Voces de mujeres zapatistas
octubre 11, 2019 La Bola

Voces de mujeres zapatistas

Por Angélica Noemí Juárez Pérez y José Armando Alonso Arenas

El movimiento encabezado por Emiliano Zapata en Morelos se conformó desde sus inicios como un ente heterogéneo, que lo mismo albergaba desde campesinos humildes que tomaron las armas por el derecho a sus tierras, hasta personajes que gozaron de una situación económica más ventajosa. En este contexto las mujeres también fueron partícipes de la revolución, no sólo tomando las armas, sino también comandando fuerzas propias y dirigiendo ataques. Además de aportar elementos ideológicos para el movimiento zapatista y el problema agrario. Es por ellos que los autores nos invitan a conocer sus historias para comprender la importancia del estudio de las mujeres en la historia.

“Lo primero que supimos de la revolución fue que un día llegó un gran señor Zapata de Morelos. Y se distinguía por su buen traje. Traía sombrero ancho, polainas y fue el primer gran hombre que nos habló en mexicano”. Esto le contó Luz Jiménez, joven habitante de Milpa Alta en tiempos de la Revolución Mexicana al investigador Fernando Horcasitas. El relato de Doña Luz, dictado en lengua náhuatl, ilustra al zapatismo como un movimiento diverso en muchas formas, diversidad que quedaría patente en varios sentidos en estudios posteriores como los de Jesús Sotelo Inclán, Felipe Ávila, Miguel León Portilla y otros. El zapatismo habría incluido componentes sociales indígenas, de distintas zonas del país, de formación y oficio variados, personas de distintas edades y géneros.

Cuenta Luz que hubo mujeres que se metieron a zonas y labores de combate, como su tía, Francisca González Chávez, quien se unió a los zapatistas luego de que los carrancistas mataron a su esposo, hasta las que conseguían los recursos necesarios para mantenerse a sí mismas, sus familias o a las tropas yendo a vender lo que recolectaban. Según nos cuenta Doña Luz, las otomíes eran especialmente buenas para esto, aunque también las nahuas y zapotecas que anduvieron por Milpa Alta y Xochimilco ¿Dónde vendían? Algunas veces, en media ciudad de México, frente a las narices de sus enemigos.

A más de 100 años del inicio del levantamiento zapatista en el centro sur del país, la historiografía cuenta con un sinnúmero de testimonios sobre mujeres que participaron desde distintas acciones o espacios. En este texto se cuenta la Historia de los años en que estuvo más activo el zapatismo bajo el liderazgo de Emiliano Zapata (1911 a 1919) desde los testimonios de mujeres, o acerca de ellas. ¿Hace alguna diferencia mirar la Revolución Mexicana desde su mirada?

 

Los inicios

La Revolución Mexicana tuvo formalmente su inicio el 20 de noviembre de 1910. Ésa fue la fecha que estableció el Plan de San Luis firmado por Francisco I. Madero. En realidad, fue un alzamiento planeado con meses de anticipación para el que diversos grupos a lo largo del país se prepararon. En algunos casos, como Cuchillo Parado, Chihuahua, la insurrección se dio el 14 de noviembre; en otros, la adhesión de las comunidades fue dándose en momentos posteriores, incluso con meses de diferencia. En Morelos, el levantamiento tuvo lugar en Villa de Ayala el 11 de marzo de 1911 teniendo entre sus líderes a Emiliano Zapata. A partir de ese momento, las demandas agraristas y revolucionarias del sur del país encontraron una voz a sus necesidades que, sin embargo, no logró hallar una estructura capaz de responder. Ni en el régimen ya decadente de Porfirio Díaz como tampoco en las estructuras de gobiernos revolucionarios que se fueron sucediendo.

