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Entre amapola, goma y heroína. Los planes TECPAN y CANADOR contra el narcotráfico en el suroeste mexicano

Por Josué Portillo Motte

El 16 de enero de 1977 el presidente de México José López Portillo encabezó un desfile militar que recorrió las calles centrales de Culiacán, Sinaloa. Este despliegue de elementos castrenses significó el inicio de la primer acción militar conjunta entre los gobiernos de México y Estados Unidos para el combate contra la siembra, cultivo y tráficos de drogas, la cual se denominó Operación Cóndor. Esta maniobra movilizó a miles de soldados, vehículos terrestres y aeronaves en municipios circundantes de la 6ª zona militar o, como se conoció posteriormente, el Triángulo dorado (la región entre Chihuahua, Durango y Sinaloa). Dicho plan se prolongó por 10 años y durante ese periodo se destruyeron 224 252 plantíos de mariguana y amapola y se consignó a 2019 traficantes. Esto supuso, para diversos estudios relativos a las drogas y tráfico en México, el parteaguas en la puesta en práctica de diversos mecanismos militares en cuanto a la contención del narcotráfico por parte del gobierno mexicano. Sin embargo, en los años anteriores la Secretaría de la Defensa Nacional (SEDENA) y la Procuraduría General de la República (PGR), habían llevado a cabo una serie estrategias y técnicas de contrainsurgencia para detener la producción y comercialización de droga, especialmente heroína, en el suroeste mexicano entre 1970 y 1974: los planes TECPAN y CANADOR.

A finales de la década de 1960, el gobierno de los Estados Unidos, encabezado por Richard Nixon, estaba preocupado por el consumo de drogas en su territorio y entre sus tropas en la guerra que libraban en Vietnam. Esta administración estableció programas antidrogas y, posteriormente, centró su atención en los países que producían, procesaban y exportaban los narcóticos. La atención se enfocó, por un lado, en atacar y disminuir el comercio de heroína proveniente de Turquía y Francia y, por el otro, llevar a cabo una revisión minuciosa de los vehículos y transportes que entraban a los Estados Unidos por la frontera con México. A este plan se le denominó Operation Intercept.

Este plan representó para los Estados Unidos el inicio de una guerra global contra las drogas, la cual orilló al gobierno mexicano a ocuparse de un asunto que sólo interesaba a los estadunidenses: el combate al narcotráfico. Esto se tradujo en el empleo de más recursos para la erradicación de las drogas y el endurecimiento de las leyes mexicanas. El desmantelamiento de algunas zonas productoras de mariguana en México y, más importante, la anulación del comercio del opio con Turquía, propiciaron el surgimiento de un nuevo mercado alrededor de la heroína en los Estados Unidos. Un resquicio que los narcotraficantes mexicanos encontraron para su explotación y que significó un intenso combate por parte de las autoridades mexicanas para su eliminación.

Así, con la avanzada del mercado de la heroína en territorio nacional, las autoridades estudiaron y analizaron las formas empleadas por los narcotraficantes para el contrabando de esta droga, las cuales consistían en la implantación de rutas aéreas y marítimas, procedimientos difíciles de combatir para el ejército mexicano y el personal de la PGR. De este modo, estas dependencias elaboraron de forma conjunta diversos estudios, planes y campañas para contrarrestar el tráfico del narcótico en territorio nacional.

Plan de Operaciones Tecpan, 1975. Colección: Archivo General de la Nación. Imagen tomada de: https://biblioteca.archivosdelarepresion.org/item?fulltext_search=narcotrafico#?c=&m=&s=&cv=&xywh=-689%2C-193%2C5985%2C3840

Ahora bien, la adormidera o amapola, de acuerdo con los informes del Plan TECPAN, era una planta anual, lampiña, de tallo erguido, con flores de cuatro pétalos de color blanco, púrpura o rosado, la cual alcanza una altura de 1.5 metros y una densidad de 20 a 30 plantas por metro cuadrado. Para el ejército mexicano y la Procuraduría la utilización de este producto tenía dos variantes. Su empleo positivo se centraba en aliviar dolores, disminución de los efectos de algunas enfermedades y compensar ciertos desequilibrios del sistema nervioso. Para que su consumo pudiera ser efectivo y benéfico, debía ser controlado por los médicos y personal preparado para ello. Por el otro lado, la utilización mal encausada de esta sustancia se centraba en la evasión de la culpa, venganza, signos de depresión y producción de sensaciones de euforia y bienestar a pesar de los trastornos físicos y mentales que llevaban a la muerte. La transición del sentido benéfico de la planta al abuso de dicha droga, según las autoridades, se sustentó en la curiosidad, diversión, necesidad y el boom del 68 mexicano, el cual se caracterizó por la agitación juvenil en torno a los movimientos estudiantiles globales, la guerra librada en Vietnam y  la revolución cultural derivada del rock n roll.

