El macho subvertido
octubre 10, 2019 La Bola

El macho subvertido

Por Uriel Vides 

Después del asesinato de Emiliano Zapata el 10 de abril de 1919, su figura se convirtió en un ícono. Lo mismo fue retomada por los gobiernos posrevolucionarios que enarbolada por diversos movimientos sociales a lo largo del siglo XX. Uriel Vides aborda en este artículo el machismo como una característica esencial de la figura de Zapata, especialmente pone énfasis en la subversión de ésta a partir del análisis de dos productos culturales creados desde la disidencia sexual en la segunda década del siglo XXI. De esa manera, el autor nos invita a repensar la figura del revolucionario desde la subversión de los discursos dominantes de cara a la sociedad incluyente, respetuosa e igualitaria que deseamos construir.

No todos los machos son caudillos, pero todos los caudillos deben ser machos.

Richard Basham, “Machismo”, 1976.

 

En el imaginario colectivo, Emiliano Zapata encarna –junto con Francisco Villa– el ideal de masculinidad asociado con el estereotipo del macho revolucionario que se configuró a lo largo del siglo XX. Este ideal no sería el mismo sin la imagen que el caudillo construyó de sí mismo a través del hábil manejo de la fotografía. Vestido con traje charro, bigote siempre afilado, en ocasiones a caballo y con pistola al cinto, el tipo iconográfico de Zapata tuvo desde el inicio connotaciones de virilidad.

Cuando Zapata comenzó a ser construido como héroe nacional durante la posrevolución, también personificó las virtudes masculinas fomentadas por el régimen y condensadas en la figura del macho: valentía, patriotismo y una hombría incuestionable. Aparentemente el término macho surgió durante la Revolución, pero se popularizó una vez terminado el conflicto armado. La caracterización del macho se definió en contraposición a lo femenino y estuvo atravesada por prejuicios de clase y raza. Heredero de los atributos del charro (arrojo, destreza, apego al campo), el estereotipo del macho revolucionario se difundió a través de las industrias culturales de la época, en especial por el cine de oro que logró articularlo en la imagen de un hombre apuesto y seductor.

En las últimas décadas del siglo XX surgieron algunas propuestas estéticas que confrontaron los valores nacionalistas fomentados desde la posrevolución. Estas críticas a la “mexicanidad institucionalizada”, con todos los clichés que representaba, cuestionaron los modelos hegemónicos de masculinidad y denunciaron al machismo como condición de opresión para mujeres y homosexuales. La desnacionalización del cuerpo permitió la visibilidad de subjetividades hasta entonces excluidas de los relatos oficiales.

Daniel Salazar, El Mandilón, 1995, fotografía, 42.0 x 83.0 cm. Imagen tomada de aquí: https://mysocialmate.co/u/chac_gallery

Despojada de todo rasgo de solemnidad, la imagen de Zapata adquirió nuevos sentidos. Una lectura feminista de Plato de Zapata (1987), óleo de la mexicana Mónica Castillo, podría interpretar la muerte del patriarcado representado en el héroe patrio, cuya cabeza decapitada está lista para ser comida en algún banquete. Otra crítica al machismo, lanzada desde el otro lado de la frontera, es El Mandilón (1995) del chicano Daniel Salazar. En esta obra el artista manipuló la icónica fotografía de Zapata –aquella que fue tomada hacia 1911 en el Hotel Moctezuma en Cuernavaca­– para desmantelar las convenciones de género que mantienen a las mujeres mexicoamericanas relegadas en ambientes domésticos.

Las representaciones menos convencionales de la imagen de Zapata, en términos de distanciamiento de las narrativas heterocentradas, han sido producidas en los últimos años desde la disidencia sexual. Tal es el caso de Revolución (2014), óleo del chiapaneco Fabián Cháirez que se encuentra replicado en forma de mural en el Marrakech, uno de los antros maricas más concurridos en la Ciudad de México. En términos generales, la producción plástica de este artista polifacético confronta la doble moral de la iglesia católica, y explora la dimensión homoerótica del cuerpo a partir de arquetipos de masculinidad en México como luchadores o charros.

Con una estética que recuerda a los calendarios de Jesús Helguera, ilustrador de origen español que reprodujo la ideología del nacionalismo mexicano, la Revolución de Cháirez desafía el ideal de masculinidad proyectado en Zapata mediante un acto de afeminamiento. El macho revolucionario cabalga sobre el aire en un caballo blanco que tiene el miembro erecto. Con una banda tricolor que envuelve su cuerpo moreno y desnudo, Zapata se halla en una pose que recuerda a las mexican calendar girls de las décadas de 1940 y 1950. Un sombrero rosa y una zapatilla negra con tacón de pistola transgreden dos símbolos masculinos por antonomasia: el Zapata de Cháirez es la antítesis de todo lo que tradicionalmente se ha relacionado con el caudillo.

Fabián Cháirez, La Revolución, 2014, óleo sobre tela, 40.5 x 30 cm. Imagen: cortesía del autor.

