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Alfredo López Austin, un gigante del desierto chihuahuense

Por Patrico Romeu Rábago

—¿Cómo se llama esta canción?

—La canción de Kitzigiata.

—¿Y esta?

—La canción de Kitzigiata

—¿Y esta otra?

—La canción de Kitzigiata.

Relataba Alfredo López Austin que en cierta ocasión, al indagar sobre los cantos compuestos por especialistas rituales del pueblo kikaapoa, obtenía invariablemente la misma respuesta, que ligaba el acto creativo de la música con su origen sagrado. De esta manera, ilustraba el concepto del don como fuente de lo que ahora llamamos “creatividad” o “talento” y el vínculo indisoluble de reciprocidad que se establecía entre las entidades “sobrenaturales” y quienes recibían dicho don.

Sin duda, él mismo era poseedor de un portentoso don y su extraordinaria trayectoria vital –con la monumental obra y el ejemplo de integridad humana que ha legado a las generaciones presentes y futuras– fue el mayor acto de reciprocidad que pudo realizar. Los caudales de caracteres digitales e impresos que hemos dejado correr las personas que, en un momento u otro, en mayor o menor proximidad, pudimos compartir fragmentos de vida con él, apenas bastarán para vislumbrar la trascendencia y significación del paso por este mundo de aquel gigante del desierto chihuahuense.

Nacido en Ciudad Juárez, Chihuahua, el 12 de marzo de 1936, decidió, después de haber accedido al deseo de sus padres en la elección de su profesión, seguir la voz de su don y saltar de la abogacía al estudio de la Historia. Inició así un sendero fructífero y apasionante por el que caminaría durante seis décadas. A lo largo de ese tiempo, ha sido ejemplo e inspiración para incontables generaciones de estudiantes –muchos de los cuales fueron seducidos por el mismo llamado y decidieron dedicar vigilias y sueños al mundo mesoamericano– gracias a su capacidad de mantener vivo el entusiasmo juvenil y motivar a quienes se acercaban a sus clases con la avidez del conocimiento.

Del amor de Alfredo López Austin por la enseñanza y su dedicación a la juventud, tanto en lo académico como en lo ético y lo humano, tuve la inmensa fortuna de haber sido testigo y partícipe en aquel salón, siempre atiborrado, de la planta baja de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Apenas cursaba mi segundo año como estudiante de Historia y, aunque sabía ya del renombre del profesor a quien deleitado escuchaba cada viernes de 8 a 10 de la mañana, no imaginaba la vastedad de los mundos que sus enseñanzas abrirían en mi mente ni tampoco las otras lecciones de vida y de oficio que habría de descubrir.

Fue en esa aula que comencé a entender a Mesoamérica más allá de sus delimitaciones geográficas y temporales canónicas, para ahondar en la definición misma del concepto y su problemática o la diversidad de historias y culturas regionales que ponen en duda las visiones simplistas y totalizadoras. Estoy seguro de que no fui el único que recibía esos aprendizajes casi como una iluminación; sin embargo, como el riguroso científico que era, López Austin nos instaba a mantener siempre una mirada crítica, poner los saberes en duda y hacer nuevas preguntas constantemente.

De esa actitud  y de los alcances de su pensamiento dan cuenta algunas de sus obras fundamentales, como: Hombre-dios. Religión y política en el mundo náhuatl (1973), Tamoanchan y Tlalocan (1994), Breve historia de la tradición religiosa mesoamericana (1999), la entrañable Los mitos del tlacuache. Caminos de la mitología mesoamericana (1990) y la capital Cuerpo humano e ideología. Las concepciones de los antiguos nahuas (1980), entre muchos otros títulos de su prolífica pluma. Recuerdo que en aquel tiempo me impactó su estudio acerca del significado cosmogónico y calendárico del Templo de la Serpiente Emplumada en Teotihuacan y quedé fascinado con sus “Tres recetas para un aprendiz de mago” (Ojarasca número 19, 1993). A estos textos se sumaron títulos escritos en coautoría como: Dioses del norte, dioses del sur. Religiones y cosmovisión en Mesoamérica y los Andes (2008), fruto de su colaboración con el especialista peruano Luis Millones y Monte sagrado-Templo Mayor (2009), realizado en conjunto con el arqueólogo Leonardo López Luján, su hijo.

