Los herederos de Zapata
octubre 13, 2019 La Bola

Los herederos de Zapata. Las Fuerzas de Liberación Nacional y la génesis del Ejército Zapatista de Liberación Nacional

Por Adela Cedillo

El movimiento que encabezó Emiliano Zapata durante la Revolución, sufrió una derrota episódica con su asesinato el 10 de abril de 1919. No obstante, como lo demuestra Adela Cedillo en el presente artículo, esto no dio lugar a su desaparición, sino al surgimiento de decenas de movimientos agraristas y organizaciones que reivindicaron los ideales del zapatismo y que se asumieron como sus herederos a lo largo del siglo XX, como en el caso de las Fuerzas de Liberación Nacional y del proyecto neozapatista más exitoso de todos: el Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Debido a la relevancia de este movimiento, en las siguientes líneas, el lector encontrará una breve revisión de la historia de las Fuerzas de Liberación Nacional y de su vinculación con la génesis del EZLN en 1983.

El movimiento zapatista surgido en Morelos durante la Revolución de 1910 sufrió una derrota episódica que, paradójicamente, no dio lugar a su extinción sino a la aparición de decenas de movimientos agraristas y organizaciones que se reivindicaron como los legítimos herederos del zapatismo a lo largo del siglo XX. Por una combinación de factores estructurales y contingentes, el brazo armado de las Fuerzas de Liberación Nacional (FLN), el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) se convirtió en el proyecto neozapatista más exitoso de todos, con una proyección tanto nacional como global.

Las FLN fueron una organización político-militar socialista que a lo largo de 24 años (1969-1993), se preparó para una guerra popular de liberación nacional que nunca llegó a desencadenarse. Lo que ocurrió, en cambio, fue que el EZLN protagonizó una rebelión indígena el 1° de enero de 1994 que se apartaba de los objetivos socialistas de las FLN y reivindicaba una ideología que mezclaba, entre otras cosas, el neozapatismo, el indianismo, el posmodernismo de izquierda y el altermundismo.

En este ensayo se busca responder a la pregunta por los orígenes de este experimento político sui generis, dando cuenta de la historia política de las FLN desde su formación en 1969 hasta la fundación del EZLN en 1983, cuando se implanta de forma definitiva el proyecto guerrillero en la selva lacandona de Chiapas. Esas décadas coinciden precisamente con el periodo conocido como “guerra sucia,” el último episodio de insurgencia armada de alcance nacional del siglo XX mexicano. Debido a un sistema de clandestinidad férrea y a una política cuidadosa de reclutamiento, las FLN-EZLN se convirtieron en una de las pocas organizaciones armadas que sobrevivieron al exterminio político orquestado por el aparato estatal a través de órganos como la Dirección Federal de Seguridad, el Batallón de Fusileros Paracaidistas, la Policía Militar y otras corporaciones policiacas, militares y paramilitares encargadas de preservar la hegemonía del Partido Revolucionario Institucional (PRI).

Este ensayo ofrece ante todo un relato puntual acerca de dos etapas de la trayectoria de las FLN: la primera corresponde a la formación de su estructura político-militar y al exterminio del grupo en el contexto de una política de seguridad nacional contrainsurgente (1969-1974) y la segunda abarca la reconstrucción de dicha estructura y la alianza de la guerrilla con luchadores sociales indígenas (1974-1983), la cual devino en la formación del núcleo de un ejército campesino en Chiapas que, con el paso de los años, forjó su propia identidad política.

 La configuración de una guerrilla “pacífica”

La ciudad de Monterrey, capital del estado de Nuevo León, es considerada la cuna de la industria mexicana moderna. Al menos desde el gobierno de Lázaro Cárdenas (1936-1940), la sociedad regiomontana estuvo marcada por la polarización entre conservadores (el alto clero, industriales y miembros del Partido Acción Nacional), liberales (aglutinados en torno al Partido Revolucionario Institucional y a grupo masónicos) y socialistas (repartidos en sindicatos, asociaciones y partidos como el Partido Comunista Mexicano). En un contexto de profunda disparidad económica y desacuerdo político, en Monterrey emergieron algunas de las organizaciones y líderes guerrilleros más importantes del país. Tal fue el caso de César Germán Yáñez Muñoz. Hacia 1958 este joven clasemediero estudiante de Derecho y algunos de sus compañeros universitarios se incorporaron a la logia “Vicente Guerrero” de la Asociación de Jóvenes Esperanza de la Fraternidad (la AJEF, una especie de escuela juvenil que antecedía a la masonería), que era la única en la que se estudiaba marxismo-leninismo. Esto derivó en la formación de un grupo que, bajo el membrete de Vanguardia Socialista y la dirección de Yáñez, tuvo una activa participación en movimientos estudiantiles, obreros, campesinos, urbanos y antiimperialistas, y contribuyó a formar el comité estatal del Movimiento de Liberación Nacional (MLN), el gran experimento de unificación de la izquierda mexicana fundado en 1962 y resquebrajado tan sólo dos años después.

