Difundir la divulgación
diciembre 31, 2019 La Bola

Difundir la divulgación

Por Carlos Betancourt Cid

Uno de los grandes compromisos que tienen los historiadores es comunicar a la sociedad el conocimiento de sus investigaciones. Carlos Betancourt Cid nos invita a reflexionar sobre dos conceptos que a menudo parecen ser confundidos; difundir y divulgar, que aunque entrelazados por el fin común de llevar al mayor número de personas los resultados de las pesquisas emprendidas, son tareas que conllevan distintas capacidades y que deben concebirse como procedimientos con características propias. Tener clara esta distinción, puede ser el comienzo para transmitir la historia a un público amplio bajo la premisa del historiador: comprender los acontecimientos pasados desde su vasta complejidad, libres de héroes y villanos, y con el único fin de explicarnos el presente que vivimos.

La premisa fundamental del trabajo del historiador no es saber a pie juntillas las particularidades de los hechos pretéritos, sino aspirar a comprenderlos desde su vasta complejidad. Bajo este paradigma, compartido con todos los que se dedican a la investigación científica, se genera sin duda una elevada responsabilidad. Por lo tanto, acometerla engendra variados compromisos, entre los que destaca de forma principalísima hacer del conocimiento de la sociedad los resultados de las investigaciones, casi todas pagadas con presupuestos públicos. Empero, la especialización y una suerte de desprecio por el lenguaje de divulgación científica, ocasionan que descubrimientos de valía queden sepultados en trabajos editoriales que no se difunden de manera adecuada, pasando sus días y noches en bodegas institucionales, en lugar de alojarse en las manos de ávidos e interesados lectores.

Como el amable lector puede observar, por las cursivas utilizadas, la idea inicial antes vertida establece una diferencia en el uso de los términos que conciernen al título de esta breve lluvia de ideas sobre dos conceptos que abarcan su privativa dificultad interpretativa: difundir y divulgar. Lo más simple sería señalar que ambos conceptos encierran una misma categoría y que su uso puede aplicarse indistintamente como sinónimos incuestionables, posición que nos parece incorrecta. Por ello, pasemos a discurrir sobre el tema.

Desde los propios orígenes etimológicos, develados en la magna obra lexicográfica Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico, publicada entre 1980 y 1991 por Joan Corominas y José Antonio Pascual, se establecen mucho mejor las diferencias. En cuanto a difundir, encontramos la indicación por índice al verbo FUNDIR, tomado del latín fŭndĕre, cuyo significado es: ̓derramar ̓, ̓desparramar ̓, ̓derretir, fundir ̓, con fecha documentada en el año 1250. La entrada que se refiere en específico a Difundir, con información ofrecida por el gramático colombiano Rufino José Cuervo, remite a las obras teológicas del fraile Luis de Granada y al trabajo del poeta lírico Fernando de Herrera, cuyos estudios se remontan al siglo XVI, siendo tomada de diffŭndĕre, lo que derivaba en difundidor. Para 1525, se localiza en los estudios del helenista Alvar Gómez de Castro, con la connotación de difuso, para concluir la entrada con las referencias hacia: difusión; difusivo; difusor.

Sobre divulgar, la remisión del índice nos conduce al término vulgo, cuya referencia primigenia es derivada del latín y estaba contenida en vŭlgus, aludiendo a: ̓ la muchedumbre, el vulgo ̓, con primera documentación para la lengua hispánica en el relato medieval castellano Gran Conquista de Ultramar, que data de finales del siglo XIII. Su uso adherido al idioma castellano se expone en la frase: “el maslo de medio de las yervas o ortalizas, quel vulgo dize tirso o cogollo”, indicación que nos interesa en tanto a que se refiere al uso del lenguaje que es comprendido por los más comunes miembros de aquellas comunidades, a pesar de que Antonio de Nebrija, el primero en componer una gramática para el español como lengua extendida entre el pueblo, no lo acepta como sustantivo, sino sólo a través del adjetivo vulgar. Por lo que trata a Divulgar, como derivación del término principal que nos ocupa, se remonta a las postrimerías del siglo XIII y principios del XIV, en la obra Castigos del rey don Sancho, donde aparece derivada de divŭlgãre, con referencia de Nebrija al término divulgación, finalizando con divulgador.

