La expansión del zapatismo
octubre 15, 2019 La Bola

La expansión del zapatismo: construyendo la historia en clave suriana

Por Baruc Martínez Díaz

Tradicionalmente, la historiografía ha encasillado al zapatismo como un movimiento local que apenas se circunscribió a los límites administrativos del actual estado de Morelos. Una revisión más profunda, sin embargo, permite avizorar que pocos meses después de su insurrección, éste se expandió rápidamente sobre una zona mucho más amplia que pronto desbordó las fronteras del núcleo original de la revuelta, es decir, la de los cálidos valles cañeros morelenses. En las líneas siguientes se pretende explicar este fenómeno recurriendo a una perspectiva que privilegie los aspectos histórico-culturales de los pueblos en un vasto territorio que fue conocido como el Sur o la región suriana.

A la memoria de mi maestro y amigo Francisco Pineda Gómez

El ombligo, el origen

El segundo viernes de Cuaresma de 1911, un grupo de habitantes de los valles centrales morelenses —entre ellos se encontraba Emiliano Zapata— se reunieron en Cuautla, aprovechando las tradicionales festividades que ahí se llevaban a cabo. El motivo de dicho encuentro había sido ponerle fecha al levantamiento armado contra el régimen del vetusto presidente Porfirio Díaz, que llevaban planeando meses atrás. La drástica decisión de colocarse entre la vida y la muerte fue fijada en el calendario y en la geografía: 11 de marzo de 1911 en el zócalo de Villa de Ayala. Recurriendo a su bagaje histórico, los rebeldes se insurreccionaron en la madrugada del día acordado. Tomaron la presidencia municipal, se pertrecharon con las armas gubernamentales y liberaron a los presos. El profesor Otilio Montaño sintetizó en una frase el espíritu y los objetivos del naciente movimiento revolucionario: ¡Abajo haciendas, vivan los pueblos! El desafío contra el Estado estaba hecho.

En los meses siguientes el movimiento rebelde se fue expandiendo y fortaleciendo con la adhesión de otros contingentes provenientes de los pueblos cercanos. A finales de mayo, el novedoso ejército revolucionario obtuvo su primera victoria significativa cuando logró tomar la segunda población más importante del estado, Cuautla, al derrotar a uno de los regimientos más afamados del orden porfirista: el Quinto de Oros. Por aquellos días este grupo rebelde era uno de los principales brazos armados del maderismo en la región central de México, y como tal, a pesar de gozar de cierta autonomía, estaba subordinado a las decisiones de Francisco I. Madero.  Después del pacto que los maderistas hicieran con el gobierno de Díaz, materializado en Ciudad Juárez, los combatientes surianos siguieron el guion que se les imponía desde las lejanas tierras norteñas.

De junio a noviembre, los hombres jefaturados por Emiliano Zapata mantuvieron la esperanza de ver cumplidas sus expectativas: que aquel grito de Ayala se volviera una realidad generalizada. Pero las haciendas siguieron de pie y los pueblos sometidos. Hubo intentos de uno y otro lado para llegar a un acuerdo, pero las acciones del gobierno interino de Francisco León de la Barra, aunadas a las tibias respuestas del presidente electo Madero, fueron abonando la desconfianza de los campesinos insurrectos. Después de un intento artero para asesinar a Zapata, los rebeldes decidieron empuñar las armas de nueva cuenta hasta vencer o morir. A finales de noviembre de 1911, varios grupos de revolucionarios se dirigieron hacia la serranía sur de Puebla, la cual lindaba con Morelos. En el pueblo de Ayoxustla, Zapata, Montaño y otros, se reunieron en repetidas ocasiones a fin de redactar un programa que le otorgara bandera y legitimidad al movimiento. El 28 de noviembre, el general de jefe, Emiliano, citó a todos los contingentes rebeldes. La banda de música tocó el himno nacional; se leyó el documento, y, al final, se sentenció: ¡aquellos que no tengan miedo que pasen a firmar! Así, al mismo tiempo, surgió el Plan de Ayala y el zapatismo obtuvo su autonomía.

¿Por qué esta rebelión, que en sus primeros días apenas contaba con algunas decenas de combatientes, pudo incrementarse con tal velocidad? ¿Cómo fue posible que habitantes de geografías distintas y con historias locales heterogéneas decidieran engrosar ese ejército campesino hasta convertirse en los miles de milicianos que constituyeron el Ejército Libertador del Sur?

