Dos mundos en 1519. El reino de Castilla y el área mesoamericana
agosto 14, 2019 La Bola

Dos mundos en 1519. El reino de Castilla y el área mesoamericana

Por Alberto Trejo Martín

El hallazgo de las Indias Occidentales, es decir, de América, movió todos los esquemas europeos en cuanto a su noción del mundo. El año de 1519 es relevante porque fue cuando los españoles se adentraron en el continente y conocieron directamente a las grandes civilizaciones que se desarrollaban en el área mesoamericana. Por ello, el presente artículo se enfoca en resaltar las características generales de dos culturas que coexistían temporalmente, pero que no tuvieron contacto sino hasta después del descubrimiento de América. Así, en este escrito se habla de la cultura europea, especialmente de los castellanos, y de los pueblos mesoamericanos para poner en perspectiva los factores que propiciaron la conqusita de México-Tenochtitlan y la posterior colonización.



 

El domingo de Pascua del año de 1519, en las playas de San Juan de Ulúa, tuvo lugar el primer contacto entre los castellanos y los mexicas. Hernán Cortés, Jerónimo de Aguilar y Malintzin, por un lado, entablaron las primeras conversaciones con Pitalpitoque y Tendile, ambos enviados del huey tlatoani mexica, Moctezuma Xocoyotzin. Frente a frente estaban los representantes de dos mundos que cinco años antes desconocían la existencia uno del otro. Su encuentro cambiaría de manera dramática el destino de sus respectivas sociedades. No cabe duda que entender el mundo de dónde venían unos y otros es fundamental para poder comprender lo que pasó durante las conquistas dirigidas por los castellanos en las décadas posteriores.

Imagen del Códice Durán. En ella se representa el avistamiento de las carabelas castellanas por los nativos en las costas de Veracruz. Se puede apreciar una pequeña lancha española pescando en el mar. Fragmento tomado de:  https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/1/13/D.Dur%C3%A1n%281867%29_p551.jpg

Un reino en expansión. Castilla a principios del siglo XVI.

A finales del siglo XV y principios del siglo XVI, el reino de Castilla y el reino de Portugal se hallaban en una competencia por encontrar nuevas rutas comerciales con las cuales acceder a productos del lejano Oriente (pensemos en la pimienta, la seda o la canela) sin tener que recurrir a intermediarios, como los turcos o las ciudades italianas. Para el año de 1492, Portugal llevaba la delantera, puesto que ya había navegado una gran parte de la costa de África y cinco años después llegaría hasta la India. Castilla, en cambio, no había avanzado más allá de las islas Canarias.

Sin embargo, ese año tuvieron lugar dos eventos que dieron un impulso fuerte a la posición castellana. En primer lugar, en enero, las tropas de los Reyes Católicos lograron conquistar el último reino musulmán en la península ibérica, Granada, con lo que una parte importante de los hombres y recursos de Castilla se liberó. Meses después, Cristóbal Colón llegó por primera vez al continente americano sin haberlo planeado, pues él quería llegar a Asia (de aquí el nombre que les dieron a las nuevas tierras: “las Indias”).

El viaje de Colón obligó a que Portugal y Castilla, con ayuda del papa Alejandro VI, negociaran sobre los nuevos territorios. Así, en 1493 apareció la bula papal Inter Caetera y el año siguiente el Tratado de Tordesillas. En ambos se establecía que Castilla sería dueña de casi toda América, mientras que África y gran parte de Asia pertenecerían a Portugal.

Como consecuencia, los Reyes Católicos y sus sucesores (Juana I y Carlos I) buscaron expandir sus dominios en las nuevas tierras, siempre con el objetivo último de llegar a China y a la India. Sin embargo, tenían muchos problemas en Europa y por eso no contaban ni con el dinero ni las tropas para explorar y colonizar. Para solucionar esto, se estableció que el rey o una autoridad en su representación podían elaborar un contrato con una persona o un grupo para que se encargaran de la conquista y colonización. Estos contratos eran llamados “Instrucciones” o “Capitulaciones” y fueron entregados a todos los conquistadores y expedicionarios del siglo XVI, incluyendo a Hernán Cortés. Estos últimos se comprometían a organizar la expedición, poner el dinero para los suministros, las armas, los barcos y los soldados, además de entregar un quinto de todas las riquezas a la Corona, a cambio de que los monarcas reconocieran la legalidad de la empresa, respetaran las ganancias hechas durante las conquistas y dieran tierras e indios a los conquistadores.

