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Del mural de Mérida y de la poesía de Mistral, aún hablan los vestigios

Por Arantza Arteaga M.

Murales en papel

Hace casi un siglo, un grupo de hombres discutía el contenido del siguiente número de la revista Azulejos, una publicación hecha por que se habían asimilado al régimen posrevolucionario. Entre las páginas de dicho número se difundían el “sano nacionalismo” y el “renacimiento nacional del arte” con la exposición de las principales plumas, pinceles y lentes fotográficos responsables de aquel renacer, como Diego Rivera, el Dr. Atl y José Vasconcelos. En dicha publicación ya se habían presentado en un número anterior las nuevas decoraciones del Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo realizadas por Roberto Montenegro, el Dr. Atl, Xavier Guerrero, Gabriel Fernández Ledesma y Jorge Enciso, y en esta ocasión, era el turno de los murales del Edificio de la Secretaría de Educación Pública (SEP), que se comenzó presentando sus interiores para, en un siguiente número, mostrar los patios de Rivera.

En el número de julio de 1923 se publicaron fotografías de los murales pintados por Roberto Montenegro en el despacho del Secretario de Educación, José Vasconcelos, junto con una entrevista al artista, hecha por el propio editor, Pablo Prida Santacilia. En él se incluiría también uno de los murales de la Biblioteca Infantil de la Secretaría. Estos muros habían sido decorados por la obra del guatemalteco Carlos Mérida, basada en el cuento en verso de la chilena Gabriela Mistral, Caperucita Roja. Lo pintó a modo de historieta, con recuadros que representan las distintas escenas de la historia, en el estilo geométrico y sin volumen tan característico de su pincel.

Caperucita Roja, poema de Gabriela Mistral, pintura de Carlos Mérida, 1923, publicada en la revista Azulejos. Colección Hemeroteca Nacional.

En cada recuadro aparecen en la parte superior dos o tres líneas del poema, todo en letras mayúsculas y sin seguir un orden lineal, por lo que parece que las letras tienen movimiento, como si se tratara de escritura musical en un pentagrama, lo cual no sería extraño pues Carlos Mérida aspiró a ser músico hasta que perdió la audición. La secuencia de dieciocho recuadros se reproduce a color en dos páginas de la revista, con algunas decoraciones infantiles en los espacios en blanco y las leyendas “poema de Gabriela Mistral” y “pintura de Carlos Mérida” en las cuales se utiliza el mismo tipo de letra que en el mural

Por el tamaño y la calidad de la reproducción es casi imposible leer el texto de Mistral, por lo que lo ojos del lector han de conformarse con la contemplación de la narración hecha por Mérida. La publicación en Azulejos es del año de elaboración de los murales, 1923, que es también el periodo en el que Gabriela Mistral está en México invitada por José Vasconcelos, de 1922 a 1924. Mientras que Carlos Mérida ya era bien conocido en territorio mexicano por haber expuesto en 1920 retratos de mujeres indígenas y haber sido ayudante de Rivera en la elaboración del mural del Anfiteatro Simón Bolívar de la Escuela Nacional Preparatoria.

Gracias a la decisión de los editores de Azulejos de publicar este mural hoy podemos acercarnos a él aunque sea a través del papel, pues lamentablemente se perdió, como sucedió con el otro mural de Mérida en esa Biblioteca, Los cuatro elementos y con muchos otros murales o decoraciones hechas en las escuelas por diversos artistas y alumnos de la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado La Esmeralda. De Caperucita Roja apenas queda algún registro fotográfico en los archivos históricos de la SEP. Aunque al estar en blanco y negro esta fotografía no permite apreciar lo colores, sí puede verse que estos murales se encontraban en la parte superior de los libreros.