 

La expansión rebelde: el caso del sur de la Cuenca de México

Antes y después de la proclamación del Plan de Ayala, el ejército revolucionario manifestó un rápido incremento en el número de sus actores. Conforme los meses transcurrieron, la rebelión se extendió a las zonas aledañas: Puebla, Tlaxcala, Guerrero, Estado de México y Distrito Federal. La zona sur de la capital de país sin duda alguna fue la que más conmoción causó a la gente de gobierno. Paradójicamente es la que menos atención ha recibido en la historiografía.

Mapa 1. Territorio controlado por zapatistas, 1914-1915. Retomado de Seppe de Vresse Pieters (coord.), Atlas histórico de México; diseño de atlas por Karla Gabriela Moreno Vega; mapas interactivos por Karla Gabriela Moreno Vega y Jazmín Arrieta Sámano; México, UNAM/CCH, [2019]. En línea, disponible en: https://e1.portalacademico.cch.unam.mx/atlas/revolucionMexicana#prettyPhoto[flash]/6/

A finales de 1911, y a pesar del considerable despliegue de fuerzas militares que el gobierno maderista realizó, el zapatismo avanzó, en un claro afán ofensivo, sobre el corazón del país, es decir, sobre la retaguardia enemiga. En octubre, los campesinos surianos atacaron y ocuparon momentáneamente pueblos como Milpa Alta, Topilejo, Tulyehualco y Tláhuac. En este último sitio, el 25 de octubre los revolucionarios fueron recibidos, según el parte oficial correspondiente, con “música y agasajos”, lo cual evidenciaba la simpatía con la que eran recibidas las fuerzas que se oponían al aparato gubernamental. Por aquellos días los funcionarios maderistas discutieron bastantes horas acerca del crecimiento zapatista. Sus testimonios, cargados de una visión colonial y racista, permearon el ambiente: la rebelión de los indios había llegado a las puertas de la capital; el Atila del Sur (como desde entonces fue conocido Zapata) se presentaba como un peligro para el orden y el progreso; y sus bárbaras hordas surianas eran engrosadas por los no menos bárbaros habitantes de los pueblos del sur de la Cuenca de México. Barbarie contra civilización: ésa fue la conclusión a la que llegaron los estudiados cerebros de la élite. José María Lozano —un funcionario porfirista—, empero, dio en el clavo en una de las bases de la insurrección: “Ya Zapata no es un hombre, es un símbolo”.

A partir de ese momento, las acciones militares del zapatismo fueron en incremento por lo menos hasta la primera mitad de 1915. La zona lacustre del sur de la Cuenca manifestó un notable apoyo hacia el Ejército Libertador del Sur. Muchos de sus logros más importantes (por ejemplo, las dos tomas de la Ciudad de México en 1914 y 1915) no se podrían explicar sin la decidida colaboración que los habitantes de esta geografía le brindaron al movimiento rebelde. El zapatismo, por su parte, también supo sacar provecho del paisaje acuático de esta región. Utilizó canales, chinampas y canoas para llevar a cabo sus acciones bélicas, no sólo en las batallas, sino también en la construcción de una amplia red por donde circulaban lo mismo pertrechos de guerra que información secreta.

En esta tesitura, la Revolución del Sur puede ser entendida como una confrontación civilizatoria: una pugna originada por dos modelos diferentes de concepción y aprovechamiento del mundo. Lo que en un comienzo fue la lucha de la civilización del maíz contra la del azúcar, en el sur de la Cuenca se convirtió en el choque entre la civilización del agua contra la del desagüe. Ahora bien, teniendo en cuenta que hablamos de espacios con trayectorias disímiles ¿cómo explicar la expansión y la concordancia? ¿Fue una azarosa coincidencia o había basamentos profundos que las sostuvieran?

 

Las raíces profundas del zapatismo. Una mirada desde lo suriano

Pienso que para explicar la expansión del zapatismo con mayor cabalidad, es necesario poner el énfasis en varios factores que van desde la larga duración histórica hasta las coyunturas más cercanas. Hasta el momento he logrado identificar tres elementos que dotaron de una densa profundidad temporal al movimiento suriano: una larga historia similar, enmarcada en el surgimiento de una civilización y caracterizada por la imposición del dominio colonial; un territorio simbólica y materialmente compartido, el cual habían venido construyendo los pueblos desde hacía varios siglos; y una serie de agravios recientes que la modernización capitalista había generado durante los últimos lustros del gobierno porfirista.