A lo largo de su trayectoria supo nutrirse del trabajo de otros colegas y disciplinas, reconocer siempre los fundamentos de los que partía, evidenciar las convergencias y discrepancias entre los diferentes planteamientos y elaborar contribuciones geniales y originales. Se caracterizó por mostrar y argumentar sus puntos de vista, sostenerlos y defenderlos, pero sin pretenderse nunca poseedor de verdades absolutas; al contrario, constantemente hacía hincapié en el carácter transitorio y perfectible de los modelos construidos para entender realidades y procesos. Su rigor metodológico y su reflexión constante acerca de la Historia y del quehacer científico en general son otras cualidades que lo distinguen como un historiador trascendental.

A estos atributos y actitudes se debe la formulación de conceptos y metodologías que hoy son cardinales para comprender la cosmovisión mesoamericana, como el núcleo duro, las nociones de las sustancias kuyel (sutil) y baalcah (densa) como componentes básicos de todos los seres y su brillante modelo analítico para estudiar e interpretar los mitos. Destaca también, en este sentido, la explicación de los sistemas político-ideológicos del Posclásico propuesta en Mito y realidad de Zuyuá. Serpiente Emplumada y las transformaciones mesoamericanas del Clásico al Posclásico (1999), obra realizada en coautoría con Leonardo López Luján.

La postura ética que guiaba y sustentaba su trabajo incluía la convicción de que el diálogo podía y debía entablarse sin la necesidad de compartir el mismo pensamiento y creencias, con base en el respeto mutuo y el trato equitativo entre interlocutores. También fue parte de ello su posicionamiento político del lado de la democracia, la libertad y la autodeterminación de los pueblos –sobre todo los pueblos indígenas– y en contra de las múltiples formas de opresión, despojo y explotación pretéritas y presentes. En esta posición se mantuvo firme y congruente a lo largo de su vida, como es patente en su apoyo decidido al movimiento zapatista y, en los últimos años, en su oposición a los proyectos de infraestructura y reordenamiento territorial promovidos por el actual gobierno mexicano en territorios indígenas del istmo de Tehuantepec y la península de Yucatán.

Desde que lo conocí, quedé admirado con su profundo conocimiento y su capacidad de comunicarlo, despertando y manteniendo el interés de su audiencia, a la que veía y trataba no como simple receptora, sino como interlocutora. Entre los atributos que distinguieron a Alfredo López Austin como docente estaba su generosidad y apertura: siempre recibió a quien quisiera asistir a sus clases de licenciatura y posgrado, con la única condición de comprometerse a entablar diálogo y aprender colectiva y recíprocamente. En ese espacio, trataba a todas las personas como iguales, sin fijarse en grados académicos, trayectorias profesionales ni edades. Siempre encontraba un rasgo valioso en las aportaciones de cada participante y sabía encaminar dudas, críticas o enmiendas. Difícilmente podría expresar mi gratitud por lo que han significado las varias ocasiones en las que, de un modo u otro, tuve la fortuna de haber sido su alumno.

Me fascinó también su jovialidad y sentido del humor, su modestia, su talante reflexivo y crítico –sobre todo hacia sí mismo– y su calidez humana, esa cualidad que incontables personas hemos apreciado tanto en él. En estos tiempos de pandemia, ello se manifestó en su compromiso por continuar sus clases con la misma dinámica de diálogo e intercambio y en sus preocupaciones respecto al impacto del confinamiento, como expresó en una entrevista: “Es necesario tocar al vecino, al dialogante; es necesario el abrazo, el beso, el tener un trato más de contacto, sobre todo emocional y de amistad, de amor. No podemos convertirnos en visualizadores y tentadores de pantallas negras.” Lo recuerdo siempre posicionándose del lado de causas humanas y justas, como aquella ocasión en que tomó unos minutos de su clase para comentar favorablemente la noticia sobre la aprobación de la ley de sociedades de convivencia en la Ciudad de México, que en su momento fue un hito en el reconocimiento de garantías jurídicas para parejas del mismo sexo y otras formas de familia distintas al modelo nuclear heteroparental.

