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“Un mal necesario”: José Clemente Orozco y la representación de la prostitución en los albores de la Revolución Mexicana

Por Jorge Alberto Barajas Tinoco

Desolación

Cuando se habla del muralismo mexicano, es común olvidarse de la inmensa producción de caballetes al óleo, gráfica y otras técnicas que estos artistas también realizaron y forman parte indispensable para entender su obra y su visión. Años antes de tener su primera comisión mural, José Clemente Orozco pintó una pequeña acuarela. En ella vemos a una mujer de aspecto casi infantil tendida sobre una cama. Del fondo compuesto de ocres y marrones, resalta la cara blanca de la mujer y el rojo de sus labios con el que esboza una sonrisa que parece lanzar directamente al espectador. Los rasgos de la figura femenina están muy caricaturizados y no parecen coincidir con el título de ésta: Desolación (1913-15). Si nos fijamos en la figura principal, la desolación del título pareciera un comentario más bien irónico, y al tratarse de Orozco, es muy probable que así sea. Sin embargo, al observar atentamente el entorno —una botella en el buró, un sombrero abandonado al pie de la cama, el tono sombrío y sucio de la habitación en general—, cobra sentido este ambiente desolado que Orozco quiere transmitir. Pero esa mueca indescifrable de aparente satisfacción dota de una ambigüedad a la acuarela, que inquieta a cualquiera que se encuentre delante de ella.

Desolación, José Clemente Orozco, 1913-1915. Colección Museo de Arte Carrillo Gil. Imagen tomada de: https://www.museodeartecarrillogil.com/obra/desolacion/

Del 1º al 20 de septiembre de 1916, José Clemente Orozco realizó su primera exposición individual en la Librería Biblos del propietario Francisco Gamoneda. Dicha muestra llevó por título Estudios de Mujeres aunque posteriormente esta serie de obras serán conocidas como La casa del llanto. La exhibición contó con 123 obras, principalmente acuarelas y dibujos, divididas en tres secciones: colegialas, prostitutas y caricaturas. Para el propósito del texto, simplemente nos detendremos en el apartado correspondiente a la prostitución.

En su momento la crítica se escandalizó por las temáticas y las formas de representación de Orozco en esta serie, siendo uno de sus pocos defensores el escritor José Juan Tablada. Dentro de la historiografía del arte se han tratado profusamente estos primeros trabajos de Orozco y casi todos coinciden con los mismos temas a la hora de su interpretación: la crítica profunda a la decadencia de la sociedad, la fuerza expresiva de su trazos, la ironía con la que retrata los temas, los colores en correspondencia con los espacios que representa, la facilidad para retratar figuras y tipos humanos, su cercanía con la caricatura o su parecido con el pintor francés Toulouse-Lautrec —esto último para molestia del pintor, quien odiaba las comparaciones–.

Ahora bien, me gustaría explicar en qué consiste la serie La casa del llanto en general. El investigador Renato González Mello apunta que esta serie se compone principalmente de tres escenarios: la calle, el salón y la alcoba. La calle, para González Mello es el espacio público libre para la mirada que deambula y donde hay más libertinaje al no existir autoridad visible. Es, además, el momento en el que hay un primer encuentro con las prostitutas que se encuentran exhibiéndose en ese espacio. Me gustaría agregar que las calles también son lugares que dejan una sensación de enclaustramiento, pues no hay profundidad, el fondo siempre son grandes muros que cierran la perspectiva, semejando más bien callejones sin escapatoria. Es decir, paradójicamente, las calles de Orozco se vuelven un lugar cerrado. La única posibilidad de movimiento en la escena sería entrar en el cuarto de la prostituta, sugerido por una puerta cerrada o ventana. No hay escapatoria para el transeúnte ni para el espectador. Ejemplo de esto lo encontramos en la acuarela En asecho (1913-15), en la que vemos a una prostituta de edad avanzada parada en el quicio de una puerta, lanzando una mirada retadora a la derecha de la escena. El fondo está dado por una mancha color azul grisáceo y el marco donde ella se apoya. Otro ejemplo lo vemos en El despojo (1913-15), en el que un grupo de mujeres se congrega en torno a un hombre que yace tirado en la banqueta para despojarlo de sus pertenencias.

