La guerra contra los ídolos. Las prolongadas evangelizaciones en Nueva España
agosto 10, 2019 La Bola

La guerra contra los ídolos. Las prolongadas evangelizaciones en Nueva España

Por Agustín Rueda Castellanos

El presente artículo brinda una visión panorámica de la evangelización dirigida a los indígenas como parte de los procesos de conquista, pero también como una de sus consecuencias. El tema es de gran relevancia, pues el México actual, prominentemente católico –pero al mismo tiempo diverso y sincrético–, no puede entenderse sin la llegada de la religión europea hace quinientos años, y sin el impacto que ésta generó en las sociedades indígenas, mestizas, españolas y africanas que conformaron la Nueva España.

La Corona, la espada y la cruz

La ciudad de México Tenochtitlan cayó un 13 de agosto de 1521 a manos de sus enemigos, españoles e indios, después de un intenso asedio. Los planes de Hernán Cortés no terminaban con la derrota de los mexicas que habitaban la enorme urbe. En efecto, ya desde años atrás expresó sus intenciones en las famosas Cartas de Relación: conquistar esas nuevas tierras y fundar en ellas una “Nueva España”. Inmediatamente después de la caída de la gran ciudad, Cortés se trasladó a Coyoacán, y desde allí planificó la reconstrucción de México, la continuación de viajes de expedición a otras partes del territorio, el traslado y el establecimiento de instituciones occidentales para el gobierno… a proyectar su Nueva España.

Desde fechas muy tempranas, el conquistador Hernán Cortés y las autoridades que él mismo nombró pidieron al emperador Carlos V que mandara a miembros de la Iglesia para que administraran los oficios de la religión católica. En su cuarta Carta de Relación, fechada en 1524, el extremeño solicitó al rey que enviara a religiosos de las órdenes de San Francisco y Santo Domingo, cuyo fin debía ser la conversión de todos los indios, quienes eran idólatras y desconocían el cristianismo. Tal petición era un asunto fundamental en la mentalidad de los españoles: la “única” y “verdadera” fe católica. Para ese entonces, la política y la religión no podían entenderse por separado; al contrario, conformaban una unidad indisoluble.

A partir de lo anterior es necesario aclarar varios puntos. En primer lugar, el cristianismo es una religión con características peculiares que se forjaron a lo largo de la Edad Media. De este modo, es exclusivista y universalista, es decir, considera que es la única religión verdadera y que por este motivo se debe extender por todo el orbe. Asimismo, es proselitista, lo que implica la difusión masiva de su mensaje. La razón por la cual justifica su expansión e imposición es por la salvación eterna que otorga a sus fieles a través del sacrificio de Jesucristo. Estas características explican, en parte, la insistencia de los españoles para convertir a los indios en cristianos.

Un segundo punto es la unión entre la religión y la monarquía. Se creía que el poder de los reyes emanaba directamente de Dios, y que éstos eran sus representantes frente a los demás vasallos. Los reyes “españoles” se habían encargado de defender y extender su fe a lo largo y ancho de la península ibérica frente a los musulmanes que habitaban ese territorio desde siglos atrás. A través de guerras, diversos reinos, como los de Castilla y León, fueron reconquistando tierras, al tiempo que consolidaban el catolicismo como la religión principal. Los monarcas Fernando e Isabel —conocidos como los reyes católicos— culminaron con este proceso al derrotar al debilitado emirato de Granada en 1492, encabezado por el sultán Boabdil.

Dentro de las numerosas políticas implementadas por los reyes católicos, hubo varias relativas a la Iglesia. Se comprometieron a fundar iglesias, dotarlas de obispos, párrocos y demás religiosos, en convertir a los habitantes musulmanes al catolicismo, etcétera. Para lograr lo anterior, los reyes obtuvieron del Papa Julio II una serie de privilegios que los autorizaba a intervenir en asuntos eclesiásticos sin la participación directa de los pontífices. Este esquema fue usado también en América una vez que se descubrieron las primeras islas, el cual fue conocido como Regio Patronato Indiano y que se estableció entre 1508 y 1511 mediante documentos jurídicos expedidos por el Papa, llamados bulas. Así, los reyes también lograron controlar a la Iglesia en sus nuevos dominios: manejaron los diezmos (un impuesto obligatorio por concepto de producción agropecuaria), establecieron diócesis, mandaron construir catedrales e iglesias, nombraron autoridades eclesiásticas y financiaron los viajes de los frailes y la fundación de sus casas y conventos.