Fotografía del líder guerrillero César Germán Yáñez Muñoz. Imagen tomada de:http://guerrasuciamexicana.blogspot.com/2008/10/csar-germn-yez-muoz.html

En 1965 la Vanguardia Socialista cambió su nombre a Unión Revolucionaria Socialista (URS) y sus miembros realizaron varios viajes a Cuba. Entusiasmados con la experiencia, se propusieron construir una plataforma de difusión del castro-guevarismo y fundaron la sección regiomontana del Instituto Mexicano-Cubano de Relaciones Culturales “José Martí” (IMCRC), en 1967. En la medida que este centro sólo realizaba actividades culturales, no era ilegal, no obstante, la URS lo convirtió en un canal para captar simpatizantes de la lucha armada de forma subrepticia. Y es que, tras casi una década de participación en luchas abiertas frustradas por la represión, Yáñez y sus compañeros estaban convencidos de que no quedaba más ruta que la armada.

De forma un tanto azarosa, la URS entró en contacto con Mario Menéndez, el director de una revista de izquierda con tintes sensacionalistas llamada Por qué?, editada en la ciudad de México. Aún antes del inicio del movimiento estudiantil de 1968, Menéndez organizaba secretamente al autodenominado Ejército Insurgente Mexicano (EIM), mismo que, tras la masacre de Tlatelolco, logró aglutinar a una veintena de elementos para formar un foco guerrillero en la Selva Lacandona, en el estado de Chiapas. El EIM se integró con estudiantes y profesionistas del Distrito Federal, Veracruz, Yucatán y Nuevo León en enero de 1969. La experiencia en la selva, sin embargo, devino en una escuela de todo lo que no se debía hacer en materia de foquismo. Las divergencias ideológicas, la falta de estructura y planeación estratégica y la improvisación hasta en los aspectos de sobrevivencia más básicos, condujeron a la desintegración del grupo.

No obstante, los regiomontanos persistieron en sus objetivos políticos, de tal suerte que el 6 de agosto de 1969, César Yáñez, Carlos Vives, Mario Sáenz, Graciano Sánchez Aguilar, Mario Sánchez Acosta y Raúl Morales, a los que se sumaron el médico veracruzano Alfredo Zárate y el estudiante yucateco Raúl Pérez Gasque, dieron vida a las FLN. Yáñez y Zárate fueron elegidos como el primer y segundo dirigentes nacionales de la organización, la cual tuvo un carácter vertical y centralista. El máximo dirigente adoptó el pseudónimo de “Pedro”, por lo que las FLN serían bautizadas por la prensa como el grupo del “hermano Pedro”, en alusión a sus antecedentes masónicos.

Bandera de las Fuerzas de Liberación Nacional. Imagen tomada de: https://elfinanciero.com.mx/uploads/2018/07/04/b90ba831191530727988_standard_desktop_fullhd.png

 

Discursivamente las FLN eran afines al castro-guevarismo, pero su ideología era muy ecléctica, ya que también incorporaba rasgos del leninismo, el maoísmo, el marxismo vietnamita y el nacionalismo revolucionario de izquierda del MLN. Como cualquier grupo armado, las FLN aspiraban a ser la vanguardia de la nueva revolución mexicana que derrocaría al gobierno, instauraría el socialismo y liberaría al país del imperialismo americano. Lo singular es que las FLN no se proponían iniciar la revolución, sino que se preparaban para el día en que ésta ocurriese, ya que su inminencia se daba por sentada, debido a las leyes de la historia que consignaba el marxismo. Otro aspecto novedoso es que no identificaron al sujeto revolucionario con una sola clase social, sino con la alianza entre obreros, campesinos y estudiantes (o pequeña burguesía progresista). La estrategia militar elegida fue la guerra de guerrillas, bajo la perspectiva de formar un foco insurreccional en el medio rural, que fuera el embrión de un futuro ejército popular y que funcionara también como grupo de reacción inmediata, en caso de que iniciaran las hostilidades. Así, las FLN se mantuvieron en una clandestinidad muy rígida, a la espera del gran día.