En cuanto a la elaboración de esta droga, los productores, continuando con los informes, buscaban superficies que cumplieran con las necesidades propias del cultivo (humedad, clima templado, poca exposición al sol y a los vientos y un terreno rico en potasa). Que estos plantíos se hallaran alejados de las vías de comunicación, cubiertos de las vistas aéreas y terrestres, de difícil acceso y, finalmente, con obstáculos naturales que los circundaran para evitar que fueran detectados por las autoridades mexicanas. Entre los meses de mayo y julio, gracias a su clima, las partes altas de las sierras significaban el terreno ideal para su producción. En cambio, entre septiembre y noviembre, las barrancas profundas ofrecían un clima templado y la exposición al sol era mínima. Al año se producían dos ciclos de cultivo y explotación.

Para el gobierno mexicano, la sierra de Guerrero representó un foco rojo en tanto punto de producción y tráfico de heroína en el país, ya que los principales narcotraficantes, especialmente los que operaron en Culiacán, Sinaloa, encontraron en esta parte del suroeste de México el marco ideal para la fabricación y distribución de la droga. Los afluentes necesarios para el riego de la amapola, lo escarpado e intrincado de la Sierra Madre Sur para el acceso de los batallones militares, la densa vegetación que cubría y ocultaba los sembradíos y, principalmente, las condiciones sociales y económicas que orillaron a los campesinos a contribuir con los narcotraficantes para la producción del narcótico, fueron el escenario perfecto para el imperio de la heroína en el suroeste mexicano.

De este modo, el objetivo central de la SEDENA y la PGR consistió en menguar de manera significativa el cultivo y tráfico del narcótico a partir de distintas fases, sobre todo en la sierra y la costa, puntos neurálgicos de las actividades ilícitas. En este período, los cuerpos militares y policiacos establecieron cercos y vigilancia con base en diversos retenes sobre las rutas susceptibles de ser empleadas por los narcotraficantes y agentes fuera de la ley, diseñaron reconocimientos aéreos y terrestres para la localización y destrucción de sembradíos y laboratorios y, finalmente, llevaron a cabo aprehensiones por medio de destacamentos militares a través de posiciones fijas y auxiliares. Para la coordinación del personal militar y policiaco se establecieron dos puntos estratégicos. Así pues, se instauraron como base de operaciones la 27/ª y 35/ª zonas militares localizadas en Acapulco y Chilpancingo, Guerrero, ponderando la geografía del río Balsas, sus afluentes y su desembocadura hacia el pacífico.

La primera avanzada de la SEDENA y la PGR consistió en utilizar los aprendizajes, métodos y tácticas de contrainsurgencia empleados con anterioridad por el gobierno mexicano para combatir a la guerrilla. En los años anteriores, los cuerpos castrenses y, en especial, los organismos de inteligencia y seguridad nacional (Dirección General de Investigaciones Políticas y Sociales y la Dirección Federal de Seguridad) se enfocaron en exterminar todo movimiento subversivo o guerrillero que representara un peligro para la nación. Así, destacan la operación Xochicalco que eliminó a Rubén Jaramillo en 1962, el fallido ataque al cuartel Madera en septiembre de 1965, la detención del periodista Víctor Rico Galán en 1966 por la conformación del Movimiento Revolucionario del Pueblo en la ciudad de México y, finalmente, la persecución de Genaro Vázquez y Lucio Cabañas en la sierra de Guerrero.

Así pues, se establecieron retenes militares con la intención de interceptar medios de transporte y personas a cargo de estupefaciente, aprehensión y consignación del producto y, finalmente, hacerle notar a las personas detenidas que estas actividades eran en beneficio de la sociedad mexicana.  El personal se desplegó en La Villita, La Mira, Lázaro Cárdenas, El Infiernillo, Huetamo de Núñez y Nuevo Churumuco en Michoacán y El Pachole, Río Cutzamala, Filo Caballos y El Ocotito en Guerrero.

La segunda fase consistió en la búsqueda y reconocimiento. Las exploraciones terrestres y aéreas eran planeadas por los comandantes de zona militar y el coordinador de la campaña de la PGR, los vuelos se efectuaron con avionetas y helicópteros modelo 206 de la Procuraduría con la intención de reportar, si era posible, la ubicación de los sembradíos. El objetivo radicaba en la ubicación de plantíos de amapola y la elaboración de informes y técnicas para su erradicación y consignación. La lucha contra el narcotráfico había saltado al aire.

