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Poéticas de la migración: acompañamiento en lenguas originarias

Por Nadia López García

Crecí entre campos de tomate, pepino y fresa; como crecen cientos de niños jornaleros migrantes que acompañan a sus padres, la mayoría indígenas del sur del país, en el trabajo agrícola que desde hace muchos años se realiza en la frontera norte. Los primeros recuerdos que tengo de mi mamá y el mixteco son de ella escondiéndose para hablar con sus compañeras de surco, en los campos de fresa.

¿Por qué mi madre se escondía para hablar la lengua con la que conoció el mundo, la lengua con la que descifró el canto de los pájaros y el de mis abuelas?, ¿por qué sentía temor de reconocerse como ñuu savi?

 La respuesta estaba dada en la discriminación que por años ha lastimado a los pueblos indígenas y a los hablantes de una lengua indígena, discriminación que se da en muchos espacios y lugares, pero que prolifera en espacios ajenos a los pueblos y lenguas originarias, lugares a los que se llega por la migración. Por ello, mi madre, mujer que fue monolingüe hasta los quince años, decidió que ninguno de nosotros se nombrara en la lengua ñuu savi. Decidió, de alguna forma, protegernos contra toda la violencia que ella vivió cuando era niña por no hablar español.

Las primeras veces que escuché que mi madre hablaba en un lenguaje distinto, en mixteco, al sentirse descubierta, cambiaba –en automático- al español. Estás mal hija, escuchaste mal, yo estaba hablando bien, me decía, cuando yo le preguntaba por esa otra forma de hablar, de nombrar. De ahí vino mi primer referente, yo estaba hablando bien. ¿Entonces hablar tu´un savi, meꞌphaa o hñähñu, es hablar mal? ¿En qué momento nuestros pueblos creyeron que hablar su lengua era hablar mal? En qué momento se definió quién hablaba bien y quién hablaba mal. En otras palabras, qué lengua era válida para expresarse y cuál no.

Durante los primeros siete años de mi vida, crecí en varios espacios, entre Camalú, San Quintín, La Vicente Guerrero y otros tantos lugares en donde mis padres iban rotando conforme iban rotando los cultivos, ya fuera tomate, pepino, fresa, mora o lo que hubiera para cosechar. Durante muchos años, vi a mis padres despertar a las 3 de la mañana, preparar tortilla de harina para echar su lonche, ponerse pantalones de mezclilla gruesa, camisas manga larga, pañuelos en la cabeza y boca y una gorra en la cabeza para salir de casa, máximo a las 4 de la mañana, caminar a donde tomaban el camión que llevaba entre 40 y 45 personas más que, como ellos, entraban a pizcar desde las 6 de la mañana para volver a casa cuando ya no había sol. Pertenezco a una infancia que creció como crecen ciertos árboles, solos, sin el acompañamiento de sus padres, muchos sin ir a la escuela (se calcula que el 80% de hijos de jornaleros migrantes no asiste a ella, tanto por la cuestión económica como por el trabajo migrante infantil al que son iniciados y que impide que vayan a la escuela) muchos de mi generación crecimos solos, conociendo únicamente al español como primera lengua, como la lengua en la cual se trabaja en los campos de fresa.

Pizca de pepino. Imagen tomada de: https://www.jornada.com.mx/2021/07/17/delcampo/articulos/trabajadores-mexicanos-h2a.html.

Cuando yo tenía casi ocho años, mi familia regresó a Oaxaca y ello significó para mí la posibilidad de entrar al mundo nasal, glotal y tonal del mixteco, un mundo donde el simbolismo del Ñuu Savi (así se autonombra el Pueblo de la lluvia, el pueblo mixteco) se podía respirar en la leche que mi bisabuela hervía cada mañana, en la palma que todas las mujeres de la casa tejen como forma de sustento y en la manera de pedir por la lluvia en tiempos de siembra.

Vivimos allá por varios años, hasta que volvimos a migrar a la sierra sur de Oaxaca, donde se pizca mucha jamaica y nuevamente regresamos a la tierra ñuu savi. Cada vez que regresábamos, recuerdo, había menos gente, pero más casas de cemento, camionetas estacionadas que nadie usaba y, sobre todo, algunas personas que volvían de Estados Unidos y que no querían hablar más la lengua y mucho menos que sus hijos, muchos de ellos nacidos en Estados Unidos, la aprendieran. Es el caso de uno de mis tíos.

Tiempo después migré para estudiar en la Ciudad de México, todo era distinto: la comida, la gente, la palabra. Por ello comencé a escribir, para traer a esta ciudad la voz de mi familia, de mi gente, para no olvidar.

