Skip to content Skip to footer

Los muros de la memoria en la Cooperativa de Vivienda Palo Alto

La Cooperativa

Estas líneas relatan la historia de una comunidad urbana de referencia internacional ubicada en la Ciudad de México. En la Alcaldía Cuajimalpa, muy cerca de Santa Fe, a la altura del kilómetro 14.5 de la Carretera México-Toluca sobre Paseo de las Lilas, podemos observar cómo se alza un ícono de la arquitectura mexicana moderna: es el Conjunto Arcos Bosques del arquitecto Teodoro González de León, mejor conocido como “El Pantalón”; junto a él hay un lugar realmente impresionante. Para llegar se camina desde la carretera hacia el imponente edificio y, antes de llegar, un camino a la izquierda conduce al fondo de una cuenca cavada por mineros muchos años atrás. Apenas un par de metros por el camino, observaremos un arco rojo y un portón siempre abierto que dice: Cooperativa de Vivienda Palo Alto. Llegamos a una colonia cuyas casas contrastan por su tamaño con los rascacielos vecinos y por sus colores con el azul del cielo. ¿Qué es una colonia cooperativa y por qué es tan importante para la Ciudad de México?

Vista de la cooperativa, 2013. Cortesía de la Cooperativa de Vivienda Palo Alto. Imagen tomada de: https://www.facebook.com/CooperativaPaloAltoPaginaOficial/photos/a.436942273059491/438915639528821/

Las cooperativas de vivienda forman un subsistema de vivienda muy diverso con distintas modalidades. Existen subsistemas muy desarrollados en Alemania, Suecia o Uruguay, de reciente fortalecimiento en España y de forma incipiente en países como El Salvador, Guatemala y México. En una colonia cooperativa de uso y goce como Palo Alto, cada familia ocupa una vivienda y es representada por un socio que forma parte de la cooperativa, la cual posee el suelo y las viviendas. En la vida cotidiana la comunidad celebra asambleas regulares para discutir tanto los temas de los socios de la cooperativa como los problemas públicos de la colonia. Hay comisiones encargadas de muy diversas tareas como cultura, comunicación y género que trabajan para solucionar los problemas y gestionar los bienes colectivos. La colonia cuenta con espacios públicos que son administrados por miembros de la comunidad, como una casa para el adulto mayor, una biblioteca, un consultorio médico, una cancha de futbol llanero, entre otros. Nadie puede rentar ni vender legalmente sus casas. En México, las colonias así son escasas.

La cooperativa goza de fama, reputación y cariño por parte de otros movimientos y organizaciones por el derecho a la vivienda, a la ciudad y al territorio de América Latina y otras regiones. Es fácil encontrar resultados en la web y leer alguno de los numerosos artículos o tesis, escuchar alguna de las entrevistas o ver alguno de los reportajes, películas documentales o cápsulas de video. Sin embargo, la forma más rica de conocerla es caminar por la cooperativa, llegar al Salón de Asambleas y con paciencia observar sobre la tortillería un colorido mural largo y angosto, descubrir sus formas, observar a los personajes y esperar. En esta colonia siempre hay alguna persona amable que se acerca a contar su versión de la historia del mural a toda aquella que lo mire con curiosidad y que se reconozca como visitante de la cooperativa. En este muro los socios fundadores plasmaron los aspectos más importantes de su experiencia para mantener los valores que les permiten identificarse como cooperativistas. El mural es una forma de transmitir la memoria de lo vivido y el compromiso de la lucha cooperativa por la propiedad colectiva. Este muro es un vehículo de la memoria que se transmite de generación en generación, y hacia afuera de la cooperativa, lo que es importante para esta comunidad. Esta es la historia que narra el mural.

Murales de la Cooperativa de Vivienda de Palo Alto donde se retrata su historia. Fotografía del autor, 2017.

La migración

El kilómetro 14.5 de la carretera de México-Toluca era en la década de 1940 una zona rural al oriente de la Sierra de las Cruces que divide el Valle de Toluca del de México. Existían bosques densos, escurrimientos estacionales y ríos que discurrían hacia Tacubaya y Chapultepec para alimentar a la ciudad. De estas montañas generosas con el valle se extraían carnes, madera, arenas, leña, agua y más. Desde ese punto podríamos observar al nororiente a la creciente Ciudad de México y algunas poblaciones intermedias que serían urbanizadas en pocos años. La industrialización de la ciudad se aceleró y se ordenó su espacio para construir zonas industriales, vialidades, entubar ríos, tender líneas eléctricas y nuevas zonas habitacionales. Tal crecimiento exigía materiales y mano de obra abundantes por lo cual también aumentó la migración y la necesidad de vivienda económica, la cual fue satisfecha con ocupaciones irregulares y colonias populares en la periferia. La modernización de la ciudad estuvo acompañada del crecimiento desigual.