En asecho, José Clemente Orozco, 1913-1915. Colección Museo de Arte Carrillo Gil. Imagen tomada de: https://www.museodeartecarrillogil.com/obra/en-asecho/

El segundo momento de la serie se desarrolla en el salón de la casa de citas. La sala del prostíbulo es el espacio en el que lo privado se hace público y acontecen la seducción y la embriaguez. Dentro de esta serie es el único momento en el que aparecen hombres representados participando activamente en la escena. Mujeres y hombres bailan pegados y se embriagan, mientras otros se desperdigan en los sillones. Las mujeres coquetean con los clientes, juegan entre ellas, se abrazan o se sientan en las piernas de su “chulo” (La hora del chulo, 1913-15). Muchas veces los personajes tienen aspecto cadavérico, resaltando sus labios rojos o sus ropas desarregladas. Las mujeres ríen y se regocijan, aunque en otras ocasiones los excesos las han llevado a cometer actos violentos contras sus propias compañeras (Mujeres peleando, 1911–13). El salón, a final de cuentas, es la antesala del acto sexual.

La hora del chulo, José Clemente Orozco, 1913-1915. Colección Museo de Arte Carrillo Gil. Imagen tomada de: https://www.museodeartecarrillogil.com/obra/la-hora-del-chulo/

Finalmente tenemos la alcoba, lugar donde acontece el ámbito de lo privado. No obstante, el acto sexual nunca se muestra explícitamente. Los hombres desaparecen de la representación, ya se han ido. Ahora vemos a algunas de las mujeres ocultando sus rostros en la cama, mientras otras las consuelan (La desesperada, 1913-15). Los cuartos están sucios y las camas desvencijadas, pero a pesar de ello, las mujeres realizan sus afeites frente a los espejos en la espera de los clientes. La salida fácil para el shock inmediato hubiera sido representar actos sexuales explícitos, pero Orozco optó por retratar momentos de intimidad trágica en los que es posible mantener una empatía con las prostitutas. El espectador es capaz de palpar la desolación y la desesperación de estas mujeres. En todas estas acuarelas hay un ambiente de desamparo, llenan las habitaciones con una sexualidad no explícita, pero que se antoja moralizante. Dentro de estas escenas de alcoba se encuentra la acuarela descrita al inicio.

La desesperada, José Clemente Orozco, 1913-1915. Colección Museo de Arte Carrillo Gil. Imagen tomada de: https://www.museodeartecarrillogil.com/obra/la-desesperada/

Un mal necesario

Cuenta Orozco en su Autobiografía que muchas de estas obras fueron destruidas por los agentes de aduanas en su primer viaje a Estados Unidos por ser consideradas inmorales. No obstante, con las que han llegado a nuestros días, podemos darnos una idea muy amplia de lo que aquellas obras pudieron haber representado. Hay dos vías para explicar la serie La casa del llanto y mucha de la obra posterior de José Clemente Orozco. La primera de ellas es tomando como base la propuesta de Fausto Ramírez, en la cual establece una veta derivada de la teosofía y el simbolismo en la obra de Orozco. Acorde con Ramírez, podemos establecer que la corriente simbolista de finales del siglo XIX toma como motivo el ícono de la prostituta como representación de la decadencia y las debilidades del ser humano que cae presa de sus vicios. Así, la figura de la femme fatale será el leitmotiv para estos artistas. Tomando como pretexto a este ser encarnado en las mujeres fatales, los simbolistas hablan de una esclavitud de la carne que impiden al espíritu elevarse a designios trascendentales. Es decir, entramos en un terreno impregnado por la misoginia de la época, en la que existe la concepción de que la mujer que ejerce su sexualidad es un impedimento para la evolución del hombre.

