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Por Cristina Gómez Álvarez

Los historiadores se han referido con frecuencia al encuentro entre el coronel realista Agustín de Iturbide y el jefe insurgente Vicente Guerrero para pactar la consumación de la Independencia en febrero de 1821. Sin embargo, ha llamado más la atención conocer el lugar y fecha del encuentro que los acuerdos políticos tomados por ambos jefes. Durante mucho tiempo se creyó la versión ofrecida por Lorenzo de Zavala en 1830, a saber, Iturbide y Vicente Guerrero se abrazaron en Acatempan y con lágrimas en los ojos pactaron el plan independentista que se promulgó el 24 de febrero de 1821 en la población de Iguala. Más adelante, poco a poco se fue haciendo a un lado el nombre de Iturbide para darle todo el mérito de la ruptura con España al jefe insurgente. 

Abrazo de Acatempan, Román Sagredo, 1870. Colección: Museo Nacional de Historia. Imagen tomada de: https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Abrazo_de_Acatempan.JPG 

Más aún, todavía no se ha podido explicar plenamente por qué la mayor parte de la élite colonial (funcionarios, oligarquías, Iglesia y ejército) cambió su postura en 1820 frente al restablecimiento del régimen constitucional en el Imperio español e impulsó y encabezó la lucha independentista en los términos establecidos en el Plan de Iguala. Tampoco se ha profundizado en la explicación de la razones que tuvieron los insurgentes para sumarse a ese plan, a pesar de que ahí se dejó de lado cuestiones importantes del programa insurgente como la soberanía popular, la abolición de la esclavitud y otras libertades que aspiraban a construir una sociedad igualitaria, así como la república como forma de organización del futuro Estado mexicano. Desde luego que hay que tomar en cuenta que es razón suficiente que el Plan de Iguala propusiera la Independencia para explicar por qué los insurgentes se sumaron a ese movimiento encabezado por la élite colonial. Otro factor que hay que mencionar para comprender la postura de la revolución insurgente es que para 1820 se encontraba en una etapa de resistencia, y aunque seguían actuando muchas tropas en diferentes lugares del virreinato, no tenía condiciones ni políticas ni militares para triunfar y derrotar al poder español.  

El Plan de Iguala, como se sabe, propuso luchar por tres garantías, expresadas en nuestra bandera nacional: la Independencia, la religión católica como única y la unión entre americanos y europeos. Además, planteó la monarquía constitucional como forma de organización del nuevo país, la creación de un ejército llamado de las Tres Garantías para llevar a cabo el triunfo –al frente del cual estaría Iturbide- y la conservación del fuero, privilegios y riqueza de la Iglesia Católica. En mi opinión, estos acuerdos fueron el resultado de reuniones secretas ocurridas en la ciudad de México cerca de septiembre de 1820. Existen evidencias de que en ellas participó Matías Monteagudo, canónigo de la catedral metropolitana y sacerdote del templo de la Profesa. Por mi parte he sostenido que también participó el obispo de Puebla, Antonio Joaquín Pérez Martínez, al dejar una huella indeleble en esos acontecimientos pues, dictó en el Plan de Iguala la política que la Iglesia mexicana aplicaría durante muchos años: la defensa de sus fueros, privilegios y riqueza, atacadas en ese momento por el gobierno de Madrid que perseguía la secularización de la sociedad. Seguramente participaron en esa “conspiración” otros individuos de las oligarquías, criollos y altos funcionarios, como Miguel Bataller.

En mi opinión, estos conspiradores eligieron al coronel Iturbide, que se encontraba en la ciudad de México separado de su regimiento por su conducta indebida en la comandancia realista de Guanajuato. Este militar se había distinguido también por haber derrotado a José María Morelos en la navidad de 1813, cerca de Valladolid. Su trayectoria militar iniciada en 1808, sus relaciones con otros oficiales realistas, su gran experiencia, indicaban que Iturbide era la persona ideal para pronunciarse por la Independencia. 

Retrato de Agustín de Iturbide, siglo XIX. Imagen tomada de: https://es.wikipedia.org/wiki/Agust%C3%ADn_de_Iturbide#/media/Archivo:Agustin_de_Iturbide.jpg

También existen algunas evidencias de que los conspiradores convencieron al virrey Juan Ruiz de Apodaca para que nombrara, el 9 de noviembre de 1820, a Iturbide comandante militar del sur y rumbo de Acapulco, precisamente, la comandancia más importante ya que en ese territorio seguía levantado en armas un grupo muy numeroso, cuyo jefe, Vicente Guerrero, tenía en sus manos el liderazgo de toda la insurgencia. Aquí es donde inicia la relación entre ambos jefes, que según Jaime del Arenal estuvo constituida por numerosas cartas, muchas de ellas actualmente extraviadas. Teniendo a la vista la correspondencia que se ha conservado, podemos hacer varios comentarios e hipótesis acerca del contenido de la negociación entre ambos jefes y que se plasmó en el Plan de Iguala. 