Otro rasgo único de la organización era el rechazo al militarismo en sus métodos de lucha cotidianos: asaltos, secuestros y otro tipo de “expropiaciones revolucionarias” quedaron prohibidos como fuentes de financiamiento, por el impacto negativo que podían tener sobre la población. La alternativa era construir, con paciencia infinita, redes de colaboradores que, en la medida en que se expandieran, pudieran poner los cimientos de una plataforma productiva que garantizara la autosustentación de la guerrilla. Las redes se integraron por células denominadas “Estudiantes y Obreros en Lucha” (EYOL), que debían aportar toda clase de recursos a la organización (financieros, materiales, informacionales, etc.). Las primeras redes se crearon en los estados de Nuevo León, Puebla, Veracruz, Tabasco y el DF (aprovechando las relaciones que se habían construido dentro del IMCRC y el EIM) y la movilización de recursos dio los frutos esperados: entre 1969 y 1973 se establecieron varias casas de seguridad, se compraron autos y armas y se logró instalar el núcleo guerrillero inicial, con sus respectivas líneas de abastecimiento.

En su política de reclutamiento, las FLN se mostraron muy selectivas, planteándose tres niveles de militancia: el de profesionales, contribuyentes y simpatizantes. En el primero sólo cabían cuadros con una preparación destacada, capaces de conformar a la vanguardia, mientras que los otros dos niveles fueron alimentados exclusivamente por familiares, amigos y antiguos camaradas de los fundadores, la mayoría estudiantes y profesionistas de clase media y alta y, en menor medida, trabajadores asalariados y pequeños propietarios. Las FLN tuvieron éxito en convertir una parte de sus redes prepolíticas en políticas, pues hacia enero de 1974 habían logrado incorporar a su estructura a 120 elementos aproximadamente.

Las FLN eligieron la Selva Lacandona como sede de su brazo armado, y compraron un terreno cercano a la finca de “El Diamante”, que colindaba con comunidades caribes (lacandonas) y tzeltales, al que bautizaron como “El chilar”, ya que se hicieron pasar como empresarios del chile (“chileros”). El proyecto verdadero era asentar el Núcleo Guerrillero Emiliano Zapata (NGEZ), nombrado así en honor al líder que mejor representó los anhelos agraristas de la Revolución Mexicana. Recoger la “estafeta” de Zapata establecía la continuidad simbólica entre las luchas armadas del pueblo mexicano por su emancipación, con un sentido transgeneracional.

Como si se tratase de una ironía histórica, el NGEZ se fundó el 27 de marzo de 1972, días después de que se publicara en el Diario Oficial de la Federación el Decreto de la Comunidad Lacandona, que dotaba a sesenta y seis familias caribes con la fabulosa cantidad de 614, 321 hectáreas, y cuyo objetivo verdadero era que el gobierno creara un monopolio para explotar la madera de la región y otros recursos naturales susceptibles de generar demanda. Desconociendo esta situación y, bajo la lógica de que la gente pobre y marginada tiene un mayor potencial revolucionario, los ocho miembros del NGEZ pretendieron reclutar a algunos jóvenes caribes a través del intercambio de productos y de un paciente trabajo de castellanización, alfabetización y promoción de la salud, aunque sólo lograron crear vínculos de amistad, ya que una serie de eventos inesperados los obligó a huir de la zona.

El 13 de febrero de 1974, en una acción de rastreo para encontrar a los responsables del homicidio del industrial Eugenio Garza Sada (perpetrado por la Liga Comunista 23 de Septiembre meses atrás), la policía descubrió por accidente una casa de seguridad de las FLN en Monterrey, N.L. habitada por Napoleón Glockner y Nora Rivera, quienes bajo tortura confesaron la ubicación del cuartel general de las FLN, en el Estado de México. Por consiguiente, la noche del 14 de febrero la Policía Militar llevó a cabo la “Operación Nepantla”, un ataque sorpresa de cerco y aniquilamiento de los guerrilleros que habitaban la casa de seguridad, cuyo saldo fue de cinco muertos: Alfredo Zárate, Dení Prieto, Carmen Ponce y Anselmo Ríos y dos detenidos, Gloria Benavides y Raúl Morales.