Los propietarios de la sierra ávidos por explotar sus recursos importaron mano de obra de localidades rurales como Contepec, Michoacán, de donde muchas familias fueron traídas por el patrón Efrén Ledezma a trabajar las minas de arena de Palo Alto. Estas familias no llegaron a vivir a los pueblos, debieron alojarse en el mismo terreno de la mina donde rentaban un pedazo de suelo, un negocio redondo para el patrón. La mina carecía de servicio básico alguno, no había escuelas, ni consultorios médicos, estaciones de policía, bomberos ni nada. La ruptura de sus lazos comunitarios, la precarización laboral y la poca formación educativa indujeron problemas sociales entre estos migrantes como fue la violencia y el alcoholismo. En los recuerdos de los vecinos más longevos de Palo Alto abundan los maltratos físicos, abusos sexuales, muertes infantiles en las peores condiciones. Era la época de miseria y de dominio de los ricos con zapatos sobre los pobres con huaraches, explotados de la tierra y migrantes que se retrata en la parte izquierda del mural. Por treinta años se afianzaron estas condiciones, al tiempo que aumentaba la población, se reducía la producción minera y la urbanización residencial se aproximaba por Bosques de las Lomas.

La organización

En la segunda parte del mural observamos a una persona reflexionar, una multitud de rostros y unas chocitas de dos aguas, esta parte se desenvuelve a finales de 1968 y mediados de 1970. Es la época de la toma de conciencia, la fundación de la cooperativa y la Toma de la Tierra. Para aquel entonces la población era mayor, había más de una generación nacida en la mina y las actividades económicas se habían diversificado a servicios domésticos en las colonias residenciales cercanas, actividades industriales, oficios y algunas actividades profesionales. La minería se terminó porque las detonaciones con dinamita afectaban a las residencias de Bosques de las Lomas y a pesar de ello las condiciones de vida seguían siendo adversas. Las corrientes de izquierda posteriores a los movimientos de 1968 encontraron en las periferias urbanas oídos sensibles a sus palabras y algunas de ellas anidaron en la mina.

El Colegio Merici –católico y particular, de monjas ursulinas– donde laboran algunos de los habitantes en Palo Alto, conocía la situación del asentamiento y envió un equipo para mejorar las condiciones de higiene. El equipo fue compuesto por el sacerdote Carlos de Anta, las trabajadoras sociales Luz Lozoya y Graciela Martínez y el mítico profesor Rodolfo Escamilla, líder espiritual de la cooperativa cuyo retrato se encuentra en una pared aledaña a la del mural de la historia. Escamilla era originario de Maravatío, Michoacán y era sacerdote, identidad desconocida para la comunidad hasta que fue asesinado en 1977. Tenía experiencia en la fundación de sindicatos y cooperativas en ciudades del Bajío y los valles de Toluca y México, y junto a otros sacerdotes latinoamericanos formaba parte de la Juventud Obrera Cristiana, una agrupación que trabajó en favor del llamado social de la Iglesia.

Retrato de Rodolfo Escamilla, líder espiritual de la cooperativa. Fotografía del autor, 2017.

La efervescencia por los problemas sociales no fue ajena a algunos miembros de la Iglesia que apoyaron la creación de diversas organizaciones, algunas enfocadas en asentamientos urbanos y rurales populares como el Centro Operacional de Vivienda y Poblamiento (COPEVI), que en 1964 llegó a la mina. Bajo el lema de “Ver, juzgar, actuar”, Escamilla y su equipo comenzaron un trabajo de educación popular. Poco a poco la gente se fue convenciendo de la necesidad del actuar colectivo para enfrentar los intentos de desalojo de Ledezma para aprovechar la tierra para el desarrollo urbano. Así, en 1972 se fundó la Sociedad Cooperativa de Vivienda Unión de Palo Alto, organización que adquirió créditos y gestionó los ahorros colectivos para la construcción de la colonia que sería de los socios. Un año después ya habían hecho un primer pacto de compra del terreno con intermediación de las autoridades.