Por otro lado, los mencionados monarcas promovieron reformas que procuraban corregir la opulencia y corrupción de la Iglesia al interior de la península ibérica. A través de un cardenal muy influyente, Francisco Jiménez de Cisneros, se restableció la disciplina que se exigía al clero regular, cuya principal característica —pues aún existe— es que sus integrantes viven bajo una serie de códigos muy estrictos que deben cumplir obligatoriamente. Hacia los siglos XIV y XV, los frailes estaban mal vistos por no cumplir sus votos. La reforma cisneriana obligó a los integrantes de las órdenes religiosas a observar sus reglas: pobreza, castidad, obediencia, clausura y vida comunitaria. Entre estas órdenes corregidas estaban los franciscanos, dominicos y agustinos, que llegaron a América posteriormente. Más adelante hablaremos más sobre ellos.

Pintura con el retrato de Francisco Jiménez de Cisneros, quien tuvo una enorme influencia política en la península ibérica. Llegó a gobernar en nombre de los reyes en varias ocasiones. Matías Moreno González, El cardenal Francisco Jiménez de Cisneros, Museo del Prado, imagen tomada de: https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/e/eb/Mat%C3%ADas_Moreno_%28c._1878%29_El_cardenal_Francisco_Jim%C3%A9nez_de_Cisneros_%28Museo_del_Prado%29.jpg

Un tercer aspecto para comprender las solicitudes de Hernán Cortés, es el hecho de que no había novedad alguna en pedir la llegada de los frailes, pues previamente, los españoles habían colonizado varias islas del Caribe, como La Española o Cuba y en ellas se habían fundado conventos dominicos en 1510. En esos sitios, también emprendieron una labor evangelizadora entre los aborígenes, aunque bastante fallida, pues la gran mayoría de los pobladores murieron por epidemias o por la explotación de los españoles. Las razones que llevaron a los reyes castellanos a promover la llegada de los frailes respondían a las reformas del cardenal Cisneros, que hicieron que se percibiera a los religiosos como poco corruptos y muy devotos en la religión. Además, la estructura organizativa de éstos los volvía eficaces en territorios desconocidos. A pesar de esto, también llegó pronto el otro sector de la Iglesia, el clero secular, encabezado por obispos, y su labor en la conversión de indios también fue muy importante.

 

La Iglesia llega a Nueva España: la evangelización en el centro

Tal como habían solicitado los conquistadores, en 1523 llegaron los primeros tres misioneros de la Orden de Frailes Menores o franciscanos. Al año siguiente, arribaron 12 más desde España. La Orden de Predicadores, conocidos como dominicos, hizo lo propio en 1526 y la Orden de San Agustín en 1533. Todas ellas se establecieron inicialmente en las zonas recién conquistadas para iniciar la evangelización y también para brindar servicio espiritual a los españoles residentes en Nueva España.

Una de las primeras tareas de los religiosos fue colocar cruces en caminos y pueblos. Muy pronto, promovieron la destrucción de los templos prehispánicos y de las representaciones de los dioses paganos. Sin duda, fue un procedimiento que conllevó violencia. Al mismo tiempo, los franciscanos, primeros en llegar, impulsaron una cristianización superficial con el argumento de no poderse llevar a cabo de otra manera por la falta de personal, por los cientos de miles de indios que habitan en Nueva España, y en función de la imperiosa necesidad de salvar sus almas de manos del demonio. Por lo anterior, realizaron bautizos multitudinarios sin observar las ceremonias necesarias; también obligaron a los indígenas a confesarse por medio de dibujos, y comenzaron a imponer el matrimonio monógamo.

Al mismo tiempo, los misioneros se acercaron a la nobleza indígena, la cual tenía mucho poder e influencia sobre la plebe, pues las sociedades mesoamericanas eran altamente jerarquizadas. Después de haber efectuado numerosos bautizos y casamientos, se encargaron de educar a los hijos pequeños de las antiguas clases gobernantes. Les inculcaron los valores cristianos, sus dogmas y ritos. No sólo les enseñaron principios religiosos, sino que también los instruyeron en artes y oficios a la manera europea: les enseñaron latín, a dibujar y pintar, etcétera. Al poco tiempo, estos indígenas se convirtieron en los principales colaboradores de la Iglesia, sin los cuales todo intento de cristianizar hubiera sido fallido.