Finalmente, la tercera fase se centraba en la destrucción, aprehensión y consignación de infractores. Para esta etapa se establecieron nueve bases fijas de operaciones y cinco bases auxiliares. Estas se caracterizaron por llevar a cabo actividades de mayor eficacia, rapidez y traslado de medios para la destrucción de sembradíos. Contrariamente a las fases anteriores, ésta significó la ampliación en la base de operaciones, la cual anexó a la 21/ª zona militar de Morelia, Michoacán, y diversos puntos de maniobra ubicados en lo que la SEDENA denominó zona roja: la sierra y la costa de Guerrero. Esta escaramuza necesitó de la coordinación del ejercito mexicano y la PGR con la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, Aeropuertos y Servicios Auxiliares para la mayor eficacia de los vuelos y traslado de personal para el combate y desarticulación de sembradíos de amapola. Asimismo, se crearon campañas en territorios urbanos para disminuir el narcotráfico, las cuales se llevaban a cabo en los centros escolares, mercados y puntos de concentración ciudadana en donde exponían las consecuencias del uso de drogas.

Plan de operaciones Tecpan DN-PR-1 de la Secretaría de la Defensa Nacional. Elaboración del autor.

A pesar de todo lo anterior, los resultados no fueron los esperados por la SEDENA, la PGR y el gobierno mexicano, lo que significó llevar a cabo medidas más drásticas en la lucha contra el tráfico de heroína en el país. Así, para el año de 1972 se implementó el Plan CANADOR, el cual tenía un tono más radical. A diferencia del plan TECPAN que empleó diversas estrategias militares para la exploración y destrucción de sembradíos, esta maniobra exigió la cooperación de otras dependencias federales y estatales para una mayor efectividad de los cuerpos militares y policiacos.

De este modo, el gobierno mexicano amplió sus recursos y estrategias para combatir la producción y distribución. Anteriormente, se habían designado algunas zonas militares y sus respectivos puntos auxiliares, pero con el nuevo plan se necesitó ampliar la colaboración a 28 zonas castrenses, ya que el foco rojo del tráfico se extendió a los estados de Sinaloa, Chihuahua, Sonora y Jalisco, zonas críticas de acuerdo con los informes de la SEDENA.

Plan de apoyo aéreo a las zonas militares que participan en la campaña contra enervantes del Plan Canador 71, 1975. Colección: Archivo General de la Nación. Imagen tomada de: https://biblioteca.archivosdelarepresion.org/item?fulltext_search=narcotrafico#?c=&m=&s=&cv=&xywh=-689%2C-193%2C5985%2C3840

Para frenar esta avanzada, el ejército mexicano contaba con 52 batallones de infantería y 20 regimientos de caballería, bajo la jurisdicción de 35 zonas militares y, por su parte, la Fuerza Aérea mexicana disponía de ocho escuadrones de pelea, tres escuadrones de Transporte, uno de reconocimiento, uno de Bombardeo y uno de búsqueda y rescate, los cuales sumaban 14 escuadrones organizados en ocho grupos aéreos. Asimismo, solicitaba la cooperación de las fuerzas locales y rurales para la obtención de información, así como campañas de exhortación a la población civil para instarles a denunciar y evitar, en la medida de lo posible, el consumo de drogas. Esto último consistió en la formulación de un plan nacional para combatir el narcotráfico, el cual invitaba a los padres de familia y los jóvenes de México, a través de la prensa, radio y televisión nacionales a informarse sobre los perjuicios del uso enervantes.

Finalmente, con los conocimientos previos de la lucha contra el narcotráfico en Guerrero y Michoacán y sus nulos resultados, ya sea por el difícil acceso del terreno, la poca colaboración de la población local y, posiblemente, la corrupción dentro de los cuerpos castrenses, la SEDENA estableció una serie de medidas para normar las actividades de sus escuadrones y llevar a un buen puerto la campaña contra los enervantes en territorio nacional. Se apuntaba que las unidades, al momento de la detención de sujetos ligados al narcotráfico, debían mostrar entereza, alinearse a los ideales y valores del ejército y ceñirse en todo momento a los procedimientos legales estipulados por el gobierno mexicano.

Así, los resultados, de acuerdo con los informes de la SEDENA, fueron del todo favorables. Las fuerzas castrenses hicieron del conocimiento del presidente Luis Echeverría que para el 10 de septiembre de 1973 se habrían destruido 36 plantíos, 3 308 400 plantas, 1 202 140 kilogramos de semilla y 21 de goma de amapola; se incineraron ocho kilos de amapola en rama, 21 834 de semilla, 2400 de cocaína y 6 800 de opio crudo; finalmente, se aprehendieron 26 individuos extranjeros y 224 nacionales, a quienes se les decomisaron cuatro avionetas, 42 vehículos, una motocicleta y 53 armas de fuego.