Sin embargo, los terratenientes no se desprenderían fácilmente de la tierra y retrasaron su venta, esta sección relata un evento importante: la Toma de la Tierra, que se celebra el 31 de julio para honrar la firme decisión de la Asamblea de socios de ocupar el lugar donde habían vivido por generaciones. Era 1973, por la noche las familias ocuparon el terreno con unas chozas provisionales de lámina a dos aguas que en unos años serían totalmente sustituidas por casas para los socios y sus familias. Por algunos días, el terreno fue rodeado por granaderos que cortaron los caminos, confiscaron herramientas y detuvieron a algunos socios, pero la comunidad resistió y triunfó tras una negociación con los Ledezma. Desde entonces el terreno fue ocupado por la cooperativa, se agilizaron los acuerdos de compra, que finalmente se firmaron en 1974, pero sobre todo la experiencia brindó identidad y cohesión. A partir de este punto, la organización comenzó a trabajar de forma muy comprometida con el proceso de formación política y de construcción de vivienda, pero también se hermanó con otras organizaciones populares urbanas, obreras, estudiantiles y campesinas. La solidaridad de clase se convirtió en un signo de Palo Alto y la acción colectiva dio una nueva cualidad comunitaria a la autoestima de las personas. Los recuerdos de este evento aún emocionan a quienes lo relatan.

La construcción

El proceso de construcción arquitectónica de la comunidad es tan notable como el de organización social, la cual se retrata en la última parte del mural. Los arquitectos Carlos Acuña, uruguayo participante de la Federación Uruguaya de Cooperativismo de Vivienda por Ayuda Mutua, y  Enrique Ortiz, mexicano miembro de COPEVI, planearon las fases de construcción de la colonia , en cada una de las cuales los socios participaron y decidieron.

El suelo que conservaba las huellas de la minería de arena fue aplanado para ordenar las viviendas, los servicios, los espacios públicos y áreas de reserva de suelo para la proyección de viviendas para generaciones siguientes. Se ideó un sistema de construcción de elementos prefabricados que eran ensamblados en el suelo para después ser montados en las casas. Esto permitió a las familias trabajar juntas en la construcción de las casas de todos: los niños hacían mezcla y tablillas como si jugaran, las mujeres y los hombres levantaban las casas de todos como si la propia fuera. Todas las viviendas tuvieron el mismo diseño para evitar sentimientos individualistas, y fueron entregadas por sorteo escalafonado para que los más cumplidos las recibiesen primero, sin saber cuál sería para que todos trabajaran por igual en todas las obras.

Familias trabajando en la construcción de las casas de la cooperativa. Cortesía de la Cooperativa de Vivienda Palo Alto. Imagen tomada de: https://www.facebook.com/CooperativaPaloAltoPaginaOficial/photos/a.436942273059491/1084590178294694 

En un primer momento se construyó solo una casa prototipo para que los socios conocieran el proceso de construcción y aportaran también elementos al diseño según sus necesidades. Hoy en día esta casa prototipo se conserva a un costado del mural de la historia. El proceso de construcción duró varios años y esta primera tipología habitacional para los socios fundadores se fue adaptando a los gustos y a las propias necesidades de las familias con el tiempo. Para 1985 se habían construido ya 189 casas que satisfacían al 80% de las 237 familias representadas por igual número de socios.

Vista de la cooperativa en los años ochenta con el mural del padre Rodolfo Escamilla. Cortesía de la Cooperativa de Vivienda Palo Alto. Imagen tomada de: https://www.facebook.com/CooperativaPaloAltoPaginaOficial/photos/a.436942273059491/1449266681827040/ 

Pasado y presente en el muro

La memoria sobre el pasado se transmite de forma constante, ya sea en las fiestas conmemorativas de la cooperativa (como los aniversarios de su fundación, de la Toma de la Tierra o el luctuoso de Rodolfo Escamilla), y forma parte de la identidad de sus habitantes. No es casualidad que el mural se haya pintado en uno de los muros del Salón de Asambleas, ni que este se construyera ahí, en ese lugar había un árbol bajo cuya sombra se reunía la gente con Escamilla para discutir sobre los problemas colectivos de la comunidad. De este modo espacio, memoria y narrativa se hilan en un relato sobre la liberación colectiva de la gente.

Asamblea comunitaria bajo la sombra de un árbol. Cortesía de la Cooperativa de Vivienda Palo Alto. Imagen tomada de: https://www.facebook.com/CooperativaPaloAltoPaginaOficial/photos/a.436942273059491/1449267921826916/

Este mural es una referencia ineludible para los jóvenes que inevitablemente en algún momento preguntaron a sus mayores quiénes eran esas personas y qué significaban los murales de la cooperativa. El ejercicio de preguntar por la historia del lugar en el que habitan les permite conocer las dificultades que sus familias y vecinos vivieron, comprender por qué ninguna de sus casas puede venderse o rentarse, posicionarse ante la organización y les permite adquirir desde su propio tiempo la memoria colectiva. Cada generación ha producido su propio lenguaje para preservar estas memorias: el mural corresponde a las condiciones sociales de los socios fundadores que recurrieron a la representación gráfica y la transmisión oral, esta fue la semilla de las otras. La segunda generación, con mejor acceso a la educación, las reprodujo quince años después de forma escrita asentando elementos adicionales o diluidos en la diversidad de versiones. Y la generación más joven las ha reproducido en formatos audiovisuales, como pequeños cortos animados y películas documentales que incluyen eventos más recientes. Estas nuevas formas parten sin embargo de la memoria primigenia, oral y gráfica de la cooperativa.