La pintura al parecer representa el bautismo de Hernando Ixtlixóchitl, gobernante de Texcoco y uno de los principales aliados de Cortés. Aunque es una visión tardía e idealizada, muestra la importancia de la impartición de los sacramentos y la alianza que los conquistadores y misioneros establecieron con la nobleza indígena.  José Vivar y Valderrama (atribuido), Bautizo de Ixtlixóchitl, mediados del siglo XVIII. Fragmento. Imagen tomada de: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Bautizo_de_Ixtlix%C3%B3chitl.jpg

La labor de los misioneros regulares comenzó en las ciudades y pueblos que circundaban a Tenochtitlan, tanto en los dominados por los mexicas, como en sitios que se habían aliado con los españoles, por ejemplo, Tlaxcala o Texcoco. Un problema que enfrentaron los religiosos fue la dispersión de la población. La solución fue conformar nuevas comunidades a partir del establecimiento de pueblos en valles fértiles. A este proceso se le llamó congregación, y aunque en el Caribe esto ya se había ordenado desde 1503, nunca se cumplió. En Nueva España se empleó desde la década de 1530.

La congregación de pueblos distinguió entre los sitios principales, donde residían autoridades civiles y eclesiásticas de mayor rango llamados cabeceras, y asentamientos más pequeños y menos importantes conocidos como visitas, que dependían de dichas cabeceras. En estas últimas, los frailes construyeron sus iglesias —doctrinas— y conventos, en donde impartían misa y sacramentos. Los mendicantes tenían la obligación de viajar a las visitas y ejercer su labor de curas, pero sólo acudían de vez en cuando. Este sistema generó una evangelización muy desigual: no era lo mismo habitar en los sitios principales, donde los frailes cada domingo celebraban misa y seguido podían adoctrinar a las personas, que vivir en poblamientos apartados, donde los religioso tardaban meses o años en acudir y sólo por unos días permanecían allí.

La aparente solución a la dispersión de la población también tuvo asegunes, entre ellos, la fácil propagación de epidemias, y que al juntar familias que pertenecían a pueblos con lenguas y costumbres distintas hubiera conflictos. Lo anterior permite comentar otro enorme problema para los evangelizadores: la comunicación. El área que se conoce como Mesoamérica no tenía una unidad lingüística, pues en ella habitaban numerosos grupos culturales. Por ello, la transmisión de los dogmas y demás enseñanzas y mensajes del cristianismo no fue sencilla.

Es verdad que hubo un esfuerzo por aprender las lenguas autóctonas, de ponerlas por escrito en caracteres latinos, e incluso de conocer las costumbres prehispánicas. Sin embargo, la gran mayoría de los curas no logró dominar o hablar más de una lengua indígena. Por otro lado, existía la idea en algunos sectores que castellanizar a los naturales de América podía ser perjudicial, pues adquirirían los vicios de los españoles. Por ello, el náhuatl se convirtió en el idioma principal de la evangelización y se escribieron sermonarios, confesionarios, catecismos… en dicho lenguaje. También se elaboraron vocabularios y libros religiosos en purépecha, zapoteca, otomí, chontal, maya, entre otros. Fueron usados como herramienta para facilitar la labor de evangelización, en especial para la predicación.

Este es un ejemplo de un catecismo testeriano. En ellos, los religiosos explicaban varios conceptos de la religión católica a través de imágenes. En algunos casos, como en el presente, hacían anotaciones en lenguas indígenas. Se conservan varios ejemplos de este tipo de documentos, por lo que se deduce que fueron muy utilizados para evangelizar. Catecismo Gómez de Orozco, Biblioteca Nacional de Antropología e Historia, núm. inv. 35-13110-163081. Imagen disponible en: https://mediateca.inah.gob.mx/repositorio/islandora/object/codice%3A1099#page/1/mode/2up

Hubo otros métodos de enseñanza. Uno de los principales fue el aprendizaje de memoria. Así, los indígenas fueron obligados a recitar el Padre Nuestro, en latín, el Ave María, El Credo y los diez mandamientos. Por otro lado, los religiosos hicieron, con ayuda de sus colaboradores, una serie de dibujos didácticos para explicar temas, a manera de láminas pegadas en un pizarrón de escuela. Igualmente, promovieron la realización de obras de teatro que explicaran pasajes bíblicos o que mostraran conceptos como el bien y el mal. En las iglesias, juntaban a las personas en los grandes patios llamados atrios, y allí celebraban misa desde capillas. Años más tarde, las fachadas de los templos y conventos se decoraron con figuras que reforzaban todo lo que ya habían aprendido de la religión católica. Al interior de los templos también se colocaron altares, pinturas y esculturas con la misma función. Los santos jugaron un papel importante porque fueron tomados por deidades a las que se podían pedir favores.