Primera plana del asesinato de Eugenio Garza Sada en El Sol. Diario Regiomontano de la tarde. Imagen tomada de: https://bit.ly/2VCTbaf

Simultáneamente, la red de Monterrey fue desarticulada con la aprehensión de doce colaboradores y en Ciudad de México fue detenido el célebre crítico de arte Alberto Híjar. En Nepantla se encontraron documentos que proporcionaban la ubicación exacta de “El Chilar” y la Policía Militar se desplazó a las Cañadas el 16 de febrero, dando inicio a la “Operación Diamante”, pero los guerrilleros, que habían escuchado las noticias a través de la radio, pudieron salir del campamento con la ayuda de sus contactos caribes. Por consiguiente, el 46° Batallón de Infantería de la 31ª Zona Militar, con sede en Tuxtla Gutiérrez (capital del estado de Chiapas) asumió el mando de la operación. Entre febrero y marzo de 1974 se registraron dos enfrentamientos y hubo dos bajas militares. Los guerrilleros lograron ocultarse en la selva, no obstante, uno a uno fueron delatados por indígenas tzeltales: Elisa Sáez, Raúl Pérez Gasque y Carlos Vives fueron detenidos-desaparecidos y Federico Carballo, Juan Guichard y César Yáñez ejecutados y sepultados clandestinamente en la selva. Los campesinos entregaron a los “chileros” no sólo porque desconocieran su procedencia, sino porque no simpatizaban con la vía armada. De esta manera concluyó la primera operación contrainsurgente en la historia de la Selva Lacandona.

Las FLN fueron prácticamente exterminadas sin haber cometido ningún atentado concreto contra el Estado o la oligarquía, siendo el único grupo armado en esa situación. Del núcleo fundador, sólo sobrevivieron Mario Sáenz y Fernando Yáñez, quienes dirigieron el repliegue táctico y la reconstrucción de la organización. Asimismo, ambos orquestaron un ajuste de cuentas con el pasado inmediato y, en noviembre de 1976, un comando de las FLN ajustició a Glockner y Rivera por haber proporcionado información a las fuerzas de seguridad. Las secuelas de la caída no concluyeron aquí. Las FLN buscaron a sus desaparecidos en las cañadas hasta 1979, cuando se percataron de que nunca los encontrarían, ni vivos ni muertos.

A pesar de la represión, el aislamiento y la reforma electoral de 1977 que legalizó a la izquierda demócrata, y la ley de amnistía de 1978 que liberó al grueso de los presos políticos, las FLN se aferraron a su proyecto armado y, entre 1975 y 1980, hicieron varios intentos por volver a establecer un campamento en las montañas de la Selva Lacandona. Todos ellos se vieron frustrados por la muerte trágica de varios dirigentes: Julieta Glockner y Graciano Sánchez fueron accidentalmente descubiertos y asesinados por el ejército en Cárdenas, Tabasco en 1975; Mario Sáenz, murió a consecuencia de un accidente de cacería en 1977, cuando tomaba parte de una expedición en la selva para decidir el lugar de implantación de un nuevo núcleo guerrillero y Jorge Velasco fue asesinado a traición, por un desertor del grupo, en una casa de seguridad en Macuspana, Tabasco, en 1980. Sin embargo, las FLN persistirían hasta lograr su objetivo.

El reencuentro de la vanguardia mestiza con el mundo indígena

El principal problema agrario en Chiapas se derivó de la reconversión ganadera de las fincas, la cual obedeció a la demanda del mercado internacional. Este proceso inició en la década de los cincuenta e implicó la liberación de decenas de miles de peones acasillados. A fin de no afectar a los grandes propietarios, que concentraban el 60% del suelo chiapaneco, el gobierno respondió a las solicitudes de tierras abriendo la Selva Lacandona a la colonización, pese a que ésta no tenía un suelo apto para la agricultura. Indígenas despojados de sus tierras por los caciques, campesinos que no se habían beneficiado nunca del reparto agrario, peones liberados y otros jornaleros desempleados, se diseminaron libremente por toda la selva, hasta que el decreto de la “brecha lacandona” cortó de tajo la posibilidad de establecer nuevos ejidos en la zona. A partir de 1974, comunidades tzeltales, tzotziles, choles y tojolabales iniciaron una batalla por su derecho a poblar la selva, misma que ha tenido muchas etapas y que continúa como un problema vigente en nuestros días.

