Skip to content Skip to footer

Por décadas se pensó que el movimiento muralista mexicano fue exclusivamente masculino, a pesar de las importantes obras realizadas por artistas mujeres a lo largo y ancho de nuestro país. En 1936, Aurora Reyes pintó el primer mural realizado por una mujer mexicana en los muros del Centro Escolar Revolución en la Ciudad de México. Originaria de Chihuahua y miembro del Partido Comunista Mexicano, Reyes plasmó una escena donde una maestra rural es golpeada por un par de campesinos. La imagen, de gran carga emotiva, valora el papel protagónico de las mujeres en las luchas sociales y en la historia de México. Para conocer las contribuciones de las mujeres muralistas, que por muchos años fueron silenciadas, entrevistamos a Dina Comisarenco –connotada historiadora del arte, docente e investigadora en el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL) –, que en 2017 publicó el libro Eclipse de siete lunas. Mujeres muralistas en México.

Cuando se habla del muralismo se piensa comúnmente en Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco, tres pintores que plasmaron su visión de la historia de México en los muros, pero ¿qué participación tuvieron las mujeres en el movimiento muralista mexicano?

En efecto, al poco tiempo de iniciado el movimiento, los así llamados “tres grandes,” comenzaron a concentrar la mayor parte de los encargos murales, dejando poco espacio para otras y otros artistas. Esto pese a las intenciones democratizadoras del arte propias del muralismo fundador –lo que creo debería conllevar no solo la ampliación del público, sino también una mayor apertura para todas y todos los artistas que quisieran participar–.

Paralelamente las críticas contemporáneas,  y también las posteriores, se concentraron de forma casi exclusiva en el estudio de sus obras, invisibilizando así la producción artística de sus colegas masculinos y de las muralistas mujeres, tanto de los fundadores como de las siguientes generaciones de artistas muralistas.

Así, hasta hace poco tiempo, se pensaba que el muralismo fue un movimiento exclusivamente masculino, cuando en realidad existieron muy destacadas artistas que pese a todas las dificultades que debieron vencer para conseguir comisiones para pintar, lograron crear obras murales muy significativas tanto desde el punto de vista histórico como estilístico. Aurora Reyes, Elena Huerta, Marion Greenwood, Elvira Gascón, Fanny Rabel, Rina Lazo y Electa Arenal son algunas de las artistas que participaron activamente del movimiento muralista y que gracias a sus talentos y perspectivas personales singulares ampliaron el espectro temático y expresivo del movimiento.

Diego Rivera y Rina Lazo pintando el mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central en el Hotel del Prado, 1947. Fotografía: Museo Mural Diego Rivera. Imagen tomada de aquí: https://inba.gob.mx/prensa/13266/la-pintora-rina-lazo-recibira-homenaje-por-su-legado-al-muralismo-mexicano

¿Cuáles fueron las dificultades o problemáticas a las que se enfrentaron las mujeres para poder pintar murales?

Las dificultades experimentadas por las artistas mujeres fueron muy variadas. Creo que la primera tiene que ver con la formación. Para pintar un mural es necesario no sólo aprender cuestiones formales y técnicas desde el punto de vista teórico, sino también a través de la práctica, que es en este caso un elemento fundamental. Consiguientemente, para poder aprender era necesario comenzar como asistente de algún artista, y esto no siempre resultaba fácil. Diego Rivera, por ejemplo, sí contrató a algunas artistas mujeres, como Rina Lazo, permitiéndoles ganar todos los conocimientos necesarios para que con el tiempo pudieran convertirse en maestras muralistas en derecho propio.

La segunda gran dificultad que enfrentaron las artistas muralistas fue la de conseguir comisiones para poder plasmar sus mensajes. Con base en los datos brindados por Orlando Suárez en su libro Inventario del muralismo mexicano, la muralista Patricia Quijano Ferrer dedujo algunas estadísticas que resultan muy reveladoras en este contexto: de los doscientos sesenta artistas muralistas documentados en el país entre 1920 y 1970, sólo treinta y tres eran mujeres, es decir, apenas trece por ciento del grupo, y más impresionante es el promedio de tres obras por artista, lo que contrasta con la media de veinte obras de los muralistas varones.

La tercera gran dificultad, tiene que ver con la crítica, pues la mayoría de sus obras no fueron estudiadas ni reproducidas en su propia época, provocando así su eliminación simbólica y en algunos casos, incluso, real, pues al no tener noticias de su existencia, su conservación resulta otro desafío fundamental.

La recuperación de la memoria de las obras murales creadas por artistas mujeres resulta entonces una cuestión de justicia historiográfica muy importante, y tiene también un carácter prospectivo fundamental, porque tanto para las mujeres, como para otros grupos históricamente marginados, el conocimiento de nuestras genealogías artísticas resulta un factor clave para poder seguir adelante con más fuerza.

¿Existe alguna diferencia entre la interpretación de la historia que plasmaron los hombres a la que desarrollaron las mujeres muralistas?

Así como no hay esencias, no existen diferencias claras ni absolutas entre los estilos del muralismo femenino y del masculino, pero el estudio de los murales creados por las artistas mujeres nos ayuda a entender y a reconocer la amplitud del movimiento muralista que va mucho más allá de la temática histórica nacionalista y del realismo socialista con que comúnmente se identifica, para incluir incluso obras abstractas como la de Lilia Carrillo o surrealistas como la de Leonora Carrington.

