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Por Pamela Romero Pereyra

Lecumberri, aquella cárcel del D.F.

El Archivo General de la Nación es un lugar de la memoria porque no solo resguarda el registro histórico de nuestro país en forma de documentos, mapas, fotografías entre otros vestigios; su edificio también forma parte de las historias de la criminalidad, la [in]justicia y la desigualdad en la Ciudad de México durante buena parte del siglo XX debido a su pasado como prisión que comenzó en el año 1900, cuando el presidente inauguró la Penitenciaría del Distrito Federal. Con entusiasmo progresista, se pensaba que la cárcel de San Lázaro con sus instalaciones modernísimas, con las mejores estrategias arquitectónicas y policiales de seguridad y vigilancia podrían, por fin, aliviar los problemas de delincuencia que desbordaban por toda la ciudad y que habían rebasado a las arcaicas prisiones decimonónicas hacía mucho.

Torre de vigilancia de la Penitenciaría del Distrito Federal, ca. 1900. Imagen tomada de el libro El palacio de Lecumberri (Archivo General de la Nación, 1990).

Rápidamente se impuso la realidad y, para 1908, el edificio comenzó a sufrir de sobrepoblación por lo que sus habitantes aprendieron a adaptar espacios, ampliarlos o fraccionarlos para cubrir las necesidades más inmediatas. Lecumberri iba formando su fama terrible de hacinamiento y dificultades; incluso después de la Revolución las condiciones de vida apenas se modificaron. La falta de recursos, las celdas atestadas y la total falta de planes efectivos para reinsertar a los reos en la sociedad, hicieron del conjunto arquitectónico un espacio para aislar y olvidar a los condenados. La investigación Ciudad de sospechosos. Crimen en la Ciudad de México 1900-1931 del historiador Pablo Piccato, reveló que en las décadas posteriores a la lucha armada, los delitos más comunes que causaban la prisión eran el robo y la violencia.

Hasta los años sesenta el consumo y tráfico ilegal de drogas como la mariguana, la cocaína o la heroína, eran un delito contra la salud considerado menor y controlable. El homicidio era el delito más grave y llamativo; el mejor ejemplo es el caso del feminicida Goyo Cárdenas quién se volvió toda una celebridad en 1942 cuando la prensa se volcó a cubrir con morbosos detalles su aprensión, juicio y condena por asesinar a cuatro mujeres. “El estrangulador de Tacuba” se volvió la gran estrella de la nota roja que impactaba al público que, gracias a las campañas masivas de alfabetización, podían leer las noticias además de asombrarse con las imágenes que las ilustraban en los periódicos que circulaban por miles.

Retrato de Gregorio Cárdenas en la Penitenciaría del Distrito Federal, ca. 1942. Fotografía: cortesía de la autora.

En la segunda mitad del siglo XX, nuestro país estaba en constante cambio; el pasado rural dejaba pasar a la industrialización, bajo el discurso posrevolucionario de triunfos obreros y campesinos. A nivel doméstico la narrativa de la “Pax priista” se mantenía con una democracia endeble y un poder centralizado que dotaba de bonanza económica la clase media y media alta, mientras la pobreza crecía a pesar de algunas promesas sociales cumplidas. A nivel global, en el contexto de la Guerra Fría (1945-1991), nuestro país debió asumirse como ficha importante el ajedrez internacional y sortear la influencia de nuestro vecino del norte en asuntos internos y externos. Algunos historiadores han reflexionado sobre el papel de México en los que han llamado los “sesentas globales”, es decir, el estudio del papel activo de los países no hegemónicos entre 1958 y 1973, justamente el periodo en que la penitenciaría de Lecumberri comenzó su decadencia.

Decadencia y nuevos delincuentes

La noche del 1 de enero de 1970 sucedió un hecho terrible en la prisión de San Lázaro; las autoridades la calificaron como un motín, pero el grupo de presos políticos del movimiento de 1968 denunciaron el choque entre reos como una agresión promovida por las autoridades del penal mediante el reparto de drogas, alcohol y armas entre su selección de individuos violentos y corruptos. Los testimonios de aquella noche, en letras de Heberto Castillo y José Revueltas, entre otros, nos cuentan tres datos interesantes: la profunda podredumbre y corrupción que reinaba al interior del penal, las pésimas condiciones de deterioro y abandono en el edificio y las diferencias abismales entre los reos que habitaban las crujías.

