Apuntes sobre la divulgación de la historia
diciembre 30, 2019 La Bola

Apuntes sobre la divulgación de la historia

Por Edgar D. Rojano García

Este artículo realiza una revisión del papel que los historiadores han desempeñado en la labor de divulgar la materia de su profesión. Edgar Rojano, profesor de la Facultad de Filosofía y Letras, hace una acertada reflexión crítica sobre la postura y actuación de diversos académicos en torno a la labor de divulgación. De igual forma, analiza varios productos hechos por profesionistas, que a lo largo del tiempo, han procurado difundir conocimientos sobre historia. Por último, propone una serie de ideas que buscan resolver diversos aspectos de las problemáticas que enfrentan los autores para llegar a un público que va más allá de la academia.  

Hoy en día se ha vuelto moneda corriente hablar de difusión o divulgación de la historia gracias a los libros, revistas, películas, programas de radio, así como series y canales de televisión que se ocupan de ello. Si bien el fenómeno no es nuevo porque desde tiempo atrás ya se bordaba sobre muchas de estas cuestiones -sólo que sin la etiqueta precisa de “divulgación”- lo que resulta interesante en la actualidad es su crecimiento exponencial que visibiliza y posiciona a la Historia ante los ojos de un público ajeno a las formalidades académicas pero que está ávido de conocer el pasado.

Pero además este boom de la divulgación histórica se explica por varias razones más. Una de ellas es la existencia de un auditorio interesado en consumir historia (y empresas que se la acercan) pero no de aquella que se basa en los nombres y fechas y que llegaron a rechazar en la escuela por “aburrida”; sino de una historia cercana a la narrativa literaria, que muestre a los héroes de “carne y hueso”, que “desacralice” los pasajes históricos fundacionales de México y, por qué no, que solo brinde ciertos datos anecdóticos para una charla amena. Ciertamente, en el vasto mercado de la historia los productos son de variada calidad y muchos de ellos trivializan el hecho histórico pensando en elevar las ventas o el raiting, aun así, la oferta no resulta nada despreciable.

Ahora bien, la letra impresa ha sido desde siempre el canal natural para la difusión de la historia, no obstante, ésta dio un giro radical desde el momento en que se incursionó en los medios masivos de comunicación. Ya don Luis González, uno de los académicos mexicanos más destacados de su momento, en su clásico libro El Oficio de Historiar planteaba que los historiadores debían servirse del lenguaje del cine y de la televisión y ponía como ejemplo a las series Biografía del poder y Senda de Gloria, las cuales eran a su juicio “un buen síntoma de los servicios que pueden rendirle a la exposición histórica los medios masivos”.

Luis González y González, historiador afamado, quien siempre tuvo la preocupación de llegar a un público amplio, fuera del círculo académico. Sus textos se caracterizan por utilizar un lenguaje sencillo, ameno y coloquial. Imagen tomada de: https://colnal.mx/integrantes/luis-gonzalez-y-gonzalez/

Bajo esta misma perspectiva, el doctor Álvaro Vázquez Mantecón –investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana– ha planteado que fue a partir de la agitada década de los ochenta del siglo XX cuando surgió una sociedad más inquisitiva y demandante de información veraz, que la historia y los historiadores adquirieron relevancia en los medios masivos de comunicación.

Tal vez el mejor ejemplo de este nuevo fenómeno fue la fundación en 1991 de la Editorial Clío, que bajo la dirección del Dr. Enrique Krauze, se planteó “la difusión del pasado y presente de México”. En la serie de televisión México Siglo XX se abordaron los clásicos temas de historia política pero también de cultura, deportes y entretenimiento; a la par se inició un ambicioso programa editorial con tópicos novedosos como la moda o el futbol.

Precisamente, en el ámbito editorial Krauze abonó también a la divulgación histórica al lograr una afortunada combinación entre el ensayo y la historia con sus biografías del poder editadas en 1995 por el Fondo de Cultura Económica. El éxito de la obra se debió igualmente a la investigación iconográfica del Dr. Aurelio de los Reyes, especialista en cine mexicano, quien desde años atrás impartía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM un novedoso seminario sobre el séptimo arte. Así, la imagen se convirtió en una de las herramientas fundamentales para la divulgación histórica, al mismo tiempo que para el ámbito académico dejó de ser una mera ilustración de textos para asumir su propio discurso disciplinario.