Atraídos por la problemática de este sector de campesinos desarraigados y desamparados ante la ley, numerosas Iglesias y organizaciones de izquierda se acercaron a ofrecerles marcos de identidad religiosa y política. Diversas Iglesias evangélicas americanas fueron las primeras en acompañar a los colonos. Con un sentido de competencia respecto a otros grupos religiosos, a partir de la década de los sesenta la Iglesia Católica, representada por la Diócesis de San Cristóbal (DSC), intentó llevar a cabo un ambicioso proyecto de evangelización de todas las etnias indígenas bajo su jurisdicción, la cual incluía a la Selva Lacandona. El obispo Samuel Ruiz, influido por la teología de la liberación, promovió una catequesis que se oponía a las estructuras de dominación de los oprimidos e idealizaba a la comunidad indígena como el modelo para construir el reino de Dios en la tierra.

Samuel Ruíz, tomando posesión como Obispo de la Diósesis de San Cristóbal de las Casas, Chiapas. 25 de enero de 1960. Imagen tomada de: https://eschiapas.org/2011/01/24/samuel-ruiz-garcia-1924-2011/

La DSC realizó un importante trabajo de articulación comunitaria y logró constituirse como uno de los principales poderes fácticos de Chiapas. Uno de sus logros más visible fue el Primer Congreso Indígena de Chiapas, que se realizó del 13 al 15 de octubre de 1974 en San Cristóbal de Las Casas, bajo el auspicio del gobierno estatal. El evento conmemoró los quinientos años del natalicio de Fray Bartolomé de las Casas y reunió a 1230 delegados de las etnias tzotzil, tzeltal, chol y tojolabal quienes, contrariamente a lo que las autoridades esperaban, abordaron problemas relativos a salud, vivienda, educación y tierra.

El Congreso sirvió para identificar la problemática común de los pueblos indígenas, no obstante, la DSC no tenía la posibilidad de organizar políticamente a las comunidades, por lo que favoreció su vinculación con agrupaciones de izquierda, tales como la Unión del Pueblo (UP) y Línea Proletaria (LP), las cuales arribaron a Chiapas en 1974 y 1978, respectivamente. Estos grupos enarbolaban un maoísmo sui generis, que ponderaba el trabajo con las masas a través de asambleas democráticas, cuyo objetivo era crear una base social dispuesta a dar la lucha, no por la revolución, sino por demandas económicas básicas, tales como servicios públicos, infraestructura y todo aquello que el Estado nunca había otorgado a sus ciudadanos invisibles. Los maoístas reorganizaron los movimientos campesinos, cambiando la orientación de la lucha por la tierra a la creación de cooperativas y uniones de crédito. En la Selva Lacandona, dos organizaciones de gran importancia emergerían bajo la asesoría de UP y LP: la Unión Ejidal Quiptic Ta Lecubtesel (1975) y la Unión de Uniones Ejidales y Grupos Campesinos Solidarios de Chiapas, en 1980, la cual llegó a aglutinar a 12 mil campesinos.

Asistentes del Primer Congreso Indígena de Chiapas de 1974. Imagen tomada de: http://www.pozol.org/wp-content/uploads/2014/01/Congreso-1974-4.jpg

Las FLN fueron ajenas a estos fenómenos, pues su obsesión con la Lacandona obedecía a sus condiciones geoestratégicas óptimas. No había otra región en la república que reuniera las características necesarias de aislamiento e incomunicación, terreno abrupto y montañoso, fauna amenazadora y densa vegetación, ideales para establecer el teatro de operaciones de un ejército popular. Por otra parte, la selva era un espacio en el que, excepto por la estructura del comisariado ejidal y algunas tiendas populares (dependientes de la Compañía Nacional de Subsistencias Populares), las instituciones estatales y federales no tenían la menor presencia, e incluso la policía y el ejército desconocían el terreno. Aunado a todo esto, la cercanía con el Istmo de Tehuantepec era favorable a una división del país que permitiera consolidar una zona liberada que pudiera conectarse con Centroamérica, y la frontera con Guatemala podría servir como retaguardia en caso de huida o repliegue.

