Skip to content Skip to footer

Narcocultura y masculinidad como factores de reclutamiento de jóvenes para el narcotráfico

Por Laura Isabel Jiménez Aguilar

En México la narcocultura es un sistema de valores, símbolos, creencias y comportamientos expresados en elementos culturales íntimamente ligados al estilo de vida de los narcotraficantes. La cultura del narcotraficante engloba una serie de elementos comunes en la música, la sociedad y otras vertientes; en lo que respecta a las influencias musicales, los narcorridos representan una apología a la vida del narcotraficante. Otras de las formas objetivadas en que se expresa la narcocultura son también la vestimenta costosa, los vehículos de lujo,  las figuras religiosas católicas, el consumo ostentoso, la masculinidad y la virilidad.

La narcocultura se entenderá pues como un proceso permanente de expresiones vinculadas al narcotráfico; que opera en paralelo a una cultura dominante y en ella se integran diversos elementos de la cultura: la arquitectura, la vestimenta, las creencias, la música –narcocorridos principalmente-, los mitos, las doxas y otros elementos accesorios que dan lugar al consumo de joyas, autos de lujo, bebidas, etcétera, en su dimensión más visible; también coexisten el poder, la violencia, la muerte, la traición, la ilegalidad, las armas, las relaciones sociales y de parentesco, interiorizados en el espacio social, y exteriorizados en diferentes objetos y productos, concretos y subjetivos.

A través de los años y gracias a la transformación y masificación de los medios de comunicación, las redes sociales y la gran aceptación social que sobre este producto cultural se ha generado, tanto por quienes la consumen como por quienes la producen, hoy en día podemos visualizar a la narcocultura distribuida en películas, en series, en el lenguaje, en la moda y en la vida cotidiana, de manera que se encuentra estrechamente ligada al sistema de consumo capitalista, pues se trata de un producto que genera oferta y demanda, por ende, capital.

En este texto se pretende dar cuenta del sistema sexo-género de carácter androcéntrico y machista que reproduce la narcocultura, como una de las diversas razones por la que los jóvenes mexicanos aspiran anexarse al idealizado estilo de vida que circula mediáticamente alrededor de los narcotraficantes. Razón por la cual en este escrito se pugnará por dar cuenta de cómo la masculinidad y la narcocultura convergen y son el resultado de éxito que ha tenido la mercadotecnia  capitalista de la narcocultura, pues es algo que genera ingresos tanto para aquellos quienes producen dichos productos culturales, como también para los traficantes, pues en la medida en que los jóvenes se ven cautivados por el imaginario social de la vida que se lleva dentro de la economía del estupefaciente, éstos pueden verse influenciados para involucrarse en las fuerzas armadas del narcotráfico así como para ser partícipes de la dinámica de consumo y performatividad, llegando a integrarse a los grupos sociales denominados buchones.

Por lo anterior, se infiere que ciertos elementos que han sido ofertados como modelos de estatus, además de adversidades socioeconómicas, los impulsos de pertenencia social motivados por las promesas de ejercicio de poder, la posesión de dinero, de mujeres, de armas y el uso excesivo de violencia han sido factores que han promovido que jóvenes, principalmente pertenecientes a los estratos marginados, se muestren atraídos y deseen formar parte del crimen organizado.

Los modelos masculinos en la narcocultura

Desde sus primeras expresiones, los conjuntos musicales que dedican sus letras al narco, han tenido una fijación por hablar sobre hechos y vivencias de carácter real (aunque algunas veces imaginario) de la vida de los narcotraficantes divididas en dos expresiones lingüísticas: el primero trata sobre sus conquistas en el tráfico de drogas y el ejercicio excesivo de violencia, mientras que el segundo, consiste en glorificar al narcotraficante, haciendo hincapié en la figura y el éxito de los personajes masculinos adentrados en éstos márgenes culturales y delictivos, así como su posición social. De esta manera, se ha creado una difusión masiva y popular, relativamente verídica, sobre las actividades de los narcotraficantes y que ha generado normalización y aceptación de la narcoviolencia y el estilo de vida lleno de lujos que llevan éstos hombres (y en menor medida, mujeres) y que legitima tales acciones a través de contar sus hazañas con admiración y valoración.

