cómo sería el relato oficial en caso de imponerse acartonadamente una nueva versión de partido?

Hasta el momento lo que hemos observado es que hay una intención de colocar el foco en tres grandes procesos (Independencia, Reforma y Revolución), del cual el gobierno actual, el de la cuarta transformación, se coloca como sucesor. En esta parte el énfasis en las grandes transformaciones no es tan distinto de lo que habíamos conocido hasta ahora. Los procesos de Independencia, Reforma y Revolución ya los teníamos como hitos relevantes de la historia patria. ¿Algo cambia? Al parecer, sí: el énfasis en el protagonismo de las masas en cada uno de estos procesos.

Andrés Manuel López Obrador en su retórica ha identificado su figura y proyecto político como sucesor de las grandes transformaciones del país: la Independencia, la Reforma y la Revolución. Por ello, en sus ceremonias oficiales se enmarcan los retratos de Benito Juárez, Lázaro Cárdenas y Francisco I. Madero. Foto tomada de aquí: https://www.tabascohoy.com/nota/451200/amlo-juarez-madero-y-cardenas-hellip.

Aunque los personajes y sus legados individuales (los héroes) siguen ocupando un lugar preponderante, tal como hemos visto gráficamente en el logotipo del gobierno mexicano, la celebración reciente de la revolución (que por cierto en los últimos años se había desdibujado) buscó poner énfasis en los hombres y mujeres de a pie que también participaron y, a diferencia del discurso oficial priista, la institucionalización no se evoca más como un logro. Pero más allá de ello, ciertamente para que una nueva versión del pasado se logre fincar en la memoria colectiva, tendría primero que elaborarse toda una perspectiva distinta y si bien hemos visto matices, la llamada historia patria mantiene los mismos patrones que son útiles para el fortalecimiento de la identidad nacional, lo cual no es nada nuevo.

Una completa y nueva versión sobre el pasado implicaría una empresa enorme de investigación, difusión y colaboración de nuestro gremio con el gobierno, que se coloque fuera de los límites interpretativos dispuestos por el liberalismo y el esquema de la construcción de estados nacionales, cosa que por lo pronto se encuentra muy lejana de hacerse realidad.

La disciplina histórica profesional afortunadamente es fuerte en nuestro país y discurre en una variedad muy amplia de temas. Sus aportes, además, se han incorporado paulatinamente en la educación a todos niveles y constantemente elabora nuevas hipótesis, en continuo cambio. La crítica o el temor a una “nueva historia oficial” pareciera estar fincada en una aseveración un tanto ambigua, y lo que tenemos por ejemplo de nuevas interpretaciones que buscan “desmentir” a la historia patria, suelen ser una serie de curiosidades que muchas veces tienen muy poco sustento, y usualmente pretenden poner a los malvados ahora como héroes o a los héroes como malvados.

Ahora bien, como parte de la misma tendencia hacia la atención institucional de la Historia, hemos visto otras acciones, como la creación del Consejo Nacional de Memoria Histórica y Cultural, que fue presentado en noviembre de 2018 por la Dra. Beatriz Gutiérrez Müller, quien planteó entre sus objetivos uno muy interesante que, de consolidarse, sería una herramienta muy útil para la investigación: la preservación, digitalización y concentración de todos los acervos históricos del país en un sitio web.

Para investigar el pasado y nuestra memoria histórica, los archivos son fundamentales. Esta iniciativa resulta muy relevante, puesto que manifiesta la voluntad política para atender y poner esfuerzos y recursos en los espacios que son materia prima de la Historia. También entró en vigor de la nueva Ley General de Archivos en junio de este año, que fue aprobada por la legislatura anterior y se elaboró con la colaboración de especialistas. Ésta, busca homologar los procesos de conservación, catalogación y consulta de archivos a todos niveles.

El tema en disputa durante la discusión de esta ley, que continúa en algunos espacios y al que hay que poner especial atención, es el de la protección de datos personales en documentos históricos, pues, aunque la comunidad de especialistas en historia y archivonomía insistió y logró que los datos personales de documentos en archivos históricos no se “testara” ni clasificara como información sensible, hay colegas que se han encontrado con documentos cuya información sigue estando oculta.

*

Como observamos, a un año del inicio del nuevo gobierno, pareciera que nos encontramos ante un escenario proclive a la colocación de la Historia en el foco de la discusión pública. Quienes nos formamos profesionalmente en esta materia hablamos y discutimos mucho entre nosotros sobre el ímpetu del gobierno actual hacia la Historia. Este tema nos resulta fascinante y coloca puntos en nuestro favor para divulgar el conocimiento histórico con la seriedad, en contraposición con la plétora de desmitificadores que venden exitosamente relatos sin sustento.

Insertarnos en los debates públicos que construyen ciudadanía a partir de la Historia podrían ser aportes de nuestra disciplina. Por ejemplo, aprovechando el interés en nuestros saberes, podemos ir más allá de la disertación sobre la austeridad de Juárez para aportar con investigaciones recientes de su gestión. Sobrepasar la pregunta de qué diría Cárdenas sobre el huachicol para insertar debates sobre su política económica o incluso demostrar que la tradición histórica diplomática es congruente con el asilo a Evo Morales; o discutir si el patrimonio histórico es más relevante que la libre manifestación del feminismo y abordar las reivindicaciones del zapatismo con el pretexto de una pintura que lo retrata homosexual.

A diferencia de la perspectiva neoliberal que miraba en la Historia a un conocimiento incómodo, ahora vemos cómo se despliega un discurso en que está latente, quizá no de forma totalmente congruente u homogénea y muchas veces con contradicciones o inconsistencias. Sin embargo, lo que se dice sobre el pasado habla de nuestro presente y nuestras convicciones políticas, y en ese ejercicio de discusión colectiva cabemos todas y todos, incluyendo a historiadores e historiadoras, pues somos parte de la ciudadanía que encuentra en la retórica política un aliciente para disertar sobre el pasado, que es patrimonio de todas y todos por igual.

Para saber más

Cosío Villegas, Daniel, Historia moderna de México, México, 7 vols., Hermes, 1955-1965.

Krauze, Enrique, “El presidente historiador” en Letras libres, México, núm. 241, enero 2019. Disponible en: https://www.letraslibres.com/mexico/revista/el-presidente-historiador

López Obrador, Andrés Manuel, Neoporfirismo: Hoy como ayer, México, Grijalbo, 2014.