Todo lenguaje es pensamiento, es estructuración del mundo.

Al llegar a esta gran ciudad, me di cuenta que si hablaba por teléfono con mi mamá y lo hacía en nuestra lengua la gente me miraba mal, se incomodaba, por lo que comencé a sentir miedo y vergüenza, lo mismo que mi madre sintió hace muchos años. Comprendí que no sólo había aprendido un sistema fonético y lingüístico distinto, un sistema de mundo y de vida diferente, sino que había aprendido una lengua que no se consideraba con el mismo estatus que el español, una lengua que a la gente veía mal y por la cual te llamaban: “india”, como una vez me dijeron en una combi. Me di cuenta que ese sistema de mundo y vida ñuu savi, no eran tan “válidos” como el español, que había una línea que dividía a éste y sus saberes, de las 68 lenguas y más de 364 variantes y sus saberes, y que esa línea definía, a su vez, cuáles saberes eran válidos y cuáles no.  Comprendí que lo que yo escribía en tu´un savi, no tenía la misma posibilidad de publicación, por ejemplo, que lo que yo escribía en español, que la migración entre una lengua y otra, marcaba también un estatus, te colocaba en lugares distintos.

Mujer del pueblo mixteco Ñuu Savi. Imagen tomada de: https://www.gob.mx/inpi/articulos/etnografia-del-pueblo-mixteco-nuu-savi.

Mi madre no concluyó su educación básica. “Si quieres ir al baño, pide permiso en español”, decían sus maestros. Algunos de sus compañeros le traducían y explicaban que el maestro quería que ella dijera en español que quería ir al baño, mi madre guardaba silencio y volvía a su banca, en otras ocasiones era golpeada por sus maestros por no hablar español. Dejó de ir a la escuela y comenzó a creer que hablar mixteco no era bueno, “la gente te maltrata por hablar mixteco”, me dijo la primera vez que le pregunté por qué no me habló en mixteco desde que yo era un bebé, quizá esta es la razón por la que muchas personas de mi generación no hablan su lengua y por la que hoy día muchas niñas y niños no hablan su idioma primero.

Hablar dos lenguas es como tener dos cabezas, dos caminos de ida y vuelta. Es como tener dos mundos desde los cuales te nombras, es migrar entre lenguas.

Hablar de migración es hablar de identidad y de concepción, creación y recreación de contenidos simbólicos tanto para crear diásporas culturales y lingüísticas y reproducir elementos culturales propios en el lugar de llegada, como, también, para olvidar el contenido cultural inicial y adaptarse al nuevo sitio.

Ahora piensen que todo esto lo viven cientos de personas en muchas partes de nuestro país, que hacen varios tipos de migración, una territorial, otra de la palabra y otra simbólica, sobre todo niñas y niños que migran con sus familias, con un corazón metido en una caja de cartón o una mochila y son a las y los que menos miramos, basta con revisar las últimas estadísticas sobre migración, las últimas entrevistas o investigaciones sobre el fenómeno migratorio: poco sabemos sobre las infancias, ¿qué piensan?, ¿qué sienten?, ¿qué quieren?, ¿qué temen?,  ¿qué sueñan?

Sabemos que en los años 50 inició con mayor fuerza la migración hacia el norte y en los años 60 se oficializaron muchos asentamientos de migrantes que se quedaron a vivir en el norte del país. La zona metropolitana de la ciudad de México como la primera área; los estados de Sinaloa, Sonora y Baja California como la segunda; y los estados de Yucatán y Quintana Roo como la tercera zona en donde hoy por hoy hay muchas infancias creciendo como crecen ciertos árboles: solos. La migración es uno de los fenómenos con mayor impacto en las lenguas originarias, porque al tiempo que puede ocasionar la pérdida de contextos comunitarios y familiares que merman la práctica cotidiana de los idiomas, también establece vínculos identitarios entre miembros de un mismo grupo- comunidad que arriban y confluyen en una geografía distinta a la de su origen.

Niños migrantes en Oaxaca. Imagen tomada de: https://imparcialoaxaca.mx/los-municipios/158540/la-migracion-un-fenomeno-sin-freno-en-la-mixteca-de-oaxaca/.

En nuestro país, por el racismo, la discriminación y los movimientos migratorios, más de la mitad de las lenguas originarias están en peligro de desaparecer. Se encuentran en muy-alto riesgo de extinción, según el INALI:

  • 7 de cada 10 personas en migración interna, provenientes de una comunidad indígena, sólo hablan en español.
  • Se calcula que en la segunda y tercera generación de familia migrante la lengua originaria ya se ha perdido.
  • Se estima que el 40% de migrantes indígenas, después de varios procesos migratorios, dejan de hablar su lengua originaria.
  • El 70% de las mujeres indígenas que migran como jornaleras no están con sus hijos de 10 a 12 horas diarias, lo que implica que no hay tiempo para enseñanza y práctica de la lengua.