Portada del disco El gallo de Sinaloa de Chalino Sánchez. Imagen tomada de: https://open.spotify.com/album/2fD9MGjlC9jIn3IB2OJCou

Los corridos, así como las demás manifestaciones de narcocultura anteriormente mencionadas, proponen un conjunto de preceptos sociales al interior de las filas del narco menudeo (combativas y culturales), caracterizada por un amplio discurso cargado de simbolismos articulados al binomio sexo-género en el que se propone en primera instancia un ejercicio excesivo de “masculinidad tóxica”, y en segunda un dominio de lo masculino sobre lo femenino, pues como señalan Guillermo Núñez y Claudia Espinoza, los grupos de narcotraficantes se vertebran por medio de la producción y la actualización de subjetividades, identidades y relaciones hetero/patriarcales, y que se trata de una masculinidad edificada con imágenes de riqueza, armas, conexiones, reconocimiento, autoridad sobre otros, placeres y erotismo heterosexual en abundancia. Ese imaginario sirve para interpelar y producir sujetos para el narcotráfico y mantenerlos en él.

Escena de la película El infierno de Luis Estrada, 2010. Imagen tomada de: https://www.elmundo.es/elmundo/2011/12/11/cultura/1323627635.html

Este campo cultural comenzó a gestarse desde 1975 y de acuerdo con el estudio de Rafael Saldívar,  la línea temporal de los narcocorridos se puede dividir en tres etapas: la primera de 1970-1985 donde el recurso narrativo fue el trasiego de drogas, el contrabando, los vehículos y las vías utilizadas por el narco; la segunda, de 1986-2005 que se caracterizó por la inclusión de personajes líderes de cárteles, el énfasis en su vida suntuosa y placentera así como la posesión de dinero, mujeres y la elaboración de grandes fiestas y la tercera, de 2006-2018, época en que se narró minuciosamente la violencia, el secuestro, las muertes, el uso de armas y la tortura que realizaban como grupos de crimen organizado.

La aceptación ha sido tal que, como señala César Burgos, para la década del 90 ya la narcocultura había trastocado a todas las clases sociales, de manera que en la actualidad se trata de un fenómeno vigente y en constante cambio que ha reflejado la evolución y convergencia del narcotráfico en el ámbito social.

En este sentido, se consideran cruciales el desarrollo y la transformación que han tenido los narcocorridos debido al discurso lingüístico que lo compone y por el fenómeno de popularidad y aceptación social que ha ocurrido desde dicha época. Una de las características esenciales de la música moderna, es su función como medio de expresión para aquellas personas quienes las componen, la producen y la cantan tanto como para aquellas quienes las escuchan, de manera que la música puede ser el reflejo de los valores, creencias, gustos, modas y moral de una época y espacios determinados, en ese sentido Guillermo Noriega aporta que el narcocorrido en ocasiones recupera valores dominantes y tradicionales de la “hombría” como la valentía, la temeridad, el honor o el valor de la palabra a la par que desprecia la traición o la cobardía. La gran simpatía generada por este género musical, así como las ideas que perpetua y reproduce, podrían deberse en cierta medida a la compatibilidad de los valores de la extrema hombría relacionados a los narcotraficantes con el estándar de la masculinidad mexicana. Argumenta también el autor que:

Desde sus comienzos, el narcotráfico y el narcocorrido se han construido con base en ideologías de género presentes en la sociedad, que asocian la hombría con la valentía, la temeridad, el riesgo, la aventura, las armas, la lucha, es decir, la capacidad y la disposición para pelear e ir a la guerra (preferentemente para ganar y triunfar sobre otros, pues con ello se construye una “fama”). En última instancia, el telón de fondo es una cultura de la guerra como algo masculino por antonomasia y viceversa, la masculinidad como identidad que debe de incluir la capacidad de hacer la guerra o de defender “lo suyo” o “a los suyos”, “sus intereses”.

Entonces habrá que inferir que las palabras, las gestualidades, la forma de vestir, de pensar y en general el estilo de vida promovido por la narcocultura, funcionan como elementos de identidad compartidos por este grupo social desde sus orígenes hasta la actualidad, los cuales se encuentran adscritos en una dinámica sexo-género que demanda demostraciones de híper masculinidad, machismo, misoginia, androcentrismo y homofobia.