La primera carta que dejó una huella fue escrita por Guerrero a Iturbide el 22 de noviembre, tan sólo unos días después de la llegada del coronel realista a Teloloapan. Se sabe de su existencia por el mismo Iturbide cuando cuatro días después le contesta a Guerrero lo siguiente: por su “nota” fechada el 22 “veo que no está Ud. dispuesto a deponer las armas y sí a continuar la campaña que inició el cura Hidalgo”. Publicado por Jaime del Arenal, el documento se encuentra enmarcado en la Galería Histórica del Municipio de Teloloapan. La respuesta de Iturbide permite hacer dos comentarios: el primero se refiere a que la nota del 22 fue la respuesta de Guerrero a otra misiva de Iturbide en donde le propuso el indulto, lo que permite sacar la conclusión de que el contacto entre los dos se inició de inmediato a la llegada de Iturbide a la comandancia de Teloloapan. El segundo comentario se relaciona con el contenido de la respuesta de Iturbide, pues sugiere que Guerrero no le propuso la idea de que él encabezara un movimiento a favor de la Independencia, propuesta que tres meses antes le había hecho al coronel español Carlos Moya, jefe de una sección de la comandancia del sur. En aquella ocasión Guerrero le escribió a Moya que en caso de decidirse por el partido de la causa mexicana, “de mi partido”, podría colocarse la banda “no de coronel de las tropas españolas sino de Capitán General de las americanas y yo sería su subordinado y mi tropa estaría a su disposición”. Moya no dio respuesta. Es posible considerar que el jefe insurgente ya conociera las intenciones de Iturbide de proclamar la Independencia y por ello omitió la idea que le había sugerido antes a Moya. 

Rúbrica de Vicente Guerrero. Imagen tomada de: https://upernavik.wordpress.com/2013/04/17/la-firma-de-vicente-guerrero/

Además, otra conjetura que se puede hacer es considerar que desde el primer contacto que tuvieron ambos jefes, Guerrero buscara negociar las mejores condiciones de la incorporación de la tropa insurgente al futuro movimiento dirigido por Iturbide y que éste quisiera derrotar con las armas al insurgente antes de la proclamación de su plan independentista. Creo que tomando en cuenta lo anterior es que se pueden comprender mejor las misivas que intercambiaron ambos jefes a partir de noviembre de 1820, pues en ellas insisten en que sus diferencias se resolverían por la vía de las armas. Este lenguaje está presente desde la citada carta del 26 de noviembre cuando Iturbide le dice a Guerrero: “Ojalá, que pasado otros días, uno ú otro quede convencido de la justa causa que nos conduce a batirnos en los campos de batalla”. Y, a la vez, deja abierta la puerta para seguir en comunicación y conocer su pensamiento en esas nuevas circunstancias.

Al mismo tiempo, Iturbide organiza una ofensiva militar, especialmente en la sierra de Jaliaca, donde se encontraba Guerrero, pues consideraba que en el terreno bélico vencería a los insurgentes. Sin embargo se equivocó y sus tropas fueron derrotadas por los insurgentes entre diciembre de 1820 y enero de 1821. En este contexto, el 10 de enero Iturbide le escribe a Guerrero una larga carta en donde dice estar interesado, como criollo que es, en la felicidad de Nueva España y que el caudillo insurgente puede contribuir a esa felicidad “cesando las hostilidades, y sujetándose con las tropas de su cargo a las órdenes del gobierno, en el concepto que yo dejaré a usted el mando de su fuerza, y aun le propiciaré algunos auxilios para la subsistencia de ella”.  Es decir, la propuesta se resumía en que Guerrero abandonara su causa y se sumara al ejército del rey, se trataba de ofrecer el indulto, de pedir la rendición. Para convencerlo de aceptar la propuesta, Iturbide argumenta que los diputados novohispanos a las Cortes de Madrid planteaban modificaciones para que se reconociera la ciudadanía a todos los habitantes novohispanos. Cabe recordar que la Constitución Política española negaba ese derecho a los descendientes de africanos, a las llamadas castas. Para continuar convenciendo al insurgente de las ventajas que traía el gobierno liberal de las Cortes, Iturbide le recuerda que éstas había ordenado que dejaran en libertad a muchos personas acusadas de infidencia, entre las cuales se encontraban sus compañeros Ignacio Rayón, José Sixto Berduzco y Nicolás Bravo. También, Iturbide expresa su deseo de tener una comunicación más directa, por lo que le propone que envíe a “un sujeto que merezca su confianza para que hable conmigo” y conozca a fondo “mi modo de pensar”. Está claro suponer que esta última propuesta significaba que para el mes de enero Iturbide quería acelerar la negociación con Guerrero. 