No hallando una rápida solución a sus demandas aun cuando el artículo 3ro del Plan de San Luis prometía la restitución de tierras a quienes hubieren sido despojados, el movimiento zapatista se escindió del maderismo el mismo año de su adhesión. Desde estos tempranos momentos, ya hay mujeres participando o sumándose al zapatismo, siendo el caso de Juana Belén Gutiérrez una de ellas. A esas alturas ya había sido periodista, luchadora social y, en consecuencia de las dos anteriores, hasta presidiaria. Nacida en 1875, fue encarcelada en 1897 por denunciar en la prensa las condiciones laborales de los mineros de Chihuahua. Recuperada su libertad, fundó en 1899 el “Club Liberal Benito Juárez” y comenzó a colaborar con diarios de mayor relevancia, hasta fundar el periódico Vésper en 1901. Diez años después, como una periodista experta militó en el maderismo, pero decepcionada del curso que fue tomando, Juana se unió al zapatismo y dejó crónica de ese episodio:

Impaciente por llegar, eché el caballo a la corriente y pasó con el agua hasta la teja de la silla. […] Subimos, era la mina de San Francisco, en la Sierra de Huautla. En un socavón, Santiago [Orozco] había metido una imprenta traída desde Olinalá, Guerrero. Junto al socavón había un cuarto que fuera fragua, y allí ardía un buen fuego donde pude secar mi ropa […].

En este lugar encontramos a Zapata. […] con un cajón entre los dos, sirviendo de mesa, Zapata y Palafox jugaban conquián, teniendo al lado una botella de anís de la que Zapata bebía a cada momento… Zapata se puso de pie para saludarnos y siguió jugando… Con más firmeza que nunca, le manifestamos a Zapata que nos veníamos al Estado de México.

Zapatistas tomando sus alimentos preparados por soldaderas envueltas en rebozos, SINAFO, Fototeca del INAH, inv. 5708.

Juana Belén Gutiérrez no sería la única en tomar partido por Zapata en su disputa con Madero. Otro recuerdo que asoma además de los de miles de mujeres, muchas veces anónimas, que contribuyeron desde los primeros momentos a la rebelión; es el de Dolores Jiménez y Muro. Nacida en 1848, y practicante de la escritura desde joven, participó al igual que Juana Belén en círculos antireeleccionistas. Más o menos al momento del levantamiento zapatista, Dolores trabajaba en el Plan Político Social de Tacubaya, texto que denunciaba las negativas consecuencias de la dictadura porfirista y fundamentaba la necesidad de un profundo cambio y proclamaba como presidente provisional a Francisco I. Madero. Con el paso de los meses, Dolores también se decepcionó del liderazgo del revolucionario coahuilense, por lo que su siguiente escrito político fue el proemio del Plan de Ayala, documento que definió el ideario político zapatista y formalizó su distanciamiento y estado de conflicto con el régimen maderista. El proemio del mencionado plan legitima con la pluma el mando de Emiliano Zapata y lo pone a la altura de otros transformadores sociales como Hidalgo, Morelos, Guerrero y Juárez.

[…] las ideas libertarias que comenzaron su obra de regeneración por medio de Hidalgo y de sus colaboradores, y continuaron su magna labor por medio de los patriotas de 57, han hablado muy alto en los altruistas autores del Plan de Ayala […].

Este ideal tan noble y tan bello, eslabón precioso y complementario de la obra libertaria de 1821 y 1857, es la tercera y grandiosa etapa de nuestra evolución política y social.

El deslumbrante fulgor de su triunfo irradia en todos los espíritus […] en tanto que las multitudes pronuncian con respeto y cariño el nombre del calumniado General Emiliano Zapata, como el del defensor de los desheredados y de los oprimidos […] de la misma manera que lo fué (sic) Hidalgo, Morelos y Guerrero, desde 1810 hasta 1821; y como lo fue (sic) Juárez durante la gran Década Nacional.

A partir de su expedición el 28 de noviembre de 1911 el zapatismo contaría con un ideario político propio por escrito con mayores alcances (en términos de difusión) que antes. Ahora ya era un movimiento más elocuente, replicable y articulado.