Ese espíritu innovador, que buscaba hacer una historia distinta para un público más amplio, invadió las aulas universitarias. Un grupo de estudiantes de historia de la UNAM lanzó una revista de divulgación que llevaba por título Epitafios; dicha publicación fue tomada como pretexto por don Edmundo O´Gorman para elaborar su discurso de aceptación del grado de doctor honoris causa que le otorgó la Universidad Iberoamericana en octubre de 1991. En su alocución conocida como “Fantasmas en la narrativa historiográfica”, O´Gorman afirmó que ante la “caótica producción historiográfica” de la época la iniciativa de estos “bisoños historiadores” clamaba “por una nueva historia menos empaquetada y engreída de una supuesta erudita objetividad; un nuevo estudio del pasado que será riguroso, sí, pero menos tedioso y aun divertido.”

¿Es posible y deseable hacer una historia divertida? Sí. Ya Vázquez Mantecón ha dicho: “el historiador está obligado a entretener, al mismo tiempo que informar”.  El mismo Luis González escribió que, dado que la historia era más que pensar, se debía difundir a través de canales de entretenimiento como video cápsulas y dibujos animados.

La idea, que podría parecer descabellada, no lo era tanto. Como muestra, hacia 1981 existió un interesante proyecto de historietas que se tituló Episodios mexicanos, auspiciado por la Secretaría de Educación Pública y que asesoraban entre otros Armando Bartra, Perla Chinchilla, Antonio Rubial, Samuel Ramos y el propio O´Gorman. Completaba al binomio entretener-informar una bibliografía con textos de corte académico para el lector interesado.

Un fragmento de Episodios mexicanos, donde se puede apreciar el formato de historieta y el diseño de los personajes. Episodios mexicanos, núm. 1, 1981, pp. 12 y 13. Imagen tomada de: Marie Lecouvey y Helia Bonilla, “Biblioteca del Niño Mexicano (1899-1901) y Episodios Mexicanos (1981-1982) : ficciones históricas ilustradas, ¿sólo para niños?”, en Amnis. Revue d’études des sociétés et cultures contemporaines Europe-Amérique, núm. 16, 2017. Disponible en: https://journals.openedition.org/amnis/3195

En esos momentos, la idea no pareció generar mayores adeptos, tal vez por la sentencia de González en el sentido de que se lanzaban insultos a todos aquellos que procuraban “divertir a los lectores.” Aunque también cabe la posibilidad de que, en esa incasable búsqueda de la cientificidad de la historia, el propio gremio omitiera a todos aquellos autores y textos que no “aportaran” en dicho sentido. La sentencia del general revolucionario Rafael F. Muñoz, vista a los ojos de una supuesta imparcialidad histórica, parece un buen ejemplo de ello: “Hace tiempo hice notas sobre lo que he visto y he vivido en los años candentes de la Revolución. De ellas los historiadores despectivamente dicen que son novelas y los novelistas despectivamente dicen que son Historias. De cualquier manera, creo que vale la pena leerlas”.

Aunque no hay una fecha precisa que nos indique el divorcio entre la narración “bellamente escrita” y la historia, lo cierto es que está muy acorde con los tiempos actuales, de teorías que buscan escudriñar hasta el más recóndito espacio del hecho histórico y sus abrumadores aparatos críticos. Pareciera una paradoja que, en medio de la construcción de la historia como una disciplina híper especializada, aparezca pujante la divulgación histórica.

Entonces, habría que volver sobre los pasos de la narrativa que se aleja de los reflectores de la historia académica; de la “historia-arte, cercana a su prima hermana la narrativa literaria”, como diría O´Gorman; de la historia como un arte literario en palabras de George Duby; o recuperar el sentido primigenio del oficio del historiador como “descendiente del cuentero” a decir de González.