En Lecumberri convivían hombres de todas clases sociales presos por todo tipo de delitos; desde 1957, cuando abrió el penal de Santa Martha al oriente de la ciudad, Lecumberri era la Cárcel Preventiva del Distrito Federal, lo que quería decir que su función era contener a los acusados durante su juicio y hasta obtener una sentencia que cumplirían en un penal. Sin embargo, esto no se cumplía, por lo que muchos reos ya condenados permanecían en el Palacio Negro, por ejemplo, Goyo Cárdenas, Álvaro Mutis o el estadounidense Dwight Worker de quién se hablará adelante. Al mismo tiempo, otros reos con situación legal indeterminada como los presos políticos y muchos hombres sin recursos económicos para pagar una defensa efectiva, pasaban sus días en las celdas casi sin esperanza de que su situación mejorara.

Los reos estaban sometidos a los custodios, quienes para controlar a los más de tres mil hombres, se valían de las figuras de los mayores y comandos; ellos eran presos especialmente violentos y manipuladores que se habían acercado a la autoridad con sobornos y amenazas. Se encargaban de cobrar cuotas por asignar espacios para dormir, permisos para ir al baño, repartir servicios como luz eléctrica, comida u organización de trabajo, ya fuera semiesclavo en la posición de fajinero, o de manera independiente, como los artesanos y empleados en los talleres de la cárcel. Según la encuesta social realizada en la prisión en 1976 las diferencias entre los reos se basaban en los pagos que podían hacer a los comandos y mayores para obtener desde las necesidades más básicas, hasta los privilegios más extravagantes. Para 1970 los reos con mejores condiciones de vida eran los implicados en robos de cuello blanco, delitos tradicionales como el fraude o la falsificación, y un número creciente de presos por delitos contra la salud, muchos de ellos extranjeros que habían caído en “la peni” por tráfico de drogas.

Richard Nixon en campaña. Fotografía: Ollie Atkins, 1968. Imagen tomada de: www.commons.wikipedia.org/wiki/File:NIXONcampaigns.jpg

En 1971 el presidente estadounidense Richard Nixon pronunció una frase definitiva en la política internacional de Latinoamérica en los años siguientes: “la adicción a las drogas es el enemigo público número uno de Estados Unidos”. Esta declaración respondía al incremento en el consumo de estupefacientes entre los jóvenes, especialmente aquellos que regresaron de la guerra de Vietnam, en muchos casos con una franca adicción. El crecimiento en el consumo presentó nuevos problemas, como la incidencia de crímenes violentos y, por supuesto, el surgimiento de redes de tráfico y comercialización que superaban, por mucho, un problema únicamente de salud pública en pequeña escala. La declaración presidencial inició la guerra contra las drogas en Estados Unidos y con ello, la presión a países como México para controlar el lucrativo negocio del narcotráfico que resultaba tentador para muchas personas, como “el gringo” Dwight Worker quien llegó a Lecumberri en 1973.

El ”gringo” del Palacio Negro

En su libro, publicado en inglés en 1977 Fuga de Lecumberri, Worker relató su aventura intentando transportar droga desde Perú hasta Estados Unidos con escala en el aeropuerto internacional del entonces Distrito Federal. Su plan consistía en guardar ochocientos gramos de cocaína en el brazo que llevaría enyesado, ¿quién sospecharía de un hombre lastimado? Todo transcurrió según lo planeado hasta que su actitud nerviosa llamó la atención entre los policías del aeropuerto quienes lo descubrieron. En poco tiempo Dwight ya estaba camino a Lecumberri donde fue sentenciado a seis años de encierro. Nunca fue trasladado a un reclusorio y logró fugarse en diciembre de 1975.

Portada del libro de Dwight Worker. Fotografía: cortesía de la autora.