Siguiendo este modelo de expediciones, para el año de 1519 (casi tres décadas después del primer viaje de Colón) los castellanos ya habían conquistado y colonizado las islas de La Española (la actual isla de República Dominicana y Haití), Cuba y Jamaica, encontrado el Océano Pacífico y fundado un asentamiento en la actual Panamá.

Para los indígenas que vivían en las islas conquistadas, la llegada de los europeos no fueron buenas noticias.  La gran mayoría terminó como mano de obra en las plantaciones y explotaciones mineras de los castellanos, pero la gran cantidad de trabajo, los abusos y las enfermedades que habían introducido los mismos europeos causaron muchas muertes de los caribeños. Ante tal situación, los castellanos comenzaron a comprar esclavos africanos para reemplazar a los nativos fallecidos.

A pesar de las conquistas en el Caribe, el interés de los hispanos por encontrar más riquezas y tierras motivó a que la exploración y las conquistas siguieran. Desde Cuba, el gobernador Diego de Velázquez organizó dos expediciones hacia el oeste de la isla para ver si descubría algo de valor (primero la de Hernández de Córdoba en 1517 y después la de Juan de Grijalva en 1518). Para su sorpresa, encontraron y exploraron partes de la actual costa mexicana (para ser más precisos Yucatán, Campeche, Tabasco y un poco de Veracruz). En estos viajes hicieron contacto con algunos indígenas mayas, mucho más organizados y complejos que los que hasta ese momento habían conocido en las islas del Caribe. Las expediciones, que a veces eran recibidas de manera violenta, regresaron a Cuba con objetos de oro y con noticias de una gran ciudad llena de riquezas y a la cual llamaban México o Colúa. Velázquez rápidamente decidió organizar una expedición para la que se asoció con un extremeño que ya llevaba varios años en el Caribe, Hernán Cortés.

La nueva expedición se armó de manera rápida. Velázquez aportó una parte del dinero y Cortés otra. Las Instrucciones que recibió el extremeño eran seguir explorando, comerciar con los nativos y regresar a Cuba con esos productos, sin embargo, Cortés tenía otras ideas, así que pronto se puso a la cabeza de casi 500 personas divididas en 11 carabelas, y antes de que Velázquez cambiara de opinión zarpó con sus hombres rumbo al oeste. ¿Qué buscaban estos hombres cuando zarparon de Cuba? Para entenderlo hay que hablar brevemente de la sociedad de la que venían.

La sociedad castellana estaba organizada a partir de jerarquías y estamentos muy definidos. Idealmente, el rey se hallaba a la cabeza, vivía de los terrenos de los que era dueño y de ciertos cobros e impuestos. Él debía impartir justicia a todos sus súbditos, otorgarles beneficios y cuidar su bienestar cristiano.

Debajo se ubicaba el estamento noble, compuesto por los grandes señores castellanos –dueños de enormes porciones de territorio, de donde obtenían fuertes recursos económicos–, y la media y baja nobleza, que para esos siglos comenzaba a sufrir una transformación de importancia al reducirse sus recursos económicos provenientes de la guerra. La conquista de Granada y el lento fortalecimiento de la institución monárquica obligó a muchas personas de la media y baja nobleza a dedicarse a labores administrativas dentro de la corte real, a incursionar en el comercio o a emigrar hacia otros territorios, donde la guerra les permitiera conseguir las riquezas y los privilegios que en la Península ya no podían obtener.