Caperucita Roja, Carlos Mérida,1923. Colección Archivo Histórico de la Secretaría Educación Pública. Imagen tomada de: https://piso9.net/redescubriendo-murales-las-obras-de-carlos-merida-y-emilio-amero-para-ninos/

De otros murales, como los de la Escuela Belisario Domínguez, en los que participaron el mismo Mérida, Roberto Montenegro y Emilio Amero, se conservan, en el mejor de los casos, únicamente fotografías parciales. Los de Montenegro y Amero también representaban cuentos infantiles como Aladino y Alibabá y los cuarenta ladrones. En las fotografías puede verse el texto del cuento acompañando las escenas como sucede en el de Caperucita. En tiempos más recientes algunos trabajos de restauración y rescate con algunos resultados positivos se han hecho para recuperar las obras que decoraron las aulas en las que estudiaron las niñas y niños.

Alí Babá y los cuarenta ladrones, Emilio Amero, 1923. Colección Archivo Carlos Mérida. Imagen tomada de: https://piso9.net/redescubriendo-murales-las-obras-de-carlos-merida-y-emilio-amero-para-ninos/

En la literatura sobre la trayectoria de Mérida en México sí suele mencionarse el mural de Caperucita Roja de la Biblioteca Infantil, sin darle mayor importancia o atención; aunque el de Los cuatro elementos es mucho menos mencionado, sin duda por la falta de documentación con respecto a él. A pesar de todo, la memoria de que los muros de esa biblioteca estuvieron coloreados por sus trazos pervive. No así en el caso de Mistral, quien a su paso por México dejó varias huellas, una de ellas la publicación de Lecturas para mujeres (1924), un texto recopilado y en parte escrito por ella para la escuela industrial para mujeres que lleva su nombre, además de innumerables conferencias dadas a lo ancho y largo del país. No obstante este mural, otro vestigio ligado a su labor educativa, es poco recordado en razón de la autora de los versos que le dieron vida.

Mismo destino, distintos caminos

Gabriela Mistral escribió en verso alejandrino el cuento de la Caperucita Roja siguiendo la versión de Charles Perrault, la que tiene el final más crudo. Actualmente circula por el internet y en ediciones modernas una versión posterior del poema, hay muy pocas diferencias, algunos cambios de palabras y el más notable es la supresión en la segunda versión del momento en que el lobo comienza a engañar a Caperucita después de que ésta le diga a dónde va. A la segunda versión del cuento de Caperucita Roja le acompañaron versiones poéticas de La Cenicienta y La Bella Durmiente del Bosque. Estos tres cuentos suelen fecharse entre 1924 y 1926, ya que fueron publicados en un periódico por esos años. Es claro que Caperucita, debió de escribirlo al menos en la primera mitad de 1923, pero como he dicho, el poema-mural nunca se menciona en la trayectoria de Mistral. No sabemos si la primera versión fue escrita especialmente para el mural, pues ignoramos el origen o autor de los cuentos que se plasmaron en los otros recintos educativos.

Caperucita Roja es un poema de trece estrofas, narra una versión de la historia que no tiene ningún distintivo propio del origen de la autora (Chile) o del lugar en el que iba a ser plasmado (México):

Caperucita Roja visitará a la abuela

que en el poblado próximo sufre de estraño mal.

 

Caperucita Roja, la de los rizos rubios,

tiene el corazoncito tierno como un panal.

La autora conserva la apariencia física de los relatos europeos tradicionales, los rizos rubios, aunque en ello no la siga el pintor Carlos Mérida, pues su Caperucita tiene el cabello oscuro y sin rizos. Mistral no dedica espacio en el poema a hablar de la característica caperuza que le da nombre a la protagonista, pero Mérida le da otro toque personal a la apariencia del personaje. Además del color del cabello, cambia la caperuza por una especie de pañuelo rojo que cubre la cabeza, pero no los hombros o el pecho, también cambia el vestido por una blusa blanca de manga corta y una ancha falda roja con una tira azul bordada en la parte de abajo, una vestimenta mucho más cercana a los trajes típicos mexicanos o guatemaltecos, a los que años después dedicó estudios.