Aunque tanto el zapatismo como las mujeres que de él participaban contribuyeron al debilitamiento de Díaz e, indirectamente, al ascenso de Madero, el conflicto contra el Gobierno Federal se prolongó independientemente del cambio de presidente toda vez que no se percibió un cambio real en la situación del sur de México. Esto no sólo no mejoro, sino que la relación con el Gobierno Federal se deterioró todavía con el asesinato de Madero.

 

El despliegue

La violencia generalizada se recrudeció a inicios de 1913 con el golpe de Estado, detención ilegal y ejecución extrajudicial del entonces presidente Madero. Habiendo usurpando el cargo el general Victoriano Huerta, el número de facciones y elementos rebeldes se incrementó. Incluso el zapatismo que nunca rindió los fusiles vio engrosadas sus filas.

Desde el inicio del movimiento hubo también mujeres alzadas en armas. Una de las más representativas sería Rosa Bobadilla. Esta importante líder mexiquense, vivió una carrera militar que inició con 50 jinetes, pasó a mandar hasta 1,500 hombres, obtuvo el grado de coronela, y  contó con 168 acciones de guerra en su haber. Ante el golpe huertista más mujeres decidieron pasar a las armas. Uno de los casos que destaca es el de Amelia Robles. Nacida en Xochipala, Guerrero, en 1889, Robles era todavía bastante joven al inicio de la Revolución. Ni esto ni su situación acomodada como hija de una familia con propiedades ni su educación católica la disuadieron de unirse al Ejército Libertador en 1913. En una entrevista realizada por el periodista Manuel Gil en 1927 para El Universal, narró ese episodio:

Gil (G): ¿Por qué se levantó usted en armas?

Robles (R): Por mera locura de muchacha. Fue una aventura como cualquier otra. En febrero de 1913. Reuní 15 hombres en Xochipala, pueblo cercano a Chilpancingo, y de allí me dirigí a un cerro llamado el Zopilote, donde me presenté al general Epigmenio Jiménez.

G: ¿Y qué sensación experimentó usted al encontrarse en plena aventura?

R: La de ser completamente libre.

G: ¿Pero no sentía usted temores, no le estorbaba la carabina?

R: No, yo nací en un rancho y desde pequeña me acostumbré al caballo y a las armas.

G: Entonces, será usted una magnífica tiradora. ¿Cuántas veces la han herido?

R: Cuatro. Mire usted: Uno aquí, otro en la pierna, otro más en el pecho y otro en la mano.

G: ¿Y antes de ser revolucionario a qué actividad se dedicaba usted?

R: Estaba yo estudiando. Quería ser médico. Pero qué quiere usted, vino la bola y me fui a la bola. Al principio, mi decisión no dejó de ser una mera locura, pero después supe lo que defiende un revolucionario y defendí el Plan de Ayala. Huerta había matado a Madero y fui contra Huerta. Carranza era sólo un mistificador de la Revolución y combatí a Carranza.

G: ¿Y cuántos hombres llegó usted a mandar?

R: Llegué a mandar hasta mil. De teniente ascendí a Mayor y de este grado al de coronel.

Amelia, desde luego, no fue la única, y las motivaciones fueron de lo más diversas. Aparte de las que relacionadas con aspectos sociales, económicos y de política local (como la llamada bola) o aquellas en que una ideología o proyecto nacional motivaban a las mujeres (como el caso de Dolores Jiménez y Juana Belén Gutiérrez), también hubo otras de carácter más emocional. No por ello menos válidas que las otras. Podemos hablar, por ejemplo, de emociones como el miedo, la ira y la tristeza. Caso de las mujeres de Puente de Ixtla. Entre el 31 de marzo y el 4 de junio de 1913, periódicos como La Tribuna, El País y El Imparcial reportaron alzamientos de mujeres en esa localidad. Entre los hechos que se reportan están que las mujeres conformaron su propio batallón y se rebelaron para “vengar a sus muertos”, y que entre sus líderes estaban Luz Crespo y una extortillera conocida como “La China”.