Dicho lo anterior y de acuerdo con las representaciones de la narcocultura, entonces ¿Cuál es la figura masculina idónea para el narcotráfico y por qué resulta tan atractiva para la juventud mexicana? Según Marco Núñez la imagen del narcotraficante ideal se ubica en la figura del machismo, pues se trata de una industria capitalista que demanda hombres ultra violentos donde la híper masculinidad se exhibe de manera pública. Así mismo el propio autor expresa que la configuración de esta masculinidad machista asociada al narcotráfico, conocida como manguera es violenta, aprovechada, tosca, agresiva, voraz, transgresora y deshonrosa y se desenvuelve en tres dimensiones: la violencia, que hará de los narcotraficantes seres poderosos y temibles; la importancia, para distinguirse de los demás como un hombre de poder, y el androcentrismo, pues en la narcocultura han sido los hombres los principales protagonistas, quienes además necesitan demostrarse como superiores y dominantes de las mujeres u otras personas no adscritas dentro de la hegemonía patriarcal.  Éste es el tipo de masculinidad a la que, por condiciones poblacionales y socioeconómicas, aspiran la mayor parte de los jóvenes mexicanos.

De la misma manera, existe también la figura honrosa del narcotraficante.  Aquella donde al igual que en las sociedades patriarcales, como lo explica Pierre Bourdieu, se espera que los hombres tengan un sentido de pundonor o dignidad, entendido como virilidad ética, deber ser o un conjunto de disposiciones consideradas como nobles. Entre las acciones que lo componen está el valor físico y moral, la generosidad y la magnanimidad, pero también tienen una dimensión corporal: las posturas, las gesticulaciones, la gestualidad, las demostraciones de virilidad o fecundidad, por ejemplo.

La obtención, producción, conservación y aumento del capital simbólico masculino del honor produce hombres honorables y de acciones nobles, de manera que la narcocultura produce dos estándares masculinos ideales sesgados por la clase a la que se pertenece y a la que se aspira pertenecer, la manguera a la que regularmente se anexan los jóvenes marginados y la honorable o viejona, aquella que se construye desde los diversos estratos de poder más altos del narcotráfico. Ambos son conceptos manejados por Marco Núñez y Guillermo Noriega, la primera hace referencia a aquella personalidad característica de los narcotraficantes, pero practicada de manera fanfarrona y la segunda se trata del temperamento respectivo a los hombres de alto mando en el narcotráfico, quienes además demuestran y reciben demasiado respeto de sus socios y el resto de sus “empleados”.

Escena de la tercera temporada de la serie Narcos México de Carlo Bernard y Doug Miro, 2022. Imagen tomada de: https://www.sopitas.com/cine-y-tv/narcos-mexico-bad-bunny-primeras-imagenes-luis-gerardo-mendez/

Así mismo, Rosío Córdova y Ernesto Hernández hablan sobre las conductas y sensaciones que son permitidas para los hombres que se enlistan en el narcotráfico: valentía, arrojo, temeridad y odio, son todos sentimientos que es lícito experimentar en el horizonte del peligro al que se expone la vida y el miedo, siempre y cuando funcione para reforzar los valores de la hombría en un horizonte en que se tiene la certeza de que la vida es nuda.

En este sentido, tal como lo sostienen Sayak Valencia y Alejandra León  se puede desglosar la narcocultura también como un producto del sistema neoliberal, capitalista e individualista, pues tiene sus orígenes tanto en una lógica económica como en los factores sociales y geográficos. Agrega también León que se puede inferir también que esta monetización de la apología al narco se mantiene vigente a través del tiempo gracias al estilo de vida que propone y alienta, ya que genera productos culturales propios que son representaciones de la realidad y cotidianidad de los hombres que participan en esta industria criminal y que hacen de la violencia, un sistema de consumo.

Estos elementos culturales dotan de significado y pertenencia a dicho grupo social. Así mismo, estos grupos socializan a través del creciente deseo de consumo de identidad y de la posesión de productos y conductas que simbolizan una capacidad adquisitiva, donde según la autora, no importa inscribirse en las dinámicas de violencia para conseguirlo, pues se entiende a ésta como un medio para hacerse del dinero que les permitirá costearse tanto de bienes comerciales como de valoración social.

La opulencia es una característica de la narcocultura. Imagen tomada de: https://www.contramuro.com/sabes-lo-que-significa-buchon/

De manera que el narcotráfico y la narcocultura generan violencia homicida y violencia simbólica, la cual siguiendo a Pierre Bourdieu, consiste en aquellas estrategias construidas desde esquemas asimétricos de poder (en este caso de narcotraficantes y su cultura sobre jóvenes vulnerables) caracterizadas por las reproducciones de estatus, de género, de posición social, de categorías cognitivas y de reproducciones mentales en las que los dominados no son completamente conscientes de las prácticas existentes en su contra, adquiriendo así una categoría de complicidad inconsciente.