Desde una visión esencialista, las FLN consideraban a los campesinos como “el eslabón más débil del sistema” y la única clase revolucionaria de la historia de México lo que, en teoría, debía facilitar su adquisición de una conciencia política y, por ende, su reclutamiento. A semejanza de otras tentativas guerrilleras realizadas en zonas indígenas (como la del Che Guevara en Bolivia), las FLN ignoraban los factores culturales, la historia, la identidad, la cosmovisión y otros rasgos particulares de estas comunidades escasamente vinculadas al capitalismo, a las que sólo valoraban como un sujeto de clase y no como un sujeto étnico con fines propios. De esta manera, uno de los errores del NGEZ fue no haber observado que, mientras el gobierno mantuviera viva la expectativa del reparto agrario, los campesinos no tendrían razones para participar en una iniciativa armada y menos aún los caribes, que eran la única etnia beneficiada por la “brecha lacandona.” Por consiguiente, el foco guerrillero, que apostaba a irradiar su luz sobre indígenas despolitizados, que eran dueños de sus tierras, difícilmente habría podido crecer. No obstante, la dirigencia de las FLN no veía al NGEZ como un fracaso, por el contrario, pensaba que éste había sido una gran escuela para aprender cómo sobrevivir en la selva con poca ayuda de los nativos.

No fue sino hasta el ascenso sandinista en Nicaragua que las FLN se plantearon el abandono definitivo del foquismo y adoptaron la estrategia de la Guerra Popular de Liberación Nacional, inspirada en la Guerra Popular Prolongada maoísta y en la experiencia vietnamita. A diferencia del foquismo, que ponderaba la formación de una vanguardia de combatientes ejemplares, la Guerra Popular priorizaba la preparación de las bases del ejército popular. Así, a partir de 1978, los acercamientos de las FLN al mundo indígena fueron más tácticos. Ese año, un grupo de militantes se estableció en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, con la intención de crear una plataforma de trabajo comunitario. A través de brigadas de alfabetización, primeros auxilios, vacunación, etc., la organización dio inicio a un lento trabajo de infiltración en comunidades tzeltales y tzotziles marginadas, en la zona de los Altos, con miras a identificar elementos susceptibles de ser reclutados.

Un golpe de suerte llevó a las FLN a conocer a unos estudiantes indígenas de Chiapas en la Universidad Nacional Autónoma de México, cuyas redes familiares llegaban hasta Sabanilla y Huitiupán, dos municipios de la región Norte, caracterizados por un elevado nivel de pobreza y marginación, grandes conflictos agrarios y una represión de alta intensidad. Hacia 1978, el movimiento agrarista había entrado en una fase de declive, debido a la represión militar y a la penetración de diferentes organizaciones (comunistas, maoístas, socialistas). No deja de llamar la atención que, comunidades que se encontraban exactamente en las mismas condiciones, hubieran adoptado diferentes visiones sobre su situación política y elegido a diferentes tipos de aliados, desde la izquierda economicista hasta la armada, lo cual generó divisiones intra e intercomunitarias.

En 1978, en el ejido de Lázaro Cárdenas de Huitiupán, que llevaba cuatro décadas de lucha por la regularización de la tierra, las FLN lograron reclutar a Paco, un joven tzotzil que había dirigido tomas de tierras y otras acciones directas contra los caciques regionales. De forma paulatina, Paco incorporó a la organización a sus familiares más cercanos en la región Norte, y proporcionó información sobre otros que habitaban en los ejidos de Emiliano Zapata y Tierra y Libertad, en el valle de San Quintín. El nuevo modelo de reclutamiento de las FLN consistió en sacar a los indígenas de sus comunidades para entrenarlos en casas de seguridad urbanas. Lo que caracterizaba al primer grupo indígena reclutado no era únicamente ser gente pobre, sino sobre todo, el estar politizados y radicalizados por un proceso interno, y tener una disposición a la autodefensa armada, por una percepción de agotamiento de la vía legal y pacífica. No obstante, los indígenas tenían una visión localista de la lucha, a partir de la cual sólo enfocaban a caciques y finqueros como su enemigo principal.  Los militantes de las FLN abordaron el asunto desde su particular pedagogía revolucionaria: les hicieron ver la necesidad de proyectar la lucha a nivel nacional, contra el imperialismo, la burguesía, el Estado y sus brazos armados, y les dieron formación en todos los sentidos (política, militar, técnica y escolar), para convertirlos en las bases de apoyo del ejército popular con el que tanto habían soñado.