En primer lugar hay que tomar en cuenta dos cuestiones. El zapatismo fue un movimiento heterogéneo en el cual lo mismo participó un campesino poco letrado que un activista anarquista. Sin embargo, el sostén principal del ejército rebelde lo constituyeron los pueblos surianos. Estos actores colectivos poseían una larga tradición histórica: su origen estaba anclado al mismo surgimiento del desarrollo urbano y sedentario mesoamericano, es decir, al descubrimiento del cultivo de la milpa (la asociación de alimentos en donde la columna vertebral es el maíz). En bastantes casos es posible hallar los orígenes de los pueblos zapatistas en el posclásico tardío; no obstante, muchos otros surgieron por medio de la política de congregaciones que la corona española impulsó a finales del siglo XVI y principios del XVII, retomando, en un buen número de ocasiones, las tradiciones dinásticas construidas antes de la invasión ibérica. Estos altepetl, calpulli o tlaxilacalli en su defecto, se convirtieron en repúblicas de indios durante el gobierno novohispano, pero, como algunos estudios históricos han mostrado, mantuvieron muchos de sus elementos mesoamericanos, transformándolos y adaptándolos a las nuevas circunstancias históricas. El hecho es que, como lo hicieron antes y después del predominio mexihcatl, estos actores colectivos defendieron constantemente su autonomía y su territorio frente al poder hegemónico. Así, el desarrollo histórico de los pueblos surianos estuvo caracterizado por una tenaz lucha en defensa de sus bienes comunes, máxime cuando la colonialidad les impuso nuevas maneras de entender y usufructuar su entorno. A pesar de sus particularidades, esta secular resistencia fue compartida por todas las comunidades de origen mesoamericano.

Al despuntar el siglo XIX los pueblos se modificaron drásticamente, ya sea por su conversión en municipios constitucionales o porque muchos habitantes afrodescendientes se adhirieron. Estos últimos, por cierto, les aportaron nuevos elementos culturales, pero, a la postre, se incorporaron a la tradición civilizatoria de los pueblos, por lo cual su contribución se supeditó al marco cultural mesoamericano. No fue por lo tanto, una ruptura significativa como la que últimamente ha pretendido el historiador John Womack, ignorando o soslayando la densidad temporal del territorio suriano. Dos aspectos atravesaron toda esta historia, mismos que reivindicó el propio zapatismo, con los cuales resulta más fácil comprender su expansión: la lucha por el territorio comunitario y por la autonomía política, económica, cultural y ecológica.

«Fuerzas surianas desfilando por las calles de la República, llevando su estandarte de la Virgen de Guadalupe en su entrada triunfal», en Gustavo Casasola, Historia gráfica de la Revolución Mexicana, vol. II, México, Trillas, 1964. Imagen tomada de: http://www.mediateca.inah.gob.mx/repositorio/islandora/object/fotografia%3A445505

Los pueblos surianos, a lo largo de los siglos, fueron construyendo una noción más extensa de un amplio espacio que todos ellos compartían, más allá de su pertenencia a sus terruños locales. Este amplio territorio zapatista, el Sur, se edificó a partir de varios elementos: una serie de fiestas/peregrinaciones; la existencia de tianguis y mercados regionales; los flujos comerciales a través de tamemes y arrieros; el uso de lenguajes comunes (náhuatl y español); y la existencia de un complejo simbólico-cultural de origen mesoamericano que había ido transformándose por la imposición del orden colonial.

Las festividades religiosas estaban —y aún están— focalizadas en importantes centros de culto que tuvieron su origen desde antes de la llegada de los españoles. Sitios de veneración hacia las deidades terrestres y pluviales como Amecameca, Tepalcingo, Chalma y el Tepeyac, que con el proceso de evangelización fueron sustituidas por imágenes de Cristo y la virgen de Guadalupe. En todos estos santuarios predomina la geografía sagrada mesoamericana, ya sea por la presencia de ríos, cerros y cuevas. Luego del arribo de los iberos, todos estos templos eran visitados anualmente , factor que permitía el encuentro de habitantes de variadas latitudes por lo menos una vez al año. Además del propio culto religioso, estas festividades daban pie al intercambio de productos y saberes que se hallaban dispersos en un amplio territorio: frutos, semillas, artesanías, diversiones y noticias eran compartidas por todos los pueblos durante estas celebraciones sacras.

Los tianguis y mercados hicieron lo propio. Fueron el eslabón calendárico entre la cotidianidad pueblerina y las peregrinaciones. A través de ellos, si bien en menor escala, los habitantes surianos convivían con mayor periodicidad, lo que propició una convivencia cercana y una rápida autoadscripción a ese espacio material y simbólico que las comunidades compartían. Los ejemplos más conocidos, de estos puntos de intercambio, apuntan hacia Cuautla, Jojutla, Ozumba, Toluca, Chalco y Xochimilco. Para llegar a estos sitios, los caminos y veredas construidos a lo largo de los siglos fueron primordiales, mismos que eran utilizados por peregrinos y arrieros. Es decir, el flujo recurrente, a pesar del dominio colonial, pudo ser continuado a través de las antiguas rutas mesoamericanas, incorporándose a ellas algunos caminos abiertos durante la época novohispana.