La migración no sólo implica el cambio de territorio, también implica el cambio de simbolismos y lenguas y de ello casi no se habla. Los pueblos originarios venimos de la oralidad, por mucho tiempo se nos prohibió pensar, hablar y sobre todo escribir en nuestras lenguas. Escribimos nuestras historias y cosmovisión en nuestros bordados, pero sobre todo venimos de lo que se nos ha contado de generación en generación, de lo que nuestros abuelos y abuelas nos compartieron.

Son pocos los pueblos que escriben y leen en su lengua, sobre todo porque venimos de una historia donde el Sistema Educativo Nacional y el Estado-Nación buscaron y buscan que las lenguas originarias desaparezcan, por ello pocos sabemos leer y escribir en nuestra propia lengua. Sin embargo, la migración está ligada a la escritura para no perder la memoria y es aquí donde es necesario tejer esos puentes, sobre todo con las infancias. Desde hace años hemos comenzado con proyectos en predios de la Ciudad de México y en el Valle de San Quintín donde buscamos crear espacios seguros donde decir soy ñuu savi, hablo tu´un savi y soy migrante, sé de dónde vengo y dónde está mi raíz.

Y se preguntarán en este espacio ¿en dónde entra la literatura? Habría qué definir qué entendemos por literatura desde nuestros pueblos, sin embargo, apegándonos a lo que hemos observado, podríamos decir que la literatura mexicana, históricamente, ha considerado sólo a las letras escritas en castellano; sin embargo, en las últimas cuatro décadas se ha iniciado un fuerte movimiento de escritura en lenguas originarias, sobre todo en el sur del país. Por ello, no es extraño encontrar en distintas librerías y bibliotecas, libros de poesía, narrativa y otros géneros literarios; escritos en alguna lengua mexicana como el tu´un savi, diidxazá, ayuuk o náhuatl, por citar algunas.

La formalidad de escribir tiene que ver con la propia estructura de la lengua, la poesía occidental tiene que ver con características de la lengua occidental, la poesía en tu´un savi tiene que ver con las características de la lengua tu´un savi. Al ser una lengua tonal, la rima no es posible ni el texto original ni en su traducción, así mismo el ritmo es intraducible pues el tu´un savi es tonal, glotal y nasal, a diferencia del castellano que no es glotal ni nasal y aun así se busca mantener cierto ritmo en su traducción.

Niñas mixtecas interpretando canciones acompañadas por guitarra y violín. Imagen tomada de: https://www.ecured.cu/Mixtecos_(etnia_de_M%C3%A9xico).

No existe una forma única de ejercer la función poética en las lenguas mexicanas, hay tantas formas de ejercerla como lenguas tenemos en nuestro país, de ahí que exista una diversidad en recursos y mecanismos poéticos como lenguas. La mayoría de nosotros no tenemos en cuenta lo anterior al acercarnos a textos nacidos en alguna lengua originaria, por lo contrario, pedimos que tengan los mismos elementos que los textos escritos en castellano.

Llegamos a leer poesía con una prenoción, aprendida desde la tradición occidental, acostumbramos a nuestro oído a cierta métrica, ritmo, imágenes y cuando no los encontramos pensamos que ahí no hay poesía o que carece de estructuración. Es necesario comprender que venimos de cánones, de caminos distintos.

En la poesía que se escribe en el marco de la migración, siempre que hay un afuera y un adentro, un lenguaje de desplazamiento, de nostalgia, de movimiento, de añoranza por la casa primera. La imagen que convierte al poema en reflexión sobre el lugar de origen, vinculando la palabra con el espacio, en dirección contraria a la poesía que no se realiza en el contexto de la migración, la percepción visual actual trasciende al texto.

Al acompañar a niñas y niños en migración, la poesía fluye al escucharles y genera espacios de diálogo. Una niña, niño, bebé, joven, persona adulta mayor que sepa que su lengua es válida es alguien que no tendrá miedo de cantar, hacer adivinanzas, poemas, relatos, narraciones en su lengua originaria, por ello, es importante saber que la literatura, el acompañamiento poético y artístico con las infancias en espacios de migración puede ser algo muy poderoso y abona a que las lenguas originarias sigan caminando.

Infancia en San Quintín, Víctor Mendiola, 1996. Fotografía: Cortesía de la autora.