Con narraciones como la de Worker, la labor del historiador se vuelve también de detective, porque debe plantearse infinitas preguntas, contrastar las diferentes voces, qué se dice, qué se oculta y las razones; de modo que si leemos el relato de “el gringo” nos damos cuenta que su intención es contar su versión de los hechos con un enfoque que lo deje como un héroe, alguien que logró vencer la terrible prisión de un país tercermundista. Esto es evidente también en su testimonio para la serie de National Geographic “Preso en el extranjero” (Banged up abroad, temporada 1 episodio 5), en ambas narraciones nos enteramos el modo en que se las arregló para sobrevivir al acoso de las autoridades, de los abogados, de los mayores y comandos para finalmente escapar por la puerta principal disfrazado de mujer con la ayuda de su esposa Bárbara.

La constante en su historia es una queja contra los mexicanos, incluso denuncia una especie de “racismo inverso” por su condición de extranjero que desde su perspectiva lo hacía vulnerable a la corrupción del Palacio Negro. Sin embargo, al leer los testimonios de otros reos como Alberto Sicilia Falcón, de quien se hablará adelante, y consultar el censo que se levantó en 1976, nos podemos dar cuenta que las condiciones de vida en la prisión del Distrito Federal eran terribles para todos sus habitantes, pero que el dinero podía ayudar a aliviar la situación. A lo largo de su historia, Worker cuenta cómo los mayores y los comandos le solicitaban dinero, para evadir la fajina, los golpes, obtener comida o solicitar ayuda legal, él tuvo que recurrir a su familia para obtener recursos. La corrupción que padecía era grave, sin duda, tanto que, en esta época, la embajada estadounidense enviaba quejas constantemente al gobierno mexicano señalando las pésimas condiciones de vida que padecían sus ciudadanos presos en nuestro país, especialmente en Santa Martha y Lecumberri; esto los ponía en la atención pública casi permanentemente. Por el contrario, los presos comunes del Palacio Negro, en condiciones de pobreza y desinterés de la sociedad, no tenían más opción que sufrir palizas o trabajar sin más pago que seguir con vida. Desde este punto de vista la situación de “el gringo” parece un poco menos desesperada, de modo que escuchar otras voces, nos permite poner su testimonio en perspectiva.

Dwight Worker en la actualidad. Imagen tomada de: https://alchetron.com/cdn/dwight-worker-29177096-7439-46fc-8962-a834b37798f-resize-750.jpg

Worker contrajo matrimonio con su novia Bárbara en una boda múltiple, un evento permitido en Lecumberri y que implicaba el cambio, por algunas horas, de la rutina carcelaria y la llegada de muchas personas ajenas a los espacios de castigo. El traficante aprovechó este cambio para salir de la prisión hacia los Estados Unidos donde vive en la actualidad como un hombre libre. Su fuga es curiosa porque entre el miércoles 17 y el sábado 20 de diciembre, ni las autoridades, ni la prensa parecieron darse cuenta. El suceso apareció en el periódico La Prensa como una pequeña nota el día 20, cuando el abogado de un compañero de Worker le contó a un reportero que el narcotraficante había salido del edificio vestido de mujer después de contraer matrimonio. Según la nota, en el penal negaron conocer los hechos y el reportero investigó que hasta ese momento no habían siquiera levantado un acta sobre el asunto. El lunes 22 las autoridades carcelarias hablaron sobre el asunto con los reporteros: culparon a los celadores de ayudar a escapar a Worker, pero no mencionaron nada del disfraz de mujer.

El miércoles 24, como regalo de navidad, se consignó al subdirector de la cárcel, Jesús Ferrer, porque según la investigación reportada a La Prensa, él y un vigilante, también arrestado, habían recibido treinta mil dólares para ayudar en la huida del delincuente, de modo inesperado, el viernes 26, La Prensa publicó que Ferrer era cómplice en la venta de drogas y licor entre los reos y era el “Amo y señor del narcotráfico en Lecumberri” que había sido suspendido pero reinstalado en su puesto por presiones de otros funcionarios poco antes de recibir el soborno que permitió la fuga. Citando documentos confidenciales y ocultos para los reporteros, el director del penal el General Francisco Arcaute Franco se deslindó del hecho, y en los días siguientes apenas hubo referencia a la fuga en los periódicos. Lecumberri dejó de ser noticia, por unos meses, hasta abril de 1976.