Por otra parte el análisis iconográfico de las obras murales, tanto de las creadas por hombres como de las creadas por mujeres, nos ayuda a conocer más profundamente algunos de los mecanismos de la construcción simbólica de la distinción y de la identidad de género. En efecto, resulta revelador constatar que en varias de las obras creadas por muralistas hombres las mujeres somos representadas con formas generalmente estereotípicas, que resaltan la maternidad, la abnegación y el sufrimiento, mientras que en las creadas por muralistas mujeres solemos aparecer desempeñando roles más activos y protagónicos que nos permiten conocer el importante papel social y cultural desempeñado por las mujeres a través del tiempo.

Los muralistas pintaron las paredes de importantes edificios públicos como la Secretaría de Educación Pública, el Palacio de Bellas Artes o el Museo Nacional de Historia. ¿En qué lugares las mujeres pintaron sus propios murales?

Respecto a los lugares donde se realizaron los murales producidos por artistas mujeres, podemos decir que frecuentemente se encuentran en museos, iglesias, hospitales e instituciones privadas, y en menor cantidad, en casas particulares, escuelas, clubes, restaurantes, cines, universidades y bancos. Esto tiene que ver con el hecho de que eran espacios no tan competidos en comparación con los muros de los edificios gubernamentales, pero al mismo tiempo, por tratarse de lugares donde la gente puede asistir de forma más libre, cumplen mejor con su función original de democratizar la experiencia artística.  Pienso por ejemplo en la obra de Olga Costa en el balneario de Agua Hedionda, que al estar al aire libre, en un lugar de esparcimiento popular, le permitió expresarse con gran libertad y llegar a muchísima gente.

Algunas de las obras creadas por las artistas muralistas se encuentran en distintos estados de la República –por ejemplo, los murales de las hermanas Greenwood en Morelia, los de Annette Nancarrow en Guerrero y los de Elena Huerta en Coahuila– porque por distintas circunstancias políticas y personales ahí fue donde consiguieron sus anheladas paredes para pintar.

Olga Costa, Motivos marinos, 1952. Mosaico de vidrio en el Balneario Agua Hedionda. Cuautla, Morelos. Imagen tomada de: https://artesdemexico.com/eclipse-de-siete-lunas/

Parte de estas historias que nos cuenta se encuentran en su libro Eclipse de siete lunas, que se ha convertido en una obra fundamental para aproximarnos al estudio de las mujeres muralistas. ¿Cuáles fueron las motivaciones académicas o personales que la llevaron a escribir esta obra?

Concretamente recuerdo que hace muchos años, estaba caminando por el Centro y en el Centro Escolar Revolución,  descubrí un mural que representaba el asesinato de una maestra rural que me conmovió profundamente. Cuando me acerqué para saber quién era su autor, descubrí que estaba firmado por una mujer: Aurora Reyes (1908-1985). De dicha artista conocía una imagen también muy fuerte, que representa una maternidad con un niño muerto en brazos, pero en ese entonces no tenía mucha información sobre ella, y me propuse investigarla y conocerla más a fondo.

Empecé a preguntarme si el muralismo fue realmente un movimiento exclusivamente masculino como afirman la mayor parte de los textos académicos clásicos, o si existían más obras como El ataque a la maestra rural (1936) que habían sido invisibilizadas por la historiografía del arte tradicional y me di a la tarea de investigar sobre la existencia de muralistas mujeres. Así, poco a poco, gracias a un intenso trabajo, fui construyendo mi libro y algunos artículos especializados sobre algunas de sus protagonistas.

A un nivel más profundo creo que mi elección del tema tiene que ver con cuestiones más personales e históricas. Desde chica siempre me preocuparon mucho las causas justas y a lo largo de mi vida he experimentado, ya sea directamente o a través de la vida de otras mujeres cercanas, algunas de las distintas formas de discriminación y violencias que se ejercen sobre nosotras. Una de ellas es precisamente la invisibilización que comentaba más arriba, y que se replicó en las dificultades que tuve con una editorial a la que presenté mi manuscrito, pues para publicar mi libro me pedía que tratara la obra de los muralistas hombres con la misma profundidad con que examinaba la de las mujeres, cosa por demás paradójica cuando hasta ese momento, la mayoría de los libros sobre muralismo, especialmente los de dicha editorial, sólo incluían la obra de muralistas varones.

Creo que el libro está contribuyendo a romper con algunos de los prejuicios que siguen interfiriendo con el reconocimiento de la pintura mural femenina y por extensión con muchos otros campos de acción artística y cultural. Creo también que algo importante del libro tiene que ver con que no solo logré agregar nombres de artistas mujeres, sino que al contextualizar las obras –tanto en relación con los marcos históricos, como artísticos y con la historia de la lucha por los derechos de las mujeres, con una visión integradora–, logré recuperar la voz de las mismas mujeres que estaba silenciada dentro de la historia del muralismo mexicano y que ofrece una perspectiva fundamental para conocer la historia de forma más completa, con todos sus matices y diferencias.

Para saber más

Comisarenco, Dina, Eclipse de siete lunas. Mujeres muralistas en México, México, Artes de México, 2017.

Martín Navarrete, María del Carmen, “Lo que no pudo ser. María Izquierdo y su intento fallido por incursionar en el muralismo, 1945”, tesis de maestría en Historia del Arte, México, Facultad de Filosofía y Letras, UNAM, 2014.

Oles, James, Las hermanas Greenwood, México, Círculo de Arte, 2000.