Ahora, con el afán de hacer una proyección histórica, hagamos uso del Diccionario de Autoridades (1726-1739), considerada como la obra académica inaugural en cuestión lexicográfica, cuya metodología revolucionó el ámbito de la composición diccionarística, pues no solamente proporcionaba las definiciones, sino que además las documentaba con citas de autores españoles e hispanoamericanos que autorizaban la inclusión del vocablo. Veamos qué decían por entonces sobre los conceptos en discusión.

En el lugar que le corresponde, DIFUNDIR, contiene el siguiente significado: “Extender, dilatar, ó comunicar é introducir alguna cofa por todas las partes de la otra. Viene del latino Diffundere, que significa efto mifmo”. Sin embargo, en su parte complementaria, aduce correlación con nuestro otro concepto, entrelazando acepciones: “Difundir. Vale también divulgar, publicar o hacer notoria alguna cofa. Lat. Pervulgare”; pero, delimitando las acciones a que se refiere: “… Dió raros exemplos, efparcidos conftantemente por todos los años, u por muchos fuceffos de fu vida: y defpues fe ha difundido con gloriofa emulación en la grandeza Efpañola”.

En cuanto a DIVULGAR, tenemos: “Publicar, extender, efparcir alguna cofa, diciendola á muchas perfonas y en muchas partes”. Definición que se complementa antes, por el acomodo del término, DIVULGADOR, RA, a quien se refieren como: “La perfona que divulga y publica a todos, quanto sabe”.

Finalmente, observemos las diferencias que se hacen en el Diccionario del español de México, publicado por El Colegio de México en dos volúmenes en el año 2010. En su primera definición: “difundir… Hacer que algo llegue a muchas personas, principalmente a su conocimiento: difundir una lengua, difundir la cultura, «La radio difundió, el texto del discurso»”. Ahora, en cuanto a: “divulgar… Hacer público un conocimiento, noticia, secreto, etc, o poner alguna cosa, particularmente de este tipo, al alcance de todos: «Lo mejor sería no divulgar esos informes», divulgar la obra de un artista, divulgar una ciencia, divulgar el deporte”.

Las primeras emisiones de radio en México tuvieron lugar en 1921, pronto este medio de comunicación se convirtió en exitoso difusor de contenido en todo el país. Casasola, Locutora durante una transmisión de radio, ca. 1945, Sistema Nacional de Fototecas-INAH. Imagen tomada de aquí: https://mexicana.cultura.gob.mx/es/repositorio/detalle?id=_suri:FOTOTECA:TransObject:5bc7d5507a8a0222ef0ab4d6&word=locutores%20radio&r=5&t=1514

Y aunque aparentemente las diferencias son sutiles, el propio director de este proyecto lexicográfico, impulsado por más de cinco décadas desde el Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios del Colmex, el Dr. Luis Fernando Lara, crítico acérrimo de la producción con tendencias dominantes de la Real Academia Española, me transmitió su postura, por medio de una plática casual, con el argumento que gloso a continuación: “Tomemos, por ejemplo, una antena de radio. A través de ella se transmite, por medio de ondas, la señal producida por la tecnología adecuada, que se difunde por el espacio y llega a los aparatos que la sintonizan; por otro lado, los contenidos, las palabras, el mensaje, la opinión de los locutores, se extiende por el mismo medio, pero se divulga entre los radioescuchas, que no sólo son receptores de la magia tecnológica, sino que son receptivos de lo que se opina o comenta y que forma parte de su interés personal”. Creo que no puede quedar más claro.