La coronela zapatista Rosa Padilla Camacho, con Emiliano Zapata y Eufemio Zapata, Archivo Histórico de la Secretaría de la Defensa Nacional, exp. Z-416.

La determinación de alzarse en armas podía funcionar lo mismo como una forma de venganza que de defensa. Es importante recordar que, previo a que Huerta asumiera la presidencia de la República por un golpe de Estado, había estado en campaña no sólo contra el Ejército Zapatista; su persecución y actos despiadados se extendieron también contra las comunidades morelenses y continuaron con Juvencio Robles (durante las presidencias de Madero y Huerta). Todo eso, muchas veces, incentivado por el clasismo y racismo de la élite de la época. Las ejecuciones de pobladores, las deportaciones, quemas de pueblos y varios tipos de terrorismo contra las regiones controladas por el zapatismo no eran actos aislados. La violencia, desde luego, alcanzaba también sobre las mujeres, sobre las que, además de llegarse a aplicar las agresiones hechas contra los hombres, eran víctimas más frecuentes de violencia sexual empleada como arma de guerra.

Los esfuerzos de mujeres y hombres en el campo de batalla y actividades complementarias fueron recompensados con la derrota militar de Victoriano Huerta mediante acciones como la toma de Chilpancingo, que produjo la debacle de los federales en el sur del país, y en la que participó Amelia Robles.

En un frente completamente diferente, Dolores Jiménez y Muro, presa política sin recibir sentencia, no cesa en su labor periodística desde la cárcel. Desde ese sitio critica el rumbo adoptado por el gobierno de facto. Aunque tal vez no tuviera efectos debido a la situación a la que se encontraba reducida, no deja de ser una muestra de valor cívico innegable.

Tras las derrotas de Huerta en distintos frentes, el dictador dejó el poder, dando lugar a una nueva fase de la lucha entre una opción liderada por Francisco Villa y Emiliano Zapata y otra por Venustiano Carranza que se enfrentaron primero en la Convención de Aguascalientes, que pretendió evitar la confrontación armada, y después por la vía militar ante el fracaso de la primera.

El punto de inflexión

La Convención de Aguascalientes fue el punto máximo del llamado convencionismo: movimiento que agrupó política y militarmente a los ejércitos populares liderados por Zapata, en el sur, y Villa, en el norte. No obstante, al mismo tiempo, su rompimiento irreconciliable con Carranza y los caudillos militares que se alinearon con él significó también el declive del Ejército Libertador y la División del Norte. Eso, sin embargo, no significó que en algún momento dejara de haber mujeres y hombres comprometidos tanto con los planteamientos del Plan de Ayala como con los acuerdos tomados en la Convención o, incluso, a un nivel más humano que político, con las personas con las que ya habían compartido años de esfuerzo y compromiso.

Por ejemplo, Petra López colaboró hacia ese período como correo entre Villa y Zapata, debiendo cruzar áreas controladas por el enemigo común. López informa a Zapata lo siguiente:

He caído varias veces presa, pero me he defendido con pura lengua, viéndome en peligros serios, como se lo probaré con varios periódicos que conservo en mi poder. Me dice Evangelina que usted dijo que yo había entregado unos documentos del archivo de ustedes a Pablo González […]. Yo jamás he tenido en mis manos documentos de ese archivo y si los hubiera tenido, tengo más firmeza y más integridad que la que pueda tener un hombre, para despedazarlos antes que entregarlos. Si hablé con Pablo González fue porque me mandó aprehender […].