El uso del idioma náhuatl siguió siendo una constante al pasar de los siglos. Aunque la historiografía de corte zapatista ha insistido, las más de las veces, en negar la presencia de la lengua náhuatl entre los pueblos surianos, un análisis profundo muestra que seguía siendo uno de los más importantes medios de comunicación en el territorio suriano. Hay evidencias, inclusive, que el propio general Zapata era portador del idioma. En esa tesitura, la publicación de los manifiestos nahuas de 1918 debe ser considerada como uno de los muchos momentos en que el náhuatl tuvo preeminencia al interior de los filas del Ejército Libertador del Sur, a pesar de que algunos estudiosos, como John Womack, Samuel Brunk y Felipe Ávila, hayan intentado demostrar que los portadores de dicha lengua fueron marginales dentro de la Revolución del Sur.

Asimismo, hay que considerar que al interior de los pueblos surianos existía —y aún existe— un complejo simbólico-cultural que codificaba la naturaleza de una manera particular. Éste visibilizaba el lejano origen mesoamericano de los pueblos, pero, al mismo tiempo, daba cuenta de las profundas transformaciones sufridas por la imposición del dominio colonial. El complejo estaba constituido lo mismo por las antiguas deidades nahuas que por las nuevas representaciones cristiano-medievales. Sin embargo, todas ellas estaban vinculadas al trabajo agrícola, sobre todo a la siembra del maíz. Las peticiones de lluvia; el atajamiento de las tempestades y el granizo; la existencia de especialistas rituales que controlaban el tiempo; las anécdotas en torno a los santos, las sirenas, los charros negros, la llorona, los nahuales, el choco, los empautados, las cuevas y los tesoros que otorgaban riquezas y malaventuras a los pueblos… todas ellas eran compartidas en el territorio suriano. Podían ser leídas y decodificadas porque su referente civilizatorio era similar. Se dice que el mismo Emiliano Zapata gozaba con la enunciación de este tipo de historias.

Finalmente, los agravios recientes ocurridos durante el Porfiriato hicieron lo suyo. Dependiendo de la región, el proceso de modernización capitalista motivó severas consecuencias al interior de los pueblos. En los cálidos valles morelenses, la tecnificación hacendaria y la expansión en la irrigación relegó a los aparceros y les quitó las tierras que rentaban para el cultivo de la milpa, transformándolas en nuevos campos de caña. En otros sitios como el sur de la Cuenca de México, el capital propició la desecación de los cuerpos de agua para transformarlos en parcelas agrícolas. En ambos casos no fue propiamente un despojo territorial, pero sí un agravio contra la economía moral de los pueblos. El valor de cambio se privilegió frente al valor de uso. La gran transformación estaba hecha, en palabras de Karl Polanyi.

Ignacio Aguirre, Tierra y libertad, ca. 1950, grabado en linóleo. Imagen tomada de http://museoblaisten.com/Obra/1614/Tierra-y-libertad

En suma, la conjunción de estos tres factores puede explicar la rápida expansión del movimiento zapatista, al conjugar elementos de larga duración histórica y las coyunturas, enmarcadas bajo una mirada que privilegie la perspectiva suriana. Desde luego existen otras interpretaciones al respecto. Empero, me parecen poco fundamentadas para la explicación del zapatismo, en tanto muestran un desconocimiento de la historia y de la cultura del Sur. El último gran equívoco, desde mi óptica, fue el de Womack y sus seguidores —Héctor Aguilar Camín, entre otros—, ya que, en un afán por mostrar novedosas interpretaciones, tergiversaron las raíces del proceso revolucionario suriano, mismo que modificó la forma de entender las razones de las luchas actuales de los pueblos originarios de nuestro país.1

 

Para saber más

Martínez Díaz, Baruc, «El movimiento zapatista y su relación con la lengua náhuatl»,  en Tierra adentro, México, Secretaría de Cultura, artículo en línea, https://www.tierraadentro.cultura.gob.mx/el-movimiento-zapatista-y-su-relacion-con-la-lengua-nahuatl/ 

Pineda Gómez, Francisco, La guerra zapatista, 1916-1919, México, Era, 2019.

Pineda Gómez, Francisco, “To tlaticpac nantzi mihtoa Patria. Retórica nahua en la revolución del sur”, en Gerardo Ramírez Vidal (ed.), Conceptos y objetos de la retórica ayer y hoy, México, Instituto de Investigaciones Filológicas-UNAM, 2008, 149-164