Sus enseñanzas desbordaban las aulas, literalmente y en más de un sentido. Sabedor de la importancia de conocer territorios y espacios para situar, dimensionar y aprehender procesos históricos –como atinadamente exhortara Fernand Braudel–, procuró que sus estudiantes nos adentráramos someramente en la investigación y la docencia para exponer ante nuestro propio grupo en prácticas de campo y así construir en conjunto el conocimiento acerca de los sitios visitados. Aún recuerdo las apasionadas y eruditas discusiones que nuestras presentaciones suscitaban entre Alfredo y el otro gran profesor que coordinaba aquellas actividades, Lorenzo Ochoa Salas. Los minutos se convertían en horas, incluso bajo el rayo del sol de primavera que caía a plomo sobre los edificios de Tamtok, en la Huasteca, o a la sombra de los árboles que bordeaban plazas y senderos de Ranas, en la Sierra Gorda queretana.

Alfredo López Austin con sus alumnos en una práctica de campo en la Zona Arqueológica de Ranas, Querétaro, mayo de 2007. Fotografía: cortesía del autor.

También desbordó los espacios de la academia mediante obras destinadas a públicos amplios y heterogéneos, en los cuales reconocía interlocutores con criterio y madurez intelectual, por lo cual procuró que la accesibilidad del conocimiento no implicara una simplificación caricaturesca o infantilizante. A esta labor debemos obras como: Una vieja historia de la mierda (1988), con narrativa gráfica de Francisco Toledo; El conejo en la cara de la Luna. Ensayos sobre mitología de la tradición mesoamericana (1994); El pasado indígena (1996), escrito en coautoría con Leonardo, e innumerables artículos sobre los más variados temas en revistas de divulgación como México Indígena y Arqueología Mexicana, además de una gran cantidad de conferencias, ponencias, cápsulas radiofónicas o de video y asesorías para exposiciones y documentales. En todos estos casos, salía a relucir su estilo literario y su inigualable oratoria, siempre modesto y humilde en la presentación de su persona, pero con elegancia, convicción, erudición y pasión al compartir su pensamiento.

Entre sus reflexiones tras haber sido galardonado con el Premio Nacional de Artes y Literatura, Alfredo López Austin señalaba acerca de la trascendencia en sentido místico o religioso que, para él, la muerte no era ni siquiera un tránsito, sino un fin que implicaba tranquilidad, pero no un “descanso” pues ahí se acabaría todo e incluso su obra carecería de importancia desde ese momento. Como en tantas otras ocasiones, de nueva cuenta hacía gala de su modestia y humildad, lo cual –probablemente a su pesar– sólo magnifica su grandeza. Afirmaba asimismo que, más aún que el conocimiento, valoraba la ignorancia fértil, esa que constantemente engendraba en su mente nuevas preguntas y lo llevaba a lanzarse en búsquedas de las que germinaban fructíferos hallazgos. Esa pasión sólo se apagó hasta la madrugada del 15 de octubre, pues apenas unas horas antes de su muerte le dictaba su último escrito a una de sus nietas, como refirió Leonardo. Por todo ello, más que un erudito o un hombre culto, fue un auténtico sabio.

Hace poco menos de un año decía, a propósito del final de la vida: “para mí no hay Mictlan, no hay Tlalocan; para mí, la muerte es la destrucción total, es: ‘ya me acabé, ya ni modo, se fue lo que me hacía existir’…” Me temo que voy a contradecirlo, como en ocasiones hacíamos sus estudiantes en clase, pues sí hay un Mictlan, un Tlalocan y un Tamoanchan. No son sitios míticos trascendentes, sino que están sembrados, germinados o floreciendo en todas aquellas personas que a través del tiempo tuvimos la fortuna de mirar sus gestos, escuchar su voz y leer sus palabras. Su pensamiento vive en las generaciones incontables de estudiantes de toda índole que encontramos a Alfredo López Austin en salones, auditorios y pasillos universitarios; en foros académicos, libros y bibliotecas, e incluso en alguno de los sitios de tiempos lejanos de los que hablábamos en sus clases. Así, desde las entrañas del monte sagrado, seguirá brotando como el árbol florido de todos los rumbos cósmicos.