La consolidación de las FLN y sus vínculos con el exterior

En 1978 se formó el primer Buró Político de las FLN, constituido por cinco miembros,  el cual acordó la publicación de una revista clandestina para la formación política de los cuadros, a la que se le dio el nombre de Nepantla. Órgano de agitación y comunicación interna de las FLN, la cual empezó a circular entre los militantes profesionales el 14 de febrero de 1979. La revista, de irregular periodicidad y tiraje limitado, se publicó al menos hasta 1993 y probablemente rebasó los cien números. Es la fuente más importante para comprender la ideología y la evolución del proyecto de las FLN.

Portada del primer número de la revista clandestina Nepantla. Órgano de agitación y comunicación interna de las FLN, editado el 14 de febrero de 1979. Imagen tomada de: https://www.lavozdelanáhuac-sextaxlalibre.gratis/2014/02/febrero-mes-de-recuerdos-tristes-y.html

En 1979, el ascenso revolucionario en Nicaragua impactó positivamente el reclutamiento de las FLN en las universidades, al revitalizar las expectativas en torno a la vía armada. Además, hubo un crecimiento sin precedente del grupo, provocado por el ingreso constante de indígenas, lo cual propició la formulación de los Estatutos de las FLN, que establecían el proyecto socialista de nación, la estructura orgánica y la línea político-militar definitivos, y regulaban todos y cada uno de los aspectos disciplinarios internos. Asimismo, éste fue el primer documento en el que se diseñó la arquitectura de lo que sería el EZLN, concebido como el ejército popular y rural que debería adquirir una estructura regular y atenerse a las Convenciones de Ginebra.

Por esos mismos años, las FLN intentaron establecer nexos con el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) y les enviaron una brigada internacionalista de solidaridad. Debido al notable apoyo que el presidente José López Portillo otorgó a los sandinistas, éstos prestaron muy poca atención a la guerrilla mexicana y, a decir de varios exmilitantes, nunca les proporcionaron ayuda. De hecho, no hay evidencia de que alguna otra organización armada del continente hubiera colaborado con las FLN. En cambio, a partir de 1982 éstas brindaron cobertura a William Morales, un militante de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional de Puerto Rico (FALN) que era uno de los prófugos más buscados por el FBI, a consecuencia de los actos terroristas que había cometido en suelo estadounidense.

Las FLN ayudaron a Morales a ocultarse a cambio de que él impartiera cursos sobre fabricación de explosivos, no obstante, un error de seguridad llevó al FBI a detectar su presencia en Puebla. El 26 de mayo de 1983, Morales fue detenido, dos miembros del Buró Político de las FLN, “Mario Marcos” y “Ruth”, fueron asesinados en sendos enfrentamientos con la policía y un joven tzeltal fue herido en una casa de seguridad. Éste fue torturado y la DFS supo de la presencia de las FLN en Chiapas, no obstante, no hizo nada por desmantelar a la organización, aunque tiempo después el joven tzeltal fue arrojado desde un helicóptero sobre una comunidad de la selva a manera de advertencia, para aterrorizar a la población.

El origen de dos Ejércitos Zapatistas

Las FLN habían hecho un trabajo de prospección en la cañada de San Quintín y concluyeron que había disposición combativa de la población, por lo que era un buen lugar para implementar un núcleo guerrillero. Esto, debido a que un decreto presidencial de 1978 había dado lugar a la Reserva Integral de la Biósfera de Montes Azules (RIBMA), la cual afectaba originalmente el valle de San Quintín. Tanto la primera “brecha lacandona” como la nueva generaron un fuerte sentido de amenaza entre los ejidatarios de la región, temerosos de que se repitiera el caso de veintiún ejidos que fueron desalojados y reubicados en pésimas condiciones en 1974. La ausencia de resultados en la lucha por la tierra, derivada de la falta de voluntad política de los gobiernos estatal y federal, provocó una paulatina radicalización de las comunidades.