También hubo las que continuaron en el campo de combate aun cuando la situación del zapatismo, a partir de 1915, comenzó a tornarse de una escasez y desgaste que hacían ver lejanas las posibilidades de victoria. La falta de parque o armamento afectó el desarrollo de las campañas de mujeres con mando de tropa como Rosa Bobadilla, quien tuvo que retirarse de Tianguistenco después de haber participado en su toma, pero logró mantener ciertas posiciones, a pesar de las carencias, hasta marzo de 1916; o María Guadalupe Muñiz, quien no contaba con pertrechos de guerra ni los haberes de sus soldados estacionados en San Juan Ixtayopan, Tláhuac. Vivencias equivalentes pasaron mujeres en otras tareas, como las de la Brigada Sanitaria del Sur, quienes reportaban no contar con los elementos más básicos de cama para los enfermos e incluso más de una muda de ropa para ellas mismas. Aunque la situación era comprometida en términos materiales y militares, ello no impidió que de todas maneras mujeres como Evarista Contreras se pusieran a las órdenes del general Genovevo de la O o que la doctora Dolores del Pliego aceptara el nombramiento de jefa de Brigada Sanitaria del Regimiento Femenil.

No obstante, los esfuerzos de mujeres y hombres del Ejército Zapatista no fueron suficientes para impedir el desenlace de la situación. El rompimiento del contacto entre las tropas villistas y las zapatistas, las derrotas de ambos grupos y la final dispersión de la División del Norte profundizaron una crisis de la que, militarmente, el zapatismo ya no saldría.

Para mayo de 1916, los testimonios de un soldado anónimo reportan ya la huida en masa de antiguos zapatistas, pero sobre todo “gente de paz”, para evitar la saña de los carrancistas.

Daba tristeza ver niños pequeños caminando descalzos, bajo el sol ardiente de aquellos días; mujeres llevando pesados fardos, tal vez todo su patrimonio, sobre sus espaldas; hombres materialmente agobiados bajo el peso de sus cereales, la ropa de los suyos y lo más indispensables utensilios de la casa; enfermos que caminaban por sus pies, ora apoyados y aun sobre las espaldas de algunos viajeros compadecidos que, naturalmente, no les podían prestar ayuda continua.

Pero, a la vez que conmovedor, aquel espectáculo era edificante. A todos los animaba un mismo deseo; nadie quería estar bajo el dominio del enemigo y todos preferían la emigración, el destierro voluntario, el sufrimiento lejos del hogar […]. Los constitucionalistas estaban combatiendo a las huestes del sur en forma más dura que la utilizada por la misma usurpación [huertista].

 

Un lento desenlace

La promulgación de la Constitución de 1917 pudo haber supuesto un punto de culminación político para las facciones que tomaron el lado de Carranza en el conflicto. Por el lado militar, no había en ese momento fuerza que representara una amenaza real para la hegemonía del carrancismo si no fuera desde dentro de los mandos de su ejército… como al final terminó pasando. No obstante, la saña de los vencedores contra los derrotados continuó durante demasiados meses.

Si en tiempos del gobierno a todas luces ilegal de Victoriano Huerta se aplicó la deportación de pueblos enteros, durante el régimen legalista y constitucionalista de Carranza, estas medidas de odio no pararon. Beatriz García, presidenta municipal de Tulcingo, Puebla, le reportó a Zapata en marzo de 1917:

[…] suplican que por este conducto se le haga saber la grave situación en que se encuentran el pueblo de Tecomatlán, uno de los importantes pueblos como antiguo municipio del distrito de Acatlán, estado de Puebla; manifestando que saben a no dudar que dicho municipio lo van a despoblar, transportándolo al pueblo traidor de Chinantla o al distrito de Acatlán, donde se encuentran las fuerzas enemigas.

También se sabe que este procedimiento intenta hacerlo el gobierno carrancista por motivo de Tecomatlán lo titulan como verdadero zapatista […].