Quizá en esas sutiles diferencias entre Mistral y Mérida, podemos encontrar la pluralidad y riqueza de expresiones en ese “renacimiento nacional de arte” que ha querido mostrarse unívoco y uniforme. Mistral piensa que el momento de América para “bastarse con materiales propios” aún no ha llegado y espera que “vendrán días de mayor nobleza en que iremos cubiertos de lo magnífico, que a la vez sea lo propio, así en las ropas como en el alma”, como lo dijo en Lecturas para mujeres. En su poema Caperucita Roja, parece no dar muestras claras de esa búsqueda por lo propio, pero su propósito de difundir entre los niños mexicanos la literatura extranjera y en general la lectura, tenía como fin educar y nutrir a quienes más adelante darían vida a las expresiones auténticamente americanas. De ahí su enorme afinidad con el proyecto educativo vasconcelista que buscó llevar la lectura de los clásicos grecolatinos a la par de las campañas de alfabetización.

Gabriela Mistral, José Vasconcelos y otros en un acto público, 1923. Colección Mediateca, INAH.

Mérida también expresó de manera muy clara el sentido de su obra, “A mi pintura la anima una íntima convicción: es imperativo producir un arte totalmente americano. Creo que América […] engendrará sin duda una expresión artística personal. Esta es una tarea para la visión profética de los jóvenes artistas de América”. Ambos coinciden en la búsqueda de un arte americano y se colocan como parte de ese camino que ya se ha comenzado a andar, pero depositan en las próximas generaciones la posibilidad de llevarlo a su conclusión. A pesar de las semejanzas en sus búsquedas vemos que la expresión de ello en esta obra conjunta no es igual, Mistral opta por alimentar una cultura, mientras que Mérida comienza a hacer suyas las formas de expresión indígenas.

Un espacio para mirar

El espacio que ocupó esta obra, los muros de una Biblioteca Infantil, no deja duda de quienes habrían de admirarlo y recibir su mensaje, los niños y niñas. Si pensamos que todos los cuentos como el que dió vida a ese mural tienen una moraleja, que en el caso de Perrault incluso se escribía al final de relato, resulta imposible no pensar en el mensaje que están mandando estos dos artistas a sus pequeños espectadores.

La Caperucita de Gabriela Mistral, como otras versiones del cuento, acentúa la inocencia de la niña al llamarla “candida como los lirios blancos” y al describir su corazón como dulce. Pero más adelante algunas otras descripciones, también ligadas a flores, la hacen aparecer un tanto distinta:

Caperucita ha entrado, olorosa de bayas.

Le tiemblan en la mano gajos de salvia en flor.

«Deja los pastelitos; ven a entibiarme el lecho».

Caperucita cede al reclamo de amor.

 

El cuerpecito tierno le dilata los ojos.

El terror en la niña los dilata también.

«Abuelita, decidme ¿por qué esos grandes ojos?»

«Corazoncito mío, para mirarte bien…»

Tanto la mención a los olores frutales, como a las hierbas que están en flor son claras alusiones a cierto erotismo femenino y un deseo despertado en el otro al percibir los olores y el florecimiento. Ese tono erotizado se acentúa con la petición que el lobo hace a la niña de que entibie su lecho y la aceptación de Caperucita a eso llamado “reclamo de amor”. Caperucita nada hace de manera intencional, huele a bayas y trae flores porque las ha recogido para su abuela, sin saber el efecto que esto causa en quien la asecha y se aterra al percibir a la criatura que tiene a su lado. Tanto en la versión de Perrault como en la de Mistral la niña no se despoja de sus ropas al entrar en la cama, pero algunas más apegadas a la tradición oral refuerzan el carácter sexual del encuentro al desnudar al lobo y a la niña.