Autorretrato, José Clemente Orozco. Colección Museo de Arte Carrillo Gil. Imagen tomada de: https://www.museodeartecarrillogil.com/obra/autorretrato-2/

Sin embargo, una ruta complementaria y menos mística por la cual es posible estudiar esta serie de obras corresponde al discurso de higiene social que impregnaba la época en que fueron pintadas. En su libro Orozco, Alma Reed nos insinúa que el pintor estaba al tanto de dicho debate en el que una de las principales preocupaciones de las autoridades era poner un alto a la propagación de enfermedades venéreas esparcidas por el “cáncer en la sociedad” que representaban las prostitutas a los ojos de las buenas costumbres.

A partir del siglo XIX, sobre todo en la ciudad de México porfiriana, y con la incursión de muchas nuevas industrias, las mujeres se fueron incorporando al mundo laboral. Los campos de trabajo para las mujeres estaban destinados a la maquila textil y al servicio a clientes, ya fuera en tiendas, restaurantes o en el ámbito doméstico. Sin embargo, como explica Katherine E. Bliss, en los periódicos porfirianos, los informes policiales, las encuestas médicas, los estudios sobre delitos e incluso en las guías de viaje, se confirma que muchas de las mujeres de los barrios pobres de la capital trabajaban con frecuencia como prostitutas. Por su parte, hombres de todas las profesiones y clases sociales se asociaban con ellas y, estos hombres y mujeres en repetidas ocasiones participaron en actos de violencia inspirados por los celos, la infidelidad, la falta de conciencia o la ofensa percibida en el contexto de una relación sexual. Las acuarelas que conforman La casa del llanto parecerían una crónica plástica de los acontecimientos descritos.

Ahora bien, como apunta Fabiola Bailón Vázquez, la prostitución se ha manejado dentro de muchas sociedades como un “mal necesario”. Esto proviene de la idea de que la mujer simplemente podía ejercer dos funciones: madre y prostituta. Para la preservación del sistema patriarcal que sustenta su núcleo en la familia tradicional, es necesaria la existencia de estas “mujeres de la vida” con las que los hombres puedan descargar sus bajas pasiones, pues sin ellas no existirían “mujeres decentes” con las que formar una familia. Partiendo de esta premisa moral, desde el porfiriato el ejercicio de la prostitución tuvo una serie de reglamentaciones que se fueron modificando hasta alcanzar un abolicionismo de Estado en la década de los años cuarenta del siglo XX.

Desde finales del siglo XIX, la mayor parte de las discusiones acerca de la reglamentación de la prostitución tuvieron lugar entre el gremio médico. Ya fuera por medio de artículos publicados en la Gaceta Médica, conferencias o libros, la opinión de los médicos oscilaba entre tener una mejor reglamentación o la abolición de esta práctica. La reglamentación vigente en esos años, estaba dirigida a tener un control de los cuerpos de las mujeres a las cuáles se les pedía tener un registro, chequeos médicos periódicos y cumplir con ciertos métodos de higiene y prevención dentro de los burdeles. Pero estos no iban encaminados a su protección, eran leyes para proteger a los clientes varones.

El objetivo en común era evitar la propagación de enfermedades, por supuesto, entre los clientes, pues poco importaba la salud de las mujeres dedicadas al oficio. Algunos de los médicos más osados como el Dr. Manuel Alfaro, proponían que la prostitución debía ser una “actividad libre”, no condenada por la ley, ya que se trataba de un “mal necesario” que a la larga evitaba otros. El tan mencionado mal necesario era una especie de válvula de escape que mantenía en funcionamiento el orden patriarcal. El argumento era, relativamente, simple: enfermarse y prostituirse no era ningún delito, y en vez de considerarlo como tal, se debería aplicar con más rigor el reglamento vigente; además era necesario hacer valer las reformas, principalmente orientadas a la prevención y curación de las mujeres enfermas.