Transcripción de la carta del 10 de enero de 1821 escrita por Iturbide y mandada a Guerrero. Imagen tomada de: http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080012771/1080012771_04.pdf 

La respuesta del jefe insurgente no se dejó esperar y en una extensa carta fechada el 20 de enero en Rincón de Santo Domingo, escribió: “Comprenda usted que nada será más degradante como el confesarme como delincuente y admitir el perdón que ofrece a nombre del gobierno”. Y de manera sucinta expuso “los principios de la revolución” y recordó que se inició cuando el virrey Venegas y los miembros de la Audiencia se negaron a escuchar la voz de Hidalgo que reclamaba los derechos de los americanos para terminar con la esclavitud y la opresión. También, recordó que los insurgentes creyeron que el establecimiento del gobierno liberal en España y la integración de las Cortes “calmarían nuestras desgracias en cuanto se nos hiciera justicia”, pero, afirma, fue todo lo contrario: no se les concedió la igualdad de representación en las Cortes con respeto a los peninsulares y la misma conducta tendrían las nuevas Cortes. Y reafirmó su postura: “Nuestra única divisa es independencia y libertad”. Después -quizá esto es lo central de la carta- le dice a Iturbide que si realmente está interesado por la felicidad de la Nueva España, se declare por la Independencia y esa definición sería la única posibilidad que permitiría combinar sus respectivos planes, tomando en cuenta que él se sumaría a su pronunciamiento. Y como a Guerrero no le interesaba seguir intercambiando ideas con Iturbide si éste no hablaba con franqueza, finaliza la carta señalando que los asuntos que no concernieran a la “total Independencia” los debatiría “en el campo de batalla”. 

Finalmente, las presiones de Guerrero dieron frutos y llegó la hora de la verdad. El 4 de febrero desde Tepecoacuilco, Iturbide respondió al líder insurgente y se definió con respeto a sus intenciones independentistas al decirle que ambos tenían “un mismo fin, nos resta únicamente acordar un plan bien sistemado (sic), los medios que nos deben conducir indubitablemente y por el camino más corto”. Además, le envío un emisario para que le expusiera ampliamente “mis ideas que serían muy largas de explicar con la pluma”. Y le propone entrevistarse personalmente, pues “más haremos sin duda en media hora de conferencia, que en muchas cartas”.

Por lo anterior, poca duda cabe que existió una entrevista entre ambos. Al respecto y con la finalidad de borrar la presencia insurgente en la consumación de la Independencia, Lucas Alamán negó que se haya efectuado un encuentro entre Guerrero e Iturbide. Sin embargo, los demás historiadores contemporáneos a esos hechos históricos afirman su existencia. Para algunos no está documentado que fuera en Acatempan el lugar del encuentro, como afirmó Lorenzo de Zavala. Es muy posible que se realizara en una población cercana a Chilpancingo, pues así lo indicó Iturbide en su carta del 4 de febrero. Todavía menos se sabe lo que ambos jefes acordaron en ese momento, negociación que llevó a los insurgentes a sumarse al plan que pocos días después Iturbide promulgaría en Iguala. 

Dibujo de Lorenzo de Zavala, amigo de Vicente Guerrero, quien en su Ensayo histórico de las revoluciones de México escribió que Iturbide y Guerrero se reunieron en Acatempan. Imagen tomada de: https://www.memoriapoliticademexico.org/Biografias/ZAL88.JPG

Es lógico comprender que los acuerdos a los que llegaron ambos jefes no hayan dejado muchas huellas en los archivos, pues se trata de la unión entre dos fuerzas que habían sido contrarias y que en ese momento pactaron poner fin al dominio español. No obstante, con los pocos documentos que al respecto se han conservado, es posible realizar algunos comentarios y establecer hipótesis que ayuden a comprender mejor y reflexionar ese hecho histórico. 