Señala Alejandra León que, por un lado están las personas con sueldos bajos y concentrados en contextos socioeconómicos adversos que generarán una deuda para adquirir los productos que el sistema liberal les vende, y que además son necesarios para la inscripción y distinción social en este grupo -los buchones o narcotraficantes- mientras que su segunda opción será entonces ingresar a la lógica violenta del narcotráfico, que les garantiza obtener todos los productos de lujo a costa de disminuir su esperanza de vida. De manera que pertenecer a este grupo social también reproduce problemáticas de clase.

Consideraciones finales

Las producciones culturales y mediáticas anteriormente mencionadas, en conjunto con diversos factores sociales y económicos de carácter marginal -como podría ser el nacer en una región subyugada al narcotráfico- además de los distintos niveles de violencia en los que se encuentran sumergidas grandes cantidades poblacionales de jóvenes en México, han abonado a la adhesión, algunas de las veces voluntaria y otras forzada, a las filas del crimen organizado, ello debido al panorama imaginario que ha producido la narcocultura sobre la vida cotidiana del narcotraficante, pues ante la promesa de ganar un salario apenas por encima del mínimo, el poder de ejercer violencia, el estar rodeado de mujeres -cuyo cuerpo y vida es estética y moralmente construido con base en las idealizaciones masculinas sobre las femeninas-, junto con las drogas, las fiestas y las armas; el narcotráfico es vislumbrado como un espacio de oportunidades para dichos jóvenes olvidados por el Estado, marginados por el sistema económico y abandonados por la sociedad.

Así mismo habrá que reconocer que la masculinidad, si bien no es un sinónimo de machismo o de violencia, en el contexto de la narcocultura mexicana, tales términos se encuentran estrechamente ligados y que uno funciona, en términos del habitus de Bourdieu, como una estructura estructurante para el otro. Este concepto hace referencia a aquellas normas y principios predominantes en algún espacio y tiempo determinados que ordenan las prácticas y la vida social, las cuales dotan a los sujetos de cierto capital cultural incorporado mediante la socialización en una determinada posición y clase social.

Así pues, al margen de esta fosa cultural, hay que señalar las diferentes violencias a las que se encuentran sometidos los hombres que se incorporan al crimen organizado, pues como señalan Rosío Córdova y Ernesto Hernández, la vida recia exige esfuerzo, sufrimiento y en ocasiones la pérdida de la vida misma, de manera que el intento de los jóvenes marginados por salir de un contexto de violencia para integrarse a otro aún más violento, con la promesa de adquirir capital y reconocimiento que no obstante difícilmente llega, es un mecanismo de violencia por sí mismo.

El fenómeno del narcotráfico históricamente se ha inmiscuido y desarrollado de diversas formas en la sociedad mexicana: la economía, la colusión con las autoridades, las relaciones transnacionales y transfronterizas, los problemas con la salud pública ligada a las y los consumidores, la guerra armada y las desapariciones forzadas, entre muchas otras.

Tales tópicos son algunos desde los que en la academia se ha estudiado tradicionalmente el problema del narcotráfico. Sin embargo, en este artículo se intentó abonar a un debate en el que se puedan dimensionar los ejes transversales del crimen organizado, en este caso, desde la perspectiva de género en aras de construir una historia cada vez más completa y compleja sobre el fenómeno. Así mismo se pretende que la investigación, enunciación y divulgación de la problemática, causalmente permita generar de manera paulatina concientización colectiva y políticas públicas que puedan dar resoluciones concisas y efectivas para eliminar el problema de raíz.

Para saber más

Burgos Dávila, César Jesús, “Música y narcotráfico en México. Una aproximación a los narcocorridos desde la noción de mediador” en Athenea Digital, volumen 11, número 1, marzo 2011, p. 97-110.

Córdova Plaza, Rosío y Ernesto Hernández Sánchez, “En la línea de fuego: construcción de masculinidades en jóvenes tamaulipecos ligados al narco”, Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, volumen LXXI, número 2, julio-diciembre 2016, p. 559 -577.

León Olvera, Alejandra, “La Feminidad Buchona: performatividad, corporalidad y relaciones de poder en la narcocultura mexicana”, tesis de doctorado en Estudios Culturares, El Colegio de la Frontera Norte, 2019.

Núñez Noriega, Guillermo y Claudia Esthela Espinoza Cid, “El narcotráfico como dispositivo de poder sexo-genérico: crimen organizado, masculinidad y teoría queer” Estudios de Género, volumen 3, número 5, enero-junio de 2017, p.90-128.

Ruiz Flores, Flor de Abril, “La influencia del narcotráfico en la cultura mexicana: la narcocultura” Revista RD, volumen 6, número 18, 2018, p. 26-36.