Un túnel en la prisión

Alberto Sicilia Falcón era un narcotraficante cubano que llegó a la Prisión Preventiva del Distrito Federal en julio de 1975 y se fugó a través de un túnel el 26 de abril de 1976. Su aventura está registrada en los periódicos de la época y en un libro llamado El túnel de Lecumberri publicado por primera vez en 1979. El “Barón del delito” como lo llamaban en los medios de comunicación, era un hombre extremadamente atractivo, joven, rico y con grandes conexiones entre empresarios, políticos y el medio del espectáculo, lo que le permitió extender su negocio de tráfico de estupefacientes desde Tijuana hacia Estados Unidos, operando en su villa en Acapulco. Era tan llamativo que se le consideraba una celebridad, un “narcostar” que con sus negocios sospechosamente ilegales debía tener algo turbio, pero nadie parecía darse cuenta. Contrario al perfil de Dwight Worker que era un traficante de oportunidad en pequeña escala, Sicilia transportaba grandes cantidades de droga en operaciones complejas que ya iban tomando forma de cártel, como los que conocemos en la actualidad. Fue preso porque sus operaciones se volvieron imposibles de ignorar para las políticas de lucha contra las drogas que recién habían empezado como política exterior de Estados Unidos.

El testimonio de Sicilia Falcón en su libro El Túnel de Lecumberri, confirman las horribles condiciones de la prisión, las dificultades del sistema penal mexicano ––él no tenía una sentencia al momento de escapar––, pero también nos cuenta de las profundas desigualdades que existieron entre los presos comunes y los reos por delitos contra la salud que podían pagar privilegios y hasta extravagancias como las del cubano, por ejemplo, en la cárcel sobrepoblada donde algunos hombres no tenían un lugar para dormir, Sicilia ocupaba en la crujía “O” exclusiva para extranjeros, las celdas 27, 28, 29, 30 y 31, divididas entre sus cómplices, una cocina, mientras que la celda 35 estaba vacía, pero a su disposición. La mañana de su fuga fue otro reo, cuyo oficio era el de masajista personal, quien reportó la evasión y descubrió un túnel que comenzaba en el piso de la celda 29.

Portada del libro de Alberto Sicilia Falcón. Fotografía: cortesía de la autora.

Nuevamente se trata de confrontar fuentes y planear preguntas. En su libro Sicilia Falcón cuenta que habían pagado diez mil dólares para poder elegir dormitorios en la crujía asignada, y que, él y sus cómplices, tenían muy poco tiempo para lograr escapar antes de obtener una sentencia y ser trasladados a un reclusorio, donde las medidas de seguridad serían muy severas, de modo que idearon un plan: cavar un túnel hasta la calle. En enero de 1976 pagaron 250 mil pesos para comprar una casa en la Tercera Cerrada de San Antonio Tomatlán número 25, una calle pequeña que colinda con la prisión, para desde ahí, coordinar los trabajos de excavación para llegar a la celda 29. Con la información que tenemos actualmente, parece que la estrategia de túneles para escapar es muy común, pero en Lecumberri era toda una novedad. Al igual que Worker, Sicilia plantea en su libro una narración épica, sin embargo, a la luz de la información sobre la construcción de la cárcel y las condiciones del suelo fangoso en la Ciudad de México su historia parece inverosímil o, al menos, muy dudosa, pues, sin los planos del edificio que fue construido con profundos muros de acero (para evitar fugas subterráneas) en un suelo húmedo y movedizo donde las tuberías del drenaje se rompían constantemente ––Lecumberri era el Palacio Negro, en parte por sus muros oscurecidos con la humedad excesiva––, hacen muy complicado comprender cómo lograron cavar un túnel por debajo de otras celdas, un muro, la calle Héroes de Nacozari y una escuela primaria, hasta llegar al patio de la casa de San Antonio Tomatlán sin que nadie los descubriera, erraran la dirección o sufrieran derrumbes.