Uno de los principales documentos respecto al tema fue el libro titulado La prostitución en México de Luis Lara Pardo, publicado en 1908. Por medio de estadísticas, gráficas y estudios médicos —muy en tónica con la corriente positivista tan en boga durante la época—, el libro tiene como propósito estudiar, por medio de ejemplos, la prostitución como una manifestación de la situación social de su tiempo, para así dilucidar las causas y efectos de ésta. Es así que este estudio, más que médico, propone una perspectiva social del problema y, sobre todo, nos dice el autor, busca quitar ese velo místico del que se ha dotado a las prostitutas, culpa de la novela de corte romántico.

Lo anterior es importante porque nos da una idea de lo que se leía y las preocupaciones que existían en el periodo en el que Orozco se lanza a las zonas rojas de la ciudad en los primeros años de su obra artística. Textos como el de Lara Pardo eran los que se estudiaban y es casi seguro que el pintor estuviera enterado de todas estas controversias. Inclusive, al describir las escenas de prostitución,  Lara Pardo tiene muchas similitudes con las obras de Orozco:

En cuanto llega la noche, a las puertas del hotelucho se instalan grupos de mujeres de lastimosa apariencia. Unas en la penumbra, sentadas o de pie, junto al cancel que las deja adivinar. Otras, más confiadas en la virtud de sus afeites, se dejan ver mejor, se aventuran un poco más, en tanto que otras avanzan resueltamente por la aceras, en busca de parroquianos.

El carnaval revolucionario

La lucha revolucionaria trajo consigo muchos cambios que tomaron tiempo en asentarse. En el tema de la prostitución se volvió un campo abierto durante varios años. El mismo Orozco recuerda en su Autobiografía que la ciudad parecía un gran carnaval. El arbitraje y la reglamentación se suspendieron por algunos momentos, Orozco cuenta que: “Por la noche, la ciudad era algo fantástico. Los numerosísimos centros de juerga estaban atestados de oficiales del ejército huertista y de mujeres ligeras. Había capitanes de dieciocho años y coroneles de veinticinco”. Dentro de este caos, era imposible seguir las reglamentaciones porfirianas, pero a partir de este momento todo empezaría a cambiar.

Una vez que comienza a institucionalizarse la revolución durante de la década de los veintes, se retomaron estas discusiones, de nueva cuenta lideradas por el gremio médico. El punto ahora era cómo reconstruir una nación a partir de una población, según los médicos, llena de enfermedades y vicios. A pesar de las disputas, una vez más, estos autores se encaminaron al tema de la erradicación de las enfermedades o, en casos más radicales, la erradicación de las prácticas de prostitución mismas. Empresa imposible. Al mismo tiempo, hubo de nueva cuenta ambigüedades dentro de los mismos discursos. Por un lado se exaltó y por otro se condenó a estas mujeres dedicadas a la prostitución. Las descripciones “románticas” se repitieron una y otra vez, siempre seguidas de comentarios que expresan rechazo y desaprobación. En estos autores existe una fuerte alusión al miedo de contagio de enfermedades, sobre todo al contagio de una enfermedad de transmisión sexual, a la degeneración del cuerpo y a la muerte. Estas dos facetas siempre encarnadas en la mujer, casi nunca son culpa del hombre, pues es la prostituta la que seduce, degenera y enferma.

Este discurso, retomando de nueva cuenta el texto de Lara Pardo, se va a los extremos cuando afirma que no solo las “prostitutas” sino las “doncellas” son de tomar precauciones, ya que se debe “considerar como infectadas a todas las mujeres, y, por consiguiente, adoptar, siempre que se efectúe el coito, exactamente el máximo de precauciones”. Si bien Lara Pardo era un autor pre-revolucionario, su ideología seguirá impregnando los discursos posteriores. En este tipo de discursos hay una satisfacción del placer reprimida por ese miedo a la sexualidad de las mujeres.