Revolucionar significa romper con el orden establecido. El cuadro de Cháirez revoluciona la imagen de Zapata no sólo porque rompe con las convenciones instituidas sino porque vincula, mediante un acto de subversión, al ícono del machismo con las batallas ganadas por la diversidad sexual en el siglo XXI. Para 2014, año en que se pintó esta obra, se habían celebrado varios matrimonios entre personas del mismo sexo en la capital mexicana y se avanzaba en el reconocimiento jurídico de las personas trans. Esta revolución contemporánea se ha propuesto combatir los prejuicios sexuales y luchar a favor de una sociedad igualitaria.

Más sediciosas resultan las lecturas de Zapata desde el deseo homoerótico que se multiplicaron en el “Año del Caudillo del Sur”.  En el marco del Orgullo de 2019 se presentó ¡Viva Zapatilla!, exposición curada por Thomas Fléchel en su galería ubicada en la colonia Condesa. Conformada por alrededor de 30 piezas –entre pintura, grabado, fotografía y videoarte– la exposición exploró la dimensión hipermasculinizada de la figura de Zapata dentro de los imaginarios maricas.

La muestra comenzaba con un grabado de José Guadalupe Posada a propósito de la “redada del 41”, ocurrida en noviembre de 1901, cuando la policía irrumpió un baile de homosexuales en la Ciudad de México, la mitad de ellos vestidos de mujer. Se dice que entre los aristócratas involucrados en el escándalo estuvo Ignacio de la Torre, yerno de Porfirio Díaz, cuya homosexualidad se rumoraba en la época. Zapata trabajó durante un breve tiempo como caballerango para Ignacio de la Torre en su mansión del Paseo de la Reforma. Aunque no hay indicios documentales para afirmar que ambos personajes sostuvieron un romance, la historiografía suele aceptar que el poderoso hacendado sentía especial afecto hacia su trabajador, mientras que los imaginarios maricas reclaman la figura de Zapata para sus propios goces.

Thomas Fléchel / El Diablo, ¡Zapata gime, la lucha sigue!, 2019, videoarte. Fotograma.

La pieza estelar de la exposición fue ¡Zapata gime, la lucha sigue! (2019), videoarte con tintes pornográficos, con guión de Thomas Fléchel y filmado por El Diablo, pionero del cine porno gay en México. A lo largo de cuatro minutos se recrea un supuesto romance entre Zapata (interpretado por Lalo Santos) e Ignacio de la Torre (el mismo Fléchel). La trama comienza con un encuentro en San Carlos Borromeo, se desarrolla entre besos y paseos a caballo, y culmina con el acto sexual que transcurre clandestinamente al interior de una hacienda abandonada.

En esta producción, Zapata es objeto de deseo homoerótico y los símbolos de la masculinidad revolucionaria (el traje de charro, el sombrero, la pistola, las cananas) se convierten en fetiches que provocan placer sexual. ¡Zapata gime, la lucha sigue! no sólo refleja la mirada clasemediera de los creadores sino también las fantasías de los receptores a quienes se dirige la obra: un público predominantemente homosexual ávido de cuerpos viriles y racializados que hacen de la masculinidad una virtud muy preciada.

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Dentro de la cultura visual contemporánea existen contra-relatos que desafían los discursos hegemónicos de género y sexualidad. Los estereotipos de masculinidad son subvertidos por algunos artistas con la intención de debilitar la cultura misógina y homofóbica que los reproduce. Periódicamente la figura de Zapata, en tanto ícono del machismo, es desacralizada y sometida a revisiones críticas.

A través de la feminización del macho revolucionario, la visión de Cháirez deconstruye con ironía los paradigmas de masculinidad y promueve la aceptación de la diferencia sexual en medio de una sociedad abiertamente conservadora. Por su parte, la producción de Thomas Fléchel y El Diablo transgrede la imagen de Zapata al mostrarlo como sex symbol de la cultura marica. Si bien reproduce el estereotipo del macho revolucionario y lo refuerza a través de la fetichización de sus cualidades masculinas, este vídeo resulta una rebelión en contra de las narrativas que invalidan la posibilidad de que Zapata tuviera deslices homosexuales.

La figura de Zapata ha sido estandarte de lucha para distintos movimientos sociales a lo largo del siglo XX y lo que va del XXI. Para la diversidad sexual representa una oportunidad para reivindicar deseos e identidades estigmatizados a lo largo de la historia. El reto para estos productos culturales será entrar en diálogo con públicos distintos de los que fueron dirigidos. Más allá de los discursos, los espacios institucionales también deberán asumir un papel activo en la lucha contra la discriminación y abrir sus espacios para la visibilización de la diferencia. De esta forma se contribuirá a erradicar los prejuicios con base en la orientación sexual y se habrá dado un gran paso hacia la construcción de una sociedad incluyente donde todos tengamos cabida.

Para saber más

Machillot, Didier, Machos y machistas. Historia de los estereotipos mexicanos, México, Paidós, 2013.

Vargas Santiago, Luis (editor), Emiliano. Zapata después de Zapata (catálogo de exposición), México, Secretaría de Cultura-INBAL, Museo del Palacio de Bellas Artes, Fundación Jenkins, 2019.