Actividades dirigidas al público infantil. Cortesía de la Cooperativa de Vivienda Palo Alto. Imagen tomada de: https://www.facebook.com/CooperativaPaloAltoPaginaOficial/photos/a.436942273059491/1180448188708892/

El mural tiene límites cronológicos y no contiene la etapa constructiva en modalidad de departamentos para las familias descendientes de socios fundadores ni la disolución de la cooperativa. En la década de 1990, un pequeño grupo de solo cuarenta socios inició un proceso ilegítimo e ilegal que con ayuda de autoridades corruptas dieron paso a un proceso de liquidación. La situación fue tan conflictiva que hubo enfrentamientos, barricadas, autos incendiados e intervención policial. Finalmente, las partes negociaron y en 1993 las familias disidentes tuvieron que ser desalojadas de la colonia y las casas que ocupaban fueron tapiadas y no pueden ser ocupadas, tampoco es posible iniciar proyectos de construcción de nueva vivienda. La cooperativa original perdió el registro oficial pero la mayoría de los socios fundadores y socios jóvenes siguen luchando por la tenencia colectiva y la continuidad de la cooperativa.

La memoria y futuro de Palo Alto

Aunque el mural contiene un relato del pasado de esta comunidad, su historia nos es común a los habitantes de la Ciudad de México, en donde la vivienda es inaccesible. Se estima que en 2020 fue la cuarta ciudad más cara en América Latina, el costo promedio por metro cuadrado de un departamento fue de 2, 269 USD. Las políticas públicas de vivienda se han enfocado por años en los créditos y en la propiedad privada como principal forma de acceso a la vivienda y las cooperativas de vivienda padecen políticas y marcos jurídicos poco favorables para su desarrollo. Esta historia nos es común porque la inaccesibilidad de la vivienda nos afecta a todos, Palo Alto nos demuestra, y el mural nos lo recuerda, que en la unión colectiva hay una posibilidad para acceder a la vivienda con formas democráticas e incluyentes que ponen al centro la vivienda como derecho y no como mercancía.

Hoy como hace 50 años, este suelo tan codiciado les ha intentado ser arrebatado, la cultura dominante del mérito individualista y la acumulación como símbolo de progreso minan y cuestionan este tipo de experiencias colectivas y ponen en riesgo su supervivencia. En 2017 un anuncio apócrifo ofertaba el terreno de 46 mil metros cuadrados en 97, 471, 500 USD; la especulación inmobiliaria sigue presionando a la comunidad que convoca a la continuidad cooperativa. Pero lo cierto es que Palo Alto existe porque resiste y la propiedad colectiva les ha permitido a sus habitantes no ser desplazados de ella. El problema legal es tan complejo que desde hace años hay latente una resolución de liquidación que no progresa ni retrocede y se balancea amenazante sobre la cooperativa.

En esta compleja situación, la rememoración de la experiencia colectiva, en la cual el mural tiene un papel notable, reproduce los valores colectivos y la identidad con la cooperativa que fortalece la participación de los jóvenes en la continuidad del proyecto cooperativo al tiempo que proponen modificaciones para adaptarla a los nuevos retos. Las nuevas generaciones han promovido la participación de los familiares que no son socios de la cooperativa pero habitan en ella, comparten su experiencia con nuevas cooperativas de vivienda nacionales e internacionales y promueven la educación cooperativa entre socios, habitantes y visitantes en su lucha por el derecho a la vivienda y la ciudad.

Agradezco a la cooperativa de Palo Alto por compartirme sus historias, este artículo es un esfuerzo de síntesis de muchas historias con matices diferentes por parte de un observador externo a la comunidad. Reitero que no hay mejor forma de conocer esta historia que oírla de sus propios protagonistas.

Para saber más

Díaz, Jerónimo y Enrique Ortiz Flores (coord.), Utopías en construcción. Experiencias latinoamericanas de producción social del hábitat, México, Habitat International Coalition, Rosa Luxemburg Stiftung, 2017. 

Malkin, Elisabeth. “Palo Alto, la comunidad mexicana que se resiste a los corporativos” en The New York Times, 13 de junio de 2017. 

Negro, Virginia, “Palo Alto: donde está la vida buena” en Nexos, 5 de diciembre de 2017.

Quiroz, Moisés, “Memoria, identidad y participación de los jóvenes de la cooperativa de vivienda Palo Alto, Ciudad de México”, Tesis de maestría en Planeación y Políticas Metropolitanas, Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco, 2019.