Imagen del Amadis de Gaula, de principios del siglo XVI, una de las novelas de caballería más populares de la época. Estos eran los referentes mentales con los que varios de los conquistadores llegaron al Nuevo Mundo. Imágenes de caballeros, reyes y nobles, tanto en la corte como en la guerra son los elementos más notorios. Fragmento tomado de: https://www.wdl.org/es/item/7330/view/1/115/

Por debajo de este estamento se encontraban los llamados pecheros y los plebeyos, es decir, todos aquellos que debían trabajar para subsistir y, además, tenían que pagar contribuciones a la Corona, a las autoridades municipales o al dueño de las tierras donde trabajaran y vivieran (fuera laico o religioso). Aquí podíamos encontrar a los pequeños comerciantes, artesanos o campesinos, quienes muchas veces no dependían del rey sino del señor de las tierras donde vivían.

Ahora bien, es importante decir que los monarcas en esta época no tenían el poder que se decía que tenían. En vez de que el rey pudiera imponer su voluntad como quisiera, en realidad debía negociar con otros sectores de la sociedad (nobleza, Iglesia o grandes comerciantes) para seguir gobernando. Esto sería evidente en 1520, con el estallido de la revuelta de los comuneros, cuando varios nobles se levantaron en armas contra Carlos I.

Actualmente, los historiadores dicen que en la práctica, la sociedad castellana era una sociedad en la que el poder no estaba concentrado en la Corona, sino que estaba repartido entre varios grupos, sin que los monarcas tuvieran siempre la última palabra, una sociedad plurijurisdiccional.

También es importante decir que los estamentos no se encontraban cerrados y, por tanto, se quería y podía llegar a la nobleza. Para lograrlo, había que juntar una gran fortuna (principalmente a través de las armas o por el comercio) y conseguir que el Rey, o en su defecto un noble importante, diera ciertos privilegios como pago por servirlo. A pesar que era difícil de conseguir, el pertenecer a la nobleza fue uno de los objetivos sociales más importantes de la época, promovido por las muy difundidas novelas de caballería. Seguramente fue un motivo fundamental para aquellos que formaron parte de las expediciones en América.

Más imágenes del Amadís de Gaula, representan varias características del ideal caballeresco. Tomadas de: https://www.wdl.org/es/item/8980/view/1/49/ y https://www.wdl.org/es/item/8980/view/1/98/

Además de este pensamiento, había una fuerte carga religiosa en todos ellos. Muchos tenían la creencia de que combatir al paganismo y al demonio mediante la conquista de nuevas tierras y con la conversión de personas a la religión católica, hacerlas gente de Dios, era cumplir con su deber cristiano. Hay que recordar también que para ellos lo sobrenatural y lo mundano convivían en todo momento.

Pero es posible que no todos pensaran así. Algunos podrían tener una forma de ver el mundo “humanista”. Para ellos, lo más importante no era la fama y la gloria personal del afán de hidalguía o el servicio al Rey, sino el beneficio de la república entendida como “la cosa pública” o de todos, el respeto al valor y los derechos de otros grupos sociales, incluyendo a los habitantes de las Indias, así como el perfeccionamiento de la sociedad humana, por medio de la difusión de la religión, la piedad y el estudio.

De este contexto era que provenían Cortés y sus hombres cuando llegaron a las playas veracruzanas en 1519. Allí se encontraron con otro mundo, con sus propias características del que Pitalpotoque y Tendile, junto con Malintzin y los indígenas que fueron servidores, formaban parte. Tenerlo presente es fundamental porque igualmente influiría en el desarrollo de los eventos de los próximos años. ¿Cuál era ese mundo?

Un mundo dominado por una ciudad. Mesoamérica a principios del siglo XVI.

Para principios del siglo XVI, la región conocida como Mesoamérica era una zona con poco más de 20 millones de habitantes y aproximadamente 500 ciudades, (altepetl en náhuatl) de diversos tamaños. En el centro de esta región estaba ubicada el altépetl más grande y poderoso, México-Tenochtitlán, una ciudad construida a mitad del lago de Texcoco y donde vivían más de 200,000 habitantes. Fundada por el pueblo mexica en el año 1325, Tenochtitlán había logrado expandir su zona de dominio de manera considerable hasta abarcar un territorio que llegaba de la región del Soconusco en el sur, a las costas de Guerrero y de Veracruz, así como a la zona de Tula y la frontera con Michoacán. Por otro lado, se sabe que las redes de comercio e influencia mexica llegaban a lugares tan apartados como el actual Nuevo México y Honduras.