Partimos, como se mencionó antes, de que Iturbide fue escogido por la élite colonial para pronunciarse por la Independencia con un plan político, cuyos puntos centrales eran: la  Independencia, la religión católica como única y la unión entre americanos y europeos (españoles peninsulares), así como la monarquía constitucional con Fernando VII a la cabeza y la conservación de fueros, privilegios y riqueza de la Iglesia católica. Algunos borradores de este plan y de la proclama que lo acompañaba fueron enviados por Iturbide a algunos amigos suyos durante el mes enero, entre ellos se encontraban Juan Gómez de Navarrete -electo diputado a las Cortes de Madrid por Valladolid- y Juan José Espinosa de los Monteros, ambos miembros destacados de la élite colonial novohispana. La finalidad era que le ayudaran a escribirlos lo “más concisos”. Es decir, el plan y la proclama fueron precisándose días antes de que Iturbide los diera a conocer en Iguala. Por ello, es de tomar en cuenta que algunas definiciones, inclusiones y precisiones al articulado hayan sido fruto de la negociación establecida con Guerrero. 

Firma de Agustín de Iturbide. Imagen tomada de: https://es.m.wikipedia.org/wiki/Archivo:Agust%C3%ADn_de_Iturbide_signature.svg

Es pertinente señalar que en el propósito de la proclama era que Iturbide anunciara públicamente su pronunciamiento, el cual resumió de la siguiente forma: “al frente de un ejército valiente y resuelto he proclamado la Independencia de la América septentrional”.  Además, brevemente explicaba y justificaba cada una de las tres garantías de su movimiento. El plan, por su parte, en sus 23 artículos normaba el establecimiento de un nuevo imperio y su ejército. Por lo que corresponde a la proclama, se ha afirmado que se debió a Guerrero el desglose del concepto americano, el cual incluyó a varios grupos étnicos. Así, ese texto inicia dirigiéndose a los “Americanos, bajo cuyo nombre comprendo no sólo los nacidos en América, sino a los europeos, africanos y asiáticos que en ella residen: tened la bondad e oírme”. El hecho de tomar en cuenta a la población especialmente de origen africano no sólo lleva el sello de la lucha insurgente sino también de otros grupos liberales. Quizá la impronta más importante de Guerrero fue cuando Iturbide acepta que su movimiento es la misma “voz que resonó en el pueblo de los Dolores, el año de 1810”. Quedaba claro que le daba el mérito del inicio de la lucha por la Independencia a la revolución social comenzada 11 años antes. Además, cuando define y argumenta la garantía de la unión, Iturbide tiene nuevamente que hacer referencia a los insurgentes y reconoce que esa causa había sido la primera en proponer esa garantía. Así, escribe que la voz que había resonado en Dolores “fijó también la opinión pública de que la unión general entre europeos y americanos, indios  e indígenas, es la única base sólida en que puede descansar nuestra común felicidad”. Llama la atención que se realice la distinción de indios e indígenas. Creo que para todos es claro que el término indio se refiere a la población nativa, originaria, pero cabría preguntarnos ¿a qué se refiere con el vocablo indígena? No conozco ninguna investigación que explique para esa época en qué radica la diferencia entre ambas acepciones, sin embargo, es de suponer que la palabra indígena comprendiera a las personas que aunque no fueran nativas (es decir, indios) vivían con ellos, pues algunos diccionarios establecen que la voz indígena se puede aplicar a las cosas pertenecientes a los indios. Según el historiador Moisés Guzmán Pérez la palabra indígena la había empleado con anterioridad, también, José María Morelos. De cualquier manera, lo trascendente es la inclusión de los indios, indígenas, africanos y asiáticos en el concepto de americanos, pues nos indica que gracias a Guerrero, a la revolución insurgente, nuestro país nació como una sociedad multiétnica. 

Con respecto a los 23 artículos del Plan de Iguala, se ha afirmado, teniendo como base una de las cartas de Iturbide a Guerrero, que el artículo 12 lleva el sello insurgente al establecer que en el nuevo imperio mexicano “todos los habitantes de él, sin otra distinción que su mérito y virtudes, son ciudadanos idóneos para optar por cualquier empleo”. Este postulado se encontraba en la Constitución de Apatzingán promulgada en 1814, y fue también compartido por los diputados americanos que, como vimos, reivindicaron ese derecho para la población de origen africano en las Cortes de Cádiz. 