A finales del mismo mes, el teniente coronel Juan Espinosa Barreda informa de estrategias carrancistas que pueden ser catalogadas de estrategias de exterminio:

Jamás se creyó que hubiera rufianes que superaran a los de Huerta. Nunca se imaginó que habría chacales que, bajo el nombre de constitucionalistas, asesinaran de la manera más vil y cobarde a cientos y tantos pacíficos de los dos sexos, sin tener compasión de los ancianos, de los niños ni de las mujeres; estas últimas a quienes violaban antes de morir, de la manera más asquerosa […] Este número de víctimas sólo se concreta a la población de Tlaltizapán y en una sola vez […] ¡Un sólo caso de los innumerables! […].

Pueblos incendiados en su totalidad, los montes arrasados, el ganado robado, las siembras que fueron regadas con el sudor del trabajo, cosechadas por el enemigo y sus granos iban a llenar los furgones de sus largos trenes y ser vendidos en la capital.

¿Y la concentración? Juvencio Robles, el mil veces maldito, es pequeño en comparación. El arreo de una piara de cerdos es menos humillante y asqueroso que el arreo de los habitantes de los pueblos a determinado punto, para que ahí el enemigo los metiera en furgones y periqueras, encerrados como bestias y despachados a México.

Las reacciones entre unas personas y otras fueron desde luego diferentes, y no es posible juzgarlas moralmente a la distancia. Entre las mujeres que aún continuaban en activo en el movimiento, con mando de tropa, podemos encontrar ejemplo de los caminos posibles a nivel individual a partir del declive del zapatismo. Uno lo representa Amelia Robles, el otro tanto Rosa Padilla como Rosa Bobadilla; todas ellas coronelas para el año de 1918. En noviembre de dicho año, Robles entregó las armas ante el gobierno de Carranza. No pudiendo en ese momento alcanzar un cambio por medio de las armas, aguardó y se sumó poco después al Plan de Agua Prieta, que acabó con el régimen de Carranza. Rosa Padilla, en 1918, continuó en activo alcanzando el grado de coronela en el arma de caballería. Rosa Bobadilla permaneció también en pie de guerra hasta 1919, año del asesinato de Zapata.

La coronela zapatista Rosa Bobadilla, viuda de Casas, en la Brigada Pacheco, 1915, Dirección de Estudios Históricos/Biblioteca Manuel Orozco y Berra-INAH, sin expediente.

En realidad, aunque su fuerza militar se hubiese debilitado, las redes sociales tejidas por el zapatismo llegaron a ser tan extensas que alcanzaban el extremo sur de México. Esto relató el teniente coronel José R. Sánchez:

Les voy a relatar que el más valiente entre nosotros fue una mujer, la señora Clotilde de López. Resulta que el general [Rafael] Cal y Mayor siempre mantuvo una correspondencia secreta con don Emiliano Zapata, de quien recibía órdenes.

Doña Clotilde era la más valiente correo y experimentada espía; ella era nativa del pueblo de Tecpatán [Chiapas], llevaba y traía siempre el correo entre Chiapas y Morelos […]. Ella fingía que iba vendiendo chácharas, como comerciante en pequeño en pequeño […]. Exponía su vida y varias veces estuvo a punto de ser capturada, pues cruzaba un terreno que estaba en poder de los carrancistas […].

En Pozo Colorado [Chiapas], en la seca de 1919, ella fue la que nos trajo la mala noticia. La vimos llegar por un camino largo largo que bajaba del monte. Triste venía con la más última y triste noticia que recibimos durante la rebeldía, la de la muerte y asesinato a traición de mi general Emiliano Zapata. Allí le lloramos mucho.

 

Las mujeres del movimiento más allá de la Revolución

En 1919, después de gestarse la traición que acabaría con la vida del Caudillo del Sur algunas mujeres continuaron con la lucha de los ideales que las habían llevado a formar parte del zapatismo.