Se puede decir que la evangelización en el centro del actual México, especialmente en los valles de México, Toluca, Cuernavaca, Puebla-Tlaxcala y en Michoacán, sirvió como uno de los instrumentos de consolidación de las conquistas. Los frailes promovieron no sólo la enseñanza del catolicismo, sino que también colaboraron con el establecimiento de instituciones, de una forma de vida que insertaba al Nuevo Mundo en la civilización occidental. Hacia la década de 1570, la mayor parte de los habitantes no españoles de esas zonas vivían en la cristiandad, probablemente con un alto grado de superficialidad, pero en la forma y en público demostraban su fe.

 

Los confines se expanden: la evangelización en el norte y sureste de Nueva España

Si en el centro de México hubo variantes en la evangelización, en las fronteras de la Nueva España estuvieron aún más marcadas las diferencias. Por un lado, en el sureste, hacia Chiapas y Guatemala, los españoles tuvieron grandes problemas al enfrentar a grupos que se ocultaban y resistían en las densas selvas. En cuanto al norte, área de especial interés en la época por los yacimientos de plata, los inhóspitos desiertos y la bravura de sus habitantes semi-nómadas impidieron una expansión sencilla y rápida para los españoles.

Es necesario comprender que durante las empresas de crecimiento de Nueva España, las conquistas militares iban de la mano con la cristianización. Las expediciones llevaban soldados, curas, intérpretes, cargadores o tamemes, y todo tipo de personas. La fundación de poblaciones casi siempre se lograba después de conflictos bélicos. Hasta después se construían pequeñas iglesias con materiales perecederos como adobe, madera, y paja, y se iniciaba el proceso de congregación de personas. Incluso fue común que familias de indios del centro de México, como tlaxcaltecas, otomíes y mexicanos ya cristianos, fueran llevadas para colonizar e incentivar la sedentarización y la formación de poblados.

En el norte, una de las primeras fundaciones que abría el paso fue la villa de Querétaro, establecida por el cacique Connin entre 1536 y 1541. Nuño de Guzmán, quien había llegado como gobernador del Pánuco —hoy Veracruz— fundó Guadalajara cerca de 1532, pero fue destruida por la rebelión indígena del Mixtón en 1541, y se refundó un año después. En 1548 un grupo de empresarios estableció el real de minas de Zacatecas, Durango surgió en 1563, mientras que San Luis Potosí en 1592 y Monterrey en 1595. Los avances eran paulatinos y muy difíciles. Continuamente brotaban rebeliones y había asaltos y asesinatos en los caminos por los que circulaban las caravanas. Por ello, fue necesario que soldados escoltaran a los viajeros, y que se establecieran guarniciones militares en pequeños fuertes, llamados presidios, que se localizaban en los caminos.

Los frailes y demás clérigos tenían la difícil tarea de cristianizar y “civilizar” a los indios norteños, que genéricamente fueron conocidos como chichimecas. Se crearon misiones para lograr ese fin y hubo dos modelos principales: la misión franciscana y la jesuita. Ambas compartían la característica de estar cerca de los presidios o de ser vigiladas por soldados. Los franciscanos ocuparon las zonas que actualmente abarcan los estados de Zacatecas, San Luis Potosí, Jalisco, Tamaulipas, Texas y Nuevo México, mientras que los jesuitas se fueron al noroeste, hacia Sinaloa, Durango, Sonora, Chihuahua y la península de Baja California.

La Compañía de Jesús, que llegó a la capital de Nueva España en 1572, emprendió su labor misionera hasta 1589, cuando el gobernador de Nueva Vizcaya —actual estado de Durango—, Rodrigo del Río y Loza, pidió al virrey que se establecieran en su jurisdicción. De allí se fueron expandiendo más al norte. Hacia 1697 estaban fundando Loreto, en Baja California Sur. Su modelo de misión trascendía la evangelización, como ya mencionamos. Los padres procuraron que cada poblado fuera autosuficiente, por lo que fomentaron la agricultura y ganadería. Los indios debían trabajar para mantener los pueblos. Asimismo, procuraron vincular a las distintas misiones en caso de escasez para que así hubiera intercambio entre ellas.