Para lograr esta impresionante expansión, los mexicas, como se le llamaba a los habitantes de México-Tenochtitlán, se apoyaron en otras dos poblaciones nahuas que se hallaban en la cuenca del Lago de Texcoco: los altepeme de Texcoco y Tacuba, con quienes habían formado la llamada Triple Alianza o Excan Tlahtoloyan en el año de 1430.

Mapa de Nuremberg, 1524. Primer mapa de la ciudad México-Tenochtitlán, fue realizado –con representaciones y elementos europeos– para ilustrar la Segunda Carta de Relación de Hernán Cortés. Fragmento tomado de: https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/c/c3/Map_of_Tenochtitlan%2C_1524.jpg

Ahora bien, es importante señalar que, si bien los mexicas y sus aliados habían logrado conquistar varios pueblos, el control que ejercían sobre ellos no era tan intenso como podría pensarse. En lugar de que manipularan al gobierno del pueblo conquistado, impusieran sus dioses y borraran la identidad local, los mexicas sólo obligaban a los pueblos vencidos a entregar una cantidad determinada de tributos y prisioneros, así como a dar apoyo logístico y militar en ciertas campañas militares mexicas. Esto es importante tenerlo presente, puesto que, si en un principio se podría pensar en los mexicas como un imperio fuerte, uniforme y unido, en realidad era una red de poblaciones diversas y con un alto grado de autonomía política que únicamente estaban sometidas a los tributos y requerimientos de Tenochtitlán. Ésta es la razón de que muchos de los pueblos mesoamericanos, como fue el caso de los cempoaltecas o los tlaxcaltecas, decidieran unirse a los castellanos contra los mexicas, pues querían aprovechar a los recién llegados para recobrar su autonomía y librarse de los tributos.

Para lograr imponer su autoridad, la Triple Alianza solía enviar ejércitos en incursiones que no buscaban destruir al enemigo, sino sólo ganar recursos. Sin embargo, el sistema tenía que hacer frente a problemas logísticos derivados de no usar la rueda o carecer de bestias de carga, por lo que los ataques se hacían menos eficientes conforme se alejaban del valle de México. De hecho, a pesar del poder de los ejércitos mexicas, existían en Mesoamérica varios pueblos que resistían y no habían sido sometidos, como los purépechas, algunas poblaciones mixtecas, los totonacas de Cempoala y los tlaxcaltecas. De hecho, pocos años antes de la llegada de los castellanos, una gran expedición militar mexica que buscaba subyugar a los pueblos de Tlaxcala fue sonoramente derrotada, lo que puso un freno a las ambiciones políticas de Moctezuma Xocoyotzin.

A pesar de todo, aún con la existencia de lugares que se resistían al dominio mexica, en realidad gran parte de los pueblos de la región mesoamericana eran sus tributarios. Gracias a las conquistas, llegaban a Tenochtitlan una gran cantidad de productos, riquezas y prisioneros, los cuales se comerciaban en el famoso mercado de Tlaltelolco o se utilizaban en las grandes ceremonias religiosas. Para 1519, los mexicas estaban en la cima de su esplendor y a la cabeza de ella se encontraba Moctezuma, el noveno tlatoani mexica.

La sociedad mexica, y en general la gran mayoría de los pueblos de la región mesoamericana de finales del siglo XV y principios del XVI, estaba estructurada a partir de una división central. Por un lado, se encontraban los nobles que por linaje tenían varios privilegios y prerrogativas económicas, políticas y sociales, incluyendo el uso de ciertos vestidos o peinados. Por el otro, los del común (o macehualtin en náhuatl) estaban encargados de trabajar y de entregar una porción de sus productos en forma de tributo a los nobles, fueran estos nobles de su propio altépetl o de uno conquistador.