De cualquier modo, Caperucita cede y el final es de una violencia cruda:

Ha arrollado la bestia, bajo sus pelos ásperos,

el cuerpecito trémulo, suave como un vellón;

y ha molido las carnes, y ha molido los huesos,

y ha exprimido como una cereza el corazón…

Para el final, Mistral opta por el lado más duro, Caperucita no es rescatada, no hay cazador salvador, aquí su destrucción es total y sin sutilezas poéticas. El “cuerpecito trémulo” nos confirma el miedo de la niña ante la situación, mientras su corazón es exprimido en las manos de un “traidor” como llama Mistral al lobo. La violencia de la última escena no es recuperada por Mérida quien concluye su narración con Caperucita ya muerta sentada en una nube, mirando de frente al espectador, aunque es un poco difícil definir su expresión por la mala calidad de la reproducción fotográfica. Es comprensible que una escena tan violenta no quede plasmada en el mural, pues además de estar dirigido a un público infantil, Mérida nunca representó imágenes de este tipo. También es de esperarse que, de haberse incluido un desnudo en la historia, este no habría quedado pintado en los muros, pues incluso algunas representaciones de desnudo en otros recintos no pensados para niños fueron censuradas.

De los tres cuentos que Mistral adaptó al verso, es este el único donde el final no es feliz y también el único donde no hay un príncipe o un hombre que salve a la protagonista. Las interpretaciones más actuales se han aventurado incluso a señalar una construcción de la heroína con una completa independencia de los personajes masculinos en el cuento de Caperucita Roja, aunque esa interpretación se ve un poco frustrada por el trágico final de una niña que nunca abandona la inocencia, a pesar de que detecta el peligro en el primer encuentro con el lobo:

Caperucita Roja, me enternece tu viaje,

como un río rosado me inunda tu piedad.

El lobo irá contigo, pero, ¿qué?, ¿estás temblando?,

bien, seguiré otra ruta, ¡te inquieta mi amistad!

Para quitarle el miedo y hacerla olvidar al lobo, bastan algunas flores y mariposas del bosque que la “enamoran”. Entonces, ¿cuál es el mensaje de la autora?, aunque no se trata de un texto de Lecturas para mujeres, parece dirigido a un público sobre todo femenino al cual previene de ceder a “los reclamos de amor”, pues no habrá rescates, ni arrepentimientos en caso de caer en desgracia. De ser así compartiría con Perrault su moraleja “La niña bonita, la que no lo sea, que a todas alcanza esta moraleja, mucho miedo, mucho, al lobo le tenga, que a veces es joven de buena presencia, de palabras dulces, de grandes promesas, tan pronto olvidadas como fueron hechas”.

Lecturas para mujeres, Gabriela Mistral, 1924. Colección Biblioteca Nacional de Chile. Imagen tomada de: http://www.memoriachilena.gob.cl/602/w3-article-7912.html

Pero, ¿puede hacerse una lectura menos moralizante? Para ello da luz la propia autora en sus reflexiones sobre las mujeres en la historia, donde hace una crítica a que la sensibilidad de éstas se haya enfocado en una sola cosa. “Todo el campo de su sensibilidad fue el amor, y no hay que olvidar que es la sensibilidad algo más que un atributo que hace a las actrices y a las literatas: la fuente de donde manan la caridad encendida y los más anchos resplandores del espíritu”, esa redirección de la sensibilidad dejaría de privar a las mujeres de involucrarse en “la justicia social, el trabajo y la naturaleza”. Bien podríamos pensar que hay un guiño a estas ideas en las referencias al amor o el enamoramiento que tantas desgracias le provocan a Caperucita. Eso sí, no podemos olvidar que para Mistral hay dos papeles fundamentales para la mujer, ser madre y ser esposa.

El nacionalismo mexicano en manos de una chilena y de un guatemalteco

El muralismo mexicano es quizá el arte producido en México que sentimos más cercano, no es que todos nos sepamos de memoria el nombre y la obra de los llamados “tres grandes”, Rivera, Orozco y Siqueiros, pero sus escenas de la conquista, del mundo indígena antes de la llegada de los españoles, de las fiestas populares, de la crudeza de la lucha revolucionaria y los rostros de sus grandes protagonistas, tienen vida en nuestro imaginario y en muchas ocasiones siguen siendo el rostro que mostramos al resto del mundo. Si una lectora o lector actual hojeara Azulejos no le sorprendería encontrar tehuanas, artes populares, exvotos o indígenas sublevados y más aún, se sentiría identificada o identificado.