Esta fotografía fue tomada en 1996 por Víctor Mendiola en el Valle de San Quintín, Ensenada, Baja California. Por esos tiempos tendría yo 4 años, vivía con mi familia, en la Colonia Vicente Guerrero, allá en San Quintín, soy hija de jornaleros agrícolas. Vivíamos en una de las colonias de reciente fundación, la mayoría de las casas estaban construidas con cartón y selladas con brea, algunos más vivían en las llamadas barracas, galeras, que eran rectángulos de lámina de no más de tres por tres donde llegaban a vivir más de 10 personas.  Por mucho tiempo creí que mi futuro estaba escrito, que me tocaba vivir la misma vida que mis padres. Entré a la primaria antes de cumplir 5 años, sobre todo porque la escuela era, para muchos de nuestros padres, la posibilidad de que no estuviéramos tanto tiempo solos, mientras ellos trabajaban en la pizca.

Desde pequeña me gustaba mucho platicar, recuerdo que el maestro Nacho, siempre me regañaba, decía que yo hablaba hasta por los codos. Para mí era inevitable, casi no veía a mis papás y pasaba mucho tiempo sola, entonces cuando llegaba al salón me desbocaba, hablaba y hablaba. Así empezó mi ruta lectora, como castigo mi maestro me dejaba sin recreo y me ponía a leer los libros de la SEP, me decía: lee todo el cuento y cuando regrese me tienes que decir de qué trató. Al principio me daba mucho coraje leer, pero poco a poco, me di cuenta que conocía muchas historias al hacerlo. Busquemos estrategias de acercamiento a la lectura, para muchos es la única posibilidad de poder comenzar a construir un futuro distinto.

Pertenezco a una infancia a la que pocos miraban. Recuerdo que muchos de nuestros padres trabajaban de lunes a viernes en los campos de cultivo de fresa, los fines de semana iban con los llamados “rancheros” a cortar chile o sandia, también que en esos fines de semana nos juntábamos como 10 niñas y niños a caminar por las calles, a jugar bebeleche, atrapadas, que durante algunos fines de semana llegaban caravanas de extranjeros a darnos clases, talleres de dibujo y pintura, nos contaban historias y nos daban un vaso de leche. Esos talleres duraban dos o tres horas, hoy sé que por esas dos o tres horas muchos de nosotros no pasamos por tantas situaciones de violencia que sí pasaron otros niños en las calles de San Quintín.

Jóvenes practican sus costumbres y tradiciones en el aula. Imagen tomada de: https://imparcialoaxaca.mx/los-municipios/279490/escuelas-rescatan-la-cultura-mixteca/.

Creo en los espacios de refugio simbólicos que pueden generar las mediaciones culturales, en la posibilidad de construir lugares de escucha con las infancias y reconocerlos como actores y constructores de la sociedad, creo que escuchar a las niñas y a los niños para construir es necesario para poder pensar y crear otras realidades.

Los invito a todas y todos para trabajar en ellos, buscar que los espacios de mediación cultural, de fomento a la lectura, de talleres con las infancias, sean espacios de escucha, de construcción, de diálogo. Ver a las infancias como actores fundamentales en la construcción de un mundo más justo, escucharles y crear espacios seguros para que puedan reír, cantar, soñar, aún en la enorme desigualdad y diversidad que significa ser migrante.

Para saber más

Sierra Sosa, Ligia Aurora, “Un acercamiento a los conceptos de migración y mercado de trabajo en un contexto urbano”, en Ligia Sierra Sosa y Julio Roberto Jiménez (coordinadores). Migración, trabajo y medio ambiente, México, Universidad de Quintana Roo y Plaza Valdés, 2006.

Yanes, Pablo, “Diferentes y desiguales: los indígenas urbanos en el Distrito Federal”, en Rolando Cordera, Patricia Ramírez y Alicia Ziccardi (coordinadores), Pobreza, desigualdad y exclusión social en la ciudad del siglo XXI, México, UNAM y Siglo XXI Editores, 2008.

Rubio, Miguel Ánge,  y otros, “Desarrollo, marginalidad y migración”, en Miguel Ángel Rubio, Saúl Millán y Javier Gutiérrez (coordinadores), La migración indígena en México, México, Instituto Nacional Indigenista, 2000.

José Aurelio Granados Alcántar, “Las nuevas zonas de atracción de migrantes indígenas en México”, en Investigaciones Geográficas, número 58, diciembre 2005, p. 140-147.

Arturo León López, Beatriz Canabal Cristiani y Rodrigo Pimienta Lastra (coordinadores), Migración, poder y procesos rurales, México, UAM y Plaza y Valdés, 2005.