A la cabeza de cada altépetl se hallaba el tlatoani (huey tlahtoani en el caso de los mexicas), un cihuacoatl o consejero real, y los tetecutin (tecutli en singular), que serían los funcionarios nobles. Los hijos de estos últimos eran los pipiltin. Todos ellos estaban integrados en el gobierno, donde cumplían diversas funciones, ya fuera que tuvieran algún puesto en el palacio real tenochca, se encontraran adscritos a algún tecpan o palacio de la ciudad como jueces, fungieran como sacerdotes en los templos principales o fueran calpixqueh, encargados de recaudar tributos en las regiones del imperio, como era el caso de Tendile o Pitalpitoque.

Debajo de ellos había grupos sociales que se encontraban en la frontera entre los nobles y los comunes, estos eran los importantísimos pochteca, o comerciantes mexicas, y los cuahpiltin, los cuales podían estar divididos en diversos rangos, como guerreros jaguar, águila, coyote o los del contingente otomí. Ninguno de ellos era noble y difícilmente podían llegar a serlo, sin embargo, podían ocupar posiciones en el gobierno y tener una situación económica holgada.

Imagen proveniente del Códice Florentino en la que se pueden apreciar a dos guerreros águila (cuāuhpilli) y un guerrero jaguar (ocēlōpilli) con sus armas e indumentaria. Estos serían los soldados más especializados del ejército mexica y sus miembros tendrían un estatus especial dentro de la sociedad mexica. https://commons.wikimedia.org/wiki/Category:Florentine_Codex#/media/File:Aztec_Warriors_(Florentine_Codex).jpg

Al final se hallaban la mayoría de los habitantes, los macehualtin, que debían pagar tributo. Principalmente eran agricultores, aunque también existían una gran variedad de profesiones, como plumeros, trabajadores de textiles, escultores, orfebres o talladores de obsidiana.

En esta sociedad, la comunidad local era la base de la identidad; una persona se definía en buena medida gracias a su familia y a su barrio o calpulli. En este sentido, no existía el individuo libre como lo entendemos actualmente, sino que su función era cumplir los roles que por su origen social y de nacimiento tenía ya determinados. En este mundo las diferencias entre estratos estaban muy marcadas y era mal vista la gente que intentaba salirse del esquema y romper con las tradiciones. El único medio de ascenso era el servicio a la sociedad y al gobernante mexica, a través de la guerra, la religión o el comercio.

Para los pueblos originarios, la vida representaba una constante repetición de ciclos regidos por las fuerzas sobrenaturales, dentro de los cuales se insertaba la vida de las personas. Todo estaba mediado por rituales que marcaban en todo momento el día a día y buscaban influir en los dioses y el destino del mundo. Así pues, en Mesoamérica la religión se encontraba en todos lados e influía todo, fenómeno que, guardando ciertas salvedades, era similar en el mundo de los castellanos.

Conclusiones

Estos eran los dos mundos que entraron en contacto en 1519 en las playas del actual estado de Veracruz. Como se podrá ver, castellanos e indígenas provenían de contextos con similitudes y diferencias que jugaron un papel fundamental en el desarrollo de la serie de conquistas que tendría lugar en el siglo XVI en lo que ahora conocemos como México. Sin duda es fundamental conocer estos antecedentes porque fue a partir de ellos que cambió la historia del planeta para siempre.

Para saber más

Escalante Gonzalbo, Pablo (coord.), Historia de la vida cotidiana en México. I Mesoamérica y los ámbitos indígenas de la Nueva España, México, Fondo de Cultura Económica (FCE)/El Colegio de México, 2004.

Gruzinski, Serge, El águila y el dragón. Desmesura europea y mundialización en el siglo XVI, trad. de Mario Zamudio, revisión de la traducción de Fausto José Trejo, México, FCE, 2018.

Ladero Quesada, Miguel Ángel (coord.), El mundo social de Isabel la Católica. La sociedad castellana a finales del siglo XV, España, Dykinson, 2004.

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