Primera página de una copia del Plan de Iguala. Imagen tomada de: https://enciclopediadehistoria.com/plan-de-iguala/ 

Llama la atención que los historiadores no hayan reparado en la posible intervención de Guerrero en los artículos relacionados con el nuevo ejército protector, denominado de las Tres Garantías, que se formaría para sostener y proteger al nuevo gobierno mexicano (artículos 9 y 16). El mismo plan, también establece que este ejército observaría “a la letra la ordenanza, y sus jefes y oficialidad continuarán en el pie en que están, con la expectativa, no obstante, a los empleos vacantes” (artículo 17). De esa manera se garantizaba a la oficialidad que se uniera al nuevo ejército la conservación de sus grados y la expectativa de lograr una promoción. Aunque no se hace referencia explícita a qué oficialidad concreta se refiere, se puede entender que abarca tanto a la perteneciente al ejército realista como a la del ejército insurgente. Estos artículos, en mi opinión, forman parte de lo que negoció Guerrero, pues a los insurgentes se les respetó (aunque a regañadientes) los grados militares que habían obtenido en sus filas. También el plan estableció que todas las tropas del Ejército de las Tres Garantías serían de línea, en la misma situación estarían aquellas que abrazarán posteriormente el plan. Sin embargo, los habitantes que quisieran alistarse lo harían en la milicia nacional (articulo 18). En resumen: los artículos citados indican que el nuevo ejército estaría integrado por los militares realistas y por los insurgentes, a ellos se les respetaría sus grados y formarían parte del ejército regular, de línea como se dice. Otros individuos, que no provinieran de estos dos cuerpos armados, pero interesados en luchar por la Independencia formarían la milicia nacional. El jefe del nuevo ejército, Agustín de Iturbide le dio el mando a Vicente Guerrero de la 1ª. división del Ejército de las Tres Garantías. Con ello se sella la negociación entre ambos y la presencia insurgente en el movimiento de Iguala.

Solemne entrada del Ejército de las Tres Garantías a la ciudad de México el día 27 de setiembre del memorable año de 1821, ca. 1822, colección: Museo Nacional de Historia. Imagen tomada de: https://relatosehistorias.mx/nuestras-historias/entrada-del-ejercito-trigarante-la-ciudad-de-mexico-el-27-de-septiembre-de-1821

Como conclusión, en mi opinión, para la victoria del Plan de Iguala era imprescindible contar con el apoyo de los insurgentes. No era posible para la élite colonial conseguir la ruptura con España teniendo levantado en armas a un ejército que se había formado desde 1810 y había calado profundo entre los pueblos. En noviembre de 1820, cuando se inició el intercambio epistolar entre Guerrero e Iturbide, el primero reafirmó su convicción de seguir su lucha, el segundo con amenazas de vencerlo en el campo de batalla le propuso la rendición y que se pasara al bando realista. Al no poder derrotar a las tropas insurgentes y al ser presionado por Guerrero para que develara sus verdaderas intenciones, Iturbide abrió las negociaciones. En mi opinión, era poco lo que en ese momento el insurgente podía modificar de los acuerdos que ya había tomado la élite colonial al concebir la Independencia en los términos del Plan de Iguala. No obstante, Guerrero consiguió definiciones trascendentales para la futura nación y Estado mexicanos: se reconoció que los insurgentes habían sido los primeros en iniciar la lucha por la Independencia bajo la dirección de su primer jefe, Miguel Hidalgo; el carácter multiétnico de la población del nuevo país y nación; y que el ejército insurgente, como cuerpo, pasara a formar parte del nuevo ejército llamado de las Tres Garantías. De esa manera, los herederos de la primera revolución social de nuestra historia signaron la Independencia en 1821.   

Para saber más

Arenal Fenochio, Jaime del, “La ¿segunda? carta de Iturbide a Guerrero” en Relaciones. Estudios de Historia y Sociedad, volumen XXVIII, número 110, 2007, p. 143-152.

Bustamante, Carlos María de, Cuadro Histórico de la Revolución Mexicana, volumen 5, México, Fondo de Cultura Económica e Instituto Cultural Helénico, 1985.

“Plan de Iguala” en Álvaro Matute, México en el siglo XIX, Antología de fuentes e interpretaciones históricas, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1984, p. 227-230.

Zavala, Lorenzo de, Ensayo histórico de las revoluciones de México desde 1808 hasta 1830, México, Fondo de Cultura Económica e Instituto Cultural Helénico, 1985.