Portada del periódico La Prensa, 27 de abril de 1976. Imagen tomada de: https://www.dcubanos.com/sabiasque/wp-content/uploads/2019/09/fuga-alberto-sicilia-flacon-prensa-666×1024.jpg 

Sicilia Falcón y sus cómplices fueron recapturados apenas cuatro días después de escapar, en una casa de la colonia. Sin embargo, la noticia de su escape espectacular ocupó las primeras planas y los titulares de las noticias, a diferencia del caso de Worker, las autoridades se involucraron en el caso y la noticia tuvo consecuencias. El general Arcaute, fue relevado de su cargo y el nuevo y último director de la prisión, el abogado Sergio García Ramírez se hizo cargo de organizar el cierre de Lecumberri, el traslado de los presos a los reclusorios y la aplicación de la Ley de Normas Mínimas que, con estándares internacionales, pretendía reformar el sistema penitenciario en México. El asombro y la espectacularidad de la fuga de Sicilia sirvieron para consolidar la leyenda del Palacio Negro como una cárcel corrupta, anacrónica e insostenible.

En las dos fugas de Lecumberri en decadencia está presente el narcotráfico; sin duda la lucha contra las drogas que inició el gobierno de Richard Nixon impactó en el crecimiento del crimen organizado en Latinoamérica y el cambio en los crímenes tradicionales del homicidio al narcotráfico como delitos de alto impacto. También es interesante la participación de los medios masivos de comunicación en la difusión de la narrativa del traficante que se fue conformando como un hombre que corre riesgos y sale bien librado a pesar de los límites de la justicia.

Tanto Worker como Sicilia contaron su historia en libros, que, en ambos casos, tuvieron varias reediciones y fueron best sellers. En la actualidad Worker sigue concediendo entrevistas , mientras que Sicilia, aunque estuvo preso en el penal de Puente Grande Jalisco, es un hombre libre del que no se sabe gran cosa, aunque su figura fue rescatada en la serie Narcos México de Netflix en el 2018. En ambos casos sus historias resultan exageradas o muy difíciles de creer si se les confronta con datos u otros testimonios, por ejemplo, la versión del disfraz de Worker solo la mencionó el abogado que contó la historia al reportero en la primera nota, pero las autoridades nunca la refirieron. Se puede inferir que con los altos niveles de corrupción y podredumbre que regían Lecumberri en 1975 solo bastaba sobornar a las personas indicadas para salir tranquilamente, en medio de una boda múltiple; sin embargo, la idea de un disfraz llamativo resultó muy redituable en la prensa, tanto que, incluso se filmó una película para televisión llamada Escape en 1980, de la que Dwight y su esposa recibieron beneficios económicos. Su historia, cierta o no, es parte de la construcción del mito del narcotraficante actual. Por otro lado, Sicilia Falcón aún preso, recibió beneficios de la publicación de su historia y sus cinco ediciones, además de consolidar su fama como precursor de los cárteles mexicanos. Su fuga, exagerada o no, es referencia constante frente a la historia de “El Chapo” Guzmán.

Las dos narraciones nos cuentan sobre el cambio en la manera de pensar, difundir y consumir la criminalidad entre la sociedad mexicana en constante crisis y donde la influencia de la globalización es pieza fundamental. Carlos Monsiváis pensaba que la nota roja disolvía las lecciones de la cárcel ante el culto a la personalidad criminal, él tenía en mente a los homicidas como Goyo Cárdenas, sin embargo, este fenómeno se consolidó con la aparición del culto a la personalidad del narcotraficante que, hoy en día, nos parece tan cotidiano.

Para saber más

Barajas Rafael, Una crónica de la nota roja en México. De Posada a Metinides y del Tigre de Santa Julia al crimen organizado, México, Asociación Cultural El Estanquillo, 2018.

Hernández Anabel, Los señores del narco, México, Random House Mondadori, 2010.

Piccato Pablo, Ciudad de sospechosos. Crimen en la Ciudad de México, 1900-1931, México, CIESAS. 2010.

Sicilia Falcón Alberto, El Túnel de Lecumberri, México, Cía General de Ediciones, 1979.

Worker Dwight, Fuga de Lecumberri. Historia verídica de un escalofriante escape del palacio negro, México, Diana, 1981.