A diferencia del NGEZ, que había sido totalmente exógeno, las FLN regresaron a las Cañadas con indígenas formados como cuadros de primer nivel, los cuales tenían vínculos de parentesco con campesinos de la zona elegida como teatro de operaciones, con los que sería fácil iniciar labores de reclutamiento. Los militantes podían confiar, además, en sus trece años de experiencia acumulada en la selva (1969-1983) y en la larga cadena de ensayo y error en el proceso adaptativo a sus difíciles condiciones. Por consiguiente, el 17 de noviembre de 1983, en un paraje próximo a la laguna de Miramar, en la montaña de Chuncerro, dos de los tres dirigentes nacionales de las FLN, Fernando Yáñez (hermano de “Pedro”) y Gloria Benavides, “Rodolfo” y tres de los reclutas indígenas con mayor antigüedad, “Frank”, “Jorge” y “Javier” establecieron el primer campamento neozapatista. De esta manera, el EZLN se fundó un año después de que concluyera la última administración que participó en la llamada “guerra sucia.” Su persistencia fue una señal de que el movimiento armado socialista no había sido del todo derrotado.

Las versiones de académicos y periodistas caracterizados por su antizapatismo, como Tello, Legorreta, Rico y De la Grange, atribuyen la fundación del EZLN a un supuesto apoyo de la DSC a la guerrilla y al aprovechamiento de las redes políticas creadas por los maoístas. Los exmilitantes consultados señalan que, en efecto, la Diócesis permitió que la guerrilla penetrara en el territorio bajo su jurisdicción eclesiástica, pero nunca dio un apoyo claro y decidido a las FLN-EZLN. Por lo que respecta a los maoístas (UP, fusionada con LP a partir de 1978), es innegable que realizaron un trabajo de politización y organización sin precedentes en la Selva Lacandona, sin embargo, hasta 1983 ninguno de los cuadros indígenas de las FLN había sido formado por ellos, e incluso, tras el conflicto que partió en dos a la Unión de Uniones en 1983, fueron expulsados de la región.

Lo que las obras de estos autores oscurecen es la conformación del sujeto político étnico. Luchadores sociales indígenas, que combinaban en su persona el liderazgo político, religioso y comunitario, y que representaban a una base social muy amplia, fueron captados por el EZLN a partir de 1984. Todos ellos fueron formados por la DSC y algunos también por los maoístas, no obstante, atravesaron por un proceso de empoderamiento que los colocó por encima de estos agentes externos y los llevó a tener un control absoluto sobre los destinos de sus comunidades.

Por lo anterior, se puede hablar de dos EZLN en sentido metafórico: uno que se fundó en 1983 como producto de la tenacidad político-ideológica de los militantes de las FLN y de la percepción del agotamiento de la lucha civil por parte de un reducido grupo de indígenas de la región norte, y otro que se gestó en la segunda mitad de la década de los ochenta y que fue resultado de la autonomía organizativa de las comunidades, que hicieron una lectura de su contexto local y valoraron la pertinencia de una militancia armada, para probar una vía que nunca antes habían ensayado. Este “segundo” EZLN, nutrido principalmente por indígenas de la Selva Lacandona, y en menor medida por algunos de los Altos, es el que adquirió una identidad independiente respecto a su organización madre y el que saltó a la fama mundial en 1994, contradiciendo el fin neoliberal de la historia.

Fotografía captada por Antonio Turok en la toma de un municipio de San Cristóbal de las Casas el 1° de enero de 1994. Imagen tomada de: https://www.vice.com/es_latam/article/gq8wpb/happy-20th-birthday-zapatistas

Para saber más

Cedillo, Adela, «El fuego y el silencio: Historia de las Fuerzas de Liberación Nacional Mexicanas (1969-1974)», Tesis de Licenciatura en Historia, UNAM, 2008.

Cedillo, Adela, «El suspiro del silencio. De la reconstrucción de las Fuerzas de Liberación Nacional a la fundación del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (1974-1983)», Tesis de Maestría en Estudios Latinoamericanos, UNAM, 2010.

Le Bot, Yvon, El sueño zapatista. Entrevistas con el Subcomandante Marcos, el mayor Moisés y el comandante Tacho, del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, Barcelona, Plaza y Janés, 1997.

Legorreta, María del Carmen. Religión, política y guerrilla en Las Cañadas de la Selva Lacandona, México, Cal y Arena, 1998.

Rico, Maité y Bertrand de la Grange, Marcos, la genial impostura, México, Aguilar, 1998.

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