Por su parte, los franciscanos tuvieron más dificultades que los jesuitas. Poseyeron misiones controladas por sus provincias (una serie de demarcaciones que tenían a su cargo varios conventos y casas distribuidas en un territorio determinado; cada provincia era independiente de las otras y tenía un autogobierno) y otras que se hicieron a partir de los llamados colegios de Propaganda Fide. El primero de ellos fue creado en 1683 con el fin de agilizar la labor misionera y evitar los conflictos y pugnas que existían en las provincias franciscanas. Estos colegios siguieron operando a lo largo de los siglos XVII y XVIII.

Misión del Santo Ángel Custodio, en Satevó, Chihuahua. Originalmente fue atendida por los jesuitas, hacia fines del siglo XVII. Después de que éstos fueran expulsados en 1767, los franciscanos del colegio de Propaganda Fide de Zacatecas quedaron a su cargo. La región estaba habitada por tarahumaras, a quienes se intentó evangelizar. Fotografía tomada de: https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/3/34/Mission_de_satevo.jpg

Hacia el sureste también hubo un colegio de Propaganda Fide, en Guatemala, fundado en 1700, cuyo principal objetivo era evangelizar en la actual Costa Rica. Antes de que existiera dicho colegio, los dominicos entraron, primero en Oaxaca, sin grandes problemas, y después en Chiapas, desde donde procuraron abrir un camino que comunicara con Guatemala y Honduras.

Desde 1536 había surgido un intento de evangelización pacífica en esa zona. En aquel tiempo alzaron la voz varios críticos de las conquistas militares. Uno de sus exponentes fue el obispo e historiador fray Bartolomé de las Casas, quien en su discurso defendió a los indios y se encargó de denunciar los abusos y la explotación de los españoles, a veces de forma exagerada. Convencido de que era posible lograr la conversión de los “naturales” sin necesidad de las armas, Las Casas mandó a una serie de dominicos e indios cristianizados a la Verapaz (hoy en Guatemala) a formar una colonia. Su intento fracasó, pues fue necesario introducir fuerzas armadas ante la resistencia de los indios de la zona. Sin embargo, esta pretensión es significativa porque brinda la posibilidad de interpretar a la evangelización no sólo como un procedimiento que consolidaba las conquistas, sino, en palabras de Fernando Mires, como una alternativa a ellas.

 

Para reflexionar

Al igual que las conquistas, la evangelización fue paulatina y simultánea a una serie de intereses económicos y políticos. Por este motivo, es posible decir que en realidad se trató de muchas evangelizaciones. Éstas se prolongaron durante todo el virreinato y más allá de él. Aún en el siglo XIX, grupos de apaches atacaban las poblaciones más lejanas, en Texas, Nuevo México y Arizona. Las evangelizaciones no fueron procesos sencillos, pues desarraigar de sus costumbres a los indígenas se llevó a cabo a través de violencia, imposición y pactos. Asimismo, sirvieron para consolidar las conquistas con la sujeción de los aborígenes, no sólo a la religión, sino también a través de la forma de vida occidental que promovía el imperio español. Sólo en pocas ocasiones, la evangelización pretendió ser una alternativa real a las operaciones militares.

Los indígenas fueron actores muy activos durante los procesos de evangelización: ellos adoptaron la nueva religión. En algunas regiones el cristianismo llegó a ser asimilado de una manera más “pura”, mientras que en otros —la mayoría— dominó el sincretismo y la apropiación de varios elementos que se combinaron con ideas y ritos supervivientes de las antiguas religiones. ¿No en pleno siglo XXI existen iglesias, por ejemplo la de San Juan Chamula, en Chiapas, donde los habitantes acuden al templo y ofrendan animales y alimentos a santos vestidos a la usanza indígena?

Para saber más

Escandón, Patricia, «La alianza del altar y trono: el imperio español y los colegios franciscanos de América», en Patricia Escandón (coord.), De la Iglesia indiana. Homenaje a Elsa Cecilia Frost, México, UNAM, 2006, pp. 131-156.

Mires, Fernando, La colonización de las almas. Misión y conquista en hispanoamérica, Buenos Aires, Libros de la Araucaria, 2007.

Ortega Noriega, Sergio e Ignacio del Río (coords.), Tres siglos de historia sonorense, 1530-1830, México, UNAM/IIH, 2010. (Serie Novohispana 49)

Rubial García Antonio (coord.), et. al., La Iglesia en el México colonial, México, UNAM/IIH-BUAP, 2013.

Rubial García, Antonio, La evangelización de Mesoamérica, México, Conaculta, 2002.