Hacer referencia a la serie La casa del llanto y a acuarelas como Desolación, ayuda a comprender la obra de Orozco de los años posteriores, pues en esta serie se comienzan a plasmar los tópicos y las formas que lo acompañarán a lo largo de su vida. En especial, a mediados de los años veinte Orozco ya se encontraba muy alejado de ésta iconografía decadentista, aunque nunca se olvidó por completo del tema prostibulario. Las prostitutas fueron para él motivo de fascinación, a veces tomadas como simple retrato de una sociedad de la que participaba, pero también, otras veces, observaba de manera crítica simbólicos bastantes potentes en sus murales.

Un ejemplo temprano de incorporación del tema prostibulario en la pintura mural podemos encontrarlo en los frescos del Antiguo Colegio de San Ildefonso, realizados por Orozco entre 1923 y 1924. Nos referimos específicamente al panel titulado El banquete de los ricos, en un estilo francamente caricaturesco que desentona con el resto de paneles de esa planta. La composición está marcada por una línea horizontal que divide la escena en dos partes. En la parte superior, Orozco retrata a la burguesía en forma de dos hombres y una mujer en evidente estado de ebriedad. Uno de los hombres y la mujer, encima de la mesa, se abrazan alzando sus copas. Por la postura, la vestimenta  —un vestido corto con escote pronunciado—  y la actitud con la que aquella mujer se desenvuelve en la escena, podemos inferir que se trata de una prostituta y no de una “dama de sociedad”. El hombre a la izquierda, con sombrero de copa y risa burlona, señala a la escena que se desarrolla debajo de ellos. En la parte inferior, vemos a dos miembros de la clase obrera, vestidos de overol azul, en medio de una riña. Los burgueses se burlan a carcajadas de las pugnas de las clases menos afortunadas. En esta clara crítica a la división y desigualdad de clases, la figura de la prostituta cumple la función de simbolizar la decadencia y la corrupción de las clases acaudaladas.

El banquete de los ricos, José Clemente Orozco, 1923-1924. Colección Antiguo Colegio de San Ildefonso.

Como ya se ha reiterado, a lo largo de su vida, José Clemente Orozco volvió al tema de la prostitución con diversas técnicas e intenciones. Analizar esta iconografía en su amplitud rebasaría con creces los alcances del presente ensayo. Sin embargo, me pareció importante retomar aquella primera obra en acuarela como un punto de partida para pensar cómo el tema de la prostitución a lo largo de la producción del artista, y dentro de la propia sociedad, se fue haciendo cada vez más complejo. La prostituta en Desolación, nos extiende la mano, nos reta con la mirada y, con esa sonrisa irónica, nos invita a reflexionar sobre el mundo que le ha tocado vivir y presenciar.

Para saber más

Bailón Vásquez, Fabiola, Prostitución y lenocinio en México, siglos XIX y XX, México, Secretaría de Cultura, Fondo de Cultura Económica, 2016.

Bliss, Katherine Elaine, Compromised Positions: Prostitution, Public Health, and Gender Politics in Revolutionary Mexico City, Pennsylvania, Pennsylvania State University Press, 2002.

Ramírez, Fausto, Modernización y modernismo en el arte mexicano, México, UNAM, Instituto de Investigaciones Estéticas, 2008.

González Mello, Renato, Orozco: ¿pintor revolucionario?, México, UNAM, Instituto de Investigaciones Estéticas, 1995.

González Mello, Renato, La máquina de pintar: Rivera, Orozco y la invención de un lenguaje, México, UNAM, Instituto de Investigaciones Estéticas, 2008.

Lara Pardo, Luis, La prostitución en México, Librería de la viuda de C. Bouret, 1908.

Orozco, José Clemente, Autobiografía, México, Editorial Era, 1999.

Reed, Alma, Orozco, México, Fondo de Cultura Económica, 1955.