Lo que cabe destacar es que desde el medio de profesionalización de la historia, ambos términos parecen ser confundidos en todos los ámbitos, lo que ha llevado a una situación que los engloba en una misma acción, cuando en realidad son tareas que conllevan distintas capacidades y que, para su correcta implementación, deben concebirse como procedimientos que alojan sus características propias, aunque se hallan entrelazados por un fin común: llevar al mayor número de personas los resultados de las pesquisas emprendidas. A los profesionales de la disciplina del pasado nos toca hacerlo evitando formas acartonadas, que deben sustituirse con un lenguaje que atrape, que sirva para sensibilizar a los interesados, para que responda al cuestionamiento con el que comenzamos nuestras lides en esta materia: Historia, ¿para qué?

Lo cierto es que una revisión somera de los dos últimos planes de estudio de la carrera de Historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la Máxima Casa de Estudios, nos revela que no se ha contemplado un marco referencial extenso sobre estos conceptos, cuya definición me parece fundamental para dar salida al conocimiento producido desde las aulas de mi Alma Mater. Puesto que aquí no es el lugar para analizar los pormenores de las propuestas programáticas antedichas, pero sí el adecuado para detonar el debate, solamente deseo destacar que bajo el diseño curricular que me tocó cursar hacer algunos años, el énfasis se ponía en “la investigación y la docencia”; ahora, el cambio radica en la inclusión del término “difusión”, aunque en algunas materias de índole optativo se hace un acercamiento a la “divulgación”. Tras captar las divergencias que sobresalen del análisis arriba expuesto, me parece que debería modificarse el Plan de Estudios y colocar definitivamente el concepto “divulgación” para que pueda ser considerado como un proceso ineludible en la formación de los historiadores futuros y en una posibilidad real de desarrollo profesional.

No es nuestra intención descalificar la labor de difusión que, bajo las descripciones léxicas arriba enunciadas, se debe circunscribir en publicitar, en “derramar”, de forma atractiva, con metodologías que se acercan más a las carreras de comunicación que a las de investigación histórica. No se puede negar la interacción que debe establecerse entre los profesionales dedicados a ambas actividades. La propuesta es —y seguirá siendo—, promover la interdisciplinariedad, pero con las acotaciones debidas en cuanto a los procedimientos.

Tampoco se trata de descubrir el hilo negro. Si el producto del trabajo de investigación se relaciona con la escritura, pues debemos, como se dice coloquialmente, “soltar la pluma”. La confección de una narrativa asequible, que no pierda el rigor necesario de una pesquisa científica, ni la posibilidad crítica que resulta de un análisis serio de las fuentes disponibles, es el camino a seguir. Sin embargo, debemos estar abiertos a las posibilidades alternas que se desarrollan en los medios de comunicación; por ejemplo: la elaboración de guiones radiofónicos o cinematográficos, maquetas de aplicaciones interactivas o proyecciones museográficas, sin dejar de lado las oportunidades mercadotécnicas que comprenden las labores de difusión.

A lo largo del siglo XIX se elaboró una historia en la que los “grandes hombres” eran los únicos protagonistas en la construcción de la nación mexicana. F. Flores, Alegoría de Miguel Hidalgo, 1882, óleo sobre tela, 142 x 104 cm, Museo de Historia Mexicana. Imagen tomada de aquí: https://www.3museos.com/?pieza=alegoria-de-miguel-hidalgo.

Pero esa travesía está llena de eventualidades, muchas de difícil superación. Mientras no centremos la problemática en proponer métodos que deben implementarse desde la educación elemental, será complicado allanar el rezago. Desde mi punto de vista, en la incitación a un cambio de paradigma educativo radica una parte importante de la solución. Ante el apego a la memorística o la potenciación de competencias, entre otras propuestas, el terreno formativo primario ha dejado de lado la investigación. Si en lugar de seguir promoviendo el discurso pedagógico maniqueo que coloca héroes o villanos en los acontecimientos de la historia, concentramos los esfuerzos en que los alumnos infantiles se interesen por la labor de indagación del proceso en que desarrollaron su vida los protagonistas, ofreciéndoles recursos textuales construidos con esencia literaria y con elementos gráficos llamativos que incluyan propuestas lúdicas, seremos capaces de generar contenidos que pretendan formar ciudadanos con conciencia sobre el valor de la historia como un conocimiento común y no solamente para especialistas.