Probablemente ese mismo lector no sentiría una cercanía con el mural Caperucita Roja o quizá lo pasaría de largo al pensar que no sólo es un arte dirigido a niños, sino que, además, es en sí mismo infantil y por tanto no tiene un gran valor. Carlos Mérida es un artista bien ponderado en las páginas de Azulejos y en general en la historia del arte; aún así su obra no tiene el mismo impacto que las de los llamados tres grandes. Pertenece más bien a ese “muralismo secundario”, como lo llama Monsiváis, en donde también están Jean Charlot o Roberto Montenegro, a pesar de haber estado junto con el más taquillero de los muralistas, Diego Rivera. Ni qué decir de quienes rara vez figuran en los libros o exposiciones, los de las escuelas de pintura al aire libre y peor aún de las mujeres que también subieron a los andamios o aquellas a las que no dejaron subir (Fanny Rabel, Aurora Reyes, María Izquierdo, Rina Lazo, Elena Huerta, Valetta Swam, las hermanas Greenwood, etc.).

Gabriela Mistral sonriendo, ca. 1938. Colección Biblioteca Nacional de Chile. Imagen tomada de: http://www.memoriachilena.gob.cl/602/w3-article-69643.html

Es aún muy fuerte la tendencia a borrar una parte sustancial del “renacimiento nacional en el arte” o del movimiento cultural y educativo impulsado por la SEP de Vasconcelos. De ahí que desde los tiempos de Azulejos se hable reiteradamente de la pintura que conquistaba los muros de los edificios públicos bajo el ala protectora de Vasconcelos y mucho menos de las labores que pusieron a los artistas en contacto directo con los niños, o de aquellos murales que colorearon los espacios que habitaban a diario y no los de una Secretaría. Esto queda muy claro con el olvido en donde habita actualmente el poema de Mistral Caperucita Roja que quedó plasmado en un mural hoy perdido.

Carlos Mérida, ca. 1950. Fotografía: Florence Arquin. Colección Archives of American Art, Smithsonian Institution. Imagen tomade de: https://phxart.org/es/artists/carlos-merida/

También es una tarea en curso, afortunadamente emprendida por no pocas personas, el dejar de poner a México como el único actor del muralismo mexicano y de ese rico y complejo momento de efervescencia cultural. El mural de la Caperucita Roja es una muestra clara de que ese movimiento de renovación no sólo tenía el sello mexicano, otros países de América vieron nacer a personajes clave para el muralismo y el proyecto educativo, como lo fueron Mérida y Mistral. Ambos encontraron en México un terreno fértil para desarrollar sus ideas y ambos estaban pensando en América, no sólo en sus países de origen o en aquel que les abrió las puertas. Por extraño que suene, debemos empezar a pensar el muralismo mexicano como un movimiento al que le dieron vida muchas mentes y manos que no eran necesariamente mexicanas.

Para saber más

Cardoza y Aragón, Luis, La nube y el reloj: pintura mexicana contemporánea, 2a. edición, México, UNAM, Instituto de Investigaciones Estéticas, 2003.

Gabriela Mistral, Lecturas para mujeres, 2a. edición, México, Porrúa, 1988.

Grinor, Rojo, Dirán que está en la gloria…, Santiago de Chile, Fondo de Cultura Económica, 1997.

Guadarrama Peña, Guillermina, Rediscovering Mural Paintings: Works for Children by Carlos Mérida and Emilio Amero (sitio web), Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información de Artes Plásticas, 2017. Disponible en: https://piso9.net/redescubriendo-murales-las-obras-de-carlos-merida-y-emilio-amero-para-ninos/

Homenaje nacional a Carlos Mérida: Americanismo y abstracción, México, INBA, 1992.

Tras los caminos de Gabriela Mistral, Ricardo House (director), Canal 22, 2017, 48:22 min. Disponible: https://www.youtube.com/watch?v=dMecuN9VkDc

Valenzuela Fuenzalida, Álvaro, “Gabriela Mistral y la reforma educacional de José Vasconcelos” en Reencuentro, número 34, México, Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Xochimilco, 2002, p. 9-27.