Juana Belén y Dolores Jiménez, se mantuvieron en activo como periodistas y aprovechando las misiones culturales del programa vasconcelista contribuyeron a reducir el analfabetismo del país. Rosa Bobadilla, quien desde el periodo revolucionario se destacó por su convicción de luchar para recuperar las tierras, aun cuando ella era propietaria, siguió el proyecto zapatista desde la posición de Secretaria de Acción Femenil de la Confederación Nacional Campesina, organización que agrupaba a solicitantes de tierras.

La vida de Amelia Robles tal vez no se orientó tanto a una transformación social como a un cambio radical propio. Nos referimos a su identidad de género. Si bien en distintos ejércitos revolucionarios hubo mujeres soldado que adoptaron rasgos masculinos como medida de seguridad y de aceptación entre la tropa (entre los que estaban la ropa, el nombre y sus comportamientos), Robles encontró la libertad para expresar públicamente que, a pesar de ser mujer de nacimiento (sexo biológico), se identificaba a sí mismo como hombre (identidad de género). El coronel Amelio Robles será en la posteridad la primera mujer biológica en ser reconocida como hombre (hombre transgénero) por la Secretaría de la Defensa Nacional, dependencia que además le otorgó condecoraciones como legionario y veterano de la Revolución Mexicana. Su lucha por ser reconocido como varón trascendió del zapatismo durante siete décadas, falleciendo en 1984, a la edad de 95 años, como el señor coronel Amelio Robles. El logro es trascendental si consideramos que hasta 2014 se permitió el cambio de género sin juicio en la capital del país y a principios de 2019 sólo cinco entidades federativas lo facilitaban.

La coronela Amelia Robles Ávila, con atuendo masculino, reconocido veterano en su calidad de hombre, 1927, SINAFO, Fototeca del INAH, Inv. 33492

No cabe duda de que la participación de las mujeres sí hizo una diferencia en esos tiempos, pero también una diferencia en cómo comprendemos ese período de las historia desde nuestra propia época. En un país donde la gran mayoría de las personas no sabía leer ni escribir, hubo una mujer que colaboró redactando planes políticos. En un período histórico en que, contrario a lo que muchos piensan, la mayor parte de los mexicanos no eran combatientes, hubo mujeres con mando de tropa sobre cientos o miles de hombres. En un México en que en ocasiones no se podía decidir (por eso inicia la Revolución) hubo incluso una mujer que decidió sobre su propio género (al grado que su cambio de identidad sexual le fue reconocido hasta por el Ejército).

Las historias que aquí se han incluido no buscan, para nada, romantizar el papel de las mujeres en la lucha. Ninguna revolución tiene resultados justos para todos quienes toman parte (o son víctimas) de ella, pero usualmente inician porque hay circunstancias que tampoco lo son. Lo que buscamos demostrar es que ni la fuerza de voluntad ni el heroísmo dependen de la identificación biológica o psicológica de una persona con un género. Más aún, cuando la sociedad pone todo el tiempo en desventaja a un individuo a causa de esto, es más pronunciado entonces el heroísmo de quien se sobrepone a esta injusticia adicional para defender su causa. El lema del zapatismo, “Reforma, libertad, justicia y ley” es tan aplicable, ahora en términos de equidad de género, como lo fue en sus tiempos para demandar la equidad social.

Para saber más

Cano, Gabriela, “Inocultables realidades del deseo. Amelio Robles, masculinidad (transgénero) en la Revolución mexicana”, en Gabriela Cano, Mary Kay Vaughan y Jocelyn Olcott (comps.), Género, poder y política en el México posrevolucionario, México, FCE/UAM-Iztapalapa, 2009, pp. 61-90.

Rocha Islas, Martha Eva, Los rostros de la rebeldía. Veteranas de la Revolución mexicana, 1910-1939, México, INEHRM/INAH, 2016.

“Voces zapatistas” (testimonios). Disponibles en: https://estudioshistoricos.inah.gob.mx/?page_id=4016