Para hacer efectivas las anteriores aseveraciones se necesitaría entonces que los historiadores se tomaran ciertas licencias en la recreación de un personaje o pasaje histórico. Más que intentar buscar la “verdad”, en términos de la ciencia histórica, habría que plantearse construir la “verosimilitud” desde la divulgación. En aquella excepcional colección de Episodios mexicanos podemos encontrar un testimonio al respecto: “Por necesidad dramática aparecen personajes ficticios que representan, sin embargo, hechos y actitudes posibles en su época.”

Pero además de tomarse ciertas libertades para hacer divulgación, los historiadores deben tener en cuenta otras cuestiones igualmente importantes. Álvaro Vázquez Mantecón, quien por cierto es autor de uno de los escasos textos sobre divulgación, ha planteado que el historiador debe conocer los lenguajes específicos de los medios como el radio, el cine, la televisión, las redes sociales o los museos. Agrega que la “historia divulgada es por necesidad multidisciplinaria y colectiva”, lo cual implica que el historiador debe de hacer a un lado su postura de “ratón de biblioteca”, para sumar su conocimiento al de guionistas, museografos, diseñadores, realizadores y editores.

Ayudan a esta labor un par de cuestiones más que a veces se consideran obvias, pero que por lo mismo no deben dejarse pasar por alto. La primera, que es deseable que el historiador posea una amplia cultura, esto es, que tenga conocimiento (sin necesariamente ser especialista) de literatura, arte, cine, deportes, cultura popular, historia, etc. La segunda, que hay que aprender a utilizar un lenguaje llano, sin artilugios y pensado para un público diverso que no necesariamente sabe de historia, lo que González llamó “dosificar el saber histórico”.

 

Una manera de divulgar la historia es a través del arte. Esta pintura recrea el inicio de la revolución mexicana. Evidentemente, la escena es inventada, pero representa un momento histórico y una idea sobre éste. Además se encuentra en el Museo Nacional de Historia. Cabe destacar que la pintura fue realizada por Juan O’Gorman, hermano del historiador Edmundo O’Gorman.

Juan O’Gorman, Retablo de la Revolución (Sufragio efectivo, no reelección), 1968. Fragmento tomado de: https://mnh.inah.gob.mx/murales

 

Por último, la divulgación está presente en el gremio de los historiadores, donde algunos la ven como una necesidad. La doctora Carmen Vázquez Mantecón afirmó: “Ya no podemos seguir escribiendo para unos cuantos colegas”; igualmente el doctor Álvaro Matute declaró que hacían “historia a migajas… escribimos para que otros historiadores nos lean, pero nos olvidamos del público en general.”

Curiosamente, a pesar de este reconocimiento la divulgación goza de pocas simpatías en el medio académico. Una de las razones principales es que, debido a los mecanismos de evaluación existentes, se otorga más puntos por realizar artículos o libros arbitrados (académicos) que la curaduría para una exposición; igualmente hay quien desacredita a los que hacen divulgación al llamarlos “falsificadores de la historia”, y caen en el error de confundir la generación de conocimiento histórico con su divulgación.

A pesar de ello, la divulgación goza de cabal salud. En las universidades como la UNAM, la Iberoamericana o el Instituto Mora se le cultiva cada vez más; la Academia Mexicana de la Historia la ha incluido en sus programas de actividades; y hay cada vez más historiadores que la ven como una opción profesional. También abona a este halagüeño panorama el interés que el actual gobierno ha puesto en el pasado.

Así, mediante la divulgación, pareciera que se podrá construir esa historia que quería O´Gorman, “solo inteligible con el concurso de la luz de la imaginación”.

Para saber más

González y González, Luis, El oficio de historiar, México, El Colegio de Michoacán, 1988.

O’Gorman, Edmundo, “Fantasmas en la narrativa historiográfica”, en Historia y grafía, núm. 5, 1995, pp. 267-273. Una reproducción del texto se encuentra en la revista Nexos: https://www.nexos.com.mx/?p=6548

Vázquez Mantecón, Álvaro, “La divulgación de la historia como problema historiográfico”, en José Ronzón y Saúl Jerónimo (coordinadores), Reflexiones en torno a la historiografía contemporánea, México, UAM, 2002, pp. 345-354.