Informes sobre los resultados de la campaña contra el narcotráfico realizada por las Fuerzas Armadas según el Plan Canador, entre 1970 y 1974. Colección: Archivo General de la Nación. Imagen tomada de: https://biblioteca.archivosdelarepresion.org/item?fulltext_search=narcotrafico#?c=&m=&s=&cv=&xywh=-689%2C-193%2C5985%2C3840

Luis Echeverría Álvarez, en su sexto y último informe de gobierno en diciembre de 1976, señalaba que las fuerzas armadas de tierra, aire y mar contribuyeron en gran manera contra la producción y tráfico de estupefacientes en el país. Para el mandatario, los logros superaron las previsiones de su gobierno, la cantidad de narcóticos decomisados y destruidos significó el despojó de miles de hectáreas destinadas a plantíos indebidos en manos de traficantes, las cuales se recuperaron para la agricultura nacional. Sin embargo, la realidad fue completamente diferente a la consecución de resultados expuestos por el presidente durante su administración.

Operación Condor. Fotografía Archivo General de la Nación. Imagen tomada de: https://www.gob.mx/agn/es/articulos/los-anos-germinales-de-la-politica-de-guerra-contra-las-drogas-en-mexico?idiom=es

Si bien los informes de la SEDENA y la PGR entre 1970 y 1974 señalan la efectividad, progresión y victorias en torno a la destrucción de amapola, lo cierto es que esas estrategias también significaron el crecimiento y sofisticación de los productores y narcotraficantes para la producción en el país tanto de la amapola como de la heroína. Para el final de la administración de Luis Echeverría, los diarios de circulación nacional e informes policiacos señalaban que la producción de esta última continuaba. A pesar de la modernización de los sistemas y de contar con avionetas y helicópteros, “la tarea parece ser un cuento de nunca acabar, pues, mientras los agentes federales se encargan de fumigar y destruir un plantío los campesinos están ya sembrando dos o tres.”  La sofisticación para ocultar los sembradíos de los agentes federales consistía en mezclar la amapola con maizales y frijolares, acercarse, por comodidad, a los poblados para la fácil distribución del producto, el establecimiento de cuadrillas para atender de inmediato cualquier “desastre” efectuado por la SEDENA y la PGR y, finalmente, después de la destrucción de un sembradío, se aprestaban a preparar un nuevo terreno.

Informe de la 27/a Zona Militar de Guerrero, sobre las acciones de distintos agrupamientos y patrullas militares y la detención de personas por delitos del fuero común y narcotráfico en el marco de una operación, 1974. Colección: Archivo General de la Nación. Imagen tomada de:  https://biblioteca.archivosdelarepresion.org/item/80451#?c=&m=&s=&cv=&xywh=-689%2C-193%2C5985%2C3840&r=270

A pesar de los esfuerzos conjuntos de las policías y el ejército mexicano, lo cierto es que el tráfico de heroína en México en la década de los setenta fue ganando terreno y se convirtió en un serio problema para el gobierno y los agentes encargados del orden. Los planes efectuados para menguar a los traficantes no obtuvieron los resultados esperados, la destrucción de un plantío no significó una pérdida considerable para los narcotraficantes, la avanzada de la heroína permeó a las instituciones y, finalmente, las condiciones económicas y sociales orillaron a una parte de la población civil a colaborar con la producción y distribución del narcótico. Así, el suroeste significó un punto importantísimo para el gobierno mexicano y, sobre todo, para los narcotraficantes, ya que sus tierras eran explotadas por los “gomeros” de Sinaloa, Durango y Chihuahua. Para las autoridades esto constituyó una desagradable sorpresa, pues se confirmó que la sierra de Guerrero se había convertido en la  zona principal de producción de heroína del país.

Finalmente, considero que con esta breve exposición de los mecanismos de control y políticas de vigilancia estatal en torno la avanzada del narcotráfico en México, es posible establecer nuevas rutas de lectura y vetas de investigación sobre las violencias en el país, de las cuales, existe una gran deuda por parte de los historiadores del pasado reciente mexicano.

Para saber más

Astorga, Luis Alejandro, El siglo de las drogas: del porfiriato al nuevo milenio, México, Debolsillo, 2016.

Astorga, Luis Alejandro, Seguridad, traficantes y militares: el poder y la sombra, México, Tusquets, 2007.

Doyle, Kate, “Operation Intercept: The perils of unilateralism”, The National Security Archive, 13 de abril de 2003.

Zavala, Oswaldo, La guerra en las palabras. Una historia intelectual del “narco” en México (1975-2020), México, Penguin Random House, 2021.

Zavala, Oswaldo, Los cárteles no existen: narcotráfico y cultura en México, Barcelona, Malpaso, 2018.

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