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No todos los machos son caudillos, pero todos los caudillos deben ser machos.

Richard Basham, “Machismo”, 1976.

En el imaginario colectivo, Emiliano Zapata encarna –junto con Francisco Villa– el ideal de masculinidad asociado con el estereotipo del macho revolucionario que se configuró en México a lo largo del siglo XX. Este ideal no sería el mismo sin la imagen que el caudillo construyó de sí mismo a través del hábil manejo de la fotografía. Vestido con traje charro, bigote siempre afilado, en ocasiones a caballo y con pistola al cinto, el tipo iconográfico de Zapata tuvo desde el inicio connotaciones de virilidad.

Cuando Zapata comenzó a ser construido como héroe nacional durante la posrevolución, también personificó las virtudes masculinas fomentadas por el régimen y condensadas en la figura del macho: valentía, patriotismo y una hombría incuestionable. Aparentemente el término macho surgió durante la Revolución, pero se popularizó una vez terminado el conflicto armado. La caracterización del macho se definió en contraposición a lo femenino y estuvo condicionada por sesgos clasistas y racistas. Heredero de los atributos del charro (arrojo, destreza, apego al campo), el estereotipo del macho revolucionario se difundió a través de las industrias culturales de la época, en especial por el cine de oro que logró articularlo en la imagen de un hombre apuesto y seductor.

En las últimas décadas del siglo XX surgieron algunas propuestas artísticas que cuestionaron los valores nacionalistas fomentados por el Estado desde la posrevolución. Estas críticas a la “mexicanidad institucionalizada”, con todos los clichés que representaba, cuestionaron los modelos hegemónicos de masculinidad y denunciaron al machismo como condición de opresión para mujeres y disidentes sexuales. La crisis de los modelos de representación nacional, impulsada por la corriente neomexicanista de los años ochenta y noventa, permitió la visibilización de subjetividades excluidas en los relatos oficiales.

Daniel Salazar, El Mandilón, 1995. Impresión digital. Cortesía de Razalas Studio. 

Despojada de todo rasgo de solemnidad, la imagen de Zapata adquirió nuevos sentidos. Una lectura feminista de Plato de Zapata (1987), óleo de la mexicana Mónica Castillo, podría interpretar la muerte del patriarcado representado en el héroe patrio, cuya cabeza decapitada está lista para ser comida en algún banquete. Otra crítica al machismo, lanzada desde el otro lado de la frontera, es El Mandilón (1995) del chicano Daniel Salazar. En esta obra el artista manipuló la icónica fotografía de Zapata –aquella que fue tomada hacia 1911 en el Hotel Moctezuma, en Cuernavaca­– para desmantelar las convenciones de género que mantienen a las mujeres mexicoamericanas relegadas en ambientes domésticos.

Las representaciones menos convencionales de la imagen de Zapata, en términos de distanciamiento de las narrativas heterocentradas, han sido producidas en los últimos años desde la disidencia sexual. Tal es el caso de Revolución (2014), óleo del chiapaneco Fabián Cháirez que se encuentra replicado en forma de mural en el Marrakech, uno de los antros LGBT+ más concurridos en la Ciudad de México. En términos generales, la producción plástica de este artista polifacético confronta la doble moral de la iglesia católica y explora la dimensión homoerótica del cuerpo a partir de arquetipos de masculinidad en México como luchadores o charros.

Con una estética que recuerda a los calendarios de Jesús Helguera, ilustrador de origen español que reprodujo la ideología del nacionalismo mexicano, la Revolución de Cháirez desafía el ideal de masculinidad proyectado en Zapata mediante la feminización de su imagen. El macho revolucionario cabalga sobre el aire en un caballo blanco que tiene el miembro erecto. Con una banda tricolor que envuelve su cuerpo moreno y desnudo, Zapata se halla en una pose que recuerda a las mexican calendar girls de las décadas de 1940 y 1950. Un sombrero rosa y una zapatilla negra con tacón de pistola transgreden dos símbolos masculinos por antonomasia: el Zapata de Cháirez es la antítesis de todo lo que tradicionalmente se ha relacionado con el caudillo en la historia de su representación.

Fabián Cháirez, La Revolución, 2014, óleo sobre tela. Fotografía de Dani Barbeito. Imagen tomada de: https://elpais.com/cultura/2020-09-24/una-segunda-oportunidad-para-el-arte-censurado.html

Revolucionar significa romper con el orden establecido. El cuadro de Cháirez revoluciona la imagen de Zapata no sólo porque rompe con las convenciones instituidas sino porque vincula, mediante un acto de subversión, a uno de los íconos del machismo con las luchas de la disidencia sexual en el siglo XXI. El Zapata de Cháirez proclama la jotería como una actitud revolucionaria, incluso dentro de ciertos homosexuales que se inclinan por la hipermasculinidad.  Con ello, el artista busca empoderar a cuerpos morenos y afeminados que no se ajustan a la heteronorma y que generalmente son marginados por resultar incómodos para algunos sectores de la sociedad.