Es tarea indispensable abrir el apetito de nuestros niños para descubrir, promoviendo ejercicios de investigación sobre los aconteceres pretéritos, que desarrollen estrategias concentradas en la construcción del conocimiento y en la identificación del papel que todos tenemos en una historia que se hace de nuestra experiencia y de la de los demás.

Asimismo, se vuelve necesario ampliar los horizontes de acción y contemplar el vasto panorama tecnológico que nos rodea. Pero hay que tener mucho cuidado. Las redes sociales se han convertido en un dilatado recurso, en el que las estrategias de difusión y divulgación adquieren matices diversos, que pueden conducir a los extremos. La generación de contenido encuentra un cauce inacabable en los vericuetos de la Red. Desde ahí es posible emprender proyectos con lenguaje de divulgación y estrategias de difusión que capten públicos dilatados, pero es indispensable que se mantengan ciertos equilibrios, para no correr el peligro de convertir lo producido en una suerte de “vulgarización”, como sucede. Los ejemplos sobran, es indispensable analizarlos con ojo crítico para no repetir los errores.

Empero, hay que labrar la piedra desde la cantera. En uno de los esfuerzos emprendidos por algunos colegas para hacer uso de la Internet en proyectos relacionados con la historia, que se denomina El Presente del Pasado (https://elpresentedelpasado.com/), en el que en su momento me invitaron a participar, tuve la oportunidad de ofrecer escuetamente algunas ideas sobre la importancia que tiene distinguir entre difusión y divulgación. En ese tipo de ejercicio se cuenta con la oportunidad de conocer algunas opiniones o propuestas que hacen los lectores en la zona de comentarios. Llamó mi atención que varios de esos internautas insistían en hacer un llamado para que los historiadores profesionales salieran de su ámbito de comodidad y tomaran, literalmente, las calles, para llevar su conocimiento al pueblo. La idea me pareció fascinante. En este sentido, es tarea pendiente llevar a cabo un estudio de públicos para generar proyectos de difusión y divulgación que se dirijan a los segmentos ausentes de las actividades sobre historia.

Las expectativas son abundantes ante un panorama que abre múltiples posibilidades. Las instancias tradicionales para ejecutar la labor compartida entre difusión y divulgación —los medios masivos de comunicación, los museos, los institutos de investigación, las bibliotecas, etcétera— tienden a complementar su acercamiento con el público a través de los vehículos tecnológicos que pueden hacer que sus contenidos se conviertan en fenómenos virales. Me parece que la delimitación de los términos que sustentan esta fundamental labor es un comienzo para conjugar los esfuerzos de los profesionales involucrados, para que el afán por comprender los hechos del pasado cumpla el objetivo de transmitir los resultados de nuestras navegaciones en las acciones de los que ya nos dejaron, lo que nos permite explicarnos el presente de los que todavía estamos.

Para saber más

Matute, Álvaro, “De los Episodios nacionales a las telenovelas, balance de divulgación histórica”, en Cuestiones de historiografía mexicana, México, Universidad Nacional Autónoma de México- Facultad de Filosofía y Letras, 2014, p. 229-259.

En el sitio web de El Presente del Pasado. Una publicación del Observatorio de Historia, se pueden consultar diversas notas sobre la difusión y la divulgación de la historia. Se recomienda revisar las escritas por el autor de este artículo, Fernando Pérez Montesinos, Luis Fernando Granados y Huitzilihuitl Pallares Gutiérrez. Disponibles aquí: https://elpresentedelpasado.com/