Más sediciosas resultan las lecturas de Zapata desde el deseo homoerótico que se multiplicaron en el “Año del Caudillo del Sur”.  En el marco del Orgullo de 2019 se presentó ¡Viva Zapatilla!, exposición curada por Thomas Fléchel en su galería ubicada en la colonia Condesa. Conformada por 37 obras –entre pintura, escultura, grabado, fotografía y video– la exposición exploró la figura de Zapata dentro de los imaginarios sexodisidentes. Javier de la Garza, Félix d’Eon y Javier Ocampo fueron algunos artistas que participaron en esta muestra, una lectura del caudillo que se desplazó “de la masculinidad exacerbada a una liberación ficticia”. 

La exposición comenzaba con un grabado de José Guadalupe Posada a propósito de la “redada del 41”, ocurrida en noviembre de 1901, cuando la policía irrumpió un baile de homosexuales en la Ciudad de México, la mitad de ellos vestidos de mujer. Se dice que entre los aristócratas involucrados en el escándalo estuvo Ignacio de la Torre, yerno de Porfirio Díaz, cuya homosexualidad era rumorada en la época. Zapata trabajó durante un breve tiempo como caballerango para este personaje en su mansión del Paseo de la Reforma. Aunque no hay indicios documentales para afirmar que ambos personajes sostuvieron un romance, la historiografía suele aceptar que el poderoso hacendado sentía especial afecto hacia su trabajador, mientras que los imaginarios maricas reclaman la figura de Zapata para sus propios goces.

Thomas Fléchel / El Diablo, ¡Zapata gime, la lucha sigue!, 2019. Vídeo. Fotogramas.

La pieza estelar de la exposición fue ¡Zapata gime, la lucha sigue! (2019), video con tintes pornográficos, con guión de Thomas Fléchel y filmado por El Diablo, pionero del cine porno gay en México. A lo largo de cuatro minutos se recrea un supuesto romance entre Zapata (interpretado por Lalo Santos) e Ignacio de la Torre (el mismo Fléchel). La trama comienza con un encuentro en San Carlos Borromeo, se desarrolla entre besos y paseos a caballo, y culmina con el acto sexual que transcurre clandestinamente al interior de una hacienda abandonada.

En esta producción, Zapata es objeto de deseo homoerótico y los símbolos de la masculinidad revolucionaria (el traje de charro, el sombrero, la pistola, las cananas) se convierten en fetiches que incitan al placer sexual. ¡Zapata gime, la lucha sigue! no sólo refleja la mirada clasemediera de sus creadores sino también las fantasías de los receptores a quienes se dirige la obra: un público predominantemente homosexual, ávido de cuerpos viriles y racializados, que hacen de la masculinidad una “virtud” muy preciada.

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Los estereotipos de masculinidad son subvertidos por algunos artistas contemporáneos con la intención de debilitar la cultura misógina y homofóbica que los produce y reproduce. A través de la feminización del macho revolucionario, la visión de Cháirez deconstruye con ironía los paradigmas de masculinidad y promueve la aceptación de la diferencia sexual en medio de una sociedad abiertamente conservadora. Por su parte, la producción de Thomas Fléchel y El Diablo transgrede la imagen de Zapata al mostrarlo como símbolo sexual de la cultura marica. Si bien reproduce el estereotipo del macho revolucionario y lo refuerza a través de la fetichización de sus cualidades masculinas, este vídeo resulta una rebelión en contra de las narrativas historiográficas que invalidan la posibilidad de que Zapata tuviera inclinaciones homosexuales.

La figura del caudillo ha sido estandarte de lucha para distintos movimientos sociales a lo largo del siglo XX y lo que va del XXI. Pero para algunos artistas sexodisidentes, Zapata no sólo es símbolo de resistencia y libertad sino también un ideal cuestionable de masculinidad hegemónica.  Referente del machismo mexicano u objeto de deseo homoerótico, el ícono zapatista abre nuevas posibilidades de ser en el mundo y reivindica deseos e identidades que hoy reclaman un lugar en la historia. El reto de estos productos será dialogar con públicos distintos de los que fueron creados para romper estereotipos y avanzar en la construcción de una sociedad incluyente donde todas, todos y todes tengamos cabida.

Para saber más

Machillot, Didier, Machos y machistas. Historia de los estereotipos mexicanos, México, Paidós, 2013.

Osvaldo Sánchez, “El cuerpo de la nación. El neomexicanismo: la pulsión
homosexual y la desnacionalización”, Curare. Espacio crítico para las artes, núm. 17, enero – junio, 2001.

Vargas Santiago, Luis (editor), Emiliano. Zapata después de Zapata (catálogo de exposición), México, Secretaría de Cultura-INBAL, Museo del Palacio de Bellas Artes, Fundación Jenkins, 2019.